A Eva no hace falta que nadie le diga que el mundo está roto.
Operadora de emergencias del turno de noche en Nueva Orleans, Eva McNabb oye los quebrantos de la humanidad a diario, ocho horas seguidas, cinco días por semana. Más, si hace doblete. Se entera de los accidentes de tráfico, de los atracos, los tiroteos, las muertes, las mutilaciones, los asesinatos. Oye el miedo, el pánico, la rabia, la ira y el caos, y manda a hombres hacia ellos a toda velocidad.
Porque son casi siempre hombres, aunque cada vez haya más mujeres en el cuerpo. Eva, sin embargo, piensa en ellos como en sus chicos, sus niños. Los manda a toda esa desolación y luego le pide al cielo que vuelvan de una pieza.
Vuelven casi todos, aunque a veces no, y entonces manda a ese lugar de quebranto a más de sus chicos, de sus niños. Literalmente en ocasiones, porque su marido era policía y ahora también lo son sus dos hijos.
Así que Eva conoce esa vida.
Conoce ese mundo.
Sabe que se puede salir de él, pero que siempre se sale roto.
Hasta con luz de luna se ve sucio el río.
Jimmy McNabb no querría que fuera de otro modo: le encanta el río sucio de su sucia ciudad.
Nueva Orleans.
Se crio y vive aún en Irish Channel, a pocas calles de donde se encuentra ahora, detrás de un coche sin distintivos policiales, en el aparcamiento del muelle de First Street.
Angelo, él y el resto del equipo se están preparando: chalecos, cascos, pistolas, granadas aturdidoras… Igual que un equipo SWAT, solo que a Jimmy se le ha olvidado invitar a la fiesta a los SWAT. Y no solo a los SWAT, también a la policía portuaria y a todos los demás, menos a su equipo de la Unidad Especial de Investigación, sección Narcóticos.
Esta es su fiesta privada.
La fiesta de Jimmy.
—Los del puerto se van a cabrear —dice Angelo mientras se pone el chaleco.
—Ya los avisaremos cuando haya que hacer la limpieza —contesta Jimmy.
—No les gusta hacer de conserjes. —Angelo se ajusta el velcro—. Me siento como un imbécil con todo esto encima.
—Un poco pinta de imbécil sí que tienes —responde Jimmy.
Con el puñetero chaleco puesto, su compañero parece el muñeco de Michelin. Angelo no es muy fornido. Cuando se estaba preparando para las pruebas físicas de ingreso en la policía, hizo una dieta relámpago a base de plátanos y batidos, a ver si ganaba peso, y no ha engordado ni medio kilo desde entonces. Es tan fino como su bigote, que él cree —erróneamente— que le da un aire a Billy Dee Williams. De piel color caramelo y facciones afiladas, Angelo Carter se crio en el Distrito 9, negro a más no poder.
A Jimmy, en cambio, el chaleco le queda pequeño.
Es un tipo grandullón: mide metro noventa y tres y tiene el pecho y los hombros anchos de sus antepasados irlandeses, que vinieron a Nueva Orleans a excavar las esclusas a pico y pala. Cuando era patrullero, rara vez tenía que recurrir a la fuerza, ni siquiera en el Barrio Francés: su estatura y su aspecto bastaban para que hasta los borrachos más agresivos se achantaran de golpe. Pero, cuando se liaba a puñetazos, hacía falta un pelotón entero de compañeros para pararle. Una vez, destrozó —sin exagerar— a una panda de paletos de Baton Rouge que la liaron en el Sweeny’s, el bar de su barrio. Entraron en vertical y armando bulla y salieron en horizontal y calladitos.
Jimmy McNabb había sido un agente de a pie de los duros, igual que su padre, Big John McNabb, toda una leyenda en el cuerpo. A sus hijos no les quedó más remedio que entrar en la policía, aunque de todos modos a ninguno de los dos le apetecía dedicarse a otra cosa.
Ahora Jimmy echa una ojeada al resto de su equipo y llega a la conclusión de que están tensos pero no demasiado, solo lo justo.
Es una tensión necesaria.
Él también la nota, la adrenalina que empieza a circular por su torrente sanguíneo.
Y le gusta.
Su madre, Eva, dice que a su hijo siempre le ha ido la marcha. Da igual lo que sea: la cerveza, la adrenalina, el whisky, una carrera de caballos en Jefferson Downs o batear en la novena entrada de un partido de la liguilla policial, lo mismo da: «A Jimmy le va la marcha».
Jimmy sabe que su madre tiene razón.
Eva suele acertar. Y además lo sabe.
Jimmy y su hermano pequeño tienen una muletilla que repiten con frecuencia: «La última vez que Eva se equivocó». «La última vez que Eva se equivocó, aún había dinosaurios en la Tierra». O «La última vez que Eva se equivocó, Dios descansó el séptimo día».
O la favorita de Danny: «La última vez que Eva se equivocó, Jimmy tenía novia fija». (O sea, más o menos cuando estaba en octavo curso).
«Jimmy es pícher», dijo una vez Eva, «le gusta rondar por el campo».
Qué cachonda esta Eva, piensa Jimmy.
Es la monda.
Danny y él siempre llaman Eva a su madre. En tercera persona, claro. A la cara, nunca. Igual que llaman John a su padre. La cosa empezó cuando Jimmy tenía siete años, quizá. A Danny y a él los castigaron con no salir por alguna travesura que habían hecho —algo relacionado con el béisbol y una ventana rota— y Jimmy dijo: «Tío, qué cabreo se ha pillado Eva», y con Eva se quedó.
Ahora Jimmy mira a Wilmer Suazo para ver qué tal está. El hondureño tiene los ojos un poco desencajados, pero eso es normal en él, suele ponerse un poco nervioso. Jimmy le llama hondureño, pero Wilmer se crio en Irish Channel, igual que él, en la zona de Barrio Lempira, que ya existía antes de que naciera Jimmy.
Ancho y bajo como una nevera, Wilmer es de Nueva Orleans hasta las cachas, habla tan yat como los demás y es una suerte contar con un hispano en el equipo, sobre todo ahora que hay más mexicanos y hondureños que nunca en la ciudad (llegaron después del Katrina, para la reconstrucción, cuando a nadie se le ocurría pedirles la tarjetita verde).
Es una suerte tenerle aquí esta noche.
Porque el objetivo es hondureño.
Jimmy le hace un guiño. “Tranquilo, ’mano”.
Calma, hermano.
Wilmer asiente con la cabeza.
En cambio, Harold —nada de Harry— nunca se altera.
Jimmy se pregunta a veces si al huevón de Gustafson le late el pulso. Una vez se quedó dormido como un tronco en el asiento de atrás del coche cuando iban a una redada en la que podían haberle matado. Es el sangre de horchata de Jimmy: dulce, bonachón y blanco como la leche, de pelo rubio y ojos azules claros. Y diácono de parroquia, encima.
Hasta Wilmer se muerde la lengua cuando Harold está delante, y eso que Wilmer tiene una boca como una letrina tercermundista. Cuando Harold está presente, solo suelta tacos en español, creyendo —acertadamente— que Gustafson no entiende ni una palabra de lo que dice.
Si McNabb es grande, Gustafson lo es todavía más.
«No hace falta construir un muro en la frontera», dijo una vez Jimmy. «Con que se tumbe Harold, basta».
Una vez, por una apuesta (no con Harold, porque Harold nunca apuesta), Gustafson levantó a Jimmy en el banco de pesas.
Diez veces.
A Jimmy le tocó aflojar dos mil quinientos pavos, pero aquello fue digno de verse.
Tengo un buen equipo, se dice Jimmy.
Son listos y valientes (pero no temerarios, la temeridad es una estupidez) y sus puntos fuertes y los flacos se compaginan a la perfección. Jimmy ha conseguido que lleven cinco años siendo una piña, y cada cual conoce las reacciones de sus compañeros tan bien como las suyas propias.
Esta noche les va a hacer falta todo eso.
Porque es la primera vez que asaltan un barco.
Laboratorios de heroína en torres de pisos, chiringuitos de venta de crack en casuchas de mala muerte, locales de moteros, tugurios de bandas callejeras… Todo eso lo han hecho mil veces.
Pero ¿un buque de carga?
Es la primera vez.
Y es eso, un buque de carga, lo que va a usar Óscar Díaz para traer su enorme cargamento de metanfetamina. Así que, qué remedio, tendrán que asaltarlo.
Llevan meses siguiéndole la pista al hondureño.
A distancia, eso sí.
Han dejado pasar los alijos de poca monta, a la espera de que diera el gran golpe.
Y lo ha dado.
—Bueno, vamos allá —dice Jimmy.
Mete la mano en el coche y saca su guante Rawlings, viejo y gastado —lo tiene desde sus tiempos del instituto—, con una pelota arañada encajada en la redecilla.
Los demás también sacan guantes, se colocan formando un círculo, a intervalos de un metro, y empiezan a pasarse la pelota como si calentaran para un partido. Casi dan risa, con los chalecos y los cascos puestos. Pero es un ritual y McNabb respeta los rituales. Nunca ha perdido a un hombre cuando se pasan la pelota antes de una misión, y hoy tampoco piensa perder a ninguno. Además, es una forma tácita de recordarse que no pueden cagarla: la bola debe seguir rodando.
Hacen un par de rondas más y luego Jimmy se quita el guante y dice:
—Laissez les bons temps rouler.
Que empiece la fiesta.
Eva McNabb escucha la voz del niño por el teléfono.
Es un aviso de violencia doméstica.
El chaval está aterrorizado.
Eva, que lleva casi cuarenta años casada con Big John McNabb —ella mide metro sesenta; él, metro noventa y tres—, sabe lo que es eso porque lo ha vivido en sus propias carnes. John ya no le pega, pero tiene muy mala baba cuando se emborracha, y desde que se jubiló está casi siempre borracho. Ahora se limita a tirar vasos y botellas y a abrir agujeros con el puño en la pared.
Así que algo sabe Eva sobre violencia doméstica.
Claro que esta llamada es distinta.
Todas son malas, pero esta es peor.
Lo nota por la voz del niño, por los gritos de fondo, por los chillidos, por los golpes sordos que oye a través del teléfono. Esta empieza mal, y lo único que puede hacer es intentar que no acabe aún peor.
—Tesoro —dice cariñosamente—, ¿me escuchas? ¿Me oyes, cariño?
—Sí.
Al niño le tiembla la voz.
—Vale —dice Eva—. ¿Cómo te llamas?
—Jason.
—Jason, soy Eva. —Decirle su nombre es incumplir el protocolo, pero que le den por saco al protocolo, se dice Eva—. Escúchame, Jason, la policía va para allá, van a llegar enseguida, pero hasta que lleguen… ¿Tenéis secadora en casa, cher?
—Sí.
—Bien, pues, Jason, cielo, quiero que te metas dentro de la secadora, ¿de acuerdo? ¿Puedes hacerme ese favor, cariño?
—Sí.
—Bien. Hazlo enseguida. Yo no cuelgo.
Oye que el niño se mueve. Oye más gritos, más chillidos, más exabruptos. Luego pregunta:
—¿Estás en la secadora, Jason?
—Sí.
—Muy bien —dice Eva—. Ahora quiero que cierres la puerta. ¿Puedes cerrarla? No tengas miedo, mi amor, yo estoy aquí.
—Ya la he cerrado.
—Estupendo. Ahora te vas a quedar ahí quietecito y tú y yo vamos a charlar un rato hasta que llegue la policía. ¿Vale?
—Vale.
—Seguro que te gustan los videojuegos. ¿Cuáles te gustan?
Eva se pasa los dedos por el cabello corto y negro —su único signo de nerviosismo— y escucha al niño hablar del Fortnite, del Overwatch y el Black Ops 3. Al mirar la pantalla que tiene delante, ve cómo avanza hacia Algiers, el barrio donde vive el chico, la luz parpadeante que representa al coche patrulla.
Danny está en un coche patrulla en esa zona, en el Distrito 4, pero no le toca a él atender el aviso.
Eva se alegra.
Es muy madraza con sus dos hijos, pero Danny es el pequeño, el más sensible de los dos y el más tierno (Jimmy tiene la sensibilidad de un puño de acero), y no quiere que vea lo que es probable que le toque ver al agente que acuda a aquella casa.
El coche patrulla ya está cerca, a una manzana, y le siguen otras dos unidades (ninguna de ellas es la de Danny). Ha avisado a las tres de que hay niños de por medio.
Todos los agentes del distrito saben que si Eva McNabb dice que se den prisa, más vale que se la den o tendrán que vérselas con ella, cosa que ninguno quiere.
Eva oye las sirenas por el teléfono.
Luego, el disparo.
La bala pasa rozando la cabeza de Jimmy, da en el tabique metálico y en su rebote enloquecido hace caer a Angelo de bruces al suelo de la cubierta.
Jimmy piensa por un momento que su compañero está herido, pero Angelo rueda, se pega al tabique y le hace una seña con el pulgar: todo bien.
Aun así, es mala noticia que los hondureños pretendan resolver esto a tiros. Las balas rebotan en el acero con un rechinar espeluznante, saltan como bolas en un bombo de lotería mientras Jimmy y su equipo se agazapan en un pasadizo estrecho.
Quizá debería haber traído a los SWAT, se dice Jimmy.
Los disparos proceden de una escotilla abierta, a menos de diez metros de ellos, pasadizo abajo. Alguien tiene que ser el primero en cruzar la escotilla, piensa Jimmy. O también podríamos dar marcha atrás y largarnos de este barco con el rabo entre las piernas.
Voy a tener que ser yo quien entre, se dice. Desengancha una de las granadas aturdidoras que lleva sujetas al cinto y la lanza hacia la escotilla. Sin giro ni efecto: una bola rápida y limpia al centro del plato.
Relumbra un fogonazo blanco. Con un poco de suerte, habrá dejado momentáneamente ciegos a los del otro lado.
Jimmy se lanza adelante disparando.
Le devuelven algunos disparos, pero oye pasos que se alejan delante de él por la cubierta de hierro.
—¡Policía de Nueva Orleans! ¡Suelten las armas! —grita para cumplir con el reglamento.
Ahora oye un retumbar de pasos delante y detrás de él y no tiene que volverse para saber que Angelo, Wilmer y Harold le van pisando los talones. Ve delante de él a un tipo y entonces el individuo desaparece sin más y Jimmy se da cuenta de que ha bajado por una escalerilla.
Llega a lo alto de la escalerilla a tiempo de ver que el tipo baja a toda prisa los peldaños. Él, no. Él apoya una mano en la barandilla, da un salto y aterriza delante del hombre.
