Al ver aquel bello planeta azul que resplandecía en el cielo ante mí, comprendí que era el lugar ideal que yo tanto deseaba para descender con mi yate espacial y dar fin a mi largo viaje. Había viajado durante muchos meses, fácil y perezosamente por entre las fantásticas distancias que separaban a las estrellas. Mis vacaciones aún no habían llegado a su término y ansiaba los placeres que podía ofrecerme la miríada de mundos maravillosos del espacio.
Había visitado los brillantes mundos cobrizos de Altair, explorado las cavernas de Polaris y paseado por las magníficas ciudades de cien planetas civilizados y por entre las enormes selvas de cien mundos coloniales. Y aun así, al ver aquel globo, tan azul, de aguas tranquilas y las pequeñas islas que moteaban su superficie, me dije que había hallado un lugar a propósito para detenerme y descansar. Descendí con mi plateada nave sobre las afueras de una pequeña ciudad situada junto a una laguna en una de las islas más grandes.
Cuando abandoné la nave y la brisa cálida y cargada de aromas y flores llegó hasta mí, al mismo tiempo que el suave susurro de los verdes árboles me traía un mensaje de paz, sentí una enorme alegría…, pues aquél era indudablemente un bellísimo lugar. Y cuando la gente de piel rosada, cabellos dorados y ojos tristes vino a darme la bienvenida, me sentí muy feliz.
Aquella era el nombre del planeta, me dijeron, y muy pocos extranjeros procedentes de las estrellas les honraban con su visita. Esto me sorprendió, ya que el planeta se hallaba situado en una populosa región del espacio y no era probable que mundo tan idílico escapara a la atención de los ociosos y de los buscadores de descanso, venidos de mundos donde se trabaja cada día.
Si ha existido alguna vez planeta adecuado para disfrutar de unas vacaciones, aquí está, pensé para mis adentros. Allí no parecía haber industria alguna ni máquinas ni factorías. Un mundo de agua con un puñado de islas esparcidas por su superficie. La población no pasaba quizá de unos cuantos millones de habitantes en un mundo de considerable magnitud. No había bestias peligrosas, ni enfermedades, ni clima desagradable. Se me aseguró que allí siempre hacía buen tiempo, siempre cálido, siempre fructífero.
Nada parecía coartar mi placer, y, sin embargo, algo me preocupaba. Los nativos se mostraban muy amistosos y amables, pero noté cierta reserva en su actitud. Se hacía difícil explicarla, pero era claramente perceptible. Aquellas gentes sonrosadas vivían de forma tan simple y agradable, que al punto se hacía evidente que no eran salvajes. No, ni muchísimo menos. Había en aquellas gentes algo que denunciaba al hombre civilizado; su saber y su pensamiento, aunque lentos e indiferentes a los problemas de la Federación Estelar eran, por otra parte, notables.
Mi piel negra y mis ropas de extranjero tenían al menos que excitar la curiosidad de los niños, ya que el planeta recibía pocas visitas, pero incluso ellos mostraban cierta reserva en aproximarse a mí. No tenían el entusiasmo que yo había observado en los jóvenes de otros mundos…, donde se abrigaban ideas románticas acerca de las estrellas.
Los nativos eran afables, pero hasta mi conciencia se abrió paso lentamente la convicción de algo que marchaba mal allí.
No sabía de qué se trataba, pero al cabo de varios días comencé a sentirme vagamente intranquilo. Quizá fuese la ausencia de visitantes. ¿Por qué aquel bello planeta no era un paraíso para el descanso? Lo tenía todo. Grandes océanos (poco profundos, me advirtieron, aunque en ciertos lugares sí lo eran), islas verdes y sonrientes, gentes afables que entonaban lánguidas canciones… Pero aquella extraña intuición persistía.
Pocos días después hice amistad con un tal Salur, un joven rubio nativo de la isla donde yo me encontraba. A menudo me acompañaba, pareciendo disfrutar, como por reflejo, de las delicias que yo gustaba en su mundo.
