País Relato - Autores

elena o'callaghan i duch

la dos caras de la moneda

Eres una mierda y nadie te quiere.
Ni siquiera tu propia madre,
que te abandonó al nacer
cuando vio el engendro que había parido.
Isabel no podía dar crédito a lo que estaba leyendo. Tuvo que apretar de nuevo una de las teclas para poder releer el mensaje, ahora con letra más nítida, en la pequeña pantalla del móvil de su hija Ana.
Se sintió mal. Muy mal.
13 de marzo
El lunes empiezan los exámenes. Voy fatal. Seguro me quedan las mates y tecno y, con un poco más de mala suerte, la lengua y el inglés.
Esperaba que Andrea me hubiera tenido en cuenta. ¡Qué estúpida he sido al pensar eso! Desde mitad del primer trimestre, ella y su grupito no hacen más que mofarse de mí. Si me acerco para estar con ellos en el patio, hablan medio en clave y con indirectas burlonas para que me vaya de su lado. En clase se ríen de mí cuando los profes me preguntan algo y no sé responder o lo hago mal. No entiendo qué le pasa a Andrea conmigo. No sé qué le he hecho. Hemos ido juntas desde primaria y era mi amiga. Por eso me duele su actitud. Y lo peor, que arrastre a todo ese grupito: Álex, Carla, Mireia, Oriol, Rubén, Marcos… y a más gente de la clase. Menos mal que María del Mar y Laia no se han unido a ellos.
Sé que Andrea se ha hecho con unas copias de los exámenes de mates y de lengua. Las ha repartido entre sus amigos. En el patio se jactaba de ello. Explicaba cómo había entrado en la sala de profes y había birlado un par de fotocopias de los dos primeros montones que encontró, mientras Marcos y Rubén vigilaban desde la puerta para avisar si se acercaba algún profesor.
Yo nunca me hubiera atrevido a hacer algo así, pero, la verdad… ¡qué bien que me iría saber las preguntas de estos exámenes! Andrea sabe lo que me cuestan estas asignaturas, pero no me ha dado ninguna copia. En cambio, ha hecho todo lo posible para que me enterara de ello. Lo ha hecho adrede. Quizá espera a que me humille y le pida unas copias. Y no sé qué hacer. Si suspendo cuatro asignaturas, además de la bronca en casa, sé que mi madre me racionará con cuentagotas las salidas hasta final de curso, y si suspendo el curso no me dejará ir al campamento con los scouts. ¡Me muero de rabia!
Lo que Isabel acababa de leer en el móvil le estaba abriendo los ojos. No podía evitar sentirse culpable por no haber sabido valorar la dimensión del aprieto por el que había pasado su hija a lo largo del curso. Y lo más sorprendente: ¿cómo era posible que una niña de la edad de su hija fuera capaz de actuar con semejante crueldad? El mensaje que había leído no obedecía a un impulso, a algo que se suelta en un arranque de ira. Esos mensajes denotaban la estrategia de la mente fría y calculadora de una niña de trece años. Realmente escalofriante.
14 de marzo
Estoy hecha un lío. Esta tarde, a la salida, tenía ganas de ir al lavabo. Cuando iba a entrar, la señora de la limpieza me ha preguntado si me podía esperar a que se secara el suelo. Le he dicho que no y me ha abierto el baño de las profesoras, que está al lado. Mientras estaba dentro, han entrado dos profesoras, hablando entre ellas. Me he quedado de piedra al oír sus palabras. No he pillado la conversación entera, pero sí frases sueltas: «… el de matemáticas y el de lengua…, puerta abierta… Estaban contados… eran los primeros. Algunas copias cayeron al suelo… Prisas».
Está claro: los profes han descubierto que alguien ha cogido los exámenes. ¿Qué hago? ¿Aviso a Andrea y su cuadrilla? Quizá así gane puntos a sus ojos y dejen de burlarse de mí y mandarme esos mensajes con insultos y amenazas. Aunque no los firmen, sé que son suyos. Si les aviso, quizá me dejen en paz de una vez. Será difícil que Andrea vuelva a ser mi amiga, como cuando éramos pequeñas, pero me conformaría con que dejara de humillarme públicamente.
