Sentado en su terraza, Duke Kasmajian mordisquea un puro sin encender mientras contempla la playa, a la que no va nunca.
—Demasiada arena —contesta cuando le preguntan por qué.
Es fatigoso caminar por la arena. Sobre todo, si mides un metro setenta y dos, pesas ciento treinta kilos, tienes las rodillas artríticas, tu nueva válvula cardiaca no tiene garantía y, cuando echas la vista atrás, ves que los sesenta y cinco quedan cada vez más lejanos. Si a eso se le añade el hecho de que a Duke le gustan los zapatos caros y detesta que se le llenen de arena, se comprende fácilmente que prefiera mirar el océano desde la terraza de su casa en Bird Rock, aunque el cardiólogo diga que le conviene andar.
Duke tiene una cinta de correr y una elíptica stepper y no usa ninguna de las dos. Son los percheros más caros del mundo.
Pero ha dejado de fumar.
También por orden del médico.
De ahí que no haya encendido el puro.
Junto a su mano izquierda, encima de un taburete, hay un vaso de whisky. Eso no piensa dejarlo por nada del mundo: ni porque lo diga el médico, ni por sus hijos —que ya son mayores—, ni siquiera por los doce empleados que tiene en su agencia de préstamo de fianzas, la mayor de San Diego y quizá de toda California.
El Duque es una leyenda en San Diego.
Sale en las vallas publicitarias, en la televisión local y en los anuncios de la radio.
«Si necesitas que te echen un cable, llama al Duque».
Patrocina a equipos de béisbol juvenil («Si te han pillado robando, llama al Duque»), torneos de béisbol playa para discapacitados («Si has hecho lo que no debías, llama al Duque») y una casa de acogida para mujeres maltratadas vigilada por sus hombres más aguerridos (de esto no hace publicidad: solo un puñado de personas conoce la existencia de la casa y dónde está).
Duke tampoco hace publicidad de las matrículas universitarias que paga, de los billetes de veinte dólares que deja en los puestos de limonada de los niños, de las cestas navideñas que manda a familias de policías y bomberos fallecidos en acto de servicio, ni de las facturas médicas de sus empleados que intercepta en la oficina de cobros del hospital.
De eso, nadie sabe nada.
Nadie tiene por qué saberlo.
Lo único que tiene que saber la gente es que, si alguien necesita una fianza, solo tiene que llamar a la agencia de Duke Kasmajian para que el Duque le saque de apuros. El Duque cree en la igualdad de oportunidades y no discrimina a nadie por su raza, género, orientación sexual, grado de culpabilidad o inocencia e historial delictivo. De hecho, prefiere a los reincidentes porque son una fuente de ingresos regulares y hasta ofrece descuentos a los «clientes habituales».
—Pero ojo con jugársela al Duque —les advierte.
Que nadie se deje engañar por su cara redonda y campechana, su pelo rizado, suave y entrecano, y esa sonrisa de cascarrabias siempre torcida alrededor de un puro. Si se la juegas a Duke Kasmajian y te das el piro, él te da caza. Porque estás huyendo con su dinero en el bolsillo. Si te largas llevándote la fianza, te perseguirá hasta que te encuentre o hasta que uno de los dos la palme.
Nunca se dará por vencido.
Igual que no dejará jamás su amado whisky.
Ni sus discos de vinilo.
Que, según dicen los jóvenes, están volviendo a ponerse de moda.
Qué gilipollez, se dice mientras escucha al sexteto de Jack Montrose tocar That Old Feeling (Pacific Jazz Records, 1955): los discos de vinilo nunca han pasado de moda. Su colección del género musical conocido como «jazz de la Costa Oeste» ocupa gran parte de la primera planta de la casa, y su sobrino político —el marido de la hija de su hermana, un buen chico, aunque sea idiota— teme que el peso de tantos discos haga que se hunda el suelo.
Otra gilipollez, en opinión de Duke.
Su casa se construyó en 1926, y antes las cosas se construían para que durasen.
Cuando la mayoría de la gente de su generación contempla el océano, en su cabeza suenan los Beach Boys, Jan and Dean, Dick Dale o los Eagles, quizá. Esa es su banda sonora.
La de Duke, no.
A él le va más el cool.
Pacific Jazz Records. Art Pepper, Stan Getz, Gerry Mulligan, Hampton Hawes, Shelly Manne, Chet Baker, Shorty Rogers, los Lighthouse All Stars de Howard Rumsey, Lennie Niehaus, Lee Konitz, Bud Shank, Clifford Brown, Cal Tjader, Dexter Gordon, Wardell Gray, Harold Land, Dave Brubeck, Paul Desmond, Jimmy Giuffre, Red Mitchell, Stan Kenton, Benny Carter…
Charlie Parker tocó aquí.
Igual que todos ellos.
Bird tocó en el antiguo estadio de boxeo de San Diego en 1953, hace tanto tiempo que ni siquiera Duke andaba por allí, pero aun así para él es importante, igual que es importante que Harold Land fuera de San Diego.
Y este disco…
Jack Montrose al saxo tenor, Gordon al barítono, Conte Candoli a la trompeta, Bob Paul Moer al piano, Ralph Peña al contrabajo y Shelly Manne, cómo no, a la batería. Duke sabe todo esto sin necesidad de mirar la carátula del disco; memoriza casi todos estos datos porque es importante (ya lo creo que lo es) saber quién toca en cada grabación. Los detalles son vitales, lo son todo, igual que en su trabajo. Si no tienes claras las cosas que se consideran de poca importancia, la cagas de fijo en las grandes. Por eso Duke se acuerda de quién toca en casi cada disco y, si no se acuerda, siempre puede mirar los dichosos créditos, cosa que no puedes hacer en el iPad, el aipos o el hipos o como se llame el chisme ese que siempre está intentando venderle su sobrino político.
—Hombre, Duke —le dice el chico—, así puedes llevarte tu música a todas partes.
Pero es que yo no quiero llevarme mi música a todas partes, se dice Duke ahora. Quiero escucharla en mi casa tomándome un whisky y en disco de vinilo, como está mandado.
Soy así de carca.
Un dinosaurio.
Y no solo en eso, piensa mientras mordisquea el puro y contempla el Pacífico, porque el estado de California acaba de aprobar una ley que prohíbe el pago de fianzas en efectivo, lo que va a dejar a Duke sin negocio y a sus trabajadores en el paro.
Duke no está preocupado por sí mismo: sabe que el dinero que tiene va a durarle más que la válvula del corazón.
Pero el negocio que ha edificado, la vida que ha construido, está a punto de extinguirse.
Y lo que se extingue, se extingue: no hay forma de recuperarlo.
La vida no es un vinilo.
No da vueltas y vueltas y vuelve a empezar.
Bien lo sabe Duke.
¿Cuántas veces se sentaron Marie y él en esta misma terraza a ver ponerse el sol? Era casi un ritual diario: Marie salía con el whisky de Duke y una copa de vino tinto para ella, él ponía algo de jazz y juntos contemplaban los rojos y los naranjas ardientes del atardecer, gozaban de la pura quietud del crepúsculo oceánico.
Parecía que el mundo se detenía durante esos diez o quince minutos de embeleso.
También salían otras parejas a mirar en silencio. Hasta los surfistas dejaban de intentar el asalto a las olas, volvían sus tablas hacia el sol poniente y se sentaban sumidos en un mudo asombro o incluso transidos, quizá, por un sentimiento de adoración. Después, cuando Marie estaba ya muy enferma y ambos sabían que sus atardeceres juntos estaban contados, él la envolvía en un abrigo y una manta, le cubría con un gorro la cabeza calva, le preparaba un té bien caliente porque ella siempre tenía frío y se sentaban a ver el ocaso sabiendo que era también el suyo, el de ellos dos.
Ahora, Duke se sienta a solas a contemplarlo, pero sigue sirviendo una copa de vino tinto para Marie y la vierte sobre los matorrales, por encima de la baranda, antes de volver a entrar en casa.
Siempre es hermoso y triste el ocaso.
Entra y, de muy mala gana, coge el expediente de Maddux.
Terry Maddux es un sinvergüenza.
Corto de estatura, de cara aniñada, guapo de morirse, con el pelo rubio y despeinado, ojos de un azul deslumbrante y una sonrisa capaz de engatusar a una piedra, Terry es también —se dice Duke mientras echa un vistazo al expediente— un chorizo y un yonqui. Un ladrón, un drogadicto y por lo tanto un embustero y, a pesar de todo, Duke le tiene cariño.
Todo el mundo le tiene cariño a Terry.
Tanto, que Boone Daniels, uno de los detectives privados de Duke, le puso de apodo TQT, «todos quieren a Terry». Porque, cuando no está con el mono, tiene carisma y es simpático y amable a más no poder, y antes era el mejor surfista que se haya visto nunca.
Una leyenda.
Duke no se ha subido en su vida a una tabla de surf, pero aprecia la belleza cuando la ve (o la oye) y ver a Terry sobre una ola era pura belleza. Tenía elegancia y estilo, y montaba las olas como un gran trompetista que se explaya en un solo prolongado, que hace variaciones sobre un mismo tema, que coge una melodía antigua y la renueva y la hace suya, creando arte.
Rompiendo barreras.
Según dice Boone —que también es surfero y un apasionado de la historia del surf—, todas las grandes olas de la Costa Oeste llevan, por así decirlo, la huella de Terry. Era solo un crío —literalmente un crío— cuando remaba sobre la tabla en la playa de Trestles. No era mucho mayor cuando fue el primero en montar olas gigantes en Todos Santos. Y fue uno de los primeros en surfear en Mavericks.
Ya era adulto cuando un día cogió un barco con unos amigos y se fueron a la rompiente legendaria de Cortez Bank, sesenta millas mar adentro, y fue él, Terry Maddux, el primero en lanzarse a esas aguas frías y plagadas de tiburones y en montar sus olas de dieciocho metros.
Todo ello con esa sonrisa en la cara.
Feliz, decía Boone que era.
—Era feliz montado en una ola.
Y también fuera de ella.
A Terry le gustaban las fiestas, nunca estuvo en una que no le gustara.
Siempre andaba metido en alguna juerga, ya fuera tomando unas cervezas en la playa o de copas en un bar. Se reía, bromeaba, trasegaba alcohol y ligaba con las chicas, muchas de las cuales acababan yéndose con él a casa, a la furgoneta donde vivía, siempre yendo de acá para allá por la 101, montando las olas, propiciando fiestas sin reventar ninguna.
Terry estaba en racha: el mundo entero le quería. Las revistas de surf, los fotógrafos, las marcas de ropa, todos le adoraban. Aparecía en las portadas de las revistas, en vídeos de surf, tenía patrocinadores y promotores. Cuando necesitaba pasta para financiar sus ansias de surf, lo único que tenía que hacer era ponerse un traje de neopreno, una gorra o unas zapatillas con un logotipo y ya tenía dinero.
Dinero para surfear.
Y para irse de juerga.
Ese era el problema.
Que a Terry le gustaba demasiado la fiesta.
Era como si buscara una ola cada vez más grande. Primero no le bastó con el subidón del alcohol y luego no le bastó con el de la maría. Después, la coca dejó de ponerle como una moto y el speed también: ya no le colocaban lo bastante.
La heroína, sí.
La heroína es la ola gigante del mundo de las drogas.
El maremoto definitivo.
Esa ola no la montas, te monta ella a ti.
A Terry Maddux se lo llevó por delante, le tiró de la tabla, le hundió y, después de revolcarle, le escupió en la playa.
Como restos de un naufragio.
Se colocaba y faltaba a los torneos, a los eventos publicitarios, a las sesiones de fotos. Al principio, el mundo del surf le disculpaba —«Terry es así», decían—, con tal de que pudiera seguir surfeando y estuviera guapo, a nadie le parecía mal.
Hasta que ya no pudo surfear.
Es lo malo que tiene el surf —le explicó un día Boone a Duke—, que para hacerlo bien, tienes que estar en forma. Y para montar olas de las grandes, tienes que estar muy en forma; tienes que poder remar, nadar y contener la respiración hasta tres minutos por si uno de esos colosos te hunde.
Tienes que estar fuerte y la heroína te debilita.
Te enflaquece.
Necesitas una concentración absoluta, obsesiva, para montar una de esas olas, y la heroína te desconcentra y te desquicia.
Y además te deja hecho una piltrafa.
No como un modelo de revista o de videoclip.
La actitud que tan atractiva parecía cuando surfeaba bien, dejó de serlo cuando le fallaron las facultades. Su encanto se convirtió en manipulación, sus anécdotas en fanfarronadas, sus bromas en camelos, sus intentos de ligar en abordajes siniestros y sus explicaciones en excusas.
Es lo malo de envejecer, se dice Duke mientras repasa otra vez el expediente. Conductas que hacen gracia cuando tienes veinte años se vuelven indecorosas a los treinta, patéticas a los cuarenta y trágicas a los cincuenta.
A nadie le hace tilín un crío de cincuenta y cuatro años.
Sobre todo si es un expresidiario.
Y por partida triple, además: una condena por posesión de drogas; otra por robo y otra por posesión de drogas con intención de venderlas.
Y encima ahora se ha saltado la condicional.
No se ha presentado a juicio.
Duke tiene que encontrarle antes de que le encuentre la policía o le tocará pagar trescientos mil dólares. Lo que, desde un punto de vista económico, sería una irresponsabilidad y él no es un irresponsable. Y menos aún ahora que afronta el cierre de la empresa y tiene que procurar resolver los asuntos pendientes antes de que entre en vigor la nueva ley.
Por eso llama a Boone.
Lo que menos le apetece del mundo a Boone Daniels es mandar a la cárcel de por vida a Terry Maddux.
Era uno de sus ídolos.
Boone se crio oyendo hablar de las hazañas de Terry Maddux. Una vez, siendo un chaval, se fue pedaleando como un loco hasta Bird Rock porque le habían dicho que Terry andaba por allí haciendo surf y estuvo horas sentado en el acantilado con la esperanza de ver al gran mito. Todavía se acuerda de cómo le saludó Maddux con la cabeza cuando llegó con su tabla de surf bajo el brazo.
Al día siguiente, Boone salió a intentar imitar lo que le había visto hacer.
No lo consiguió, claro, pero eso no importa.
La siguiente vez que vio a Terry Maddux, Boone era un policía novato.
Dicen que no conviene conocer a tus ídolos y puede que sea cierto. Maddux estaba tan borracho que apenas podía sostenerse en pie, cuanto más montar una ola. El dueño del bar quería que se largara de allí y Boone y un compañero le llevaron al coche patrulla, donde le vomitó en los zapatos a Boone y luego se disculpó con tanta humildad que Boone no pudo enfadarse con él. No le llevaron a comisaría —a fin de cuentas, era el gran Terry Maddux—, sino a casa de su novia, porque no se acordaba de dónde tenía aparcada la furgoneta.
Tres años después, una nubosa mañana de invierno, Boone fue a hacer surf a la playa que solía frecuentar, al norte de Crystal Pier, y vio a Terry allí parado, bebiendo un café en un vaso de cartón. Tenía pinta de estar enfermo.
—¿Vas a salir? —le preguntó Terry.
—Sí —contestó Boone, un poco azorado—. ¿Y tú?
Terry esbozó su famosa sonrisa.
—Por lo visto he perdido mi tabla.
—Puedo prestarte una de las mías —dijo Boone.
—¿Sí? Eso sería estupendo.
Boone le llevó a su furgoneta, abrió la puerta de atrás y le enseñó su quiver, su colección de tablas. Terry escogió una tri-fin de seis pies.
