País Relato - Autores

don winslow

paraíso

Un interludio en las aventuras de Ben, Chon y O.
Hawái, 2008
Que les den por culo a todos.
Es lo que está pensando O, tumbada en la playa de la bahía de Hanalei.
Que les den, estoy de vacaciones.
De vacaciones de qué es otra cuestión, porque cuando no está de vacaciones O no se dedica a
Nada.
Tiene veintitrés años, no trabaja, no tiene estudios y vive de la asignación que le pasa su madre (la Reina del Universo Pasiva-Agresiva o Rupa, para abreviar, que vive en el condado de South Orange y por lo tanto está forrada) y de la parte de los beneficios que le toca del negocio de producción de cánnabis hidropónico premium que montó con Ben y Chon, sus dos amigos y amantes de toda la vida.
(Chon se llama John, en realidad, pero a los cinco años O le llamaba Chon, y así se quedó).
O (diminutivo de Ophelia: sí, su madre le puso el nombre de una chica que moría ahogada) es menudita: metro sesenta y cinco cuando está descalza, como ahora en la playa; pelo rubio cortado a lo Peter Pan (Ben y Chon serían los Niños Perdidos, y ella se niega rotundamente a hacer el papel de mamá Wendy, menudo tostón) y más bien plana de pecho, pese a los intentos de su madre de «regalarle» unos implantes de silicona. Ahora está pensando en hacerse un tatuaje, uno bien grande en el omóplato, puede que un delfín.
No a todo el mundo va a gustarle, piensa. Pero eso da igual. Solo tiene que gustarme a mí.
A los demás, que les den.
Lo de ir a Hanalei de vacaciones fue cosa de Ben, que quería hacer negocios aquí.
Sacó la idea de Peter, Paul and Mary (sus padres eran jipis) y se la explicó a O cuando estaban en Laguna.
—Peter, Paul and Mary —le repitió al ver su cara de estupor.
—Los padres de Jesucristo —dijo O.
—Sí, claro, eso mismo —contestó Ben, al que no le sorprendió en absoluto que O pensara que Jesucristo había tenido varios padres—. Peter, Paul y Mary eran un grupo folk de los años sesenta.
Chon se puso a refunfuñar: siempre se pone en plan John Belushi-Bluto cuando hablan de música folk (Desmadre a la americana. Si no la has visto… En fin, no sé ni qué decir).
Ben se fue a su ordenador y puso una canción.
—Poníamos este tema cuando interrogábamos a talibanes —comentó Chon, y a continuación cantó unos compases de Puff the Magic Dragon. Pasó varias temporadas en Afganistán e Irak, sirviendo en el ejército, y volvió a casa herido y licenciado del servicio—. A la quinta frase lo confesaban todo.
—Calla —dijo O, enfrascada en la canción, y se le saltaron las lágrimas cuando moría Jackie Paper—. ¿Nunca más fue a jugar a la callejuela de los cerezos?
—Me temo que no —contestó Ben.
—¿Porque Jackie no volvió?
—Eso es.
—Pero el pequeño Jackie Paper quería al pillastre de Puff —añadió O—. Y le compraba cordeles y lacre y otras chucherías.
—Los vivos envidiarán a los muertos —comentó Chon—. ¿Se puede saber por qué estamos escuchando este bodrio?
—La canción está en clave —contestó Ben—. En realidad, trata sobre la marihuana.
—¿Y eso? —preguntó Chon.
—Puff, el dragón mágico —repitió Ben con intención. Hizo una pausa para dar efecto a sus palabras y añadió—: Puff, la calada mágica.
Puso otra vez la canción.
—O sea, una canción de los sesenta que habla de drogas —dijo Chon—. ¿Qué tiene eso de particular?
—A mí me parece interesante —dijo Ben—. Ahora mismo cultivamos toda nuestra producción en invernaderos. Es caro y me preocupa el impacto ecológico del consumo de agua y electricidad.
—¿Y?
—«Un país llamado Honahlee» —repitió Ben—. He estado informándome. En Hanalei, Hawái, caen setecientos y pico centímetros cúbicos de lluvia al año. La temperatura media es de entre veinticinco y veintiocho grados centígrados. Hay entre seis y ocho horas de luz solar al día y el índice de radiación ultravioleta es de entre siete y doce. El suelo es rico en hierro.
—Sativa —dijo Cho.
—Eso es —contestó Ben—. Además, ahora mismo no vendemos mucho en Hawái. Podríamos matar dos pájaros de un tiro. Buscar un socio para temas de marketing y comprar tierras para montar una planta de cultivo. Así, cuando legalicen la maría, que la legalizarán, estaremos bien situados.
—Tres pájaros —dijo O.
—¿Cuál es el tercero? —preguntó Ben.
—Vacaciones —respondió ella.
Parado al borde de un acantilado, en el extremo norte de la bahía, con la tabla de surf en la mano, Chon observa al mejor surfista que ha visto nunca.
Él, que siempre se ha considerado bastante bueno con la tabla, ahora se da cuenta de que no lo es.
Comparado con este chico.
Las olas otoñales de la rompiente de Lone Pine son grandes y macizas, y este tío las esculpe como un Miguel Ángel enfarlopado hasta las cejas. Hace un cutback, gira en el labio de la ola levantándose en el aire y vuelve a bajar deslizando la cola de la tabla por la cresta, luego se marca un supermán saltando al aire y agarrando la tabla con las dos manos y, para acabar, hace una reentry.
—Dios santo —dice Chon.
—Casi, casi —contesta un tío que se ha acercado a él, un hawaiano grande y de piel morena, con el pelo negro recogido en un moño—. Ese es Kit.
—¿Quién?
—Kit Karsen —contesta el otro como si fuera evidente—. K2.
Como el monte, piensa Chon.
El nombre le viene que ni pintado.
Desde esa distancia es difícil calcularlo, pero Karsen parece medir cerca de metro noventa y cinco, tiene los hombros anchos, la cintura estrecha, el cuerpo fibroso y musculado por las muchas horas que ha pasado en el mar y el pelo largo y descolorido por el sol. Sería Tarzán —se dice Chon—, si Tarzán fuera más joven, más guapo y nadase mejor.
Y, además, parece un adolescente.
O sea, piensa Chon, que aún no ha dado todo lo que puede dar como surfista.
Dios mío.
—Imagino que es local.
—Aquí todos somos locales, menos tú —contesta el otro—. No deberías estar aquí.
—Solo estoy mirando.
Hasta donde alcanza a ver, la mayoría de los surfistas que esperan en el pico parecen nativos hawaianos. Puede que Karsen sea el único haole. Chon ve a Karsen remar hacia otra ola, bajar por la pared, girar y volver a subir.
—No te quedes mirando mucho rato, colega —le dice el tipo mientras levanta su tabla y se acerca al borde rocoso—. Este no es buen sitio para un malihini.
—¿Qué es un malihini? —pregunta Chon.
—Un forastero.
El tipo lanza la tabla por el acantilado y luego salta detrás.
Chon piensa por un momento que se ha suicidado, pero luego le ve salir a flote, agarrar su tabla y alejarse remando.
Decide volver en otra ocasión.
Y, por supuesto, saltar desde ese acantilado.
Kauai es una isla pequeña y Hanalei un pueblecito.
A las dos horas de encontrarse con el haole en el acantilado, Gabe Akuna sabe ya que se llama Chon y que ha alquilado una casa en Hanalei con dos amigos californianos: un tal Ben y una tal «O» (tiene cojones, el nombrecito). Llama a unos colegas suyos en Los Ángeles y averigua que Chon, Ben y O son traficantes de marihuana de los gordos.
Y que le venden maría a Tim Karsen.
Tim lleva años trapicheando con maría en Kauai, y la Compañía lo ha permitido porque es un local y Kauai está en la periferia, porque la cantidad de mercancía que mueve es poca y porque es el padre de K2.
Pero las cosas están cambiando.
La Compañía se ha propuesto recuperar —por las buenas o por las malas— el control de todo el tráfico de droga en las islas; en todas las islas y de todas las drogas: maría, cristal, coca y caballo.
No pueden permitir que haya fugas, hay demasiado dinero en juego.
Tim tiene que plegarse o dejar el negocio, por más que sea el padre de K2.
Y ahora, encima, aparecen estos haoles.
Es un problema.
¿Qué buscan? ¿Venderle más maría a Tim? ¿O ampliar su red de distribución aumentando el volumen de producto?
Eso sería una putada.
Pero lo peor sería que estuvieran pensando en montar una planta de cultivo aquí.
Eso no puede pasar.
La Compañía también está comprando terrenos, y por algo se llama a Kauai «la isla jardín». La caña de azúcar, la piña, el arroz y el ñame eran antes los principales cultivos, pero la marihuana está a punto de desbancarlos. Y la legalicen o no, la Compañía estará bien situada para recoger los frutos de esa cosecha.
No unos malihinis del continente.
Californianos, piensa Gabe con desdén.
A tomar por culo con ellos.
La Compañía no quiere cuentas con californianos, no le va su rollo.
Antes, el crimen organizado en Hawái era monopolio de los asiáticos.
Primero, de las tríadas chinas y luego de la yakuza japonesa.
En los años sesenta, sin embargo, Wilford Pulawa, un nativo hawaiano, decidió que había llegado el momento de que los lugareños tomaran el control y reclutó a una banda de jovencitos con ese propósito.
El juego, la prostitución, los sindicatos, los sectores típicos de la mafia… La Compañía se apoderó de todo.
Pulawa fue encarcelado en 1973, sus sucesores se dedicaron a pelearse entre sí y a principios de la década de los noventa la Compañía había perdido gran parte de su poder. Ahora hay quien dice que está en las últimas y otros opinan, en cambio, que está volviendo a emerger gracias a la epidemia del cristal.
Y luego está el hecho de que, hace unos años, la mafia del continente mandó a un par de sicarios de Las Vegas a meterse en terreno de la Compañía. Se cuenta que la Compañía los mandó de vuelta a Las Vegas por mensajero, hechos pedacitos, con una nota que decía: Delicioso. Manden más.
Cuando vuelve a la casa, Chon arde en deseos de contarle a Ben que acaba de ver el futuro del surfing, pero su amigo tiene la cabeza puesta en otras cosas.
—Tenemos negocios que atender —dice.
—Creo que yo me voy a ir a la playa —contesta O.
Ya sea por paternalismo, por machismo o porque les preocupa su seguridad (o por las tres cosas a la vez), los «chicos» pocas veces le cuentan los pormenores del negocio.
O pone una cucharada de poké en una loncha gruesa de carne en conserva marca Spam y se la mete en la boca.
No está nada mal.
Decide llamarlo «pokespam».
Los chicos suben al Jeep que han alquilado y salen de Hanalei por el norte, por la autovía de Kuhio, la vía de dos carriles que bordea la costa. Chon va al volante. Dejan atrás el sitio donde ha visto a K2 obrar su magia, pasan por Lumahai Beach y siguen hasta Wainiha, donde toman una pista de tierra que avanza hacia el interior entre un espeso bosque tropical. Pasados unos doscientos metros, el camino desemboca en un claro.
A la izquierda hay una edificación que solo puede describirse como destartalada. De una sola planta, se extiende por el lindero del bosque como una fila de vagones de tren, como si cada nuevo añadido fuera una ocurrencia a posteriori. En el lado derecho del claro hay otro edificio que parece un taller y, delante de él, varios soportes con tablas de surf. La puerta abierta deja ver más tablas en el interior. A la izquierda del taller hay una barca y una moto acuática, junto a una fila de paneles solares.
Al fondo del claro hay un enorme baniano y, en el árbol, una casa en construcción.
No es una casita como la que construiría un niño, sino una casa de verdad, con varios niveles, construida primorosamente, con tablones bien pulidos y lijados.
Por el camino picotean unas cuantas gallinas.
El paraje está aislado, solo se ve la densa vegetación y una palmera solitaria que se alza sobre un pequeño trozo de césped bien cuidado.
Un hombre sale de la casa.
Ronda los cincuenta y cinco años y tiene el pelo largo, negro y abundante, surcado por algunos mechones de canas y echado hacia atrás. Encima de la ceja derecha tiene una pequeña cicatriz en forma de zeta. Viste camisa hawaiana floreada, bermudas y sandalias. Unas gafas de sol envolventes completan su atuendo.
—Aloha! —dice con una amplia sonrisa al tiempo que se levanta las gafas.
Chon y Ben salen del Jeep. El tipo les tiende la mano.
—Soy Tim.
—Yo soy Ben. Este es Chon.
—Me alegro de conoceros por fin en persona.
Hasta ahora solo habían hablado por teléfono satélite o mediante correos electrónicos encriptados.
Tim Karsen es su distribuidor en Kauai.
Entraron en contacto de la manera habitual, a través de amigos de amigos, pero esta es la primera vez que se ven cara a cara.
—Me mola la casa del árbol —comenta Ben.
Tim sonríe.
—Es de mi hijo. Se la está construyendo para vivir.
—Es genial.
—Pasad —dice Tim.
Cruzan la puerta de la casa, que da directamente a la cocina. El interior —espacioso, limpio y ordenado— sorprende por su contraste con el desaliño de fuera. Los suelos son de tablas de madera pulida, y las paredes, también de madera, están cubiertas de cuadros de estilo hawaiano.
Una mujer está revolviendo una ensalada junto a la encimera.
—Esta es Elizabeth —dice Tim.
Es guapísima.
Delgada, de pelo largo y rojizo y ojos de un castaño profundo, viste camisa vaquera y tejanos.
Y qué voz, piensa Chon. Grave, tersa, puro sexo incluso cuando dice algo tan prosaico como:
—He hecho ensalada para comer. Espero que os guste.
Hasta la mierda de perro servida en una teja me gustaría si me la sirvieras tú, piensa Chon para sus adentros.
Se sientan a la mesa del comedor, en la que hay una jarra de té con hielo y otra de zumo de guayaba, pero Tim sale de la cocina con tres botellas de cerveza bien frías.
—IPA Captain Cook —dice—. Cerveza local.
—Lo de ser local es muy importante por aquí, ¿no? —pregunta Chon.
Tim asiente.
—Nosotros llevamos doce años en la isla y todavía nos consideran malihini.
—La verdad es que aquí la gente es muy amable —dice Elizabeth—, siempre y cuando respetes la cultura local.
—O sea, siempre y cuando no seas un gilipollas —remacha Tim.
—Amén —dice Chon.
Entrechocan las botellas. Pero lo curioso del caso es que…
A Chon le suena este tío.
Sabe que no se han visto nunca, pero aun así…
Le conoce de algo.
Y no se llamaba Tim.
Tim los lleva por un sendero angosto, casi una vereda abierta en la espesura.
Ha empezado a llover suavemente y, mientras se internan en el bosque, la tierra roja se convierte en un barro que se les pega a los zapatos.
Un arroyo corre a su derecha.
Pasados diez minutos, llegan a un calvero de algo menos de una hectárea, cubierto de hierba y rodeado de densa vegetación.
