UN DÍA, a comienzos de septiembre de 1967, los Beatles se reunieron en la casa de John Lennon sin ningún propósito concreto. Esto no es enteramente cierto. La verdad es que Lennon tenía una idea y quería lanzarla al grupo. Pero deseaba que pareciera algo casual; así, sólo dijo que iban a celebrar su incumpleaños, a la manera del Sombrerero Loco y la Liebre Marceña. El 27 de agosto había muerto Brian Epstein, y el ánimo de los cuatro no estaba para jolgorios dilatados. El propio John sirvió unos whiskies. Harrison sugirió meditar un poco, para que sus almas entrasen en comunión con la de Brian. Durante unos minutos, tan loable esfuerzo comunicativo resultó baldío. Entonces John se dio una palmada en la cabeza como si acabara de ocurrírsele una de las suyas.
—Podemos hacer una canción… especial.
—Todas nuestras canciones son especiales, de cierta manera —observó Paul—. Precisamente yo tengo una…
—La verdad, no estoy de humor para eso —dijo George—. Deberíamos ser capaces de reunirnos sólo por el placer de hacerlo. Si es todavía un placer. John asintió teatralmente, y se sirvió un poco de whisky. Los demás se estudiaron las uñas.
—Bueno —dijo Ringo— ¿cuál era la Idea?
—Escribir una canción para una persona imaginaria.
Paul comprendió entonces que John lo tenía todo premeditado, pero no dijo nada.
—No entiendo —admitió Ringo— ¿acaso no es lo que hemos hecho siempre? «Eleanor Rigby». Sgt. Pepper’s… nos los hemos inventado, ¿o no?
—Claro. Pero no pasamos del nombre. O de una breve pintura sentimental. Escuchen, hemos perdido a Brian, y lo hemos llorado. En el fondo, lloramos de impotencia, ¿no es cierto? Ahora bien, si pudiéramos crear un nuevo individuo… ¿No tiene eso que ver con el equilibrio cósmico? Me refiero a diseñar un ser humano concreto, con fecha de nacimiento, estudios, ocupación, hobbies, y escribir la canción sobre él.
—Me gusta —aplaudió Paul—. Es como ser Dios.
Instintivamente, todos miraron a George.
—Sí —dijo George—, emular a Dios para honrarlo. Fuimos hechos a su imagen y semejanza. De todos modos, tendré que consultar con el Maharishi.
—Claro —dijo Paul—, pero entretanto podemos desarrollarlo un poco.
John fue a alguna parte, y regresó con un globo terráqueo de los que se usan en las escuelas.
—Atención —pidió—, vamos a determinar dónde vive nuestra criatura. Ringo…
Hizo girar la esfera y pidió al batería que pusiera un dedo enjoyado sobre cualquier punto al azar. La esfera dio vueltas hasta que Ringo extendió la mano.
—Cuba —leyó Paul con cierta decepción—. Bueno, ¿vamos a escribir una canción sobre un cubano? ¿Ése no es el país donde…?
—Cuba está bien —dijo John—, tan bien como cualquier otro sitio. En «And I love her» usamos ritmos cubanos, ¿no?
—Ah, ¿sí? —dijo Ringo—. Creía…
—Es la decisión de Dios —repuso George—, y me parece bien que sea un país periférico. La gente es más espiritual ahí. Entonces, un cubano.
—O una cubana.
—Un hombre es mejor —dijo John—. Todo el mundo hace canciones sobre mujeres, le meten un poco de amor y algo sobre los ojos o ir a bailar, y asunto concluido. Un hombre es un reto.
Ahora los cuatro tenían los ojos brillantes y hablaban a la vez.
—Que sea músico.
—Que se llame Chico.
—Puede ser un emigrante.
—Y maricón.
—Estamos soltando lo primero que se nos ocurre —advirtió Paul—. No todos los cubanos serán músicos o emigrantes. Creo… bueno, en el nombre podríamos deslizar una de nuestras claves. Digamos; que tenga un apellido compuesto, como el mío, y haya nacido el mismo día que John…
—En el año en que empezamos a ser famosos: 1962 —completó Lennon—. Me gusta.
Pensaron un poco.
—Eduardo sería un buen nombre —dijo George—. Tiene ecos ingleses, pero así, castellanizado…
—Eduardo O’Donnell, Eduardo Mac Kingsley —aventuró Ringo.
