País Relato - Autores

elia barceló

la luciérnaga

Cuando oyó la llamada en la puerta de su despacho, Carmen Lozano echó una última mirada al formulario del Ministerio de Educación que estaba terminando de rellenar —aún le faltaban los porcentajes de alumnado de origen extranjero en el centro y un par de detalles más— y fue a abrir.
Iba a ser una reunión pequeña y esperaba que también rápida, porque les había pedido que vinieran después de la última clase de la mañana y no quería quitarles mucho tiempo. Cuando se hubieron sentado los cuatro profesores, fue directamente al grano.
—El padre de Rodrigo Fuentes me ha enviado esta carta en la que se queja formalmente de acoso a su hijo. No sé si sabéis que me ha telefoneado varias veces y siempre me las he arreglado para explicarle que estaba equivocado; pero ahora lo ha puesto por escrito y me amenaza con acudir a una instancia superior si no cambian las cosas. Como comprenderéis, no puedo pasarlo por alto y por eso os he pedido que vinierais, a ver si entre todos podemos aclarar el asunto. Yo no conozco al chico personalmente y necesito vuestra opinión.
—Ese mocoso es un empollón, un pedante y un bocazas —dijo inmediatamente Ricardo, el profesor de gimnasia—. ¿De qué se queja, a ver? ¿De que no lo invitan a las fiestas de cumpleaños?
—Su padre dice que Rodrigo no tiene muchos contactos entre sus compañeros y concede que eso puede deberse en parte a que sus intereses son muy distintos de los del resto de la clase, pero no nos culpa de eso, claro. De lo que nos culpa es de que los profesores favorecen la actitud de la clase y no pierden ocasión de ridiculizarlo y humillarlo públicamente —leyó de la carta.
—Ese tío está mal de la olla.
—¡Ricardo, por favor! Sabes perfectamente que nos hemos comprometido a que en este centro no se use jamás ese tipo de expresiones…
—Ya. Ni nada que pueda sonar a discriminatorio, ni políticamente incorrecto, ni chorradas similares, ya lo sé; pero estamos entre nosotros, ¿no? No tenemos que quedar bien con nadie; podemos hablar claro.
—Pues habla.
—Rodrigo Fuentes, «Caraculo», como lo llama todo el mundo cuando tú no estás por allí, es un empollón, un redicho, un repipi insoportable que se escaquea de clase de gimnasia en cuanto puede porque no le gusta jugar al fútbol, ni se siente cómodo en cuanto se trata de hacer lo que sea en equipo.
—Pues, según esta carta —insistió la directora—, la lesión del tobillo se la hizo, o más bien se la hicieron, jugando al fútbol.
—Porque, como no tiene ni idea, se tropezó con otro chaval en un pase y se torció el tobillo. Esas cosas son normales en el deporte, ¿sabes? Pero, claro, el papaíto, que debe de ser del mismo estilo que su precioso hijo, no lo entiende.
—Aquí dice que fue intencionado, y que no es la primera vez.
Ricardo soltó un bufido y no contestó.
—Venga, opiniones, ¿qué pasa con ese chico? —preguntó Carmen, mirando a los presentes.
—Nada, mujer, ¿qué va a pasar? —dijo Isabel, la profesora de inglés—. Que el chico es muy inteligente, y trabaja mucho, y eso no cae bien en la clase. Siempre tiene la mano levantada, contesta a todo, escribe trabajos extra… cosas así.
—De sobresaliente en todo —añadió Lola, la de lengua y literatura.
—Menos en gimnasia —masculló Ricardo.
—Cada uno tiene sus puntos flacos —intervino Tomás, el de física—. Y yo no sé si de verdad es tan malo en gimnasia, pero va a la piscina y es buen nadador.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Lola.
—Porque cuando lo estuve preparando para las Olimpiadas de Física el año pasado, tuvimos mucho contacto. Y el chaval es buenísimo. Sacó un segundo puesto europeo.
—¿No os digo que es un empollón? —insistió Ricardo.
—No, no es eso, Ricardo. Es que es muy inteligente y se interesa por todas las asignaturas. Y habla muy bien.
