Sé que la batalla final está a punto de librarse. Las cenizas radioactivas que ahora lo envuelven todo hacen que la atmósfera sea de un gris translúcido; sobre ellas el sol brilla atenuado, apenas un borrón de claridad. La soledad más absoluta reina ahora en el mundo, y el viento, cuando se levanta con fuerza, barriendo escombros, es el único sonido que se oye, lo que invariablemente me produce escalofríos. Escribo desde los restos donde un día viví. A mi alrededor no queda nada, pero nada necesito, porque tanto si gano como si soy derrotado, este será el fin. Pero debo empezar por el principio...
Dicen que las dificultades estimulan nuestros deseos de mejorar. No sé si será verdad siempre, pero creo que la frase se puede aplicar sin duda a mi caso. Cuando ella me rechazó fue como si la Tierra misma se saliese de su órbita. Como todos los amantes alguna vez despechados, hice el ritual de rigor, no por conocido menos necesario: deambulé sin rumbo fijo por las calles, contemplé el oleaje rompiendo contra el espolón del muelle, me quedé viendo en la tele programas absurdos hasta altas horas de la noche... Y cuando ya empezaba a recobrarme, leí por azar en uno de los libros que tenía en casa la siguiente frase.
«Según la teoría inflacionaria en su versión más radical, si algo es físicamente posible, sucederá. Habrá infinitas historias en diferentes parches del universo. Así que si sufre por amor, consuélese, en algún lugar del universo usted está con la persona amada».
Me encantaba cuando los autores de divulgación científica adquirían ese tonillo bromista.
La inflación es una teoría cosmológica que pretende explicar por qué el universo es tan cercano a la planitud y por qué faltan en él objetos de cierta —digámoslo así— extravagancia. Miremos en cualquier dirección: el universo presenta las mismas propiedades, incluso en sentidos opuestos. Esto es muy sorprendente porque desde el origen, ni la luz ha podido viajar y transmitir la información acerca de la configuración del cosmos. ¿Cómo salvar este escollo? Bien, si en los primeros instantes de vida del universo hubo una expansión bestial, de tal forma que puntos casi adyacentes acabaran distanciados por años luz, todos los problemas se arreglarían. Eso significaría que toda la inmensidad de los cielos en los que vivimos no sería sino el resultado de separar enormemente dos motas atómicas, una junto a la otra en el principio. Por supuesto, otras motas próximas habrían experimentado procesos semejantes, dando lugar a «parches»: más allá de la capacidad de nuestros telescopios más potentes encontraríamos otros universos, tal vez con leyes físicas y químicas diferentes. Pero no solo eso, en una versión más radical de la teoría, el proceso de expansión no se detiene nunca, es lo que se llama la inflación eterna; de los diferentes parches van surgiendo nuevos parches, en un proceso sin fin. En este escenario, cualquier evento no prohibido por las leyes naturales que pueda suceder, acaba teniendo lugar. La eternidad es mucho tiempo.
Así pues, según el autor del libro, un yo rondaba por ahí, en algún recoveco del infinito multiverso, ligándose a la chica que me gustaba. Sin embargo, a mí, en lugar de consolarme, la idea me mortificaba. ¡Aquel estúpido, malnacido y caradura, con mi chica! Tuve unos celos inmensos desde el primer instante. Quise llegar a ser como él, convertirme en él, aunque en al menos una de las infinitas posibilidades yo era exactamente como él salvo que aquella chica no estaba por mí. Pero, ¿cómo lograrlo, si aquellos universos, de ser correcta la hipótesis inflacionaria, estaban más lejos de mi alcance de lo que cosa alguna estuvo jamás... sí, incluida ella?
