Odiaba los lunes.
Bueno, eso le pasaba a todo el mundo, no era una novedad. Pero lunes como aquel eran los que hacían que Rocío odiara realmente su trabajo. Ese día debía defender a un tipejo que estafaba a señoras mayores que vivían solas diciéndoles que iba a revisar la instalación del gas, y acababa drogándolas y robándoles todo lo que tenían de valor en casa. Lo peor era que el tipejo se sentía orgulloso de lo que había hecho y se autodenominaba el Robin Hood de los jóvenes, porque luego se lo gastaba con sus amigos en las discotecas del puerto. Realmente, odiaba su trabajo ese lunes. Y para rematar el día que solo acababa de empezar, al llegar a la puerta de los juzgados, allí estaba David.
David era alto, moreno, con una de esas sonrisas que te hacen pensar en paseos por la playa al atardecer. Llevaba trabajando allí ya seis meses, y desde el primer día se había sentido atraída por él. El uniforme de vigilante le sentaba realmente bien y dejaba ver un culito redondeado, y en verano, al ir sin chaqueta, unos brazos musculados que seguramente abrazarían de vicio después de una noche de pasión.
Rocío maldijo entre dientes porque otra vez sus pensamientos acababan con la imagen de ella y David desnudos y enredados en la cama. Ese tipo de imágenes era lo último que necesitaba en un día así, de modo que su escaso humor empeoró aún más, y si a eso le sumaba los nervios por pasar tan cerca de él cada mañana por el arco detector de metales y oler su colonia, el resultado era un manojo de nervios llamado Rocío.
Ni siquiera saludó al dejar el bolso y el maletín sobre la cinta del escáner y pasar por el arco para esperar a que los pudiera recoger. Pero no lo hacía por ser una estúpida, sino por nervios. A algunas personas les entraba la risilla nerviosa, otras se ponían rojas como un tomate. Ella se volvía un ser autoritario y en ocasiones gruñón.
David sonrió al verla llegar. Como todos los días, lo miraba por encima del hombro; como todos los días, su mirada color miel lo calentaba; y como todos los días, pasaba por su lado sin dirigirle la palabra. Era exquisita. Su melena azabache rizada le caía en cascada por su espalda, haciendo que deseara alargar su mano y acariciarle unos mechones, unos labios carnosos que incitaban a besarlos y un cuerpo con unas curvas hechas para el placer de un hombre. Jesús, esa mujer era pura sensualidad. Pero como solía decir su abuela; «Nadie es perfecto». Y Rocío podía quitarle el aliento con una sola mirada, pero era una auténtica gruñona.
Adoraba su trabajo y en esos últimos seis meses le gustaba más. Solo con verla pasar e inhalar su perfume tenía de momento suficiente. Solo esperaba una señal, algo que le indicara que cuando se acercara a ella no haría el ridículo y sufriría uno de sus desplantes.
Cuando la vio recoger el bolso del detector, la saludó con una de sus mejores sonrisas:
―Muy buenos días, señorita. Alberola.
Rocío sintió que se derretía al escucharlo, pero en lugar de sonreírle de vuelta, lo miró con seriedad.
―Buenos días.
Colgándose el bolso y cogiendo el maletín, echó a andar hacia el pasillo de la derecha para ir a la sala del juzgado donde su cliente, el asalta viejas, la esperaba.
David la siguió con la mirada, soltando el aire de los pulmones. Esa mujer era puro fuego.
***
Rocío cumplió con su trabajo de modo imparcial, sin demasiada emoción, porque en realidad estaba segura de que aquel tipejo debía pudrirse en la cárcel, por el tiempo que estuviera. Por suerte, el fiscal fue más implacable que ella, y a su cliente lo condenaron. Feliz por perder el caso, se fue a la habitación donde una cafetera y una nevera la convertían en una sala de descanso para los empleados de los juzgados. Cuando cogió una taza para ponerse el café, recordó de nuevo a David.
Un par de ocasiones había coincidido con David en el descanso y se había portado con él como una verdadera arpía. Aún se preguntaba cómo seguía sonriéndole y hablándole con educación después del día en que lo mandó a hacerle fotocopias para un juicio.
Aquel día estaba nerviosa porque era su primer juicio rápido por robo, y se dio cuenta de que parte de la documentación debía guardarla con el expediente, y estaba sin fotocopiar. No podía salir corriendo a la fotocopiadora, y no se le ocurrió nada mejor que parar a David que iba de camino a esa misma sala en la que ahora llenaba la taza de café.
―¡Tú! Ve y hazme unas copias de esto. Llévamelos a la sala 3.
Él se detuvo a su altura y, clavándole la mirada, muy educadamente le respondió:
―Disculpa, pero no sé si sabes que soy el vigilante, no el chico de los recados.
―Me da igual. ¡Aquí mando yo! Ve y haz las fotocopias, ¡y rapidito!
David le había cogido los documentos y, tragándose una maldición, había ido a hacerle las fotocopias. En cinco minutos estaban listas y se las había llevado a la sala 3. Esta vez no la miró, sino que dejó los documentos encima de la mesa y se marchó. Le había hecho perder tiempo de su rato libre.