De él obtuve indirectamente alguna información. Manifestó que no sabía el motivo de que el planeta no fuese más visitado. Admitió, en parte, una suposición que comenzaba a nacer en mi interior…, que Aquella formaba parte de un mundo colonial. Lo sospeché ante su carencia de industria, pero Salur negó tal suposición. Declaró que en otro tiempo su mundo no era dominado por el agua y que su estado actual se debía a la labor de los descubridores estelares.
Salur me explicó luego, con expresión enigmática y el rostro vuelto hacia otro lugar, algo sobre un mundo volcánico y que en otros tiempos terribles erupciones y terremotos sacudían continuamente su superficie. La Federación Estelar lo había cambiado todo. Habían inundado el planeta extinguiendo la agonía del suelo, para convertirlo luego en el paraíso que entonces era.
Quizá pretendieron que se convirtiese en un mundo de descanso, pero nunca había llegado a serlo.
Miré hacia el silencioso océano azul y me asombró la pureza del aire y el cálido color del cielo. Su extensión amplia y poco profunda debería estar lleno, lógicamente, de embarcaciones de placer procedentes de otro planeta, de cientos de planetas. Sin embargo, allá a lo lejos sólo se distinguía una roja vela que navegaba.
Salur miró también hacia el horizonte y una vez más me desconcertó su mirada triste, que parecía patrimonio de todos los de su raza. Había algo enterrado profundamente en el ayer de su pueblo.
Recordé que Salur había descrito a Aquella como un lugar parcialmente colonial, como queriendo decir que su pueblo era nativo de allí y no procedía de otro mundo. Asimismo recordé que en ningún otro mundo había yo visto humanoides de color sonrosado. Negros, tostados, y rojos, sí. Los habitantes de vívida piel azul de Algol, los dorados de Sango, y los que tenían la piel negra y brillante como la mía. Pero no sabía que existiesen seres con la piel rosada. Debían residir allí desde siempre, sin constituir otra cosa que un recuerdo racial de su terrible pasado, un pasado de volcanes, lava, y terremotos, que aún rugían en sus mentes y les entristecían.
Sugerí a Salur visitar alguna otra isla, a lo que asintió tristemente con un movimiento de cabeza.
Embarcamos en una barca que tenía forma de concha y, tras izar una vela triangular, avanzamos lentamente sobre las aguas azules. Muy pronto la isla quedó a nuestra espalda, para desaparecer acto seguido en el horizonte. Nos hallábamos completamente solos en la enorme extensión azul.
Miré hacia abajo, intentando penetrar con la vista en la profundidad del agua, pero no vi nada. Me llamó la atención una total ausencia de peces, característica que sólo se remediaría con el paso de los siglos. En aquel mundo reconstruido no hacía muchos siglos forzosamente tenía que haber fallos.
Salur miró también hacia el agua, pero no dijo nada. Volví a notar aquella rara tristeza que parecía envolverle, algo más allá de la tristeza. Algo que me hizo sentir un extraño escalofrío, que duró únicamente unos segundos.
La noche nos sorprendió en el agua y nos tendimos de espaldas para contemplar el cielo azul, donde parpadeaban millones de estrellas. De vez en cuando tuve la sensación de quedarme dormido, pues el cielo parecía nublarse y las estrellas desaparecer entre una nube gris. Entonces la lancha escoró con violencia y me puse en pie.
—¡Llueve! —exclamé—. ¡Creí que aquí nunca llovía!
Salur también se había puesto en pie y miraba hacia el mar. Guardó silencio durante unos segundos antes de replicar:
—Aquella todavía no es perfecta. Esto no es exactamente lluvia.
Hablaba en tono bajo y tenso.
Miré de nuevo hacia el mar desierto y entonces vi que en su superficie se alzaban olas, mientras que unos raros temblores agitaban su superficie. Un terremoto submarino, pensé, al punto al ver el estertor final de un volcán que no se había apagado totalmente.
El cielo estaba oscuro, casi negro, y en él ya no brillaba ni una sola estrella. Una tormenta unió su fragor al del terremoto.
La situación se hacía peligrosa. Miré a mi alrededor. Salur estaba sentado en la proa de la embarcación, mirando absorto al tenebroso y turbulento mar.
