La primera vez que vio a la niña, ella estaba en una jaula.
No se puede decir de otra forma, pensó Cal en su momento. Se le puede llamar como se quiera (centro de internamiento o de reclusión, o incluso albergue temporal), pero cuando se tiene a un montón de gente encerrada detrás de una alambrada, eso es lo que es: una jaula.
Cal se acordó entonces de lo que le dijo su padre cuando llamó un «problema de salud» al cáncer que sufría el viejo:
—Llámalo por su nombre —le dijo Dale Strickland—. ¿Para qué llamarlo lo que no es?
Aquello era un cáncer de huesos y esto otro, una jaula de mierda.
Cal no se explica aún por qué se fijó precisamente en la niña. ¿Por qué en ella, entre tantas? Había cientos de críos detrás de las alambradas, ¿qué tenía ella de especial?
Puede que fuera por sus ojos, pero todos los niños te miraban con esos ojazos desde detrás de la valla: unos ojos como los que se ven en los cuadros de niños que venden en las gasolineras de carretera. Quizá fuera porque tenía los dedos metidos entre los huecos de la alambrada como si intentara agarrarse a algo. O quizá por su nariz sucia, por esa costra de mocos que tenía sobre el labio.
No podía tener más de seis años, calculó Cal.
Se miraron solo un segundo y luego él siguió adelante.
Dejó atrás esa jaula tan atiborrada de gente que parecía un corral de engorde de ganado, solo que sus ocupantes no eran reses, sino seres humanos, y no mugían, sino que hablaban o gritaban o pedían ayuda. O lloraban, como aquella niña.
Cal Strickland la vio y luego pasó de largo, y cabría preguntarse por qué pasa de largo un hombre al ver llorar a una niña si no fuera porque había tantos críos en aquella jaula que qué otra cosa podía hacer.
Llámalo por su nombre; lo que es, es.
Así que esa fue la primera vez que la vio, en aquel sitio que llamaban Ursula, el gran centro de internamiento de McAllen. Cal no estaba destinado allí, solo había ido a buscar suministros para llevarlos a Clint, donde, con tanta gente, faltaba de todo: mantas, sopa, pasta de dientes.
No esperaba volver a verla.
Pero la vio.
Ayer mismo.
En Clint.
Ahora conduce su quad a lo largo del cercado de alambre de espino y encuentra lo que esperaba.
La alambrada está cortada y la hierba pisoteada allí donde anoche acamparon unos cuantos ilegales. Hay restos de una fogata y desperdicios sin recoger: latas vacías, un par de botellas de agua, un pañal sucio.
—Putos mexicanos —masculla al bajarse del quad y coger la caja de herramientas.
Sabe, sin embargo, que seguramente no han sido mexicanos, sino salvadoreños, hondureños o guatemaltecos. Siguen llegando mexicanos, pero menos que antes, no como en los noventa, cuando su padre y él recorrían la valla y la encontraban cortada a diario. En aquel entonces iban a caballo, no en quad, y aunque su padre solía cagarse en los «espaldas mojadas» y amenazar con disparar a los coyotes que los traían hasta aquí, Cal recuerda cómo reaccionó cuando se presentó el tipo de la patrulla vecinal y le pidió que se uniera a ellos.
—Fuera de mi rancho —le espetó Dale Strickland—. Y si os veo por aquí a alguno, con vuestros trajes de mamarrachos del ejército y vuestros rifles, me lío a tiros. No tengo más que un Remington 30.06, pero seguro que con eso me las arreglo.
Unos días después, cuando estaban recorriendo la valla, su viejo dijo de pronto:
—No es que intenten defender este país, es que les da miedo ser unos pichaflojas. Si me entero de que te juntas con esa gentuza, te borro del testamento.
Cal no se juntó con esa gentuza.
Ingresó en la Patrulla Fronteriza.
Más que nada, porque era un empleo fijo y en aquellos tiempos, cuando salió del ejército, escaseaba el trabajo en Fort Hancock, Texas.
No podía quedarse en el rancho, y menos aún después de que muriera su padre, porque apenas daba para sustento de su hermana Bobbi, si es que conseguía mantenerlo.
Eran solo doscientas cuarenta hectáreas de arena y secarral, más seco cada año, y de todos modos el ganado ya no daba dinero. Probaron un poco de todo: a cultivar algodón y hasta frutales, pero no había agua suficiente para los árboles, y el algodón, en fin, la mayor parte se cultivaba en México, al otro lado de la frontera, y no podían competir con la mano de obra barata. Bobbi empezó a vender las tierras a trozos para mantenerse a flote.
Cal probó a trabajar de vaquero un tiempo en ranchos de toda la zona —el Woodley, el Steen, el de los Carlisle—, pero también ahí había cada vez menos trabajo. Pensó en dedicarse a los rodeos, pero aunque era un buen jinete y no manejaba del todo mal la cuerda, no bastaba con eso para ganar dinero. Había que ser bueno de verdad y Cal sabía que no lo era.
Así que se metió en la Patrulla Fronteriza.
Pagaban bien, las condiciones eran buenas y era un trabajo estable. Le aceptaron sin pensárselo dos veces. Había sido militar, estaba acostumbrado a las jerarquías y por tanto sabía cumplir órdenes, hablaba el espanglish fronterizo y conocía el territorio mejor que la palma de su mano; a fin de cuentas, había nacido y se había criado allí. Qué carajo, los Strickland vivían allí antes de que existiera la frontera.
—Llevo toda mi santa vida patrullando la frontera —dijo al aceptar el empleo.
Así que ya no vive en el rancho, sino en un pisito en El Paso, pero sigue viniendo un par de veces por semana para echar un vistazo al cercado. La inmigración se había reducido a un goteo en los últimos años, pero ahora ha vuelto a crecer, y que corten la valla es un problema porque no les conviene que las pocas reses que tienen se les pasen a México. Antiguamente —o eso le han contado—, los rancheros de este lado de la frontera y los “vaqueros” del otro cruzaban constantemente la frontera robándose ganado unos a otros, cosa que seguramente ahora estaría muy mal vista.
Ahora, por la frontera llega gente corriente; gente corriente y droga.
Cal enrosca un trozo de alambre en la valla cortada, lo retuerce con los alicates y toma nota de que tiene que venir dentro de unos días a ajustarla con el tensor.
Putos mexicanos.
Vuelve con el quad al corral destartalado y se apea. Se apoya en la cerca de hierro. Riley, su caballo alazán, se acerca y le resopla con reproche porque le haya cambiado por la máquina. Cal le acaricia el morro.
—Perdona, chico —dice—. Me sobran unos kilos, no te conviene llevarme.
La verdad es que el caballo se está haciendo viejo. En sus tiempos era un caballo de pastoreo estupendo, daba gusto verlo trabajar cuando tenían más ganado que apartar.
Cal coge un puñado de grano de un cubo y el viejo animal come de su mano.
—Hasta dentro de unos días —dice Cal.
Guarda el quad en el establo. La camioneta de su padre, una Toyota Tacoma de 2010, sigue allí porque a él y a Bobbi les da pena deshacerse de ella. Si hasta las llaves siguen en el asiento delantero y el viejo rifle 30.06 de su padre en el soporte de la luna trasera.
Dale Strickland tenía pasión por su camioneta, aunque Cal siempre andaba reprochándole que se hubiera comprado un coche extranjero.
—Los coches de los japos —decía Dale—, teniendo aceite, funcionan toda la vida.
Cal tiene una Ford 150 blanca.
Él siempre compra productos americanos.
Bobbi le tiene preparado el desayuno cuando entra en la casa. Cuatro huevos con salchichas de las gordas, panceta, frijoles negros, tortillas bien tostadas y un café que podría haber llegado a la mesa por sus propios medios.
—Aquí tienes tu racioncita de angioplastia —comenta su hermana al poner el plato en la mesa.
Ella toma yogur con fruta y escucha la radio pública.
—¿Cómo puedes escuchar esa mierda? —pregunta Cal.
—Igual que puedes ver tú la Fox —contesta Bobbi.
Su hermana es una progresista del oeste de Texas, lo que no la convierte en un unicornio, sino en algo mucho más infrecuente. Unicornios hay a patadas, comparados con los progresistas en el oeste de Texas, se dice Cal.
La verdad es que él en realidad no ve mucho la Fox, pero no va a decírselo a Bobbi. Tampoco ve mucho las noticias —y menos aún la CNN, ese hatajo de comunistas—, porque es deprimente y la Patrulla Fronteriza sale siempre últimamente: los periodistas se arremolinan alrededor de los centros de internamiento como moscas alrededor de una boñiga fresca. Dicen que solo están cumpliendo con su trabajo y a Cal le dan ganas de decirles que eso es también lo que intenta él.
De hecho, se lo diría si no le tuvieran prohibido hablar con la prensa.
—Se harán los simpáticos contigo —le dijo su jefe—, pero en realidad solo quieren joder la marrana.
Justo el otro día, un periodista del New York Times (o del Jew York Times, como dice Peterson; claro que Peterson es un gilipollas) se le acercó en el aparcamiento y le preguntó si podía contestar a unas preguntas.
—Me interesa saber cómo es trabajar aquí —dijo.
Cal pasó de largo.
—¿No quiere hablar conmigo? —insistió el tipo.
Por lo visto no, porque Cal siguió andando.
—¿Le han dicho que no hable con periodistas? —El menda le puso una tarjeta en la mano—. Daniel Schurmann, del New York Times. Por si alguna vez quiere hablar.
Cal se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa. Hablar con un periodista del New York Times no sería la última cosa que se le pasara por la cabeza, pero sí la penúltima, después de limpiarse el culo con un cepillo de alambre, quizá.
Bobbi parece cansada.
Tiene sucio el pelo largo, rojizo y escaso, y lleva puesta la misma camiseta vieja que hace tres días.
¿Cómo no va a estar cansada, se dice Cal, si, además del agobio de intentar mantener el rancho a flote, trabaja de camarera en el Sophie’s, en el pueblo, y tiene un chaval de diecisiete años enganchado a los opioides?
Jared vive —supuestamente— con el inútil de su padre en El Paso y trabaja en un taller mecánico, pero Cal lo duda mucho y sospecha que Bobbi piensa lo mismo: que su hijo está viviendo en la calle y que se chuta heroína.
Conque ¿cómo no va a parecer agotada, si lo está?
—¿Qué tal el trabajo? —pregunta ahora.
Él se encoge de hombros.
—Es trabajo —dice.
—Veo las noticias.
—Creía que solo las oías.
—¿Arrancamos a niños de sus padres y los metemos en jaulas? ¿A eso nos dedicamos ahora?
—Yo solo intento hacer mi trabajo —contesta Cal—. Aunque no siempre me guste.
—Ya, pero votaste a ese tío.
—A ti no te vi ir a votar —replica él.
—O sea que he acertado.
Has acertado, sí, se dice Cal. Como casi siempre. Es verdad que voté a ese tío, porque por nada del mundo iba a votar a una señora que se creía que el país tenía que regalarle la Casa Blanca porque a su marido le hicieron una mamada.
Y, encima, demócrata.
—Hay que hacer algo con Riley —dice Bobbi.
—Ya. Pero…
—Pero ¿qué?
—Que todavía no —dice Cal.
—Habrá que hacerlo tarde o temprano. Lo que cuesta el veterinario…
—El veterinario lo pago yo.
—Ya sé que lo pagas tú.
Cal se levanta.
—Tengo que irme a enjaular a unos críos.
—Venga ya, no seas así.
Él se acerca y la besa en la frente.
—Gracias por el desayuno. Vendré dentro de unos días a echar un vistazo a la valla.
Sale a la camioneta. Son las siete de la mañana y ya está sudando. Calor seco, dicen que es. Seco como un horno.
Ayer volvió a ver a la niña.
La habían trasladado a Clint.
O sea, que no hemos encontrado a sus padres, se dice Cal.
Por lo menos, desde que se la quitamos.
El centro de internamiento de Clint está a seis kilómetros y medio de la frontera, entre pulcros campos rectangulares, yendo por Alameda Avenue, al sureste del pueblo, y a menos de diez kilómetros de El Paso por la Ruta 20.
Está formado por un grupo de edificios de aspecto anodino a los que dan luz grandes paneles solares (cosa lógica, en opinión de Cal, porque otra cosa no, pero aquí sol tienen de sobra).
En realidad, no se diseñó como centro de internamiento de personas. Se construyó como base logística avanzada desde la que patrullar la zona. Que es, mayormente, lo que hace Cal. Otros dos agentes y él salen a caballo a recorrer la frontera desde Clint buscando las trochas que abren los traficantes de droga y los inmigrantes.
Casi como en esas películas en blanco y negro de John Wayne que veía su viejo en la tele.
—Sois la caballería moderna —le dijo Bobbi una vez.
Cal no lo ve así, pero entiende lo que quiso decir su hermana y, además, le encanta su trabajo: pasar todo el largo día a caballo haciendo el bien y defendiendo a su país. Y ayudando a la gente, en realidad, aunque los medios casi nunca les reconozcan ese mérito, porque de vez en cuando localizan a un grupo de ilegales que están a todas luces perdidos —se nota por sus huellas— y que, si no, a casi cuarenta grados, se morirían de deshidratación o de un golpe de calor, y a Cal esos momentos, salvar así a la gente, es algo que le llena de satisfacción.
Otras veces, en cambio, no los encuentran a tiempo, solo hallan sus cadáveres, y esos son momentos duros, sobre todo si se trata de una mujer o de un niño, y Cal maldice a los coyotes que los dejan allí tirados sin comida ni agua ni más indicaciones que señalarles el norte con el dedo.
Si por él fuera, los fusilaría a todos y dejaría sus cadáveres en la valla o la alambrada de espino. Y eso que sabe perfectamente quiénes son. Qué narices, si hasta fue al instituto con uno de ellos.
Jaime Rivera iba y venía como si no hubiera frontera: unos días iba a clase en Fort Hancock y luego desaparecía y volvía a aparecer.
