y te encontraré aunque te escondas en el infierno...
––Serán tan solo unas horas ––me dice Leo mientras posa su mano en mi espalda para que no intente escapar––. Después me pedirás todo aquello que se te antoje.
Lleva tiempo hablándome sobre la fiesta que dará el jefe en su casa para Navidad. Al principio no me hizo mucha gracia, pero por ayudar a un amigo y por conseguir un buen regalo de Reyes, acepté.
––Me lo voy a pasar de escándalo viéndote llorar cuando me compres esos exquisitos y elegantes Manolos que he visto en el escaparate ––sonrío jocosa.
––Lo que me pidas es poco sabiendo el esfuerzo que esto significa para ti…
––No te preocupes. Llevo mucho tiempo controlando el tema. Con la medicación estoy bastante bien, por lo menos he dejado de tener esas malditas pesadillas.
––Siento que tu madre te dejase esa herencia ––me abraza con fuerza y me da un beso sonoro en la mejilla.
––Bueno, la pobre me dio lo que tenía; el físico y el estado mental… ––suspiro profundamente y aparecen en mi mente unas imágenes que ya había olvidado; a mi madre cansada en alguna parte de la casa. Despeinada, acalorada y jadeando sin saber el motivo exacto de aquella agitación.
Un escalofrío me hace encogerme al rememorar aquellas situaciones. Son tan parecidas a las mías. Aunque ya sí entiendo el porqué de su cansancio, de su desesperación…
––Hay una gran diferencia entre tú y ella ––dice Leo abrazándome aún más fuerte.
––¿Cuál? ––pregunto intrigada.
––¡¡Tú tienes más tetas!! ––grita cogiéndolas entre sus palmas.
––¡¡Cochino!! ––digo al mismo tiempo que lo separo del inmoral agarre––. Haz el favor de llamar de una vez. Sabes que no me gusta llegar tarde a los sitios. No soy como mi amiguito Malcolm. Ese chico tiene un problema con la impuntualidad… Mira, otra cosa muy buena que me regaló mi madre, la puntualidad.
––¿Sabes que eres una zorra con muy mala leche? ––Me besa de nuevo la mejilla y estira el encaje de mi escote.
––Ya, pero esta zorra tendrá unos estupendos zapatos para Papá Noel. ––Levanto mis cejas varias veces mientras sonrío con satisfacción.
Leo suelta una carcajada a la vez que dirige su mano hacia el timbre y lo hace sonar un par de veces. Mientras esperamos a que nos abran, echo un vistazo rápido al lugar. Situada a las afueras de la ciudad, rodeada por unos doscientos metros de cuidado jardín y de una altísima valla metálica, se encuentra la enorme mansión victoriana del jefe de mi amigo. Una casa de tres pisos y de incontables ventanales adornados con marcos oscuros que resaltan, aún más, el blanco de su pedregosa fachada. Según me contó, había heredado aquel recinto de unos antepasados mercaderes y tras un período interminable de reformas, celebraba su reapertura. Así que decidió que un precioso veintitrés de Diciembre sería el día idóneo para hacernos vestir de época y recrear alguna de las fiestas navideñas que hacían en aquel siglo.
Ir vestida así no me hace mucha gracia pero para calmar el sentido del ridículo, recuerdo la imagen nueva de Linda. Se había pasado el tiempo del tinte y ahora tenía el pelo blanco nuclear. Me miro de nuevo y sonrío. Pese a mi desgana en llevarlo, es mejor que el de Mama Noela que me hicieron llevar en el último trabajo: Todos los empleados con el mismo rojo intenso, algo que me resultaba repulsivo puesto que al finalizar la noche, aquellos que se vestían de un personaje que reflejaba la inocencia infantil, se escondían en los rincones de la casa para follar como conejos de pascua.
Algo llama mi atención y dejo de pensar en las terribles imágenes de esa fiesta. La cortina de una de las ventanas del segundo piso parece que se ha movido.
«Relájate», me digo al mismo tiempo que suspiro.
«Es todo producto de tu imaginación, como siempre…»
––Buenas noches ––nos saluda un señor vestido de riguroso frac.
––Buenas noches, somos Leonardo Smith y acompañante ––responde muy serio mi risueño amigo.
Tal vez haya pensado igual que yo. Aquel hombre parecía un personaje sacado de una película en blanco y negro del Conde Drácula.