Según su amiga Mamen, en más de una ocasión lo había visto mirarla con hambre, sobre todo su culito respingón, con una mirada de que bien valía la pena y que con una sonrisa había subido a prepararse su café. Pero Mamen era parcial, y no podía saber si realmente la había mirado así. Ella recordaba otra mirada.
Cuando evocaba la cara de mala leche de él y cómo le había hablado a causa de los nervios y su transformación en la abogada Jeckyll, se sentía miserable. David se comportaba educado con ella; pero claro, era su trabajo. No la trataba ni mejor ni peor que a los demás. Y ahora, no sabía cómo hacer para romper esa impresión de arpía que había causado en él. Sentándose con un suspiro, empezó a mover el café.
***
A la mañana siguiente, David, como siempre llegó al trabajo de buen humor, llevaba su iPod y escuchaba One more night; le gustaba empezar el día con ritmo. Llevaba horas despierto, ya que le gustaba salir a correr y hacer ejercicio. Al entrar en el juzgado lo recibió con guasa Sergio, su compañero. Él era el único que sabía que bebía los vientos por Rocío y, cómo no, el cachondeo estaba servido.
―Buenos días, Sergio.
―Buenos días, David. ¿Hoy será el día en que te tire el bolso al verte o no? Ja, ja, ja.
―Mierda, preferiría eso a su indiferencia. Me vuelve loco.
―Bueno, es una abogada. Suelen ser estirados con los currantes como nosotros. Siempre mandando.
Sergio empezó a poner en marcha el escáner y se colocó bien la corbata. No le gustaba su trabajo, pero lo hacía lo mejor posible.
―¿Crees que si fuera poli me miraría de otra forma? ―Se puso al lado del escáner.
―Los polis las ponen a todas a cien. Eso y los bomberos.
―Quizás me mire dentro de un año. ―Le levantó ambas cejas.
―¡No me jodas que vas a hacer las pruebas!
―Ya estoy en ello.
―Con razón corres todos los días. Y yo que pensaba que lo hacías para ligar, ja ,ja ,ja.
―Las pruebas físicas son duras y se acerca el verano.
―Si necesitas que te cambie días, solo dilo, tío.
―Sé que puedo contar contigo, gracias. Pero de momento me apaño con los turnos.
Los funcionarios del juzgado empezaron a llegar. También abogados y gente que necesitaba ayuda legal, acusados, demandantes... El trasiego normal de gente en el edificio. Rocío llegó a los juzgados mirando el WhatsApp con una sonrisa en los labios. Aquel grupo de locas con el que hablaba casi a diario llevaba desde bien temprano contando locuras y mandando fotos de hombres sexis y desnudos. Sin querer mirar a la cara a los vigilantes, dejó el bolso sobre la cinta como cada día, saludando con un escueto «buenas».
David, como siempre que la veía, sintió cómo su corazón se aceleraba y con su mejor sonrisa, la saludó:
―Buenos días señorita. Alberola.
Cuando el bolso pasó por el escáner, pitó, y David, alzando una ceja, se acercó a ella con paso firme. Se quedó tan cerca que pudo oler su fragancia. Jesús, cómo lo alteraba esa mujer...
―Señorita, tiene que vaciar su bolso en este recipiente. ―Le tendió una bandeja blanca.
―¡¿Qué?! Debe ser un error. No pienso hacerlo.
David, con paciencia, le volvió a decir:
―Son las normas, señorita Alberola. No la puedo dejar pasar si no vacía el bolso en la bandeja.
―No lo veo normal. Vengo todos los días, trabajo aquí.
―Por eso puede vaciar su bolso sin problemas, ¿verdad? ―La atrapó con la mirada.
Estaba a punto de gritarle, pero al ver las miradas de los otros abogados que entraban sin problema, acabó por coger el bolso de mala gana y volcarlo sobre la bandeja al final de la cinta transportadora del escáner.
David frunció el ceño y volvió a pasar la bandeja por el escáner. Con una sonrisa, le mostró unas llaves. A más de uno se le llegaba a olvidar que debían ir en otra bandeja.
―Puede pasar. Este era el problema.
Rocío miró las llaves, abriendo mucho los ojos.
―¡No son mías!
―No hay problema, las dejaremos aquí y alguien las reclamará. ―Acercándose a ella le susurró―: Tranquila, no pasa nada.
Tenerlo tan cerca la puso nerviosa de nuevo, más de lo que ya estaba por aquel incidente con esas llaves que no eran suyas. Y sin poder evitarlo, la abogada Jeckyll apareció de nuevo.
―Me preocupo porqué seguro que has metido esas llaves en mi bolso para hacerme pasar un mal rato y vengarte por algo. Pues que sepas, que aquí mando yo, y puedo hacer que te despidan antes de lo que canta un gallo.
Agarrando el bolso de malas maneras, dio media vuelta y subió las escaleras camino del despacho que ocupaba.
David se quedó asombrado por la contestación, y que le dijera eso le hizo rechinar los dientes. Colocó la bandeja en su sitio y miró a su compañero.
―Me odia.
―Te lo dije. Una estirada a la que no le gustan los curritos como tú y yo.
―Necesito salir de fiesta y sacármela de la cabeza.
―El sábado he quedado con Malena y unos amigos para salir a cenar y tomar algo. Iremos cerca de tu casa. ¿Te apuntas?
