Yo estaba seguro de que había un planeta intermercuriano. Vulcano; así le llamaban en pleno Siglo XIX, cuando mi bisabuelo tan sólo contaba con cinco años de vida. Él vivía en una casa considerablemente lujosa, frente al LCA, el Laboratorio de Ciencias Astronómicas, y recuerdo como rememoraba el día en que un hombre salió de allí enloquecido y vociferando ¡Se ha descubierto un nuevo planeta!, todo el barrio lanzó exclamaciones de júbilo.
* * *
Oh, pero el planeta aún no se había avistado aún. En aquellos tiempos, cualquier cálculo matemático ya era plenamente exacto, sin fallas, y precisamente eso era Vulcano; un cálculo matemático.
Un hombre ordinario, cualquiera que viviese en los años 20 al menos, se hubiera desternillado de risa ante el inocente comentario: se descubrió un planeta que todavía no se ha visto, pero en cambio, la Academia silenció de asombro al escuchar la descripción matemática que relataba el científico asistente, J. L. Booth, parado en el estrado.
El presidente de la Academia, John Leiroy, era un hombre ciego. No literalmente, sino que era cegado por el poder. Poco le interesaban las innovaciones y los descubrimientos. Sus siete colegas del tribunal oían fascinados a Booth, pero él permanecía calmo y su rostro denotaba un sarcasmo en aproximación.
—¡Ja! —bramó, cuando el asistente acabó—. Aún no has explicado por qué no es posible observar el planeta.
—No es invisible, señor. Lo que ocurre, es que el mundo se encuentra demasiado cercano al Sol como para ser observado directamente.
—¿Y cuándo podrá apreciarse?
—Si no me equivoco, dentro de siete meses, señor.
—Bah, bah. Pura labia. Usted sufre de verborragia, Booth. Dudo mucho que en verdad exista un planeta tan cerca del Sol.
—Oh no, señor. Se presume que es un mundo extremadamente volcánico y del tamaño del núcleo interno de la Tierra. Quizá sea un planetoide. Con toda seguradad es más pequeño que Mercurio, y así es imposible que nos hayamos fijado en él anteriormente.
Leiroy titubeó. Sus compañeros ya lo miraban triunfales. Booth sonreía.
—De acuerdo, de acuerdo, dejen de mirarme. Solicitaré prioritariamente la utilización del Telescopio Central, para la observación.
Dicho esto, el presidente golpeó su martillo con fuerza y dio por levantada la sesión.
* * *
Allí estaban, siete meses mas tarde. Frente al Telescopio Central, el científico Tim Clark y su asistente Booth, junto a su equipo conformado por once astrónomos excelentes. Los mejores. Estaban ya preparados para contemplar, por vez primera, al planeta intramercurial.
La matemática había fallado por escasos grados. La esfera amarillenta presentaba una traslación algo más rápida que Mercurio. Su rotación apenas se apreciaba. Su órbita era elíptica a la perfección, ¡Lo habían conseguido! El jolgorio fue épico. De inmediato se elaboró un complejo informe donde figuraba hasta la mas ínfima característica del nuevo planeta. Así continuaron observándolo durante algunos días, hasta que el Sol interpuso de nuevo su muro de fuego. Abandonaron el centro y se dispusieron a aguardar otros siete meses.
Leiroy estaba ansioso. Estaba ansioso a causa de que en cualquier momento arribarían Clark y Booth, para presentar el informe de lo visto. Ahora que todos festejaban el descubrimiento, se sintió avergonzado de haber dudado. Tal vez hasta incluso peligrara su puesto de presidente de la Academia. Muchos miembros ya se habían quejado.
Booth y Clark caminaban con aire presumido. Las sonrisas no eran ausentes.
—¿Qué tal, John? —dijo Clark con sarcasmo—. Te ves algo nervioso.
Leiroy mostró cara de fastidio.
—No presuman. Es por mí que ustedes están tan alegres —Booth se limitó a reír, pero Leiroy ni se inmutó.
—¿Y bien?
—Como le aseguré, el mundo es volcánico. Se pueden divisar innumerables manchas rojizas por toda su superficie.
—¿Qué me pueden decir de su diámetro y de su movimiento?
—Es muy pequeño. Se estiman unos 2700 km de diámetro. Se traslada velozmente, casi al doble que Mercurio. De su rotación aún no sabemos nada.
—¿Cuándo podremos verlo nuevamente?
—Quizá en agosto, si mis cálculos no fallan.
