Si esta historia que les voy a contar no fuera un sueño, o una serie de alucinaciones, entonces, aquel viajero con el cuadro debió de estar loco. O quizá fue que, en realidad, logré dar una mirada a un rincón de otro mundo, como a través de un cristal mágico, tal cual un sueño lo lleva a menudo a uno a los reinos de lo sobrenatural, o como un loco ve y oye cosas que nosotros, los normales, somos incapaces de percibir.
Un cálido y nuboso día en el lejano pasado, regresaba a casa de un viaje turístico a Uotsu, la ciudad del Mar del Japón notoria por sus muchos espejismos. Cada vez que cuento este relato, los que me conocen bien acostumbran a contradecirme, señalando que nunca he estado en Uotsu. Entonces, me encuentro en un laberinto mayor que nunca, pues ni siquiera tengo una sola prueba con que demostrar que realmente estuve allí, y comienzo a preguntarme a mí mismo: «¿Acaso sería un sueño?».
Pero, si fue así, ¿cómo explicar los brillantes colores que distinguí en el «sueño»? Es bien sabido, como todos los que sueñan acordarán, que las escenas que aparecen en la pantalla de la mente subconsciente están desprovistas de color, como los parpadeos de una película en blanco y negro. Pero, aún ahora, vuelve brillantemente a mi cerebro la escena del interior del vagón de ferrocarril, y, especialmente, el deslumbrante cuadro de recortes de tela con sus cegadores colores púrpura y granate, con los oscuros, penetrantes ojos, similares a los de las serpientes, de las dos figuras representadas en él.
Hacía muy poco tiempo que acababa de ver, por primera vez en mi vida, un espejismo. Antes, me había imaginado que un espejismo sería algo así como una pintura antigua, quizá un bello palacio flotando sereno sobre un mar de nieblas, pero, ante la visión de mi primer espejismo, me quedé asombrado. Allí, en Uotsu, bajo las nudosas ramas de los viejos pinos que festoneaban la plateada playa, esperaba, junto con un gran número de viajeros, contemplando expectante la inmensidad del mar y el cielo. Nunca había parecido mar alguno tan innaturalmente desprovisto de sonido. Era de un gris extraño y ominoso, sin siquiera una ondulación, y parecía más bien una ciénaga sin límites.
Contemplando lo más lejos que mi vista me permitía, me di cuenta de que ninguna línea marcaba el horizonte, pues mar y cielo se unían en una espesa neblina grisácea. Y, sobre esta neblina, repentinamente se alzó una enorme y fantasmal vela blanca, deslizándose suave y serenamente.
En cuanto al espejismo en sí, parecía como si algunas gotas de tinta china hubieran sido derramadas sobre la superficie de una película coloreada con leche y luego proyectada a gran tamaño contra el cielo. Los bosques de la lejana península de Noto estaban vaga y enormemente aumentados, como gusanos negros colocados bajo un microscopio y vistos sin enfocar la lente. En ocasiones también tomaba la forma de una nube de extraña figura. Pero, en el caso de una nube real, es fácilmente distinguible su localización, mientras que en esta ocasión descubrí que era extrañamente inmensurable la distancia entre el espejismo y su observador. Esta incertidumbre en la lejanía convertía el espejismo en más extraño aún de lo que me había imaginado que sería.
A veces, el espejismo tomaba la forma de un horrible ogro flotando en el distante cielo: luego, rápidamente, adquiría otra difuminada y monstruosa forma, a sólo unos centímetros de mi rostro. En otras ocasiones, era cual un gran punto negro situado directamente frente a mis ojos. Un momento más tarde, un tembloroso triángulo, del tamaño de un mamut, comenzaba a crecer poco a poco; y, repentinamente, se desvanecía sin previo aviso. Al pronto, la misma forma indescriptible aparecía de nuevo, extendiéndose esta vez horizontalmente, y corriendo como un largo tren. Pero de nuevo la forma se dispersaba antes de quedar bien enfocada, transformándose en algo que recordaba una hilera de abetos.
Y, no obstante, a pesar de todos estos cambios de forma, cada proceso de transición era lo bastante sutil y gradual como para resultar imperceptible. Quizá el poder mágico de aquel espejismo nos hubiera embrujado a todos. Si era así, tal vez el mismo extraño poder siguiese aferrándome aún en el tren que me llevaba de regreso al hogar. Tras estar de pie contemplando las misteriosas escenas proyectadas en el cielo, durante dos horas seguidas, debo admitir que me encontraba en un muy peculiar estado mental, mientras abandonaba Uotsu para emprender el viaje nocturno de regreso.
Eran exactamente las seis de la tarde cuando subí al tren, en dirección a Tokio, en la estación de Uotsu. Por alguna extraña razón, ¿o era esto lo usual en los trenes de aquella línea?, el vehículo de segunda clase al que subí estaba casi tan vacío como un templo tras los rituales. Cuando me introduje en el vagón vi únicamente a un solitario pasajero recostado confortablemente en el rincón más lejano.
