País Relato - Autores

darío larroude álvarez

el mismo lugar

...según dijo alguna vez el Santo Anónimo, el más allá es algo inalcanzable. Como pertenece al campo de la metafísica, jamás la ciencia podrá crear una transición de la tecnobiología hacia la imaginación. Lo único que se puede hacer, es aguardar a la muerte e ignorar su después...
Jamir Oyes apoyó el libro en la mesa y se dispuso a observar la reacción del hombre que tenía en frente, el que lo escuchaba.
—Ya sé que es interesante —respondió Dave–, pero le digo que puede haber una posibilidad.
Jamir lo oía y asentía, pero no le creía. Dave siempre había sido un hombre que, sumergido en la curiosidad, nadaba entre los campos de la ciencia cuyos frutos hubiesen sido fantásticos para la humanidad, pero que ya estaban olvidados y guardados. Al inspeccionar estas cosas, su mente se convertía en robot y de pronto ideaba planes brillantes, pero obviamente imposibles de llevar a cabo.
Primero con la idea del Año Cero. Un proyecto elaborado en la mitad del siglo XX por la Unión Soviética, consistía en fabricar un aparato de alta tecnología molecular, que examinaría cada milímetro del santo sudario —la manta que supuestamente cubrió a Cristo— con el fin de recrear una imagen de su rostro completo, de donde pudo haber estado antes del entierro, en que época pasó realmente y si lo que se cubrió fue en verdad el rostro de Cristo. Esto fue severamente criticado por la iglesia y a causa de eso se canceló. Pero cincuenta años más tarde, Dave descubriría los archivos del proyecto y, utilizando la nueva tecnología, construiría la máquina; lo único que faltaba era el sudario, ése fue el problema. Lo buscó desesperadamente, omitiendo las prohibiciones de la iglesia y al gobierno, cosa que lo llevaría a la cárcel durante cinco años al tratar de robarlo. Luego de eso, de salir en libertad condicional, el devastado y cambiado Dave abandonaría todo para dedicarse en lleno a su verdadero trabajo; la tecnobiología.
Jamir lo conocía muy bien, Dave había sido su alumno y él su gran mentor. Cuando tornaba sus ojos saltones y sus labios trémulos, con aquella mirada de impredecible y curioso, significaba que ya se había metido en algo y, al ver lo que el interés había provocado anteriormente, eso no era nada bueno. Pero poco podía hacer Jamir. Dave era ya un adulto, y el no era su padre ni ningún pariente suyo como para dirigir su vida ni para intentarlo al menos. Si prefería arruinarse la vida investigando ciencia peligrosa, no era su problema.
—Sé que se puede, ¿Entiende profesor? — continuó entonces, Dave–. Y esta vez no exploré, ni investigué nada. Lo ideé yo solo.
Esto cambió de súbito el semblante de Jamir. Su preocupación se esfumó y de repente sintió como si se sacara una gran mochila. Dave notó el cambio del profesor. Sonrió apenas y se preparó para explicarle.
—Mire —comenzó—, yo estudio tecnobiología desde los siete años y usted lo sabe. Es una rama de la ciencia muy interesante, que abarca millones de temas. Y uno de estos temas es la pos-anatomía. ¿Qué sucede después de que los órganos cumplen sus funciones o se mueren de forma celular? Pues en este caso, yo elaboré esta idea en base de la muerte cerebral —Jamir lo miraba fijamente. Ya sabía a donde quería llegar—. ¿Acaso lo comprende? Usaremos la muerte cerebral para visitar el Cielo por un rato.
Entonces, el profesor se sobresaltó de tal manera que por poco se cae de su silla.
—¿Es que no lo entiendes, Dave? ¿Qué es lo que demonios te he estado leyendo hace un buen rato? Por mucho que uses la ciencia NO podrás acceder a un mundo que está más allá de la imaginación humana. Si encuentras una forma de utilizar la muerte cerebral o lo que sea, morirás y allí evidentemente tendrás acceso, pero no habrá retorno.