Leiroy hizo un gesto de aprobación. Se sentía satisfecho.
—Bien. Señores, se confirma al fin el descubrimiento. Tienen el derecho del bautismo, ¿Cómo lo llamarán? —un sabor a envidia invadió la boca del presidente al pronunciar las palabras, pues era él quién quería bautizar al planeta. Esto asombró sumamente a los dos científicos, que no habían previsto tal cosa. Se miraron uno al otro.
—Pues yo diría, ¿Qué tal Magma?
—No, no, y que falta de originalidad. La historia ha nombrado a todos los mundos en base a la mitología romana. Hagamos lo mismo.
—Si, tienes razón. ¡Ya lo sé! Apolo.
Leiroy lanzaba risotadas al oír cada denominación. Cuando se agotaron, sin conformidad alguna, el silencio reinó hasta que el presidente dijo;.
—Vulcano —Clark y Booth lo miraron admirados.
* * *
Era muy evidente que la tecnología de la época era insuficiente como para seguir minuciosamente la órbita del ya famoso planeta Vulcano. Fue precisamente por ello que, cumplidos ya los siete meses, no se le volviera a observar. Los astrónomos se encontraban desesperados.
—¡No puede ser posible! —bramaba Clark—. ¡Si estaba allí! Se suponía que transitaría sobre este tramo de la órbita para el 13... ¡Y ya estamos a 16, por Dios!
—Quizá el Sol esté expeliendo radiaciones poco comunes que obstaculizan nuestra visión.
—Puede que sí, pero es muy poco factible. Vamos, admitámoslo... el espacio ha jugado con nosotros. Nuestros conocimientos sobre las facetas del Universo son ínfimos. Carecemos de tecnología. Lo que vimos, fue probablemente un meteoro... o un planetoide no identificado de órbita irregular.
Muy cierto. Todos suspiraron de frustración. Clark aún contemplaba la fotografía vacía en la que debería haber estado el planeta. Booth registraba el suceso. Solamente un astrónomo, de nombre Jack Laws, intentaba esperanzado hallar a Vulcano.
* * *
Situado en el estrado nuevamente, J. L. Booth temblaba de nervios frente a la Academia. Como Leiroy había sido destituido del cargo (por motivos poco claros) en la Silla Mayor se sentaba Louis Bresner, el nuevo director. Observaba con vehemencia a Booth; deseaba con fervor una explicación rápida.
—Inicie —el tono áspero amilanó al asistente.
—S-s-señor, desconocemos las causas de lo ocurrido.
—¿Qué quiere decir? ¿Dónde está el planeta?
—No-no lo sabemos, señor. Desapareció súbitamente. Podríamos haber cometido un error.
—¡Excusas!. Lo que quiero saber (y ya) es en donde podría hallarse el mundo.
—¡No lo sabemos, señor! Nuestra cuidadosa investigación no progresa durante el período de máxima exposición solar. Ni con filtro podemos observar sin sufrir daño.
—¿Y que me dirá dentro de siete meses?
—Hasta la fecha, no lo sabremos, señor.
Bresner estaba rojo de cólera. Quería resultados inmediatos, pero sabía que eran imposible obtenerlos. Así que dio por finalizada la sesión y se dispuso a aguardar otro lapso de veintiocho semanas. Por desgracia, el planeta no volvió a aparecer en los posteriores años, ni en las posteriores décadas. Ni en el posterior siglo. El tema se difundió, pero obviamente se olvidó, y el registro fue cubierto irremediablemente por telarañas.
* * *
Corría el año 2138. La colonia espacial en Mercurio era muy pequeña y sólo poco mas de cien humanos vivían allí.
Con la llegada de humanos a Mercurio, se fundó en 2099 la Ciudad Mundial Mercuriana, una colonia profundamente enterrada y sólidamente blindada, con el fin de contrarrestar la letalidad del Sol y el entorno.
Ahí vivía yo, Paul Leiroy, con la misión de estudiar detenidamente los comportamientos del Sol y de Mercurio mismo. Saber si éste escondía satélites minúsculos. Si su escasa atmósfera llegaría a permitir la libre existencia de vida vegetal y animal.
Un trabajo monótono a la larga, pero estimulante al menor hallazgo. El calor, que aún así era regulado por artefactos climáticos, oscilaba en los 45ºC y el aire no era tan sofocante. Solamente los habitáculos contaban con aire acondicionado, era un alivio llegar a casa.
