De Pílades a Orestes
Mondariz, 15 de junio de 189…
Mi querido Orestes: Si me sacas del aprieto en que me hallo y me procura tu fecunda inventiva un medio para salir de este mal paso sin detrimento de mi virginal caballerosidad, te levanto una estatua a cuyo pie pondré el siguiente rótulo: «A la amistad providente, Pílades agradecido».
He aquí el hecho de autos:
Ce por be conoces mi situación financiera, en perpetuo equilibrio inestable. Al dedillo recordarás nuestra última conversación, en que te pinté con los vivos colores de la más aterradora verdad este mi vivir al día. Tan bien como yo sabes que los cuatro quintos de mi peculio fuéronse guapamente en echarla de hombre principal, y que lo restante encuéntrase tan solicitado por los que a ello creen tener derecho, que, si a repartirlo llaman, sería cosa de alquilar balcones para ver el reparto. Escrituras, pagarés, letras de cambio y cuantas formas legales se han inventado para comprometer la problemática moneda del día de mañana por valores fungibles de toca teja en el día de hoy, todos los empleé y todos, ¡ay!, me punzan, rajan y atenazan. ¿Qué partido tomar? ¿Dónde el camino que me conduzca al punto de salvación?
A ti, archivo de mis secretos y depositario de mis aflicciones, expuse la negra realidad presente, y después de maduro examen y seria deliberación, me dijiste que la sola manera de pagar trampas, tapar agujeros y remendar mi honra, algo deteriorada por causa del uso inmoderado de los supradichos instrumentos de crédito, era hacer una boda con mujer rica, que me trajese metales preciosos o figurase dignamente en el amillaramiento.
Al oír tu acertadísima proposición mireme por fuera, y me contemplé mucho mejor que por dentro, pues con mis treinta y cinco abriles, mi elegante figura y demás prendas que no enumero por pura modestia, pero que estiman en lo mucho que valen los individuos del sexo contrario al nuestro, bien podía lanzarme a la prueba y quizá conseguir lo que otros, con peor fachada y menos discurso, consiguieron. Y si a semejantes méritos externos se une y junta la fama que tengo de pudiente, ya que todavía no se ha rezumado la miseria de mi verdadera posición social, ni traslucídose en ciertas esferas la invasión que me amenaza de los mencionados efectos mercantiles con su indispensable cortejo de protestos y ejecuciones, mi triunfo es probable como dé en el hito de la dificultad, reducido, en suma, a hallar la mujer millonaria que me quiera por marido.
Repleta la cabeza de tan brillantes ilusiones y más ligero el corazón ante la dulce idea de saldar mis compromisos, continuando en Madrid la vida lujosa que solo cuadra a este tu amigo del alma a quien el trabajo y la estrechez asustan de muerte, lié mis bártulos y planteme en este balneario donde concurren familias encopetadas, entre las cuales quizá la suerte me deparase el ave fénix de mis sueños.
Y efectivamente, tropecé, o creí haber tropezado, con la horma de mi zapato.
¿Que cómo fue? Verás, querido Orestes: al día siguiente de mi llegada, ya instalado en la más cómoda habitación del primer piso cual cumple a un personaje de mi categoría y circunstancias, ocurrióseme dar un paseo por los pintorescos andurriales que rodean el establecimiento, y cuando más embelesado iba pisando una frondosa vereda, que me recordaba aquello del sosiego y del lugar apacible, vi llegar hacia mí un ángel del séptimo cielo, a quien daba guardia de honor una respetabilísima señora ya entrada en años. Que se me fue el alma en pos de la encantadora deidad no hay para qué decirlo, y bien te explicarías el trastorno de mis sentidos y potencias si yo pudiera enviarte en esta carta, valiéndome de pluma o lápiz, un retrato que acusara fielmente aquellas facciones ideales. Bástete saber que lo del nácar de los dientes, el carmín de los labios, el fuego de los ojos y el terciopelo del cutis son zarandajas cursis y símiles de tres por un cuarto, indignos de emplearse, por sosos y poco expresivos, para describir el rostro de mi adorable desconocida.
La cual me dejó clavado en medio de la vereda, absorto y hecho un pasmarote; y como yo ardía en deseos de saber quién era la preciosa muchacha, de allí a poco puse en campaña a mi criado Fermín, que para agente de policía se pinta solo.
