Nadie sabe de dónde ha sacado el revólver el chimpancé.
Eso, de por sí, es ya un problema.
Chris Shea no pensó, sin embargo, que fuera problema suyo cuando le avisaron por radio de que se había escapado un chimpancé del famoso zoo de San Diego.
—Pues llamad a Control Animal —respondió, convencido de que la fuga de un mono no era competencia de la policía.
Pero el operador del servicio de emergencias dijo:
—Eh… Es que por lo visto el mono va armado.
—¿Armado? ¿Con qué? ¿Con un palo? —preguntó Chris.
Había visto en Animal Planet algo sobre que los chimpancés utilizan palos como herramientas o armas, lo que al parecer era importante, aunque Chris no se enteró del motivo porque justo en ese momento se levantó para ir a hacerse un bocadillo.
¿O eran los babuinos y lo vio en el canal de National Geographic?
—Según las declaraciones de los testigos, el chimpancé porta una pistola —añadió el operador.
Eso seguro que no lo había visto en Animal Planet.
—¿Qué tipo de pistola?
—Un revólver.
Bueno, algo es algo, pensó Chris. Podría ser peor: una Glock o una Sig Sauer.
—¿Dónde está el chimpancé ahora?
El operador, sin desviarse ni un ápice de la jerga policial, contestó:
—El sospechoso fue visto por última vez dirigiéndose hacia el este por El Prado.
Mal asunto. La avenida principal de Balboa Park cae de lleno en la zona de la División Central que patrulla Chris, así que no le quedaba más remedio que acudir al aviso. Mal asunto, además, porque en una noche calurosa de julio como esta habrá un montón de gente paseando por el parque, incluidos muchos turistas, y ni el comisario jefe ni el alcalde querrán ver en la CNN que un ciudadano que estaba de visita en la «Mejor Ciudad de América» ha sido abatido a tiros por un chimpancé.
Ahora, Chris está parado en la calle junto a otros cinco policías, viendo cómo el chimpancé trepa por la fachada del Museo de la Humanidad. Justo lo que me hacía falta esta noche, se dice Chris: un chimpancé armado y, encima, guasón.
Pero lo peor de todo es que Grosskopf está ahí, gritando por el megáfono:
—¡Suelta el arma y baja!
Grosskopf le cae bien, pone mucho empeño en cumplir con su trabajo, pero no es una lumbrera que digamos.
—Fred…
—¿Qué?
Grosskopf baja el megáfono, irritado.
—No creo que entienda nuestro idioma —dice Chris.
—¿Y cuál crees que entenderá? ¿Algún idioma africano? ¿No había un compañero somalí en Crimen Organizado?
—No creo que entienda ningún idioma, como no sea el chimpancés —responde Chris. Y no cree que tengan ningún chimpancé en todo el cuerpo de policía. Unos cuantos gorilas, puede. Pero chimpancés, no.
Sigue una breve discusión sobre si deben llamar a Caza y Pesca, pero un chimpancé no puede encuadrarse en ninguna de esas dos categorías.
Harrison propone que llamen a los bomberos.
—Rescatan a gatos que se suben a los árboles, ¿no?
Llama a los bomberos, explica la situación, escucha un segundo y luego cuelga.
—¿Qué te han dicho? —pregunta Chris.
—Que me vaya a tomar por culo.
—¿Te han dicho eso?
—Bueno, no con esas mismas palabras —contesta Harrison—, pero me han dicho que, si se trata de rescatar a un animal de un árbol o de un edificio, entonces sí es asunto suyo, pero que, si el susodicho animal tiene en su poder un arma de fuego, es cosa nuestra. No sé, me costaba entenderle con tanto pitorreo.
Se ha congregado una multitud.
Chris mira a Harrison.
—Habrá que retirar a la gente. Poner unas vallas.
—¿Por qué? —pregunta Harrison.
—¿Y si el mono dispara?
—¿Por qué iba a disparar?
—Yo qué sé, porque es un mono —contesta Chris—. Venga, a retirar a la gente. Ya.
El gentío ha empezado a corear: «No disparen al mono, no disparen al mono».
—¡No vamos a disparar al mono! —grita Chris, aunque no las tiene todas consigo. Si se pone a apretar el gatillo, tendrán que disparar.
Una mujer vestida con chaqueta de safari se abre paso entre la multitud y se acerca a él.
—Carolyn Voight —dice—. Del Departamento de Primates del zoológico.
—¿De dónde sacó la pistola ese mono? —pregunta Chris.
—La culpa la tiene la Asociación Nacional del Rifle —contesta Voight.
Es guapa. Alta, de ojos azules, con el pelo rubio recogido en una coleta debajo de la gorra de visera del zoo.
—Ya, en serio… —dice Chris.
—No tengo ni idea. Y tampoco tengo ni idea de cómo se ha escapado Champion.
—¿El chimpancé se llama Champion? —pregunta Chris.
Carolyn se encoge de hombros, como si no hubiera sido idea suya.
Grosskopf, que ha oído la conversación, hace otro intento de entenderse con el chimpancé.
—¡Champion, suelta el arma y baja! ¡No tiene por qué salir nadie herido!
De eso Chris tampoco está muy seguro. Champion se ha colgado de una cámara de seguridad con una mano (¿o es una zarpa?) y con la otra blande la pistola, que puede dispararse fácilmente.
—¿Ha traído una escopeta de dardos? —le pregunta a Carolyn.
—No.
—Pero ¿no es lo que suelen hacer? —insiste Chris—. ¿Dispararles un dardo para dejarlos inconscientes?
—Aunque pudiéramos hacerlo —contesta ella—, se haría daño al caer.
—¿Avisamos a los de rehenes? —pregunta Grosskopf.
—¿Para que negocien? —contesta Chris.
—Sí.
—¿Con un chimpancé?
Aunque, a decir verdad, piensa Chris, han negociado con muchos tipos que tenían menos coeficiente intelectual que el amigo Champion, que por lo menos se las ha ingeniado para escapar de una jaula.
—¿Y qué podríamos ofrecerle?
—¿Plátanos? —propone Grosskopf.
—La verdad es que eso es un mito —dice Carolyn—. Lo de los chimpancés y los plátanos. Un estereotipo.
Chris ya está viendo los titulares. La policía de San Diego negocia con un primate. El comisario jefe se compromete a depurar responsabilidades.
—¿Tiene idea de qué motivó la fuga? —le pregunta Grosskopf a Voight, muy serio.
—El motivo podría ser de índole sexual —contesta ella.
—Sexual —repite Grosskopf.
—Alicia rechazó hace unos días sus acercamientos amorosos —explica Voight— y él se lo tomó muy mal. Tuvimos que separarlos.
Esto mejora por momentos, piensa Chris. Ahora, además de ir armado, resulta que el mono está enamorado y tiene un cabreo de la leche porque le han dado calabazas.
—¿Alicia pidió una orden de alejamiento? —le pregunta a Carolyn.
—¿Qué? —dice ella y, al darse cuenta de que es una broma, añade—: No creo que la violencia de género sea cosa de risa.
—Yo tampoco —responde él, y de pronto le entran unas ganas locas de que el sargento Villa se digne a salir de comisaría y venga a hacerse cargo de la situación.
—A lo mejor podríamos traer a Alicia, a ver si así baja —sugiere Grosskopf.
—O sea que, según tú —dice Chris—, el plan sería traer a otro chimpancé y confiar en que el mono fugado, que va armado, se baje de la torre y se folle a la chimpancé hembra, que no tiene ni pizca de ganas, delante de decenas de vecinos y turistas.
—Eso no puedo permitirlo —declara Carolyn—. Y, además, Alicia no está en esto ahora mismo.
—¿Qué significa eso? —pregunta Grosskopf.
—Que no está de humor —responde Chris.
No sé, a lo mejor saliendo a cenar y viendo una peli… O puede que exista el porno chimpancé, aunque le da miedo preguntarlo, porque, si existe, prefiere que esa idea no se aloje en su cabeza.
—¿Champion tiene acceso a la televisión? —salta Grosskopf.
—No creo —responde Carolyn—. ¿Por qué lo pregunta?
—Por si ha visto en la tele cómo se maneja un arma y ha aprendido a usarla.
Chris está a punto de contestar con un sarcasmo cuando Carolyn dice:
—La verdad es que hay una tele en la caseta del guarda. Puede que la haya visto.
—¿Tiene conexión por cable? —insiste Grosskopf—. Porque en HBO y CineMax ponen a veces cosas muy violentas. Si ha visto, por ejemplo, Juego de tronos…
—Tiene un revólver, no una espada de acero valyrio —replica Chris.
—Yo solo digo que la violencia gratuita…
El sargento Villa acaba de llegar. Sale del coche, evalúa la situación y le dice a Chris:
—Disparad al mono.
—Bueno, sargento —dice Harrison—, técnicamente no es un mono, es un chimpancé, o sea que…
Se calla al ver la mirada que le lanza Villa.
—Sargento Villa —dice Chris—, esta es Carolyn Voight, del zoo.
—Por favor, no disparen —suplica ella.
—Señorita, ese chimpancé tiene en su poder un arma letal —contesta Villa—. No puedo permitir que ponga en peligro a la población.
—¿Y si va usted a buscar una escopeta de dardos y nosotros ponemos una red? —sugiere Chris—. Champion se duerme, cae a la red y nos vamos todos a casa.
—Desde aquí abajo no hay forma de alcanzarlo con un dardo —dice Carolyn.
Chris echa un vistazo al edificio.
—Yo puedo escalar un poco.
Villa lo agarra por el codo y se aleja un poco con él.
—Joder, Shea, ¿estás de coña o qué? ¿Vas a tomarte tantas molestias por un puto mono?
—Pues sí.
Villa mira a Carolyn.
—¿Por qué será que tengo la sensación de que no es el mono lo que te interesa?
—Qué malpensado es usted, mi sargento.
Villa vuelve donde está Carolyn.
—Tiene diez minutos para traer la escopeta de dardos y montar la red. Pero si a Chita se le ocurre tocar el gatillo…
—¿Chita? ¿Cómo que Chita? —pregunta ella.
—Chita, la de Tarzán. ¿No se llama así?
Carolyn menea la cabeza.
—Diez minutos —repite Villa.
Carolyn se marcha a toda prisa.
Llega una furgoneta de una cadena de televisión.
—Lo que me faltaba, que vengan estos a dar por culo —refunfuña Villa, y le dice a Chris—: Ve a hablar con ellos.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque yo no los soporto.
Un reportero se baja de la furgoneta y se acerca a ellos seguido por un técnico que sostiene una cámara sobre el hombro como si fuera un lanzagranadas. Chris reconoce al reportero, del telediario.
—Bob Chambers. Nos hemos enterado de que hay un chimpancé suelto.
Chris señala el Museo del Hombre, donde Champion sigue colgado de una mano mientras gesticula con la otra y lanza chillidos. Como si dijera en simio: «¡Que os jodan!», piensa Chris.
—Joder —dice Chambers—. ¿Eso es una pistola?
—Me temo que sí.
—¿Su nombre? —pregunta Chambers.
—Shea. Agente Christopher Shea.
—Grabando —dice el cámara.
—Me encuentro junto al agente Christopher Shea delante de la fachada del Museo del Hombre de Balboa Park, en cuya fachada hay encaramado un chimpancé armado con una pistola. Agente Shea, ¿qué está pasando?
—Lo que usted acaba de decir —contesta Chris.
El cámara enfoca al gentío mientras Chambers añade:
—Se han congregado numerosos manifestantes y están coreando una consigna: «No disparen al chimpancé».
—Bueno, no son manifestantes exactamente —puntualiza Chris.
—¿No? ¿Y qué son?
Gente que no tiene nada mejor que hacer que venir a dar un paseo por el parque a estas horas de la noche, piensa Chris, pero contesta:
—Son transeúntes. Quiero decir que en realidad no se están manifestando.
—Están exigiendo que no disparen al chimpancé.
—No pensamos dispararle. A no ser que…
—¿Qué?
—Que dispare él primero —dice Chris.
—¿Son directrices oficiales del Departamento de Policía de San Diego? —pregunta Chambers.
—No creo que haya ninguna directriz oficial sobre primates armados. Porque no es algo que…
—Entonces, ¿no tienen directrices?
Chris la ha cagado y lo sabe. Entonces oye una voz que dice:
—Bueno, está el Reglamento King Kong, que prevé apoyo aéreo, pero solo en caso de simios gigantes. Y, como pueden ver, en este caso se trata de un simio de tamaño estándar, así que…
El cámara se gira hacia la persona que acaba de hablar y Chris ve que es Lou Lubesnick. El teniente Lubesnick —el legendario inspector de la Unidad de Robos y Atracos al que venera como un héroe— es por lo visto una de esas personas que no tienen nada mejor que hacer a esas horas de la noche que dar un paseo por Balboa Park. Además, viste camisa hawaiana de colores chillones, chinos muy anchos y…, ¿eso son…? Sí, lo son.
El teniente Lubesnick lleva unas Crocs.
De color naranja.
Con calcetines blancos.
—Venga, hombre, Bob, deja en paz al chaval —dice.
—¿Puedes hacer unas declaraciones, Lou?
—Claro, cómo no. —Lubesnick mira a cámara y dice—: Bob, la política del Departamento de Policía es gestionar cualquier situación empleando solo la fuerza en la medida en que sea necesario y dando prioridad absoluta a la seguridad de los vecinos de San Diego y de los turistas que visitan nuestra bella ciudad.
—¿Tienen alguna idea de cómo llegó la pistola a manos del chimpancé?
—Aún lo estamos investigando —afirma Lubesnick—, de modo que no puedo dar más detalles. Baste decir que se está haciendo todo lo posible y que tengo plena confianza en que obtendremos la respuesta a esa cuestión en un tiempo razonable.
—Gracias, teniente.
—No hay de qué.
Chambers y su cámara se apartan para buscar un encuadre desde el que se vea mejor a Champion, que sigue chillando improperios desde un costado del edificio.
Lubesnick se acerca a Shea.
—La clave para hablar con los medios es soltar una chorrada detrás de otra, cuantas más mejor. ¿Cómo te llamas?
—Shea, señor.
—Shea, de aquí en adelante, procura que ese marrón se lo coma tu sargento.
La gente se pone a gritar cuando Champion se lanza del edificio y aterriza en una palmera.
Sin soltar la pistola.
Impresionante, piensa Chris.
—Si me disculpa…
Se acerca al tronco de la palmera y mira hacia arriba, calculando si hay vía de subida. Se pasa todos los sábados por la mañana en el rocódromo del gimnasio, así que cree tener posibilidades de conseguirlo. Más que trepando por la fachada del edificio, por lo menos. De modo que las cosas van mejorando.
Hasta que, de pronto, vuelven a torcerse.
Llegan los SWAT.
Salen en pelotón de un furgón blindado y el oficial al mando, vestido de negro, con chaleco de kevlar y casco de combate, empieza a desplegar a sus hombres por los edificios cercanos para que busquen posiciones de disparo.
Lo que hasta ahora era una farsa se está convirtiendo en una tragicomedia en potencia.
El comandante de los SWAT se pone a hablar, muy serio, con Villa, que, más que serio, parece fastidiado.
Llegan más efectivos de la policía y mandan retirarse al público detrás de las vallas. Estupendo, opina Chris. Así el gentío estará un poco apartado cuando los disparos de las armas automáticas y los proyectiles de los rifles de precisión dejen al chimpancé hecho trizas.
Delante de las cámaras de televisión.
Advertimos a los telespectadores que las imágenes que van a emitirse a continuación pueden herir su sensibilidad. Si son ustedes unos padres de mierda que todavía tienen a sus hijos levantados a estas horas, quizá convenga que los aparten del televisor mientras un equipo SWAT acribilla a balazos a Jorge el Curioso.
Chris se acerca a Villa.
—Puedo subirme a esa palmera.
—Ya es un poco tarde para eso —dice el comandante de los SWAT.
—Sargento —le dice Chris a Villa—, ¿de verdad quiere que estos tipos maten a ese animal delante de toda esta gente y de la prensa?
—No te caigas —contesta Villa.
Justo en ese momento Carolyn vuelve con la escopeta de dardos, que en realidad es una pistola inyectora de uso veterinario muy parecida a un subfusil Mac 10. Chris se lleva una alegría al ver que puede dispararla con una sola mano.
Varios trabajadores del zoo empiezan a montar la red alrededor del árbol.
—Su agente va a interponerse en nuestra línea de tiro —se queja el comandante de los SWAT.
De eso se trata precisamente, piensa Chris para sus adentros, pero no lo dice en voz alta porque es listo y sabe lo que le conviene. A fin de cuentas tiene aspiraciones: quiere dejar de ser patrullero y entrar en la Unidad de Robos y Atracos, donde quizá llegue a inspector.
Le encanta ser policía, incluso policía de a pie, porque es muy gratificante ayudar a los demás. Es una profesión muy física, y activa, y cada noche pasa algo distinto. (Normalmente no tan distinto como lo de esta noche, claro, pero aun así).
—Si se pone en medio y el animal lo mata —dice el SWAT—, yo no quiero saber nada.