―¡Claro! Me parece un buen plan.
―Pues a las ocho en el bar de Toño, cenaremos allí.
―Bien, me encanta cenar ahí.
Sergio le dio una palmada en el hombro a David y siguieron trabajando. El tránsito de gente en los juzgados era casi interminable.
***
Después de comer, Rocío estaba repasando los casos que tenía que archivar que se habían cerrado en los últimos días. Ya se le empezaban a cruzar las letras, los nombres, las fechas... Necesitaba irse a casa, olvidar el incidente del bolso y las puñeteras llaves que, ahora que lo pensaba, podrían ser la copia de las llaves de la casa de Mamen. Joder, y ella montando en cólera a pesar de que él había sido amable. Ese genio suyo... Menos mal que en una hora se iría a casa y podría desconectar de todo aquello.
―¿Rocío? ―Su jefe asomó la cabeza por su despacho.
―Hola, Pascual. Dime, ¿necesitas algo?
―Sí. Necesito que me hagas horas extras hoy. Vamos muy atrasados con el papeleo.
Se le cayó el alma a los pies. Ya pensaba que el día no podría ir peor... Pero si quería el ascenso, no podía negarse.
―Claro... Me quedo encantada.
―Gracias, Rocío, en mi despacho están todos los expedientes. Será una tarde dura.
―Lo sé, pero adelantaré lo que pueda. En cuanto termine de archivar estos, paso a por los expedientes de tu despacho.
Pascual asintió y la dejó sola en el despacho.
A punto de lanzar el montón de papeles, mandó un WhatsApp a Mamen y a las chicas diciéndoles que tenía que trabajar hasta tarde y no podía quedar para tomar algo esa tarde. Su mal humor crecía por segundos, pero no quería volver a estallar, así que se levantó y llevó los papeles al archivo y, después de recoger los expedientes de la mesa de Pascual, volvió a su despacho a trabajar.
***
Ya eran casi las ocho. El juzgado cerraba a esa hora y ella había terminado todo el papeleo. Cansada, dejó los papeles en el archivo y pasó a por el bolso antes de bajar. Cuando salió, se decepcionó un poco al ver que David no estaba. Ni tampoco Sergio, en realidad. El hombre que estaba en la puerta le era menos conocido, ya que ella normalmente no trabajaba hasta esas horas, y no conocía a casi nadie del turno de tarde. Le saludó con una sonrisa al salir y fue hacia el callejón donde aparcaba el coche casi a diario. Aunque no era tarde, no solía pasar mucha gente por esas calles solitarias. Apretó el paso, esperando no tropezarse con nadie.
Entre las sombras, alguien la observaba, y cuando pasó por unos contenedores le tapó la boca para que no chillase, susurrándole:
―Dame todo lo que tengas, muñequita, si no quieres que te marque de por vida...
Rocío, asustada al notar la navaja contra la piel del cuello, soltó el bolso para que cogiera lo que quisiera. Pensó en esas clases de defensa personal que le parecieron aburridas e inútiles, y maldijo por no haberlas hecho. En un momento así, en que estaba aterrada, tal vez le habrían ayudado.
***
David se había cambiado de ropa; ahora lucía unos jeans descoloridos junto con un jersey negro pegado al torso. La chaqueta colgaba del brazo. Pasó por delante de su compañero de tarde, despidiéndose de él. Una vez fuera, decidió volver a su casa dando un paseo. Necesitaba pensar; Rocío lo desconcertaba.
David notó algo en el callejón por el rabillo del ojo, y fue cuando la vio.
Sin pensárselo, acudió en su ayuda sin hacer el menor ruido. Se plantó detrás del atracador y lo sujetó del brazo que tenía la navaja, haciendo que la soltase. Los dos se enzarzaron en una pelea que dominó David, gracias a sus clases de años en taekwondo El ladrón salió corriendo como alma que lleva el diablo. Respirando aceleradamente, se volvió hacia Rocío y la estrechó entre los brazos al verla tambalearse.
―¿Estás bien?
Rocío tenía los ojos cerrados por el miedo, pero al reconocer la voz de David, los abrió despacio. Él la tenía abrazada, y tal y como imaginaba en sus más salvajes fantasías, sus brazos eran un lugar perfecto para estar. Notó los duros pectorales contra sus pechos, e inexplicablemente solo pudo pensar en que la ropa que separaba sus cuerpos sobraba.
Y sus ojos... Dios, sus ojos no dejaban de mirarla con preocupación, y ella no podía apartarse de ellos.
―Sí ―dijo en un susurro.
Él le acariciaba el rostro despacio. Era preciosa y tenerla entre sus brazos era más de lo que había imaginado. Los generosos pechos se rozaban contra su torso, lanzando descargas de puro deseo en él. Pero ver sus ojos lo desarmaba por completo. Estaba asustada.
―No deberías aparcar en estos callejones. ―Era reacio a soltarla. Joder, deseaba besarla y no detenerse jamás.
―Yo... No suele haber sitio en otra parte. ―¿Por qué estaba diciendo eso? Debería darle las gracias, ¿no?
Él le sonrió.
―Haremos una cosa: cuando salgas así de tarde, dímelo. Te esperaré y te acompañaré al coche. ¿Te parece bien?