El tipo va a levantar el arma, pero Jimmy se le adelanta y de un gancho con la izquierda le deja tumbado en cubierta, inconsciente. Le da un pisotón en la cara de propina, para que aprenda lo que pasa cuando le sacas un arma a un policía de la Brigada de Narcóticos.
Luego todo se vuelve negro.
Danny McNabb tiene guardia de noche.
No es que le moleste. En el turno de noche hay más acción y un patrullero con dos años de experiencia necesita acción si quiere hacer carrera. Además, le gusta la zona que tiene asignada en el Distrito 34: Algiers, porque Algiers, aunque oficialmente forme parte de Nueva Orleans, es un mundo aparte.
El Salvaje Oeste, lo llaman.
Allí uno no se aburre, y a Danny le gusta estar ocupado, pero lleva un montón de horas sentado en el coche y se le están agarrotando las piernas, que tiene muy largas.
Si su hermano Jimmy es un toro, él es un caballo de carreras.
Alto, esbelto, larguirucho.
Todavía se acuerda del día en que adelantó a Jimmy en estatura. Su madre marcó con lápiz hasta dónde llegaban sus cabezas en el quicio de la puerta del armario de su cuarto. Jimmy se cabreó, quiso que se pegaran. («Puede que seas más alto, pero no eres más fuerte que yo»). Eva no se lo permitió.
Esa noche salieron al campo de béisbol a echar un partidillo y a la vuelta Jimmy le dijo, muy serio:
—Aunque ahora seas más alto, sigues siendo el pequeño. Vas a serlo siempre. ¿Entendido?
—Sí, vale —contestó Danny—. Pero yo soy más guapo.
—Cierto —respondió Jimmy—. Lástima que tengas la polla tan pequeña.
—¿Quieres que nos las midamos?
—Vaya suerte la mía —dijo Jimmy—, que me haya salido un hermano marica.
Cuando Danny le contó esa historia a Roxanne, dijo «gay» en vez de «marica». Así no tenía tanta gracia, pero Roxanne es lesbiana y Danny sabía que lo de marica no iba a gustarle. De todos modos, sabía que su hermano no lo había dicho con mala intención. Jimmy no odia a los homosexuales, odia a todo el mundo.
Danny se lo preguntó una vez, después de que su hermano montara una pelotera.
—¿Odias a todo el mundo?
—A ver que lo piense —dijo Jimmy—. Gais, lesbianas, heteros, negros, hispanos, blancos… asiáticos, si hubiera alguno por aquí… Sí, creo que odio a todo el mundo. Igual que harás tú cuando lleves unos años más en este oficio.
Sus padres le decían lo mismo. Que lo peor de ser policía es que acabas odiando a todo dios, menos a tus compañeros. Danny no se lo cree, de todos modos. Piensa que los policías tienen malas experiencias con la gente, nada más; que ven muchas cosas chungas y que se olvidan de que hay bien en el mundo.
Eva no quería que fuera policía.
—Tu marido es policía —le contestó Danny—. Y tu otro hijo también.
—Pero tú eres distinto.
—¿Distinto por qué?
—Lo digo en el buen sentido —dijo Eva—. No quiero que acabes como tu padre.
Furioso, amargado, borracho.
Y resentido con su trabajo.
Pero eso es él, pensaba Danny. No soy yo.
Yo nunca voy a ser así.
Ahora tiene una vida estupenda.
Un buen trabajo, un apartamento bonito en el Channel y una novia que le quiere. Jolene es enfermera y trabaja de noche en Touro, así que hasta sus horarios coinciden. Y es un amor, con el pelo largo y negro, los ojos azules y un sentido del humor un poquito retorcido.
La vida le sonríe.
El coche patrulla está aparcado en Vernet, junto al parque McDonough, frente a la iglesia del Sagrado Nombre de María, porque el cura de la parroquia se quejó al capitán del distrito de los pervertidos que rondan de madrugada por el parque.
Quién fue a hablar de pervertidos, un cura precisamente, piensa Danny.
Eva le obligaba a ir a misa hasta que cumplió trece años, aunque ella nunca iba. Jimmy y él estudiaron en colegios católicos, fueron al instituto Archbishop Rummel, y Jimmy solía decir que había dos tipos de chavales de colegio católico: los que corren que se las pelan y los que acaban jodidos. Ellos eran de los primeros.
El caso es que Roxanne y él llevan aquí aparcados toda la puta semana para tener contento al cura y no han visto ni un solo pervertido y Danny se aburre como una ostra.
Allí sentado, en el coche.
Han apagado las luces.
Ahora Jimmy solo ve luces rojas que cruzan un fondo negro, como en una de esas ridículas salas de laser tag, solo que esto es de verdad: las balas son reales; la muerte, también.
Un punto cae sobre su pecho y él se lanza al suelo.
—¡Abajo! ¡Abajo! ¡Agachaos! —grita.
Oye a sus chicos echarse al suelo.
Los puntos rojos los van buscando.
Jimmy saca su linterna, la enciende y rueda hacia su izquierda. Se oyen disparos, apunta hacia el fogonazo de un arma y dispara. Angelo y Wilmer hacen lo mismo y Jimmy oye la detonación del rifle de Harold.
Luego escucha un gruñido y un gemido de dolor.
—¡Esto no os conviene! —grita—. ¡Tirad las armas! ¡Díselo, Wilmer!
Wilmer traduce el mensaje al español.
Contestan con más disparos.
Joder, piensa Jimmy.
Qué puta mierda.
Entonces oye el ruido de un motor al arrancar.
¿Qué…?
Se encienden unas luces.
Al mirar a su izquierda, ve a Harold montado en una carretilla elevadora cuyas horquillas sostienen dos grandes cajones. Harold los levanta como un escudo y grita:
—¡Subid!
Los demás saltan a la carretilla como soldados a un tanque y empiezan a disparar por detrás de los cajones mientras Harold conduce derecho hacia los atacantes que, alumbrados por los faros del vehículo, retroceden hacia un tabique metálico. No hay otro sitio adonde ir.
Son cuatro, más otros dos heridos que intentan alejarse a rastras para que la carretilla no los embista.
Que les den, piensa Jimmy.
Si salen con vida, bueno.
Si no… pues nada.
De todos modos son cucarachas.
Jimmy se inclina hacia fuera y ve que uno de los tipos retrocede levantando un AK como si no supiera qué hacer.
Harold decide por él. Le embiste con la carretilla y le acorrala contra el tabique. Los otros tres tiran las armas y levantan las manos.
Jimmy se baja de un salto y le da una bofetada a uno, con fuerza.
—Esto podríais haberlo hecho hace veinte minutos y nos habríamos ahorrado disgustos.
Angelo encuentra un interruptor y enciende la luz.
—Vaya, vaya —dice Jimmy.
Lo que tiene delante es meta.
Paquetes rectangulares apilados del suelo al techo, envueltos en plástico negro.
—Tiene que haber tres toneladas por lo menos —comenta Angelo.
Fácilmente, calcula Jimmy.
Pérdidas de un par de millones de dólares para Óscar Díaz. Con razón se han liado a tiros.
Óscar va a pillarse un buen mosqueo.
Wilmer y Angelo están atándoles las manos a los detenidos con bridas de plástico. Harold todavía tiene al del AK acorralado contra la pared, aunque el fusil de asalto ha caído al suelo haciendo ruido.
Jimmy se acerca a él.
—Te has metido en un buen lío, ¿eh?
El chaval del AK se retuerce.
—¿Qué vamos a hacer contigo? —pregunta Jimmy—. ¿Alguna vez has visto cómo estalla una garrapata? Ya sabes, cuando se hinchan de sangre y las aprietas y, paf, explotan. Si le digo aquí a mi amigo Harold que pise el acelerador… paf.
—No, por favor.
—¿No, por favor? —repite Jimmy—. Ibas a matarme, tío.
—¿Quieres que dé aviso ya? —pregunta Angelo—. Estos tipos podrían desangrarse.
—Espera un momentito —dice Jimmy.
Harold y él se llevan al del AK arriba, a cubierta.
El río sigue turbio, pero lleva mucha corriente.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta Jimmy al del AK.
—Carlos.
—¿Sabes nadar, Carlos?
—Un poco.
—Eso espero. —Levanta a Carlos sobre la barandilla—. Dile a Óscar Díaz que Jimmy McNabb le manda saludos.
Le lanza por la borda.
—Ya podemos avisar.
Media hora después, el barco parece una sopa de letras.
NOPD, SWAT, DEA, HP, EMT… Hasta la policía estatal de Luisiana se ha presentado.
Aquel podría ser el mayor alijo de droga incautado en la historia de Nueva Orleans y, claro, todo el mundo quiere un trozo del pastel.
El mayor alijo de meta, seguro.
En el muelle está empezando a congregarse la prensa.
Jimmy enciende un cigarro y da fuego a Angelo.
Angelo da una profunda calada y pregunta:
—¿Qué ha dicho el jefe?
—Grandes titulares, noticia bomba, ninguna baja… —dice Jimmy—. ¿Qué va a decir Landreau? Que felicidades.
—Pero está cabreado.
Sí, Landreau está cabreado, piensa Jimmy. Los SWAT están cabreados, la DEA está cabreada, la policía portuaria también…
Pero a Jimmy le trae sin cuidado porque sabe también que Óscar Díaz debe de estar cabreado como un mono.
Lo está, y no porque la rata empapada que tiene delante le esté poniendo el suelo perdido.
El bloque de pisos está al otro lado del río, en Algiers Point, y desde la terraza de su ático Óscar alcanza a ver el Misisipi y, más allá, el centro de Nueva Orleans desde el Barrio Francés a Marigny y Bywater. Pero Óscar no se fija en eso, tiene la mirada clavada en Carlos, que acaba de traerle la noticia de que ha perdido más dinero del que le costó el piso.
Mucho más, de hecho.
Porque no es solo dinero lo que ha perdido.
Aquella iba a ser su gran oportunidad de ascender desde el rango medio de los traficantes de drogas al escalón superior. Iba a ser el golpe decisivo: mover esa cantidad de mercancía por el río, hasta San Luis y Chicago, y demostrar que Nueva Orleans, Luisiana, podía ser un centro de transporte de primer orden. Usar el río y el puerto para traer el género, meterlo luego en camiones y distribuirlo por carretera. Si lo conseguía, los de Sinaloa le confiarían un cargamento mucho mayor, meta suficiente para intentar introducirse en el mercado de Los Ángeles y Nueva York.
Ahora, los sinaloenses van a pensar que es un mierda. Y Nueva Orleans es un sitio peligroso. Va a tener que llamarlos por teléfono y decirles que ha perdido el cargamento, y sabe que es la última vez que querrán atenderle.
Así que ha perdido la droga, el dinero y su oportunidad de ascender. Va a pasarse por lo menos cinco años más vendiéndoles mierda a esos palurdos de los pantanos.
Vuelve a entrar en el cuarto de estar y se para delante del acuario, un tanque Red Sea Reefer de trescientos sesenta litros que contiene a sus grandes amores: su precioso mero Neptuno de color amarillo brillante (seis mil dólares le costó), su pequeña Jeboehlkia gladifer roja y plateada (diez mil), su pez ángel clarión dorado con rayas azul eléctrico (este no le costó nada, fue un buen regalo del cártel) y su más reciente adquisición, de la que está muy orgulloso: un ángel reina de treinta mil dólares, así de caro porque estas bellezas habitan en cuevas en las profundidades marinas.
Óscar ha dedicado mucho tiempo, dinero y cariño al acuario, con sus hermosos y carísimos corales. Abre la tapa, echa unos copos de comida seca y luego abre un recipiente de plástico con trocitos de almejas frescas y también los echa dentro.
—Estás estresando a mis peces —le dice a Carlos—. Son muy sensibles y los estás poniendo nerviosos.
—Lo siento.
—Relájate —le ordena Óscar—. A ver, ¿quién te dijo que me saludaras de su parte?
—Dijo que se llamaba Jimmy McNabb —contesta Carlos.
—¿De la DEA?
—No, de la policía local. División de Narcóticos.
—Y te tiró al río para que me dieras el mensaje.
—Sí.
Óscar se vuelve hacia Rico.
—Llévate a Carlos y mátalo.
Carlos se pone pálido.
—Es broma. —Óscar suelta una carcajada. Luego mira a Rico—. Que se dé una ducha caliente y se ponga ropa limpia. El puto río está hecho un asco. ¿“Entendido”, Rico?
Rico ha entendido. Debe llevarse a Carlos y matarlo.
Cuando se marchan, Óscar sale a la terraza y contempla la ciudad.
Jimmy McNabb.
Bueno, Jimmy McNabb, acabas de conseguir que esto sea algo personal.
Tú lo has querido. Me has quitado algo y ahora yo voy a quitarte algo a ti.
Algo que te importe.
El agente que ha acudido al aviso de violencia doméstica va a ver a Eva después.
Ella lo ha oído todo por la radio, pero el hombre quiere presentarle sus respetos en persona.
—Lo que tú pensabas. El tío disparó a la mujer y luego se mató.
—¿Y el niño?
—Lo encontramos dentro de la secadora —dice el agente—. Está bien.
Tan bien como puede estar un niño pequeño que acaba de oír cómo su padre mata a su madre a tiros, piensa Eva.
—Menos mal que se ha matado —dice—. Así nos ahorramos un juicio.
—Pues sí.
—Y el niño, a los servicios sociales —añade Eva.
Le dan ganas de llorar, pero no llora.
Por lo menos, delante del policía.
Rico escucha a Óscar con atención y luego menea la cabeza.
—No puedes tocar a un policía.
Óscar se queda pensando un momento. Luego suelta:
—¿Cómo que no? ¿Quién lo dice?
Danny y Roxanne siguen junto al parque, la tercera noche consecutiva que pasan esperando al pervertido que no aparece.
—Vale —dice Danny tras pensárselo un buen rato—. Me tiro a Rachel, me caso con Monica y mato a Phoebe.
—Pobre Rachel —responde Roxanne—. Siempre se la tiran y nunca se casa.
—Qué va, se casó con Ross en Las Vegas, ¿te acuerdas?
—Sí, pero estaban borrachos.
—Aun así —dice Danny—. ¿Y tú?
—Mato a Monica, me caso con Rachel y me follo a Phoebe.
—Qué rápido.
—Le he dado muchas vueltas —añade Roxanne—. Siempre he querido montármelo con Phoebe. Desde la primera temporada.
—Santo Dios, pero si debías de tener siete años.
—Era una lesbiana precoz. Jugaba con Barbies.
—Todas las niñas de tu edad jugaban con Barbies.
—No, Danny. Yo jugaba de verdad con mis Barbies.
—Ah.
Súbitamente, la sangre y los sesos de Roxanne salpican la cara de Danny.
Sucede todo muy deprisa.
Una mano la agarra del pelo corto y la saca de un tirón.