Pronto recobré el ánimo. La embarcación no podía hundirse, gracias al material con que estaba fabricada. No podía cuartearse, ni volcar, ni sumergirse. Bajo su sencillez exterior la ciencia de las estrellas la mantenía firme.
Me sujeté con unas ligaduras a la cubierta y me dispuse a gozar del espectáculo, del último furor de aquel planeta no completamente domeñado. Tal vez estaba allí la respuesta a la carencia de visitantes, en su falta de seguridad.
Salur pareció adivinar mis pensamientos; durante un breve instante apartó sus ojos de la temible oscuridad y dijo:
—Esto no ha sucedido desde hace cinco generaciones.
Volví a sentir un escalofrío. ¿Por qué su voz era tan tensa, tan aguda? ¿Por qué parecía ahora más áspera que antes? ¿Por qué brillaban tan extrañamente sus ojos?
En aquel momento comprendí que me hallaba muy cerca del secreto que aquellas gentes guardaban en sus corazones. Estaba a punto de descubrir lo que les mantenía aislados del universo.
En estos últimos años, deseé algunas veces, no haberme acercado tanto a la verdad. Algunas veces, llegué a desear también que la tormenta se hubiese calmado entonces.
La oscuridad se hizo total. Brilló un súbito relámpago, y luego otro… seguidos de un trueno violento y atemorizador.
Sin prestar la menor atención al peligro, Salur se incorporó en la barca, cara al viento. Flotaban sus rubios cabellos y sus ojos eran más brillantes que nunca. Las aguas se retorcían agónicamente, rugía el trueno y los relámpagos iluminaban de vez en cuando la terrible escena.
Luego llegó otro formidable estremecimiento. Terremoto tras terremoto torturaba el fondo del océano.
Salur lanzó un fuerte grito y yo miré hacia donde él señalaba. El océano se hundió y, a la luz de los relámpagos, vi como una formación de roca gris ascendía de pronto a la superficie, como un submarino que emergiese. Como se alzaban otras rocas y fuego, por un instante, entre un fantástico estrépito surgió en el agua una enorme superficie de tierra.
Distinguí una gran llanura por la que discurrían arroyos de agua negra y donde crecían plantas blancas y verdes así como una vegetación típicamente submarina. También se divisaban grandes formaciones rocosas cubiertas por el fango.
Aparecieron contra el tormentoso cielo negro, altas torres de metal retorcido y roto. La luz de los relámpagos iluminó grandes planchas de blindaje y cadenas de metal que colgaban de ruedas radiadas. La negra boca de un cañón se recortó también contra el cielo, y de su extremo colgaban húmedas algas.
Contemplé todo aquello por un momento antes de que la masa volviera a hundirse en el mar. Salur, de pie en la proa de la embarcación, agitaba en el aire ambas manos, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Y escuché sus palabras. Cosas que no debían escuchar unos oídos civilizados.
Entonces supe lo que era Aquella y por qué tenía pocos visitantes.
Por la mañana, cuando la tormenta ya no era más que un mal recuerdo y el sol lucía sobre un pacífico mar azul, navegamos silenciosamente, de regreso a la isla.
Atravesé las calles de la pequeña ciudad. Estaba seguro de que aquellas gentes de piel rosada estaban ya enteradas de mi descubrimiento. Por la chispa que brillaba en el fondo de sus ojos, comprendí la tristeza, la maligna tristeza que les impedía disfrutar de su bello mundo.
Supe por qué en todos los planetas de la horda estelar nunca había visto personas de piel rosada.
Mientras entraba en mi nave espacial para abandonar aquel planeta para siempre, hice una pregunta a Salur:
—Aquella no fue siempre el nombre de este planeta, ¿verdad?
Salur me miró y asintió con un movimiento de cabeza, replicando:
—Antes de ser inundado. Aquella no era su nombre.
Vacilé un momento en confirmar mi sospecha. Pero tenía que hacerlo. Apoyé una mano sobre la compuerta de mi nave espacial y murmuré:
—El hombre original de este planeta, antes de ser arrasado era…
Salur me miró fijamente y habló en voz baja:
—Tierra… —concluyó.
Cerré la compuerta.