—Debería subir yo —dice Carolyn—. Es responsabilidad mía.
—Tengo esto. —Chris se cuelga a la espalda la pistola veterinaria, se acerca a la palmera y empieza a contonear los hombros y a menearse.
La multitud aplaude.
Chris ciñe el tronco con las piernas y empieza a impulsarse hacia arriba con las manos. El tronco de la palmera es casi vertical y su agarre muy precario, pero ya es demasiado tarde para arrepentirse. El público corea «¡Ese poli, ese poli!», las cámaras están grabando y Chris sabe que una de dos: o acaba convertido en un héroe o en un mamarracho.
Al mirar hacia arriba ve que Champion lo mira atentamente con cara de preocupación, o eso quiere creer Chris. Puede que su cara sea más bien de desprecio, pero prefiere pensar que no.
Cuando calcula que ha trepado lo suficiente para disparar, agarra la pistola, respira hondo y apunta al hombro izquierdo de Champion. Entonces se hace evidente que el chimpancé ha visto, en efecto, la televisión, porque hace lo que suelen hacer los delincuentes en las series policíacas: suelta el arma.
Tres metros más abajo, el revólver da de lleno en la cara a Chris, que se desequilibra y cae.
A la red.
El público lo abuchea y luego vuelve a lanzar vítores cuando Champion se lanza de un salto a la red con los brazos en alto, según afirmarían más tarde testigos presenciales (Chris no pudo constatarlo porque en esos momentos estaba semiinconsciente).
Villa le mira con cara de pocos amigos.
—¿Qué es lo que no has entendido cuando te he dicho que no te cayeras? —pregunta.
—Así que un chimpancé te ha tirado una pistola a la cara —dice la enfermera de urgencias, entre escéptica y burlona.
—Sí.
—Mientras trepabas a un árbol.
—Exacto.
—Deberían colgarlo en YouTube.
Espero que no, piensa Chris.
Pero la suya es una esperanza vana: el vídeo ya se ha hecho viral en veinte versiones distintas, algunas con tema musical incluido, como Welcome to the Jungle.
—¿Tengo rota la nariz? —pregunta.
—Uy, sí.
—¿Y conmoción cerebral?
—Eso no lo sé.
—¿Tengo rota la nariz?
—Y conmoción cerebral, sí —dice la enfermera—. ¿Hay alguien que pueda llevarte a casa?
—¿Cómo he llegado aquí?
—En una ambulancia.
—¿Y la ambulancia no puede llevarme a casa?
—Claro —contesta ella—. Llamaremos a una de Uber. ¿Quién es la del traje de safari que parece tan preocupada?
—No me acuerdo de su nombre.
—No te acuerdas ni del tuyo —replica la enfermera, y se acerca a Carolyn—. ¿Puedes llevarlo tú a casa?
—Es lo menos que puedo hacer.
—Sí, bueno, cuanto menos hagas por consolarle, mejor —contesta la enfermera—. Ahora lo que necesita es mucha tranquilidad.
—¿No deberían comprobar que no tiene…, no sé…, una lesión cerebral? —pregunta Carolyn.
—Es policía. Ya tiene una lesión cerebral. Si se desmaya, empieza a vomitar a lo bestia o se cree que es Jay Z o algo así, llama a emergencias. Si no, dale un paracetamol, ponle una bolsa de hielo y déjale descansar. Y luego, si eres más lista de lo que pareces, huye.
—Eso estaría muy mal —contesta Carolyn.
—¿Tú crees? —pregunta la enfermera—. Imagino que trabajas en el zoo.
—Sí, en la Casa de los Primates.
—Buena experiencia para salir con un poli —replica la enfermera—. La mayoría están un paso por detrás en la escala evolutiva. He salido con varios, incluido mi exmarido. Y es mala idea.
—¿Tengo rota la nariz? —pregunta Chris.
Chris vive en un apartamento de una sola habitación en una zona de bungalós de Kansas Street, pasada University Avenue, en North Park. Le parece una suerte tener un piso aquí, con lo que están subiendo los alquileres en San Diego (que ni que los inflaran con Viagra) y con lo que ha cambiado el barrio, que antes era casi un gueto de tan cutre y ahora, con la gentrificación, se ha puesto de moda.
Muchos policías no pueden permitirse vivir en San Diego y tienen que hacer todos los días un trayecto de hora y media desde Escondido, Temecula o incluso Riverside.
Por regla general a los policías no les gusta vivir cerca de la zona que patrullan, pero a Chris, en cambio, le gusta vivir en North Park. Tiene cafeterías, restaurantes chulos donde ir a almorzar los fines de semana con su grupo de amigos, buenos bares cuando quiere tomarse una cerveza, y todavía parece un barrio en vez de una atracción turística, aunque cada vez hay más gente que alquila sus casas por Airbnb.
Casi toda la gente de su calle, y desde luego los vecinos de su edificio, saben que Chris es policía y a la mayoría les gusta que lo sea, aunque no lo quieran admitir. Chris opina que se sienten más seguros teniendo a un policía en el vecindario y, de hecho, más de una vez han llamado a su casa cuando ha habido algún caso de violencia doméstica o un robo en el barrio.
Saben, fundamentalmente, que Chris es un buen chico.
Y es verdad.
Carolyn ha empezado a comprenderlo en cuanto le ha ayudado a entrar por la puerta y a sentarse en el sofá de su minúsculo cuarto de estar.
Ya le caía bien, claro, porque ha salvado a Champion de una ejecución sumaria, pero cuando, después de ayudarle a ponerse cómodo, entra en la cocina —tan estrecha que es casi un pasillito— para prepararle una bolsa de hielo, le cae todavía mejor.
Primero, por las fotografías enmarcadas de las paredes.
Chris con sus padres.
Chris con una mujer que parece ser su hermana y dos niñas pequeñas que deben de ser sus sobrinas y que lo miran con adoración.
Chris con una gran sonrisa, inclinado junto a una señora mayor en silla de ruedas que seguramente es su abuela.
Así que es un hombre muy familiar.
Luego está el diploma de honor por haber trabajado como voluntario en una ONG que organiza actividades deportivas para discapacitados; una foto de Chris en silla de ruedas en un torneo de béisbol playa; otra en la que aparece entre un grupo de amigos, todos ellos con pinta de ser personas normales, felices y asquerosamente sanas, recién salidas de una sesión de crossfit; y otra de él en una mesa de jardín, sentado al lado de una mujer muy pero que muy atractiva (observa Carolyn con una pizca de celos, aunque le dé vergüenza reconocerlo).
Para el carro, se dice.
Chris Shea es demasiado perfecto.
Seguro que tiene algún defecto grave.
O es un mujeriego (y físico tiene para ello, desde luego) o está divorciado y tiene un par de hijos, o es gay y no ha salido del armario, o está perdidamente enamorado de una bailarina de estriptis que además es cocainómana.
La cocina está limpia y ordenada.
No hay platos sucios en el fregadero ni en el escurridor, ni cazuelas o sartenes grasientas en la vitrocerámica.
Aunque no hace falta que abra la nevera para sacar el hielo, la abre de todas formas, pero no encuentra ninguna pista. Un brik de leche, seis botellas de Modelo y una tartera de plástico que parece contener sobras (Carolyn la abre; sí, espaguetis boloñesa. ¿Es que además cocina?).
Tampoco en el congelador encuentra indicios del lado oscuro y siniestro de Chris Shea. (¿Y qué esperabas?, se pregunta. ¿Miembros humanos?). Un par de platos congelados, un vaso grande de helado de cereza de Ben and Jerry y varias tarteras etiquetadas (¡santo Dios!) con cinta de carrocero: pasta con atún salsa marinara y chili.
O sea, que o bien su madre le prepara platos y se los trae —lo que es muy mala señal—, o bien él prepara comida con antelación y la congela. Y además le pone etiquetas, porque la letra de la cinta de carrocero parece de hombre.
Carolyn se acuerda un poco abochornada de su congelador, que contiene… hielo.
Y, hablando de hielo, busca un paño de cocina, lo sostiene debajo del dispensador de la nevera y hace un hatillo para ponérselo a Chris en la nariz. Al volver al cuarto de estar, se sienta a su lado y le acerca con mucho cuidado la bolsa de hielo a la cara.
—¿Te duele? —pregunta.
—Sí.
—¿Tienes paracetamol?
—Creo que no —contesta Chris—. No suele dolerme la cabeza.
Faltaría más, se dice Voight, un poco harta de su perfección.
—¿Te importa que eche un vistazo en el baño?
—No, claro.
Carolyn va a ver.
En el cuarto de baño tampoco encuentra pruebas inculpatorias.
Para empezar, está limpio (no como los cuartos de baño de sus exparejas) y el único adorno que hay no es un póster de una modelo de Victoria’s Secret, sino de un Mustang antiguo. Y, además, junto a la taza del váter hay una escobilla con su recipiente.
Ahora sí que está segura de que es gay.
En el armarito de encima del lavabo, detrás del espejo, tampoco hay nada ofensivo. Ni Vicodin ni Oxycontin ni antibióticos que delaten una infección venérea reciente (ni tampoco una sinusitis; por Dios, cálmate, bonita), ni un paquete de condones.
Pero tampoco hay paracetamol.
Ni siquiera una aspirina.
Un tubo de pasta de dientes (Colgate Ultra Blanco), desodorante y unos botes de vitaminas que abre para comprobar si lo de dentro son de verdad vitaminas.
Lo son.
Vuelve al cuarto de estar.
—No ha habido suerte con el paracetamol —dice—. Ay, espera. A lo mejor tengo en el bolso.
Rebusca en su bolso y encuentra una pastilla enterrada en un pliegue del fondo, debajo de un pañuelo de papel y de algo que en tiempos tuvo que ser una galletita salada. Limpia la pastilla con la manga y se la pasa a Chris.
—Tómate este. No creo que vayas a engancharte.
—¿Eres doctora?
—Pues sí. Bueno, doctora en medicina, no. Pero tengo un doctorado en Zoología.
Él se traga la pastilla y cierra los ojos.
—¿Quieres ver la tele o algo así? —pregunta Carolyn.
—No veo mucho la tele.
Por supuesto que no, piensa Carolyn mientras busca el mando a distancia.
Ella, en cambio, ve mucha tele.
Y de la peor, además: un montón de telebasura.
Ve, entre otras cosas, The Bachelor, Conquístame, Bachelors in Paradise (o sea, cualquier programa que vaya de solteros), Casados a primera vista, Todo en 90 días y un popurrí de Real Housewives en sus distintas versiones geográficas. Ve todos esos programas y series de televisión porque no tiene vida fuera del trabajo —lo sabe muy bien— y porque observar la vida amorosa de otras personas resulta mucho menos doloroso que reflexionar sobre la suya propia. O, mejor dicho, sobre su falta.
No ha vuelto a salir con nadie desde que rompió con Jon.
Que la engañaba.
Y que además iba a lo suyo.
Ese falso, ese cretino vanidoso y pagado de sí mismo que escribía su nombre sin hache intercalada, que siempre pedía raciones pequeñas en los restaurantes, que tomaba el café con leche de soja e iba a todas partes en bicicleta. Profesor asociado de Literatura Comparada en la USCD y su pareja ideal. ¿No era eso? Tan culto él, tan intelectual. Sabía de vinos y se veía compartiendo su vida con Carolyn en el futuro. El presente, en cambio, prefería dedicarlo a comparar algo más que literatura con una alumna de doctorado. De doctorado, ojo, graduada ya, argumentó pomposamente en su defensa.
Porque lo contrario habría sido poco ético, ya se sabe.
El caso es que le rompió el corazón a Carolyn, y a ella le da vergüenza que se lo rompiera, porque no valía (ni vale) la pena.
Así que quizá un aspirante a hipster pretencioso y tontaina no sea lo que más me conviene, aunque sea muy culto, se dice mientras echa un vistazo a la lista de canales de la tele. A lo mejor —diga lo que diga la enfermera de urgencias—, me conviene más un policía que bebe leche de vaca, va al rocódromo, tiene la casa como los chorros del oro y además adora a su abuela.
¡Y menuda historia para contársela a nuestros nietos cuando nos pregunten cómo nos conocimos!
¡Hala, tía! ¿Dónde vas tan deprisa? ¡Frena, frena, que acabáis de conoceros!
Al final, encuentra un episodio de una serie de policías.
Chris se despierta en su cama.
Le duele la cara cuando se levanta. Entra en el cuarto de baño arrastrando los pies y se mira al espejo. Tiene los ojos hinchados y amoratados y el hueso de la nariz un poco aplastado.
Se mete en la ducha y deja que el agua caliente le aporree el cuerpo. Se seca, se pone una sudadera y unos vaqueros y entra en la cocina. Hay una nota apoyada contra la cafetera de émbolo:
Te metí en la cama. Espero que estés mejor. Gracias por salvar a Champion.
Saludos,
Carolyn Voight
P. D.: ¿Puedo invitarte a comer para agradecértelo?
6195551212.
¿Qué?
Se prepara café y enciende el portátil.
Craso error.
Ha salido en los titulares del San Diego Union Tribune: Un policía resulta herido al intentar reducir a un chimpancé armado.
Y hay una foto de él cayéndose de la palmera.
Estupendo.
Se mete en Twitter y descubre que Twitter es él: Champion y él lo están petando en Internet.
Se lleva el café al cuarto de estar, enciende la tele y ve a una guapa reportera delante del Museo de la Humanidad describiendo lo que pasó anoche y, luego, un vídeo en el que se ve a Champion blandiendo la pistola frente a la multitud, la llegada de los SWAT y a él escalando la palmera… y cayéndose.
Apaga la tele cuando oye decir a la periodista que el vídeo está causando sensación en YouTube.
Al llamar a comisaría, le dicen que tiene que tomarse obligatoriamente una baja de setenta y dos horas. Mejor, así tendrá tiempo para aceptar la invitación de Voight.
¿De verdad quiere darme las gracias?, se pregunta. Porque en realidad no hace falta: lo único que hice fue caerme del árbol, y Champ prácticamente se entregó él solito. ¿O me está pidiendo salir?
Además, ¿quiero salir con ella?
Es muy simpática, y muy guapa. Y está claro que tiene un cocazo (¿no me dijo anoche que es doctora?), pero a lo mejor es demasiado lista para que le interese un policía que solo tiene un grado en Criminología.
Porque ¿qué tienen en común un policía y una cuidadora de animales de un zoológico?
Mucho, en realidad, se dice después de pensarlo un rato.
Y decide que la llamará cuando deje de parecer un mapache que acaba de operarse de la nariz.
Mientras tanto, empieza a obsesionarle la pregunta clave: ¿de dónde sacó el revólver el chimpancé?
Las posibilidades son finitas y todas ellas han sido debatidas hasta la saciedad en la Red.
Algunos optan por una teoría conspiranoica y afirman que algún fanático animalista lanzó la pistola al recinto del simio. ¿Algún miembro del Frente de Liberación de Primates, quizá?, piensa Chris, escéptico.
Otros dicen que seguro que fue algún pirado, o un bromista que quería ver qué pasaba si le das una pistola a un chimpancé. Como era de esperar, la cosa adquiere tintes políticos, como todo en estos tiempos. Los chalados de derechas dicen que es cosa de Hilary Clinton, que intentaba hacer campaña a favor del control de armas y al mismo tiempo distraer a la atención pública de sus treinta y tres mil correos perdidos, y los chalados de izquierdas echan la culpa a la Asociación Nacional del Rifle, que también quería demostrar no sé qué sobre el control de armas y al mismo tiempo distraer a la atención pública de… En fin, de todo lo relativo a Trump.
Para Chris, todo eso son chorradas. Está convencido de que la verdadera explicación tiene que ser más prosaica. Pero habría que averiguar cuál es.
Porque, a ver, ¿a qué descerebrado se le ocurre deshacerse de un revólver tirándolo en un zoo?
Hollis Bamburger está encantado de la vida.
Al mirar Twitter en el móvil, ve que por fin se ha hecho viral. En Twitter, en YouTube, en Facebook… En todas partes. El chimpancé con el revolver está hasta en la sopa.
El revólver, no. Mi revólver, puntualiza Hollis para sus adentros.
A lo largo de sus veintitrés años de vida, Hollis Bamburger siempre ha querido ser especial por algo. No lo fue en su casa, donde solo era uno más de los seis hijos que tuvo su madre, adicta al cristal, con tres hombres. Ni tampoco en el colegio ni en el instituto, que dejó tras tripitir sin éxito el último curso de enseñanza obligatoria. Tampoco era especial en el Centro de Internamiento para Menores Infractores de East Mesa —conocido como Birdland por su ubicación, no por sus pobladores—, donde pasó una temporada por absentismo escolar y un allanamiento de morada. Ni en la cárcel de Chino, adonde fue a los dieciocho por atracar una licorería.
Si se le preguntara por Hollis Bamburger a alguna persona de esos centros penitenciarios, seguramente pondría cara de no saber de quién se trata, aunque en sus archivos obre el expediente de Hollis: el de un chaval blanco, flaco y encanijado cuya única evolución parece ser un catálogo creciente de tatuajes mal hechos que empezaron por los brazos y ahora le suben por el cuello.