―Sí...
Separándose de ella, se agachó y recogió el bolso.
―Este es tu bolso, ¿verdad? ―Se lo tendió sin apartar su mirada de ella.
―Sí...
David le alzó una ceja.
―¿Quieres que te acompañe a tu coche?
―Sí...
Sonriendo por verla sin palabras, la acompañó hasta el coche. Posó la mano en su espalda en gesto protector y esperó a que ella subiera al coche.
―Nos vemos mañana, Rocío.
―Sí...
Sonriéndole, se dio la vuelta y salió del callejón. Esa noche estaba seguro de que soñaría con ella; como llevaba haciendo desde que la vio por primera vez.
***
Habían pasado ya cuatro días desde que habían tratado de atracarla en el callejón de cerca de los juzgados. Aunque aún le quedaba algo de miedo en el cuerpo, al menos había recuperado la capacidad de hablar que perdió al estar en brazos de David.
David…
Cuando al día siguiente del ataque llegó a los juzgados, pensó que tal vez se habría pavoneado delante de todos por haber salvado a la estirada prepotente de Rocío Alberola, pero no fue así. La había saludado como cada día, con la misma sonrisa, y eso la desconcertó y le gustó. Por primera vez en mucho tiempo le devolvió la sonrisa, y vio cómo la de él se hacía más grande. Pero no pasó nada más ese día. Ni los dos siguientes.
Así que allí estaba, sábado por la noche, en su ducha, pensando en él como nunca lo había hecho y sin saber muy bien qué hacer.
El incidente parecía haber roto un poco el hielo, pero estaba claro que él pensaba que seguía siendo una arpía, aunque el detalle de que nadie allí supiera lo ocurrido le decía que no era tan vengativo como pensaba. Comenzaba a creer que había tardado demasiado en empezar a tratar de dominar su genio con él, porque, realmente, no tenía culpa de ponerla a cien y que eso sacara a la Jeckyll que llevaba dentro. Maldito genio el suyo.
Se secó el pelo, dejándolo suelto y con sus rizos bien definidos cayendo por la espalda. Se puso un vestido negro corto de tirantes que era sencillo y a la vez sexi. Vamos, un fondo de armario que le había costado un pastón, pero del que había sacado buen provecho. Se calzó los tacones y cogió el móvil. Mandó un WhatsApp a Mamen y a las chicas avisándolas para que pasaran a recogerla. Ese día le tocaba conducir a Vero y no beber. Así se turnaban entre las cuatro. La próxima semana, sería Mayte la que no bebería.
Cuando le llegó la respuesta, sacó las llaves del bolsito que llevaba para salir de fiesta y cerró la puerta de su piso. Que se preparasen los hombres… Las chicas más guerreras de la ciudad salían de caza.
―¡Ey! Rocío, nena, esta noche vas a por todas. ¡El vestidito de los polvos!
Rocío rio con ganas. Rosa se había animado a ir con ellas después de unas semanas en que había estado pachuchilla de ánimo al casarse su madre otra vez. Maribel, su madre, era un sol, pero tenía mal gusto con los hombres. De hecho, Rosa era la recién estrenada hijastra de su jefe, Pascual. Y a Rosa no le gustaba Pascual.
―¡Rosa! Me alegro de que te unas.
―Eso, Ro. Hoy no vas a dejar nada para las demás, ja, ja, ja.
Mayte y Vero rieron ante el comentario de Mamen. Pero en realidad, las cinco iban con sus vestidos de los polvos. Parecía que se habían puesto de acuerdo para esa noche salir a comerse el mundo… Y algún que otro macizorro con ojazos y buenos movimientos de cadera que encontraran.
Riéndose, subieron al coche y Vero arrancó, camino a la discoteca.
***
Por fin sábado noche. Estaba deseando que llegara para poder desconectar del trabajo y dejar de pensar en su morenaza. Mierda, cada día que pasaba la deseaba y anhelaba más. Pero con ella tenía que ir con pies de plomo. Era pura dinamita, y eso aún le ponía a cien. Elevando el rostro hacia el chorro de agua de la ducha, dejó que resbalase por su bien formado cuerpo, imaginando que eran las caricias de ella… Al instante notó cómo el miembro se le endurecía otra vez. ¡Joder! Parecía un puto adolescente.
Cerrando los ojos y apoyando la frente en el frío azulejo, la visualizó: sus labios, sus ojos, su cuerpo… La mano derecha se apoderó del miembro mientras fantaseaba con su Rocío. Empezó a moverla de arriba abajo, imaginando que era la boca de ella la que lo envolvía y sus ojos los que lo miraban brillantes por el deseo. Oh, joder… Apretó más su miembro mientras los movimientos eran cada vez más rápidos y los gemidos que dejaba escapar inundaban el cuarto de baño. Imaginarla desnuda arrodillada delante de él y con su miembro en la boca era demasiado. Con la otra mano se apoyó en los azulejos de la ducha mientras gruñía de placer al liberar el orgasmo. Con la respiración acelerada, volvió a enjabonarse. Esa mujer lo estaba volviendo loco.