Aunque sabía que era imposible, me dediqué con ahínco a estudiar todo lo relacionado con la inflación. Fueron muchas las noches —y los días— pasados entre montañas de libros, luchando por entender. Pero tras el esfuerzo llegó el premio: me convertí en un experto de talla mundial en tan abstruso campo. Iba a las conferencias y los congresos como un científico más (me lo podía permitir el fondo fiduciario del que me beneficiaba), y sin embargo me sentía vacío, extraño. Todo aquello no iba conmigo. No me sentía representado. Las académicas discusiones eran para mí tan frías y carentes de contenido como cualquier charla de adivino de feria. Me di cuenta de que tan insignes figuras no querían salir del reino platónico de sus ideas, de que no les interesaban las posibilidades digamos... prácticas. Esas aplicaciones al mundo cotidiano en cambio lo eran todo para mí, pues en el fondo sustentaban mi búsqueda, mi ansia. Así que me preguntaba, día tras día, ¿qué puedo hacer para viajar a otra realidad y suplantar al malnacido que está con mi chica?
La pregunta llegó a convertirse en mi obsesión privada. Dejé de visitar a los amigos (los pocos que tenía), me encerré en casa. Comía lo que encontraba en la nevera o lo que una vecina más que atenta dejaba junto a mi puerta. Devorado por esta obsesión el tiempo transcurrió, borroso como una niebla. Cuánto pasó, no lo sé. Tuvo que suceder algo que rompiese la cadencia de los días clónicos para que volviera a mirar un calendario.
Una noche, mientras dormitaba con la cabeza apoyada en una mesa infestada de papeles con cálculos y fórmulas, oí ruidos detrás de mí. Me levanté y me quité un folio que se me había quedado pegado al rostro. Allí, detrás de mí, estaba yo.
—Tranquilo —me dijo (o me dije).
—¡¿Qué...?! —balbuceé.
—Soy yo, quiero decir, soy tú. Conozco tu búsqueda. Es la misma que la mía. Y vengo desde un lejano parche para ayudarte. Juntos podremos obtener lo que nos pertenece.
La impresión había sido grande (¡cómo no!), pero enseguida entendí lo que sucedía.
—¡Entonces, lo lograste! ¡Descubriste cómo viajar entre universos desconectados! —exclamé.
—Sí, lo hice, o lo hicimos. Bueno, a decir verdad, el mérito no es tanto mío (nuestro) como de otros viajeros que nos enseñaron como hacerlo. Recuerda que todo lo que no esté prohibido por las leyes naturales puede suceder...
—¡Pero el viaje entre regiones separadas por la inflación es una de las cosas más palmariamente imposibles! —protesté.
—Según lo que sabéis en tu universo, la improbabilidad es infinita —me dijo, como si tuviese la respuesta preparada de antemano.
Una luz comenzó a encenderse en mi cabeza. ¡Claro, en mi universo!
—Entonces —dije— tú vienes de una región en la que la física permite saltar entre parches.
—Que la improbabilidad tienda a infinito no significa imposibilidad absoluta. Digamos que sabemos como contraer la improbabilidad. En fin... no quiero aburrirte.
—Pero, en ese caso, ¿cómo es que este universo no está plagado de gente de tu universo y otros universos con propiedades como las del tuyo?
—A ver, piensa... Recuerda que hay infinitos universos. Aunque los miles de miles de millones de billones de habitantes de mi cosmos viajasen todos los días a una región diferente, la probabilidad de que acabasen en la tuya sería de prácticamente cero. A buen seguro, soy el primero en pasar por aquí.
Claro. Era lógico. Sin embargo, mi natural desconfianza saltó al ruedo. Le dije.
—¿Y por qué te has dignado a venir, eh? Tan solo tenías que viajar a una de las regiones en las que ella nos quiere y arrebatársela al usurpador.
—Digamos que me he compadecido de ti. He visto tu angustia a través del jardín de mundos y he querido ayudarte. Y bueno, también la superioridad numérica siempre es un punto a favor para ganar una pelea. Mi plan —y en ese momento extendió los brazos en un gesto un tanto teatral, como si quisiese abarcar la creación entera—, es encontrar dos regiones en las que ella nos quiera, en todo lo demás iguales a la tuya. Tú me ayudas a matarnos, es decir, matar al usurpador. Luego vamos a la siguiente región y allí hacemos lo mismo. Tú te quedas en ese último parche con ella y yo, que soy quien puede saltar entre regiones, regreso a la primera región, donde ella me espera. ¿Queda claro?
Asentí. Era una gran idea y podía funcionar. Me moría de ganas de ponerla en marcha.