—Sí, labia no le falta al muy imbécil. Cada vez que abre la boca, me dan ganas de darle de hostias.
—¡Ricardo! —la directora sonaba escandalizada.
—Pero no lo hago, Carmen. Te juro que no le he tocado nunca un pelo de la ropa.
—Pero lo has puesto a correr por el patio cuando los demás ya se habían ido a cambiarse.
—Porque le falta resistencia. Como se pasa la vida entre libros y delante del ordenador..,
—Bueno, ¿qué os parece que hagamos?
Todos se encogieron de hombros.
—Su padre también se queja de que el nivel en las clases es ínfimo, que no se cumplen los programas previstos, para poder adaptarse a las necesidades de los alumnos de menor rendimiento, y que no se han tenido en cuenta las protestas formales de Rodrigo. ¿Sabe alguien de qué protestas habla?
Isabel se removió en la silla.
—Vino a quejarse un par de veces de que estamos repasando otra vez las formas en —ing porque la mayor parte de la clase aún no las tiene claras. Ya sé que en primero de bachillerato es una barbaridad, pero ¿qué voy a hacer? Si no tienen base, no puedo avanzar. Cuando se quejó la tercera vez, le dije que eso es asunto del jefe de estudios y lo mandé a Ignacio.
—¡Vaya por Dios! No se me ha ocurrido llamarlo a él. ¿Se ha quejado a alguien más?
—A mí también —dijo Lola—. Dice que los debates en clase son infantiles y ridículos. Y lo peor es que no le falta razón, pero es lo que hay. Y como él se expresa tan bien y tiene tanto vocabulario, asusta a los demás y entonces ya no abre el pico nadie. Estuve hablando con él, le aconsejé que intente al menos adaptar un poco su vocabulario al de sus compañeros, y me dijo que resultaba indignante que la profesora de lengua le hiciera esa sugerencia. La verdad es que me fastidió bastante. Yo también quisiera que el nivel fuera mejor, pero tenemos que trabajar con lo que nos llega. No puedo obligar a todo el mundo a leer una novela a la semana, o dos, como hace Rodrigo.
—Sí. No se le cae el libro de las manos al muy cretino —dijo Ricardo, mirando ostentativamente el reloj—. Pero, a lo que íbamos… ¿dónde cono está el acoso? Yo seré un ignorante, pero siempre he creído que el acoso es cuando a una chica tratan de violarla, o cuando insultan a alguien por ser negro o chino o musulmán o maricón, o cuando le dan de hostias a un crío más pequeño o cosas así, ¿no? Y eso aquí no pasa. ¿Que no lo invitan a las fiestas o lo llaman «Caraculo» o no le jalean los éxitos en física? ¿Y qué? La vida no es un camino de rosas. Y para ser un hombre hay que aprender a defenderse, o a tragar. Además —añadió mirando a sus compañeros—, ¿para qué vamos a engañarnos? A nadie nos gusta ese niñato, ¿no?
—A mí, sí —dijo Tomás—. Ojalá tuviera más alumnos como él. Interesado, educado, inteligente, sensible…
—Sois tal para cual —zanjó Ricardo—. Un par de antiguallas. Tendríais que haber nacido en el siglo XIX. Bueno, Carmen, yo me voy a comer, que a las cuatro tenemos entrenamiento.
—Prométeme que no volverás a meterte con él.
Ricardo se volvió hacia ella desde la puerta con una sonrisa llena de dientes.
—No voy a tener ocasión. Me ha traído un certificado médico que lo libera de gimnasia hasta junio. Acoso… ¡Ja! ¡No me hagas reír!
—Sí —dijo la directora—, la verdad es que yo también encuentro excesivo llamar acoso a esas chorradas.
—¿Y qué tendría que pasar para que lo tomemos en serio? —preguntó Tomás cuando ya las mujeres estaban recogiendo sus bolsos—. ¿Queréis esperar hasta que un día se le crucen los cables y se suicide? ¿O que a alguno de los salvajes que todos conocemos se le ocurra animar a sus amigos a liarse a pedradas con Rodrigo hasta romperle la crisma? ¿Tenemos que llegar a eso para que os toméis en serio el problema?
—No dramatices, Tomás. Ni ha pasado nada ni pasará; tú, tranquilo —zanjó la directora.