La ventanilla del lado de Danny se rompe en pedazos.
Danny echa mano de su pistola, pero ya le han tapado la nariz y la boca con un trapo. Patalea tratando de soltarse, pero no puede.
Ya está inconsciente cuando lo sacan del coche.
Las sirenas parecen perros aullando.
Primero una, luego otra, después cuatro, cinco, una docena a medida que las unidades se dirigen al parque McDonough. Llegan de todo Algiers, y de la comisaría del Distrito 4, y del otro lado del río, del Distrito 8.
Respondiendo a un código 10-13.
Agente necesitado de atención médica.
Es un sonido espantoso.
Un coro de alarma que retumba en todo Algiers.
La fiesta es en el Sweeny’s, claro.
¿Dónde iba a ser, si no? Jimmy empezó a ir allí cuando era un chavalín, literalmente: tenía once o doce años cuando entró por primera vez en el bar para llevarse a su padre.
O por lo menos para llevarse el cheque de la nómina antes de que se lo bebiese.
Ahora es él quien lo frecuenta y su viejo bebe en casa.
Así que la noche de después del gran golpe era lógico que se juntaran en el Sweeny’s para celebrarlo.
Está todo el equipo, cómo no —Angelo, Wilmer y Harold—, además de todos los chicos y chicas de la Brigada de Narcóticos, media docena de agentes del Servicio de Inteligencia y unos cuantos agentes y detectives de las comisarías de distrito 4, 8 y 6 (la del barrio).
Landreau se ha pasado a tomar una copa testimonial. Hasta han venido un par de fiscales municipales y federales y dos tipos de la delegación de la DEA que han obsequiado a los agentes con sombreros de vaquero y han hecho un brindis: «Por McNabb, que siga dándoles duro aunque él la tenga tan floja».
Pero la mayoría de los invitados se ha ido temprano y ya solo queda el equipo, un par de agentes de Narcóticos y unos cuantos que han trabajado con ellos en algún momento de su carrera. Los pocos civiles que hay en el local saben que les conviene ir a lo suyo y escuchar la cháchara estrepitosa de los policías sin decir ni pío.
—Así que estaba allí tumbado cagándome encima —dice Jimmy— y pensando que qué putada cuando aparece Harold montado en una carretilla elevadora…
Comienzan a oírse vítores.
—¡Harold! ¡Harold! ¡Harold!
Harold está en el pequeño escenario con un micrófono en la mano, intentando contar chistes.
—Voy al proctólogo, le echa un vistazo a mi ano y me dice: ¿Jimmy McNabb?
—¡Te quiero, Harold! —exclama Jimmy, un poco beodo—. Ojo, con amor cristiano y heterosexual…
—¡Harold, Harold, Harold!
Harold da unos golpecitos al micro. «¿Esto está encendido?».
—Como Jesucristo quería…
—A Judas —concluye Wilmer.
—No, al otro.
—A Pedro.
—Pedro, Pablo o… el que sea —dice Jimmy—. En fin… ¿por dónde iba?
—Todo agente de policía quiere tener un comandante íntegro, valeroso y capaz —dice Harold en el escenario—. Nosotros tenemos a Jimmy McNabb, pero, como yo digo, no hay mal que cien años dure.
Angelo se levanta con piernas temblorosas y aporrea la mesa.
—¡Angelo quiere follar! ¿Quién quiere follar con Angelo?
—¡Jimmy quiere! —contesta Wilmer.
Lucy Wilmette, una veterana del Distrito 8, levanta la mano.
—Yo quiero follar con Angelo.
—Esto se pone interesante —dice él—. ¿Quién más?
—¿Cómo que quien más? —exclama Lucy—. ¡Hombre, Angelo!
Eva ve los puntos de luz intermitente en la pantalla.
Como un enjambre de abejas volviendo a la colmena.
Sigue las comunicaciones por radio.
«Una agente herida… Está tendida en la calle… Necesitamos una ambulancia… Confirmado, necesitamos una ambulancia… Patrulla acudiendo al aviso… Oído, vamos para allá… Ya estamos aquí… Unidad 240 D… ¿Dónde está el otro agente?… ¿Por qué no responde?… Se han oído disparos… Hay un testigo presencial… Dios, es casi una cría… Dios mío, ¿dónde está esa ambulancia?… Se está desangrando… No le encuentro el pulso… Sean, ha muerto… ¿Dónde está su compañero? ¡¿Hostia puta, dónde está su compañero?!».
Unidad 240 D.
El coche de Danny.
Con la mano izquierda, Eva marca en el móvil el número de Jimmy.
Salta el buzón de voz.
Está en la fiesta.
En el Sweeny’s.
¡Cógelo, Jimmy!
Es tu hermano.
—¿Este es uno de esos polis que dices que son intocables? —pregunta Óscar.
Danny está esposado a una silla de acero atornillada al suelo de cemento, en una nave industrial de los muelles de Algiers Point. Tiene los tobillos amarrados a las patas de la silla.
—Despiértalo —ordena Óscar.
Rico abofetea a Danny hasta que vuelve en sí.
—El hermano pequeño de Jimmy McNabb —dice Óscar.
Danny parpadea, ve delante de él la cara redonda de un hispano.
—¿Tú quién eres?
—Soy el que va a hacerte daño —contesta Óscar.
Enciende el soldador de acetileno.
La llama brilla, azulada.
Jimmy levanta una jarra grande de cerveza.
—¡Un brindis! ¡Por que sigamos dándoles su merecido!
Se vierte la cerveza directamente en la boca.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! ¡Jimmy!
Deja la jarra vacía en la mesa, se limpia la boca con la mano y dice:
—No, en serio…
—En serio —repite Wilmer.
—¡Por que sigamos limpiando las calles de drogas y armas y mandando a los malos al trullo! ¡Por el mejor grupo de policías del mundo! Os quiero, gente. A todos. Sois mis hermanos y hermanas y os quiero.
Se deja caer en la silla.
—¿Ese tan majo era Jimmy McNabb? —pregunta Lucy.
—Es el alcohol el que habla —contesta Wilmer.
Gibson, un sargento de la comisaría del Distrito 4, entra en el Sweeny’s y ve que la fiesta está en su apogeo. Al mirar entre la gente, distingue a Jimmy McNabb en el escenario, haciendo una versión horrible de karaoke de Thunder Road.
Gibson busca a Angelo Carter y le encuentra junto a la barra.
—¿Puedo hablar contigo un momento? —pregunta—. ¿Fuera?
—Santo Dios —dice Angelo—. ¿Danny?
La noticia le quita la borrachera de golpe. Conoce a Danny desde que era un crío: el pelma del hermano pequeño que andaba siempre por allí, idolatrando a Jimmy, ansioso por entrar en el cuerpo.
¿Y ahora está muerto?
—Es una putada —dice Gibson—. Hemos encontrado su cadáver en los muelles de Algiers Point. Le han torturado.
Le han quemado vivo.
Le han roto todos los huesos del cuerpo.
—Hay que decírselo a Jimmy —dice Gibson.
—Se va a volver loco —dice Angelo.
Jimmy McNabb no quiere a nadie en el mundo, salvo a sus compañeros y a su familia. Cuando se entere de que han matado a Danny, se pondrá violento.
Destrozará el local.
Hará daño a otros y a sí mismo.
Tienen que andarse con pies de plomo.
—Vamos a hacer una cosa —dice Angelo.
Angelo entra el primero por la puerta.
Le siguen Wilmer, Harold, Gibson, tres de los agentes más fornidos que ha encontrado Angelo en la 6.ª y Sondra D, una prostituta que saca partido a su notable parecido con Marilyn Monroe cobrando a mil dólares el polvo. Cuando la ha llamado Angelo, estaba en el hotel Roosevelt, a punto de prestarle sus servicios a un bombero de visita en la ciudad.
En el bar, todo se detiene.
Todo suele detenerse cuando Sondra entra en una habitación.
Con vestido de lentejuelas plateado.
Pelo rubio platino.
—¡Jimmy! —grita Angelo—. Ha venido alguien a verte.
Jimmy mira desde el escenario y sonríe.
Sondra le mira y dice:
—Soy la sargento Sondra, de… Asuntos Internos.
Todos se echan a reír.
Incluido Jimmy.
—Te has portado muy mal —añade Sondra imitando el tono de Marilyn. Se saca unas esposas del escote y las hace oscilar con la mano derecha—. Y ahora estás detenido.
Harold y Wilmer suben al escenario, agarran a Jimmy por los codos y le acompañan hasta donde está Sondra.
—Date la vuelta —ordena ella—. Pon las manos a la espalda.
—¿Vas a esposarme? —pregunta Jimmy.
—Eso, para empezar.
—Haz lo que te dice la señora —dice Angelo.
Jimmy se encoge de hombros.
—Por mí que no quede.
Se da la vuelta, pone las manos a la espalda y Sondra le esposa.
Angelo comprueba que las esposas están bien cerradas. Luego inclina suavemente a Jimmy sobre la barra, se apoya a su lado y le dice:
—Jimmy, tengo que decirte una cosa.
La gente que estaba de guardia en comisaría contó después que los gritos de Eva se oían fuera del edificio.
Puede que sea cierto, puede que no.
Lo que se sabe de seguro es que, después de aquella noche, cuando hablaba ya solo le salía un susurro ronco de la garganta.
Jimmy se vuelve loco.
Blandiendo la cabeza como una maza, aparta a Angelo de un golpe, se echa hacia el otro lado y golpea a Wilmer. Lanza coces como una mula, derriba a un agente de uniforme.
Luego empieza a dar cabezazos contra la barra.
Una, dos veces.
Tres.
Con todas sus fuerzas.
Angelo intenta sujetarlo por los hombros, pero Jimmy, con la cabeza chorreando sangre, se incorpora de golpe, se vuelve y le empuja contra una mesa. Vuelan botellas y vasos y Angelo cae al suelo.
Jimmy se gira y da una patada a un policía en el estómago.
Se vuelve y patea a otro en la rodilla.
Un policía corre a agarrarlo, pero Jimmy le da un cabezazo en el puente de la nariz y el policía lo suelta.
Harold lo agarra por detrás, lo atenaza con los brazos y lo levanta. Jimmy engancha el pie izquierdo en su tobillo y clava el talón derecho en la entrepierna de su compañero. Harold no lo suelta, pero afloja los brazos lo justo para que Jimmy estire el brazo, le encaje la mano bajo la barbilla y empuje. Cualquier otro habría cedido por miedo a que le rompiera el cuello, pero Harold está hecho de otra pasta, tiene el cuello de un toro y aguanta.
—No quiero hacerte daño, Jimmy.
Jimmy le da dos rodillazos en los huevos.
Ahí no hay músculos.
Harold le suelta.
Jimmy vuelca otra mesa, dos sillas más, se lanza contra la pared, la golpea con la cabeza y luego con la rodilla, hace un desconchón en el yeso.
Angelo le golpea en la cabeza con una porra prestada.
Un golpe hábil, certero.
Jimmy se desliza pared abajo, inconsciente.
Entre cuatro consiguen sacarlo del bar y lo meten en un coche patrulla.
Lo llevan a la 6.ª y lo encierran en una celda.
Aunque al capitán Landreau le caiga gordo Jimmy McNabb, no le gusta ver a uno de sus hombres sentado en el suelo de una celda con la espalda pegada a la pared.
—Sáquenlo de ahí —ordena—. Inmediatamente.
Abren la puerta. Jimmy se levanta y sale por su propio pie.
Su equipo le está esperando, pero Jimmy ve a dos agentes de uniforme mirando con cara de horror un teléfono móvil. Al ver a Jimmy, se paran y bajan el teléfono.
—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Qué están mirando?
—Mejor que no lo veas —dice Angelo.
—¿Qué estáis mirando? —pregunta Jimmy a uno de los agentes, un novato asustado.
El novato no contesta.
—He dicho que qué cojones estáis mirando.
El chico se vuelve hacia a Angelo como diciendo: «¿Qué hago? Joder, es Jimmy McNabb».
—¿Por qué le miras a él? —pregunta Jimmy—. Te estoy hablando. Dame ese puto teléfono.
—Es mejor que no lo veas, Jimmy —insiste Angelo.
—Eso lo decido yo —replica Jimmy—. Dámelo de una puta vez —le dice al novato.
El novato le da el teléfono.
Jimmy ve la imagen congelada del vídeo y pulsa el play.
Ve…
A Danny desgañitándose a gritos.
La silla a la que está atado salta como un conejito mecánico.
—¡Mira cómo brinca! —dice alguien.
—Métele fuego otra vez —dice otra voz.
—A lo mejor se muere —añade otra.
—No dejéis que se muera todavía —dice el que ha hablado en segundo lugar.
Un corte en el vídeo. Una pausa y luego…
Danny con la cabeza agachada.
El cuerpo quemado.
Y roto.
Todos los huesos fracturados.
—¿Lo has grabado todo? —pregunta el de antes.
—Se va a hacer viral —dice otra voz, una nueva.
—Graba esto también. Verás qué batazo.
Un bate de béisbol, un golpe a la cabeza.
Otro corte y luego…
El cuerpo abrasado de Danny en posición fetal. Tendido entre los hierbajos y la basura de la orilla del río, se acerca las manos, crispadas y negras como garras, a la cara.
Un cartelito recorre la parte inferior de la pantalla: Saludos de Óscar.
Jimmy McNabb siempre pensó que eso de que se te rompiera el corazón era una metáfora.
Ahora sabe que no.
Su corazón está roto.
Y él también.
Entierran a Danny entre las tumbas del cementerio de Lafayette N.º 1, en el distrito de Garden.
Las horas del velatorio, con el féretro cerrado, han sido brutales.
No habrá funeral irlandés. Nadie tiene ganas de reír y contar historias. No hay de qué reírse y la vida de Danny ha sido tan corta que hay pocas historias que contar. Además, John McNabb ya está borracho, como siempre, solo que más furioso, más amargo, más estulto, más silencioso si cabe.
No es de ningún consuelo para su esposa y su otro hijo.
Claro que nada puede consolarlos.
Policías con uniforme de gala y guantes blancos —Jimmy entre ellos— portan el ataúd hasta la tumba.
Suena la salva de rifles, la gaita toca Amazing grace.
Eva no llora.
Vestida de negro y muy menuda, más menuda que de costumbre, permanece sentada en la silla con la vista fija adelante.
Acepta la bandera plegada y la posa sobre su regazo.
Jolene sí que llora: le tiemblan los hombros, solloza abrazada por sus padres.
La gaita toca Danny Boy.
La casa —una típica casa de Nueva Orleans, estrecha y larga— no queda lejos de Annunciation y la Segunda Avenida. Delante hay un jardincillo de tierra y hierba rala y una valla de alambre que bordea la acera agrietada.