Pero María de Mar opina que no es buena idea avisar a Andrea. No sé… Mañana ya decidiré, ahora tengo dolor de cabeza de tanto pensar.
Isabel sabía que su hija era introvertida y que le costaba coger confianza con las personas. Cuando la adoptó, apenas tenía dos años, pero dos años son un tiempo precioso en el crecimiento de un bebé. Y en este caso, era más que suficiente para que su hija hubiera desarrollado ya un carácter tímido y extremadamente sensible. Por eso, a la hora de educar a su hija, Isabel siempre fomentó de manera especial la autoestima de Ana. Creyó que sus explicaciones y sus amplias conversaciones con la niña, a medida que iba creciendo, serían bastante para ayudarla a superar sus inseguridades y que le aportarían recursos emocionales que la fortalecieran internamente frente a lo que la vida le deparara.
Sabía que una de las virtudes de Ana era también su punto débil. A menudo, su hipersensibilidad la hacía emocionalmente inestable y le obligaba a estar más pendiente de agradar a los demás que a sí misma. A ojos de su madre, esa necesidad de aprobación que sentía Ana era lo que la convertía en una presa fácilmente vulnerable a las manipulaciones.
Por todo eso, a Isabel le pareció de una bajeza extrema que los compañeros de su hija apelaran a su condición de hija adoptada y ahondaran en ello para hacerle el mayor daño posible.
15 de marzo
Día espantoso donde los haya.
¡Soy imbécil! Pero… ¿cómo se me habrá ocurrido contárselo a Andrea? ¿En qué estaría yo pensando…? Quería ganar puntos a sus ojos y ha pasado justo lo contrario.
—¡Has sido tú, chivata de mierda! —me ha gritado.
¡La odio! La odio a ella y a todo su grupito.
Después, en clase de mates, al abrir el libro me he encontrado con otro de sus mensajes: A ver si te enteras de una vez: te la estás buscando. Vete con cuidado a la salida. Lo ha escrito ella. Le conozco bien la letra. A la salida, les he pedido a María del Mar y a Laia que me acompañen hasta pasado el camino del puente. Laia me ha dicho que sería mejor que se lo contara todo a mi madre.
Me gustaría poder contárselo todo a mamá. Pero me dirá lo mismo que el trimestre anterior, cuando le comenté que se burlaban de mí: que yo soy una exagerada, que hable con Andrea, que si los demás se meten conmigo es porque saben que eso me molesta, pero que son chiquilladas y que si yo no les hago caso, ya se cansarán y se buscarán otra víctima. Sí, claro, para mamá es muy fácil decir eso y también pincharme para que hable con el tutor. Y si no lo hago, lo hará ella. Hablar con el tutor es peor, porque luego él saca el tema en tutoría y me machacan más todavía.
Siento una tremenda opresión en el estómago que no me ha dejado ni cenar. Estoy tumbada en la cama y apenas puedo escribir. Me caen las lágrimas sobre estas páginas.
¡Qué asco de colegio! ¡Qué mierda de vida!
Aún sobrecogida por la impresión, mientras caminaba en dirección a su estudio con el móvil de Ana en la mano, Isabel rebobinó mentalmente el curso de su hija como si de una película se tratara.
¿Cómo no había dado crédito a sus palabras? ¿Qué le hizo pensar que las quejas y lamentos de su hija en todo ese tiempo no eran más que una exageración? ¿Cómo no se dio cuenta de que la situación estaba tan deteriorada? Se había limitado a decirle que intentara arreglar las cosas a través del diálogo y que aprendiera a no perturbarse por lo que dijeran los demás, pues mientras ellos vieran que todo eso la afectaba, la podrían manipular a su antojo. Y, finalmente, le aconsejó que hablara de todo ello con el tutor y que confiara en él.