—Este es el sitio que tengo pensado —dice Tim.
—¿Está a la venta? —pregunta Ben.
—Ya lo he comprado, así que podríamos arreglarlo.
—¿Lo has comprado legalmente? —dice Ben.
—No soy tonto, solo lo parezco —contesta Tim—. Hice la compra a través de cinco testaferros. Es imposible rastrearla.
—El sitio es perfecto —comenta Ben mientras mira alrededor—. Muy escondido. Pero tendríamos que analizar el suelo.
—Claro —dice Tim—. Pero aquí todo crece. Podrías plantar un Chrysler y daría Chryslercitos. El verdadero problema es mantener a raya la vegetación.
—Tiene potencial —dice Ben—. ¿Podríamos despejar más terreno si hiciera falta?
—He comprado seis hectáreas.
—¿Puedes conseguir mano de obra?
Tim asiente con un gesto.
—¿De fiar? —insiste Chon.
—Son ohana —contesta Tim.
—¿Qué es eso?
—Familia —dice Tim, como si con eso quedara zanjada la cuestión.
Vuelven a la casa caminando bajo la lluvia.
Cuando llegan, Chon ve que Kit Karsen está colocando su tabla en un soporte del taller.
El chico vuelve la cabeza y sonríe al ver a su padre.
—¡Hola, papá!
El padre de Chon es un hijoputa como la copa de un pino.
Fue uno de los fundadores de la Asociación, la mayor red de narcotráfico de la historia de California, y no estuvo muy presente en la infancia de Chon y, cuando lo estuvo, no fue precisamente para bien.
Una vez, por ejemplo, unos socios suyos secuestraron al pequeño Chon y le retuvieron como rehén hasta que su padre les pagó lo que les debía.
Fue una de las pocas veces que Chon se sintió valorado.
Chon siempre ha sabido que su padre estaba metido en el negocio de las drogas. Ben y O, en cambio, han descubierto hace poco que ellos también son narcotraficantes de segunda generación y no unos pioneros dentro de sus respectivas familias, como creían.
¡Ah, qué bella y qué ignorante es la arrogancia de la juventud! ¡Y qué arrogante la ignorancia! ¡Mira que creer que eran los primeros!
Pero la madre de O y los padres de Ben —que son psicoterapeutas— solo eran grandes inversores de la Asociación —miembros de la junta directiva, por decirlo de algún modo—, y el padre biológico de O no era el que ella creía, sino Doc Halliday, que murió hace poco y que hizo del condado de Orange el epicentro del tráfico de marihuana, hachís y cocaína de todo Estados Unidos.
Lo que viene a demostrar nuevamente que:
A. Desconocemos nuestros orígenes.
B. No hay nada nuevo bajo el sol.
C. Las drogas existen desde siempre.
D. Todo lo anterior.
Ahora Chon y su viejo mantienen una relación basada en una sola premisa: cuanto menos se vean, mejor.
Salta a la vista, en cambio, que Kit quiere mucho a Tim.
Y que Tim adora a su hijo.
Chon lo nota en cómo se abrazan, como si hiciera años que no se ven y no unas pocas horas.
Eso le pone un poco triste.
—Te presento a Ben y Chon —dice Tim—. Este es Kit, nuestro hijo.
—Aloha —dice el chico saludándolos con una inclinación de cabeza.
—Ben y Chon son de California —añade su padre—. De Laguna Beach.
—Me encantaría ir allí alguna vez.
—Cuando quieras —contesta Ben—. Ya tienes sitio donde quedarte.
—Ten cuidado, no vaya a tomarte la palabra —responde Kit.
Elizabeth sale y sonríe a su hijo.
—Ha llamado Malia desde el pueblo. Ya ha llegado tu bomba de agua.
—Estupendo —dice Kit.
Son una familia, se dice Chon.
Es la primera vez que ve una de verdad.
Pero ¿quiénes son estas personas?
¿Quiénes son de verdad?
Gabe está muy mosqueado porque los haoles hayan ido a reunirse con Tim Karsen y él les haya enseñado las tierras que ha comprado.
Como la cosa no pinta nada bien, decide hacer una llamada.
Red Eddie tiene el pelo más anaranjado que rojo y en realidad se llama Julius, pero al jefe de la Compañía nadie va a llamarle Orange Julius.
Estudió en Harvard y en la Wharton Business School y es un empresario de origen hawaiano-japonés-chino-anglo-portugués con oficinas en Honolulú, North Shore y San Diego. Ahora está en Honolulú y no le está gustando lo que le está contando Gabe por teléfono.
¿Cómo que tres haoles californianos van a montar una plantación en Kauai?
Ni hablar.
—Decidles que se vayan —ordena.
—¿Y si no quieren? —pregunta Gabe.
—¿Me lo estás preguntando en serio?
Eddie cuelga y coge un paracetamol.
Dirigir la Compañía es un quebradero de cabeza a veces.
A Ben le flipa la casa del árbol.
Eso es lo que le mola a él, lo que le pone, por así decirlo: todo lo que sea verde, alternativo, jipi y eco… Es lo que le va.
(Los genes, ya se sabe).
—La estamos construyendo entre Kit y yo —dice Tim—, para que viva Kit.
Ben pide verla.
—Si quieres te enseño los planos —dice el chico encantado. Entran en el taller y Kit despliega los planos sobre la mesa—. Quiero vivir lo más cerca que pueda de la naturaleza.
—Pues más cerca que en un árbol, imposible —contesta Ben.
Son tal para cual, piensa Chon.
Los planos muestran una edificación de tres niveles conectados por escalerillas y pasarelas. El nivel inferior es la cocina, cuyas paredes serán persianas que pueden subirse y bajarse y que tendrá un fogón de leña y una pila antigua, abastecida con agua del riachuelo a través de una bomba.
Una pasarela con barandilla de madera de cocotero sube hasta el segundo nivel: un cuarto de estar con suelo de tablones de koa, paredes de tamarindo y grandes ventanas con vistas a la selva. Varias pasarelas más y una escalerilla conducen al tercer nivel: un dormitorio también con suelo de tablones, paredes de madera de mango y tejado de paja con claraboya. El cuarto de baño contiguo (en suite, bromea Kit) tendrá un váter de descarga por gravedad y una ducha a la que dará agua un bidón de lona impermeabilizada colgado de una rama alta para recoger la lluvia.
Kit se enorgullece de que toda la madera sea isleña, de árboles que se han caído o que ha habido que talar por motivos de seguridad. Han tenido que esperar años, literalmente, para conseguir ciertas piezas, pero prefieren hacer las cosas bien. Han comprado la madera en bruto y la han cortado, cepillado y lijado ellos mismos, amorosamente. También están haciendo los armarios, de madera de kamani, y las estanterías y una mesa grande para la cocina, de madera de jabí.
—Todo va a funcionar con energía solar —añade Kit.
—¿Recibís luz suficiente? —pregunta Ben.
—La suficiente para usar baterías de almacenamiento —dice Kit—. Y cuando no haya suficiente energía, tenemos lámparas de queroseno. Además, no necesito mucho voltaje.
No tiene televisión, por ejemplo.
—Me gusta leer —explica Kit.
Tampoco necesita mucha luz eléctrica.
—Me acuesto temprano —añade— y me levanto cuando amanece.
Kit lleva a Ben a ver la casa.
El primer nivel está casi acabado. Ya han colocado el suelo e instalado el fogón, y las pesadas persianas de bambú están colgadas y enrolladas, de momento.
Suben por la pasarela al siguiente nivel, una habitación de tres metros y medio por cuatro, con suelo de tarima pulida y paredes de una hermosa madera rojiza, con grandes ventanas. Dos de las paredes están terminadas; de las otras dos solo han hecho el bastidor. En la pared norte hay una ventana de cristal emplomado con una imagen de una hawaiana metiéndose en el mar con su tabla de surf.
—¿Lo has hecho tú? —pregunta Ben.
—No, Malia, mi novia —contesta Kit.
—Esto es alucinante, Kit.
Tiene la sensación de estar en un apartamento, no en una casa en un árbol, y sin embargo las hojas rozan las ventanas y por todas partes se oye el trino de los pájaros.
Está todo hecho con tanto mimo, con tanto amor…
Suben a lo que será en algún momento el dormitorio y se detienen en el armazón, porque aún no han hecho el suelo.
—Sé que mi padre y tú hacéis negocios —dice Kit—. Y también sé de qué se trata.
—¿Y te parece bien? —pregunta Ben.
—Protejo mucho a mis padres, ¿sabes?
—Lo entiendo y lo respeto.
—Y tengo mis dudas éticas —añade Kit.
—Eso también lo respeto.
—Mientras solo sea maría, no me parece mal. Pero si fuera coca, cristal o heroína…
—No, nada de eso —dice Ben—. Estamos de acuerdo.
Se estrechan la mano y, aunque el chico ni siquiera intenta hacer fuerza, Ben nota que le estruja los dedos.
No sería buena idea enemistarse con él.
—Yo conozco a ese tío —dice Chon mientras vuelven a casa.
—¿A Tim? —pregunta Ben—. No puede ser. Hace doce años que no sale de la isla y tú nunca habías estado aquí.
—Sí, pero le conozco.
—Ya estás con tu paranoia.
A Chon no le importa reconocer que es un poco paranoico (cuando te mandan varias veces en misión a Irak y Afganistán como miembro de las fuerzas especiales, no te queda otra: es cuestión de supervivencia), pero no cree que esta vez se trate de eso.
Porque ahora recuerda de qué conoce a Tim, por qué le suena tanto su cara.
Es por la cicatriz en forma de zeta.
Era un antiguo socio de su padre. Chon no le veía desde hace…, desde hace doce años, mínimo, pero el caso es que es clavadito a Bobby Zacharias.
El mítico Bobby Z.
Bobby Z era un surfista legendario, de los mejores de la Costa Oeste. Chon recuerda cómo le admiraba cuando era un crío. Y Z era, además, uno de los mayores traficantes de marihuana de California.
Luego, desapareció.
Hará cosa de doce años.
Se esfumó de la faz de la Tierra.
Y al parecer, piensa Chon, fue a parar al paraíso.
Y volvió a meterse en el negocio de la droga.
Todo encaja.
Chon recuerda una cosa más acerca de Bobby Z.
Que era un tocapelotas.
—La gente cambia —dice Ben cuando Chon le cuenta la historia.
—No, de eso nada —contesta Chon.
O rechaza la idea (el comentario, la acusación o el reproche) de que sea una hedonista.
—No soy una hedonista —les dijo un día a Ben y Chon—. Soy una shedonista.
Que es distinto.
Le encanta Kauai.
La bahía de Hanalei es el sitio más bonito que ha visto nunca. A su izquierda se alzan unas montañas de un verde esmeralda; a su derecha se extiende la playa dorada, hasta un viejo muelle junto a un río que baja de las colinas. El océano (el Pacífico, por si alguien tiene problemas con la geografía) es de un azul cerúleo (a O le gusta esa palabra: cerúúúleo) y el panorama está rodeado por completo de palmeras y poblado por mujeres y hombres hermosos.
Los hombres hawaianos son de una belleza alucinante, y las mujeres también, piensa O, que es bisexual por inclinación y por naturaleza. Y lo dice ella, que está muy acostumbrada a la belleza, por algo creció (lo poco que ha crecido) en Laguna Beach, la ciudad más bonita de California (lo que no es decir poco), entre gente guapa.
Pero lo de Hanalei es otra cosa.
El paisaje, la gente, la comida…
Si a eso se añade el hecho de que Rapu —su madre— está en Laguna, a varios miles de kilómetros de distancia y con medio océano de por medio, Kauai bien podría ser el paraíso.
Llueve casi todos los días un rato, pero a O no le importa. De hecho, le gusta caminar en medio de esos aguaceros efímeros y disfrutar luego de la calidez del sol.
Le gusta la casa que han alquilado, al lado de la playa, cruzando un parquecito. Es un bungaló precioso, de dos plantas, con un cuarto de estar enorme, con ventiladores en el techo y un porche (o lanai, como dicen aquí) que rodea toda la casa.
Le encanta desayunar fruta fresca (papaya, guayaba y mango) con café Kona bien fuerte, y le gusta ir andando hasta el pueblo, a escasas manzanas de la casa, a tomar un plato combinado de arroz blanco y ensalada de macarrones con pollo hilado o Spam (de esto se hablará más adelante).
Normalmente van a cenar pescado a alguno de los estupendos restaurantes que hay por allí, aunque las últimas dos noches Ben y Chon han cocinado en casa.
A los dos se les da bien cocinar.
A ella, no.
Ella sabe preparar:
Un cuenco de cereales Cheerios.
Un cuenco de cereales Froot Loops.
Un sándwich de queso.
Lasaña (precocinada, al microondas).
Y pollo empanado (ídem de ídem).
Comer le gusta mucho, en cambio. Cuando su madre comentó una vez que Ophelia comía «como un pajarito», Chon contestó que ese «pajarito» debía de ser un buitre. Es capaz de zampar como una yegua preñada, pero nadie sabe dónde lo mete: las calorías se esfuman de su cuerpo como el dinero del presupuesto de una película de Hollywood. Con todo, su madre se queja a menudo de que a O le sobran entre dos y cinco kilos en las caderas y los muslos, una grasa imaginaria que ella ha eliminado de su cuerpo mediante congelación de las células adiposas.
—Reforzando así su imagen de Dama de Hielo —observó O.
Rupa tiene una actitud muy del estilo Ricitos de Oro respecto a los hábitos alimenticios de su hija: o come en exceso o come demasiado poco, o está demasiado flaca o demasiado gorda, pero nunca «bien», otra razón por la que O se alegra de haber puesto medio océano entre ambas.
Debido a los platos combinados, O se ha aficionado al Spam.
—¿Qué es el Spam? —le preguntó un día a Ben.
—Nadie lo sabe.
—¿Ni los que lo fabrican?
—Ellos menos que nadie.
En realidad, no le importa lo que lleve el Spam, con tal de poder comérselo. Le chifla. Y qué decir del poké… Esos trocitos de pescado crudo con sala de soja, aceite de sésamo y chiles…
Resumiendo, que le encanta Kauai.
Le apasiona esa cultura creada por la mezcolanza de tradiciones hawaianas, japonesas, chinas, portuguesas y anglosajonas.
La comida, el clima, la gente… Todo es cálido y agradable.
Justo lo que ha estado buscando toda su vida.
El muelle, que antes era de madera y ahora es de cemento, mide algo más de cien metros de largo y tiene una zona techada en el extremo.
Hay un señor mayor allí pescando.
Es guapo, se dice O. Pelo y barba blancos, piel muy morena, una vieja gorra de béisbol calada sobre los ojos más bondadosos y dulces que ha visto nunca.
Le da vergüenza acercarse a él, pero al verla el hombre dice:
—Esto es precioso, ¿verdad?
—Sí que lo es.
