LISBOA 1925
Federico se enamoró de sus manos. Ya desde el principio de su matrimonio no supo precisar el tiempo si no era a través del movimiento errático de cada uno de sus dedos: cuando le servía el café en la taza blanca de loza del desayuno, el chocolate de la merienda con picatostes en la taza rosa de porcelana, el vaso alto de cristal con leche caliente al acostarse: las 9, las 5, las 10.
Siempre temiendo que cayeran, que se deslizaran de sus dedos nerviosos las tazas, el vaso, el café, la leche o el chocolate. Milagrosamente, sus manos eran manos de equilibrista, dedos largos y danzarines.
Y no supo ver más allá de los movimientos de sus manos. Quizás tendría que haber mirado más allá del almidón blanco que rodeaba su cuello, del moño que acomodaban esas manos, haber mirado sus ojos y hubiera visto en ellos la nada. Solo quizás.
Y eso le atormentó durante mucho tiempo, porque cuando se asomó a esos ojos vacíos ya era tarde. Ya habían pasado muchas mañanas y muchas tardes. Muchos ayeres.
El mundo estaba detrás de esos ojos: en el Teatro Talía en Barcelona, donde se celebró un campeonato de baile que duró 36 horas. En la música de Art Gillham, llamado el pianista susurrante. En las calles de Alemania, Italia y España, colmadas de revoluciones. En los versos de Rafael Alberti, que me prometían partir el lomo de los mares, al sol ardiente y a la luna fría... flor sacudida, estrella revolcada, descendida espuma seminal de mis desvelos... En las calles de Lisboa, hechas piedra a piedra. En los edificios de colores de la ciudad del Mar, rosado, amarillo, azul claro, que coloreaban todo de una alegría que desmentían los continuos intentos de terminar con la República. En ese hombre que caminaba por el Chiado, pasando siempre delante de la librería Bertrand, gabán oscuro un tanto raído, pajarita blanca que le asomaba entre las solapas y camisa blanca, gafitas redondas y bigote mediado, sombrero negro de caballero. Y en las calles que, minuto en minuto, se iban llenando.
El mundo cambiaba, pero Federico y Teresa seguían siempre las mismas rutinas, los mismos atardeceres, los mismos paseos cogidos del brazo hasta la plaza de Comercio: el verano, en las terrazas de la plaza, contemplando el mar en calma, en invierno contemplando el mar encrespado. De vuelta a la casa rosa del acantilado, pasando bajo el arco de la Rúa de Augusta y subiendo, subiendo, subiendo, en la ciudad de las siete colinas, como Roma, y las noches tomando el fresco contemplando el mar negro y los barcos de velas blancas.
Su nombre, Federico de Eça de Liberdade, su señora, Teresa de Foz, señora de Eça de Liberdade. Su tiempo, el tiempo de los prodigios, del cambio constante, de inventos maravillosos, el tiempo de los milagros, el tiempo de la violencia, el tiempo que en ellos era un mar en calma y que en el mundo era una marejada. Teresa había dejado atrás los cuellos blancos de almidón y había adoptado un vestido más suelto, pero siempre tapando los tobillos y los brazos, blancos y blandos. Su figura seguía ligera y vaporosa, y cuando caminaba parecía flotar, pero hacía mucho que Federico no la sentía flotar a su lado. Sentía la pesadez, la cadena que le ataba.
Él, que, por su amor, había dejado en el tiempo de cortejo las idas al burdel, volvió a los pocos meses de casado a frecuentar todos los jueves la Pensão Amor, el mejor burdel lisboeta. A subir las escaleras oscuras, de escalones hundidos de idas y venidas, hacia las delicias de oscuros sexos, de brazos sinuosos y pieles de fuego. Y evito así la desesperación de las manos inmóviles de Teresa, siempre posadas a ambos lados de su cuerpo en la cama de sábanas blancas con el camisón arremangado, las piernas flojas ante sus embestidas desganadas y esos ojos vacios, negros, mirando el techo.