Pronto, el tren se puso en marcha, la locomotora pistoneó monótonamente mientras tiraba de su pesada carga a lo largo de la desierta costa, luego gruñó y resopló al comenzar a subir. En las profundidades de la niebla del mar semejante a una ciénaga, el rojizo brillo del atardecer era ya casi invisible. Una vela blanca que parecía extrañamente grande se deslizaba suavemente por entre la neblina. Era un atardecer sofocante, el aire parecía desprovisto de todo oxígeno; hasta las ráfagas ocasionales que entraban en el vagón a través de la ventana abierta eran débiles y bochornosas. Una serie de cortos túneles e hileras de postes de madera colocados como rompenieves pasaron junto a nosotros, haciendo que el horizonte del cielo y mar jugasen al escondite ante mi vista.
Mientras el tren traqueteaba atravesando el precipicio de Oyashirazu, la oscuridad cayó sobre nosotros. En este preciso momento, el otro pasajero del mal iluminado vagón se movió en su asiento, y se puso en pie. Contemplándolo, sin ningún motivo en especial, vi cómo extendía un gran paño de envoltorio de satén negro en su asiento. Con él comenzó a envolver un objeto plano de medio metro por un metro que hasta entonces había tenido apoyado contra la ventana. Había algo en los movimientos del hombre que me producía una sensación de escalofrío.
El objeto plano, que supuse debía de tratarse de alguna especie de tablilla, había estado colocado hasta entonces de cara a la ventanilla, y me había comenzado a preguntar el por qué. Ahora, mientras lo movía, pude entrever que se trataba de un cuadro hecho con recortes de tela de colores vivos, extrañamente más brillantes y diferentes de lo que es normal en este arte menor.
Avivada mi curiosidad, estudié detenidamente al poseedor de aquel extraño objeto y me asombró darme cuenta de que él mismo era de apariencia aún más extraña. Delgado y de largas piernas, llevaba una vieja chaqueta pasada de moda, de estrechas solapas y hombros caídos, pantalones de corte igualmente anticuado. A primera vista parecía una figura bastante cómica. Pero, mientras continuaba contemplándolo, me di cuenta de que su vestimenta parecía extrañamente adecuada a su persona.
Su rostro era delgado y pálido, con rasgos que claramente denotaban en él a un hombre de una inteligencia superior a la normal. Pero lo que más me impresionaba eran sus ojos, que parecían brillar con una luz propia. Contemplando su pelo, negro y brillante, cuidadosamente peinado con raya al centro, le calculé unos cuarenta años de edad. Pero añadí rápidamente otros veinte cuando me fijé en su rostro, surcado por innumerables arrugas. De hecho, pudiera haber sido la completa disparidad entre su cabello negro y brillante y su rostro tan arrugado lo que me hacía sentirme tan a disgusto.
Cuando hubo acabado de envolver la tablilla miró, repentinamente, en mi dirección. Tomado por sorpresa, no tuve tiempo de apartar la vista, y nuestras miradas se cruzaron. Viendo como sonreía, tímidamente, devolví su saludo.
Mientras el tren atravesaba otras dos estaciones, seguimos en nuestros asientos en los extremos opuestos del vagón, lanzando de vez en cuando una mirada furtiva el uno al otro, y luego apartando rápidamente la vista, sonrojados, cuando nos sorprendíamos mutuamente.
Afuera, ya era completamente de noche. Apretando mi rostro contra el cristal, miré hacia el exterior y no pude ver más que la solitaria lámpara de un barco de pesca que centelleaba a lo lejos, mar adentro. Por entre la oscuridad sin límites, parecía como si nuestro largo vagón en penumbras fuese el único mundo existente, rodando monótonamente sobre sus chirriantes ruedas, y mi extraño compañero y yo los únicos seres vivos. Ni un solo pasajero más había subido a nuestro vagón de segunda y, cosa aún más extraña, ni el revisor ni ningún otro empleado habían aparecido por allí.
Mientras contemplaba al extraño del extremo opuesto, mi mente comenzó a gastarme extrañas bromas. Por un instante me pareció que era algún malévolo mago, y gradualmente un terrible miedo empezó a roerme el corazón. Cuando no hay ninguna distracción que lo interrumpa, el miedo es una emoción que crece continuamente en intensidad. Cuando finalmente noté que no podía soportar más la tensión, me puse en pie y caminé por el pasillo hacia el extraño. El mismo miedo que sentía parecía llevarme junto a él.
Al alcanzar su asiento, me senté en el asiento de enfrente y, con los ojos entrecerrados, estudié detenidamente su envejecido rostro. Me resultaba tan difícil respirar, que casi llegué a sofocarme.
Durante todo el tiempo, me había dado cuenta de que el hombre me contemplaba desde el momento en que me había alzado de mi asiento. Y, de pronto, antes de que pudiera recobrar el aliento, habló con seca voz:
—¿Es esto lo que desea ver? —preguntó, inclinando la cabeza hacia el paquete plano junto a él.
Fue tal sorpresa para mí lo repentino de su pregunta, que noté un gran nudo en la garganta. El tono de su voz había sido normal… Tan normal, que esto aún me dejaba más inerme.
—Estoy seguro de que se muere de curiosidad por ver esto —dijo de nuevo, haciéndome volver a mis sentidos, con una sacudida.
—Sí… sí, si me lo permite —tartamudeé, notando que mi rostro enrojecía.
—Sería para mí un gran placer —replicó el viejo con una amable sonrisa—. Llevaba bastante tiempo esperando que me lo pidiese.
Desenvolvió cuidadosamente el gran paño que cubría el cuadro, con sus largos dedos, y colocó la tablilla contra la ventana, de cara hacia mí.
