el don
El sol hace rato que ha salido y ha ido trepando por el horizonte en su movimiento ascendente, acortando las sombras, apagando los bostezos, iluminando un nuevo día.
Jamie abre los ojos.
Parpadea un par de veces, perdido aún en los últimos vestigios del sueño que se resiste a morir en el olvido.
Mira el despertador.
Las 11:35.
Buena hora para levantarse.
Ha dormido bien. Se siente como nuevo después de más de diez horas de sueño reparador.
Tras una larga y relajante ducha se viste, desayuna y sale a la calle. Camina tranquilamente, disfrutando de la agradable temperatura, del sol en su cara, del ajetreo matutino.
Casi parece flotar. Se siente flotar.
Hoy va a ser un gran día. Uno más.
Él se encargará de ello.
Porque se lo merece. Porque es el mejor. El único.
No hay nadie que esté a su altura. Nadie puede estarlo.
Porque él tiene algo que lo diferencia del resto de la humanidad, del resto del universo. Algo que nadie más posee.
Él tiene el Don.
Quizás desde siempre. Al menos que Jamie recuerde
Tal vez sus padres pudieran corroborarlo. Pero ahora no están en condiciones de hacerlo.
Ellos nunca supieron entender su don, nunca lograron comprenderlo. Nunca aceptaron que su hijo era diferente, que era mejor. Así que llegó un momento en el que el joven tuvo que enseñárselo, que tuvo que demostrárselo. Para que ellos comprendieran. Para que entendieran.
Pero no quiere pensar en eso ahora. Hace ya tiempo.
Y hoy el día es demasiado precioso para arruinarlo con amargos recuerdos. Desciende las escaleras del metro silbando y es engullido por esa enorme boca insaciable junto con otras muchas almas, desapareciendo en el tupido entramado de túneles y enormes gusanos de metal, bajo tierra, en las oscuras y bulliciosas profundidades dotadas de vida propia.
Jamie toma asiento y se acomoda confortablemente entre un adolescente con la cara repleta de acné, gorra ladeada y auriculares, y una trabajadora de la limpieza, Sara. La pequeña placa en la blusa de su uniforme pregona su nombre.
Mira en derredor y sonríe, satisfecho.
El trasiego de gente es constante durante el trayecto. Sara y el adolescente son reemplazados enseguida. La gente va y viene. Entra y sale. Absorta en sus insignificantes problemas. Perdida en sus grises existencias sin sentido y sin expectativas.
Lo que se mantiene inmutable, pese al incesante cambio de caras, de cuerpos, es el subyacente olor a mediocridad, a derrota, a fracaso. Es un olor agrio, sucio, desesperado y sutil, que parece estar ya adherido a las propias paredes del vagón; mezcla de decenas, centenares, miles de aromas individuales.
Ese olor resulta inapreciable para cualquier persona, para cualquier otro.
Pero él no es cualquier otro.
Él es especial, diferente, mejor.
Su cuerpo no exuda ese halo de insignificancia, de bajeza, de resignación.
Él posee el Don. Su Don.
Se pregunta no por primera vez, porqué sigue utilizando el transporte público, porqué sigue degradándose a mezclarse con gente como Sara, o Daniel, o Jimmy, o John, o el pequeño y alborotador Timmy, camino de la guardería mientras su insensible madre, ajena al llanto del niño, está enfrascada en una discusión a ninguna parte por WhatsApp.
Entonces levanta la vista y contempla a un hombre de mediana edad (eufemismo para referirse a alguien en su cincuentena), calvo, con gafas de pasta negra, ojos claros y barba de un par de días. Otro don nadie camino a un empleo estresante y con un sueldo miserable. Esta vez enfundado en un traje barato, de mala calidad, con un viejo maletín de mano que ha vivido tiempos mejores y viaja en el suelo, entre sus piernas.
El hombre se aferra a la barra de metal del techo con su mano izquierda para evitar caer con los vaivenes y el agitado traqueteo del vagón, mientras sujeta un libro de bolsillo (al que apenas ha echado un vistazo desde que ha entrado) en su otra mano.
Y le está observando.
Quizás por azar mientras pasea su vista.
Quizás sin pretenderlo o darse cuenta.
Quizás.
Sea como fuera: le está observando. ¡Le está mirando! ¡A él!
Jamie desvía la mirada, sintiéndose mancillado, violado, observando el suelo durante unos instantes hasta que se decide a levantar la vista de nuevo.
El hombre continúa allí, de pie, cimbreándose con el movimiento. ¡Y continúa observándolo!
El joven aparta su mirada rápidamente, turbado, asqueado. ¿Cómo se atreve?
Es precisamente por momentos como este por lo que toma el transporte público, se recuerda.
Y ese pensamiento hace que el buen humor reaparezca casi de inmediato.
Al fin y al cabo, él no tiene nada que ver con ese perdedor.
Es lo más opuesto a él, de hecho.
Él tiene su Don.