Media hora más tarde, David se encontraba en la puerta del bar de Toño, vestido con unos jeans y una camisa negra abierta por el cuello. Era el foco de las más lujuriosas miradas femeninas. Su mirada paseó por el fondo del bar esperando verlos, pero estaba tan lleno de gente que no logró ver nada. Miró el móvil por si había recibido algún mensaje de Sergio; llegaban un poco tarde y eso le extrañaba.
Sergio se levantó de una mesa al fondo. Malena estaba sentada a su lado, y con ellos, Rubén, Juan y Cristina. Agitó el brazo para llamar su atención.
Cuando los vio sonrió y se sentó con ellos
―Pensaba que llegabais tarde, no os he visto.
―El tardón eres tú. ¿Te acuerdas de Cristina?
Cristina era la amiga soltera de Malena, la novia de Sergio.
―Claro, siempre recuerdo una cara bonita. ―Le dio dos besos.
Cristina sonrió, coqueta. Esa noche tenía un buen menú donde elegir.
―Encantada de verte otra vez, David.
Rubén y Juan le estrecharon la mano para saludarlo. Pero Rubén lo hizo más fríamente al ver cómo Cristina lo miraba.
David captó la señal de Rubén y se reclinó despreocupado en la silla. Cristina estaba bien, pero no le interesaba. A él solo le interesaba una morena de ojos color miel y labios de infarto.
―Pasadme la carta, que estoy famélico.
Sergio se rio y le pasó la carta de tapas y platos combinados. Era un típico bar de barrio, pero se comía de muerte allí, y siempre estaba lleno.
David ojeó la carta y optó por una buena hamburguesa.
―Voy a pedirme la completa con patatas y una cerveza. ―Dejó la carta en la mesa.
―Buena elección, tío. Pero eso se irá a tus michelines inexistentes y no podrás correr para hacer las pruebas―. Se burló Sergio, al que Malena tenía a dieta desde hacía tres meses y que había pedido una pechuga a la plancha con ensalada, como ella.
David soltó una carcajada.
―Con el deporte que hago, no dejo que se me acumulen los hidratos de carbono. Si sigues comiendo así, te volverás una Barbie ―se guaseó señalando la pechuga.
―Es para ligar en el trabajo. ―Comentario al que Malena, entre risas, respondió con una sonora colleja. David se unió a las risas de la pareja. El camarero tomó nota de los pedidos y bebidas que faltaban, y en poco más de diez minutos estuvieron todos servidos. David, al pegar el primer mordisco, gimió con exageración:
―Es como pegar un polvo.
―Ya quisieras tú...
―Joder, ya te digo. ―Volvió a atacar su hamburguesa, levantando sus cejas de forma guasona.
***
La cena transcurrió entre risas y anécdotas de trabajo. Un café y la primera ronda de chupitos y estaban listos para salir, camino del Pecado, la nueva discoteca del puerto.
Llevaban ya un tiempo riéndose del chasco que se había llevado Juan con una guiri al entrar al local. Este los enviaba a la mierda continuamente; sin embargo, el cachondeo continuaba. David paseó la mirada por la discoteca, y de repente la vio. Su corazón se aceleró como siempre le pasaba cuando la veía, y otra parte de su cuerpo con vida propia se alegraba de verla. Si en el trabajo estaba preciosa, esa noche era puro pecado. El vestido que llevaba abrazaba sus curvas, incitándolo a saborearla enterita. Joder, estaba buenísima. Fijó su mirada en ella, deseando ver alguna señal en Rocío para atacar. Si la veía, esa noche no se escaparía de él.
Pero Rocío bailaba sin mirar a su alrededor, de momento. Su plan solía funcionar. Les daban espectáculo, fingían indiferencia y, cuando iban a la barra, no pagaban ni una copa. Siempre tenían algún pretendiente dispuesto a invitarlas a una copa y a algo más...
El problema era que ella no podía pensar en nadie más que en David. Desde que la abrazó al salvarla del atracador no podía quitárselo de la cabeza, y salir no le había servido para olvidarlo, porque quería bailar con él, que la invitara a una copa y besarlo hasta quedar sin aliento los dos. Joder, estaba empezando a parecer una loca.
Se acercó a Mamen y le indicó que iba a sentarse un momento en la barra. Necesitaba un buen trago de lo que fuera.
David, antes de que algún moscardón la rodeara, se aproximó a ella por detrás y le susurró:
―¿Puedo invitarte a una copa, Rocío?
Casi se cayó del taburete al escuchar su voz al oído. Se volvió, rápida pensando que la mente le había jugado una mala pasada, pero no. Allí estaba él, con esos ojos oscuros que la dejaban medio atontada y una camisa negra que le sentaba de vicio y la hacía tragar saliva.
―David...
―Rocío... ―Le sonrió a su manera―. ¿Quieres una copa o prefieres bailar conmigo?
―La copa primero.
―¿Qué es lo que quieres tomar?
―Creo que una cerveza estará bien ahora. ―Si iba a hablar con él, lo mejor era estar algo sobria―. ¿Qué haces aquí?
―Divertirme. ―Pidió dos cervezas y le tendió una a ella―. Aunque reconozco que verte aquí me ha alegrado la noche.
―¿Yo? ¿Alegrarte la noche a ti?
―Sí, estás preciosa, Rocío. ―La recorrió con su mirada, apreciando lo que veía.