Inconscientemente, cerré los ojos, aunque nunca podré explicar por qué. Lo cierto es que creí que debía hacerlo. Pero, finalmente, con un esfuerzo supremo, los obligué a abrirse y, por primera vez, vi… ¡la cosa!
Era una vulgar tablilla de madera, con una escena pintada en su superficie. La escena mostraba una serie de habitaciones, cuyos suelos estaban cubiertos por esterillas de paja verde pálido, y sus techos pintados con diversos colores, que parecían extenderse muy a lo lejos, como los decorados del teatro kabuki. A la izquierda, en primer término, se veía una ventana clásica, pintada con pinceles firmes, bajo la cual se hallaba una escribanía negra, de pequeñas dimensiones, que parecía totalmente fuera de lugar.
Contra este fondo se recortaban dos figuras, cada una de ellas de unos treinta centímetros de alto, en relieve, que habían sido recortadas en diversas telas y pegadas a la tablilla. Una de ellas era la de un anciano de cabello canoso, ataviado con un gastado traje de seda negra, de anticuado corte europeo, sentado rígido en el suelo. Y, cosa extraña, esa figura tenía un raro parecido al viejo sentado frente a mí. Moviendo la vista examiné la otra figura, que era la de una muchacha maravillosamente bella, que no aparentaba más de dieciséis años de edad. Su pelo estaba peinado al estilo clásico, mientras que su kimono, de intrincado diseño, era de mangas largas, de color carmesí, artísticamente combinadas con las otras tonalidades más suaves, todo ello sujetado por una excelente faja de color negro. Su postura era delicadamente amorosa, pues reclinaba tímidamente su cabeza en el regazo del viejo, en una típica postura de amor del teatro japonés.
En agudo contraste con la crudeza del fondo, lo elaborado de las figuras de tela pegada era asombroso. Los rostros estaban hechos con seda blanca, con unas arrugas absolutamente realistas. En cuanto al cabello de la muchacha, era real, colocado pelo a pelo, y peinado con una habilidad poco común. El cabello canoso del viejo no era menos real. En cuanto a sus ropas, me di cuenta de que hasta las costuras estaban cuidadosamente cosidas. Y también los botones, que estaban en su sitio a pesar de no ser más grandes que semillas de mijo.
Además de todo esto, también me fijé en la turgencia de los senos de la muchacha, en la enloquecedora línea de sus caderas, el color escarlata de su ropa interior que aparecía por debajo de su kimono, la natural complexión de su piel blanca, las cuidadísimas uñas en sus dedos… De hecho, todo era tan perfecto y verídico que me imaginé que hasta podría hallar poros y vello si hubiera proseguido mi escrutinio a través de un cristal de aumento.
La tablilla en sí parecía muy antigua; los colores del fondo se habían despintado aquí y allí, y los vestidos de la pareja habían perdido su color. No obstante, a pesar de estos defectos, las dos figuras eran tan asombrosamente reales que uno se esperaba verlas moverse de un momento a otro.
En el teatro clásico de marionetas he experimentado, a menudo, la sensación de ver como un muñeco, manipulado por un verdadero maestro en ese arte, cobraba vida momentáneamente. Pero las dos figuras de tela pegadas en la tablilla no tenían una vida pasajera, sino permanente.
Absorto en mi maravilla, había casi olvidado al viejo sentado a mi lado. Pero, repentinamente, soltó una carcajada de alegría.
—¿Se da cuenta ahora de la verdad, querido amigo?
Tras pronunciar esta críptica frase, tomó el estuche de cuero negro que llevaba colgado de un hombro y lo abrió calmosamente, con una pequeña llave. Entonces, sacando unos binoculares, me los entregó.
—Mire a través de ellos —me invitó.
Estaba extendiendo la mano para tomarlos, cuando me interrumpió:
—No, no, está usted muy cerca. Échese un poco hacia atrás… Así, eso está mejor.
Aunque era una extraña invitación, me sentía invadido por una intensa curiosidad. Los binoculares tenían una rara forma, y su estuche de cuero estaba gastado por el tiempo y el uso, apareciendo aquí y allí su armazón interior de cobre. Como el traje de su propietario, los binoculares también eran una pieza de museo.
Tomándolos, me los llevé a los ojos. Pero el viejo lanzó un grito tan penetrante, que casi los dejo caer.
—¡No, no, no! ¡Espere, espere! ¡No es así como debe mirar! —aulló locamente—. ¡No… no lo haga nunca más!
Asombrado por sus gritos y por la demente luz que brillaba en sus ojos, bajé el instrumento y murmuré una apresurada disculpa, aunque a decir verdad no podía comprender la razón de su repentina consternación.
Alzando los binoculares de nuevo, esta vez en la forma correcta, empecé a ajustar las lentes, y gradualmente apareció en foco la imagen, muy aumentada, de la muchacha de la tablilla; su blanca piel brillaba con un lustre muy natural, y parecía mover todo su cuerpo.
Dentro de los confines de aquellos antiguos binoculares del siglo XIX que mantenía en mis manos temblorosas, existía vívidamente otro mundo, totalmente extraño al mío. Y, dentro de su reino, vivía y respiraba la bellísima joven, gozando incongruentemente de la compañía del canoso viejo, que seguramente podría haber sido su abuelo.