Jimmy cruza la puerta y entra en el cuarto de estar.
Su viejo está sentado en una tumbona.
Con el vaso en la mano izquierda, mira por la ventana, no se da por enterado de que Jimmy está allí.
Casi no cruzan palabra desde que, más o menos a los dieciocho años, cuando fue por fin más grande que él, Jimmy empujó al cerdo de su padre contra la pared de la cocina y le dijo:
—Si vuelves a pegar a mamá, te mato.
Big John se rio y contestó:
—Por eso no te preocupes. Si vuelvo a pegarle, será ella quien me mate.
Resulta que Eva se había comprado una Glock 19 pequeñita y le había dicho a su marido:
—Si me levantas la mano otra vez, te mando al otro barrio.
Big John la creyó.
Desde entonces solo da puñetazos a las paredes y a las puertas.
Jimmy pasa ahora a su lado, cruza la habitación de sus padres y entra en el cuarto que antes compartía con Danny.
Un dolor de la hostia, estar en esta habitación.
Se acuerda de cómo le tapaba los oídos a Danny cuando Big John y Eva se peleaban. Y Danny le decía:
—John está pegando a Eva otra vez, ¿verdad?
—No —contestaba él—. Solo están jugando.
Pero Danny lo sabía.
Jimmy intentaba protegerlo, como hacía siempre, pero contra eso no podía protegerlo.
Y tampoco pudiste protegerlo cuando más te necesitaba, piensa mientras echa un vistazo a la habitación: los guantes de béisbol viejos, el póster de Jessica Alba con la esquina levantada y la cinta de carrocero amarillenta asomando por detrás, la ventana por la que Danny y él se escapaban por las noches para ir al parque, donde habían escondido unas cervezas.
Cuando entra en la cocina, Eva está de pie junto a la encimera sirviéndose una taza de café fuerte mezclado con achicoria.
En el fuego borbotea una cazuela de pollo con quingombó.
Antes, Jimmy solía bromear con que, desde que él tenía uso de razón, siempre estaba la misma cazuela de quingombó puesta al fuego y que Eva se limitaba a entrar de cuando en cuando en la cocina para ponerle más agua y más ingredientes.
Su madre ha cambiado el vestido negro por una blusa azul oscura y unos vaqueros. Ofrece la cafetera a Jimmy y él menea la cabeza: no quiere.
—¿Una copa, entonces?
—No.
—Tienes que ir a ver a Jolene —dice Eva—. Está hundida.
—Vale, iré a verla.
Eva lo mira de arriba abajo, una larga evaluación. Luego dice:
—De niño siempre estabas enfadado, Jimmy. Y ahora que eres un hombre, sigues enfadado.
Él se encoge de hombros.
Ella tiene razón.
—Odias por odiar —añade.
Otra vez lo mismo, piensa Jimmy.
—Intenté quitarte ese odio a fuerza de cariño —dice Eva—, pero te consumía por dentro. Puede que fuera por tu padre, o por mí, o porque es tu naturaleza, pero no había forma de hacerte cambiar.
Jimmy no dice nada.
Conoce a Eva, sabe que no ha terminado.
—Danny no era así —agrega su madre—. De pequeño era un cielo y siguió siéndolo cuando se hizo un hombre. Era el mejor de todos nosotros.
—Lo sé.
Otra larga mirada, otro escrutinio. Luego, Eva lo agarra por las muñecas.
—Quiero hacer mío todo lo que intenté quitarte a fuerza de cariño. Quiero hacer mío tu odio. Quiero que vengues a tu hermano.
Mira la cara amoratada y herida de su hijo.
Sus ojos negros, hinchados.
—¿Lo harás por mí? —pregunta—. Hazlo por mí. Piensa en Danny. Piensa en tu hermanito.
Jimmy asiente en silencio.
—Y mátalos a todos —dice Eva—. Mata a todos los que mataron a mi Danny.
—Lo haré.
Eva le suelta las muñecas.
—Y que les duela —añade.
El piso está en el Barrio Francés, en la primera planta de un edificio viejo de Dauphine Street.
El dueño es un traficante de maría que está cumpliendo ocho años en Avoyelles. Está en Avoyelles y no en Angola porque McNabb habló con el juez, que le debía un favor. Así que el equipo dispone de un piso franco en el Barrio Francés, cerca de las discotecas, los bares de copas y las riadas de mujeres que vienen a Nueva Orleans a hacer turismo. Y lo han aprovechado al máximo.
Pero eso eran otros tiempos, tiempos mejores.
Ahora Jimmy está parado en medio del cuarto de estar.
—En el vídeo se oyen cuatro voces —dice—. Una es la de Óscar Díaz, está claro. Las otras tres no las hemos identificado.
—El chaval al que tiraste al río ha aparecido muerto —dice Angelo—. Un balazo en la nuca. Así que por ahí no vamos a encontrar ayuda.
—¿Y los otros detenidos? —pregunta Jimmy.
—A uno lo rajaron en Orleans —dice Wilmer, el hondureño, refiriéndose a la prisión central de Nueva Orleans—. Se desangró antes de que llegaran los guardias. Los otros salieron bajo fianza.
—Será una broma.
—Se han largado —insiste Wilmer—. Seguramente le tienen más miedo a Óscar que a nosotros.
—¿Y Óscar?
—Me he pateado todo Barrio Lempira. —Barrio Lempira es el mayor barrio hondureño de la ciudad—. He estado en Saint Teresa. Nadie sabe dónde se esconde.
—O lo saben y no quieren delatarlo —dice Angelo.
Wilmer menea la cabeza.
—No. He preguntado a amigos, primos, a la familia. Está todo el mundo rabioso por lo que le pasó a Danny. Ese gilipollas de Óscar es un recién llegado. Ni familia ni nada. Nadie lo conoce.
—Alguien tiene que conocerlo —afirma Jimmy—. Alguien tiene que conocer a alguien que lo conozca. Vuelve al barrio. Apriétales las tuercas.
—Va a ser casi imposible dar con esos cuatro tíos —dice Harold.
—No necesito dar con los cuatro —contesta Jimmy—. Solo tengo que encontrar al primero.
Jimmy y Angelo van en coche a Metairie, al otro lado de la carretera 61, en Jefferson Parish.
Un barrio residencial verde y frondoso.
—Antes no dejaban comprar casas aquí a los negros —comenta Angelo—. Si venías a Metairie, venías a limpiar retretes.
—¿Y qué ha pasado para que ahora sí? —pregunta Jimmy.
—El Katrina. La gente necesitaba viviendas y el mercado no pudo resistirse.
—¿Tú querrías vivir aquí?
—¡Joder, qué va!
—¿Y entonces qué te importa?
—No me importa —contesta Angelo—. Era solo por hablar.
Toma Northline hacia Nassau Drive, un arco de mansiones con grandes praderas de césped y piscinas, flanqueado por el club de golf.
La casa de tejado rojo de Charlie Corello queda frente al sexto tee. Angelo aparca en la curva del camino de entrada, van andando hasta la puerta y llaman al timbre. La asistenta que les abre los conduce a la piscina, situada en un patio rodeado por un muro.
Corello, con el pecho desnudo, muy moreno y embadurnado de protector solar, está sentado a una mesa de hierro forjado, bajo una sombrilla, tomando té con hielo y mirando su portátil. Se levanta y le pone una mano en el hombro a Jimmy.
—Te acompaño en el sentimiento, Jimmy.
—Gracias.
Señala dos sillas.
—Sentaos. Me alegro de verte, Angelo. ¿Queréis tomar algo?
—No, gracias.
Charlie tiene ahora el cabello —una espesa pelambre en cabeza y pecho— blanco como la nieve y ha engordado varios kilos desde la última vez que se vieron, hará unos cinco años. Su abuelo fue en tiempos el capo de toda Nueva Orleans. De toda Luisiana, mejor dicho. A decir verdad, controlaba gran parte de Estados Unidos.
Hay quien dice que fue el abuelo de Charlie quien mandó matar al presidente.
La familia Corello ya no es lo que era, pero Charlie sigue teniendo mucha mano en Nueva Orleans. Drogas, prostitución, extorsión, seguridad… Las franquicias típicas de la mafia.
Todos pagan para que Charlie siga sentado bajo una sombrilla junto al club de golf.
—¿Cómo lo está llevando Eva? —pregunta.
—Como era de esperar.
—Dale recuerdos de mi parte.
—Se los daré.
—¿En qué puedo ayudarte?
—¿Haces negocios con algún hondureño? —pregunta Jimmy.
—¿Esto es una charla extraoficial? ¿No tengo que cachearte para comprobar que no llevas un micro?
—Tú ya me conoces.
Charlie le conoce, en efecto. Jimmy y él han hecho negocios juntos, en los tiempos en que Jimmy era patrullero y más tarde también, cuando trabajaba de paisano en la brigada antivicio. Jimmy recibía un sobre por Navidad y Charlie procuraba que su gente no maltratara a las chicas ni vendiera droga a menores.
Los dos cumplían su parte.
Jimmy no ha aceptado ningún sobre desde que está en Narcóticos y, aunque ha detenido a un par de colaboradores de Charlie, no ha querido seguir su pista hasta Metairie.
—Compro mercancía a un par de hondureños —contesta Charlie—, pero nunca a ese soplapollas de Díaz.
—Entonces no sabes cómo encontrarle.
—Le diré a mi gente que esté atenta. Si averiguan cualquier cosa, serás el primero en saberlo.
—Te lo agradezco —dice Jimmy—. Quería avisarte de una cosa. Pienso apretarles las tuercas a los camellos y esta vez voy a llegar hasta el final, aunque el rastro me conduzca hasta Jefferson Parish. ¿Capisce, Carlo?
—No me amenaces, Jimmy —replica Charlie—. Hace mucho que nos conocemos tú y yo. Nuestros padres ya tenían tratos. Acude a mí como amigo.
—Como amigo, te digo que había cuatro hombres en esa habitación. Y que voy a por todos.
Charlie bebe un sorbo de té y echa una larga mirada al campo de golf, donde cuatro borrachos van dando tumbos por el sexto green.
—Te conseguiré un nombre —dice al fijar de nuevo la mirada en Jimmy.
Wilmer y Harold entran en el garito de Barrio Lempira con la insignia policial por delante.
Aunque es pleno día, hay una docena de personas acodadas en la barra o sentadas a las mesas. La mayoría son hombres, todos ellos hondureños. Ninguno se alegra de ver a la policía.
—¡Buenas tardes! —dice Wilmer—. ¡Esto es una visita cordial del Departamento de Policía de Nueva Orleans!
Gruñidos, exabruptos.
Un hombre sale disparado hacia la puerta de atrás, pero Harold, que es muy ágil a pesar de ser tan grande, lo agarra de la camisa y lo arroja contra la pared.
—¡Vacíense los bolsillos! —ordena Wilmer—. ¡Pónganlo todo encima de la barra o de la mesa! Si les encuentro algo en los bolsillos, se lo meteré por el gaznate o por el culo, según me dé. “¡Háganlo!”.
Los parroquianos se hurgan en los bolsillos, sacan billetes arrugados, monedas, llaves, teléfonos, bolsitas de maría, píldoras, una jeringa, una cucharilla.
Harold cachea al que ha agarrado, le encuentra una navaja automática y una bolsa de marihuana, un rollo de billetes y un poco de cristal.
—Vaya, vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?
—Eso no es mío.
—Ya, y a mí es la primera vez que me dicen eso. —Le saca la cartera del bolsillo de atrás y encuentra un permiso de conducir—. Si te busco, Méndez, Mauricio, ¿voy a encontrar una orden de detención en vigor? No me mientas.
—No.
—He dicho que no me mientas.
Desde detrás de la barra, el dueño del bar le lanza a Wilmer una mirada torcida. Él se da cuenta.
—Tú, “cabrón”, ¿me estás mirando mal? ¿Tienes algo que decir?
El dueño masculla por lo bajo «tu propia gente» o algo por el estilo.
Wilmer se acerca, le agarra de la pechera y tira de él, casi tumbándolo sobre la barra.
—A ver si te queda claro. Ustedes no son mi gente. Mi gente tiene trabajo. Está trabajando, no bebiendo en un tugurio de mierda en plena tarde. —Se acerca un poco más al dueño del bar—. ¿Quieres decirme algo más, jefe, o prefieres conservar todos los dientes?
El hombre baja la mirada, la clava en la barra.
Wilmer se inclina y susurra:
—Todos los días, “cabrón”, voy a volver todos los días hasta que estas “cucarachas” dejen de venir. Y el inspector de sanidad y el de protección contra incendios vendrán también a diario, y con un billete de veinte no vas a conseguir que no te empapelen.
—¿Qué quieres? ¿Dinero?
—Tú quieres que te dé un guantazo, ¿no? —replica Wilmer—. No quiero dinero, “cabrón”, quiero nombres. Quiero que me des el nombre de alguien que conozca a Óscar Díaz, o de alguien que conozca a uno que sepa de alguien que le conoce.
Suelta al dueño y se encara con un tipo joven sentado en un taburete.
—Voy a cachearte, “m’ijo”.
—Yo no soy tu hijo.
—Y tú qué sabes —replica Wilmer—. Yo me muevo mucho. Las manos encima de la barra.
El joven pone las manos sobre la barra. Wilmer le cachea y le encuentra una bolsa de maría en el bolsillo de los vaqueros.
—¿Qué he dicho yo? ¿Eh? ¿Qué he dicho?
Saca la hierba de la bolsa y se la acerca a la boca al chico.
—Bon appetit.
El chico sacude la cabeza y cierra la boca con fuerza.
—¿Prefieres que te la meta por el “culo”, entonces? —pregunta Wilmer—. Porque lo hago. Y luego te llevo a comisaría. Ahora, come.
El chico se mete la hierba en la boca.
Wilmer se dirige al resto de los ocupantes del bar.
—¡Vuelvan a guardarse las llaves y el dinero en los bolsillos! El resto, me lo quedo. Todos han oído lo que le pasó a ese policía joven. Es una vergüenza para mi gente. Será mejor que alguien venga a verme con un nombre o se quedarán sin sitio donde pasar la tarde. ¡Allá donde vayan, allá estaré yo!
—¿Qué quieres que hagamos con este? —pregunta Harold.
—Tráelo.
Sacan al tipo al coche y lo meten a empujones en el asiento de atrás. Harold busca su nombre en la base de datos y encuentra varias órdenes de detención en vigor por quebrantamiento de libertad condicional y posesión de drogas con intención de venderlas.
—¿No te he dicho que no me mintieras?
—Sí, vale, tengo alguna orden de detención —dice Mauricio.
—Eso es lo que menos tiene que preocuparte ahora —responde Wilmer—. Vamos a llevarte a ver a Jimmy McNabb.