––Un momento, señor ––nos dice mientras revisa los papeles que lleva en sus manos. Cuando encuentra el nombre de mi amigo, lo subraya y, con una sonrisa aún más terrorífica, nos invita a pasar––. Tienen ustedes que coger un antifaz que encontrarán en el pequeño baúl de la mesa de la entrada al salón principal.
––Gracias ––responde Leo no sin antes mirarme con cara de… ¿de dónde ha salido esto? Alzo mis hombros porque no sé qué decirle y sonreímos con complicidad––. Ese hombre me ha producido un repelús. ¿Cómo habrá pasado los puñeteros test que hacen los de recursos humanos?
––Imagino que los habrá hipnotizado con la mirada ––respondo entre risas.
Entre risotadas llegamos hasta donde nos indicaron. Busco entre el montón de máscaras alguna que me llame la atención. Son todas muy parecidas, sin embargo, hallo una que tiene más purpurina dorada que las otras. Recojo mi pelo rojizo hacia atrás y me la pongo.
––Creo que como nos sigan colocando más cosas sobre nuestro cuerpo, vamos a parecer árboles de Navidad ––murmuro en su oído.
––Pues sería el disfraz más apropiado para esta época… ––vuelve a carcajearse.
Sin soltar su amarre nos vamos adentrando por el inmenso pasillo que nos conducirá hasta donde se supone que está la fiesta. Durante el trayecto sigo percibiendo esa sensación que tuve al principio de entrar; alguien nos observa. Aunque por más que inspecciono los alrededores no encuentro nada que me lo confirme. Imagino que todavía no estoy curada del todo…
Leo empuja la puerta para dejarnos ver lo que hay tras ella y una corriente eléctrica recorre mi cuerpo cuando veo el gran salón. Es inmenso. Todo el lujo que se pueda pensar está allí entre los adornos y los manjares que se nos ofrecen. Un delicioso olor a flores llena los rincones de la estancia. Ningún aroma sobresale al de aquellos capullos entrelazados en cientos y cientos de lazos. Me imagino el esfuerzo tan grande que han realizado los empleados en dejar perfecto aquel lugar. Resoplo y me viene a la cabeza el nombre de Noel. Estaría encantado de andar y merodear en este tipo de fiestas. Sacaría ese galán que esconde y terminaría ronroneando sobre la oreja de alguna rica insatisfecha. ¿Cómo iba a dejar escapar una noche así? Sin embargo, cuando vuelvo a concentrarme en el lugar donde me encuentro, comienzo a ponerme nerviosa. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Flores, olor, las mesas blancas, las velas en los candelabros dorados,…
––¿Estás bien? ––pregunta Leo en mi oído.
––Sí… ––murmuro sin voz. No quiero desvelarle mi secreto. Comentar que aquel ambiente es muy parecido al que veo en mis visiones y donde en algún rincón “él” podría estar observándo-me… Solo de pensar que ese hombre podría ser real un calor recorre mi cuerpo y hace que ardan mis mejillas.
Intenta girarse hacia el lado contrario y salir de allí. Aunque no lo consigue porque tiro de su brazo para que continúe. Sé que esta “fiesta” es muy importante para él, de lo contrario no me habría ofrecido “todo lo que quisiera”.
Lo primero que vemos es un grupo de personas rodeando a un morenazo vestido con impecable esmoquin. Está conversando afablemente con la gente que lo envuelve. Sin embargo, cuando la puerta se abre de par en par y ponemos un pie dentro de la sala, gira su cabeza y nos mira atentamente. Echo un reojo a Leo y observo que no aparta la mirada de él. Quizás sea ese alguien de quien tanto habla.
El hombre se disculpa con mucha educación de las personas que tiene en su entorno y camina hacia nosotros.
––¿Leo? ––pregunta extendiendo su mano hacia mi amigo.
––¿Señor Black?
––En efecto. ¿Cuándo has llegado? No te he visto antes.
Leo responde al saludo mientras el extraño comienza a mirarme de reojo.
Me puedo imaginar qué está pensando. Se pregunta quién soy yo y por qué acompaño a Leo si es de todos sabido que le gustan más los hombres que las mujeres.
––Perdone. Ella es Victoria, una buena amiga ––dice al mismo tiempo que me libera de nuestro enlace y me coloca delante suya.
––Encantado de conocerte, Victoria ––alarga su mano hacia mí y yo hago lo mismo con la mía. Sin apartar la mirada de mis ojos, se la lleva a sus labios y la besa muy despacio.