Qué caray, hasta si le preguntas a sus familiares por Hollis seguramente pondrán cara de no saber de quién les hablas.
Su hermana pequeña, Lavonne, se lo dijo una vez a un agente de la condicional:
—Hollis no tiene nada de especial —le dijo. Luego se quedó pensando un momento y añadió—: Bueno, sí, que es muy tonto.
Triste, pero cierto.
Lo único por lo que destacaba Hollis era por su espectacular forma de cagarla. Tanto, que en el instituto de secundaria Clark empezó a llamarse un «bamburguer» a cualquier acto de idiotez de proporciones descomunales: si taponabas el váter con un montón de papel higiénico para que se inundara el baño, eso era un bamburguer; si copiabas un trabajo enterito de Internet y lo entregabas con el encabezamiento de la Wikipedia puesto, un bamburguer; si le abrías el coche a un profe y te quedabas dormido dentro, un bamburguer. Pero hasta esa distinción se esfumó con el paso de los años y Hollis se quedó… sin nada.
Ahora, en cambio…
Ahora, Hollis es por fin especial por algo. Es el responsable de los vídeos de Champ, el chimpancé pistolero que se están viendo en todo el mundo.
Gente de África entera, de China, Europa y Francia está viendo su obra de arte; se ríe del chimpancé y se descojona cuando el policía se cae a la red. Eso es lo mejor, cuando el mono le da un hostión al policía.
Hollis odia a los policías. Aunque a los funcionarios de prisiones los odia todavía más. Son unos gilipollas tan bestias, tan burros, que ni para policías sirven.
Pero ahora mismo Hollis está tan contento que el odio no le corroe. El fulgor incandescente de su fama se ha llevado toda la oscuridad de golpe.
Le enseña el teléfono a Lee.
—¡Tío, mira esto!
Lee Caswell, que tiene veinte años y le saca a Hollis un palmo, trece kilos y dos condenas, mira el vídeo y luego le devuelve el móvil.
—Soy famoso —dice Hollis.
—Tú, no. El mono —contesta Lee.
—Ya, pero la pipa se la di yo.
—Sí, pero no puedes decírselo a nadie —replica Lee.
Lo cual es una auténtica patada en las gónadas.
Hollis, que no se había dado cuenta, cae en un abismo de desesperación. Por fin, a sus veintitrés años, ha hecho algo especial y resulta que no puede contarlo. El mundo entero está viendo su hazaña y nadie sabrá nunca que es obra de Hollis Bamburger.
Está hecho polvo. Su efímera alegría se ha venido abajo.
—Y encima te has quedado sin la pistola —añade Lee.
—Pero si me dijiste tú que me deshiciera de ella —replica Hollis. O gimotea, mejor dicho.
—¡Pero no así! —grita Lee. Le grita mucho a Hollis, de siempre, desde que empezó a compartir celda con él en la Chino—. ¡¿Es que te crees que tiene gracia?! —empieza a gritar otra vez—. ¡Primero, nos hemos quedado sin pipa! ¡Y encima has hecho quedar mal a un policía! ¡¿Es que te crees que a la policía se le olvidan esas cosas?!
Lee sabe por experiencia que a un policía puedes mentirle y piensa que es lo normal; puedes resistirte y se le olvida; pero si le pones en ridículo, te odia para siempre jamás.
—Tienen la pistola —añade—. Estarán siguiendo esa pista.
—Pero por la pistola no van a encontrarnos.
—Será que no van a encontrarte a ti —replica Lee.
Es verdad, piensa Hollis. Fue él quien le compró la pistola a un mexicano en un descampado de la 32, no muy lejos del motel de mala muerte en el que viven ahora.
Montalbo le aseguró que la pistola estaba limpia.
—¿Y qué pasa si la policía se entera de que la pistola era del mexicano? —pregunta Lee—. ¿Y si el mexicano les cuenta que te la vendió a ti?
—Le di un nombre falso —alega Hollis.
—¿Ah, sí? ¿Y también te disfrazaste para que no te reconociera?
Hollis no lo había pensado.
—¿Y el tatuaje del cuello? —añade Lee.
Hollis lleva en el cuello un tatuaje que dice HOLLIS. Él quería que pusiera también BAMBURGUER, pero no tiene el cuello tan largo.
—¿Cuántos Hollis crees que tienen en los archivos? —pregunta su compañero.
—No muchos, seguramente —reconoce Hollis.
Por desgracia.
—Así que cuando vayas a comprar otra pistola —dice Lee—, tápate el cuello, joder.
—¿Y por qué tengo que comprarla yo? —pregunta Hollis (o más bien gimotea), pero encoge el cuello cuando ve que Lee se pone todo rojo y lo mira con expresión amenazadora.
—Porque eres tú quien la ha tirado —responde—. Y no podemos dar un atraco con la polla, ¿no? Con la tuya no, por lo menos.
Ese comentario sobraba, en opinión de Hollis.
Ahora se siente desgraciado.
Este iba a ser su momento de triunfo, algo muy muy especial. Y de pronto se ha convertido en…
En un bamburger.
Cuando Chris vuelve al trabajo, la reacción de sus compañeros es la que cabía esperar.
O sea, brutal.
«¡Hey, Tarzán!», le saludan, o bien «¡Hola, King Kong!», y se rascan los sobacos haciendo ruidos simiescos. Chris pierde la cuenta de las veces que le dicen que no vaya «haciendo el mono» en su turno.
Herrera le enseña en el móvil un vídeo en el que aparece cayéndose de la palmera con un letrero que dice: Ningún chimpancé sufrió daños en el rodaje de esta película.
Su taquilla está engalanada con racimos de plátanos.
Cuando la abre, encuentra una edición de bolsillo de Mis amigos los chimpancés de Jane Goodall, un DVD de El planeta de los simios, un póster de King Kong, una foto de Michael Jackson con su chimpancé, Bubbles, varias máscaras de mono, un disfraz completo de gorila colgado de una percha y una lata de refresco Grape con la «G» y la «R» tachadas.
En un trozo de cinta pegado a la taquilla dice: Chris Shea, alias Coco.
—¿«Coco» por qué? —pregunta.
—Porque los cocos se caen de las palmeras —responde Harrison.
El teniente Brown quiere verlo.
—Ahora eres famoso. Una celebridad.
—Yo solo quiero hacer mi trabajo, señor —dice Chris.
—Nos han llamado de la tele —explica Brown—. Quieren entrevistarte en un programa de máxima audiencia y que salgas con Champion. Relaciones Públicas quiere que vayas.
—No quiero, señor.
—Les he dicho que ni hablar —añade Brown—. Bastante se han reído ya de ti. Un policía cayéndose de una palmera cuando iba a por un mono… Está en todas las redes sociales.
Chris empieza a tener ganas de vomitar.
—Y, además, te has ganado unos cuantos enemigos en el departamento —afirma Brown.
—¿Qué enemigos? —pregunta Chris, sintiéndose cada vez peor—. ¿Quién? ¿Por qué?
—Los SWAT opinan que les hiciste quedar mal.
Bueno, para eso no necesitan mi ayuda, piensa Chris para sus adentros, pero tiene la sensatez de no decirlo en voz alta. Solo quiere salir del despacho del teniente cuanto antes sin oír ni una palabra más sobre cómo se ha hundido su carrera.
—¿Te sientes con fuerzas para hacer tu turno? —pregunta Brown.
—Claro.
—Bueno, pues vete —dice Brown—. Pero hazme un favor. Si se escapa una orca del acuario, no te tires al agua, ¿vale?
Vale, piensa Chris.
Sale del despacho con el ánimo por los suelos. Ya nunca le aceptarán en Robos.
Lou Lubesnick no querrá saber nada de un hazmerreír como él.
Chris se pone el equipo.
Y hay mucho que ponerse.
Primero, el «blindaje blando» o chaleco antibalas (aunque Chris sabe que lo de antibalas es un mito: no hay ningún chaleco que repela las balas; como mucho, las resisten), con peto y paneles laterales. Chris prefiere no ponerse los paneles traseros, porque pesan mucho y así tiene más libertad de movimiento. Luego están la linterna, un aerosol antiagresiones (básicamente, gas lacrimógeno), la porra PR-24, las esposas y la radio.
El cinto con la funda de la Glock de 9 milímetros y munición de repuesto.
La insignia policial en el bolsillo izquierdo de la pechera y la chapa de identidad, dorada con letras negras, en el bolsillo derecho.
La División Central abarca los distritos de Balboa Park, Barrio Logan, Core-Columbia, Cortez, East Village, Gaslamp, Golden Hill, Grant Hill, Harborview, Horton Plaza, Little Italy, Logan Heights, Marina, Park West, Petco, Sherman Heights, South Park y Stockton.
O sea, que si en San Diego pasa cualquier cosa violenta, macabra, relacionada con las mafias, imprevista o rara sin más, es muy probable que suceda en la División Central.
Por eso a Chris le gusta tanto patrullar esa zona.
Esta noche, mientras circula por la Quinta Avenida al oeste del parque, ve paseando por la acera a un varón negro de metro noventa que lleva de una correa a un lloroso varón blanco que no pasará del metro sesenta. El primero viste disfraz de Supermán con capa incluida; el segundo, solo un tanga de lamé dorado y un collar de perro.
Todo lo cual le parecería de perlas si no fuera porque Supermán va azotando a su acompañante con un látigo plateado de nueve colas. Chris para el coche, sale y les hace señas de que se paren.
—Pero ¿esto qué es? ¿La ComicCon gay o qué? —le pregunta Chris al flagelado.
—Vino… a mi casa —balbucea el otro con voz entrecortada—, me obligó a ponerme… esto… Me puso este collar… y me ha estado paseando por la calle, azotándome.
—¿Por qué no ha pedido auxilio? —pregunta Chris.
—Porque… —El hombre se interrumpe para sollozar y luego sorbe profundamente por la nariz—. Porque… porque es una gozada.
—Es mi esclavo —dice el negro.
—¿Y usted es Supermán? —pregunta Chris.
—¿Qué pasa? ¿Es que un negro no puede ser Supermán? ¿Quién ha dicho que Supermán tenga que ser blanco?
—Pero es que era blanco —dice Chris, y enseguida se arrepiente de haber hablado—. En los cómics, digo. Supermán era blanco.
—Y en las películas también —responde el negro, y empieza a contar con los dedos—. Christopher Reeve, Dean Cain, Henry Cavill y ese hijoputa de Tyler Hoechlin, el de El séptimo cielo. Once supermanes, todos blancos. Es una conspiración.
—Ya, vale.
—¿Qué tenía de malo Jim Brown? —añade el negro—. ¿O Idris Elba? ¿O Denzel Washington?
—Yo los veo en ese papel —responde Chris.
—Y Batman, lo mismo: Adam West, George Clooney, Ben Affleck, ¡hasta Michael Keaton! ¿Por qué no podía ser Jim Brown, Idris Elba…?
—O Denzel Washington —concluye Chris.
—Exacto. —Supermán se gira hacia su esclavo y le suelta—: La próxima vez, yo soy Batman y tú, Robin.
—¿Por qué no puedo ser yo Batman y tú Robin?
—Porque sería ridículo.
Menudo colocón llevan estos dos, piensa Chris. No sabe qué se han metido, pero debe de ser la bomba.
—Ya, bueno —dice—. No pueden hacer estas cosas en la vía pública.
—¿Por qué? —pregunta Supermán.
—Venga, hombre.
—Tenemos derecho a expresar nuestra sexualidad —declara el esclavo.
—No, en la vía pública, no —contesta Chris—. Mire, Espartaco, intento que esto no se desmande. Márchense a casa. Vístanse. Si vuelven a salir a la calle así esta noche, los detengo.
—¿Por qué? —pregunta Supermán.
—Por perturbar el orden público —responde Chris—. Por conducta indecente…
—¿Nos está llamando indecentes? —dice el esclavo.
—Reacciona así solo porque soy negro y gay —añade Supermán—. Porque nos odia.
Chris ve que la cosa se le va de las manos. Al otro lado de la calle la gente empieza a pararse a mirar y solo es cuestión de minutos que pase otro coche patrulla. Podría ser Harrison o, peor aún, Grosskopf, o incluso Villa, que sí que odia a los homosexuales y a los negros, y más aún a los homosexuales negros, y seguro que también a los superhéroes, porque Villa odia prácticamente a todo el mundo. Y entonces Supermán y Espartaco acabarán en un calabozo y a él le tocará rellenar un montón de papeleo.
Pero si tengo que ponerle las esposas a este tío, voy a necesitar refuerzos, porque con lo grandullón que es Supermán y lo ciego que va, si se le mete entre ceja y ceja puede darme una paliza.
—Miren —dice, haciendo un último intento—, no me hagan sacar la kriptonita.
Supermán lo mira con precaución.
—¿Tiene kriptonita?
Chris asiente.
—En el coche.
Supermán no parece muy convencido.
—¿Roja o verde?
—De las dos, por supuesto.
—A mí la roja me vuelve loco —contesta Supermán.
Sí, ya, piensa Chris, justo eso es lo que te vuelve loco.
—Pero la verde podría matarle, ¿verdad?
—A ver, enséñemela —le dice Supermán en tono retador.
Chris menea la cabeza.
—Si se la enseño, tengo que dársela. Lo dice el reglamento policial.
—¿Todos los policías tienen kriptonita?
—Solo los buenos —responde Chris, cosa que es verdad, hasta cierto punto—. Así que, ¿qué prefieren? ¿Se van a casa o me tengo que poner en plan Brainiac?
Espartaco, que al parecer no conoce a Jim Croce, le tira de la capa a Supermán.
—Vámonos a casa.
Chris lo ve alejarse calle arriba llevando de la correa a Supermán.
Es una estampa bastante triste.
Menuda nochecita y menudo turno.
Son siempre peor en verano, cuando el aire acondicionado falla, o no lo hay, y la gente se echa a la calle o se va al parque porque no hay quien pare en la cama.
Hay mucha mala leche acumulada y por cualquier cosa se monta un pollo. Las discusiones derivan rápidamente en peleas a puñetazos y de los puños se pasa a la navaja y luego a la pipa, así, sin más. En un segundo de ofuscación mental, todo cambia para siempre. La gente muere o queda marcada o mutilada de por vida, o termina pasando los que deberían ser sus mejores años en el purgatorio del sistema carcelario.
Si al calor del verano se le suman el alcohol y las drogas, se obtiene una sustancia inflamable que estalla a la mínima chispa.
De modo que, después de su inofensivo encuentro con Supermán y Espartaco, Chris tiene que ir corriendo a atender un aviso de violencia de género en Golden Hill, donde un señor borracho y de mediana edad le ha dado una paliza a su mujer, también borracha y de mediana edad, que, en respuesta a los golpes, ha roto una botella de Heineken en la encimera de la cocina y se la ha clavado en la cara a su marido.
Cuando llega Chris, Grosskopf y Harrison ya tienen a la pareja esposada. El marido, lógicamente, aúlla de dolor y la mujer, pese a tener los ojos tan hinchados que apenas puede abrirlos, le grita a Grosskopf:
—¡Dejadlo en paz! ¡No ha hecho nada!
—Señora, no vuelva a decir eso —le advierte Chris— o no va a poder alegar que ha sido en defensa propia.
A ella le da igual.
—¡No le hagan daño! ¡Le quiero!
El sentimiento no es recíproco.
—¡La muy puta me ha sacado un ojo!
—Su ojo sigue en su sitio —responde Chris.
Otra cuestión es cuánto tiempo seguirá ahí.
—Vamos a llevarlos a los dos a comisaría —dice Harrison.
—¡¿Por qué?! —chilla la mujer.
—¿Me lo dice en serio, señora? —pregunta Harrison.
Llegan los del servicio de emergencias. Grosskopf escolta al marido a la calle, lo esposa a la camilla y supervisa la operación mientras lo meten en la ambulancia. Está cabreado porque va a tener que ir a urgencias.
Harrison y Chris acompañan a la mujer al coche de Harrison y la hacen subir a la parte de atrás.
—Es la tercera vez que venimos a su casa por cosas así —le dice Chris.
—¿Y, total, para qué? —replica ella.
—Eso es justo lo que quería decir —responde Chris—. Cuando hable con los inspectores, dígales que temía por su vida.
—Yo le quiero.
—Vale, muy bien —dice Chris al cerrar la puerta del coche.
—¿Por qué intentas ayudarla? —le pregunta Harrison.
—¿Tú le has visto la cara?
—Está más segura en la cárcel —responde Harrison.
Sí, seguramente, piensa Chris.
El siguiente aviso de la noche es un atraco a una licorería en la esquina de la Veintiocho con la B, en Golden Hill.
Chris llega justo después que Grosskopf.
El dependiente ya se conoce la rutina porque en esta zona hay robos cada dos por tres.
—Más o menos metro setenta y cinco, camisa vaquera, pantalones con muchos bolsillos y botas de montaña. Parecía blanco.
—¿Cómo que parecía blanco? —pregunta Grosskopf.
—No le he visto la cara —contesta el dependiente—. Llevaba una máscara. Una de esas de esquí.
