Y así llegó el otoño, al fin. Los pájaros de latón chillaban hacia el Sur bajo el escudo de vapor naranja, y una luna sintética flotaba esplendorosamente sobre nuestra tierra.
Los árboles se plegaron y se recogieron dentro de los huecos del jardín, y los grandes globos se elevaron desde Central, los grandes globos marrones llenos de hojas que flotaban altos en el aire, preparados para inundarnos con un otoño artificial al ser apretado un botón en Control de Estaciones.
Y esos globos marrones, vacíos, deshinchados, flotarían hacia el suelo y, cual si fueran la mayor de las hojas muertas, tal vez serían encontrados por los hombres de hojalata, o por los hombres de Vamos-Ahora, o por los extraños mutantes legañosos que vagan por el plástico sin hogar.
Y entonces pasó el invierno en un revoloteo de nieve simulada y cristal, y los hombres en Estaciones, trabajando duro y sobrepasando los límites del buen gusto (pensé yo), retrocedieron mucho y nos fabricaron unas Navidades.
Era una cosa sencilla, pero de mucho trabajo, y además de mal gusto (creí yo) el arropar a los árboles normales con un manto de plástico verde y hacerlos brotar de sus huecos del jardín en Diciembre, con una estrella rodeada de un extraño halo. ¿A quién podía importarle? ¡Oh!, ¿a quién podía importarle?
Y entonces fue primavera de nuevo. Y supe cuánto había perdido. A lo largo de los días del verano, a través del otoño, durante el empolvado invierno; con mi Fortaleza en automático, mis necesidades expertamente servidas por los MecanoBots, siempre a punto y autocontrolados; había permanecido sentado en mi silla anamórfica contemplando el paso de los meses, contemplando las travesuras de Central. Ni siquiera aburrido, ni siquiera divertido.
Porque había graduado mi sangre a baja-baja y mis tiras de carne a durmientes, y había permanecido durante los largos días casi tan quieto en todas mis partes como el nuevo metal de todos mis «recambios».
Porque soy de Moderan, ¿saben?, donde toda la gente ha sido «recambiada» ya, en un grado u otro, con aleaciones de metal nuevo que constituyen la masa de nuestro esplendor, mientras que nuestras tiras de carne son pocas y están sojuzgadas.
Pero la primavera…, algo pasa en primavera. El mundo se desliza hacia la intranquilidad y algo, medio dormido, agita sus fríos pliegues, se mueve tambaleante y te mira, atontado, con ojos legañosos. ¿O es que tal vez un hombre de lata, mientras yo descansaba, movió un poquito el control de mi corazón?
Es algo que no puedo decirles, de verdad. Un mes estoy sentado tranquilo como una fría bola de plomo, pensando en los Profundos Problemas Universales, mi corazón pistoneando un lento y constante ritmo Moderano, diseñado para hacerme durar eternamente, mi mundo un llano mar de liso tiempo sobre el que floto.
Y de repente estoy en las rompientes, mi corazón agitándose a un ritmo explosivo, mi clara sangre verde subiendo agitada a llenar los tubos de mi garganta y atragantarme. ¡Estoy pensando en ella y en el día de verano en que me dejó!
¿O fue una noche? No me he sentido muy bien desde que me dejó. ¿Quizá sea orgullo? ¿Quién puede decir, en estos asuntos, lo que puede significar uno a otro?
A veces pienso que me haré con el poder en esta tierra. ¿Por qué no? Haré científicos de mis armeros. Y de los hombres de hojalata. Convertiremos esta Fortaleza en un gran laboratorio de experimentación. Obtendremos el Arma Definitiva, que hará que las demás Armas Definitivas parezcan bombas de juguete.
Obtendremos tal desintegrador que sólo pensando en el botón de puesta en marcha podré aniquilar regiones enteras. Y entonces le diré a Central: Central —le diré—, molestaste por última vez. No más primavera, escucha. Ni tampoco más verano, escucha. ¿De acuerdo?
Y más vale que esté de acuerdo, pues de lo contrario… Bueno, después de esto seré un dirigente bondadoso. Permaneceremos en el otoño e invierno, todos nosotros, porque la primavera y el verano están verdaderamente muertos, ¿entienden? Desaparecidos.
Pero tal vez no me hago entender. ¿Quién quizá lo puede, con otro?
Otras veces pienso que haré serpientes. Tengo los croquis. Transformaré mi Fortaleza en una gran fábrica de serpientes de plástico verde. Y las dejaré reptar sobre esta tierra árida.
¡Serpientes! Éste es el símbolo. ¿Qué hay mejor para decirle a todo el mundo lo que tengo que decirle? Y entrenaré una, especial, para que vaya y se tienda sobre el tejado bajo el que ella se cobija. Con él.