Jugaban juntos al fútbol en el equipo, Cal de placador izquierdo y Jaime de ala cerrada. Eran amigos: solían cruzar la frontera, cada uno en su camioneta, y se adentraban en el desierto, aparcaban en algún llano y allí se quedaban, bebiendo cerveza y eso.
Al final, Jaime llegó a la conclusión de que le iría mejor en México trapicheando con marihuana, cosa que a Cal no le pareció especialmente ofensiva, y se estableció al otro lado de la frontera. Después empezó a traficar con gente, y a Cal tampoco eso le habría parecido mal del todo —lo consideraba el típico chanchullo fronterizo: perros pastores contra coyotes— si no fuera porque Jaime tomó por costumbre quedarse con el dinero de los inmigrantes y dejarlos tirados sin que le importara un carajo lo que fuese de ellos.
Así que, aunque es verdad que fueron colegas hace años, si ahora Cal estuviese absolutamente seguro de que iba a irse de rositas, le metería un tiro en la cabeza a Jaime y dejaría su cadáver tirado para que se lo comieran los buitres y los verdaderos coyotes.
Y así se lo dijo, además.
Una noche, después de encontrar a una madre y a un niño muertos en el desierto, se tomó una copa de más, buscó el número de Jaime en El Porvenir —joder, si hasta a voces le habría oído desde allí— y le dijo que estaba deseando dejar su cadáver pudriéndose al sol.
—¿Por qué no te vienes aquí y lo intentas, cabrón? —le espetó Jaime—. Veremos quién acaba muerto de los dos.
—Tenías muy buenas manos, pero como placador eras una mierda, ¿sabes? —respondió Cal.
—¿Y a mí qué? —dijo Jaime—. Pero, oye, Cal, sin rencores. Si alguna vez quieres ganar dinero de verdad, ya sabes dónde estoy. Así a lo mejor hasta conservas esa mierda de rancho que tienes.
El odio que se tienen es mutuo, porque Cal Strickland le ha hecho la vida imposible a Jaime. Es, con mucho, el mejor rastreador de la Patrulla: conoce cada vereda y cada andurrial de esta zona, es un hacha tendiendo emboscadas y ha metido entre rejas a unos cuantos colaboradores de Jaime.
Si Jaime pudiera ponerle precio a su cabeza, lo haría.
Y no sería pequeño.
Ahora, Cal va hasta Clint y encuentra aparcamiento, lo que no es fácil porque la mitad del terreno está ocupado por las enormes carpas que han levantado para albergar a la marea de inmigrantes. Los almacenes y depósitos han sido reconvertidos en celdas provisionales de detención.
Cal sale de la camioneta.
Hoy los manifestantes han salido temprano. Sostienen pancartas en inglés y español: FREE THE CHILDREN, LIBERAD A LOS NIÑOS. En cambio solo hay un par de periodistas. La mayoría se habrá aburrido, imagina Cal, y habrá ido en busca de otra noticia.
Por él, mejor así.
Pasa junto a los manifestantes y entra en la oficina.
Twyla está sentada detrás de la mesa.
Una mocetona, la habría llamado la abuela de Cal: alta, de caderas y hombros anchos, con el pelo negro muy corto y los ojos azules. Y desgarbada de andares como una potrilla recién nacida; verla caminar es temer que ocurra un accidente. Tiene lo que su abuela habría llamado un rengueo, y en Clint corre el rumor de que en Irak la hirió la explosión de una bomba y que aún tiene un trozo de metralla alojado en la cadera.
Cal no sabe si es cierto.
Sabe, en cambio, que le gusta Twyla.
Mucho; demasiado, quizá.
Porque son amigos.
Y como le dijo una vez Peterson: «Estás en el área de la amistad, colega. Y si estás ahí, olvídate de llegar al área de remate».
Pero Peterson es un gilipollas.
Twyla sonríe al verle entrar.
—Otro día en el paraíso, ¿eh?
—Y va a ser un día de mucho calor.
—Ya lo es.
Cuando se conocieron, Twyla le preguntó si Cal era diminutivo de California o de Calvin.
—De Calvin.
—Como el de Calvin y Hobbes —dijo ella.
—¿Qué?
—Las tiras cómicas. Un niño y un tigre.
—¿Cuál de los dos es Calvin?
Twyla se quedó pensando un momento.
—No me acuerdo. El niño, creo.
—Menos mal —contestó Cal—. Porque yo no soy muy de gatos.
—¿Y de perros sí?
—De caballos.
—Yo no he montado nunca a caballo.
—¿De dónde eres? —preguntó él, porque aquello le parecía casi inconcebible.
—De El Paso.
—Una chica de ciudad.
—Supongo que sí.
Ahora Cal pregunta:
—¿Alguna novedad?
—La misma mierda de todos los días.
—Bueno, yo me voy de patrulla.
Está deseando salir de allí.
—No, señor, hoy no tienes esa suerte —responde Twyla, y levanta un portafolios—. Te toca guardia hasta nueva orden.
—¿Qué cojones…?
—Todos los operarios en plantilla hasta que acabe la crisis —lee Twyla—. Bienvenido a mi mundo. Es hora de hacer recuento.
—¿De hacer qué?
—Ahora eres carcelero, cowboy, y hay que contar a los presos, asegurarse de que están todos.
Es entonces cuando vuelve a ver a la niña.
Los «internos» de Clint están alojados en varios edificios —o carpas— distribuidos por el recinto, y a Cal y Twyla les corresponde vigilar el más grande.
La niña no está ahora en una jaula, sino sola en un rincón de la nave de bloques de cemento que sirve como celda principal. Sola, porque casi todos los menores que quedan son varones, y hay que mantenerla separada, también de los adultos, que se alojan al otro lado de la nave, separados por una malla metálica.
Sentada en el suelo, fija la mirada en Cal.
Con esos dichosos ojos.
—¿Cómo ha acabado aquí? —pregunta él.
—¿Quién? ¿Luz? —dice Twyla—. Como todos. Salvadoreños buscando asilo. A sus padres y a ella los ficharon en McAllen y luego los separaron. Cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres…
El número de menores varía a diario porque algunos pasan a la custodia de familiares en Estados Unidos, otros son enviados a casas de acogida y a unos cuantos se los deporta junto a sus padres. La mayoría, sin embargo, son trasladados a centros de internamiento repartidos por todo el país.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —pregunta Cal.
—Tres semanas, creo. Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
—Eso es un poco más que setenta y dos horas —comenta él.
Según la ley, los menores deben reunirse con sus padres tras pasar por los debidos trámites administrativos o ser entregados a la tutela de familiares o amigos previa autorización judicial en un plazo máximo de tres días.
—No localizamos a sus padres —dice Twyla—. Por lo visto los han deportado. Podrían estar en México, en El Salvador, en cualquier sitio.
—Estarán buscándola.
—Supongo, pero ¿cómo van a saber dónde buscar? Cuarenta y seis, cuarenta y siete…
Sí, piensa Cal. El sistema, tal y como está montado, es caótico. A los menores detenidos se los reparte por múltiples centros de internamiento, a lo largo y ancho del país. Solo en Texas, están los centros de Casa Padre, Casa Guadalupe y el enorme campamento de Tornillo. Hasta en Chicago los hay.
—Bueno, ¿y ahora qué? —pregunta Cal—. ¿Cuál es el plan?
—¿Qué plan? ¿Cuándo ha habido un plan? —responde Twyla—. Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve…
Cal mira a Luz y dice en español:
—Tranquila. Todo se va a arreglar.
La niña no contesta.
—Ha dejado de hablar —dice Twyla—. Desde hace cosa de cuatro días. Antes lloraba. Ahora, nada.
—¿La ha visto alguien?
—Viene un psicólogo de la ORR un par de veces por semana —explica Twyla—. Pero aquí hay 281 menores. O los había esta mañana. En esta unidad tenemos 75, si quieres ayudarme a contarlos.
—No, parece que se te da muy bien. —Cal se obliga a apartar los ojos de la niña y sigue a Twyla por la sala.
—Cal, procura que no te entre el síndrome de la perrera.
—¿Qué narices es eso?
—Ya sabes lo que es —dice Twyla—. Cuando vas a una protectora y te enamoras de todos los perritos que ves, pero solo puedes llevarte a casa uno. Nosotros no podemos llevarnos a ninguno.
—Esa niña tiene que estar con su familia.
—Tienes toda la razón. Pero ¿qué hacemos?
Lo que podemos, se dice Cal. Eso es lo que no entienden los manifestantes y los medios de comunicación: que no somos monstruos, somos gente que hace lo que puede con lo que tiene. Que nunca es bastante. No hay sopa suficiente, ni pasta de dientes, ni compresas, ni toallas, ni ropa limpia, ni médicos, ni medicinas, ni personal, ni horas bastantes en el día o en la noche.
El tipo al que voté montó una guerra sin plan ni preparativos para llevarla a cabo, y así estamos.
Los niños tienen piojos, enferman de sarampión, tienen sarna, lloran a todas horas. Su llanto es un sonido de fondo constante, como el murmullo de la radio en casa de Bobbi, solo que te rompe el alma y no puedes apagarlo.
A no ser que seas Roger Peterson.
—Yo ya no lo oigo —le dijo una vez a Cal—. Es pura disciplina mental.
Mental es, ya lo creo, piensa Cal. De lo de disciplina ya no está tan seguro.
—Los padres no deberían haber traído a sus hijos —afirma Peterson ahora—. No es culpa nuestra que los hayan traído.
—Ni tampoco de los niños —replica Twyla.
—¿Y qué quieres que hagamos? ¿Abrir las puertas de par en par y que vengan todos los pobrecitos niños del mundo?
—Pues a lo mejor sí —contesta ella.
—Para mí que a ti se te fue la pinza en Irak —le dice Peterson.
—Ya está bien —le corta Cal.
Y Peterson sonríe burlón y se aleja.
—Sé cuidar de mí misma, no necesito que nadie me defienda —dice Twyla.
—Ya lo sé. Solo intentaba…
—Sé lo que intentabas. Y no lo hagas. Cuando necesite un caballero con flamante armadura, leeré un cuento de hadas.
—Entendido —dice Cal—. ¿Están todos los niños?
—Todos presentes y contados —dice Twyla.
¿Por qué he sido tan borde con él?, se pregunta Twyla cuando vuelve a su piso esa noche.
Se quita la ropa y la mete directamente en la lavadora. Es uno de los muchos inconvenientes de trabajar en Clint: que te huele la ropa de estar todo el día entre reclusos sucios vestidos con ropa mugrienta. Se te pega el olor, y la gente del pueblo se tapa a veces la nariz cuando un agente entra en algún sitio.
Se mete en la ducha y pasa largo rato bajo el chorro, restregándose la piel para quitarse el olor.
Sabe que, si se siente sucia, no es solo por eso.
Es también por esa niñita, tan traumatizada que está casi catatónica.
Puede que por eso me haya puesto tan borde con Cal. O puede que sea porque Peterson dio en el clavo, de chiripa, claro, siendo él. O a lo mejor es porque siento cosas por Cal que no debería sentir.
Twyla ha visto cómo la mira a veces y no está acostumbrada a que los hombres la miren así. Hasta en Irak, donde casi no había mujeres, sus compañeros de unidad pensaban que era bollera y ni uno solo intentó ligar con ella.
Sabe que es torpona y desgarbada, y es consciente de lo paradójico que resulta que su madre —una mujer con inquietudes bohemias y artísticas que nunca encontró su sitio en El Paso— le pusiera el nombre de la famosa bailarina Twyla Tharp.
Joder, si hasta mi apellido suena a cosa torpe.
Kumpitsch.
En el instituto, las niñas más mezquinas la llamaban Lumpitsch.
Twyla Lumpitsch.
Tras aquellos cuatro años horribles y un semestre sin sentido estudiando un grado medio, decidió que lo mejor que podía hacer era alistarse en el ejército. Casi había terminado su misión en Irak cuando lo del atentado y, al salir del hospital, licenciada con honores y con una prótesis de cadera y una leve cojera, solicitó el ingreso en la Patrulla Fronteriza, donde, como había escasez de agentes femeninas, la aceptaron enseguida aunque estuviera un tanto descalabrada.
Se mira la aparatosa cicatriz de la cadera izquierda, otra cosa que la afearía si algún hombre llegara a verla desnuda. Tuvo un par de novietes antes de irse a Irak; después no ha tenido ninguno, no solo por la cicatriz, sino porque no quiere que nadie sepa qué otras cosas implica el dormir con ella.
Al salir de la ducha, se seca, se pone un albornoz y entra en su cocinita para prepararse algo de cena. Todos los sábados va al supermercado y compra siete platos precocinados. Tiene un solo plato, un solo tenedor, una cuchara, un cuchillo, un vaso y una taza.
Lo prefiere así: todo limpio, austero, sin complicaciones. Fácil de hacer y de limpiar. El pisito está impecable: la cama hecha al estilo del ejército y la toalla colgada con cuidado en el toallero.
Todo lo que puede, Twyla lo controla.
Calienta en el microondas unas albóndigas con puré de patatas y maíz y se sienta delante del televisor a comer. Hay un partido de los Rangers. A Twyla le gusta el béisbol porque tiene líneas claras y números. Tres strikes son siempre un out y tres outs, un inning.
Cal no es muy guapo que se diga, piensa. Tiene poco pelo y seguramente hay más agujeros del lado izquierdo de su cinturón que del derecho. Pero tiene unos ojos bonitos y es simpático y habla con delicadeza y, sobre todo, es amable y la mira de esa forma, como si fuera guapa.
Y tú te has puesto borde con él, se dice Twyla.
El partido está ya en el séptimo inning cuando empieza a pasarle. No le pasa cada noche, pero sí con frecuencia y Twyla conoce los síntomas. Empieza con una sensación de mareo, luego un dolor de cabeza y a continuación empieza a parpadear y no puede parar.
Se levanta y va a buscar la botella de Jim Beam que tiene en el armario de encima del fregadero. Siempre se sirve el bourbon en el vaso porque beber de la botella significaría que tiene un problema de alcoholismo y no lo tiene.