Al cabo de unos minutos, se disolvió la reunión. Carmen prometió tenerlos informados de lo que decidiera, se sirvió un café y pidió a la secretaria que hiciera pasar a Rodrigo Fuentes, que llevaba ya un buen rato esperando en el pasillo.
Después de todo lo que había oído sobre el muchacho, le llamó la atención que no respondiera a la imagen que se había formado del empollón del centro. No era muy alto, pero tenía los hombros anchos, un par de granitos de acné en la nariz, pelo corto, y bastante buen aspecto. No llevaba gafas, como ella suponía. Lo que sí llevaba era una muleta y el pie derecho escayolado.
Al cabo de unos minutos de conversación, Carmen estaba pasmada. El chico parecía adulto, aunque solo tenía dieciséis años, y se expresaba mejor que la mayor parte de sus profesores. No era solo lo que decía.
Rodrigo se quedó mirándola, perplejo.
—¿Me está diciendo que la culpa es mía, por ser como soy, por negarme a ser como esos maleducados de mi clase? Ese es el típico argumento despreciable, que incluso han usado algunos jueces en este país frente a víctimas de violaciones, aconsejándoles que se vistan de un modo más discreto, que no se pongan minifaldas, ni lleven escotes ni pantalones ajustados, porque, si se empeñan en hacerlo, están incitando ellas mismas a la violación. ¿Es eso lo que me quiere decir, doña Carmen? ¿La he entendido bien? ¿Está disculpando a los acosadores, tanto compañeros como profesores, diciendo que yo me lo he buscado por sacar buenas notas, tener ambiciones y ser un buen estudiante?
La directora rechinó los dientes.
—En este centro nos preocupamos de que no haya acosadores, Rodrigo. Tenemos alumnos de todas las clases socíales, de distintas religiones, de varios colores de piel. Nunca he permitido comportamientos ni expresiones racistas, machistas ni discriminadoras por razón de sexo, de religión, de nada de nada.
—Es que los españoles blancos, inteligentes, heterosexuales, de clase media, no tenemos lobby, doña Carmen —contestó Rodrigo, perfectamente serio.
La directora apretó los puños bajo la mesa. Aquel mocoso estaba empezando a exasperarla. Solo el recuerdo de Ricardo y el deseo de no parecerse a él la retenían de levantarse y darle una bofetada. Ni ella misma comprendía qué había en aquel muchacho que la sacaba de quicio de esa manera; tenía que reconocer que era el alumno más respetuoso con el que había hablado en mucho tiempo. Incluso la llamaba doña Carmen, sin sombra de ironía. Inspiró hondo antes de contestarle.
—Mira, Rodrigo, yo puedo intentar hacer algo contra la violencia, contra la discriminación de género, de raza, de orientación sexual… Tú sabes que son temas que se tratan exhaustivamente en muchas asignaturas —el chico cabeceó, asintiendo—. Pero no sé qué puedo hacer en tu caso. Tu padre, en su carta, lo llama acoso, pero ¿qué quieres que te diga? Yo, lo único que veo es que no les caes bien a tus compañeros, por lo que sea; que quizá tampoco caes bien a algunos de tus profesores, pero todas tus notas son excelentes; no puedes quejarte de que sean injustos a la hora de calificar…
—Perdone que la interrumpa, doña Carmen, pero ¿y los comentarios dirigidos a intentar ponerme en ridículo en público, porque toco el piano, por ejemplo, en lugar de ser una estrella del fútbol? ¿Y las risitas, los motes, el darme la espalda siempre, a propósito; y el que los profesores no me dejen contestar a las preguntas de clase, haciendo caso omiso de mi mano alzada? ¿Y los comentarios hirientes sobre mi participación en las Olimpiadas de Física? Tony Ferrer ganó un torneo provincial de tenis y lo felicitó todo el colegio; yo quedé segundo a nivel europeo y no solo nadie me ha felicitado, sino que se han dedicado a burlarse de mí. ¿Eso no es acoso, en su opinión?