––Igualmente ––respondo casi sin voz. Me ha perturbado esa forma de mirarme. Es como si escondiera algo tras esos verdosos ojos. O quizás es que ya los he visto en alguna parte…
De pronto comienza a sonar una sintonía parecida a un vals. Y el centro de la sala se llena de improvisadas parejas bailando el suave ritmo.
––¿Te gusta bailar? ––Me pregunta aún con la mano entre las suyas.
––Sí, pero nunca he probado este tipo de melodías.
––Es muy fácil. Si me lo permites te enseñaré ––Aferra mi mano aún más a la suya y me lleva hacia donde está el tumulto de gente moviéndose de un lado para otro––. Pon tu mano aquí ––posa mi palma derecha en su hombro––, y déjate llevar.
El vaivén al que me encuentro sometida comienza a divertirme. Con el antifaz ocultando mi rostro me es más fácil desinhibir esa introversión que nació en mí. Sonrío sin parar al mismo tiempo que el señor Black me susurra elogios sobre mis movimientos. Una carcajada aparece en mi boca haciendo que eche la cabeza hacia atrás y pueda ver con claridad la planta alta de la casa. Hay alguien mirándome. Un alguien que conozco bastante bien. Su mirada se cruza con la mía y un cosquilleo hace que mi piel se erice. El corazón palpita como el galopar de un caballo desbocado. Abro lentamente mi boca y siento una leve presión sobre mis labios. Apenas puedo hablar, apenas puedo decir algo que sea coherente.
«¿Cómo puede ser?»
––¿Victoria? ––pregunta mi acompañante mirándome con asombro.
––Lo… lo siento–– balbuceo––. ¿El baño?
––Justo al girar esa columna ––me señala con la mano––. ¿Quieres que te acompañe? ¿Llamo a Leo?
––No es nada. Tan solo me he mareado por las vueltas que me has dado ––sonrío mientras pienso que la excusa que le he ofrecido suena absurda hasta para mí.
––De todas formas te acompañaré hasta el aseo de señoras. No me gustaría ser el culpable de un desmayo ––Coge mi brazo y me conduce hasta la puerta––. Estaré aquí.
––No hace falta, de verdad.
A pesar de ver que no le agrada mi decisión, la acepta. Me deja entrar sola y él se aleja para seguir con sus cordiales saludos. Dejo pasar un poquito el tiempo y abro para saber si se ha marchado. Lo ha hecho. Salgo de allí, miro a un lado y hacia el otro, quiero estar segura de que no hay nadie a mi alrededor. Suspiro de nuevo. Tengo que tomar fuerzas para concluir lo que me ronda en la cabeza. Subir hasta el piso y averiguar si mis ojos no me han engañado. Ese hombre misterioso tan solo habita en mi mente, no puede ser real.
Apoyándome en las frías columnas de mármol para esconder mi cuerpo, llego hasta las escaleras. Las subo tan rápido como me permiten los tacones y comienzo a buscar dónde puede estar.
«Gira a la derecha», me susurra una voz.
Le hago caso. Enderezo mi cuerpo y camino por el lado elegido hasta llegar a una puerta con el pomo dorado. Llevo mi mano hasta él y lo giro despacio. Se abre, entro lentamente y… no hay nadie. Una chimenea encendida alumbra la habitación. Cierro tras de mí.
––¿Hola? ––pregunto echando un vistazo a mi alrededor––. ¿Hay alguien? Creo que me he perdido ––intento excusar mi intromisión.
Nadie responde. Salvo el crujido de la leña cuando se quema, no se escucha nada. Mi corazón se agita cada vez más. Lo tengo tan alterado que es capaz de salir de mis adentros sin apenas esfuerzo. Noto cómo mis manos comienzan a sudar. Estoy loca, de eso ya no me cabe la menor duda. Me giro. Quiero irme de allí y aparcar esas alucinaciones que han vuelto a aparecer. Tantos años de tratamiento y cuando menos me lo espero… ¡¡regresan!!
Al girarme noto una débil brisa tras de mí. No hago caso. He visto que la ventana estaba abierta y puede ser que se haya levantado algo de aire en el exterior. Sin embargo, cuando pongo la mano en el pomo para abrir la puerta algo me lo impide. Alzo la vista y veo una palma que evita mi huida. También siento una cálida respiración tras de mí. Un cuerpo caliente…
––Has aceptado mi llamada… de nuevo. ––Me susurra tan cerca que sus labios acarician mi mejilla.
––No sé a lo que se refiere ––comento al mismo tiempo que trago mi espesa saliva.