18 de marzo
¿Por qué? ¿Por qué mi madre no se da cuenta? Dice que es un «episodio puntual». Pero yo no quiero volver al colegio. ¡No pienso volver! Se lo dije ayer a la doctora en privado. Luego, ella habló con mi madre, también a solas.
Llegué al hospital temblando, sintiendo esa opresión en el estómago y en el pecho y, sobre todo, llorando de rabia y desesperación. La doctora me dio una pastilla, y cuando se me pasaron los temblores y el llanto, conseguí contarle lo ocurrido. Le conté cómo a la salida del colegio, tres calles más abajo, estaban esperándome Andrea y su grupito. Todos saben que salgo siempre con María del Mar y que nos separamos en la segunda calle y que al llegar a la tercera estaría sola. En cuanto los vi, me temí lo peor. Intenté escaparme, pero no tuve posibilidad alguna. Me rodearon y me acorralaron, mientras, a empujones, me pasaban de uno a otro. No soy capaz de recordar quién dijo qué:
—Te vamos a partir la cara, chivata asquerosa.
—Ahora estamos fuera del colegio. ¿A qué profesores te vas a chivar ahora?
Yo empecé a llorar, aterrorizada.
—Dejadme en paz, por favor. ¿Qué os he hecho?
Pero siguieron avasallándome y riéndose de mi miedo:
—Llorona cobarde, te estás cagando, ¿verdad?
—¡Ja ja ja! Pues esto no es nada. Una sola palabra más y te vamos a rajar la cara. Te vas a quedar más fea de lo que eres, que ya es decir.
—Y ahora, niñata de mierda, ¿por qué no le vas con el cuento a tu puta madre?
Le seguí contando a la doctora que en ese momento bajaban la calle un grupo de los mayores de bachillerato, que irrumpieron:
—¿Pasa algo? —preguntó uno de ellos.
—Oh, nada —respondió Oriol, cínicamente—. Le estábamos dando a esta un regalo de cumpleaños, ¿no es así, Ana?
Como el de bachillerato empezó a preguntar, inmediatamente se disolvió el grupo y yo eché a correr cuesta abajo hasta que los perdí de vista. Me paré, llamé a mi madre y…
De nuevo, el llanto no me dejó seguir con mi explicación. La doctora me dijo que tenía un «ataque de angustia». Aunque fue muy amable conmigo, se equivocó. Un ataque dura poco y se pasa. Lo mío no es un ataque, porque no se me pasará hasta que se mueran Andrea y su grupito. O hasta que yo cambie de colegio y no vuelva a ver nunca más en mi vida a toda esa pandilla. Pero mi madre no me quiere cambiar de colé. Dice que esa no es la solución. Que si alguien se tiene que ir no soy yo, sino Andrea, y que el colegio tiene que estar enterado de esto y tomar cartas en el asunto.
Sí, cartas en el asunto… Cuando llegue a oídos del tutor, este hará lo de siempre: hablará conmigo, hablará con ellos, hará una tutoría sobre el asunto y aireará el tema a los cuatro vientos para mayor vergüenza mía. Todo seguirá igual y yo seré la comidilla de todo el colegio y el blanco perfecto del grupito de Andrea, porque me acusarán de haber ido con el cuento a los profes y aún será peor. Eso es lo que no entiende mi madre. No quiero que mamá hable con el tutor ni con nadie. Ya lo hizo el trimestre pasado y no solo no mejoró la situación, sino que fue cuando empezaron a burlarse de mí y a enviarme los mensajes.
Después de lo de ayer, no entiendo cómo mamá aún sigue diciendo que soy yo la que se toma las cosas a la tremenda. Entonces, ¿por qué me llevó ayer al hospital? ¿Por qué estoy ahora en casa cuando debería estar en el colegio? ¿Por qué ella no ha ido hoy a trabajar y está conmigo en casa? ¿Por qué lleva una hora pegada al teléfono?
La estoy oyendo… ¡Está hablando con el tutor! Lo peor que podía hacer. Dice algo de perder el curso. ¡Y a mí qué! Me la suda perder el curso. ¡Odio esta mierda de colegio! No pienso volver.