—¡Esto debe de ser cuestión de brujería! —me advertí inconscientemente. Pero, cual una persona caída en trance hipnótico, me resultaba imposible apartar la vista.
Aunque podía ver que la muchacha estaba inmóvil, toda su apariencia parecía haber sufrido una transformación completa. Ahora semejaba una criatura totalmente diferente de aquella que había contemplado a simple vista. Pero fueran cuales fueran los cambios que hubiera sufrido, todos habían sido mejorándola. Ahora, su cuerpo entero parecía palpitar con vida. Su pálido rostro se había tornado de color rosáceo. Y sus senos… parecían ahora estar agitándose bajo su delgado kimono de seda.
Después de que hube alegrado mi vista, paseándola por cada centímetro de su delicioso y delicadamente contorneado cuerpo, dirigí los binoculares al feliz anciano canoso contra el que se recostaba la muchacha. También él parecía vivir y respirar en el reino del instrumento óptico. Mientras lo contemplaba, atónito por el asombro, me pareció que estaba tratando de abrazar a aquella muchacha que no era sino una niña en comparación con su venerable edad. Pero muy pronto apareció en su arrugado rostro otra expresión: una terrorífica mezcla de congoja y agonía.
En este punto comencé a imaginarme que estaba atrapado en los terrores de una pesadilla y, por pura fuerza de voluntad, aparté los binoculares y miré a mi alrededor. Pero nada había cambiado. Allí estaba, aún en el interior de aquel vagón de ferrocarril en penumbras, con el cuadro de tela recortada pegada a la tablilla y el viejo, y la oscuridad fuera, que llenaba mi mirada, mientras el mismo monótono traqueteo de las ruedas del tren vibraba en mis oídos.
—Tiene usted una palidez mortal —me dijo mi extraño compañero, observándome atentamente.
—¿Qué otra cosa esperaba… después de lo que he visto? —le repliqué nervioso—. Por un momento, pensé volverme loco.
Ignoró mis palabras y continuó mirándome, así que traté de ocultar mi zozobra con una frase vulgar:
—Hace bastante calor aquí dentro, ¿verdad? —murmuré.
Pero tampoco hizo caso a este comentario. Inclinándose hacia adelante, acercó su rostro al mío y, frotándose vigorosamente sus largos dedos huesudos, habló en un bajo susurro:
—Estaban vivos, ¿no?
Antes de darme cuenta de lo que hacía, me hallé asintiendo con mi cabeza. Esta admisión pareció complacerle sobremanera.
—¿Le gustaría oír la historia de sus vidas? —preguntó, repentinamente.
—¿Dice usted… de sus… sus vidas? —tartamudeé, incapaz de interpretar el significado de su pregunta.
—Sí, de su pasado. Eso es lo que le he dicho —repitió en la misma voz baja—. Especialmente del viejo de cabello canoso.
—Pero… pero no comprendo —comencé a decir, pellizcándome para asegurarme de que estaba despierto, y notando el dolor—. ¿Quiere usted decir la historia de sus vidas… desde que era joven?
—Exactamente —replicó enfáticamente con una extraña sonrisa—. Desde el día en que tenía sólo veinticinco años.
Y, ante esas palabras, me hallé al pronto deseando desesperadamente oír todo su relato.
—Por favor, cuénteme esa historia —le urgí impaciente, sentándome en el borde del asiento—. Cuéntemela con todos sus detalles.
Tras lo cual, el viejo sonrió de nuevo y me refirió la siguiente historia:
—¡Lo recuerdo todo perfectamente —comenzó—, hasta el día exacto en que mi hermano mayor se convirtió en eso! —Hizo un gesto hacia la tablilla—. Fue la tarde del 27 de abril de 1895… Pero déjeme comenzar por el principio.
»Mi hermano y yo fuimos los hijos de un pañero, y vivíamos en el barrio Nihonbashi de la parte baja de Tokio. En el tiempo del que estoy hablando, no hacía mucho que habían construido en el Parque Asakusa la torre de doce pisos de alta llamada Junikai que, hasta el momento en que fue destruida por el Gran Terremoto, fue una maravilla arquitectónica visitada por todos los provincianos que llegaban a la capital. Casi cada día, mi hermano acostumbraba también a ir a visitarla, pues era de un temperamento curioso y le gustaban todas las cosas de origen extranjero. Estos binoculares, sí, esos que usted ha usado, eran un ejemplo más de esta peculiar locura suya. Los compró en una pequeña tienda de curiosidades del Barrio Chino de Yokohama. Recuerdo que mi hermano me contó que habían sido propiedad, en otro tiempo, del capitán de algún barco extranjero, y que había pagado una suma considerable por ellos.
Cada vez que decía «mi hermano», el viejo o miraba, o señalaba al otro anciano del cuadro de telas pegadas, como si desease enfatizar su presencia en él. Pronto me di cuenta de que identificaba los recuerdos de su hermano verdadero con el viejo canoso del cuadro, y que por consiguiente hablaba como si el cuadro estuviera vivo y escuchase su historia. En forma extraña, el hecho no me pareció nada fuera de lo corriente. Durante esos momentos debíamos vivir ambos en algún extraño dominio muy lejos de la actuación de las leyes de la naturaleza.