Los dos coches están aparcados en un callejón de Algiers.
Jimmy tiene a Mauricio arrinconado contra el parachoques.
Angelo está sentado en el capó, mirando el teléfono de Mauricio.
—¿Cuál es tu contraseña?
—No tengo por qué decírselo —contesta Mauricio—. Conozco mis derechos.
—El chico conoce sus derechos, Jimmy.
—Cuéntame más —le dice Jimmy a Mauricio.
—¿Qué?
—Sobre tus derechos. Háblame de ellos.
—Tengo derecho a guardar silencio…
—Y…
—Tengo derecho a un abogado. Si no puedo costeármelo, me asignarán uno de oficio.
—¿Puedes costearte un abogado? —pregunta Jimmy.
—No.
—Entonces voy a asignarte uno: yo mismo. Como tu abogado, te aconsejo que nos des tu contraseña o le diré a Harold que te sujete la mano contra el filo de la puerta y la cerraré de golpe. Te conviene aceptar mi consejo, Mauricio.
—Usted no haría eso.
—¿Con qué mano te la meneas, Mauricio? —pregunta Angelo—. Sea cual sea, dale la otra, porque lo hará, puedes estar seguro.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis —dice el joven.
—¿En serio? —pregunta Jimmy.
—Es fácil de recordar.
—Eso es lo que me saca de quicio de los yonquis —dice Jimmy—. Que seáis todos tan lerdos.
—Funciona —dice Angelo, y se pone a inspeccionar el contenido del teléfono—. Por lo visto, la palabra en clave que usa esta lumbrera de Mauricio para referirse a la meta es “taquitos”. «Tengo el “dinero”. Me paso a por un cuarto de “taquitos”».
—Tengo bastante hambre, me apetecen unos “taquitos” —dice Jimmy—. Mauricio, no te importará que mandemos un mensaje a tu camello para quedar con él, ¿verdad? ¿Eso no violaría tus derechos?
Mauricio tuerce el gesto.
—Supongo que no tengo elección.
—El tipo pregunta que si en el sitio de siempre —dice Angelo—. ¿Dónde es?
Mauricio no contesta.
—Abre la puerta del coche —ordena Jimmy.
Mauricio les da una dirección en Slidell Street, en Algiers.
—¿Y el nombre? —pregunta Jimmy.
Fidel.
Cuando van camino de Algiers, a Jimmy le suena el teléfono.
—McNabb.
—No me conoces —dice un hombre—. Trabajo para Charlie. El tipo al que buscas se llama José Quintero. Estuvo allí.
—¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
—No, lo siento.
—Dale las gracias a Charlie de mi parte —dice Jimmy—. Como amigo.
Wilmer llama a la puerta de Fidel.
—“¿Quién es?”.
—Mauricio.
Se abre la puerta, pero con la cadena puesta.
Harold termina de abrirla de una patada.
Jimmy entra mientras Fidel trata de levantarse. Jimmy no le deja; de una patada en la barbilla, le tumba, inconsciente.
Cuando vuelve en sí, Fidel ve a Jimmy y a Wilmer sentados en el sofá, tomándose una cerveza. Angelo está entre él y la habitación de al lado. Harold bloquea la puerta de entrada.
Sobre la mesa baja hay una pistola, un cacharro viejo del calibre 25.
—Es hora de espabilarse —dice Jimmy—. Aquí hay meta suficiente para que te caigan entre quince y treinta años de prisión. Pero además, Fidel, estás a dos manzanas de un colegio, así que puede caerte cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
—¡Esa droga la han puesto ahí ustedes!
—Sí, ya, yo probaría a decirle eso al jurado, a ver qué opina —responde Jimmy—. O bien podemos irnos y fingir que nada de esto ha pasado.
—¿Qué quieren? —pregunta Fidel.
—José Quintero.
—Prefiero ir a la cárcel.
—Verás, ya había pensado en eso —dice Jimmy—. Cabía la posibilidad de que te diera más miedo lo que pueda hacerte Óscar, a ti o a tu familia. La pistola que hay encima de la mesa ya tiene tus huellas. Puedo pegarte un tiro en la cabeza y colocarte la pistola en la mano cuando estés muerto.
—Eso es un farol.
—Soy el hermano de Danny McNabb.
A Fidel se le agrandan los ojos.
—Veo que te suena ese nombre —añade Jimmy—. ¿Sigues pensando que no soy capaz de hacerlo?
—Le juro que yo no toqué a su hermano —dice Fidel—. Yo solamente sujeté la cámara.
—¿Solamente? —pregunta Jimmy.
Puto imbécil, ni siquiera sabía que estabas allí.
—¡Se lo juro!
—Bueno, si no hiciste nada más, dime dónde podemos encontrar a Quintero.
Fidel se lo dice.
Jimmy coge la 25 de la mesa y le pega un tiro en la cabeza.
—Lástima, otro ajuste de cuentas —dice.
Salen de la casa.
Uno menos.
Jolene vive en Constance Street, en la zona de Irish Channel, a un corto paseo del hospital donde trabaja. Sale a abrir en albornoz, secándose el pelo con una toalla.
Es la típica cajún: pelo largo, negro y lustroso, y unos ojos que Jimmy juraría que son de color violeta.
Está tan guapa como siempre.
—Acabo de salir de la ducha —dice—. Pasa.
Jimmy entra.
La primera habitación que se encuentra es una cocinita.
—Eva me ha pedido que venga a ver qué tal estás —dice.
Ella se ríe.
—¿Tú cómo crees que estoy? Estoy hecha polvo. Hundida. ¿Quieres una copa o algo?
—Son las diez de la mañana.
—Sí, ya, tengo reloj, Jimmy. —Abre el armario de encima de la pila y saca una botella de Jim Beam—. Salí de trabajar hace dos horas. Esta noche ha habido jaleo en urgencias. Dos apuñalamientos, un tiroteo, una niña de dos años con traumatismo severo gracias al novio de la madre… ¿Quieres una copa o qué?
—Sí, vale.
Jolene sirve dos dedos de bourbon en un vaso bajo y otros dos para ella en un frasco viejo de mermelada. Le pasa el suyo y se sienta a la mesa de la cocina. Jimmy se acomoda frente a ella.
—¿Crees que Danny llegó a enterarse de lo nuestro? —pregunta Jolene.
—Lo dejamos mucho antes de que empezaras a salir con él.
—Novietes de instituto.
—¿Eso éramos? —pregunta Jimmy.
—No, qué va, lo nuestro era solo follar —dice Jolene—. Y no se acabó en el instituto, Jimmy.
—No creo que Danny lo supiera. Si no, no habría…
Lo deja ahí.
—¿No habría querido meterla donde ya la había metido su hermano mayor? —pregunta ella.
—Joder, Jolene.
Ella bebe y luego dice:
—Danny quería ser como tú, ¿sabes? Y yo me alegro de que…, de que no lo fuera. ¿Habrías venido a nuestra boda, Jimmy?
—Habría sido el padrino.
—¿Habrías esperado al lado de Danny mientras yo iba hacia el altar del brazo de mi padre? —pregunta ella—. ¿Me habrías entregado a tu hermano?
—Sí.
No habría sido la primera vez. Jimmy aún se acuerda del día que se conocieron ella y Danny, en la fiesta de cumpleaños de su hermano en el Sweeny’s. Fue uno de esos amores a primera vista. Jimmy se lo notó en los ojos a Danny, y a ella. La miró como si le dijera: «“Olé”, cariño, adelante. De todos modos, lo nuestro nunca fue en serio».
—Tú y yo somos una mierda —dice Jolene—. Escoria blanca de Nueva Orleans. Danny, no. Danny era mejor.
—Sí.
Ella apura su bebida de un trago. Se levanta de la silla.
—Fóllame, Jimmy.
—¿Qué?
Se monta encima de él y se desata el albornoz, que se abre.
—Que me folles. Quiero que me folles con rabia.
—Para.
Ella baja la mano y le abre la bragueta.
—¿Qué pasa? ¿No puedes? ¿Ahora te sientes culpable?
—Que te jodan.
—Ese es mi Jimmy.
La penetra de golpe.
Sin contemplaciones.
La levanta en brazos sin salirse, la apoya contra la pared y se la folla. La mesa se sacude. El frasco de mermelada cae al suelo y se rompe.
Jolene le agarra con fuerza, le clava las uñas y grita al correrse.
Jimmy la sujeta contra la pared mientras ella solloza con la cara pegada a su cuello.
Cuando por fin la deja en el suelo, dice:
—Ten cuidado. Estás descalza. No te cortes con los cristales rotos.
Cuando llega a Jefatura, Landreau le manda ir a su despacho.
—Siéntate —dice.
—Prefiero estar de pie, gracias.
—Como quieras. Homicidios ha encontrado a un camello muerto en Slidell. Parece un suicidio, pero puede que no haya sido voluntario.
—Ah.
—Tú no sabrás nada al respecto, ¿verdad? —pregunta Landreau—. ¿Un tal Fidel Mantilla?
—Será un ajuste de cuentas —dice Jimmy—. Y si se ha quitado de en medio él solo, pues mejor. Una alimaña menos.
Una alimaña menos.
Landreau se queda mirando su mesa unos segundos. Luego pregunta:
—¿Qué tal estás, Jimmy?
—Bien.
—Por lo de la muerte de tu hermano, digo.
—Por el asesinato de mi hermano, querrá decir.
—Sí, vale.
—Estoy bien.
Se queda mirando a Landreau, que lo mira fijamente.
Sabe que Jimmy ha matado a Mantilla.
Pero también sabe que no puede probarlo.
—Bueno, si te enteras de algo —añade—, avisa a Homicidios.
—Muy bien —dice Jimmy.
Esa noche suena su teléfono.
Es Angelo.
Tienen a Quintero.
Jimmy le dice que enseguida va.
Se reúne con ellos en Barrio Lempira, en la planta de reciclaje de la que es dueño un socio de Charlie Corello, entre las calles Willow y Erato.
Angelo abre el maletero de su coche.
Quintero está dentro, con las muñecas y los tobillos atados y una mordaza en la boca. Es un tipo flaco, joven, con el pelo largo y negro.
—Sacadlo —ordena Jimmy.
Harold y Wilmer agarran a Quintero, lo sacan del maletero y lo ponen de pie delante de Jimmy.
—Soy el hermano de Danny McNabb —dice Jimmy—. Solo para que sepas que esto no va en broma.
Los ojos de Quintero reflejan el miedo que cabe esperar.
Lo llevan a rastras al fondo del solar, donde hay una compactadora de basura junto a la valla. Jimmy encuentra una caja de latas, las tira dentro de la compactadora.
—Mira esto, José.
Pulsa el botón de la máquina.
La compactadora aplasta las latas, las aplana. Un crujido horripilante, un chirrido metálico que dura diez segundos largos.
—Adentro con él —dice Jimmy.
Harold y Wilmer meten a Quintero, que se retuerce, gime y forcejea en la compactadora.
—Sé que estabas presente cuando torturaron a Danny —dice Jimmy—. Sé que estaban también Díaz y otro. Pero sé que tú no diste la orden, así que voy a darte una oportunidad. Quiero un nombre y un lugar.
Le quita la mordaza.
—No sé dónde está Díaz —dice Quintero.
Empieza a llorar.
—Dime cómo se llama el otro —ordena Jimmy—. Es tu última oportunidad.
—Rico —dice José—. Rico Pineda.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Adiós —dice Jimmy.
—¡Tiene novia, una negra! —grita Quintero—. Keisha. Es bailarina en el Golden Door. En la Novena.
—¿Lo conoces? —le pregunta Jimmy a Angelo.
—Sí.
Jimmy menea la cabeza.
—¿Sabes qué? Me parece que estás mintiendo. No creo que estuvieras allí. Creo que te lo estás inventando para salvar el pellejo. “Adiós”, José.
—¡No! —grita Quintero—. ¡Estaba allí! ¡Lo juro!
—Demuéstramelo.
Quintero está hiperventilando, le cuesta respirar.
—Tu hermano llevaba una medalla, ¿a que sí? Una medalla de un santo.
—¿De qué santo? —pregunta Jimmy.
—¡San Judas!
—Parece que estás diciendo la verdad, después de todo —dice Jimmy—. Por lo visto sí estabas allí.
Pulsa el botón de la máquina.
Quintero chilla.
Jimmy vuelve a subir al coche.
Dos menos, piensa.
Sentado junto a la barra, Angelo mira a Keisha contonearse en el escenario.
Es preciosa.
Y joven, diecinueve añitos.
Más joven que Rico, que, según su base de datos, tiene treinta y ocho y antecedentes penales. Llegó después del Katrina a trabajar enyesando paredes y descubrió que era más lucrativo dedicarse al robo y la extorsión. Salió en libertad hace solo un año después de cumplir cinco en Angola y al parecer se puso a trabajar de matón para Díaz.
Jimmy quería ir directo a por él, pero Angelo le ha convencido de que no.
—Tú eres blanco —le dijo.
—No me digas.
—Sí. ¿Un poli blanco en un bar de alterne de la Novena? No durarías ni dos segundos. Deja que me encargue yo.
Sonríe a Keisha, que se acerca a él sin dejar de contonearse y se agacha. Le mete un billete de cinco dólares en el tanga y ella se aleja bailando, pero Angelo no le quita ojo, ni a ella ni a las otras chicas, y cuando acaba la canción Keisha se baja del escenario y se acerca a su taburete.
—¿Quieres que vayamos a la sala VIP, guapo? —pregunta.
—¿Cuánto me costaría?
—Cincuenta más la propina, si te hago feliz.
—¿Crees que puedes hacerme feliz? —pregunta Angelo.
—Muchísimo, si vamos a un reservado —contesta Keisha.
—Vamos, entonces. —Se saca tres billetes de veinte del bolsillo—. Pago por adelantado.
Ella lo lleva arriba, a la sala VIP, le hace sentarse y empieza a contonearse encima de él.
—La tienes muy grande —dice.
—Y más grande que se va a poner, cariño —dice Angelo—. Has dicho no sé qué de un reservado.
—Son otros cien.
Le da el dinero. Ella se levanta, lo conduce a un reservado tapado por una cortina y le hace señas de que se acerque. Angelo la sigue a un cuartito y se sienta en el banco. Keisha se arrodilla delante de él.
Angelo se inclina, le levanta la barbilla y le enseña su placa.
—Mierda —dice ella—. Por favor, no me pueden detener otra vez.
—No es eso, Keisha.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Sé muchas cosas sobre ti. Sé que te han detenido dos veces, sé que vives en la calle Egania y sé que tienes a un tipo escondido en tu casa, un tal Rico Pineda.
Ella hace intento de apartarse, pero Angelo la agarra de la muñeca.
