Código 101: ante todo, sencillez.
La carretera 101.
La Pacific Coast Highway.
La PCH, para abreviar.
Pegada a la costa de California como una sarta de gemas a un cuello elegante.
Davis ama esta carretera como un hombre ama a una mujer.
Podría recorrerla día y noche, a todas horas.
Va sentado al volante de un Mustang Shelby GT500 negro, con alerón trasero, flap Gurney, 550 caballos de potencia y par motor de 691 Nm.
Ya lo dice el Código 101, el reglamento básico del delito: si hay que escapar, que sea rápido.
Se dirige hacia el norte por una franja costera mientras el sol se pone sobre el océano como una naranja sanguina cautiva entre nubes.
A su izquierda, las olas rompen en la playa de Torrey Pines. A su derecha, las vías del tren cruzan el arroyo de Los Penasquitos, y la carretera de Carmel Valley recorre el promontorio que flanquea la orilla norte de la laguna, donde hay un viejo taller mecánico con las mejores vistas del litoral y una pizzería que está ahí desde que Davis tiene uso de razón.
La carretera 101, como una mujer voluble, cambia de nombre con frecuencia. Ahora es North Torrey Pines Road y unos metros más allá es South Camino del Mar.
Para Davis, siempre es la 101.
Siguiendo al Mercedes 500 SL blanco ladera arriba, entra en el pueblo de Del Mar.
Vio salir a Ben Haddad de la tienda de La Jolla con un maletín en la mano.
Le había visto salir decenas de veces de la tienda de Sam Kassem y aun así miró el iPad que tenía apoyado en el regazo: las fotografías de Haddad tomadas en la exposición anual de joyería de Las Vegas. Davis tiene fotografías de Haddad en la exposición de Las Vegas, en la de Tucson y en la Feria de las Gemas de Del Mar.
En la última, Haddad aparece sentado en un sillón del restaurante Red Tracton’s con Kassem y las esposas de ambos. Sonríen a la cámara levantando sus copas de martini.
La foto se publicó en la página web de la Feria.
Davis sabe que Haddad tiene sesenta y cuatro años, que está casado y que tiene tres hijas, la menor de las cuales cursa primer año de carrera en la Universidad de California-Santa Bárbara. Sabe que le gusta el béisbol, que juega al golf principalmente por hacer vida social y que no ha dejado de fumar pese a las advertencias de su médico y su mujer. Sabe que está asegurado por los cuatro costados y que nunca lleva armas.
Ahora, Davis deja que un par de coches se interpongan entre el Mercedes y él, por si acaso Haddad lleva coche de seguimiento. Sería la primera vez, pero nunca se sabe. Además, no hace falta que vaya pegado al Mercedes: sabe adónde se dirige.
Vio el correo electrónico que intercambiaron Kassem y John Houghton, el dueño de una joyería de Del Mar: Ben va para allá.
El Mercedes tuerce a la derecha, hacia la joyería de Houghton.
Luego, Haddad hace lo que suele hacer, lo que cree que debe hacer siempre, por prudencia, un mensajero que transporta joyas: en vez de aparcar delante, en la calle, se mete en el pequeño aparcamiento de atrás.
Davis se conoce la rutina porque entre los representantes y marchantes de alta joyería es artículo de fe que las bandas de atracadores vigilan la fachada de los establecimientos. Por eso Haddad aparca detrás y llama a Houghton para decirle que va a entrar, para que Houghton le abra la puerta delantera.
He ahí la anomalía, los intereses contrapuestos de marchantes y joyeros: el marchante quiere proteger su mercancía y el joyero, su tienda. El joyero guarda la mercancía más valiosa en la trastienda, separada de la parte delantera del establecimiento y guardada a buen recaudo. En la trastienda está también la caja fuerte.
Por si acaso una banda de atracadores ha seguido al marchante (o a un comercial que esté haciendo su ronda de visitas), el dueño de la joyería no quiere dejarle entrar por la puerta trasera, por donde los ladrones podrían entrar aprovechando la coyuntura y llevarse los artículos más costosos u obligarle a abrir la caja fuerte.
De ahí que el marchante aparque detrás y vaya luego a pie hasta la entrada delantera.
Ese es el filón.
La grieta.
La carambola que siempre busca Davis.
Y, si no se da, no lo hace.
Eso es de cajón.
Eso, y el cigarrillo.
Davis oye lo que Haddad le dice a Houghton por teléfono. «Me fumo un cigarro y entro».
Porque ha llevado el coche familiar y no quiere que Diana note olor a tabaco y le monte un pollo. Y, a no ser que Diana se haya ido a alguna reunión del club o algo así, este es el último cigarro que va a fumarse hoy, porque esta es la última parada de su recorrido.
Así que lo que hace Haddad…
… lo que hace siempre…
… es darle un toque a Houghton para avisarle de que ya está allí y va a echarse un cigarrito.
Pero solo le dará unas caladas, no va a apurarlo del todo, así que Davis solo dispondrá de un minuto antes de que Houghton empiece a preguntarse por qué tarda tanto el marchante y salga a ver qué pasa. Houghton también está asegurado por los cuatro costados, pero, a diferencia de Haddad, él sí lleva un arma: una EAA Witness de 10 milímetros.
Un minuto, sin embargo, es tiempo de sobra.
Lo dice el Código 101: si no puedes hacerlo rápido, no lo hagas.
Haddad sale del coche, enciende el cigarrillo, da unas cuantas caladas deliciosas y pisa la colilla.
Davis pisa el acelerador.
Coge la pistola Sig Sauer modelo 239 que lleva en la consola central y la sostiene con la mano derecha mientras maneja el volante con la izquierda.
Va contando los segundos de cabeza mientras entra en el aparcamiento y sale del coche. Viste todo de negro: jersey ligero negro, vaqueros negros, zapatos negros, guantes negros y gorra de visera negra sin emblemas ni logotipos.
Sujeta la pistola por debajo de la cintura y se acerca a Haddad por la espalda mientras está aplastando la colilla en la acera. Le encañona detrás de la oreja y dice:
—No mires atrás.
Sin volverse, Haddad le pasa el maletín de muestras.
—Cógelo y vete —dice.
Asegurado por los cuatro costados.
No vale la pena.
Agarra el maletín y ve con Dios.
Solo que Davis dice:
—Las baratijas del maletín no me interesan, Ben. Me interesa el género que llevas en los tobillos. Los papeles.
Haddad titubea. Aquí es donde puede torcerse todo. Donde la broma puede pasar de ocho años de prisión a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Pero Davis no va a permitir que las cosas se tuerzan.
—Quiero que vuelvas a casa con Diana —dice—. Y quiero que lleves a Leah al altar dentro de… ¿cuánto? ¿Tres semanas?
Haddad también quiere acompañar a su hija al altar. Se agacha, tira del velcro de las fundas que lleva sujetas a los tobillos y se las pasa a Davis por encima del hombro.
—El teléfono —ordena Davis.
Solo conseguirá ganar unos segundos, pero esos segundos pueden ser cruciales.
Haddad le pasa el móvil. Davis extrae la batería, la tira entre los arbustos de detrás del aparcamiento y le devuelve el teléfono. No va a dejarle sin sus contactos y sus fotos familiares; no hay por qué ser tan capullo.
—Si te das la vuelta —le advierte—, te meto una bala en los sesos. No sé tú, pero yo no me la jugaría por una aseguradora.
Haddad no se da la vuelta.
Davis vuelve a su coche y arranca.
Tiempo transcurrido: 47 segundos.
Recorre solo tres manzanas en sentido norte y luego se mete en el aparcamiento subterráneo de una urbanización de apartamentos vacacionales. Su plaza es la 182; la ha alquilado por un mes y tiene dos plazas.
En la otra plaza hay un Camaro ZL1 gris plata.
Motor V-8 de 6.2 litros.
Con compresor Eaton de cuatro lóbulos y suspensión electromagnética.
El aparcamiento está medio lleno.
Como de costumbre, Davis ve coches, pero no personas.
Sale, retira rápidamente las matrículas robadas del Mustang y las sustituye por las auténticas. Saca los documentos de las fundas, los guarda en el bolsillo de su chaqueta y tira las fundas al cubo de basura. Luego saca la Sig del Mustang, monta en el Camaro y sale a la 101.
Si están buscando el coche del atraco, buscarán un Mustang negro que ahora está literalmente bajo tierra. Y vacío, sin nada que lo vincule con él.
Aunque encontraran el coche, no descubrirían nada.
Lo pagó en metálico y lo matriculó con nombre falso. Lo único que encontrarían sería un apartado de correos en San Luis Obispo al que no piensa volver.
Perdería el coche, claro, pero aun así saldría ganando.
De todos modos, en la cárcel no se puede conducir.
Enfila la 101 en dirección norte.
Atraviesa Del Mar, deja atrás el hipódromo.
Deja atrás el letrero de neón rosa que proclama Solana Beach junto a Fletcher Cove, el bar Tidewater, la pizzería Port, la tienda de surf de Mitch y el concesionario de motos Moreland. Baja la ladera hasta el largo trecho de playa de Cardiff y luego sube, cruza Swami’s y Encinitas, pasa junto a Moonlight Beach, deja atrás el viejo teatro La Paloma, pasa bajo el cartel que cruza en arco la 101 y que anuncia Encinitas.
Marcha luego en paralelo a las vías del tren y los eucaliptos de la bulliciosa Leucadia, llega a la anticuada Carlsbad, pasa junto a la central eléctrica cuya vetusta chimenea evoca ecos de Springsteen y William Blake.
Sigue la 101 tan lejos como puede y luego vira hacia el este en Oceanside Boulevard y toma la 5 Norte para cruzar Camp Pendleton, la base del Cuerpo de Marines que obstruye como un tapón la arteria principal. Deja la 5 en cuanto puede, a la altura de Los Cristianitos, en San Clemente, atraviesa zigzagueando el viejo pueblo surfero, baja por Capistrano Beach y vuelve a subir cruzando Dana Point, Laguna Niguel y South Laguna hasta entrar por fin en Laguna Beach.
Nunca se cansa de este recorrido, del océano constante y siempre cambiante, de los hitos del paisaje, de los dioses del hogar.
Tuerce hacia el aparcamiento de otro complejo de apartamentos, en la margen derecha de la 101, con vistas a Main Beach y al Museo de Arte de Laguna.
Pulsa el botón adosado al parasol del coche, se abre la puerta metálica y Davis cruza el aparcamiento subterráneo hasta las dos plazas que tiene asignadas, señaladas en la pared con el número 4.
A su lado hay un Dodge Challenger SRT-8 de 2011, negro.
Motor Hemi V-8.
Con alerón delantero y sistema de distribución variable.
A Davis le gustan los coches americanos, rápidos y potentes.
Sale del Camaro, camina hasta el estrecho ascensor, lo toma hasta la segunda planta y entra en el apartamento 4.
Es el típico apartamento: un espacio diáfano con cocina americana y barra de desayuno a un lado y cuarto de estar con puertas de cristal correderas que dan a una terracita con una mesa, sillas y una parrilla de gas. Por el lado sur, siguiendo el pasillo, hay una habitación de invitados, dos cuartos de baño y un dormitorio más grande con vistas al océano.
Si comprara el apartamento, le costaría más de un millón de dólares.
Pero Davis no compra, no es propietario de ninguna de sus casas.
Él alquila.
Pisos vacacionales amueblados, listos para usar. Tienen de todo: televisión, equipo de música, cacerolas y sartenes, platos, vasos, tazas, cafetera, tostador, cubiertos, toallas, paños de cocina, hasta jabón.
Davis los alquila con nombres distintos y siempre paga en metálico.
Y por adelantado.
Es uno de los preceptos del Código 101: la gente, si cobra lo suyo, no suele hacer preguntas.
El caso es que hay urbanizaciones de apartamentos a todo lo largo de la 101.
La gente compra los pisos, pero generalmente no vive en ellos todo el año. Muchos sirven como punto de reunión de la familia en verano, o para que la gente de estados más fríos venga a pasar el invierno. El resto del tiempo están vacíos, y muchos propietarios los alquilan y con el alquiler tratan de pagar la hipoteca.
Como es un auténtico fastidio ocuparse de ese asunto en persona, la mayoría utiliza los servicios de agencias inmobiliarias que van a comisión.
Los pisos se alquilan por meses, semanas y hasta por días si están en primera línea de playa, y lo único que tienes que hacer es conseguir que una de esas agencias inmobiliarias se fíe de que vas a pagarles para poder cambiar de piso con la frecuencia que quieras.
La población de estas urbanizaciones suele ser transitoria y anónima. Algunos vienen aquí a refugiarse de los inviernos gélidos de Minnesota o Wisconsin y otros a esperar a que se completen los trámites de compraventa de una casa. Unos son divorciados en transición. Y a otros simplemente les gusta vivir en la playa. Vienen y van. Puedes pasarte años sin conocer a un vecino o, como mucho, decir «hola» a alguno en el aparcamiento o en la piscina.
Davis lo prefiere así. Trata con cinco agencias, usando nombres distintos. Nunca se queda en un sitio más allá de un par de meses y pocas veces vuelve al mismo piso.
Ha aprendido una cosa: que si vives en todas partes, no vives en ninguna.
Su casa es la 101.
Se acerca a la nevera y coge una botella de Pellegrino. Luego se sienta en el sofá, se saca los papeles del bolsillo y los abre.
Cinco paquetitos de papel blanco y fino doblados con esmero. Dentro de cada papel blanco hay una lámina de fino papel azul. Y, dentro de cada papel azul, hay un diamante esmeralda.
Valor total: un millón y medio de dólares.
Davis se levanta, sale a la terraza y contempla el océano y la 101.
En el aparcamiento trasero de la joyería Houghton, el teniente Ronald —Lou— Lubesnick mira a Ben Haddad.
—Lo que intento decir —repite—, es que hace el trayecto desde la tienda de Sammy en La Jolla docenas de veces al mes. Casi siempre, con artículos por valor de unos miles de dólares. ¿Y le atracan justo la noche que lleva encima un millón y medio en piedras preciosas?
Lou se encoge de hombros.
McGuire, su compañero, sonríe. Lou es famoso por su forma de encogerse de hombros. En la Unidad de Robos y Atracos dicen que Lou es capaz de revelar más cosas con los hombros que con la boca. Y eso que habla por los codos.
Como ahora, que está diciendo:
—Lo digo porque se nota a la legua que esto ha sido un soplo. ¿O va a decirme que ese tío ha tenido suerte y ya está?
—Por mí no ha sabido nada —repite Haddad tercamente.
Repasan lo sucedido otra vez.
Houghton tenía un cliente que quería echar un vistazo a unas piedras que el joyero no tenía en la tienda, pero Sammy Kassem sí. Sammy eligió un muestrario de cinco gemas de su tienda en La Jolla para enseñárselas al cliente. Haddad las llevó hasta allí y un individuo le atracó en el aparcamiento. El ladrón sabía, al parecer, que el maletín era para despistar y que Haddad llevaba los diamantes en unas fundas especiales sujetas a los tobillos.
Haddad no puede describirles al atracador, ni decirles el número de matrícula del coche, ni el modelo ni el color, ni siquiera la marca.