Y Teresa continuó con las tardes de bridge en casa del Marqués de Fronteira los últimos lunes de cada mes y el rezo en San Roque todas las mañanas, fijando su bovina mirada en los angelitos que pueblan sus piedras. Y Federico siguió comprando poemas en la Librería Bertrand, tomando un café en A Brasileira con pasteles de Belem, mientras observaba escribir al hombre de sombrero negro y pajarita blanca en la mesa del fondo y guardando un pastel envuelto en una servilleta para Teresa, a la que encantaban esos detalles de niña. Y siguió huyendo de casa a las doce para escuchar fado en Mesa de Frades a medianoche, para acabar en la Pensão Amor. Y de vuelta a casa, al amanecer, escabulléndose en la cama blanca junto a la bella muerta, que se acurruca y no pregunta y le espera todas las mañanas con la sonrisa fresca de la primera vez. Y Federico quisiera que gritara, que sintiera, pero ella sonríe y ya no puede mirar sus ojos.
Un día, de aquel año perdido, de 1925, mediado el invierno y a punto de pasar a otro año vacío, descubrió una tienda nueva paseando por la Rúa Do Carmo. Era una miniatura de tienda, de unos tres metros cuadrados, empotrada en la antigua muralla. Y se quedó parado viendo cómo una pequeña multitud se arracimaba en su puerta realizando un extraño ritual. La primera persona de la cola entra dando dos pasos. Sobre un tapete verde encima del mostrador, la atentísima dependienta pone sus manos a ambos lados de la mano de la compradora de guantes, evalúa sus dedos uno a uno, mide tamaño y circunferencia, abarca la palma y la muñeca e incluso, si los guantes van a ser largos, el grosor del antebrazo. Esta operación requiere un tiempo, pero nadie se queja en la cola, solo esperan en silencio. La agradabilísima dependienta entra en un pasillo estrecho con estanterías hasta el techo cubiertas de cajas oscuras, saca un par de guantes y vuelve al mostrador, con una especie de palo de madera con dos puntas en las cuales, uno por uno, mete cada dedo para calentar y extender la piel. La compradora apoya el codo en un cojín rojo de terciopelo y extiende la mano, la dependienta le pone el guante lentamente adaptando cada dedo con toda parsimonia e, increíblemente, no falla: el guante le queda como un guante, ya sea de piel de Sajonia o de piel sueca, ya sea negro o blando, corto o largo, con pequeñas puntadas negras o sencillos guantes de paseo de domingo. Una vez efectuada la compleja y satisfactoria operación, la clienta suspira. Le retiran el guante y los envuelve en papel de seda para, finalmente, meterlos en una caja negra con la leyenda dorada del nombre de la tienda delicadamente bordado en la tapa: Luvaria Ulisses. La clienta se marcha, con una sonrisa en los labios y la ilusión de sus futuros nuevos guantes.
A Federico en ese momento le alumbró una idea sublime, esplendorosa. Y estuvo toda la tarde preparándola. Habló con el dueño de la tienda de guantes, Joaquim Rodrigues Simoes, comerciante y concejal de la ciudad en años no tan remotos y con un apretón de manos, quedó la idea peregrina en un papel blanco.
La desnudez de las manos en público era impensable para Teresa, tenía cientos de guantes guardados en cajoneras de olorosa madera de sándalo, todos ordenados por colores, texturas, largo de brazo y mil ordenaciones que a Federico le era imposible comprender. Eran guantes de encargo, guantes escogidos en cada mínimo detalle por Teresa. Eran su mundo. Su pasión. La pasión de sus manos, su secreto más secreto.
La mañana en que fueron a la tienda de guantes amaneció fría, con un aire helado que recorría las calles y se colaba en los abrigos oscuros de los caminantes. Ese día no acudió a la oficina de comercio de importaciones y exportaciones de la que era gerente. La noche antes no fue a la Pensão Amor ni vio amanecer.
Al levantarse, Teresa le sirvió el café en la taza de loza blanca de todos los días y Federico habló, y ella le escuchó. Como una niña se le iluminaron los ojos y palmeó con sus manos de pianista equilibrista, pero con mucho cuidado de no estropear su suavidad y blancura con el excesivo entusiasmo de las rojeces, como una niña desganada.
Caminando por la calle, arrebujados en sus abrigos, ella con su manguito y su sombrerito de piel, son una pareja bien, una pareja feliz. Cuando llegaron a la tienda de los guantes, Federico vio por primera vez vida en sus ojos, y tuvo esperanza, pero desapareció enseguida. En un movimiento extraño sus ojos se apagaban en cuanto entraban en contacto con los suyos. Se pusieron a la cola y esperaron. Él con una esperanza, ella con una esperanza.