—Vamos a ir a por él. Si no colaboras, entraremos por las bravas y acabará muerto. Si colaboras, será todo mucho más fácil y tu amigo no morirá.
—No puedo hacer eso. Le quiero.
—¿Más que a tu hija? Porque tienes a una niña de tres años viviendo con un delincuente. Hay drogas en esa casa. Si me presento allí con los de la fiscalía de menores, se llevan seguro a DeAnne, y te quitan la custodia.
—Eres un hijo de puta.
—Sí, y tenlo muy en cuenta, niña —dice Angelo—. Si me ayudas, te compro un billete de autobús para que vuelvas con DeAnne a Baton Rouge, a pasar una temporada con la abuela. Pero tienes que decidirte ahora mismo, porque sea como sea vamos a ir a por Rico.
Le suelta la muñeca.
Jimmy se vuelve para mirar a Keisha, que va en el asiento de atrás. Son las tres de la mañana y están aparcados en la calle, cerca de la casita que tiene alquilada.
—Dime otra vez qué vas a hacer —dice él.
—Voy a entrar —repite Keisha—. Él seguramente estará en la cama, en la habitación del fondo. Si no, me lo llevo allí.
—Y…
—Dejo la puerta sin cerrar cuando entre.
—¿Dónde duerme DeAnne? —pregunta Angelo.
—En el sofá del cuarto de estar.
—Intentaremos no asustarla —dice Angelo.
—Te damos cinco minutos —añade Jimmy—. Luego entraremos.
—Keisha —dice Angelo—, si le avisas y escapa, hay alguien esperando detrás. Le pegará un tiro. Y ya puedes despedirte de tu hija, porque no volverás a verla.
—Sí, lo sé.
—¿Dónde suele guardar el arma? —pregunta Angelo.
—Debajo de la almohada.
—Si intenta cogerla, es hombre muerto —dice Jimmy.
—No le dejaré —afirma ella—. Pero…
—¿Qué? —pregunta Jimmy.
—No le harán daño, ¿verdad?
—No —responde Angelo—. Solo queremos hablar con él.
Keisha sale del coche.
—¿Te fías de ella? —pregunta Jimmy.
—Joder, tío, ni siquiera me fío de ti.
—Acuérdate —dice Jimmy—, lo quiero vivo.
Esperan cinco minutos y entran.
La puerta está abierta.
Jimmy entra, ve a la niña profundamente dormida en el sofá, abrazada a un elefante de peluche.
Con la pistola en la mano, avanza hacia la habitación del fondo.
Angelo avanza también, pegado a la pared de enfrente.
Wilmer bloquea la puerta de la calle; Harold está fuera, detrás.
La puerta del dormitorio está entornada.
Jimmy la abre suavemente.
Rico está tumbado en la cama, desnudo, un tipo grandullón, grueso, con el pecho y los brazos tatuados. Duerme como un presidiario: se despierta al menor ruido y echa mano de la pistola.
Pero Keisha la tiene bien agarrada.
—¡Hija de la gran “puta”!
—Date la vuelta —dice Jimmy—. Las manos a la espalda.
Rico obedece sin quitarle ojo a Keisha. Mientras Jimmy le esposa, dice:
—Te voy a matar. Y a esa puta mocosa también.
—Tú a callar —ordena Angelo.
Jimmy y él le levantan agarrándole por los brazos.
—¿Puedo vestirme, por lo menos? —pregunta Rico.
—No te va a hacer falta —responde Jimmy.
Le sacan a rastras al cuarto de estar.
DeAnne se ha incorporado, se aferra al elefante mientras le corren lágrimas por la cara. Está aterrorizada.
—No pasa nada, cielo —dice Angelo—. Solo es una pesadilla. Vuelve a dormirte.
Entre Jimmy y Wilmer llevan a Rico al coche. Angelo se queda atrás y le da a Keisha dos billetes de cien dólares.
—Hay un autobús que sale dentro de dos horas —dice—. Coge a la niña y súbete a él.
Que el día no te encuentre en Nueva Orleans.
—¿Dónde me lleváis? —pregunta Rico cuando le meten a empujones en el asiento de atrás.
—Donde llevaste tú a mi hermano —contesta Jimmy.
La vieja nave industrial está en el río, en Arabi, casi lindando con Chalmette.
Está abandonada desde el huracán.
Rico tiene las manos esposadas a la espalda, en torno a un pilar de acero. Mira a Jimmy y dice:
—Bueno, ¿y ahora qué?
—Reconozco tu voz, del vídeo —dice Jimmy—. Hablabas de mi hermano. Mira cómo brinca, decías. Te parecía gracioso.
—Y lo era —replica Rico—. Me partí el culo de risa. Sé que vas a matarme, así que mátame. ¿A qué esperas?
Jimmy se pone un puño de acero en la mano derecha y dice:
—El que quiera marcharse, que se marche. No se lo tendré en cuenta.
Nadie se mueve.
Harold se sienta encima de un montón de cajones.
Wilmer se apoya contra otro pilar.
Angelo enciende un cigarrillo.
Jimmy se pone otro puño de acero en la mano izquierda, respira hondo y empieza a golpear a Rico.
Como si entrenara con un saco de boxeo, solo que con un ser humano.
Le hunde los puños en las costillas —el derecho, el izquierdo— con fuerza suficiente para rompérselas, luego se aparta y le lanza un derechazo directo al hígado.
Rico aúlla.
Jimmy mueve el hombro izquierdo y le lanza un gancho al pómulo y, acto seguido, un puñetazo a la barbilla. Después, le aplasta de un golpe el puente de la nariz.
La sangre le salpica la cara, pero él no lo nota.
Suda a chorros, jadea, se aparta y vuelve a aporrearle las costillas, le da la vuelta y le machaca los riñones, le hace girar otra vez y le asesta un golpe feroz en las pelotas.
Rico clava la barbilla en el pecho.
La sangre le corre por los tatuajes.
—Ya es suficiente —dice Angelo.
—No, no es suficiente —responde Jimmy resollando—. De eso nada.
—Necesitamos que hable. —Angelo se interpone entre Jimmy y Rico—. Dinos dónde está Óscar.
—No.
Wilmer se baja de los cajones.
—Deja que pruebe yo. —Se acerca a Rico y le dice al oído en español—: Ese tipo que te está pegando es El Cadejo.
El Cadejo es un leyenda del folclore hondureño acerca de un perro negro, creado por Satanás, y un perro blanco, creado por Dios.
—El perro negro y el blanco están siempre peleando dentro de él —prosigue Wilmer—. Ahora mismo va ganando el perro negro, lo que no te conviene nada. Si quieres que gane el perro blanco, dinos lo que queremos saber.
—También pelean dentro de mí.
—Lo sé —contesta Wilmer—. Hiciste algo muy malo y vas a morir por ello. Vas a morir y vas a ir al infierno. Pero quizá Dios te perdone, si dejas que gane el perro blanco.
—No hay ningún dios.
—Más te vale que lo haya, “mano”. Porque la alternativa es el perro negro.
Rico vuelve a agachar la cabeza. Gime de dolor. Luego levanta los ojos y dice:
—Que os jodan a todos.
—Ahora, marchaos —ordena Jimmy.
El equipo sale.
Jimmy se da una vuelta por la nave y encuentra en el suelo una tubería de hierro de cerca de un metro. La coge, la sopesa y vuelve con Rico.
—Le rompisteis todos los huesos a mi hermano antes de quemarlo vivo —dice—. Tengo malas noticias, Rico. Ha ganado el perro negro.
Le golpea hasta que no puede seguir sosteniendo la tubería.
Tres menos.
Queda uno.
—¿Ha hablado? —pregunta Angelo.
—No.
Mientras se alejan en el coche, Angelo pregunta:
—¿Alguna vez te planteas si estamos haciendo lo correcto?
—No. —Pasados unos minutos, Jimmy añade—: Se lo tienen merecido.
—No me preocupan ellos —responde Angelo—, sino tú.
—Eres muy amable.
—En lo que te estás convirtiendo —añade Angelo, y espera largo rato antes de preguntar—: Porque ¿de veras es esto lo que querría Danny?
—Ni idea —responde Jimmy—. Pero no puedo preguntárselo, ¿verdad? —Recorren un par de manzanas más. Después, dice—: Se me ha roto algo dentro, lo sé. Si quieres apearte de este tren, Angelo, no tienes más que bajarte. Por eso no vamos a dejar de ser amigos.
—Tú no eres mi amigo, eres mi compañero —replica Angelo—. Y voy hasta la última parada.
Puede que esta sea la última parada, se dice Jimmy. Rico no ha hablado y ya no tenemos forma de localizar a Óscar Díaz.
La he cagado, he perdido los nervios y ahora no puedo vengar a mi hermano.
Se acabó.
Dos agentes de Homicidios —Garofalo y Pérez— observan el cadáver sujeto al pilar. El hombre —o lo que queda de él— ha muerto de una paliza.
Por decirlo de algún modo.
Los huesos de los brazos y las piernas le atraviesan la carne. Su cara, a fuerza de golpes, se ha convertido en una especie de amasijo de arcilla.
—No es el típico ajuste de cuentas entre traficantes —comenta Garofalo—. Esto es algo personal.
Los dos están pensando lo mismo.
Jimmy McNabb.
Jimmy bebe a lo bestia.
Bebe para ahogar un dolor que se resiste a permanecer sumergido. Los recuerdos de Danny afloran a la superficie como esos fragmentos de cosas rotas que corrían por las calles después del huracán.
Danny cantando la canción que se oía entonar al coro de la iglesia de Gracia y Gloria un día que iban por Third Street.
Ellos dos tumbados en sus respectivas camas, de noche, cuando oían los golpes que se daba el viejo contra los muebles al llegar de trabajar, y Danny le miraba asustado y él le decía: «Tranquilo, no pasa nada, yo estoy aquí. Yo te protegeré».
O Danny y él discutiendo sobre po’boys, que qué bocadillo era mejor, si el de ternera o el de ostras, y Danny diciendo:
—Las ostras parecen mocos y seguro que saben igual.
—Claro, y tú sabes muy bien a qué saben los mocos, porque te los comes sin parar, capullo.
—Yo por lo menos me como los míos, no los de otros.
Y se reían sin parar hasta que se les salía el refresco por la nariz.
Ahora, sentado en el sillón, en su piso del Channel, Jimmy se mira las manos. Las tiene hinchadas y heridas, y se le han puesto los nudillos morados.
El dolor le sienta bien.
Desearía que fuera peor.
Quiere sufrir.
Se ha corrido el rumor por el vestuario. Dicen que McNabb está ajustando cuentas con los que mataron a su hermano.
—Eso son tonterías —dice un agente.
—¿Sí? —contesta otro—. Fíjate. En el vídeo había cuatro tíos. Uno de ellos era Díaz. Puede que otros dos fueran Mantilla y Pineda.
—La otra noche se recibió un aviso —dice otro—. Alguien oyó gritos en la planta de reciclaje que hay en Willow.
—Ese es un barrio hondureño.
Siguen hablando hasta que entra Angelo.
—¿Queréis comentarme algo, chicos? —pregunta.
Se hace el silencio.
—¿No? ¿No tenéis nada que decir?
No, nada.
—Muy bien —dice Angelo—. Seguid así.
Siguen así hasta que recoge sus cosas y sale.
Jimmy se despierta al oír que llaman a la puerta.
Sigue en el sillón.
Echa mano de la pistola, la oculta a la espalda, se acerca a la puerta y abre.
—Señor McNabb.
Es un tipo de más de cuarenta años, hispano, de complexión recia. Bien vestido, con traje de lino beis y camisa azul con el cuello desabrochado.
—¿Qué quiere? —pregunta Jimmy.
—Hablarle de un asunto, a ser posible en privado —contesta el desconocido—. ¿Puedo pasar?
Jimmy le deja entrar, se cerciora de que vea la pistola.
—Le aseguro que eso no va a ser necesario.
—¿Quién es usted?
—No necesita saber mi nombre.
—¿Y usted qué sabe lo que necesito o no necesito? —replica Jimmy.
—Sé que necesita saber dónde localizar a Óscar Díaz —contesta el hombre—. He venido desde Culiacán, Sinaloa, para darle esa información.
—¿Y por qué iba a hacer eso el cártel?
—Díaz se ha pasado de la raya al asesinar a un agente de policía americano en Estados Unidos. Y de una manera tan sádica, además. Nos gustaría hacer negocios aquí, y quisiéramos hacerlos de la manera normal, con la lógica oposición de la policía, pero sin enconos ni rencillas innecesarias.
—Si tuvieran tantas ganas de quitar de en medio a Díaz —responde Jimmy—, lo harían ustedes por su cuenta.
—Lo haremos, si lo prefiere, pero pensábamos que querría hacerlo personalmente. Nosotros entendemos estas cosas de la “sangre”, de la familia. Y confiamos en sus capacidades. Díaz es el último de la lista, ¿no es así? Mantilla, Quintero, Pineda…
—¿Qué quieren a cambio?
—Como le decía, una relación normal —contesta el mexicano.
—La de costumbre.
—La de costumbre.
—¿Dónde está?
El mexicano le entrega una hoja de papel con la dirección de una torre de pisos de Algiers Point.
—Díaz está en el ático, con su ejército. Está asustado y desesperado.
—Aun así, si le pillo a usted con droga, le detendré —asegura Jimmy.
—No esperaba menos, pero yo me dedico a la gestión, nunca toco la mercancía. Buena caza, señor McNabb. Confío en que consiga su propósito. Díaz es un mierda.
Cierra la puerta al salir.
Landreau mira a Hendricks, el jefe de Homicidios, desde su lado de la mesa.
—Tenemos un problema —dice Hendricks.
—¿Y cuándo no?
—Uno de tus hombres es sospechoso de tres homicidios.
—McNabb.
—Nadie tiene más ganas que yo de detener a los asesinos de Roxanne Pulaski y Danny McNabb —asegura Hendricks—, pero un policía de narcóticos no puede ir por ahí tomándose la justicia por su mano.
—¿Tienes pruebas?
—Si las tuviera, McNabb ya estaría encerrado. Junto con el resto de su equipo.
—Si puedes demostrarlo, detenlos —dice Landreau—. Mientras tanto…
Hendricks se levanta.
—Somos amigos, Adam. Siempre hemos trabajado a gusto juntos. Solo quería avisarte. El jefe se jubila el año que viene. Dicen por ahí que estás entre los candidatos para sustituirle y no me gustaría que algo así te…
—Te agradezco tu interés, Chris.
Hendricks se marcha.
Landreau da un toque a otro de sus equipos y les ordena que vigilen a McNabb, que no le pierdan de vista.
La torre de pisos de Algiers Point tiene diez plantas y da al río.