Aunque tal vez esto les haga pensar que soy malvado. O celoso. No es esto, de ningún modo. Pero me siento ultrajado por la estupidez de ella, y estoy herido por algo que se mueve y remueve en los rincones fríos de mi caja cardíaca cuando llega la primavera en un remanso del triste torbellino en el que gira el mundo.
Creo que es la estupidez de ella lo que más me ultraja. Comprendan: ¡ella me dejó por uno muy inferior a mí! Deben creerme. Deben… Deben…
No fue que no la tratase bien. Ella fue mi amante de metal nuevo por muchos meses dichosos. Y entonces, tal como ocurren estas cosas, supongo que aprendió a amarme. Y no puedo echarle la culpa por esto. Ciertamente, no fue estúpido por su parte el hacerlo.
Sin embargo, como ocurre con las mujeres, quería más y más de mi tiempo. Lo que quiero decir es que ella quería compartir mi vida y hasta ayudar a dirigir, ¡o tal vez hacerlo ella!, la Fortaleza.
¡Ella quería que dejase su control de animación en Encendido!
Pero, le expliqué pacientemente, como se hace con los niños, era mucho mejor para ella tener el control de animación en Encendido sólo mientras estuviésemos amándonos, y luego moverlo a Apagado cuando no estuviésemos amándonos, y así ella podría meterse bajo la cama y permanecer allí como una barra de acero o unos viejos zapatos de plástico hasta que, perentoriamente, la necesitase otra vez.
Cualquier otro arreglo, como le expliqué una y otra vez, quizá me llevase a un debilitamiento de mi fuerza mental en el Profundo Pensamiento Universal. Creí que había comprendido.
Y entonces, un día… Era verano, las pesadas flores se alzaban por todas partes y las crías de los petirrojos artificiales estaban probando sus inseguras alitas y lanzando cancioncillas recién aprendidas… Ese día me descuidé. Supongo que dejé su control de animación en Encendido cuando hubimos terminado.
Recuerdo que era una temporada de mucho pensar, otra vez había terribles dificultades en los viajes espaciales a Marsoplan, y la Galaxia Roja estaba de nuevo ocasionando problemas. Creo que dejé sin apagar su control de animación.
O tal vez uno de los hombres de lata…, pero no debo volverme demasiado suspicaz. Aún hoy me parece culpable cada rostro que miro. A veces pienso si no estarían todos haciéndole el amor a ella cuando yo estaba ocupado, pensando.
Y cuando imagino esto, la verde sangre corre por mis tiras de carne tan hirviente que apenas puedo contenerme para no aniquilar los alrededores con un Fuego Máximo, para así dar a conocer mi estado de ánimo.
En resumen: lo que ocurrió es que me dejó aquel día, mientras yo estaba en mi pensatorio, ocupado. Sé que tuvieron que ayudarla a pasar sobre los once muros de acero de mi Fortaleza. Tienen que haberlo hecho.
Estoy todavía maquinando un castigo para esos sirvientes traidores, y ningún castigo me parece suficientemente grande para ellos. Cuando me entere de quiénes han sido… ¡Oh!, mi necesidad de venganza crece y crece y me domina.
¡Y cuando la encuentre a ella!… ¡Y lo haré! Espero que para entonces ya tenga a punto mi venganza. Mis «muchachos» están todavía, en este mismo momento, infiltrándose en las Fortalezas vecinas, donde habitan los Dueños inferiores, para encontrar qué Dueño inferior fue el causante de su estupidez. ¡Y cuando la encuentren!…
Pero, ¿saben?, tengo una esperanza. Aún en esta primavera, dañina para el corazón, tengo una esperanza, aún en este alto en el doloroso girar del mundo en su camino tengo una esperanza. ¿De que ella vuelva? ¡Oh, no!
Tengo la esperanza de que la encuentren fuera de toda Fortaleza. Tal vez errante por el plástico sin hogar, gritando mi nombre. O quizás «viviendo» en algún agujero de algún árbol, en algún jardín, esperando que me acerque a ella para decirle: «¡Vuelve!».
Pero ¿la aceptaría de nuevo? ¿Puedo aceptarla de nuevo? Sospecho de cada mirada con la que me cruzo. Me sube la sangre verde a la cabeza. Pienso en serpientes y seguiré pensando hasta que sepa…
¿Y quién puede saber? ¿Sobre qué cosas se puede saber?… Así que adelante, con el máximo esfuerzo, con mis planes de venganza. Y cuando la encuentren…, ¡y la encontrarán!…, espero que no se anticipe esto a mis planes.
… Apresuraré la terminación de la nueva máquina. ¡Dejaré su control de animación en Encendido! La dejaré «vivir», mientras la nueva máquina machaca su «vida» hasta convertirla en átomos gelatinosos.
Por su estupidez…, pues la estupidez es una cosa de lo más terrible, ¿saben? (especialmente cuando es comparando MI persona con otra)…, y merece un tremendo castigo.