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david albalate

almas gemelas

David pide un café descafeinado y se acomoda en una de las mesas del fondo, alejado del ajetreo de la entrada de la cafetería.
Se está bien allí atrás, es un buen sitio. Tiene una privilegiada visión de la calle a través de los amplios ventanales, de la gente del interior y de aquellos que ingresan huyendo del crudo frío del exterior.
La luz otoñal se filtra hasta el interior del local, inundando la cuadrada estancia con su tibia calidez. Finas partículas de polvo danzan en el aire describiendo complicados patrones, atrapadas en los últimos rayos de sol mientras el día languidece.
En otras circunstancias estaría encantado de estar allí, relajándose tras una dura jornada.
Pero no hoy.
Está nervioso.
Ha quedado allí con su hermano Enrique.
Y la presencia de su hermano gemelo siempre le incomoda.
Enrique le hace sentir pequeño, insignificante, fracasado.
Siempre lo ha hecho.
Remueve el café y toma un sorbo, intentando alejar su mente de los fantasmas del pasado y tranquilizarse.
Al fin y al cabo, es solo su hermano.
Y han quedado allí para hablar de qué hacer con su madre.
Como si hubiera algo que hablar. Como si Enrique no pudiera llevársela con él a su magnífica casa en las afueras.
Pero claro. Eso sería demasiado sencillo, demasiado poco glamuroso para él. Madre no encajaría en su vida perfecta.
Enrique superstar: con su trabajo perfecto, su mujer perfecta, su casa perfecta y su pelo siempre impecablemente peinado.
Joder, si hasta su dentadura es perfecta.
Todo demasiado bonito para afearlo con su vieja madre enferma de Alzheimer.
Por supuesto él alegará que siempre trabaja, que su mujer también, que no habrá nadie en casa para ocuparse de ella, que necesita cuidados especiales y atención permanente, que… bla, bla, bla.
En el fondo, David sabe que madre le molesta, le sobra.
No puede reprimir un intenso sentimiento de odio y resentimiento.
Porque su hermano siempre ha sido el preferido de su madre. Y de su padre también. Desde que tiene uso de razón. Él siempre ha sido el segundón, el actor secundario. Él siempre ha vivido bajo la alargada y oscura sombra de su hermano.
Por mucho que se ha esforzado, por mucho que lo ha intentado, nunca ha podido ser ni la mitad de bueno que ha sido Enrique, ni la mitad de listo, ni la mitad de afortunado. Siempre se ha tenido que contentar por luchar por las migajas del amor de sus padres.
Y no solo eso.
Además, tiene un trabajo de mierda, una ex que lo dejó meses atrás para largarse con una camarera y mal vive en un pequeño apartamento en la periferia que apenas puede pagar.
¿Qué ha hecho él para merecer todo eso?
O mejor, ¿qué ha hecho Enrique para merecer, en cambio, todo lo que tiene?
No logra entenderlo.
No es justo.
A fin de cuentas, compartieron el cálido vientre de su madre durante siete meses. Sus primeros siete meses de vida. Mientras se forjaban sus destinos nadando despreocupadamente en esa pequeña piscina de líquido amniótico.
Son iguales.
O casi.
Entonces, ¿por qué no tiene él lo que tiene su hermano?, ¿por qué no es como él?
Daría su brazo derecho para ser como él. Para ser él.
Pero su hermano es incapaz siquiera de darse cuenta de la suerte que tiene, de valorar todo lo que tiene.
Remueve de nuevo lo que queda de café, inquieto, turbado.
Tiene que pedirle dinero prestado a su hermano.
Una vez más.
Ahora se arrepiente de no haber pedido un vodka en lugar del café.
No le gusta tener que rebajarse, tener que humillarse para pedirle nada a Enrique.
Porque David piensa que su hermano tiene una deuda con él.
Por ser todo lo que él no es. Por tener todo aquello que él no tiene. Por disfrutar de todo aquello que nunca estará a su alcance.
Se lo debe. Es lo justo.
Parte de ese dineral que gana su hermano por no hacer nada le pertenece a él. A modo de compensación, digamos. Por tener que lidiar con todo lo malo mientras el holgazán de su hermano se lleva todo lo bueno sin esfuerzo alguno.
Como el coche. El maldito coche.
Ese jodido deportivo amarillo con el que va pavoneándose arriba y abajo todo el día.
Y su casa en la montaña. Ese pequeño refugio (según él) de madera, con chimenea y vistas al lago.