Dave ya esperaba esa respuesta. Había estado ensayando mentalmente lo que iba decir a continuación.
—No he terminado —dijo–. Mucha gente afirma haber estado ante las puertas del Cielo, y haberse muerto por un rato. Les sucedió durante un paro cardíaco, en algún estado de coma, o en algún accidente. Ocurre, porque el cerebro se encuentra a punto de morir. Pongámoslo así; un hombre tiene un paro cardíaco y está a punto de fallecer. Cuando pasa esto, el cerebro también muere. Hay dos períodos del cerebro; la Estabilidad Cerebral y la Muerte Cerebral. El hombre, que mas tarde sobrevive, les cuenta a todos una extraña experiencia en lo que sería las Puertas del Cielo. El cerebro de éste sujeto no pudo haber estado en el período de Muerte Cerebral, porque de lo contrario habría fallecido irremediablemente. Tampoco en el de Estabilidad Cerebral, porque de lo contrario no hubiera tenido complicaciones. Es ahí cuando surge lo que se llama el Cerebro Intranquilo, es decir, el hombre estaba prácticamente muerto, pero en un estado inconsciente, lo que significa por consiguiente que había un 0,1% de probabilidades de que reviviera. Allí se necesita mucha suerte y ellos la tuvieron.
»¿Comprende? Lo que hay que hacer es CONTROLAR la fase del Cerebro Intranquilo y aumentar el porcentaje de probabilidades. Imagínese; Cerebro Intranquilo, 100% de probabilidades de regreso. Si lo controlamos mediante una máquina, podemos estar cuanto queramos en el Cielo, o al menos ante las puertas. ¡Podríamos estar muertos por el rato deseado, sin peligro de nunca volver!
Dicho esto, Dave se incorporó y empezó a saltar de alegría. Jamir, totalmente estupefacto, esperó a que se calmara para hablar, cosa que no tardó mucho.
—Te falta una cosa —balbuceó cuando el muchacho se sentó de nuevo—. Forma parte de la metafísica. No puedes excluir la metafísica. El rostro iluminado de Dave pareció apagarse. Su debilidad psicológica era el error y le tocaba tremendamente el fallo a un cálculo. Pero por fortuna, no se trataba de eso—. ¿Qué pasará si no hay nada en el mas allá? —preguntó— ¿Qué sucederá... si no hay Cielo, Dave? ¿Dormirás durante el rato deseado, sin peligro de nunca volver?
—Sé que lo hay —contestó el otro, convencido y serio—. Tiene que haber.
* * *
Se escuchó el ruido del abrir la puerta. La Sra. Rose tejía en su cuarto.
—Dave, ¿Eres tú, hijo? —llamó.
—Si, mamá —respondió éste, con dejos de cansancio. Caminó hacia el dormitorio de su madre y se dejó caer en la cama—. ¿Papá sigue en la iglesia? —preguntó sin ganas.
Martha Rose asintió lentamente desde su silla, sin apartar la vista de sus tejidos.
—Dijo que hoy iría el obispo, así que de seguro llegará tarde.
—Pensé que irías a la misa.
—Quizá tú debas ir alguna vez.
—Tengo mucho trabajo.
—Pues tu padre está muy molesto por ello.
—Pues si es cura, debería honrar a su hijo porque sino está pecando.
De pronto, una caja de cartón cayó en la cabeza de Dave, que se levantó rápidamente.
—¿Qué haces? —exclamó tirando la caja al suelo.
—¡Estoy harta de tus burlas! —bramó Martha— ¡Nosotros no te criamos así! No te criamos para que te dediques a las cosas que contradicen a Dios ni que lo ignores a causa de esto. Si ignoras a Dios, nos ignoras a nosotros.
Dave sonrió malamente y no contestó.
—¡Responde, David! —instó la madre, pero en vano; su hijo continuaba con la misma expresión.
Los padres de Dave eran muy religiosos. Jeremías, el padre, era reverendo y su madre Martha, era una ferviente creyente en Dios y cuando podía, iba a la iglesia a orar, ayudar y donar.