—¿Subió alguna vez a la Junikai? —continuó la voz del anciano—. ¿No? Qué pena. Debo admitir que era un edificio realmente extraño. A menudo me preguntaba qué clase de mago lo habría edificado. Se contaba que había sido diseñado por un arquitecto italiano.
»Debo explicarle que en aquellos días, el Parque de Asakusa era un lugar más dedicado a los espectáculos de lo que es ahora. En casi cada rincón había una atracción u otra. Para citar algunas, estaba el Hombre Araña, un baile de espadas de un grupo de jovencitas, un famoso artista circense con su hazaña favorita de bailar sobre una esfera, y multitud de otros espectáculos. Y también estaba el Laberinto, en el que uno podía perderse fácilmente en un maraña de senderos divididos por pantallas de bambú trenzado.
»Y, finalmente, estaba la Torre, construida con ladrillos, alzándose abruptamente en el centro del distrito. Tenía una vertiginosa altura de sesenta y cinco metros, casi media manzana, y su techo octogonal tenía la forma de un sombrero chino. Estuviese donde estuviese uno en Tokio, siempre podía ver la Junikai.
»En la primavera de 1895, no mucho después de que mi hermano hubiese comprado los binoculares, le pasó una extraña cosa. Mi padre hasta pensó que mi hermano se estaba volviendo loco, y constantemente se preocupaba por él. En cuanto a mí mismo, dado que amaba profundamente a mi hermano, tampoco podía dejar de estar muy asombrado por su extraña conducta. Durante días enteros mi hermano apenas si comía, y casi no decía palabra a su familia, encerrándose en su habitación la mayor parte del tiempo que pasaba en casa.
»Poco después se fue quedando más y más delgado, mientras su rostro se volvía de un color pálido mortal, en el que sólo brillaban febriles los ojos. No obstante, salía del mediodía al anochecer de cada día, tan regularmente como si estuviese empleado en alguna oficina. Y, siempre que le preguntábamos a dónde iba, cerraba firmemente sus labios y rehusaba contestar.
»Mi madre también se preocupaba por sus extraños hábitos y trataba, de todas las maneras posibles, de hacer que le explicase la razón de su melancolía, pero sin conseguirlo. Este estado de cosas duró aproximadamente un mes.
»Al fin, sentí tal ansiedad por saber a dónde iba, que un día lo seguí en secreto. Recuerdo que el día era nuboso y cálido, como hoy. Como tenía costumbre después del mediodía mi hermano salió, ataviado con su elegante traje de seda negra, con sus apreciados binoculares colgando del hombro.
»Siguiendo a una distancia segura, vi cómo caminaba apresuradamente por la calle que llevaba a la parada de los tranvías de caballos de Nihonbashi. Un momento más tarde, subió al vehículo en dirección a Asakusa. Como los tranvías pasaban poco frecuentemente, me resultaba imposible seguirle en el siguiente. Así que rápidamente llamé a un rickshaw.
»—¡Rápido! ¡Siga a ese tranvía! —le ordené.
»El hombre del rickshaw resultó tener piernas rápidas, y pudimos mantenernos continuamente a la vista del vehículo de caballos. Al llegar al parque de Asakusa, vi cómo mi hermano descendía. Despedí al rickshaw y continué siguiéndolo a pie. ¿Y dónde cree que llegó finalmente? Al Templo de Kwannon en el Parque de Asakusa.
»Sin darse cuenta de que era seguido, mi hermano abrió camino por entre las multitudes a lo largo de las rojizas fachadas de la calle comercial, atravesó el edificio principal del templo, y luego prosiguió, por entre la masa aún más densa que convergía alrededor de los tenderetes de espectáculos de la parte posterior, en dirección a la Junikai.
»Caminó decidido hacia la puerta de piedra, pagó la entrada, y desapareció en el interior de la torre. Yo, naturalmente, estaba totalmente asombrado, pues nunca hubiera soñado que mi hermano estuviese yendo a aquel conocido edificio, día tras día. Dado lo joven que yo era, aún no tenía veinte años, hasta llegué a pensar que mi hermano podía haber sido embrujado por algún espíritu maligno que habitase en la torre.
»En cuanto a mí mismo, sólo había subido en una ocasión, con mi padre, y nunca después. Así que me sentía algo inquieto ante la idea de hacerlo de nuevo. Pero, dado que mi hermano había entrado, no me quedó más elección que hacerlo a mi vez, y subir las oscuras escaleras de piedra tras él, manteniendo una prudente distancia. Las ventanas eran pequeñas, y la pared de ladrillo gruesa, así que hacía frío en el interior, como ocurre en las cavernas. De una pared colgaban varios macabros cuadros al óleo, con motivos bélicos: era el tiempo de la guerra chino-japonesa.
»Las tenebrosas escaleras subían más y más arriba, semejantes a las circunvoluciones en espiral del caparazón de un caracol. En la parte alta de la torre había un balcón, con una barandilla en su borde. Cuando finalmente llegué a él, mis ojos fueron asaltados por la repentina luminosidad, porque el estrecho y sinuoso camino desde el suelo había sido largo y oscuro. Por encima de mí, las nubes colgaban bajas, tan bajas de hecho, que creí casi poderlas tocar con las manos.