Y va a utilizarlo ahora mismo, sí señor. Para dar una lección a ese maldito insolente que ha tenido la desfachatez de observarle durante al menos un minuto, ¡cómo si se considerase digno de tal honor!
Hay que enseñarle cuál es su posición, su estatus.
Igual que hizo con sus padres.
Abre la mochila que se encuentra en el suelo, entre sus pies, y extrae una pequeña libreta de su interior.
Es una pieza pequeña, de cuero viejo y desgastado por el uso, marrón, con páginas color crema. La portada presenta unos intrincados ideogramas grabados en la piel, que le confieren un aspecto fantástico, casi mágico. Los dibujos parecen una especie de Mandala, o, mejor dicho, una serie de Mandalas superpuestos; creando un efecto diferente, atrayente, exótico y misterioso a la vez, casi místico.
Las líneas se entrecruzan, convergen y divergen en un complicado patrón que confiere al cuero una marcada sensación de relieve, de antigüedad, de valor.
Parece una pieza exclusiva, cara, al alcance de pocos. Tal vez un tanto excesiva para tratarse de una libreta pequeña que sirve, básicamente, para tomar notas, plasmar ideas, hacer la lista de la compra o la de las tareas pendientes.
Pero solo lo parece.
De hecho, es una libreta especial. Muy especial.
Forma parte del Don. De su Don.
Porque este solo funciona en esa libreta.
Jamie la abre aparentemente al azar y toma una pluma del bolsillo del pecho de su impecable camisa de seda.
Podría hacer su magia con un lápiz, incluso con un vulgar bolígrafo, pero, ¿por qué no hacerlo con clase, con estilo?
Así que casi desde el principio ha utilizado siempre una pluma (una muy cara) para escribir en la libreta, como señal de respeto, reivindicando que se toma muy en serio su Don y la responsabilidad que conlleva.
Unos rápidos y expertos trazos van dibujando la silueta de una persona.
En apenas dos paradas la figura de un hombre de mediana edad es claramente apreciable. Debe darse prisa. Tres paradas más y la imagen está completa.
Levanta la vista y observa al modelo, al hombre del traje y el maletín, que ahora sí parece haber perdido el interés en él y se encuentra, aparentemente, enfrascado en la lectura del libro, pese a ir de pie, pese al traqueteo.
Mira su libreta y contempla de nuevo al hombre.
Sonríe. Está satisfecho de su obra, de su creación. La verdad es que tiene bastante parecido con el original.
Eso está bien. Cuanto más parecido mejor funciona todo. Más sencillo resulta desplegar su Don.
El convoy se detiene de nuevo.
Las puertas se abren.
Algunos salen del vagón y son reemplazados por otros que entran.
El hombre del maletín levanta la vista del libro, mira por la ventana hacia fuera, hacia el andén, hacia el nombre de la estación escrito en grandes letras rojas. Se da cuenta de que se trata de su parada, se agacha, coge el maletín y se lanza hacia las puertas justo en el momento en que el chirriante e intermitente pitido anuncia el cierre inminente de las mismas.
Jamie, momentáneamente absorto también en sus pensamientos, por poco pierde su oportunidad, su momento.
Escribe rápidamente una sola palabra al lado del dibujo, siete letras, con una grafía sencilla y precisa: piernas.
Con un rápido ademán pinta varias líneas que atraviesan las piernas de la figura de lado a lado, y otras más, y más, multitud de ellas con frenética velocidad; tantas que acaban emborronando el dibujo.
Justo entonces las puertas se cierran por completo y los vagones se ponen en marcha de nuevo.
El ruido de las conversaciones y del propio convoy adquiriendo velocidad apenas logran ahogar los gritos, el revuelo que reina en el andén, en la parada que están dejando atrás.
Un grupo de personas rodean un confuso bulto que se encuentra en el suelo. El hombre del maletín se ha desplomado de pronto, como si sus piernas se hubieran quebrado, y yace tumbado de lado, apenas cinco centímetros más allá de la gruesa línea amarilla que marca la zona de seguridad.
Su rostro sin gafas (seguramente se han escurrido de su nariz durante la caída), contorsionado por el dolor, la sorpresa y la angustia, apenas se parece al del dibujo de la libreta ahora.
—Mis piernas. Mis piernas —aúlla con una voz aguda y entrecortada que se desvanece a medida que el convoy se aleja.
En el vagón apenas si un par de personas se han percatado de que algo sucedía.
Jamie sonríe, guarda su pluma en el bolsillo, cierra la libreta y la devuelve a su mochila, satisfecho.
Al final ha valido la pena el sacrificio de viajar en el metro, de mezclarse con todos estos perdedores.
Pero todo tiene un precio.
Cuando llegue a casa tendrá que desvestirse, tomar una buena ducha, tirar toda su ropa a la papelera y prenderle fuego.
Sale a la superficie y se encamina silbando a una pequeña cafetería. El episodio del metro le ha hecho querer tomarse un respiro y degustar tranquilamente un café fuerte, negro, cargado, antes de ir a la oficina.