Se bebe el bourbon como quien toma una dosis de medicina, y eso es, en cierto modo. No le gusta su sabor, lo que le gusta es su efecto calmante, y la esperanza de que retrase un poco lo inevitable.
Cuando guarda la botella, le tiembla la mano.
Entra en el baño, cierra la puerta y tapa la ranura de abajo con la toalla para amortiguar el ruido. Luego se tumba en el suelo fresco y un instante después está acurrucada en posición fetal dentro del blindado, le estalla la cabeza de dolor, su costado es un amasijo de carne desgarrada y huesos rotos, está atrapada dentro del vehículo en llamas, hay sangre y gritos por todas partes, sus compañeros agonizan y mueren, y se oye gritar a sí misma.
Se tapa los oídos con las manos y espera a que se le pase.
Siempre se le pasa, y siempre vuelve.
Cal no consigue quitársela de la cabeza.
A la pequeña, a Luz.
Esos ojos.
¿Le miraban con reproche?
O quizá le pedían algo.
Pero ¿qué?
¿Puedes ayudarme? ¿Puedes encontrar a mi “mamá” y mi “papi”?
O quizá le preguntaban: ¿Qué clase de hombre eres tú?
Buena pregunta, se dice Cal mientras le quita el papel de aluminio a su burrito comprado en un local de comida rápida. (Hace falta cierta habilidad para sujetar el volante con una mano y con la otra desenvolver el burrito y llevárselo a la boca, pero él tiene mucha práctica; los que atienden la ventanilla del restaurante ya le conocen por su nombre).
Tiene treinta y siete años, no está casado ni tiene hijos y vive en la parte este de El Paso, en un apartamento de alquiler amueblado y con una sola habitación. Tuvo una novia hace unos años y la cosa iba bastante en serio. Gloria era una chica muy agradable, maestra de infantil, pero le dejó porque no conseguía alcanzarle.
—Estás tan metido dentro ti mismo que no consigo alcanzarte —le dijo—. Y estoy cansada de intentarlo. Ya no puedo más.
Cal hizo como que no entendía lo que quería decir, pero sí que lo entendía. Su madre solía decir algo muy parecido de su padre. Seguramente por eso se marchó. Cal sabe que él es igual, pero está convencido de que es lo que le pasa a la mayoría de la gente: que la mejor parte de uno mismo está atrapada dentro de la peor y no consigue salir.
Mientras abre con los dientes el sobrecito de salsa picante y se pone un poco en el burrito, se dice que quizá sea igual con los países, que quizá mantenemos encerrada la mejor parte de nosotros y no nos damos cuenta, ni siquiera cuando metemos a niños en jaulas.
Conque ¿qué clase de hombre eres tú?, se pregunta.
Muy buena pregunta.
Por la mañana entra en la oficina y le pregunta a Twyla:
—¿Tienes el expediente de esa niña, de Luz?
Ella no tiene buena cara. Está pálida y cansada como si no hubiera pegado ojo.
—Los expedientes los tiene todos la ORR —contesta.
—¿Puedes conseguir el suyo?
Twyla le clava la mirada.
—¿Para qué?
Cal se encoge de hombros.
—Con eso no me sirve —le dice ella.
—He pensado que podía intentar encontrar a sus padres —contesta Cal.
—O sea que ni la Oficina de Realojo de Refugiados ni el Departamento de Salud Pública, ni Seguridad Nacional ni la Unión por las Libertades Civiles son capaces de encontrarlos —dice Twyla— ¿y Cal Strickland sí?
—Bueno, es que no sé hasta qué punto lo están intentando —argumenta Cal—. Porque tienen unos cuantos miles de chavales de los que ocuparse. Yo solo me ocuparía de encontrar a los de la niña.
—¿Ah, sí? —pregunta Twyla—. Ya te avisé de esto, Cal.
—Sé cuidar de mí mismo, Twyla.
—Supongo que me lo tengo merecido. Vale, procuraré tomarme una cerveza con la señora de la ORR. No es mala tipa. Pero no te prometo nada.
—Gracias.
La ocasión está ahí, en ese instante.
Pero ninguno de los dos consigue alargar la mano y aprovecharla.
A la mañana siguiente, Twyla le da una carpetilla.
—Me costó tres cervezas —dice—. Esa señora tiene buen saque. Se supone que nosotros no tenemos acceso a estas cosas, así que léelo y tíralo a la papelera.
—Te lo agradezco mucho.
Es la ocasión perfecta para invitarla a cenar o a tomar una cerveza para darle las gracias, pero, como no le salen las palabras, Cal coge el dosier y se lo lleva a su camioneta.
La niña se apellida González y es salvadoreña.
Su madre, Gabriela, tiene veintitrés años. Luz y ella fueron apresadas el 25 de mayo cuando deambulaban a este lado de la frontera y fichadas en el centro de internamiento de McAllen, donde pasaron dos días. Después, las separaron y a Luz la trasladaron a Clint.
Todos los detenidos tienen un Número de Extranjero. El de Luz es el 0278989571.
A Gabriela la deportaron desde McAllen el 1 de junio.
La metieron en un avión con destino a El Salvador.
Sin su hija.
Tiene que estar angustiadísima, piensa Cal. El expediente, sin embargo, no dice nada de que haya intentado contactar con las autoridades estadounidenses. No hay ninguna anotación que indique que ha llamado a la línea de atención telefónica de la ORR habilitada para estos casos, claro que la línea acaba de entrar en funcionamiento y es posible que ni siquiera sepa que existe. Tampoco figura que haya llamado a ninguno de los centros de detención, ni a la ORR, a Seguridad Nacional o a Inmigración, pero quizá no sepa dónde llamar.
Qué narices, si hasta a los abogados les cuesta aclararse entre tanto lío de siglas, cuanto más a una chica sencilla que no habla inglés y que debe de estar muerta de miedo.
Si es que está viva, se dice Cal.
Porque si huyó de El Salvador tuvo que ser por algo y es muy posible que ese algo la estuviera esperando al volver.
Y el padre, ¿dónde está?
El expediente no dice que Luz tenga familia en Estados Unidos, o sea que no hay nadie que pueda hacerse cargo de su tutela.
Y, entonces, ¿qué vamos a hacer con la cría?, se pregunta Cal. ¿Mandarla a una residencia para menores no acompañados, a un hogar de acogida? ¿Tenerla encerrada hasta que cumpla los dieciocho? ¿Y luego qué? Seguirá siendo igual de ilegal que ahora.
Y además estará hecha polvo.
Si tiene mucha suerte, quizá acabe viviendo con una familia cariñosa que cuide bien de ella, pero siempre se preguntará por qué la abandonó su madre. O puede que tenga mala suerte y acabe en una residencia horrible o con una familia de acogida de mierda que la maltrate física y emocionalmente o que abuse de ella sexualmente, o las tres cosas juntas.
Así que hay que encontrar a su madre.
Cal empieza por las celdas.
De los varios centenares de internos que hay en Clint, en torno a un tercio son salvadoreños, de modo que puede que alguno conozca a Gabriela González.
Lo malo es que la ORR no le deja ver sus expedientes.
—Ya les permití ver uno —dice la señora de la ORR—. No puedo dejar que los vea todos.
—¿Me está diciendo —contesta Cal— que estamos a cargo del bienestar de estas personas pero no se nos permite ver sus expedientes? ¿Y eso por qué?
—El Departamento de Salud y Servicios Sociales ya está bastante agobiado con este marrón —contesta ella—. Los medios se ceban con cada historia dramática. ¿Cree que nos conviene echar más leña al fuego?
—Yo no voy a ir a los medios —responde Cal—. Solo intento encontrar a la madre de una niña.
—Ese no es su trabajo, es el mío.
—Pues entonces debería hacerlo.
—Estoy haciendo todo lo que puedo —contesta la mujer—. Pero permítame hacerle una pregunta, agente Strickland. ¿La madre está intentando encontrar a su hija? Ya ha visto el expediente. No ha habido ni una sola llamada, ni un solo intento de localizarla. ¿Se ha planteado usted la posibilidad de que la madre no quiera que la encontremos? ¿De que quizá haya abandonado a su hija sin más? Llevo mucho tiempo en servicios sociales. He visto bebés abandonados en cubos de basura.
Cal nota que se pone colorado.
—No, no me lo había planteado.
Ella se queda mirándole unos segundos y luego añade:
—A lo mejor, si viene esta noche, se encuentra la puerta del despacho abierta. Pero, si monta un circo con este asunto, Strickland, le juro por Dios que haré que le trasladen a la frontera canadiense para que se le congelen las pelotas y se le caigan como canicas.
—Gracias.
—No me las dé —contesta ella—. No me dé nunca las gracias.
Cuando vuelve esa noche, Twyla está allí.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Cal.
—Hoy tengo turno doble. Me vienen bien las horas extra. ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí?
Él no contesta.
—Es una pregunta muy sencilla, Cal.
—No quiero meterte en esto.
—¿Meterme en qué?
—Cuanto menos sepas…
—Vete a la mierda. —Da media vuelta y se aleja.
Cal se acerca al despacho de la ORR y encuentra la puerta abierta.
Tarda varias horas en revisar los archivos, que son un desastre. No hay formatos ni requisitos preestablecidos.
En algunos figura la nacionalidad de los detenidos y en otros no.
En algunos viene la fecha de detención y en otros solo la de ingreso en el centro de internamiento de extranjeros.
Hace lo que puede.
Primero saca todos los expedientes de detenidos identificados como salvadoreños.
Doscientos ochenta en total.
Copia los nombres en un cuaderno que ha comprado en un Seven Eleven de camino aquí. A continuación, les echa una ojeada para ver si alguno fue detenido en las inmediaciones de McAllen o alrededor del 25 de mayo, porque, cuando vienen cruzando el río, los ilegales suelen llegar en grupos.
Tiene suerte: encuentra siete.
Fotocopia las fotos de los internos, subraya los nombres en el cuaderno y deja los expedientes como los encontró.
Cuando va por el pasillo, se topa con Peterson.
—¿Cómo tú por aquí a estas horas? —pregunta Peterson.
—Me he dejado la dichosa cartera en la taquilla.
Peterson sonríe.
—Twyla está de guardia.
—¿Ah, sí?
—¿No lo sabías? Creía que a lo mejor habías vuelto por si podías echar un casquete.
—Eres un gilipollas, ¿lo sabías?
—Tranquilo, chaval, que era una coña —dice Peterson—. A ver si te tomas las cosas con un poquito más de humor. Bastante jodido está esto, con tantos críos llorando.
—Creía que no los oías.
—¿Sabes lo que son esos cabroncetes para mí? —replica Peterson—. Horas extras a tutiplén. Me voy a comprar una camioneta nueva gracias a ellos.
—Me alegro por ti.
—Yo también. Pero, oye, que si Twyla y tú necesitáis escaquearos un rato, yo os cubro. ¿Qué podéis tardar? ¿Un par de minutos? Anímate, hombre, que estoy bromeando.
—Me voy.
—Dale un beso a Twyla de mi parte —añade Peterson—. O, mejor, de la tuya.
Cuando se dispone a salir, Twyla le pregunta:
—¿Ya tienes lo que necesitabas?
—Casi, casi.
—Cal…
—¿Qué?
—Estoy preocupada por ti.
—Sí, yo también, un poco —dice, y sale por la puerta.
A primera hora de la mañana, Cal entra en la zona de adultos, detrás de la alambrada, y llama a los siete salvadoreños.
Los llama por su nombre y su número.
Ninguno contesta.
Los internos desvían la mirada o le miran con temor y recelo.
Lógico, se dice Cal.
Fueron hombres con este mismo uniforme los que los metieron aquí.
—“Solo estoy tratando de ayudar” —dice primero en español y luego en inglés.
Pero no le creen.
Señala al otro lado de la nave, a Luz.
—“Esa niñita de allí”.
Tampoco creen que quiera ayudarla.
Cansados, sucios, hambrientos, asustados, enfadados, ya no se creen nada.
No creen en los Estados Unidos.
—Vale, vamos a hacerlo por las malas —dice Cal.
Recorre la zona de internamiento con las fotos y, uno a uno, encuentra a los salvadoreños. Y, uno a uno, le dicen lo mismo: nada.
Ninguno conoce a Gabriela González.
Ninguno conoce a su hija, salvo de verla allí.
Ninguno llegó con ella cruzando México.
Ni cruzó el río con ella.
“No sé, no sé, no sé, no sé”.
—¿Qué haces? —le pregunta Twyla.
—Intento encontrar a la mamá de esa niña.
—¿Cómo? ¿Amedrentando a los internos?
—¿Se te ocurre una idea mejor?
—No, pero yo tengo un cromosoma X que a ti te falta.
—¿Qué coño quieres decir con eso?
—Que soy mujer —contesta Twyla—. Mira, estos hombres no van a decirte nada. Las mujeres, puede, pero los hombres no. A la mitad las han violado, o al menos las han agredido sexualmente en el viaje, seguramente. Y la otra mitad huye de la violencia que ejercen los hombres. Y tú entras ahí amenazando…
—Yo no he amenazado a nadie…
—Eres muy grande, Cal —dice Twyla—. Y vas de uniforme. Eso es una amenaza implícita.
—¿Implícita?
—Hice un curso de grado medio —contesta ella—. Mira, deja que me encargue yo, a ver qué consigo.
—Te dije ayer…
—Ya sé lo que me dijiste, pero tú no mandas en mí, Cal. Hago lo que quiero.
—Vale.
—Vale.
Vale.
Lleva tres noches malas.
Normalmente, los ataques solo le dan una vez por semana, más o menos, pero ya lleva tres seguidos y no entiende por qué. Puede que sea por las horas de trabajo, piensa, o quizá por el estrés.
Entra en el módulo de adultos para hablar con Dolores, una salvadoreña que tiene un hijo de catorce años al que han localizado en el campamento de Tornillo. La ORR está intentando reunificarlos, pero el papeleo se está haciendo eterno.
