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domingo santos

elegía por un mundo viejo

Los campos pasarán sed este verano. Lo veo en este color rojo del cielo, que no presagia nada bueno. Como en años anteriores, la cosecha volverá a ser raquítica. Pasaremos de nuevo hambre, y ellos se encogerán de hombros. Ellos no entienden. Ellos no quieren entender que es suya la culpa, y se ríen.
Para ellos es fácil hablar con palabras bellas y convincentes. Les oí hacerlo la última vez que fui allá, a su ciudad; a ellos, a los hombres que tienen palabras para todo, que saben encontrar palabras para todo.
“Construiremos un nuevo mundo para todos vosotros —dicen—, una nueva civilización, una época de felicidad”. “Somos los pregoneros de la Nueva Era: escuchad nuestras voces, y sabréis cuál será vuestro esplendoroso futuro”.
Hace once años ya que edificaron su gran factoría allá, en medio del desierto. “No somos los únicos —nos dijeron—; en otros lugares, otros hombres construyen también otras factorías como ésta. Formamos una gran cadena, somos parte de un plan general ideado para vuestro bienestar”.
Y luego la factoría empezó a funcionar. Y vinieron los fríos y las sequías. “No os preocupéis —volvieron a decir entonces—, esto es sólo el primer período de transición. Nuestros aparatos controlan perfectamente todo lo que sucede: dominaremos el clima, dominaremos la Tierra”.
De la factoría surgen constantemente grandes nubes de humo, un humo amarillo que enturbia el cielo. “Es nuestro primer paso. Dentro de un tiempo este humo se convertirá en polvo allá arriba, y este polvo filtrará nuestra atmósfera de todos los agentes perjudiciales que provienen del exterior. Vamos a convertir nuestro viejo mundo en un vergel es el advenimiento de una Nueva Edad”.
Y, sin embargo, la sequía continúa. Llevamos ya once años así, y ellos siguen hablando, y hablando, y hablando sin ningún resultado. ¿Cuándo os detendréis, insensatos?
Hace poco fui a su ciudad. Es una de las grandes ciudades construidas por ellos en todo el mundo, esparcidas por todos los continentes. Acero, cemento y vidrio. Desde fuera parece como una inmensa maquinaria ante la que el hombre haya quedado anulado, en la que sólo quede el ritmo mecánico, el constante y uniforme latir del gran aparato. Los inmensos edificios, los grandes parlamentos. Las oficinas, las tiendas, los talleres. Los cafés, los restaurantes. Los espectáculos. Todo ello es como el engranaje de una inmensa máquina, dentro del cual se halla aprisionado el hombre. Y el hombre mismo es una máquina más allá adentro: ¿Qué haces tú? Cuido. ¿A quién? A la máquina, a mi querida máquina.
Veo a la gente correr, apresurarse por las calles. Son como grotescos muñecos, siempre apresurados, siempre sometidos al tiempo. Se levantan por la mañana, siempre a una misma hora, y acuden presurosos a su trabajo, temiendo llegar tarde. Durante horas y horas se inclinan sobre sus opresivas máquinas, aplastados, dominados por ellas. Forman parte de ellas, son seres sin personalidad, sin iniciativa, que obedecen ciegamente los fríos dictados del mecanismo al cual sirven. Y luego, de pronto, suena un agudo silbato y se desconectan. Regresan entonces presurosamente a sus casas, porque hay que aprovechar el tiempo, queda demasiado poco para vivir, a la mañana siguiente hay que volver a comenzar. Comen apresuradamente, se divierten apresuradamente, descansan apresuradamente. Todo como máquinas.
Resulta triste verles por las calles. Corren, corren, corren. Basta mirarlos en su conjunto para ver que todos ellos son exactamente iguales: un mismo rostro, un mismo atuendo, la misma cara crispada, los mismos ojos febriles por la prisa. Son como extraídos de un mismo molde, hechos por un mismo troquel. Cientos, miles, millones de unidades. Pero un único modelo.
Hasta en sus diversiones son máquinas. Tienen en sus casas, a todo su alrededor, multitud de aparatos destinados a mecanizarlos. La radio, la televisión, el cine, los deportes… espectáculos de masas, donde el espectador es sólo una unidad que ríe, llora, grita, insulta, al compás de un oculto ritmo que le es marcado inflexiblemente, emociones mecánicas, risas mecánicas, voces mecánicas, gritos mecánicos. Ya no son hombres: son masa.
Y así transcurre toda su vida. Máquinas en el trabajo, máquinas en las diversiones más simples, máquinas en el amor, máquinas en el odio. Hasta que un día hacen “click”, y su motor deja de funcionar. Y entonces son arrojados a un lado, como unidades inútiles, inservibles… al enorme montón de los desperdicios.