Y eso hicimos. Y he de decir que todo fue muy fácil. Mucho más de lo que esperaba. Caímos sobre mí cuando volvía de una cita campestre con mi —nuestro— amor. Surgimos del mismo tejido del espacio-tiempo, y ya tan solo del susto el usurpador casi se muere, pero como no fue suficiente, mientras mi compañero se peleaba con ese yo, afortunado hasta ese entonces, corrí hacia la orilla de un arroyo cercano y agarré un cayado, liso y pulido, y con él en la mano golpeé al usurpador hasta abrirle el cráneo. De un pequeño salto fuimos a un parche cualquiera para abandonar el cadáver y luego nos encaminamos hacia el siguiente, el que sería el mío, y repetimos casi literalmente lo que antes habíamos hecho, con idéntico resultado a nuestro favor.
Mi yo viajero me dejó y fue al lugar que le correspondía. Nos despedimos de manera seca, efectiva. Yo le di las gracias, pero con la boca pequeña. Preferí pasar por alto el hecho de que me había ayudado. Cuando se marchó, dejando tras de sí una estela sutil de aire cargado de electricidad y de luz no natural, encaminé mis pasos hacia la que era la casa que yo habitaba en aquella realidad. Al día siguiente me reuniría con mi amor. No había prisa. El mundo era nuestro y el tiempo también.
* * *
La paz y la felicidad reinaron en mi mundo durante casi cinco largos años. Ella nunca sospechó que yo no era —estrictamente hablando— el mismo que había conocido (¿cómo iba a hacerlo?). Se entregó a mí desde el primer momento con la pureza de la inocencia. En mis noches de debilidad a veces me preguntaba cómo reaccionaría de saber quién era en realidad aquel con el que compartía la cama. Quién era y cómo era. Lo que había hecho para conseguirla. Pero todas aquellas dudas, las pocas ocasiones en que me asaltaban, se deshacían por la mañana.
Mi relato terminaría aquí de no ser porque un día todo cambió.
Las condiciones no pudieron ser más propicias: unos nubarrones grises llevaban horas instalados en el cielo, inmutables como sólidos platónicos, anunciando una tormenta que no parecía llegar a desatarse. El viento daba bandazos, cambiando constantemente de dirección, racheado. La gente parecía querer evitar las calles y refugiarse en sus hogares. Si no fuera porque siempre me he considerado una persona cerebral, diría que todo aquello presagiaba algo siniestro, y tal vez debí haberlo dicho, habida cuenta de lo que sucedió poco después.
Ella, que por aquel entonces se había convertido en mi mujer y esperaba un hijo, no había regresado aún del trabajo. El reloj de la cocina daba las ocho de la tarde cuando empecé a preocuparme de veras. Hacía ya horas que tenía que haber llegado. Sin embargo, la auténtica naturaleza de mis pensamientos no era la habitual en estos casos... era más antinatural. Alguna voz interior, callada desde hacía años, o tan solo agazapada, despertó para decirme que la habían secuestrado. Que los habían secuestrado, a ella y a mi hijo, y que pronto vendrían a por mí.
Me levanté de un salto y cogí un cuchillo de cocina. Ni que tuviera precognición: justo en ese momento un chirrido agudo me llegó desde el tejado del chalé. Mis músculos se tensaron y el miedo se evaporó de mi cuerpo; ahora todos mi ser apuntaba a una única dirección: la lucha por la supervivencia.
Sabía quién estaba aquí. Con el cuchillo más largo de los que encontré, enfilé los escalones que subían al desván bajo el tejado. Una vez allí abrí la puerta de un puntapié. Una penumbra solitaria apenas permitía ver, en cambio las sombras de las oscilantes ramas del árbol de fuera, junto a la mía y a quizá alguna más, danzaban frenéticamente.
Una voz me llegó de algún punto situado en el techo.
—¿No quieres saber cómo es que estoy aquí? ¿No te gustaría saber algo antes de morir?
Pensé que mi yo que viajaba entre parches me había traicionado por alguna razón que aún no comprendía, pero el siguiente comentario anuló por completo mi suposición.