Ahora, a la luz de lo ocurrido, el episodio del acorralamiento cobró para Isabel un relieve distinto. No es que no le diera importancia cuando sucedió, pero sí creyó entonces —y el tutor la convenció de ello posteriormente— que se trataba de un episodio puntual, en el cual su hija se había metido casi por casualidad a través de un cúmulo de desafortunadas circunstancias que comenzaron con el robo de los exámenes y desembocaron en la encerrona y las amenazas que Ana recibió a la salida del colegio.
Al recibir la llamada de su hija, y lograr entender entre llantos y gritos lo que le ocurría, salió corriendo del trabajo y fue a buscarla. Ana estaba fuera de sí, temblando como una hoja y presa del pánico. Isabel la vio tan descompuesta que decidió llevarla al hospital. Ahora se alegraba enormemente de haberlo hecho.
22 de marzo
Andrea, Oriol y Carla han sido expulsados del colegio una semana. No es que me consuele, pero por lo menos estaré siete días sin verlos. Más los diez de la Semana Santa, diecisiete en total. La expulsión ha sido por lo del robo de los exámenes y supongo que algo habrá tenido que ver lo que mamá habló con el tutor. Ya veremos qué pasa cuando vuelvan.
Voy a hacer todo lo posible para cumplir el pacto al que llegué con mi madre: acabar el curso como sea, centrándome en los estudios. Pero sigue diciendo que no soy yo quien tiene que cambiar de colegio. ¡Qué ganas tengo de que lleguen las vacaciones de verano! Tres meses sin ver a nadie.
Cuando accedí a volver al colegio, yo también hablé con el tutor y me prometió que me dejarían en paz y que nada volvería a ocurrir. Pero también me dijo que no tenía que ser tan susceptible. Otro que no se entera de lo que pasa fuera de la clase.
Los exámenes han acabado y, con todo este lío, me han ido fatal. En realidad, casi lo prefiero. Si tengo que seguir en esta asquerosidad de colegio, mejor que repita curso. Aunque no pierda de vista completamente al grupo de Andrea, por lo menos no coincidiremos en las clases.
Isabel bajó la guardia al creer que la situación estaba bajo un relativo control por parte del centro, e interpretaba las quejas de Ana y su insistencia en no querer volver al colegio como una justificación de su hija por lo mal que iba académicamente.
Esa sensación de calma fue alimentada sobremanera por el tutor, quien, ante la insistencia de Isabel de poner en conocimiento de la dirección del centro el asunto, le dijo que no era necesario y le contó que ya se había aclarado el caso con los alumnos responsables del puntual acoso, que estos se estaban comportando con corrección y que era Ana la que percibía mucho más de lo que era en realidad. Aun así, Isabel insistió en que una cosa era lo que los profesores veían en la clase, y otra, lo que ocurría fuera del aula o, incluso, fuera del centro; relaciones y circunstancias de las que los docentes no tenían ni idea.
5 de abril
He suspendido cuatro. Aún me esperaba más.
Ya estoy con los nervios de punta. Mañana, otra vez al colé después de las vacaciones de Semana Santa. Mamá ha estado rayándome todos estos días con la misma canción: que si no me tiene que dar apuro volver, que si soy demasiado sensible, etc. Tengo miedo de lo que pase mañana, cuando se incorporen Andrea, Carla y Oriol. La última semana del trimestre anterior, el resto de la peña, sin los tres cabecillas, me ignoraron. Pero ya veremos mañana. ¿Se envalentonarán de nuevo?
Durante las vacaciones de Semana Santa, Isabel y sus dos hijos se fueron a pasar unos días a la montaña. Lejos de presiones laborales y académicas, en un ambiente distendido, Isabel aprovechó para insistirle a su hija en que lo importante del colegio eran los estudios. A los compañeros, a fin de cuentas, los perdería de vista en pocos años. Ana parecía resignada a ello porque no se lo discutía a su madre. Pero Isabel percibía una infinita tristeza en los ojos de su hija. «Quizá es pronto —se decía— y necesite tiempo para digerir lo que ocurrió».