Se sonrojó y sintió que le ardía la cara.
―Pero si no te caigo bien.
David la miró perplejo.
―¿Y quién ha dicho semejante estupidez?
―Pues, no sé..., ¿yo?
―Estás muy equivocada, preciosa.
La sujetó de la cintura y la sacó a la pista a bailar. Sus cuerpos se rozaban sensuales. David la acercó a su pecho, hundiéndole el rostro en el pelo. Movieron los cuerpos al compás de la música. La deseaba con locura.
Debía haberse dado un golpe en la ducha. Eso era. Estaba inconsciente en el suelo de la ducha y soñaba, como siempre que estaba en brazos de David; no podía ser otra cosa... Dios, olía tan bien, y sentirlo contra ella, rodeándola de nuevo con los brazos mientras la acariciaba de esa manera, hacía que se humedeciera su sexo.
David acarició su espalda hasta dejar las manos en su perfecto culito. Dios, estaba hecha para él. La apretó contra él, notando sus pezones a través de su camisa. ¡Joder, cómo lo estaba poniendo!
Rocío levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Sintió cómo todo su cuerpo pedía más, cómo deseaba besarlo, cómo quería que la volviese loca. Sus labios casi se rozaron; sintió el aliento de él rozando los suyos y no pudo evitar humedecérselos ligeramente.
Los ojos de David la miraban con deseo, y ya no pudiendo aguantar más, bajó la cabeza y atrapó sus labios. Primero los dibujó con la lengua para instarla a abrirlos, y cuando lo hizo, con un gemido, su lengua salió al encuentro de la suya, creando una danza ardiente. Su sabor lo enloquecía por momentos. Era deliciosa, perfecta para él.
Se sentía en una nube, y desde allí no escuchaba los aplausos de sus amigas ni veía que Sergio no andaba lejos, chocándola con un chico al que no conocía. En su nube, solo estaban ella y David. Joder, besaba que quitaba el aliento, mucho mejor que en sueños. Enredó los dedos en el pelo moreno que se le enroscaba en la nuca y lo atrajo más a ella. No pensaba dejarlo escapar. Aquella noche, no.
El profundizó el beso a la vez que se movía al son de la música. Esa noche no podía dejarla escapar. No supo el tiempo que pasaron besándose, pero cuando se separó de ella le gustó lo que vio: los labios hinchados por sus besos y la mirada de deseo.
―Estás bellísima así.
―Tú estás guapo hasta con el uniforme.
―Si te pongo, puedo ponérmelo en privado para ti. Te deseo, nena. Llevo mucho tiempo deseándote.
Rocío sintió que se le secaba la garganta y la voz se le escapaba. Quería decirle que ella también, que llevaba seis meses, desde que llegó a los juzgados, soñando y fantaseando con él. Que se había dado cuenta de que estaba loca por él y que sentía mucho haber sido una arpía, los desplantes diarios..., todo. Pero no consiguió decir nada de eso.
―Y yo.
Él le sonrió y la besó de nuevo, pero esta vez el beso fue más posesivo; ella era suya y no la dejaría escapar.
Rocío sintió que le temblaban las rodillas y se abrazó más a él.
―Vámonos de aquí, preciosa.
―¿A dónde?
―A mi casa. No queda lejos de aquí.
Por un segundo dudó, pero lo deseaba. Quería a ese hombre en su cama, o más bien meterse en la cama de él esa noche.
―Vamos. No me echarán de menos.
David volvió a besarla intensamente y, sujetándola de forma posesiva por la cintura, la condujo fuera de la discoteca.
Una vez que llegaron al coche, un Audi A3 Sporback negro, le abrió la puerta como un caballero y ella subió sensual en él. David observó cómo se le subía el vestido y dejaba a la vista más de la hermosa piel de sus muslos que estaba loco por probar, lamer y acariciar. Cerró la puerta y rodeó su coche, subiendo rápidamente. Colocándose bien para que la tremenda erección que tenía no le molestara, arrancó y sonó en el interior «She will be loved», de Maroon 5 Los dos se mantienen en un silencio agradable mientras escuchan la preciosa canción.
Cuando estacionó en el parking, paró el motor y la miró lleno de deseo. Sin mediar palabra, la sujetó de la nuca y la besó despacio. Disfrutaba de su sabor, y cuando ella gimió en sus labios y los abrió para él, fue él quien gimió y la estrechó más entre los brazos. La deseaba desde el primer momento en que puso sus ojos en ella. Estaba locamente enamorado, lo sabía; como también sabía que ella era especial, ella era suya, su mujer, y daría lo que fuera por verla sonreír y feliz. No sabía cómo había logrado colarse bajo su piel, pero agradecería cada día que el destino la hubiera puesto en su camino. Las manos de David, hambrientas de ella, la acariciaron por la espalda hasta las caderas. Despacio, sin romper el beso, fue bajando hasta llegar a los muslos. Sintió cómo la respiración se le agitaba, y sonrió contra sus labios.
―Sabes maravillosamente bien, preciosa.
―Dios, David... Bésame otra vez.
―Siempre, Rocío... No puedo negarte nada.
Inclinó la cabeza y volvió a apoderarse de sus labios, buscando su lengua para crear una danza que avivara más las llamas entre ellos dos. No tenía bastante de ella, ni lo tendría nunca.