—Apareció de pronto —dice—. Y me dijo que no me volviera.
—Hizo usted lo correcto —le tranquiliza Lou, que prefiere, de lejos, investigar un robo a un asesinato.
Trabajó cinco años en la Brigada de Homicidios de San Diego, hasta que pidió el traslado. Lo que peor llevaba era informar a las familias.
—¿Le dio la impresión de que era más o menos de su estatura? —pregunta.
—Puede que más alto.
—¿Y el acento?
—No tenía ningún acento.
—Todo el mundo tiene acento —insiste Lou—. ¿Quiere decir que no era negro ni hispano?
—Sí, eso.
McGuire sabe adónde quiere ir a parar su compañero. Casi todos los robos a marchantes de joyería del país los cometen bandas de colombianos vinculadas con los cárteles de la droga. Hace cosa de un año campaban a sus anchas por la Este, como niños de diez años jugando al Wack-a-mole en un parque infantil. Si se han trasladado a la Costa Oeste, malo.
Lou Lubesnick y Bill McGuire forman una extraña pareja. Lou mide metro setenta y siete, tiene el pelo negro azabache entreverado de canas y una barriga que empieza a rebosarle por encima del cinturón. McGuire mide metro noventa y tres y es enjuto, pelirrojo y pecoso, con la trazas de una percha de alambre.
Juntos parecen más un dúo cómico que un par de policías, pero en la trena hay mucha gente a la que el tándem Lubesnick y McGuire no le hace maldita la gracia, sobre todo desde que Lou dirige la Unidad de Robos y Atracos con otros cinco investigadores veteranos a sus órdenes.
En esos momentos, parte del equipo está peinando el barrio para ver si algún vecino ha visto algo, mientras los demás inspeccionan el aparcamiento en busca de pisadas o huellas de neumáticos.
Lou fija su atención en Houghton.
—¿Se ha fijado en si había alguien rondando por aquí, vigilando la tienda?
—Creo que se lo habría mencionado —responde el joyero.
Lou es inmune al sarcasmo: le resbala.
—¿Algún cliente que haya entrado y echado un vistazo y se haya ido sin comprar nada?
—Eso, a diario —dice Houghton—. Con los tiempos que corren, la mayoría son mirones —añade con desprecio.
—Pero ¿nadie en particular? —dice Lou.
Houghton sacude la cabeza, lo que no es moco de pavo, porque la tiene grande y mofletuda. Su piel es blanca como la leche; otra hazaña, teniendo en cuenta que su tienda está a escasos doscientos metros de la playa.
—Quiero ver las cintas de la cámara de seguridad —dice Lou.
Entran y echan un vistazo a las cintas, que ya no son cintas, sino un archivo informático, como todo en estos tiempos. Houghton tiene cámaras que vigilan la puerta delantera y la trasera y el interior de la tienda, pero no el aparcamiento de atrás.
—¿Y eso por qué? —pregunta Lou.
—Porque ahí nunca pasa nada.
Lou se encoge de hombros.
Hoy ha pasado algo allí.
Lou mira hacia abajo y ve la colilla. Mira a Haddad.
—¿Es suya?
—¿Tiene que ponerlo en el atestado? —pregunta Haddad.
El policía menea la cabeza.
Él también está casado.
McGuire se sienta en el asiento del copiloto del coche de Lou.
—Van veinte pavos a que Sammy coloca esas piedras en Brasil en menos de dos meses.
—¿Pensaríamos eso si no fuera árabe? —Puede que Lou no sea el único policía de San Diego que es socio de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, pero es el único que lo reconoce—. No me dirás que no les tenemos ojeriza.
—¿Quién sabía lo de la entrega? —dice McGuire—. Sammy, Haddad y Houghton. Podría haber sido Houghton. Él mismo lo ha dicho: el negocio va mal. Puede que les haya dado el soplo a los ladrones y se lleve una tajada.
—¿Los ladrones, en plural?
Las bandas de atracadores no trabajan así, se dice Lou. Esos no se andan con chiquitas: rompen la luna del coche, meten la mano y cogen la mercancía. La mitad de las veces dan una paliza al marchante, le apuñalan o le pegan un tiro.
Son violentas.
Este tío le ha devuelto el móvil a Haddad.
—No empieces —dice McGuire.
—¿Que no empiece con qué? —pregunta Lou, aunque ya lo sabe.
—Con tu teoría del Llanero Solitario.
Lou es el único que cree que un solo individuo ha perpetrado una serie de atracos de alto nivel a joyerías: once golpes en cuatro años.
Su método es coherente: atraca siempre a marchantes o comerciales que portan artículos de gran valor.
Es eficaz: actúa tan deprisa que, aunque haya testigos, nunca saben qué cojones han visto.
Y paciente: la mercancía tarda meses en aparecer en el mercado negro, si es que aparece. De modo que el chaval no tiene prisa en cobrar.
Es, además, discreto: los peristas habituales no saben nada de él.
Y pulcro: se derrama más sangre en un solo partido de fútbol alevín que en todos sus robos juntos.
Al principio, nadie creía que los atracos estuvieran relacionados. No los vincularon porque estaban dispersos por distintas jurisdicciones: San Diego, Los Ángeles, el condado de Orange, el de Mendocino… Y la información no se compartía.
La creencia generalizada era que se trataba de una banda. (A los fiscales les chiflan las bandas porque generan titulares y bonitas fotografías de portada).
Fue Lou quien, al revisar informes de compañías aseguradoras, estableció el vínculo y quien formuló la hipótesis de que se enfrentaban a un solo sujeto.
—Un lobo solitario —dijo su jefe cuando se lo mencionó por primera vez.
—Si quieres llamarlo así…
—Qué tontería.
Si fuera una banda —argumentó Lou—, ya tendrían alguna pista: alguno de sus miembros se habría puesto a fanfarronear en un bar, o le habría tocado las narices a su ex, o lo habrían detenido por otra cosa y habría intentado hacer un trato con las autoridades.
Pero si era un solo individuo y sabía mantener el pico cerrado y no se metía en líos…
Un tipo así no va a darte ninguna pista que te ayude a atraparlo.
Eso es de cajón.
Lou suele ser objeto de burlas por su teoría del Llanero Solitario. Se mofan de él sus jefes, las aseguradoras y hasta sus propios compañeros de la unidad, que dicen que se le cae la baba con John Robie el Gato, el personaje de esa película antigua sobre un ladrón de joyas.
¿Cómo se titulaba?
Atrapa a un ladrón, eso es.
Sí, piensa Lou. Atrapa a un ladrón.
No a varios.
A uno, en singular.
—Aunque esto sea de verdad un atraco —dice ahora McGuire—, y no estoy diciendo que lo sea, seguramente habrán sido los colombianos. Lo digo porque casi siempre son ellos.
—¿Y cómo lo sabemos? —replica Lou.
McGuire detesta que su compañero se ponga en plan rabino.
—¿Que cómo sabemos qué?
—Que cómo sabemos que son casi siempre los colombianos —aclara Lou. Y luego, como se temía McGuire, contesta a su propia pregunta—. Porque los detenemos.
—¿Y?
Pues que a este tío no, responde Lou para sus adentros.
Davis entra en The Cliffs vestido con traje de Hugo Boss de tres botones, gabardina de lana negra, camisa blanca (hecha a medida pero sin sus iniciales bordadas) y gemelos.
Y zapatos Oxford negros de cordones.
Tiene poca ropa, pero toda buena.
Clásica.
Versátil.
Y un poco retro.
Como él.
Lleva el pelo castaño bien corto, como en los años sesenta antes de que aparecieran los Beatles, como si acabara de salir del Cuerpo de Paz o de un mitin electoral de Kennedy.
O de una película de Steve McQueen.
Davis ha visto todas las películas de Steve McQueen; la mayoría, muchas veces. Él sería Steve McQueen si no fuera porque Steve McQueen ya era Steve McQueen y nunca habrá otro como él.
Pero, para Davis, McQueen era la personificación de lo cool californiano.
Si la 101 fuera un actor, sería Steve McQueen.
La mujer de la media melena castaña es la más atractiva del restaurante.
Que no es poco.
Porque todas las mujeres —unas doce— que beben vino blanco o martini seco en la barra del lujoso local son preciosas: esbeltas, fibrosas, atléticas, devotas practicantes del yoga, la bicicleta elíptica y el spinning, porque, si no, allí no entran.
Davis se acerca a ella y dice:
—Debe de ser agotador ser siempre la más guapa en una sala abarrotada de gente.
Ella se vuelve y contesta:
—¿Dónde has estado?
—He reservado mesa aquí —responde Davis—. ¿Te parece bien o prefieres ir a otro sitio?
—¿Cómo sabes que no estoy esperando a alguien? —replica Traci.
—No lo sé. Solo confío en que así sea.
—Y, si no, invitarás a alguna de estas zorras esqueléticas —contesta ella sin rastro de rencor.
—Es que odio comer solo.
Unos segundos después se acerca Derry, el encargado.
—Señor Delaney, su mesa está lista —dice—. Buenas noches, Traci.
Davis le da un apretón de manos con billete de cincuenta dólares incluido y se van a su mesa.
Traci cena a base de entrantes: de verduritas, de pescado, de pollo… Nada que pueda añadir ni unos gramos de grasa a ese cuerpo.
—Bueno, ¿dónde te has metido? —pregunta mientras se lleva a la boca un pinchito de pollo satay—. ¿Cuánto hace? ¿Dos meses o algo así?
—Algo así —contesta Davis—. He estado fuera, trabajando de consultor.
—¿Y qué tal te ha ido?
—Bien.
Traci sabe que a Michael no le gusta hablar de trabajo. Le gusta hablar de música, de cine, de deportes, de noticias de actualidad, de coches, de arte, de surf, de yoga, de triatlones, de comida, de bicicletas… pero de trabajo no. Así que Traci cambia de tema y se pone a hablar del triatlón sprint para el que está entrenando.
Cuando les traen la cuenta, Davis introduce unos cuantos billetes de veinte en la carpetilla.
—¿Por qué pagas siempre en metálico? —pregunta ella.
—Odio pagar.
—¿Tanto como comer solo?
—Casi.
—¿También odias dormir solo? —replica Traci con una mirada que algunos tipos pagarían mil pavos por ver aunque solo fuera una vez en la vida.
Lou se alegra de que The Daily Grin esté abierto.
Guy no tiene horario fijo.
La camioneta de perritos calientes, aparcada en un solar en la esquina de Lomas Santa Fe con la 101, se llamaba en realidad The Daily Grind, pero algún gracioso le quitó la «d» al rótulo y se quedó en Grin.
Lou detiene su Honda Civic en el estrecho descampado.
La gente le toma constantemente el pelo por su coche.
—¿Cómo es que no te compras un coche nuevo? —le preguntó McGuire una vez (y no ha sido la única).
—¿Por qué? —contestó Lou.
—Porque el tuyo tiene doce años.
—Igual que tu hija y no vas a cambiarla por otra, ¿no?
—Lindsay no tiene trescientos veinte mil kilómetros.
—Trescientos ochenta y un mil. Y creo que puedo llegar a los cuatrocientos mil. Porque a estos cacharros, si les pones gasolina, funcionan toda la vida.
Pero es un poco indecoroso —sostiene McGuire— que un teniente de la policía de San Diego conduzca un automóvil que ya solo sirve para llevar encima un anuncio de Domino’s Pizza. Y el interior tampoco está impoluto, que se diga: los asientos están desgastados y descoloridos, hay migas incrustadas en las costuras (del sinfín de comidas peripatéticas de Lou: el In’N’Out Burger, el Rubio’s, el Jack In The Box…) y el salpicadero es prehistórico: ni manos libres ni radio Sirius ni navegador.
—Llevo toda la vida viviendo en San Diego —asegura Lou—. Sé llegar adonde tengo que ir.
—Ya, ¿y si tienes que salir de San Diego? ¿Irte de viaje? —replica McGuire.
—¿En este coche?
Angie se niega en redondo a subir al Civic. Las pocas veces que salen juntos van en su Prius.
Ahora, Lou se acerca a la camioneta y echa un vistazo a la pregunta de trivial escrita a mano en la pizarra.
—Alaska —dice.
—¿Qué?
—La respuesta a la pregunta. ¿Qué estado tiene mayor superficie de ríos y lagos? ¿Qué he ganado?
—Mostaza gratis con tu perrito.
—Hoy es mi día de suerte. Ponme un perrito con chili con angioplastia incluida.
—Mira, eso nunca lo había oído.
—Y una Coca-Cola —añade Lou—. No, una Coca-Cola light. Bueno no, una normal.
Porque, total, qué más da, ¿no? Está intentando bajar barriga y pensaba cenar en casa, pero Angie le ha llamado para decirle que iba a salir con una amiga.
Coge su perrito y se acerca a un extremo de la camioneta, donde están los condimentos. Sepulta el perrito en cebolla, porque, total, qué más da.
En esto está pensando —alegremente— cuando suena el teléfono y es McGuire.
—¿Te apetece tomar una cerveza? —pregunta su compañero.
—Esta noche no.
—¿Lou?
—¿Sí?
—No lo hagas —dice McGuire.
—¿El qué?
—Ya sabes.
Sí, lo sabe.
Igual que sabe que va a hacerlo.
No lo hagas, se dice cuando llega a Del Mar.
Por una vez, McGuire tiene razón: no lo hagas.
Pero lo hace de todas formas. Se desvía de la 101 en la Décima y aparca en la calle, un poco más abajo, desde donde alcanza a ver la puerta delantera. Los putos abogados pueden permitirse una casa en Del Mar. En cambio, los policías con veintitantos años de servicio a cuestas viven en Mission Hills.
Del Mar es una de esas poblaciones costeras de California que han tratado de darse postín construyendo edificios de estilo Tudor provistos de artesonados, vigas y gabletes y hasta de falsos techos de paja, en ocasiones.
Lou casi tiene la impresión de que en cualquier momento va a ver una placa asegurando que Shakespeare durmió aquí una vez. La verdad es que siempre le divierte, aunque aquella vez que entró en un restaurante y pidió budín de manteca con pasas y natillas al estilo inglés, al camarero y a Angie no les hizo ni pizca de gracia.
—¿Y unas salchichas con puré de patatas? —preguntó.
—¿Y qué tal si te comportas como una persona adulta? —replicó Angie.
Lo cual fue una hipocresía por su parte, porque una de las cosas de las que se queja por sistema es de que se comporte como un viejo, es decir, como una persona de su edad.
Lou tiene una casa bonita en un barrio agradable, pero al parecer a Angie no le basta con eso. Porque su coche —el puto Prius que se empeñó en comprar— está aparcado delante de la casa del abogado. Ya ni siquiera se molesta en ser discreta.
Lou fantasea con llamar a la puerta, ponerle la insignia en la cara al abogado y soltarle: «¿Se puede saber qué pollas haces con mi mujer?», y lo de «pollas» no es un desliz, es aposta. Pero ahora mismo no le conviene que le suspendan de empleo y sueldo y que le abran un expediente: es lo que le hacía falta.
Así que se queda sentado en el coche.
Lo ha hecho mil veces, vigilando a gente.
Aunque nunca pensó que se vería en estas.