Ha estado allí en varias ocasiones antes. Es un establecimiento sencillo, sin pretensiones, pero limpio, con un buen y agradable servicio y con la tranquilidad suficiente para permitirle disfrutar de su propia compañía e intimidad sin ser perturbado.
Toma asiento frente a una de las ventanas que dan a la avenida y observa el deambular de la gente mientras aguarda su bebida.
La camarera le trae el humeante café y se lo deja sobre la mesa, acompañado de una radiante sonrisa y una galletita que deposita junto a la taza.
Su nombre es Amanda. A buen seguro una inmigrante sin papeles, que ha entrado en el país de manera irregular, tiene dos empleos para alimentar a sus cuatro hijos, un marido alcohólico y putero que la maltrata, y sueña con una vida mejor que nunca tendrá. Seguramente no estará aquí la próxima vez que decida tomarse un café.
Coge la taza y se la acerca a los labios.
El aroma intenso del café le hace olvidar lo vulgar del lugar, de los escasos parroquianos e incluso de Amanda.
Va a dar el primer sorbo cuando descubre que algo va mal.
La taza rebota en su boca como si de una pared se tratara, provocando el consiguiente movimiento brusco e inesperado de retroceso, en el que esta pierde la verticalidad, derramando parte de su caliente contenido sobre sus pantalones de marca.
—¡Maldita sea! —trata de exclamar Jamie, levantándose a medias y sacudiéndose el pantalón al mismo tiempo.
Pero no puede. Ningún ruido sale de su garganta, puesto que su boca no se abre.
Sus labios parecen de pronto e inexplicablemente estar pegados, estar cosidos uno contra el otro.
El corazón se acelera y quizás por primera vez en su vida adulta entra en pánico de manera absurda y lamentable, y precisamente allí, ante aquellos paletos desconocidos.
Busca con la mirada frenéticamente a Amanda, pero, al igual que los taxis cuando tienes una urgencia, esta parece haberse vaporizado.
Deja la taza en la mesa y coge unas servilletas para tratar de sofocar el incendio de su pierna y, de paso, evitar que la mancha de café se extienda como un tumor por la pernera mientras trata de serenarse infructuosamente.
Se sienta de nuevo y tantea con dedos temblorosos su rostro para descubrir con estupefacción que allí dónde debiera ubicarse la boca (incluidos los labios) no hay nada. O, mejor dicho, hay una capa lisa y tersa de piel homogénea, una grotesca extensión de sus mejillas.
—¡Pero qué cojones! —trata de decir, pero como no tiene boca las palabras mueren en su cerebro antes de ser verbalizadas.
Todo parece girar a su alrededor.
Todo da vueltas.
Su mente trata de buscar alguna explicación lógica, plausible… algo a lo que asirse. Por unos breves momentos, incluso abraza la reconfortante idea de que todavía esté en su cama, dormido, soñando.
Pero no está en su casa. Ni en su cama.
Ni dormido.
Así que, incapaz de dominar su pánico y encontrar una explicación racional se gira para enfrentarse a su propia imagen, a su nuevo y esperpéntico rostro, en la ventana que da a la calle.
Su corazón se detiene por un instante.
La sangre parece congelarse en sus venas.
El aire deja de entrar en sus pulmones.
¡Es imposible! ¡No puede ser! ¿Cómo cojones, puede haber desaparecido la boca de su cara? ¿Cómo puede haber sido borrada como si fuera un vulgar dibujo a lápiz?, ¿Cómo…?
Y entonces la respuesta aparece brillante ante sus atónitos y abiertos ojos inyectados en sangre.
Gira lentamente la cabeza, inmerso ahora en una turbadora, pero placentera sensación de irrealidad.
Dos mesas más allá hay una niña de unos doce años tomando un chocolate caliente (Jamie no puede ver lo que hay en su taza, pero sabe con certeza que es chocolate). A su lado, una mujer joven aún, rubia, con la mirada fija en la pantalla de su móvil. Sin duda su madre.
La niña está escribiendo, o pintando.
En una pequeña libreta que tiene sobre la mesa.
Una libreta con una tapa de piel con ilustraciones, o grabados, o símbolos.
Parece muy concentrada en lo que está haciendo. Su mirada fija en las hojas color crema, el ceño ligeramente fruncido y la punta de la lengua asomando por la comisura de sus labios.
El tiempo parece detenerse. La luz del día (y la del interior del local) parece perder intensidad. Todo parece volverse borroso de repente, desvanecerse, derretirse, fundirse.
La niña levanta la vista y lo observa durante unos eternos segundos con sus ojos color de tierra mojada.
Sonríe.
Una sonrisa fría, atroz, demencial.
Una sonrisa carente de alma.
Jamie trata de gritar una vez más.
Pero no puede.
Porque no tiene boca.
Porque la niña se la ha arrebatado.
Y la oscuridad lo envuelve para llevárselo a su reino de sombras y silencio perpetuos, sin eco ni memoria, al tiempo que piensa incoherentemente que no debería haber tomado el metro esa mañana.