Karen esbozó una sonrisa al contemplar, desde lo alto de uno de los famosos acantilados blancos de Dover, su ciudad natal, cómo su coche se precipitaba hacia el fondo rocoso bañado por las aguas del Mar del Norte. Un instante después, el vehículo explotó con gran estruendo, formando una enorme masa de humo negro que se elevó hasta donde ella se encontraba.
El fuerte olor a quemado, junto con el calor que acompañaba a la densa nube que ascendía desde el fondo del acantilado, hicieron que a Karen le resultara prácticamente imposible respirar, por lo que se vio obligada a retroceder unos cuantos pasos. Pero esto sería lo único que la haría retroceder de ahora en adelante.
Era libre.
Se había acabado la pesadilla en la que se había visto inmersa en los últimos tres años. Desde ese mismo momento, se acababan los abusos y las palizas recibidas de Albert, quien, hasta entonces, había sido su marido.
Fingiendo su propia muerte en un accidente de coche, podría rehacer su vida en algún otro lugar, lejos del terror que había vivido. A un monstruo como ese jamás lo hubiera detenido una denuncia y la posterior orden de alejamiento. Algo que, sin duda, le habría bastado para que acabara de forma brutal con su vida.
Karen quería huir de ese calvario. Aún era joven para comenzar de cero. Tenía treinta y tres años y ansiaba volver a acariciar la sensación de libertad perdida tras años de abusos. Olvidar lo que era sentirse vigilada las veinticuatro horas del día y, sobre todo, eliminar de su vida los castigos, el dolor y el miedo.
A partir de ese momento, no volvería a pasar una noche más en vela por temor a que la golpease sin ningún motivo aparente. Tampoco tendría que soportar la desagradable sensación de aquellas manos, que tanto la asqueaban, sobre su cuerpo cada vez que quería tener sexo con ella.
Pero, sin lugar a dudas, lo que más necesitaba era recuperar la confianza en sí misma y, con esa seguridad, tomar de nuevo las riendas de su vida.
Se abrazó a su mochila mientras notaba cómo lágrimas de alivio y felicidad resbalaban por sus mejillas. Nunca podría agradecer lo suficiente a sus amigos la ayuda que le habían prestado. Durante meses, prepararon la ejecución de aquel plan para que abandonara su mísera vida.
Estaría eternamente en deuda con ellos. Sobre todo con Nicholas, el hermano mayor de su mejor amiga Alice. Al ser policía, se involucró de manera personal en el caso, y su colaboración había sido trascendental para la concesión de su cambio de identidad y lograr hacer desaparecer a Karen Alwine.
Recordó la ocasión en la que había presentado una denuncia de malos tratos en la comisaría y cómo un policía, amigo de su marido, había roto la denuncia delante de sus narices. La paliza que recibió al llegar a casa, jamás la olvidaría. Las marcas y lesiones que le había causado la habían mantenido sin salir a la calle alrededor de una semana. Nunca tuvo el coraje de volver a presentar una denuncia contra él y si no hubiese sido por Nicholas, seguiría viviendo inmersa en aquella interminable pesadilla.
Volvió a comprobar que dentro de su mochila se encontraban los escasos recuerdos que se permitiría llevar. Solo eran unas cuantas fotografías antiguas en las que aparecía con sus padres, quienes habían muerto hacía ya diez años. Desde entonces, había vagado sola por el mundo, sin más familiares a los que recurrir. Revisó también el sobre guardado en su interior, que contenía un billete de tren y el dinero en efectivo necesario para poder llegar a su destino, Aberdeen.
Inhaló despacio y profundo, cerrando sus ojos. Cuando los volvió a abrir, se giró y dio la espalda al acantilado y al infierno con el que había convivido aquellos últimos largos años. Caminó llena de optimismo, a la vez que nerviosa, hacia el coche en el que su amiga Alice la estaba esperando para conducirla a la estación donde comenzaría una nueva existencia, lejos de todo lo que conocía.
Apartada del horror y de un maltratador que, en incontables ocasiones, había dejado impresas las huellas de la violencia en su cuerpo.
Pero nunca más. Era libre. Se sintió ligera por haberse librado de aquella gran angustia que la había acompañado durante los últimos años y cómo la esperanza la empujaba, la obligaba a seguir adelante.
Ocho meses después…
Karen no podía creerse que hubieran pasado tantos meses desde aquella noche en la que rompió con su pasado, partiendo hacia un lugar desconocido. Ahora trabajaba como ayudante en la Biblioteca Central de Aberdeen y vivía en un pequeño apartamento, no muy lejos de allí, a tan solo diez minutos andando.