A veces me gusta tenderme bajo un árbol, sin pensar en nada: ver el cielo azul sobre mi cabeza, contemplar las nubes correr sobre su vacía superficie. Me dicen:
—Eres un haragán, descuidas tu trabajo. No produces. ¿Crees que así le eres útil al mundo?
Lo dicen en tono de reproche, y yo me río. No me importa mi utilidad. No me importa producir. Porque mientras estoy tendido en el cielo, mirando fijamente al cielo, que no sirve para nada pero que está allá desde el inicio de los tiempos pienso: “Soy un hombre. Puedo trabajar, pero también puedo decir “basta” y detenerme. Nadie me da órdenes, nadie me obliga a hacer algo que no desee. Soy libre, no estoy dominado por nadie. Tengo voluntad sobre mis propias acciones. Y esto es algo que nadie podrá quitarme nunca: el poder detener mi mano cuando quiera y descansar”.
Pero ellos no lo comprenden. No comprenden que hubo un tiempo en el que todo el mundo era así, en el que los hombres tenían voluntad para decidir sobre sí mismos y sobre sus vidas. Se burlan de mí y de mis ideas, me critican, me insultan. No me importa. Si lo hacen es porque saben que no pueden doblegarme, y esto les irrita. Pero yo seguiré siempre así. Haciéndolo, sé que soy libre. Soy hombre. Soy feliz.
A veces, ni mi misma esposa me comprende.
Vivimos en una casa antigua, construida enteramente con madera y piedra en vez de con cemento y vidrio, y en dónde la cocina y la calefacción funcionan aún con leña. En las noches frías del invierno, siempre he dicho que no hay nada más agradable que un buen tronco encendido en la chimenea. Y cuando la noche es clara y el tiempo apacible, una buena hamaca en el porche y una pipa encendida entre los labios ayudan a saber mirar al cielo y comprender lo que hay más allá de la bóveda negra que cubre nuestro mundo.
Pero ahora las cosas ya no son así a nuestro alrededor. Ellos no se detienen, y todo va cambiando lentamente en torno nuestro. Los surcos se secan, y los campos desaparecen bajo el peso de las nuevas máquinas que construyen grandes autopistas. Las nubes pasan sobre nuestras cabezas sin descargar su agua, y las noches se han quedado sin estrellas. Ellos dan sus explicaciones científicas: dicen que hay que cubrir todo el mundo de una capa adecuada que nos proteja, que filtre lo que nos llega del espacio. Dicen que es preciso abrir más y más amplias vías de comunicación, que la comunicación es la base del nuevo mundo. Y siguen su marcha, sin preocuparse, sin mirar lo que va quedando atrás.
Yo digo que es demasiado difícil gobernar a un mundo con máquinas, y el hombre es demasiado pequeño y débil para intentarlo. Pero ellos no me escuchan y siguen adelante.
A veces, en las noches ventosas, cuando el desierto nos envía sus bocanadas de aire caliente y arena, mi esposa se estremece y dice que vamos cayendo poco a poco en el abismo. En el silencio de la noche se oye a lo lejos el incesante vibrar de la factoría, que lanza sin cesar su humo espeso y amarillento al cielo. Entonces ella murmura:
—Tengo miedo, miedo por lo que va a pasar ahora.
Y yo la rodeo con mis brazos y le digo que no debe preocuparse. A pesar del poder de sus máquinas, ellos no pueden hacernos nada. No pueden contra nosotros. Mientras podamos hablar, mientras podamos cantar, podemos besarnos, podemos gritar, podemos pensar por nosotros mismos y decidir nuestras propias acciones, no podrán nada contra nosotros. No podrán romper nuestro mundo, aunque unos hijos de perra hayan inventado un instrumento para medir la primavera.
Pero, a veces, incluso yo siento que mis propias convicciones se tambalean. Veo que el mundo antiguo se derrumba a mi alrededor. Ellos avanzan, avanzan, y el mundo cambia de una forma estremecedora. Ya no hay nadie que se tienda bajo un árbol, en la tierra húmeda, para mirar al cielo. Ya no hay campo. Sólo existen las ciudades, el acero, el cemento, el vidrio, las fábricas de autómatas y las factorías. Ya no hay hombres, solamente máquinas.
Y cuando miro este cielo rojo que nos cubre, esta constante sequía, y veo a lo lejos a las máquinas echándole humo amarillo al cielo, lloro por el antiguo hombre muerto y la nueva máquina renacida Y me pregunto cuál será nuestro futuro, en sus manos.
Este verano va a ser seco, muy seco. Más seco que nunca.