Angelo ha conseguido los planos en Urbanismo y el equipo está en el piso franco echándoles un vistazo.
Vestíbulo en la planta baja, sin portero, pero con cámaras de seguridad.
—Díaz tendrá monitores en el piso —dice Jimmy—, así que nos verá entrar.
Hay dos ascensores, pero solo el de la derecha sube hasta el ático. Para accionarlo hace falta una tarjeta llave.
—¿Podrás arreglártelas? —le pregunta a Harold.
—Claro, con un taladro.
El ascensor da directamente al ático.
—Está bien, cuando llevas la compra —comenta Angelo.
El otro ascensor solo sube hasta la octava planta.
—Tiene que haber escaleras interiores —dice Jimmy—, es obligatorio.
—Aquí están. —Wilmer señala la escalera.
Los planos muestran dos escaleras que van desde la azotea al sótano, una en el lado oeste del edificio y otra en el lado este. Hay también sendas escaleras de emergencia exteriores, de modo que tienen que elegir entre subir por dentro o por fuera.
—Por fuera sería más fácil —afirma Angelo—. Podemos subir hasta el ático. Hay una terraza.
En efecto, en los planos aparece una terraza que rodea el ático por tres de sus lados, con vistas panorámicas de Algiers y la ciudad, más allá del río.
—¿No tenías tú también una terraza en el Nueve? —le pregunta Jimmy a Angelo.
—Un porche, lo llamábamos nosotros. Después del Katrina, también tenía vistas al río. Vistas subacuáticas.
—Díaz tendrá vigilada la azotea —dice Wilmer—. Si subimos por la escalera contraincendios, nos verá enseguida.
Nos verá todo el mundo, joder, piensa Jimmy. Los helicópteros de la policía aparecerán con sus cámaras antes de que lleguemos al quinto piso, o habrá algún amable vecino con un móvil.
Y no quiere ver esos vídeos en el juicio. Si sobreviven a la redada, es muy probable que los procesen por asesinato.
—Habrá que ir por dentro —dice.
Lo cual plantea otros problemas. El edificio tiene una tasa de ocupación del noventa por ciento, así que habrá civiles en el portal, en el ascensor y en los pasillos. No solo serán testigos de lo que suceda, sino que pueden correr peligro, y Jimmy no quiere víctimas colaterales.
Lo óptimo sería presentarse allí con una fuerza conjunta de efectivos de la DEA, los marshals, los SWAT y la policía local, acordonar el edificio, desalojarlo de civiles y que los helicópteros depositen a los hombres en la azotea y se queden sobrevolando la zona para prestarles apoyo.
Es lo que deberíamos hacer, se dice Jimmy.
Landreau no pondría ninguna pega y los otros cuerpos policiales se darían de hostias por participar en la operación. Sería un notición en el telediario de las diez, y el jefe y el alcalde quedarían contentísimos.
El problema es que Landreau se empeñaría en pedir una orden judicial, lo que plantearía ciertas cuestiones incómodas sobre cómo han sabido dónde está Díaz y cómo han conseguido indicios de que fue él quien ordenó asesinar a los dos agentes.
«Pues, verá, señor juez, recurrí a unos contactos míos de la mafia y luego metí a un tío en una compactadora de basura y…».
Y aunque consigan que les autoricen la redada, el objetivo sería detener a Díaz y sacarle del edificio delante de las cámaras con los brazos en alto: otro éxito de las fuerzas policiales. Lo que él quiere es que Díaz salga cadáver del edificio, y quiere ser él quien lo mate. Y aunque seguramente Landreau le permitiría entrar el primero, no quiere arriesgarse a que un francotirador de los SWAT liquide limpiamente a Díaz de un disparo en la cabeza.
No va a ser limpio ni rápido, ni va a matarle nadie más que Jimmy McNabb.
La cuestión es cómo conseguirlo.
—Tiene que haber un montacargas —dice Angelo—. Los ricos siempre necesitan que les lleven cosas y no quieren que los recaderos les ensucien el ascensor principal. Pongamos que Díaz necesita, qué sé yo, que le lleven un sofá de diseño de cincuenta mil dólares…
Encuentran el montacargas en el lado norte del edificio. Sube hasta la azotea y la entrada queda fuera del ático.
—También necesitará tarjeta —dice Wilmer.
—Eso no es problema —afirma Harold—. Pero nos dejará fuera del ático. Da a la puerta de la cocina, que seguro que estará cerrada.
—¿Una carga de explosivo? —pregunta Jimmy.
—Mejor reventar la cerradura de un tiro de escopeta —responde Harold.
—Podemos hacernos pasar por operarios de mantenimiento del aire acondicionado —dice Jimmy.
Tienen los uniformes de otras labores de vigilancia, y en Nueva Orleans nadie le niega la entrada a un operario del aire acondicionado.
—Con los monos no se verán las armas y podemos llevar los chalecos debajo.
Deciden que Jimmy y Harold subirán en el montacargas, Harold reventará la puerta y Jimmy entrará primero. Wilmer subirá por la escalera interior por si acaso Díaz intenta escapar por ahí y Angelo se encargará de cubrir la salida de emergencia.
—Te van a ver —dice Jimmy.
—¿Un solo tío en un edificio de ese tamaño? —responde Angelo—. Puede que no.
—Díaz tendrá guardias apostados en otros pisos, por todo el edificio —advierte Wilmer—. Van a salir como moscas. Y si hay disparos en otros pisos, Díaz estará avisado cuando lleguéis arriba.
—Si alguno no quiere venir, lo entiendo perfectamente —dice Jimmy—. Si entramos ahí, no hay ninguna garantía de que vayamos a salir. Y, aunque salgamos, vamos a tenerlo muy jodido para seguir trabajando en la policía.
Todos lo saben.
Saben que no hay garantías.
Saben que perderán su trabajo, la insignia policial, que quizá vayan a la cárcel.
Que pueden acabar en Angola o en un cajón de pino.
—¿Angelo?
—Tú ya sabes lo que opino, Jimmy.
—¿Wilmer?
—Es cuestión de honor —responde el hondureño.
—¿Harold?
De todos ellos, Harold es el más respetuoso con la ley, el que más probabilidades tiene de querer descolgarse del asunto. Se empina, retira un panel del techo y saca un arsenal: un HK MP5K, una ametralladora Steyr, una Glock de 9 mm, una escopeta semiautomática Benelli M-4 Super 90, un lanzagranadas portátil GS-777 y una mina antipersonas M-16.
Armas todas ellas requisadas a los “narcos” a lo largo de los años y que no han entregado. Las guardaban en el piso franco por si algún día tenían que solventar un asunto a tiros sin dejar rastros legales. Por si necesitaban un arsenal que el departamento de policía no podía proporcionarles.
¿Díaz tiene un ejército?, piensa Jimmy mientras observa las evoluciones de Harold.
Pues muy bien.
Nosotros somos un ejército.
Se ponen los uniformes de técnicos de aire acondicionado, meten las armas en bolsas de deporte y salen a los coches.
Landreau recibe el aviso.
—Están saliendo del Barrio Francés.
—Mantenedme informado.
Menuda noche, chaval.
Una de esas noches de bochorno en Nueva Orleans, calientes como una olla a presión cuando la tapa aguanta a duras penas sobre la cazuela. Puede estallar en cualquier momento, pegar un petardazo y adiós. Solo hace falta una mirada atravesada, una palabra mal dicha para que alguien tire de pipa o saque la navaja.
Es una de esas noches en las que te conviene mantener los ojos fijos en el suelo, los oídos bien abiertos y la boca cerrada. Y aun así puedes acabar muy mal.
El equipo de Jimmy va de St. Philip a Decatur y de Decatur a Canal.
De Canal a Tchoupitoulas.
Y luego al puente, hasta el otro lado del río.
—Van hacia Algiers.
Aparcan en Patterson, a una manzana de la torre de pisos, y esperan a que vuelva Harold.
Tarda veinte minutos. Cuando regresa al coche, les dice que no ha tenido problemas para llegar al sótano y desconectar el aire acondicionado.
—¿Te ha visto alguien? —pregunta Jimmy.
—Las cámaras.
—Gustafson ha entrado en un edificio y ha vuelto a salir.
—¿Ha entrado y ha salido, nada más? —pregunta Landreau.
—Ha estado dentro unos quince minutos.
¿Qué cojones…?, piensa Landreau.
—No los perdáis de vista.
Se pasan la pelota.
Por tradición o por superstición, qué más da por lo que sea: el caso es que es lo que hacen.
Pasarse la pelota como estrellas del béisbol en el cuadro interior del campo.
—Están jugando al béisbol.
—¿Qué? —pregunta Landreau.
—Que se están lanzando pases.
Landreau sabe que eso significa que van a entrar.
A Jimmy se le cae la puta pelota.
Todo se para. Se quedan inmóviles.
Jimmy recoge la pelota, la hunde en el guante y se mete el guante bajo el brazo.
—A la mierda. Laissez les bons temps rouler.
Echan a andar hacia el edificio.
Óscar Díaz suda como un cerdo.
—¡¿Qué le pasa al “pinche” aire?! —grita.
—Ya he avisado —contesta Jorge.
Jorge es el sustituto de Rico. No es tan duro como él, pero sabe mucho más de tecnología, y eso es una gran ventaja.
—¡Pues llama otra vez!
No es solo que haga un calor incómodo, es que la temperatura puede estresar a sus peces, que son muy sensibles a cualquier cambio en el entorno.
—No, ya están aquí —dice Jorge al mirar los monitores—. Tres pringados con mono.
—McNabb, Suazo y Gustafson han entrado. Carter se ha quedado fuera. Van vestidos como técnicos de aire acondicionado.
Landreau se queda pensando.
—Jefe, ¿quiere que los detengamos?
Landreau no contesta enseguida. Jimmy McNabb está a punto de cometer un suicidio, literal o metafóricamente —piensa— y va a arrastrarme con él. Si le dejo que haga lo que se propone, acabaré trabajando de guardia jurado en el centro comercial de algún pueblucho de Alabama; eso, si tengo suerte.
—Esperad.
Llama al comandante de división de la 4.ª, en Algiers.
—Quiero que acordonen el edificio —dice—. Que no entre ni salga nadie. Y nada de sirenas.
—¿Qué…?
—McNabb va a por el asesino de su hermano.
Eva ve los puntos de luz intermitente avanzar hacia Algiers Point.
Parecen todos los coches patrulla de la 4.ª.
Escucha las comunicaciones por radio. «Acordonar el edificio… Que no entre ni salga nadie… El tío que mató a Danny… Roxanne…».
Siente una opresión en el pecho, nota que no puede respirar.
«Jimmy McNabb…».
Hendricks irrumpe en el despacho de Landreau.
—¡Pero ¿qué cojones estás haciendo?!
—No te metas en esto.
—¡Te estás convirtiendo en cómplice de asesinato!
—Pues detenme.
—Voy a mandar a mi gente —le advierte Hendricks.
—Los de la 4.ª no los dejarán pasar —replica Landreau.
—¡Tú te has vuelto loco! Voy a avisar al jefe.
No es necesario.
El jefe aparece en la puerta.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Hendricks se lo explica.
El jefe escucha, asiente con la cabeza. Luego dice:
—El sujeto de ese edificio mató a sangre fría a una de mis agentes y torturó hasta la muerte a otro compañero. Así que vamos a hacer lo siguiente: el cordón se queda donde está, las radios se nos estropean y tú te vas a casa, a tomar una cerveza y ver un partido.
—¡¿Piensas lavarte las manos?!
—No me hagas lavarte también las tuyas —replica el jefe—. Porque, si lo hago, voy a usar un jabón muy basto. Confío en que nos hayamos entendido.
El jefe sale del despacho.
El que monta guardia en la azotea no da crédito a lo que ven sus ojos.
Es como si todos los coches de policía de la ciudad se dirigieran hacia allí. Luego, el torrente de coches se bifurca como el agua al chocar contra una roca y se arremolina en torno al edificio.
Estamos rodeados, piensa el guardia.
Coge el teléfono y llama abajo.
—¿Qué coño quieres decir? ¿Qué es eso de que no podemos salir? —grita Óscar.
Jorge está hasta los cojones, no puede más.
—¡¿Qué es lo que no entiendes?! ¡Que estamos rodeados! ¡¡¡Dentro de cinco minutos va a estar aquí toda la puta policía de Nueva Orleans!!!
La Jeboehlkia gladifer, muy sensible al ruido, empieza a moverse como una flecha por el acuario. El ángel reina se refugia en su cuevita.
—No pienso ir a prisión —dice Óscar. Ya he estado en la cárcel, en Honduras, y no fue agradable—. Avisa a los chicos. Vamos a plantarles cara. ¿Has visto El precio del poder?
Sí, he visto esa mierda de película, piensa Jorge.
—¡Joder, Óscar, es una película!
—¡Que llames, te digo! ¡Que tiren a matar!
Jorge hace la llamada. O las llamadas, en plural, porque tienen gente en la tercera planta, en la quinta y un escuadrón entero en la octava.
Óscar arranca los cojines del sofá Henredon gris y saca un AK-47. No piensa tirar la toalla así como así.
Entonces vuelve a llamar el guardia de arriba.
—¡¿Qué?! —grita Jorge.
—Que no van a entrar —contesta el guardia.
—Pero ¿qué cojones dices?
—Que no van a entrar —repite el guardia—. Se han quedado alrededor de los coches, mirando para el otro lado.
Óscar sale a la terraza.
Ve el collar de coches patrulla alrededor del edificio.
¿Qué coño están haciendo?, se pregunta.
¿Por qué se quedan ahí?
Jimmy entra en el montacargas.
Harold saca un taladro a pilas de su caja de herramientas y abre el panel del ascensor.
Echa un vistazo al interior, corta un cable y toca otro como si le hiciera un puente a un coche.
Jimmy pulsa el botón del ático y el ascensor arranca.
Jorge se acuerda entonces de los técnicos del aire acondicionado. Se acerca al monitor, pincha la cámara del montacargas y ve a los dos operarios y el panel desmantelado.
—Óscar, ven a ver esto.
Díaz se acerca y mira.
Ve a un tío que se parece mucho al poli al que hicieron brincar como un conejo mecánico.
Jimmy McNabb.
Ahora lo entiende.
Jorge ya está al teléfono.
La puerta del ascensor se abre suavemente en la tercera planta.
Harold tiene la escopeta apoyada en la cadera.
De un disparo, empotra al pistolero contra la pared.
La puerta se cierra.
—Subiendo —dice Jimmy.
Wilmer empieza a subir por la escalera, con la Steyr en alto.
En los tres primeros tramos todo está en calma, pero Wilmer oye abrirse una puerta más arriba, en la tercera planta.
Pasos en el descansillo.