No obstante, su hijo salió muy diferente. Hasta sus siete años fue tan religioso y benévolo como sus padres. Después, le acaeció la repentina muerte de sus dos primos varones en un accidente automovilístico. Ahí perdió la fe. Comenzó a interesarse en la ciencia, en la tecnobiología específicamente, y poco a poco se fue distanciando de los sirvientes del Todopoderoso para unirse a los sirvientes del mundo. Y como sus padres no hicieron lo mismo que él, se desentendió con ellos y se avergonzó de ser hijo de religiosos.
Pero la fe no se esfumó por completo. Si le preguntaban si creía en Dios, él respondía; Si, no sé y enseguida cambiaba de tema. A veces hablaba con Él. Ya no lo trataba como un divino personaje, sino como una persona con la que desahogarse.
Aunque no lo sabía ni se imaginaba, el profesor Jamir era el único que entendía al muchacho. Ni Jeremías ni Martha se habían preocupado de entenderlo cuando éste dejó su vida de religioso. Jamir no era tonto, sabía muy bien que Dave deseaba con fervor algo que le explicase por qué debería tener fe. Primero, estudiar el Santo Sudario y ahora... intentar ver, vivir el mas allá. Si lograba sus objetivos, volvería a tener fe... pero mientras, continuaría neutral, entre el no y el si.
Nuevamente se oyó la puerta, y entró a la casa el reverendo Jeremías Rose. Apenas dio dos pasos, vio a su hijo que leía una revista en el sillón.
—David— llamó. El muchacho giró su cabeza y lo miró.
—Te estaba esperando para saludarte.
El cura vio su mochila, en donde sobresalían lápices y cuadernos. Algo abatido, se puso cabizbajo.
—¿Qué estudias ahora, David? —cuestionó— ¿El origen de la vida? ¿El fin del mundo? ¿O acaso estudias de nuevo al Sudario de Turín? ¿No aprendiste todavía?
El sarcasmo por poco hizo estallar a Dave.
—Agradece —contestó— que los venga a visitar. Aunque no lo crean, ustedes son mis padres y me importan. No dejen de serlo—.
Con esta frase, tomó su abrigo y se marchó, dejando desconcertado a su padre que se quedó observando fijo a la puerta.
* * *
El timbre hizo saltar a Jamir, que se había dormido leyendo. Se acomodó los lentes y abrió la puerta; como era de esperarse, Dave lo miraba de arriba abajo.
—¿A qué has venido? —dijo.
—Usted sabe.
Por supuesto que el profesor sabía. Preguntó solamente para iniciar la discusión, una discusión que sería inevitable.
—No puedo ayudarte, muchacho.
—Usted es el único. El único que si puede.
—Es un tema tuyo. Por favor, Dave, ¡Encuéntrate! No lo haces por amor a la ciencia, lo haces para probarte a ti mismo y a tus padres. En ese tema yo no valgo de nada.
—Oh, si que usted vale. Usted me ha acompañado todos estos años, ha sido mi verdadero padre. Ha usted le debo la mitad de mi vida.
Jamir suspiró emocionado. Había sentido tal cosa pero se decía a él mismo que no era posible. Todos los Lunes, Martes, Miércoles, Jueves y Viernes y las cenas de los Domingos compartió con él desde hacía ya veintitrés años. Y no siempre platicaban de trabajo. También para él había sido un hijo.
Entonces no se habló más. Éste era su última misión como mentor de David Rose; apoyarle en la labor de su vida. Le hizo prometer que a partir de su éxito ambos serían lo que deberían haberse transformado hacía años; ex-alumno y ex-profesor.
* * *
Jamir fue hacia la estantería y de ella sacó una pila de siete libros rojos ordenados alfabéticamente.
