El señor Del Cuadro se lanzó sobre el sillón de su oficina a punto de perder toda esperanza, echó su cabeza hacia atrás, y observó el techo cuajado de desconchones. La galería de arte llevaba meses en crisis, dando unas pérdidas insostenibles y estaba considerando el cierre. Tendría que inventar una buena excusa para justificar ante su esposa el fracaso porque ella, mucho más precavida, le había advertido de la ruina que podía ser dedicarse al arte.
Iba a levantarse a dar por terminada la jornada cuando advirtió que Josefa, la limpiadora, deambulaba por la sala de exposición. En ese instante, escuchó el ruido del carillón de la entrada, algo muy raro en los últimos tiempos. Se abalanzó hacia la puerta, la cual acababa de traspasar uno de los marchantes más influyentes de la ciudad. Se alisó el cabello, se colocó un soplo de espray contra el mal aliento, y pasó las manos por la delantera de su traje gris oscuro, muerto de los nervios. Su corazón latía con fuerza al afrontar a su cliente.
—Perdona por la molestia, Del Cuadro, me dio la curiosidad de última hora.
El gerente aseguró estar encantado de la visita, y se dispuso a acompañar al marchante para que contemplase las obras expuestas. Este era un hombre extravagante en el vestir, que usaba un sombrero homburg raído y puro en la boca a lo Winston Churchill.
—No te importa, ¿verdad?
El visitante encendió el puro y Del Cuadro sintió una ligera náusea.
Fue cuando aquel dio un giro inesperado y se dirigió hacia el paragüero, donde había unos objetos que el galerista no tenía catalogados.
—¡Lo que estaba buscando! —dijo el marchante—. Sugerente, imponente. Dime, ¿qué representa?
El gerente llevaba una libreta con la explicación de todo el arte abstracto que tenía en la galería, pero en este caso tuvo que improvisar haciendo como que miraba sus apuntes. En ese momento, la limpiadora acudió a decirle algo inoportuno y él la despidió con brusquedad.
—Pues mire, como usted es muy entendido no hace falta extenderse: es una metáfora del mundo de hoy. Ahí tiene la alienación anómica del hombre actual. A sus pies, el planeta desgarrado que se va a pique... Es puro hiperdestruccionismo.
El marchante asintió a todos los comentarios, aunque Del Cuadro lo único que veía delante era un mocho y una fregona deteriorados.
—Muy cierto y verdad. Hacía tiempo que no veía una performance de expresión tan poderosa. ¿Quién es el artista? ¿Cuánto pide?
Del Cuadro barajó en su mente varias cifras a lo loco, mientras Josefa volvió a reclamar su atención. El galerista se había encontrado unos charcos de agua por el piso de la pinacoteca y se sentía molesto con la mujer.
—¿Quiere dejarme en paz, señora? —dijo, entre dientes, a la oreja de la limpiadora.
El marchante tomó la iniciativa y le ofreció cincuenta mil con una sonrisa en la cara resplandeciente, una cantidad que era la tabla de salvación para la galería. Del Cuadro creyó que aquello era una suerte tan grande que parecía una broma, o una cámara oculta, y se sintió aliviado al poder eludir las explicaciones domésticas que llevaba ensayando todo el día.
Para Josefa, la galería de arte era el último local que le correspondía limpiar esa jornada. Se encontraba triste, agotada, vencida por la vida. En el trayecto había entrado en un bar y, en lugar de tomar su café, tuvo que encerrarse en el cuarto de baño a llorar hasta que le dolió la cabeza. Su marido estaba enfermo, sus dos hijos en paro y su nieto, hasta entonces un niño precioso, se había convertido en un adolescente introvertido y adicto a los videojuegos.
Entró a su trabajo sin fuerzas y pasó a la dependencia donde guardaba el utillaje. Se puso la bata de cuadritos de color rosa y los zuecos. Cogió la fregona, llenó el caldero de agua y se dispuso a pasar el suelo. Los útiles de limpieza estaban dañados hasta el punto de que, al escurrir el mocho, se rajó un palmo del cubo y se derramó el líquido por el suelo. Se lo había avisado varias veces a Del Cuadro, pero el gerente no le había hecho ni caso.
La contrariedad la llevó a una especie de ataque de mal genio muy poco habitual en ella. Cogió el mocho y lo plantó de cualquier manera en el paragüero, con los flecos hacia arriba. El artefacto chorreaba y mojaba todo, pero a ella no le importó, y dejó al lado el caldero y el agua vertida tal cual.
Ni siquiera había entrado a la oficina a saludar a Del Cuadro como solía y no le apetecía encontrarse con él porque, para colmo de males, este le adeudaba varias mensualidades, y no sabía si ponerse a discutir en la pinacoteca, o ir a denunciarle al sindicato. Acudió al lavabo para tomar una pastilla contra la migraña y salió con ideas enfrentadas en la cabeza.
Fue cuando vio al gerente conversar con un hombre en voz alta. Parecían muy satisfechos, chocaron las manos, quizá cerraban una venta. Le estaban impidiendo el paso con el fin de recoger la fregona, a pesar de haberle insistido a Del Cuadro para hacerlo.
Josefa no estaba para finuras en un día como aquel, así que terminó por dar un empellón al gerente, se hizo con el mocho en una mano y el caldero en la otra, y marchó hacia el cuarto de limpieza sin hacer caso de nada.
Apenas reparó en los gritos de los dos hombres.
—Ahora vengo a recoger el agua —dijo con una voz atronadora.