—Me llamo Pete —añade él tendiéndole la mano.
—Yo soy O.
—¿Diminutivo de…?
—Ophelia.
Pete sonríe.
—Mejor O.
—Sí —contesta ella—. ¿Pescas aquí todos los días?
—No. A veces pesco de noche. Depende de cómo estén los peces. ¿Quieres probar?
—No sé nada de pesca.
—Puedo enseñarte —dice Pete.
O está acostumbrada a que hombres mucho mayores que ella —padrastros suyos, algunos— quieran enseñarle algo, aunque no a pescar, precisamente.
Esto parece distinto, sin embargo, y asiente con un gesto.
Pete le pasa la caña y el carrete y se coloca detrás de ella para enseñarle a lanzar el sedal. Y no se trata de nada turbio ni siniestro, piensa O.
No es un truco de viejo verde, solo un hombre mayor, muy amable, que quiere enseñarle a pescar.
Es bonito.
O le habla a Pete de su infancia.
De su madre, que una de dos: o estaba ausente o la agobiaba con su preocupación obsesiva; de sus múltiples padrastros; de cómo creció pensando que su padre era quien no era…
—Tuvo que ser duro —comenta Pete mientras ceba el anzuelo.
—Sí, lo fue.
—Aunque, por otro lado —añade él, irguiéndose y mirándola—, no eras pobre, ¿no? Tenías un techo y comida en la mesa. Tenías montones de privilegios. ¿Qué hacías con ellos?
Buena pregunta, se dice O.
Una pregunta cojonuda, y muy molesta.
Nada, contesta para sus adentros mientras vuelve a casa. No he hecho absolutamente nada con mis privilegios.
Se niega en redondo a admitir, no obstante, que sea una nihilista de tres al cuarto.
—De hecho, soy Cleopatra —le dijo a Chon la primera vez que él la acusó de serlo.
—Eso no tiene ni pies ni cabeza.
—Claro que sí —contestó ella—. Soy la Reina de los Nihilistas.
Cuando Chon y Ben vuelven a casa, O los está esperando.
—Voy a unirme a la Madre Teresa —anuncia.
—La Madre Teresa está muerta —contesta Chon.
—Ah. —O se queda pensando un momento—. Vale, ¿quién no está muerto?
—Las personas con las que vamos a cenar esta noche —responde Ben—. Queremos que nos des tu opinión sobre ellas.
—¿Mi opinión?
—Tú calas enseguida a la gente —afirma Chon.
Entonces, ¿es que soy útil?, piensa O.
Quedan en un restaurante llamado Postcards.
Tim Karsen —o Bobby Zacharias, o como se llame— está guapísimo con su camisa Henley blanca suelta sobre unos vaqueros limpios.
Elizabeth está sencillamente espectacular —opina O— con una sencilla blusa negra y unos vaqueros negros muy ceñidos.
Y Malia…
Malia es puro Hawái, concluye O.
Alta y esbelta, larga melena negra, brillante como una noche estrellada, piel de color caramelo, grandes ojos castaños y almendrados, y una voz tan suave y aterciopelada como el atardecer.
Lista, divertida.
Y además se comporta con Kit como si él no fuera el chico más bello que O ha visto en toda su vida.
No pienso marcharme nunca de aquí, se dice O.
Nunca.
Llegaron a Hanalei cuando él tenía unos seis años, les explica Kit mientras cenan.
Al principio le costó acostumbrarse, no soportaba ser el único haole del colegio. Los niños nativos le pegaban casi a diario, no querían jugar con él, le hacían burla.
—¿Y qué pasó para que cambiaran las cosas? —pregunta O inclinada sobre la mesa, pendiente de cada una de sus palabras.
—Que empecé a hacer surf —contesta Kit.
Un día bajó a la playa y los chavales de su colegio estaban surfeando. La mayoría compartían tabla, por turnos, pero algunos tenían la suya propia. Al principio le hicieron el vacío, le dijeron que se fuera, pero él se quedó y siguió allí, en la playa, hasta que por fin un chaval mayor, Gabe, se acercó con su tabla y le preguntó si le apetecía probar. Le enseñó a tumbarse sobre la tabla, a remar y a levantarse. Luego se metió con él en el mar y le ayudó a coger las olitas que rompían en la playa.
Al tercer intento, se levantó.
Y se enganchó para siempre al surf.
Desde entonces bajó todos los días a la playa.
Mejoró y los chicos hawaianos, que lo vieron, empezaron a dejarle en paz. Ya no se burlaban de él, en parte porque veían que sabía surfear y en parte porque Gabe los amenazaba con darles una paliza.
Gabe empezó a ir a su casa. A veces llevaba a otros chicos, pero casi siempre iba solo.
Kit pidió a sus padres con insistencia que le compraran una tabla.
Empezó a ayudar a Tim, que por entonces se ganaba la vida como podía haciendo trabajos de mantenimiento y albañilería. Limpiaba, hacía chapucillas… Lo que fuese con tal de juntar dinero para la tabla. Tardó un año, pero una mañana de Navidad se levantó y allí estaba su tabla: una Hobie single fin de siete pies y seis pulgadas de longitud, de segunda mano pero preciosa.
—Todavía la tengo —concluye lanzando una sonrisa a sus padres.
Se convirtió en un fenómeno, en uno de esos niños prodigio que aparecen en Surfer, que salen en vídeos y a los que patrocina Billabong, pero nunca participaba en competiciones o torneos.
—Para mí el surfing no es eso —dice—. Nunca lo he visto como una competición o como un negocio. Es solo algo que me encanta hacer, y no quiero estropearlo.
Aun así, se hizo famoso.
Venían editores de revistas, fotógrafos y aficionados de todo el mundo a verle hacer surf, pero Kit no se dejaba engatusar. Iba a Maui a montar las grandes olas de Jaws o a Tahití y luego volvía a Kauai.
—Esta es mi casa —dice—. No quiero irme a otro sitio. Estoy bien aquí.
Amaba la isla y la isla le amaba a él. Ya no era un forastero, un haole, sino un local, un ohana, un hermano.
Empezó a salir con una chica hawaiana, Malia, la única novia que ha tenido.
Y en Hanalei se ha quedado, trabajando de carpintero o ayudando a su padre. De vez en cuando hace un vídeo o recibe honorarios de empresas de surf por llevar su ropa o usar sus tablas; posa para algún anuncio o patrocina un traje de neopreno, una tabla o unas gafas de sol.
Tenía quince años cuando salió en la portada de Surfer, pero él no es un surfista, es un chaval al que le gusta el mar: nadador, submarinista, socorrista, y tan diestro con una moto acuática, una canoa o una barca como con una tabla de surf.
Kit Karsen es la persona más feliz del mundo.
—Llegaste aquí cuando tenías seis años —dice Chon—. ¿Dónde vivíais antes?
En California, contesta Elizabeth.
Vivíamos en California.
Ben y Tim salen del restaurante.
—Bueno, ¿nos lanzamos o qué? —pregunta Tim.
—No sé.
—¿Qué duda tienes?
—No puedo hacer negocios con alguien que no es sincero conmigo —responde Ben.
—¿En qué no estoy siendo sincero?
—Bueno, pues, para empezar, en quién eres, Bobby.
—Crees que soy Bobby Z —dice Tim.
—¿Y no es verdad? —pregunta Ben.
—No. Quiero decir que lo fui, durante un tiempo.
—Pero ¿qué dices? Déjate de juegos y habla claro de una vez.
—Mi verdadero nombre es Tim Kearney —dice Tim.
Y luego le cuenta una historia.
O se ha regido siempre por la máxima que afirma que «la ignorancia es felicidad».
Esto la convierte, en su opinión, en una de las personas más obstinadamente dichosas del planeta.
Ella, por descontado, ignora la procedencia de esa cita.
Lo contrario sería un contrasentido.
(Thomas Gray, Oda a un paisaje lejano de Eton College, por si alguien quiere saberlo).
—¿Conoces a mi amigo Pete? —pregunta, sentada a la mesa, mientras saborea un sorbete de mango.
—¿Pete el del cebo? —pregunta Kit—. Claro.
—Todo el mundo conoce a Pete —añade Malia.
—Contadme algo de él —les pide O.
Elizabeth se encoge de hombros.
—Llegó aquí hará cosa de un año. Y se quedó. Se dedica sobre todo a pescar, vende cebo a los turistas… Pasa mucho. La gente viene de visita, se enamora de la isla y ya no se va.
No me extraña nada, piensa O.
Tim Kearney —dice Tim hablando en tercera persona, como si se refiriera a otro y no a sí mismo— era un pobre diablo, un delincuente de medio pelo cuya mayor destreza consistía en dejarse atrapar por la policía. Ni siquiera la temporada que pasó en los Marines cambió su suerte, y pasó directamente de Kuwait a la trena.
Lo que le salvó fue su notable parecido físico con un conocido traficante de marihuana, un tal Bobby Zacharias.
Un cártel mexicano había secuestrado a un agente de la DEA y quería canjearle por Bobby Z. El problema era que este había muerto de un infarto en la ducha, o al menos eso fue lo que le contó la DEA a Tim.
Le hicieron la cicatriz característica de Z y le llevaron a la frontera para el intercambio.
Y allí fue donde se torcieron las cosas.
Por lo visto, lo que quería el cártel no era rescatar a Bobby Z, sino matarle. El canje era, en realidad, una emboscada. Tim consiguió escapar, pese a todo, y acabó en un escondrijo en el desierto, donde conoció a Elizabeth, que estaba cuidando del hijo de Z, que por entonces era un crío.
—Kit —dice Ben.
Tim asiente y sonríe.
—Lo mejor que me ha pasado nunca. Resulta que los mexicanos querían matar a Z por haber dejado embarazada a la madre de Kit. Yo me di a la fuga y me llevé conmigo a Kit y a Elizabeth y acabamos aquí. Y aquí seguimos doce años después, tan felices.
—¿Y los mexicanos dejaron de buscar a Bobby Z?
—No queda vivo ninguno de los de entonces.
—¿Kit sabe que no eres su verdadero padre?
—Sabe que soy su verdadero padre —contesta Tim—. Y que Bobby Z fue el donante de esperma.
—Te quiere muchísimo —dice Ben.
—Y yo a él. Bueno, ¿y ahora qué?
—Tengo que hablarlo con Chon y O.
Lo habla con ellos en el camino de vuelta a casa.
—¿Qué te han parecido? —le pregunta a O.
—No sé con cuál de ellos me apetece más acostarme —contesta ella—. Tim es como un oso de peluche monísimo, Elizabeth es la mujer más sexi que he visto, Malia es preciosa y Kit…, Kit es como un dios griego.
Ben les cuenta la historia de Tim.
—¿Tú le crees? —pregunta Chon.
—¿Por qué iba a inventarse algo así? —contesta Ben.
—Entonces, el verdadero Bobby Z está muerto —dice Chon.
Ben se encoge de hombros.
—Las leyendas también mueren. Bueno, ¿qué opináis?
—Yo opino que deberíamos seguir adelante —dice O—. Que deberíamos hacer negocios con ellos y quedarnos a vivir aquí para siempre.
—No puedes tirarte a ninguno —replica Ben.
—Y la Madre Teresa está muerta —suspira O.
—Entonces, ¿vamos a hacerlo? —pregunta Ben.
—Sí, vamos a hacerlo —responde Chon.
Todo está en orden.
Chon está al borde del precipicio…
(No, no es simbólico. Está parado al borde del dichoso acantilado, ¿vale? ¿Cómo va a saltar si no? A ver).
Lanza la tabla.
Y luego se tira él.
No es que sea el mejor surfista del mundo, ojo. No es Kit Karsen Zacharias Kearney, pero fue Navy SEAL (sí, ya sé que esto se ha convertido en un tópico trasnochado, y también que lo de «tópico trasnochado» es, a su vez, otro topicazo, pero es que fue Navy SEAL), de modo que sabe manejarse en los acantilados y el agua.
Ha llegado temprano, cuando todavía estaba amaneciendo, para no estorbar a los locales, y está solo cuando se hunde en el remolino de la corriente, lucha a brazo partido por subir a la superficie, agarra la tabla y se sujeta el invento al tobillo. Luego nada hacia la rompiente. El mar no está tan revuelto como ayer, pero sigue habiendo grandes olas, las olas típicas de Hawái, y Chon tiene que remar con todas sus fuerzas para coger una.
Pero cuando la coge es…
Impresionante. (Un adjetivo del que se abusa —Chon es consciente de ello—, tan desgastado que ya casi no significa nada, pero si algo puede inspirar verdadero asombro es una gran ola de la costa norte de Kauai. Si eso no te impresiona, es que no tienes ni corazón ni alma).
Chon no intenta hacer florituras: ni girar en el labio de la ola, ni deslizarse con la cola de la tabla por su cresta. Solo intenta mantenerse en pie mientras la ola se desliza veloz y encabritada y, antes de que le empuje contra las rocas, se retira.
Consigue montar cuatro, todas las que puede coger, y después vuelve remando a la playa, al otro lado del cabo rocoso, y ahí es donde empiezan los líos.
De hecho, le están esperando.
Pete se agacha, rebusca en su caja de aparejos y saca una cosa envuelta en papel de aluminio.
—¿Has probado esto alguna vez? —le pregunta a O mientras abre el envoltorio.
—¿Qué es?
—Un bagel de cebolla con huevo frito. Dale un mordisco. Si no lo has probado nunca, no sabes lo que te estás perdiendo.
O lo prueba.
Efectivamente, no sabía lo que se estaba perdiendo.
Son seis y están esperando a que salga.
Como en Salvar al soldado Ryan, pero en una playa de Kauai.
El jefe, el que se acerca a Chon cuando sale del agua, es el hawaiano con el que habló hace unos días. Viste bermudas negras, camiseta blanca con la leyenda DEFEND HAWAII en negro y gorra de béisbol negra con el número 808 —el prefijo de Hawái— en blanco.
Los otros cinco —cinco mokes gigantescos— vienen detrás.
—Hola —dice Chon.
—¿Vives aquí? —pregunta el cabecilla—. Porque, si no vives aquí, no surfeas aquí. Los haoles que venís del continente os creéis los dueños de todo, pero esta playa es nuestra.
—Entendido —dice Chon—. Ya me voy.
Intenta pasar junto al hawaiano, pero el tipo le corta el paso.
—¿Sabes quiénes somos?
—No.
—Somos los Palala. ¿Sabes qué significa eso?
—No.
—Que somos de la Hermandad —dice—. Somos hermanos. Yo soy Gabe Akuna.
Chon imagina que quiere decirle algo con eso, pero no consigue refrenar una sonrisa burlona.
—Vale.
—¿Te hace gracia? —pregunta Gabe—. Pues te vamos a quitar la sonrisa de la cara, capullo.
—No busco problemas. —Chon intenta pasar a su lado otra vez.
—Pues te los has encontrado —replica Gabe al cortarle otra vez el paso.