—¿Seguro que no te importa?
—Será un honor para mí.
Terry le tendió la mano.
—Terry Maddux.
Evidentemente no se acordaba de Boone, y mucho menos de haberle vomitado en los pies.
—Sí, lo sé —contestó Boone, y se sintió como un chiquillo idiota delante de su ídolo—. Boone Daniels.
—Encantado de conocerte, Boone.
Se metieron en el mar y Boone se lo presentó al resto de los miembros de la Patrulla del Amanecer, el grupito de habituales que iba a surfear cada mañana a aquella playa antes de irse a trabajar: Johnny Banzai, High Tide, Dave Love God y Sunny Day. Cuando Terry cogió una ola, Dave se acercó a Boone y le preguntó:
—¡¿Conoces a Terry Maddux?!
Boone no le contó que había sacado a Maddux a rastras de un bar.
—Acabo de conocerle ahora mismo.
—¿Esa tabla no es tuya?
—No sabe dónde se ha dejado la suya.
Aquella fue la primera vez que Boone puso una excusa para disculpar a Terry, y acabaron siendo muchas, pero todo eso vino después. En aquel momento, solo estaba surfeando con su ídolo.
Y fue alucinante.
Aunque había perdido facultades, Terry surfeaba con una elegancia etérea. Hacía que los movimientos más difíciles parecieran fáciles y que los más sencillos alcanzaran la categoría de arte.
—No sé cómo describirlo —le dijo más adelante Boone a Duke, intentando expresar su emoción en términos que él pudiera entender—. Fue, no sé, como si un saxofonista joven tocara con Miles Davis.
—Creo que te refieres a Charlie Parker —puntualizó Duke—, pero me hago una idea.
Dicen que no conviene conocer a los ídolos que uno tiene y deberían añadir: «y por nada del mundo te hagas amigo suyo».
Por lo menos, de alguien como Terry.
Porque Terry, como amigo, podía ser el tío más simpático del mundo y un momento después intentar levantarte a tu novia (aunque con un encanto tan pueril que tanto tu novia como tú le perdonabais al instante) y, además, encasquetarte la cuenta.
Era uno de esos amigos que empiezan a dormir en tu sofá noche tras noche y a comerse tu comida.
Todo lo cual era llevadero, aunque cada vez resultara más molesto.
Lo malo fue que empezaron a pasar otras cosas.
Los billetes arrugados que dejabas en la cómoda acababan de algún modo en el bolsillo de Terry; te le encontrabas acurrucado no ya en el sofá, sino en el umbral de la puerta de la calle, en medio de un charco de vómito; o te llamaba para que le prestaras el dinero de la fianza porque le habían detenido, no por montar bronca en un bar, sino por robo.
Duke aceptó pagar la fianza y Boone actuó de avalista.
Aquella vez no llegaron a condenarle, pero la vez siguiente sí. Terry cumplió año y medio de prisión y Boone tuvo que reconocer, aunque fuera a regañadientes, que era un alivio que su ídolo no se presentara en casa a todas horas y dejara de agobiarle con sus movidas y sus malos rollos.
Fue a Boone, sin embargo, a quien llamó Terry para que fuera a buscarle cuando salió en libertad.
Fue en su sofá en el que estuvo durmiendo hasta que pudiera «organizarse».
Fue a Boone a quien le juró que esta vez iba a dejar el caballo definitivamente.
Y fue Boone quien se le encontró tirado en el suelo de su casa con una sobredosis.
Fue Boone quien le llevó al hospital.
Y quien, la vez siguiente que Terry le llamó para que le pagara la fianza, tragó saliva y le dijo que no.
Porque quien bien te quiere te hará llorar y esas mierdas que se dicen.
Y ahora es a él a quien recurre Duke para que encuentre a Terry.
—¿Pusiste tú la garantía? —pregunta Boone.
—Una tal Samantha Harris pagó los diez mil —contesta Duke—, pero, sí, yo he avalado el resto. No puedo permitirme perder ese dinero. Y menos ahora.
—No, claro, lo entiendo —dice Boone.
Duke va a tener que cerrar el negocio, sus empleados van a quedarse en paro y Boone va a perder un buen pellizco de sus ingresos. Y además conoce a Duke, sabe que no va a despedir a sus empleados sin darles un buen finiquito que los ayude a salir del paso.
Terry no tiene derecho a dejarlos sin sustento.
—Le he dado todas las oportunidades que podía darle —añade Duke.
—Es verdad.
—Sé que sois amigos, pero tú eres el más indicado para encontrarle.
Eso también es cierto, se dice Boone. Conoce el mundillo del surf y sabe con quién se relaciona Terry: la gente que le idolatra y la gente a la que Terry ha hecho alguna putada, que a menudo es la misma. Sabe cómo piensa Terry, los sitios a los que va y los sitios donde ya no es bien recibido, que son la mayoría.
Y Duke sabe que Boone tiene predicamento entre los surferos. Que le cuentan cosas que no le contarían a ningún cazarrecompensas, porque Boone no es un cazarrecompensas que surfea, es un surfero que a veces sigue la pista de delincuentes que se saltan la condicional, un investigador privado que trabaja para Duke (cuya figura también es conocida entre la comunidad de surferos de San Diego) y un «sheriff» muy respetado en su tramo de playa: uno de esos tipos que saben mantener la paz y gobernar con mano suave pero firme.
Boone Daniels es también una leyenda por derecho propio.
Igual que su cuadrilla, la Patrulla del Amanecer, varios de cuyos miembros trabajan también para Duke buscando a prófugos de la justicia, porque son gente físicamente muy fuerte que tiende a conservar la calma en cualquier circunstancia. No pierden los nervios ni se ponen violentos cuando no hace falta, pero tampoco huyen cuando se enfrentan a un prófugo agresivo.
Dave Love God (le llaman así, «Dios del Amor», porque es socorrista) trabaja a veces para Duke, casi siempre acompañando a Boone. Y lo mismo High Tide, un empleado municipal samoano de ciento cincuenta kilos cuya mole suele bastar para persuadir a los prófugos más recalcitrantes de que se metan en el coche sin armar jaleo. Hasta Sunny Day, la única mujer del grupo, con su metro ochenta y ni un solo gramo de grasa corporal, los ayuda a veces si se trata de una delincuente huida. Johnny Banzai, el japonés-americano, no puede trabajar para un agente de fianzas en sus ratos libres porque es inspector de policía y se lo prohíbe el reglamento, pero les pasa información de vez en cuando.
Así que cuando Duke contrata a Boone, contrata también, por añadidura, a toda la Patrulla.
Y están muy unidos, son una piña, como suele pasar entre gente que sabe que en aguas profundas su vida depende de sus compañeros.
—Puede que esté en México —dice Boone.
Uno de los grandes problemas de ser agente de fianzas en San Diego es que la frontera está a tiro de piedra y es fácil de cruzar. Pero, si te escondes en México, más vale que te escondas bien, porque Duke mantiene excelentes relaciones con la policía local de Tijuana y la policía del estado de Baja California, que más de una vez han cogido a uno de sus prófugos, le han metido en el maletero de un coche y le han depositado al otro lado de la frontera, donde le esperaba uno de los hombres de Duke: te libras de un delincuente, te embolsas un dinerillo y estás de vuelta en casa a la hora de cenar.
Terry Maddux sabe todo esto.
No va a quedarse en Tijuana ni en Ensenada, ni siquiera en Todos Santos, sitios que conoce bien, porque allí también le conocen a él y los dedos de Duke, aunque cortos y gruesos, llegan muy lejos y le alcanzarían en cualquiera de los garitos que suele frecuentar. No, si ha cruzado la frontera intentará llegar cuanto antes a Guanajuato o quizá incluso a Costa Rica.
Pero para eso hace falta dinero, y seguro que Terry está a dos velas.
—¿Por qué no te pasas a ver a la señora Harris? —sugiere Duke.
Normalmente, Duke llamaría por teléfono al otro garante de la fianza, pero en este caso quizá sea preferible que Boone se presente en su casa y vea si Terry está allí. Porque muchas veces la misma persona que se deja convencer para desembolsar la fianza también se deja convencer para dar cobijo a un fugitivo.
El fugitivo suele usar la misma táctica: recurre a la culpa.
«Si me quieres, harás esto por mí».
Duke sabe por experiencia que las peores son las madres, que casi siempre ceden ante ese argumento o —si hacen intento de resistirse— ante otro muy parecido: «Si me quisieras, no me harías esto» (o sea, echar a su hijo a la calle o denunciarle a la policía).
Después vienen las novias, que, una de dos, o son mujeres decentes que se enamoran de un delincuente al que creen poder salvar, o son ellas también delincuentes —normalmente, drogadictas, igual que el novio— y le esconden por pura rutina. Pero normalmente las chicas pertenecientes a esta segunda categoría no disponen de diez mil dólares para pagar la fianza.
Y luego están las esposas, que, a no ser que sean también compañeras de correrías, suelen delatar a su cónyuge porque tienen responsabilidades que atender —hijos, alquiler, hipoteca— y no pueden permitirse perder el dinero de la fianza. Para muchas de ellas es casi un alivio que atrapen al marido prófugo; de ese modo, el caos cesa por un tiempo.
Duke mira la dirección de la chica.
Pese a ser una breve relación de números y letras, las direcciones revelan muchas cosas. Y la historia que cuenta esta en concreto —Coast Lane número 135, La Jolla— es de lo más interesante.
Primero, es una dirección de la localidad costera de La Jolla, una de las zonas más caras del país. Segundo, Coast Boulevard está, como su propio nombre indica, en primera línea de playa, y la diferencia entre «tener vistas al mar» y estar «en primer línea de playa» hace que el precio de la vivienda pase de seis ceros a siete.
Boone sabe perfectamente dónde queda la casa, justo al lado de Nicholson Point, al sur de Tide Pools y al norte del Centro Médico La Jolla.
Una finca de primera clase.
O sea que Samantha Harris tiene dinero.
Eso es buena noticia y mala a la vez. Lo bueno es que tiene dinero para pagar la fianza y lo malo que puede permitirse perderlo. Seguramente no tendrá motivos económicos para entregar a Terry, que es con lo que se atrapa a la mayoría de los prófugos. Y, si tiene una casa en el número 135 de Coast Lane, es posible que hasta esté financiando su huida.
Porque para escabullirse hace falta dinero.
Boone coge la furgoneta para ir a casa de Samantha Harris.
A su furgoneta se la conoce como el Boonemóvil en el ambiente surfero de la zona de San Diego, pero no por eso deja de ser una cafetera. Con sus veinte años a cuestas y su carrocería oxidada, llena hasta los topes de tablas, trajes de neopreno, aletas, gafas de buceo, toallas, sandalias y restos de comida comprada en puestos de tacos, hamburgueserías y restaurantes de comida rápida, lo menos que puede decirse es que desentona en este barrio. Si ves el Boonemóvil aparcado en la calle delante del número 135, lo primero que piensas es que su dueño está allí para cortar el césped o arreglar una gotera o que es un yonqui descerebrado y se ha propuesto cometer un robo.
La casa es de estilo neocolonial español, con paredes de estuco rosa y tejado de tejas azules. El enorme portón de madera labrada es una pieza de anticuario.
Boone sale de la furgoneta, se acerca a la puerta, se fija en la cámara de seguridad, que, a su vez, se fija en él, y llama al timbre.
Abre una asistenta vestida con un auténtico uniforme de doncella.
—Vengo a ver a la señora Harris.
—¿Le está esperando?
Tiene acento latino, puede que mexicano, o quizá hondureño o guatemalteco. Boone le echa poco más de treinta años.
—No —contesta. De eso se trata, precisamente.
—Si vende usted algo, la señora no va a recibirle.
—Dígale que vengo por Terry Maddux —dice Boone.
La asistenta cierra la puerta y desaparece un minuto, más o menos. Luego vuelve a abrir y le hace pasar a un salón cinco veces más grande que la casita donde vive Boone. Señala un sofá blanco y dice:
—Espere aquí, por favor.
Un ventanal enorme da al jardín, a la piscina y, más allá, a la playa. Boone nunca ha entendido para qué quiere una piscina —una cosa tan inmóvil— la gente que vive a dos pasos del mar, pero no le cuesta imaginarse a Terry allí, echado en una tumbona, tomando una copa con las gafas de sol puestas.
Samantha Harris aparece un par de minutos después.
Es guapa, con esa belleza tan específica de las ricachonas de San Diego: pelo rubio echado hacia atrás formando un casco dorado, jersey negro —porque es invierno en California—, pantalones negros de vestir y varias filas de pulseras de oro en ambas muñecas. Oculta los ojos detrás de grandes gafas de sol.
Boone, que es detective privado y fue policía, sabe lo que eso significa con demasiada frecuencia.
Samantha no se anda con rodeos.
—¿Qué pasa con Terry?
—Que ha desaparecido.
—¿Y no es lo que hace siempre? —Le indica a Boone que se siente y lo hace en un mullido sillón orejero.
—Esta vez se ha saltado la libertad condicional —explica Boone.
—¿Y usted qué es? ¿Una especie de cazarrecompensas?
—Algo así.
—Pues aquí no está.
—¿Sabe dónde puedo encontrarle?
Ella sonríe y niega con la cabeza.
—¿Cuándo fue la última vez que le vio?
—¿Es usted policía, señor…?
—Daniels.
—¿Señor Daniels?
—No —contesta Boone.
—Entonces no tengo por qué contestar a sus preguntas.
—No, pero le interesa ayudarnos a encontrarle. Si no, perderá sus diez mil dólares.
Ella se encoge de hombros.
Boone sabe que las pulseras que lleva Samantha Harris valen más de diez mil dólares. Y que, conociendo a Terry, diez de los grandes serán probablemente la menor de las aportaciones que ha hecho ya al Fondo TQT.
—También le interesa a Terry —añade.
—¿Y eso por qué?
—Es mejor para él que le encontremos nosotros, no la policía.
—Lo dudo mucho —replica ella.
Boone se está hartando del numerito de la Dama de Hielo de La Jolla. Es uno de los personajes femeninos típicos de San Diego. Están la Surfera Tranqui, la Mamá Maciza y la Dama de Hielo de La Jolla, cada una de ellas cortadas por el mismo patrón. Samantha Harris desempeña magistralmente su papel, pero aun así es un estereotipo cansino.
Boone se levanta y deja una tarjeta de Kasmajian en la mesita que hay junto al sillón de Samantha.
—Dúdelo todo lo que quiera. Si puede darnos alguna información, llame a este número. Gracias por su tiempo.
Hace amago de marcharse.
—¡Espere! —dice ella, y añade—: Por favor.
Boone se vuelve y la mira. Ella se encoge de hombros.
—¿De verdad cree que podrían hacerle daño? —pregunta ella.
—Quizá no quieran hacérselo, pero toda detención tiene sus riesgos. Sobre todo tratándose de una persona tan inestable como Terry.
—Si lo sabré yo.
—¿Fue él quien le pegó? —pregunta Boone.
Samantha se quita las gafas y le enseña el moratón de su ojo izquierdo.
—Yo le provoqué.
—Nunca hay excusa para que un hombre le levante la mano a una mujer, por muy enfadado que esté —contesta Boone.
El que lo hace, pierde de inmediato su hombría.
—Creo que hace estas cosas cuando se siente mal consigo mismo —argumenta ella.
—Tiene muchos motivos para sentirse mal. Debería usted ayudarnos a encontrarle antes de que haga daño a otra persona.