Angie sale de casa del abogado a las diez y diez de la noche.
Lou toma nota de ello, como si importara, como si fuera a prestar declaración en un juicio tirando de lenguaje policial: «El sospechoso abandonó el recinto a las 22:10».
Deja que ella se adelante un poco y luego la sigue hacia el este por la 56 y la 163 y después por Friar’s Road, hasta llegar a casa. Se para a unas manzanas de distancia y espera unos minutos después de que ella entre en casa.
Entonces aparca y entra.
Cuando cruza la puerta, está sentada en el cuarto de estar tomando una copa de vino tinto y ojeando una revista. A Lou no le extraña que ese tipo quiera follársela: sigue estando buenísima aunque ya haya rebasado los cuarenta: piernas esbeltas, un buen par de tetas, melena rojiza.
Hace ejercicio.
—¿Qué tal la cena? —pregunta Lou al sentarse en el sillón frente a ella.
—Bien.
—¿Con quién has salido?
—Ya te lo he dicho, con Claire.
—Ya —contesta él esforzándose por no saltar del sillón—. ¿Y desde cuándo vive Claire en el número 805 de la calle Décima de Del Mar?
Angie menea la cabeza.
—Policías.
Eso sí le hace saltar. Nota que se levanta como si una ola lo impulsara hacia arriba y de pronto le grita a la cara:
—¡¿Qué cojones estás haciendo, Angie?!
Ella no se achanta.
Es una de las cosas que le atrajo de ella hace mil años, en la Universidad Estatal de San Diego.
Se queda allí sentada, tan tranquila, mirándole a los ojos sin decir nada. Debería haber sido asesina a sueldo, se dice Lou, porque no se le movería una ceja en la sala de interrogatorios. Al ver un vídeo en el que apareciera cargándose a un tipo, miraría al policía que tuviera enfrente y diría con descaro: «¿Y qué?».
—Te he visto salir de su casa —dice Lou.
—No me sorprende —contesta ella.
Como si fuera culpa de él. Como si fuera un memo que hace el ridículo, agazapado en el coche mientras su mujer le pone los cuernos.
Que es justo como se siente.
—¿Le quieres? —pregunta.
No puede decir el nombre del tipo. Si lo dijera, sería todo demasiado real.
—No te quiero a ti —responde ella.
—Quiero el divorcio.
—No, Lou. Yo quiero el divorcio.
Porque ella siempre tiene que ganar, ¿no? Ni siquiera puede cederle ese momento.
Traci se levanta temprano y se va.
Es entrenadora personal y tiene varios clientes que se pasan por el gimnasio antes de ir al trabajo, así que su jornada laboral empieza a las cinco de la mañana. Davis le da un beso de despedida y vuelve a dormirse.
Se levanta en torno a las ocho, se pone unos vaqueros y una sudadera Killer Dana con capucha, muele café para la cafetera francesa, sale a la terracita y contempla el océano.
Abre el iPad y borra todas las fotografías de Haddad y los correos que intercambiaron Sam Kassem y John Houghton.
Hace meses que hackeó la cuenta de correo de Sam y desde entonces la ha seguido como un corredor de bolsa sigue los vaivenes del mercado bursátil. Se conoce los entresijos del negocio de Sam como si estuviera pensando en comprarlo. Así fue como descubrió que Sam tenía la costumbre de cambiar la mercancía de una tienda a otra utilizando a su cuñado, Ben Haddad, como mensajero.
Normalmente, eran entregas de unos cuantos miles de dólares en mercancía: treinta o cuarenta mil dólares, como máximo, muy por debajo de la ecuación riesgo-recompensa que maneja Davis.
Ha descartado decenas de objetivos potenciales porque la tienda estaba en una calle muy transitada, o demasiado cerca de una comisaría, o demasiado lejos de un aparcamiento subterráneo donde guardar el coche. O porque los marchantes iban armados o llevaban coche de seguimiento y el alijo no merecía la pena.
Davis tiene criterio.
Reglas de actuación.
Normas que nunca se salta.
Lo dice el Código 101: las leyes están para incumplirlas con normas que han de cumplirse a rajatabla.
Otra cosa que dice el Código 101: hay que llegar antes que el contrario.
Davis conduce en dirección norte: pasa por Reef Point, El Moro Canyon, Corona del Mar, Newport Beach, hasta llegar a Huntington Beach.
Encuentra sitio para aparcar cerca del muelle y se queda esperando en el coche.
Siempre llega temprano a las citas. No al punto de encuentro, sino a sus inmediaciones. A la distancia justa para cerciorarse de que va a encontrarse con quien quiere y no con un pelotón entero. Y siempre aparca en un sitio donde haya al menos dos vías de salida.
La vista es bonita: el largo tramo de playa y el muelle que se adentra en el océano. Hoy no hay jaleo: está el mar revuelto y solo hay un puñado de pescadores y turistas en el muelle.
Ve que Money llega al muelle, que lo recorre hasta la mitad y se apoya en la barandilla del lado norte. Davis echa un vistazo adelante y atrás, comprueba que nadie sigue a Money ni le vigila, que los turistas y los ancianos de paseo son lo que parecen ser y no otra cosa. No hay nadie que se acerque la mano a la boca para hablar, o que hable para el cuello de su camisa, o que le hable a un libro o a una revista.
Así que Davis sale del coche, avanza por el muelle y se para junto a la barandilla, al lado de Money.
Money es alto, de pelo rubio, con una perilla estrafalaria pero bien recortada. Americana gris y vaqueros. Camisa azul sin corbata. Lo llaman Money porque a eso se dedica: a transformar en money, en dinero contante y sonante, mercancía robada.
—Otro día en el paraíso —dice.
—Por eso vivimos aquí —contesta Davis, y le desliza discretamente los papeles con los diamantes en el bolsillo de la chaqueta—. Millón y medio.
No es solo cuestión de confianza, aunque Davis lleva años trabajando con él. También es cuestión de negocios: Money nunca le delataría porque Davis le hace ganar dinero. Sus clientes se cuentan con los dedos de una mano, pero entre ellos están algunos de los mejores ladrones del mundo. Elige con sumo cuidado los peristas donde coloca la mercancía y es impecable con las cuentas.
Descontando la comisión de Money, Davis va a embolsarse un millón limpio.
Además, Money se encarga de todo: de colocar las piedras, de blanquear los beneficios y de crear cuentas en paraísos fiscales usando distintos alias. No sabe el verdadero nombre de Davis ni dónde vive ni qué coche tiene.
—Voy a volver a necesitarte dentro de un par de semanas —le dice Davis.
—¿Tienes idea de la cantidad? —pregunta Money.
—Más que esta vez.
Money sonríe.
—Ya estás cerca, entonces —dice.
Cerca de poder retirarse.
Ese es su acuerdo.
Davis tiene una cifra en mente. La cantidad de dinero que necesita para vivir bien, pero sin muchos lujos.
Luego, se acabó.
Piensa jubilarse joven.
Lo dice el Código 101: el que sabe retirarse a tiempo, acaba en la playa; el que no, en una celda.
Entonces Money dice:
—Ese trabajo que vas a hacer, no será en el sur, ¿no?
—¿Por qué lo preguntas?
—No, por una cosa que he oído.
Davis espera a que siga.
—Por lo visto hay un poli en San Diego al que se la pones dura —continúa Money—. Tiene una teoría. La teoría del Salteador de la 101.
Davis siente una sacudida eléctrica.
—¿Me han identificado?
—No, nada de eso —contesta Money—. Es solo una teoría.
Sí, pero es acertada, se dice Davis.
—¿Cómo se llama ese poli?
—Lubesnick. Teniente Ronald Lubesnick. Muy bueno en lo suyo.
—¿Cómo te has enterado?
—Enterarme es mi trabajo —responde Money—. El caso es que te conviene no acercarte por San Diego durante una temporada.
Money disfruta un momento más de las vistas y luego se aleja. Siempre es el primero en marcharse, y Davis siempre espera y da un paseo antes de volver al coche.
Código 101: «confiar» es un verbo que los presos usan con frecuencia y casi siempre en pasado; «confiaba en él», por ejemplo.
Money sube a su Jaguar, va hasta el Hyatt Regency y espera en el aparcamiento.
Quince minutos después, Ormon abre la puerta del copiloto y se sienta a su lado.
Tiene el pelo amarillo.
Amarillo, no rubio.
Es bajo —metro sesenta y siete o sesenta y ocho— y delgado.
Poco más de treinta años.
Cazadora de motero de piel negra, vaqueros negros, Doctor Martens negras.
—Conque ese era, ¿eh? —pregunta—. El que estaba contigo en el muelle.
—Ese era.
—¿Ha dicho algo de otro trabajo?
—Va a dar otro golpe dentro de un par de semanas —contesta Money.
—¿Te ha dicho dónde?
Money se limita a mirarlo fijamente.
—Pero me avisarás —insiste Ormon.
Money asiente en silencio.
Porque Ormon no es Davis ni mucho menos, pero tampoco está a punto de retirarse.
Money ve mucho fútbol. Sabe cómo va el juego. Y sabe que conviene traspasar a un astro madurito cuando todavía te dan algo por él.
La tienda principal de Sam Kassem está en El Cajón, o «Al Cajón», como llaman los lugareños a ese barrio del este de San Diego desde que empezó a llegar la inmigración iraquí.
Lou nunca olvidará la vez que entró en una tienda del bulevar a comprar una Coca-Cola y vio una cabra colgando cabeza abajo dentro de la nevera.
—Tiene una cabra en la nevera —le dijo al caldeo dueño de la tienda cuando fue a pagar.
En los barrios periféricos de San Diego, cada vez hay más bazares, licorerías y otros pequeños comercios cuyos propietarios son caldeos, cristianos iraquíes llegados durante la guerra.
—Es para la boda de mi hija —contestó el dueño al darle el cambio—. Que tenga un día estupendo.
Ahora, Lou para en el aparcamiento de Sam.
Kassem tiene joyerías de lujo en los distritos más adinerados de la región: en La Jolla, en Fashion Valley, en Newport Beach, en Beverly Hills… Pero su base sigue estando aquí, en este barrio destartalado y viejo que le acogió cuando llegó de Irak.
Eso, Lou lo respeta.
—¿Por qué iba a dejar que me roben? —le pregunta Sam cuando entra.
Lou se sienta frente a él, al otro lado de la mesa, en el despacho de la trastienda. De cuando en cuando, Sam mira hacia atrás para echar un vistazo a la tienda a través de un falso espejo.
—Sí, ¿por qué iba a dejarse robar? —replica Lou, devolviéndole la pregunta como suele hacer Angie—. ¿Por qué no utiliza un servicio de mensajería normal?
—Haddad es mi cuñado.
Lou deja que la pregunta tácita resuene en el aire.
—Los de la aseguradora ya me lo han preguntado —dice Sam.
Lou le tiene cierto aprecio a Sam. Apuesto y distinguido, el iraquí viste siempre impecablemente y tiene una espesa mata de cabello canoso. Llegó de Bagdad, abrió una joyería y, veintitantos años después, tiene siete tiendas en el sur de California. La suya es la típica historia del inmigrante americano con la que Lou todavía babea.
Los bisabuelos de Lou vinieron de un pueblucho de Polonia y trabajaron en los barcos atuneros de San Diego. Su abuelo abrió una tienda de bocadillos y su padre fue profesor de literatura en la UCSD.
—Ben estaba aterrorizado, se lo aseguro —añade Sam—. Anoche, Diana tuvo que darle un… ¿cómo se dice? Un ansiolítico.
—Eso te deja atontado —dice Lou.
Ahora es Sam quien se encoge de hombros.
—Bueno, entonces, ¿cómo…?
—¿Cómo sabía el ladrón lo que llevaba Ben? —pregunta Sam, acabando la frase por él—. Dígamelo usted, que es el detective.
—¿Quién sabía lo de esa entrega?
—Yo, Ben y Houghton.
—¿Se fía de Houghton?
—Llevo veinte años tratando con él.
Y yo llevo casi ese tiempo casado, se dice Lou para sus adentros.
—Cuénteme el asunto desde el principio.
Sam suspira, pero empieza a explicarle cómo empezó la cosa. Houghton se puso en contacto con él…
—¿Cómo? —pregunta Lou.
—Me llamó por teléfono. Dijo que tenía un cliente habitual que estaba buscando un tipo concreto de piedra, con talla de esmeralda y seis quilates mínimo. Me preguntó si tenía alguna así.
—Y la tenía.
—Claro que sí —contesta Sam—. Tenía cinco que podían servirle.
—Y entonces…
—Se lo dije a Houghton y me pidió unas fotografías, así que se las mandé.
—¿Cómo?
—Por correo electrónico. Y luego me pidió que se las llevara Ben.
—¿Y usted hace esas cosas? ¿Solo porque se fía de él?
—Son veinte años.
Sí, ya, piensa Lou.
—Y luego…
—Luego Ben se pasó por aquí cuando estaba haciendo su ruta de visitas —explica Sam—. Yo ya tenía las piedras envueltas en sus papelitos, Ben se las llevó y yo avisé a Houghton de que iba para allá.
—¿Por teléfono o por correo?
—Por correo. Luego me llamó Ben temblando. Pensé que iba a darle un infarto.
O sea que el atracador hackeó el correo electrónico de Sam, concluye Lou.
Se levanta de la silla.
—Contrate a una empresa de mensajería. A una de esas con coche blindado.
—¿Usted sabe lo que cuesta eso?
—Menos de un millón y medio de dólares, calculo yo.
El tío de la aseguradora quiere hablar con Lou.
Cómo no, tratándose de un atraco de siete cifras.
Quedan en una taquería del casco viejo de El Cajón. Lou se asegura de que pague Mercer. Se sientan fuera, en una mesa de pícnic, y Mercer dice:
—Ha tenido que hacerlo alguien de dentro.
La estafa más vieja del mundo, piensa Lou. El dueño de la tienda orquesta un atraco a su propio establecimiento, consigue que la aseguradora le pague lo robado, vuelve a comprarle la mercancía al ladrón a precio ventajoso y luego la vende en el mercado negro.
Salen todos ganando, menos la aseguradora, y a las aseguradoras las odia todo el mundo.
—Antes de poner la mano en el fuego, vamos a considerar la posibilidad de que no sea un pufo. Vamos a suponer que se trata de un profesional como Dios manda, que conoce su oficio y que se prepara como es debido.
Mercer le quita el envoltorio a su segundo taco, mira a Lou y dice:
—¿No irás a venirme otra vez con tu teoría del Supermán?
—Es el mismo modus operandi.
—Pongamos que tienes razón —contesta Mercer—. Aun así, tu Llanero Solitario podría haber usado a alguien de dentro, una fuente para obtener información. Creo que deberíais investigar un poco más a Sam y a su extensa familia.
—¿Sabes qué creo yo? —replica Lou—. Creo que quieres escaquearte para no pagar a Kassem y utilizarme a mí como escudo, y por mí puedes irte a la mierda, porque no pienso interponer a mi unidad entre tu asegurado y tú.
—Solo estaba haciendo una sugerencia.
—Pues no la hagas. Si tienes información útil, dámela y la usaré. Si de verdad quieres ayudar, consigue que la patronal de los seguros ofrezca una recompensa, para apretarle las tuercas a ese tipo. Pero no me digas cómo tengo que hacer mi trabajo, Bill.