Dicen que lo que uno ignora no puede hacerle daño.
(La ignorancia, ya se sabe, es felicidad).
Pues se equivocan.
(Diga lo que diga O).
Gabe ignora, por ejemplo, que Chon tiene una vena violenta innata.
Ignora que es un luchador bien entrenado.
Ignora que se ha servido de su entrenamiento para hacer daño y matar a numerosas personas.
Ignora que, de hecho, le gusta luchar.
Ignora que Chon no está acostumbrado a dejarse avasallar.
Ignora que Chon tiene mal genio.
Y que está a punto de perder la paciencia.
Lo que ignoras puede hacerte daño.
Y mucho.
—Estás en medio —dice Chon.
—Pues apártame —le reta Gabe.
—¿Esto es entre tú y yo? —pregunta Chon—. ¿O entre yo y todos tus colegas?
Ahora es Gabe quien sonríe, burlón.
—Llamas al lobo y acude la manada.
Chon asiente con la cabeza y, antes de que a Gabe le dé tiempo a moverse o pestañear, le agarra por la pechera de la camiseta, le levanta y le tira contra los dos tipos que tiene detrás. Luego gira sobre sí mismo y asesta tres puñetazos en la cara al cuarto moke. Otro se le acerca por detrás, le rodea con los brazos y le levanta del suelo. Chon engancha la pierna izquierda en la de su agresor y le propina un fuerte golpe con el pie en los testículos.
El tipo le suelta.
Otro de sus colegas se abalanza contra él con intención de derribarle. Chon afianza los pies en la arena, hunde los pulgares en los ojos del tipo, le echa la cabeza hacia atrás y le tumba a puñetazos.
Se da la vuelta a tiempo de ver que otro tipo se precipita hacia él. Se aparta y le propina una patada en la entrepierna, vuelve a girarse y le asesta un golpe con el antebrazo en el puente de la nariz.
Dos de los Palala están de rodillas en la arena, con la mano en la entrepierna. Otros dos están inconscientes, tirados en el suelo. Y otro, boca arriba, se tapa con la mano la nariz rota.
Llamas a la manada y acude el lobo (solitario).
Razón por la cual Gabe se acerca a su camioneta y vuelve con una pistola.
O nunca ha tenido un padre de verdad.
Tuvo uno, por supuesto (lo de la inmaculada concepción era imposible de conseguir hasta para Rupa, aunque sin duda lo intentó con todas sus fuerzas), pero O no llegó a conocerle. Ni siquiera sabía quién era hasta hace poco.
Ha conocido a siete padrastros, pero después de los dos primeros no se molestó en aprenderse sus nombres y decidió ponerles un número.
Después del número Tres, le regaló a su madre un Hitachi Wand.
—¿Qué es esto? ¿Un tipo de vibrador? —preguntó Rupa.
Sí, pensó O, y un Ferrari es un tipo de coche.
—Que este sea el número Cuatro, te lo pido por favor —le dijo—. No meterá en casa un montón de mierdas suyas, no establecerá un montón de normas nuevas ni intentará ser mi padre. Y, lo mejor de todo, cuando acabes con él, lo apagas y listo. Sin abogados ni juicios ni reparto de bienes.
Rupa no aceptó ni el regalo ni el consejo.
Se casó con Cuatro, que era un vibrador de carne y hueso, un tontaina renacido —de Indiana, para más señas— con el que pensaba abrir un negocio de joyería cristiana. En opinión de O, deberían haber abierto un negocio de joyas de segunda mano que se llamara «Joyas El Renacer», pero por lo visto ni el negocio ni Cuatro funcionaron y Rupa volvió al condado de Orange, donde tenía más a mano a sus cirujanos plásticos.
El caso es que O no ha tenido nunca una figura paterna; Pete es la primera.
Pete le enseña a pescar.
La escucha.
La invita a bocadillos de bagel de cebolla con huevo frito.
Y ella se enamora de él profundamente, como una hija.
A Chon se le ha hinchado la vena y, al ver a Gabe con la pistola en la mano, solo piensa: ven aquí, hijoputa. Acércate, que te voy a quitar la pipa, te la voy a meter en la boca y te voy a hacer tragar lo que salga de ella.
Pero Gabe no es tan tonto.
Guarda las distancias.
Le apunta al pecho.
Chon se hace un razonamiento: la gente cree que es fácil pegarle un tiro a alguien a bocajarro, pero no es verdad: es mucho más difícil de lo que parece. Hasta los policías entrenados suelen fallar el primer disparo.
Es lo que calcula Chon mientras se acerca poco a poco a Gabe.
Las siguientes variables de la ecuación son el tiempo y la distancia: Chon intenta calcular si puede echarse encima de Gabe antes de que dispare por segunda vez.
Porque el segundo tiro sí suele dar en el blanco.
Una cosa está clara: no puede quedarse allí parado esperando a que Gabe dispare.
Está a punto de abalanzarse contra él cuando…
—Pau ana! —grita Kit en hawaiano.
«¡Quieto!».
Gabe se queda parado.
Baja la pistola y se vuelve a mirar a Kit, que está de pie al borde de la playa.
—He aha ana la? —le pregunta Kit.
«¿Qué pasa?».
—Este haole nos ha faltado al respeto —contesta Gabe—. Se ha metido en nuestra playa. Había que darle un escarmiento.
Kit echa un vistazo a la escena, ve que algunos de los Palala están intentando levantarse y que otros siguen inconscientes.
—No sé quién le ha dado el escarmiento a quién. ¿Teníais que ser seis? ¿Para este resultado? Y encima una pistola, Gabe, joder. ¿Así nos las gastamos ahora? ¿Esto es pono?
Chon se fija en que ha hablado en plural.
—Voy a ponerle fin a esto ahora mismo —contesta Gabe.
—No, nada de eso —dice Kit—. Está conmigo.
—Pero ¡¿qué dices, hermano?!
Chon ve lo que pasa: Gabe está muy cabreado, pero no va a llevarle la contraria a Kit.
Kit Karsen es quien manda aquí.
—Pau —dice Kit.
«Se acabó».
Chon recoge su tabla y pasa junto a Gabe.
Suben a la camioneta de Kit y se quedan callados un rato mientras vuelven a Hanalei. Luego Kit dice:
—Sí, puede que sea mejor que no vuelvas a hacer surf allí.
—¿Quiénes son esos tíos? —pregunta Ben.
Tim y él están sentados en el lanai de su casa. Chon está apoyado contra la barandilla.
—Los Palala, una banda de aquí —contesta Tim—. Empezaron siendo surfistas que defendían su territorio y han acabado convirtiéndose en otra cosa.
—¿En qué? —pregunta Ben.
—Al parecer trafican con droga.
Ben se encoge de hombros como si dijera: «¿Y qué? Nosotros también».
—No solo con maría —añade Tim—. También con cristal, coca y heroína.
—El cristal está haciendo mucho daño en las islas —dice Malia al salir al porche con Kit.
—¿Son amigos tuyos? —le pregunta Ben a Kit.
—Me crie con ellos. Íbamos juntos al colegio, surfeábamos juntos. Y también los ayudaba a patrullar las playas, sí. Para impedir que los haoles lo echaran todo a perder.
—¿No eres tú un haole? —insiste Ben.
—Por nacimiento, sí —contesta Kit—. Pero, de espíritu, soy hawaiano. Y esos tíos son mis hermanos, mis ohana. Les confiaría mi vida allí —añade señalando el océano—. Si me quedara atrapado en la zona de impacto, ¿quién vendría a rescatarme? ¿Tú, Ben? ¿Algún turista? ¿O un promotor inmobiliario? No, iría Gabe. Me ha salvado ya alguna vez, de hecho.
—¿Y por eso te parece que tienen derecho a venderles cristal a tus otros hermanos y hermanas? —pregunta Malia.
—Se han equivocado de dirección —contesta él—. Yo los llevaré otra vez por el buen camino.
Tim está preocupado.
Para llevar a alguien por el buen camino, primero tienes que meterte tú por el malo. Y a veces te extravías.
Y, además, se ha enterado de que Gabe está metido en la Compañía.
O se come con delectación otro bagel con huevo.
—¿Qué te decía yo? —pregunta Pete.
—Estoy enganchadísima —contesta ella—. Obsesionada.
Pete se agacha, mete la mano en su caja de aparejos y saca un cebo nuevo.
—He estado pensando —dice O.
—¿Sí?
—Nunca he tenido ocasión de madurar —añade ella.
—Quizá sí la has tenido y no las has aprovechado —responde Pete mientras engancha con cuidado el cebo al anzuelo.
Vete a la mierda, Pete, contesta O para sus adentros, pero se queda pensando un momento, se limpia una miga de los labios y dice:
—Tienes razón. Creo que nunca he querido madurar.
—¿Y a qué crees que se debe?
—Supongo que quería que alguien me educara. Y, como no lo hizo nadie, me enfadé y me negué a educarme yo sola.
—Eres una jovencita muy lista, O —dice Pete.
—¿Y qué he hecho con toda mi inteligencia? —añade ella—. He malgastado mi vida.
Pete se queda callado un buen rato, mirando el océano. Luego dice:
—Yo también.
—No, tú no —contesta ella—. Eres una de las mejores personas que conozco.
Ahora sí, piensa Pete.
Casi todos los que venimos a una isla, piensa Pete mientras ve alejarse a O por el muelle, venimos como refugiados.
No es que lleguemos, es que nos arrastra hasta aquí el oleaje, como pecios.
A mí también.
Hui de una vida que ya no era vivible, dejé atrás a una persona con la que ya no podía convivir: yo mismo.
Todo refugiado necesita, por definición, un refugio.
Los más afortunados encuentran uno.
Yo he tenido mucha suerte.
Ojalá esta joven también la tenga.
Gabe está cabreado.
Cabreado porque el haole ese le lanzara como un frisbee y ahora le duela la espalda. Cabreado porque los haya hecho quedar como una panda de payasos. Y cabreado, sobre todo, porque K2, un palala él también, se pusiera de parte del haole.
¿A qué vino eso?, quisiera saber.
Ben está sentado en el lanai leyendo una novela de Borges.
—Realismo mágico —comenta Chon con un bufido desdeñoso.
Ben deja el libro abierto sobre su regazo.
—Sí, ¿pasa algo? —pregunta.
—Que hay que quedarse con una de las dos cosas. Las dos no pueden ser. O es realismo o es mágico. «Realismo mágico» es un oxímoron.
—Es una paradoja —puntualiza Ben.
—El realismo mágico no existe —replica Chon—. En el mundo real no hay magia.
—Ni realismo en el mundo mágico —dice O.
—Esto es el mundo real —contesta Chon.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta ella.
Ahí le ha pillado.
Kit está en la casa del árbol colocando tablones del suelo cuando oye el motor de un coche, mira abajo y ve llegar la camioneta de Gabe.
—¡Estoy aquí! —grita.
Un minuto después, Gabe sube por la escalerilla.
—Tengo que hablar contigo.
Kit coge dos taburetes de tres patas y le indica que se siente.
—¿A qué vino lo de ayer, hermano? —pregunta Gabe—. ¿Por qué te pusiste de parte de ese haole?
—¿Seis contra uno?
—Si llamas al lobo…
—Sí, ya —contesta Kit—. Pero nosotros no somos así. Nosotros no usamos armas.
—¿Que nosotros no somos así? Estoy empezando a preguntarme quién eres tú.
—¿Qué quieres decir?
—Creía que eras hawaiano —dice Gabe—. Un kanaka. Un palala.
—Y lo soy.
—Entonces, ¿por qué ayudas a esos haoles a instalarse aquí?
—Es con mi padre con quien tienen negocios, no conmigo.
—Pero tú los estás protegiendo. Y esto tiene que acabarse.
—¿Quién lo dice?
—Venga ya, hermano. ¿Vas a obligarme a decirlo?
Kit menea la cabeza.
—Había oído algo, pero no quería creerlo.
—¿El qué?
—Que te has metido en la Compañía —dice Kit.
—La Compañía defiende Hawái.
—Entonces, ¿por qué les vende veneno a los hawaianos?
—Si no se lo vendiera, se lo venderían los haoles —responde Gabe—. Y es mejor que el dinero se quede en casa, ¿no?
—No —dice Kit—. Lo mejor es no vender esa mierda. Si la Hermandad quiere tomar las armas para echar a los traficantes de cristal de la isla, podéis contar conmigo. Al cien por cien. Pero ¿aliarme con ellos? Ni hablar. Y tú tampoco deberías hacerlo, Gabe.
—Entonces, ¿tenemos que dejar que los haoles se apoderen de todo? —pregunta Gabe—. Ya nos robaron nuestras islas. ¿También vamos a dejar que invadan como una plaga nuestras tierras, nuestras playas, nuestras olas, nuestras rompientes, nuestros negocios? ¿Eso es lo que quieres?
—Quiero que dejéis a mi padre en paz.
—Nadie le desea ningún mal a tu padre —afirma Gabe—. Queremos colaborar con él. Le dejaremos distribuir nuestra hierba en la isla. Le compraremos sus tierras, le proporcionaremos capital o solo venderemos su producto, si quiere. Puede asociarse con los hermanos, no con forasteros.
—No va a asociarse con traficantes de cristal.
—Convéncele tú —insiste Gabe.
—Yo estoy de acuerdo con él.
Gabe se levanta, apura su cerveza y deja la botella en el suelo.
—Tienes que decidir de qué lado estás. Tienes que decidir si eres haole o hawaiano. Así que, ¿qué vas a hacer, K?
—Voy a seguir construyendo mi casa y haciendo surf —contesta Kit—. ¿Y tú, Gabe? ¿Qué vas a hacer?
Su amigo no contesta.
Kit le ve bajar por la escalerilla y montar en la camioneta.
Yo ya sé quién soy, se dice Kit.
Soy hijo de mi padre.
No del tal Bobby Z, del tipo ese que nos abandonó a mi madre y a mí, sino de quien me rescató de todo eso, del que arriesgó su vida por tenerme a su lado y me trajo aquí.
A este lugar que amo.
Mi verdadero padre es Tim.
Igual que Elizabeth es mi madre.
Kit sabe que su madre biológica era la hija de un capo del narcotráfico mexicano. Que murió de una sobredosis de heroína después de que Z la abandonara. Y que le dejó a él al cuidado de Elizabeth antes de ir a pillarse uno de sus últimos colocones.
Kit casi no la recuerda.
A su padre biológico no llegó a conocerle.
Tenía seis años cuando apareció Tim. Era un chavalín que vivía en un complejo en el desierto, con Elizabeth y una pandilla de traficantes de drogas. Tim le sacó de allí. Habría sido mucho más fácil para él, mucho más seguro, abandonarle sin más, como había hecho todo el mundo. Pero no fue eso lo que hizo Tim.
Fue él quien se ocupó de mí.
Quien primero me hizo subir a una tabla de surf.
Quien nos trajo aquí y construyó una vida para nosotros.
Quien hizo todo lo que hace un padre.