Mi nariz se llena de su aroma. Dulce y afrutado. Me resulta tan familiar que me da miedo tan solo pensar cuándo y dónde lo he olido con anterioridad
––¿De verdad crees que no sabes a qué me refiero, Victoria? ––Su cuerpo presiona el mío y puedo hacerme una idea de las dimensiones que puede tener, “todas las dimensiones”––. Venías en mi busca… como siempre.
––¿Yo? ––pregunto a la vez que quiero intento girarme. Aunque no lo consigo porque él sigue presionando su cuerpo con el mío.
––Sí… ––musita en mi oído y comienza a pasear sus labios desde el lóbulo hasta la clavícula.
Sus manos siguen pegadas a la puerta, y las mías…¿dónde están? ¡Ah, sí! Agarradas con tanta fuerza al pomo que como él se retire y yo caiga hacia atrás, lo arranco de cuajo.
Tengo ganas de decirle que pare. Quiero gritar ¡basta! y salir corriendo de allí. Pero parece que tengo las plantas de los pies pegadas al suelo. Un magnetismo sobrenatural me tiene retenida, imposibilitando cualquier huida, cualquier idea de alejarme de aquí.
––Hueles tan bien… ––susurra de nuevo con esa voz tan aterciopelada que me deja desarmada.
––El perfume… ––contesto al mismo tiempo que cierro los ojos y me dejo llevar.
Bueno, ya me había dejado llevar antes. Cuando subí, cuando entré y cuando sentí su cuerpo tras el mío.
Un doloroso calor comienza a emerger de entre mis piernas. La excitación es incontrolable. Los pezones pueden romper el corset que con tanto esfuerzo me ha costado cerrar.
––No es el perfume que te has puesto, sino el olor de tu sexo excitado… ––besa lento mi cuello haciendo que el vello se erice.
De pronto una de sus manos se aparta de la puerta y comienza un recorrido sensual y delicado por mi escote. Echo la cabeza hacia atrás y escucho el gruñido que emite el hombre. Un sonido ronco que emana de su garganta y me da a entender que se siente satisfecho con mi acción.
¿Detenerme? ¡No! He subido para eso, y eso es lo que estoy encontrando.
Los dedos masculinos se adentran por el escote sacando, con suavidad, los erectos pezones. Jadeo cuando comienza a presionarlos y siento en mis caderas cómo se restriega en ellas para que note la erección que le está produciendo mi placer.
––Quiero tenerlos dentro de mi boca ––me dice al oído y muerde despacio el lóbulo.
Asiento y comienzo a girarme. Tal vez así lo vea mejor.
Un pelo negro agarrado en una estirada coleta. Unos pequeños mechones que se salen, rebeldes, del amarre y unos ojos verdes… Es lo único que puedo apreciar antes de ser asaltada por aquella boca. Grito al sentir sus dientes en mi piel. Levanto la cabeza y la apoyo en la puerta de madera que nos sostiene.
––Deliciosa… ––comenta a la vez que siento una de sus manos bajar y subir la falda––. ¿Me permites algo más? ––pregunta con voz estrangulada por la excitación. Asiento con rapidez. Llegados a este punto…¿quién dice que no?
Siento los dedos caminar por mis muslos y cómo apartan despacio la pequeña prenda íntima que está tan mojada que llora sola. Jadeo al notar cómo me acaricia. Cómo pasea con descaro entre mi sexo buscando ese punto al que agitar para enloquecerme.
Levanta su mirada hacia mí. Esos ojos me encienden con tan solo mirarlos. Estoy agitada, anonadada, excitada. Loca por sentir en mi boca esos labios rojos que invitan a morderles en mitad de la pasión.
––Quieres besarme. No es una pregunta, es una afirmación porque puedo leerlo en tu mirada ––sigue manteniendo esa voz hipnotizante. Mientras tanto, su mano ha descubierto ese punto que me va a llevar hasta el Edén––. ¿Verdad que me quieres besar? ––Comienza a agitar su mano en mi sexo con tanta rapidez que mi cuerpo se tambalea a su merced.
Quiero responder, quiero decirle que sí, pero me resulta imposible porque inicio una multitud de jadeos y sollozos. Los que indican que estoy a punto de llegar hasta mi primer clímax.
––¿Vas a correrte? ¿Vas a llenar mi mano de esa esencia que tanto añoro?
Jadeo, no puedo parar. Escuchar de su voz esas preguntas me excita más, como si él entendiese que esa es la forma perfecta para hacerme explotar.