—¿A otra mujer, quiere decir?
Ahora es Boone quien se encoge de hombros.
—Sé que se ve con otras —agrega ella—, pero le aseguro que no sé dónde está. Hace dos días que no le veo. Pasó la noche aquí. Casi toda la noche, por lo menos. Cuando me desperté, ya se había ido.
—¿Qué se llevó?
Samantha Harris le mira como si le viera con nuevos ojos.
—¿Cómo sabe que se llevó algo?
—Conozco a Terry.
—Algún dinero, no mucho. Un collar de diamantes. Y un reloj.
—¿Por valor de…?
—Unos cuarenta mil dólares.
—¿Cuánto dinero?
—Unos pocos billetes de cien dólares, nada más.
—Debería denunciarle —dice Boone.
—No puedo demostrar que fuera él.
—Podrá cuando intente mover las joyas.
—No quiero que se meta en líos por mi culpa. Le quiero, señor Daniels. Si volviera, le aceptaría. Triste, ¿verdad?
Sí, en efecto, piensa Boone.
A veces yo me siento igual.
—¿Puede describirme el collar y el reloj?
—Tengo fotos. Para el seguro.
—Si informa de su desaparición, la aseguradora le exigirá que presente una denuncia.
—¿He dicho que fuera a informar de su desaparición?
Samantha se ausenta unos minutos y vuelve con unas fotografías que entrega a Boone.
—Se las devolveré —dice él—. ¿Le importa que haga copias?
—Esas son copias.
—Gracias.
Boone hace amago de marcharse otra vez.
—Señor Daniels…
—¿Sí?
—Si le encuentra, ¿puede decirle que… que no estoy enfadada con él?
Qué cosas, piensa Boone mientras la asistenta le acompaña a la puerta. Terry Maddux puede hacerte la mayor putada del mundo, que lo único que te preocupa es que no piense que estás enfadado con él.
Como si el que tuviera que pedirle perdón fueras tú.
Al llegar a la puerta le dice a la asistenta:
—Me llamo Boone. ¿Y usted?
—Flor.
—¿Conoce a Terry?
Ella asiente con un gesto.
—¿Qué opina de él?
—Que es un sinvergüenza.
Pero ahora ese sinvergüenza tiene el bolsillo lleno, se dice Duke cuando cuelga el teléfono después de hablar con Boone y las fotos de las joyas robadas aparecen en la pantalla de su móvil.
Terry tiene «algún dinero» en efectivo (y a saber qué entiende por «algún dinero» una mujer como Samantha Harris) y un par de joyas valiosas que intentará colocar en alguna parte. Con lo que saque por ellas quizá le dé para irse muy lejos de aquí, incluso al extranjero.
Por precaución, Duke ya tiene a gente en la estación de autobuses, en la de tren y en las dos terminales del aeropuerto de San Diego. Es gente de fiar y, si Terry aparece por allí, le avisarán enseguida.
Duke sale de su despacho y le pasa las fotos a Adriana.
A sus cincuenta y tantos años, Adriana lleva dos décadas siendo su mano derecha. Sin ella no podría haber llevado el negocio. Delgada y de pelo negro, viste como si ganara más dinero del que gana y dirige la oficina con estilo, humor y firmeza.
—Manda esto a los de siempre —dice Duke.
No hace falta que concrete más. Adriana mandará las fotografías a todas las joyerías y tiendas de empeño de la zona de San Diego para que estén avisadas de que es mercancía robada, por si aparece alguien intentando venderlas. Y les pedirá que avisen inmediatamente a la oficina de Kasmajian.
Casi todas harán caso. Es lo más legal, y además mucha gente le debe favores al Duque.
Adriana está un poco mohína esta tarde.
Duke sabe por qué.
Este sitio no solo ha sido su trabajo durante mucho tiempo, ha sido su vida entera.
Duke sabe también que, si en algún momento no puede contenerse, se irá al aseo de señoras a llorar y, cuando salga, habrá recuperado la compostura.
—No te preocupes, Ad —le dice—. Todo va a salir bien.
—Por supuesto que sí.
—¿Quién está de guardia esta noche? —pregunta Duke.
—Valeria.
—Si se sabe algo de esto, que me llame. Estaré en casa de Carey.
—Hoy es jueves, ¿dónde vas a estar si no? —responde Adriana.
Todos los jueves desde hace siglos hay partida de póquer en casa del doctor Carey. Los delincuentes y los matrimonios vienen y van; la partida continúa.
El Extraño Trío, los llama Adriana: Duke, Neal Carey y Lou Lubesnick. Un agente de fianzas, un profesor de lengua inglesa y un policía que juegan al póquer, van al béisbol y mantienen interminables debates filosóficos sobre temas absurdos, como la pertinencia ética de rellenar el vaso en un restaurante de comida rápida, por ejemplo.
—Aquí dice que puedes rellenarte el vaso gratis —argumentó Lou en una de sus larguísimas discusiones.
—Sí, pero no eternamente —replicó Neal.
—En ningún sitio dice que haya un límite temporal.
—Puede que, legalmente, no —dijo Neal—. Pero desde un punto de vista ético lo hay.
Duke decidió llevarle la contraria en ese tema porque Carey tiene la molesta costumbre de adoptar una postura de superioridad moral.
—Bueno y, según tú, ¿cuál es el plazo de tiempo en el que es éticamente aceptable rellenarse el vaso?
Neal se quedó pensando un momento y luego sentenció:
—Al salir del local, renuncias a tus derechos de rellenado del vaso.
—Ya, pero pongamos que se me olvida algo en el coche y salgo a buscarlo —repuso Lou—. Cuando vuelva, ¿no puedo llenarme el vaso otra vez?
—Eso es distinto —dijo Neal—, porque se trata de la misma visita al establecimiento.
—Pero he salido del local.
—Temporalmente.
—Pero siempre es temporalmente, si vuelvo —arguyó Lou.
—No, si es una semana después. Eso es otra visita.
—O sea que se trata de un problema temporal —dijo Duke para alargar el debate.
—Exacto —contestó Neal.
Lou siguió en sus trece. No porque pensara volver una semana después a rellenarse el vaso, sino por una cuestión de principios.
—En el vaso no dice en ningún sitio que haya un límite de tiempo.
—Entonces, ¿no tiene fin? —preguntó Duke.
—No, mientras dure el vaso —respondió Lou—. Y el vaso lo he comprado.
—Sí, pero ¿eso te da derecho a perpetuidad sobre el líquido que puede contener? —preguntó Neal—. En mi opinión, no.
—Pero lo que cuenta para ellos es el vaso, no el líquido —argumentó Duke.
—Ya, pero entonces se quedarían sin líquido —dijo Neal.
—Igual que si me pasara todo el santo día aquí sentado bebiendo —repuso Lou—. ¿Te parecería más ético que me pasara el día rellenando el vaso y ocupando sitio? Visto así, les estoy haciendo un favor.
El debate había durado meses, lo mismo que la discusión acerca del kétchup, la mostaza y las servilletas que el chaval del mostrador te pone en la bandeja. A saber: si te sobran servilletas y sobrecitos de mostaza y kétchup, ¿es lícito que te los lleves a casa?
—Los he pagado —argumentaba Lou.
Neal seguía erre que erre con la ética.
—Has pagado kétchup y mostaza suficientes para aderezar tu hamburguesa y las servilletas necesarias para limpiarte la boca.
—Pero, si te dan más, es que no les importa que te los quedes —repuso Lou—. Además, no creo que Sanidad les permita reutilizar los sobrecitos una vez manipulados por el cliente.
—O sea, que estás haciendo un servicio público —intervino Duke.
—Alguien tiene que hacerlo —contestó Lou.
Ahora, Duke para delante de la casa de los Carey, un bungaló en El Paseo Grande que compraron hace veinte años, cuando aún no se había disparado el precio de la vivienda. El destartalado Honda Civic de Lubesnick ya está allí.
Los intentos de Duke para convencer a Lou de que se compre un coche nuevo —o sea, uno decente— han fracasado estrepitosamente.
—Eres teniente del Departamento de Policía de San Diego —le dijo una vez—. Puedes permitirte comprar un coche nuevo.
—Que pueda permitírmelo es irrelevante —replicó su amigo—. También puedo permitirme comprar una diadema engarzada con piedras preciosas. ¿Debería comprarme una por eso?
—Duke no se refería a que sea asequible o no —dijo Neal—. Se refería a que se trata de una necesidad que puedes suplir.
—Eso depende de lo que entiendas por «necesidad» —respondió Lou—. Mi coche me lleva del punto A al punto B y para eso es para lo único que necesito un coche.
—Pero está hecho un asco —arguyó Duke.
—Lo cual es igual de irrelevante o más que el hecho de que pueda permitirme comprar un coche nuevo —repuso Lou.
—No necesariamente —contestó Neal—. Si, en tu calidad de teniente de policía, la apariencia de tu vehículo va en tu desdoro y hace que pierdas prestigio, se convierte en un grave inconveniente.
—O en una especie de emblema personal —argumentó Lou—. En un símbolo encantador de mi negativa a doblegarme a la exigencia social de poseer objetos que en realidad solo son marcas de prestigio. Como el Cadillac de Duke.
—Yo tengo un Cadillac porque ocupo mucho espacio.
—Tú tienes un Cadillac porque eres un nostálgico —repuso Neal— y crees que te devuelve a una época que consideras muy superior a la actual.
—Es verdad que prefiero los tiempos pasados a los actuales —contestó Duke.
Como cualquier persona sensata que haya oído a Hank Mobley tocar No Room for Squares.
—Yo creo que es más una cuestión de imagen —dijo Lou—. Los delincuentes crónicos ven a Duke paseándose por ahí en su enorme Cadillac, libre como los pájaros, y creen que también puede liberarlos a ellos.
—Y es verdad —repuso Duke.
—O sea que tengo razón —concluyó Lou, que desde entonces ha conseguido zafarse de todos sus intentos de presionarle para que se compre un coche nuevo.
Karen abre la puerta.
Asombrosamente atractiva a sus sesenta y ocho años, alta y de piernas largas, lleva una visera sobre la larga melena blanca.
—Buenas tardes, mamón. Pasa.
Neal Carey y Lou Lubesnick juegan fatal al póquer, quizá porque se concentran más en sus debates bizantinos que en las cartas.
Karen, no.
Karen es una jugadora implacable, de mirada fría y eficacia brutal, a la que le trae sin cuidado la ética. Solo quiere ganar y, al final de la partida, suele tener un buen montón de fichas delante. A veces, Duke tiene que recordarse que la mujer de Neal no es de Las Vegas, aunque sea de Nevada. Es de un pueblecito más al norte, de la región de los ranchos.
—El otro inútil ya está aquí —le informa Karen.
—¿Lou o tu marido? —pregunta Duke.
—Qué más da —contesta ella mientras le hace entrar—. Los dos.
La cocina huele de maravilla. La famosa y temible crema de frijoles de Karen borbotea en una olla, hay un montón de quesadillas en una fuente y su chili —aún más célebre y temible— cuece a fuego lento en una cazuela.
La primera vez que Duke probó el chili de Karen —una receta que consiguió, por improbable que parezca, en un restaurante chino de Austin, Nevada—, ella le avisó de que picaba. Duke sonrió burlón y se metió una cucharada bien grande en la boca. Luego se le saltaron las lágrimas, se puso rojo como un tomate y sintió que le ardía hasta el pelo.
Ahora, Duke levanta la tapa de la cazuela y olisquea el guiso.
Nota algo distinto.
—Lo he hecho con pavo —dice Karen.
—¿Por qué? —pregunta Duke indignado.
—Porque no quiero que te dé un ataque al corazón en nuestra mesa —replica ella.
—Mi corazón funciona perfectamente.
—Pues vamos a procurar que siga así.
Karen Carey es una de las mejores personas que conoce Duke. Y de las más generosas. Cuando a Marie le diagnosticaron el cáncer, les llevaba comida a casa, acompañaba a Marie a quimioterapia cuando él no podía y le sostenía la cabeza mientras vomitaba.
Cuando falleció Marie, fueron Karen, Neal, Lou y Angie quienes le ayudaron a salir adelante. Le invitaban a sus casas o se pasaban por la suya a tomar una copa de vino en la terraza para acortar esas noches inacabables. Fue después de la muerte de Marie cuando empezaron a juntarse los jueves por la noche para jugar al póquer y a comprar el abono para ir a ver a los Padres al estadio, a pesar de que Neal era, de siempre, un forofo apasionado de los Yankees.
De eso hace ya… cinco años, nada menos.
Duke no podría haber superado ni un solo año sin ellos (sobre todo el primero, que fue espantoso).
Son importantísimos para él, igual que lo es esta casa. Ha pasado tantas horas aquí… Primero, en las cenas de parejas que celebraban Karen y Neal, antes de que muriera Marie y de que Lou y Angie se divorciaran. Y luego en las timbas de los jueves por la noche, o cuando venía a ver la tele o a escuchar música y Neal fingía que le interesaba el jazz de la Costa Oeste.
Es una casa llena de libros. Las paredes están forradas de arriba abajo de estanterías, ocupadas en su mayoría por los libros de literatura inglesa de Neal (o brit lit, como la llama él), pero también por libros infantiles de Karen, que era maestra antes de jubilarse. Hay, además, una pequeña estantería con los libros que ha escrito Neal, sesudos volúmenes con títulos como Tobias Smollett y el nacimiento del héroe novelesco moderno; Samuel Johnson y el despuntar de la Literatura o Sublime gracia: la poesía de la esclavitud. Libros que Duke aparenta tercamente haber leído mientras Lou aparenta tercamente lo contrario.
Por lo visto, Neal es toda una autoridad en su campo.
Cuando Duke entra en el comedor, Neal y Lou están de pie junto a la mesa, cubierta por un tapete de fieltro verde. Las cartas y las fichas ya están preparadas.
—¿Qué vas a tomar? —pregunta Neal.
—Un mosto con una ramita de kale —contesta Duke.
Neal le sirve un whisky escocés y brinda con él con su botella de cerveza.
A sus sesenta y cinco años, Neal Carey tiene el cabello gris y castaño a partes iguales. Lo lleva largo hasta el cuello de la camisa, como corresponde a esa imagen de buscavidas callejero que cultiva para no caer en el estereotipo del intelectual. Lo de buscavidas no es una pose, sin embargo: Neal no habla mucho de su juventud, pero por lo poco que ha contado a lo largo de los años Duke sabe que tuvo una infancia difícil en el Upper West Side de Nueva York, cuando el Upper West Side todavía era un barrio conflictivo; que no conoció a su padre y que su madre era una yonqui que se prostituía para mantener su adicción a la heroína.
A sus alumnos les extraña al principio que tenga acento neoyorquino, que lleve chupa negra de cuero y diga «hostia» tan a menudo («Aunque nunca hayáis oído hablar de Smollett, tiene una importancia de la hostia y voy a explicaros por qué»). Fuera del aula, sin embargo, nunca utiliza ese término y su acento neoyorquino desaparece o, al menos, se atenúa.
—Tus alumnos tienen que poder imitarte —le explicó una vez a Duke.
Lou Lubesnick profesa una filosofía parecida: además de conducir un coche cochambroso, luce una perilla a juego con su abundante mata de pelo negro, que peina cuidadosamente hacia atrás. Esto, en el Departamento de Policía de San Diego, donde impera un estricto puritanismo de clase media y hasta los negros y los chicanos escuchan música country. En un cuerpo policial lleno de republicanos que piensan que los demócratas son poco menos que comunistas, Lubesnick es socio de la Unión por las Libertades Civiles, cuyas cuotas paga religiosamente.
