UNO
―Así que... ¿Marco se está portando?
Parpadeé adormilada, con la cabeza a escasos centímetros de la taza de café; no era mi bebida favorita, pero me mantenía activa, aunque a esas alturas no me espabilaría ni tomando veinte Red Bull; no obstante, traté de fijar la mirada en Diane a duras penas.
―No, otra...pesadilla.
La expresión de mi amiga varió a una mueca divertida, sus ojos azules brillaron con expectación.
―Yo no lo llamaría pesadillas ―rezongó.
Claro que eran pesadillas, no quería soñar eso, no podía controlarlo. Tan pronto como me quedaba frita ya no manejaba lo que pasaba por mi inconsciente, y en esa parte entraba Jack, el chico que se dedicaba en el instituto a tirarme bolas de papel y dejarme en ridículo frente a los otros de la clase; aparecía y lo que venía a continuación era un momento subido. No, subido era poco, subido habría sido solo tocar, pero esto terminaba en clasificación para adultos. No me hacía nada feliz soñarlo, y no únicamente por el hecho de despertarme agotada, también por la culpabilidad, ¿cómo le decía a Marco que tenía sueños candentes con el matón que le daba con un balón en la cara? Me mandaría a la mierda.
―Esto es un asco, no sé por qué los sigo teniendo. ―Bostecé, apoyé la mejilla en la mano y revolví el café con una cucharilla―. Es como si le pusiera los cuernos.
Diane puso los ojos en blanco. Solté un gritito de dolor tan pronto como me pegó el topetazo en la frente con la mano sin que pudiera verlo.
―A él no le has visto en carne y hueso, ¿verdad? ―Asentí, no le vi nunca más desde el instituto y para mí fue mucho mejor―. Entonces no es engaño, el sueño erótico te permite cumplir necesidades sexuales, en realidad es culpa de tu novio si estás así.
Genial, había estado soñando vívidamente con ese matón y la culpa era de Marco. Es que no había por dónde cogerlo. ¿Qué habría sido creíble? Cualquier otra cosa.
―Eres psicóloga, ¿no puedes recetarme nada para que no sueñe eso?
―Primero: debería haberte hecho terapia para ver bien tu caso; segundo: no tienes ningún problema, son unos sueños que cualquiera quisiera, y tercero: no tengo la cualificación farmacológica necesaria para recetarte ―puntualizó―. ¿Quieres un consejo? Disfrútalos.
―A la mierda...―bufé irritada.
Le di un sorbo al café terminando la taza.
―Entonces, ¿qué has soñado esta vez? ¿Qué te hacía?
Casi escupí. Tosí tapando la boca con la mano tratando de que bajara el trago.
―Por enésima vez: no te lo diré ―susurré por lo bajito una vez que me recuperé.
―Vaya... igual de intenso que la primera vez. ―Me sonrió.
Agh, siete años y ocho meses soñando… Cómo se notaba que a ella no le estaba pasando. No podía seguir así porque, vamos a ver, un recuento: tenía veintitrés años, estaba haciendo las prácticas en un colegio ―los niños eran un encanto, de momento―, tenía novio desde el instituto con el que se supone que me iba a ir a vivir en poco tiempo... ¿Por qué de repente eran más frecuentes esos sueños? Él era un buen chico, tal vez no teníamos esa ansiedad pasional el uno para con el otro, pero nos queríamos y nos cuidábamos mutuamente. Marco me convenía en el sentido más sano de la palabra, era el valor más seguro si quería casarme y formar una familia, le conocía lo bastante como para estar segura de todas sus manías. Era una comodidad romántica, por llamarlo de algún modo, no quería acabar igual que mi otra amiga: Eve, que dejó a su novio de toda la vida por un guitarrista debido a esa fiebre pasional. Se enamoraron, se casaron a los tres días, y a los seis meses estaban divorciados y a esas alturas se peleaban por la custodia del niño.
Nada recomendable.