—Rodrigo —dijo la directora al cabo de unos segundos—, está claro que eres un alumno muy brillante. Eso puede crear envidias, ¿comprendes? Hay personas, sobre todo en la etapa de la adolescencia, cuando aún no están formadas del todo, que no soportan bien el que otro brille más. Compañeros a los que a lo mejor les molesta que seas una luciérnaga, por decirlo de modo metafórico.
—Las luciérnagas no le hacen mal a nadie.
—Pero brillan.
—No es culpa suya. Han nacido así.
La directora apretó los labios, sin saber qué decir. Rodrigo continuó, después de pensarlo un momento.
—Entonces, en su opinión, el comportamiento de los compañeros y el de los profesores es una simple consecuencia de que soy una luciérnaga o, por decirlo de otra forma, la oveja negra del grupo, o más bien la blanca entre las negras. Pero como se trata de una reacción natural a algo que yo no puedo cambiar, no hay salida, ¿no es eso?
—Podrías tratar de brillar un poco menos. Eso está en tu mano. Como ya te he dicho, no veo qué puedo hacer yo para evitar que te den de lado o que hagan comentarios que no te gustan. Eso es un asunto personal, Rodrigo; lo mires por donde lo mires, eso no puede considerarse acoso.
—¿Y la fractura del tobillo? ¿Es eso lo bastante violento para que sea de su incumbencia?
—Eso fue un accidente deportivo. Me lo acaba de confirmar Ricardo Tejeda.
—Claro.
—¿Cómo que «claro»?
—No iba a decirle a usted que mientras me daban de patadas, él estaba en el bar, tomándose un carajillo con el silbato colgado del cuello.
—Esa es una acusación muy grave, Rodrigo.
—La mantendré donde sea necesario. Hay muchos testigos de que es un comportamiento habitual en don Ricardo.
Se miraron unos instantes y Carmen acabó por bajar la vista. Estaba deseando quedarse sola.
—Bien, Rodrigo —dijo por fin—. Creo que ya me he hecho una idea de la situación. Lo pensaré y veré qué se puede hacer, pero de momento, la verdad, lo único que se me ocurre es que quizá este no sea el instituto adecuado para una persona de tus capacidades. ¿No habéis pensado nunca, tú y tus padres, que tal vez sería mejor que acudieras a una escuela para superdotados?
Rodrigo la miró, de nuevo perplejo.
—Yo no soy un superdotado.
La directora puso las notas de Rodrigo sobre la mesa y golpeó el papel con el índice.
—A la vista está.
—Yo trabajo mucho para conseguir esas notas, doña Carmen. No me caen del cielo.
La palabra «empollón» se formó como una burbuja en el cerebro de la directora y se fue hinchando hasta que estalló por sí sola.
—Sin embargo, creo que sería la mejor solución.
—La huida como mejor solución. ¿De verdad no hay nada que usted, como directora de este instituto, pueda hacer?
Estuvo a punto de preguntarle si él tenía alguna sugerencia, pero enseguida pensó que eso sería rebajarse a pedirle consejo a un alumno de dieciséis años, se mordió los labios y guardó silencio.
—La semana que viene, si tus padres pueden, me gustaría hablar con ellos.
—Cuando usted quiera, doña Carmen. Muchas gracias.
El chico se levantó, le tendió la mano, que ella estrechó automáticamente sin pararse a pensarlo, y salió cojeando del despacho. «¡Pero qué repipi es este niño!», fue lo único que se le ocurrió pensar en el momento en que se vio sola.
Ya había vuelto al formulario que tenía que terminar, cuando un estrépito procedente de las escaleras la hizo salir corriendo del despacho a ver qué había sucedido. Rodrigo estaba tirado en el suelo, al pie de la escalera, con la cara desfigurada por el dolor, mientras una de las señoras de la limpieza trataba de ayudarlo a ponerse en pie.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Carmen desde arriba mientras, por el rabillo del ojo, trataba de reconocer a dos chicos que acababan de salir corriendo hacia el patio.
—Que con la muleta y tal, el chaval ha debido de resbalarse en las escaleras y se ha caído, pero con tan mala pata que se ha vuelto a estropear el tobillo de la escayola —dijo la mujer.
—Voy a llamar a tu casa para que te recojan, Rodrigo. Siéntate ahí en el banco hasta que lleguen.