Duke sabe que ni al uno ni al otro se les consentiría esa conducta iconoclasta si no fueran tan buenos en sus respectivos campos. La Unidad de Robos que dirige Lou tiene una de las mayores tasas de resolución de casos del país, y a la Universidad de California-San Diego le da miedo que Neal se marche a Columbia, donde estaría a unas pocas paradas de metro del estadio de los Yankees.
Entran en la cocina a «llenarse el cazo», como dice Karen, y vuelven al comedor a comer y jugar a las cartas.
A Duke le sorprende que el chili con pavo no esté tan malo como esperaba.
La señora Carey juga al póquer clásico de cinco cartas con descarte o al stud de siete cartas y no le gustan todos esos inventos modernos con comodines y cartas de desempate y gilipolleces de esas, así que no oculta su desdén cuando le toca repartir a Lou y dice:
—A nueve cartas, las mejores cinco, los doses son comodines, la reina roja sirve de as y la última carta boca abajo.
—¿Boca abajo, Lou? ¿Boca abajo? —pregunta Karen—. Pero qué papo tienes.
Karen les da una paliza —una paliza mayor de lo normal— y cuando llevan jugadas diez rondas dice:
—Duke, estás jugando fatal. De estos dos me lo espero, pero tú sueles resistirte un poco más.
—Puede que esté distraído.
—¿Por? —pregunta Neal.
—Por un chorizo que se ha escapado y puede costarme un riñón —dice Duke.
—¿Cómo se llama ese chorizo? —pregunta Lou.
—Terry Maddux.
Lou apoya sus cartas sobre la mesa.
—Ya deberías haber escarmentado.
Duke asiente.
—Fui un imprudente, lo reconozco.
—¿Le conoces? —le pregunta Karen a Lou.
—A Terry le conoce todo el mundo en la policía —contesta él—. Le detenemos cada dos por tres. Lo que no entiendo es por qué este blando le ha avalado la fianza.
—Pues por eso precisamente —contesta Duke—. Porque soy un blando, supongo.
—¿Y cuánto puede costarte la tontería? —pregunta Neal.
—Trescientos mil.
—Uf.
—Le he encargado el caso a Daniels —dice Duke—. Seguro que le encontramos.
Se echa mano al bolsillo de la camisa y se mete el puro en la boca.
Boone pasa la noche circulando por la 101.
Porque los fugitivos tienen costumbre curiosas: o bien se van muy lejos o bien se ocultan en algún escondrijo y, cuando optan por esto último, suele ser cerca de casa, en sitios que conocen.
Terry es un surfista.
Conoce la 101.
Y ahora tiene algún dinero, así que podría estar escondido en algún motel de los cientos que hay en una ciudad turística como San Diego.
Podría estar en el centro, en Gaslamp, o en los barrios del norte, pero Boone no lo cree.
Seguro que está cerca del océano.
Los surfistas se ponen nerviosos cuando no notan el olor del mar.
Por eso Boone va de un lado a otro con la furgoneta por la 101, porque es posible que Terry espere a que se ponga el sol para asomar la cabeza y buscar algo que comer y, si es así, irá a alguno de los muchos puestos de tacos que hay por allí o a algún restaurante de comida rápida.
Terry Maddux tiene dos necesidades contrapuestas.
Como prófugo, necesita un lugar donde esconderse.
Y como drogadicto, necesita pillar.
La manera en que se relacionan drogadictos y camellos ha cambiado. Antes, los camellos paraban en ciertas esquinas o zonas de parques, o incluso de playas, a la espera de que llegaran compradores. En aquellos tiempos, Boone podía rondar por esos sitios en busca de su objetivo. Pero esos mercados de la droga ya no existen. Desde que aparecieron los teléfonos móviles y las redes sociales, los adictos llaman por teléfono o mandan un mensaje a sus camellos habituales y quedan en algún sitio cerrado, donde nadie los ve.
Así que Boone ha tenido que adoptar otra táctica.
Ha recurrido a High Tide, el samoano miembro fundador de la Patrulla del Amanecer de Pacific Beach. High Tide se crio en Oceanside, donde formaba parte de una pandilla y, aunque ahora es literalmente un santo —de la variante de los Últimos Días—, sigue teniendo contactos en ese mundillo y Boone le ha pedido que hable con ellos y haga correr la voz de que si Terry aparece e intenta pillar, le pasen el soplo o Duke no volverá a pagarles la fianza.
Mientras espera a tener noticias de High Tide o a que Terry se presente en alguna joyería o una tienda de empeño, Boone recorre la costa por si asoma la cara en alguna parte.
Dave Love God va con él.
Si encuentran a Terry, harán falta dos hombres para reducirle. Y, además, tienen que hablar con un montón de gente y la mitad, como mínimo, serán mujeres y a las mujeres les encanta Dave, quizá porque intuyen que el sentimiento es mutuo.
—Esto no me gusta —dice Dave.
—A mí tampoco —contesta Boone—, pero Terry se ha pasado de la raya. Y nosotros hemos comido muchas veces gracias a Duke.
Empiezan por Ocean Beak —u OB, como la llaman los lugareños— y luego van hacia el norte parando en moteles y locales de comida rápida. Se turnan: uno espera en el coche y el otro entra, enseña la foto de Terry y pregunta a los empleados y camareros si le han visto.
Nadie ha visto a Terry en OB o, si le han visto, no lo dicen.
Y lo mismo en Mission Beach.
Llegan a Pacific Beach (o PB), su playa de siempre, y en un motelito de Mission Boulevard suena por fin la flauta.
Boone entra a hablar con la recepcionista, una india de mediana edad que casualmente también es la propietaria. Le enseña la foto y pregunta:
—¿Ha visto a este hombre?
—¿Es usted de la policía?
—No, señora, pero actúo en su nombre.
—Aquí respetamos la intimidad de nuestros huéspedes.
—Entonces ¿se aloja aquí?
—¿Qué ha hecho? —pregunta la mujer.
—Pegar a una mujer, entre otras cosas —contesta Boone.
Ella se queda pensando un momento. Luego dice:
—Llegó anoche.
Boone nota que le sube la adrenalina.
—¿Cuál es su habitación? —pregunta. Dave está fuera, en el aparcamiento, vigilando por si llega Terry e intenta escapar al ver a Boone.
—La dos cero ocho.
—¿Sabe si está allí ahora?
—Se marchó esta mañana. Bueno, a mediodía. La hora de salida son las doce y tuve que darle un toque a las doce y media.
Terry se largó de casa de Samantha con las cosas que le robó y vino a esconderse aquí, se dice Boone. Sabía que le convenía quedarse solo una noche porque conoce el procedimiento. Ahora andará buscando otro sitio donde esconderse hasta que coloque el reloj y el collar y consiga dinero para escapar.
Esto es una carrera.
—¿Puede decirme si estaba solo? —pregunta, convencido de que la mujer lo sabe. La oficina del motel está impecable. Seguro que la dueña sabe quién entra y quién sale de su negocio.
—Había una joven —dice—. Vino después y fue a su habitación.
—¿Estaba con él cuando se marchó?
La mujer parece avergonzada.
—Sí.
O sea, que Terry se ha camelado a otra. Tiene transporte y puede que un sitio donde esconderse.
—¿Puede decirme qué tipo de coche tenía la chica?
—No entiendo mucho de coches.
Boone le da las gracias y vuelve a la furgoneta.
—Estaba aquí a mediodía, pero se ha ido —dice Boone.
—¿Y ahora qué? —pregunta Dave.
—Habrá que seguir presionando —dice Boone—. Seguro que alguien le avisa de que le vamos pisando los talones. Si conseguimos que siga moviéndose, todavía podemos cogerle.
Están en Solana Beach cuando suena el teléfono.
Es Tide.
Terry va a ir a pillar.
Tide los está esperando en el aparcamiento de los apartamentos Carlsbad, entre Washington Avenue y Chestnut, en la zona de North County, a solo tres manzanas de Tamarack Beach. Ha aparcado la furgoneta al lado derecho del edificio de dos plantas, junto a una estrecha franja de matorrales cruzada por un caminito de tierra que flanquea las vías del tren.
Boone aparca a su lado.
Tide baja la ventanilla.
—¿Conoces a Tommy Lafo?
Boone no le conoce.
—Mejor para ti —añade Tide—. Es un gusano, un traficante de heroína.
—¿Vive aquí?
—Él no, sus abuelos.
—¿Están en casa?
Eso podría ser un problema. No quiere meter a una pareja de ancianos en este embrollo. Podrían resultar heridos.
Tide niega con la cabeza.
—Están en Palauli viendo a la familia. Se morirían de vergüenza si lo supieran.
—¿Por qué ha delatado ese tal Lafo a Terry?
—Se ha metido en un lío con los Hermanos Samoanos —explica Tide—. Ha dejado preñada a la sobrina de un jefe y le están buscando para darle un escarmiento. Necesita ayuda.
Pues ha acudido al lugar indicado, piensa Boone. High Tide dejó la banda hace años, pero sigue siendo un «tío» muy respetado que actúa como mediador con los Hijos de Samoa, los Tonga Crips y otras bandas de isleños. Puede conseguirle una rebaja de pena a Tommy Lafo: que pase por la vicaría, quizá, en vez de acabar muerto en un descampado.
—Convendría entrar ya —dice Tide—. Maddux viene para acá.
—¿Cómo va a venir? —pregunta Dave.
—No lo ha dicho. No creo que lo supiera.
—Seguramente le traerá la chica de anoche —comenta Boone.
Él y Tide entran en el edificio. Dave espera fuera para vigilar la llegada de Terry y cortarle el paso si intenta huir. El edificio de apartamentos es una construcción tosca y anodina de bloques de cemento. Toman el ascensor para subir a la primera planta.
Tide llama a la puerta de Tommy.
Tommy Lafo tiene poco más de veinte años y es bajito y flaco. Lleva el pelo, muy negro, recogido en un moño en la coronilla y tiene los brazos cubiertos de tatuajes. Los que tiene en el cuello se prolongan bajo la camiseta negra. Parece nervioso.
Y con razón, piensa Boone.
High Tide no es un hombre con el que convenga enemistarse.
Tommy le mira y dice:
—¿Qué pasa, uce?
—Yo no soy tu hermano, pukio —replica Tide—. Te presentaría, pero no te mereces conocer a mis amigos. ¿Maddux viene para acá?
—Está a cinco minutos —dice Tommy—. Acaba de mandarme un mensaje.
Tide echa un vistazo al pequeño apartamento: el cuarto de estar y la cocina en la que están parados, una puerta abierta que da a un dormitorio y otra puerta que da a un baño.
—Vamos a esperar en el dormitorio. Tú le abres la puerta a Maddux y luego cierras. ¿Dónde tienes la mercancía?
Tommy señala una mochila colocada sobre una silla.
—Ahí.
—Coges el dinero que te dé y sacas la droga —continúa Tide—. Como estará distraído con eso, nosotros salimos y le agarramos. Tú procura no estorbar, ¿entendido?
—Claro.
—Si la cagas —dice Tide clavándole la mirada al chico—, ou e fasioti oe.
Tommy se pone pálido.
Boone no habla samoano pero está seguro de que Tide acaba de decirle que le matará.
Entran en el dormitorio dejando la puerta entornada.
El teléfono de Boone vibra. Se lo acerca al oído y oye decir a Dave:
—Terry acaba de salir del coche. Conduce una chica, pero ella no se ha bajado.
Boone cuelga y le hace una seña a Tide. El samoano se saca unas esposas de debajo de la camisa.
Boone oye el tintineo del teléfono de Tommy al recibir un mensaje. Seguramente es Terry desde abajo, para avisarle de que va a subir.
Pasa un minuto.
Noventa segundos.
—Lafo le ha puesto sobre aviso —susurra Boone.
Dave llama cuando está saliendo de la habitación.
—Está en el aparcamiento, va corriendo hacia el coche. Voy a cortarle el paso.
Boone sale corriendo del apartamento, no espera al ascensor, baja por la escalera y oye decir a Dave por teléfono:
—La chica se ha largado. Voy persiguiendo a Terry en dirección sur.
Al llegar al aparcamiento, Boone tuerce a la derecha y ve que Dave cruza corriendo un descampado y se mete en un callejón, entre una caseta vieja y otro edificio de apartamentos. Boone va tras él. El callejón se estrecha al pasar entre otros dos edificios. Luego, Boone oye que Dave grita «¡Allí!» y ve que Terry se mete de un salto en el jardín de una casa.
Luego le pierde de vista.
—¡A la derecha! —grita Dave—. ¡A la derecha!
Boone cruza el jardín detrás de él y sale a un camino ancho que desemboca en un callejón sin salida. Ve que Terry sale del callejón atravesando unos matorrales y se dirige hacia el sur por el camino de tierra que bordea las vías del tren.
Dave va detrás de él, a unos veinte metros de distancia.
Terry tiene todas las de perder aunque lleve ventaja: un heroinómano de edad madura no tiene nada que hacer contra un legendario socorrista de treinta y tantos años en excelente forma física. Dave Love God se entrena continuamente para salvar a bañistas luchando contra el oleaje, las corrientes y la resaca, y tiene un cardio comparable al de un deportista de primer nivel.
Boone no, pero hace surf como mínimo una vez al día y sigue estando en buena forma. Remar sobre la tabla parece fácil, como si el surfista se deslizara sin esfuerzo por la superficie del agua, pero quien no lo ha hecho nunca no imagina lo duro que es.
Y Tide, con sus ciento cincuenta kilos, no es ningún atleta cuando no está sobre la tabla, pero aun así los sigue, resoplando cabreado, con esa determinación que llevan inscrita en el ADN las gentes cuyos ancestros recorrían miles de kilómetros en canoa por mar abierto.
Terry no se les va a escapar y cada vez tiene menos sitios donde esconderse porque la vegetación va raleando y el camino se ensancha y se hace más árido.
Boone sabe que solo es cuestión de tiempo (y no mucho) que le den alcance.
Entonces oye una bocina.
Y al levantar la vista ve los faros de un tren que viene del sur.
Terry también lo ha visto porque se para y mira a sus perseguidores pensando —se le nota— en hacer una temeridad.
O una locura.
—¡Terry, no! —grita Boone.
Como si decirle «Terry, no» hubiera servido alguna vez de algo. «Terry, no remes hacia esa ola». «Terry, no te pongas otra raya». «Terry, no te metas heroína». Su vida entera se ha definido por lo que los demás le decían que no hiciera y él hacía de todos modos, y ahora está calculando las posibilidades que tiene de cruzar las vías delante de un tren en marcha para dar esquinazo a sus perseguidores.
Ha hecho cosas parecidas montado en motos de agua, metiéndose bajo una ola gigante para sacar a un compañero de la zona de impacto, e incluso subido a la tabla ha volado por la pared de una ola asesina y cruzado el tubo antes de que la ola rompiera y le aplastara.
Y siempre ha salido airoso.
Aun así, Boone vuelve a gritarle:
—¡No lo hagas, Terry! ¡No vale la pena!
Pero, al parecer, él no opina lo mismo.
Boone ve horrorizado que toma impulso y se arroja hacia las vías, delante del tren.
Y lo que es peor, Dave hace intento de seguirle.
De un salto, Boone le agarra y tira de él hacia atrás.
Terry salta al otro lado de la vía a un metro y medio del tren.
—¡Madre de Dios! —exclama Boone.
Y, entre el estruendo de los vagones, oye una risa histérica y a Terry gritar:
—¡Que te den, Boone!