»Cuando miré a mi alrededor, vi todos los techos de Tokio en un extraño amasijo, mientras en el lejano horizonte podía distinguir claramente la bahía. Justo debajo de mí vi el templo de Kwannon, semejando una casa de muñecas, y los numerosos tenderetes de espectáculos. En cuanto a la gente, todos parecían tener tan sólo cabezas y pies.
»Junto a mí, vi a otros diez espectadores apretujados, admirando la vista. Mi hermano permanecía apartado, contemplando ansiosamente la panorámica del Parque de Asakusa a través de sus binoculares. Mientras lo contemplaba por detrás, noté como su traje de seda negra se destacaba en clarorrelieve contra las nubes grises. Se parecía tanto a una figura de una pintura al óleo occidental: austero y con aire de santidad, que por un momento hasta casi dudé en llamarle, aunque realmente supiera muy bien que era mi hermano.
»No obstante, recordando mi misión, no pude quedarme en silencio. Acercándome a él, le pregunté abruptamente:
»—¿Qué es lo que estás mirando, hermano? —Tuvo un sobresalto, y dio la vuelta con una expresión de estar muy molesto—. Tu reciente extraño comportamiento está causando tremenda ansiedad a padre y madre —continué—. Nos hemos estado preguntando dónde irías, cada día. Aunque ahora yo ya lo sé: vienes aquí. Pero, ¿por qué, hermano, por qué? Te ruego que me lo digas. Puedes fiarte de mí, ¿verdad?
»Así le rogué, una y otra vez. Al principio rehusó discutir el asunto, pero seguí molestándole, solicitando una explicación tan insistentemente, que al final cedió. Pero, después de que me lo hubo explicado, me sentí aún más intrigado, pues lo que me contaba era totalmente incomprensible.
»Según él, un día, hacía más o menos un mes, estaba contemplando casualmente a través de sus binoculares y desde la parte alta de la Junikai el conjunto del Templo de Kwannon, cuando de pronto divisó un rostro femenino por entre las masas de gente. Era tan bello, me explicó, tan sobrenaturalmente bello, que se había sentido entre nubes. Y para él, este repentino sentimiento era nuevo, pues normalmente se mostraba bastante indiferente a los encantos femeninos.
»Pero, en su sorpresa y nerviosismo, había movido demasiado rápidamente los binoculares. Con movimientos frenéticos, volvió a enfocar las lentes, pero ya por entonces el rostro se había desvanecido, y por mucho que lo buscó, no pudo hallarlo de nuevo.
»Desde entonces, mi hermano no había tenido un momento de paz; pues el bello rostro de la muchacha le perseguía, hasta en sus sueños. Y, naturalmente, era la triste y poco probable esperanza de hallar a la muchacha en los alrededores del templo lo que hacía que mi hermano pasase los días en completo desprecio al solo pensamiento de la comida… y le hiciese subir día tras día a la Junikai con sus binoculares, para escudriñar el mar de rostros de allá abajo.
»Tras finalizar su confesión, mi hermano volvió a usar sus binoculares en el frenesí de una esperanza que no muere. Contemplándolo, mi corazón sangraba en un dolor compartido. Bien se podía decir de él que era un hombre buscando una aguja en un pajar.
»Para mi modo de pensar, su búsqueda era totalmente fútil, pero no tenía valor para desilusionarlo. Mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos, continué mirando su patética figura.
»Pasaron algunos momentos, y entonces, gradualmente, me fui dando cuenta de la belleza de la escena que se extendía ante mis ojos. Con la delgada forma de mi hermano claramente silueteada contra las nubes que flotaban, parecía como si su cuerpo estuviese flotando en el aire.
»Repentinamente, un gran número de esferas de colores, algunas pintadas de azul oscuro, otras de verde, rojo, púrpura y otros alegres tonos, flotaron hacia el cielo, creando un fantástico dibujo. Rápidamente me incliné sobre la barandilla, y mirando hacia abajo vi que el extraño fenómeno no había sido un producto de mi imaginación. Había sucedido que un vendedor de globos de colores había tropezado y caído, soltando todos los que llevaba.
»En aquel momento, mi hermano interrumpió mi sueño con una voz que temblaba de excitación:
»¡Vamos… Tendremos que apresurarnos, o llegaremos demasiado tarde! —Casi chilló, tirando bruscamente de mi mano.
»Mientras corría tras él bajando las escaleras de piedra, le grité preguntándole qué sucedía.
»¡La muchacha! ¡La muchacha! —gritó—. ¡La he encontrado!
»Tras llegar al suelo, tomó mi mano de nuevo y empezó a arrastrarme tras él mientras corría en dirección a los alrededores del templo.
»Mi búsqueda ha terminado —jadeaba mientras corría—. Acabo de verla… Sentada en una amplia habitación con el suelo cubierto de esterillas de paja. Sé que ahora podré localizarla. ¡Es preciso! ¡Es preciso!
»Detallando más lo sucedido, mientras nos apresurábamos, mi hermano me explicó que estaba buscando ahora un punto de referencia que era un alto pino, que había visto por los binoculares, y que se hallaba en algún punto en la parte trasera del Templo de Kwannon.
»Y, cerca de él —dijo sin aliento—, hay una casa. ¡Ella está allí… allí!
»Pronto localizamos el pino en cuestión, pero grande fue el desencanto de mi hermano al no hallar la más remota traza de una casa en sus vecindades. Aunque estaba convencido de que mi hermano estaba sufriendo de alguna ilusión óptica, comencé no obstante a buscar alguna pista de la muchacha en las casas de té cercanas, pues me sentía sinceramente afligido por las penas de amor de mi hermano.
