País Relato - Autores

diego vidal

crucifixión

Me desperté con un grito, como cada mañana. Me cambié, salí y la vi. Allí estaba, como todos los días a la misma hora, crucificada en el árbol de la puerta de mi casa. Los clavos en sus muñecas, en sus tobillos. Lo primero que pensé fue "¿otra vez allí?". Luego me dio lástima. Pena. Habíamos pasado tantas cosas juntos. Tanto amor, tantos roces, tanta pelea. Tanta pasión. Un día todo se terminó. Así como llegó a mi vida, casi como un pase de magia, de la misma manera se había marchado. ¿Por qué lo había hecho? No recordaba ya las causas, muchos años habían pasado. Recuerdo una pelea, una lucha…y ya no más. Pero sí recuerdo que un día desperté, muy temprano y me fui a trabajar. Y allí la vi por primera vez. Crucificada, desangrándose.
La primera sensación que sentí fue de pánico. Luego el pánico se transformó en curiosidad, más tarde en tristeza. Por ultimo en lástima. Verla allí colgada, esperándome, cada día cuando me iba a trabajar, y también, cuando ya tarde volvía a casa. Tantos años, tantos inviernos, tanto frío. Soportó lluvia en abril, frío en julio, calor en enero. A veces tenía ganas de salir e invitarla con un vaso de agua, o hacerla pasar y darle un plato de comida. No podía creer como esa mujer con tanta altura, que admiraba, que tanto había amado, con la que había compartido una cama, un sueño, un futuro, podía arrastrarse de esa forma. De alguna manera creo que todos somos un poco nuestros amigos, nuestros padres, nuestra mujer. Cuando ella se fue de mi vida, al comienzo pensé que me había sacado un peso de encima. Luego me di cuenta del peso que me faltaba. Ya no me sentía yo. Había perdido parte de mi esencia. Y esa esencia que había perdido era irrecuperable.
Con el tiempo, aprendí a olvidarla. Comencé primero a obviar el paso por los lugares que transitábamos juntos. Ya no iba más los domingos por la tarde al supermercado ni salía a caminar temprano por la plaza los sábados, ni visitaba el bar de la esquina de casa los viernes por la noche. Luego aprendí a olvidar su perfume, más tarde su calor. Un día olvidé su nombre, y entonces ya no me quedó más nada de ella. Algunas veces me preguntaba, cuando volvía cansado, luego de una larga noche de borrachera, y la veía impávida, serena, sigilosa. ¿Qué se traía entre manos aquella mujer? ¿Qué estaba esperando? Siempre tan paciente, siempre tan despierta, siempre tan atenta. Al principio pensé que estaba esperando mi error, mi paso en falso. Y entonces, en ese momento, ella aparecería en escena, se abalanzaría sobre mí y…
Comencé a sentir temor. Entonces, trataba de no entrar sin luz natural a casa. Empecé a salir más temprano del trabajo, a llegar antes. Por la mañana no salía de casa en invierno si no veía ya bien alto el sol. Algunas veces la miraba fijamente a los ojos, para que sepa que yo estaba bien atento. Otras veces, sin tanta autoestima, me iba con pasos rápidos, tratando de no darle oportunidad de nada. Muchas veces sentí que estaba a punto de saltarme por la espalda, de caer encima mío, de aprovecharse, de vengarse… Pero nada. Nunca me hizo daño, nunca lo intentó siquiera. Con el correr del tiempo, los miedos se disiparon. Podía volver a cualquier hora, en cualquier estado, y ella estaba allí, atenta. Hasta comencé a pensar que era como un ángel guardián. Si no había intentado rebelar su ira en tantos años, si no se había aprovechado del estado con que regresaba a casa los fines de semana…
Sin embargo, la duda en mi crecía. Muchas veces pensé en salir y gritarle qué deseaba. O llamar a la policía, o intentar sacarla, o ejercer violencia directamente contra ella. Pero enseguida me arrepentía, seguro que iba a ser contraproducente. Pero entonces… ¿qué esperaba? ¿Qué planeaba acaso? ¿Qué perseguía de mí? ¿Dinero? ¿Alguna posesión? ¿Mi cuerpo? ¿Controlarme? ¿Una frase?
A veces me despertaba llorando. Nunca llegue a entender bien por qué. Otras tantas veces intenté recordar mis sueños cual crucigrama para descifrar el misterio. Que enseguida me los olvidaba. Hice cursos de interpretación, visité brujos y hechiceras. Pero ninguna sabía como terminar con el enigma que me aquejaba.
Hasta que un día, durante la noche, me desperté con un grito: Una palabra. No sé si estaba despierto, o si dormido me imaginaba despertándome de un sueño. Lo cierto es que esa mañana de julio, cuando con el sol ya bien alto salí a trabajar, la vi como siempre, impávida, tiesa, serena. Al acercarme al árbol, noté que estaba muy flaca, casi sin vida y su cuerpo desangrándose cada vez más. Entonces, después de muchos años sin dirigirle la palabra, tomé coraje, me acerqué y con voz temblorosa, le hablé. Me hubiera gustado contarle todo lo que la había extrañado, cuánto la había amado, lo importante que había sido ella en mi vida, lo solo que me sentía ahora. Pero solamente me salió una palabra: El grito de los sueños. "Perdón" le dije, casi en un susurro. Entonces, como por arte de magia, como si por un suspiro de mago hubiese cobrado vida, su piel se enrojeció, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Casi como sacándome un peso de encima, di media vuelta y me alejé, a grandes pasos, mientras veía como ella se deshacía de los clavos en sus muñecas y pies. Esa misma noche, cuando volví de trabajar, ya no estaba.