15 de abril
Hace días que no escribo. Como prometí a mamá, estoy muy centrada en los estudios porque este trimestre es decisivo. Dije que me da igual repetir curso, pero en realidad no me da lo mismo. La situación en el colé ha mejorado algo, solo algo. Yo sé que Andrea y el resto de la pandilla se contienen por lo que pueda pasar. No me dirigen la palabra, ni en clase ni en el patio, pero las miradas de odio y las sonrisitas de desprecio que me lanzan siguen ahí.
Intento hacer lo que mamá me aconseja: ignorar a ese grupo de comadrejas. Pero ¿cómo se puede ignorar a alguien que siempre está ahí, que sé que se siguen riendo de mí a mis espaldas y me siguen criticando? Es muy difícil. Suerte que María del Mar y Laia me están ayudando muchísimo. Es lo único bueno que tiene el colegio. Vivo como una zombie durante toda la semana y solo espero a que llegue el viernes para olvidarme.
Durante los dos meses siguientes, Isabel se dio cuenta del esfuerzo de su hija por estudiar y sacar adelante el curso. Se lo valoró y le alabó repetidas veces su fuerza de voluntad. La ayudaba en todo lo que podía y se alegraba con sus logros en los exámenes parciales.
Sin embargo, por encima de esa situación de aparente sosiego, siempre planeaba una sombra latente que Ana hacía explícita en cuanto se le presentaba la menor ocasión: el cambio de colegio. Isabel estaba harta de este asunto recurrente y, en un par de ocasiones, hasta se llegó a enfadar con su hija por ello. En algunos momentos de debilidad, se debatía entre la firmeza de no doblegarse a lo que ella consideraba un capricho de Ana, y la lejana intuición de que ese escenario era de cartón piedra y se mantenía cogido por pinzas. En esos momentos de dudas, llamaba al tutor para ver cómo iba todo y transmitirle no solo la tristeza que percibía en su hija, sino también su deseo de cambiar de colegio. El tutor llegó a decirle que Ana le estaba tomando el pelo, pues la niña estaba muy bien en el colegio y en absoluto se la veía triste o preocupada. Había hablado con ella y no se sentía angustiada ni, mucho menos, acosada.
30 de abril
Mi madre no se entera de nada. Se cree que todo está solucionado. Cada día, nada más llegar, me pregunta qué tal me ha ido en clase. ¡Qué le voy a decir! Ya paso de contarle que todo sigue igual. Solo le digo que me quiero ir de este colegio. Hoy hemos discutido otra vez. No me quiere cambiar de centro. Dice que es de los mejores de la ciudad, que ella hace un gran esfuerzo para llevarme a ese colé y que la situación ha mejorado y que, una vez pasado el verano, ya nadie se acordará de nada. Y yo no sé cómo hacerle entender que esto no hay quien lo solucione. Las cosas no son como cuando éramos pequeñas, que un día nos peleábamos y al siguiente hacíamos las paces. Esto va en serio. Ya no somos niñas.
¿A qué jugaba, pues, Ana? Su madre estaba desconcertada. Por una parte, cuando le preguntaba cada día a su hija cómo le había ido en clase, la respuesta era siempre la misma: bien. Un escueto «bien», articulado sin demasiado entusiasmo, salvo cuando traía un aprobado de algún trabajo o control parcial. Por otra parte, le desorientaba la insistencia de su hija para que la sacara del centro. Si todo iba «bien», si estaba empezando a sacar aprobados aunque fueran justitos, si el tutor decía que la veía contenta… ¿cuál era el problema? ¿Por qué seguía con esa mirada lánguida, como si hubiera perdido la vitalidad?
10 de mayo
¡La odio! ¡Cómo odio a Andrea y su mala leche! Delante de los profesores, me sonríe y es amable conmigo. Pero detrás, la muy falsa e hipócrita va por ahí contando chismes sobre mí, calumniándome. Hoy se ha encarado con María del Mar y le ha preguntado que cómo era posible que una chica tan guapa como ella fuera capaz de ir con un monstruo como yo, que además la deja de vuelta y media cuando no está. Yo jamás he hecho eso. María del Mar me lo ha contado y he visto una sombra de duda en su cara cuando me lo ha dicho. Me he visto obligada a defenderme de tal acusación. ¡Cómo me ha dolido!
