La carretera era tan sólo una cinta plateada bajo la luz de la luna, con la línea roja del control-guía automático brillando débilmente a la derecha como un hilo de sangre. El hilo se encrespaba y gemía en las curvas, como si de pronto adquiriese vida propia, para morir después en las rectas en un deslizamiento pasivo. Los suspensores gemían débilmente, dando la sensación de que el coche flotaba entre las nubes. La aguja del velocímetro iba avanzando: ciento sesenta, ciento ochenta. La luna saltaba de cristal en cristal en las curvas, ahora a la izquierda, ahora delante, como si observara el interior del coche.
—Qué dicha el vivir —dijo Boni desde el asiento trasero; y Rosa respondió con un gruñido de placentero asentimiento.
Pablo hundía lentamente el pie en el acelerador. Era un gesto inconsciente, aunque Alfonso, en la Facultad, le hubiera sacado de inmediato al hecho implicaciones freudianas. Rió suavemente. Miró con el rabillo del ojo a Ana, que permanecía inmóvil, un poco envarada, en el asiento de al lado.
Al llegar a los doscientos la luz de aviso del control-piloto se encendió, indicando tope de velocidad.
—Al diablo, cerdo cobarde —dijo Pablo; y desconectó el automático.
Ana miraba fijamente la serpenteante linea roja de la derecha, como hipnotizada. Es una estúpida, razonó Pablo fríamente. Sin embargo, se dijo a continuación, a pesar de ello la había invitado a la Sesión. No sabía aún por qué lo había hecho, aunque la verdad era que tampoco se había preocupado demasiado en averiguarlo. Este tipo de razonamientos no eran demasiado frecuentes en él. Sí, algunos de sus compañeros le habían hablado un poco despectivamente de ella: nunca había ido con nadie a más de doscientos, nunca se la había visto en ninguna Sesión, apenas salía con chicos. La propia Rosa le había expresado el más lapidario juicio al respecto: «es una decimonónica». Pero a pesar de ello la había invitado. La realidad era que le hizo la proposición convencido de que rehusaría, más por diversión que por otra cosa. Pero ella había dicho sí. Y ahora estaba sentada allí, a su lado, inmóvil, envarada, ¿un poco fría?, mirando fijamente la perspectiva de la autorruta a más de doscientos kilómetros por hora.
Es natural, filosofó como cierre a la cuestión: nunca ha ido a esta velocidad.
Y sujetó fuertemente las palancas de dirección. A más de doscientos se inicia el peligro, la aventura. El piloto-robot se inhibe, debe conducir uno mismo, y ahí reside la mayor emoción.
Doscientos cuarenta. ¿Qué te parece, retrógrado estúpido? La carretera era tan sólo un velo relampagueante, con apenas una nota de color. En el asiento de atrás, Boni le estaba diciendo algo a Rosa en voz muy baja, y Rosa reía suavemente. Mirando a través del retrovisor en la semioscuridad de la cabina, preguntó:
—¿Nos divertimos?
Boni contestó con un gruñido. Rosa rió un poco más fuerte.
Pablo miró el reloj.
—Quedamos a las veintitrés, ¿no?
—Sí —rezongó Boni—. Apresúrate, o vamos a llegar tarde.
—Estúpido. Faltan aún siete minutos. ¿Te crees que no soy capaz de recorrer cuarenta kilómetros en siete minutos?
Apretó aún más el acelerador. El velocímetro señalaba doscientos setenta. Los transistores del piloto automático saltarían en pedazos si pudieran ver aquello, pensó, y el pensamiento le hizo reír. Sintió una repentina confianza en sí mismo.
Ana seguía inmóvil a su lado, mirando fascinada hacia adelante. Sin apartar las manos de las palancas se inclinó hacia ella y la besó. Notó un ligero relajamiento. Volvió a besarla, más fuerte.
El coche dio un par de bandazos antes de volver a recuperar la estabilidad.
Era un edificio de ladrillo rojo, situado a un lado de la carretera. Unos años antes se le hubiera llamado «victoriano»; ahora era tan sólo «una ruina». De todos modos, era anterior a la industrialización masiva de la construcción, por lo que era de la clase de edificios preferidos por la juventud. «Oh, hundirnos en el pasado, sumergirnos y soñar…».
Detuvo el coche en la entrada, pasando de ciento ochenta a la inmovilidad absoluta en ocho segundos. Ana estaba pálida, pero no dijo nada. Abrieron las puertas y bajaron.
Casi todos los fijos habían llegado ya: Nando, Vicky, Pedro, Juana, Tina, Luis… La chimenea estaba encendida, y la luz de los troncos ardiendo era lo único que iluminaba lo vasta habitación empapelada en estilo rancio. Los antiguos cuadros y retratos habían sido retirados, y sustituidos por grandes carteles de colores chillones que llenaban todo un paño de pared. En algunos lugares se veía aún, por las diferencias de tonalidad, los huecos de los cuadros retirados. Había sobre todo uno pequeño, ovalado, aislado completamente de los demás, y cuyo vivo color indicaba que el cuadro había permanecido muchos años allá antes de ser retirado. El retrato del abuelito, había dicho un día Vicky riendo; y Nando había corrido a buscar una barba postiza para hacer una parodia, y no la había encontrado, y se irritó, y rompió unas cuantas botellas, y la Sesión había terminado en una estupenda pelea.