Su nueva identidad como Jocelyn Galbraith había sido su único y gran quebradero de cabeza. Ese nombre aún le resultaba extraño cuando lo escuchaba. E igualmente extraña, le resultaba la imagen que veía reflejada de ella cuando se miraba en un espejo. Había cambiado su aspecto físico. Había vuelto a teñirse el cabello de su color natural, el castaño, y se había cortado su larga melena. Albert siempre la había obligado a llevar el pelo muy largo y teñido de rubio platino.
Adoraba su nuevo aspecto tan alejado del modelo de mujer ideal de su odiado esposo. Para ella, aquello, significaba mucho. Lo consideraba como la manifestación física de su cambio interior, de su nuevo yo.
Aquel viernes era muy especial para Karen. Alice la había llamado hacía unos días para decirle que llegaría a Aberdeen ese día. Tenía que acudir ese fin de semana, por motivos de trabajo, a una convención que se celebraba en Stonehaven, en sustitución de un compañero que se había puesto enfermo. Aberdeen se encontraba a solo veinticuatro kilómetros de allí y, por tanto, habían planeado pasar la noche juntas, antes de que sus obligaciones profesionales acapararan su tiempo por completo.
Las ganas de que se produjera aquel encuentro, pudieron con el temor y la duda de que su plan no hubiese salido tan bien como se imaginaban y Albert la siguiera. Aún desconfiaba, por mucho que le habían asegurado sus amigos que todo había salido bien y debía sentirse a salvo.
Al llegar al hotel Bauhaus, donde pasaría la noche Alice, recorrió con la mirada el hall, y encontró a su amiga hablando con el recepcionista. Como se encontraba de espaldas a la puerta de entrada, no se percató de su llegada y, con sigilo, se colocó detrás, para sorprenderla.
―¡Holaaa!
Alice, sobresaltada, se giró y, sin perder ni un solo segundo, se fundió en un fuerte abrazo al reconocer a su amiga. Lágrimas de felicidad asomaban en los ojos de ambas mujeres, quienes eran incapaces de pronunciar palabra.
Cuando dejaron de abrazarse, se miraron durante un largo instante, como si de alguna manera creyesen imposible volver a encontrarse después de tanto tiempo.
―Dios mío, K… ―Llevándose una mano a la boca se refrenó, rectificando―. Jocelyn, estás tan cambiada; te queda genial el pelo así. Cuando me lo dijiste, no me lo podía creer.
―Me hubiera gustado enviarte una foto, pero ya sabes que no puedo. Aún no me creo que estés aquí. Ali, tenía tantas ganas de volver a verte. Ojalá pudieses quedarte mucho más tiempo.
―Sí, a mí también me gustaría. Te he echado tanto de menos que no creo que unas cuantas horas sean suficientes para ponernos al día. ―De repente, su amiga la urgió a darse la vuelta y añadió―: Jocelyn, no he venido sola.
De pie, delante de ellas, se encontraba Nick, el hermano mayor de Alice. Siempre le había parecido muy atractivo. Era alto, medía alrededor de un metro ochenta y cinco, y su cuerpo era fuerte debido al entrenamiento recibido en la policía y por tantas horas que sabía que pasaba en el gimnasio. Pero todo ese aspecto de duro se veía suavizado por los dulces rasgos de su cara, enfatizados por el color azul claro de sus ojos y su pelo rubio que le hacía parecer más joven de lo que era, a sus treinta y siete años.
Sonriéndole, entrelazó sus manos alrededor de su cuello, abrazándolo fuertemente mientras le daba un beso en la mejilla.
―¡Hola, grandullón! ¿Qué estás haciendo aquí? ―Era incapaz de dejar de sonreír.
Él la atrapó por la cintura e hizo que los pies de Jocelyn se despegaran unos centímetros del suelo para poder devolverle el beso y, negándose a soltarla, le dijo:
―Hola, pequeña. Cuando Alice me dijo que venía a verte, decidí acompañarla. Tenía muchísimas ganas de comprobar por mí mismo que te encuentras bien, y no podía dejar que Alice viniese sola.
―Ya le conoces, Jocelyn, siempre tan protector con su hermanita pequeña ―se quejó Alice, fingiendo estar enfadada―. A veces creo que se le olvida que ya no soy una niña.