––¡Grita! ––Me ordena.
Al hacerlo salta sobre mi boca y el eco del gemido se escucha dentro de él. Su lengua somete a la mía en un baile más tórrido y alocado que el que sufre mi clítoris bajo su presión. Me retuerzo, me agito, me vuelvo loca cuando el nirvana llega a mí. Sí, lo acepto. Soy una marioneta en sus manos, pero ahora no me cuestiono la realidad de mis hechos, solo quiero que me dé placer.
Aun cuando ve que mi cuerpo comienza a desplomarse por el abandono de mis fuerzas, me sigue manteniendo apoyada en la puerta y continúa acariciándome el sexo.
––Primero serán mis dedos… luego yo ––me dice sin apenas separar su boca de la mía.
Se aparta un poco. Este distanciamiento hace que el frío me acaricie y mi cuerpo tiemble. No quiero que se aleje, ahora no. Sin embargo lo siento observándome, al acecho de mis movimientos. Me siento la presa de un depredador.
Intento abrir los ojos, necesito verlo. Pero antes de que mis párpados se separen, una mano helada se aferra a la mía y tira de mí. Me aleja de la puerta para llevarme hasta el sofá que hay frente la chimenea.
––¡Ábrete! –– Me ordena a la vez que me sienta con brusquedad.
Apoya sus palmas sobre mis rodillas abiertas y comienza a subir el interminable vestido. Mira mi centro, se relame. Lo confirmo, es un depredador hambriento. Aparta un poco más mis muslos e introduce su cabeza. Quiero gritar con todas mis fuerzas al sentir pasear su lengua a lo largo de mi sexo. Ese calor hace que mi cuerpo vuelva a temblar. Los ojos se me cierran solos y las palmas de mis manos se apoyan sobre la tela que cubre el sofá.
––Deliciosa ––repite––. Da igual el tiempo que trascurra entre nosotros, siempre serás tú quien me alimente durante los siglos de mi vida. Está escrito…
Escucho con atención esas palabras y tiemblo. Imagino que se está refiriendo a la maldición, esa de la que hablaba mi madre en sus delirios: la hija de la hija siempre estará condenada… Me asusto e intento levantarme para pedir una explicación a sus palabras, pero cuando quiero expulsar por mi boca lo que parece fonética, me quedo muda. La presión de sus dientes en mis labios y la invasión de sus dedos en mi interior han bloqueado mi mente.
––Chorreante y preparada para mí… ––gruñe con mi labio vaginal presionado por sus incisivos.
Vuelvo a ser sometida por la descarga eléctrica que sufro cuando el orgasmo se apodera de mí. Esta vez puedo gritar, y lo hago tan fuerte que cuando terminan mis convulsiones, me quedo afónica.
––Beber de ti es lo que me mantiene vivo, Victoria ––dice al mismo tiempo que me gira y alza mis caderas hacia las suyas––. Eres mía y yo te pertenezco, por mucho que queramos evitarlo no se puede, nuestra historia está escrita.
Alza sobre mi espalda las telas del vestido, aparta lentamente la prenda y comienza a presentar su erección ante mi humedad. Me penetra con tanta fuerza que un gruñido de dolor sale de mi garganta.
––Quieta… ––susurra agarrando con firmeza mis caderas. Apenas nos separan unos milímetros. Su calor es el mío y viceversa. Quiero verlo, lo necesito. Así que giro mi cabeza hacia él y sus ojos verdes se clavan en los míos. Estoy hipnotizada. Tal como en mis sueños, él hace conmigo lo que se le antoja y yo no puedo decir nada.
––Sé que te duele tenerme dentro, Victoria, pero te prometo que cuando tu cuerpo se adapte a mis vaivenes sentirás placer ––dice al mismo tiempo que inicia un balanceo suave de mis caderas hacia su sexo.
El centro de mi estómago parece arder. Los pezones están tan duros que necesitan calmarse, sin embargo, no puedo tocarlos porque tengo mis manos apoyadas en el asiento. Veo de reojo cómo mi pelo está alborotado y se agita con más rapidez. Ha empezado a zarandearme con más vigor. Grito, me muerdo el labio. Sigo jadeando, chillando, sintiendo cómo se acerca esa satisfacción que me ha prometido. El clítoris palpita con energía, jamás ha estado tan excitado, o tal vez sí… Escucho los suaves clics que se producen al frotarse su sexo con el mío. Me estoy volviendo loca. Quiero más. Mucho más.