Rocío gimió contra sus labios dejándose llevar, y sintió cómo el cuerpo se le calentaba y el sexo se le humedecía por él. Apretó los muslos, donde él tenía una mano que la quemaba como si estuviera al rojo vivo.
―No cierres tus muslos, nena. Quiero sentir cómo te humedeces por mí. ―Se los abrió despacio y acarició su parte interna, subiendo lentamente, clavando una penetrante mirada en ella. Le apartó el tanga y, con el dedo, acarició el sexo húmedo―. Nena... ―Rozó muy lentamente su clítoris, lubricándolo con sus jugos―. Joder... Me muero por saborearte.
―Hazlo, por Dios. Pero aquí no... Llévame a tu casa.
La miró sonriendo.
―Tenía pensado llevarte a mi cama. ―La volvió a besar intensamente.
En cinco minutos estaban traspasando la puerta de la casa, y él cerró a su espalda.
―Rocío, ¿estás segura de esto?
―Lo llevo deseando desde que te vi en la puerta de los juzgados por primera vez...
Él se acercó a ella con paso seguro, le acarició el rostro y le susurró al oído:
―Bien, porque ahora, aquí mando yo.
Sujetándola de la cintura, la besó de forma posesiva, desabrochando el vestido para poder acariciar esa piel que tanto deseaba. Le siguió el sujetador, y contempló hambriento sus firmes y llenos pechos.
―¿Vas a vengarte de mí?
―No, nena, solo voy a hacer que grites de placer.
La elevó en brazos, dejando en el suelo el vestido, y la llevó a su habitación. Allí la tendió sobre la cama, despacio, y empezó a recorrer su cuerpo con pequeños besos.
Se arqueó hacia él en busca de su boca. Cada roce de aquellos labios la quemaba y la calentaba, deseosa de más de su boca por todo el cuerpo. Lo quería todo de él.
David se tomó su tiempo, recorriéndola con sus besos y caricias. Sentir cómo gemía y se arqueaba para él lo estaba volviendo loco, pero quería disfrutarla, quería hacerla gritar de placer. Le sujetó las caderas y las elevó hasta su boca, y mirándola pícaro, empezó a lamer su sexo. Lo recorrió entero con la lengua, rodeando su clítoris, para después succionarlo y seguir lamiéndola. Joder, iba a reventar sus pantalones; era preciosa y era suya.
―¡David! ¡No pares, por favor, no pares!
Escuchar su nombre de sus labios lo calentaba como una mecha. Hundió la lengua en el interior de esa dulce cueva del placer mientras le sujetaba sus pechos, acariciándolos y pellizcando sus pezones. No le dio tregua: la torturó, lamió y embistió con la lengua como si fuera su miembro. Deseaba volverla loca y adicta a él.
Rocío le sujetó la cabeza mientras empujaba más su sexo contra la boca pecaminosa de David. Estaba a punto de estallar y sus gemidos eran cada vez más y más fuertes, más cargados de placer
Él succionó su clítoris a la vez que introducía dos dedos en ella.
―Venga, nena, dame de beber.
Ella estalló por sus palabras y su toque, gritando su nombre. David bebió de sus jugos, gimiendo en su sexo. Se apartó de ella, mirándola con extremo deseo. Se desnudó veloz y la hizo girar de espaldas a él. Arrancándole el tanga, se introdujo de una embestida en ella, pegando la espalda a su pecho, pellizcando los duros pezones de la morena.
―¿Sigo?
―Aquí mandas tú... Pero sigue.
―Sí, aquí mando yo, pero mi prioridad es que tú, amor, disfrutes.
Empezó a moverse, entrando y saliendo de ella. Al principio despacio, pero minutos más tarde, la embestía loco de deseo. Sentir cómo respondía a él era demasiado.
Se dejó llevar por David; la está volviendo loca. Sus pezones estaban duros y los pechos le pesaban de excitación. Su interior se acopló perfectamente a la maravillosa erección de David, que la penetraba y reclamaba con cada movimiento. Cerró los ojos y se entregó al placer, apoyando la cabeza en el hombro de él, buscando su boca.
David atrapó sus labios sin detener las embestidas. Masajeó sus pechos, tirando de sus pezones.
―Rocío..., nena, necesito dejarme ir. ―Le mordió los labios, entrando en ella más y más duro.
―Déjate ir, y llévame contigo...
David la sujetó de la nuca, posesivo, haciendo que agachase su cabeza y dejando que entrase en ella más profundo. Tenerla a cuatro patas lo ponía frenético, así que la agarró de sus caderas, embistiéndola loco de deseo.
―Oh, mierda, Rocío, así... Joder, nena, cómo me succionas... ―La embistió dos veces más y soltó un gemido muy varonil cuando se liberó dentro de ella.
Rocío gritó apenas un segundo detrás de él dejándose llevar por un orgasmo devastador. En sus sueños nunca había sido tan intenso... La realidad superaba a la ficción, y la volvía loca.
David, aún con la respiración agitada, salió de ella y la arrastró con él, abrazándola.
―Amor, siento no haberme puesto un condón, me alteras tanto que ni pensé en ello. ―Besó sus labios.
―Tomo la píldora... Pero...
