Queridos amigos, conocidos, familiares, compañeros y, en general, “followers”, que es lo que se diría ahora en estos territorios de redes sociales tan frecuentados por todo el mundo, para referirse a lo que de toda la vida, se le ha dicho seguidor: hoy es un día feliz.
Sí, es un día feliz, y por ello quiero contároslo, relataros un poco por qué justifico que hoy es un día feliz, un día en el que me he sentido realizada. ¿Cómo? Explicando lo “no tan feliz” que ha sido mi desdichada vida. Y a quien le interese esto –que sé que les va a interesar a muchos, si no ahora, dentro de muy poco- lo leerá de principio a fin.
La minoría de vosotros ya me conocéis, de una manera u otra, a algunos os puedo llamar amigos, y por ello me siento afortunada. Al 80% de personas restantes que tengo en mis redes sociales no los conozco casi, o nada, pero por este mero convencionalismo contemporáneo llamado a veces “progresar en la escala social”, pues he ido aceptando peticiones de amistad de gente que podría incluso ser pederasta, pero nunca envío yo las peticiones. Es una gran defecación de vaca, dicho refinadamente.
Pero no me ando con más tonterías que podrían acabar en sermón filosófico, para eso disponéis de otras ocasiones, de otros lugares, de otras redes sociales, de lo que os convenga. Voy a relataros por qué hoy es para mí un día feliz. Puede que el más feliz de mi vida. No tengo mucho tiempo, y quiero que esto quede claro y llegue a toda la gente posible, así que, si os acordáis, “compartid”, que es lo que se hace cuando quieres que un mensaje cale en la sociedad y quedes, en ocasiones, súper “cool”, ¿no? Al grano.
ACTO I.
(¿No queda genial, dividir este post en actos?)
Como todos, nací un día concreto, de un mes concreto, de un año concreto, en un lugar concreto. Con un padre y una madre, en un hospital decente, y en una época de relativa bonanza económica familiar.
Ya desde el primer momento en el que nací, todo se me hizo algo cuesta arriba. En su día, alguien muy querido me contó que al nacer, el cordón umbilical me estaba estrangulando. Una vez me sacaron, prácticamente cetrina, comprobaron mis constantes vitales, las cuales no aparecían por ningún lado. Nadie se esperaba aquello, así que, según esa persona querida, me tuvieron que hacer la respiración asistida y un masaje cardíaco. Por obra y gracia del destino, sobreviví. Volví a mi color normal, y empezaba mi nueva vida, sin daños cerebrales aparentes, y como nuevo número en este gran archivo de personas en el que nos encontramos todos, como cerdos.
Nunca he sido una niña muy agraciada, pero no lo pasé mal en mi época de preescolar. Fui a una guardería normal, y todo fue como tenía que ir. Nada extraordinario. Me vacunaron, pasé la varicela, alguna diarreílla por allí, algún vomito por allá, aprendizaje corriente y rápido –cognitivamente los niños pequeños son como esponjas, es un asunto increíble- y poco más. Bueno, le corté la oreja a un compañero de la guardería, en un afán de comprobar si aquellas tijeras tan cucas de colorines podían causar daño alguno. Ese día me castigaron lavándole la oreja –o más bien lo que quedaba de ella- a mi compañero con mi taza de flores.
Mi primera graduación, la de la guardería. Todo correcto. Una niña normal. No promete, ni deja de prometer. Siguiendo las pautas del sistema educativo que tenemos instalado, podría llegar a estudiar alguna carrera, pero aún es pronto para decirlo, y bla, bla, bla.
Fue entonces cuando empecé en el colegio. Me hacía mucha ilusión, porque sabía que iba a hacer nuevos amigos, y que aprendería mucho. Ya de joven me interesaba todo lo relacionado con aprender.
Cuando entré en el colegio, con 6 añitos, tenía un aspecto bastante cómico. Mis ojos siempre han tenido una expresión triste, están como caídos hacia abajo, y además tenía unos mofletes enormes. Parecía que estuviera guardando comida tras los carrillos. Estaba bastante hermosa, tenía sobrepeso, mis padres me alimentaban bien, y yo era feliz comiendo de más, o dulces y cosas golosas. Lo que no me hacía feliz era que me llamaran vaca, ballena y demás apelativos no muy cariñosos a tan temprana edad.
Fue así como transcurrieron, mayormente, todos los cursos de mi educación primaria. Aquellos niños crueles crearon en mí un profundo y arraigado complejo con mi imagen y figura, y me hicieron tenerle miedo a ir a clase. Hice pocos amigos, gente rara, extraña, como yo. Y en realidad, no es que fuera gente extraña, era gente de lo más normal, e incluso sobresaliente. Lo que ocurría era que, comparados con lo que se podía considerar normal en aquel ambiente, pues no lo eran. No les gustaban los programas de dibujos que ponían en la televisión, o el fútbol, o las muñecas, o no tenían un aparato electrónico. ¿Un aparato electrónico a tan temprana edad? Pareciera que adoctrinan a las masas para que sean burros sin alma.