Lo que me comía la cabeza era Jack, ¿por qué soñaba con él? No era como si se hubiera portado bien conmigo. Había sido un capullo en todo el sentido de la palabra, la demostración más literal que podía haber de matón en una novela, peli o lo que sea. Se pasaba las normas, deberes y obligaciones por el forro; rebelde sin causa, sarcástico, caos y desastre en cara dura. ¿Por qué tenía que ser él entonces? Diane decía que era probable que echara de menos esos días pasados en los que no había tantas responsabilidades y lo más probable era que deseaba huir del estrés de la adultez; sin embargo, el que fuera algo tan... ardiente cambiaba bastante la interpretación. Me decía que no me preocupara, la primera semana fue fácil aceptar ese hecho, pero ahora, después de tanto tiempo, empezaba a preocuparme. Era por lo que en ese instante que vi a Marco entrar, mirando su cabello rubio, los ojos verdes, su sonrisa amable y la forma en la que me besó, que me hacía sentir un peso en el estómago.
DOS
Respiré de forma entrecortada, empujé sus hombros intentando alejarlo, mi corazón se agitó aún más e intenté ordenarme algo. «Despierta. Despierta. Despierta. ¡Despierta! ¡¿Por qué no soy capaz de despertarme?!»
―¿Qué está mal, Jeannie? ―exigió saber con voz ronca.
«Despiértate, tienes que despertarte», volví a pensar para mí. El ambiente estaba pesado, hacía calor. Estábamos en la sala del piso dónde vivía, intenté deslizarme lejos del sofá verde con estampado de flores, pero Jack me sujetó con firmeza de la cintura con una mano obligándome a volver a la posición original, la otra tomó mi mentón para que no rehuyera la mirada de color azul gélido. Venía en camino otra vez la misma conversación, repetida mil veces en estos siete años y ocho meses y siempre terminando de la misma manera: él ganaba, pero me negaba a aceptar que siguiera pasando.
―No quiero esto, Jack ―murmuré, hice más presión en sus hombros estirando mis brazos al máximo.
―Sí quieres, durante estos años ha sido esto.
Apreté los dientes, yo no era precisamente la pervertida, mi consciente no lo controlaba y no quería otra cosa que detenerlo, pero... ¿cómo podía manejar un sueño si era eso? No podía dominar lo que pasaba al dormir.
―¡No! ―insistí terca, no iba a volver a ocurrir―. No va a pasar otra vez.
Sus ojos se redujeron al mínimo igual que si fueran dos rendijas frías antes de soltar una risotada.
―Jeannie, Jeannie ―repitió con esa sonrisa torcida adornando su rostro. Se inclinó, y quise retroceder... de no ser por el agarre―. No pienses en nada.
«Marco.» Tan pronto como lo pensé, el nombre resonó entre las cuatro paredes de la sala. Jack soltó un aullido enrabietado, temblando de pies a cabeza; no le gustaba que pensase en mi novio, y menos si intentaba que su imagen se materializase en el sueño, le enfurecía, entonces me lo veía venir.
―¡Para! ―gruñó, me rodeó con los brazos y antes de que pudiera esquivarlo me besó abruptamente―. Me necesitas solo a mí. A MÍ.
Jadeé con esfuerzo. Sus manos se apretaron tirando de la ropa con desesperación, sus labios descendieron por mi cuello; sentía las cosquillas con sus sutiles mordidas acalorándome otra vez con rapidez. Clavé las uñas en sus hombros. «Concéntrate. Puedes hacerlo. Puedes despertarte», me repetí intentando alejar la mente de lo que estaba pasando.
―No huyas de esto, Jeannie ―pidió deslizando las manos hasta el borde de mi falda―. No puedes.
***
Abrí los ojos en medio de la oscuridad observando a todos lados, apreté la almohada contra la cabeza, estresada, ahogando un grito en ella. Pasó de nuevo en ese sofá de la sala que ya ni siquiera era capaz de mirar. Siempre se repetía de la misma forma, primero sin ser consciente de que estaba dormida; eran vívidos a más no poder hasta que rozaba ese punto donde la ficción tiene un límite, por ende conseguía ganar cierta conciencia de que no era la realidad, y aun así no tomaba partido, ofrecía la resistencia que podía, pero no servía de nada, acababa rindiéndome. ¿Qué iba a pasar cuándo viviera con mi novio? Arrojé frustrada el despertador al suelo tan pronto como sonó, apenas cinco minutos después de despertarme sobresaltada. Estaba siendo una mala persona con Marco, dijera lo que dijera Diane eso eran cuernos claramente.