—Cometisteis un error, pero claro, no siempre se puede pensar en todo. La mala suerte se alió contra vosotros.
Yo avancé unos pasos hacia el interior del desván, alejándome de la claridad de la puerta.
—En primer lugar —prosiguió la (mi) voz—, pudieron reconstruirme el cráneo. La medicina estaba muy avanzada en aquel mundo. Pero no solo eso. Tuvisteis la pésima suerte de abandonarme en un parche muy especial... ¡uno que también permitía el viaje entre parches, por eso estoy aquí!
Así que era eso. Una venganza. Una de las versiones a la que matamos, a la que dábamos por muerta, se estaba vengando de mí.
—Supongo que la habrás secuestrado a ella, ¿no? —dije, aunque he de confesar que la seguridad de mi amada ya no me importaba tanto. Yo era lo único que contaba, en todos los sentidos.
—Tranquilo, nunca le haría daño. Y lo sabes. Aunque qué más te da, si te quedan tan solo minutos. Eso sí, déjame decirte que no creas que no conozco vuestro plan. He viajado por miles de parches y he reunido un ejército de nuestras versiones. Esto ha sido cuidadosamente planeado. Ahora mismo hay varias copias de nosotros rodeando la casa, no te creas que te enfrentas tan solo conmigo, no... pienso utilizar la superioridad numérica, como vosotros hicisteis.
Un miedo helado cruzó fugaz por mi interior. Afortunadamente no consiguió hacerme tambalear.
—Y por supuesto —continuó—, lo mismo es aplicable a tu amigo en su porción de universo.
En ese instante, balas trazadoras cruzaron el desván, dejando en el aire sus estelas de muerte. Un ventanuco se hizo añicos. Una luz no natural apareció de la nada... y supe que era él, es decir, que era yo.
—¡Al suelo! —me gritó.
Mientras una lluvia de cascotes me caía por encima, mis manos protegían mi cabeza y mi cuerpo se adhería todo lo posible al frío piso. Cuando el atronador sonido del arma cesó, alcé la voz para preguntar.
—¡¿Cómo has escapado?!
—¡Digamos que he tenido suerte!
Y el arma volvió a traquetear, resonando en aquel desván que se venía abajo pedazo a pedazo.
—Puedes levantarte ya, creo que se ha ido —me dijo.
Mi versión «amiga» tenía varios cortes por la cara, y allí de pie, con aquel arma en sus manos, parecía un soldado de otro mundo... bueno, lo que era en realidad.
Corrí a mirar por el ventanuco destruido, pero en el jardín no se veía a nadie. ¿Habrían huido todos? ¿Ante dos solamente? Me extrañaba.
—¡Tienen a todo un ejército a su disposición, y no sé cómo los ha convencido, pero están deseando matarnos! —me gritó mi yo.
A pesar de la tensión del momento tuve un instante de introspección. Iban a por mí sin ninguna piedad. Aquello podía explicarse porque muchos de aquellos seres serían literalmente como yo. ¿Y cómo era yo? Creo que mis actos hablaban por mí.
Pero a pesar de todo ahora tan solo quedaba luchar, luchar con la esperanza de aniquilar a todos mis adversarios. Eran ellos o nosotros.
De pronto, algo blanco empezó a caer del cielo. Era un polvo o quizá más bien una forma de nieve. Tan solo con tocar la vegetación de fuera la hacía arder, y la casa misma pronto se vio cercada por las llamas. A través de los huecos que las balas habían dejado en el techo aquella sustancia se coló en el desván donde estábamos, y cuando una de aquellas partículas tocó mi hombro sentí una abrasión como si me hubiera mordido una cobra.
—¡Debemos huir! —grité.
Y mi yo no se hizo de rogar y pronto saltamos a otro parche, en esa fascinante forma de viajar, dejando aquel universo atrás.
Estábamos en un prado, verde y de cielos de un suave azul, puro contraste con el paisaje que habíamos dejado atrás.
—No se detendrán ante nada —dije—. ¿Qué crees que era eso que nos tiraron?
—Exactamente no lo sé. Tal vez un derivado del napalm, o del azufre blanco. Juegan duro.