Cuesta encontrar un hueco libre en la celda atestada de gente, pero se trasladan a un rincón y Dolores lanza a las otras reclusas una mirada severa, exigiéndoles que las dejen a solas un minuto.
—¿Les molesta que hables conmigo? —pregunta Twyla.
—Si les molesta, es problema suyo, no mío.
Eso es verdad, se dice Twyla, que se ha fijado en que allí nadie se mete con Dolores. Es una líder entre las mujeres, y seguramente también entre los hombres.
—¿Qué quieres, “m’ija”? —pregunta.
A Twyla le hace gracia que la llame «hija».
—Mi amigo Cal…
—El grandote.
—El grandote.
—¿Qué le pasa?
—Ya conoces a los hombres.
—Uy, sí que los conozco —dice Dolores—. Entonces, ¿tu hombre…?
—No es mi hombre.
—A ti misma puedes mentirte lo que quieras, “m’ija” —responde Dolores—, pero a mí no me engañas. Tu hombre está intentando encontrar a la mamá de Luz.
—¿Puedes hacer algo?
Silencio.
—De mujer a mujer —añade Twyla.
Silencio de nuevo.
—Tú eres madre, Dolores —insiste Twyla, y espera.
—A lo mejor puedo encontrar a alguien que sepa algo —dice por fin Dolores.
—Te lo agradecería.
—¿Tanto como para conseguir que hable por teléfono con mi hijo?
—Creo que puedo arreglarlo.
De mujer a mujer.
Dolores consigue hablar por teléfono con su hijo.
Y Cal, lo que andaba buscando.
El recluso se llama Rafael Flores y vino de El Salvador con Gabriela. Cruzó el río un día antes que ella, le detuvieron el mismo día y acabó en Clint porque en McAllen estaban desbordados.
—La otra vez, cuando te pregunté —dice Cal—, no sabías nada.
—Eso era antes.
—¿Antes de hablar con Dolores?
Rafael asiente. Tiene treinta y cuatro años, mujer y dos hijos que ya están en Estados Unidos, en Nueva York. Él regresó a El Salvador para asistir al funeral de su abuelo y le detuvieron al volver a entrar.
—¿Qué te ha prometido Dolores? —pregunta Cal.
—Barritas de cereales.
—¿Barritas de cereales?
—Dijo que me daría usted más barritas —dice Rafael—. ¿Las ha traído?
—Primero hablamos y luego te traigo tus barritas de cereales.
No hay buenos samaritanos en jaulas, se dice Cal.
Resulta que Rafael es del mismo “barrio” de San Salvador que Gabriela González.
—Entonces la conoces —dice Cal.
—Un poco.
—Háblame de ella.
Los detalles difieren, la historia es siempre la misma.
El marido de Gabriela, Esteban —el padre de Luz—, pertenecía a la Mara Salvatrucha. No quería unirse a la banda, pero, en aquella calle y en aquel “barrio”, si no eras de la mara tenías que pagar una “renta”, un chantaje para que te dejaran trabajar en paz. Como Esteban tenía un puestecito de tacos, se unió a la banda, se hizo el tatuaje y se convirtió en “marero”.
Hasta que un escuadrón de la muerte mandado por el gobierno, dentro del plan Mano Dura de erradicación de las pandillas callejeras, le puso de rodillas en medio de la calle y le pegó un tiro en la nuca delante de su mujer y su hija. Acto seguido, el jefe del escuadrón le dijo a Gabriela que volvería esa noche.
Y que ella decidía. Una de dos: o le chupaba la polla o se llevaba un tiro en la boca.
Gabriela cogió a su hija y se unió a una de las caravanas que se dirigían hacia “el Norte”, confiando en conseguir el asilo político.
—¿Tiene gente aquí? —pregunta Cal.
Que Rafael sepa, no.
—Pero apenas conozco a la familia Gonzálvez.
—¿Qué has dicho?
—Que apenas conozco a la familia Gonzálvez.
Cinco minutos después, Cal está en el despacho de la ORR.
—Es posible —dice la señora—. Sí, es posible que, si alguien llama preguntando por Luz Gonzálvez, el motor de búsqueda del sistema informático no la relacione con Luz González.
—Pero solo hay una letra de diferencia.
—Soy consciente de ello. Si la madre hubiera preguntado por el número de identificación de la niña…
—¿Es que lo tiene?
—No necesariamente —contesta ella con un suspiro.
—Así que escribimos mal un apellido y ahora una madre no encuentra a su hija.
—Agente Strickland, ¿tiene idea del volumen de…?
Cal sale del despacho.
Resulta que Rafael tiene un primo que tiene un amigo que tiene una hermana que trabaja con la tía de Gabriela Gonzálvez.
Que tiene teléfono móvil.
—Dale el número a la ORR y deja que se encarguen ellos —le recomienda Twyla.
—¿Por qué? ¿Por lo bien que lo han hecho hasta ahora?
—Porque te estás implicando demasiado.
—Mi padre solía decir que, cuando uno está ya en mitad del río, es un poco tarde para empezar a preocuparse por lo hondo que es.
—¿Y sabía otros dichos populares tan buenos como ese?
—Muchísimos —contesta Cal—. Decía, por ejemplo: «Si quieres que algo esté bien hecho, hazlo tú mismo». Primero llamaré y luego le daré todos los datos a la ORR.
Llama a la tía.
—No, Gabriela no está aquí —le dice la mujer.
—Pero volvió, ¿no?
—Sí, pero se marchó otra vez.
Por lo menos está viva, se dice Cal.
—¿Sabe adónde ha ido?
—A México. Iba a intentar encontrar a su hija.
—La tenemos nosotros. ¿Tiene usted un lápiz o un bolígrafo o algo para anotar? —Le da el número de identificación de Luz y le explica que ha habido un error con el apellido. Luego pregunta—: ¿Gabriela tiene teléfono?
—No, teléfono no tiene, pero dijo que llamaría.
—Cuando llame, dele este número, por favor.
—De acuerdo —dice la tía—. ¿Cómo está Luz? ¿Está bien?
—Echa de menos a su mamá —contesta Cal.
Es la mejor respuesta que se le ocurre.
Jaime recibe una llamada.
—Hey, ¿qué pasa? ¿Ocurre algo? ¿Alguna novedad?
—Tu antiguo “cuate”, Strickland —contesta Peterson.
—¿Qué pasa con él?
—Está haciendo muchas preguntas sobre una “cerote”, una tal Gabriela Gonzálvez. Tenemos a su mocosa aquí.
—¿Y por qué le interesa tanto?
—Y yo qué sé —dice Peterson—. Pero está poniendo nerviosa a la gente.
—Está bien. Tú vigílale.
—Y tú procura que mis sobres sigan llegando a tiempo.
—Yo sé muy bien lo que me hago, hermano blanquito. Y nunca voy tarde —contesta Jaime.
Y cuelga.
¿Qué carajo anda buscando ese memo de Cal?, se pregunta. ¿Qué le importan a él una salvadoreña y su hija?
Y, sobre todo, ¿en qué puede beneficiarme esto a mí?
Cal engancha una cuerda a la brida de Riley y lo saca del corral. El caballo cree que va a montarlo, pero se lleva un chasco: Cal no quiere cargarlo con su peso.
Así que solo van a dar un paseo por el camino de tierra, hacia el antiguo campo de algodón. Ahora hay mucha gente que planta pimientos —por lo visto los jalapeños se venden bien—, pero para eso hace falta riego y Cal sabe que Bobbi no tiene capital para hacer esa inversión.
A su viejo le habría encantado la idea, se dice Cal. Le ponía jalapeños a todo y luego lo regaba con tabasco: sacudía el bote como si cosiera la comida a puñaladas.
—¿Seguro que no eres medio mexicano? —le preguntó Cal una vez al ver que mezclaba los huevos con jalapeños.
—Si lo soy yo, tú también —contestó Dale.
—Hay cosas peores, supongo —dijo Cal.
—Ya lo creo. Podrías ser medio banquero.
Qué va, eso sí que no, piensa Cal ahora.
Hay multitud de Strickland en esta parte de Texas, pero se los puede dividir en solo dos ramas: los que tienen dinero y los que no, y él pertenece indudablemente a la segunda.
Riley le da un empujoncito desde atrás. ¿Puedes andar más deprisa, por favor?
—¿Es que tienes prisa? —le pregunta Cal, pero aprieta el paso.
Empieza a hacer calor y seguramente el caballo quiere volver cuanto antes a la sombra de la «ramada» que le construyó Cal.
O sea que la madre de Luz —se dice Cal—, la que presuntamente la abandonó, la que no se había molestado ni siquiera en llamar, al parecer se preocupa tanto por ella que después de que la mandaran a El Salvador dio media vuelta y se arriesgó a hacer el largo y peligroso viaje hasta la frontera para intentar encontrar a su hija.
En fin, ahora tiene más posibilidades de conseguirlo.
Cal contempla unos segundos el antiguo sembrado de algodón, da media vuelta y lleva a Riley de regreso al corral.
Cuando llega a Clint se entera de que la señora de la ORR quiere verle.
Y rapidito.
—Tengo entendido que ha localizado a la familia de Luz Gonzálvez —dice—. ¿Quiere contarme algo al respecto?
Cal le cuenta lo que sabe y le da el número de teléfono de la tía.
—Me pondré en contacto con ella y le diré que, si la llama Gabriela, le diga que me llame —dice la señora—. Nosotros nos hacemos cargo de este asunto a partir de ahora. ¿Entendido?
Su jefe le dice exactamente lo mismo. Cal se topa con él en el pasillo y el comandante le dice que no va a consentir comportamientos de vaquero en su unidad.
Pues no haber contratado a un vaquero, piensa Cal para sus adentros.
Luz le mira.
Lo que habrán visto esos ojos, se dice Cal.
—He conseguido que coma un poco —dice su trabajadora social.
—Seguimos intentándolo —añade Twyla.
—Me han dicho que cabe la posibilidad de que pronto la devuelvan con su madre.
—Sí —dice Cal.
—Qué bien —agrega la trabajadora social—. Porque si no…
Sí, qué bien, si fuera cierto.
Porque pasan dos días y luego tres sin que llame Gabriela.
No tienen noticias suyas ni de su tía.
Y entonces Cal se entera de que de todos modos ya da igual.
—¡¿Qué cojones me está diciendo?! —brama Cal.
—Solo se lo cuento por cortesía, nada más —contesta la señora de la ORR—. No es de su incumbencia, literalmente. Pero he pensado que querría saberlo.
Saber que Esteban Gonzálvez residió ilegalmente en Estados Unidos varios meses en el año 2015 y que le detuvieron y condenaron por conducir bebido y le deportaron, y que la ORR no puede devolver a una menor no acompañada a un tutor que tiene antecedentes penales.
—Y que además está vinculado a una pandilla callejera —remacha la señora de la ORR.
—¡Pero si está muerto!
—Pero, por extensión, su mujer también está vinculada a la mara —argumenta ella—. Además, no ha intentado ponerse en contacto…
—¡Porque nosotros anotamos mal el puñetero apellido!
—Esto se va a considerar un caso de abandono.
—O sea, que me está diciendo que, aunque localicemos a la madre, ¿no van a devolverle a Luz?
—En resumidas cuentas, sí.
—¿Y qué va a pasar ahora? —pregunta Twyla.
—En vista de que la niña no tiene familia en Estados Unidos que pueda hacerse cargo de ella, será dada en adopción.
Cal se inclina sobre su mesa.
—Esa niña tiene una madre —dice con énfasis.
—¿Dónde? —pregunta la señora—. ¿Dónde, agente Strickland? ¿Dónde está su madre?
Cal nunca ha sido muy bebedor.
Esta noche, sin embargo, se da a la bebida.
Twyla y él se van al Mamacita, en la 10, piden una jarra grande de cerveza y luego otra.
—Te va a parecer una estupidez, pero yo me fui a Irak porque amaba América —dice Twyla—. Y ahora ya ni siquiera reconozco este país. No somos como yo creía que éramos. Se nos ha roto algo dentro.
—No podemos permitir que pasen estas cosas.
—¿Y qué vamos a hacer, Cal?
—No lo sé.
Hay borrachos felices, borrachos coléricos y borrachos melancólicos, y ellos se quedan allí sentados, sumidos en un silencio melancólico y ensimismado, hasta que Cal dice:
—¿No estás harta de perder?
—¿Qué quieres decir?
—Que parece que desde hace unos años no paramos de perder. Perdemos nuestros trabajos, nuestro país… Perdemos lo que solíamos ser. Y estoy harto de perder, ¿tú no?
Twyla menea la cabeza.
—No se puede perder lo que nunca se ha tenido.
—¿Y qué es lo que no has tenido nunca?
Ella se queda mirando unos segundos la jarra de cerveza y luego dice:
—No importa.
—A mí sí me importa.
—¿Sí?
—Sí.
—Cal, yo… —dice ella—. Me da mucha vergüenza, ya sabes… Lo de mi cadera… La cojera.
—A mí no me molesta.
—A mí sí. Porque no soy, bueno, ya sabes, no soy muy atractiva que digamos.
—A mí en cambio me confunden constantemente con Brad Pitt —responde él.
Twyla le mira con nuevos ojos.
—Eso era lo mejor que podías decir.
Están a punto, a punto de levantarse, de ir a la casa de ella o la de él, a punto de acostarse o de enamorarse, quizá. Pero entonces suena el teléfono de Cal. Mira el número, ve que es de México.
—¿Eres tú, Cal? —dice Jaime—. Oye, me he enterado de que estás buscando a una tal… A ver que mire mis notas… ¿A una tal Gabriela Gonzálvez?
—¿Qué pasa con ella?
—Pues que está aquí. Si tanto te interesa, ¿por qué no vienes a buscarla, colega?
Están sentados en la camioneta de Cal.
—Deja que se encarguen los mandamases —dice Twyla.
—Ya hemos visto cómo se encargan de estas cosas —responde él.