―Para mí siempre serás una mocosa ―se defendió él―. Pero sabes que no he venido solo por eso. Quería asegurarme de que nadie pudiera seguirte ―hubo una pausa y, cuando volvió a hablar, su expresión se volvió seria―. Esto es muy arriesgado.
Los tres sabían perfectamente a quién se refería Nick. La coartada elaborada para enmascarar su supuesta muerte había sido perfecta, pero nada en esta vida era seguro.
―Siempre serás nuestro ángel guardián, Nick. Mi héroe particular. ―Jocelyn le miró dulcemente―. No sé cómo hubiera conseguido esto sin ti...
Él le rozó por un segundo la mejilla y, después, como si no quisiera mostrar su debilidad por ella, se colocó entre ambas y posó sus manos en los hombros de las dos mujeres mientras se dirigían a la salida del hotel.
―Prefiero lo de héroe, lo de ángel no me hace sentir cómodo. Ya sabéis lo que se dice: que los ángeles no tienen sexo.
Jocelyn soltó una fuerte carcajada.
―Por favor, no creo que te falten oportunidades cada vez que lo desees, así que deja de hacerte el ofendido. ¿Hay alguien especial en tu vida?
―Sí: tú, preciosa.
Aunque las palabras habían sido dichas en tono de broma, Nicholas había sido sincero y, por primera vez, había dejado que ese secreto saliera de sus labios. Había ocultado en lo más profundo de su alma y de su corazón los sentimientos que albergaba por esa mujer.
Ambas comenzaron a reírse, y Jocelyn notó cómo en su interior se extendía un extraño hormigueo, una sensación de bienestar. Por un instante, deseó que aquella confesión fuese cierta.
―Vamos, grandullón ―se obligó a decir ella, apartando la mirada para no mostrar cuánto le habían afectado sus palabras―, deja de tomarme el pelo.
Jocelyn agarró a cada uno de un brazo al salir del edificio y pasearon por las calles de Aberdeen hasta que fuera la hora de cenar.
Al finalizar la cena, fueron a tomarse unas copas al BrewDog Bar, donde estuvieron durante horas charlando y riendo sin parar. Pero en un momento de la noche, quizás ocasionado por las cervezas o por el hecho de reencontrarse con ellos, tan ligados a su vida pasada, fue inevitable que la imagen de su marido emergiese en su mente.
―¿Habéis vuelto a saber algo de él…, de Albert? ―incluso ella misma se sorprendió al pronunciar esas palabras.
Las expresiones de sus amigos se tornaron serias de golpe. Nick alargó un brazo por encima de la mesa y tomó su mano.
―Después de tu supuesto entierro, no hemos vuelto a saber nada de ese desgraciado. Le he visto en alguna ocasión por la calle, pero no sé nada más. En la policía no hemos recibido ninguna denuncia a su nombre y, además, te puedo asegurar que se le estuvo vigilando algún tiempo después de tu desaparición, y no vimos nada sospechoso.
―Tenías que haber visto a ese… ―Alice tuvo que morderse la lengua para evitar el insulto que afloraba de sus labios―, cómo lloraba en tu entierro. Quizá la pena que sentía era porque la muerte había acabado contigo antes que él. Por mí, puede pudrirse en el infierno.
―A veces no puedo evitar pensar que ha descubierto el engaño. Tengo pesadillas en las que se me aparece en el trabajo o en plena calle y me apunta con una pistola.
―Eh, vamos, pequeñaja, tranquila ―dijo Nick, moviendo su silla para estar más cerca de ella y poder estrecharla contra él―. Estás a salvo, eso no va a suceder. Todo salió a la perfección y no existe ningún motivo que le haga sospechar nada.
―Tienes razón, pero a veces se hace difícil no pensar en ello. Lo siento, he hecho que os preocupéis. Cambiemos de tema, ¿vale?
Siguieron hablando hasta bien entrada la noche y cuando se marcharon, la acompañaron hasta su casa y quedaron en que volverían a encontrarse en el hotel por la mañana, antes de que se marcharan.
Jocelyn se presentó temprano en el hotel para desayunar con ellos y poder despedirse. Ninguno sabía cuándo sería la próxima vez que volverían a verse, así que iban a aprovechar al máximo cada instante.
―¡Buenos días! ―dijo Jocelyn cuando se acercó a la mesa donde estaban sus amigos, ya sentados.