Asentí y me tumbé en la hierba, fresca y húmeda, que actuó como un colchón. Tenía la certeza de que aquel momento de paz sería breve, sería fugaz, como todo lo que había sido bueno en mi vida. Por supuesto, podríamos huir, quedarnos en ese parche cosmológico. ¿Cuáles eran las probabilidades de que nos encontraran? Prácticamente cero. Pero sabía que no lo haríamos. Iríamos a por ellos. Así era yo y quizá en esta forma de actuar esté la auténtica explicación de por qué me ha pasado lo que me ha pasado.
Dejé que la suave brisa nos meciera y que la hierba susurrase en su lengua primordial antes de hacer la pregunta.
—¿Cómo los venceremos?
Mi yo meditó durante un momento. O quizá era que quería apurar al máximo la sensación de paz.
—Es una cuestión de armamento —dijo al cabo de un rato—. Tenemos que cruzar de nuevo por el jardín de mundos y conseguir las armas más letales. Armas que puedan funcionar en mundos con la máxima variación posible de leyes físicas.
—Pues mejor ponernos en marcha.
Y volvimos a cruzar, viajando por parches de lo más exótico, hasta que conseguimos lo que queríamos. De entre el arsenal miniaturizado que llevábamos con nosotros había algo que era lo más mortífero con lo que se podía soñar. En un parche en el que había habido una especie de guerra fría a escala cosmológica, robamos una pequeña esfera blanco-amarillenta, del tamaño de un pulgar. En aquel parche la llamaban «modificador de vacío». Tenía un poder destructor increíble: modificaba el estado de vacío fundamental del parche del cosmos en el que se encontrase, convirtiéndolo en falso vacío, haciendo que todo el universo experimentara una transición a un nivel más fundamental. La modificación se expandiría como una burbuja a la velocidad de la luz, cambiando literalmente las leyes físicas, aniquilándolo todo, el cosmos entero, incluidos nosotros, claro, que estaríamos allí y que no podríamos reaccionar más rápido que la luz para huir. No podríamos escapar. Era un camino sin retorno. Debo decir que guardábamos el modificador de vacío como último recurso. Pretendíamos ganar con armas muy mortíferas aunque no tanto como el modificador.
Volvimos al parche que había sido mío durante cinco maravillosos años, y lo que vimos nos partió el alma. Allí no había nada. Mi casa ya no existía, pero tampoco las casas de los alrededores, ni la ciudad entera que estaba bajo los pies de la colina donde vivíamos. Tan solo quedaban escombros diseminados aquí y allá, restos de hormigón humeante y mucha radiactividad en el ambiente. Tanta que tuvimos que saltar a varios centenares de kilómetros de distancia para estar más seguros.
Había un solitario motel de carretera en aquel lugar, con sus luces encendidas, pero no se veía a nadie. Empecé a temerme lo peor.
—Los niveles de radiactividad siguen muy altos —me dijo mi yo.
—¡Lo han hecho! No puedo creerlo. Nos tomaron la delantera —por un momento me pareció increíble que un yo hubiese actuado así, por ilógico que sé que parece.
—Debemos asegurarnos.
Saltamos hasta una órbita baja alrededor de la Tierra y enfocamos nuestros contadores Geiger. La Tierra —aquella Tierra— había sido barrida por explosiones atómicas. Nubes de ceniza cubrían el globo y nada era todo lo que se veía. El invierno nuclear había llegado.
Antes de poder decir algo, me encontré de nuevo saltando. Enseguida supe hacia dónde. Hacia la Tierra de mi yo compañero, donde por desgracia el paisaje era el mismo que el que habíamos dejado atrás. Muerte y devastación.
Miré a mi yo y vi que estaba desolado, como yo. Siendo sinceros, nunca fuimos gente sociable. Bueno, esto es prácticamente un eufemismo. No nos gustaba la gente, no nos importaba; tanto uno como otro habíamos sido bastante egoístas, y limitábamos la esfera de nuestro mundo a exclusivamente nosotros y quizá a ella, una vez la conocimos. Pero aquello superaba todo lo imaginable. Haber acabado con todo lo que conocíamos, todo el mundo en el que anclábamos nuestras vidas... era demasiado. Nosotros, al menos, solo íbamos a hacer algo así como última opción. Con eso nos queríamos consolar. A pesar de que, como es obvio, los que hicieron tamaña barbaridad no eran otros sino nosotros.