»Mientras efectuaba mi búsqueda, debí de apartarme de mi hermano, pues cuando me volví más tarde ya no se le veía por ninguna parte. Mientras corría de nuevo hacia el pino, pasé cerca de una hilera de tenderetes de feriante, entre los que se encontraba una caseta de dioramas, sin techo. Y, repentinamente, detuve mi carrera, pues hallé a mi hermano mirando con fijeza por uno de los agujeros.
»¿Qué es lo que miras? —le pregunté abruptamente, dándole una palmada en el hombro.
»Nunca olvidaré la extraña expresión que tenía en su rostro cuando se volvió. Sus ojos estaban vidriosos y parecían estar contemplando alguna visión. Su voz sonaba irreal.
»—Hermano —suspiró—, la muchacha… está dentro.
»Dándome inmediata cuenta de la importancia de su afirmación, miré por el agujero que me indicaba.
»Tan pronto como apreté mi ojo contra el agujero, un atractivo rostro se presentó ante mí. Instantáneamente reconocí los rasgos como pertenecientes a Yaoya-Oshichi, una bien conocida heroína inmortalizada en el escenario del kabuki clásico en un trágico drama de amor.
»Gradualmente, mientras mis ojos enfocaban la escena, pude observarla por entero. El cuadro, pues eso era, representaba a la atractiva muchacha Oshichi reclinándose amorosamente sobre el regazo de su amante Kichiza en una sala para huéspedes del Templo de Kichijo. Contemplando más detenidamente a la pareja, descubrí que no eran más que los dos protagonistas de un cuadro de telas pegadas. Pero la calidad artística de la obra de artesanía me asombró.
»Especialmente Oshichi era una obra maestra, tan real en los más diminutos detalles. Por consiguiente, no me sorprendí al oír que mi hermano decía a mis espaldas:
»—¡Sé que esta muchacha es sólo una figura hecha de telas, pegada en una de tantas tablillas, pero no puedo permitirme el olvidarla! ¡Oh, si tan sólo pudiera ocupar el puesto de su amante Kichiza en el cuadro, y hablar con ella!
»Como si estuviera petrificado, mi hermano permanecía allí, ausente del mundo. Pronto me di cuenta de que debía haber visto el cuadro del diorama desde la parte alta del Junikai, a través de la abertura superior de la caseta.
»Estaba oscureciendo por aquel entonces, y las multitudes ya comenzaban a desaparecer. Frente a la caseta sólo quedaban un par de niños, que parecían poco dispuestos a irse. Pero, al fin, se fueron.
»Desde el mediodía, el cielo estaba cargado de nubes, y ahora amenazaba lluvia. A lo lejos, oí el débil retumbar del trueno, y por entre las nubes plomizas saltaban relámpagos. Pero mi hermano permanecía inmóvil, mirando… mirando lejos, muy a lo lejos.
»Pronto la oscuridad cayó como un velo negro. Cerca de allí pude ver la brillante iluminación de gas de un cartel que anunciaba un baile.
»De pronto, mi hermano volvió en sí y me aferró del brazo.
»—Tengo una idea —exclamó—. Oye, toma los binoculares al revés y mírame por los objetivos.
»Ésta era una petición bien rara.
»—Pero, ¿por qué? —me sorprendí.
»—¡No te importe el porqué! ¡Haz lo que te pido! —me replicó.
»A disgusto, tomé los binoculares, pues era algo que no me complacía hacer. Desde que tenía memoria, había sentido una repulsión por todos los instrumentos ópticos. De alguna forma, me parecían malévolos: los binoculares que podían hacer que los objetos se viesen pequeños y lejanos o por el contrario mágicamente cercanos, o un microscopio que podía aumentar a un pequeño gusano hasta convertirlo en monstruo. Pero, no teniendo elección posible, obedecí la voluntad de mi hermano, aunque bien a pesar mío.
»Tan pronto como contemplé a mi hermano con los binoculares puestos al revés, lo vi reducido a un tamaño de sólo medio metro, y aparentemente a una distancia de unos seis metros. Y luego, gradualmente, mientras continuaba mirándolo, vi que se hacía más y más pequeño. Pronto tuvo tan sólo un palmo de altura. Pero eso no me alarmó, pues pensé que simplemente se estaba alejando de mí; caminando hacia atrás.
»No obstante, de pronto noté un estremecimiento, pues su pequeña figura comenzó a flotar en el aire. Y entonces desapareció en la oscuridad.
»Ya puede imaginarse lo asustado que me sentí. Bajando los binoculares, empecé a correr en círculos, gritando:
»—¡Hermano! ¡Hermano! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? —Pero todos mis esfuerzos por hallarle resultaron en vano.
»Y ésta es la forma, amigo mío, en que mi hermano efectuó su totalmente inesperada y asombrosa salida de este mundo.
»Desde entonces, he contemplado los binoculares como unos instrumentos terroríficos. Y especialmente éstos. Aunque quizá suene a superstición, siempre he tenido la sensación de que algo terrible le sucedería a cualquier hombre que mirase a través de esos lentes puestos al revés. Quizá ahora pueda comprender por qué le impedí tan violentamente que lo hiciera, hace unos momentos.