El ladrón le ha puesto la pistola en la cara y le ha dicho que abra la caja. El dependiente ha hecho lo que debía y ha dejado que coja el dinero. El ladrón se ha llevado unos ciento veinte dólares en metálico y ha arramblado con varias botellitas de vodka y una bebida energizante.
El dependiente le ha visto torcer a la izquierda —o sea, hacia el norte—, al «abandonar el recinto».
Sin esperar a que acabe el interrogatorio, Chris vuelve a subir al coche y se dirige hacia el norte por la Veintiocho, convencido de que el atracador va hacia el parque. Aunque avisa por radio, confía en dar con él antes de que lleguen otras unidades.
Después de lo del chimpancé, le vendría bien resolver un atraco a mano armada.
Efectivamente, localiza a un varón blanco que va caminando a buen paso por la acera que bordea el parque por el lado este. Mide más o menos metro setenta y cinco y viste tal y como decía el dependiente. Chris reduce la velocidad para seguirle a cierta distancia y entonces ve que el tipo empieza a hacer el paso de la oca, ese andar con las piernas tiesas que se les pone a los delincuentes cuando intuyen que tienen detrás a la policía.
—Deténgase —ordena Chris por el megáfono.
El tipo echa a correr.
Chris para el coche y sale tras él.
Sabe que debería quedarse en el coche y pedir refuerzos, pero, si lo hace, el tipo desaparecerá en el parque, se pasarán el resto de la noche buscándolo y seguramente no darán con él.
Además, es divertido, para qué negarlo.
Ve que el tipo se mete la mano en el bolsillo y tira algo entre los matorrales. Será la pistola y la máscara, se dice Chris, pero no se para a recogerlas. Le gana terreno al tipo —que avanza poco con las botas de montaña—, extiende el brazo y le da un buen empujón.
El atracador cae de bruces al suelo y Chris se echa encima de él.
—¡Las manos atrás! —grita Chris.
No es la primera vez que a este tipo le detienen. Echa las manos atrás, Chris lo esposa y lo levanta de un tirón.
—¿Por qué no te has parado cuando te lo he dicho? ¿Por qué has echado a correr?
—Porque tenía miedo.
—¿De que te detuvieran por robo? —Chris ve las luces de una sirena donde ha dejado el coche: será Grosskopf—. Acabas de atracar una licorería.
—¿Yo? ¡Qué va!
—Sí, claro. ¿Y qué has tirado ahí atrás?
—¡Nada!
—Te has sacado algo del bolsillo y lo has tirado a los matorrales. ¿De verdad vas a hacer que me ponga a escarbar para encontrarlo? —Chris lo empuja contra un árbol—. ¿Llevas algo con punta en los bolsillos? ¿Algo que puedas clavarme?
—No.
Grosskopf se acerca.
—Parece el que buscábamos.
Chris hurga en un bolsillo del sospechoso y saca un fajo de billetes.
—Conque no has robado la tienda, ¿eh? ¿Y de dónde has sacado esto?
—Es mío.
Chris encuentra también las botellitas de vodka.
—¿También son tuyas? A ver, documentación.
—Me he dejado la cartera en casa.
Chris le apunta a la cara con la linterna. Tiene unos cuarenta años y pinta de haber llevado una vida dura. Chris calcula que ya ha estado preso. Seguro que, si le miran los brazos, encontrarán tatuajes carcelarios hechos de cualquier modo.
—¿Vas a decirme cómo te llamas? —pregunta.
—Richard.
—¿Richard qué más?
—Holder.
—Será una broma —dice Chris.
—Qué va.
—¿Qué pasa? ¿Tus padres te odiaban o qué? —Chris busca a Richard en la base de datos y descubre, sin ninguna sorpresa, que Richard James Holder tiene un expediente más largo que una canción de Queen. Robo, atraco a mano armada, drogas… Ha cumplido varias condenas en Victorville y Donovan.
Aunque Chris no lleva mucho tiempo en la policía —solo tres años—, conoce ya el secreto que guarda Richard, un secreto tan hondo que ni siquiera es consciente de él.
Que lo que más desea en el mundo es volver a la cárcel.
El único lugar del mundo donde se siente a gusto.
Lo único que tiene que hacer Chris es proporcionarle una excusa para que la acepte.
Grosskopf se acerca al coche.
—¿Le llevas tú o prefieres que le lleve yo?
—Tengo una idea mejor —responde Chris.
Si se llevan al tipo directamente a comisaría, solo podrán acusarlo de resistencia a la autoridad y seguramente también de posesión de bienes robados, pero es posible que no puedan imputarle el atraco a mano armada.
—Bueno, Richard —dice—, vamos a volver a la licorería.
—¿Qué licorería? —responde Richard.
Chris lo lleva a la licorería en el coche patrulla y le hace entrar. Se lo enseña al dependiente y pregunta:
—¿Esta es la persona que le ha robado?
—Sí.
—¡No puede identificarme! —contesta Richard indignado—. ¡Llevaba puesta una máscara!
Estos chicos se hacen querer, piensa Chris. Se hacen querer de verdad. No me extraña que el club Mensa tenga tan poco éxito en las cárceles.
—Qué va, tú no llevabas máscara —dice.
—¡Que sí! —grita Richard.
Chris mira al dependiente.
—¿Llevaba máscara?
—No, agente.
Richard vuelve a indignarse.
—¡Mentira! Sí que la llevaba.
—Demuéstralo —dice Chris.
—Vale.
Vuelven al coche, llegan al parque y van hasta donde Richard ha tirado algo entre los matorrales. Fred se acerca a una fila de arbustos y señala con la barbilla.
—Ahí está.
Chris se agacha y recoge una máscara de esquí.
—Eso no es tuyo.
—¡Sí que lo es!
—Pero si ni siquiera es de tu talla.
—Póngamela, ya verá.
Chris le pasa la máscara de esquí por la cabeza. Suben al coche y vuelven a la licorería.
Chris hace entrar a Richard y pregunta:
—Bueno, ¿es esta la persona que le ha robado?
—Sí —contesta el dependiente.
Richard baja la cabeza.
—Vale, me han pillado.
Chris vuelve al parque otra vez, sale y recorre el camino por el que ha perseguido a Richard. Alumbra con la linterna entre los matorrales, cerca de donde han encontrado la máscara, y ve algo brillante. Se pone los guantes, se agacha y saca una AMT Backup del calibre 22 —una pistola pequeña, semiautomática—, que guarda en una bolsa de pruebas.
De vuelta en el coche, se la enseña a Richard.
—¿Esta es la pistola que has usado para atracar la licorería, Richard?
Richard se lo piensa y luego pregunta:
—¿Puedo tomarme una botellita de vodka?
—Sí, vale. —Chris abre una de las botellitas y vierte su contenido en la boca abierta de Fred como si diera de comer a un pajarito.
Luego, Richard dice:
—Sí, esa es la pistola.
Chris lo lleva a comisaría para que lo fichen. Está acabando los trámites cuando recibe aviso de que el teniente Brown quiere verlo. Entra en el despacho confiando en que su jefe vaya a felicitarlo por haber retirado de la circulación un arma y a un atracador reincidente.
Pero no.
Nada de eso.
—¿Tú es que quieres tocarle las pelotas a todo el mundo o qué? —le espeta Brown.
—¿Qué he hecho ahora?
—Dirás qué no has hecho —contesta el teniente—. No has traído directamente al sospechoso para entregárselo a la Unidad de Robos y Atracos. El caso era suyo.
—Pero he conseguido una confesión y tengo la pistola…
—Y a mí me han llamado de Robos para preguntarme por qué uno de mis agentes los está poniendo en evidencia —replica Brown—. A partir de ahora, se hacen cargo ellos.
—Sí, claro…
—Ah, ¿así que te parece bien? Cuánto me alegro. Tú haz tu trabajo y no te metas en el de los demás. Y si vuelvo a oír tu nombre esta noche, Shea, me voy a cabrear de verdad. Anda, vete.
No hace ni media hora que se ha ido cuando recibe otro aviso. Esta vez, una pelea en un bar de Gaslamp que se ha extendido por la acera.
El barrio de Gaslamp —o Lamp a secas—, situado en el casco viejo, junto al puerto, es el barrio chino original de San Diego. Desde la fundación de la ciudad, ha sido zona de bares, prostíbulos y locales de alterne. Según se cuenta, los próceres municipales trataron de limpiarlo en 1915 expulsando a todas las prostitutas, pero tuvieron que invitarlas a regresar cuando la Marina amenazó con no volver a mandar sus barcos al puerto, lo que habría dado al traste con la economía local.
Ahora está bastante limpio y se ha convertido en destino turístico, pero sigue siendo una zona a la que la gente va a agarrarse un buen pedo.
Cuando llega Chris, la calle es ya un festival de luces, entre las sirenas de los coches patrulla y los móviles que los viandantes sostienen en alto, ansiosos por llevarse un recuerdo de su noche de desparrame en el Lamp.
Cena, copas, un espectáculo en vivo…
En la mismísima acera, en este caso.
La policía ya lo tiene casi todo bajo control: han empujado a los púgiles contra la pared y les están poniendo las esposas, y Villa ha mandado a algunos agentes a apartar a los mirones, pero el plato fuerte del espectáculo —dos mendas que ruedan por el suelo de cemento— sigue en marcha.
Es una especie de jiu-jitsu pero torpón, piensa Chris cuando se abre pase entre la multitud.
Uno de los contrincantes es, evidentemente, el portero del local. Lleva el uniforme oficioso de su gremio: camiseta negra bien ajustada al pecho y los bíceps.
El otro es un descerebrado con la cabeza rapada y camiseta de Tapout. O sea, un fan de las artes marciales mixtas que, tras tomarse un par de birras, se cree que porque le guste ver combates y vaya al gimnasio un par de veces por semana sabe luchar y puede darse de hostias con alguien que se las devuelva. Que es justo lo que está haciendo el portero, dándole codazos en la cara mientras lo sujeta contra el suelo.
—Contrólame a la gente —le ordena Villa a Chris, que se da media vuelta y se pone a vigilar a los mirones.
Y menos mal, porque justo en ese momento un tipo enorme, borracho como una cuba, aparece por la acera lanzando puñetazos al aire, listo para meterse en el pelea.
Chris le da el alto.
—¡Quieto ahí!
—¡Y una mierda! —grita el tipo—. ¡Ese es mi amigo!
El borracho debe de medir un metro noventa y pesar más de cien kilos, y es puro músculo. Por la pinta que tiene, hasta podría ser luchador profesional. En todo caso, Chris no tiene ganas de averiguarlo.
—Usted no se meta —dice.
—¡Es mi colega! —grita el borracho—. ¡Que me peguen un tiro por defenderle, no me importa!
—No nos tiente —responde Chris—. Apártese.
—¡Que te jodan!
El borracho carga y golpea a Chris en el hombro izquierdo. Chris se gira aprovechando el impulso, extiende la pierna y le lanza una patada a la espalda con todas sus fuerzas. Caen juntos a la acera. Chris aterriza encima del borracho y trata de agarrarle la mano derecha y retorcerle el brazo a la espalda.
Pero va a ser que no: está demasiado cachas.
De pronto aquello se convierte en un rodeo y lo único que puede hacer Chris es intentar aguantar hasta que algún compañero venga a ayudarle. Foster aparece de pronto a su lado y tira del brazo izquierdo del borracho hacia atrás como si fuera la pala de una máquina de remar, pero el borracho —que además de ser un animal está anestesiado— se pone de rodillas y se levanta con Chris todavía colgado de su espalda.
Chris le tiene bien cogido por la espalda, en plan lucha libre. Le ciñe la cintura con las piernas y trata de hacerle una llave al cuello, lo que provoca las iras del público pero no parece afectar al borracho, que empieza a girar sobre sí mismo mientras Foster saca su Taser y espera el momento de arrearle una descarga sin darle otra a Chris.
—¡Eh, ese es el tío del mono! —oye Chris que grita alguien—. ¡Es el tío del mono!
Foster dispara la Taser.
Chris nota que el borracho tiembla.
O que se sacude, más bien.
Pero no se desploma.
Villa también le da una descarga.
Y Herrera.
Al borracho se le desorbitan los ojos y chilla, acribillado como un alfiletero, con cables colgándole por todas partes como un transistor antiguo.
Luego, por fin, cae al suelo.
De cara.
Como un árbol talado.
Con Chris todavía encima.
El aterrizaje es duro.
Chris nota que el impacto le sacude el pecho y la columna. Y la cabeza, que le estalla de dolor porque aún le duran los efectos del golpe en la nariz y la conmoción cerebral.
Se queda ciego un segundo, pero no se desmaya.
Suelta al borracho, que sigue temblando, y ve que el espectáculo principal ha terminado: el portero está en pie y su oponente esposado. Herrera y Foster se acercan a toda prisa, esposan también al borracho a la espalda y lo ponen en pie.
No tienen ninguna prisa en quitarle los dardos de la Taser.
—¿Estás bien? —le pregunta Foster a Chris.
—Sí, estoy bien.
Herrera le está recitando sus derechos al borracho. Si no hubiera tanta gente alrededor, Foster y él seguramente sacarían las porras y lo molerían a palos, porque no se andan con chiquitas y Villa se haría el tonto y se iría a dar una vuelta por la manzana.
Pero no. El sargento mira a Chris con cara de perro y le suelta:
—Peleas tan mal como escalas.
Chris no sabe qué decir, así que no dice nada.
El borracho tiene la cara arañada y manchada de sangre.
—Que se encargue Foster del papeleo —dice Villa—. Tú llévate a este a urgencias. Lo que pase por el camino, no es asunto mío.
Chris, Herrera y Foster escoltan al borracho al coche de Chris y lo meten a empujones en la parte de atrás. A Herrera le extraña un poco que Chris le ponga el cinturón de seguridad, porque otra opción es no ponérselo, pisar el acelerador y dar luego un frenazo y que el menda se estampe la cara contra el cristal de separación.
Y es tentador, piensa Chris.
Ya lo creo que lo es.
Pero se sienta al volante, conduce hasta el hospital y lleva al borracho a urgencias.
La enfermera que le recibe es la misma que le atendió hace cuatro noches.
—¿Esto es un pretexto para volver a verme? Porque yo no salgo con polis.
—Yo tampoco —contesta Chris.
La enfermera echa un vistazo al borracho, ve que no es nada grave y luego le pregunta a Chris:
—¿Y tú? ¿Estás bien?
—Bien, sí.
—¿Qué tal la chica del zoo? ¿Vas a salir con ella?
—No, creo que no.
—Entonces es que eres aún más tonto de lo que pareces —replica la enfermera.
No sé yo, piensa Chris. Ya parezco bastante tonto. Primero me deja en ridículo un mono, luego se enfadan conmigo los de Robos y encima un borracho me da un revolcón. Mi sargento cree que no hago más que cagarla y a lo mejor tiene razón.
—En fin, qué más da —añade la enfermera—. Mejor para ella, seguramente.
Seguramente, se dice Chris.
Entonces le avisan de que vuelva a comisaría.
El teniente Brown levanta su móvil y le enseña el vídeo en el que aparece haciendo molinetes colgado de la espalda del borracho.
—¿Qué te dije antes?
—Que no quería volver a oír mi nombre esta noche.
—Estás triunfando en YouTube —añade Brown—. ¿Eso es lo que querías? ¿Acumular seguidores?
—No, señor.
—No me gusta ver a mis agentes en los medios, ni en las redes sociales ni en ningún otro sitio.
—Lo entiendo, señor.
—¿Sí? No estoy muy seguro. ¿Crees que mañana podrás venir a trabajar sin montar un espectáculo y sin tocarle las narices a nadie?
—Sí, señor.
—Ya veremos.
Arranca el coche para irse a casa y dormir unas horas. Le vendrá bien pasar un rato inconsciente, porque ahora mismo estar consciente se le hace muy penoso.
Mi sargento se ha cabreado conmigo, piensa. Los de Robos se han cabreado conmigo —justamente ellos, los que menos quería yo que se cabrearan conmigo—, y mis cagadas se han hecho virales. Voy a pasarme la vida en un coche patrulla, ya verás. O eso, o me obligan a dimitir.
La enfermera tiene razón.
Soy un cretino.
Llama por teléfono.
—Ya sé que dijiste que si quedábamos para comer —dice—, pero ¿quieres que quedemos para desayunar?
Pues sí, resulta que quiere.
Quedan en el Breakfast Republic, en University Avenue, un sitio con un nombre muy a propósito.
Es un local luminoso y alegre, con grandes ventanales que dan a la calle, sillas de madera amarillas y unos sillones modernos en forma de huevos rotos.
Chris ya está allí cuando llega Carolyn. La está esperando educadamente en la puerta. Cómo no, piensa ella.
—Qué sorpresa tan agradable —dice.
Aunque, con la sorpresa, ha tenido muy poco tiempo para decidir qué ponerse. No quería presentarse vestida de safari, claro, pero tampoco quería arreglarse demasiado, no fuera a notársele que su intención es que esto sea una cita, más que un gesto de gratitud.
No va a ser ella quien ponga primero esa carta sobre la mesa, ni hablar.