En medio del silencio reinante, intenté poner las cosas en claro, al menos para mí mismo. ¿Qué haríamos ahora? Ante esa situación tan solo había tres posibles acciones; uno, podíamos buscar un parche en el que vivir tranquilos los años que nos quedasen, intentando borra todo recuerdo, sabiendo que nunca seríamos encontrados, pagar con la renuncia y el olvido nuestra desmesurada ambición; dos, repetir el plan inicial, buscando entre las infinitas posibilidades de nuevo un par de mundos en los que suplantáramos a nuestros yoes y viviéramos en felicidad con el amor de nuestras vidas; tres, luchar... hasta el fin.
La primera opción estaba descartada. Ambos sabíamos que éramos demasiado orgullosos, que aquello era una rendición vergonzosa. Tal vez fuese la opción más sabia, la que un Confucio escogería, pero no era admisible para nosotros.
La segunda opción... bien, creo que no teníamos ganas. Empezar de nuevo, vale, pero también era una renuncia, y la rendición estaba implícita. Además, del mismo modo que en su día nos obsesionamos con aquella mujer y así empezó todo, ahora nuestra obsesión había mudado: queríamos ante todo acabar con aquellos otros yoes que habían ido a por nosotros. En realidad, y decir esto puede ser una monstruosidad, ella ya no nos importaba. Nuestros corazones se habían endurecido, aún más. Tan solo entendíamos el lenguaje de la destrucción.
Así pues solo quedaba la tercera vía. Y no era fácil, no. Pero creo que después de ver tanta desolación a nuestro alrededor queríamos nosotros también sumarnos a ella, sumergirnos en el maelström que nos arrastraría a todos a la nada más absoluta.
Acordamos coger cada uno una esfera. Él me acompañó a mi mundo y allí me dejó, rodeado de los escombros de las paredes entre las que una vez viví y de las cosas que una vez reconocí como mías. Porque en verdad que fui feliz allí, en aquellos cinco años, aunque consiguiera mi felicidad de una manera tan sanguinaria. De hecho, quizá por ello la rueda del karma había girado para mí y me castigaba, condenándome a los abismos. En otra época me habría burlado de algo así. Ahora estaba dispuesto a aceptar casi cualquier cosa.
La despedida fue breve, pero emotiva. No cruzamos palabra alguna, no hacía falta. Sentí una extraña forma de amor hacia aquel ser que era tan parecido a mí que casi era yo. Creo que era la segunda persona por la que sentía algo así, la tercera si contamos al hijo que esperaba y al que ahora nunca veré.
Así que aquí estoy, escribiendo estas palabras mientras los espero a ellos, porque sé que vendrán. Porque son como nosotros y piensan como nosotros, así que saben que no hemos huido, que los esperamos. La inconmensurable magnitud de la destrucción los ha embrutecido, más aún de lo que ya estaban (estábamos). Sé que nadie leerá estas palabras que ahora escribo, pero eso no importa, porque el hecho de plasmarlas me ha aliviado de algo, aunque no sé muy bien de qué.
Cuando los veo surgir de la nada, a escasos kilómetros de donde estoy, con las luces de su aparición como únicos destellos en un mundo muerto, sé que ha llegado la hora. Ignoro si vienen primero a por mí y luego a por mi otro yo, o si ya lo han matado, o se han repartido el trabajo. Da igual. Si quiero cumplir mi cometido debo dejar de escribir y coger el modificador...
...Suben la ladera, se toman su tiempo. ¡Están tan confiados! No saben lo que les aguarda. La esfera rueda entre mis dedos como una canica. Voy a hacerlo, voy a pulsar el botón central y a disolver el tejido mismo de la realidad, pero antes me acuerdo de unos versos del Bhagavad Gita que dicen que Oppenheimer recitó cuando vio alzarse hacia los cielos los fuegos blancos de la primera explosión atómica.
«Me he convertido en muerte, el destructor de mundos».