El caso es que debido a toda aquella situación, mis notas no fueron, digamos, notables. Pero mi grupo cerrado de amigos era especial, y era lo único que me provocaba algo de confianza en mí misma. Disfrutábamos juntos, de las mismas cosas, o parecidas…Pero también sufríamos juntos.
Sufríamos juntos, porque aquellos niños “normales” nos trataban, en ocasiones, como a animales. Nos escudriñaban cual ovejas y nos hacían cualquier tipo de vejación. Una vez nos llevaron a una esquina del patio que actuaba de punto ciego para los profesores, no se podía ver nada con facilidad desde ningún ángulo del patio, a no ser que fueras explícitamente. En dicha esquina, nos ataron con una cuerda, a todos juntos, bien fuerte, como un pack. Nos escupieron, nos recordaron lo “raritos” que éramos, nos pintarrajearon la cara, nos dieron patadas, y además ocurrió algo horrible. Uno de ellos, el más “chulo” de la manada, sacó una navaja y nos amenazó. ¡Una navaja, el crío! Estábamos aterrados, empezamos a gritar –ignorando la amenaza inicial de “si gritáis os inflamos a palos”- y antes de que pudiera llegar algún profesor alarmado por nuestro griterío, el chaval de la navaja se le clavó en la mano a Juan, el niño que estaba más gordo. Era la primera vez que veía (aunque al menos no lo veía sola) sangre en mi vida, salía a borbotones, era horrible, y aquella imagen de ése líquido que nos hacía funcionar, saliendo rojo como el infierno de la mano del pobre muchacho, se me quedó clavada en el subconsciente. Pero lo que más me molestó, sin duda alguna, fue que uno de aquellos niños cabrones lo grabó todo con su smartphone. Nunca me ha parecido buena idea que se les diera a los niños un aparato electrónico que requiriera tanta responsabilidad. Vaya unos padres de mierda serían los suyos.
En resumen y como resultado, aquellos niños fueron expulsados del colegio, Juan ganó popularidad por su herida de la mano –que le dejó inútil el dedo anular-, y todos acabamos traumados a distintos niveles, por lo que tuvimos que ir una vez a la semana con la psicóloga del colegio para que nos hiciera sesiones de control, previa sugerencia del claustro de profesores a nuestros padres.
La verdad, yo no veía la necesidad de ir a visitar a la psicóloga. Sí es verdad que la imagen del cuchillo atravesando la mano carnosa de Juan, y la sangre fluyendo hipnóticamente, fue una escena que aparecía recurrentemente en mi cabeza; y que le cogí fobia al kétchup y al tomate frito durante un tiempo, pero no fue a más. Todos nos hacemos sangre cuando somos pequeños, pero quizás no de manera tan violenta.
Entonces, sí, no fue una etapa fácil. Mi complejo me lo guardé para mí misma y mi familia, y fui a la psicóloga por aquel percance en el patio del colegio. Sin embargo, volví a ir al especialista más adelante, un par de años más tarde, por una circunstancia que sí merecía una ayuda profesional.
La etapa de educación primaria la cerró un hecho trágico y muy contundente para mí. Un día, mi padre y yo cruzábamos un paso de peatones que estaba en verde para los viandantes. Volvíamos de la feria, y yo estaba tan feliz, como cualquier niña lo estaría. Podría no contribuir a que adelgazara, pero mi padre me compró un algodón de azúcar que me puso muy contenta. Fue dentro de esa burbuja de felicidad, cuando, de repente, un coche apareció a toda velocidad en nuestro perímetro visual. A mi padre le dio tiempo a darme un empujón que me lanzó varios metros hacia delante, fuera del peligro que suponía estar en el paso de peatones. Fue instintivo. Me dio un empujón en un abrir y cerrar de ojos. Y en un abrir y cerrar de ojos, mi padre se quedó sin cabeza. Fue decapitado. El coche que venía a toda velocidad llevaba un panel de plástico amarrado en la parte superior y que sobresalía de la superficie del coche considerablemente. Mi padre no fue atropellado por el coche debido a que en el último momento, el conductor pudo girar el volante para no lanzarlo por los aires, salvando una distancia de menos de lo que medía una flauta dulce de las que yo usaba en el colegio. Pero demonios, aquel panel aún medía más que una flauta dulce, y parece que todo se puso en contra para que sesgara el cuello de mi padre en un santiamén. Fue una escena horrible. El cuerpo sin cabeza de mi padre salió disparado unos cuantos metros, y entonces sí que salía sin cesar la sangre de su cuerpo. No pude sentir nada. No pude pensar nada. No pude llorar. Pero sí me pude fijar en que el conductor llevaba pegado a la oreja un smartphone. Un conductor hablando por el móvil. Subordinado a un aparato que mide menos que la palma de la mano, y que fue el causante indirecto de la violenta muerte de mi padre.
Me han contado que estuve en shock durante varias semanas. Apenas comía, ni dormía, ni hablaba. Era como un vegetal. En el entierro de mi padre no lloré, seguí, según dicen, absorta, mirando el suelo fijamente, haciendo caso omiso a mi alrededor. Fue entonces cuando verdaderamente me quedé en los huesos, se me demacró la cara, y se decidió que fuera al psicólogo.