»Volviendo a mi relato: pronto me cansé de la búsqueda, y regresé a la caseta. Y entonces, como fulminado por un rayo, quedé traspasado por un repentino pensamiento.
»¿Sería posible, me pregunté a mí mismo con un estremecimiento, que mi hermano hubiese reducido su tamaño, voluntariamente, mediante la magia negra de los malditos binoculares, y hubiera ido a unirse con la muchacha de sus amores en el cuadro de telas pegadas?
»Tembloroso ante este pensamiento, rápidamente busqué al propietario del tenderete y le pedí que me dejase dar otra mirada al diorama del templo de Kichijo. Desde luego, tan pronto como vi el cuadro de telas recortadas a la luz de una lámpara de petróleo, me di cuenta de que había sucedido lo peor. Pues allí, en aquel fantástico marco, se hallaba sentado mi hermano en lugar de Kichiza, estrechando amorosamente a la bella Oshichi.
»Aunque parezca extraño, no sentí ni tristeza ni remordimiento. Por el contrario, fui extremadamente feliz al ver que mi hermano había alcanzado, finalmente, su tan deseado objetivo.
»Tras lograr convencer al propietario del espectáculo para que me vendiese el cuadro, y tengo que añadir que por alguna extraña razón no se dio cuenta de que mi hermano, vestido con su traje occidental, había usurpado el lugar de Kichiza, me apresuré a ir a casa y conté lo sucedido a mi familia. Pero, claro está, nadie me creyó… ni siquiera mi madre. Pensaron todos que me había vuelto completamente loco.
Concluida su historia, el viejo comenzó a reír por lo bajo. Y, por alguna razón inexplicable, yo también sonreí.
—Nunca pude convencerlos —continuó repentinamente—, de la posibilidad de que un hombre se convirtiese en un muñeco de trapo. Pero el mismo hecho de que mi hermano hubiese desaparecido totalmente de la faz de la tierra prueba que tal cosa es posible.
»Mi padre, por ejemplo, cree aún que mi hermano se escapó de casa. En cuanto a mi madre, finalmente logré obtener que me prestase el suficiente dinero para comprar la tablilla en la que estaba el valioso cuadro de telas. Poco después, hice un viaje a Hakone y Kamakura, llevando conmigo el cuadro, pues no podía imaginar que mi hermano se quedase sin viaje de bodas.
»Ahora podrá usted comprender por qué siempre coloco el cuadro cara a la ventanilla, cuando viajo en tren, pues es mi deseo de que tanto él como su amante puedan gozar del paisaje.
»No mucho tiempo después, mi padre liquidó el negocio en Tokio y se trasladó a su ciudad nativa de Toyama. Yo también he vivido allí durante los últimos treinta años, pero, hace unos días, decidí que a mi hermano le gustaría contemplar las vistas del nuevo Tokio, y ésta es la razón por la que efectúo este viaje.
»No obstante, hay una cosa que me entristece, pues existe un fallo en la felicidad de mi hermano, ya que mientras la muchacha permanecía siempre joven y lozana, pues en realidad no es sino una muñeca a pesar de parecer tan real, mi hermano se hace más viejo y macilento con el paso de cada año, pues es humano, de carne y huesos, como usted y yo. Si bien en otro tiempo fue un apuesto y fogoso joven de veinticinco años, ahora se ve reducido a un anciano canoso, de miembros débiles y afeado por las arrugas.
»¡Ah! ¡Qué triste situación! ¡Y qué ironía!
Suspirando profundamente, el viejo se irguió, como si de pronto hubiera despertado de un trance.
—Bueno, le he contado una larga historia —comentó—. Y le aseguro que cada palabra es cierta. ¿Verdad que me cree?
—¡Naturalmente, naturalmente! —le aseguré.
—Me siento satisfecho al saber —me replicó— que mi narración no ha sido en vano.
Entonces, se volvió hacia el cuadro de telas, y comenzó a hablarle en voz suave, como el arrullo de una paloma:
—Debéis estar cansados ambos, mi querido hermano y cuñada. Y también debéis sentiros avergonzados, pues he contado la historia en vuestra presencia. Pero animaos, os pondré a dormir ahora.
Con estas palabras, envolvió de nuevo el cuadro, cuidadosamente, con el paño.
Mientras lo hacía, pude dar una última ojeada a los rostros de ambas figuras, y me atrevería a jurar que me dedicaron una sonrisa de amistoso saludo. En cuanto al viejo, había quedado en silencio.
El tren prosiguió su carrera. Unos diez minutos más tarde se hizo más lento el traqueteo de las ruedas, mientras se podían ver ya algunas luces desperdigadas, brillando al otro lado de las ventanillas.
Poco después, el tren se detuvo en una pequeña y oscura estación en lo alto de las montañas. Mirando hacia afuera, sólo vi a un empleado del ferrocarril en el andén.
El viejo se puso en pie.
—Tengo que decirle adiós —murmuró—. Debo descender aquí, pues pasaré esta noche con unos parientes de este pueblo.
Con estas palabras, el viejo caminó a lo largo del pasillo y salió del vagón, llevando bien aferrado el misterioso paquete bajo su brazo.
Mirando por la ventanilla, pude verlo por última vez dándole el billete al empleado, y un momento más tarde fue tragado por la noche.