Dave está cabreado.
—Podría haberle cogido.
Puede ser, piensa Boone.
Dave cree fervientemente que puede hacer lo imposible y gracias a esa convicción ha salvado numerosas vidas en las aguas de San Diego. Pero, aun así, Boone contesta:
—No valía la pena.
Tide se inclina, apoya las manos en las rodillas y trata de recuperar la respiración.
—Debe de estar desesperado —dice Boone—. No ha conseguido pillar ni empeñar las joyas y sabe que vamos pisándole los talones. Cometerá algún error y entonces le cogeremos.
Lo dice, pero no está muy seguro.
Vuelven al aparcamiento del edificio y Tide entra a partirle la cara a Tommy Lafo.
—¿Dónde crees que habrá ido Terry? —pregunta Dave.
—Puede que haya vuelto con la chica que le trajo —contesta Boone.
—Tengo la matrícula del coche.
—Ya lo suponía.
Llaman a Duke, que a su vez llama a uno de sus muchos contactos en la policía y vuelve a llamarlos veinte minutos después con un nombre y una dirección.
Sandra Sartini, 1865 de Missouri Street, en Pacific Beach.
Duke sale a abrir.
Stacy tiene veintitantos años y es pelirroja, pechugona y de piernas largas. Tiene un aire un tanto retro, lo que no es de sorprender tratándose de un hombre de gustos anticuados como Duke. De hecho, Chet Baker suena de fondo cantando But Not For Me.
Duke la hace pasar.
Como no es la primera vez que visita la casa, Stacy deja el bolso en el sofá y sonríe ampliamente. Le cae bien Duke: es un caballero, no tiene gustos raros y da buenas propinas. Se fija en la música y pregunta:
—¿Es Harry Connick Junior?
—Chet Baker.
—Ah. La última vez era… ¿Gil Evans?
—Tienes buena memoria.
Duke se acerca a la barra y sirve un vaso de whisky para cada uno, le pasa el suyo y le indica que se siente. No tiene prisa por llegar al plato fuerte y ella está a gusto; a fin de cuentas, Duke le paga por horas. Sabe que no es uno de esos tipos que solo quieren hablar. No hay duda de que en algún momento querrá sexo, pero primero le gusta disfrutar de estas pequeñas delicadezas. Stacy ha descubierto que le agrada su caballerosidad, y hasta ha aprendido un poco de música.
Duke es cuidadoso con sus placeres. Darse excesiva prisa es desperdiciarlos, de ahí que saboree parsimoniosamente el whisky, la música, el olor del perfume de Stacy, la curva de su pierna bajo la falda, el brillo de sus ojos verdes. Dentro de unos minutos dejará su vaso sobre la mesa, le tenderá la mano y la llevará arriba, al dormitorio.
Un hombre como él, con su oficio, conoce a todas las chicas de alterne, y a las mejores entre ellas. Stacy es una de sus favoritas, pero Duke no se hace ilusiones de viejo chocho: sabe que Stacy no es su novia. Se trata de una transacción estrictamente comercial; es consciente de ello y se da por satisfecho con eso, sin sentir ningún remordimiento, ni con Stacy ni con las otras.
Nunca engañó a Marie, ni siquiera se le ocurrió engañarla, no sintió la tentación de hacerlo a pesar de que literalmente cientos de mujeres le ofrecieron sexo a cambio de una fianza. Pero ahora Marie ya no está, hace tiempo que se fue, y Duke es un hombre realista.
Uno tiene sus necesidades y esta es la manera más sencilla y fácil de satisfacerlas. No quiere tener una «relación», sabe que nunca volverá a enamorarse. Se trata solo de sexo. El sexo es ameno, es sano, es necesario, pero nada más. Stacy se desenvuelve a la perfección en la cama, hace bien su trabajo, incluso con simpatía y cariño, y luego se ducha, se viste y se va.
Duke se despertará solo. Acostarse con otra mujer no le parece una traición al recuerdo de Marie, pero despertarse con otra sí, por motivos que es incapaz de expresar y cuya pertinencia ética no quiere discutir ni siquiera con Neal y Lou.
Acaba la canción y Chet se lanza a tocar That Old Feeling.
Duke deja el vaso encima del velador y tiende la mano.
—Me preocupa Duke —dice Karen al meterse en la cama.
—Duke está bien —contesta Neal apartando la vista de su novela de Val McDermid.
El experto en literatura picaresca se ha aficionado a la novela policíaca y tiene sobre la mesita de noche una pila de libros de bolsillo: Ian Rankin, Lee Child, T. Jefferson Parker…
—Yo no estoy tan segura —insiste Karen—. ¿Cómo está del corazón?
Neal se encoge de hombros. Su mujer frunce el ceño, contrariada por su respuesta.
—Tenemos una norma —explica él—: no hablar de nuestros problemas de salud.
Ella menea la cabeza. Duke, Lou y su marido pueden pasarse las horas muertas discutiendo si las estadísticas de ángulo de lanzamiento están acabando con el béisbol o si las tarjetas de fidelización sirven de algo o no («¿Qué lealtad demuestra hacia un negocio el llevarte el diez por ciento de lo que has gastado en él?», ha argumentado Neal en alguna ocasión) y sin embargo no son capaces de hablar de algo tan vital —literalmente— como su estado de salud.
—A mí me ha parecido cansado.
—Está preocupado por la empresa y por lo de ese tal… ¿cómo era? Terry Maddux.
Karen va por la página ochenta y cinco del libro de Michelle Obama. Busca la página por la que va, se pone a leer y luego pregunta:
—¿Puedes ayudarle a encontrar a ese tipo?
—Los tiempos en que me dedicaba a buscar gente quedan ya muy lejos.
Antes de acabar sus estudios y convertirse en profesor universitario, Neal se dedicaba a encontrar a personas desaparecidas para una exclusiva agencia de detectives que ayudaba a gente rica a lidiar con sus problemas.
—Puede que sea como montar en bici —comenta Karen.
—Nunca he montado en bici —responde Neal— y no pienso empezar ahora. Además, Duke sabe lo que se hace y tiene a gente que conoce bien las calles de esta zona. Si Maddux hubiera desaparecido en la sala de profesores, quizá yo pudiera encontrarle, pero fuera de allí…
Karen vuelve a fingir que lee.
—Pensaba que a lo mejor te apetecía echarle una mano a un amigo, nada más.
—Estabas deseando que dejara ese trabajo, ¿te acuerdas? —dice Neal.
Sí, Karen se acuerda. Estuvieron varios años separados por culpa de su trabajo, porque Neal estaba siempre por ahí buscando a alguien y haciendo cosas que no podía contarle. Solo cuando prometió dejarlo y lo cumplió aceptó Karen volver con él. Y es mucho más feliz siendo la mujer de un profesor universitario, de modo que es consciente de la hipocresía que entraña lo que le está sugiriendo.
—Además, eso es cosa de jóvenes —añade Neal—. Y lamento decírtelo, pero yo ya no soy joven.
—Tampoco eres viejo —responde ella bajando el libro y volviéndose hacia él.
Se le da bien jugar al póquer, no hay duda.
Un rato después, Neal dice:
—De acuerdo, le llamaré.
Pasa la noche entera allí sentado.
Boone en el Boonemóvil, frente al número 1865 de Missouri.
Otro edificio de apartamentos y otro callejón sin salida, se dice.
Una urbanización grande, de dos plantas, en forma de herradura, con patio central y piscina.
Sandra está en casa. O, por lo menos, tiene el coche aparcado en el garaje subterráneo. El Boonemóvil, en cambio, está en la calle, frente a la entrada de la urbanización. Dave está aparcado más allá, en Chalcedony, y Tide en Academy, por si acaso Terry llega por una entrada trasera.
Tienen que estar allí, no les queda otro remedio, aunque seguramente sea inútil —piensa Boone— porque un prófugo curtido como Terry sabrá que tienen el número de matrícula y procurará no acercarse por allí. Aun así, puede que se le haya ido la olla o que esté desesperado por refugiarse en algún sitio, o que no piense con claridad porque esté con el mono y trate de volver a casa de Sandra y entrar a escondidas.
Boone ya ha pedido a su gente que se informe sobre ella. Sandra es enfermera en el hospital Sharp Grossmont, en urgencias, así que es lista, gana pasta y es poco probable que se deje llevar por el pánico.
Boone llama a Dave, más por aburrimiento que por otra cosa.
—¿Alguna novedad?
—Pues no sé —contesta Dave—. ¿Terry puede metamorfosearse?
—No, que yo sepa.
—Entonces puedo descartar al gato que acabo de ver.
Está empezando a amanecer. Pronto Hang Twelve, Johnny Banzai y Sunny Day estarán remando sobre sus tablas y preguntándose dónde se han metido.
Suena el teléfono.
—¿Crees que Maddux puede estar dentro? —pregunta Dave—. ¿Que a lo mejor llegó antes que nosotros y se está escondiendo?
—Es posible, supongo.
—¿Entramos?
Es demasiado temprano, piensa Boone. No quiere darle un susto de muerte a Sandra aporreando su puerta de madrugada y que se monte un espectáculo y acaben apareciendo los vecinos y la policía. Es mejor esperar a que se haga de día. Además, así, si Terry está dentro, será más probable que esté durmiendo.
Y siempre conviene pillar a un prófugo dormido y darle un buen susto.
Entonces ve por el retrovisor que un coche para a menos de diez metros detrás de él. Un tipo con gorra de béisbol se baja, mete las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero negra, se acerca a la furgoneta y toca con los nudillos en la ventanilla.
Boone la baja.
—¿Boone Daniels? —pregunta el desconocido.
—Sí.
—Soy Neal Carey. Duke Kasmajian me ha pedido que venga, por si puedo echar una mano.
Entran a las siete de la mañana.
Una de dos: o Terry está dentro o ya no va a venir. Tide y Dave se quedan vigilando la parte de atrás por si acaso Terry sale por una ventana y Neal y Boone entran en el patio, rodean la piscina y llaman al timbre del apartamento de Sandra en la planta baja.
Tarda dos minutos en ir a abrir y Neal se pregunta si habrá invertido ese tiempo en despertar a Terry, lo que estaría bien, porque así él iría camino de la ventana del baño y caería en brazos de los hombres de Boone, que parecen perfectamente capaces de tratar con un fugitivo.
Sandra está vestida, sin embargo. Lleva vaqueros y sudadera y no parece soñolienta. Es guapa, con la nariz aguileña y pecosa y cejas oscuras y enérgicas. Sostiene una taza de café con la mano izquierda y trata de fingirse sorprendida porque alguien llame a su puerta a estas horas.
—¿Sí?
—Señorita Sartini —dice Neal—, ¿está Terry Maddux ahí dentro?
—¿Quién?
—Dejémonos de fingimientos, si le parece —añade Neal—. Anoche llevó usted a Terry Maddux al apartamento de un traficante de heroína para que pudiera comprar droga.
—No sé de qué me habla —insiste ella.
—¿Podemos pasar?
—No. Y márchense de aquí o llamo a la policía.
—Sí, hágalo —responde Neal—. Nosotros podemos comentarles, de paso, que ha dado usted cobijo a un prófugo. Y si Terry está ahí dentro y se encuentra en posesión de drogas, la inhabilitarán a usted como enfermera. Claro que también puede dejarnos pasar para que echemos un vistazo rápido y, si en efecto Terry no está, la dejaremos en paz. Y no nos fijaremos en nada que no sea Terry.
Ella se aparta y los deja pasar.
El apartamento es pequeño, de una sola habitación. Una barra separa la estrecha cocina del cuarto de estar. La puerta del dormitorio está abierta.
—¿Podemos entrar? —pregunta Boone.
Neal se acerca con precaución a un lado de la puerta y Boone se queda unos pasos por detrás, porque Terry podría esperar a que Neal cruce la puerta y entonces tratar de derribarle, pasar por encima y salir por la puerta de la calle. Neal no cree, sin embargo, que Boone vaya a permitir que nadie le arrolle y ya han acordado que será Neal quien hable y Boone quien se encargue de la confrontación física, si llegan a ese extremo. Que Neal espera que no, porque nunca le ha gustado la violencia.
—Terry, si estás ahí, sal —dice—. No caigamos en esto, es degradante de la hostia.
No hay respuesta.
Neal entra en la habitación.
Terry no está.
Ni en la cama ni debajo de ella ni en el armario.
Tampoco está en el cuarto de baño ni en la ducha.
Al salir del dormitorio, Neal ve que la ventana está cerrada del todo, pero podría haberla cerrado Sandra después de que saliera Terry. Pero, si fuera así, Tide ya los habría avisado.
Neal vuelve al cuarto de estar.
—¿Contentos? —pregunta Sandra, sentada en el sofá.
—No hay nada en esta situación que nos contente —responde Neal—. ¿Cuándo fue la última vez que le vio? ¿Cuando se asustó y se marchó del aparcamiento, en Carlsbad? ¿O la llamó Terry para que le recogiera y le llevara a algún sitio?
—No tengo por qué contestar a sus preguntas.
Neal se sienta a su lado y dice:
—Por favor, dígame que no se ha llevado drogas del hospital para dárselas.
—Yo no haría tal cosa.
—Pero él se lo ha pedido.
Sandra se encoge de hombros.
Claro que se lo ha pedido: es un yonqui.
—¿Eso se lo ha hecho Terry?
—¿El qué? —Ella se lleva instintivamente la mano al cuello.
—Esos moratones que tiene debajo del pelo —dice Neal—. Cuando le dijo que no, perdió los nervios y la agarró del cuello. Luego se sintió culpable, le suplicó que le perdonara y le dijo que, si le quería, lo menos que podía hacer era llevarle en coche a casa de su camello. Le prometió que sería su último pico y que luego se entregaría y dejaría las drogas.
—¿Cómo lo sabe?
—Mi madre era yonqui —contesta Neal—. Llevo toda la vida tratando con adictos. Pero lo que importa es qué va a hacer usted ahora, Sandra.
—¿Qué quiere decir?
—Que tiene alternativas. Puede mantener la boca cerrada y dejar que Terry siga en la calle hasta que muera de una sobredosis o puede decirme dónde le llevó para que quizá consigamos encontrarle vivo, en vez de muerto y con una aguja en el brazo.
Neal no vuelve a hablar mientras ella se lo piensa. Se limita a mirarla.
—Le dejé en el Longboard —dice Sandra al cabo de unos minutos.
Neal mira a Boone, que dice:
—Es un bar de surferos en Pacific Beach.
—¿Qué iba a hacer allí?
—Me dijo que el dueño era amigo suyo.
—Brad Schaeffer —dice Boone—. Shafe, le llaman. Terry y él se conocen desde hace mucho.
Neal le da a Sandra una tarjeta de Duke.
—Si Terry se pone en contacto con usted, ¿podría llamar a este número?
—Yo le quiero —dice ella.
—Es una putada, ¿verdad? —contesta Neal al levantarse—. Si alguna vez tiene problemas, recuerde que Duke Kasmajian le debe un favor. —Luego le entrega otra tarjeta—. Esta es del teniente Lubesnick, de la policía. Pertenece a otra unidad, pero él le llevará a la persona indicada para que presente la denuncia por agresión.
—No voy a presentar denuncia.
—Terry también ha agredido a otra mujer. Y a usted ha intentado estrangularla. ¿Tiene que morir alguien para que alguna de ustedes haga lo que tiene que hacer? Piénselo, ¿de acuerdo?
Cuando salen al patio, Boone comenta:
—Has estado magnífico ahí dentro.