Mercer arruga el envoltorio y lo lanza a la papelera.
—¿Eso quiere decir que no va a haber recompensa? —pregunta Lou.
—Sam y Haddad van a tener que pasar por el polígrafo —dice Mercer.
Lou no se sorprende. La empresa aseguradora tiene derecho a exigir lo que se denomina un «examen bajo juramento» y a interrogar al asegurado, que, en caso de mentir, estaría cometiendo perjurio.
Es el paso lógico.
Si Sam y Haddad no pasan la prueba del polígrafo, la aseguradora tendrá fundamentos legales para negarse a pagar la indemnización. A Houghton, Mercer no puede hacerle pasar por el detector de mentiras porque a él no le han robado, ni ha exigido indemnización.
Lou, no obstante, está convencido de que Sam y Haddad pasarán la prueba. Sam es un empresario muy astuto, pero honrado y trabajador, y Lou está convencido de que las aseguradoras tienen prejuicios contra la gente de Oriente Medio porque en la década de los noventa los comerciantes de alfombras iraníes las exprimieron hasta dejarlas secas.
Y, descartados los caldeos, todo apuntará a Houghton.
Eso, si ha sido un trabajo hecho desde dentro, piensa Lou.
Que hasta cierto punto ha tenido que serlo, si el tipo estaba leyendo el correo de Houghton y Sam.
Davis se pasa por la pescadería del puerto de Dana Point, pregunta qué hay fresco y compra dos filetes de jurel. Luego se pasa por Trader Joe’s y compra una botella de aceite de oliva importado, aderezado con limón.
Los espárragos los compra en Von’s, igual que el chocolate negro (con un ochenta y cinco por ciento de cacao), la nata y las frambuesas frescas para la mousse.
Esta noche va a hacerle la cena a Traci.
Lou reúne a su equipo en la sala de personal y se sitúa junto a la pizarra blanca, donde ha escrito la lista de todos los atracos a marchantes de joyas perpetrados en California en los últimos cuatro años y acaba de anotar el último.
—Quiero coger a este tío —anuncia.
Sus compañeros, que no creen que haya ningún tío, dejan escapar un gruñido de fastidio, aunque sofocado. Saben, además, adónde quiere ir a parar Lou y va a ser un marronazo, porque de los once robos anotados en la pizarra solo tres pertenecen a su jurisdicción.
Lou clava el dedo en la pizarra.
—Y para cogerlo, no podemos investigar solo este atraco. Tenemos que investigar todos estos para encontrar pautas recurrentes.
Otro gruñido de fastidio.
Lou y sus pautas recurrentes.
Código 101: toda serie de actos crea una pauta.
Lou sabe que hay dos formas de resolver un caso:
La primera es mediante un soplo.
O sea, que alguien se vaya de la lengua.
Puede tirar uno de toda la parafernalia forense que quiera —sobre todo de cara al jurado—, que la mayoría de los delitos se resuelven porque alguien canta.
La segunda son las pautas recurrentes.
Tratándose de un delincuente en serie y a falta de un soplón, no hay otra forma de llevarse el gato al agua. Un delincuente listo puede dejar pistas ínfimas, pero no puede evitar dejar constancia de sus pautas, igual que es imposible no dejar huellas al pisar por la playa.
Y las pautas siempre significan algo.
Lo malo es que los investigadores también tienen pautas recurrentes —modos de trabajar, formas de pensar y actuar— y esos patrones de conducta a veces les impiden ver los del delincuente, considerar los hechos desde otra perspectiva y discernir pautas nuevas a partir de las que ya conocen y esperan.
Es como mirar un cuadro que lleva veinte años colgado en tu salón: ves lo que has visto siempre; lo que no has visto, no lo ves.
Igual que en el matrimonio, piensa Lou.
Ahora, presiona a su equipo para que vuelva a considerar los hechos.
—Hoy solo quiero que penséis, nada más —dice—. Sánchez, echa un vistazo a todos los robos a joyerías sin resolver en California en los últimos cinco años y elimina los que no encajen con la hipótesis del atracador solitario. Rhodes, deja de poner esa sonrisita y echa un vistazo a las víctimas, a ver qué es lo que tienen en común. Ng, tú encárgate del modus operandi, de la acción: lo que hace y lo que no. Geary, ocúpate de la geografía: quiero un mapa. McGuire, si Geary se encarga del espacio, tú te encargas del tiempo. Tiene que haber una pauta en el plazo que deja pasar entre un atraco y otro.
—¿Y tú qué vas a hacer, jefe? —pregunta McGuire.
—Yo voy a echar un vistazo al conjunto —contesta Lou.
Voy a retirarme para ver mejor el cuadro.
Lou es muy de leer. Así es, por lo menos, como lo describe Angie, y quizá sea ese uno de los principales problemas de su relación. Las pocas veces que tiene un rato libre, prefiere sentarse a leer. A ella, en cambio, le gusta salir. Lou suele ceder y acaban saliendo, pero Angie nota su resentimiento y eso le provoca rencor, a su vez.
—Te estás volviendo igual que tu padre —le dijo una noche cuando se marcharon temprano de una fiesta porque él estaba de mal humor.
Eso nos pasa a todos, ¿no?, pensó Lou.
Puede que a los abogados de Del Mar no.
En todo caso, cuando se jubile, piensa dedicarse a leer.
Libros de historia, sobre todo. No solo porque le gusta la historia, sino porque cree en ella: cree que las respuestas del presente pueden hallarse, en su mayoría, en el pasado. Y eso es lo que hace ahora: reúne un montón de expedientes antiguos y se pone a leer.
22 de abril de 2008. El propietario de una joyería de Newport Beach se dispone a enviar por FedEx a un cliente un reloj personalizado valorado en 435 000 dólares. Le asaltan en su propio aparcamiento cuando sube al coche para dirigirse a la oficina de la empresa de mensajería.
15 de septiembre de 2008. Un comercial neoyorquino llega al aeropuerto de San Francisco con una maleta llena de artículos de joyería —diamantes, gemas de distintos colores— para visitar a varios clientes fijos de la zona de la bahía. Le atracan a punta de pistola en el aparcamiento de su hotel. El botín asciende a 762 000 dólares.
11 de enero de 2009. Un marchante de diamantes belga vende un inventario valorado en 960 000 dólares a una joyería de Malibú y recibe el pago en metálico. Antes de regresar al aeropuerto de Los Ángeles, para en un hotel de la 101 para encontrarse con una prostituta y, al salir, le despluman. (Por lo menos el ladrón le dejó echar un polvo, piensa Lou).
20 de marzo de 2009. Un joyero de Mendocino llega a una oficina de FedEx a recoger un paquete de piedras preciosas que le envían desde un establecimiento de Tucson. Le asaltan al volver a su tienda. Botín: 525 000 dólares.
17 de octubre de 2010. (Este es el favorito de Lou). Un marchante de joyería local se presenta en el aeropuerto Lindbergh de San Diego llevando una bolsa de viaje llena de relojes, sortijas, piedras preciosas de colores y diamantes. Tiene que depositar la bolsa en la cinta transportadora del escáner y, en la fila, le paran y le cachean. Cuando llega al otro lado de la cinta, su bolsa ha desaparecido. Botín: 828 000 dólares.
(Lou no sabe, sin embargo, si debe añadir este a su lista, porque no encaja en la pauta).
14 de enero de 2015, San Luis Obispo. Un marchante de diamantes sudafricano entra en la joyería de un cliente y se empeña en que le paguen en Krugerrands, o sea, en monedas de oro puro. Le pagan y, a las cuatro de la madrugada, cuando sale del hotel para coger el avión, es asaltado en el aparcamiento. Botín: 943 000 dólares.
Mayo de 2016. La dueña de una joyería lleva un muestrario de diamantes a una clienta fija en Racho Santa Fe. Camino del rancho, pincha y la asaltan cuando se dispone a cambiar el neumático. Botín: 645 000 dólares.
Y luego está este: 27 de septiembre de 2016. Un marchante de diamantes brasileño llega a Los Ángeles con artículos por un valor de 375 000 dólares, según declara ante las autoridades aduaneras estadounidenses. Alquila un coche en El Álamo y toma la 101 para ir a ver a un joyero de Marina del Rey, la primera parada de su ruta de visitas. Se encuentra con el joyero en el barco de este —de quince metros de eslora—, que está atracado en el puerto, porque… en fin, porque sí. El caso es que el atracador sube al barco, coge el maletín con las joyas y se larga. Y el brasileño está que trina porque no puede reclamar indemnización al seguro por el robo de la parte de la mercancía que no declaró en la aduana y cuyo valor, según se rumorea, ascendía a más de dos millones de dólares.
3 de febrero de 2017. Un joyero de Newport Beach recibe una llamada de un cliente habitual de Pelican Bay que le pide que vaya a verlo a su casa con un muestrario de collares de diamantes porque quiere comprarle uno a su esposa con motivo de sus bodas de plata. El joyero llega a la casa y es asaltado cuando está llamando al timbre. Resulta que el cliente y su esposa estaban celebrando su aniversario en París y la llamada era una trampa. Botín: medio millón de dólares, poco más o menos.
18 de mayo de 2017, San Rafael. El propietario de una joyería de San Francisco traslada ciertos artículos que aún no ha vendido a su establecimiento del condado de Marin. El mensajero que lleva los diamantes es atracado al llegar a la tienda. Botín: 347 000 dólares.
Y ahora, el 17 de octubre de 2018, en Del Mar, un millón y medio de dólares en diamantes de Sam Kassem.
Si se trata de un solo atracador, siempre el mismo, ha acumulado unas ganancias de 8,6 millones de dólares en los últimos cuatro años. Una pasta gansa, incluso después de descontar los gastos y la comisión del perista.
Puede que los casos no estén relacionados, se dice Lou. Esa es, al menos, la idea generalizada, pero Lou no lo cree: hay, claramente, una pauta.
El atracador hace cuidadosos preparativos y es evidente que dispone de información interna porque nunca falla. En cada golpe se embolsa un botín de cientos de miles de dólares; de más de un millón, en el último. Sabe siempre quién va a llevar qué mercancía, el valor de esta y adónde va destinada.
Ha encontrado su nicho, se dice Lou, un rincón muy concreto del ecosistema delictivo. Ataca a los joyeros en su punto más débil: el traslado de mercancías.
Es muy selectivo: dos o tres golpes al año, siempre muy lucrativos. Nada más.
Conoce bien el terreno. Lo máximo que tienen es una imagen —completamente inservible— tomada por una cámara de vídeo en la que aparece de espaldas: un hombre con capucha negra. Da el golpe y luego desaparece sin más.
Procura diversificar sus actividades: nunca atraca dos veces al mismo joyero; ni siquiera a la misma compañía aseguradora. Y geográficamente se mueve mucho: arriba y abajo por la costa californiana, entre distintas jurisdicciones policiales.
Siempre cerca de una carretera, jamás en pleno centro urbano.
O sea, que se trata de un salteador de caminos, concluye Lou.
En este caso, de un camino muy concreto.
La carretera 101.
Lou no sabe si decantarse por un té con hielo o por un Arnold Palmer; un té con hielo y limonada.
Por un lado, el Arnold Palmer sabe mejor, pero, por otro, la limonada lleva azúcar, que se convierte en grasa, y el puto abogado de Del Mar se pasa la vida pedaleando con su bicicleta de siete mil dólares por la 101 y no tiene ni un gramo de grasa.
Así que al final pide un té con hielo a palo seco.
Y una hamburguesa de pavo.
—¿Patatas fritas o ensalada? —pregunta la camarera.
—¿Por qué cree que he pedido la hamburguesa de pavo en vez de pedir una de verdad? —responde Lou.
—Ensalada —concluye la camarera—. ¿Qué salsa quie…?
Lou la mira fijamente.
—Sin salsa, ¿no?
Lou asiente en silencio y la camarera se va con la comanda.
La tele de encima de la barra emite con zumbido monótono un partido de hockey y Lou se pregunta quién ve hockey en octubre.
Ha llegado a la conclusión de que el próximo golpe del atracador será en la zona norte.
Esa es su pauta.
Entonces entra Angie, se sienta enfrente de él y dice:
—Imagino que ya has pedido.
Lou se encoge de hombros.
—Llegas tarde.
—Por lo menos no has pedido por mí —replica ella mientras echa una ojeada a la carta.
No, no ha pedido por ella, pero podría haberlo hecho porque sabe perfectamente qué va a pedir: una ensalada césar con gambas y sin salsa. Le entran ganas de decírselo, pero, como no quiere que se cabree, cierra la boca.
Angie, no obstante, ve su cara de satisfacción cuando pide una ensalada césar con gambas y sin salsa.
—Llevamos demasiado tiempo casados.
—Eso piensas tú, por lo que parece.
—Bueno, ¿quién se va a ir de casa? —pregunta ella—. ¿Tú o yo?
—Yo.
—Debería ser yo. Soy la adúltera.
—Hester Prynne.
—¿Qué?
—Nada —contesta Lou—. No, me voy yo. Me vendrá bien cambiar de aires. Creo que estoy un poco estancado.
—Sí, ya, y lo dices ahora. ¿Eso era lo que hacía falta, Lou? ¿Que tuviera una aventura? Pues ojalá lo hubiera sabido antes.
—¿Es la primera?
—¿Me creerías si te dijera que sí?
—Claro. A fin de cuentas, ¿qué puedes perder?
—El típico razonamiento de un policía.
Lou se encoge de hombros. Para molestarla, esta vez, porque últimamente a Angie le ha dado por decir que esa manera que tiene de encogerse de hombros es al mismo tiempo muy de poli y muy judía. Le gustaría saber si el abogado se encoge de hombros.
—¿Es que te crees que estoy en la sala de interrogatorios o qué? —añade Angie—. Tus compañeros siempre dicen que eres muy bueno en la sala. Imagino que no se refieren al dormitorio.
—Me voy yo de casa —repite Lou.
—¿Y dónde vas a ir?
—¿Acaso te importa?
—Pues sí, me importa, Lou.
—Estoy pensando en irme a vivir a la playa.
Angie se echa a reír. Al ver la cara que pone él, dice:
—No te imagino en la playa, Lou. Creo que eres la persona menos playera que conozco.
Precisamente por eso debería irme allí, piensa él para sus adentros.
Davis sazona el pescado con pimienta negra recién molida, sale a la terraza y echa un vistazo al fuego de la parrilla.
Tras comprobar que la temperatura es la adecuada, coloca los filetes en la parrilla y vuelve dentro. Cubre el fondo de una sartén con una fina película de aceite de oliva aderezado con limón, parte por la mitad los espárragos, lava las mitades superiores y las echa al aceite caliente.
Traci observa sus evoluciones.
—La que se case contigo tendrá suerte —comenta.
Davis dora los espárragos, los retira del fuego, los echa en un escurridor y los cubre con unos cubitos de hielo para evitar que sigan cociéndose en su propio calor. Luego vuelve a salir a la terraza y da la vuelta a los filetes.
Dirige la mirada hacia la 101 y ve a un tipo de pie en el parque, junto a las pistas de baloncesto de Main Beach.