—Llame a un taxi, por favor —dijo Rodrigo, apretando los dientes y apoyando la cabeza en la pared—. Mis padres trabajan los dos.
Al llegar a casa, con el rostro desfigurado por el dolor, Rodrigo se encontró con una nota de su padre: «Volveré tarde. No me esperes para la cena. Reunión de urgencia. Besos». Su madre, que era flautista en la orquesta provincial, tampoco volvería hasta la medianoche.
Cojeó hasta el baño, sintiendo el dolor del tobillo como esquirlas de vidrio que se clavaran en la carne. Estaba mareado y furioso. Se sentía impotente, perdido, ridículo. Le habría gustado tener a alguien a quien llamar, algún amigo a quien contarle lo que había pasado en el despacho de la directora, pero no había nadie. Su hermano mayor estudiaba en los Estados Unidos y ahora estaría durmiendo. Y no podía llamar a su abuela, a Córdoba, para contarle algo así.
Con manos temblorosas, sacó las pastillas que el médico le había dado hacía unos meses para el dolor de la muela del juicio; eran bastante fuertes y ayudarían un poco. No se le iba de la cabeza la expresión de desprecio, casi de asco, de la directora, como si él fuera un bicho raro que le iba a estropear la estadística y la reputación del centro. Aquella estúpida no se daba cuenta del esfuerzo que suponía levantarse todas las mañanas para ir a aquella clase donde nadie lo aceptaba como era, de lo estéril que le parecía a veces estudiar y preparar los trabajos para que luego nadie lo felicitara por una buena nota, de lo solo que se sentía siempre, sobre todo los viernes, cuando oía a los demás haciendo planes para fiestas y discotecas y sesiones de cine a las que nunca estaba invitado. Todos hablando a través de él, como si fuera transparente.
Solo quería dormir. Dormir varios años de golpe y despertarse ya adulto, universitario. Poder vivir su vida sin humillaciones, sin miedo, dando lo mejor de sí mismo en un trabajo que hubiera elegido él. Poder acercarse a una chica y que no lo llamara «Caraculo» o pusiera excusas imbéciles para decirle que no. Solo quería dormir. Así que volvió al baño, cogió el frasco de somníferos que sus padres guardaban para casos de urgencia, y se lo llevó al cuarto. No sabía cuántas pastillas harían falta, pero el tobillo le dolía tanto que pensó que con una no sería suficiente.
Escribió una nota y la dejó en la mesita de noche: «Me he tomado dos Voltarenes para el dolor del tobillo y dos somníferos. Necesito dormir. Mañana os lo cuento todo. Besos».
A punto ya de quedarse dormido, pensó que no había leído en el prospecto si los dos fármacos eran compatibles, pero era tan agradable la sensación de deslizarse hacia la nada, que se limitó a arrebujarse entre las sábanas y sonreír. Tenía muchas horas de sueño por delante. Muchas, muchas horas de felicidad en las que nadie lo acosaría.
En cuanto se marchó el chico en el taxi, la directora bajó cuidadosamente las escaleras hasta el peldaño donde aún quedaba una mancha de algo oleaginoso, como aceite de motor. La tocó con el dedo y se lo limpió inmediatamente en el pañuelo. ¿Un accidente? Muchos de los alumnos llegaban a clase en moto. ¿Una broma? El pobre chaval habría podido desnucarse. Si era una broma, no tenía ninguna gracia. Se quedó un momento más en la escalera, pensando qué hacer.
—¡Elena! —gritó por fin—. Haga usted el favor de limpiar este peldaño, no se nos vayan a descalabrar los alumnos, ¿quiere?
Volvió a su despacho a terminar el formulario y, en la pregunta sobre incidencias de acoso en el centro, después de pensarlo unos segundos, marcó la opción «Ninguna». No iba a ensuciar la imagen de su instituto por un par de tonterías. Aquello no se podía llamar acoso. Y al fin y al cabo, no había pasado nada. Luego hizo una inspiración profunda, abrió la ventana y se encendió un cigarrillo. Después de todo, el director del centro, en ciertas circunstancias, puede permitirse ciertos privilegios, pensó, inspirando el humo golosamente.