A todo un lado de la habitación había un largo mostrador de caoba, imitando las barras de los antiguos bares del oeste de los Estados Unidos. Nando, el anfitrión, era un fanático del western. Porque la casa, por supuesto, no era un local público. Los locales públicos, decía Wooldrich, son una lacra de la sociedad, los pervertidores de toda la juventud. Wooldrich era el pensador de moda entre los jóvenes, el maestro de las nuevas generaciones, algo semejante a lo que había sido Marcuse hacía años, antes de que cayera en desuso y la gente empezara a considerarlo démodé. A muerte con los clubs, gritaba en las manifestaciones, en los parques públicos, en las asambleas de estudiantes; a muerte con las discotecas, a muerte con los locales públicos donde la juventud debe someterse a normas estrictas, donde no puede hacer lo que quiere, hablar de política, romper cosas, tomar drogas, hacer el amor. A muerte con las instituciones caducas.
Y se habían quemado algunos locales públicos, y los demás habían tenido que ir cerrando por falta de clientes. Los Grupos de jóvenes habían conocido un auge extraordinario, y habían empezado a nacer las Sesiones. Cada Grupo tenía su Anfitrión, que era el jefe, el que mandaba en todo, el que proponía y organizaba las Sesiones. El Anfitrión tenía que ser el más valiente, el más rebelde, el más inconformista; y tenía que tener también una casa adecuada, una casa donde pudieran reunirse todos, una «ruina» bien decorada, bien habilitada para que el Grupo pudiera sentirse allí a su gusto, como en su casa.
Y allí estaban todos. Diecisiete hoy, entre chicos y chicas. Aunque no importaba el número; no importaba el que uno fuera solo o acompañado, aunque generalmente todos fueran por parejas o en grupos menores; no importaba tampoco el que uno perteneciera o no al Grupo para asistir. En realidad, no importaba nada: todas las Sesiones eran abiertas a todo el mundo, y todo el mundo podía asistir con tal de que abonara su parte correspondiente en los gastos y se sometiera a las normas particulares del Grupo y de la Sesión. Todo el mundo podía participar o no participar en los juegos y diversiones de la colectividad, venir e irse cuando quisiera, y era frecuente que una vez iniciada la Sesión hubiera un reajuste general de parejas, según los gustos o el estado anímico del momento y de cada uno.
Y sin embargo, una Sesión era algo organizado. Ésta era la tarea del Anfitrión, y de su mayor o menor acierto en desarrollarla dependía su éxito y el del Grupo, o su fracaso en caso de fallar, con el consiguiente disolverse de sus componentes ante el desencanto de unas nuevas emociones frustradas o al aparecer otro Anfitrión con mayores méritos.
Nando se dirigió directamente hacia Pablo al verlo entrar. En el fondo de la habitación, presidiendo a todos los demás, había un gran cartel. Unas letras negras rezaban, sobre fondo rojo: … si mañana hemos de morir; y tras ellas, en el marco del hongo gigantesco de una explosión atómica, una pareja haciendo el amor. Al avanzar hacia Pablo, el cartel quedó a sus espaldas y el hongo atómico formó como una ridícula coronilla santurrona alrededor de su cabeza. Pablo se echó a reír.
—En forma —dijo Nando.
—En forma —dijo Pablo. Pero hoy no estaba demasiado convencido de ello.
Boni y Rosa se habían ido hacia un rincón, donde Rosa había abrazado efusivamente a un muchachillo enclenque, delgado y muy à la page, mientras Boni se ponía a charlar amigablemente con una rubia de sucinto traje. Nando miró a Ana y se rió.
—¡Hey!, ésa es nueva. ¿De dónde la has sacado?
Ana miró a Pablo. Se encontraba algo desconcertada ante aquel ambiente que desconocía. Pablo la enlazó por la cintura, como si quisiera infundirle confianza y al mismo tiempo indicar posesión.
—Es mía —dijo, dando a entender a Nando que no se metiera con ella.
Nando examinó a Ana de arriba abajo con una mirada provocativa.
—Bueno, bueno —dijo—. Así que es novata. —Se echó a reír—. Faltará verla desnuda —dijo. Dio media vuelta sin darle mayor importancia a la cosa, y se dirigió hacia otro grupo.
—No me gusta —dijo Ana impulsivamente.
—No le hagas caso —dijo Pedro—. Es la forma usual de tratar a los novatos. Todos tenemos que pasar por ello, ya te acostumbrarás. Cuando hayas venido a un par de Sesiones ya ni siquiera te prestará atención.
Se dirigieron hacia la barra, y Ana se sentó en un alto e incómodo taburete. Pablo hizo un gesto al que actuaba de camarero.
—Dos Especiales —dijo—. Para entrar en calor.
El muchacho miró a Ana.
—Novata, ¿eh? —dijo. Pablo asintió—. Entonces Dobles. Habrá que entrar mucho en calor.
A las veintitrés cuarenta y cinco ya habían llegado todos los miembros que habían prometido asistir. Como castigo, la última pareja fue manteada durante diez minutos consecutivos, y todos los asistentes se unieron a la ejecución del castigo. Todos reían a grandes carcajadas, y quienes más lo hacían eran los propios castigados. Al girar por el aire las paredes daban vueltas y vueltas, y los carteles se mezclaban inarmónicamente, con resultados y combinaciones sorprendentes: «Haz el… morir… la guerr… amor… dro…». Las risas sonaban extrañamente huecas en las destintadas paredes violeta, y el descolorido dibujo giraba, giraba, giraba. La chica estaba muy mareada al terminar el castigo, y para animarla Nando le hizo beber media botella de licor. «Anda, chico —le dijo después al muchacho que la acompañaba—: ahora bébetela a ella».