Un individuo bajo, con el pelo de un extraño color amarillo.
Esto le inquieta, porque ha visto al mismo tipo esta tarde en Huntington Beach. Y cuando Davis ve a una persona que no conoce más de una vez el mismo día —y más aún si es en dos sitios distintos—, quiere saber a qué se debe.
Lo dice el Código 101: hay un nombre para designar al que cree en las coincidencias: el Imputado.
Entonces ve que el desconocido mira hacia su terraza.
¿Ha sido Money? ¿Me ha delatado?
¿O he cometido algún error?
¿Es posible que sea un policía?, se pregunta Davis. Repasa mentalmente sus movimientos desde el atraco en Del Mar para ver si han podido seguirle.
No lo cree, pero ¿quién es este tipo?
No puedes arriesgarte, se dice.
Tienes que irte.
Al volver a entrar, dice:
—La cena está casi lista.
—Me muero de hambre.
Davis coge la botella de Drouhin Chablis que estaba enfriándose en el cubo de hielo, la abre y sirve dos copas.
Saca los cuencos de mousse de chocolate de la nevera, pone una cucharada de nata montada en cada uno y adorna la nata con unas frambuesas.
—¿Esto lo has hecho tú? —pregunta Traci cuando pone los postres en la mesa—. ¿Del todo?
—No es tan difícil —contesta Davis.
Con la cucharilla en suspenso sobre su cuenco, ella dice:
—No debería.
—Es chocolate negro. Excelente para la salud. Repleto de antioxidantes.
—Bueno, siendo así. —Traci toma una porción—. ¡Madre mía, Michael! Un orgasmo en cucharilla.
Más tarde, en la cama, él dice:
—Tengo que volver a marcharme pronto.
Nota que ella se tensa entre sus brazos.
—¿Cuándo es pronto?
—Mañana.
—Pero si acabas de llegar. Creía que ibas a quedarte más tiempo.
—Yo también lo creía —contesta Davis.
Hasta que vi que me están vigilando.
—¿Hacia dónde va lo nuestro? —pregunta ella entonces.
—No todos los viajes deben tener un destino —responde él.
A veces, uno conduce por conducir.
—Pero está bien tener una idea de hacia dónde vas —añade Traci.
No le está pidiendo un anillo de compromiso ni una fecha de boda, solo una idea aproximada del rumbo que lleva su relación. Hace ya casi dos años que se ven intermitentemente y quiere saber si puede tomárselo en serio o no.
A Davis le gusta jugar, pero siempre juega limpio. Una de sus reglas es no mentirle nunca a una mujer. Así que dice:
—Estás buscando oro en una playa, Traci.
—¿Oro, yo? ¿Me estás llamando cazafortunas? —pregunta ella con un relampagueo en la mirada.
—No ha sido una metáfora muy acertada —reconoce Davis, enojado consigo mismo por haber herido sus sentimientos—. Lo que intento decir es que buscas algo donde no lo hay.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que disfruto mucho de algunas cosas —responde Davis—, pero no soy muy dado al amor.
—Entendido. O sea, el típico «no se trata de ti, sino de mí», pero con un giro más original.
—Me gustas muchísimo —afirma Davis.
—Ya. Bueno, dejémoslo así —dice ella. Y más tarde añade—: Creo que la próxima vez que vengas por aquí, es mejor que no me busques, ¿de acuerdo?
De acuerdo.
Es una lástima, pero de acuerdo.
A fin de cuentas, su número es el 101.
No el 102.
La urbanización se llama Seaside Chateau, pero cuando la puerta metálica del garaje subterráneo se abre, Lou piensa que, más que a un château junto al mar, le recuerda a la prisión federal de Solana Beach.
Es un sitio lúgubre, de oscuras paredes grises.
Claro que es un garaje subterráneo, se dice Lou al entrar. ¿Qué va a parecer? ¿Shangri-La?
Encuentra su plaza, la número 18. En realidad, el alquiler incluye dos plazas de garaje, pero solo va a necesitar una, porque duda de que Angie vaya a venir a pasar la noche alguna vez.
¿Cómo lo llaman en la trena? ¿Visitas conyugales?
Aparca junto a un Dodge Challenger SRT-8 negro de 2011 que parece impoluto. Abre la puerta con mucho cuidado para no rayarlo. Saca del coche la maleta y la bolsa de viaje y se encamina a la entrada de la urbanización: otra puerta metálica verde.
Es deprimente, y Lou se pregunta dónde se ha metido. Ha alquilado el piso sin visitarlo primero, después de ver unas fotos en la página web de la inmobiliaria. En las fotos parecía bastante bonito, pero eso pasa siempre, ¿no?
McGuire soltó una carcajada cuando le dijo que iba a alquilar un piso en la playa.
—A los divorciados de mediana edad siempre les da por irse a vivir a la playa, a ver si así consiguen tirarse a alguna jovencita surfera.
—Yo no estoy divorciado ni pienso en eso.
—Seguro que una parte de ti sí lo piensa.
—Ya, pero mi cerebro sabe que va a ser que no.
Lou ha visto a tipos así. Empiezan a ir al gimnasio, se hacen blanquear los dientes, se compran ropa nueva y hasta un coche deportivo, y las chicas jóvenes los miran como lo que son: personajes patéticos.
Él no se hace ilusiones. Solo ha pensado que estaría bien cambiar de aires; darse el gustazo —si se quiere— de vivir en la playa una temporada, hasta que vea cómo se resuelven las cosas.
Si es que se resuelven.
Lleva toda su vida en San Diego y nunca ha vivido en la playa, así que, si esta es su crisis de mediana edad, pues muy bien, que lo sea. Y si conoce a alguna mujer —no a una veinteañera buenorra, sino a una mujer atractiva de más de cuarenta años que dé la casualidad de que se encapriche de él—, pues genial también. En Solana Beach hay estudios de yoga a manta, así que la probabilidad de que eso suceda no es tan baja.
—Sí, claro —contestó McGuire—. ¿Por qué crees que las cuarentonas y las cincuentonas buenorras se cuidan tanto? Porque solo se bajan las mallas para chavales de veintitrés años con la tableta bien marcada. Son ellos los que disfrutan de esos culos tan prietos.
—Bueno, la esperanza es lo último que se pierde —dijo Lou.
No todas pueden ser mujeres florero que engañan a sus maridos con cachas de veintitantos. Alguna habrá que esté divorciada, que se sienta sola y que busque un tipo simpático para salir a cenar de vez en cuando y echar, quizá, una canita al aire.
¿Una canita al aire?, se dice Lou al empujar la puerta con la cadera. Dios mío, con una octogenaria buenorra voy a ligar.
Un tramo de escalones conduce a una zona común: la típica piscina y el jacuzzi detrás de otra puerta, una barbacoa comunitaria y unas cuantas mesas bajo un techado para los (pocos) días que llueve.
Lou pasa junto a la piscina y encuentra el apartamento, o château, número 18 en el primer piso, subiendo otro tramo de escaleras. (A un pedante como él, lo del château a pie de playa le parece un contrasentido, sobre todo en el sur de California. En su vida ha visto un sitio menos francés).
Busca a tientas la llave y abre la puerta del piso.
Y enseguida lo entiende.
Entiende por qué la gente hace esto, por qué se gasta una fortuna —porque el alquiler va a costarle un ojo de la cara— por tener vistas al mar. Porque los enormes ventanales dan al océano y a la playa, y el cielo, el mar y la espuma blanca de las olas rompiendo en la arena son como un lienzo azul. Solo por las vistas merece la pena gastarse ese dinero.
La cocina es pequeña, pero parece recién reformada, y hay un cuartito de estar con una tele de pantalla plana y un sofá. Lou entra en el dormitorio. También es pequeño, pero tiene una cama de anchura muy optimista, como para que duerman a gusto dos personas, y un cuarto de baño adosado con ducha y… ¿bañera de hidromasaje? ¿Será posible?
Deja las maletas en el suelo y de pronto se siente…
Completamente deprimido.
Dos maletas en el suelo y una caja llena de libros en el asiento trasero del coche.
Esa es mi vida ahora, se dice.
Soy ese madurito patético a punto de divorciarse que se alquila un piso en la playa.
Ormon se reúne con Money en el muelle de Newport Beach.
—Entiendo que le hayas perdido —dice Money sin dejar de contemplar el mar azul—. Lo que no entiendo es que creas que es problema mío.
Ormon tiene la respuesta lista.
—Es problema tuyo porque quieres ganar dinero y ese tipo va a dejar de reportarte beneficios. Por lo menos, a largo plazo. Para eso me necesitas a mí. Y yo lo necesito a él.
—Yo no sé dónde está —contesta Money sinceramente.
—Llevas quince años trabajando con él. Algo sabrás.
Money se esfuerza por recordar.
No le agrada Ormon, que es un tipejo violento, impulsivo y codicioso. Prefiere atracadores más maduros y serios que no disfruten haciendo daño a la gente. Pero de esos ya no se fabrican. Y este tipejo violento, impulsivo y codicioso está en lo cierto: Davis tiene fecha de caducidad inminente.
Así que Money le da un nombre.
Sharon Coombs es del sur de California, no puede negarlo.
Pelo rubio a mechas, muy corto. Treinta y tantos años, esbelta, con el cuerpo tonificado por el yoga, las clases de barre y el spinning. Alta, de pechos neumáticos, trasero firme y nariz (literalmente) esculpida. Tiene los labios finos, pero está pensando en aumentárselos la próxima vez que le sobre algún dinero.
Lleva una toalla colgada al cuello cuando baja las escaleras después de hacer yoga, entra en el Coffee Company de Solana Beach, pide un café con leche de soja y sale a sentarse a la terraza.
Al ver a Lou sentado solo a una mesa, lo descarta de inmediato como cliente y como amante y pasa de largo. Sharon es eficiente en todos los sentidos: en el trabajo, en el deporte y en su vida sexual. No va a perder ni un segundo con nada ni nadie que no tenga potencial.
Además, está allí por negocios.
Así que se acerca a una mesa ocupada por otro hombre y pregunta:
—¿Está libre esta silla? ¿Le importa que me siente?
—En absoluto —contesta Davis.
Qué pregunta.
Ella se sienta, contempla la 101 y dice:
—Acabo de conseguir una nueva póliza. Cinco millones y medio.
Sharon es corredora de seguros, trabaja para empresas que suscriben pólizas de responsabilidad civil en exceso con alto límite de cobertura.
Si tienes, por ejemplo, una casa de cinco habitaciones en el acantilado de La Jolla Cove, con el garaje lleno de Lamborghinis y Maseratis, y diamantes que cuestan más que todos los chalecitos de una callecita suburbana juntos, no llamas a una agencia de seguros de tres al cuarto de esas que se anuncian por la tele, ni a un agente que ha visto de todo, porque ninguno de ellos va a asumir ese nivel de riesgo.
Llamas a Sharon Coombs y ella se pone en contacto con las compañías de seguros de alto copete, esas que aseguran a la élite y que están dispuestas a contratar pólizas con coberturas millonarias y a cobrar una prima astronómica por ello. Claro que, si puedes permitirte la mansión en primera línea de playa, el Lamborghini y los pedruscos, también puedes permitirte asegurarlos.
A veces estas empresas, como corredores de apuestas de la mafia, transfieren parte del riesgo a otras compañías de alto copete, y a eso se dedica Sharon: a actuar como mediadora entre aseguradoras. A veces junta a tres o cuatro para cubrir una póliza.
Para hacerlo, tiene que verificar el valor del bien a asegurar. Tiene que conocer su precio real, su ubicación y su procedencia. Tiene que cerciorarse de que no la estás engañando para que respalde un seguro de tres millones de dólares sobre una gema que vale dos para que luego finjas su robo, la tires al mar y te embolses un millón limpio.
Debe comprobar, además, que tomas las debidas precauciones para proteger el bien. Si no dispones de un sistema de seguridad adecuado en tu mansión (o si tienes la costumbre de hacer hamburguesas a la parrilla en el cuarto de estar), si aparcas el Maserati en la calle (o si te parece divertido participar con él en carreras de destrucción de coches), o si guardas los diamantes en un plato de caramelos en la encimera de la cocina (o te los pones para ir a un after hours cutre y acabas con una borrachera del copón), hasta a Sharon le va a costar conseguirte un seguro.
Y Sharon comprueba estas cosas: su negocio depende de ello. Así que sabe lo que tienes, lo que vale y dónde está.
Y cómo lo proteges.
Sharon gana sustanciosas comisiones.
Pero en la 101 a veces no basta con eso. Hace falta dinero para vivir en esta zona, y más dinero aún para vivir bien, y a Sharon le gusta vivir bien. Y sabe que, según los estándares del sur de California, se le está pasando el arroz.
Para tener treinta y ocho años, está de diez. Pero no es lo mismo eso que tener veintiocho años y estar de diez, o incluso de nueve. Y hay por ahí unas cuantas que, con veinticuatro añitos, no hacen ascos a los hombres maduros, de entre cuarenta y cincuenta y cinco años, y también echan ahí el anzuelo.
Además, ese tipo de hombres, si tienen suficiente dinero y no se han echado del todo a perder, pueden elegir a su antojo. Ellos también van al gimnasio, hacen yoga, cuidan su dieta y hasta se ponen bótox. Ahora, hay agentes de bolsa de cincuenta y siete años que comparan exfoliantes.
Sharon necesita anotarse un buen tanto, un tanto definitivo.
Davis y ella se conocieron hace cinco años en la inauguración de una galería de arte, entre canapés y vino mediocre servido en vasitos de plástico. Él estuvo encantador y ella aceptó su invitación a cenar. Davis le abrió la portezuela de su Mustang Shelby y la llevó al Top of the Cove y, después del postre, Sharon lo llevó a su casa y pensaba follárselo, pero él se negó.
—No es que no me apetezca —le dijo—. Es que nunca mezclo el placer con los negocios, es una norma que tengo.
Lo dice el Código 101: no metas la polla donde no debes.
—¿Perdona? —dijo Sharon.
—Eres corredora de seguros, ¿no? —añadió Davis—. Creo que tú y yo podríamos hacer negocios. El sexo puede dártelo cualquiera, pero yo puedo hacerte ganar dinero.
Luego, le explicó cómo.
Sharon le había proporcionado tres soplos en aquellos cinco años. Si hubieran sido más, alguien habría descubierto el común denominador y ella se habría visto con el agua al cuello.
Con el primero, se pagó las tetas nuevas. Con el segundo, la entrada del piso. Y con el tercero, el Lexus.
Ahora quiere uno más.
El más grande.
Y el último.
Así se lo dice a Davis.
—Uno más y lo dejo.
Él no le dice que piensa hacer lo mismo. Es otra regla del Código 101: nunca le digas a nadie lo que no necesita saber.
—¿De qué se trata? —pregunta Davis.
—Un multimillonario iraní, Arman Shahbazi, va a venir de Teherán para la boda de su sobrina —explica Sharon—. Está comprando regalos para los novios y para toda la familia. Relojes, collares de diamantes, una sortija para la novia…
—¿Valor asegurado?
—Cinco millones y medio.
Con eso podría retirarme, se dice Davis. Incluso descontando la comisión de Sharon, la de Money y el descuento al comprador, me quedarían dos millones limpios.