—He leído muchos libros —contesta Neal.
Van en coche hasta el Longboard, a solo manzana y media de la playa, en Thomas Avenue.
Es el típico garito de surferos: cerveza de grifo, chupitos, nachos, tacos, alitas de pollo y buenas hamburguesas. Últimamente, Shafe ha cedido a la moda de la cerveza artesana. Boone ha estado allí mil veces.
Ahora, a las siete y media de la mañana, está cerrado y muerto.
—Háblame de Shafe y Terry —pide Neal.
—Hace años surfeaban juntos, olas de las grandes —explica Boone—. Todos Santos, Cortez Bank, Mavericks… Terry hizo carrera de ello, viajaba por el mundo pagado por sus patrocinadores, salía en portadas de revistas, en vídeos… Shafe, no.
—¿Y eso por qué?
—Porque nadie tenía tanto talento como Terry. Y Shafe es californiano de pura cepa. Quería quedarse aquí, cerca de su bar y de las playas donde solía hacer surf. Además, era un padrazo. Tenía cuatro chavales y no quería perderse sus campeonatos de surf y sus partidos de béisbol. Así que Terry se convirtió en una estrella y Shafe se quedó aquí y se convirtió en una leyenda local.
—¿Está amargado?
—Por eso no.
—¿Por qué, entonces? —pregunta Neal.
—Travis, su hijo mayor, murió de una sobredosis de heroína hace tres años. No lo ha superado.
—¿Y quién supera una cosa así?
Boone estuvo en el entierro. Fue espantoso.
—Con esos antecedentes —comenta Neal—, ¿por qué cree Maddux que Schaeffer puede estar dispuesto a ayudarle?
Boone le cuenta que, hace años, en Mavericks, Shafe cayó de cara desde la pared de una ola de diez metros. Quedó desorientado y aturdido, dando volteretas en el agua fría y negra, sin saber dónde quedaba la superficie ni poder trepar por el cable para salir a flote. Y la ola le empujaba a toda velocidad hacia un arrecife sumergido en el que moriría a causa del impacto, si no se ahogaba primero.
Montado en su moto acuática, Terry se fue derecho a la zona de impacto. Con la ola cerniéndose sobre él como un espadón dispuesto a hacerle picadillo, se metió dentro y pescó a Shafe en el momento en que la ola rompía sobre ellos. Y luego salió del tubo con Shafe subido en la moto, tras él.
Una de sus hazañas antológicas, todo un clásico.
—O sea, que Schaeffer cree que le debe la vida a Maddux —dice Neal.
—No es que lo crea, es que se la debe —afirma Boone.
—¿Dónde vive Schaeffer?
—En Cass, pero no creo que Terry esté en su casa. Ellen, la mujer de Shafe, le prohibió entrar. Dijo que no quería tener a un drogadicto cerca de sus hijos.
—Uf.
—Sí.
—O sea, que o Terry está en el bar o… ¿Schaeffer se prestaría a llevarle a México? —pregunta Neal.
—Sin pensárselo dos veces.
Neal suspira.
—Si Maddux ha conseguido vender las joyas y tiene pasta, se habrá largado. Ya podemos despedirnos de él.
Esperan delante del bar, por si Terry está dentro y asoma la cabeza. Pero, conociendo a Terry como le conozco —se dice Boone—, lo más probable es que a estas horas esté ya en la playa de Rosarito tomándose una margarita y riéndose de nosotros por pringados.
Terry siempre sale por el otro lado del tubo.
Duke recibe una llamada de Sam Kassem, el dueño de una de las mayores joyerías de San Diego.
—Esas joyas sobre las que nos avisaste —le dice Kassem—. Esta mañana ha venido un tipo intentando venderlas. Mi dependiente le ha dicho que esperara, ha entrado en la trastienda y ha llamado a la policía. Cuando ha vuelto a salir, el tipo se había largado.
—¿Qué ha dicho la policía?
—Que no pueden hacer nada porque no se ha denunciado el robo de las joyas.
—¿Era Terry Maddux? —pregunta Duke.
—No sé quién es ese —contesta Kassem—, pero la cámara de la tienda le ha grabado.
—Pues muchas gracias, Sam. Te debo una.
—Qué va, no me debes nada.
Duke mira el vídeo que le manda Kassem. Muestra a un varón blanco de cerca de metro ochenta y cinco de estatura, unos cincuenta años, pelo negro cortado casi al cero, camisa negra vaquera y tejanos.
No es Terry, pero aun así es buena noticia porque significa que Maddux no ha conseguido convertir la mercancía en dinero líquido, que es lo que necesita para huir.
Duke manda el vídeo al móvil de Boone.
Como es una mañana de invierno, Boone encuentra sitio en el pequeño aparcamiento de Neptune Place, en los acantilados que dan a Windansea Beach.
Es un lugar icónico, una de esas pocas playas con prestigio tanto en la literatura como en la tradición surfera. Tom Wolfe le dio fama en su libro La banda de la casa de la bomba, pero mucho antes de eso los surfistas de la vieja escuela ya la habían convertido en un gran centro del surf de la región de San Diego.
La vieja casa de la bomba desapareció hace tiempo y muchos de los surfistas de entonces han fallecido, pero la playa mantiene su prestigio.
Terry Maddux solía surfear aquí.
Algunos de sus amigos de siempre siguen haciéndolo.
Hoy solo han salido los más aguerridos.
Hace frío, el viento sopla del noroeste y se está levantando una fuerte marejada. El océano está de un gris casi negro, color pizarra, solo un tono más oscuro que el cielo nublado. Los surfistas que han salido llevan gruesos trajes de neopreno con escarpines; algunos, hasta con capucha.
Los hay que no han salido. Unos cuantos veteranos se conforman con observar las evoluciones de los más jóvenes y comentar la jugada desde la playa. Es axiomático: cuanto mayor te haces, más fría está el agua. Los viejos se acuerdan de los veranos, nunca de los inviernos.
Boone no saca su tabla de la furgoneta.
Se sube la capucha y baja por el camino de tierra que lleva a la playa, donde, como esperaba, se ha reunido una bandada de veteranos. Algunos llevan el equipo puesto y han sacado la tabla como si se dispusieran a salir. Otros ni siquiera se han molestado.
Saludan a Boone con cordialidad no exenta de fastidio. Él pertenece a la generación siguiente, pero tiene buena reputación, así que le muestran cierto respeto. En esta parte de la costa todo el mundo sabe que Boone Daniels sabe surfear, que se ha batido el cobre en las olas muchas veces, de ahí que no le pongan las cosas difíciles como harían con un desconocido.
Uno de los que tiene fama de putear a los pipiolos es Brad Schaeffer.
Shafe es un histórico del surf en San Diego. Su cabello negro, que lleva casi rapado, está entreverado de canas, pero tiene el cuerpo fibroso como una cuerda tensa y tatuado. Si buscas a un «sheriff» en Windansea, es a Schaeffer a quien tienes que acudir. Él mantiene alejados a los intrusos y a los locales, derechos como una vela.
Hoy no va a salir, pero Boone está seguro de que mañana sí.
Cuando haya más oleaje.
—No deberías hacer lo que estás haciendo —le dice Shafe—. Vender a un colega por dinero.
—Duke va a tener que apoquinar trescientos mil dólares si no se entrega —contesta Boone.
Duke ha sacado a Shafe bajo fianza más de una vez. Cuando bebe, Shafe puede ponerse violento. Se ha metido en peleas en su propio bar y también en la playa, a pocos pasos de donde están en ese momento, cuando pensaba que un recién llegado se estaba pasando de listo. Boone sabe que no conviene pelearse con Brad Schaeffer. Normalmente, la cosa no acaba bien.
—Duke puede asumir esa pérdida —contesta Shafe.
—¿Sabes dónde está Terry?
—No. Y, si lo supiera, a ti no iba a decírtelo, puedes estar seguro.
Se quedan callados unos segundos y Boone nota que Shafe se está encabronando.
—Shafe —dice—, hay un vídeo en el que apareces intentando vender unas cosas que robó Terry.
—A lo mejor no las robó. Puede que fuera un regalo.
—Si creyeras eso, no te habrías largado de la tienda. Tu buen amigo Terry te está implicando en un delito. Y te cargará con el marrón, si puede, para escaquearse.
A Shafe se le enturbia la mirada.
—Terry me salvó la vida, así que lárgate de aquí de una puta vez si no quieres que se monte una gorda.
Boone no contesta, pero tampoco se mueve. Si retrocedes delante de Shafe, solo consigues que se te eche encima. Y ahora sus colegas, miembros leales de su cuadrilla, empiezan a acercarse, forman corro a su alrededor, listos para intervenir si Shafe los necesita.
Así que todos le oyen decir enérgicamente:
—Terry es un buen tipo.
—¿Sabes que tiene por costumbre pegar a las mujeres?
Puede que lo sepas, piensa Boone. Puede que lo sepas y que no te importe.
Puede que lo sepan todos.
Y eso le cabrea.
—Le estás escondiendo en tu bar —afirma—. ¿También has ido a comprarle droga?
—Te estás pasando, Daniels.
—Tú sabes mejor que nadie lo que es la heroína. Si le entregas, quizá reciba la ayuda que necesita.
—¿En la cárcel? —pregunta Shafe.
—Por lo menos estará vivo —contesta Boone, y al instante se arrepiente de haberlo dicho porque no quería que pareciera una referencia a la muerte de su hijo.
Shafe le lanza un derechazo a la mandíbula. Boone para el golpe sin esfuerzo, pero Shafe le asesta un puñetazo con la izquierda en el estómago. El siguiente derechazo le da en el hombro izquierdo y le deja el brazo entumecido y Boone no alcanza a parar el golpe que le lanza a un lado de la cara. Retrocede tambaleándose y trata de mantenerse en pie, pero Shafe le engancha el tobillo izquierdo, tira y le hace caer.
Se echan sobre él como una manada.
Le patean, le pisan, le insultan.
Boone levanta los brazos para taparse la cabeza y lanza patadas para mantenerlos a raya, pero no consigue protegerse por todos los flancos y encaja un golpe tras otro. Cuando intenta levantarse, le tumban a patadas y luego Shafe, inclinándose sobre él, le lanza un derechazo con intención de hundirle la cara. Boone vuelve la cabeza y Shafe incrusta el puño en la arena, junto a su cara. Boone le agarra del brazo y tira de él para desequilibrarle y usarlo como escudo, pero los otros siguen pegándole patadas en las costillas por debajo de Shafe.
Luego, de pronto, todo se para y Boone siente que le quitan a Shafe de encima y al mirar hacia arriba ve que Tide le ha levantado como una grúa y que Dave está parado a su lado con los puños en alto, como desafiando a los otros a ir a por él.
Ninguno acepta el desafío.
Retroceden.
Dave ayuda a Boone a ponerse de pie.
—¿Estás bien?
—Ahora, mejor.
Shafe le lanza una mirada de puro odio.
—Yo no le he comprado caballo.
—Dile que se entregue —replica Boone.
Dave le ayuda a volver al aparcamiento.
Adriana le aplica una toalla llena de cubitos de hielo en la mejilla hinchada.
Boone se siente como…, en fin, como si le hubieran dado una paliza. Podría haber sido peor —mucho peor— si no llegan a aparecer Dave y Tide. Neal Carey, que se había quedado vigilando el Longboard hasta que fueran a relevarle, les dijo dónde había ido y ellos pensaron que convenía ir a echar un vistazo por si tenía problemas.
Carey siguió vigilando el bar.
—¿Sí? ¿No te importa? —le preguntó Dave.
—Tengo un libro —contestó Carey.
Así que le dejaron sentado en el coche de Dave, aparcado frente al bar, al otro lado de la calle.
Ahora, Duke echa un vistazo a la cara de Boone y dice:
—Te han dejado hecho un trapo.
—La verdad es que me lo busqué yo —contesta Boone—. Dije una cosa que no debería haber dicho.
—Voy a llamar a la policía —dice Adriana—. Deberías denunciarlos.
Boone le dice que no llame.
—Así Schaeffer se sentirá más presionado para entregar a Terry —contesta ella.
—Si no ha cedido después de que le hayamos amenazado con denunciarle por vender artículos robados, no cederá por esto —comenta Duke—. Además, seguro que los surfistas tienen algún código de honor absurdo que Boone no quiere quebrantar.
—Así es —dice Boone.
—Bueno, ¿y ahora qué? —pregunta Dave.
—Hay que llamar a la policía —insiste Adriana—. Que pidan una orden de registro, que entren en el bar y trinquen a Terry.
—Quiero trincarle yo —responde Duke. Se saca un puro del bolsillo de la camisa y empieza a mordisquearlo—. No me gusta que muelan a palos a mi gente.
—Estoy bien —dice Boone.
—Eso crees tú —contesta Dave—. Vas a ir al hospital a que te echen un vistazo.
—No, no pienso…
—Vas a ir si quieres que te pague —le interrumpe Duke, y mira a Dave—. ¿Puedes llevarle tú?
—Claro.
Se quedan todos parados.
—Ahora mismo, digo —insiste Duke.
San Diego, piensa para sus adentros. Una ciudad en la que prácticamente nadie tiene prisa.
Antes de salir, Boone pregunta:
—¿Qué vas a hacer con Maddux?
—Voy a encontrarle —afirma Duke.
Terry Maddux está en ese bar, se dice. Llevo cuarenta años en este negocio, me lo huelo, está ahí dentro, con el mono y cada vez más desesperado.
La estación de tren, la de autobuses y el aeropuerto están vigilados. La comunidad de surferos de San Diego es un mundo muy reducido y pronto se correrá la voz de que le han dado una paliza a Boone. A unos cuantos les parecerá bien, pero a la mayoría no, porque Boone Daniels es un tipo muy querido en ese ambiente. Así que a Terry se le van a cerrar en las narices muchas puertas que de otro modo podrían habérsele abierto.
Está atrapado y lo sabe. Y también sabe que sabemos dónde se esconde. Ahora lo que hay que hacer es seguir apretándole las tuercas para que se sienta obligado a huir.
Y, cuando lo intente, allí estaré yo para ponerle las esposas.
No es mala forma de cerrar el negocio.
Porque esto ya es algo personal, piensa Duke mordiendo el puro.
Neal Carey se da cuenta de que es feliz.
Apostado en una azotea desde la que alcanza a ver todas las salidas del Longboard, se da cuenta de que no le desagrada en absoluto estar de guardia, esa inacción en la que consiste básicamente la labor de vigilancia y cuyo tedio solía sacarle de quicio.
Pero de eso hace ya mucho tiempo.
Hará… ¿cuánto? ¿Treinta años que no se dedica a esto?
No es que quiera volver a hacerlo. Le gusta dar clase, enseñar y, sobre todo, le gusta investigar para escribir esos libros tan sesudos que nadie lee. Hasta Karen hace como que los lee, aunque él sabe que en realidad solo los hojea para poder hacerle algún comentario halagüeño.
No, no se arrepiente de haber escogido la carrera de profesor, pero al mismo tiempo tiene que reconocer que esto es divertido y que echaba de menos el ímpetu de la persecución (¿Qué persecución?, se pregunta. Si estás de plantón en una azotea), el suspense, la emoción adolescente de lo prohibido.
La azotea es más divertida que la sala de profesores de la facultad, es así de sencillo.
Suena el teléfono y es Duke.
—¿Estás bien?
—Estupendamente.
—¿No tienes que mear?
—Pues aunque parezca mentira, no.