Empezaron con música. Todas las Sesiones empezaban con música. La música enerva, predispone. Ana, después de los primeros recelos, empezaba a sentirse a gusto allí. Veía una camaradería, un inconformismo, un salirse de todas las normas establecidas que le resultaba encantador. Además, llevaba ya tres Especiales Dobles. Se preguntaba cómo había dejado pasar tanto tiempo sin haber querido asistir a ninguna Sesión. Se preguntaba qué hubiera hecho aquella noche si no hubiera aceptado la invitación de Pablo. La cabeza le daba un poco de vueltas, pero esto no era importante. Pablo la sujetaba cálidamente, y su abrazo no era posesivo sino delicado, casi protector. Reclinó la cabeza en su hombro. Era un buen chico aquel Pablo, con sus extrañas ideas, sus libros, su mirada siempre perdida. No era como los demás.
Casi todos bailaban, muy juntos, apretados. La música enerva, el baile relaja. En el baile se hacen las confidencias, se realizan los acoplamientos, se prepara todo para el resto de la Sesión. Se habla de ideas, de deseos, de ilusiones. Se conoce a la gente. Ana había tenido siempre muchas ilusiones, aunque ahora el licor las había hecho algo confusas. Mantenía la cabeza apoyada en el pecho de Pablo, y murmuraba cosas. Luego no se acordaría de nada de lo que había dicho: no importaba. Lo importante ahora era hablar, expresar lo que rondaba por ahí dentro. Aunque tal vez no estuviera diciendo nada. Pablo escuchaba…
Y de pronto la música cambió. Era una de las muchas sorpresas que tenía Nando como Anfitrión, sus bruscos e inesperados cambios de situación. La lenta música que permitía las confidencias se ahogó en su propia lentitud, y fue sustituida de golpe por un ritmo retumbante, sincopado y obsesivo, que hizo que los cuerpos se separaran y las manos se desunieran, como en un brusco despertar. Nando se había subido a la barra y gritaba, muy fuerte:
—¡Vamos, vibrad, vibrad! ¡Hay que vibrar! ¡Enervaos! ¡Tenemos que sentir que estamos vivos! ¡Mirad, mirad a vuestro alrededor, miradme a mí! ¡El mundo no existe! ¡Sólo nosotros! ¡Vibrad!
Cayó de rodillas sobre el mostrador, los brazos en alto, agitando el torso al compás de la música. En un segundo de extraña lucidez, Pablo se preguntó si estaría realizando una comedia. Pero el ritmo lo arrastraba, el ritmo y las palabras de Nando estaban arrastrando a todos, y estaba él también agitándose al unísono con los demás. Ana, ante él, tenía por primera vez los ojos brillantes.
—¡Vamos, vibrad! ¡Danzad con la danza del cosmos! ¡Mirad a vuestro alrededor! ¡Todos los colores están ahí, todos los colores del universo! ¡Rojo, azul, negro, añil! ¡Sangre, sangre! ¡Enervaos! ¡Vibrad!
Era el frenesí del no-pensar. Pero de pronto, sin saber por qué, Pablo se detuvo ante un frío repentino que le invadía. Algo no iba bien. Las llamas de la chimenea ponían las sombras de sus lenguas rojas en todos los rostros; la mezcla de humo, sudor y perfume creaba un clima de calor asfixiante. Y un olor… Olió. Perfume. Incienso. Nando había quemado incienso en la chimenea. El muy… Era un buen Anfitrión, pero hacía trampas.
Ana danzaba ante él, subyugada por la música, crispada, olvidada de todo lo que la rodeaba, inmersa en sí misma.
La cogió bruscamente por una mano y tiró de ella. Nando nunca había empezado una Sesión así, tan abruptamente.
—Ven —dijo.
Ana pareció despertar de un sueño. No le siguió: fue arrastrada. Pablo atropelló parejas, se abrió camino hasta la barra. Nando, con las manos queriendo arañar el techo, seguía gritando su letanía a nadie.
—¡Nando! —gritó Pablo.
Lo cogió bruscamente por la camisa.
—¡Nando! —y más fuerte—: ¡Nando!
Nando descendió el tono de su voz y bajó la vista. Entonces, Pablo lo supo. La música seguía sonando, las parejas se agitaban en el salón, individualidades sin mayor conexión entre sí que el aire que respiraban y la crispación que les invadía. El incienso llenaba las cabezas, las llenaba, las llenaba.
—Nando —dijo Pablo—. Te has drogado.
Los ojos de Nando eran vacuos. No había bajado los brazos. Sonrió con aire ausente.
—Sí —dijo—. Oh, sí. Es tan bonito drogarse.
—Tienes droga aquí.
—Sí.
—La has traído para la Sesión.
—Sí.
—Dame.
Nando miró por unos instantes a Pablo, como sin comprender. Seguía sonriendo.
—¡Dame! —gritó Pablo.
—Oh, sí, claro. Tú también quieres, sí. Es justo. Todo el mundo quiere. Está bien, está bien. Encontrarás arriba, en los reservados. En las mesitas.
Pablo soltó a Nando. Cogió nuevamente a Ana por la mano, la arrastró tras de sí. Nando volvió a levantar la vista al techo, y siguió con su letanía. La música era una rítmica modulación obsesiva, siempre la misma, siempre la misma.
—¡Oh, Dios, escúchanos! —estaba diciendo Nando mientras Pablo y Ana subían las escaleras—. ¡Escúchanos, a nosotros tus esclavos que quieren olvidar! ¡Míranos! ¡Estamos hartos del mundo, estamos hartos de todo! ¡Míranos!