En el mismo pude mejorar con el paso del tiempo, pero a la vez que yo mejoraba, mi madre empeoraba. Parece ser que cayó en una profunda depresión. El cúmulo de sensaciones disparatadas, la muerte de su marido, la muerte en vida de su hija, la dejó muy tocada. Dicen que nunca volvió a ser la misma. Y justo cuando yo parecía salir de mi agujero, volví a meterme en otro muy profundo. No quiero entrar en detalles morales, ni en si quería más a su marido que a su hija, o que si fue cobarde, o que si debería de haberme cuidado. Pero decidió quitarse la vida dulcemente, aprovechándose de su fuerte medicación.
ACTO II
De verdad, ¿no os parece normal la situación actual, viendo los hechos pasados?
No quiero entrar en detalles sobre lo que pasó justo tras la muerte de mis dos padres, en tan poco tiempo. Lo importante al final es que, en tan poco tiempo, me quedé huérfana. Nunca entendí por qué nadie de mi familia se quiso hacer cargo de mí, panda de desgraciados egoístas, pero fue así. Ellos se hicieron cargo de los bienes de mis padres, pero no de mí, que parándose una a pensar, también era un bien. El más preciado, quizás. Pero nadie me quiso, así que acabé, con el tiempo, en una especie de internado. Allí me terminaron de criar y de formar hasta que tuve 18 años.
En aquel lugar, al principio, las cosas no fueron mucho mejor que en mi etapa del colegio. No tenía ganas de nada. No conocía a nadie, ni quería conocer a nadie. Tenía una habitación compartida en la que podía guardar mis cosas y tener algo de espacio propio, pero compartido, con una chica de la que acabé siendo amiga. No me apetecía abrirme a nadie más que a mi compañera de habitación, y además, mi amistad con ella fue casi porque lo requería la situación.
Yo aún era muy pequeña para todo aquello, aunque recibí apoyo y asistencia de todo el personal de la institución. Sin embargo, lo que tenía claro es que no tenía ganas de nada. Iba a clase, y no estaba en alma. Oía pero no escuchaba, lo que se vio reflejado en mis notas. Me iba corriendo a cualquier lugar donde encontrar paz, lejos del bullicio y de los alumnos. Comía poco, se me cerró bastante el estómago tras todo lo que pasó, y además, no quería engordar nada, me daba asco todo lo relacionado con el concepto de gordura. De hecho, me satisfacía conseguir rodear mi brazo sin dificultad usando el dedo pulgar y corazón.
Me encontraba bastante mal, no tenía energía para hacer actividades extraescolares, para hablar, o para levantar una caja de zapatos. Anímicamente no me encontraba mucho mejor, ya que sentía cómo un gran vacío se apoderaba de mi cabeza, la cual no funcionaba ni a la mitad de su rendimiento, excepto cuando dormía. Vaya que sí, cuando dormía las pesadillas eran las protagonistas de la noche. Un espectáculo tenebroso donde perdía a mis padres de mil maneras distintas, lo que me hacía levantarme aún más decaída al día siguiente.
Me abstraía con facilidad, y los profesores me dijeron que detectaban patrones extraños en mi comportamiento. Me etiquetaron de antisocial, maníaco-depresiva, obsesivo-compulsiva, y mil asuntos más. No sé cuál fue la razón exacta de tanta etiqueta. Pero cuando me derivaron –una vez más- a una psicóloga –la de aquel centro-, ésta me comentó que los profesores se preocupaban al verme mirando un punto fijo durante horas en cualquier lugar, fuera un jardín, el aula, el baño, un banco en los pasillos, etc.
Con ésta psicóloga, Marina, conseguí crear un cierto vínculo afectivo, no como especialista-paciente, pero como amiga-amiga. Ahora no sé si verla como a una gran profesional, o como a una persona que de verdad se apiadó, por así decirlo, de mi alma. Era una chica joven y guapa, de rostro suave y fino, perfecto, como la porcelana. Su mirada, tan agradable, parecía cortar cualquier atadura que te aferrara al miedo, y su sonrisa era una mano tendida que no podías evitar coger. Era, en definitiva, dulce como un ángel, y aparentemente, buena.
Tras muchas conversaciones vacías que se sucedieron desde el principio de las sesiones, consiguió que me pudiera expresar sin temor.
—Hola, Laura, ¿cómo estás hoy?
—Bueno…No tengo mucho que contar, todos los días son iguales aquí. La verdad es que me siento un poco…
—¿Cómo si fueras un pez fuera del agua?
—Vaya…Sí, qué buena comparación…
—Pues verás, Laura, había pensado que ya nos conocíamos bastante bien la una a la otra, de hecho, ¡sabes más de mí que cualquiera de este sitio! Lo que te convierte en mi amiga, y además, confidente, esos secretos los debes guardar.
—¿Qué secretos?
—Así me gusta, ja, ja, ja. Pero Laura, a cambio, me encantaría que confiaras un poco en mí, y, como amiga, me contaras qué piensas cuando te gusta estar sola. ¿Lo harías?