Era un día suelto, no necesitaba la alarma excepto para dejar de dormir. Quería mantener la costumbre de levantarme temprano; si no podía evitarlo, entonces estaría más tiempo despierta, y sobre todo podría ignorar su molesta voz persiguiéndome incluso como una súplica muda. «Quédate conmigo.» Esa versión de Jack que elaboraba mi mente era irreal. Ese que me había puesto la zancadilla, ese que me había puesto motes como «peco-pequitas», ese que se sentaba detrás de mí y me chinchaba alzando la silla fingiendo que yo gemía y que me tiraba bolas de papel... recubiertas de pegamento. Ese sí era Jack.
―¿Qué te parece?
Entrelacé los dedos con los de Marco, estrangulé mentalmente esa vocecita que me recordaba que apenas unas horas atrás había estado haciendo otras cosas y con otra persona, en sueños, sí, pero con otro.
―Ahm... ―Centré la atención en el piso, pequeño y maltrecho con un alquiler que metía miedo, además de unos muebles que parecía como si los hubiera estado rascando un gato o algo así, un asco―. Necesitamos pensarlo un poco más.
La mujer que nos enseñaba el apartamento borró la sonrisa del rostro por una mueca mal encarada, nos despidió sin acompañarnos al portal, y tuvo el «buen» detalle de recordarnos que había más personas interesadas y que deberíamos darle una respuesta rápida.
―Sigo pensando que no estaría mal negociar con tus amigas, reduciríamos gastos si me uno al piso.
―Créeme, no quieres vivir con dos chicas más ―bromeé.
Marco me acarició el rostro con suavidad, pero su contacto me pareció tan gélido que por un momento tuve el instinto de apartarme, entonces recordé para mí que él era el valor seguro.
―Cualquier lugar mientras esté contigo. ―Apretó los labios contra los míos con dulzura.
«Me necesitas solo a mí. A MÍ.» Ya ni siquiera despierta... Sal de mi cabeza. ¡Ahora!
―¿Estás bien? ―preguntó extrañado.
Quería explicarle lo que llevaba tanto tiempo soñando, pero a esas alturas no tenía excusa el haberme callado, iba a pensarse cualquier cosa, probablemente me mandaría a la mierda y con razón. Era un acuerdo entre los dos: ninguno miraría ni a otra ni a otro, teníamos el mismo miedo de ser traicionados y yo repelía esa sensación, el que me engañasen, ver a mi persona amada querer a otra era algo insoportable; si nos llegaba a pasar, sería una ruptura limpia como un corte y no volveríamos a vernos, sin reproches y sin segundas oportunidades ni aunque estuviera cerca de los cuarenta sin casarme todavía.
―Sí, pensaba si encontraremos un lugar adecuado para los dos ―mentí.
Qué asco de novia era.
Habíamos estado en todos los lugares posibles durante parte del mediodía y la tarde, habíamos visto alrededor de seis pisos si no eran más, y el que no era una ruina, era pequeño; si era mediano, costaba una millonada, o eran en el centro o estaban casi a las afueras. Pero finalmente teníamos uno que tal vez tenía el precio algo alto, sin embargo podíamos arreglárnoslas dentro de nuestros... límites. Era uno de dos habitaciones, así que si en algún tiempo necesitábamos un inquilino extra, no sería ningún problema. Un poco pequeño, sí, aunque los muebles estaban en buen estado como las paredes y el suelo, en el casco histórico, así que para nosotros dos estaba bien. Los anteriores inquilinos se iban en un mes, era una pareja que se trasladaba a trabajar a otro lugar. Fueron muy cordiales, no les molestó que curioseásemos el piso, incluso nos comentaban si algo se había estropeado, se había cambiado hacía poco y qué tal era el casero.
―De aquí a un mes seremos toda una pareja. ―Sonrió.
Deslizó sus labios hacia los míos encontrándose con una insulsa respuesta, acaricié su rostro. Él era tan bueno.
―¿Crees... que hoy podríamos dormir juntos? ―solté de repente.