Igual que Elizabeth hacía todo lo que hace una madre. Me arropaba por las noches, me preparaba el desayuno por las mañanas, me abrazaba cuando volvía a casa del colegio después de que los hawaianos me pegaran y me mandaba de vuelta al colegio para que, al final, me hiciera amigo suyo. Fue ella quien me explicó que «madre» y «padre» son verbos antes que sustantivos.
Sé perfectamente quién soy.
A la mañana siguiente, en la rompiente de Lone Pine, Kit se lanza a coger una ola y está bajando por la pared cuando Israel Kalana la atraviesa delante de él y le obliga a desviarse y a salir.
A la siguiente ola, pasa lo mismo.
Esta vez, con Palestine Kalana, el hermano gemelo de Israel.
La vez siguiente es Kai Alexander quien se pone delante de un salto obligándole a retirarse.
Le están hostigando.
A la cuarta vez que tiene que retirarse, Kit se acerca remando a Gabe.
—¿Qué cojones pasa?
—Que elegiste —contesta Gabe—. Que decidiste que no eras de los nuestros. Así que no lo eres. No pintas nada aquí.
Kit mira a su alrededor.
Los otros —Israel, Palestine, Kai y los demás: sus hermanos— no se atreven a mirarle.
—O sea que así están las cosas —dice Kit.
Gabe se encoge de hombros. Así están las cosas.
Kit se aleja remando hacia la rompiente, se gira y coge la segunda ola que viene. Gabe se le atraviesa por la derecha.
Pero esta vez Kit no se retira. Baja directo hacia Gabe. Juega a ver quién se achanta primero en una ola de casi cinco metros, con el morro de la tabla apuntando a la cabeza de Gabe. Si chocan a esa velocidad, los dos saldrán heridos.
Gabe se retira en el último segundo.
La tabla de Kit le pasa rozando, la quilla casi le corta el cuello.
Si va a haber sangre en el agua, no será solo la mía, se dice Kit.
Después de dejar las cosas claras, sale del agua y guarda la tabla en la camioneta. Hay muchas otras rompientes en la costa norte: Tunnels, Kings and Queens, Dump Trucks, Cannons…
Si no le quieren aquí, se larga, él tampoco quiere estar.
Pero le duele.
Y mucho.
O va hacia el muelle para ver a Pete cuando un hawaiano enorme se le pone delante.
—Aloha, wahine —dice—. ¿Qué tal?
—Bien —contesta ella.
—Ya lo creo que estás bien.
O intenta sortearle.
—Disculpa.
El hawaiano vuelve a cortarle el paso.
—Solo intento ser amable —dice—. ¿Qué pasa? ¿Es que no te gusto? Pues si no te gusto, a lo mejor deberías marcharte. Tus amigos y tú. A lo mejor deberíais iros de la isla.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —pregunta O.
—Esto puede ponerse peligroso. Hay mucho oleaje, muchos tiburones… Pueden pasarle muchas cosas a una chica tan guapa como tú.
—¿Todo bien, O?
Es Pete.
—¿Y tú qué quieres? —le pregunta el desconocido.
—Deja en paz a la chica.
El hawaiano se ríe.
—¿Y qué vas a hacer si no, vejestorio? ¿A ver, qué vas a hacer?
—He dicho que la dejes en paz.
Pete tiene una mirada que O no le había visto antes y que la asusta.
El hawaiano vuelve a reírse.
—Tranquilo, hombre. No pasa nada. Va todo bien. Pero tú recuerda lo que te he dicho, wahine. A hui hou.
Hasta la vista.
Una promesa y una amenaza.
Ben sale del supermercado con una bolsa en cada mano.
Un hawaiano corpulento choca con él.
—Perdón —dice Ben.
—A ver si miras por dónde vas —contesta el tipo.
—Ya —dice Ben—. Lo siento.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que lo siento.
—¿Qué pasa? ¿Te molesto? ¿Te va la ternera, chaval?
Ben no conoce la jerga callejera de la isla, pero no le cabe duda de que el hawaiano no se está interesando por sus gustos culinarios, sino preguntándole si quiere pelea.
—No quiero líos —dice.
—Te he estado vigilando —contesta el tipo—. ¿Y sabes qué es lo que no entiendo?
—No, ¿qué?
—A cuál de los dos te follas. ¿A la putita rubia o al otro mahu?
Maricón.
—Ha sido un placer hablar contigo —dice Ben.
—Fuera de mi isla. Tus amigos y tú.
Sale el dueño de la tienda.
—¿Pasa algo?
—No, nada, tío. Solo estaba charlando con este capullo. —Mira a Ben y añade—: No te conviene que volvamos a vernos, haole.
Da media vuelta y se va.
—¿Le conoce? —pregunta Ben al dueño.
—Es un palala.
A Chon le abordan con más cautela.
Ya saben de lo que es capaz.
Ha salido a correr por la autovía de Kuhio, que, pese a su nombre, es una carretera estrecha, de solo dos carriles, que zigzaguea por la costa y que en algunos tramos, como en los puentes que cruzan arroyos, se estrecha hasta quedarse en un solo carril.
Está lloviendo, pero no le importa.
Disfruta de la carrera y del frescor de la lluvia. Es una suerte poder salir a correr por este lugar tan espectacularmente bello.
Los coches le adelantan despacio, intentando dejarle todo el sitio posible. Luego oye acercarse un motor por detrás y frenar. El Jeep no le sortea, sino que avanza detrás de él, cada vez más cerca.
Chon sigue corriendo.
El Jeep se le pone detrás, le pisa los talones.
Oye risas y luego:
—¡Corre, cabronazo! ¡Corre!
Mira atrás y ve a cuatro palala enormes en el todoterreno.
Aprieta el paso.
Se oyen más risas.
—¡A ver si corres más que un Jeep!
No hay sitio para que se aparte de la carretera. A su derecha, del lado del mar, hay un barranco empinado. Y no puede arriesgarse a cruzar la carretera o el coche podría atropellarle.
Además, está cabreado.
Es más terco que una mula.
Así que sigue corriendo.
Y el Jeep le pisa los talones: se acerca, se retira, vuelve a acercarse.
Están a punto de llegar a un puente de un solo carril. El Jeep tendrá que pararse si vienen coches en sentido contrario, y en eso confía Chon. Efectivamente, ve venir de frente una camioneta blanca, por el puente.
Puede cruzar corriendo y dejar atrás a la manada.
Pero la camioneta se atraviesa en el puente y le corta el paso.
Salen dos palala.
Con bates de béisbol.
El Jeep acelera detrás de él y se atraviesa también en la carretera. Sus ocupantes se apean, armados con bates, porras y barras de hierro.
—¡Eh, cabrón! ¡A ver si ahora eres tan duro!
No, tan duro no soy, se dice Chon al verlos acercarse por ambos lados.
Esto se pone chungo.
Mira el río, allá abajo. Si es poco profundo se romperá las piernas o, peor aún, el cuello o la columna. Pero, si no los rompe la caída, se lo romperán estos tíos.
Se sube a la barandilla y salta de pie confiando en que el río sea…
h
o
n
d
o.
Se hunde en el agua, agradecido por su suerte, y se estira para mantenerse sumergido tanto tiempo como pueda, por si acaso los mokes le disparan.
La corriente le empuja hacia el mar.
Pasado un minuto, saca la cabeza para respirar, mira atrás y ve a los mokes en la barandilla del puente. Le señalan y se ríen.
El río le impulsa hacia la rompiente.
A lo mejor creen que voy a ahogarme, se dice. Y puede que me ahogue, joder.
Pero la resaca le lleva más allá de la rompiente.
Ben está preocupado.
—¿Has visto a Chon? —le pregunta a O.
Si esos tipos han intentado algo, Chon no habrá procurado salir del paso con buenas palabras. Si buscaban «ternera», se la habrá dado, y de la buena.
—No le encuentro y no contesta al móvil.
—Seguro que está bien —dice O—. Es Chon.
Es un trecho muy largo para hacerlo a nado, cruzar la bahía de Wainiha y rodear el cabo de Kolokolo, pero Chon disfruta nadando.
Mucho más, al menos, que si le estuvieran partiendo las piernas con una barra de hierro.
No es la distancia lo que le preocupa —nadó distancias mucho más largas cuando se entrenaba para ser un SEAL en las frías aguas de Silver Strand—, sino los tiburones.
(Aunque no es él quien debería estar preocupado, sino los tiburones).
Coge una ola junto a la playa de Lumahai y se deja llevar por ella hasta la orilla.
Tim y Elizabeth están sentados en su lanai tomando una copa al atardecer cuando llega Gabe en su camioneta.
—Tío Tim, tía Liz —dice al apearse.
—Gabe —contesta Tim—. Kit no está. Ha salido con la tabla.
Eso Gabe ya lo sabe. No habría venido si estuviera Kit.
Tim también lo sabe.
—He venido a hablar contigo —dice Gabe.
—¿En qué puedo ayudarte?
Gabe se acerca al lanai, pero no sube. Apoyándose en la baranda, pregunta:
—¿Cuánto tiempo lleváis viviendo aquí, tío?
—Unos doce años.
—Mi familia ya estaba aquí cuando llegaron los haoles —dice Gabe.
—¿Haoles como nosotros? —pregunta Elizabeth.
—Yo antes no lo pensaba, pero ahora… —dice Gabe, y se interrumpe, dejando la frase en el aire.
—Antes te sentabas en el patio a comer bocadillos de mantequilla de cacahuete y plátano con mi hijo —dice Elizabeth.
—Este es nuestro hogar —añade Tim.
—Y entonces, ¿por qué se lo vendéis a extraños? —pregunta Gabe—. Podríais hacer negocios con vuestra gente.
—¿Con la Compañía, quieres decir? —contesta Tim—. No, gracias.
—No te lo estoy preguntando, tío. —Señala con la barbilla hacia atrás, hacia la camioneta, en la que aguardan sus hombres.
—Conque así están las cosas —dice Tim.
—No tiene por qué ser así —contesta Gabe.
—Me temo que sí.
—Tenéis que marcharos —dice Gabe—. No quiero que os hagan daño.
—¿Quién va a hacernos daño, Gabe? —pregunta Elizabeth—. ¿Tú?
Gabe da media vuelta y vuelve a la camioneta.
Kit baja tranquilamente por la calle mayor de Hanalei.
Chon le ve desde el lanai del Bubba’s Burguers, baja a la calle de un salto y se acerca a él.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta.
—No.
Kit ni siquiera le mira. Cruza la puerta del Blue Dolphin y ve a Gabe sentado a una mesa, tomando una cerveza con los palala. Sortea a la gente, agarra a Gabe, le levanta por encima de su cabeza como si fuera una pluma, sale del bar y le arroja a la calle desde el lanai. Luego salta por encima de la barandilla, le agarra por la pechera, le arrastra hasta el río y le mete la cabeza debajo del agua.
Se agacha y dice:
—¿Has amenazado a mis padres, Gabe? ¿Has amenazado a papá y mamá?
Le saca la cabeza del agua. Gabe boquea ansiosamente. Kit vuelve a hundirle la cabeza.
Israel Kalana intenta apartarle, pero Kit le da un empellón con el brazo y Kalana retrocede tambaleándose.
—¡No te metas en esto! —grita Kit.
Kalana y los demás retroceden.
Kit sigue sujetando a Gabe hasta que ve que empiezan a temblarle las piernas y entonces le saca la cabeza del agua, le da la vuelta y tira de él para acercarle a su cara.
—Si vuelves a acercarte a mis padres, te mato. Te destrozo con mis propias manos. —Le suelta y mira a la Manada—. Y lo mismo os digo a vosotros —añade.
—Deberíamos dejarlo —dice Ben cuando vuelven a reunirse en la casa alquilada—. Al final, alguien acabará herido. Y no sé si este mercado vale la pena.
—Eso no es lo que importa —contesta Chon—. Si permitimos que nos echen de aquí, la gente dejará de respetarnos en todos los sitios donde vendemos. Nos quedaremos sin negocio. Hay que luchar.
—Esa es tu solución para todo.
—Igual que la tuya es huir.
—¿Tú qué opinas? —le pregunta Ben a O.
—Que no nos toca decidirlo a nosotros —contesta ella—. Es cosa de Tim, Kit y Elizabeth. Son ellos los que viven aquí, nosotros somos turistas.
—Tiene razón —dice Ben.
—Sí, tiene razón —contesta Chon.
¿Tengo razón?, piensa O.
¡Anda!
Quedan en el Dolphin, lo que es de por sí una declaración de intenciones.
A los pocos minutos, todo el pueblo se habrá enterado de que los Karsen no solo no van a prescindir de su alianza con los californianos, sino que se la van a restregar por la cara a Gabe cenando juntos en el mismo sitio donde Kit le dio un remojón al jefe de los Palala.
—Debería haberos advertido que Gabe tenía tratos con la Compañía —les dice Tim para empezar—. Os pido perdón.
—Bueno, ¿qué queréis hacer? —pregunta Ben—. Si queréis dejarlo, lo entendemos. Sin rencores. Nadie os lo va a reprochar.
Tim Kearney era un chorizo de tres al cuarto, un eterno perdedor, y lo sabe. Tres robos con fuerza, tres condenas, tres estancias en la cárcel. La última vez que estuvo en la trena, prefirió matar a un motero antes que unirse a la Hermandad Aria y habría cumplido cadena perpetua sin posibilidad de reducción de condena de no ser porque, casualmente, se parecía a Bobby Z.
Sí, era un desastre en toda regla hasta que la vida le trajo a Kit y a Elizabeth, y fue cuidar de ellos lo que le salvó. Luego recaló aquí, en Hanalei, trabajó de jornalero, de cocinero, de carpintero, trapicheó con pakalolo y construyó un hogar.
Una vida.
Una familia.
Kit, su hijo, es toda una leyenda.
Malia, su futura nuera, es una maravilla.
La vida les sonríe.
De modo que ¿para qué arriesgarlo todo enemistándose con la Compañía?
Tim tiene un problema, sin embargo, y es que no se toma bien las amenazas.
Si no, que se lo pregunten al motero aquel que le dijo que se uniera a la Hermandad Aria o si no… Tim eligió el «si no» y el motero no puede contarlo porque está muerto.
Así que cuando Ben le ofrece echarse atrás, Tim siente la tentación de decir que no.
Que no, ni hablar. No va a permitir que un macarra como Gabe le diga lo que tiene que hacer. Y menos aún que se lo diga la Compañía.
Pero mira a su familia y pregunta:
—¿Vosotros qué opináis?
Kit delega en Malia. Gabe es su primo, y además ella es la única nativa sentada a la mesa.
—Creo —dice ella— que no deberíais traficar con drogas. Ni con la Compañía, por supuesto, ni con… y, por favor, no os lo toméis a mal…, ni con Ben, Chon y O. Con vosotros, tampoco. No necesitamos ser ricos, necesitamos estar juntos, ser una familia. Y además… Íbamos a esperar para decíroslo, pero… Bueno, vamos a tener un bebé.
