camino de palencia
Sepa Vuesa Merced que en el camino de Dueñas a Palencia, el día de la festividad de los Niños Inocentes, la madre Teresa pidióme bajar del carro, pues sentía las piernas entumecidas y el cuerpo muy magullado por los trotecillos de las ruedas. Era una mujer sólida, como de unos 65 años, de rostro lleno y mirada siempre alegre. Se apoyaba en un bastón de boj tosco y caminaba balanceando su áspero sayal. Llevaba en los pies unas sandalias de esparto que dejaban ver unas encarnaduras inflamadas y con sabañones. De eso es de lo único que la oí quejarse con un suspirillo quedo, del mucho frío que padecía en invierno.
Era por la tarde y una luz gris iluminaba un paisaje que era una llanura interminable cubierta por un manto blanco en el que asomaban algunas matas escarchadas. Las nubes eran densas y como preñadas de lluvia, prestas a llorar de tristeza como si quisieran acompañar a las madres de los Inocentes sacrificados. El camino era tierra apisonada y el suelo firme muy de recio, que no había demasiadas holladas que nos produjeran sustos y quebrantos.
Dentro del carro quedaron unas monjas que con la madre Teresa iban a Palencia para fundar otro convento. Comoquiera que tuvieran hambre pues no habían probado bocado desde por la mañana, pidieron permiso a la madre por si hubiere algo que comer. Soñaban con buñuelos, torrijas y bizcochos, confituras, pestiños y torticas de aceite, pero solo encontraron un pedazo de pan de centeno enmohecido. La madre dioles su permiso pero las conminó a que rascasen con un cuchillo los verdines del pan, pues que un físico muy sabedor de espasmos y calenturas habíale advertido de que podrían tener apariciones celestiales provocadas por el demonio. Con el trasiego del pan, un poco de queso y un pellejo de vino rudo que por allí había se recuperaron las menguadas fuerzas, se olvidaron afanes y pesadumbres y sus rostros se iluminaron con una alegría que parecía la gloria de los querubines.
Siguiendo instrucciones de Vuesa Merced, bajé del carro con pretexto de acompañar a la madre Teresa y de paso extraer alguna información por si fuera menester emplear mis testimonios ante el Santo Oficio. Me contó con palabras sencillas y muy llanamente que un día, mientras limpiaba la escalera del convento de la Encarnación en Ávila, vio un niño muy hermoso que le preguntó cómo se llamaba. Ella respondiole que Teresa de Jesús. Y cuando la madre preguntó a su vez al niño cuál era su nombre contestole con dulzura inefable que Jesús de Teresa. Desde entonces vive enamorada de ese Jesús como si fuera un desposorio místico, convirtiéndolo en su amado, en su esposo y en su único y más profundo amor. También me dijo que a veces sentía al Amado como ausente y que entonces su alma transitaba por una negra noche, en la que solo escuchaba el silencio de Dios.
Y como ya conoce Vuesa Merced, no por eso se abandona la madre en las mieles de la contemplación, sino que ha demostrado ser una mujer emprendedora, con capacidad de mando, con harto conocimiento del mundo, los palacios y sus gentes y sobre todo gran escribidora, aunque su estilo sea algo enojoso de entender. A fe mía que es una mujer de compañía apacible y risueña y que no necesita ninguna enmienda.
Seguimos platicando mesuradamente hasta que avistamos la puerta Sur de Palencia justo cuando aquel pálido resplandor que quería ser sol comenzaba su declive por el oeste. Las monjas se habían adormilado en el interior del carro con el trajín mientras que la madre Teresa y yo andábamos más despiertos que nunca, despabilados por el aire fresco y por unos leves copos de nieve que caían mansamente como si fueran plumas de ángeles. El entorno era silencio, aspereza y austeridad, y tal era la bonanza que el alma se inclinaba más por el cielo que por la tierra.
Beso vuestras manos con unción y rezo para que Dios guarde la vida de Vuesa Merced por muchos años.
Para su Eminencia D. Álvaro de Mendoza, Obispo de Palencia, a 28 de Diciembre del año de Nuestro Señor Jesucristo de 1580.