—Continúas con eso —me dijo mi compañero Tappercut viendo la computadora.
Era mi obsesión; encontrar al hipotético planeta Vulcano. Mi tatarabuelo John había estado hacía años frente al descubrimiento y sufrió las consecuencias cuando se reveló la equivocación. Mi abuelo y mi padre dedicaron sus largas vidas para avistar el planeta. Pero en vano. Así que la tarea fue heredada por mí.
—Si, Bob —le contesté—. Y no voy a desistir.
—Han transcurrido siglos, Paul. Nunca se reportó nada.
—¡Si, hubo indicios! Y los radares indicaban que no era ningún meteoro.
—¡No seas terco! ¡Pudimos colonizar el Sistema Solar Exterior, Paul! ¡Pusimos humanos en Neptuno! ¿Crees que no hubiésemos percibido a un planetoide que estuviese a menos de cincuenta millones de kilómetros?
—Porque no tuvimos tiempo suficiente. En todas estas décadas fue de mayor importancia la expansión del hombre en el Sistema Solar. ¿Quién investigaría un tema olvidado hace 300 años?
Tappercut calló. No a causa de una falta de respuesta, sino por cansancio. Habíamos discutido por esto demasiadas veces.
—Estás en lo correcto —admitió—. Pero debes reconocer que el descubrimiento de planetas forma parte del pasado. Los mundos ya están hallados; ahora no los estudiamos, los colonizamos. No hay rincón alguno del Sistema Solar en que el hombre no haya posado su vista.
Era verdad. Mi obsesión trataba de la ciencia antigua. Y ya no restaba casi nada de ella.
* * *
No obstante, sucedió. En agosto, irónicamente en agosto. Apenas alcancé a notar la esfera trasladándose alrededor del Sol, imprimí las fotografías para asegurarme. Reprimí con fuerza los alaridos.
Estaba confirmado; el planeta Vulcano había reaparecido. Y en aquél momento y lugar, podía yo apreciarlo con extrema nitidez; mi padre se hubiera sentido muy orgulloso. Las erupciones volcánicas se advertían hasta a simple vista; sin embargo, la pequeñez era un factor imposible de excluir. Hacía siglos que determinaba a los cuerpos celestes de menos de 3300 kilómetros de diámetro como planetas enanos, eso mismo había ocurrido con Sedna, Eros y Plutón, mucho tiempo atrás.
* * *
Regresé a la Tierra. El impacto de la noticia en la base mercuriana provocó mi envío inmediato hacia el orbe, en la nave especial Leverrier IV. El semblante del actual presidente de la Academia (nombre mas tarde sustituido por Real Centro...) Robson Rivers, denotaba desdén y molestia. Ya lo preveía; se encontraban en la cumbre de la misión de Colonias en Plutón y yo venía para notificarles de hallazgos.
¡Hallazgos! Por Dios... esa palabra y sus sinónimos ya no se utilizaban entre los astrónomos.
—Muchacho… —Rivers deseaba hablar con franqueza.
—Ya sé lo que quiere decirme, señor. Le estoy quitando su tiempo.
Rivers asintió, sin muchas ganas.
—Mi familia investiga este caso desde hace dos siglos. Mi padre y mi abuelo, dejaron todo de lado para continuar con esto. Yo los veía, ignorando la desesperación, una ignorancia de la que arrepiento hoy. Pero cumplí el legado. He visto, como el planeta centellea una vez más en el Sistema Solar.
El discurso pareció emocionar a los presentes. A todos, excepto a Rivers, que seguía impasible.
—Muchos colegas me notifican que han avistado al planeta pero, ¿Cómo puede usted explicar la repentina desaparición por dos siglos para emerger de pronto?
—Pues... todavía no lo he examinado plenamente, pero estoy seguro de que la composición química de la posible atmósfera reaccione a los rayos del Sol, ocultándolo en determinadas circunstancias.
—Es decir, podremos verlos ahora me luego desaparecerá por otros dos siglos, ¿No?
—Es muy probable. Si, yo diría que si.
—¿Y no se lograría una observación en colores falsos, o al menos una fotografía o electroradar?
—Todo depende de la composición química. Veremos si es conocida aquí.
—¿Y si es desconocida?
—Entonces deberemos desarrollar alguna máquina que la reconozca.
Rivers parecía conforme. Sin embargo, la audiencia aún no acababa, restaban algunos términos todavía.
—Entonces, ¿Qué decidió el Sr. Director?
