Luisito había encontrado una estrategia que funcionaba bien desde hacía dos semanas. Primero había conseguido que Marita, su amiga, que se sentaba en primera fila al lado de la puerta, le cambiara el asiento; entonces, al sonar la campana del recreo era el primero en salir. Iba corriendo hasta el cuarto donde se almacenaban los productos de limpieza y se escondía entre los bidones de lejía hasta que concluía el recreo. Cuando todos los niños ya estaban en el aula, iba al baño y entraba a clase tres minutos después, lo que le valía una llamada de atención del maestro de turno, cosa que no le importaba, ya que era un precio barato a pagar para evitar la violencia. Era difícil para los maestros enojarse con Luisito, porque era un niño muy bonachón.
Pero los malos tienen su orgullo, y no les gusta que los engañen. Esa tarde, cuando fue al baño lo estaban esperando Zucarelli y Zamora. Luisito tembló y preparó su cuerpo: lo solidificó, como si así doliera menos lo que vendría a continuación. Zamora le dijo «bola de carne con ojos» y Zucarelli «mariquita». Por suerte no se ensañaron tanto: solo recibió tres cachetadas, una patada en la espalda y un escupitajo en la cara. Al final de la jornada Marita le dijo que debería contarles a sus padres o al director lo que le pasaba.
—Me dijeron que si los acuso me van a matar.
—Si querés le cuento yo a la profe Viqui, que es rebuena.
—No, por favor.
Volver a casa era bastante seguro, porque la suerte había querido que el profesor de matemáticas hiciera el mismo trayecto que él hasta la plaza. Caminaba a diez pasos de distancia, sin que el profesor se diera cuenta. Luisito tenía claro que si en aquel momento aparecían los malos pediría ayuda a los gritos. En la plaza el profesor seguía otro camino y Luisito iba corriendo hasta el refugio del viejo Sócrates, ubicado bajo un árbol de la plaza, a pocos metros de las vías del tren. Nadie sabía cuál era el verdadero nombre de Sócrates, lo habían bautizado con ese nombre porque siempre andaba vociferando cosas importantes que nadie entendía. El refugio de Sócrates estaba construido con chapas y cartones, el interior era un revoltijo de trapos, cachivaches de uso indescifrable y libros desparramados por todas partes. El viejo era un hombre de la calle, un linyera con barba cana hasta el pecho, cabello hasta el omóplato y ropa sucia.
—Hola, Sócrates —le dijo Luisito, al tiempo que sacaba una manzana de la mochila—. Le traje esto.
—Gracias, cachorro —dijo el viejo, sin quitarse la pipa apagada de la boca—. Sos un ser hecho de luz, de luz buena.
Pasó diez minutos con Sócrates y sus perros y continuó camino a casa, que quedaba a doscientos metros de la plaza.
Abrió la puerta y le llegó una mezcla extraña de sonidos. Se dirigió al living y encontró a sus padres sentados en el sillón, como casi siempre, jugando a la Play Station, ambos con un artilugio extraño en las manos.
—Mirá lo que me regaló Papá, Luisito —dijo Mamá, destilando felicidad.
Papá había comprado un televisor de cincuenta pulgadas y dos volantes de Fórmula1 para Play Station.
—Mami, necesito el libro de lengua.
—¿No lo podés fotocopiar? —preguntó Papá—. No estamos para gastos ahora.
—Me voy a tomar la leche.
—No hay Nesquik —dijo Mamá—. Y el pan es de ayer. Tostalo.
Luisito merendó mate cocido con pan y se fue a su habitación. Lloró un rato y siguió leyendo La historia interminable. Cenó solo: tres salchichas y un tomate. Cuando se fue a dormir, Papá y Mamá seguían corriendo carreras.
Zucarelli le rompió un labio de un codazo. El profe de educación física le preguntó qué le había pasado y dijo que se había caído. A Papá y a Mamá no les tuvo que mentir, porque cuando llegó a casa estos estaban corriendo carreras y no se dieron cuenta de nada.
—Mi amor —le dijo Mamá—, me podés llamar Hamilton desde ahora.
Papá se levantó enojado, pateó un vaso, dio un puñetazo en el sillón y salió del living. Luisito miró a Mamá con signos de interrogación.
—No me gana una carrera desde anoche —agregó Mamá— Está enojado. No le digas nada, que es peor.
A la noche fueron los tíos a cenar a casa. Tras la cena fueron todos al living. Papá y el tío se pusieron a jugar al Fifa 18. Después del tercer partido, el tío le cedió el joystick a Luisito y este lo rechazó.
—Es el único chico que no quiere saber nada con la Play —dijo Papá—. Nunca vi algo tan extraño.
Luisito dio media vuelta y se fue a su cuarto a leer: en la ficción era un niño más alegre, un niño a salvo.
—¿Otra vez te caíste, Luisito? —le preguntó la preceptora.
—Sí —dijo Luisito, colocando la tristeza en el pecho.
—Tenés que tener más cuidado entonces. Te caés muy a menudo.
—Sí…
La preceptora se agachó, lo miró de frente a los ojos y le acarició el pelo:
—¿Seguro que no querés contarme algo, Luisito?
—Me caí.
—Yo soy tu amiga, me podés contar todo. Queda entre nosotros.
—Me caí.
—¿Y el libro de lengua? Me dijo la profe que sos el único alumno que no lo tiene.
—Mi papá no tiene plata.
—Bueno, ya lo vamos a solucionar.
Al pasar por la plaza le preguntó A Sócrates si cuando él iba a la escuela había nenes malos.
—Los seres malvados dominan el mundo, cachorro, son hijos de la ignorancia y la mediocridad… Al final sus almas se pudren y obtienen sufrimiento.