Así que al final ha optado por una bonita blusa de seda negra, unos vaqueros más ajustados de lo estrictamente necesario y unas sandalias. Y en vez de hacerse una coleta como cuando va a trabajar, se ha dejado el pelo suelto sobre los hombros.
El reglamento interno del zoo exige que sus empleadas vistan con «la debida formalidad». Carolyn no quiere tener un aire muy formal esta mañana, pero tampoco le apetece parecer un zorrón como si el desayuno fuera una excusa para echar después un polvo, así que se ha maquillado lo justo.
—Me alegro de que hayas podido venir —dice Chris al abrirle la puerta.
Esto es distinto, se dice Carolyn. El Profesor Capullo jamás le abría la puerta; lo consideraba un gesto condescendiente, pasivo-agresivo y paternalista que contribuía a perpetuar el patriarcado. Él le hacía un cumplido al no abrirle la puerta.
Chris se acerca a la encargada y consigue que les den una mesa para dos junto a la ventana.
Retira la silla para que se siente Carolyn.
El Profesor Capullo jamás le retiraba la silla; lo consideraba un gesto condescendiente, paternalista y…
—Qué amable eres —dice.
Chris la mira con curiosidad.
El pobrecillo no entiende por qué le doy tanta importancia, piensa Carolyn.
Chris se sienta enfrente de ella. Luego se hace un momento de incómodo silencio, hasta que dice:
—Tienes buen aspecto. Estás muy guapa.
O sea que a lo mejor esto sí que es una cita, se dice Carolyn.
O a lo mejor solo quiere ser… amable.
—Tú ya no pareces un mapache —contesta, y enseguida se siente como una idiota. «¿Tú ya no pareces un mapache?».
—Eso está bien, supongo —dice Chris.
—Bueno, ¿y qué tal estás?
—Bien. Sí.
Carolyn lo conoce lo suficiente como para saber que eso significa que no quiere hablar del tema. No sabe por qué, pero le hace ilusión que así sea. El Profesor Capullo siempre estaba dispuesto a hablar de sí mismo: de su carrera, de sus ideas, de su ropa, de sus miedos, de sus ansiedades, de su sinusitis, de sus sentimientos…
Santo Dios, estaba saliendo con una mujer sin saberlo, se dice Carolyn.
Este chico se cayó de una palmera, acaba de salir de trabajar y tiene pinta de haber pasado una noche de perros, y lo único que dice es «Bien, sí». Un quejica no es, desde luego, aunque eso puede ser bueno o malo. Porque a lo mejor hay que sacarle las palabras con sacacorchos cuando llegue a casa…
¿Cuando llegue a casa?
Para el carro, guapa.
Por suerte, llega el camarero con las cartas.
Chris pide un revuelto de pollo y mango con salchicha, queso chédar y cebolla, y Carolyn unas tortitas con rodajas de piña natural y crema de mantequilla de piña.
—Bueno, ¿qué tal va el trabajo? —pregunta ella.
¿Se puede saber por qué empiezo cada frase con «bueno»? Y, por favor, no me digas «bien, sí».
Para alivio suyo, Chris contesta:
—Pues la verdad es que me ha pasado una cosa graciosa esta noche.
Y le cuenta una historia muy divertida sobre Supermán y Espartaco.
—¿De verdad les dijiste que tenías kriptonita? —pregunta Carolyn.
Chris se encoge de hombros.
—No sabía qué hacer.
Les llevan la comida.
Carolyn se fija en que él espera con el tenedor en alto a que ella pruebe el primer bocado antes de empezar a comer.
Quiero conocer a su madre, piensa.
Para el carro…, para.
—¿Qué tal está eso? —pregunta él.
—Buenísimo —contesta Carolyn—. Pero el bajón de azúcar va a ser brutal.
—Sí, ¿verdad? —Prueba la salchicha, bebe un sorbo de café y añade—: Háblame de ti.
Ella contesta con la respuesta típica:
—¿Qué quieres saber exactamente?
—De dónde eres. Dónde estudiaste, cómo empezaste a trabajar en el zoo, qué te gusta hacer cuando no estás trabajando…
Carolyn se descubre contándoselo todo de corrido: que es de Madison, Wisconsin; que estudió allí y que luego, harta del frío y de la nieve, decidió hacer un máster en Stanford y el doctorado en la Universidad de California-San Diego y que así empezó a trabajar en la casa de los primates del zoo, que era su trabajo soñado. Que sus padres son profesores de universidad en Wisconsin, su padre de química y su madre de literatura francesa; que tiene una hermana que le saca dos años, casada y con hijos, y un hermano más pequeño; y que cuando no está trabajando le gusta salir a correr, ir al cine y a la playa, las cosas habituales. Y entonces se da cuenta de que lleva por lo menos diez minutos rajando sin parar y que él está ahí sentado, escuchando, y que seguramente en esos diez minutos se ha enterado de más cosas sobre ella que el Profesor Capullo en tres años.
Nota que se pone colorada y entonces dice:
—Lo siento. No paro de hablar.
—Te lo he pedido yo —responde Chris.
Sí, es verdad, piensa Carolyn. Me lo has pedido.
—Bueno, ahora te toca a ti.
—No hay mucho que contar. —Chris vuelve a encogerse de hombros—. Nací y me crie aquí, en Tierra Santa. Mi padre es ingeniero informático y mi madre maestra de tercero de primaria. Buena gente. Tengo dos hermanas mayores. Soy el benjamín de la familia. Fui a la Universidad Estatal de San Diego. Soy policía, que es lo que he querido ser toda mi vida. Y eso es todo.
—¿Qué te gusta de ser policía? —pregunta Carolyn.
—Todo. Que estoy siempre por ahí, que cada turno es distinto… Y supongo que me gusta ayudar a la gente.
Sí, supongo que sí, piensa ella.
—¿Y a ti? ¿Qué te gusta de tu trabajo? —pregunta Chris.
—Me encantan los animales. En cierto modo me necesitan porque no pueden hablar por sí solos. Y son tan auténticos… Nunca fingen. ¿Sabes?, a veces creo que me gustan más los simios que las personas.
En realidad, le gustaría saber por qué es así. ¿Se debe a que los simios no te rechazan? ¿A que no te engañan? ¿A que te dan amor incondicional? ¿O es porque ella necesita que la necesiten? ¿Va a convertirse en una de esas mujeres maduras y solitarias que solo sienten apego por los animales?
—Aunque a veces me tiran caca —añade.
—A mí me la han tirado humanos —responde Chris.
—Menuda mierda.
Se ríen los dos.
Han acabado de comer y, si esto no era más que una invitación de cortesía para darle las gracias por lo que hizo, se levantarán y cada uno tirará por su lado.
Ella pide la cuenta, pero, cuando se la traen, la coge Chris.
—Esto era para darte las gracias —dice Carolyn.
—Y también iba a ser una comida, no un desayuno —responde él—. Te he invitado yo.
Otra manifestación pasiva-agresiva del patriarcado, empieza a pensar Carolyn, y entonces se acuerda de que el Profesor Capullo no está presente para hacer ese comentario y de que en realidad a ella no le molesta que pague él.
—¿Puedo poner yo la propina, por lo menos? —pregunta.
—Vale.
—¿Cinco?
—Mejor diez, ¿no?
Carolyn deja en la mesa un billete de diez dólares y se levanta.
—Bueno, ha sido…
—Sí, ha sido agradable.
«Agradable», piensa ella. El beso de la muerte. «Agradable» es llevar a tu abuela a comer pasta a Olive Garden o…
—¿Te apetece ir a la playa? —pregunta Chris.
—¿Perdona?
—Has dicho que te gustaba ir a la playa. Te preguntaba si quieres que vayamos.
—¿Ahora, dices?
—Hace buen día.
Sí, piensa Carolyn.
Hace buen día, sí.
Hollis Bamburger es tonto de remate. Tan tonto que vuelve al mismo parque, a comprarle una pistola nueva al mismo vendedor.
Bueno, no, una pistola usada.
Con un poco de suerte, no la habrán usado para cometer un delito. A Hollis ya le dan bastante miedo los delitos que ha cometido él, cuanto más los que han cometido otros. Así que espera que la pistola que le venda Montalbo esté limpia.
Se encuentran en el mismo descampado que la otra vez.
—Necesito una pipa —dice Hollis.
—¿Por qué llevas jersey de cuello alto? —pregunta el mexicano—. Estamos a treinta y nueve grados.
Hollis piensa a toda prisa.
—No me ha dado tiempo a lavar la ropa —contesta.
—¿Llevas un micro escondido ahí debajo?
Hollis vuelve a pensar a toda prisa.
—No —dice—. Necesito una pipa.
—Ya te vendí una —responde Montalbo.
—Pues necesito otra.
—¿Y eso por qué?
Es buena pregunta, porque si el “güero” usó el arma para cometer un delito y la policía sigue su rastro hasta quien se la vendió, Montalbo podría verse implicado en cualquier pendejada que haya hecho. Que será, seguramente, un pendejada muy estúpida.
—Me deshice de ella —responde Hollis.
—¿Por qué?
—¿Tú qué crees?
Montalbo empieza a ponerse nervioso de veras, porque es posible que al “güero” lo hayan detenido por algo y haya hecho un trato con la policía, y que el objeto de ese trato sea cierto traficante de armas mexicano. Y Montalbo sabe por experiencia que hay muy pocas cosas que a los policías de San Diego les gusten más que un traficante de armas mexicano. Hasta las tiene clasificadas por orden: primero, los dónuts Krispy Kreme; segundo, los narcos mexicanos; y tercero, los traficantes de armas mexicanos.
—No puedo ayudarte —dice—. Dile a la poli que no hay trato.
—Venga, hombre.
—Lárgate de aquí o te reviento.
Hollis echa un vistazo alrededor y ve que los colegas del mexicano están empezando a rodearle como lobos, una conducta que conoce bien de cuando estaba en Chino. Tiene miedo, pero más miedo le da volver con Lee sin un arma.
Lee no tolera bien la frustración.
Pensando a toda prisa, Hollis da con una idea genial.
—Te pago un porcentaje de lo que consiga.
—¿Qué porcentaje? —pregunta Montalbo.
Porque da la casualidad de que tiene intereses contradictorios: por un lado no quiere que le detengan y, por otro, necesita dinero. Tiene un problema serio con el juego o, mejor dicho, tiene un problema serio porque no sabe jugar y le debe dinero a Víctor López, un prestamista al que se le está agotando la paciencia. Montalbo le debe un par de miles de dólares, pero si le paga parte de la deuda quizá consiga una moratoria.
—Un diez por ciento —dice Hollis.
—Quizá pueda hacerme con una SW39 automática —dice Montalbo.
—Eso es cacharro viejo.
—¿La quieres o no?
—¿Por cuánto? —pregunta Hollis.
—Quinientos.
La Smith and Wesson cuesta doscientos cincuenta, como mucho.
—Te doy trescientos —dice Hollis.
Si le da quinientos, no les quedará ni un dólar del último palo que han dado y Lee seguro que se enfada, y bastante se va a cabrear ya por tener que darle un porcentaje al mexicano.
Lee tiene poca tolerancia al descontento.
A Hollis, sin embargo, se le ocurre la solución perfecta: pagará a Montalbo con la parte que le toque a él.
—Cuatrocientos —dice Montalbo—. Más el diez por ciento. Es mi última oferta.
—¿Está limpia la pipa? —pregunta Hollis.
—Como el «chocho» de una monja —le asegura Montalbo, aunque no tiene ni idea de si está limpia o no. Que él sepa, podrían haberla usado para matar a Lincoln—. Dame tu número —dice—. Te mando un mensaje cuando la tenga.
—¿Y las balas?
—Querías una pistola —dice Montalbo—. No has dicho nada de balas.
—¿Para qué sirve una pistola sin balas? —replica Hollis.
—Para poca cosa, creo yo.
Hollis suspira.
—¿Cuánto?
—Diez dólares la pieza.
—Menudo timo.
—Pues prueba a dar un palo sin balas, a ver qué tal te va —contesta Montalbo.
Hollis se lo piensa. La verdad es que alguna vez ha dado un atraco sin llevar balas, porque normalmente con enseñar la pistola basta para que la peña abra la caja.
Pero Lee no es partidario de esa filosofía. Según él, lo de la pistola descargada solo le funciona a Harry el Sucio.
Hollis le da su número a Montalbo.
Chris respira hondo y, de mala gana, entra en la jefatura de policía de Broadway.
Sigue sin saber si es buena idea.
A Carolyn se lo parecía.
De hecho, fue ella quien se lo sugirió.
Para sorpresa de Chris, pasaron toda la tarde paseando por Pacific Beach y se descubrió hablándole de sus problemas en el trabajo, lo que le sorprendió más aún.
—¿Por qué iban a estar molestos contigo los de la división de Atracos por haber resuelto un robo? —le preguntó.
—Porque es su trabajo —contestó él—. Y supongo que les he hecho quedar mal. Es, no sé, como si tú fueras al departamento de reptiles o algo así y resolvieras un problema con una boa constrictor.
—Sí, no les gustaría nada.
—¿Verdad que no? Lo peor de todo es que esa es la unidad en la que de verdad me apetece trabajar, y ahora están cabreados conmigo.
—Pues ve a hablar con ellos —propuso Carolyn.
—Las cosas no funcionan así. Nosotros solo hablamos cuando se dirigen a nosotros.
—¿Y qué tal funciona ese método?
Chris tuvo que reconocer que no muy bien. Y también tuvo que reconocer que empezaba a gustarle muchísimo Carolyn Voight. Es lista, guapa y… simpática. Aunque puede que solo esté siendo simpática conmigo porque intenté rescatar a su chimpancé, porque la chica tiene un doctorado y seguramente es demasiado inteligente para querer salir con un poli. Seguro que vino a la playa porque se sentía culpable, por lo de que me hubiera roto la nariz y eso.
Al final de la tarde, se moría de ganas de pedirle que volvieran a salir, pero no le apetecía nada que ella aceptara por pena.
Así que no se lo pidió, pero decidió seguir su consejo sobre lo de ir a hablar con Lubesnick, porque a fin de cuentas Carolyn tenía razón: ¿qué podía perder?
Ahora enseña su placa, entra en la unidad de Robos y Atracos y le pregunta a la recepcionista si está el teniente Lubesnick.
—¿Quién pregunta por él? —responde la recepcionista.
—El agente Shea. Christopher Shea.
—Muy bien, agente Christopher Shea. Voy a ver si puede atenderle.
Pero justo en ese momento se abre la puerta y sale Lubesnick. Al ver a Chris dice:
—Yo te conozco.
—Sí, señor.
—Pero ¿de dónde?
—Eh… Nos conocimos en Balboa, en el parque.
Lubesnick se queda mirándolo un segundo, luego sonríe de oreja a oreja y exclama:
—¡El Hombre Mono! ¡Eh, chicos, tenemos aquí a un famoso!
Unos cuantos inspectores levantan la vista de su trabajo y sonríen con aire sardónico o miran a Chris con el ceño fruncido. Él nota que se pone colorado. Con estas personas espera poder trabajar algún día.
—La verdad es —se oye decir— que no es de eso de lo que quería hablarle, teniente.
—Vale, pues pasa, pasa —dice Lubesnick. Mira a la recepcionista y añade en voz baja—: Dentro de dos minutos me llamas y me dices que hay una llamada que tengo que atender.
—Claro, Lou.
Lubesnick lleva a Chris a su despacho, le indica que se siente y dice:
—¿Y bien?
—Es por lo del atracador al que detuve el otro día. Quería disculparme. Estuvo fuera de lugar.
—¿Ves el fútbol, Shea?
—Lo veía hasta que los Chargers se fueron de San Diego.
—Entonces sabrás lo que pasa cuando un defensa deja su zona y se mete en la de otro, ¿no? —pregunta Lubesnick—. Que el equipo rival se anota un tanto. Verás, si tú hicieras nuestro trabajo, ¿qué haríamos nosotros? No tendríamos nada que hacer.
—Lo entiendo, señor.
El teniente se queda mirándolo un momento.
—La verdad es que manejaste muy bien a ese tipo. Te diste mucha maña. Brown me ha dicho que te gustaría trabajar en Robos.
—Me encantaría, señor.
—¿Y crees que dejarnos en mal lugar es forma de conseguirlo?
—Yo no quería dejar mal a nadie.
—¿Como tampoco querías caerte de un árbol? —pregunta Lubesnick—. ¿Ni meterte en un combate de lucha libre en el Lamp? Sí, ya me he fijado en ti, Shea.
Lo cual puede ser bueno o malo, piensa Chris. Bueno si se ha fijado en mí porque puede interesarle tenerme en su unidad, y malo si lo que quiere es tacharme para siempre de su lista de posibles candidatos.
Suena el intercomunicador.
—Lou, tienes una…
Lubesnick le hace un guiño a Chris.
—Ellen, dile a la presunta persona que me llama que fingiré llamarla luego.
—Entendido, jefe —contesta Ellen—. Fingiré anotar su número.
Lubesnick suelta el botón del intercomunicador y le dice a Chris:
—En fin, transmitiré tus sinceras disculpas a la unidad y me aseguraré de que entiendan que no tenías mala intención. Te agradezco que hayas venido. Dice mucho de ti. Ahora, vete.