Y llegaron, y cuando Teresa dio los dos pasos requeridos para entrar en la tienda, era otra. Apenas cabían en el reducidísimo espacio, pero él quería verla, era la única vez que había visto pasión en sus ojos.
Federico había acordado con el dueño de Luvaria Ulisses que proveería a Teresa de todos los guantes que ella quisiera comprar, con la condición de que debía ir a probárselos allí y tener un motivo más para salir de la casa rosada, una nueva rutina que quizás hiciese más llevadero su abandono.
Esa iba a ser su despedida. Al día siguiente partiría para Madrid. Pero al verla allí en la tienda lo comprendió todo de golpe. Nunca, en ningún momento de su vida, aunque llegaran a envejecer juntos, podría haber llegado hasta ella. Debajo de su piel anidaba desde niña una idea, que se había ido convirtiendo en una obsesión que guiaba cada paso que daba, cada momento del día o de la noche, todo. Recordó sus manos a ambos lados del cuerpo, protegidas de sus embestidas desganadas. No era falta de deseo, era temor. Solo cuando podía mostrar sus manos era feliz. Solo las mostraba. Nunca dejaba que las tocaran. Su graciosa postura al saludarle, con el rostro adelantado lanzando al aire un beso sin rozarle, el cuerpo retrasado con las manos hacia atrás, que siempre le había parecido postura de ángel, que ella siempre terminaba con una pequeña risa, ahora se le aparecía como una revelación. El cuidado con que le servía en la mesa, que siempre le había parecido de una delicadeza exquisita, ahora los veía como gestos de huida, de cuidado extremo. Intentó recordar si alguna vez había tocado sus manos desnudas, sin guantes traicioneros que disfrazaran cada momento sutil.
Era imposible, pero ahí estaba la verdad. Nunca había tocado sus manos.
Observó cómo la atenta dependienta procuraba no tocar sus manos cuando le ponía el guante y cómo, solo cuando ajustaba cada dedo con mucho cuidado, era cuando la tocaba. Teresa la había saludado como a una vieja conocida y la dependienta sabía, la conocía, pues, mejor que Federico. Observó su rostro transfigurado por un placer que él nunca podría darle, latir una vena en su cuello que nunca había visto latir. Observó un rubor en su rostro, un inicio de sonrisa en sus labios, la punta de su lengua asomando y como un hombre que contempla por primera vez cómo la mujer amada se transfigura por el placer, así contempló Federico a Teresa después de diez años de matrimonio y muchas noches de sábados.
Y cuando los caminos de sus cuerpos deberían conocerse, las pieles estremecerse, los alientos mezclarse, los suspiros acompasarse, los gritos multiplicarse y por fin, los cuerpos mecerse, cuando todo eso debería haber sido, después de diez años, se daba cuenta de que nunca podría ser.
El matrimonio ejemplar salió de la tienda. Teresa rebosaba, como si tuviera un peso de satisfacción que la colmaba. Federico, a su lado, iba con los ojos abiertos, alucinados. Y más no podía abrirlos. Se le habían quedado así: asombrados, ingenuos, atontados.
Llegaron a casa y muy elegantemente, Teresa le dio las gracias a su amado marido, le lanzó uno de sus besos voladores y sin mirarle a los ojos, fue a guardar los guantes en el cajón apropiado, en el cajón de los guantes cortos de color rojo.
Al día siguiente Federico ya no amaneció en la calle de camino al desayuno de Teresa, a su cama fría. Y a los siete días ya vivía en la casa de los Portugueses, en la calle Virgen de los Peligros, esquina con las calles Caballero de Gracia y Jardines, desde donde se asomaba todas las mañanas a contemplar el pueblo grande que era Madrid. Y anochecía en Villa Rosa, mezcla de taberna andaluza y castiza junto a la Plaza de Santa Ana, donde bailaba Lola, la sublime Lola, la de las manos inquietas y los pies exquisitos, aquella a quien envolvía todas las noches con sus brazos, de la que descubrió cada recodo de su cuerpo. Aquella a quien, desde el primer día, miró a los ojos.