—Por Dios santo, ¿qué piensas hacer?
—Llevar a la niña con su madre.
—Lo sabía —dice Twyla—. Si te llevas a esa niña, será un secuestro y eso es un delito federal. Te encerrarán para toda la vida.
—Puede.
—O puede que Jaime Rivera te mate.
—Puede, sí.
—Estupendo, ponte en plan justiciero si quieres, Cal, pero esto es una locura. Vas a hacer una locura.
—¿Y lo que estamos haciendo no es una locura? —replica él—. ¿Arrancar a niños de sus madres no es una locura? ¿Meterlos en jaulas no es un locura?
—Totalmente —dice Twyla—, pero no lo vas a arreglar sacrificando tu vida.
—Ni sacrificando la de esa niña, tampoco.
—Es una niña entre miles. No puedes salvarlos a todos.
—Pero puedo salvar a una.
—Quizá, solo quizá.
—Pues tendré que conformarme con eso —responde él—. No quiero mezclarte en esto. Cuanto menos sepas, mejor, así no podrán culparte de nada.
—No voy a permitir que lo hagas.
—¿Vas a irles con el cuento?
Twyla mira por la ventana, aparta los ojos de él.
—No.
—Eso me parecía —dice Cal—. Tú no eres así.
—Te suplico que no lo hagas —insiste Twyla—. Si lo haces, no volveré a verte. Y no es eso lo que quiero.
—Nosotros no somos de los que consiguen lo que quieren.
—Supongo que no.
Twyla abre la puerta y sale. Cierra de un portazo.
Cal la ve montar en su coche y marcharse.
Twyla vuelve a su casa y se dice que no le hace falta la botella que guarda encima del fregadero, que ya ha bebido suficiente para mantener a raya el dolor.
Pero no.
Cal se queda sentado un rato en la camioneta y luego arranca y se dirige a su casa pensando en Luz Gonzálvez, en Gabriela y en Twyla.
Da media vuelta y va al edificio de Twyla.
Para en el aparcamiento y piensa si no será mejor cambiar de idea. A veces, abrir la puerta del coche es lo más duro que uno ha hecho nunca, pero la abre. Sube por la escalera exterior hasta la primera planta y se queda allí parado, tratando de reunir valor para llamar al timbre. Se queda allí cinco minutos, quizá, y durante esos cinco minutos hace amago de irse cinco veces mientras intenta deducir si Twyla quería o no que viniera.
Llama al timbre.
La oye gritar:
—¡Fuera!
—¡Twyla, soy Cal!
Pasan treinta segundos eternos y al fin se abre un poco la puerta y Cal ve su cara. Blanca como los faros de un coche que viene de frente. Le corren lágrimas por las mejillas, tiembla y tiene los ojos dilatados por el miedo, o eso parece.
No, no es miedo.
Es terror.
—Vete, Cal —dice—. Por favor.
—¿Estás bien?
—Por favor.
—¿Puedo pasar?
Su cara se contrae en una expresión que Cal no ha visto nunca. Grita:
—¡Vete, Cal! ¡Por favor! ¡He dicho que te vayas! ¡Déjame en paz!
Lo que debería hacer sería empujar la puerta y entrar.
Entrar a la fuerza y rodearla con sus brazos y protegerla de lo que le está haciendo tanto daño. Interponerse entre ella y su terror.
Es lo que deberíamos hacer.
Pero no lo hace.
Ella le ha dicho que se vaya y él se va.
La puerta se cierra de golpe delante de él, y la última vez que Cal recuerda que una puerta se cerró así fue cuando tenía ocho años y su madre se marchó, y la puerta ya no volvió a abrirse, al menos para que entrara ella.
De modo que ahora Cal se aleja.
Twyla vuelve tambaleándose al cuarto de baño y cae al suelo.
¡Cuánto deseaba que la abrazara! Que el roce de su piel con la suya la anclara al presente y la retuviera en él, la sacara del ardiente ataúd en el que habita. Cal podría pasar la larga noche tendido a su lado hasta que amaneciera otro día roto, y quizá atravesarían juntos, renqueando, este país ajeno y extraño.
Pero le ha dicho que se marche.
Le ha obligado a marcharse.
Le ha echado.
Porque cada uno de nosotros está en su propia jaula.
Y nadie puede entrar en ella.
Solo nosotros podemos romper la jaula y escapar de ella.
Y casi nunca lo hacemos.
Cal recorre el cercado.
No lo han cortado por ningún sitio.
Su padre solía decir que la mayoría de la gente hace lo correcto cuando no le cuesta gran cosa hacerlo y que, en cambio, muy pocos hacen lo correcto cuando cuesta mucho hacerlo.
—Y nadie hace lo correcto cuando se lo juega todo —concluía Dale.
—Tú sí lo harías —respondía Cal.
—No creas.
Pero Cal lo creía. Era joven entonces. Ya no lo es tanto y la verdad es que sigue creyéndolo.
Va a ver a Riley. Le da pienso, le acaricia el hocico y dice:
—Siempre has sido un caballo estupendo, ¿sabes?
Riley mueve la cabeza como diciendo que sí, que lo sabe.
Cal lleva la pistola a la espalda. Da un paso atrás y la levanta.
El caballo le mira. ¿Qué vas a hacer?
Cal se guarda la pistola.
Cuando vuelve a la casa, la cena está en la mesa y se sienta a comer.
Filete de ternera, patatas asadas, judías verdes.
—No has podido, ¿verdad? —pregunta Bobbi.
—No.
—Voy a llamar al veterinario.
—Dale un día o dos, ¿vale?
—¿Por qué?
—Porque sí —contesta Cal—. ¿Has sabido algo de Jared últimamente?
—Está otra vez en desintoxicación.
—¿Cuánto va a costarte? —pregunta Cal.
—Más de lo que tengo.
—Vende un par de hectáreas más.
—No me va a quedar otro remedio —dice ella—. Construirán una urbanización de mierda y la llamarán Prado no sé cuántos.
—Los dueños podrán jugar a ser vaqueros. —Cal pincha una patata y se la mete en la boca. Luego pregunta—: ¿Te acuerdas de ese disco que ponía papá sin parar?
—Blood on the saddle —dice Bobbi—. ¡Cómo odiaba yo esa canción! ¿Por qué te ha dado por pensar en eso ahora?
—No sé. —Cal se levanta—. Tengo que irme. Gracias por la cena.
—¿Qué prisa tienes?
—Esta noche trabajo. —Le da un beso en la cabeza—. Te quiero.
—Y yo a ti.
Cal sale y va con la camioneta al establo. Entra y trata de arrancar la Toyota de su padre, pero la batería está descargada. Vuelve a su camioneta, saca las pinzas y arranca el motor de la Toyota.
Estos coches de los japos…, piensa Cal.
Saca la Toyota del establo y mete su Ford 150.
Mientras se marcha, piensa: lo correcto es lo correcto, es lo correcto, es lo correcto…
Llámalo por su nombre.
No por otro.
Sigue en la camioneta cuando llama Twyla.
—Perdona lo de anoche —dice.
—No tienes por qué pedirme perdón —contesta Cal—. Sé que estabas muy enfadada conmigo y eso.
—No fue por eso. Fue por… Oye, Cal, eso que dijiste anoche que ibas a hacer… Fue porque estabas borracho, ¿verdad?
—Sí. Fue porque estaba borracho. Se me calentó la boca y me puse a fanfarronear. Pero cuando se me pasó la borrachera… Bueno, ya sabes, me lo pensé mejor. Yo no haría una cosa así.
—Me alegro —dice ella—. Nos vemos luego, ¿no? ¿Tienes turno de noche?
—Sí.
—Entonces hasta luego.
—Twyla… ¿Estás bien?
—Sí, Cal, estoy bien. Quiero decir que… ya estoy mejor.
A Twyla le extraña que Cal no haya venido a trabajar.
Le llama.
Salta el buzón de voz.
No deja mensaje.
Luz está dormida en el suelo de cemento. Apenas se despierta cuando Cal la levanta en brazos.
—“Está bien, no voy a lastimarte” —dice él.
Al otro lado de la nave, detrás de la alambrada, casi todo el mundo duerme.
Dolores, sin embargo, se asoma, le vigila.
Cal la mira.
Ella hace un gesto de asentimiento.
Cal lleva a Luz por el pasillo y sale por una puerta lateral. La deposita en el asiento del copiloto de la camioneta, le abrocha el cinturón, sube y arranca.
Twyla empieza el recuento.
Uno, dos, tres…
Sigue sin noticias de Cal.
¿Dónde se habrá metido? ¿Qué le habrá pasado?
Veintidós, veintitrés…
¿Se habrá marchado sin más, lo ha mandado todo a la mierda y se ha despedido?
Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
Sesenta y seis, sesenta y siete…
Sesenta y siete.
No sesenta y ocho.
Ay, no, Cal. Ay, no.
Cruza la sala corriendo.
Luz no está.
Ay, mierda, no.
Ve a Dolores mirándola fijamente.
—¿Dónde está?
Dolores se encoge de hombros.
—Se fue —contesta en español.
Se fue…
Twyla empieza a marearse, se apoya contra la pared.
Y se deja caer al suelo.
Unos segundos después, se levanta y da la alarma.
Cal hace un alto en una parada de camiones, en la 10.
Llama a Jaime Rivera.
—¿Dónde y cuándo?
—¿Tengo que decírtelo ahora?
—Ahora mismo o no vuelves a saber de mí.
—Está bien. —Jaime se queda pensando un momento y luego dice—: ¿Te acuerdas de ese sitio a las afueras del pueblo donde íbamos a beber?
Cal se acuerda, sí: un barranco al sureste de El Porvenir, un chaparral agreste y apartado que se adentra en el desierto.
—¿Cuándo?
—Mañana por la mañana, a primera hora.
—Allí estaré.
—Me muero de ganas, colega.
Cal cuelga. Le dice a Luz:
—“Ya vuelvo”.
Se acerca al sitio donde están aparcados los camiones que van en dirección oeste, busca uno con matrícula de California, echa un vistazo por si hay alguien mirando y mete el móvil detrás del parachoques trasero.
Vuelve a la camioneta, sale a la autovía y se dirige hacia el este.
Tiene que encontrar un sitio donde esconderse.
A Twyla la están friendo a preguntas.
La han hecho sentarse en el despacho del jefe del puesto de la Patrulla Fronteriza, y él, la señora de la ORR y un agente del Servicio de Inmigración se turnan para interrogarla.
—¿Dónde está? —pregunta el de Inmigración.
—No lo sé.
—Strickland y usted son amigos, ¿verdad? —dice su jefe.
—No, la verdad.
—El agente Peterson dice que sí.
—Quiero decir que solo somos compañeros de trabajo —responde Twyla—. Siempre nos hemos llevado bien…
—¿Le dijo algo de que pensara llevarse a la niña? —pregunta el de Inmigración.
Twyla le mira fijamente a los ojos. Piensa: ¿qué me vas a hacer tú que no haya visto en Irak?
—No.
—¿Está segura?
—Me acordaría de algo así.
—Esto ha pasado mientras estaba usted de guardia —añade el jefe.
—Soy consciente de ello, señor.
—Es usted responsable.
—Sí, señor.
—Es posible que tomemos medidas disciplinarias contra usted. Mientras tanto, está suspendida de empleo y sueldo. Váyase a casa hasta nuevo aviso. Y no le diga nada a nadie de este asunto.
—Sí, señor.
—Y, por amor de Dios, no le diga nada a la prensa —añade el de Inmigración.
Twyla sale del despacho y entra en el vestuario. Ve a Peterson sacando algo de su taquilla, le agarra de la camisa y le empuja contra la pared.
—Si vuelves a hablar de mí, Roger, te machaco.
—Vale, vale.
Le suelta y se aleja.
Dios bendito, Cal, ¿qué has hecho?
—Esto es un desastre —dice el agente de Inmigración—. Si sale a la luz…
Los medios de comunicación les están haciendo la vida imposible por separar a los menores de sus padres y por las pésimas condiciones en las que tienen a los niños. Primero no encontramos a los padres ¿y ahora se nos pierde una niña? ¿Y encima se la ha llevado un guardia?
Santo Dios.
—¿Cómo no va a salir a la luz? —pregunta el jefe—. Para encontrar a Strickland van a tener que intervenir el Servicio de Inmigración y Aduanas, la Patrulla Fronteriza, los cuerpos de policía locales y estatales y el Departamento de Seguridad Nacional. Puede que ya esté en México. Y, si ha pasado a otro estado, tendrá que intervenir el FBI…
—Esto es un secuestro —replica el agente de Inmigración—. Claro que tiene que intervenir el FBI.
—¿Y quién va a dirigir la investigación? —pregunta el jefe.
—Nosotros —contesta el de Inmigración.
—Eso dígaselo al FBI —contesta el jefe—. De todos modos, vamos a tener que avisar a Washington.
—Se van a poner hechos una furia.
—¿Prefiere que se enteren por las noticias? —replica el jefe—. Porque esto va a trascender.
—¿Nos jugamos a piedra, papel y tijera quién hace la llamada?
—Disculpen que interrumpa —dice la señora de la ORR—, pero ¿alguien está teniendo en cuenta a la niña?
Cal deja la autovía en Fabens, Texas, y para en un McDonald’s.
Sin bajarse de la camioneta, pide una hamburguesa con huevo, un café, un Happy Meal y un brik pequeño de leche. Luego sigue por North Fabens, hasta un motel.
—“Espera aquí” —le dice a Luz.
La niña se limita a mirarle, como hace siempre. Cal sabe que va a quedarse en la camioneta, parece que siempre hace lo que le dicen.
Entra y se acerca al mostrador de recepción.
—¿Tienen habitación para esta noche?
—¿Para cuántas personas? —pregunta la recepcionista, una señora de mediana edad.
—Para mí, nada más.
—Tengo una habitación con dos camas.
—Con eso me vale.
—Ochenta y nueve dólares.
Cal paga en efectivo.
