mío
¿Cuánto tiempo lleva dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño? Sin duda unas cuantas horas. Confía en que al menos sean las tres de la madrugada.
Estira la mano hacia la mesilla de noche y palpa a tientas su pulida y familiar superficie de madera hasta que sus dedos dan con su teléfono móvil.
Presiona el botón de encendido y sus ojos se entornan ante la lacerante luz que hiere las penumbras y confiere a su rostro un aspecto fantasmal.
Las 23:14.
¡No puede ser! ¡Es imposible!
Debe de haberse quedado dormido, al fin y al cabo. Parpadea un par de veces. Vuelve a mirar la pantalla del celular. Los mismos cuatro dígitos siguen ahí, tercos, inamovibles.
Suspira.
Deja el teléfono otra vez en la mesilla y se vuelve del otro lado.
Transcurren unos angustiosos minutos hasta que la certeza de que va a resultarle imposible dormirse hace que se incorpore.
Su grueso y flácido cuerpo suda copiosamente. Parece un grotesco muñeco inflable Michelin gigante, embutido en una raída camiseta de tirantes que otrora fue blanca y enfundado en unos enormes calzoncillos de palmeras.
Tarda unos instantes en quedarse sentado sobre la cama, apoyando su espalda contra el incómodo cabecero de madera a juego con la mesilla.
Jadea mientras trata de recuperarse del esfuerzo, mientras su respiración se ralentiza y su ritmo cardíaco desacelera la peligrosa velocidad que había adquirido.
Acerca de nuevo su mano a la mesilla, esta vez para coger un vaso de agua que vacía en un par de tragos.
Coge el mando a distancia y enciende el pequeño televisor que pende de la pared, a los pies de su cama, con el firme propósito de entretener su mente y apartarla de cualquier pensamiento relacionado con la comida.
Sabe que tiene un problema con la comida.
Su madre se lo dice.
Su padre se lo dice.
El médico se lo dice.
Pero sigue siendo algo que le supera. Un muro infranqueable, una gruesa pared de hormigón sobre la que se estrella su débil voluntad de adolescente una y otra vez, quebrándose como una rama seca aplastada en verano.
Transita por varios canales sin ver en realidad lo que la pequeña pantalla tiene que ofrecerle.
Porque su mente no está allí. No realmente. No del todo.
Su mente le ha llevado a otro sitio. A otro lugar.
A un maravilloso y mágico castillo envuelto en brumas, perdido en un precioso paisaje repleto de verdes, ocres y marrones.
Un castillo en el que siempre hay algo que celebrar.
En el que siempre es hora de comer.
En el que siempre hay preparada una enorme mesa en su lujoso comedor, colmada con los más dulces manjares que uno puede llegar a soñar.
Y todos son para él.
Solo para él.
Toda esa comida es suya.
Solo hay una silla en esa estancia. Un trono, de hecho.
Allí él es el rey.
Él es el único invitado al inacabable banquete.
Carnes, guisos, pescados, pasta, dulces... La lista de platos es interminable, ocupando hasta el último centímetro cuadrado de la gran mesa.
El delicioso aroma que emana de todos esos manjares le hace salivar al instante y provoca que sus ojos se llenen de lágrimas.
Su descomunal estómago chirría como una vieja puerta oxidada en anticipación del festín.
No ve el momento de sentarse a la mesa y comer. De engullir todas esas exquisiteces como si no hubiera mañana.
Quizás empiece por el guiso de conejo, o las morcillas, o mejor por los canelones. O quizás vaya comiendo un poco de todo. O empiece por los platos de su izquierda. O…
—Nos vamos a dormir. Buenas noches mi ángel. Que descanses.
La voz de su madre lo saca de sus ensoñaciones y lo devuelve a la deprimente realidad de su habitación.
Mira de nuevo el móvil: las 23:25.
La empapada camiseta protesta ante el brusco movimiento. Sus más de 120 kilos amenazan con romper el endeble tejido en cualquier instante.
No se molesta en contestar.
Está enfadado con ella. Y con su padre.
Con ambos.
¡Lo están matando de hambre!
Ya no compran bollería. Le obligan a comer verdura y ensalada como si fuera un conejo. No le dejan picar entre horas. Ni repetir. Ni comer por las noches. Ni comer lo que le gusta.
Así que estos últimos días vive en una constante agonía, en un perpetuo sufrimiento, bajo una ansiedad insoportable que le pone de mal humor y le drena las pocas energías que tiene.
Además, apenas descansa.
Todos dicen que es por su bien.
Su madre se lo dice.
Su padre se lo dice.
Su médico se lo dice.
Pero, ¿qué demonios sabrán ellos de lo que es mejor para él?, ¿del tormento por el que está pasando?
¿Quién cojones se creen que son para tratarlo así?