¡Qué informes tan valiosos adquirí! El tunante de Fermín rindió, con regalitos y garatusas, la discreción profesional de la doncella de mi adorado tormento, una soubrette muy más que apetecible, y con sus revelaciones, que completaron otras noticias tomadas por mí mismo, compuse el proceso histórico de los Condes de Casa-Zarandiaga, que tal es el nombre de los padres de la niña.
Los referidos Condes viven en Valladolid, en una casa monumental de su propiedad con honores de palacio, y en tierras de pan llevar, amén de otras fincas de recreo y títulos de la Deuda, calcúlase su fortuna en varios millones de pesetas, que se repartirán entre las dos únicas hijas del matrimonio. Luisa, la mayor, y Celia, la que aquí se halla. ¡Celia! Fíjate bien en este poético nombre, amado Orestes. Celia, porque viene de allá arriba, de aquellas regiones supramundanas donde moran los ángeles y serafines.
Parece ser que el Conde de Casa-Zarandiaga no se mueve de un sillón desde hace un año por causa de hemiplejía, que le hará cerrar el ojo cuando menos lo piense; que la Condesa tampoco anda muy allá en punto a salud firme y duradera (¡qué perspectiva, chico!); que Luisa no se aparta de sus padres un momento, y que Celia, la alegría de la casa por su discreción y donosura, ha venido a Mondariz en clase de acompañante de su tía Paca, una señora que padece no sé qué especie de corrimientos, y que no sabe beber un vaso de estas aguas, en las cuales tiene fe ciega, sin exclamar a renglón seguido: «¡Ay, Patriarca santo! ¡Qué linfa tan maravillosa!».
Pero fuera de lo del Patriarca santo y lo de la linfa, es la mujer más complaciente y manual que viste enaguas, nada huraña ni fisgona, sino fácil y pronta a dejar que su sobrina goce honestamente de la vida y oiga los galanteos de un hombre serio como el que suscribe.
Y que los he agotado recorriendo toda la gama amorosa, te lo figurarás sin que te lo explique al menorete. Ello es que previa y especial presentación a la Sra. D.ª Francisca de Zarandiaga, no sin haber antes movido el telégrafo de los ojos y puesto en circulación el viento de los suspiros, por donde Celia entendiese el estado de mi alma, al poco tiempo de nuestro tropiezo en la vereda famosa ya acompañaba a las señoras a todas partes y encontraba ocasión de pintar a la joven por cuan fuerte y definitivo modo soy y seré su esclavo.
Algo ha tardado la niña en otorgarme el sí; ocho días mortales trascurridos en inocentes coqueteos de tira y afloja que más me han encendido el sacro fuego del amor; pero una vez sellado el pacto de nuestro recíproco arrobamiento, las cosas hanse deslizado con inaudita rapidez, y ya no existe en estos poéticos contornos alameda umbría, plácido remanso ni gruta misteriosa que no haya escuchado nuestros juramentos de inmenso y dilatado querer, mientras las hojas de los árboles y las flores del campo celebraban también sus amores, enviándonos los embalsamados consejos de la eterna tentación.
¿Me preguntas si he planteado a mi novia la grave cuestión de la santa coyunda? ¡Claro que sí! ¡Pues no, que me había de parar en barras! De común acuerdo hemos afirmado nuestro propósito matrimonial, que ha de realizarse no más tarde que el próximo invierno, y convenido mi visita a los Condes de Casa-Zarandiaga así que tía Paca termine sus abluciones y bebidas. ¡Ay, Patriarca santo!
Con todo esto creerás, insigne Orestes, que me estoy bañando en agua de rosas; pues lee y tiembla.
Salía ayer de mi habitación con objeto de echar al correo tres o cuatro epístolas que acababa de escribir a mis ingleses madrileños para calmar sus impaciencias, y he aquí que me sale al encuentro la dueña de mi albedrío, la cual llevaba en sus lindas manos una cartita destinada también a ser puesta en el mismo buzón. Ofrecime, como era natural, a ser portador de dicha carta para ahorrar a Celia la molestia del viaje, y me pareció que la niña vacilaba un instante en confiarme la misiva; pero al fin me la entregó, exigiéndome que al momento volviese a su cuarto para discutir un proyecto de excursión al convento de Canedo.
