Lentejas de lata, pizza precocinada, cervezas de bote, cereales de chocolate, comida para el gato de la buena que la otra no le gusta; y condones de los baratos que las expectativas no están altas.
Si esta no es la lista de la compra de un soltero al uso yo ya no sé. Está claro que me olvido algo antes de pagar pero ¿qué? La lechuga no será. Hubo un tiempo en el que me empeñé en dejarle un hueco en mi ya de por sí escuálido frigorífico a las cosas verdes, pero al final me di cuenta de que pasaban a ocupar un lugar preferente en mi cubo de la basura. El supermercado se alimenta del autoengaño de clientes como yo.
Conforme acabo esta reflexión me quedo mirando a la chica rubia con un mechón azul. ¿De qué me suena? Vaya, ella sí que anda decidida en comer sano de verdad, hasta espinacas está cogiendo. Coño, claro. Es la chica de Tinder que me rechazó el otro día. Bueno, no sé si ‘rechazo’ es la palabra. Que le entres por mensaje privado y que no te conteste siquiera es bastante lamentable. Prefiero el contundente ‘No es no’ de Pedro Sánchez a Rajoy antes que el silencio como respuesta. Podría al menos haberse dignado a responder escuetamente y luego me borra y listo, como hemos hecho todos.
En fin, parece evidente que el amor en los tiempos de Internet ha cambiado las reglas del juego y de las apariencias. Ahora las aplicaciones móviles nos muestran posibles parejas como si se tratase de un catálogo precisamente de un supermercado. El género se enseña en forma de fotografía y eres tú el que decide adquirirlo o no. Todo es frío como la sección de refrigerados. Eso me recuerda que debo comprar el paquete de hummus. Es una apuesta segura para los que pretendemos salir del paso ante visitas y quedar como que sabemos cocinar. De nuevo el autoengaño, bendito autoengaño.
—Perdona, me deja pasar, que solo llevo dos cosas.
Vaya, resulta que tengo detrás de mí en la cola para pagar a Julia, la que me hizo el feo en Tinder. Por su culpa estoy a punto de comprar estos condones cuya marca genera poca confianza.
—Bueno, te dejo si me dices quién soy.
Me mira con cara de pocos amigos y suelta un resoplido.
—Mira, tengo el coche mal aparcado y voy con prisa. Me vas a dejar sí o no.
—O sea que no sabes ni siquiera quién soy ¿no? Muy bonito, Julia.
—Oye, qué mal rollo, cómo coño sabes mi nombre.
Su rostro se vuelve más serio si cabe y arquea una ceja hasta elevarse a la altura del mechón azul.
—Bueno, no solo sé tu nombre. También sé que tienes 27, que vives a tres kilómetros de mí y que te gusta viajar, el cine y el buen vino; por cierto, muy tópico, ¿a quién no le gusta eso?
—Vale, está claro que eres uno de los muchos capullos que me han visto en Tinder así que respondiendo a tu pregunta, ya sé quién eres así que ¿me dejas pasar?
Decidida se dispone a dejar su bote de leche de soja en la caja como si de una bandera se tratara.
—Te dejo pasar si me confiesas por qué ignoraste mis mensajes en Tinder. Aún sigo esperando a que contestes…
—Mira, tío, recibo una media de cinco mensajes al día de tipos como tú que parecéis muy amables al principio y luego vais a lo que vais, a meterla y listo, ¿contento? —dice mientras mira mi carrito donde sobresalen los condones.
Sin darme tiempo a reaccionar se pone delante y empieza colocar su compra en la caja; la cajera, con rostro divertido y sin mediar palabra, le da vía libre. Pienso que la mejor defensa es un buen ataque y aunque con más dudas que certezas le espeto:
—¿Quieres que probemos mis condones? Causaron furor en la Unión Soviética…
La cajera se queda paralizada por un segundo, anonadada por la barbaridad que acababa de escuchar. Julia —que estaba en ese momento terminando de pagar— me mira con una leve sonrisa que me hace albergar la esperanza.
—Como te decía, Tinder está lleno de capullos y ahora lo que me faltaba, encima se manifiestan entre los supermercados.
Sin que yo pudiera darle réplica, la que hasta hacía unos minutos era una chica virtual se había marchado en dirección a su coche aparcado en doble fila. ¿Había ligado? No estaba seguro, así que le pregunté directamente a la cajera como jueza imparcial que había sido. Su respuesta, no dejaba lugar a dudas.
—Mmmm ahora tenemos las lentejas de bote la segunda unidad a mitad de precio. ¿Le interesa?
—La verdad, es tentador pero paso, que me han dicho que engordan y la semana que viene me pondré a régimen.
Bendito autoengaño.