—Esa chica con la que hablaste —añade Duke—, Sandra Sartini. Ha denunciado a Terry por malos tratos, así que por lo visto no has perdido tu toque maestro. En fin, voy a mandar a alguien para que te releve.
—Por mí no hay prisa.
—Se está usted divirtiendo, ¿eh, profesor? —pregunta Duke.
—Sí.
—Como en los viejos tiempos.
—Un poco sí.
—Bueno, pues que lo disfrutes. No va a durar eternamente.
Neal cuelga.
Una camioneta pick-up con tablas de surf en la trasera para en el estrecho aparcamiento que hay detrás del Longboard. Un tipo —de más de cincuenta años, calcula Neal— sale por la puerta del conductor, mira alrededor, se mete las manos en los bolsillos y entra en el bar.
Neal ha visto mil veces esa mirada nerviosa, esos andares rígidos. Se apostaría el anticipo de su nuevo libro —doscientos pavos, nada menos— a que el tipo lleva droga encima.
Y a que Terry Maddux está a punto de meterse un pico.
Duke ha tendido una red alrededor del Longboard.
No se molesta en ocultarlo: quiere que Shafe y Maddux sepan que están allí fuera, como indios rodeando una caravana de carretas en una de esas viejas películas del Oeste. Él mismo ha aparcado descaradamente su Cadillac delante del bar, en Bayard. Dave está en la cafetera de Boone en Thomas Avenue y High Tide en su camioneta, en el aparcamiento de atrás. Carey se ha negado tercamente a bajarse de la azotea y solo ha hecho un breve receso para ir a por más café y a orinar.
Daniels se ha quedado en casa por orden de Duke. Tiene dos costillas fracturadas y varias contusiones graves, y al médico le preocupa un poco que sufra una hemorragia interna. Él decía que con tomarse un par de paracetamoles y ponerse una bolsa de hielo estaría como nuevo, pero Duke le ha ordenado que no se mueva.
Ahora toca esperar.
Llevan aquí todo el santo día y pasarán aquí toda la santa noche, si hace falta. Y es posible que haga falta, si, como sospecha Carey, Shafe le ha traído una dosis a Terry para quitarle el mono. A Duke siempre le conmueve y le apena lo que es capaz de hacer la gente por cariño o lealtad. El cariño y la lealtad triunfan sobre la ley, la moral y las creencias personales, incluso a veces sobre el propio bienestar.
No sé, piensa Duke, quizá sea bueno que así sea. Es lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, pero él ha visto mucho de ambas cosas a lo largo de los años y se pregunta si lo echará de menos.
En cualquier caso, es una lástima que Shafe le haya traído caballo a Terry, porque solo ha conseguido alargar esta situación y retrasar lo inevitable.
Duke sabe que su gente tiene paciencia y disciplina de sobra, dos virtudes que escasean entre los delincuentes crónicos o no serían delincuentes crónicos. Los drogatas como Maddux son culos inquietos por naturaleza, no tienen paciencia ni disciplina para quedarse esperando. Y Terry es tan adicto a la adrenalina como al caballo, así que algo hará para forzar la situación. No hace falta que cierren la red: se meterá en ella él solito.
Aunque, por otro lado —se dice Duke mientras enciende la radio del coche y sintoniza el 88.3 de la FM, la emisora de jazz—, él también tiene que vérselas con unos cuantos adictos a la adrenalina. A los amigos surfistas de Boone —Dave y Tide— les va la marcha y se están poniendo nerviosos, cabreados como están por la paliza que le han dado a su colega.
Cada hora, aproximadamente, uno de los dos llama a Duke y le dice: «¡A la mierda! Entramos, le cogemos y ya está», y eso que saben que, si lo hacen, tendrán que enfrentarse a Shafe y a sus colegas, que también llevan todo el día rondando por aquí. A Duke le preocupa que Dave y Tide no quieran entrar a pesar de eso, sino precisamente por eso: porque quieren tomarse la revancha por lo que le han hecho a su amigo. Y él lo entiende, pero no puede permitirlo.
Paciencia y disciplina.
Se lleva una alegría cuando el locutor pone la versión de Jambo que grabó Nat King Cole con la orquesta de Stan Kenton: Maynard Ferguson y Shorty Rogers a la trompeta, Bud Shank y Art Pepper al saxo alto.
Capital Records, 1950.
Está empezando a ponerse el sol y Duke lamenta no estar en su terraza.
Tumbado en el sofá de su casa, Boone ve hundirse el sol en el horizonte.
Normalmente a estas horas estaría en el porche asando pescado en la parrilla para hacer unos tacos, pero hoy está demasiado magullado para intentarlo.
Así que solo mira por la ventana.
Y escucha música.
Dick Dale y los Del-Tones.
Se quedaría tumbado en el sofá viendo la tele si tuviera tele, pero no ve razón para tenerla.
—¿Y qué me dices del tiempo? —le preguntó una vez Hang Twelve, uno de sus compañeros de la Patrulla del Amanecer, un neojipi al que le va demasiado el ácido y es un surfista de corazón—. ¿No quieres saber qué tiempo hace?
—Si quiero saber qué tiempo hace, salgo a la calle y ya está —le contestó Boone.
—Ya, pero ¿no quieres saber qué tiempo va a hacer? —insistió Hang—. ¿El…, cómo se llama? ¿El pronóstico del tiempo?
—Estamos en San Diego —replicó Boone.
Aquí el pronóstico del tiempo es siempre el mismo, según la época del año. En invierno llueve un poco; en primavera está nublado —«mayo gris y junio negro», dice la gente de por aquí—, y el resto del año hace sol y calor moderado. A veces la bruma del mar dura hasta las once de la mañana y los turistas —que se han gastado una pasta para venir a pasar unos días a la soleada California— empiezan a ponerse nerviosos, pero al final la niebla se levanta y entonces todo el mundo se relaja y se lo pasa bien.
En la tele hay un parte meteorológico especial para surfistas, pero Boone prefiere mirar el pronóstico en Internet y, además, vive en Crystal Pier, así que si quiere ver qué pinta tienen las olas solo tiene que hacer lo que ahora mismo: mirar por la ventana.
Y, además, siente el oleaje, lo nota literalmente debajo de él.
Se acerca la gran marejada invernal norteña, densa y plena, preñada de poder. Por la mañana rodará bajo el muelle como un tren de carga y los surfistas saldrán en masa a su encuentro. La Patrulla del Amanecer también estará allí, cómo no.
Pero tú no, se dice Boone.
Eres un flojo que se ha dejado moler a palos y no hay forma de que te metas remando en esas olas con las puñeteras costillas rotas. Qué digo, ahora mismo no podrías ni levantar la tabla sin ponerte a lloriquear.
Pero Hang saldrá, y también Johnny. Y Dave y Tide, si consiguen solventar lo de Maddux esta misma noche.
Que seguro que sí, se dice Boone.
Porque Terry está esperando a que se ponga el sol, a que oscurezca y llueva un poco, quizá, o incluso —si tiene mucha suerte— a que haya un poco de niebla para que la visibilidad sea menor.
Entonces intentará escaparse.
Pero ¿adónde? Aunque consiga burlar la vigilancia de Duke, lo que es poco probable, ¿adónde va a ir?
Sea donde sea, no puede huir de sí mismo.
Boone lleva toda la vida haciendo surf —lo hacía ya antes de nacer, cuando estaba en el vientre de su madre— y si algo ha aprendido es que no hay ola que te haga escapar de ti mismo: todas te llevan de vuelta a ti.
Terry Maddux está sentado en el suelo, en la parte delantera del bar, con la espalda apoyada en unas cajas de Jack Daniel’s y las piernas extendidas.
El aturdimiento delicioso de su último chute empieza a disiparse.
No sabe si fuera es de noche o de día —no hay ventanas en el bar, solo los fluorescentes del techo— ni cuánto tiempo lleva aquí, pero sabe que no puede quedarse mucho más.
Primero, porque en algún momento entrarán a llevársele a rastras, bien los gorilas de Duke Kasmajian, bien la policía. Segundo, porque es consciente de que hasta Shafe se está hartando de él y es normal, porque Terry le agotaría la paciencia a cualquiera, en eso es un experto.
Y tercero, porque se está volviendo loco.
Sobre todo ahora que se le está pasando el colocón.
Tiene que moverse.
Necesita oler el océano.
Y colocarse otra vez.
Se abre la puerta.
Es Shafe.
—¿Qué tal? —pregunta.
Terry se encoge de hombros.
—Me vendría bien otro chute.
—No puedo conseguirte más —contesta Shafe—. No me quito de encima a la gente de Duke.
Terry espera a que pase lo que sospecha que va a pasar, a que Shafe le diga que tiene que marcharse. Pero no es eso lo que dice Shafe.
—Han rodeado la manzana, llevan ahí todo el día.
Terry sonríe.
—Supongo que Duke no quiere perder su puto dinero.
—Tienes amigos —dice Shafe—. No van a pasar por encima de nosotros.
Claro que pasarán, piensa Terry. Si viene la policía, pasará por entre una pandilla de surferos entrados en años, fijo que sí. Y si Boone Daniels está trabajando para Duke, seguro que su gente también, o sea, ese tal Dave y ese gigantón del samoano.
Y no será fácil pararlos.
Terry preferiría que Shafe y sus colegas no hubieran pegado a Daniels.
Boone es un buen tío, se dice. Ha hecho mucho por mí, pero no debería haberse metido en esto. Un veterano como él debería saber que uno no se mete en la ola de otro.
—Tengo que salir de aquí —dice.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —contesta Shafe, pero Terry nota su tono de alivio, sabe que Shafe también quiere que se largue.
Shafe estaría dispuesto a llegar hasta el final, sí, pero no quiere tener que hacerlo, ¿y a quién puede extrañarle que no quiera que le metan en la cárcel por dar cobijo a un fugitivo? Joder, si la policía encuentra en su local a un yonqui con una jeringuilla, podrían quitarle la licencia del bar.
Sí, no hay duda, es hora de irse.
La cuestión es cómo.
Estoy atrapado, piensa.
Sí, pero no es la primera vez.
También estabas atrapado ayer, junto a las vías, y entonces llegó ese tren y dejaste de estarlo.
Estabas atrapado en Mavericks cuando entraste a salvar a Shafe y aun así encontraste el resquicio de la ola y lo cruzaste y dejaste de estar atrapado.
Ahora estás atrapado en este edificio, rodeado de enemigos.
Tienes que estar atento a cualquier oportunidad que surja y aprovecharla. Y, si no surge, tendrás que forzarla.
Casi siempre hay una forma de escapar de una ola, solo tienes que contener la respiración el tiempo justo para encontrarla.
Y si no la hay…
Pues te mueres.
Neal se sube el cuello de la chaqueta de cuero y se cala la gorra de los Yankees. Refresca en San Diego las noches de invierno y además hay humedad, amenaza lluvia. Sopla un viento fuerte del océano.
Mira su reloj.
Las 9:17 de la noche.
Lleva aquí más de doce horas.
Ya no se divierte, se acuerda perfectamente de por qué dejó este trabajo, pero no va a dejar a Duke en la estacada a estas alturas. Además, está cabreado con el tal Maddux y se le ha metido entre ceja y ceja llegar hasta el final.
Por nada del mundo va a reconocer que ya no está para estos trotes, faltaría más.
Duke no tiene tantos reparos.
—Ya no estamos para estos trotes —dice cuando le llama.
—Habla por ti —contesta Neal.
—Aquí es donde se ve la diferencia entre chicos y hombres —añade Duke—. Los chicos se quedan, los hombres se van a casa.
—¿Quieres irte a casa? —pregunta Neal con un asomo de esperanza.
—Qué va —contesta Duke. Y luego añade—: ¿Y tú?
—Qué va.
Los dos se ríen.
—¿Qué diría Lou si nos viera en este momento? —dice Duke.
—Diría que somos gilipollas. Y tendría razón.
—Maddux saldrá pronto. Lo intuyo.
Neal cree que tiene razón.
Porque él también lo intuye.
Lo llaman «trepar por el invento».
Si estás hundido bajo una ola, a veces no sabes por qué lado queda la superficie, así que te agarras al cable —o sea, al «invento»— y te impulsas hacia la tabla de surf, que habrá salido a flote.
Funciona casi siempre, a no ser que se rompa el invento, en cuyo caso lo llevas crudo.
Eso es lo que hace Terry ahora: trepar.
No por el invento —porque por desgracia no está en el agua—, sino por un conducto de aire. Se apoya con manos y pies en los lados de metal y se impulsa hacia arriba. Es un esfuerzo agotador, y habría sido mucho más fácil si fuera más joven y no estuviera colocado, pero está convencido de que puede trepar hasta la azotea.
Además, es su única oportunidad.
Esos pringados están esperando a que salga por la puerta de delante o la de atrás y eche a correr. Tendrán la vista fija en la puerta, no mirarán hacia arriba y, si consigue llegar a la azotea del Longboard, podrá saltar al edificio de al lado y luego al siguiente y escabullirse de la puta red que ha tendido Duke sin poner un pie en el suelo.
Desaparecer en el tubo y salir por el otro lado.
Lo malo es que se está quedando sin respiración.
Le arden los músculos de las piernas y los brazos.
Envejecer es una putada, se dice.
Pero peor es lo contrario.
Se para, respira hondo dos veces y sigue trepando.
Neal le ve salir del conducto de aire.
Llama a Duke.
—Está en la azotea.
—¡¿Qué?! ¿Seguro que es él?
—Si no es él, se le parece una barbaridad —contesta Neal mientras ve que Maddux se agacha e intenta recuperar la respiración.
—Bueno, tendrá que bajar de ahí —dice Duke.
Cierto, piensa Neal. Pero ¿qué se propone Maddux? Sabe que tienen el edificio rodeado. ¿Acaso confía en bajar por la escalera de incendios y escabullirse?
Pues… por lo visto no, porque se endereza, se empina y corre hacia Neal, dispuesto a saltar del tejado.
Terry se ha caído de cara desde una tabla de surf muchas veces, y desde una altura mucho mayor que dos pisos, pero al menos ahora no tiene encima un farallón de agua a punto de desplomarse sobre él. Lo único que tiene que hacer es saltar metro y pico y aterrizar en la azotea de al lado.
Contiene la respiración, flexiona las piernas y vuela una vez más.
Se siente libre en el aire.
Vivir o morir, qué coño.
Sienta de maravilla, como en los viejos tiempos.
Peahi, Teahupoo, Tombstones… Las ha montado todas.
Al aterrizar, rueda y, cuando se levanta, ve a un tipo a unos tres metros de él, con chaqueta de cuero negra y una gorra de los Yankees, mirándole fijamente.
A Neal siempre se le ha dado de pena pelearse.
Incluso en sus tiempos de detective, cuando se ganaba la vida haciendo estas cosas, se le conocía por lo malo que era boxeando y por su total desinterés en aprender. Siempre ha sido partidario de la teoría según la cual, si no puedes salir de un apuro a base de labia, es muy probable que no tengas nada que hacer, y de la filosofía de combate que le enseñó su mentor, ese gnomo manco que era Joe Graham: «En cuanto puedas, agarra un objeto contundente y atiza con él a tu adversario».
Por desgracia, no tiene ningún objeto contundente a mano (excepto uno, quizá, que daría para hacer un chiste obsceno).
—Está conmigo en la azotea —dice por teléfono.
—¿Qué?
—¿Qué quieres, que te ponga subtítulos?
—Apártate de él, Neal —dice Duke—. Deja que haga lo que vaya a hacer.
—Va a escaparse, Duke.