El demonio de la curiosidad tentó mi flaco espíritu, y cometí la villanía de echar al correo todas las cartas menos la de Celia, que escamoteé con la limpieza de un prestidigitador. Ni dos minutos tardé en hallarme junto a las señoras, y luego, no bien pude encerrarme en mi dormitorio, despegué con sumo cuidado la goma del sobre, que iba dirigido a D.ª Luisa de Zarandiaga, calle de Tal, número tantos, en Valladolid, y leí lo que a continuación copio:
«Hermana querida: ¡Eureka!, como dijo un sabio griego, ignoro si Aristóteles o Demóstenes. Sí, Luisa adorada; Dios ha decidido en sus inescrutables fallos que encuentre aquí la solución del problema de mi vida en la persona de D. José Hurtado de Cienfuegos, cuya estampa satisface el más exigente gusto y cuya alma es gemela de la mía. Hurtado se llama el muy pícaro, y ladrón de corazones debiera llamarse: tal me ha robado el que guardo entre pecho y espalda. Pues si además de buen mozo y joven te digo que Pepe Hurtado es riquísimo, no te exagero ni tanto así. Y lo de la riqueza no es noticia que me ha venido de Antuérpia, sino que lo sé por Juliana, mi doncella, que ha sonsacado al ayuda de cámara del caballero y le ha hecho hablar hasta por los codos.
»Mi novio posee allí, en las tierras où fleurit l’oranger, un mundo de olivares, viñedos y cortijos, y en Madrid, cuya sociedad aristocrática considera y mima a Pepe Hurtado en grado máximo, habita una linda casa llena de preciosidades. ¡Ay, Patriarca santo!, como exclama tía Paca, no puedes calcular, por mucho que caviles, lo contenta que estoy.
»Respecto al peso específico de mis amores con D. José Hurtado de Cienfuegos, sabe que los considero serios y formales, pues, según Juliana, es aquel un gentleman cumplidísimo cuya palabra no vacilaría el rey en garantizar, y además tía Paca ha escrito a nuestro primo Juan pidiéndole informes de mi novio, y estos son aplastantes de puro buenos.
»No vayas a creer que he entregado mis quereres a Pepe en un dos por tres, ni te alarmes pensando que he cedido en un santiamén a sus ayes y lamentos de tiro rápido. No; ha pasado sus fatigas, pero en vista de su humildad y de una emoción que al pobre le coge, tan sincera y tan honda que da pena verle, en cuanto se halla frente a mi sugestiva persona, resolví caer muy a gusto del lado de mi propio deseo y acepté su amor. ¿No hubieras hecho tú lo mismo?
»Resumiendo, Luisa del alma. Que ya llegó el novio deseado cubierto de oro y perlas, al cual querré mientras viva aunque fuese más pobre que las ratas, y que te prepares para recibirle dignamente, pues dentro de muy poco se presentará en la casa solariega de mis antecesores a pedir mi blanca mano.
»Y aquí viene el puntito negro que no me deja ser feliz por completo. ¿Qué dirá D. José Hurtado de Cienfuegos al saber que todas nuestras riquezas son bambolla y que el afán mercantil de papá ha dado al traste con la fortuna de los Zarandiaga, muy próxima a desaparecer entre las garras de usureros y prestamistas, que tirarán de ella el día menos pensado? ¿Me querrá menos porque no llevo conmigo unos cuantos puñados del vil metal que llaman dinero? No, y mil veces no. Pepe Hurtado me ama con amor inextinguible, y solo con imaginar semejante sandez le ofendo.
»Y adiós, que se va el correo. Otro día te escribiré más largamente.
»Te remite mil besos tu hermana. —Celia.»
¿Qué te parece, ilustre Orestes? ¿Has visto jamás cosa tal? ¡Toparme con una mujer deliciosa, hacerme la ilusión de que es el finiquito de mis desdichas y de mis deudas, y resultar luego…! ¡Vamos, hombre, que hay motivo para colgarse de la copa de un pino!