—Pero si es que…No sé lo que pienso…
—Estoy segura de que si te pones a pensarlo durante un buen rato, puedes dibujar en tu mente lo que pasa por tu cabeza en esos momentos. ¿Prefieres escribirlo? Así no tendrás que decírmelo directamente a la cara, y no te dará vergüenza.
Y eso hice. Le escribí para la siguiente sesión una especie de redacción explicándole lo mejor que pude las vagas imágenes que salían de mi oscuro subconsciente, de ese cerebro en stand-by que me servía más bien para poco. Aún recuerdo, más o menos, lo que escribí:
“Querida Marina, ya conoces las cosas que me han pasado. No son cosas bonitas, supongo que lo entiendes. Muchas gracias por escucharme y aconsejarme. Te voy a intentar escribir lo que se me pasa por la cabeza cuando, como dicen, me quedo “en mi mundo” Después de mucho pensarlo, he encontrado algunas cosas. Imágenes de mi vida. Puedo ver sangre, mucha sangre, y entonces recuerdo mi miedo al kétchup, al tomate frito, y a todo líquido rojo. Ver sangre o esos alimentos me hace acordarme de cómo mi padre se quedó sin cabeza, y de cómo ese líquido desaparece tan rápido de tu cuerpo, y entonces te mueres. Y pienso en smartphones. Odio los smartphones y quiero destruirlos, y destruir a toda la gente que los lleva en la mano. Sólo puedo fijarme en ellos y en la gente que los usa, y les quiero cortar las manos. A veces veo que las paredes se llenan de rojo, de sangre, y miro al suelo, y a las hormigas, que en vez de llevar hojas o comida, intentan llevar entre todas un smartphone. Entonces cojo a esas hormigas, y les quito la cabeza. Eso me gusta, me hace sentirme bien. Y así estoy durante horas, mutilando a esas hormigas, porque llevan smartphones. Odio a esas hormigas.”
No sé si aquel relato salió de las cuatro paredes de la consulta de Marina, pero creo que por una parte le gustó mucho que me abriera, y por otra se sentiría horrorizada, o algo parecido. Creo que la puedo entender. Decidió, entonces, tratarme poco a poco con diversas técnicas que no funcionaron para nada, y medicarme con antidepresivos. Eso quizá ayudaba algo. Con el tiempo me empecé a sentir mejor, a comer mejor, a concentrarme, y en general, a mejorar un poco el estilo de vida. Nunca he podido quitarme los antidepresivos hasta hace relativamente poco. Además, me provocaban algo de somnolencia, lo que me reconfortaba bastante.
El caso es que, con el paso del tiempo, dejé de aislarme, las pesadillas se volvieron menos recurrentes, así como los momentos de soledad y meditación, que no me aportaban más que estigmas al recordar la muerte de mis padres, o lo difíciles que fueron los años en el colegio. Mis notas mejoraron, y gracias a que me abrí, y a mi compañera de habitación, pude conocer a compañeros que siempre me habían mirado rara por no decir ni mu, y a los que incluso les parecí simpática. Las cosas parecían volver a la normalidad después de tanto tiempo, pero seguía sin soportar los dichosos smartphones, y es que además, cada vez sacaban más modelos nuevos en menos tiempo, era algo ridículo. He de añadir, a pesar de todo, que yo tenía uno también, pero era uno antiguo. Los nuevos amigos que hice lo llamaban “iAbuelo”.
ACTO III
En el internado teníamos nuestra vida social propia, privada, todo dentro de aquel edificio. Pude sentirme parte de una gran familia de gente de todas clases, y tuve la suerte de no encontrarme con ningún ser indeseado (de más). Los chicos y chicas podían irse dos fines de semana al mes con sus familias, o recibir visitas de familiares cercanos, o apuntarse a una excursión, entre otras cosas. Dos sábados al mes nos dejaban salir por la tarde, a nuestra bola. Nos dotaban de “cierta” libertad que ansiábamos como locos. Las condiciones eran estar comunicados –sí, con smartphones-, no salir de la ciudad, y volver antes de las 21:30.
Siendo así, fue a la edad de 15 años, en cuarto de la E.S.O., cuando me lancé a salir por primera vez con mis amigos. Decidimos no irnos muy lejos, a no más de cinco o seis manzanas de distancia. Ellos ya habían salido antes, pero me respetaban a mí por ser primeriza, y además, tardía. El plan me gustaba, saldríamos a merendar, iríamos al cine a ver una película, y luego –osados nosotros- a un bar a tomarnos una cerveza.
El plan fue así: primero merendamos –yo tomé un gofre de chocolate y ellos helado-, tras eso fuimos al cine a la segunda sesión de la tarde, y al salir, fuimos a un bar cercano al centro comercial. Todo esto estaba relativamente cerca del internado, lo que era una suerte, me hacía sentirme tranquila.
