dos minutos
¿Qué hora será? Parece que se ha quedado traspuesto un rato. Parpadea un par de veces y se incorpora.
Le lleva unos instantes recordar dónde está.
Quizás ha estado durmiendo más tiempo del que pensaba.
Está en el comedor, en el sofá, enfundando en su afelpado pijama de personajes Disney, la mitad de cuyos rostros parecen haber sufrido un ataque con ácido, asemejándose más a un desfile de demacrados zombis moribundos que a amables y simpáticos dibujos animados.
Huele a sudor y a orín.
Quizás debería pensar en cambiarse de ropa.
¿Cuántos días lleva con el mismo pijama?
¿Cuántos días lleva sin salir de casa?, ya puestos.
No lo sabe con certeza.
Quizás tampoco importe mucho.
Quién sabe.
Se siente confuso.
Hay una niebla que parece alzarse en su cerebro en ciertos momentos estos últimos tiempos. Gira la cabeza hacia la derecha, en dirección a la ventana. La persiana está siempre bajada ahora que su madre ya no está, pero no lo suficiente para impedir que pequeños rectángulos de luz se cuelen en el interior durante las horas diurnas.
Nada.
Oscuridad.
Quizás ya sea de noche.
Aunque ahora en invierno bien podrían ser solo las seis o las siete de la tarde. Su teléfono móvil se encuentra en la atestada mesa de café, frente a él.
Estira el brazo y lo coge.
La pantalla está negra, sin vida.
Recuerda que hace un par de días que se agotó la batería. Y recuerda también que el cargador está en su habitación, al final del pasillo. Y esa ha sido precisamente la razón para no ir a por él desde entonces.
En su mente se enciende una pequeña luz de alarma.
¿Quiere eso decir que lleva dos días allí, en el sofá, sin moverse?
No puede ser.
Sacude la cabeza tratando de despejar y aclarar su embotado cerebro.
Baja la vista y observa la oscura mancha en la entrepierna del pantalón de su pijama.
¡Qué asco!
Tiene que darse una buena ducha con agua caliente y ponerse ropa limpia.
Pero para eso tendría que ir a la cocina, encender el viejo calentador, ir a su habitación a por la ropa y luego al baño.
Uffff.
Suspira.
Tal vez más tarde.
Al fin y al cabo, no va a venir de un rato a estas alturas.
Quizás aproveche el viaje para coger el cargador del móvil.
La televisión está encendida, sin volumen.
En la pequeña pantalla, un animoso cocinero se esfuerza por convencernos de que en las sartenes que está haciendo servir nunca se va a pegar la comida, incluso sin utilizar aceite.
Busca con la mirada el control remoto para cambiar de canal.
No está en el sofá.
Ni en la mesilla.
Ni en el suelo.
Por fin lo localiza bajo la pantalla plana, en el mueble.
¿Qué demonios hará allí?, ¿cuándo lo puso?
No logra recordarlo.
Últimamente tiene muchas lagunas.
La señal de alarma en su mente se hace un poco más intensa ahora.
Piensa por un instante en ir a por el mando, pero para eso debería levantarse del sofá y caminar hasta allí, unos tres metros.
Y enseguida abandona la idea.
Un chef de impecable blanco sustituye al cocinero, demostrando como sus cuchillos son capaces de cortar mantequilla, pan de molde, un filete congelado y un zapato.
¿Para qué cojones querría alguien cortar un zapato?
A él no se le ocurre una buena razón para ello.
Una cinta para caminar sin moverse del sitio y sus incontables bondades es la siguiente propuesta para aquellos que quieran mejorar su condición física. No es su caso.
Aun así, permanece allí sin moverse durante unos cuantos anuncios más.
Y aún otros pocos.
Es entonces cuando cae en la cuenta de que tiene hambre, pese a que su vacío estómago lleva largo tiempo protestando.
Hay un par de cajas de pizza vacías en la mesilla y otra más en el suelo.
Llevan muchos días allí.
Hace mucho que no cocina. Tanto que es incapaz de recordar la última vez que se preparó algo de comer él mismo, en la cocina.
Con una punzada de remordimiento y vergüenza piensa que su madre se moriría si viera aquello.
Al principio se calentaba comida preparada en el microondas.
Pero llegó el momento que hasta eso le suponía un esfuerzo, así que se decidió a pedir comida.
Pero claro. Había que ir a abrir la puerta cuando venía el repartidor y llamaba.
Y estos no aceptaban pago mediante tarjeta. Y el dinero en metálico se le había terminado hacía ya días.
Con lo que, ¿cuándo fue la última vez que se había llevado un bocado al estómago?
¿Y cuándo fue la última vez que había bebido agua?
La señal de alarma es ahora un pitido atronador.
Tanto que por un momento lo eclipsa todo.
Y hace que sienta náuseas.
Cierra los ojos. Todo le da vueltas. Parece que esté subido en un tiovivo.
La sensación de mareo es muy fuerte.
Se tumba.
Trata infructuosamente de relajarse para que la sensación remita.
Se incorpora súbitamente y vomita sobre la mesilla, sobre las cajas de pizza y las latas de refresco. La sensación, no obstante, persiste.
Un par de chasquidos, como si se disparara un revólver vacío, le revuelven las entrañas. Pero ya no hay nada que sacar. La pistola se ha quedado sin balas, al igual que su estómago.
Se acuesta de nuevo, temblando.
Quizás no se encuentre bien.
Tal vez incluso tenga fiebre.
Mira en derredor.
Recuerda que había una manta en el sofá.
Pero no la ve.
Puede que se haya caído y esté en el suelo.
Hasta dónde alcanza a ver tampoco está allí.
¡Maldita sea!
Transcurre un angustioso minuto.
La sensación de mareo remite por fin.
Las tres bombillas de la lámpara del techo de pronto le parecen demasiado potentes, su luz cegadora como la de cien soles.
Se gira de lado.
El tío de las sartenes antiadherentes está de nuevo en acción. Estaría bien oírle la voz. Seguro que tiene una de esas voces de telepredicador, de profesor o de político. De gente acostumbrada a hablar, a convencer, a proponer, a engañar, a vender.
Este pensamiento le recuerda que hace días que no habla con nadie.
Muchos.
¿Cuántos exactamente?
Imposible de decir.
Seguro que sus amigos deben estar preguntándose qué ha sido de él, cómo le van las cosas.
Hoy en día cultivar la amistad supone un esfuerzo titánico con tantos mensajes, vídeos, twits y redes sociales que atender y a los que suministrar contenido fresco constantemente.
Y él no tiene tiempo para eso.
Ni ganas.
Demasiado trabajo para una incierta y fútil recompensa.
Así que poco a poco se ha ido alejando de todo y de todos.
Sigue tiritando.
En su habitación tiene un par de mantas. Y hasta un edredón.
Pero tendría que levantarse e ir hasta allí.
Suspira.
Sus dientes castañean mientras se acurruca y trata de encogerse dentro de su sucio pijama.
El olor a orín, sudor y vómito es muy fuerte ahora.
Las náuseas vuelven.
Cierra los ojos y trata de apartar el frío, el mareo, el hambre y la sed de su mente. Tras unos instantes cae en una especie de ensoñación, de sopor.
—Dos minutos más y me levanto, me ducho, me cambio y me preparo algo de comer. Solo dos minutos. Dos minutos. De verdad. En dos minutos lo hago…
Pero no hay nadie allí que pueda oírlo.
Excepto, quizás, el cocinero de las sartenes.
Aunque tal vez no le interese lo que el joven tiene que decir.
Tal vez.