Ah.
—Tenéis diecisiete años —dice Elizabeth.
Sois unos críos, añade para sus adentros.
—Sí, no estaba previsto —contesta su hijo—. Fue un descuido por mi parte, pero creo que podemos arreglárnoslas. Sé que podemos.
Yo no estoy tan segura, piensa Elizabeth. Kit no deja de ser un chaval, un niño, aunque físicamente sea un hombre: tiene diecisiete años, pero aparenta veinticinco. Por otro lado, en las islas la gente suele tener hijos muy joven y, además, ya es cosa hecha, ¿no?
Así que Elizabeth abraza a Malia y dice:
—¡Qué alegría!
—Ahí tienes tu respuesta —le dice Tim a Ben.
—Lamento que os hayamos hecho perder el tiempo —añade Kit.
—No, han sido unas vacaciones estupendas —contesta Ben.
—¿Os imagináis el físico que va a tener ese niño? —pregunta O mientras vuelven andando a casa.
Nadie contesta.
—Va a ser espectacular —añade.
—¿Estás bien? —le pregunta Ben a Chon.
—Sí, claro.
—Pero te preocupa nuestra reputación.
Chon se encoge de hombros.
—Supongo que podremos soportarlo.
—¿Y no te importa que no nos tomemos la revancha?
—No en todo hay que tomársela —responde Chon.
—Enséñame tu documentación —dice Ben—. ¿Quién eres y qué has hecho con Chon?
—Puede que haya evolucionado.
—Es por el Spam —añade O.
Gabe saca una lata de gasolina de la trasera de la camioneta.
Los otros miembros de la Manada hacen lo mismo y se acercan a la casa del árbol.
Gabe no quería hacerlo, pero luego se enteró de que Kit había estado cenando con los haoles en el Dolphin, por si no se había revolcado en la mierda ya del todo.
Tú me has obligado, se dice mientras sube por la escalerilla.
No me has dejado elección.
Desenrosca el tapón de la lata y vierte la gasolina por la casa.
Kit ve las llamas.
Un incendio en el cielo.
Al principio no sabe qué está viendo: no lo entiende, es como si alguien hubiera encendido una antorcha enorme en una atalaya.
Luego se da cuenta de lo que ocurre.
—¡NO!
Enciende el motor y sube a toda velocidad por la carretera. Salta de la camioneta cuando aún está entrando en el camino, agarra una manguera del taller, abre el grifo y corre hacia el árbol en llamas.
El fuego se ha apoderado de los dos niveles superiores de la casa.
—¡Kit, no puedes hacer nada! —le grita su padre.
Pero Kit no le escucha. Tira de la manguera y apunta el chorro hacia el árbol.
No sirve de nada.
Suelta la manguera y empieza a subir por la escalerilla.
Tim tira de él.
—¡No, hijo! ¡No hay nada que hacer!
Kit se zafa de él y sube por el árbol en llamas, hasta el primer nivel. Empieza a tirar abajo los muebles, arranca los electrodomésticos de las paredes, los tablones del suelo, todo lo que consigue alcanzar entre las llamas y arrancar con las manos.
Tim sube también.
Le ayuda a arrancar la pila y a tirarla abajo.
Aunque cada vez hay más llamas, Kit sube al segundo nivel.
—¡Tenemos que irnos! —grita su padre.
—¡NO! —Kit intenta arrancar de la pared la vidriera de Malia.
—¡Vamos!
—¡Tengo que arrancar esto!
Tim agarra el otro lado del marco y entre los dos desprenden la ventana.
—¡Llévatelo abajo! —grita Kit—. ¡Yo voy a subir!
—¡Vale!
Tim sujeta la ventana debajo del brazo y asesta a Kit una patada en la espalda. Su hijo se cae de la plataforma, aterriza a cuatro patas y al levantar la vista ve que su padre baja por la escalerilla e intenta subir otra vez. Tim le sujeta.
—Ahora tienes un hijo en el que pensar. La casa puedes reconstruirla.
Kit vuelve a coger la manguera y dirige el chorro hacia el árbol, pero no sirve de nada contra el fuego cebado con gasolina.
Por fin se da por vencido, suelta la manguera y contempla cómo su amado hogar arde, se derrumba y cae al suelo.
Malia le abraza.
—Tranquilo, tranquilo.
Es la primera vez que le ve llorar.
Cae la lluvia sobre cenizas de las que ya no brotará nada.
Hay un hedor mareante, los vapores de la gasolina persisten aún en el aire, el olor acre irrita las fosas nasales.
Mientras contempla los restos del incendio bajo la lluvia, junto a Ben y Chon, O siente —no puede evitarlo— que ellos han provocado esta desgracia.
Que han destruido el paraíso.
El de la aseguradora llega esa misma mañana.
Se baja de su todoterreno y se acerca a Tim.
—Jack Wade, de Seguros de Vida e Incendios Hawái.
Lleva una tabla de surf sujeta a la baca del coche.
—Lo siento mucho —añade y, cuando se acercan a los restos del incendio, pregunta—: ¿Cómo empezó el fuego?
Tim mira a Kit. El chico se encoge de hombros.
—No lo sabemos —dice.
Wade se acerca al tronco quemado y dice:
—Voy a hacer algunas pruebas, pero puedo decirle ya que fue provocado.
—Nosotros no lo provocamos —dice Tim.
—Se huele la gasolina desde aquí —agrega Wade.
—Nosotros no le prendimos fuego —declara Kit.
—¿Saben quién ha podido ser?
No contestan.
Wade hace su inspección, tomando varias muestras de ceniza de distintas partes del árbol.
Cuando baja, se acerca a Tim y le dice:
—Miren, parecen ustedes buena gente y no quiero meterles en líos, pero este es el caso más claro de incendio intencionado que he visto. Tengo que hacer una investigación para determinar si fueron ustedes quienes lo provocaron. Y, si es así, el seguro no cubre las pérdidas.
—O sea, que no van a pagar —dice Elizabeth.
—Me gustaría pagarles la indemnización, de veras que sí. Pero no puedo hasta que concluya la investigación y pueda determinar que no provocaron ustedes el incendio para cobrar el seguro.
—Somos culpables hasta que se demuestre lo contrario —comenta Tim.
—No, en absoluto —dice Wade—. A menos que podamos demostrar que tenían ustedes motivos y que dispusieron de medios y oportunidad para provocar el incendio, pueden estar seguros de que les pagaremos la indemnización. Confío en que así sea, de verdad. Si pueden decirme si hay terceras personas que puedan tener motivos para…
—No, que yo sepa —se apresura a contestar Kit.
Antes de marcharse, Wade les dice que los llamará para fijar el día de la declaración jurada y les sugiere que contraten los servicios de un abogado.
Tim mira a Kit.
—No pienso delatar a Gabe —dice Kit—. Sigue siendo mi hermano.
—Tu hermano te ha quemado la casa —replica su padre.
—Nosotros pagamos la reconstrucción —dice Ben.
—No hay nada que reconstruir —contesta Kit—. El árbol está tan dañado que no puede sostener nada. Es probable que se muera.
—Lo siento muchísimo —dice O.
—No es culpa vuestra —responde Kit, pero O no está segura de que lo diga sinceramente.
Tim dice que tiene algo que hacer.
Le pone la navaja en el cuello a Gabe.
Gabe no le ha visto, ni siquiera le ha oído acercarse. Se ha bajado de la camioneta para hacer surf y se ha encontrado con una navaja al cuello.
—Dame una razón para no matarte, Gabe —dice Tim Karsen.
—Tú no eres así, tío.
—¿Crees que sería la primera vez que mato a una persona? Pues te equivocas. Si no te corto el cuello de una puta vez es porque no quiero que le pase nada a mi familia. Tim y Malia van a tener un hijo. ¿Lo sabías?
—No.
—Esa iba a ser su casa. Y tú la has quemado. Sin motivo, además. Íbamos a decirte que dejamos el negocio. Le has roto a mi hijo el corazón por nada. —Tim afloja la presión de la navaja—. Díselo a la Compañía. Diles que se acabó. Pau. No vamos a buscar venganza, solo queremos vivir tranquilos.
Le aparta el cuchillo del cuello.
—Demasiado tarde —dice Gabe.
—Ahora lo quieren todo —dice Tim cuando vuelve a casa—. Exigen que les vendamos las tierras para montar una plantación.
—Es lo que siempre he dicho —contesta Chon—. Das un paso atrás y se te echan encima. Porque les das a entender que pueden.
Hay que hacerles ver que no.
Kit quiere ir con él.
Chon declina su ofrecimiento.
—¿Por qué? —pregunta el chico—. Soy más grande, más fuerte y más rápido que tú. Y conozco la zona mucho mejor.
—Todo eso es verdad —contesta Chon—. Tú entrenas para hacer surf y nadar, pero yo me gano la vida con esto. Me entreno todos los días para estas cosas.
—¿Para matar gente? —pregunta Kit.
—O para herirla o capturarla.
—¿Y cuál de esas cosas vas a hacer esta vez?
Chon se encoge de hombros.
—Eso depende.
—O te acompaño o voy yo por mi cuenta —declara Kit.
Chon no sabe qué responder a eso.
Israel Kalana no habría tenido ningún problema si no hubiera tenido que hacer pis, pero le entraron ganas y tuvo que salir a mear fuera, porque su hermano Palestine, que intentaba poner fin a un episodio de estreñimiento, tenía el baño ocupado.
El caso es que está aliviándose frente al seto de casuarina cuando le dan un golpe en la nuca y, al despertar, se encuentra en la trasera de la camioneta de Kit, con las manos sujetas a la espalda con una brida de plástico, los pies atados con cuerda y un trapo metido en la boca.
El error de Palestine, en cambio, fue salir a ver por qué tardaba tanto Israel. Cruzó el césped hasta el borde de la acera y vio el brillo de un cigarrillo calle arriba, a la izquierda. Es lo último que recuerda haber visto hasta que despierta junto a Israel, atado y amordazado también él, en la camioneta de Kit.
¿Dónde se han metido todos?, se pregunta Kai, y saca su Glock 9 y sale a ver.
Chon le encañona con la pistola a la altura del cuello.
—Puedo volarte la cabeza, literalmente —dice.
Kai suelta el arma.
—Condúceme hasta tu líder —ordena Chon.
Toda la vida ha querido decir esa frase.
Bueno, la verdad es que la dijo varias veces en Irak, pero allí, claro, nadie pilló el chiste.
Gabe está en su casa, en el extremo sur de la bahía, junto a Weke Road, fumándose un porro estupendo y viendo Corrupción en Miami en su tele de 64 pulgadas, cuando recibe una llamada de Israel.
—Tengo que hablar contigo.
—¿Ya has encontrado al tal Chon?
—Sí —contesta Israel.
Y es verdad.
—¿Dónde estás? —pregunta Gabe.
—Enfrente de tu casa.
—Vale.
Gabe se huele algo y cuelga. Israel estaba raro, parecía nervioso.
Se acerca a la ventana, se coloca a un lado y retira un poco la cortina.
Ve el Jeep frente a la casa y a Kai encajado detrás del volante. Debería echarse un poquito para atrás, piensa Gabe y, todavía receloso —la línea que separa la prudencia de la sospecha es muy fina— coge la Glock que tiene en la mesa y sale por la puerta de atrás. Pegado a la pared, rodea la casa hasta el borde del lanai y ve a Chon junto a la puerta delantera, con la pistola sujeta a la espalda.
Gabe es corpulento, pero ligero de pies.
Se acerca a Chon por detrás y le clava la pistola en la espalda.
—Sorpresa, sorpresa, hijoputa. Ha llegado tu hora.
Kit se acerca y blande el mango del hacha como si se dispusiera a batear una bola.
Gabe se desploma como si le hubieran dado, en fin, un hachazo.
—¿Creías que estabas tratando con niños? ¿Que esto era un juego? —pregunta Chon.
Gabe está atado a una silla con cinta americana.
La tele sigue puesta.
—Mis hombres irán a por ti —dice.
—No creo —contesta Chon—. Uno de ellos está atado a un volante y otros en la parte de atrás de una camioneta.
—Vale, ¿de qué quieres que hablemos? —pregunta Gabe.
Chon está impresionado. Ha visto a talibanes y a gente de Al Qaeda que a esas alturas ya se han derrumbado y se han echado a llorar.
(Normalmente, escuchando a Peter, Paul y Mary o a Kenny G).
—Lo que quiero que comprendas es lo fácil que ha sido esto. Te das cuenta, ¿verdad? —dice—. Puedo hacerlo cuando se me antoje. Es a lo que me dedico. Pero si tengo que volver a hacerlo, la próxima vez te mato.
—¿Y?
—No aceptasteis la propuesta de paz la primera vez que se os hizo —continúa Chon—. Y lo entiendo: creíais que éramos débiles. Pero ahora estáis mejor informados y podéis tomar una decisión sensata. Aceptad la oferta. No me obliguéis a volver a hacer esto.
—Verás, hay una pega, hermano —contesta Gabe—. ¿Crees que puedo decirle a la Compañía que me has dado una paliza y ya está?
Chon lo entiende.
—¿Tenemos que mandar un mensaje a tus jefes? —pregunta—. Es una lástima, pero creo que puede arreglarse.
Gabe y sus tres colegas están tumbados en la parte de atrás de la camioneta de Kit, atados y amordazados.
Chon levanta una lata de gasolina.
—Os gusta jugar con cerillas, ¿verdad, chicos?
Los rocía con gasolina.
A Palestine se le suelta la tripa por fin.
Red Eddie mira la foto y menea la cabeza.
Cuatro mokes tendidos en la trasera de una camioneta, con la boca tapada con cinta americana. Un gran cartel colocado encima de Gabe, a la altura del cuello, dice:
Deliciosos. No manden más.
P. D.: La próxima vez, se los devolvemos hechos poké.
O sea, se dice Eddie, que un exboina verde atrapa a cuatro de mis hombres, los rocía con gasolina y no prende la cerilla. Los tiene a su merced y les perdona la vida.
En lugar de mandarme una foto de cuatro cadáveres calcinados, me manda un chiste.
Con un aviso: No manden más.
Y una propuesta de paz: si dejáis en paz a los Karsen, nosotros os dejamos en paz a vosotros y nos marchamos de las islas.
Ojalá pudiera aceptar, se dice.
Sería lo más sensato.
Lo habría sido, señor Chon (vaya nombrecito, por cierto), si no me hubiera humillado usted de esa manera. Un ali’i —un jefe—, puede permitirse perder hombres y hasta dinero, pero no puede permitirse perder su reputación.
Antes que salvar el pellejo, hay que salvar la cara, concluye Eddie.
Y esta jugarreta suya (por cómica que sea) ha dañado mi imagen.
Tengo que devolver el golpe.
Llama al número de teléfono que lleva adjunto el mensaje.
—Muy gracioso, tío —dice.