Pero fue allí donde al final se complicó la cosa. No es raro que las cosas se tuerzan en mi vida drásticamente. En dicho bar, al que llegamos antes de las nueve de la noche, había mucha gente. Pero maldita la hora en la que alguien dijo: “pues nos paramos en este bar mismo, que estamos dando muchas vueltas, y todo porque Laura no se vaya lejos…”; más que nada porque la gente que había en ese tugurio era, cuanto menos, peligrosa en apariencia. Nos sentamos en una mesa al fondo, cerca del baño, y allí, aislados, nos lo estábamos pasando medio bien, y podíamos controlar, gracias a nuestra perspectiva, a todo el gentío “peligroso” del lugar. Pero algo me trastocó por completo. Me pareció ver un rostro conocido. Tras estrujarme los sesos durante un buen rato, y mirando con disimulo a dicho individuo, caí en la cuenta. Me empezó a dar mucho calor, no podía parar de dar golpes con los dedos sobre la mesa, me costaba respirar, y hasta me puse a sudar. Era él. El desgraciado que le clavó la navaja a Juan en el colegio. El tío parecía un yonqui, vestido con vaqueros rotos y con descosidos, una camiseta de tirantes blanca y sucia, y una chupa de cuero llena de mierda.
Me levanté al baño con la mayor discreción posible, con el fin de que no me viera en la oscuridad del fondo del bar. Conseguí llegar al baño de mujeres sin dificultad, donde pude vaciar la vejiga y lavarme la cara. Me miré al espejo. ¡Hasta me salieron ojeras de repente! Intenté convencerme de que no pasaba nada, ¿qué quedarían, quince minutos para marcharnos?
Deseando que se acabara la velada, salí del baño y…toma. De pleno. El tío aquel me estaba esperando, y hasta se disponía a entablar una conversación. ¿Cómo se podía acordar de mí?
—Te conozco.
—¿Ah, sí?
—Sí, del colegio, ¿no te acuerdas?
—Ah…puede, qué cosas tiene la vida, ¿eh?
—Te veo bien. Vistes bien, estás guapa, y además ya no estás gorda, quién lo diría.
—Pues tú pareces un yonqui, y sólo tienes 15 años.
Me llamaron mis amigos, se marchaban, y yo acorralada por aquel mamarracho, que no parecía que fuera a dejarme en paz. Les dije que iría enseguida y que se adelantaran, que los pillaría de camino, ingenua yo.
—¿Un yonqui, decías?
—¿Sigues apuñalando a gente indefensa?
—Vaya, parece que la niña se ha vuelto peleona.
—Olvídate de mí, fuiste un cabronazo, y seguro que ahora lo sigues siendo, o peor.
He de reconocer que eso fue valiente. Desde luego, él se quedó perplejo, con cara de susto. Así que, sin más dilación, me marché lo más rápido que pude, aquel chaval sacaba lo peor de mí.
Poco después, volviendo al internado, pude visualizar en la distancia a mis amigos. Ya había anochecido bastante, así que aceleré el paso, ya que no me apetecía gritarles. Y estando a sólo dos callejuelas de alcanzarles, una mano furtiva apareció por detrás y me agarró la cara. El otro brazo me inmovilizó el torso. La fuerza de aquellos brazos era muy superior a la mía, así que no pude apenas resistirme, y solté un grito que fue ahogado por la mano que me tapaba la boca.
No quiero entrar en muchos detalles. Aquel cabrón me llevó a rastras a un lugar alejado de allí, y cuando decidió parar, empezó a golpearme la cabeza con el puño cerrado, diciéndome entre dientes al oído que debía aprender a respetar a los hombres, lleno de rabia, el perro sarnoso. Yo ya no podía tenerme en pie, me fallaron las piernas del dolor. Medio desvanecida, parecía como una muñeca de trapo. No recuerdo mucho de entonces, sólo el dolor que vino después de que se bajara los pantalones e hiciera lo suyo. Ah, y por supuesto, el recuerdo de por vida que me dejó, ya que –aunque no me enteré, dicen que caí inconsciente- me rajó la cara prácticamente de un lado a otro con una navaja. Su navaja. La navaja que siempre llevaba encima y con la que empezó todo. Sí recuerdo que antes de desvanecerme pude ver algo que me resultaba familiar. Un smartphone en una mano.
Según me contaron, fui encontrada al día siguiente tras una búsqueda intensiva por parte de la gente del internado en colaboración con la policía. Parece ser que estaba bien escondida. Desperté en el hospital, y allí estuve una semana, bien cuidada y recuperándome de la violación y del gran corte que recorría mi cara. Pero volví a entrar en estado de shock, se me volvieron a pasar las ganas de comer, de respirar, de pensar, de hablar. Tal era mi estado, que me alimentaban mediante sonda. Me dejaron a cargo de Marina, que otra vez fue mi salvación. También hay que darle las gracias a la dosis de antidepresivos, que aumentó considerablemente.
Acto IV
El tiempo dejó atrás aquel acontecimiento. Pero algo en mí cambió. Gracias a Marina y al apoyo de mis amigos en todo momento, pude salir adelante con facilidad, cursar el bachillerato, y hacer la selectividad.