―¿Pero?
―Eso no protege de otras cosas...
―Estoy sano, cielo, no te preocupes por eso.
―No lo haré... ―Se acurrucó contra él, acariciando el vello de su pecho, jugueteando con él entre sus dedos―. Es mucho mejor de lo que pensaba.
―No sabes las veces que he soñado con esto.
―Y yo. Estar entre tus brazos... Siento haber sido una arpía, pero cuando la abogada Jeckyll se apodera de mí, no puedo controlar el genio.
―Ese genio tuyo me pone. ―La besó―. Quiero seguir así contigo, Rocío. Sé que soy solo un vigilante, pero llevo años preparándome para entrar en el cuerpo de la Policía Nacional. Solo me queda el práctico, y si apruebo, entraré.
―Me da igual lo que seas, me gustas tú. Yo también quiero más que una noche a tu lado, David.
―Rocío..., eres mi vida y quiero compartirla contigo. ―Acarició sus caderas con suaves movimientos.
Lo besó en los labios, despacio, disfrutando del momento. Cuando se separó de él, lo miró a los ojos.
―No quiero un solo día más sin ti.
―No lo tendrás, amor, eres y serás mía. Siento en mi corazón que nací solamente para hacerte feliz. ―La verdad de sus palabras estaba escrita en sus ojos cuando la miró.
―Solo tuya.
David la besó como nunca había besado a ninguna mujer. Ella, por fin, era suya, y no la dejaría marchar nunca. Ella era la dueña su corazón y su alma.
Un año después…
La puerta de su habitación se abrió y Mamen, Vero, Mayte y Rosa entraron como un torbellino, muertas de risa.
―Madre mía… Pero ¿habéis visto cómo está Juan? ―dijo Vero―. Menudo cuerpazo tiene.
―Es lo que tienen los policías… ¡Cuerpazo y porra! ―gritó Rosa, dejando una cajita sobre la mesa―. ¿David está igual de buenorro ahora que es poli?
Rocío las miró y sonrió. Sus amigas no podían faltarle en un día como aquel: el día de su boda.
Ya hacía un año que ella y David se habían lanzado de cabeza en su relación, y aunque para algunos era muy pronto, para ellos era el momento perfecto. Cuando tienes delante a tu alma gemela, tu cuerpo no te deja apartarte de ella. Y ella y David, eran perfectos el uno para el otro.
Hacía dos meses que había aprobado los exámenes, y pronto patrullaría con su sexi uniforme. Solo de pensarlo se encendía de nuevo, y con el vestido de novia puesto, no era buena idea. Estaba deseando que acabara la ceremonia y poder abrazarse a él por el resto del día.
Después de aquella noche en el club, que se alargó por todo el fin de semana, las cosas entre ellos en el juzgado habían cambiado. Ya no se ponía nerviosa al verlo, le sonreía cada vez que se cruzaban por los pasillos y coincidían en los descansos. Cuando se quedaban solos se comían a besos, pero de cara a la galería no estaban juntos, para proteger el trabajo de él, hasta ahora, que ya no trabajaba en los juzgados, y eran libres de gritar su relación a los cuatro vientos. Y los gritos de felicidad de sus amigas eran los primeros del día.
Después siguieron los de ella al ver la preciosa pulsera que había dentro de la cajita que traía Rosa. Era un regalo de David. El ultimo que le hacía siendo novios, y el primero del primer día de su nueva vida juntos.
Más gritos hubo a la salida de la iglesia cuando los invitados tiraron arroz y vociferaron el consabido: «Vivan los novios», y cuando pedían a gritos besos entre los recién casados durante el banquete de bodas. Estaba siendo un día lleno de risas, gritos de alegría y llantos de emoción. Pero perfecto en cada segundo.
David la abrazaba, acunándola entre sus brazos mientras bailaban al ritmo de «It will rain» de Bruno Mars. Tenerla allí, siendo ya suya, era perfecto. Verla sonreír durante cada día después de por fin hacerla suya le había dado toda la fuerza que necesitaba para conseguir su propósito: luchar por su sueño y compartirlo con la mujer de su vida, su Rocío. Esa noche dormirían en un hotel, y al día siguiente saldrían camino de la Toscana, a pasar una semana en una preciosa casa junto a unos viñedos, el sueño de Rocío desde hacía años. Él iba a cumplir cada sueño que ella tuviera desde ese momento; no dejaría que nada la apartase de él, no permitiría que nada la hiciera llorar si no era de felicidad, no permitiría que ni un solo día olvidara lo mucho que la amaba.
―¿Eres feliz, mi pequeña Jeckyll?
―Sí. Desde que dejé de mandarte, soy la mujer más feliz del mundo.
―Eso fue una buena elección, preciosa. Pero tu genio sigue poniéndome a cien. Espero que en la luna de miel lo saques a menudo… Así no saldremos de la habitación, y tendremos una preciosa niña italiana.
―¿Una niña? ¿Y si fuera un niño?
―Será una niña, y será tan bonita como tú.
―¿Seguro? ¿Y eso por qué?
―Porque aquí mando yo.
Y besándola con amor y pasión, se perdieron entre el resto de invitados que bailaban a su alrededor, acompañándolos en el primer día de su nueva vida.