—Pues que se escape.
Duke nota una opresión en el pecho.
Muerde con fuerza el puro, que se rompe y cae al suelo del coche.
No quiere que otro amigo suyo salga malparado y ahora Neal está en esa azotea con un yonqui descerebrado, ¿y quién sabe lo que puede pasar? Abre la puerta del coche, marca el número de Dave y le dice:
—Maddux está en la azotea del edificio de al lado. Sube tú por la escalera de incendios.
—Entendido.
Duke sale del coche con esfuerzo.
Subiría él mismo por la escalera de incendios pero sabe que no le aguantarían las rodillas.
Lo único que puede hacer es esperar y confiar en que Neal no haga una tontería.
—Aquí no tiene por qué salir nadie herido —dice Neal extendiendo los brazos hacia delante.
—Tú sí, si no te quitas del medio —replica Terry.
—Verás, es que no puedo.
—¿Por qué?
Es una buena pregunta, piensa Neal, para la que no tiene una respuesta lógica. La respuesta racional sería que puede hacerlo, por supuesto que sí: podría hacer un ademán invitándole a pasar, como un maître al que acabaran de dar una propina de cien pavos, y dejarle hacer lo que quiera.
Tienes sesenta y cinco años, se dice.
Aunque por otro lado…
La racionalidad tiene sus límites. También debes tomar en consideración que, como diría Boswell…
—Tengo un poco de prisa —dice Terry—. ¿Vas a quitarte del medio o tengo que darte una paliza?
—Creo que vas a tener que darme una paliza.
Neal agacha la cabeza y carga contra él. Le pega un cabezazo en la tripa y Maddux, pillado por sorpresa, cae de espaldas.
Está tan sorprendido como Neal, que intenta apoyar todo su peso (por insuficiente que sea) sobre el pecho de Maddux con el fin de impedir que se levante. No intenta ganar la pelea, solo quiere ganar tiempo hasta que llegue la caballería.
Ha visto un par de rodeos con Karen. La idea es mantenerse sobre el toro ocho segundos y que luego se acerquen otros vaqueros a rescatarte.
Pero Maddux no está por la labor. Consigue liberar un brazo, golpea a Neal en la cabeza, le engancha el tobillo con el pie, se impulsa hacia arriba y se vuelve bruscamente, atrapándole bajo su cuerpo. Mientras le sujeta con el brazo izquierdo, le pega dos puñetazos en la cara y luego se pone en pie como si se irguiera sobre su tabla.
Neal ve que enfila hacia el borde de la azotea. Y por motivos que no alcanza a explicarse, se levanta y corre tras él.
Duke levanta los ojos y ve a Terry Maddux pasar volando por encima de él.
Un momento después, ve pasar por el aire a Neal Carey.
Y piensa: ¿Qué voy a decirle a Karen?
Neal se da un buen golpe al aterrizar, pero por lo menos ha caído en la azotea y no en el callejón, dos pisos más abajo. Porque, en fin, ¿qué le habría dicho a Karen?
Maddux está allí, agachado. Al verle dice:
—Joder, ¿en serio?
Pues por lo visto sí, contesta Neal para sus adentros. Se acerca a él dispuesto a encajar otra paliza, pero esta vez Maddux da media vuelta y corre hacia la escalera de incendios. Neal da dos zancadas, se lanza hacia él, le agarra por la pernera de los pantalones con la mano derecha y no la suelta.
Maddux le arrastra y da coces como una mula intentando soltarse.
Suena el teléfono de Neal.
Venga ya, Duke, colega…
Maddux le lanza una patada que le hace soltar la pernera y le da en plena cara. Neal extiende el brazo izquierdo y le agarra de la otra pernera justo cuando Maddux llega a lo alto de la escalera de incendios y se vuelve para empezar a bajar.
Se le tuerce el tobillo.
—¡Joder, qué puta mierda!
Se agarra a la barandilla, obliga a Neal a soltarle a patadas y baja por la escalera.
Duke está que se sube por las paredes.
—¿Dónde está?
De pie en la azotea, Dave mira a su alrededor.
—No los veo.
Duke se siente como cuando les dieron el diagnóstico de Marie.
Asustado.
Terry baja renqueando por Reed Avenue, hacia la playa.
Le duele mogollón el tobillo, se ha hecho un esguince, seguro. Casi no puede apoyarlo.
Al cruzar Mission, vuelve la cabeza y ve que el chiflado ese va tras él, hablando por teléfono, el muy cabrón.
Neal se limpia la sangre de la cara con la muñeca mientras habla por teléfono.
—Se dirige al oeste por Reed, está cruzando Mission… Estoy a menos de diez metros de él…
—Deja que se vaya —le dice Duke.
—Y una mierda —contesta Neal, y sigue cruzando Mission detrás de Maddux.
No se había dado cuenta de que está empezando a llover.
La acera reluce, plateada, a la luz de las farolas.
Al llegar al otro lado de Mission, Maddux se para y se vuelve.
—Yo no quería llegar a esto —dice mientras se mete la mano en la chaqueta—. No quería, pero me has obligado.
Apunta a Neal con la pistola.
Y aprieta el gatillo.
Neal ve salir del cañón un fogonazo de un rojo violento.
Siente como si le dieran un batazo en el pecho y un momento después está tendido boca arriba en la acera, mirando la luz mientras la lluvia le da en la cara.
Hace frío.
Terry avanza a trompicones por la arena, pero, cojo y todo, qué bien sienta estar otra vez en la playa, junto al mar…
Es aquí donde debe estar.
Sabe ya adónde va, lo que tiene que hacer.
Suena el timbre.
—¡Un segundo! —grita Boone desde el sofá.
Se levanta despacio —le duelen las costillas al moverse— y se acerca a la puerta.
Seguramente será Dave, o Tide, o incluso Duke que ha venido a decirle que han cogido a Maddux.
Abre la puerta.
Es Terry.
Dave llega el primero, por suerte, porque es socorrista y sabe de primeros auxilios.
Se arrodilla junto a Carey y, al ver el orificio de entrada de la bala en la pechera de la chaqueta, le gira suavemente para ver si hay orificio de salida; no lo hay.
Le toma el pulso de la carótida. Es débil, se va apagando, y Carey está inconsciente.
Entonces llega Tide y llama a emergencias.
Dave intenta reanimar a Carey.
Terry se sienta en el sillón y apunta a Boone con la pistola.
—Necesito un último favor.
—No voy a llevarte a México —contesta Boone.
—Ni yo te lo he pedido.
—¿Qué quieres, entonces?
Terry tiene muy mal aspecto. Está empapado, cojea y le tiembla la mano, quizá por el frío o porque tiene el mono, Boone no está seguro.
—Acabo de matar a una persona —dice.
Boone se estremece, asustado. ¿A quién ha matado? ¿A Dave? ¿A Tide? ¿A Duke?
—¿A quién? ¿A quién has matado?
—No lo sé. A un tipo. Con el pelo cano. Y perilla. Era fan de los Yankees. ¿Qué más da?
Parece Carey, se dice Boone, y se avergüenza de sí mismo al sentir alivio.
—¿Cómo he llegado a esto? —pregunta Terry en voz alta—. Yo solo quería montar las olas más grandes, ¿sabes?, era lo único que quería. ¿Cómo he acabado matando a una persona?
Boone oye el estrépito de una sirena en Mission.
—Antes era tu ídolo, ¿te acuerdas? —pregunta Terry.
—Sí.
—Pero ya no.
—No.
—No. Ahora me gustaría estar en tu pellejo. Porque mírame. Soy un yonqui, casi no puedo andar, estoy sin blanca y atrapado. Me vienen pisando los talones, Boone. De esta ola no voy a salir y voy a pasar el resto de mi patética vida en prisión.
—¿Quieres que me compadezca de ti, Terry? —pregunta Boone—. Porque no puedo. ¿A cuánta gente has hecho daño?
—Lo que quiero —contesta Maddux— es que me prestes una de tus tablas, una última vez.
—¿Piensas ir remando hasta México, Terry?
—No. Solo quiero remar mar adentro.
—Por Dios, Terry.
—No te meterás en un lío. Tenía una pistola, te obligué a darme la tabla. Hazlo por mí, Daniels.
—Has matado a una persona —responde Boone—. A un buen hombre, a un hombre inocente. Deberían juzgarte, condenarte.
—El bueno de Boone Daniels, siempre tan noble —dice Terry—. Ya me he juzgado yo mismo en la playa y me he declarado culpable. Ahora quiero ejecutar la sentencia. Dame la tabla o te reviento la cara de un tiro. ¿Tienes una larga? Hay mucho oleaje.
—Una Balty de nueve con tres.
—Con esa me sirve.
—Es mi tabla favorita.
—Volverá a la playa.
Boone se acerca cojeando a la pared del fondo, abre la cremallera de la funda y saca la tabla.
—Aquí tienes.
Terry se levanta.
—Gracias.
—Oye, Terry… Si me entero de que alguien que se parece a ti anda surfeando por Todos Santos o por donde sea… Iré a matarte con mis propias manos.
—Sería lo más justo, supongo —contesta Terry—. No tendrás algo de beber a mano, ¿verdad? ¿Whisky o bourbon o cualquier cosa que me caliente el cuerpo?
—No lo sé. Mira en el armario de encima del fregadero. Puede que haya algo.
Terry encuentra una botella de Crown Royal que alguien debió dejarse en una fiesta. Se sirve tres dedos de whisky en un vaso y se los bebe de un trago.
—Dios, qué maravilla.
Deja el vaso, se acerca a coger la tabla, se la encaja bajo el brazo y le indica a Boone con un gesto que le abra la puerta. Luego sale al muelle, apoya la tabla en la barandilla, mira el océano y dice:
—Era bueno, ¿verdad? En mis tiempos, digo. Era el mejor, ¿verdad?
Boone no contesta.
—Sí, vale, lo entiendo —dice Terry—. Estás enfadado conmigo. No pasa nada.
Inclina la tabla sobre la barandilla y Boone la ve caer al agua y salir a flote.
Es una tabla preciosa, le encanta.
Terry se encarama a la barandilla, se vuelve, le hace el shaka —el saludo surfero— y dice con una sonrisa:
—A surfear, colega.
Luego salta, nada hasta la tabla y se sube a ella.
Boone le ve alejarse remando sobre las olas, más allá de las luces del muelle, hacia lo oscuro.
Un hombre que corría con su perro encuentra el cadáver de Terry en la playa de Windansea cuatro días después.
De la tabla de Boone no vuelve a saberse.
Karen Carey no es una enfermera solícita, ni bondadosa.
El hecho de que su habitación esté en la planta de arriba de la casa tampoco contribuye a mejorar su humor, porque tiene que subir y bajar con las comidas, las bebidas, los libros, los artículos y cualquier cosa que se le antoje al idiota de su marido (ese crío sin conocimiento al que se niega a calificar de «encantadoramente infantil») durante su convalecencia después de que le pegaran un tiro en el pecho.
O después de que «se las ingeniara para que le pegaran un tiro en el pecho», como ella prefiere expresarlo.
Neal reconoció que la reacción de su esposa estaba «totalmente justificada», lo que dio lugar a un largo debate durante la timba de póquer de los jueves, que se ha trasladado del comedor a su «lecho de muerte», como lo llama Karen.
—Yo creo que el adverbio sobra —argumentó Lou—. Una cosa está justificada o no lo está, sin necesidad de modificador.
—¿No crees que haya varios grados de justificación? —preguntó Duke.
—No, es una noción absoluta. Se pueden sopesar los pros y los contras de la justificación, pero, una vez tomada una decisión, o está justificada o no lo está, nada más.
—Bueno, yo no he usado «totalmente» en calidad de modificador —repuso Neal—, sino como potenciador para realzar lo acertado de su justificación.
—O sea, como modificador —replicó Lou, ciñéndose a su argumento retórico para que no se agotara la diversión.
—Reparte de una vez —ordenó Karen.
Ahora se sienta en la cama, junto a Neal, con menos cuidado que antes porque su marido ya está mejor.
Aunque tal vez algún día sirva como anécdota que contar en un cóctel, sigue sin hacerle ninguna gracia que fuera un libro lo que posiblemente le salvó la vida a su marido, el profesor de literatura: aquel ejemplar raído de Las aventuras de Roderick Random que Neal llevaba en el bolsillo de la chaqueta y que frenó la bala que, de otro modo, le habría matado.
—Bueno —dice—, ¿has tenido bastante o, con esto de la crisis de madurez, vas a darte al ala delta, a las artes marciales mixtas o a comprarte una Harley?
—Podría echarme una amante —bromea él.
Karen se echa a reír.
—Sí, ya —dice.
Neal es fiel como un golden retriever.
—La verdad es que fue divertido —añade él, un poco avergonzado.
—No estarás pensando en volver a las andadas.
—Noooo, qué va. —Neal deja su libro y se vuelve para abrazarla.
—¿De verdad? —pregunta Karen.
—Sí. A no ser que prefieras que pida un catálogo de Harleys.
Fuera se está poniendo el sol.
Pero aún no se ha puesto, piensa Neal.
Boone da la vuelta al pescado en la parrilla y contempla el espectáculo de la luz sobre el océano.
Rojos, naranjas, amarillos, y el cielo menguante, de un tono de azul que no acierta a nombrar pero le embelesa.
Ha dejado de llover por un día o dos y sin embargo el océano se agita, turbulento, debajo del muelle.
Mañana, al despuntar el día, saldrá a surfear con la Patrulla sin su tabla favorita. Se la quitó Terry Maddux, junto con su último rescoldo de veneración y un pedazo de su alma. Esas cosas no volverán; no se las devolverá el oleaje, ni la marea, ni el alba.
Mete un filete de jurel en una tortilla de trigo y se la pasa a Dave.
Es un ritual que celebran a menudo: Boone cocina para sus amigos en la terraza de casa mientras ven ponerse el sol.
Están Dave y Tide, Johnny Banzai y Hang Twelve.
Sunny Day, no. Está por ahí, de gira por el circuito profesional.
Boone la echa de menos, igual que todos.
Pero volverá.
Boone prepara la cena para sus amigos y para sí mismo y luego coge el último trozo de pescado, lo mete en una tortilla y la arroja por la barandilla, al mar.
—¿Crees que tiene hambre? —pregunta Dave.
—Como todos, ¿no? —contesta Boone.
Se sientan a comer y a ver cómo se pone el sol.
Duke Kasmajian está sentado en la terraza, contemplando el océano mientras mordisquea un puro sin encender.
Ya está, se acabó.
A no ser que el gobierno dé marcha atrás —cosa improbable—, su negocio ha dejado de existir.
Cogió el dinero que salvó de la fianza de Maddux y lo dividió entre sus empleados. Repartió, además, varias primas en metálico. No les durará eternamente, pero los mantendrá a flote hasta que encuentren otra cosa.
Adriana tiene una pensión y dice que va a jubilarse.
Duke duda de que aguante mucho tiempo jubilada.
Esta tarde, la puesta de sol es magnífica. El whisky tiene un aroma especialmente cálido y ahumado y la música —el espléndido saxo tenor de Harold Land tocando Time After Time con el grupo de Curtis Counce— es especialmente bella.
Solo echa en falta a Marie, nada más.
Nadie a quien no le falte su compañera amada sabrá nunca lo que significa que te duela de pena el corazón.
Duke empieza a sentir frío y se levanta —sus rodillas protestan por el esfuerzo—, coge la copa de vino de Marie y la vacía lentamente sobre los matorrales de abajo.
Es el ocaso.