Si él tuviera ese maldito trabajo de no sé qué de marketing online y e-commerce seguro que tendría un deportivo rojo (como debe ser) y una casa en la playa. Seguro que su mujer no le hubiera abandonado. Al contrario. Sería él quien la engañaría constantemente con jóvenes modelos.
Pero claro. El trabajo guay fue para el hermano guay.
¡Vaya novedad!
—¿Otro café, caballero? —pregunta la camarera, sacándolo de sus cavilaciones.
David mira su reloj. Su hermano llega tarde. Siempre lo hace. Le gusta hacerse esperar.
—Sí, por favor —balbucea intentando esbozar una sonrisa.
La mujer se dirige hacia la barra.
La observa, pensando en la suerte que tiene.
En un par de horas probablemente habrá acabado su jornada laboral y podrá volver a casa, junto a su marido y sus dos hijos. Y disfrutar de una entrañable velada, sin preocupaciones. Y terminar el día acurrucada en la cama en brazos de su amoroso esposo.
Y él, en cambio, terminará el día cenando comida preparada en el sofá viendo alguna serie en el televisor. Solo.
En ese preciso momento, con gusto intercambiaría su vida por la de aquella desconocida de oscuro cabello y ojos amables.
Hoy ha tenido un mal día.
Ha tenido una reunión con el inútil de su jefe y no le ha dado el ascenso.
Se lo ha dado a Rubén.
Hay que joderse. ¡A Rubén!
Maldito pelota lameculos. No sabe hacer la “o” con un canuto.
Parece mentira que Javier no se dé cuenta. Y que tampoco valore su compromiso, su valía y su esfuerzo.
Pero claro, ambos pertenecen al mismo club.
Malditos esnobs.
Si él pudiera permitírselo seguro que las cosas se hubieran desarrollado de otra forma.
Pero no puede.
Porque su hermano le roba lo que es suyo, lo que le pertenece, lo que le corresponde por derecho.
Le está robando hasta el futuro también. Maldito egoísta engreído y desagradecido.
Ahora mismo podría estar tomando un buen whisky de malta en la biblioteca del club, debatiendo con otros socios cómo levantar la economía del país. Luego, tal vez nadaría unos largos en la piscina climatizada, antes de montar en su flamante deportivo rojo y encaminarse a su dúplex del centro.
Pero no.
Tiene que conformarse con estar allí, tomando un café.
Esperando a que su maldito hermano se digne a aparecer con su traje nuevo y su sonrisa radiante.
Esperando a que le comunique que hay que internar a madre en un centro. Y que claro, lógicamente, él va a hacerse cargo de todo, incluida la factura.
Esperando a que le mire con aquella mirada de reproche bailando en sus ojos, y esa mueca de desprecio dibujada en la comisura de sus labios, y le extienda un talón que le permita llegar al mes que viene.
La camarera le trae el segundo café.
Mira el reloj otra vez.
Suspira.
Alguien lo saluda.
Tarda unos instantes en reconocer a su vecino de enfrente, Mario.
Parece contento, feliz, saliendo del local de la mano de una belleza rubia de ojos azules e interminables piernas.
¿Cómo no va a estarlo?
Aparte de su última conquista, David ha visto que tiene coche nuevo. Uno de estos híbridos altos, imitación de todo terreno.
¿En qué cojones trabajará? Hasta a ese mindundi le van las cosas mejor que a él.
Hay momentos en la vida que parece que el universo conspira en contra de uno.
Fue precisamente Mario quien le comentó el otro día, en el ascensor, que la pareja de ancianos del tercero se iba a ir dos semanas de crucero con sus tres hijos, sus esposas y sus cuatro nietos. Nada más y nada menos que doce personas. ¡Doce!
Al menos serán dos o tres mil euros por persona, calcula mientras echa el azúcar y remueve el líquido elemento, cada vez más nervioso, más agitado.
Y enfurecido ahora.
La tarde avanza llevándose con ella la luz.
Da un sorbo largo al café.
Y entonces aparece Enrique por la puerta, con aire angelical, con su pelo engominado, su sonrisa magnética y su traje nuevo hecho a medida.
El corazón le da un vuelco en el pecho.
Y por unos instantes un sentimiento fraternal, cálido e inesperado, le invade al verlo.
Quizás un recuerdo de ese tiempo compartido con él en el vientre materno. Fruto de ese nexo invisible que les une y lo hará para siempre.
Quizás.
O quizás no.
En todo caso, cuando Enrique llega a la altura de su mesa con un frappé latte en la mano la sensación ya ha desaparecido.
Se levanta y le estrecha la mano.
Sonriendo.
Deseando que su hermano estuviera muerto.