Pero sí, algo en mí cambió. Ya no tenía miedo. No tenía síntomas que se relacionaran con la depresión. Pude reducir la dosis de medicación, aunque en parte gracias a que mentía a Marina sobre mi estado anímico, y mis sensaciones y pensamientos en general. Ya no tenía miedo. En cambio, tenía odio. Apatía y odio. La poca simpatía que mostrara era una ligera coraza que cubría lo pútrido de mi alma. Deseaba con todas mis fuerzas asesinar a aquel individuo. Todas las noches. Nada de mutilar hormigas, ni de paredes cubiertas de sangre. Nada de pena por la muerte de mis padres, sino cierto valor al pensar que ellos querrían que me defendiera, pero intrínsecamente deseaba asesinar a aquel muchacho. Y al que atropelló a mi padre. Y al puñetero creador de los smartphones. Quería hacer una hoguera con ellos, destruirlos uno a uno. Quizás algún día, pensaba.
Tras hacer la selectividad, tocaba despedirse del centro que me acogió hasta la mayoría de edad. Y, por supuesto, de mis amigos y de Marina. Marina quiso saber de mis andanzas, así que me aconsejo crearme un perfil en Facebook, y que la buscara, y lo mantuviera actualizado en la medida de lo posible. Accedí. Me creé un Facebook, y además pude agregar a mis amigos de allí, y poco después, pude encontrar a los de mi etapa del colegio. Era una sensación agradable el que quisieran saber de mí. Luego vinieron los amigos de los amigos, los conocidos, familiares –que agregué por cortesía y educación, aunque nunca les presté atención-, etc.
Decidí estudiar psicología, ya que pensé que era algo a lo que había estado unida toda la vida. La figura de Marina fue clave, me hizo entenderla de otra manera. Además, así quizás podría ayudarme a mí misma cuando lo necesitara, y a quien hubiera pasado por problemas como los míos.
Una vez formalicé la matricula, sólo quedaba encontrar un piso cerca de la universidad, y atender a clase. Como yo recibía una pensión de orfandad, pude pagarme un piso compartido, y aún me sobraba para material y gastos personales, aunque sopesé buscar trabajo durante ése primer año académico. Una vez me instalé, congenié bien con mis otras dos compañeras, que me cayeron bastante simpáticas, probablemente debido a esa gracia innata que tiene la gente del sur, que te hace sentirte cómoda y parte de algo.
ACTO V
Los primeros días de clase fueron extraños. Una vez más, no conocía a nadie. Y me costó conseguirlo, la gente me miraba asustada al principio, por la cicatriz que recorría mi cara. Aun así intenté mostrarme abierta, comunicativa, con mi ligera coraza de simpatía. En no mucho tiempo, ya pertenecía a un grupito de clase que se portaba bien conmigo, o al menos, no me hacía ningún feo, eran bastante hospitalarios. De hecho, se podía ver perfectamente cómo la clase se dividió en distintos “clanes”, como si fuera un documental. Habían dos grupos de chicos, uno más “geek”, como se dice ahora, y otro más “cool”. Y con referencia a las chicas, bueno, estaban las que parecían unas chulas prepotentes, y las que parecían un poco…tontitas. Mi grupo era el más normalillo, siendo heterogéneo en sexos, y variado en gustos.
Pronto, se empezó a escuchar el terrorífico y excitante rumor de las novatadas. Algo en mí se revolvía al escuchar aquel término. No me sentía cómoda. Me ponía nerviosa. Novatadas, novatadas, novatadas, día sí, y día también. Que si nos pillarían por sorpresa en medio de clase, a la salida, en un descanso…Que si nos atarían, que si nos tirarían huevos, que si en otros años hubo gente que acabó en el hospital con un coma etílico…Yo no era así. Mi mundo era una cosa aparte. Yo no me quería divertir, sino estar tranquila y avanzar sin prisa pero sin pausa. Pero prácticamente todos los compañeros se ponían a saltar como monos en celo cuando pensaban en ellas.
Intenté rehuir el tema de conversación de las novatadas los días siguientes. Hubo un punto en el que me sentía atemorizada, y estaba alerta en todo momento. Creo que tenía motivos más que suficientes como para no confiar en la gente de buenas a primeras, y menos en gente que pretendía hacer de una celebración introductoria unos juegos macabros y dantescos.
Pero llegó el día.
Una mañana, irrumpió en clase un grupo de veteranos ataviados en uniforme militar íntegro, y nos sacaron a la calle. Nos ataron de manera que quedáramos en fila india, y nos hicieron caminar durante una hora hasta llegar a un descampado dejado de la mano de Dios. Desde aquel primer momento, volvieron a mi cabeza los recuerdos de mi infancia, en los que fuimos atados tan virginales e inocentes, y le clavaron la navaja a Juan en la mano. Curiosamente, la gente estaba feliz, riéndose. Pero yo me encontraba al borde de un ataque de ansiedad.