Chris se levanta.
—Gracias, teniente.
—Sabes que todavía queda una cuestión que aclarar, ¿verdad? —añade Lubesnick—. De dónde salió esa pistola.
Al salir de la unidad, Chris nota las miradas de guasa clavadas en su espalda, pero en realidad va pensando en Lubesnick. ¿Qué ha querido decirle el teniente? ¿Que siga el rastro del arma? ¿O que no lo siga? Es todo muy ambiguo, porque, evidentemente, Lubesnick ha venido a decirle que no se salga de su carril.
Sí, pero el problema es que el carril por el que voy no lleva adonde yo quiero ir, se dice Chris. Y quizá lo que ha querido decirme Lou Lubesnick es que me meta en el carril que sí.
Carolyn está molesta.
Y cabreada consigo misma por estarlo.
Porque Christopher Shea la dejó en la puerta de casa, le dio las gracias por una tarde muy agradable y luego no le pidió que volvieran a verse.
Se pasó toda la noche enfadada —y era sábado: otra noche de sábado viendo Netflix sola; sin agobios, sí, pero sola—, se dio una ducha y a las once (¡a las once, por Dios santo!) ya estaba en la cama. Al día siguiente, cuando se despertó, seguía enfadada.
Salió a correr, como todos los sábados, y ni así se le pasó el enfado.
Vio Todo en 90 días enfadada (quizá ella también debería buscarse un príncipe nigeriano con el que salir). Y cuando el lunes se levantó para ir a trabajar, había logrado efectuar una transición sutil pero decisiva: ya no estaba enfadada con Christopher Shea, sino consigo misma.
¿A mí qué me importa?, se preguntó.
Si no le intereso, menos me interesa él a mí.
¿Quién se cree que es?
Buen escalador no es, eso seguro. Y seguro que además besa fatal.
Se da cuenta de que vuelve a estar enfadada con Shea y, haciendo un esfuerzo, reconduce otra vez su malestar.
¿Qué hice?, se pregunta. ¿O qué no hice?
Le hablé de mí, dejé que me contara sus penas (y vaya si me las contó), estaba monísima paseando por la playa y creía que le había dejado claro que me interesaba.
¿Qué es lo que quiere que yo no tengo?
—¿Qué tengo de malo? —se pregunta en voz alta.
Champ desconoce la respuesta, pero le tiende la mano.
Chris averigua que la pistola estaba registrada a nombre de un ciudadano nada sospechoso al que le fue sustraída cuando entraron a robar en su casa, robo que él denunció debidamente a la policía.
Así que por ese lado no va a encontrar ninguna pista.
Cuando visita el Laboratorio Forense, tiene que encajar alguna que otra pulla sobre qué hace un simple patrullero como él interesándose por estas cosas. Por suerte, la agente que está de guardia se da cuenta de que es el Hombre Mono, se apiada de él y le enseña los resultados de las pruebas.
—La verdad es que eres el primero que pregunta —dice.
El arma en cuestión es un Colt Cobra Special del calibre 38, de doble acción, con empuñadura de goma Hogue.
La empuñadura tiene huellas de Champ por todas partes, pero ninguna otra.
O sea, que Chris tiene que cambiar de planteamiento y preguntarse qué sucedió en las inmediaciones del zoo esa noche.
Va a Sistemas y Bases de Datos y pide una copia impresa de todos los avisos que se recibieron en la División Central justo antes del incidente del chimpancé.
—¿Le manda un inspector? —pregunta Schneider, el agente de Datos.
—No.
—Entonces no puedo darle esa información. Solo puedo dársela si es el inspector que está investigando el caso y usted es patrullero, ¿no?
—¿Y si me manda Lubesnick? —responde Chris.
—¿Le manda él?
—¿Quiere llamarle y preguntárselo?
Se la está jugando y lo sabe. Si Scheneider llama a Robos y Lubesnick pregunta que qué cojones está pasando, adiós a su carrera en la policía. Pero está casi seguro de que Schneider no va a llamar, porque, si de verdad le ha mandado Lubesnick, el teniente le pondrá a caldo por llamar.
—¿Los avisos de la Central? —pregunta Schneider.
—Eso es.
Unos minutos después, Chris tiene ante sí todos los avisos por radio que recibió la División Central antes de que Champ montara el numerito. Un par de broncas familiares, un tarado exhibiéndose en Balboa Park y la inevitable pelea en el Lamp, pero nada sobre un atraco a mano armada o un arma de fuego.
Puede que al final sí fuera un animalista, piensa Chris. Pero luego se lo vuelve a pensar. El parque está en el límite este de la División Central, lindando con la División de Mid City.
O sea, que si pasó algo en North Park, por ejemplo, el sospechoso podría haber entrado en Balboa con solo darse una carrera.
—¿Puede darme también los de Mid City? —le pregunta a Schneider.
Schneider suspira con resignación y le trae los datos de Mid City.
Y ahí está.
O al menos podría estar, piensa Chris. Una licorería situada entre la Treinta y Utah fue asaltada a punta de pistola hora y media antes de que él acudiera al aviso del chimpancé. A solo ocho manzanas del límite este del parque.
Según los registros, acudieron dos agentes —Herrera y Forsythe—, pero el atracador ya se había esfumado cuando llegaron.
De modo que el caso sigue abierto.
La Unidad de Robos se habrá hecho cargo de él, pero de momento no han detenido a nadie.
El registro de avisos no muestra qué se ha hecho desde entonces, esa información solo obra en poder de Robos y Chris no se atreve a volver todavía y preguntar. Pero le extraña que nadie parezca haberse interesado por la pistola.
Que no hayan ido a preguntar si había huellas.
Chris cree entender el motivo: el asunto del chimpancé fue un inmenso bochorno para el departamento de policía y seguramente todo el mundo está deseando que se diluya cuanto antes.
Pero Lubesnick me animó a investigar, se dice Chris.
¿Por qué a mí y no a sus hombres?
Al día siguiente libra, así que espera a que llegue el turno de noche y se va a Mid City.
Encuentra a Forsythe junto a su taquilla, preparándose para empezar el turno.
—Agente Forsythe, soy Chris Shea, de la División Central.
—Sé quién eres —contesta Forsythe—. El tío del mono. ¿Querías algo?
—Atendiste un aviso de robo en la Treinta la otra noche.
—¿Y?
—¿Puedo preguntar qué ocurrió?
—Poca cosa —contesta Forsythe—. Acudí al aviso y Herrera llegó un segundo después. El atracador amenazó al dependiente con un cuchillo y el dependiente le dio la pasta. Inspeccionamos la zona, pero no dimos con él. Le pasamos el caso a Robos.
—¿Era un cuchillo? El aviso por radio decía que era una pistola.
—Sí, es verdad —dice Fortsythe—. El tío de la tienda pensó que nos daríamos más prisa si decía que era una pistola. Ya sabes cómo son estas cosas.
Sí, Chris lo sabe. La gente exagera continuamente cuando llama a la policía, creyendo que así llegarán antes.
—¿Por qué me lo preguntas? —dice Fortsythe—. ¿Tienes una pista sobre ese tipo? ¿Algún caso relacionado?
—No.
—Porque tú estás en un coche patrulla, ¿no? ¿Es por algún asunto personal?
Parece que he dado con un hueso duro de roer, se dice Chris.
—No. Vivo en el barrio. Tenía curiosidad.
Es una gilipollez y Forsythe lo sabe.
—Pues haznos un favor a todos, incluyéndote a ti, y no seas tan curioso. No creo que te convenga.
—¿Ah, no?
—No —contesta Forsythe—. Vuélvete a Central a perseguir monos o a lo que hagáis por allí, pero no vengas aquí a meterte donde no te llaman. Y lo digo sin ánimo de ofender, ¿eh, Shea? No te lo tomes a mal.
—No, descuida.
Chris no se lo toma a mal, pero se va a la licorería a hablar con el dependiente.
—Pues claro que era una pistola —dice el dependiente de la licorería, un tipo rubio, de cincuenta y tantos años—. ¿Es que cree que no distingo un cuchillo de una pistola?
—No, yo…
—Fíjese lo que le digo —añade el dependiente—: era un Colt Cobra Special del 38.
Justo la pistola que blandía Champ.
—Automática, ¿no? —pregunta Chris.
El dependiente lo mira con desprecio.
—Pero ¿qué clase de policía es usted? Un Colt Cobra Special del 38 es un revólver. De doble acción. Con cañón de dos pulgadas y empuñadura de goma. Yo tengo armas.
—Ya me lo figuraba.
—Tengo una justo aquí, debajo del mostrador. Una Glock 9. Así que ¿cree que voy a dejar que me atraque un tío con un cuchillo? Si no saqué la pistola fue porque me apuntó él primero.
—¿Podría describirme al sospechoso?
—¿Al sospechoso? No era un sospechoso. Me atracó.
—¿Podría describírmelo?
—Ya se lo describí a los inspectores. ¿Es que no hablan entre sí o qué?
Por lo visto no, piensa Chris.
—Era blanco —dice el dependiente—. Como de metro sesenta. Pelo castaño muy corto. Llevaba una camisa de esas hawaianas, vaqueros y unas Keds. ¿Quiere que le diga si tenía alguna marca distintiva?
—Claro.
—Un tatuaje en el cuello. H-O-L.
—¿Hol?
—Es lo que se le veía por encima del cuello de la camisa.
—Y le dijo todo eso a los inspectores.
—Pues claro.
—¿Y lo del arma? —insiste Chris, aunque ya sabe la respuesta.
A este tío le encanta demostrar lo mucho que sabe de armas.
—Hombre, claro.
—Entonces, los dos agentes que acudieron al aviso le tomaron declaración…
—Cuando volvieron —puntualiza el dependiente.
—¿Cómo que cuando volvieron?
—De perseguir al atracador. Porque cuando llegaron acababa de salir por la puerta. Echó a correr y ellos salieron detrás. Si le digo la verdad, pensé que iban a cogerlo.
Sí, ellos también, se dice Chris.
O sea, que está claro que la pistola que acabó en manos de Champ (¿o en sus zarpas?) es la misma que se usó en el atraco a la licorería.
La cuestión es cómo se hizo Champ con ella.
Y por qué le ha mentido Forsythe, si no era un cuchillo.
En su siguiente turno, Chris está a punto de subir a su coche patrulla cuando se le acerca el sargento Villa y le pregunta:
—¿Qué coño hacías tú en Mid City?
—¿Se lo ha dicho Forsythe?
—Me lo ha dicho Herrera. Estuvimos juntos en la División Este. Es buena gente. Igual que Forsythe.
—Sargento…
—No sé qué vas a decirme, pero no lo digas —le corta Villa—. No se lo digas a nadie.
Su sargento acaba de decirle que cierre el pico, y eso hace Chris.
—Eres un tío legal —añade Villa—. Y un buen policía. No seas capullo.
Genial, piensa Chris al subir al coche. Mi sargento me dice que haga una cosa y un teniente me dice que haga la contraria. Villa puede hacerme la vida imposible aquí y Lubesnick puede impedir que consiga otro puesto.
Pero lo cierto es que no ha conseguido atar cabos y aclarar qué pasó con la pistola, y es poco probable que lo consiga. Los inspectores de la Unidad de Robos y Atracos no van a darle información y, además, no parecen tener ningún interés en el caso. Herrera y Forsythe tampoco van a soltar prenda, el sospechoso se dio a la fuga y Champ no dice nada.
Y el departamento en general parece preferir echar tierra sobre el asunto.
Así que olvídate del tema, se dice Chris.
Lo malo es que, al parecer, no puede.
Lubesnick contesta la octava vez que le llama.
—¿Se puede saber por qué me das tanto la lata, Hombre Mono?
—Necesito ver el expediente del atraco a una licorería.
—¿Por qué?
—¿No tenía interés en una pistola?
Le da la dirección de la licorería a Lubesnick. Se hace un silencio. Luego el teniente dice:
—Luego te llamo.
Para sorpresa de Chris, le llama, en efecto, cinco minutos después.
—El caso es del inspector Geary. Es un buen investigador.
—Seguro que sí, señor, pero…
—Cualquier cosa que digas después de «pero» significa que todo lo que has dicho antes era falso —le interrumpe Lubesnick—. Pero… si quieres venir a echar un vistazo…
—Creo que sería preferible que pudiera ver el archivo sin que el inspector Geary y los demás se enteren.
—O sea, que quieres que le haga la cama a mi propio equipo —dice Lubesnick.
—Quiero aclarar la cuestión de la pistola.
Otro silencio. Luego:
—¿Te acuerdas de Ellen, la recepcionista? Reúnete con ella en el Starbucks de Broadway y Kettner dentro de una hora. No la hagas esperar.
—Gracias, señor.
—No me des las gracias —replica Lubesnick—. Porque, si me puteas con esto, hundiré tu carrera tan hondo que ni James Cameron será capaz de encontrarla.
Chris se va corriendo al Starbucks. Ya está allí cuando entra Ellen, que al verlo le entrega una carpetilla de color marrón.
—Siéntate aquí a leerlo —ordena.
—¿Y luego?
—Luego me lo devuelves. Tienes diez minutos.
Se acerca al mostrador y pide un café con leche. No le pregunta a Chris si quiere algo.
Chris no tarda ni diez minutos. El expediente es muy fino y dice más o menos lo que esperaba. Cita la declaración de Forsythe, según la cual, al llegar al lugar de los hechos, el dependiente le dijo que le habían atracado a punta de navaja. Que el atracador ya había huido y que Forsythe y Herrera registraron la zona pero no dieron con él.
El inspector Geary no encontró más pistas.
O sea —se dice Chris al devolverle la carpeta a Ellen— que Geary se compinchó con los dos policías de Mid City para tapar lo que pasó de verdad. Y Lubesnick quiere que yo haga las preguntas que él no puede hacerle a su gente.
—Sabes, por supuesto, que esto no ha ocurrido —dice Ellen.
—Sí, lo sé —contesta Chris, y añade—: ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Puedes probar.
—¿Dónde estaba Geary antes de entrar en Robos?
—En la División Este, creo.
Es decir, que los antiguos compañeros de la División Este han hecho piña para tapar lo que Herrera hizo o dejó de hacer esa noche, se dice Chris.
Y la única oportunidad que tiene de averiguar qué pasó es encontrar al tipo que lleva una «H», una «O» y una «L» tatuadas en el cuello.
Pero ¿cómo narices voy a encontrarlo?
Richard Holder, que se alegra inconscientemente de estar otra vez entre rejas, se alegra conscientemente de tener visita.
Hasta que se entera de que es un poli.
—¿Qué quieres? —le pregunta a Chris.
—Ayudarte.
—Eso dice siempre la poli. ¿Ayudarme cómo?
—¿Quién te vendió la pistola? La pequeña, la AMT del 22.
—Buena pistola —dice Richard.
—Supongo que sí, si vas a atracar a una paloma —dice Chris—. ¿De dónde la sacaste?
Richard niega con la cabeza.
—Al que habla, cara cortada.
Chris ha oído cien veces ese dicho carcelario y tiene la respuesta lista. Normalmente contestaría que el que habla acaba consiguiendo una reducción de condena, pero, como Richard es reincidente, opta por decir:
—El que habla, quizá pueda elegir dónde cumplir condena.
A Richard, esto sí le interesa.
—¿Eso podría ser? —pregunta—. ¿Tú puedes conseguir que me manden a Donovan?
De modo que Richard tiene colegas y quizá algún novio en Donovan, así que ir allí sería como volver a casa.
—Lo que puedo hacer —dice Chris— es escribir un informe de cooperación para el juez que vea tu caso recomendando que cumplas condena en Donovan. O… puedo escribir una carta muy distinta solicitando que un delincuente reincidente como tú vaya a Q.
Es decir, a San Quintín.
Chris ve que un destello de angustia cruza el semblante de Richard.
—Si me consigues Donovan, te digo quién me vendió la pistola.
—No, necesito saberlo ahora.
—¿Y cómo sé yo que eres de fiar?
—Te di el vodka, ¿no? —contesta Chris y, notando que está a punto de cerrar el trato, presiona un poco más—. Mira, los dos sabemos que te van a condenar, porque ya has confesado y tenemos la pistola con tus huellas. Ya que vas a ir a la cárcel, por lo menos te convendría ir a la que tú quieras.
—No sé cómo se llama el tipo.
—Dime cómo es y dónde puedo encontrarlo.
En un descampado de la Treinta y Dos, le dice Richard. Un mexicano alto y grueso, de treinta y tantos años, con perilla y tatuajes de una banda de frijoleros en los brazos. Suele usar una gorra de béisbol de los Raiders.
—Los Raiders —añade con un resoplido de desdén.
—Oye, que los Chargers se fueron de San Diego.
—Y a mí me rompieron el corazón.
—Como a mí —responde Chris—. Otra cosa: en tus viajes al talego, ¿no habrás coincidido alguna vez con un tío blanco, como de metro sesenta, que tiene unas letras tatuadas en el cuello? H-O-L.
—Hollis, dices.
Chris se encoge de hombros.
—Puede ser.