—Estos son ejemplares de Rudolph Finley, el padre de la tecnobiología. En una ocasión, en el libro dos... creo que leí algo sobre una inclusión de la metafísica a la biología. Espera —comenzó a hojear el segundo libro—. ¡Aquí está! —exclamó y acto seguido, empezó a leer:
...el alma poco tiene que ver con los órganos del cuerpo. Cuando se halla en el medio de la transición a la muerte, es decir, al Paraíso, el alma es lo único que puede morirse totalmente y revivir de pronto. En resumen, el alma ya está muerta y se encuentra en el Paraíso, pero los órganos, como el cerebro, continúan medio-vivos, aunque inconscientemente. Si se recuperan los órganos, el alma revive y retorna al cuerpo. Si los órganos mueren, el alma prosigue su camino en el Cielo. Pero si los órganos siguen medio-vivos, en un estado inconsciente, el alma estaría en la Eternidad sin que ocurran sucesos extraños....
Se podría decir que era un asunto extremadamente complicado.
—Bien —inició el profesor—, entonces, lo que hay que hacer, es intentar estabilizar al cerebro e impedir que éste se recupere o muera. Tiene que permanecer en un período intermedio, inconsciente, similar al estado de coma pero mucho más complejo. Para esto necesitamos una máquina...
—La máquina —le corrigió Dave—. ¿Alguna vez oyó hablar del Hades?
El semblante de Jamir se iluminó.
—¡El Hades! —gritó—. Pero es claro. La leyenda del Hades. Es una leyenda científica, una de las pocas.
A continuación revolvió un baúl que se encontraba al frente de la biblioteca y de él sacó una pequeña libreta deteriorada.
—El diario de mi hermano Tim —dijo levantándola en alto—. Aquí anotaba todas las reuniones del Comité de Ciencia Internacional. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Regresó a casa confundido y nos contó la historia del Hades, que había sido el tema central de la asamblea. Debe de haberlo anotado.
Halló el manuscrito con facilidad. Era una sección de la libreta que estaba absolutamente encuadrada con colores y sus letras estaban resaltadas con un bolígrafo negro. En la cabeza se podía leer HADES, encuadrado y adornado con rayas multicolores.
El 25 de julio del 1989, un hombre llamado Martin Cane acudió a la reunión del Comité de Ciencia Internacional. Aseguraba haber construido una máquina a la cual bautizó «Hades». Nos contó su funcionamiento. Este aparato, aparentemente liberaba tu mente para que pudieras hacer lo que quisieras en el mundo de los sueños y en las mismas mentes ajenas. Conseguía esto dando un impulso electromagnético al cerebro, provocando que el que estuviese conectado se sumergiera en un estado de coma grave, en donde el cerebro no respondiera, pero manteniéndolo estable sin posibilidad de una muerte cerebral. Era algo muy semejante al sueño, pero muchísimo mas profundo (...)
De inmediato se le interrogó y se examinó la máquina. No era muy grande. Era solamente una torre de metal conectada a un casco de titanio, y además había una cama en donde el conectado pudiera acostarse durante la inconsciencia.
Alguien la probó. El aparato se guardó bajo llave en el sótano de la Academia. Un investigador del caso, un tal Jackson, violó la cerradura y al entrar, se conectó al Hades. Esa misma noche, todos los que habían estado en la asamblea de Comité, incluído yo, soñaron con él, pesadillas, cosas terribles, conllevando al suicidio de algunos (...)
Luego de esto, el gobierno ocultó el asunto y nunca más se volvió a ver a Jackson. Del caso «Hades» está prohibido hablar ahora. Fue un suceso muy extraño...
Jamir dejó la libreta sobre la mesada.
—¿Cómo se puede conseguir una estabilización del cerebro mediante el electromagnetismo sin riesgo de muerte? —se preguntó—.
—¡Imán! —bramó entonces Dave—. El casco de titanio tenía un imán, una magnetita. Eso regulaba el flujo de electrones que impactaban contra el cerebro y creaba un campo magnético protector en la cabeza del conectado.
El profesor asintió.
—Bien, entonces... hay que construir el Hades o algo similar —casi susurró las últimas palabras.