Tal vez solo era una carencia, cuando no eran exámenes, eran las prácticas. Marco y yo teníamos pocas citas, quizás era eso. Tocó mis mejillas con delicadeza, al parecer enternecido por mi pregunta.
―A mí también me apetece ―dijo sincero, agachó el rostro y me besó la oreja provocándome una pequeña risita por el cosquilleo.
No necesitaba más que esto, que él y yo tuviéramos un día como pareja, podía arreglarlo así.
TRES
Por primera vez había dormido de un tirón sin sueños eróticos, así que suponía que esa era la fórmula: Marco y yo teníamos que buscar más tiempo de pareja para ambos. Me desperté satisfecha a la par que decepcionada, esto último era un sinsentido, de forma racional no quería soñar con él, ¿por qué entonces el malestar al no haberle visto aparecer? No quise darle vueltas, había ocupado la mañana en estar presente con los niños, estaban muy emocionados porque en la última clase de la mañana, gimnasia, iban a probar la escalada. Si era una medida bien recibida durante al menos dos veces al mes, los niños podrían aprender a escalar, para eso se había estado equipando el colegio, y la Asociación de padres había apostado por la idea a dos niveles de aceptación/negación, al final ganó el sí cuando ellos mismos pudieron comprobar los materiales.
―Erik está enfermo, no puede venir a dar gimnasia ―me informó Travis, el profesor titular al que yo hacía de auxiliar―. Voy a ocuparme yo, no tienes por qué venir, esto es ya fuera de tus prácticas.
―No me molestará ―afirmé al tiempo que me encogía de hombros.
La verdad era que a estas horas estaba una de mis amigas, Alandra, con su novio y prefería darles algo de privacidad, además, era mejor que vagar por la calle, y teniendo en cuenta que mi novio nunca estaba disponible, pensé que me gustaría estar presente en una actividad extra para observar cómo se comportaban los niños.
Unas horas después...
Los niños habían ido corriendo alborotados hacia el gimnasio, que era una estructura aparte del colegio con un pabellón deportivo muy bien equipado; me recordaban mis pocos momentos buenos de estudiante en los que yo también iba corriendo para jugar a balón prisionero, por ejemplo las veces que teníamos prácticas de escalada también, en una pared muy alta y con los arneses de seguridad. Nosotros subíamos de uno en uno e incluso durante el recreo podía practicarse siempre que estuviera el monitor delante. Era entretenido aunque poco recomendable para los que tenían vértigo.
―Quédate con los niños, iré a recibir al monitor ―me pidió sin esperar respuesta, pues se fue caminando dejándome con la palabra en la boca.
Travis era así, más molesto en ocasiones aunque bastante tratable con tiempo y paciencia, por lo que hice caso omiso de su comportamiento y me dediqué a poner orden para que no hubiera alboroto; esas fieras enseguida rugían si faltábamos ambos e incluso conmigo sola hacían lo que querían si no me imponía rápida, pero en ese momento estaban muy tranquilos, imaginaba que se trataba de un efecto positivo de la actividad, cosa que agradecía. Ese silencio no tenía precio.
―Jean. ―Escuché que me llamaba por la espalda otra vez―. Este es el monitor de escalada: Jack Davro.
«Estás de broma», fue lo primero que pensé, en realidad no estaba segura de si llegué a pensar nada en los primeros segundos, luchaba contra la realidad de que el matón estaba delante de mí después de siete años y ocho meses de sueños intensos. Estaba ahí, igual que en los primeros minutos en que sueño, con el cabello corto de color castaño, los mismos ojos de color gélido y la expresión arrogante. Volví a mirar hacia Travis esperando un indicio de que eso era una cámara oculta. «Por favor, que señalen a cámara ya y se vaya.»
―Jeannie. ―Sonrió como si no tuviera culpa de nada, por supuesto que no, los sueños eran mi problema, ¿cómo podría ser culpable? Se giró hacia él―. Hemos compartido las mismas clases en el instituto.
«Por desgracia.» Hice esfuerzos por no mirarle a la cara en una mezcla de vergüenza y rabia.
―Ah, ¿en serio? ―Travis estaba sorprendido, a él no debía parecerle del tipo que repite cursos, aunque sí lo fue―. Bien, entonces podemos empezar ya. Los niños están ansiosos.