—Sí, seguro que es él —dice Richard—. Hollis Bamburger. Claro, estuvimos juntos en Chino.
—¿Es Berger o Burguer?
—Burger, con «u», creo.
—¿Y ese tal Bamburger conoce al tío de la Treinta y Dos?
—Todo el mundo conoce al tío de la Treinta y Dos.
Vaaaale, piensa Chris. Y luego pregunta:
—¿Qué más puedes decirme de Hollis Bamburger?
Richard se ríe.
—Que es idiota.
Y lo dice nada menos que Richard Holder, el ladrón enmascarado, piensa Chris.
Se hacen querer estos chicos.
Chris va en su coche al descampado de la Treinta y Dos y ve allí a una pandilla de latinos.
Ellos también lo ven a él.
Da igual que vaya de paisano y en su coche privado: enseguida se dan cuenta de que es policía.
Cuestión de práctica.
Lo miran todos con cara de mala hostia, sobre todo un tipo alto y gordo con perilla, tatuajes en los brazos y gorra de los Raiders.
Chris sale del coche, levanta las manos a la altura de los hombros para indicarles que viene en son de paz y se acerca al de la perilla.
—Solo quiero hablar.
—¿Hablar de qué? —pregunta el otro—. ¿Del tiempo? Es un asco. ¿De los Padres de San Diego? Vaya mierda de equipo. ¿O de tu hermana, la que me chupa la polla?
—¿Qué tal de un tío que lleva las letras H-O-L tatuadas en el cuello?
¡Bingo!
El de la perilla tiene ojos de zote, aunque vaya de listillo. Le delatan enseguida.
Y él lo sabe.
—¿Qué pasa con él?
—¿Le vendiste un arma? —pregunta Chris—. ¿Un Colt Special?
—Como si fuera a decírtelo.
—Mira, ya tengo enfilado a Bamburger —dice Chris—. Si lo encuentro sin tu ayuda, conseguiré que te delate y te meteré un bate de béisbol enterito por el culo, empezando por el lado más grueso. Pero si lo trinco con tu ayuda, quizá me olvide de ti.
—Yo no soy ningún “dedo” —contesta el mexicano.
O sea, que no es un soplón.
Chris nota que lo dice en serio. Amenazarlo no va a servir de nada.
—¿Cómo te llamas? —pregunta. Y al ver que el tipo se crispa, dice—: Venga ya, ¿es que no podemos hacer esto tranquilamente? ¿O tengo que buscar una excusa cualquiera para trincarte? De todas formas, voy a salirme con la mía.
—Putos policías…
—¿Qué me dices?
—Montalbo. Ric.
—Yo soy Chris Shea. Agente Christopher Shea.
—¿No eres inspector? —pregunta Montalbo.
—Todavía no. Bueno, Ric, ¿hay trato o no?
Montalbo se queda mirándolo unos segundos. Luego dice:
—Todos los días, cuando me levanto, me hago la misma pregunta. ¿Sabes cuál?
—Me muero de ganas de saberlo.
—¿Qué pueden hacer los demás por mí? —dice Montalbo—. ¿Qué puedes hacer tú por mí, Christopher?
—¿Se te ocurre alguna idea? Estoy dispuesto a escucharla.
A Montalbo se le ocurre una, de hecho.
Le asalta como un fogonazo deslumbrante.
La solución a todos sus problemas.
—Hay un tal López —dice—. Si lo trincas en el coche, lleva un montón de “hierba” en el maletero.
—¿Le debes dinero? —pregunta Chris—. ¿O es que se ha tirado a tu novia?
—Le debo dinero —responde Montalbo—. Mi novia es la mujer más feliz del mundo.
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Hollis Bamburger?
—Puedo darte algo mejor todavía.
Chris anota los datos de López. Luego Montalbo lo mira con cara rara.
—Oye, yo te conozco.
—No creo.
El mexicano sonríe.
—Tú eres el del chimpancé.
—No, qué va.
—Sí que eres tú —insiste Montalbo—. Eres el tío del mono.
Chris puede ser el tío del mono, pero tonto no es. No va a cometer dos veces el mismo error haciendo una detención que no le toca.
Por eso llama a un amigo de la División de Narcóticos con el que fue al instituto (Chris estaba en primero y él en último curso, pero jugaban juntos al béisbol).
—¿Te vendría bien hacer una detención? —le pregunta.
—Hombre, claro —contesta su amigo—. Mi jefe me tiene frito.
Chris le da los datos de Víctor López: la marca de su coche, la matrícula, los lugares donde suele parar, su descripción completa. Esta va a ser la quinta vez que detengan a López, así que está claro que el juez no va a fijar una fianza que pueda permitirse, que es sin duda lo que pretende Montalbo.
—Gracias, Chris —dice su amigo—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Sí, llámame cuando le fiches.
—Eso está hecho.
No, todavía no, se dice Chris, no del todo.
Pero casi.
Hollis recibe un mensaje.
Tengo lo tuyo. Nos vemos esta noche a las diez.
Genial, contesta. ¿El mismo sitio?
No. Aparcamiento del zoo.
Vale.
Montalbo mira a Chris.
—¿Contento?
—Todavía no —contesta Chris.
Chris tiene sentimientos encontrados.
Sabe que debería ir cagando leches a la Unidad de Robos y dejar en sus manos la posible detención.
Una operación como esta, de venta de armas, en la que están implicados delincuentes profesionales armados, suele requerir efectivos importantes: agentes encubiertos, refuerzos, incluso un equipo SWAT. Seguir adelante solo, sin autorización de sus superiores ni plan táctico, va contra el procedimiento en todos los sentidos.
Pero cumplir el procedimiento tiene sus inconvenientes.
Para empezar, tendría que reconocer que ha hecho justo lo que le dijeron que no hiciera: investigar un caso que pertenecía a Robos. Ha visto expedientes que no debía ver, ha interrogado a testigos con los que no debía hablar, le ha hecho —sin autorización— una oferta a un preso con el que ni siquiera debería haber hablado y, por último, ha hecho un trato con un delincuente para orquestar la detención de otro delincuente a cambio de tenderle una trampa a un tercero como parte de una operación que no debería haber montado.
O sea, que no hay vuelta de hoja.
Además, tendría que contárselo todo al inspector Geary, que está implicado en un tinglado que Chris está intentando destapar.
Así que la cosa no saldría bien.
La otra opción sería contárselo al teniente Lubesnick, que podría puentear a Geary y proporcionarle los efectivos que fueran necesarios para tenderle la trampa a Hollis, pero no está seguro de querer que Lubesnick tome parte en esto, al menos hasta que pueda presentarle el caso en bandeja de plata, si es que puede.
Otra posibilidad es intentar que todo quede dentro de la División Central.
Pero en ese caso tendría que recurrir a Villa, al que no le haría ni pizca de gracia.
O podría saltarse a Villa y acudir al teniente Brown, que ya le ha dicho que se esté quietecito y procure no llamar la atención y al que, además, no le gustaría nada que el bochornoso asunto del chimpancé volviera a ser noticia.
Claro que siempre tienes la posibilidad —se dice Chris— de dejarlo ahora mismo y olvidarte del asunto.
Pero no es eso lo que quiere Lubesnick.
Ni tú tampoco.
Esto lo empezaste tú y tú quieres acabarlo.
Eso por no hablar de que también te interesa retirar de la circulación a un atracador a mano armada. Que es, a fin de cuentas, por lo que te pagan.
Total, que a las diez menos cuarto de esa misma noche, Chris para el coche en un rincón del aparcamiento del zoo.
Lee va conduciendo hacia el zoo.
—Repítemelo —dice.
—Ya te lo he repetido —contesta Hollis.
—Pues repítemelo otra vez.
Hollis suspira.
—Le doy la pasta al mexicano. Él me da la pistola. Yo le apunto con la pistola y le digo que me devuelva la pasta.
Es un plan precioso, opina Lee: usar la pistola que te ha vendido el traficante de armas para robarle el dinero que le has pagado por la pistola. Porque, aunque desconozca el concepto de simetría (y el de ironía), Lee aprecia inconscientemente su belleza.
Hollis no parece tan entusiasmado.
—Tú sabes que entonces ya no podremos volver a comprarle otra pistola.
—Fue un error comprarle la segunda —contesta Lee.
Y, además, que le den. Cobrarnos trescientos dólares más un porcentaje por una mierda de pipa, ¡por una SW39! Nos está robando, se merece que le robemos a él. Justicia, eso es lo que es.
Porque Lee cree en la justicia.
Y en la Regla de Oro.
Ellos van a hacerle al mexicano lo que el mexicano a ellos, ni más ni menos.
Lee nota, sin embargo, que Hollis tiene miedo. Primero, porque mueve el pie sin parar, como un conejo puesto de farlopa hasta las orejas. Y, segundo, porque Hollis siempre tiene miedo.
—No te preocupes, que yo te cubro las espaldas —le dice.
—Ya lo sé.
Pero no parece muy convencido.
—¿No te las he cubierto siempre? —pregunta Lee, de nuevo sin la menor intención irónica.
Pues la verdad es que sí, piensa Hollis.
En el patio de la cárcel, cuando otro que no era Lee intentaba darme de hostias, Lee le daba de hostias a él.
Y si alguien que no era él intentaba que yo fuera su lumia, lo mismo.
Lee siempre me ha cubierto las espaldas.
Ahora, Lee empieza a ponerse ñoño. Tan emotivo que se le saltan las lágrimas.
—Eres mi hermano. Te quiero. Pase lo que pase, conmigo siempre puedes contar. Si ese hijoputa intenta hacerte algo, aquí estoy yo para defenderte.
¿Defenderme cómo?, se pregunta Hollis. Porque Lee no tiene pistola.
Así lo hace notar a su compañero.
Lee se queda pensando un segundo, frunce el ceño, luego se le ilumina la cara y dice:
—Pero tengo coche, ¿no? Si ese tío intenta algo, te apartas y lo atropello. Deja de preocuparte, que no va a pasar nada.
Pero Hollis no deja de preocuparse.
Porque, oye, tonto no es.
Hundido en el asiento, detrás del volante, Chris ve entrar en el aparcamiento la camioneta Toyota blanca que conduce Montalbo.
El mexicano sale y se apoya contra la puerta de la camioneta.
Un minuto después llega un Nissan Sentra verde con el parachoques delantero descolgado por el lado izquierdo y se detiene a unos cinco metros de Montalbo.
Chris ve que Hollis Bamburguer sale por el lado del copiloto y rodea el coche. El que conduce es otro, y de pronto Chris se siente como un imbécil porque no había previsto esta eventualidad y ahora va a tener que trincar a dos tíos en vez de a uno, y sin refuerzos.
Por lo visto, Hollis y yo somos igual de tontos, se dice.
Aunque todavía puedes dar marcha atrás. Marcharte de aquí y dejar todo esto en manos de la Unidad de Robos, u olvidarte del asunto y ya está.
Sabe, no obstante, que Hollis y su colega van a comprar una pistola porque se traen algo entre manos, seguramente otro atraco, y esta vez alguien podría salir malparado.
Y de eso no puedes olvidarte, piensa Chris.
Tú solito te metiste en esto y ahora tienes que acabarlo.
«Acaba lo que empiezas» era lo único que le decía su padre cuando quería soltarle un sermón.
Así que agarra la pistola con la mano derecha y apoya la izquierda en el tirador de la puerta, listo para salir cuando ve que Hollis se acerca a Montalbo.
Hollis entrega el dinero a Montalbo.
El mexicano hurga en la parte de atrás de la camioneta, saca una pistola y se la pasa a Hollis.
Hollis apunta a Montalbo a la cara y dice algo.
Montalbo le pega un izquierdazo en la mandíbula.
Hollis se desploma como si le hubieran dado un mazazo.
Chris sale del coche y, con la pistola junto al costado, enseña su insignia y grita:
—¡Policía! ¡Alto!
Montalbo, al parecer, está tan resentido con Hollis por haber intentado jugársela que no se entera. Agarra a Hollis por la pechera y empieza a abofetearlo.
—¡Lee! —grita Hollis—. ¡Lee! ¡Ayuda!
Lee pisa el acelerador.
Y sale del aparcamiento a toda pastilla.
Chris se acerca.
—¡Policía! ¡Quietos!
Montalbo suelta a Hollis, vuelve a subir a la camioneta y arranca.
Hollis está a cuatro patas.
Mira hacia arriba, ve que Chris se acerca, se levanta tambaleándose… y hace un bamburguer.
Levanta la pistola.
Chris se para, le apunta y grita:
—¡No está cargada, Hollis!
A Hollis le sorprende que este menda sepa su nombre, pero, si lo sabe, seguro que también sabe otras cosas, como que el hijoputa del mexicano le ha vendido una pistola sin balas.
La suelta.
Y —maravillas de adrenalina— hecha a correr.
O más bien avanza renqueando, patituerto, porque Montalbo le ha dado una buena tunda. Así que no ha llegado muy lejos cuando Chris se le echa encima y le tira al asfalto.
—¡Levanta las manos! —ordena Chris.
Hollis levanta las manos y suelta la típica frase del que siempre la caga:
—¡Yo no he hecho nada!
—¡Acabas de comprar un arma ilegal! Estás detenido. Tienes derecho a guardar silencio, tienes derecho a…
—Conozco mis derechos —contesta Hollis cuando Chris acaba de esposarle y le obliga a levantarse—. Esto ha sido una trampa.
—También estás detenido por atraco a mano armada.
—Eso tampoco lo hice yo.
Chris le lleva hacia el coche.
—Y por infringir el artículo 2876 del Código Penal.
—¿Y eso qué es?
—Dejar un arma de fuego donde pueda cogerla un chimpancé.
Hollis pone unos ojos como platos.
—¡Tú eres el poli ese! ¡El Hombre Mono!
—Has dado en el clavo —contesta Chris. Mete a Hollis en la parte de atrás del coche y pregunta—: ¿Por qué hiciste eso, Hollis?
Hollis no dice ni mu.
—Venga ya —insiste Chris—. Te tenemos. El dependiente de la licorería te identificará, y también identificará la pistola. Y te he visto comprar esta porquería. De todos modos, te va a caer una buena. Así que ¿por qué no me cuentas qué pasó esa noche?
—¿Para qué? —pregunta Hollis.
Chris se lo piensa un poco, porque de hecho Hollis no tiene por qué contarle nada. Luego dice:
—Hollis, tú sabes cómo son estas cosas. Conoces el sistema. Así que voy a hacerte una pregunta. ¿Es esto un coche policial? ¿He dado aviso por radio? Podría llevarte a dar un paseo en coche por el desfiladero y aplicarte el tratamiento del asiento de atrás… —Luego añade, llevado por una corazonada—: O podría llevarte a la comisaría de Mid City y decirles a los agentes Herrera y Forsythe que salgan a ver lo que tengo en el coche, por si les apetece hablar contigo. Porque ahora mismo nadie sabe que estás detenido.
Hollis parece asustado.
—¿Serías capaz de hacer eso?
No, no sería capaz.
Chris jamás haría una cosa así, pero confía en que Hollis no lo intuya.
—Otra opción —añade— es que me digas qué pasó esa noche y que yo te lleve a mi comisaría, a la División Central, donde no hay nadie enfadado contigo.
Hollis empieza a contar:
—Vale, yo atraqué esa tienda —dice—. Pero la pasma llegó tan deprisa que no me dio tiempo a meterme en el coche. Así que salí corriendo y uno de los polis, el hispano, salió del coche y me persiguió. Yo salté la valla del zoo pensando que no me seguiría, pero me siguió. Y, como me quedé sin respiración, le apunté con la pistola.
—¿Y?
—Él se paró. —Hollis sonríe, burlón—. Y retrocedió. Así que yo esperé unos segundos y luego eché a correr otra vez. Como no quería tener la pistola encima, la tiré dentro de uno de esos… ¿Cómo se llaman?… De esos cercados.
O sea que eso fue lo que pasó, se dice Chris. Que se acojonó y sus antiguos compañeros del Distrito Este le echaron un cable tapando el asunto.
—¿Me estás diciendo la verdad, Hollis? —pregunta, aunque ya sabe que sí.
—Te lo juro.
—Necesito saber una cosa más. El que conducía el coche. ¿Quién es y dónde puedo encontrarle?
—Eso no voy a decírtelo.
—¿Por qué? ¿Por lealtad? ¿Como la que te ha demostrado él largándose y dejándote en la estacada?
—Lee —dice Hollis—. Lee Caswell.
Le dice, además, el nombre del motel.
Lee seguramente es lo bastante listo como para no volver a asomar por allí, pero Chris tiene el número de matrícula de su coche. Y una historia que contarle a Lubesnick. Algún día, aunque tarde un poco, entrará en la Unidad de Robos.
—Esa historia que acabas de contarme —dice—, no se la cuentes a nadie más. Atracaste la licorería con un cuchillo, ¿entendido?
—Claro —dice Hollis, encantado de aceptar. Por un cuchillo le caerá mucho menos tiempo que por una pistola.
Chris conduce hasta la comisaría de la División Central y acompaña a Hollis dentro.
—¿Qué me traes, Shea? —pregunta el sargento de guardia—. Pensaba que esta noche no estabas de guardia.