—Eso es más bien irlandés. No, algo como… de Pérez, del Carril…
—¿Y si completáramos lo de las claves con una alusión al «Yeah, yeah, yeah» de todo lo que hacíamos al principio? —dijo Lennon—, ¿alguien sabe alguna palabra española que suene parecido?
—Llano —dijo George—. Quiere decir llano. Es algo bastante distinguido, creo: Eduardo del Llano.
—Por mí, perfecto —declaró Ringo—. Tenemos, entonces, a Eduardo del Llano, nacido el 9 de octubre de 1962 en Cuba…
—Puede haber nacido en la URSS —sugirió Paul—. Cuba es un satélite. Los padres habrán ido allá a estudiar cualquier cosa, a adoctrinarse en economía, digamos. ¿No les parece bien? Es un detalle importante, el de la URSS. Me gustaría volver sobre eso, más adelante.
—En fin —dijo Lennon—, el tipo nació en Moscú y regresó a Cuba cuando sus padres terminaron el curso. Sin embargo, todavía no tenemos un conflicto. No vamos a escribir una canción para el Registro Civil.
—Puede estudiar Artes —continuó Paul—. Todos nosotros lo hicimos, bien en escuelas, bien empíricamente y ése es nuestro camino. Eduardo estudiará Artes, y será músico, pero no puede tocar rock’n’roll porque el gobierno prohíbe esos ritmos subversivos.
—Me encanta —dijo Ringo.
—No sé —dijo George. John volvió a servirse un poco de whisky—. Estudiará Artes, pero no será músico. Me suena como la vieja historia del chico que quiere hacer algo y los padres se oponen. Sugiero que sea escritor, novelista, y pase los años ochenta buscando su estilo y su oportunidad, y empiece a despuntar en los noventa.
Paul pensó que John decía eso porque había publicado dos libros. In His Own Write y A Spaniard in the Works. A spaniard, vaya. Todo planeado. Sin embargo, no quiso exponer su recelo, y atacó por otro lado.
—¿No es un poco arriesgado suponer lo que ocurrirá a fin de milenio? Quizás ni exista la literatura. Puede ser director de cine, mejor. El cine no desaparecerá, supongo. Y ya que estamos en el proyecto del Magical…
—Claro que es arriesgado. En fin, pongamos que escribirá también para cine. El conflicto sería que escribe sátiras, y eso, en una sociedad tan rígida, le traerá problemas. Tendremos que pensar en un texto al estilo de Bobby Dylan. Entonces, el tipo se desahoga oyendo nuestras canciones. Ése es su hobby.
—Eso está mejor. Nuestras canciones. ¿Seguiremos juntos en los años noventa?
—Ni muerto —dijo Lennon. Los demás rieron.
—Bien —dijo Ringo—, pero ¿la canción tendrá ritmos cubanos?
—Una balada, mejor —sugirió Paul—: un bolero.
—La concibo como un rock pesado, un blues electrónico —dijo John.
—¿Y por qué no meter instrumentos africanos? —intervino George—. La autoctonía…
—No siempre lo autóctono es auténtico —sentenció Paul—. Eduardo no tiene que ser negro.
—Como quieras. No tocaré esos instrumentos. Tocaré lo que quieras que toque. O no tocaré nada, si lo prefieres.
Discutieron un rato. No consiguieron ponerse de acuerdo. Al final, Paul dijo que sería una buena idea averiguar si Eduardo del Llano existía realmente. John observó que era mejor conservar la magia de la incertidumbre. George, enfurruñado, afirmó que se desentendía y Ringo se quedó dormido. Esa noche, por primera vez, se fueron sin hablarse. El proyecto de Magical Mystery Tour los absorbía por completo, y la idea de John quedó entre tantas sin materializar. Ni siquiera hicieron una toma de la canción. En 1977, John hizo una grabación rudimentaria, a piano y voz en un cassette cualquiera. Rotuló el demo «Canción para Eduardo del Llano, Havana, Cuba», y nuevamente volvió a echarlo a un lado. En 1981, Yoko Ono encontró la cinta y unas notas de John contando a grandes rasgos lo ocurrido aquella noche. Guardó una y otras en un sobre y lo envió como paquete postal. Imaginó que si su difunto esposo escribió una dirección incompleta en el cassette fue porque había pensado despacharlo alguna vez. Ya se sabe como es el correo. El paquete me llegó la semana pasada.