Isabel acababa de llegar a su estudio. Cerró la puerta para que Ana no la pudiera oír y se sentó frente a su mesa de trabajo. Volvió a leer los dos últimos mensajes recibidos en el teléfono de Ana, que ahora se le antojaron como las puntas de un gran iceberg. Su sensación de culpa iba en aumento al recordar más detalles de todo aquel proceso. Siguiendo la petición del tutor, Isabel no había transmitido su preocupación a la dirección del centro, tal y como había deseado hacerlo en un principio. Ahora, a la vista de esos mensajes, se daba cuenta de que había confiado demasiado en el tutor. Debería haberse mantenido firme, yendo a hablar con la coordinadora de ciclo, con la jefa de estudios o con el mismísimo director del centro.
12 de mayo
Mamá se ha enterado de lo de María del Mar. Me vio ayer llorando y me preguntó que qué me pasaba. No le quise decir nada. No quería que llamara al colegio. Pero al final tuve que contárselo todo. Me dijo que yo no soy nada fea. Y que un monstruo es quien necesita hacer daño a los demás para disfrutar. Cómo me gustaría ser capaz de soltarle eso en la cara a Andrea…
Hoy viernes, mamá ha venido a buscarme al colegio y nos hemos ido a merendar juntas. A la salida estaban Carla, Mireia y Oriol, y cuando me han visto con mi madre, han empezado a reírse. Le he dicho a mamá que se estaban riendo de ella y mamá me ha contestado que le importaba tres pimientos, que lo mejor era ignorarlos y que yo tendría que aprender a hacer lo mismo. ¡Qué fácil resulta eso para un adulto! Me gustaría ser como ella.
Cada día falta menos para que se acabe esta tortura de curso.
Isabel quería que Ana se sintiera apoyada en los estudios y seguía al detalle los deberes y las lecciones de todas las asignaturas. Eso la obligaba a trabajar por las noches y recuperar las horas de la tarde. Además de un refuerzo académico, quería que el estar a su lado fuera también un refuerzo emocional, aunque se desesperaba cuando volvía a salir el tema del cambio de colegio.
15 de mayo
Seguro que mamá ha vuelto a hablar con el tutor. Hoy me ha llamado a su despacho, delante de toda la clase. ¿Se puede ser más indiscreto y más patoso? Ya en privado, me ha preguntado si Andrea o alguno de sus satélites seguían molestándome. Le he mentido. ¡Qué le iba a decir sabiendo la que me puede caer! Entonces me ha reñido porque, según él, estoy preocupando a mi madre innecesariamente. Ni le he contestado. ¿Para qué?
Al volver a la clase, sobre la superficie de mi mesa había una frase escrita en mayúsculas: ANA, HIJA DE PUTA.
¡No aguanto más! Ojalá me durmiera y no me despertara en un año.
A mediados de mayo, Isabel volvió hablar con el tutor, quien ya parecía cansado de oír siempre lo mismo. Isabel le trasladó de nuevo la congoja y las quejas de su hija: ya no es que quisiera cambiar de colegio, es que no quería ir.
Ana le había contado a su madre que si hablaba con el tutor era peor, porque luego todo terminaba sabiéndose y podía haber represalias. El tutor negó que eso fuera cierto. Entonces, Isabel apuntó la posibilidad de que Andrea y su grupo hubieran vuelto a las andadas y que Ana no se atreviera a decir nada por temor a las consecuencias, cosa que de nuevo el tutor negó rotundamente. ¿A qué estaba, pues, jugando su hija?
20 de mayo
¡Falta menos de un mes para que acabe el curso! Parece una eternidad. No sé qué haría sin Laia y sin María del Mar. Sería insoportable. Mamá me ha dado permiso para invitarlas a casa dos días cuando acabe el curso. Serán las únicas personas de las que me despediré. Al resto… ¡que les den!