Dinero de sobra para desaparecer del mapa.
—El marchante llegará en avión desde Nueva York —continúa Sharon— y la entrega se hará en L’Auberge, donde se celebra la boda.
El hotel de lujo de Del Mar, piensa Davis.
Mal asunto.
Si lo hiciera, serían dos trabajos seguidos en San Diego, en la misma jurisdicción, y eso supondría quebrantar una de sus reglas de oro.
Código 101: si pasas dos veces por el bufé, acabas en la cantina de la cárcel.
Sobre todo, teniendo en cuenta que ese policía de San Diego…, ¿cómo se llama?…, Lubesnick, anda detrás de ti.
Pero cinco millones…
—La aseguradora ha exigido que un guardia armado acompañe al marchante a hacer la entrega —le informa Sharon—. Usarán un servicio local de seguridad, el guardia lo recogerá en el aeropuerto, lo llevará a L’Auberge y se quedará con él hasta que concluya la transacción.
—¿Y después?
—Después, las joyas se guardarán en una caja fuerte en la suite de Shahbazi. Habrá guardias armados en la boda y el banquete. Israelíes.
Así que habrá dos ocasiones para dar el golpe, se dice Davis: cuando el marchante se traslade del aeropuerto al hotel, o en la habitación de Shahbazi, cuando se esté efectuando la transacción.
Lo del guardia armado es un problema, sin embargo. No le gusta la idea de que pueda haber violencia. En toda su carrera, nunca le han herido ni ha herido a nadie. Es una cuestión de prurito personal, además de una exigencia profesional.
Código 101: si no puedes hacerlo sin apretar el gatillo, no deberías hacerlo.
Así que va a dejar pasar esta oportunidad.
Pero entonces Sharon dice:
—Hay algo más. Shahbazi va a pagar en metálico.
Una sonrisilla asoma a sus labios. Sabe lo mismo que Davis: que el vendedor no quiere declarar a Hacienda la transacción.
—Así que el vendedor tendrá su propia seguridad —dice Davis.
Sharon se encoge de hombros.
—Nosotros no aseguramos el efectivo.
De modo que cinco millones y medio acaban de convertirse en once, piensa Davis.
La mitad, en metálico: sin necesidad de pagar a peristas ni comisiones, aparte de la de Money para que lo blanquee.
Con eso da para comprarse una casa estupenda en la playa.
Junto a la 101.
Pues resulta que en la playa se vive bastante bien, piensa Lou mientras se desayuna un burrito.
Al principio le sorprendió, porque a él, que era de desayunar siempre un bagel con queso de untar («¿Hay algún estereotipo en el que no encajes?», le preguntó una mañana Angie), jamás se le había ocurrido comerse un burrito a primera hora de la mañana, y desde luego no se le había pasado por la imaginación que pudiera gustarle.
Pero, como ya no es el de antes, hace un par de semanas entró en el Coffee Company de Solana Beach, apenas a una manzana de su piso, en una pequeña zona comercial que hay junto a la 101, echó un vistazo a la carta y se dijo «¡Qué coño! ¿No he empezado una nueva vida?», decidió jugársela y pidió un burrito para desayunar.
Y ahora está enganchado.
Beicon crujiente, huevos revueltos, lechuga, tomate y salsa… Está de chuparse los dedos.
¿Quién lo hubiera imaginado?
Además, el entorno es inmejorable.
Ya se ha acostumbrado a pedir el café y el burrito y a salir al pequeño patio, flanqueado en tres de sus lados por edificios de dos plantas que albergan, entre otras cosas, un rocódromo, una escuela de barre, otra de yoga y una clínica dermatológica que parece atender solo a mujeres que, a simple vista, no necesitan tratamiento alguno.
Se sienta a una de las mesas de hierro forjado y deja que le dé el sol en la cara mientras mira a su alrededor —allí todas las vistas son buenas— mientras las mujeres vienen y van a sus clases y citas. Muchas de ellas se paran en la cafetería a tomar un café o un batido de frutas. Los clientes que no son mujeres atractivas son, en su mayoría, hombres atractivos: surfistas, escaladores o adictos al músculo, aunque también hay una mesa de ciclistas entrados en años que parecen reunirse allí todas las mañanas, jubilados que toman café y un saludable cuenco de avena antes de salir a pedalear.
No, la vida en la playa no está nada mal.
Al principio le molestaba el zumbido constante del mar, que ahora se ha convertido en una nana que lo acuna hasta que se duerme. Se ha aficionado a levantarse por la mañana, prepararse el primer café y salir a su terracita a mirar el mar.
Luego se viste y se pasa por el Coffee Company de Solana Beach antes de irse a trabajar. Hay un puesto de prensa en el centro comercial y Lou introduce unas monedas para comprar un periódico de verdad, de los de papel —su querido Union Tribune—, que lee mientras desayuna y observa a la gente.
A veces vuelve del trabajo a tiempo para ver ponerse el sol desde la terraza del apartamento y es flipante, como dicen los niños. Si no puedes creer en Dios Padre, se dice Lou —que, como judío no practicante no sabe en qué creer—, ver cómo se pone el sol sobre el océano te hace creer en Dios como artista.
Los fines de semana, que temía que fueran angustiosos maratones de soledad, han resultado no ser para tanto. Suele empezarlos yendo algo más tarde a la cafetería y quedándose un buen rato; luego da un paseo por la 101 o se acerca a Cedros District, donde hay algunas tiendas interesantes, más cafés y una buena librería.
O da un paseo por la playa, lo que le sorprende tanto como lo del burrito para desayunar, porque él nunca ha sido muy de ir a la playa. No se baña ni hace surf, y lo de tumbarse a tomar el sol le parece un tostón.
—Los judíos somos más de desierto —le explicó una vez a McGuire, que tampoco es muy playero porque tiene piel de irlandés y acaba achicharrado como el beicon de un burrito.
—Pero en los dos sitios hay arena, en la playa y en el desierto —respondió su compañero.
A Lou no le pareció un argumento convincente. Ahora, en cambio, para llegar a la playa solo tiene que bajar un tramo de escaleras al salir del apartamento, y un día bajó y se descubrió caminando por la arena, y olió el aire salobre y notó la brisa del mar en la cara. Y si la gente que frecuenta el Coffee Company le parece hermosa, la que frecuenta la playa no lo es menos y además lleva mucha menos ropa.
Y no se trata solo de los cuerpos musculados.
También empieza a gustarle la escena en su conjunto: el agua azul, el cielo diáfano, las familias que van a pasarlo bien, los surfistas, los lanzadores de disco… El cuadro entero.
—Dentro de nada te veo comprando una tabla de surf —dijo McGuire.
No, piensa Lou ahora. Aunque puede que sí me compre una de boogie.
Parece divertido.
Así que los fines de semana no están tan mal. Incluso empieza a disfrutarlos. Este tramo de la 101, de Via de la Valle al sur de Cardiff Beach, empieza a ser su territorio. Le gusta volver a casa en coche por las noches, y los fines de semana va al Pizza Port o al bar Chiefs, junto a la estación de tren, a ver un partido en la tele, y además siempre está la camioneta de los perritos calientes.
Echa de menos a Angie, pero no tanto como creía, la verdad. Se siente un poco solo, sí, y el Seaside Chateau es un sitio solitario. Desde que se mudó, no deja de asombrarle que haya tantos coches en el garaje y tan poca gente en la urbanización.
Tienen que estar ahí, piensa, si están los coches, que vienen y van, pero a la gente que los ocupa nunca la ve. Hasta donde ha podido ver, los vecinos pueden clasificarse en varios grupos: jubilados que viven allí a tiempo completo; propietarios que al parecer solo vienen en verano; y alquilados temporales, algunos de ellos turistas y otros gente como él, que está a la espera de encontrar casa fija o acaba de divorciarse y ha buscado un apartamento a través de una inmobiliaria.
Al margen de quienes sean, los pocos a los que ve en esta época de temporada baja no parecen tener muchas ganas de conversación. Te saludan con un gesto si te cruzas con ellos en la piscina o el garaje y eso es todo.
A Lou le extraña que así sea, pero en realidad no le molesta. Está disfrutando de este anonimato que le permite explorar su nueva vida a su aire. Si lo que querías era perderte, piensa, venir a Seaside Chateau ha sido un acierto.
Lo único que de verdad le aflige es el atraco a Haddad, del que no tiene ni una sola pista.
El caso está tan helado como el corazón de una ex.
Ben Haddad y Sam Kassem han superado la prueba del polígrafo, de modo que está descartado que el robo fuera una estafa. Lou, que no quería que estuvieran implicados, se alegró. John Houghton, el dueño de la joyería de Del Mar, se sometió voluntariamente a la prueba porque estaba «harto de los tocapelotas de la aseguradora» y también la superó sin problemas.
O sea, que a la aseguradora no va a quedarle más remedio que apoquinar, y él está en blanco, sin saber por dónde tirar.
Está más convencido que nunca de que se trata de un solo individuo, el Salteador de la 101, y de que es un atracador muy cuidadoso, un as en lo suyo. Resolvió lo de Haddad en menos de un minuto y desapareció sin dejar rastro. Como si se lo hubiera tragado la tierra o hubiera algún subterráneo que…
¿Algún aparcamiento subterráneo?
Se le viene a la cabeza la imagen de su garaje, idéntico al penal federal de Solana Beach.
Si quieres perderte…
¿Es eso lo que está haciendo ese tipo? ¿Dar el golpe, meterse en un garaje subterráneo y cambiar de vehículo?
Lou toma nota de que debe inspeccionar los garajes próximos a la joyería de Houghton y que alguien viera algo.
O puede que todavía haya algo en alguno de ellos.
Está pensando en esto cuando ve que la mujer se levanta de la mesa. Sabe que no tiene ninguna posibilidad —ella se lo ha dejado bien claro con una sola mirada de desdén—, pero también sabe que la conoce de algo.
Lou, que es de la vieja escuela, lleva en la cabeza todo un archivo fotográfico y ahora se pone a hojearlo. No es una amiga de Angie (o se habría acercado a saludarlo, por curiosidad o para darse aires), no es alguien a quien haya detenido o…
Interrogado.
Sí, eso es.
La interrogaste hace siete años, por un robo de diamantes. El caso de la mujer que llevaba diamantes valorados en 645 000 dólares a una casa de Rancho Santa Fe y la atracaron cuando se le pinchó una rueda. No era la propietaria de la joyería ni la damnificada, era la…
… la agente de seguros, y la interrogaste para verificar el valor de la mercancía robada y las medidas de seguridad que se habían tomado… pero en realidad no era una empleada de la aseguradora, sino que…
Trabajaba por su cuenta.
Sharon…
Sharon… Carter.
No, Cole.
No, Coombs.
Sharon Coombs.
¿Y el tipo quién es?, se pregunta Lou.
Da la impresión de que acaban de conocerse, han charlado cinco minutos y ella ha cogido su café con leche hipersaludable y moderno y se ha largado. No han intercambiado números de teléfono, que él haya visto. Un intento fallido más de ligar en la 101, piensa Lou. Se han calibrado el uno al otro, han visto que la cosa no prometía y ha tirado cada uno por su lado.
Lou tiene, sin embargo, una sensación en el estómago —y no es el burrito—, algo que le dice que lo que acaba de presenciar es otra cosa.
Porque él no cree en las coincidencias.
Es de cajón, lo dice el Código 101, el reglamento básico del delito: el que cree en las coincidencias tiene un nombre: el Imputado.
Desde el interior del coche, Ormon ve que Coombs se aleja y sube a su Lexus.
Davis conduce.
Es lo que hace siempre cuando necesita pensar.
Código 101: si un trabajo te da mala espina, es que es chungo.
Davis lo sabe, lo sabe, pero…
No hay peros que valgan, se dice, solo la regla de oro, el Código 101, pero aun así…
Ese golpe es un chollo, un golpe excepcional por el que merece la pena hacer una excepción y saltarse las reglas. Es arriesgado, sí, pero ¿no es más arriesgado rechazarlo y hacer tres o cuatro trabajos más para ganar el mismo dinero?
Comprende entonces que va a hacerlo. Al pasar junto a la enorme chimenea de Carlsbad, sabe que va a saltarse las normas y a dar este último golpe.
Ahora la cuestión es cómo.
Hay dos momentos en que puedo hacerlo, piensa Davis.
El primero, en la suite del hotel, cuando el marchante esté entregando la mercancía. Habrá tres personas en la habitación: Shahbazi, el marchante y el guardia de seguridad. Tendrías que entrar en la suite (lo que no es problema), enfrentarte a tres hombres y coger las joyas y la pasta, y no tienes manos suficientes, literalmente, para coger las dos cosas y sostener un arma.
Piénsalo bien.
El marchante entra, hace la transacción y vuelve a salir con la pasta. Tú le asaltas en el pasillo, le incapacitas y luego entras en la habitación y coges las piedras. Tanto en el pasillo como en la habitación, serás uno contra dos, dependiendo de lo que haga el guardia de seguridad, escoltar la pasta o la mercancía.
Mejor así, aunque no ideal.
Piensa.
¿Dónde está el fallo esencial, qué es lo que estás pasando por alto?
Ya está en Oceanside cuando se le ocurre.
No tienes que neutralizar al guardia de seguridad, tienes que ser él.
En la 101 siempre encuentra la respuesta.
Esa noche, cuando Sharon sale de la ducha envuelta en una toalla, hay un hombre sentado en su cama. En la mano izquierda, apoyada sobre el regazo, tiene la pequeña Sig Sauer 380 que ella guarda en la mesilla.
—No grites —dice.
Sharon siente una opresión en el pecho. Le falta la respiración. Se lleva la mano a la garganta y consigue decir:
—Tengo herpes.
—No seas tan engreída —replica él—. No me interesa lo que tienes entre las piernas, sino lo que tienes entre las orejas.
Ella tiembla aterrorizada y se da cuenta de que a él le gusta verla temblar.
El hombre se acerca el cañón de la pistola a un lado de la cabeza y se rasca su extraño pelo amarillo.
—Tienes algo de valor ahí dentro. Algo que le contaste a Davis.
—No sé a qué se refiere.
—Pienso contarle a la policía todo lo que sé de ti. Te caerán diez años, mínimo, y las bolleras del talego… Uf, son casi todas mexicanas, y con una “güera” como tú se les va a hacer la boca agua.
No puedo, se dice Sharon. No puedo ir a la cárcel.
No pienso ir.
Ormon sonríe.
—Sé lo que estás pensando, Sharon. Estás pensando que le pondrás ojitos de cordero al juez y que a una blanca como tú, del condado de Orange, le dará la condicional.
Eso es, sí, más o menos lo que estaba pensando.
—Pero si eso sucede, Sharon —continúa él—, si eso llega a suceder, vendré a buscarte y me encargaré de ti en persona. Te destrozaré y ningún hombre volverá a mirarte. Porque les darás asco.
—Por favor…
—No hace falta que supliques. Solo tienes que optar por lo más inteligente. Te pagaré lo mismo que Davis. No perderás ni un céntimo y conservarás tu cara bonita. Así que, dime, ¿qué eliges?
Lou decide probar el yoga.