Poco después, los dos se encontraban frente a la computadora. Inmediatamente navegaron en Internet buscando cualquier información vinculada al proyecto Hades.
—Mira —dijo Jamir—, cuando examinaron la máquina descubrieron que dentro de la torre de metal había un material poco común llamado dueno, ya sé lo que es. Es una sustancia metálica viscosa similar al mercurio que sólo el gobierno posee. Esto no es problema, tengo contactos allí que podrían proporcionarnos lo que necesitamos. Aquí tenemos una figura muy desglosada del artefacto... no creo que sea muy difícil construirlo, con la ayuda de algunos ingenieros. Pero hay un contratiempo. Lo que éste aparato hace es liberar tu mente hacia el mundo de los sueños, pero no hacia la muerte. Habrá que hallar la forma de cambiar eso y...
—Oh, eso es fácil —lo interrumpió una voz detrás de él.
Tim Oyes los observaba detenidamente, con cara de fastidio. Era un hombre bastante anciano, con su cabello canoso por completo y de articulaciones gruesas por la artritis.
—¡Tim! —exclamó Jamir— ¿Cómo entraste?
—Recuerda que mamá nos legó la casa a los dos no a ti. Tengo una copia de la llave... bueno, ¡No importa! Lo que de veras me interesa es el tema del que están hablando —su ceño fruncido intimidó a Dave. Jamir miró al muchacho.
—Dígaselo —le dijo—. Total, ya nos descubrió.
—Tim, escucha, estamos al frente de un trabajo import...
—Bah, bah, ya sé lo que traman —lo interrumpió—. Hace media hora que los vengo oyendo desde la cocina. Cuando llegué, Jamir aún dormía. Así que... desean visitar el mas allá... y quieren hacerlo mediante el Hades.
Los otros dos asintieron a la vez.
—El Hades te duerme muy profundamente, te deja en estado de coma. Lo que ustedes desean (anhelan, a esta altura) es muchísimo mas complicado —los miró fijamente y se puso muy seri—. Tienen que estar al borde de la muerte. Sólo hubo un hombre en la historia que intentó lo que ustedes.
Después se incorporó y de su biblioteca sacó un polvoriento ejemplar verde. Pasó varias páginas hasta que encontró lo que buscaba.
—Aquí —comenzó—. Tomasz Falkirk, un científico polaco nacido en el año 1919. A mediados de los 60 contrajo una enfermedad terminal y se dispuso a esperar a la muerte. Sin embargo, ésta no llegaba y se cansó de aguardar, así que construyó una máquina (parecida al Hades) para ver lo que seria su futuro hogar. Lo encontraron muerto, conectado al aparato. Fue poco claro lo que sucedió —Jamir y Dave lo miraban con los ojos como platos—. Ahora, si tú, joven, quieres arriesgar tu vida no es mi problema. Lo que debes hacer para visitar el Cielo es esto... —Tim estaba colorado ya—. Redobla la potencia del electromagnetismo del Hades. El shock cerebral será tan grande que estarás a punto de morir. Para regresar se debe descender la potencia muy lentamente... hasta el mínimo.
—¿Cómo lo sabes? —cuestionó muy intrigado, Dave.
—Yo era muy amigo de Tomasz —finalizó Tim.
* * *
Los ingenieros invadieron la casa de Jamir. El espacioso comedor fue vaciado, los muebles fueron transportados a la cochera. Una vez que tuvieron suficiente lugar, se empezó a construir el artefacto. Tres ingenieros vestidos de blanco iban de aquí a allá haciendo cálculos, mientras que siete más se dedicaban enteramente a la construcción. Jamir obtuvo el dueno de sus contactos del gobierno, y Tim titanio de su enorme laboratorio personal. Así, el armado acabó en una semana. Todo estaba dispuesto.
El Hades era tan majestuoso que atemorizaba al ignorante. Una torre de metal perfectamente elaborada, que oscilaba entre los dos metros y medio (el duplicar el electromagnetismo requería mas tamaño) De su lado izquierdo sobresalían varios cables, los tres principales se conectaban a un casco de titanio, que estaba apoyado en una gran camilla forrada con nylon. En los extremos de la camilla colgaban esposas y grilletes; el shock cerebral podía ser un poco violento.