—No, no estoy de guardia. ¿Puedes echarle un ojo a este tío? Tengo que hablar con Villa un momentito.
Se va en busca de su sargento.
Al ver quién la llama, Carolyn piensa en dejar que salte el buzón de voz.
Chris Shea ha dejado pasar más de los tres días reglamentarios sin llamarla, y ella se ha convencido de que no le interesa, ni él a ella.
Pero, si no le interesa, ¿por qué la llama?
Por fin acepta la llamada y dice en tono formal:
—Doctora Voight.
—Agente Shea.
—Ah, hola, Chris —dice en un tono que viene a decir: «¿A santo de qué me llamas? Aunque la verdad es que me da igual. Y: Me extraña un poco, después de cinco días».
Son muchas connotaciones para encajarlas en cuatro sílabas, pero Carolyn lo consigue.
Los buenos policías conocen bien los matices verbales y Chris está impresionado por su pericia. Ella se lo nota en el tono de voz cuando pregunta:
—¿Te gusta el béisbol?
—Supongo.
Una respuesta perfecta: ambigua y carente de entusiasmo, pero que al mismo tiempo deja una puerta abierta.
—Mi teniente tenía dos entradas estupendas para ver a los Padres mañana por la tarde —dice Chris—. Juegan contra los Diamondbacks. He pensado que a lo mejor te apetecía ir.
Carolyn no puede resistirse a la tentación.
—¿Con tu teniente?
—No, conmigo —se apresura a contestar él—. Me ha dado las entradas.
—¿Una cita, quieres decir?
O sea, que va a obligarle a hacer las cosas como Dios manda. Puede que no haya cerrado del todo la puerta, pero aun así Chris va a tener que llamar al timbre.
—Sí, eso, una cita. Te estoy pidiendo salir. ¿Te gustaría que fuéramos a ver un partido de béisbol?
—Mañana por la tarde no trabajo.
—Estupendo —dice Chris—. Entonces, ¿te apetece?
Sí, le apetece. De hecho, le sorprende un poco cuánto le apetece.
—¿Quedamos allí?
—No —contesta él—. Es una cita. Yo te recojo. Si te parece bien.
Sí, le parece bien.
A la tarde siguiente, va a buscar a Carolyn a casa y está monísimo, aunque va un poco elegante para ir a un partido de béisbol: pantalones chinos, una camisa bonita metida por debajo de la cinturilla y una gorra de los Padres. Ella también se ha arreglado un poco más de la cuenta: blusa de aire campestre con escote palabra de honor y unos vaqueros True Religion que sabe que le hacen un culo bonito.
Chris ha reservado plaza en el aparcamiento del hotel Omni, a un corto paseo a pie del estadio de Petco Park, pero primero se pasa por una farmacia.
—Vamos a necesitar protector solar para tus hombros —dice.
—¿Voy mal vestida? —pregunta ella.
—No, estás guapísima, pero no quiero que te quemes.
Le compra un tubo de factor 50 y van caminando al estadio.
—¿Has ido alguna vez al béisbol? —pregunta Chris.
—No.
El Profesor Capullo estaba siempre hablando del béisbol como metáfora, tenía una camiseta falsa de los Dodgers de Brooklyn, de las antiguas, y presumía de haber visitado todos los estadios de béisbol del país, pero nunca fueron juntos a un partido.
El estadio es precioso.
El verde del césped, cuidado con tanto mimo, es como una esmeralda. El edificio de ladrillo visto de la Western Metal Supply, un antiguo almacén, está integrado en la pared del jardín izquierdo (hasta ella sabe que esa parte del campo se llama así). Detrás del estadio hay rascacielos de oficinas y torres de pisos y más allá se extiende el puerto de San Diego.
—¡Hala! —dice Carolyn.
A Chris le encanta su mirada de arrobo.
—Hay que comprarte una gorra —dice.
—¿Sí?
—¡Claro!
La lleva hasta un puesto y elige una gorra azul con las siglas SD. Ella se hace una coleta, se pone la gorra y, aunque no tiene espejo donde mirarse, sabe que le queda de maravilla.
Se lo nota en los ojos a Chris.
Él parece feliz y satisfecho.
—Nuestros asientos están junto a la línea de primera base —dice con un entusiasmo que a ella le parece casi infantil—. Cerca de la primera fila.
—Genial.
Van a sus asientos, en la sección 109, fila 12.
—¡Madre mía! —exclama Carolyn—. ¡Qué buenos asientos!
—Yo suelo sentarme arriba, en las gradas.
—¿Vienes a menudo?
—Bueno, trabajo por las noches —contesta Chris—, y los partidos suelen pillarme trabajando. Pero vengo siempre que puedo. —Se queda callado un segundo y luego añade—: Puede que este sea el sitio que más me gusta del mundo.
Carolyn siente que acaba de confesarle algo importante, algo muy íntimo.
—¿Quieres un perrito caliente y una cerveza? —pregunta Chris.
—Me encantaría —contesta ella, y luego se ríe de sí misma—. Me temo que no soy muy femenina, que digamos.
—No, es genial. Enseguida vuelvo. ¿Mostaza, kétchup, cebolla y pepinillos?
—Sin kétchup.
Carolyn se sienta y contempla el estadio: las gradas que se van llenando de gente, el ambiente general de…, ¿de qué?…, de alegría que impregna el lugar. Entonces vuelve Chris con dos vasos de plástico llenos de cerveza espumosa y dos perritos calientes.
—Gracias.
—No hay de qué.
Ella estuvo informándose la noche anterior y descubrió que los Padres ocupan el último puesto de la clasificación y tienen muy pocas posibilidades de escapar del vagón de cola, lo que no merma el entusiasmo de Chris por estar en el estadio.
—Deberíamos ponerte el protector solar —dice cuando acaban de comer. Y añade con timidez repentina—: Quiero decir que deberías ponértelo… Bueno, ya sabes…
—No —contesta ella, y se vuelve para darle la espalda—. ¿Te importa?
Es tan amable, tan… respetuoso y al mismo tiempo tan… concienzudo. A Carolyn le encanta sentir cómo se calienta la crema sobre su piel, el tacto de las manos de Chris…
—Date la vuelta para que te ponga en la nariz —dice él.
Carolyn se vuelve y levanta la barbilla. Él se echa una gota de crema en el dedo índice y desliza el dedo suavemente por el puente de su nariz. Luego extiende la crema con delicadeza.
—Ya está.
Sí, en efecto, ya está, piensa ella.
Puede que nunca se haya sentido tan sensual.
—Uy —dice Chris de repente.
—¿Qué pasa?
Él señala discretamente a tres hombres que, con sendas cervezas en las manos, avanzan trabajosamente hacia sus asientos dos filas más atrás.
—¿Quiénes son? —pregunta Carolyn.
—El primero es el teniente Lubesnick —contesta Chris—. Ojalá no me vea.
—¿Por qué?
—Porque acaba de llevarse un chasco conmigo.
—Ah.
—Al que está a su lado seguro que lo conoces.
—¿Sí? —Carolyn mira al individuo que acompaña a Lubesnick: un tipo grandullón, de edad madura, de cara colorada y pelo castaño rizado.
—Claro, está siempre en la tele —dice Chris—. Seguro que hoy aparece en la pantalla del campo en algún momento. Es Duke Kasmajian, el rey de las fianzas. ¿No te suena lo de Llama al Duque?
—Ah, sí.
—Al otro no lo conozco.
El otro acompañante de Lubesnick se vuelve.
—Yo sí —dice Carolyn—. Es el profesor Carey. Me dio clase en la universidad. Literatura inglesa del siglo XV.
—¿Y qué tal te fue?
—Saqué sobresaliente, faltaría más.
Carey la ve, la reconoce y saluda con la mano.
Kasmajian y Lubesnick levantan la vista para ver a quién saluda.
El teniente ve a Chris, tuerce el gesto y le da la espalda.
Carolyn se fija en la cara que pone Chris.
Está hecho polvo.
Chris quiere que se le trague la tierra cuando va al aseo de caballeros a desalojar la cerveza que ha bebido y se encuentre allí a Lubesnick haciendo lo mismo.
No sabe qué hacer.
¿Le dice algo?
¿No le dice nada?
¿Le saluda con un gesto?
¿O no?
Porque no puede hacerse el sueco, eso está claro.
¿O sí?
Lubesnick rompe el hielo, por decirlo de algún modo.
—Bueno, Hombre Mono, he hablado con tu teniente. De ti.
Mierda, piensa Chris. Está deseando salir de allí, pero no puede: no puede cortar el grifo (por decirlo así). Así que dice:
—¿Ah, sí?
—Ha accedido a que te vengas conmigo dos meses, desde el mes que viene. —Lubesnick se la sacude, se sube la bragueta y va a lavarse las manos—. Considéralo un periodo de prueba. Si lo haces bien, y creo que sí, pasarás a mi unidad de manera permanente. ¿Te parece bien?
Chris está anonadado.
—Sí. Digo sí, señor.
—Presta atención a lo que tienes entre manos. —Lubesnick arranca un trozo de papel y se seca las manos—. Has hecho lo correcto, chaval. Podías haber pisado a un compañero para intentar ascender y no lo has hecho. Eso dice mucho de ti. Empiezas la semana que viene. Cómprate una chaqueta de traje y una corbata.
Tira el papel a la papelera y se va.
Era una prueba, se dice Chris.
Lubesnick me estaba poniendo a prueba para ver qué hacía.
Y he aprobado.
Al empezar la séptima carrera, los Padres ganan cuatro a dos. Craig Stammen ocupa el montículo.
—Ahora puede pasar algo precioso —dice Chris.
—¿Qué? —pregunta Carolyn.
—Stammen va a lanzarle una recta descendente al bateador, para intentar que batee una bola rasante. Y, si lo hace, vas a ver una maravilla.
Efectivamente, al segundo lanzamiento Stammen lanza una recta descendente y Descalso golpea la bola con fuerza hacia el torpedero, Fernando Tatís Jr., que echa a correr, recoge la pelota y la lanza a primera base para el out.
—Nunca he visto un jugador que juegue tan bonito como él —comenta Chris.
Tiene razón, piensa Carolyn.
Ha sido una jugada grácil, incluso elegante.
Preciosa, sin duda.
—Está a punto de pasar otra cosa preciosa —se oye decir.
Entonces se inclina y le besa.
Así pues, a Chris Shea la vida le sonríe.
Empieza su última semana en la División Central sintiéndose en una nube. El teniente Brown le ha dejado en paz, lo del mono es agua pasada y, cuando sale de trabajar, le espera su novia, una chica preciosa.
Hasta los Padres llevan una buena racha.
Falta media hora —solo media hora— para que acabe su último turno cuando recibe otro aviso.
Un 10/35.
Un individuo armado y peligroso.
En este caso, un hombre con un cuchillo en Cabrillo Bridge, el puente que cruza la carretera 163 y une las dos mitades de Balboa Park.
Chris llega el primero y ve a un sujeto que lanza tajos al aire no con un cuchillo, sino con un machete. Manda por radio un 10/97 para avisar de que ha llegado y sale del coche. No hay nadie más en el puente. Si había alguien a esas horas de la noche, se habrá largado al ver al tío del machete.
Parece tener unos cuarenta años. Lleva el pelo sucio y desgreñado y la camisa arrugada, y se sujeta los pantalones, muy anchos, con un trozo de cuerda que hace las veces de cinturón. Blande el machete dibujando un gran ocho e increpa a gritos a un adversario invisible, al menos para Chris. Porque es evidente que el hombre ve con toda claridad a su enemigo.
Chris envía por radio un 11/99 solicitando ayuda y saca la pistola, pero no la levanta. Sujetándola con la mano derecha, extiende el brazo izquierdo con la palma hacia fuera y avanza despacio hacia el hombre.
—¡Suelte el cuchillo!
El del machete vuelve la cabeza y lo mira con ojos desencajados. Chris ha visto esa mirada cien veces. Se ha topado con muchos psicóticos, y se les pone una mirada característica cuando no se toman la medicación.
Y ahora su enemigo soy yo, se dice Chris.
El del machete camina despacio hacia él blandiendo el enorme cuchillo y gritando:
—¡Te conozco, demonio!
Chris levanta el arma y le apunta al centro de masa.
Lleva tres años en la policía y es la primera vez que apunta a alguien con la pistola. Le repugna esa sensación, la posibilidad espantosa e inminente de tener que apretar el gatillo para defenderse.
Los civiles andan siempre preguntando por qué los policías no disparan a su oponente en la mano o en la pierna cuando se dan situaciones como esta, pero el público no sabe nada de estas cosas, del nauseabundo subidón de adrenalina que se apodera de uno, ni de cómo se te acelera el corazón. La gente no entiende lo difícil que es acertar a alguien en la mano o incluso en la pierna en un momento de confrontación, por más que hayas entrenado. Apuntas al centro de masa —o sea, al pecho— porque, si fallas, puedes acabar muerto.
Chris se para, pero el del machete sigue avanzando.
—¡Alto! —grita—. ¡No siga! ¡Párese ahí!
Tensa el dedo sobre el gatillo.
El hombre se para.
Menos mal, piensa Chris, pero sigue apuntándole al pecho.
—¡Suelte el machete!
Pero el otro no lo suelta.
—¡Déjame en paz! —grita, y entonces da media vuelta y echa a correr en dirección contraria, hacia la barandilla norte del puente, blandiendo otra vez el machete e increpando al diablo.
Me encantaría poder dejarte en paz, se dice Chris, pero no puedo, es mi trabajo. Avanza con paso firme pero despacio hacia el hombre, que se vuelve y, al verlo, retrocede hasta la barandilla y pasa una pierna por encima.
—¡Te he dicho que me dejes en paz!
—Ya lo sé, pero no puedo —contesta Chris—. Deja que te ayude.
El hombre lo mira con tristeza.
—Ya es demasiado tarde.
—No, nunca es demasiado tarde. Vamos, deja que te ayude.
El del machete pasa la otra pierna por encima de la barandilla y queda precariamente sentado sobre ella. Puede saltar en cualquier momento.
O caerse, piensa Chris.
En cualquier caso, caerá desde una altura de treinta y tantos metros a una carretera por la que pasan coches en ambos sentidos.
Chris está a unos tres metros de él, lo bastante cerca como para lanzarse de un salto a agarrarlo, si es necesario. Pero necesitará las dos manos, así que se guarda la pistola. De todos modos, el hombre no puede blandir el cuchillo en esa postura.
Vuelve a mirar a Chris y extiende el brazo para indicarle que no se acerque.
—Llevo al diablo dentro —dice—. Tengo que matarlo.
—No —dice Chris mientras se acerca poco a poco—. Conozco a un cura… a un exorcista. Podemos ir a verlo. Él te ayudará.
El hombre del machete se lo piensa. Echa un vistazo abajo, a la carretera, y vuelve a mirar a Chris.
—¿Me estás diciendo la verdad?
—Sí, te digo la verdad —contesta Chris.
Entonces aparece el coche patrulla de Grosskopf al otro lado del puente y la luz roja de la sirena envuelve al hombre del machete en un resplandor demoníaco.
El hombre se vuelve y mira a Chris con reproche.
Luego salta de la barandilla.
Chris se lanza hacia él.
Consigue agarrarle de la cuerda de la cintura con la mano derecha, pero el peso del hombre y su impulso tiran de él y le voltean sobre la barandilla.
Extiende el brazo y se agarra a un barrote con la mano izquierda.
Se aferra a él con todas sus fuerzas.
Porque esta vez no caerá desde una altura de cinco metros a una red, sino desde más de treinta metros a una carretera de hormigón con tráfico intenso.
Debería soltar al del machete, pero no lo hace y nota que empieza a resbalársele la mano con la que se sujeta a la barandilla, le arden los brazos, se le entumecen los dedos y sabe que va a caer al vacío, que van a caer los dos, el del machete y él y entonces…
Una mano le agarra la muñeca.
Levanta la vista y ve…
A Batman.
Mide metro sesenta y está en los huesos, pero es Batman, no hay duda. Entonces Robin, con su metro noventa y sus cachas, agarra con firmeza a Chris del brazo y entre los dos tiran de él y del tío del machete y los pasan por encima de la barandilla hasta depositarlos otra vez en el puente.
—¡Ostras, Batman, qué pasada! —exclama Robin.
—Deberíamos invitarlos a cenar —dice Carolyn.
—Como mínimo —contesta Chris.
Está paseando por el zoo un sábado por la tarde, después de su primera semana en la Unidad de Robos y Atracos, con su preciosa, cariñosa, listísima y encantadora novia, en lugar de ser una mancha en el asfalto de la 163, así que sí, deberían invitar a los dos tipos que le salvaron la vida como mínimo a una buena ración de tacos.
—Haré ternera Strogonoff —dice ella.
—Sí, mucho mejor que lo que se me había ocurrido a mí.
Se paran junto al recinto de los primates.
Champ los mira y, al reconocer a Carolyn, la saluda con un chillido. A él no parece reconocerlo.
En fin, se dice Chris, qué ingrato es este trabajo.
Nadie averigua nunca cómo llegó el revólver a manos del chimpancé.