Se levanta de la cama tratando de no hacer ruido y se arrodilla en el suelo. Levanta el colchón.
Allí no hay nada que comer. Solo unos vacíos envoltorios de chocolatina que lame con fruición en busca de algún resto, de algún rastro de su sabroso contenido.
Su estómago protesta larga, dolorosa y sonoramente, y en su mente se aviva la hiriente sensación de hambre con cruda y fortalecida intensidad, despertando al monstruo que yacía adormilado, invernando.
Maldice en silencio.
La habitación de sus padres está contigua a la suya.
Se dirige al armario.
Rebusca tras las sudaderas hasta encontrar el tarro de galletas que tiene allí escondido para emergencias nocturnas. Ese tarro que se encarga de ir rellenando periódica y subrepticiamente.
Sus ojos no dan crédito: vacío.
Desenrosca la tapa y lo vuelca sobre su ávida garganta para engullir las pocas y resecas migas que aún contiene.
Pero esas migajas son insuficientes.
Esas migajas no pueden contener a la bestia que se está despertando en su interior. No pueden aplacarla.
Tira el tarro sobre la cama, cada vez más enfadado y entrando en estado de pánico ahora.
Registra concienzuda y metódicamente los otros escondites secretos de su habitación con idéntico y decepcionante resultado.
Se sienta al borde de la cama tratando de serenarse, de recobrar el control.
Lágrimas de impotencia, de rabia y de desesperación ruedan por sus gruesas mejillas.
Alguien ha hecho limpieza. ¡Vaya, sí la ha hecho! ¡Y de qué manera!
Coge de nuevo el móvil con un acto reflejo, casi de manera automática. Las 23:40.
El jodido tiempo parece estar también en su contra.
Su cerebro se esfuerza por recordar posibles sitios que se le hayan podido haber pasado por alto. ¡Tiene que haber algo de comer en algún maldito lugar!
Abre frenéticamente los cajones de la mesilla de noche, levanta la alfombra e incluso mira en el alfeizar de la ventana y en su hucha con forma de cerdito.
Nada.
Todas sus provisiones han desaparecido. Se han esfumado.
Han sido incautadas.
Se sienta de nuevo en la cama, sudando a mares, las venas de su cuello emitiendo rítmicas pulsaciones como una estación de morse, sofocado, turbado, cabreado.
Sus padres han puesto una cerradura especial en la puerta de la cocina para evitar sus incursiones. Así que es inútil tratar de forzar la entrada allí. Y por desgracia en la cocina está la despensa.
Trata de pensar algún otro lugar de la casa en el que pueda haber algo de comida, pero no se le ocurre ninguno. Salvo el sofá. Podría ir al comedor sin hacer ruido y lamer los cojines. Con un poco de suerte encontraría alguna miga más y quién sabe si algún trozo de pizza.
Pero eso sería peor.
En esos instantes se siente solo, abandonado, defraudado, confuso, engañado y, sobre todo, hambriento.
¡Por Dios, hace ya casi dos horas que ingirió su cena para cobayas bulímicas! ¿Se supone que tiene que aguantar hasta que se haga de día?
Una insidiosa voz en su cabeza, repite una y otra vez: es por tu bien, es por tu bien, es por t…
Ahora el enfado se ha transformado en ira, en un odio sordo, frío, que lo lleva poco a poco a un estado de calma y sosiego.
Ya no está en la habitación.
Ha vuelto al castillo mágico.
A su castillo.
Su mente vaga por el gran salón. Está sentado a la mesa. Y a cada plato en el que se fija aumenta su apetito junto con su enojo, empujándolo al cabo de unos minutos por el precipicio de la cordura.
La voz le ha dicho cómo puede quedarse en el castillo para siempre.
Pero primero tiene un pequeño asunto que arreglar.
Se levanta despacio, jadeando y resoplando como una vieja locomotora de vapor ascendiendo una cuesta pronunciada.
El móvil cae de su regazo y queda tendido sobre la sucia moqueta. Son las 23:48.
Él no se da cuenta.
Sigue en el castillo, en el gran salón, disfrutando de ese ágape sin fin, comiendo y bebiendo sin mesura, con las manos. Engullendo como una aspiradora todo lo que está a su alcance, atragantándose, pero sin dejar de comer en una obscena bacanal sin freno.
Sus mejillas encendidas, sus ojos abiertos sin ver, murmura escupiendo comida: mío, mío, mío, todo mío.
Su cuerpo físico, mientras tanto, se encamina lentamente hacia la habitación del fondo. Una vez allí busca la caja de herramientas de papá. La abre y coge uno de los martillos.
Sale de la estancia y se encamina por el estrecho pasillo hacia la habitación de sus padres, dejando un reguero de saliva mientras avanza como un zombi, martillo en mano, murmurando como un demente a la noche: mío, mío, todo mío.