Una vez llegamos allí, soltaron el discurso de sus vidas. Un discurso acojonante que servía como prefacio al desastre. En plan “el Sargento de Hierro” –una película que encontré de casualidad y que ciertamente me gustó mucho- nos dijeron que nuestras vidas como tal habían acabado, y que nos iban a convertir en personas civilizadas, no sin antes hacernos bajar al infierno. No nos iban a permitir aprender a andar hasta que nos arrastráramos como puercos, hasta que nos volviéramos animales, hasta que fuéramos poco más que una mierda. Y eso hicieron.
Para empezar, a los chicos les hicieron hacer flexiones hasta que dejaran de sentir los brazos. Por nuestra parte, a las chicas nos pusieron a hacer sentadillas hasta que cayéramos al suelo del temblor de piernas. De una manera u otra, todos acabamos exhaustos y temblando en el suelo, y fue entonces cuando nos bañaron en aceite y vinagre, para posteriormente rebozarnos en harina, y tras ello hincharnos a huevos. Todo eso fue ligero, quizás se podía aguantar, quizás no. Mis compañeras me dijeron entre susurros que eso era lo normal, que ya había pasado en otros años. Pero lo que no se esperaba mi compañera era que nos hicieran beber a cada uno casi medio litro de vodka mezclado con agua –para que, según decían, saliera algo más barato-. Entonces, llenos de porquería, acabamos otra vez en el suelo, pero ya no sólo por el cansancio, sino porque nuestros sentidos estaban atontados.
Lo que tampoco se esperaba mi compañera, y supongo que ninguno de mis compañeros, es que alguien preguntara quién era yo en voz alta, y de repente todos los veteranos se fijaran en mí.
Me levantaron con sumo cuidado, casi con pena, y entre ellos empezaron a murmurar algo sobre mi cara, y empezaron a reírse. Se mofaron de mi cicatriz, y me llamaron cara-partida, jóker, monstruo, bicho, animal de feria, y todo tipo de vilezas. Mi autoestima cayó en picado. Los novatos de mi clase observaban atónitos la situación. Se podía notar que se estaban compadeciendo de mí. Yo tampoco podía entender por qué se pasaban tanto conmigo. No distinguía si aquello era mera mofa por el hecho de ser las novatadas, o de si de verdad eran seres malvados y demoníacos que buscaban mellar los sentimientos de una persona indefensa hasta que se derrumbara por completo. Pude comprobar justo después que, efectivamente, era lo segundo.
Una de las veteranas se acercó a mí, y me dio una bofetada, y tras ello me escupió en la cara. Su cara era la viva representación del asco. Exigió que todos hicieran lo mismo, así que por turnos, como quien va a comprar a la charcutería, me abofetearon la cara y me escupieron.
Y pude ver, pude ver una vez más, cómo alguien sacaba un smartphone. Alguien lo estaba grabando todo, para culminar la degradación humana, para hacer patente que todo eso podía ser divertido para alguien, y que mi calvario por ser distinta no acabaría ahí.
No sé cómo no me desvanecí, pero conseguí mantenerme en pie, y mirar, ahogándome en mi propia rabia, a la última persona que me humilló. A aquella hija de perra que sugirió y empezó este espectáculo.
Nadie diría nada, nadie pensaría nada, porque si ellos se enteraban de que alguien lo hacía, irían a por él.
Afortunadamente, mis compañeros me ayudaron a llegar a casa, e intentaron consolarme. Yo lo único que quería hacer era acostarme y mitigar el dolor, intentar paliar las heridas, tanto las físicas, como las de mi yo interno. Aquella noche decidí olvidarme de las pastillas. Fue algo automático, mi cuerpo no quería tomar más medicación. No necesitaba más ayuda. La rabia que sentí aquella tarde era maravillosa. Me relajaba, me adormecía, me ponía. Recuerdo que hasta que conseguí dormirme, lo único que se me pasaba por la cabeza era la cara de aquella chica. Y cada vez que la veía, el corazón se me ponía a mil, y sentía cómo mi cuerpo se llenaba de adrenalina e impotencia.
Desperté durante la noche. No sé a qué hora, pero desperté. Y no sé si era yo, no sé si era mi habitación, no sabía si nada de lo que estaba experimentando era real. Sólo sé que no podía moverme, no podía levantarme de la cama, sólo podía observar. Me estaba agobiando mucho, necesitaba moverme, toneladas de gravedad aplastaban mi cuerpo. Y entonces, reconocí algo que me era familiar. Poco a poco, las paredes se empezaron a teñirse de un líquido espeso, rojizo, y opaco. Era sangre. Las paredes ya no eran del color original, eran rojas. Estaban ensangrentadas, y parte de ese fluido encharcó el suelo. Era horrible. Presa del miedo, decidí respirar más flojo, no hacer ruido, intentar pasar desapercibida, ya que no podía salir corriendo de allí. El armario de abrió, y de él algo cayó al suelo. Rodando. No podía verlo bien, pero parecía una pelota con pelo. Se embadurnó con la sangre que cubría el piso. La habitación empezó a temblar. Era como un terremoto aislado, al que se le unió un estruendo ensordecedor e incesante. Se abrió una brecha en el suelo, y de él, como si se tratara del mismísimo diablo saliendo del averno, surgió un móvil. Un smartphone. Pero éste era tan fino como un lápiz, y de hecho, afilado en su parte de arriba. Éste objeto infernal recogió la bola peluda del suelo, que se clavó en él como si fuera una estaca. Era una cabeza.