A McGuire le dio la risa cuando se lo dijo.
—¿El yoga? ¿En serio? Pero si tienes la flexibilidad de un bloque de cemento.
—Por eso quiero hacer yoga.
—Además, la barriga te cuelga por encima del cinturón —añadió su compañero.
—Pues por eso.
—¿Qué tipo de yoga?
—¿Es que hay varios?
—Claro. Hay uno en el que suben el termostato y sudas como un pollo, otro en el que se hacen las posturas a toda leche…
—¿Qué posturas?
—Otro en el que se hacen a cámara lenta —continuó McGuire—. Está el yoga con meditación, el yoga callejero… Hasta hay uno que se hace con cabras.
—¿Con cabras? ¿Y eso cómo es?
—No lo sé —contestó McGuire—. Ni quiero saberlo. Y tú no quieres hacer yoga. Tú lo que quieres es echar un polvo.
—¿Es que también se puede echar un polvo haciendo yoga?
—Cualquier tío heterosexual que va a yoga —dijo McGuire—, va para conocer a mujeres, a ver si consigue echar un polvo. Y los gais, igual: van para conocer a hombres con los que echar un polvo. De hecho, en hindi «yoga» significa «follar».
—Qué va.
—Pues como si lo significase —contestó McGuire.
—¿Y qué me dices de las mujeres? —preguntó Lou—. ¿También van a yoga a ver si echan un polvo?
—Eso espero, por tu bien.
En realidad, Lou tiene aspiraciones menos ambiciosas.
Si consigue perder un par de kilos, bien.
Y si coincide con Sharon Coombs, mejor que mejor.
Así que ahora pone el culo en pompa haciendo lo que el monitor llama «el perro boca abajo» y piensa que si el yoga no tiene que ver con el sexo, no será por el perro boca abajo, el perro boca arriba o cualquier otro perro.
Para colmo, el culo que sube y baja delante de él es el de Sharon.
Arriba, abajo, el guerrero uno, el guerrero dos, el saludo al sol… A Lou se le salen los ojos de las órbitas intentando no mirarle el culo a Coombs.
Para llevar esas mallas —concluye— habría que tener un permiso especial.
Cuando se acaba la clase, está sudoroso, cansado y cachondo. Y Coombs ni le ha mirado. Pero al salir del vestuario, cuando se está colgando la insignia del cinturón, ella le lanza una mirada.
Y luego otra.
Y además le habla.
—¿Es tu primera clase?
—Se nota, ¿eh?
—No, lo has hecho genial.
—Gracias, aunque sea mentira —contesta él.
Ella le mira de verdad a los ojos y pregunta:
—¿Te apetece un batido?
—Preferiría un bocadillo de pastrami —responde Lou—. Pero puedo acompañarte tomándome un café.
—¿No te gustan los batidos?
—No me gusta ni el nombre.
Coombs se echa a reír.
Mientras bajan las escaleras, Lou sabe ya que no es él quien le interesa.
Es su insignia policial.
Unos minutos después, están sentados en la terraza del Coffee Company de Solana Beach.
—¿A qué te dedicas, Lou? —pregunta Sharon mientras bebe un brebaje verde que, según Lou, parece vómito pasado por la bolsa de un cortacésped.
—Soy policía. Imagino que no te acuerdas de mí.
Ella le mira desconcertada.
—Fue hace unos años —añade él—. Te interrogué por el robo de unos diamantes.
—Vaya, lo siento —contesta ella—. ¿Y fui yo?
—¿Sabes?, la verdad es que no llegué a descubrir quién robó esas piedras.
—¿No? Qué raro.
—¿Raro por qué?
—Porque tengo la impresión de que eres uno de esos tíos que todo lo que hace lo hace bien.
McGuire tenía razón.
El yoga es puro sexo.
—Lo haces muy bien —dice Sharon un rato después, tendida en la cama de Lou mientras contempla el océano por la ventana.
—También has dicho que hacía bien yoga.
—Eso era mentira. Ahora estoy diciendo la verdad. ¿Cómo es que tu mujer te dejó escapar?
—Le gustaba más un abogado.
—Puaj.
—Eso mismo pienso yo.
Se quedan tumbados unos minutos disfrutando del espectacular panorama y luego Lou dice:
—Oye, Sharon, ¿te apetecería cenar conmigo alguna vez?
—No sé, Lou —contesta ella—. Podemos follar, pero cenar juntos… Eso es muy íntimo.
Lou no sabe si lo dice en broma o no. Follar es un encuentro entre aparatos genitales; cenar, un encuentro entre dos mentes, y tiene la impresión de que en la 101 es más frecuente lo primero.
Ella se desliza por la cama y empieza a hacerle la reanimación oral.
—Te veo muy optimista —comenta él.
—Lo soy.
—Oye, Sharon… ¿Por qué no me dices qué es lo que quieres de verdad?
Ella levanta la mirada.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunta Lou.
Sharon acaba de confesarle su participación en un delito y su complicidad en otro. Podrían caerle entre doce y veinte años de prisión.
—Porque tengo miedo. —Parece de verdad asustada. Puede que el hecho de estar desnuda contribuya a que parezca más temerosa, más vulnerable—. ¿Vas a protegerme?
—Sí, te protegeré.
Para eso no hacía falta que te acostaras conmigo, piensa él. Aunque desde luego tú creías que sí. O puede que lo hayas hecho porque pensabas que así conseguirías un acuerdo.
—Te he proporcionado información —le oye decir—. Así que, ¿no tendré que ir a la cárcel?
—Creo que algo podrá hacerse —contesta Lou—. ¿Qué le dijiste a ese tío? ¿Al que te amenazó?
—Lo mismo que te he dicho a ti.
De modo que Davis, como lo llama Sharon, va a atracar a Shahbazi en la habitación del hotel, y luego el del pelo amarillo asaltará a Davis cuando salga.
Solo que Davis no saldrá de esa habitación, se dice Lou.
El guardia de seguridad se llama Nelson.
Robert David Nelson.
Bob.
Davis, que sabe su nombre por Sharon, se ha informado sobre él: fue policía en Milwaukee y al prejubilarse se vino a San Diego por el sol y la buena vida; está casado y tiene dos hijos ya mayores. No hay una sola mancha en su expediente y es buen tirador.
Lleva tres días vigilando a Nelson. Le ha visto acompañar a Ben Haddad en un traslado (o sea que el bueno de Sammy ha escarmentado); le ha visto ir al supermercado con su mujer, Linda; y le ha visto ir al gimnasio y sudar la gota gorda en la bicicleta estática.
Después, le ha visto ir a un bar a tomar una cerveza.
Y luego volver a casa.
Así que no parece tener problemas con la bebida.
Ni ninguna amante.
A las nueve y media ya está en la cama.
No es un tipo que tenga intenciones ocultas, o que vaya a hacer algo precipitado o estúpido.
Y eso está bien, Davis lo sabe.
Ya lo dice el Código 101: siempre es mejor enfrentarse a un listo que a un tonto.
Davis se ha esfumado.
Pero a Ormon le da igual.
No sabe dónde está, pero sabe dónde va a estar.
Y cuándo.
Lo que es mucho mejor.
McGuire contesta al teléfono.
—Lou…
—¿Qué?
—Es Sam Kassem. Dice que enfrente de su tienda hay un tipo que le da mala espina.
Salen para allá enseguida. Solo la unidad de Lou, en coches sin distintivos.
Si es el Salteador de la 101, Lou no quiere que los coches patrullas le ahuyenten.
Pero no debería ser él, se dice con el estómago revuelto mientras van hacia El Cajón. Él no atraca dos veces al mismo joyero. Y tiene entre manos un golpe mucho más grande; no va a arriesgarse a cagarla por un trabajillo de poca monta.
Lo que pasa es que a Sam le ha entrado el canguelo desde que le atracaron.
Lou llama por teléfono a su gente.
—Rodead la manzana, pero no os acerquéis demasiado. Entramos McGuire y yo.
McGuire para al final de la manzana y ve un Camaro último modelo aparcado frente a la tienda de Sam.
—Ha entrado —dice McGuire—. Hay que aprovechar que está dentro.
Vaya, hombre, piensa Lou. ¿Se le habrá ido la olla al chaval?
Lou sale del coche, saca su Glock 9 y la oculta detrás de la espalda. No saca la pistola en acto de servicio desde hace… desde hace una eternidad.
En ese momento, un tipo sale corriendo de la tienda con unos cuantos relojes en la mano y una pistola en la otra.
Lou se coloca en posición de disparar, le apunta al pecho y grita:
—¡Policía! ¡Alto! ¡Tire el arma!
Oye gritar a McGuire:
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
El atracador se queda quieto.
Duda.
Toma una decisión.
—¡No lo hagas! —grita Lou—. ¡No lo hagas!
Por favor, no lo hagas.
Pero lo hace.
Les apunta con la pistola.
Lou aprieta el gatillo y sigue apretándolo, una y otra vez.
Igual que McGuire.
El tipo se desploma en la acera.
—Es tu hombre —dice McGuire, de pie junto al cadáver.
—No, no es él —contesta Lou, agotado de pronto ahora que la oleada de adrenalina ha bajado de golpe.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
¿Un puñado de relojes frente a diez millones de dólares?
Venga ya. Eso no hace falta ni que lo diga el Código 101.
Es aritmética elemental.
Mientras mira por el ventanal el Pacífico, que azota las rocas allá abajo, se siente asqueado y enfermo.
Nunca había matado a nadie.
Y es horrible.
No porque vaya a haber una investigación —de la que sabe que saldrá indemne— o porque vaya a estar exento de servicio hasta que se aclare el asunto, sino porque le ha quitado la vida a un ser humano. Él no se hizo policía para eso. Se hizo policía para ayudar a la gente, y una persona ha muerto por unos relojes de mierda.
Le dan ganas de mandarlo todo al garete.
Sabe lo que debería hacer.
Sabe lo que le convendría hacer.
Lleva toda la vida cumpliendo las normas.
Pero aun así se lo piensa.
Lo de ir a la contra, pasarse al otro lado.
Porque el plan del atracador tiene un agujero en la trama, un descosido, y él lo ha encontrado.
¿Diez millones en metálico y piedras preciosas?
Es mucha pasta.
Tanta como para cambiarte la vida.
Como para dejar el trabajo y vivir para siempre en la playa.
Ahora entiende que la gente elija vivir en sitios así. Bellas vistas, gente guapa.
Atardeceres espléndidos.
Desaforados destellos de rojo, naranja y violeta mientras el mar pasa de azul a gris y luego a negro.
Porque si uno va a largarse al atardecer, se dice Lou, tendría que ser en un atardecer como este.
Eso es lo que está pensando cuando suena el timbre.
Es Angie.
—Hola —dice.
Está guapísima.
Ha cambiado de peinado. El pelo un poco más corto, algunos reflejos… Parece haber perdido un par de kilos.
—Para contestar a la pregunta que te ronda por la cabeza —dice—, he aprovechado que alguien abría la puerta de fuera para entrar.
—Yo no he dicho nada.
—¿Puedo pasar?
Lou se aparta y la deja entrar.
Ella mira por el ventanal.
—Vaya… Qué cosas, Lou, tú viviendo junto al mar. Supongo que esto es lo que llaman primera línea de playa.
—Sí, creo que sí.
—¿Y puedes permitírtelo? Porque el alquiler debe de ser…
Ni que fuera asunto tuyo, piensa Lou.
—Va a ser una temporada.
—¿Y luego qué?
Se encoge de hombros.
—Ya veremos.
—Veo que te ha poseído el espíritu playero. ¿No habrás empezado a hacer surf?
—No, no he empezado a hacer surf —contesta Lou—. Pero me lo estoy pensando. ¿Quieres un batido?
—No, no quiero un batido.
—¿Y qué quieres, Angie? ¿A qué has venido?
Ella lo mira un momento.
—He venido a ver si quieres volver conmigo —dice con los ojos empañados.
Ah.
Eso no me lo esperaba.
Es lo que quería, pero no me lo esperaba. Claro que quiero volver contigo, piensa, pero se oye decir:
—La verdad, Angie, es que creo que no.
Porque hay que ir a la contra, es de cajón.
Lo dice el Código 101: nunca seas predecible.
Davis nunca se pone nervioso el día que va a dar un golpe, solo nota el imprescindible subidón de adrenalina.
Esta mañana, en cambio, está inquieto, tiene los nervios a flor de piel. ¿Se debe a que es su último trabajo o a que intuye que algo se va a torcer?
Todavía estás a tiempo, se dice mientras mira el océano por el ventanal.
Todavía puedes dejarlo.
Coger la 101 hacia el norte y largarte.
Olvidarte de este asunto.
De pie en su terraza, tomando la primera taza de café del día, Lou está pensando más o menos lo mismo.
No lo hagas, se dice mientras se pone el traje y se ajusta la funda de la Glock.
Baja al garaje y monta en el coche.
Al lado del suyo hay aparcado un coche nuevo.
Un Mustang verde oscuro, con un aire un poco retro.
Como el de esa película, se dice Lou. ¿Cómo se titulaba?
Ah, sí, Bullitt.
Con Steve McQueen.
Davis coge el Mustang para ir al aeropuerto.
Un Mustang Bullitt de 2019.
Verde oscuro. (Cómo no).
Motor V8 atmosférico de 5 litros y 460 CV.
Diferencial de deslizamiento limitado Torsen 3.73.
Caja de cambios manual de seis velocidades con sistema de ajuste de revoluciones.
Y tubo de escape con doble salida.
Lou ve bajar al marchante de joyas por la escalera mecánica.
Se acerca a él.
—¿Señor Pérez?
Pérez asiente.
Lleva en la mano derecha un maletín Halliburton.
—El coche está fuera —dice Lou, y acompaña a Pérez a la calle.
El marchante da un respingo al ver el Civic destartalado. Aquí pasa algo raro. Se vuelve a mirar a Lou, que le enseña su insignia policial.
—Le conviene subir al coche, puede creerme —dice.
Pérez se sienta en el lado del copiloto y Lou ocupa el asiento del conductor.
—Hay dos maneras de resolver esto, señor Pérez. Puedo detenerle ahora mismo por transporte interestatal de bienes sin declarar…
—Yo solo soy un mensajero —replica Pérez—. Desconozco la procedencia de estos…
—Eso cuénteselo a cualquier fiscal joven y ambicioso, a ver si le cree —le interrumpe Lou—. O podemos resolver esto a mi manera —añade.
Pérez opta por la opción número dos.
El agujero en la trama.
Davis espera en el aparcamiento de recogida de pasajeros.
Ve llegar a Nelson, el guardia de seguridad.
Llega temprano, como suelen llegar siempre los escoltas, mucho antes de la hora a la que está previsto que aterrice el avión del marchante. No quiere, claro está, que alguien que lleva un maletín con joyas valoradas en cinco millones de dólares espere en la acera, frente a la terminal.
Davis también tiene los datos del vuelo.
Se los dio Sharon: la información del vuelo, el nombre y hasta una foto del correo, un tal Pérez.