Y en honor de la verdad, esta chiquilla me ha sorbido el seso, y si yo me decidiera a dar de bruces en el matrimonio sin otro haber por delante que el cielo y la tierra, ahora o nunca. Pero ¿y mis famélicos acreedores? Fuera, fuera candorosos idilios, propios de gente vulgar. Prefiero riqueza inquieta, cueste lo que cueste, a miseria resignada.
Y a tu fértil imaginación acudo, ¡oh, mi fiel Orestes!, para que me des una idea mediante la cual corte el nudo que yo mismo he fabricado, y no quede como un guiñapo.
Espera la respuesta tu amigo. —Pílades.
Telegrama de Orestes a Pílades
«José Hurtado de Cienfuegos.—Mondariz.—Enterado de todo y aplicado inmediato remedio.—Orestes.»
De Pílades a Orestes
Mondariz, 22 de junio de 189…
¡Vive Dios, Orestes del demonio, que ya no eres mi amigo del alma, sino un solemnísimo bellaco, nacido expresamente para sacarme de quicio! Y da gracias a que no se pueden enviar los palos por carta, que, si posible fuera, al leer esta recibirías sobre tus costillas una buena mano de ellos.
Dime, socarrón empedernido, ¿no ha inventado tu ruin caletre otro medio ingenioso de salvarme que coger mi carta y enviársela a Celia? ¿Y para tal viaje necesitaba yo de tus alforjas, mentecato? ¿Y para semejante salvajada habría yo de acudir a tus luces, hediondo? ¡Malhaya tú y toda tu casta! ¿Quién te inspiró la satánica idea de revelar a esta angelical criatura el sagrado depósito de mis confidencias, pedazo de alcornoque? No, lo que es por empacho de escrúpulos no te ahitarás. ¡Buena la has hecho y bien me has dejado!
Sin la más tenue sospecha de tu aleve acción, fuime anteayer en busca de las de Zarandiaga así que hube terminado mi toilette matinal, y al llegar a su puerta me corta el paso Juliana y me dice, con cierto gestillo impertinente, que las señoras no reciben.
—Volveré más tarde —repliqué.
—Es inútil —respondió la doncella—, las señoras no saldrán de su cuarto en todo el día.
—¿Están enfermas? —interrogué con interés.
—No, señor; pero tengo orden terminante de no dejar que entre nadie.
—Y esa orden, ¿roza también conmigo? —insistí con curiosidad.
—Con el señor y con todo el mundo.
—Bien está —dije, y me retiré mohíno y cabizbajo.
¿Qué mosca habrá picado a esta gente? Me iba preguntando al encaminarme al despacho del doctor, un hombre amabilísimo si los hay, el cual me enteró de que Celia se había sentido repentinamente indispuesta.
—¿Cosa grave? —le pregunté.
—Cuestión de nervios —contestome sonriendo.
Por la noche mandé a Fermín con solicitud de audiencia, y obtuve una rotunda negativa. Ayer se repitió la función, y hoy, ya impaciente y febril, cogí a Juliana casi por fuerza, la encerré en mi cuarto, y allí, a toma cinco duros y daca lo que sucede, me contó el caso.
Todo el monumental balneario cayéndoseme encima con más los montes que le circundan, me hubiera pesado menos que la tremenda noticia. Juliana me hizo su relato de carretilla, como si fuese aprendida lección de canto llano, al que yo eché inmediatamente el contrapunto de mis amargas reflexiones.
Y corrido de vergüenza aguardo la noche para escaparme de aquí, como perro con maza, y poner entre Celia y yo muchos kilómetros.
¡Qué pena! ¡Pensar que quizá he pasado junto a la dicha y no he querido cogerla! ¡Tener que renunciar, por exigencias del falso brillo y del vivir fastuoso, a la posesión de esta ideal mujer, cuyo corazón es todo mío…! ¿Que dónde voy? A tentar el vado en otra estación veraniega. Y si en ninguna parte encuentro lo que busco, acudiré a una agencia matrimonial con un reclamo de esta guisa: Caballero joven, de apellido ilustre, bella estampa y fina educación, desea mujer rica y sin averías graves.
Este recurso es infalible.
¿Que no resulta? Pues a Madrid me vuelvo y… trampa adelante, porque, como dijo el otro, el hombre hace lo que puede y la fortuna lo que quiere.
Tuyo. —Pílades.