Era una habitación pequeña: cuatro paredes desnudas, una mesita baja, una estera a un lado. El papel de las paredes era el mismo que el del salón principal, quizá no tan descolorido. Cuando se cerraba la puerta, el cartel surgía obsesivo, con su fondo rojo sangre y el gigantesco hongo: … si mañana hemos de morir. Se había convertido ya en un emblema, el emblema que había lanzado Wooldrich a la juventud desengañada: «¿Qué importa lo que hoy hagamos, si mañana hemos de morir?». Era como una bandera, el grito desgarrado de un triste, oscuro y desesperado axioma.
Sobre la mesilla había una botella de algo, dos vasos, dos pequeñas cápsulas blancas. La estera era la medida justa de dos cuerpos.
Pablo tomó las dos cápsulas y le tendió una a Ana.
—¿Qué es? —preguntó Ana.
—Olvido —dijo Pablo. Llenó los dos vasos con el líquido de la botella—. Dentro hay un polvo blanco: tómatelo.
Ana vaciló. Miró fijamente la cápsula.
—¿Es droga?
—No —dijo Pablo—. Es olvido. Tú quisiste venir aquí, ¿no? Si quieres quedarte conmigo, tómate esto y ven. Si no, vete.
Rasgó la cápsula, y vertió el contenido en su boca. Después bebió un sorbo de líquido, luego otro sorbo más largo.
Se sentó en la estera.
—Ven —dijo a Ana—. Aquí, ante mí.
Ana vaciló aún otra vez. Luego, abrió la cápsula y se tomó su contenido. Bebió dos sorbos de su vaso, al igual que había visto hacerlo a Pablo. Luego se sentó ante él en la estera, con las piernas cruzadas, mirándole fijamente. Parecía como si temblara.
Pablo alargó una mano y le acarició suavemente la mejilla. Ana sonrió levemente, como con miedo. Pablo la atrajo hacia sí. Ella se recostó contra él, abandonándose, y Pablo besó suavemente sus labios. Estaban secos y temblorosos, pero cálidos. Sonrió, y la besó más fuerte. Ella respondió al beso.
Luego, la habitación fue desapareciendo poco a poco.
Pablo flotaba en el vacío, Ana flotaba junto a él. La tenía sujeta por la mano, como si la arrastrara tras de sí. Es una buena chica, ¡pero tiene tanta inseguridad! Es la primera vez, claro. Hay que educarla… educarla… educarla…
Flotaban, y no había más que colores a su alrededor. Una sinfonía maravillosa de colores, una borrachera de color. Ana reía, y su risa se trasmitía a todo su cuerpo. La atrajo hacia sí.
—¡Loca, ¿lo ves?! ¡Es lo mejor del mundo, el paraíso! ¡Mira, mira a tu alrededor! ¡Contempla el verdadero universo, ésta es la felicidad!
Su cabeza giraba, todo parecía un torbellino. Los planetas pasaban como exhalaciones en torno a ellos, mundos desconocidos donde tal vez sufrían humanidades de millones de individuos, aquí los judíos, allí los negros, más allá los amarillos; aquí los muertos, allá los muertos en vida. Sociedades que se descomponían, podridas en sus cimientos hechos de asquerosos billetes de banco; las grandes empresas con sus negocios de millones, los que fabricaban armas, los que arrojaban bombas, los que dictaminaban tras sus brillantes mesas la muerte de millones de individuos, los que señalaban quienes, donde y cuando tenían que morir. Pero ellos pasaban muy por encima de todo aquello, flotando, sin rozarlo siquiera. Estaban lejos, muy lejos, nunca les alcanzaría.
—Ana, Ana, quiero olvidar.
Y podía olvidar. Y olvidaba. Todo desaparecía, y sólo quedaba el cálido cuerpo de Ana junto al suyo, y la sinfonía de colores, y su aliento que le transmitía un extraño bienestar. La abrazaba estrechamente, y los dos cuerpos se fundían en uno solo, y el cuerpo de Ana era transparente, y los colores se filtraban dentro de ella, y toda ella era un color. No había ya mundos sino colores, el universo entero para ellos, y la felicidad, una gran felicidad, el bienestar de toda una eternidad.
Y de pronto dejaron de flotar. Y de pronto los colores empezaron a apagarse, como las luces de un teatro que los tramoyistas fueran descontectando. Pablo gimió levemente. No, no, no, no podía permitir que se apagaran. Allí estaba la felicidad, y la felicidad se iba. Ya no podrían seguir flotando, tendrían que despertar a la realidad, y la realidad es triste, fea, oscura. Ana, Ana…
Todo era ya oscuridad.
Abrió los ojos. Los colores de la pared eran sucios, la luz mortecina. El enorme ojo vacío del hongo les miraba ferozmente: … si mañana hemos de morir. Se sentía empapado en sudor. Miró hacia la mesilla. Dios, las cápsulas estaban vacías.
Ana estaba a su lado, sobre la estera, cara al techo, con los ojos cerrados. Miró su reloj: habían pasado dos horas desde que subieran, pero habían sido tan sólo unos segundos. Era preciso volver de nuevo, empezar otra vez.
Se levantó, procurando no tocar a Ana. Se sentía mal. Se dirigió con paso vacilante hacia la mesilla. Abrió un cajón. Había un libro, la Biblia. Algún chistoso, rezongó. Lo apartó a un lado. Abrió los restantes cajones. No había ninguna cápsula más. Maldijo en voz alta.
Se vistió con un esfuerzo, sintiendo que la camisa se pegaba a su empapada piel. Salió de la habitación. El pasillo estaba también empapelado con el mismo oscuro y mortecino papel. Todas las puertas estaban cerradas. Abrió la primera. Había una pareja en la estera, estrechamente abrazados. Sobre la mesilla había dos cápsulas abiertas.