Y de repente, el silencio.
La cabeza, clavada en el smartphone, giró sobre sí misma hasta acabar mirándome fijamente. Era la cabeza ensangrentada de mi padre. Por un momento dejé de respirar. Cuando me di cuenta estaba gritando, pero no emitía ningún tipo de sonido. Aquella figura espantosa empezó a desplazarse, flotando, sobre la sangre. Lentamente. Hacia mí. Antes de llegar al borde de la cama, paro en seco, y encontró mis ojos aterrados. Pero era el rostro de mi padre, un rostro amable y cariñoso en una cabeza decapitada. Aunque suene extraño, me alivió percibir el amor en su cara. Repetía todo el rato algo que no alcanzaba a escuchar, como si sólo moviera los labios. Intenté esforzarme por entenderle. Como si su voz se ahogara en la distancia, vagamente pude escuchar lo que mi padre me quería decir.
“Libérate y sé feliz.”
ACTO VI
Pues sí, hoy es el día más feliz de mi vida. ¿Por qué? Bueno, por todo lo que os he contado, y sobre todo por la iniciativa que he mostrado hoy.
Mi padre me dio un mensaje claro, y me he dejado llevar. He cogido un cuchillo jamonero y me he ido a la universidad, a encontrar a esa individua. Paseándome por los pasillos la he visto, y también he visto cómo se metía en clase. Así que la he esperado. Pasó una hora y salió para estirar las piernas y volverse a meter en clase. Pasó otra hora, y lo mismo. Pasó otra hora, salió, y fue directa al baño. Así que la he seguido y me he metido en el baño poco después de que entrara ella.
En aquel momento no había nadie, así que era idóneo. Las tres horas de espera merecieron la pena, los planetas estaban alineados, ¡el destino estaba escrito! La adrenalina de anoche volvía a recorrer mis venas, así que, impaciente, me he dispuesto a redimirla de sus males internos.
Me he metido en el baño en el que estaba ella. Me ha mirado sorprendida, ya que estaba orinando, y en medio del proceso de micción, le he hundido el cuchillo en la barriga. Lo he metido hasta que algo duro que me ha impedido seguir. La cerámica del retrete.
Tendríais que haber visto su cara de sorpresa, aunque quizás también fuera de dolor.
He sacado el cuchillo y le he cogido la cara, apretando con todas mis fuerzas sus carrillos. La desgraciada ahora se ponía a llorar. Bueno, debía de haberlo pensado antes. Pero le he comentado que no tenía por qué estar triste, y que la iba a ayudar. Así que le he dibujado una amplia sonrisa con el cuchillo. Ahora estaba mucho más guapa. Para acabar de manera redonda le he hecho comerse su bien más preciado. Así que he sacado su smartphone del bolsillo, y se lo he hecho tragar. Pero como no ha querido colaborar, la he tenido que ayudar empujando con los dedos.
Me sentía realizada. Feliz. Contenta. Por primera vez en mi vida no pensaba nada, gracias a la embriaguez de alegría que se apoderó de mi cuerpo. Vi mi reflejo en el espejo. Una amplia sonrisa, parecida a la que tenía mi padre anoche.
Aunque me he encontrado bastante aliviada, después me he dirigido a la clase a buscar al que sacó su móvil para grabar el espectáculo de ayer. El desgraciado estaba sentado sobre una mesa, rodeado de su grupito de lameculos. Me he acercado rápidamente y le he preguntado si se acordaba de mí. No le he dejado responder. Le he clavado el cuchillo varias veces en la barriga. Sus amigos se han ido corriendo acojonados, excepto uno que ha intentado pararme. Pero el pobre ha corrido la misma suerte. En un alarde de sentido común, me he ido corriendo lo más rápido posible para que nadie me pudiera coger.
¿No es maravilloso? Me siento muy feliz. Más feliz que nunca. Es como si flotara. No siento odio, ni tristeza, ni nada. Sólo paz interior. Les he enseñado a no reírse de las personas.
Es que de verdad, nunca he entendido ni entenderé cómo puede haber gente tan miserable en este mundo. Gente que goza buscando el mal ajeno, y que a veces hasta colabora directa o indirectamente con tal de echarse unas risas. Para mí, ese tipo de personas merecen un castigo. Deberían de ponerse en la piel de quien sufre algún tipo de maltrato. Puede haber personas que son de una manera determinada por culpa de algún suceso traumático en la vida.
Espero que este post, que al final me ha quedado algo largo, os haya sido de interés y esclarezca un poco el porqué de los hechos de hoy, y de mi felicidad absoluta. Creo que le he hecho un bien al mundo.
Por cierto, he querido dejar también testimonio en vídeo del asunto, así que, con un smartphone, he grabado este testimonio en vídeo, y un par de cosas más. Está sobre la leja.
ACTO FINAL.
Ya no tengo nada más que hacer aquí. Hasta pronto.