La señora le pasa un papel.
—Ponga aquí su nombre y aquí sus iniciales, donde pone la tarifa, y aquí, donde dice que no fuma. Marca, modelo y matrícula del vehículo, y firme aquí abajo.
Cal se inventa el número de matrícula y firma. No está acostumbrado a mentir, pero tendrá que acostumbrarse ahora que vive en la clandestinidad.
—Gracias, señor Woodley.
Ve detrás del mostrador una pegatina que dice Make America great again.
«Que América vuelva a ser grande».
Eso intento, piensa Cal.
Lleva a Luz a la habitación y la sienta en una cama.
Le da el Happy Meal y la leche y dice:
—“Tienes que comer”.
La habitación se parece a la de cualquier motel de carretera: paredes verdes, colchas estampadas, cortinas a rayas y, junto a la ventana, una ruidosa máquina de aire acondicionado que lucha contra el calor en vano.
Cal enciende la tele.
Busca unos dibujos animados.
—“Te gustan”… —Se interrumpe y duda—. “Te gustan los cartoons, ¿verdad?” —añade, porque no se acuerda de cómo se dice cartoons en español.
—Bob Esponja.
Las primeras palabras que le dice.
—Sí, eso, Bob Esponja —dice Cal, aunque no tiene ni idea de qué es eso—. “Ahora comes, ¿bien?”.
Con los ojos fijos en la tele, Luz coge la hamburguesa y le da un bocado.
Cal abre el brik de leche. No sabe nada de niños, salvo que él también lo fue hace mucho y recuerda que bebía leche.
—“¿Esto también está bien?”.
Ella prueba la leche.
—“Buena niña” —dice Cal sonriéndole.
Luz no le devuelve la sonrisa, pero sigue bebiéndose la leche y comiéndose la hamburguesa sin despegar los ojos del televisor.
Cal entra en el cuarto de baño y abre el grifo de la bañera. Cuando sale, la hamburguesa ha desaparecido.
—“Bañera” —dice—. “Ven, ahora. Los cartoons seguirán aquí”.
Luz se levanta y le sigue. Él le da una pastilla de jabón y dice:
—“Sabes qué hacer, ¿verdad?”.
Ella duda.
—“No te preocupes” —dice Cal—. “No voy a mirar”.
Se da la vuelta.
—“¿Ves?”.
Unos segundos después, oye caer la ropa de la niña al suelo. Luego oye un chapoteo y pregunta:
—“¿Hace suficiente calor?”.
—“Sí”.
—“¿Demasiado caliente?”.
—“No”.
—“Hay una de esas pequeñas botellas de…, eh…, shampoo” —añade en su español vacilante.
—“Champú”.
—“Sí. Champú”.
Luz se lava el pelo.
Cal extiende el brazo hacia atrás para abrir el grifo para que se aclare y ella mete la cabeza debajo. Unos segundos después, Cal le alcanza la toalla sin mirar. Luz sale de la bañera, se seca y se envuelve en la toalla. Cuando vuelven a la habitación, él le señala la tele y dice en inglés:
—Enseguida vuelvo.
A ella no parece importarle.
Tiene la tele.
Cal coge su ropa, va a recepción y pregunta si hay lavandería. La hay, y Cal compra detergente y pide que le cambien para poner la lavadora en marcha.
La ropa de Luz —una sudadera roja y astrosa, una camiseta amarilla, pantalones vaqueros y calcetines blancos— está tan sucia que apesta.
Cal la mete en la lavadora, pone el detergente en polvo, echa las monedas por la ranura y pulsa del botón.
La lavadora se pone en marcha con un ronquido sordo y Cal calcula que tardará unos veinte minutos, así que vuelve a la habitación.
Luz se ha quedado dormida.
Cal quita la colcha de su cama y la arropa con ella.
Luego coge el mando a distancia y pone la Fox.
Y ve una foto suya en pantalla.
La delegada del Servicio de Inmigración se ha hecho cargo del caso, quitándoselo a McAllen.
Da aviso a todos los cuerpos de seguridad: la Patrulla Fronteriza, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la policía local y estatal, la DEA y la oficina del FBI en El Paso. Luego llama a los medios de comunicación y les pide que cooperen y den máxima difusión a la noticia: un agente de la Patrulla Fronteriza del que se sospecha que tiene problemas mentales ha secuestrado a una niña de seis años llamada Luz González.
Se solicita la colaboración ciudadana.
Si han visto a este hombre o a la niña, llamen, por favor, a este número inmediatamente.
Un número gratuito de atención telefónica.
El jefe de la Patrulla Fronteriza, Peterson y un agente de Inmigración van a Fort Hancock y dan con el rancho Strickland.
O con lo que queda de él.
Al ver llegar los coches, Bobbi sale de la cocina, aterrorizada porque le haya pasado algo a Cal. Que le hayan pegado un tiro o algo así. Solo ha escuchado la radio, la NPR, y no han dado la noticia.
El agente de Inmigración es quien lleva la voz cantante.
—¿Roberta Strickland? —pregunta.
—¿Cal está bien?
—¿Le ha visto usted?
—Dígame si está bien.
—Que nosotros sepamos, sí —contesta el agente—. ¿Le importa que echemos un vistazo?
—¿Por qué?
Le explica lo que ha hecho Cal.
—¿Le has visto, Bobbi? —dice Peterson.
—¿Se conocen? —pregunta el de Inmigración.
—Fuimos juntos al instituto —contesta Bobbi—. Hace un siglo. Vi a Cal anoche.
—¿A qué hora?
—No sé, a la de la cena.
—Y no le ha visto desde entonces —dice el agente.
—No.
—Entonces, ¿no le importa que echemos un vistazo por aquí?
—Adelante.
Empiezan por la casa.
No ven a Cal ni rastro de él.
—Tu hermano la ha cagado a lo grande —le dice Peterson.
—¿Todavía sigues intentando que alguien te haga una paja? —pregunta Bobbi—. ¿O sigues haciéndotelas tú solo?
Entran en el establo.
Bobbi entra detrás y ven todos al mismo tiempo la camioneta de Cal.
—Es su camioneta —dice Peterson.
—No me diga —replica el de Inmigración echando un vistazo a la matrícula—. ¿Hay algún otro vehículo en el rancho?
—Solo el mío. —Bobbi señala su Chevy destartalado.
El de Inmigración sale y mira el suelo.
—Hay otras huellas de neumáticos que salen del establo. Y no son de esa camioneta.
Bobbi se encoge de hombros.
—Señora Strickland…
—Benson —puntualiza ella—. Estuve casada unos quince minutos. No me gustó.
—Señora Benson —dice el agente—, su hermano ha secuestrado a una niña. Si nos oculta información relevante, estará usted protegiendo a un fugitivo y cometiendo un delito de obstrucción a la justicia por el que podrían condenarla a veinte años de prisión. Solo voy a preguntárselo una vez más. ¿Qué vehículo sacó su hermano de aquí?
—A ver cómo se lo digo para que me entienda —contesta Bobbi—. Ah, sí. Váyase a la mierda.
El agente está pensándose si ponerle las esposas o no cuando suena su teléfono. Han localizado el móvil de Strickland. Está entre Las Cruces y Lordsburg, Nuevo México, y se dirige hacia el oeste por la 10 a ciento treinta por hora.
—Ya volveremos por aquí —dice el agente.
—Tendré preparado el café —replica Bobbi.
El agente de Inmigración y el jefe de la Patrulla Fronteriza se van, pero dejan a Peterson para que vigile el rancho.
Ila Bennett, la mujer que regenta el motel, ve la Fox.
Veinticuatro horas al día, prácticamente.
El tipo que dicen que ha secuestrado a la niña se registró en el motel esta mañana.
Y ha lavado la ropita de la niña.
Ila sabe que debería llamar al número, pero por otro lado no quiere meterse en líos.
Anota el número de todas formas y se lo piensa.
Montan un control de carretera en la 10, al oeste de Lordsburg, y paran a todos los vehículos.
Después, descubren en el registro de Tráfico del condado de El Paso que un tal Dale Strickland dio de alta una camioneta Toyota roja en 2001, con matrícula 032KLL.
En la 10 no aparece, sin embargo, ninguna camioneta Toyota roja con ese número de matrícula, aunque el localizador del móvil sigue apuntando hacia allí.
Los helicópteros policiales sobrevuelan la autovía y las carreteras secundarias.
Nada.
—El muy cabrón metió su móvil en otro coche —dice la delegada de Inmigración.
Y, si eligió un vehículo que se dirigía al oeste, piensa, seguramente él habrá ido en dirección contraria.
Ordena que los helicópteros busquen al este de Clint.
Twyla está sentada en su casa, pegada a la CNN.
Cada quince minutos hay una noticia de última hora sobre Cal, pero casi nunca aportan nada nuevo.
De hecho, son todo cosas antiguas: la foto del anuario del instituto de Cal, una foto suya con el uniforme de su equipo de fútbol, y su expediente militar (lo han desenterrado y dicen que sirvió en Afganistán y que le licenciaron con honores). Un plantel de expertos debate sobre la política gubernamental de separación de familias de inmigrantes ilegales, la crisis de la frontera y las condiciones de vida en los centros de internamiento de extranjeros. Uno de los tertulianos aventura que quizá Calvin Strickland padezca síndrome de estrés postraumático, aunque no explica si se refiere a lo que padeció en Afganistán o a lo que ha vivido en Clint.
Ninguno de ellos habla de Luz Gonzálvez.
No la nombran.
La llaman «la niña desaparecida», nada más.
Nadie llama afirmando haber visto a Strickland.
—Hay que aumentar la presión —dice la delegada de Inmigración.
Tiene el número de la Fox grabado en el móvil y hace uso de él.
El presentador mira a cámara y dice:
—Hay novedades preocupantes acerca del secuestro ocurrido hoy en Clint. Fuentes autorizadas han confirmado a Fox News que Calvin Strickland, el guardia de la Patrulla Fronteriza que mantiene secuestrada a una niña de seis años, es sospechoso de pederastia y que la menor se encuentra en grave peligro. Las autoridades ruegan a los ciudadanos que llamen al número habilitado para tales efectos si tienen cualquier información…
Twyla pasa de un canal de noticias a otro y enciende su portátil para mirar en Internet.
Los medios de comunicación mayoritarios y las redes sociales están dando pábulo a la noticia de que Calvin John Strickland es un presunto pederasta y sufre un trastorno mental producido por su etapa en Afganistán.
En Twitter, Facebook y Snapchat se anima a la gente a formar patrullas vecinales y a salir a peinar la zona. Algunos afirman que habría que tirar a matar nada más ver a Strickland y otros dicen que eso es poco.
Cal también ve las noticias.
Luz sigue profundamente dormida en la cama mientras él ve su propia cara en pantalla y oye una y otra vez la palabra «pederasta».
Se hurga en los bolsillos y encuentra una tarjeta.
Va al teléfono del motel y marca el número.
—¿Diga? —contesta Dan Schurmann.
—Señor Schurmann, soy Cal Strickland. No dispongo de mucho tiempo.
Le cuenta toda la historia.
Que la ORR perdió el contacto con la madre de la niña («Es Gonzálvez, por cierto, con uve»), que él la localizó, que aun así iban a dar a la niña en adopción y que él se la ha llevado para devolvérsela a su madre.
—¿Dónde? —pregunta el periodista—. ¿Cuándo?
—Creo que ya he dicho demasiado —dice Cal.
—De mí puede fiarse.
—No puedo fiarme de nadie —contesta Cal, y cuelga.
Schurmann escribe el artículo y llama al jefe de redacción.
La cuestión es si publicar la noticia enseguida o reservarla para la edición matutina.
—Deberíamos publicarla ya —dice Schurmann—, por el bien de Strickland. Hay gente que quiere matarle.
La noticia se publica en Internet.
Se envía una alerta AMBER a todos los teléfonos móviles de la región de El Paso incluyendo el modelo y el color de la camioneta Toyota y el número de matrícula.
Ila ve la noticia.
Esto cambia las cosas.
Ese hijo de puta tiene a la niñita en una de sus habitaciones en ese preciso momento, y solo Dios sabe qué le estará haciendo a la pobre criatura.
Llama al número de la policía.
Los exaltados salen en masa.
Desde El Paso a Socorro, desde Lubens a Clint y a Fort Hancock, hasta Laredo y McAllen, las camionetas van de acá para allá con la bandera americana ondeando en la trasera. Van a la busca de Calvin John Strickland, el secuestrador, el pederasta, el violador de menores.
En la frontera, a lo largo del río Grande, grupos de justicieros patrullan en sus quads y sus todoterrenos, con sus radios y sus miras telescópicas, sus rifles de asalto y todos sus cachivaches, listos para impedir que un fugitivo haga lo que tantas personas intentan: cruzar el río, llegar al otro lado.
Buscan una camioneta de fabricación japonesa con un hijo de puta al volante.
Cal aparta la cortina y mira afuera.
Saben lo de la camioneta, se dice. Estoy a más de treinta kilómetros de donde tengo que cruzar la frontera y tendrán todas las carreteras vigiladas.
Oye los rotores de los helicópteros, allá arriba, buscando la camioneta con sus focos.
Estoy atrapado.
Ve que la señora del motel sale de la oficina y mira hacia allí. Y que, al verle, da rápidamente media vuelta y entra otra vez.
Lo sabe, piensa Cal.
Luz se incorpora, le mira.
—Tenemos que irnos —dice él.
Adónde, esa es otra cuestión.
Mete a Luz en la camioneta y le abrocha el cinturón de seguridad.
—“¿Adónde vamos?” —le pregunta la niña.
—“A ver a tu mami” —contesta Cal.
Cal conoce una vieja pista de tierra que sale de la carretera de Fabens antes de que esta desemboque en la 10.
Si consigue llegar allí antes de que le pillen en la carretera, quizá tenga una oportunidad. Cruza a toda velocidad Fabens temiendo ver sirenas en dirección contraria. Los helicópteros se han alejado hacia el sur. Él sigue hacia el norte, ve la entrada del camino y tuerce.