La tercera habitación estaba vacía. Cogió las dos cápsulas y volvió al pasillo.
Ana estaba allí. Tenía los ojos enrojecidos y algo hinchados, como si aún no hubiera despertado completamente. Su labio superior estaba perlado de pequeñas gotitas de sudor.
—Ven —dijo Pablo cogiéndola por la mano—. Volvamos.
—No —dijo Ana, resistiendo al tirón.
Pablo se volvió. Mostró las dos cápsulas en la mano.
—Mira, tengo más. Vamos a olvidar otra vez. Necesito olvidar otra vez.
—No —dijo Ana—. Por favor.
Había un tono de súplica en su voz. Pablo miró por unos instantes las dos cápsulas, luego la miró a ella. Pudo leer en sus ojos. Lentamente, sádicamente, estrujó las cápsulas entre sus dedos hasta romperlas. Dejó que el polvo blanco se deslizara entre los intersticios.
—Idiota —murmuró, sin saber si se lo decía a Ana o a sí mismo.
Volvió a la habitación. Llenó un vaso hasta el borde, lo bebió de un trago, lo volvió a llenar. Sintió un estremecimiento. Dentro de poco vomitaré, pensó. Era lo normal cuando solamente se tomaba una. Vomitaré. Se volvió. Ana le miraba desde la puerta.
—Volvamos abajo —dijo. No había ningún reproche en su voz.
Tenía un vaso grande ante él. «Para olvidar», le había pedido al camarero. Pero el camarero estaba borracho. Cuando a uno de dentro del Grupo le toca ser el camarero en una Sesión, lo único que le queda por hacer es emborracharse. Le sirvió una estupidez cualquiera. Pablo le arrojó el contenido del vaso a la cara, saltó la barra y se sirvió él mismo. Dos vasos grandes, llenos hasta el borde. Le dio uno a Ana, sin dejar el otro de la mano.
—Hasta el fondo —dijo.
Cumplió lo dicho. Luego, al ver que Ana no había tocado el suyo, refunfuñó algo en voz baja.
—Debes beberlo —dijo—. Es lo único que hará que no vomites.
Ana cogió el vaso, pero no lo movió de sobre el mostrador.
—Me siento mal —dijo.
—Es normal la primera vez —dijo Pablo—. Porque es la primera vez, ¿no? —Ana asintió con la cabeza—. No te preocupes. Dentro de un par de horas estarás como nueva. Anda, bébetelo.
Ana se lo bebió en tres largos tragos. Pablo hizo un gesto al camarero.
—Trae más.
—No, gracias —dijo el camarero—. Mi rostro ya no admite más licor.
Maldiciendo en voz baja, Pablo saltó otra vez la barra. Cogió cuatro botellas al azar, las dispuso ante los dos vasos. Regresó a su sitio.
—Tenemos todo esto por delante —dijo a Ana, señalando las botellas—. ¿Qué piensas hacer?
Ana le miró apenas unos instantes, fijamente a los ojos.
—¿Por qué? —preguntó de pronto.
Pablo no reaccionó inmediatamente. Cogió dos botellas y mezcló su contenido en los vasos. No contestó.
—¿Por qué? —repitió Ana.
Sólo entonces captó Pablo la pregunta. Cogió su vaso, y vio que su mano temblaba al cogerlo. Lo depositó sobre la barra. Se apoyó de codos en el mostrador, balanceando ligeramente su cuerpo.
—¿Por qué? —repitió como un eco. Más que una pregunta era la constatación de un hecho—. ¿Preguntas por qué vengo aquí, por qué me emborracho, por qué tomo drogas? ¿Quieres saber todo esto?
Ana no respondió. Pablo se volvió de espaldas al mostrador, enfrentándose con todo el salón. Lo abarcó con un gesto amplio de la mano.
—Pregúntaselo mejor a todos ellos, ¿no?
Ya no había parejas bailando. Ahora sonaba una música suave, casi mística. Pablo creyó reconocerla: Bach, en un arreglo que había dejado incólumes buena parte de sus valores. ¿O tal vez música Zen? El cochino de Nando sabía arreglar bien las cosas, pensó.
Algunas parejas habían ido arriba. Bueno, no todo parejas. Había algunos que preferían olvidar en solitario, todo el universo para ellos, como había hecho él también en algunas ocasiones, cuando se había sentido egoísta y no le importaba absolutamente nadie del resto de la humanidad. Aunque nunca le había importado nadie demasiado.
Algunas parejas estaban sentadas en el suelo, sobre almohadones, en diversas posturas. Había algunas botellas volcadas, y el licor había formado un charco en el mosaico. La chimenea estaba casi apagada, de modo que la habitación se hallaba en sombras. Nando yacía en medio del salón, cara al techo, con las piernas y los brazos y los ojos abiertos. Estaba inconsciente. A su lado había tiradas tres cápsulas vacías.
—No se lo pregunto a ellos —dijo Ana—. Te lo pregunto a ti.
—¿A mí? —Pablo rió sin alegría. Tomó una botella y bebió directamente. Luego se la tendió a Ana. Ana dijo que no con la cabeza—. ¿Por qué quieres saber lo que pienso yo? Yo soy igual a todos los demás, ¿sabes? Como tú también lo eres. Si no, ¿por qué aceptaste venir? Sabías lo que es una Sesión, ¿no?
—Si acepté —dijo Ana, y su voz sonaba un tanto dolida— fue porque me di cuenta de que no eres exactamente como todos los demás. Todos se conforman con una cápsula excepto algunos. Como Nando. Como tú. Y es porque tú piensas, ¿verdad?