Se ha vestido para el papel. Traje negro, camisa blanca, corbata roja y zapatos de cuero negros. Los escoltas van siempre impecablemente vestidos, con el traje bien ceñido, para dar al cliente una impresión de profesionalidad. A fin de cuentas, nadie quiere que el tío que va a proteger su vida y su dinero parezca un payaso o un jipi, o un chófer de un servicio de coches de alquiler.
Davis lo sabe: el que es flojo, viste flojo.
Por eso McQueen iba siempre elegante, como un pincel.
Porque sabía lo que sabe Davis, otra regla de oro: que uno tiene que vestir de acuerdo con su negocio.
El marchante no traerá equipaje. Irá directamente del avión a la calle.
Unos seis minutos, a buen paso.
Davis echa un vistazo en el móvil a la aplicación de seguimiento de vuelos. El avión ha aterrizado. Sale del coche, se acerca al coche de Nelson —un Lincoln—, sonríe y toca en la ventanilla del conductor.
Nelson la baja.
Davis se ladea para que Nelson vea la Sig con la que le apunta a la cara.
—Pon las manos sobre el volante, Bob.
Nelson obedece.
Sosteniendo el móvil con la mano izquierda, Davis le enseña una imagen en vivo de su casa: Linda está recortando el seto de la entrada.
—Voy a explicarte lo que vamos a hacer —dice—. Vas a darme tu teléfono muy despacio. Luego te vas a quedar aquí sentado dos horas, con la boca bien cerrada. Y después te vas a ir a casa con Linda. Porque, si te quedas aquí dos horas, Linda seguirá estando en casa. Perderás tu trabajo, claro, pero seguirás teniendo a tu mujer y tu pensión de Milwaukee. ¿Conforme?
—Sí.
Davis le cree. Un tipo decente arriesgaría quizá su propia vida, pero no la de su esposa.
—Muy bien. Dame el teléfono.
Nelson acerca despacio la mano a la consola del coche y le pasa su móvil.
—No haga daño a mi mujer.
—Eso depende de ti.
Cuando Davis vuelve a subir a su coche, el teléfono de Nelson recibe un mensaje.
Ya he aterrizado, voy hacia la salida.
Entendido, le espero allí, contesta Davis.
Ormon no está en el aeropuerto.
Ha preferido saltarse los preliminares.
Está enfrente de L’Auberge, esperando a que llegue la hora. Lleva una Mac-10 debajo de la chaqueta roja de cuero sintético, lista para disparar.
Y le importa muy poco a cuánta gente tenga que cargarse. ¿Por once millones? ¡Venga ya! ¿Me tomas el pelo?
Echa un vistazo al teléfono.
Ya ha aterrizado el avión.
Davis estará a punto de entrar en escena.
Para su…, ¿cómo se dice?…, para su acto final.
Davis está esperando cuando el marchante sale de la terminal.
Sale del coche, le hace una seña y le abre la puerta de atrás. El marchante mira el Mustang de reojo.
—Prefiero un coche rápido, por si tengo que acelerar —comenta Davis.
El marchante sube al coche.
Davis cierra la puerta, da la vuelta, vuelve a sentarse al volante, comprueba el espejo retrovisor y arranca.
—Hay atasco en la 5 —dice—, así que he pensado tomar la 101, si le parece bien.
—Soy de Nueva York —contesta el marchante—. No sé cuál es la 5 ni cuál es la 101. Aquí todo son números. Vaya por la ruta más rápida.
—Creo que será la 101.
Qué idiotez, piensa Lou. Menudo friki es este tío. Está obsesionado con la 101, y eso que es uno de los mejores atracadores, y de los más listos, que ha conocido. O puede que sea un viaje de despedida, un último trayecto por su carretera adorada.
Claro que también podría ser mi último trayecto si las cosas no salen como he planeado, se dice Lou.
—Este es el coche de Bullitt, ¿no? —pregunta.
Yo conozco a este tío, piensa Davis.
No es la primera vez que lo veo.
«Y cuando Davis ve más de una vez a una persona que no conoce —sobre todo si es en dos sitios distintos—, quiere saber a qué se debe.
»Lo dice el Código 101: el que cree en las coincidencias tiene un nombre: el Imputado».
Pero no consigue ubicarlo.
Da igual, piensa. Lo que exige el Manual es que pare, salga del coche y me largue.
Pero no lo hace.
—¿Bullitt o La huida? —pregunta Lou.
—¿Disculpe?
—Está claro que es un fan de McQueen. ¿Qué película es mejor? ¿Bullitt o La huida?
Procura que siga hablando, se dice Lou. Porque se está poniendo nervioso.
Se le nota. Ha mirado ya dos veces por el retrovisor, furtivamente, y a Lou le preocupa un poco que le haya reconocido de la cafetería.
Si me relaciona con Sharon Coombs, se acabó, se largará.
Es de cajón, puro Código 101.
—Yo prefiero Bullitt —dice Davis—. Aunque las dos son magníficas.
Aprovecha la ocasión para mirar por el retrovisor, fijamente esta vez, a ver si descubre de qué conoce a este tío.
—La persecución de coches, ¿eh? —dice el marchante.
—Exacto.
—Yo en cambio prefiero La huida. El personaje que hace McQueen.
—Doc McCoy.
—Doc McCoy.
Davis toma Grand Avenue, se dirige hacia el oeste atravesando Pacific Beach y luego tuerce hacia el norte en Mission Boulevard, que es el nombre que recibe la 101 en este barrio. En Mission toma el desvío de la izquierda hacia La Jolla Boulevard, sube por Bird Rock y entra en el lujoso Village.
Y entonces se acuerda.
La cafetería.
Estaba sentado a una mesa, enfrente de él y de Sharon.
Me ha descubierto, piensa Lou. Se le nota en cómo le mira Davis por el espejo, en cómo se crispan sus manos sobre el volante.
Decide jugársela porque sabe que es mejor saberlo cuanto antes.
—¿Sabe cuál es mi película favorita de McQueen?
—¿Cuál?
—El caso de Thomas Crown —contesta Lou con una sonrisa.
—McQueen hacía de ladrón de guante blanco, ¿no? —pregunta Davis.
—Sí, así es. Y Faye Dunaway, de agente de seguros.
Lárgate, piensa Davis.
Para el coche y lárgate.
O date la vuelta y pégale un tiro en la cara.
Lou ve que Davis acerca ligeramente la mano a la consola central.
Así que ahí tiene la pistola, piensa, y él también desliza la mano bajo su chaqueta para acercarla a la Glock.
Esto puede torcerse en cualquier momento.
Puede que sea por los once millones, por ese último golpe millonario, o quizá porque no le gusta que le tomen por tonto. El caso es que Davis sigue conduciendo y dice:
—Me parece que no era agente de seguros. Creo que era investigadora.
—Sí, exacto —contesta el marchante.
Siguen por La Jolla Boulevard, dejan atrás la cala, se desvían hacia Prospect y luego hacia Torrey Pines, cruzan la universidad, pasan por el campo de golf y bajan luego por la larga ladera que desemboca bruscamente en la playa de Torrey Pines. Después, suben por la cuesta empinada que lleva a Del Mar.
Saben ya los dos que van a llevar esto hasta el final.
¿Quién va a echarle más huevos? A eso juegan en la 101.
—Ya casi hemos llegado —dice Davis.
Sí, así es, piensa Lou.
Casi hemos llegado adonde vamos.
Lou pulsa el timbre de la suite 243.
Davis está detrás de él, vuelto de espaldas, mirando pasillo abajo.
Shahbazi abre la puerta. Viste traje de lino gris y camisa blanca con el cuello abierto.
—¿El señor Pérez?
—Sí.
—Pase, por favor.
Davis entra primero, echa un vistazo a la habitación y le indica a Lou con un gesto que entre.
Lou cierra la puerta.
Davis ya ha sacado su Sig Sauer.
—No tiene por qué haber heridos. La pistola, la que lleva debajo de la chaqueta, déjela sobre la cama.
Shahbazi mira a Lou.
—Haga algo.
Lou saca su Glock y la deposita suavemente sobre la cama.
—Abre el maletín, quiero echarle un vistazo —dice Davis.
Lou coloca el maletín encima de la cama, gira la rueda de la combinación y abre la tapa. Saca la pistola y apunta a Davis.
Código 101: lleva siempre una de repuesto.
—Tira el arma —ordena Lou—. Soy policía. Llevo mucho tiempo buscándote.
—No voy a ir a prisión —responde Davis—. Estoy dispuesto a disparar.
—Nunca has matado a nadie.
—Para todo hay una primera vez. —Davis lo mira detenidamente—. Tú, en cambio, sí has matado.
—Y fue una puta mierda.
Davis sabe que está jodido.
Ha quebrantado sus normas y ya solo puede hacer una cosa: volver a ceñirse a ellas.
Código 101: todo el mundo tiene un precio.
—Te propongo una cosa —dice—. Me llevo las joyas y dejo el dinero. Haz lo que quieras con él.
Lou señala a Shahbazi con la cabeza.
—¿Y qué hay de él?
Todo el mundo tiene un precio, se dice Davis. Lo dice el Código 101.
—¿Qué va a hacer? ¿Denunciar el robo de un maletín lleno de joyas sin declarar? Con cinco millones, puedes irte donde quieras.
A Lou empieza a pesarle la pistola en las manos. Nota que empiezan a temblarle.
—¿Te acuerdas de cómo acaba La huida?
Davis parece desconcertado.
—Sí. Doc escapa.
—Eso es en la película —responde Lou—. En el libro hay un epílogo. Doc desaparece, pero la cosa no acaba bien.
—¿Eso es un no? —pregunta Davis, y tensa el dedo sobre el gatillo.
La puerta se abre de golpe.
Ormon lleva la Mac-10 en alto, ve primero a Lou y apunta hacia él.
Soy hombre muerto, piensa Lou.
Pero la cabeza de Ormon estalla.
Lou se gira y ve que Davis ha disparado.
Davis vuelve a apuntarle, pero no aprieta el gatillo.
—Bueno —dice Lou—, ¿qué vamos a hacer?
—¡Deténgalo! —grita Shahbazi.
—Cállese —ordena Lou—. Sharon me dijo que este iba a ser tu último trabajo. ¿Tienes suficiente dinero ahorrado para vivir?
—No con muchos lujos.
—Pero sí para vivir. Entonces coge tu coche y vete. Y no vuelvas por San Diego.
—¡¿Qué?! —grita Shahbazi.
—¿No le he dicho que se calle? —pregunta Lou, y añade dirigiéndose a Davis—: Permíteme plantearlo de otra manera. ¿Qué haría Steve McQueen?
Davis sonríe.
—Conducir.
—Pues conduce —contesta Lou—. Es de cajón.
De cajón, piensa Davis. El Código 101: haz siempre lo que haría Steve McQueen.
Lou sigue apuntándole mientras sale por la puerta.
—¡¿Va a dejar que se escape ese ladrón?! —grita Shahbazi.
—El ladrón está en el suelo. El célebre Salteador de la 101 —dice Lou mirando al chavalín del pelo amarillo chillón. Para él, se acabó lo que se daba.
—¡Voy a hacer que le echen de la policía!
—No va a hacer nada de nada —replica Lou, que ya empieza a oír las sirenas. Tiene que darse prisa—. Cuando llegue la policía, va a escuchar atentamente lo que yo les diga, va a asentir con la cabeza y a darme la razón en todo. Luego se irá a la boda de su sobrina y repartirá los regalos dándose aires de gran señor. ¿Entendido?
Entendido.
Davis conduce.
Hacia el norte por la 101.
Cruza Del Mar, deja atrás el hipódromo.
Deja atrás el letrero de neón rosa que proclama Solana Beach junto a Fletcher Cove, el bar Tidewater, la pizzería Port, la tienda de surf de Mitch y el concesionario de motos Moreland. Baja la ladera hasta el largo trecho de playa de Cardiff y luego sube, cruza Swami’s y Encinitas, pasa junto a Moonlight Beach, deja atrás el viejo teatro La Paloma, pasa bajo el cartel que cruza en arco la 101 y que anuncia Encinitas.
Marcha luego en paralelo a las vías del tren y los eucaliptos de la bulliciosa Leucadia, llega a la anticuada Carlsbad, pasa junto a la central eléctrica cuya vetusta chimenea evoca ecos de Springsteen y William Blake.
Un paisaje que sabe que no volverá a ver.
Sigue conduciendo todo el día y toda la noche, parando solo para poner gasolina. Cruza San Clemente, Laguna Beach, Newport Beach, Huntington Beach, Seal Beach, Long Beach, Redondo y Manhattan. Rodea Marina del Rey, atraviesa Santa Mónica, Malibú, Oxnard y Ventura.
Luego se desvía ligeramente hacia el oeste, pasa Santa Bárbara, se dirige hacia el norte hasta Pismo y Morro Bay. Cuando amanece está ya en Big Sur, y desde allí va a Monterrey y Santa Cruz.
Llega a San Francisco cruzando el puente.
Stinson Beach, Nick’s Cove, Bodega Bay.
Jenner, Stewarts Point, Gualala.
Punta Arenas, Elk, Albion.
Little River, Mendocino.
Para al llegar a Fort Bragg.
Una casita de estilo Craftsman justo al este de la carretera y al norte del pueblo. La compró hace años y, aparte de mantenerla limpia y en perfecto estado, no ha vuelto.
Hasta ahora.
Ahora, será su hogar.
Código 101: si puedes escapar, escapa.
Lou le da el último bocado a su perrito y se limpia la mostaza de los labios con el dorso de la mano.
A su espalda, el luminoso de Solana Beach reluce, rosa como el atardecer.
Su historia coló. ¿Y por qué no iba a colar? «Policía legendario frustra un atraco a un joyero y mata al Salteador de la 101». A los jefazos no les hizo ni pizca de gracia su táctica del lobo solitario ni su jactancia, pero ¿qué iban a decir? Había resuelto de golpe una docena de atracos y quitado de en medio a un delincuente peligroso.
Bob Nelson estuvo más que dispuesto a seguirle la corriente y confirmó que el agente Lubesnick ocupó su lugar aquel día con el propósito expreso de tender una trampa al ladrón. Sus jefes lo encajaron a regañadientes, pero no podían despedir a un empleado que había contribuido a frustrar un robo millonario.
En cuanto a Sharon Coombs, lo último que Lou supo de ella es que estaba en Pittsburgh, trabajando como perito para una compañía de seguros de automóviles.
¿Y Angie?
Siguieron adelante con el divorcio y Lou tiene entendido que está saliendo con un asesor financiero.
Él ha seguido viviendo en Solana Beach, no en el apartamento de primera línea de playa, que no podía permitirse pagar a la larga, sino en uno de Seaside Chateau que no tiene muy buenas vistas pero está cerca del mar. Le gusta este estilo de vida, le gusta ir al Coffee Company de Solana Beach a desayunar burritos y hasta va a clase de yoga una vez por semana.
Ahora, Lou sale con su Honda Civic a la 101 y se dirige hacia el norte. Deja atrás el bar Tidewater, la pizzería Port, la tienda de surf de Mitch y el concesionario de motos Moreland.
Ha llegado a amar esta carretera como un hombre ama a una mujer.
Podría recorrerla día y noche, a todas horas.
Su nueva matrícula es una de esas matrículas negras californianas de estilo retro.
Dice:
CÓDIGO 101.