Faltaba menos de un mes para que finalizara el curso e Isabel se había propuesto acabarlo como fuera y llevar después a su hija al psicólogo. No consideró oportuno llevarla en esos momentos porque temía que Ana se descentrara todavía más. De modo que intensificó sus sesiones de estudio con ella y procuró que se distrajera en sus ratos libres, pensando en los campamentos de verano. Aquello era de las pocas cosas que le devolvían el brillo a los ojos de sus hija. Incluso le propuso invitar a casa unos días a sus dos amigas Laia y María del Mar, una vez finalizado el curso.
20 de junio
¡Un mes sin escribir! Y es que en casa no he hecho más que estudiar y estudiar. A pesar de ello, me han quedado las mates.
¡Por fin se ha acabado el curso! Mañana es el último día. Solo tenemos que ir un rato por la mañana. Luego han quedado casi todos los de la clase para celebrarlo e ir luego a comer juntos a una pizzería. No voy a ir con ellos porque también van Andrea, Carla, Oriol, Rubén y todo el grupito de satélites. ¡Me quedan horas! Mañana, a partir de las once, ya no sabré nada más de ellos hasta septiembre. ¡No me lo puedo creer!
El día antes de finalizar el curso, Isabel estaba exhausta, pero contenta. Por fin acabaría todo. Un largo verano por delante podría dar mucho de sí, descargar la tensión acumulada durante el curso, buscar ayuda psicológica que le hiciera ver a Ana que todo había pasado y que, sin duda, en septiembre podría empezar limpiamente el nuevo curso partiendo de cero.
1 de junio
Son las doce y cuarto. A las once he salido del colegio para no volver en mucho tiempo. Pensaba ilusamente que ya se había acabado todo, que me podría olvidar de esa pandilla de monstruos durante tres meses, pero poco antes de llegar a casa… ¡los mensajes! No es el primer mensaje que recibo en los dos últimos meses, pero pensaba que al acabar el curso se olvidarían de mí, justo al contrario.
Cuando mamá me ha abierto la puerta, no podía siquiera contarle nada de cómo estaba de ahogada en llanto. Le he pasado mi móvil sin poder decirle nada más.
Mamá ha leído en voz alta el mensaje:
Gorda y fea, no importas a nadie, ni a la puta madre que te parió ni a la desgraciada que te recogió.
Le he dicho que había más mensajes, que siguiera leyendo:
Eres una mierda y nadie te quiere. Ni siquiera tu propia madre, que te abandonó al nacer cuando vio el engendro que había parido.
No ha seguido. Se ha puesto pálida y ha exclamado exasperada:
—¡Esto ya pasa de castaño oscuro!
Luego me ha abrazado y me ha dicho en tono resolutivo:
—No te preocupes más. Esta tarde vamos a cambiar tu número de móvil y ahora voy a acabar con este asunto inmediatamente.
Se ha encerrado en su estudio y ahora está hablando por teléfono. Se ha llevado mi móvil con ella. ¿Cuándo acabará todo esto? ¿Cómo acabará?
Isabel cogió el teléfono y marcó el número del colegio. Preguntó por el director. Estaba reunido, como Isabel ya había supuesto. Preguntó por el tutor, dispuesta a no perder más de un minuto hablando con él. Cuando le leyó por teléfono los mensajes, el tutor pareció sorprendido y dijo que él no podía certificar ante la dirección el colegio un caso de acoso escolar porque no tenía pruebas de ello.
Isabel, indignada, respondió que seguramente tampoco tenía constancia de que el hombre hubiera pisado la Luna. Se despidió secamente del tutor y colgó el teléfono. A continuación, marcó el número de la Consejería de Educación.
3 de julio
Hoy es un día muy feliz para mí. Mamá me ha dicho que voy a cambiar de centro. Mañana iré con ella a matricularme en un instituto.
Este relato está basado en hechos reales ocurridos hace dos años.
Desde entonces, Ana es una chica feliz en su nuevo instituto.
Sigue sus estudios sin ningún problema académico ni de relaciones personales.