Da un par de pasos más. Luego pregunta:
—“¿Está bien Óscar?”.
Un tipo sale al descansillo con una Glock de 9 mm en la mano.
Wilmer es el primero en disparar.
Y el último.
Angelo está en la escalera de incendios.
Cuando oye los disparos de la Steyr dentro del edificio, comprende que ha empezado la función.
La escena que se desarrolla fuera es alucinante. Al ver el cordón de coches patrulla, ha pensado que iban a aguarles la fiesta, pero luego los agentes se han quedado donde estaban, sentados dentro de sus coches o de pie, fuera.
Algunos vecinos del edificio, temiendo que se prepare algo gordo, han empezado a salir y los policías los acompañan fuera del cordón.
Pero no entra nadie.
Van a dejar que Jimmy haga lo que ha ido a hacer.
Angelo sigue subiendo.
Está en la quinta planta cuando le disparan.
El ascensor vuelve a abrirse en la quinta planta.
El guardia de Óscar no ve a nadie dentro, así que mete la cabeza.
Jimmy se la vuela de un disparo.
La puerta choca contra el cadáver al cerrarse.
Jimmy lo saca a puntapiés y la puerta se cierra.
El ruido es atronador.
Los disparos retumban en la caja de la escalera, desde el quinto. Wilmer está en el suelo, boca abajo. Se arrastra como una oruga.
No tiene donde ir, solo hacia arriba.
Dispara, repta, dispara. Apunta a las paredes para que las balas reboten y doblen la esquina.
Parece buena idea, porque los disparos cesan.
Angelo yace en posición fetal, acurrucado contra la barandilla de la escalera de incendios.
El “narco” sale por la ventana para darle el tiro de gracia.
Angelo dispara por debajo del brazo y le deja seco.
Luego se levanta y sigue subiendo, dando gracias a Dios y a Jimmy por haber hecho que se pusiera el chaleco.
En la sexta planta, el ascensor no se abre.
Jimmy y Harold se bajan en la séptima.
Han llegado a la conclusión de que el ascensor era un ataúd vertical en movimiento para dos personas.
De modo que, cuando al llegar a la octava, empieza a abrirse la puerta y los chicos de Óscar lo acribillan a balazos con sus AK y sus Mac, no ven dentro ningún cuerpo humano.
Lo que ven es una mina M-16 de fragmentación que estalla en ese instante, arrojando sobre ellos varios miles de fragmentos de metralla.
Wilmer está atrapado entre la séptima y la octava.
Le han dado dos veces en el chaleco antibalas y una en la mano izquierda, y solo es cuestión de tiempo —y no mucho— que le den en la cabeza. Los mamones le provocan, además, le gritan: “¡Vamos, sube, cabrón! ¡¿Por qué no subes?!”.
Entonces oye otra voz. La de Jimmy.
—¡Wilmer! ¡¿Está ahí?! ¡Baja una planta! ¡Vamos!
Rueda escalera abajo dejando un rastro de sangre tras él. Oye gritar a Jimmy:
—¡Cúbrete!
Se tapa la cabeza con los brazos.
De pie en la entrada de la octava planta, Harold se apoya el lanzagranadas en el hombro. Apunta escalera abajo y aprieta el gatillo.
La explosión es horrenda, pero cesan los disparos.
Se oyen gemidos, ningún grito.
—¡Wilmer! ¡¿Estás bien?! —grita Jimmy.
Wilmer no oye nada.
Solo un pitido ensordecedor.
Se levanta y pasa por encima de un montón de cadáveres, camino de la octava planta. Las escaleras resbalan, llenas de sangre y otras cosas.
Jimmy y Harold tiran de él, le hacen cruzar la puerta.
—Estás herido —dice Jimmy.
—¿Escaleras o ascensor? —pregunta Wilmer.
—No creo que el ascensor funcione. Tú quédate en las escaleras y, si baja alguien, cárgatelo.
—Quiero…
—Ya lo sé —dice Jimmy—. Pero quédate en la escalera.
Harold y él empiezan a subir hacia el ático.
Las radios guardan silencio, pero la centralita de Eva parpadea como un árbol de Navidad atiborrado de farlopa. Ciudadanos que llaman preocupados. Disparos…, una explosión…, gritos…, ¿qué ocurre?…, otra explosión.
Y Eva desea con toda su alma no haber mandado a Jimmy a esta misión, a esta cruzada.
¿No tenías bastante con haber perdido a un hijo?, se dice. ¿Tenías que mandar a otro a la muerte?
Su madre, que era jugadora, le enseñó desde niña que una mala racha no se remedia subiendo la apuesta. Lo perdido perdido está, nunca se recupera.
Eva deja de atender las llamadas y se pone a rezar.
Por favor, Dios mío, por favor, Virgen santísima, por favor, san Judas, patrón de las causas perdidas, por favor, devolvedme a mi hijo a salvo.
Las explosiones han zarandeado a Óscar, literalmente.
Las paredes han temblado, una marejada en miniatura ha sacudido el acuario y el mero Neptuno, aterrorizado, da vueltas como un loco.
Jorge no le va muy a la zaga. Ve las imágenes del monitor —los restos de sus hombres desperdigados por las paredes, trozos de carne que se desprenden del techo, como repuestos sueltos de un cuerpo humano— y dice:
—Yo me entrego.
—Y una mierda —responde Óscar.
—Una mierda para ti.
Se dirige a la puerta. Óscar le acribilla por la espalda, medio cargador de una tirada. Luego mira a los otros ochos hombres que se han reunido en el ático para el último asalto.
—¿Alguien más quiere entregarse?
No, nadie.
—Nosotros somos nueve y ellos cuatro —dice—. Solo hay tres formas de entrar aquí. Nos ocupamos de esos “pendejos” aquí arriba, bajamos al sótano y nos vamos cagando leches. Todavía no está todo perdido. Dividíos, cubrid la puerta de entrada, la de atrás y la terraza.
Él se sitúa en el centro del cuarto de estar.
Si Jimmy McNabb viene a por mí, tendrá que vérselas primero con ellos.
Con dos de ellos, no.
Los dos “narcos” que cubren la terraza deciden bajar por la escalera de incendios, esperar hasta que Óscar no los vea, levantar las manos y arriesgarse a entregarse a la policía.
Se topan con Angelo en la octava.
Disparan todos a la vez.
Harold se pone a un lado de la puerta trasera y apunta con la escopeta a la cerradura, en ángulo de cuarenta y cinco grados.
Jimmy se pega a la pared, del lado de la cerradura, listo para entrar.
Siempre el primero en entrar, ¿no?
Harold revienta la cerradura de un disparo y salta hacia atrás.
La puerta se abre.
Les lanzan desde dentro una andanada de disparos.
Esta vez, Jimmy no entra el primero.
Manda delante unas granadas.
Dos lanzamientos certeros a través de la puerta.
Primero, una granada aturdidora para dejarlos ciegos.
Después, una de fragmentación para acabar con ellos.
Entonces entra.
Eva solía decir, cuando los niños dejaban la cocina hecha un asco, que parecía que había pasado un huracán.
A esta cocina, el huracán le ha dado de lleno.
Los azulejos salpicados de sangre.
La nevera de acero llena de manchas.
La puerta del horno colgando torcida de una bisagra, como una mandíbula rota.
Tres muertos, o casi. Dos en el suelo, uno apoyado en la encimera. Un superviviente se parapeta detrás de una mesa de madera maciza, en medio del suelo. Se levanta para disparar a Jimmy, falla y da a Harold.
En plena frente.
Al hombretón se le doblan las rodillas, cae de bruces sobre la mesa y resbala, muriéndose por el camino.
La venganza siempre tiene un precio.
Jimmy se gira, le aplasta el cráneo al narco con la culata del HK y cruza la cocina. Harold ha muerto y ya no puede hacer nada por él, salvo llorarle después.
Ahora no hay tiempo para la pena ni el arrepentimiento.
Eso después, después.
Se apoya el HK en el hombro y dispara hasta vaciar el cargador.
Angelo se limpia la sangre de los ojos.
Las heridas de la cabeza sangran una barbaridad.
Una bala le ha pasado raspando la frente y le ha abierto un surco profundo en la piel. Le va a quedar una cicatriz muy fea, pero está vivo, no como el tipo que le disparó y su colega, que ahora cuelgan de la barandilla de la escalera de incendios como ropa tendida en un arrabal.
Mareado, aturdido por el golpe en la cabeza, Angelo sigue subiendo.
¿Quedarse él en la escalera?
Ni hablar, Wilmer no se queda en la puta escalera.
“Qué carajo”.
Diga lo que diga Jimmy.
Blanco o negro, no deja de ser un perro.
Con la pistola en la mano buena (la zurda), sube hasta la entrada del ático.
Ve la puerta abierta.
Oye los disparos y entra.
Jimmy se vuelve.
No debería haber nadie a su espalda.
Dispara.
No da a Wilmer en la cabeza por un par de centímetros.
Wilmer sonríe aliviado.
Entonces una bala le da en la garganta, otra en la boca y una tercera entre los ojos y así, sin más, Wilmer abandona este mundo.
Jimmy se vuelve y dispara.
El tirador se sacude y cae.
No hay tiempo para el arrepentimiento ni para la pena.
Después, después, después.
Jimmy entra en el cuarto de estar.
Dispara desde la altura de la cadera, en barridos de derecha a izquierda, acribillando la habitación: sillas, sofás, mesas, ventanas, un acuario… Trescientos sesenta litros de agua se derraman, los peces se retuercen sobre la alfombra.
Cuando vacía el cargador, suelta el HK, saca su Glock de 9 mm y escudriña la habitación.
¿Dónde está Óscar?
Tendido detrás del sofá, Óscar ve boquear a su precioso ángel reina, cuyas hermosas escamas azules centellean.
Está rabioso.
Quiere levantarse y fulminar al hombre que ha matado a sus peces y le ha destrozado la vida. Eso es lo que quiere, pero Óscar Díaz es un cobarde, de modo que lo que hace es arrastrarse boca abajo hacia la terraza.
Jimmy le ve en el instante en que está cruzando la puerta corredera hecha añicos.
Se acerca y le pone un pie en los riñones.
—¿Adónde vas, Óscar? —Jimmy McNabb es un gigante; su pie pesa. Lo levanta y vuelve a pisarle la columna a Óscar una y otra vez, como si quisiera rompérsela—. No, colega, tú y yo tenemos una cita. Habíamos quedado.
Le pisotea la espalda, las piernas, los tobillos, los pies.
—Esto es por Danny. Por mi hermano. Por mi madre. Por mi viejo.
La voz de Eva…
«Quiero hacer mío todo lo que intenté quitarte a fuerza de cariño. Quiero hacer mío tu odio. Quiero que vengues a tu hermano».
Óscar gime de dolor. Aún sujeta el AK, pero Jimmy le pisotea los dedos rompiéndole algunos, torciéndole, magullándole otros. Mientras le pisa la mano, con la otra pierna le lanza una patada a la cara.
«¿Lo harás por mí? Hazlo por mí. Piensa en Danny. Piensa en tu hermanito».
Jimmy le patea la boca, le rompe los dientes.
«Y mátalos a todos. Mata a todos los que mataron a mi Danny».
Le pisa el cráneo.
«Lo haré».
Le da una patada en la sien.
«Y que les duela».
Deja de propinarle patadas.
—Esto no se ha acabado, Óscar. Vas a estar consciente, vas a permanecer despierto. Te voy a prender fuego y te voy a tirar a la cuneta como lo que eres: basura. Te voy a quemar como tú quemaste…
Un golpe directo a la nuca le empuja hacia delante alejándole de Óscar. Luego, un brazo le rodea el cuello, otro le sujeta por detrás y entre los dos le oprimen la garganta como una tenaza.
El tipo que estaba echado sobre la encimera de la cocina.
Jimmy no puede respirar.
Está a punto de desmayarse.
Suelta la pistola, lanza un golpe hacia atrás y clava los dedos en los ojos de su oponente. El hombre afloja los brazos lo suficiente para que Jimmy respire y meta una mano dentro de la tenaza formada por los brazos del narco. Consigue aliviar la presión sobre su arteria carótida mientras se precipita tambaleándose hacia el borde de la terraza.
El tipo se echa hacia atrás con todas sus fuerzas tratando de romperle el cuello, pero Jimmy le agarra un dedo con la mano izquierda y se lo parte. El hombre grita, Jimmy se vuelve, atenazado todavía, se pone de cara a él y le levanta. Le arroja por encima del muro y el hombre patalea, agita los brazos, chilla en el aire mientras cae desde lo alto del edificio.
Jimmy jadea intentando recuperar la respiración.
Con los ojos empañados, ve a Óscar en pie avanzando a trompicones hacia la escalera de incendios, pero Angelo se interpone en su camino, aparece de pronto en lo alto de la escalera con la cara ensangrentada, las piernas temblorosas.
Óscar dispara.
La bala alcanza a Angelo por debajo del chaleco, en el muslo, y la arteria femoral se abre como una manguera. Óscar pasa por encima de él y alcanza la escalera, y ahora Jimmy tiene que elegir.
Matar a Óscar o salvar a Angelo.
—¡Ve por él! —grita Angelo.
Jimmy se agacha a su lado.
—Ve por él —repite Angelo con voz más débil.
—No. Me quedo contigo.
Presiona con fuerza sobre la herida para detener la hemorragia. Con la otra mano, se hurga entre la ropa en busca del móvil y llama a comisaría.
Eva oye: «Un agente herido. Morgan Avenue, 2203, Algiers, en el ático. Mandad una ambulancia».
Manda una ambulancia y luego da gracias a Dios.
—Tranquilo, ya te tengo —dice Jimmy—. Aguanta, que vas a salir de esta.
—Se escapa.
—A la mierda con eso.
Porque a veces estás roto, estás tan roto que no te conoces y luego, de pronto, vuelves en ti y eres más fuerte que antes, tan fuerte que coges toda esa ira y ese odio y esa rabia y taponas la hemorragia.
Te has hecho más fuerte en las partes rotas.
Óscar consigue bajar por la escalera de incendios.
Con los pies magullados y rotos, avanza saltando hacia el río.
La noche de Nueva Orleans se ilumina al abrir fuego cincuenta y ocho policías.
Jimmy McNabb se queda en la terraza mientras el personal de emergencias sube a Angelo en la camilla.
Dicen que seguramente saldrá de esta.
No como Harold, ni como Wilmer.
Ellos han muerto, como Danny, y Jimmy no sabe si ha valido la pena. Se vuelve y contempla la ciudad.
Hasta a la luz de la luna se ve sucio el río.
A Eva no hace falta que nadie le diga que el mundo está roto.
Conoce la vida, conoce el mundo.
Sabe que, vengas a él como vengas, sales roto.