―¿Cómo puedes tener ese buen humor a estas horas? ―Alice arrastró esas palabras mientras apoyaba los codos en la mesa y descansaba la cabeza entre sus manos.
―¿Cómo que a estas horas? Ali, son las nueve.
―Sí, pero es sábado. Debería estar prohibido madrugar los sábados. Entre lo poco que hemos dormido y las pintas de cerveza de anoche, no estoy de muy buen humor que digamos.
Nick las observó divertido.
―¿Sabéis una cosa? He cambiado de idea, y en vez de marcharme hoy lo haré mañana. No tengo que reincorporarme a mi puesto hasta el lunes, y prefiero quedarme un día más aquí, contigo.
―¡Genial, grandullón! ―exclamó Jocelyn mientras le estrujaba contra ella alegremente―. Me encantará hacerte de guía y enseñarte toda la ciudad. Es preciosa, no te vas a arrepentir.
Alice miró extrañada a su hermano; no sabía a cuento de qué había decidido cambiar de planes de esa forma tan repentina e inesperada.
Le lanzó una mirada de las que siempre habían compartido como hermanos y que les conectaba de una manera muy especial. No les hacían falta las palabras, con solo mirarse se entendían a la perfección. Pero lo que vio en ese instante fue la neutra y fría expresión que adoptaba cuando estaba de servicio. Estaba ocultándole algo y no sabía el qué.
―¡Gracias, hermanito! Ahora sí que no me apetece en absoluto marcharme a la dichosa convención. Yo allí, aburrida, escuchando cómo los nuevos avances que se implantarán en la compañía nos harán obtener mejores resultados, mientras que vosotros os lo pasáis a lo grande por aquí.
Una vez terminado el desayuno, Alice recogió el equipaje que había dejado en recepción, y los tres se dirigieron al coche de alquiler que estaba aparcado a la entrada del hotel.
Las dos amigas se abrazaron fuertemente, prometiéndose que se mantendrían en contacto. Alice se montó en el coche, y al quedarse a solas, comenzaron a planear las visitas que harían durante el día.
Aunque Aberdeen no era una ciudad muy grande, tenía infinidad de sitios de interés. Jocelyn estaba entusiasmada por hacerle de guía mientras visitaban sus lugares favoritos, como la conocida zona de Castlegate y Old Aberdeen.
Al llegar la noche, quedaron para cenar en un restaurante cercano al hotel, un local muy íntimo, moderno y acogedor donde poder charlar y reponer fuerzas tras ese largo y agotador día. Encontró a Nicholas bastante nervioso durante la cena, pero lo achacó al cansancio.
―Jocelyn, tenemos que hablar del motivo por el que decidí quedarme contigo un día más ―comenzó a decir, a la vez que, indeciso, cogía una de sus manos―. Quería estar contigo a solas para decirte… bueno… que…
Inhaló una gran bocanada de aire para armarse de valor, ya que, con seguridad, no volvería a tener una oportunidad como esa.
―Para mí no solo eres la amiga de mi hermana, sino también mi amiga. Eres alguien muy importante en mi vida. Siempre deseé que hubiese algo más que amistad entre nosotros. Aún lo sigo deseando, y ahora con más motivo.
Nervioso, continuó acariciando la mano de ella, que seguía entre las suyas. Recordó las conversaciones con Alice cuando le contaba el estado en el que la encontraba en algunas ocasiones. Eso hizo que su mandíbula se tensara e, incluso, apretó con más fuerza de la debida la mano de Jocelyn.
―No sabes cuántas veces he tenido ganas de matar a ese desgraciado por tratarte como lo hacía. Poco a poco, me fui dando cuenta de que mis sentimientos no eran solo de amistad y preocupación. Me había ido enamorando de ti. Estoy quedando como un tonto, ¿verdad?
―Nick, no eres ningún tonto ―negó ella, emocionada―. Es solo que jamás me di cuenta de que pudieras tener esa clase de sentimientos hacia mí. ¿Por qué nunca me lo dijiste?
―Por tu matrimonio. ¿Por qué iba a ser si no? Bastantes problemas tenías ya como para encima contarte cuáles eran mis verdaderos sentimientos.
―¿Sabes, Nick? No eres el único que sentía eso, pero no dejé que esos sentimientos crecieran, los enterré en el fondo de mi corazón para que Albert no se enterase de que comenzaba a sentir algo por otro hombre. Tenía más miedo por ti que por mi propia vida, y al final acabé aceptando que aquello que había empezado a sentir no había existido. Además, ¿cómo podía imaginarme que un hombre como tú se fijaría en alguien como yo?