Divisa los coches de policía viniendo por la 10, apaga las luces y para bajo el paso elevado. Luego cruza la carretera por debajo guiándose solo por la luz de la luna llena y sale al monte. Va en dirección contraria a su punto de destino pero sabe, porque trabajó en estos ranchos hace años, que este camino conduce a una trocha de ganado que va hacia el sureste, hasta Fort Hancock.
Unos cuantos coches de policía —del sheriff, de la Patrulla Fronteriza y el Servicio de Inmigración— entran en el aparcamiento del motel.
Ila está fuera, delante de la oficina.
—¡Se ha ido! —grita—. ¡Llegan tarde!
El artículo del Times hace saltar por los aires, como una granada de mano, la versión de los hechos difundida por los medios.
Como cualquier buen reportero, Schurmann tenía puesta la grabadora del móvil cuando habló con Cal, de modo que sus declaraciones no solo pueden leerse impresas, también pueden escucharse, con esa voz suya algo gangosa, de buen chico.
—Yo no soy un pederasta. La niña está mucho más segura conmigo que en Clint. ¡Pero si iban a donarla como si fuera un guante viejo encontrado en el Walmart!
»¿Síndrome de estrés postraumático? Yo era guardia en un almacén de Wagram. ¡Qué voy a tener estrés postraumático! ¡No lo he tenido nunca, ni entonces ni ahora! ¿Sabe quién sí lo tiene? Los niños que tenemos encerrados y separados de sus padres.
»¡Que sí, hombre, que están en jaulas! Hay que llamar a las cosas por su nombre. Lo que es, es.
»Tampoco soy un izquierdista sensiblero, que conste. ¡Qué narices, si le voté a él! Pero no para esto, eso seguro.
Y para rematar:
—Esta bandera aguanta —concluye Cal—. Pero, con tanto llanto, ha perdido color.
Se hace pública la historia de Esteban, Gabriela y Luz Gonzálvez, se difunde que una madre viuda está esperando en México a que le devuelvan a su hija y, cuando Cal acaba diciendo «Creo que ya he dicho demasiado», quienes le escuchan no están de acuerdo y ya casi nadie duda de lo que intenta hacer.
Ahora gran parte de la ciudadanía está de su lado.
La opinión pública, como dicen en los medios, se ha polarizado.
Todo depende de en qué lado de la gran divisoria estés.
Le alcanzan cuando lleva recorridos dieciséis kilómetros por la trocha de ganado.
Conducía muy despacio por el camino lleno de baches, con solo la luz de la luna para alumbrarse. No quería por nada del mundo meterse en una zanja y acabar con un neumático reventado o con la suspensión rota.
Estaba allí, en el monte, con los mezquites, la salvia y los auténticos coyotes, uno de los cuales cruzó el camino delante de él y se detuvo a mirarle con sorpresa, como diciendo: «¿Qué pintas tú aquí?».
Estaba todo en silencio.
Salvo porque hablaba Luz.
—“¿Dónde está mi mami?”.
Cal indicó adelante.
—Por allí.
Un momento de silencio. Luego:
—“Mi papi está muerto”.
—Lo sé. Lo siento.
—“Los hombres malos lo mataron. ¿Hay hombres malos aquí?”.
Cal se lo pensó un momento antes de responder. Luego dijo:
—Sí que hay “hombres malos. Pero no voy a dejar que te… lastimen”.
—“Vale”.
Unos minutos después, el foco les da de lleno y, aunque deslumbrado por su brillo, Cal distingue una camioneta atravesada en el camino, impidiéndole el paso. Hay un hombre de pie detrás de la puerta abierta. Le apunta con un rifle.
—¡Cal Strickland! —grita—. ¡Ni se te ocurra coger el rifle! ¡Sal del coche con las manos donde yo las vea!
Cal no echa mano del rifle ni de su arma reglamentaria, la pistola HK P 2000 que lleva en una funda a la altura de la cadera.
No quiere matar a nadie.
—¡Cuidado con dónde apunta! —grita—. ¡Llevo a una niña!
—¡Lo sé! ¡Sal de la camioneta!
Cal mira a Luz.
—Tranquila, no va a pasar nada —dice, aunque no está seguro.
Sale con cuidado, con las manos delante. El hombre se aparta de la puerta sin dejar de apuntarle con el rifle. Es un hombre mayor, grueso y achaparrado, con sombrero vaquero gris.
—Te has metido en mis tierras.
—No he tenido más remedio, señor Carlisle.
—¿Eres Cal Strickland?
—Sí, señor.
—¿No trabajaste para mí hace tiempo?
—Una temporada, sí. Hace ya mucho.
—Eras muy trabajador, que yo recuerde —dice Carlisle—. Aunque no valías para vaquero.
—Por eso lo dejé.
—Eres famoso, hijo. Por lo visto te está buscando el país entero. Ofrecen una recompensa de veinte mil dólares por tu cabeza.
—Nunca había valido tanto, que yo sepa —replica Cal.
—Primero dicen que estabas abusando de esa cría —añade Carlisle—. Y luego que querías llevarla con su madre. ¿Cuál de las dos cosas es?
—Quiero llevársela a su madre.
—¿A México?
—Si consigo llevarla hasta allí.
Carlisle se lo piensa.
—Bueno —dice—, en esa camioneta no vais a llegar, eso tenlo por seguro. La está buscando todo dios a este lado del río Rojo. Mejor que vayáis en la mía.
—¿Cómo dice?
—Su dinero de mierda me da igual —dice Carlisle—. Os llevo hasta el final del camino. ¿Te sirve con eso?
Cal vuelve a la camioneta a recoger a Luz y su rifle.
La niña está pegada al respaldo del asiento, asustada.
—“¿Es un mal hombre?”.
—No, es muy bueno —dice Cal—. Vamos.
La lleva a la camioneta de Carlisle.
—Hola, jovencita —dice el viejo.
—Hola.
Enfilan el camino, monte abajo.
Las balas chocan contra el metal.
Las llamas crepitan y luego braman.
Acurrucada en el suelo del baño, Twyla se tapa los oídos, pero el ruido sale de dentro de su cabeza y no se disipa.
Es cada vez más fuerte.
Tan fuerte, que Twyla no se oye llorar.
—Si la niña tiene hambre —dice Carlisle—, llevo unos bocadillos en el asiento de atrás. De ternera, creo.
—“¿Tienes hambre?” —pregunta Cal.
Luz dice que sí con la cabeza.
Él extiende el brazo y coge una bolsa de papel marrón, saca un bocadillo envuelto en papel encerado y se lo da.
—Yo también tengo un poco de hambre —dice Cal.
—Sírvete.
—¿Seguro?
—No preguntes más.
El bocadillo, de ternera con mostaza y jalapeños, está riquísimo.
—Señor Carlisle —dice Cal unos minutos después—, si no le importa que se lo pregunte, ¿por qué hace esto?
Sabe que Carlisle es un republicano acérrimo que seguramente cree que un demócrata viene a ser lo mismo que un bolchevique.
Se hace un silencio. Luego Carlisle dice:
—Bueno, tengo más días a la espalda de los que tengo delante. ¿Qué voy a decirle a mi Señor y Salvador? ¿Lees la Biblia, hijo?
—No mucho.
—«En verdad os digo que cuanto les hicisteis a mis hermanos y hermanas, aun al más pequeño, a mí me lo hicisteis» —añade Carlisle—. Mateo, 25:40.
Entonces ven los faros en el valle, camino abajo, a menos de un kilómetro.
—Mierda —dice Carlisle.
—¿Quién es? —pregunta Cal.
—No lo sé, pero creo que es una patrulla vecinal. Meteos tú y la niña en la trasera.
Salen y se tumban en la parte de atrás de la camioneta. Carlisle los tapa con la lona.
Hay poco espacio allí dentro.
Poco aire.
A Cal le cuesta respirar.
Luz le pone el dedo índice en los labios y susurra:
—“Cállate”.
Cal intuye que no es la primera vez que se ve en una situación parecida. Aprieta el rifle contra el pecho y busca a tientas el gatillo. No sabe si va a tener que usarlo o si estaría dispuesto a disparar, pero al menos quiere estar preparado.
Diez minutos después nota que la camioneta se para y oye preguntar a Carlisle:
—¿Qué hacéis a estas horas de la noche por aquí, chicos?
—Estamos buscando al cabrón de Strickland.
—Pues por este camino no he visto a nadie y acabo de bajar.
—Lo siento, pero vamos a tener que registrar la camioneta, señor Carlisle.
—No lo sientas, hijo —replica Carlisle—, pero mi camioneta no vais a registrarla. Que yo sepa, seguimos estando en los Estados Unidos de América y esto sigue siendo Texas, así que a mí no vais a pararme y a registrarme en mi propio rancho. En el que, por cierto, estáis sin permiso.
—Voy a tener que insistir, señor Carlisle.
—Hijo —dice Carlisle—, yo solo recibo órdenes de Uno y ese Uno no eres tú. Tengo cosas que hacer, así que aparta tu cochecito de mi camino, no vaya a ser que me olvide de que he renacido y te aplique el Antiguo Testamento.
Pasan cinco segundos interminables. Luego:
—Bueno, señor Carlisle, seguro que usted no escondería a un violador de menores. Siento haberle molestado.
Cal oye arrancar un motor, oye coches que se mueven y nota que la camioneta se pone en marcha.
Unos minutos después, se detiene.
Carlisle aparta la lona y dice:
—Creo que ya ha pasado el peligro.
—Por los pelos —dice Cal.
—Qué va —contesta Carlisle—. Esos justicieros de tres al cuarto ladran mucho y muerden poco.
Pasados unos kilómetros, añade:
—Sabrás que tienen gente vigilando tu casa.
—Sí, lo sé.
—¿Y has pensado qué vas a hacer?
Para la camioneta.
—La verdad es que estoy improvisando sobre la marcha, señor Carlisle —contesta Cal.
—Sí, se nota.
Cal ve la 10 a unos doscientos metros de distancia.
—No puedo llevaros más lejos —dice Carlisle—. La policía estará parando a cualquier vehículo que se acerque.
Cal y Luz salen de la camioneta.
—No sé cómo darle las gracias —dice Cal tendiéndole la mano.
Carlisle se la estrecha.
—Lleva a esa niña con su madre.
Cal ve que da media vuelta y sube de nuevo por el camino. Mira a Luz y dice:
—No sé cómo se dice en español llevarte a caballito, así que salta.
Luz se sube a su espalda de un salto y echan a andar por el monte.
Cal se tumba en lo alto de una loma y mira desde allí la casa del rancho.
La luz está encendida, Bobbi ya se ha levantado.
Estará muy angustiada, piensa Cal.
Ve el vehículo de la Patrulla Fronteriza aparcado fuera, con la luz del techo encendida. Parece que el que está dentro es Peterson, pero no está seguro.
La camioneta sigue en el establo, pero no puede cogerla para pasar a México. Habrá controles de carretera por todas partes y estarán vigilando los pasos fronterizos. Tampoco puede ir andando con la niña hasta el sitio donde ha quedado con Jaime. No hay tiempo, y el terreno es demasiado accidentado para que Luz vaya a pie.
Baja arrastrándose por la cuesta, hasta donde le espera la niña.
La agarra de la mano y recorren un trecho de unos cien metros bordeando la loma, hasta dejar la casa atrás. Luego toman un atajo y bajan al camino que lleva al corral.
Riley se acerca a él.
—Hola, chico —dice Cal—. Tenemos cosas que hacer.
Ensilla el caballo, monta a Luz, se sienta detrás y coge las riendas.
—Eh… “¿Un caballo antes?” —dice, intentando preguntarle si ha montado alguna vez.
La niña niega con la cabeza, pero le mira y sonríe. La primera señal de alegría infantil que le ha visto Cal.
—“¿Cómo se llama?” —pregunta Luz.
—Se llama Riley.
—“Voy a llamarlo Rojo”.
—Creo que no le importará. Bueno, Riley Rojo, vamos a ello.
Saca al caballo del corral a paso suave.
Unos minutos después llega a la valla de alambre de espino, deshace el remiendo que hizo hace unos días y cruza a caballo.
Twyla se levanta del suelo.
Mira su reloj.
Las tres y cuarto de la mañana.
Vuelve al cuarto de estar, mira su ordenador por si se sabe algo de Cal y le alivia ver que no le han cogido.
Aún.
Estuvieron a punto de cogerle en Lubens, pero «eludió el cerco policial».
Quisiera saber dónde está y si está bien, y cómo está Luz.
Entra en la cocina y saca la botella del armario. Bebe a morro porque, total, qué más da. Necesita echarse al cuerpo un par de lingotazos para hacer lo que sabe que tiene que hacer.
Coge la botella, se sienta en el sofá y recoge de la mesa su arma reglamentaria. La saca de la funda y la apoya sobre su regazo.
Faltan todavía tres horas para que salga el sol.
Demasiado tiempo.
Cal conoce estas tierras.
Y el caballo también.
Es un camino fácil de recorrer que atraviesa tierras de pasto llanas y campos arados casi hasta el río, donde hay una franja de monte bajo cerca de donde acaba la valla fronteriza.
Luego está el río.
Y más allá México.
El río no queda lejos, a cosa de kilómetro y medio.
Pero Cal ve de pronto que no van a conseguirlo.
Al claro de luna, tres todoterrenos de la Patrulla Fronteriza se mueven de un lado a otro, a unos cuatrocientos metros a su derecha.
Sus faros barren los campos de labor.
Iluminan a Riley.
Los vehículos se paran, Cal oye voces de hombre y luego van hacia él.
A toda velocidad.
Cal se inclina sobre el cuello del caballo.
—Chico, ¿crees que podrás? ¿Una más?
El caballo levanta la cabeza como si dijera: «Pero ¿qué dices? ¿Puedes tú?».
Cal le dice a Luz:
—“¡Agárrate!”.
Ella se aferra a la crin de Riley.
Cal tira de las riendas y echan a galopar.