—¿Qué respondes, entonces?
—Que deberías haber arrojado la cerilla —contesta Eddie.
—No podemos enfrentarnos a toda la Compañía —dice Tim.
—Yo sí puedo —contesta Chon.
Va en coche hasta el otro lado de la isla —la «parte seca»—, hasta el pueblecito de Waimea, donde vive un antiguo compañero del ejército.
Danny Doc McDonald, que antes era médico, eligió Waimea porque está en medio de la nada y allí podía permitirse comprar una casita cerca de la playa, el tiempo es cálido y soleado y nadie se desangra por las calles.
Se alegra de ver a Chon. No se veían desde que eran hermanos de armas en la provincia de Helmand.
—Necesito tu ayuda —dice Chon.
—Cuenta conmigo para lo que sea.
Tras rechazar, agradecido, el ofrecimiento de Doc de ir a luchar con él, Chon se marcha con dos pistolas HK 23 So Com, una escopeta Remington del calibre 12, un fusil de asalto M14 EBR, dos granadas, unas cuantas bengalas, un cable trampa, varias minas antipersona M-18 y un botiquín de primeros auxilios completo, que ha aceptado amablemente.
Todo le viene bien.
Calcula que Eddie va a mandar un ejército.
Gabe espera el avión en el aeropuerto de Lihue.
Eddie le ha mandado refuerzos: más de una docena de sicarios de Honololú, expertos en armas de fuego, armas blancas y artes marciales, para que se encarguen de quitar de en medio a ese haole de Chon.
Gabe los saluda jovialmente, pero a cambio solo recibe unos gruñidos condescendientes. Estos chicos de Waianae se creen que él es un paleto que no sabe llevar su negocio.
—Recordad que aquí mando yo —les dice para sacarlos de su error.
Sí, vale.
—No quiero que Kit salga herido.
Muy bien, lo que tú digas.
Chon les dice que se vayan todos a California.
Él no se va.
Él va a quedarse a luchar.
Tim contesta que se queda con él.
—Serías un estorbo —le dice Chon.
—Fui marine en mis tiempos.
—Pues me alegro por ti.
—Esta es mi casa, son mis tierras —replica Tim—. Aquí tengo mi vida. No voy a huir y a dejar que otro la defienda.
—Lo mismo digo —añade Kit.
—No —le dice su padre—. Tú no te vas a arriesgar a dejar a tu hijo sin padre.
—No pienso irme corriendo —insiste el chico.
—Pues no corras, camina —contesta Elizabeth.
Kit la mira.
—Pero ¿qué nos creemos que es esto? —pregunta ella—. ¿Una película mala del Oeste cargada de moralina sobre lo que significa la hombría? Déjame que te diga lo que es la hombría, hijo. Es cuidar de tu familia. Y si para eso tienes que marcharte, andando, corriendo o arrastrándote, pues te marchas. Yo te crie para ser un hombre, y eso es lo que espero que hagas.
—Si me permitís —dice Ben juiciosamente, como siempre—, puede haber una solución intermedia. Ni siquiera la Compañía va a arriesgarse a que haya un tiroteo en medio del pueblo —añade—. Kit, tú puedes irte con Malia, con tu madre y con O a la casa alquilada. Así estaréis mucho más cerca del aeropuerto, si mañana tenéis que marcharos.
—¿Y tú qué vas a hacer? —pregunta Kit.
—Aprender a manejar un arma, supongo.
—Necesito que te vayas con ellos, Ben —dice Chon—. Puede que haya que tomar decisiones difíciles y eso es lo que se te da mejor: pensar. Tú haz lo que se te da bien y deja que yo haga lo mío.
—¿Qué, exactamente? ¿Resistir hasta la muerte como un héroe?
—No soy un héroe, y confío en que no sea hasta la muerte —contesta Chon, y le pasa una pistola—. Es como usar un ratón de ordenador: apuntas y haces clic.
Después de que se marchen los demás, Tim pregunta:
—¿Cómo piensas defender este sitio?
Chon le mira como si estuviera loco.
—De ninguna manera —dice.
Los siete sicarios de Waianae, demasiado listos para llegar en coche y arriesgarse a que los reciban con una andanada de disparos, dejan sus dos Ford Explorer de alquiler a cien metros de la casa de los Karsen y se acercan a pie. Con sus AR-15 apoyados en el hombro, se despliegan y avanzan lentamente.
A veinte metros de la casa, el jefe les indica que se paren y se agachen.
Ha estado dos veces en Irak y es cauteloso.
Echa un vistazo al taller, aguza el oído.
No oye nada.
Como no quiere meterse en una emboscada, indica a dos de sus hombres que rodeen el taller por detrás y comprueben que no hay peligro.
Dos minutos después, le hacen señas de que todo está despejado.
El jefe hace avanzar a sus hombres diez metros más, hacia la casa. Si los Karsen fueran a disparar, ya lo habrían hecho. Cubierto por el resto de su equipo, se acerca corriendo a un lado de la puerta, espera un segundo y abre de una patada.
Nada.
Registran la casa.
No hay nadie.
El jefe sale.
A Eddie no va a hacerle ninguna gracia que le llame y le diga que hemos llegado tarde y que se nos han escapado, piensa.
Entonces, uno de los hombres a los que ha mandado al taller se acerca y le señala algo. Alumbra el barro con una linterna: hay huellas frescas de neumáticos que se adentran en el monte.
Los sicarios vuelven a sus vehículos y siguen el rastro.
Mientras conduce hacia la casa alquilada de Weke Road, Kit ve un vehículo lleno de hawaianos a los que no conoce.
Y él conoce a todos los hawaianos de Hanalei.
Sabe quién es de allí y quién no.
Y esos tipos no son de allí.
Son mokes, todos ellos, tienen el aire típico de los matones de Waianae y su Toyota Highlander de alquiler circula despacio, parsimoniosamente, como si sus ocupantes estuvieran buscando algo.
A nosotros, quizá, se dice Kit.
Pero el Highlander pasa de largo junto a la casa, sin ni siquiera frenar.
Kit hace lo mismo.
—Kit… —dice Elizabeth.
—Sí, ya.
Sigue a distancia prudencial al Highlander y se detiene al ver que el todoterreno gira bruscamente a la derecha para no meterse en el aparcamiento de la playa de Black Pot, continúa por Weke Road y, torciendo a la izquierda, toma el caminito de tierra que lleva al varadero que hay junto al río.
—Quedaos aquí —dice.
Sale del coche y ve que el Highlander ha aparcado en el varadero. Se apean cuatro hombres que se acercan a una zódiac de seis metros de eslora —de las que se usan para llevar a los turistas a bucear—, amarrada junto a la cala.
¿Qué irán a hacer con eso?
Ve salir a Gabe del todoterreno.
Qué pena, piensa mientras vuelve al coche.
—Llévalas a la casa y esperad allí —le dice a Ben.
—¿Qué vas a hacer?
Cuidar de mi familia, responde Kit para sus adentros.
—Haz lo que te digo, por favor.
—Kit, ¿qué…? —dice Malia.
—No voy a hacer ninguna tontería —la interrumpe él—. Voy a salir al mar, donde nadie puede tocarme.
Voy a quitar de en medio a esos tipos, se dice, pero no a matarlos.
De eso se encargará el océano.
Remonta el río desde el varadero hasta un recodo donde sabe que Ty Menehe aparca su moto acuática. Se siente un poco culpable por llevársela, pero Ty le tiene dicho que la coja cuando quiera, y ahora le hace falta.
Monta en la moto —una Sea Doo RXP-X 2555—, la arranca y baja por el río hasta el varadero. No intenta ocultarse, va derecho hacia la luz de la luna que se refleja en el río.
Mira a un lado y ve que Gabe le ha visto desde la orilla.
Acelera, como asustado y sorprendido, y vuela hacia la desembocadura.
Confiando en que le sigan.
Tendido entre los árboles, al borde del claro, Chon ve acercarse los faros de los coches. Avanzan despacio por el camino estrecho y tortuoso, lleno de baches y barro resbaladizo.
Es su primer error, y espera que cometan muchos. Deberían haberse acercado a pie, agazapados.
La pereza, se dice, siempre recibe su castigo.
Confía en que Tim, al otro lado del claro, también lo vea. Confía en que esté preparado cuando esto estalle. Estuvo en los Marines y, bromas aparte, eso cuenta, pero sus habilidades militares llevan dos guerras de retraso, y eso tampoco es ninguna broma. Chon espera que tenga paciencia y no se ponga a disparar hasta que tengan a sus presas en el saco.
Kit mira atrás y ve que la zódiac se le acerca a toda velocidad.
Con los cuatro mokes y Gabe a bordo.
Bien, se dice al precipitarse hacia el oleaje de la bahía y atravesar la rompiente más cercana a la playa. No vira hacia su casa, sino que sigue derecho hacia mar abierto.
Hacia la rompiente conocida como Kings and Queens.
Tim ve los faros.
Hace mucho tiempo que no tiende una emboscada.
Pero es como montar en bici.
Kit oye el silbido de las balas junto a su cabeza y, a continuación, el petardeo de un fusil automático.
Da miedo, pero no tanto.
No sabe mucho de armas, pero no cree que sea fácil acertarle a alguien desde una barca que avanza velozmente entre el oleaje.
Aun así, acelera.
Tiene que llegar a Kings and Queens antes de que los mokes le den alcance.
Y se acercan a toda prisa.
A tres metros del claro, el morro del primer coche choca con el cable trampa.
Estalla la mina.
Chon ve el fogonazo antes de oír el estruendo de la explosión y los gritos.
El Explorer se levanta en el aire y cae de lado.
El conductor abre la puerta y se tira de cabeza al suelo.
El tipo que va en el asiento del copiloto no puede moverse. Se sujeta con la mano izquierda el brazo derecho tratando de mantenerlo unido al hombro. Los dos ocupantes del asiento trasero, heridos por la metralla y deslumbrados por el fogonazo, salen a trompicones.
Chon localiza a uno de ellos: una figura verde en su mira nocturna.
«Tirar a matar», suele decirse, pero él no tira a matar, tira a herir, no por motivos humanitarios —eso se la suda—, sino porque, cuando el enemigo te supera en número, herirlo puede ser más eficaz que acabar con él, porque al menos uno de sus compañeros tendrá que socorrer al herido, y así te cargas a dos de un plumazo.
Alcanza en la cadera al hawaiano, que antes de caer se gira, impulsado por la fuerza del impacto. Efectivamente, su compañero se inclina, le agarra y tira de él para ponerle a cubierto.
O eso intenta.
Porque el siguiente disparo de Chon le da en la pierna.
Ya hay tres heridos.
Chon deja de disparar.
Ojalá Tim no dispare aún.
Gabe adivina lo que intenta Kit.
Quiere llevarlos a la rompiente de Kings and Queens, donde hay olas enormes. Conducirlos a ese moridero donde solo los mejores surfistas pueden sobrevivir.
Yo soy de los mejores, se dice.
Estos mokes de Waianae, no.
Y hasta a mí me costaría salir de ahí sin mi tabla, solo en el agua, sin chaleco salvavidas ni un hermano o una moto que venga a sacarme.
—¡Hay que volver! —grita.
El jefe de los de Waianae se gira y le apunta con la pistola.
—¡Seguimos!
—¡Nos mataremos! —grita Gabe.
El jefe del grupo de sicarios es un hijo de su madre con la sangre muy fría.
Tan fría, que va a dejar que los heridos se las apañen como puedan. Le quedan cuatro hombres y piensa luchar.
Así que jódete, Chon.
No es la primera vez que se ve en una situación así: ya vivió una emboscada nocturna, en Ramala.
Se queda tumbado en el suelo y localiza el lugar exacto de donde proceden los disparos.
Que te den, Chon.
Ordena desplegarse a sus hombres a intervalos de diez metros y avanzan arrastrándose por el claro.
Luego apunta cuidadosamente, con la mira puesta, y aprieta el gatillo.
Oye gritar de dolor al tal Chon.
Incluso a la luz de la luna, Kit oye la rompiente antes de verla.
Las olas enormes —las «machacatruenos»— retumban como cañones al romper en el arrecife.
BUM.
Chon se ha desplazado rodando metro y medio después de su último disparo.
Sabe por experiencia que es preferible que te disparen donde estabas antes, no donde estás ahora.
La bala, sin embargo, pasa muy cerca y él grita como si le hubiera dado.
Se aleja a rastras, moviéndose a un lado del claro para flanquear a los sicarios de Waianae.
Ahora le toca a Tim.
Kit lamenta que sea Gabe quien pilota la zódiac.
El hawaiano se desenvuelve en el agua como un pez y eso les da cierta ventaja.
Kit mira adelante y ve a la luz de la luna una ola, la primera de un grupo que viene derecho hacia él. Es gigantesca, pero aun así es la hermana menor de las que la seguirán.
Enfila hacia ella, dispuesto a subir por la pared de nueve metros y a bajar por el otro lado.
Si no lo consigue, si la moto no remonta la cresta antes de que rompa, la ola le hará volcar y acto seguido le aplastará.
El jefe espera.
Nadie dispara desde el otro lado.
Se levanta despacio, hace señas a sus hombres de que le sigan y empiezan a cruzar el claro para recoger el cadáver de Chon o asestarle el tiro de gracia.
Se siente a salvo.
Es noche cerrada.
Y de pronto todo se ilumina.
Kit baja por la espalda de la ola, vuelve rápidamente la cabeza y ve que la zódiac se tambalea en la cresta y luego se desliza por la pendiente, ola abajo.
Gabe es un as.
Pero Kit no puede seguir mirando.
La segunda ola empieza a alzarse delante de él.
Un monte aún más alto que el anterior.
Chon dispara la bengala.
El claro parece de golpe un campo de béisbol iluminado para un partido nocturno.
Tim no puede fallar.
Es como montar en bicicleta.
El tipo más cercano a él se desploma, y el que está a su lado cae a continuación. Como patitos en una caseta de tiro al blanco. El tercero cae al suelo antes de que a Tim le dé tiempo a disparar de nuevo.
La noche se vuelve negra otra vez.
Kit sube y sube.
Parece que la subida no va a acabar nunca.
Mira hacia arriba y ve el labio de la ola, la espuma que se agita y que sisea como la mecha de una bomba antes de estallar.
Eso espera Kit: que estalle.
Si consigue superar la cresta en el momento justo, la ola romperá sobre la zódiac y la hundirá.
Un momento después está en el aire, sobre la ola.
Dos tiradores, se dice el jefe.
¿Quién iba a imaginarlo?
(«Lo que no sabes puede hacerte daño»).
A la mierda con Eddie, piensa. Si tanto le interesa este tío, que venga él a buscarlo.
Es hora de retirarse.
—¿Podéis moveros, chicos? —pregunta en voz baja.
Al oír que sus hombres contestan afirmativamente, se agazapa, recoge a sus heridos y retrocede, creyendo que se aleja de los francotiradores.