―¿Alguien como tú? ¿Qué quieres decir con eso? Eres una mujer maravillosa que cometió la equivocación de casarse con ese desalmado. Hemos terminado la cena, pero nos queda mucho por hablar, y me gustaría poder continuar esta conversación en otro lugar más íntimo. ¿Quieres que sigamos en el hotel?
Jocelyn le sonrió con picardía.
―¿Me estás proponiendo que vayamos a hablar a tu habitación? Soy mayorcita y, aunque no tenga demasiada experiencia, sé leer entre líneas.
―Eres una malpensada. ―Le devolvió la sonrisa―. Solo quiero que hablemos. Claro que, si después te me echas encima, quiero que sepas que estoy dispuesto a lo que tú quieras.
Ella comenzó a reírse a carcajadas. Nick nunca aprendería a hablar en serio.
―Acepto, pero solo iremos a hablar.
Subieron a la habitación del hotel y hablaron de cosas banales como sus quehaceres en la vida diaria, sus obligaciones laborales hasta que el ambiente creado entre ellos se fue volviendo más íntimo y personal. Era ya de madrugada cuando la cercanía de sus cuerpos y las conversaciones susurradas, para no molestar a quienes habitasen las habitaciones cercanas a las suyas, hicieron que Nicholas se arriesgara a besarla.
Tan solo fue un tímido roce de sus labios con los de ella y analizar su respuesta ante aquel atrevimiento. Esperaba su rechazo y que Jocelyn se levantara corriendo y se dirigiera a la puerta para no volver a verla jamás. Sin embargo, ella se mostró tranquila y serena y le sorprendió devolviéndole a su vez un tímido beso en la boca.
Estaba amaneciendo cuando Jocelyn entreabrió los ojos. Durante un instante, le costó reconocer el lugar donde se encontraba. Sin embargo, al notar en su espalda una cálida caricia, recordó que, por mucho que dijera que solo hablaría con él, al final había pasado la noche entre sus brazos.
―¿Te arrepientes de lo que hemos hecho?
Ella negó con la cabeza mientras se volvía hacia él con una dulce sonrisa. Le acarició la cara con su mano.
―No, ha sido perfecto. Tú eres perfecto. Has hecho que me sintiera feliz y amada. Nunca había sentido algo parecido, pero no estoy preparada para esto. Lo más seguro es que sea incapaz de volver a estar con alguien.
―Es cuestión de tiempo ―dijo, besándola con dulzura en el hombro―. No quiero presionarte, pero sabes que para mí esto no ha sido solo una aventura de una noche; quiero más de ti. Necesito más de ti.
―No, Nick, no puedo. ―Notó cómo las lágrimas, que no quería derramar, le quemaban en sus ojos―. Él mató una parte de mí, destrozó mi corazón. No es posible que vuelva a entregarme a un hombre en cuerpo y alma como ya lo hice una vez. Te mereces una mujer mucho mejor que yo, alguien que te ame sin traumas del pasado.
―No digas eso ―dijo, colocando un dedo sobre sus labios―. Eres lo que necesito, lo que quiero en mi vida. La única mujer de la que he estado enamorado de verdad y a la que he visto sufrir más que a nadie. No me dejaste ayudarte hasta que casi fue demasiado tarde. Por favor ―le rogó mientras la besaba con suavidad en los labios―, no me apartes de tu lado. Dame una oportunidad… danos una oportunidad.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Jocelyn cuando le imploró con la mirada que se quedase con él.
―Lo siento, por favor, perdóname, pero no hay futuro para nosotros. Ojalá pudiera seguir con esto adelante, aunque no puedo. Si no quieres volver a saber nada de mí como amiga, lo comprenderé.
Jocelyn le besó en los labios a modo de despedida. Se vistió y salió de la habitación.
Al día siguiente recibió una llamada de Alice. Nick le había contado lo que había ocurrido. Aunque, en realidad, más que decírselo, ella se lo había sonsacado, porque entre ellos jamás había existido un secreto hasta ese momento. Intentó convencerla para que le diera una oportunidad a su hermano, pero cuanto más insistía ella, más se cerraba Jocelyn en la idea de permitir que, de nuevo, entrase otro hombre en su vida. Además, existía un gran problema que parecían obviar ambos: ella jamás podría volver a Dover y, mucho menos, empezar una relación con alguien tan cercano de su pasado.