Los constructores y Tim se marcharon. Solamente quedaron Jamir y Dave. Estaban al fin frente a su obra maestra, su asombro era infinito. En realidad, no se atribuían la obra a ellos, pero si el propósito por el cual se usaría.
Dave se desvistió hasta quedar sólo en calzoncillos. Se recostó muy suavemente en la cama y Jamir lo cubrió con una sábana blanca. Se sentía tan nervioso que no podía hablar. El silencio era casi sepulcral. Jamir configuraba el ordenador que operaba la máquina y pulsaba botones en la torre, sin pronunciar palabra alguna.
Finalmente, le colocó de forma lenta el casco. Le acomodó los cables para que no le molestaran. Puso el dedo índice en el botón rojo fosforescente que decía Start en letras amarillas. Dudó. Lo miró al muchacho y vio que éste también lo observaba.
—¿Y si no regresas? —no pudo evitar preguntarle.
—Pues entonces me quedaré con mis seres queridos allá arriba. Ahora, presiona el maldito botón.
El profesor sonrió y lo apretó de inmediato.
Ocurrió enseguida. Dave sintió una punzada fugaz en toda su columna, pero no tuvo tiempo de sentir dolor, pues su cerebro se desconectó y su mente se sumió en una serie de imágenes confusas, que poco a poco cobraban sentido. Era su vida. Los ojos del muchacho continuaban abiertos, totalmente abiertos, y en su pupila se podían ver las imágenes; él estudiando en un escritorio, almorzando en la oficina, charlando con sus padres, tomando clases con Jamir, etcétera, etcétera. Mas adelante el tiempo inició su retroceso. Apareció él de adolescente en secundaria, su primer beso, sus primeras relaciones sexuales, momentos duros de pérdida, depresión, discusiones con los padres... el tiempo siguió retrocediendo hasta que de pronto se descubrió un niño alegre y feliz, jugando con sus primos y yendo constantemente a la iglesia. De muy jovencito se podía ver como su madre le juntaba las manos para rezar. Su padre le daba bendiciones y le besaba las manos. Hasta que al fin, después de un repaso de treinta años, el recién nacido David Rose se hallaba en los brazos de su madre, que lo abrazaba cariñosamente. Con esta conmovedora imagen, la mente se alejó y se sumergió en una tiniebla.
* * *
Oscuridad. No se veía nada, absolutamente nada, pero no obstante Dave sentía su cuerpo y tenía la impresión de encontrarse en una especie de túnel. Así que comenzó a caminar. Dio dos, tres pasos y a lo lejos avistó un haz de luz blanca que lo atraía enormemente. Corrió hasta allí y vio una puerta blanca. La abrió. Al entrar, se sobresaltó de tal modo que se cayó; estaba en la casa de sus abuelos. Estaba exactamente como lo era hacía veinticinco años; ordenada, limpia y con aquél aire añejo que de niño tanto le gustaba. Se incorporó y notó que estaba vestido muy elegante, como si fuera a una fiesta.
Dio un paso. En el sillón, con una copa de brandy en la mano, había un sujeto que al parecer lo esperaba. Se sentó al lado de él y vio que era su abuelo, al cual nunca había conocido, pero cuyo retrato había fabricado a través de fotografías y anécdotas de su vida. No se sorprendió al verlo, ya esperaba la presencia de algún ser querido.
—Pensé que te asombrarías —dijo Robert, su abuelo.
—¿Dónde estoy? —preguntó Dave, asustado por la experiencia.
—Estás en el mismo mundo que antes.
—¿Qué?
—Me oíste. Cuando nos morimos, volvemos a poblar el mismo mundo. Aquí volvemos a vivir nuestra vida. Y volvemos a morirnos, para poblar nuevamente el mismo mundo. Así sucesivamente.