Estas palabras tranquilizaron a Luisito. Mientras caminaba a casa se preguntó cómo olerían las almas podridas. No estaba seguro de querer que Zucarelli y Zamora sufrieran, solo deseaba que dejaran de maltratarlo. Pensó que le gustaría que Sócrates fuera su abuelo.
En casa Papá y Mamá discutían encerrados en su habitación. Gritaban, se insultaban. Luisito no entendía lo que se decían. Se acercó al cuarto de los padres, la puerta estaba entreabierta. Escuchó: «Sos una mierda, publicás una foto en Face que yo no puedo ver». «No sé cómo pasó, fue sin querer…». «No sos capaz de poner un me encanta». «¿Y vos? ¿Cuánto hace que no me ponés un me gusta en Instagram y en Twitter?». «Mentira, mentira, ayer te puse un guif». «Con un guif no se arreglan las cosas». «Algo es algo, vos ni eso». «El otro día subiste quince fotos y ninguna conmigo, si eso no te parece raro, no sé…». «¿Y vos? ¿Por qué cambiaste la foto de perfil que estabas conmigo». «¿Y vos por qué no comentás mis posteos?». «No peleemos más, amor, y vamos a correr una carrera». «¿Hacemos un Alonso-Vettel, que es más parejo?».
Cumplió ocho años un sábado. El lunes en la escuela le cantaron el feliz cumpleaños. Marita le regaló El Principio, Zucarelli ocho cachetadas y Zamora lo asfixió hasta dejarle el rostro violeta. Fue la gota que rebalsó el vaso: le contaría a Papá todo lo que estaba padeciendo, tal vez él podría defenderlo, para eso estaban los papás. Estaba decidido, sí, así que al salir del colegio fue corriendo a casa, sin siquiera detenerse a charlar con Sócrates. Antes de entrar se limpió las lágrimas. Mamá estaba en el living, sentada en sillón, jugando al Candy Crush.
—¿Y papi?
—En la cocina.
Fue a la cocina y vio a Papá sentado, con un mate en una mano y el teléfono en la otra. Le dio un beso.
—Tengo que contarte algo, papi.
—Ahora no, hijo, estoy editando unas fotos para publicar en Instagram, sino mami se enoja. Mirá, ¿te gustan?
—¿Y después te puedo contar?
—Sí, hijo, claro. Después me contás.
Luisito se quedó en su habitación esperando a Papá, pero Papá no apareció. Cenó en soledad, mientras sus padres corrían carreras.
El día que Papá cumplió años, Luisito se asustó al entrar a casa y ver a sus padres con dos artilugios extraños cubriéndoles la mitad de la cara.
—Mami me regaló las lentes de realidad virtual, Luisito… ¿Te gustan?
—Sí —dijo y se metió en el cuarto, disimulando la renguera.
¿Cuando fuera grande sería igual?, se preguntaba. No creo, se respondía con esperanza, seguramente será todo más lindo… Tal vez debería aprender karate, como le había aconsejado Marita. Sí, eso, aprender karate y pegarle una patada a Zucarelli y otra a Zamora. Fue al living. Los padres estaban con las lentes virtuales puestas, de pie, haciendo movimientos raros y con armas de plásticos en sus manos. En un momento Mamá le apuntó con el arma y se asustó, pero se tranquilizó enseguida al percatarse de que no lo veían, que estaban habitando otro mundo. Esperó a que terminaran de jugar y dio un grito para que le prestaran atención.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó Mamá, sin quitarse las lentes virtuales, es decir sin mirarlo.
—Me gustaría ir a aprender karate. ¿Puedo?
—Mañana averiguo cuánto cuesta y vemos.
—¿No querés jugar, hijo? —dijo Papá.
—Me voy a leer.
—Qué hijo raro tenemos —dijo Mamá a Papá.
Desde que Zucarelli le embadurnó el cuaderno con mierda de gato y orinó en su mochila, pasaba los recreos cerca del despacho de preceptores, aterrorizado, arrancándose los pelos de la cabeza, uno a uno.
—Mami, ¿puedo contarte algo?
—Decíme, mi amor —dijo Mamá sin dejar de reírse por algo que veía en el teléfono.
—¿Me puedo cambiar de colegio?
—No, mi amor. Este colegio te queda a cuatro cuadras y es de los mejores.
—Sí, pero…
—Mañana lo hablamos, hijo. Ahora no puedo, tengo que actualizar las aplicaciones del teléfono, sino se me va a bloquear.
—¿Y Papá?
—Fue a comprar un joystick, porque anoche se enojó y lo estampó contra el suelo.
Eran las tres de la mañana. Afuera garuaba y hacía frío. Se acercó al living para ver cómo estaba la situación. Todo en orden: Papá y Mamá tenían sus lentes de realidad virtual puestas, jugaban a un juego en el que había que matar zombis. Volvió a la habitación, llorando y haciendo puchero con la boca como los bebés indefensos. En una mochila puso dos calzoncillos, medias, dos camisetas, un pulóver, un pantalón, un pijama y El Principito. Salió de casa sin hacer ruido. Al llegar a la esquina se detuvo, como arrepentido. Estuvo diez minutos sentado en el cordón de la vereda, bajo la lluvia. Siguió camino… La plaza estaba muy oscura debido a la desidia municipal. Los perros de Sócrates fueron a su encuentro y lo escoltaron hasta el rancho del linyera. Sócrates dormía. Uno de los perros fue a despertar al viejo, que enseguida corrió la cortina de plástico que hacía las veces de puerta.
—¿Qué pasa, cachorro?
—Hola, Sócrates —dijo entre lágrimas—. Me vengo a vivir con usted, ¿puedo?