Ahora, Pablo no rió. Estaba extremadamente serio. Agitó la cabeza, como queriendo despejar algo sus ideas.
—Sí —murmuró—. Es cierto. A veces pienso. A veces todos pensamos. Y por eso venimos a esos sitios, por eso organizamos esas Sesiones. ¿Ves todos esos carteles? Ellos nos hacen ver lo que nos rodea, y pensamos. Luego bebemos, y tomamos drogas, y nos acostamos con una chica, y dejamos de pensar. ¿Sabes lo bonito que es dejar de pensar, aunque sea por unos momentos? Se es feliz. Enteramente feliz. Y luego, cuando te vas, lo haces dando la espalda a los carteles, y ya no te importan tanto. Esto te permite resistir un poco más. Ya no piensas en que es posible que mañana cualquier estúpido apriete un botón que lo inicie todo, en que tal vez mañana te envíen a cualquier sitio con un fusil al hombro, en que tal vez mañana se habrá acabado todo. Ya no piensas en que hay algunos locos incompetentes que están dirigiendo mezquinamente la sociedad, no piensas en que tú sólo representas la carne de cañón, que no tienes más importancia en el mundo que la de una juventud que dicen está aprendiendo a ser hombres, como si ellos lo hubieran aprendido alguna vez, como si ellos ya lo fueran.
Se detuvo. Bebió un largo sorbo, luego tiró la botella al suelo.
—Pero es verdad. Tienes razón, yo pienso más a menudo. Pienso incluso cuando vengo aquí, cuando tomo una cápsula, cuando miro muy al fondo en los ojos de una chica, buscando allá lo que noto que me falta en mi interior. Ana, tú no comprendes. Nadie comprende. Pienso en dónde vamos, en si llegaremos alguna vez a algún sitio. Pienso en que estamos destruyendo el mundo, ¿comprendes?, estamos fabricando un legado de ruinas y de destrucción, y esto es todo lo que nosotros heredaremos. Y pienso en que, mientras está pasando todo esto, nos dicen que nosotros no importamos, que aún no tenemos voz; que esperemos, que ya llegará nuestro momento. Es el mundo en que después tendremos que vivir, ¿entiendes? Y nos echan de lado.
»Y entonces es cuando veo también que lo único que intentamos hacer es oponer una estúpida y vana resistencia pasiva, que lo único que realmente hacemos es evadirnos y refugiarnos en las drogas y en la bebida para huir de nuestra angustia, y que no hacemos otra cosa más que chillarnos a nosotros mismos en lugar de enfrentarnos a ellos, y golpear, y matar si es preciso, al igual que ellos lo hacen; entonces es cuando veo que ellos tienen la fuerza y nosotros solamente la voluntad, y que nos aplastan cuando quieren; y es entonces que siento una desesperación inmensa, y no existe anestesia en el mundo, por poderosa que sea, que me haga olvidarlo. Y quisiera estar muerto, muerto, ¿comprendes?, antes que seguir viviendo en este mundo que se derrumba, dentro de esta sociedad podrida en la que lo único que podemos hacer es jugar de peones, y esperar a que nos maten en algún frente lejano, combatiendo por alguna causa que no compartimos y frente a alguien a quien ni siquiera odiamos, o esperar a recoger las cenizas de lo que en un día fue un mundo, e intentar reconstruir algo que ya no tiene salvación. ¿Ves todos estos carteles? Son mentiras, todo mentiras; mentiras con las que intentamos embotarnos nosotros mismos, buscar una justificación a nuestros actos, porque no nos atrevemos a reconocer que no existe justificación, que es sólo nuestra angustia, y que no hay ninguna razón en este “si mañana hemos de morir”, que todo es una filosofía creada por nuestros mayores para que nos engañemos con ella como en un espejismo, y dejemos de darles problemas, unos problemas que ellos no quieren resolver porque son ya demasiado viejos.
Calló repentinamente. De pronto acababa de darse cuenta de que estaba hablando, de que había estado hablando durante un largo rato. Sacudió enérgicamente la cabeza. Había dicho algo… sí… algo así como…
Miró a Ana. Le escuchaba atentamente, como si realmente hubiera dicho algo importante. Adelantó una mano y le acarició suavemente el rostro. Ella inclinó a un lado la cabeza y sujetó su mano entre su mejilla y su cuello, y él adelantó la otra mano y la atrajo hacia sí.
—Quisiera estar contigo —dijo Ana—. Pablo, quisiera estar contigo… siempre. Pero no aquí.
Pablo se levantó. De pronto se dio cuenta de que había algo dentro de él, como una súbita decisión, inconcreta, vaga, pero que le iba llenando lentamente. Miró a su alrededor.
—¿Dónde están Boni y Rosa?
—Déjalos —dijo Ana—. Vámonos los dos, solos.
—No —dijo Pablo—. Les trajimos nosotros.
Ana se encogió de hombros. Pablo empezó a recorrer la habitación, buscándoles. Al final los encontró. Le dio a Boni una patada en las costillas y se acuclilló.
—Nosotros nos vamos —dijo—. ¿Y?
Boni parpadeó. Rosa permanecía inmóvil a su lado, como soñando.
—¿Ya? —dijo—. ¡Pero si lo mejor aún no ha empezado!
—Nos vamos —repitió Pablo—. Si queréis venir con nosotros, estamos afuera.
Se levantó. Se dirigió hacia donde estaba Nando, y le metió en el bolsillo su parte correspondiente de la participación en los gastos de la Sesión. Nando apenas se removió un poco: estaba aún flotando entre colores.