Cal va hacia un riachuelo que sabe que baja al río.
Los coches, más rápidos que el caballo, ganan terreno, rugen tras él. Cal sabe que nadie va a disparar y a arriesgarse a herir a la niña, pero aun así agacha la cabeza. Sujeta a Luz con un brazo, agarra las riendas con una sola mano y aguija a Riley en el costado para que corra un poco más.
El caballo responde: se lanza hacia delante con todas sus fuerzas.
Pero no es suficiente.
Un coche de la Patrulla Fronteriza se coloca a su lado y luego le adelanta y le corta el paso.
Riley no necesita que Cal tire de las riendas. Ha sido siempre un caballo de pastoreo estupendo: sabe de memoria lo que tiene que hacer. Se para de golpe y vira a la derecha, sortea el coche y sigue corriendo como si supiera que este es su último galope, su última carrera por campo abierto, y sin aflojar el paso se mete en el riachuelo.
El todoterreno baja tras él. Cal vuelve la cabeza y ve que los otros también le siguen. El suelo arenoso frenará un poco su avance, pero no los detendrá. Su única oportunidad es ganar suficiente terreno para internarse en el monte y despistarlos el tiempo suficiente para llegar al río. Conoce una senda de contrabandistas por la que bajar a la orilla.
Entonces una luz le ilumina desde arriba y Cal oye girar los rotores del helicóptero sobre él, a poca altura.
—¡Vamos, Riley! —grita—. ¡Un poco más!
Sabe que va a matar al caballo, pero también sabe que los caballos tienen más ímpetu y más corazón que la mayoría de la gente, y este más que ninguno, porque, aunque está en las últimas, Riley aprieta un poco más el paso y ganan terreno, y Cal ve la espesura cerrada cien metros más allá. Tienen que llegar a ella para esquivar al helicóptero.
Casi han llegado cuando un quad aparece de pronto a su izquierda y se cruza en su camino.
El conductor levanta el rifle, apunta a la cabeza de Cal.
Cal aprieta a Luz contra sí.
Riley salta.
Pasa por encima del quad por los pelos, pero pasa.
Y se meten en la espesura.
Riley apenas afloja el paso mientras avanzan por la vereda serpenteante, entre matorrales, camino del río.
El terreno vuelve a despejarse, se vuelve pelado y llano por unos metros y entonces llegan a la valla.
Cuatro metros y medio de barrotes de metal con base de cemento.
Avanzan bordeándola.
Cal se gira y ve que los vehículos vienen detrás.
—¡Vamos, caballito! —Casi oye latir el corazón de Riley, ve los espumarajos que salen de su boca—. ¡Vamos!
La valla termina.
Cal sacude las riendas, Riley tuerce a la derecha y dejan atrás la valla.
Se meten en un arroyo que baja al río.
Plateado a la luz de la luna.
Riley baja por la ribera y se adentra en el agua.
En verano no es tan hondo, la corriente no es tan fuerte, y el agua solo le llega a Cal a los tobillos cuando el caballo vadea el cauce.
Después, llegan a otro país.
Semiborracha, Twyla medita si debe meterse el cañón en la boca o apoyarlo bajo la barbilla.
¿O me lo pongo en la sien?, se pregunta.
No quiere hacer una chapuza y acabar siendo un vegetal lleno de agujas y tubos, y tampoco quiere que le duela.
Solo quiere acabar de una vez.
La delegada del Servicio de Inmigración está rabiosa.
—¡¿Que está en México?! —grita—. ¡¿Cómo que está en México?!
—Mis hombres le vieron cruzar el río —contesta el jefe de la Patrulla Fronteriza.
—¡¿En un caballo?!
—Sí.
—Y la niña está con él. ¡¿Tiene idea de lo que va a decir la prensa?! Un llanero solitario desafía heroicamente a las autoridades federales para reunir a una niña con su madre. ¡¿Sabe cómo vamos a quedar?!
—Como el culo.
—¡Eso es poco!
Coge el teléfono y llama a Washington.
Hay que tomar decisiones.
—Cambien el discurso.
Contacten con las autoridades mexicanas y consigan que hagan todo lo posible por encontrar a la madre, detener a Strickland y reunir a esa familia, como era nuestra intención desde el principio, como habríamos hecho si Strickland no se hubiera entrometido poniendo en peligro a la pequeña.
Hora y media después, la delegada se pone delante de las cámaras.
—Estamos haciendo todos los esfuerzos posibles por reunir a las familias separadas —afirma—. Como sin duda comprenderán, se trata de un proceso complicado, pero nuestra política ha tenido siempre como objetivo reunir a los niños con sus padres, como se está haciendo en el caso de la familia Gonzálvez.
—¿Luz o Gabriela Gonzálvez se hallan en estos momentos bajo la custodia de las autoridades mexicanas? —pregunta Schurmann.
—No se aceptan preguntas por el momento.
—¿La policía mexicana ha detenido a Cal Strickland? —insiste el periodista.
—No se aceptan preguntas por el momento.
—Si está detenido, ¿será extraditado a Estados Unidos? —pregunta Schurmann—. Y, si es así, ¿qué cargos se le van a imputar?
—No se aceptan preguntas por el momento.
—¿Van a procesar a Cal Strickland por hacer efectivas las medidas políticas que ahora dicen promover?
—No se aceptan preguntas por el momento.
La delegada no acepta preguntas pero conoce las respuestas: imputará a Strickland de todos los cargos que se le ocurran y de alguno más. En cuanto los medios de comunicación se olviden del asunto, meterá a ese cabronazo en prisión de por vida.
O algo más, si puede.
Cal atraviesa a caballo la estrecha franja de campos de labor del lado mexicano de la frontera.
Ya ha amanecido, el sol acaba de alzarse, amarillo pálido.
Unos cuantos “campesinos” miran al vaquero con la niñita sentada delante, pero ninguno le para ni le hace preguntas.
Saben que en estas tierras no conviene hacerlas.
Cal nota que Riley flaquea. Le gustaría bajarse y seguir a pie —el caballo está agotado, vencido—, pero tiene que salir de este terreno tan expuesto y bajar por la ladera, hasta el arroyo, antes de que le localice la policía mexicana.
—“¿Estás bien?” —le pregunta a Luz.
—“Sí”.
—“Veremos a tu madre pronto”.
Ella solo asiente con un gesto.
Sí, yo tampoco sé si creérmelo, piensa Cal.
Cruzan los campos y llegan al borde de la ladera. Allá abajo, hasta donde alcanza la vista, solo hay desierto.
Piedras y arena.
Encuentra el arroyo seco y Riley baja con cautela por la ladera empinada, con sus piedras traicioneras.
Solo faltan tres kilómetros para llegar al punto de encuentro.
Están a cosa de kilómetro y medio cuando Cal siente estremecerse a Riley.
Agarra a Luz con el brazo y salta.
A Riley le fallan las patas delanteras. Se hinca de rodillas y cae de lado. Tiene los ojos desencajados, respira con esfuerzo, su tripa sube y baja.
—¡Rojo! —chilla Luz.
Cal la aleja un poco y le da la vuelta para que no vea al caballo.
—“No mires”.
Vuelve y se agacha junto a la cabeza de Riley. Le acaricia el cuello y el hocico.
—Siempre has sido un caballo estupendo. Nunca me has dejado en la estacada.
Luego se levanta, retrocede, saca la pistola de su funda y dispara dos veces.
Las piernas del caballos cocean.
Luego se quedan inmóviles.
Cal tira al suelo la pistolera y se mete la pistola en la cinturilla del pantalón, debajo de la camisa. Vuelve con Luz, que está llorando, y la coge de la mano.
Bajan a pie por el arroyo.
Hay cuatro Ford Explorer parados en una vaguada llana, al pie del cañón.
Cal ve a Jaime y a siete de sus hombros alrededor de los coches, fumando y bebiendo de botellas de agua. Van armados con AK y ametralladoras.
Hace calor: el sol ha despertado del todo y cae a plomo.
Cal se descuelga el rifle del hombro y lo sostiene en alto mientras se acerca a Jaime.
Todas las armas le apuntan, pero Jaime hace señas de que no disparen.
—¡Lo has conseguido, colega! —exclama—. ¡Ya iba a darte por perdido!
—¿Dónde está la mujer? —pregunta Cal sin dejar de apuntarle al pecho.
Jaime señala un todoterreno.
—Ahí. La cuestión es por qué tengo que entregártela. El trato que iba a proponerte es que yo te daba a esa furcia y tú volvías y trabajabas para mí. Pero la has jodido a lo grande al traer aquí a la “niña”. No puedes volver y, aunque pudieras, ya no me sirves de nada. En Juárez podré venderlas a muy buen precio, juntitas, la madre y la hija.
—No.
—¿Por qué carajo no iba a hacerlo?
—Porque te mataré.
—Si aprietas el gatillo —dice Jaime—, mis chicos te hacen pozole.
—Pero tú no lo verás.
—Y luego matarán a la mujer y a la niña —añade Jaime—. Después de divertirse un rato con ellas.
Cal baja el rifle.
Jaime tiene razón: matarle no servirá de nada.
—Haz lo correcto por una vez en tu vida —dice—. ¿Cuánto dinero necesitas? ¿Cuántos burritos te puedes comer? ¿Cuántos coches puedes conducir? Y piensa en lo que dirán los medios, Jaime. Un coyote mexicano hace lo que el Gobierno de Estados Unidos se niega a hacer. Se hará viral. Cantarán corridos sobre ti.
—Tengo que reconocer que me gusta la idea —dice Jaime—. Pero también me apetece matarte.
—Pues haz las dos cosas —contesta Cal.
Sabe que en esta vida hay que regatear hasta donde uno puede. No siempre consigues lo que quieres —más bien, casi nunca—, pero, como decía su padre, hay que saber con qué se conforma uno; si no, nunca tienes suficiente.
Con eso es suficiente, se dice Cal.
Jaime señala un coche con la cabeza. Uno de sus hombres abre la puerta de atrás y saca a Gabriela.
Ella corre a abrazar a Luz, la levanta en brazos.
—Qué enternecedor —dice Jaime—. Me he emocionado. Vale, colega, ya tienes lo que querías. Las dejo en un albergue, a ver si las monjas me dan su bendición. Pero la otra parte del trato sigue en pie, ¿“comprendes”?
—“Comprendo”.
Jaime da algunas órdenes. Uno de sus hombres le quita el rifle a Cal. No se le ocurre buscar la pistola.
Gabriela Gonzálvez se acerca a él. Su hija y ella son como dos gotas de agua.
—Gracias.
—Esto no debería haber pasado —dice Cal—. Lo siento.
Luz se abraza a su cintura, apoya la cara en su tripa y le aprieta con fuerza.
—“Está bien” —dice Cal, y se agacha y la abraza—. No pasa nada.
Se quedan así unos segundos. Luego, uno de los hombres de Jaime las agarra y las lleva al coche.
—Sáquenlas de aquí —dice Jaime—. No hace falta que la niña vea esto.
Cal ve alejarse el coche.
Ha hecho lo que vino a hacer.
Jaime se acerca a la trasera del Explorer y saca dos botellas de Modelo de una nevera portátil.
—¿Quieres una, colega? ¿Por los viejos tiempos?
—Claro.
Cal acepta la cerveza fría y la bebe con ansia. Entra de maravilla.
—Parece que hace siglos que íbamos al instituto —dice Jaime.
—Hace siglos.
—¿Dónde se han ido los años? ¿Eh? —pregunta Jaime.
—No lo sé. —Cal bebe otro largo trago, casi se acaba la botella.
—¿Qué nos ha pasado?
—Eso tampoco lo sé —responde Cal.
—¿Tienes miedo, colega?
—Sí.
Lo tiene, es verdad. Tanto que podría mearse encima.
—Bueno, mejor así —dice Jaime, y se saca la pistola del cinto—. Acábate eso y echa a andar.
Cal apura la botella y la tira al suelo.
Comienza a alejarse.
No puede impedir que le tiemblen las piernas.
Las siente como postes de una valla vieja sacudidos por el viento del norte. Primero se abaten los postes; luego cae el alambre.
Santo Dios, Jaime, ¿por qué no disparas de una vez?
Entonces le oye decir:
—¡No puedo, colega! ¡No tengo valor! ¡Sigue andando! ¡Que disfrutes de la cárcel, ¿vale?!
Cal oye varias puertas que se abren y se cierran.
Luego, motores que arrancan.
Y sigue andando.
Con la pistola debajo de la barbilla, Twyla ve la noticia en la pantalla del portátil. Una señora trajeada anuncia que Cal ha conseguido cruzar la frontera con la niña.
Cuánto me alegro por ti, Cal, piensa.
Me alegro muchísimo.
Has conseguido salir.
Baja la pistola.
Coge el móvil y empieza a buscar ayuda.
No puede seguir viviendo dentro de esta jaula.
Cal sube por el arroyo seco, tambaleándose. El sol le da en la cabeza como un martillo y le duelen las piernas de remontar la cuesta. Tiene sed, la cerveza estaba rica, pero ahora necesita agua y no la tiene.
Llega donde yace Riley y se sienta junto al caballo. Espanta los moscardones de sus ojos.
Rendido de cansancio, contempla el paisaje yermo. Ve, allá abajo, la caravana de coches que se lleva a Luz y a su madre. Detrás de él, ladera arriba, están los campos verdes de regadío, y luego el río, y la valla, y después su país. Lo único que me espera al otro lado, se dice, es otra alambrada.
Me meterán en una jaula y no volveré a montar por estas tierras.
Su padre solía decir que la mayoría de la gente hace lo correcto cuando no le cuesta gran cosa hacerlo y que nadie hace lo correcto cuando se lo juega todo.
Pero a veces hay que jugárselo todo.
Cal coge la pistola, se la pone bajo la barbilla y aprieta el gatillo.
Su cabeza cae sobre el cuello del caballo.
La primera vez que vio a la niña, ella estaba en una jaula.
La última vez que la vio, era libre.