Las semanas fueron pasando y, pese a que hacía un gran esfuerzo por olvidar lo ocurrido con Nick, cada vez que se encontraba sola en su apartamento no paraba de recordar las horas que había pasado junto a él y sus palabras cargadas de sentimiento.
En las pocas veces que habían vuelto a hablar por teléfono, ella había acabado llorando. Nicholas no le había vuelto a sacar el tema, pero las conversaciones se habían vuelto mucho más cortas, frías y distantes. No solo había dejado pasar la oportunidad de quedarse con un hombre maravilloso para el resto de su vida, sino que también sabía que había perdido su amistad.
Sin apenas darse cuenta, llegó el día en que se cumplía un año de su desaparición. Compró una botella de champán para celebrar la ocasión, aunque no tuviese a nadie con quien compartirla. Al llegar a su casa, abrió la botella y, tras servirse una copa, cogió su móvil y comenzó a ver las fotografías que se habían hecho los tres, meses atrás.
Ver a Nick sonreír felizmente en su móvil hizo que el recuerdo le llenase los ojos de lágrimas. Se bebió de un solo trago la copa y, antes de que pudiese acabar con el contenido de la botella, entre sollozos, se quedó dormida en el sofá.
A la mañana siguiente, se despertó por el sonido del timbre de la entrada. Entreabrió los ojos y los volvió a cerrar. Quienquiera que fuese, ya se marcharía. Era sábado, temprano, y no esperaba visitas.
Volvió a sonar el timbre, y esta vez, decidida, se levantó a ver quién llamaba. Miró de reojo la botella que se había quedado a medias la noche anterior y agradeció haberse dormido antes de terminarla. De lo contrario, en esos momentos, el dolor de cabeza que estaría sintiendo sería espantoso.
Se dirigió a la puerta, mientras se frotaba los ojos como una niña pequeña. No podía salir de su asombro al ver quién estaba allí, de pie, delante de ella.
―¿Nick? ¿Qué estás haciendo aquí?
Aunque Nick estaba sonriendo, ella detectó cierto nerviosismo en su actitud.
―Soy nuevo en la ciudad, ¿puedo pasar?
―¿Cómo que eres nuevo en la ciudad? ―repitió Jocelyn, a la vez que abría completamente la puerta para permitirle entrar―. No te entiendo.
―He pedido el traslado aquí, y me lo han concedido.
Jocelyn se sentó en el sillón, incapaz de reaccionar ante lo que acababa de escuchar…
―¿Te vienes a vivir a Aberdeen? ¿Has hecho eso por mí?
―No, pequeña. Lo he hecho por mí. Era incapaz de seguir viviendo tan lejos de ti. No quiero presionarte ni nada parecido. Me dejaste muy claro lo que pensabas, y soy consciente de que venirme a vivir aquí no significa que tú vayas a cambiar de idea. Lo que te dije acerca de mis sentimientos hacia ti no ha cambiado en absoluto. Aceptaré que solo puedas ver en mí a un amigo si eso te hace feliz. Pero no me apartes de tu vida.
Ella le miró sin saber qué decir y, un instante después, Nicholas, con gesto serio y afectado por el rechazo que intuyó ver en los ojos de ella, le dio la espalda para marcharse. Nada más coger el picaporte, vio cómo la mano de ella se posaba sobre la suya, deteniéndolo…
Clavó su mirada en él y, sin pensárselo dos veces, lo besó en los labios.
―Quédate conmigo, por favor, no quiero que te vayas de mi lado. Esta vez no.
Nicholas aprovechó tenerla tan cerca para estrecharla contra su cuerpo, abrazándola por la cintura.
―¿Estás segura?
―No del todo, pero quiero intentarlo. Te quiero, y eso es de lo único que estoy segura. No he parado de pensar en ti desde la noche que pasamos juntos. Aunque sigo creyendo que no estoy preparada para una nueva relación. Todo lo que te pido es que tengas paciencia conmigo, porque voy a intentarlo con todas mis fuerzas.
―Te quiero mucho, pequeña, lo sabes, ¿verdad? Haremos que esto funcione.
―¿Te apetece algo para desayunar? Necesito un café y tenemos mucho de qué hablar.
Cogidos de la mano, se dirigieron hacia la cocina. Sabían que no iba a ser fácil derribar todos los muros que Karen había construido alrededor de su corazón y de su mundo. Pero como Jocelyn, esas barreras se tornaban débiles, y solo era cuestión de tiempo superarlas.