Enlazó a Ana por la cintura, y sintió que ella se apretaba contra él. El aire del exterior lo despejó un poco. Llevaba aún una botella en la mano. Bebió el último sorbo, y la arrojó a un lado.
Entraron en el coche. Puso el contacto. En aquel momento Boni salía de la casa, arrastrando a Rosa. Rosa reía a carcajadas.
Esperó a que entraran. Después arrancó de un modo brutal.
La carretera era tan sólo una cinta plateada bajo la luz de la luna, con la línea roja del control-guía automático brillando débilmente a la derecha, como un hilo de sangre. El hilo se encrespaba y gemía en las curvas, como si de pronto adquiriese vida propia, para morir después en las rectas en un deslizamiento pasivo. Los suspensores gemían débilmente, dando la sensación de que el coche flotaba entre las nubes. La aguja del velocímetro iba avanzando: ciento sesenta, ciento ochenta. La luna saltaba de cristal en cristal en las curvas, ahora a la izquierda, ahora delante, como si observara el interior del coche.
—No te entiendo —estaba diciendo Boni desde el asiento de atrás, con voz estropajosa—. ¿Qué es lo que pretendes? ¿Perderte lo mejor de la velada? Nando me dijo que había preparado una sorpresa bomba para la segunda parte, cuando todos estuviéramos completamente borrachos.
Pablo no respondió. Miraba de tanto en tanto por el espejo retrovisor. Veía a Rosa. Rosa: Una chica normal, con la que había ido antes a muchas Sesiones, a la que muchas veces antes había encontrado encantadora, y que ahora le producía un extraño sentimiento de aversión. Rosa, que reflejaba en su rostro, en su cuerpo, en sus actos, el patrón de todas las chicas que existían a su alrededor, al igual que Boni reflejaba a todos los chicos.
Ana no. Ana era distinta. La veía con el rabillo del ojo. Ahora ya no iba envarada, ya no miraba a la carretera. Le miraba a él, y había algo en su mirada. Sin embargo, también en Rosa había descubierto este mismo algo, mucho tiempo atrás. ¿Acaso Ana no se convertiría después en una Rosa, cuando el tiempo y los acontecimientos fueran transcurriendo, cuando él cambiara? ¿No lo haría a sus ojos?
Es la cápsula, pensó. O tal vez la bebida. O quizá ambas cosas a la vez. ¿Había cambiado él realmente? No recordaba lo que le había dicho a Ana, sólo tenía una confusa noción de algunas ideas, y la sensación de que debía hacer algo, que era preciso hacer algo para salvar al mundo.
Salvar al mundo. Se rió. Como si el mundo tuviera salvación.
La luz del control-piloto se encendió, indicando el tope de velocidad automática. Maldiciendo por lo bajo, Pablo desconectó el automático y tomó los controles.
—A toda velocidad —hipó Boni a sus espaldas—. ¡Yupiiiii!
La carretera estaba mojada, pero esto ponía una mayor emoción a la aventura. Los suspensores actuaban a toda su potencia. Pablo hundió el pie en el acelerador. Doscientos treinta. Doscientos cincuenta. Doscientos sesenta.
—Pablo —dijo Ana.
—¿Qué?
—¿Crees que realmente se puede hacer algo?
—¿Sobre qué?
—No sé… sobre lo que has dicho antes. Cuando hablabas, allá dentro…
Pablo agarrotó las manos en las palancas de dirección. Allá dentro. Solamente recordaba dos cosas de allá dentro: a Ana junto a él, en la sinfonía de color, y a Nando tendido en el suelo, con los ojos muy abiertos, inconsciente, y con tres cápsulas vacías tiradas junto a él.
La droga… y Nando. Nando también había pasado, como él, por una etapa similar de depresión. Lo recordaba muy claramente, se lo había contado con todo lujo de detalles. «Todos pasamos por eso —le había dicho—, una u otra vez. Lo importante es saber sobreponerse luego». Y entonces recordó todo lo que había dicho en aquella ocasión Nando. Y supo de pronto que habían sido aquellas mismas palabras las que él había empleado, allá dentro, con Ana. Lo recordó todo, de una manera lúcida, palabra por palabra. Había sido Nando quien le dijera a él todo aquello, poco antes de convertirse en el Anfitrión del Grupo: Le había hablado de que era preciso salvar al mundo de la destrucción, y le había dicho que pensaba erigirse en el cabecilla de la juventud, en el líder que los conduciría a todos hasta la victoria. Y luego…
Luego, todo había terminado. Y ahora Nando yacía en la «ruina», engullendo droga, intentando olvidar algo que sabía que nunca, nunca, podría olvidar.
Aquéllas habían sido las palabras de Nando. ¿Creía él acaso realmente en ellas? ¿O se había limitado a repetir un reflejo de su memoria, una justificación que respondiera a una pregunta formulada? Entonces, ¿en qué creía él? De repente se dio cuenta de una absoluta vaciedad: Estaba vacío, completamente vacío, enormemente vacío, como un amplio receptáculo donde fueran a parar las ideas de los demás, contradictorias ideas, mezclándose, atacándose las unas a las otras, consumiéndose mutuamente. Como un odre sin fondo, como un barril de madera carcomida. Cerró los ojos. Dios, Dios.
—Pablo —dijo Ana.
—¿Sólo doscientos ochenta? —gruñó Boni desde el asiento posterior—. ¡Vamos, Pablo, demuéstranos de lo que eres capaz! ¡Así, a mano limpia!
—¡Sííííí! —chilló Rosa a su lado—. ¡A mano liiiiimpiaaaaa!