––Eres mía, Victoria. Ahora y siempre ––me confiesa cuando las agitaciones se hacen más y más intensas––. Da igual donde estés, da igual donde te escondas, allí me encontrarás…
Me mueve más rápido, más fuerte, con más ímpetu.
––¡Oh Dios mío! ––Al fin grito––. ¡¡Fóllame!! Y no me dejes nunca…
––¡Jamás!
Con un aullido lobezno y una presión inhumana sobre mi cuerpo, frota su masculinidad dentro de mí con tanta energía que al final siento el latigazo de su pene expulsando, en mi interior, el caliente semen. Me quema. Me arde por dentro. Eso no parece un simple líquido seminal, sino la marca a fuego que el ganadero hace con su rebaño. La mezcla de dolor y éxtasis me envuelven con tanta brutalidad que lo asemejo al destrozo que hace un huracán a su paso. Devastada, sin ser consciente de lo que me sucede, loca por haber conseguido algo que jamás he tenido… o quizás sí.
––Descansa mi amor. Te veré pronto… ––dice mientras me deja recostada sobre el sofá y tapa mi cuerpo con el vestido.
Cierro los ojos y hago lo que me dice. Respiro hondo y me sumerjo con rapidez en un bonito sueño repleto de calidez y felicidad.
––¿Victoria? ¿Estás bien, cielo? ––escucho a lo lejos la voz de Leo.
Abro los ojos y veo un corro de gente a mi alrededor. Intento levantarme pero no lo consigo porque estoy muy cansada y aturdida.
––Ven, te ayudo ––me dice un timbre familiar.
––¿Qué le ha podido pasar? ––sigue preguntando mi amigo.
––No tengo ni idea. Yo la he estado esperando fuera y no escuché ningún ruido ––responde esa voz familiar que consigo distinguir.
––Nena, ¿otra pesadilla? ––Leo acaricia mi pelo y besa la frente.
––La sacaré de aquí ––dice el señor Black llevándome en brazos a través de la gran sala.
Apoyo mi cabeza en su pecho y me dejo trasportar. Tengo los ojos todavía cerrados. Me lo ha vuelto a hacer, y tal como me ha jurado seguirá haciéndolo siempre.
––¿Victoria? ––Me pregunta el señor Black en voz baja.
––¿Sí? ––Levanto la cabeza hacia arriba para ver su rostro.
––La hija de la hija siempre estará condenada… ––susurra y sonríe.
Leo siguió mirándola hasta que la figura de ambos desapareció tras la puerta. Sabía que estaba en buenas manos porque para él, Black era una magnífica persona y un jefe ejemplar. Sin embargo, algo decía que debía reforzar aquella protección con alguien de más confianza. Alguien que siempre estaba al lado de Victoria cuando tenía un problema y que le indicaba el camino más corto hacia la salvación: sus propios amigos. Metió la mano en el bolsillo, sacó el móvil y marcó el número de teléfono de quien sabría podría ayudarla.
––¿Sí? ––respondió una voz femenina.
––¿Jarel? ––replicó Leo.
––Te lo paso.
––Dime, Leo ––habló con tono cansado, seguramente reconociendo el número en su pantalla.
––Creo que te he interrumpido algo, ¿no?
––Es mi hermana. Me acompaña desde que estoy en el hospital.
––¿En el hospital? ¿Qué te ocurre? ¿Es grave? ––comenzó a caminar hacia la calle con prisa y desasosiego.
––Tranquilo. No hay mal que cien años dure. ¿Por qué me has llamado, Leo? ¿Está bien Victoria? ¿Ha pasado algo?
––No creo que sea el momento oportuno para mis paranoias. Descansa y ya lo hago yo.
––¡No seas tonto! ¿Qué sucede?
Suspiró.
––Es Victoria. Hoy ha tenido otro ataque. La llevan a casa y me gustaría que no estuviese sola. A mí me resulta imposible estar, he quedado con Henri y solo viene una vez al mes.
––No te preocupes, Sury irá a cuidarla ––afirmó con rotundidad.
––No quiero… en qué… ––dijo dubitativo.
––No me supone nada ––interrumpió Sury que estaba escuchando la conversación––. Estaré encantada de cuidarla. Además, tengo que hablar con ella de unas cosillas.
––Gracias Sury.
––¡Que va! ¡Ni te imaginas lo que es cuidar a este cabezota!
––No, pero me encantaría…––sonrió.
Colgó y apresuró su paso. Al menos hasta que ella llegara, se quedaría con Victoria.