Dave no podía creer lo que escuchaba. No había descanso. Era increíble que de alguna manera fuéramos todos inmortales.
—No, no puede ser. ¿Con qué propósito? Sudas viviendo una vida en la Tierra y cuando quieres paz, que es lo que todos suponíamos, vuelves a empezar.
—Te has respondido —contestó Robert–. Tienes una nueva oportunidad de enmendar los errores que cometiste en tu primer intento. Luego de que hayas vivido varias vidas, harás todo perfecto, sin errores. Finalmente, acabarás llevando una vida feliz y perfecta.
—Pero, ¡no lo entiendo! ¿Dónde estamos ahora? ¿No volveré a nacer? ¿Me acordaré de mis anteriores vidas cuando viva una?
Dave estaba desesperado. Se había dado cuenta de que en cierta forma estaba en el infierno.
Su abuelo encendió su pipa antes de responder.
—Oh, David, David —dijo—. Que lástima. Te vimos todos, David. Sabemos lo que has hecho. Has llegado muy lejos —Dave se sintió descubierto—. El único temor se hizo realidad —agregó después—. Hacía milenios que contemplábamos desde aquí, como la ciencia evolucionaba de manera insólita. Jamás creímos que llegara a tanto. A causa de esto, temíamos mucho que de alguna manera lograran llegar hasta aquí; tú, lo has logrado, pero no fuiste el primero. A ese Tomasz Falkirk, le pasó lo mismo que a ti. Se encontraba en la oscuridad, hasta que vio una luz blanca, mas tarde la puerta y al entrar se encontró en la casa de su fallecida esposa. Ahí estaba ella. Habló con él, como yo estoy hablando contigo ahora.
David no se imaginaba las consecuencias de su falso deceso.
—Entonces, ¿Qué significa? ¿Dónde estoy ahora? —interrogó nervioso.
—Estás en un escenario preparado para ti —le contestó Robert, muy calmo—. En donde una persona querida te espera para charlar contigo y darte algo de información acerca de donde te hallas.
—¿Y para que me cuentan todo esto?
—Porque no volverás.
El escalofrío que venía percibiendo el muchacho terminó de helarse en su cuello. ¡No regresar! Todavía era joven. Aún no se había casado ni había prosperado en el trabajo. Le faltaba mucho por vivir.
—No puede ser —murmuró— ¿Se puede saber por qué?
—Porque sino, la misión de los humanos en la Tierra no valdría de nada. Los humanos, desde que nacen, comienzan a crecer emocional, moral y físicamente. A medida que los años transcurren, la gente prospera en su vida a partir de los éxitos y de los errores. Y lo hacen solamente para dejar un legado en el momento de la muerte. Ellos lo ignoran, pero al haber pasado décadas empiezan a sentir que su deber está acabando. Y como no saben que ocurrirá en el mas allá, tratan de llevar su vida lo mejor posible (o lo que ellos creen que es mejor) para al fin enfrentarse a lo desconocido. Si se enterasen de lo que es esto, de que tendrían una nueva oportunidad de vivir, no harían nada. Se dejarían llevar por los vicios y el pecado, total, tendrán varias vidas para vivir.
Dave vaciló. Lo que decía su abuelo era muy cierto. Pero igualmente, quería regresar, no quería morirse, deseaba terminar con su primera vida.
—Pero, soy yo el que sufro —dijo—. Si el problema es mi boca, no la abriré. Lo juro.
Robert negó con la cabeza.
—Ése no es el problema. Tu alma ya está corrompida. Si retornas, ya sabrás lo que te espera y ya no vivirás igual que los otros. Es importante que te traslademos a un nuevo comienzo.
La impotencia de David amenazaba con transformarse en paranoia. Por un instante deseó que Jamir redujera el electromagnetismo para que pudiese volver. Pero no sucedió nada. En cambio, una luz blanca resplandeciente los impulsó a abuelo y nieto, a una eternidad distinta.
Minutos mas tarde, David Rose nacía el 13 de febrero del 2034.