Pablo sintió que algo estallaba dentro de él. Sus manos eran témpanos de hielo sobre las palancas de dirección. Tomaba las curvas a demasiada velocidad, haciendo bambolearse el coche sobre sus suspensores. El vacío era cada vez más inmenso, un vacío completo. Y de repente vino la lucidez.
—No puedo, Ana —murmuró—. No puedo.
—Pablo —dijo Ana.
La carretera había dejado de ser una cinta, era tan sólo un trazo impreciso, móvil, con un sangrante hilo rojo a la derecha.
—Todos nuestros fundamentos están equivocados —dijo Pablo—. Nos engañamos buscando justificaciones a nuestros actos, sin saber que no existe más justificación que nuestro propio miedo a enfrentarnos con la verdad. Estamos vacíos, Ana. Nos han vaciado completamente, ya no queda nada en nosotros.
—Pablo —dijo Ana.
—Wooldrich tiene razón. ¿Qué importa lo que hoy hagamos, si mañana hemos de morir? Ésta es la filosofía de nuestro tiempo, la única filosofía. Pero tiene también su inversa.
—Pablo —dijo Ana.
—Escucha —dijo Pablo—. Acabo de comprenderlo. Es más efectivo que el licor, es más efectivo que las drogas, más efectivo que todo. Es el olvido definitivo. ¿No comprendes, Ana? ¿No comprendes lo que nos viene a decir Wooldrich, eso que no sabemos entender? No importa lo que hagamos hoy, no importa nada.
—Eso —dijo Rosa con voz vacilante—. No importa nada.
El velocímetro señalaba casi los trescientos. Era el tope absoluto. Pablo tenía el pie hundido a fondo en el acelerador, en un reflejo inconsciente. La carretera apenas se veía.
—Mira, Ana —dijo Pablo—. ¿Ves la carretera? Está llena de curvas. Pero las curvas son una estupidez. Es mucho mejor la línea recta. Siempre.
—Pablo, por favor.
Allá delante, la carretera giraba bruscamente hacia la izquierda.
—La línea recta —dijo Pablo. Se sentía poseído por una extraña lucidez.
—¡Pablo! —gritó Ana.
Intentó hacerle mover las palancas de dirección, pero las manos de Pablo eran acero. En el asiento posterior, Boni gritó al viento:
—¡Sííííí! ¡En línea rectaaaaaa!…
La curva estaba encima de ellos. Ana gritó. Pablo miraba fijamente al frente. Por primera vez, se sentía completamente consciente de lo que estaba haciendo. Estaba haciendo algo. Una leve sonrisa flotaba en los labios.
Se oyó apenas un tenue chasquido cuando el coche derribó con su parte delantera la protección. Por unos instantes avanzó por el aire, en una graciosa pirueta. Quedó suspendido por unos segundos, como sostenido por unos hilos invisibles, antes de empezar a dar vueltas de campana.
En el asiento trasero Rosa estaba gritando, y su grito era un grito de placer.
El inspector subió penosamente el terraplén. Sentía una sensación desagradable en la boca del estómago. Tal vez el hedor de los cuatro cuerpos horriblemente quemados, o el horror de aquellos restos informes, o lo absurdo del hecho.
—Al menos iban a trescientos —dijo el agente que examinaba la valla rota—. Y no hay huellas en el suelo. No frenaron. No movieron en absoluto la dirección.
—Tal vez se les agarrotó —dijo otro agente.
—No —murmuró el inspector, casi para sí mismo—. No se les agarrotó.
Recordaba aún el espectáculo de los cuatro cadáveres, las dos parejas, estrechamente abrazados, como si quisieran fundirse en uno solo en el momento supremo de la muerte. Y hubiera jurado que ninguno de ellos había sentido en el último momento el terror de la inminente muerte, sino más bien una laxitud, una complacencia… Excepto, tal vez, aquella muchacha que iba en el asiento delantero, aquella linda muchacha que no tendría más de dieciocho años.
Se sentó cansadamente en el coche. Se sentía agotado. Era el tercer accidente al que había tenido que acudir aquella noche. No, accidente no. Aunque no sabía exactamente qué otro nombre darle. O no se atrevía.
—Deberían prohibirse esas reuniones de gente joven, esas… esas Sesiones —dijo su ayudante, entrando en el coche tras él. También había estado abajo, también había visto los cadáveres y los restos retorcidos.
El inspector no contestó. Se pasó la mano por el rostro, como queriendo borrar o al menos ocultar sus ideas. El coche se puso en marcha. Se sentía viejo, cansado. Recordaba que el mundo no era así cuando él era joven. Entonces al menos existía una meta, sabían hacia donde iban. Aunque luego las ideas se hundieran, los proyectos fracasaran, la vida se convirtiera también en algo inútil y vacío.
Pasaban ahora ante una casa de ladrillo rojo, situada al lado de la carretera. Unos años antes se la hubiera llamado «victoriana», ahora era tan sólo «una ruina». Había luces en las ventanas, dentro se oían estruendosas risas. Una figura se agitó en una de las ventanas del piso alto, haciendo burlas a la noche.
—Mírelos —dijo el ayudante—. Lo están pasando en grande. Están todos locos.
—Me pregunto —dijo el inspector reflexivamente—, en dónde está la locura.
—¿Cómo dice? —dijo su ayudante.
El inspector pareció despertar repentinamente de un mal sueño. Miró fijamente a la carretera. De pronto se había sentido culpable de algo qué no sabía exactamente lo que era.
—No, nada —dijo—. Pensaba en que hoy también vamos a volver tarde a casa.