Pero se mete de lleno en la línea de fuego de Chon, que ha vuelto a moverse para cortarles la retirada.
La maniobra tiene un nombre: «emboscada de puerta batiente», la llaman.
Chon abre fuego.
Cierra la puerta.
Kit se inclina hacia delante al bajar por el dorso de la ola.
Está a punto de caerse.
Se incorpora, se agarra fuerte, mira atrás y ve…
Que Gabe lo ha conseguido.
La zódiac se desliza sin control ola abajo, está a punto de volcar, pero Gabe consigue enderezarla.
Solo queda una ola más, se dice Kit. Si la próxima no los tumba, puedo darme por muerto. Me cogerán al salir de la rompiente, en aguas tranquilas.
Encara la ola siguiente.
La hermana mayor.
El jefe sabe que la ha cagado.
Si no puedes ir hacia delante ni hacia un lado ni hacia atrás, lo llevas crudo, estás jodido.
Solo te queda una salida.
Fuego a discreción.
—¡Disparad! —grita.
No importa cómo estén: heridos, jodidos o asustados, van a volver a abrir la puerta a tiros.
La noche se ilumina con el relumbrar de los disparos.
Chon se pega al suelo lleno de barro.
Las balas pasan silbando sobre su cabeza, levantan la tierra a su alrededor.
Está atrapado, no puede moverse.
La has cagado, se dice. Creías que iban a quedarse paralizados o que intentarían salir por un lado o por detrás, y han tomado la ofensiva parapetándose en su potencia de fuego.
No puedes escapar ni quedarte.
Estás jodido.
Van a imponerse y a matarte.
La única pregunta es a cuántos vas a poder matar tú primero.
Desde la cresta de la ola, Kit ve las luces de toda la bahía.
Y la zódiac en la base, allá abajo.
Gabe sigue adelante.
No tiene elección. Está en la zona de impacto y, si la ola le cae encima, está perdido.
Y si no —se dice Kit mientras se desliza por la espalda de la ola— el que está perdido soy yo.
Como bien saben los niños, en la oscuridad todo da más miedo.
El sonido se amplifica, el espacio se distorsiona, la imaginación convierte en monstruos lo que el ojo no ve.
Las emboscadas nocturnas son las peores.
Los gritos de ira, los lamentos de los heridos, el silbido de las balas, el estruendo y el retumbar de las explosiones. El enemigo parece estar más cerca de lo que está, luego más lejos y, a continuación, más cerca que antes.
Los monstruos son de verdad.
Los enemigos, las balas, la metralla, la sangre, el dolor y la muerte son reales.
Cualquiera que haya vivido una emboscada nocturna, en un bando o en otro, sabe lo que es el verdadero caos.
Son conceptos que siempre han ido de la mano.
En la mitología griega, primero fueron el caos, la oscuridad y el averno.
Los griegos lo sabían muy bien: eso es una emboscada nocturna.
Y sin embargo…
Si ya has pasado por una…
Si tuviste la suerte o la pericia necesaria para sobrevivir…
Quizá hayas aprendido algo.
Quizá puedas conservar la calma lo suficiente para reconocer algún orden entre tanta confusión.
Quizá hayas aprendido a interpretar los fogonazos de las armas —manchas de luz en la oscuridad— y a distinguir pautas de movimiento.
Puede que tu sentido del oído —la salvación de los ciegos— se haya afinado y te permita intuir qué está sucediendo a tu alrededor.
Tim Karsen (o Kearney) es uno de esos supervivientes.
Oye el tiroteo a su izquierda.
Ve que el centelleo constante de las armas de los sicarios se dirige siempre hacia el mismo lado, ve el resplandor intermitente del rifle de Chon.
Sabe lo que está pasando.
Lo que va a pasar.
Lo que no puede permitir que pase.
Si está en su mano.
No puede disparar, por miedo a dar a Chon.
Así que se levanta, sale de los árboles y carga, gritando como un loco furioso.
Para atraer sobre sí el fuego.
Para permitir que Chon escape.
Kit se vuelve y mira atrás.
Gabe y la zódiac bajan por la espalda de la ola.
Lo han conseguido, se dice Kit. Lo han conseguido y van a matarme, y puede que luego vuelvan y maten a los demás.
Comienza a dar media vuelta.
Una última maniobra desesperada.
Estrellar la moto contra la zódiac a toda velocidad y hacerla volcar.
Y que nos ahoguemos todos.
¿Qué cojones…?, piensa el jefe al oír los gritos.
Se da la vuelta pero no ve nada en la oscuridad, solo oye que alguien corre hacia él chillando como un demonio, y dispara hacia los gritos.
Tim sigue adelante.
Solo piensa en una cosa.
En acortar la distancia.
Para lanzar las granadas.
Kit la ve entonces.
Una cuarta ola.
Parece imposible, pero allí está.
Una ola solitaria.
Un titán entre titanes.
Si la anterior era la hermana mayor, esta es el padre, el abuelo, el antepasado remoto, Dios.
Doce metros de altura.
Se cierne sobre ellos como el juicio final.
Se precipita hacia ellos con intención homicida.
Una de esas olas a las que no se sobrevive.
Chillando, rebosante de adrenalina, Tim lanza las granadas.
Los estallidos hacen la noche añicos.
Tim se lanza de bruces al suelo, tan fuera de sí que no se da cuenta de que le han dado y está sangrando.
Es una pesadilla
que tienen los surfistas
y los niños
e inexplicablemente también
algunos adultos que nunca han estado en el mar.
Soñar que estás en un valle profundo, bajo una ola, junto a una muralla de agua gigantesca —imparable, despiadada, omnipotente, cruel— que se cierne sobre ti y crece hasta tapar el cielo, hasta que solo se ve el agua y la muerte inminente y nada más.
Los que tienen suerte despiertan, temblorosos y aterrados, pero vivos.
Los que no la tienen están en el agua cuando la ola rompe sobre ellos.
Esos ya no despiertan.
El jefe no oye y apenas ve.
El fogonazo de la granada le ha dejado casi ciego; le pitan los oídos, la cabeza le da vueltas, sangra, herido de metralla.
Pero es fuerte.
Reúne a sus hombres, también heridos, y medio a rastras, medio a cuestas o a empellones, consigue volver al vehículo. Levanta a sus hombres, los hace subir, se sienta detrás del volante y empieza a bajar por el camino.
Chon oye estallar las granadas.
Avanza por un flanco del camino hacia el ruido, consciente de que ha sido Tim, no puede haber sido nadie más que él.
Sabe que avanzar significa que seguramente le verá el enemigo, pero no piensa dejar allí a su compañero.
O su cadáver.
Va en busca de Tim. Pero primero se para a recoger una cosa.
Gabe levanta la vista.
Ve la ola.
Solo la ola, nada más.
Nada más que agua.
Le dice a Dios que lo siente y le pide perdón.
Oye chillar a los otros. (No gritar, sino chillar).
La ola cae sobre ellos y entonces…
Entonces llega la nada.
La nada, nada más.
Kit se sume en la oscuridad.
Se hunde en la fría negrura.
Cae dando volteretas.
Lucha por mantener los brazos pegados al cuerpo para que la ola no le descoyunte los hombros.
Intenta contener la respiración.
Se ha entrenado para esto.
Desde que era un niño.
Pero no hay nada que pueda prepararte para esto.
La ola le empuja hacia abajo, le impide subir.
El segundo vehículo se lleva por delante el segundo cable trampa.
(Qué cosa tan bella, la sincronía).
El jefe oye un silencio momentáneo y luego un clic.
Y después…
Nada.
Chon encuentra a Tim.
Tendido en la hierba.
Desangrándose por las piernas.
Chon coge el apósito que lleva en el cinto.
Se lo aplica a la herida, presiona y dice:
—No te me mueras, no me hagas esa putada.
Dicen que lo que no sabes no puede hacerte daño.
Ben, que se enorgullece de su conocimiento, ignora que
no había un solo escuadrón de la muerte
ni dos
sino tres.
(Eddie no se anda con tonterías).
Lo que no sabes…
Pero de eso ya hemos hablado.
Son tres y ya están de los nervios.
No han hablado con los otros dos equipos, pero Eddie les dio instrucciones estrictas de no comunicarse.
—¿Sabéis lo que son los registros telefónicos? —preguntó—. Pruebas.
Solo quiere que le llamen para decirle: «Ya está hecho».
De modo que, aunque el nombre de Hani significa «felicidad» en hawaiano, el sicario no está muy contento en esos momentos. Está estresado porque solo puede confiar en que los otros dos equipos hayan hecho su trabajo.
Eddie les ha ordenado que se atengan al plan.
Ateneos al plan, nada más.
Pero ¿qué mierda de plan es este?, se pregunta Hani mientras camina hacia la casa. Ni siquiera sabemos quién hay ahí dentro. Puede que la casa esté vacía o que haya una persona o siete, y uno de ellos podría ser un tal Chon que dicen que es una máquina de matar. Y otro K2, que no se va a rendir fácilmente.
Eddie también les ha dado instrucciones al respecto.
(Tiene instrucciones para todo).
No hagáis daño a K2 si podéis evitarlo. Que ningún hawaiano salga herido —y menos aún la prima de Gabe—, si podéis evitarlo.
En cuanto a los haoles, los del continente. Llevadlos al mar y tiradlos a los tiburones.
A una manzana de la casa, Hani y sus dos compañeros se ponen la capucha que les cubre la cara.
O está en la cocina cuando se rompe el cristal de la puerta de atrás y una mano enguantada atraviesa la ventana y abre la puerta.
Un instante después se halla cara a cara (por así decirlo) con un encapuchado que la encañona con una pistola.
Detrás entran otros dos hombres.
Entonces aparece Ben tras ella.
Sosteniendo una pistola.
—Somos tres contra uno, capullo —dice Hani—. ¿Cómo solucionamos esto?
Ben no lo sabe.
Hani se da cuenta enseguida de que no es el tal Chon. Se acerca a él y le quita la pistola de un manotazo.
—Ya no tienes que pensártelo.
Le asesta un golpe en la cabeza con la culata del arma.
Nunca le habían golpeado así.
De hecho, nunca le han golpeado.
Le da vueltas la cabeza.
Se tambalea y choca con la encimera.
Esto va a ser pan comido, se dice Hani.
—Solo los haoles —oye O que dice uno de los hombres.
Elizabeth le mira furiosa.
—Yo soy haole.
—Tú eres la madre de K2 —replica el hombre.
—Si os los lleváis a ellos —dice Malia—, llevadnos también a nosotras.
—No eres tú quien da las órdenes aquí —le espeta él, y se vuelve a sus hombres—. Atad a las dos wahini.
O ve que atan a Elizabeth y a Malia, que les tapan la boca con cinta americana y las sientan en el sofá.
—Lo siento, señora —dice uno de ellos. Luego mira a Ben y añade—: Andando, cabrón.
—¿Adónde vamos? —pregunta Ben.
—A dar un paseíto en barco.
Salen de la casa.
Uno de los hawaianos va delante, los otros dos van detrás de Ben y O.
Ella nota el cañón del arma clavado en la espalda.
Piensa en escapar, pero está demasiado asustada.
Los hombres se quitan la capucha.
O comprende que no es buena señal.
Chon baja por el camino cargando a Tim al hombro. Con la mano libre, se saca el móvil del bolsillo y llama a Ben.
No contesta.
Prueba a llamar a O.
Lo mismo.
Malo, se dice.
—¿Qué ocurre? —pregunta Tim.
—Nada —contesta Chon, y aprieta el paso.
Hani avanza por el muelle.
No ve la zódiac.
¿Dónde se han metido esos cabrones?
Hay un hombre al final del muelle, pescando.
Un viejo.
Hani se acerca a él.
—Eh, oiga, usted, haga el favor de irse a otra parte.
El hombre mira más allá de Hani.
A la chica haole.
Qué maleducado, el tío.
—¿Ocurre algo? —le pregunta Pete a O.
Ella está tan asustada que no acierta a contestar.
Incluso a la luz de la luna, Pete ve que tiene los ojos llenos de lágrimas. Ve que el hombre que está detrás de ella se pega demasiado a su espalda, y lo mismo el otro, el que está detrás de su amigo, Ben o como se llame.
—Oiga, carcamal —dice uno de ellos—, a lo mejor es duro de oído. Le he dicho que se largue.
—Ya te he oído —contesta Pete.
Aire.
Kit lo aspira a bocanadas.
Se llena los pulmones.
Qué delicia.
La ola le ha retenido bajo el agua, pero también le ha empujado adelante. Le ha volteado y vapuleado, le ha sacado a saltos del arrecife, le ha arañado y, por último y tras castigarle por su insolencia, le ha dejado libre.
Kit ha subido a la superficie.
Sangrando, magullado y exhausto, con el hombro izquierdo dislocado, respira hondo y comienza a nadar con un brazo hacia la orilla.
O vuelve a ver esa mirada en sus ojos.
—Sería mejor que te fueras, Pete —dice.
Él asiente con la cabeza, deja su caña y mete la mano en la caja de los aparejos. Saca una pistola y dispara a los tres hombres entre las cejas antes de que les dé tiempo a moverse.
A veces, lo que no sabes puede ser tu salvación.
No se llama Pete, sino Frank.
Frank Machianno.
Frankie Machine.
Uno de los asesinos a sueldo más temidos de la Costa Oeste.
Esa es la vida que dejó atrás para venir al paraíso.
Mira a O y dice:
—Vale más que te vayas. No te preocupes, yo me ocupo de esto.
—Pete…
—No pasa nada. Marchaos.
Mete los cadáveres en la barca, sale a mar abierto y los arroja al agua.
Los tiburones darán cuenta de ellos.
Son carnaza, a fin de cuentas.
Eddie recibe una llamada, aunque no la que esperaba.
Oye decir al haole:
—Tus hombres han tenido una serie de desafortunados contratiempos. No van a volver.
Ben es muy hábil.
Puede que no lo sea con las armas o los puños, como Chon.
Pero sabe negociar.
—No creo que quieras pasar el resto de tu vida temiendo que te maten. Yo tampoco. Así que nosotros dejamos esta isla en paz y vosotros también.
—Perdería el respeto de mi gente —contesta Eddie.
—¿Por qué? —replica Ben—. ¿Por algo que no ha ocurrido?
Un largo silencio. Luego Eddie dice:
—Aloha.
O va a despedirse de Pete.
—Voy a echarte de menos —dice él. Busca en la caja de aparejos, saca un bagel de cebolla con huevo y se lo da—. Para el viaje.
—Yo también voy a echarte de menos.
—Siempre puedes volver.
—No, no puedo —contesta O.
Contempla el océano azul y las montañas verdes, el brillo del sol en una cascada, a lo lejos, y se entristece por no poder volver.
Expulsados del paraíso.
Adán y yo, piensa. Y el otro Adán.
—Adiós, Pete —dice al abrazarle.
Él la besa en el pelo y contesta:
—Adiós, hija.
El paraíso.