—He decidido que lo antes posible retorne a Mercurio y se centre en lleno al estudio de… de… Vulcano o como se llame.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—¡Espere! No me lo agradezca. Lo he asignado para esta labor, a usted y sólo a usted. No gozará de nuevos privilegios tecnológicos, ni tendrá apoyo auxiliar. Entenderá Leiroy, que nuestro centro de atención actual es la Expansión Universal y ya poco interesa el descubrimiento de mundos, mas aún si este se esfumará por 200 años. Lo siento, pero solamente un permiso es lo que el Real Centro le concederá. Se levanta la sesión.
Acto seguido, todos desalojaron la sala.
Abatido en exceso, volví a Mercurio aquella tarde. Tenía que aprovechar todo el tiempo posible para estudiar al planeta, antes de que se ocultara otra vez.
Al arribar, Robert Tappercut me esperaba con una sonrisa en el rostro. Aumentó mi malhumor.
—Ven. Examinémoslo —me animó.
El dioscopio lo mostraba bien claro y colorido; el planetoide poseía un relieve muy irregular, quebrado por las diarias erupciones volcánicas. Su forma era geoide. Su reducido tamaño y su corta distancia al Sol conllevaba a una veloz traslación de 44 días la revolución sideral, lo que por consiguiente se calculaba un poco mas de 36 horas de rotación.
Extrañamente, el perihelio nos decía (teóricamente) que la órbita era elíptica, giraba de manera pareja alrededor del Sol.
—Mi dios… su temperatura oscila en los 543ºC. Mira el campo magnético… es como fosforescente. Por eso no lo veíamos.
—Si, pero es raro que el electroradar no lo detectara.
—Es a causa de que el electroradar sólo detecta la física integrada en el compendio humano registrado. Ferguson no lo programó para localizar lo desconocido. Los desdeña entonces.
—Pues entonces, ¡es un error de máquina! Si calibramos el electroradar, tal vez obtengamos imágenes de Vulcano permanentemente.
—Si, pero por desgracia no tenemos manera de estudiar al campo magnético desde aquí. Habría que enviar una sonda y el RC no lo permitirá.
—¡Oh, por favor! El planeta se halla a menos de 30.000.000 de kilómetros. Mandemos una cápsula de escape automática y fin del asunto.
Tappercut aceptó a regañadientes y puso manos a la obra. En menos de una hora despegó la Velvet I.
—Maldita sea, Paul. La nave no soportará la temperatura. No fue diseñada para este propósito.
—No importa. Habrá tiempo de sobra para que envíe la información antes de destruirse.
Tappercut resopló de indignación. No estaba del todo dispuesto a sacrificar una nave y menos si provenía de su sección a vigilar.
—¡Aquí está! La evaluación.
—Bien. Ahora quita la máquina de allí.
La nave se encontraba en un estado calamitoso. Por fortuna, logró regresar, aunque exhibiendo su deterioro.
—Observa. El mundo carece de atmósfera. Posee un leve campo que… ¡Increíble! El magma del planeta tiene la misma traza electromagnética que el Sol, por eso lo hace invisible. durante determinados períodos.
—Jamás vimos algo semejante. ¿Cómo lo llamaremos?
—Aunio. Ya lo había pensado.
—¡Excelente! Pues, ¿Qué esperas? Traslada la evaluación al electroradar y nómbrala.
Así lo hice. Allí conseguí una imagen en colores falsos de Vulcano, de forma permanente.
—¡SI! —grité con locura—. Aquí está Vulcano.
La fotografía era absolutamente púrpura, pero se distinguía fácilmente al planeta como una mancha mas oscura y circular.
—¿Lo notificarás? —me preguntó mi compañero.
—Si, pero sólo en Mercurio. No quiero revuelos.
* * *
El comandante Osbourne contemplaba la pantalla violeta con una sonrisa de oreja a oreja y ojos como platos. Aparentaba sorpresa, pero al hablar, su tono de voz sonó normal.
—Bien, Leiroy —dijo—. Creo que estoy viendo al mismísimo Noveno planeta del Sistema Solar. Lo ha logrado usted.
Mas tarde, todo cambió. El mundo, en el inevitable transcurso del tiempo, desaparecía y reaparecía de las fotos como por arte de magia. Sabíamos cuando regresaba ante nuestros ojos; un resplandeciente destello amarillo nos cegaba temporalmente. Aún así, el brillo era precioso. Si, en verdad, estábamos apreciando a la joya del espacio.