―En realidad, con Jeannie será más que suficiente.
Me quedé estática, habría hecho señas al profesor de que eso estaba a millones de años luz de ser una buena idea, pero Jack nos observaba a los dos.
―De todas formas debería permanecer cerca.
«¡Gracias!»
Él sonrió a regañadientes y se puso al frente del muro de escalada para explicar a los niños sobre la seguridad, cómo empezarían a subir, y un largo etcétera para pasar a si había preguntas, pero los niños todo lo que querían era comenzar cuanto antes.
―Ven a mostrarles cómo se coloca el arnés, Jeannie ―me llamó de repente.
Veinte pares de ojos inocentes se clavaron en mí, y por mucho que quería negarme, terminé avanzando hacia adelante y él se puso a mi lado empezando la colocación del arnés de cintura; yo pensé que para un niño era más seguro un integral o un combinado, pero él iba explicando que el de cintura era el más seguro en lo referente a traumas y lesiones, incluso si fuera de cabeza abajo porque hacía que el cuerpo basculara y la cabeza quedase en posición de seguridad. Parecía que sabía lo que se hacía, aunque juraría que me había apretado la mano en el muslo de forma intencionada mientras lo ajustaba.
―¿Qué tal? ¿Bien? ―preguntó cerca de mi oreja.
Mi piel se erizó al sentir su aliento cálido tan de cerca, las palmas de las manos me sudaban y un estremecimiento me subió por la columna; me aparté de él demasiado rápida para ser educada, esas pesadillas intensas me estaban sugestionando. Ese repelente no podía gustarme. ¡De ninguna manera! Me desabroché el arnés recordando más o menos cómo lo había hecho, y extendí el brazo devolviéndoselo sin rozarle siquiera. El resto de las prácticas me limitaba a vigilar a los niños mientras subían guiados por él. El profesor se acercaba más que nada como una referencia para los niños para que se portasen bien y no hicieran algo imprudente durante el ejercicio, eran apenas unos pocos metros, como para estar a dos cabezas de nuestra altura, una probatura como quien dice para que el impacto de la altura fuera reducido y poco a poco cogieran confianza, lo malo es que ni siquiera centrando mi atención en los niños conseguía quitarme el acelerón del pecho cada vez que notaba los ojos de Jack sobre mí. «Estúpidos sueños sexuales.»
―¿Adónde vas a ir ahora? ―quiso saber al ver cómo guardaba los papeles en mi bolsa.
―Yo ya terminé por hoy ―respondí tajante.
Me cogió la mano, y el contacto me hizo tiritar a pesar de lo cálida que era, igual que en el sueño. Transmitía la sensación reconfortante de que el mundo estaba bien, de que él me necesitaba y yo igual, como si encajásemos, no podría negarme a nada de lo que me pidiera. Era irracional. Necesitaba soltarle con urgencia.
―¿Qué haces?
―No nos hemos visto desde el instituto ―me dijo. Quise añadir «al menos no despiertos», pero habría sido demasiado violento―. ¿Por qué no tomamos algo?
Le miré sorprendida. ¿La persona que una vez me echó a su hombro como un saco de patatas y me llevó corriendo de un lado a otro por el patio gritando «mirad bien: ¡es mía!» en plan coña para que se rieran y señalaran me estaba intentando invitar? ¿Qué era eso? ¿El mundo de Yupie al revés?
―No ―repliqué y me zafé de un tirón de su agarre.
Él pareció confuso por mi negación, se mantuvo en silencio, en cuanto a mí, demasiado cobarde para permanecer más tiempo del necesario a su lado, me puse en marcha.
―¿Qué tiene de malo tomar café o lo que sea con un amigo? ―volvió a hablar.
Apenas había dado diez pasos.
―Nunca hemos sido amigos ―le recordé.
―Vale, no amigos ―admitió, entonces sonrió encantador como si no hubiera roto un plato―. Siempre hubo esa atracción, era imposible ser amigos.
Le miré aturdida, ¿acababa de decir lo que dijo? ¿Qué atracción? «¡Gilipollas!» Apreté los dientes, no volví a observarle ni cuando di marcha atrás con el coche y me alejé agarrando el volante imaginando que era su cuello.
CUATRO
―Me pone malo cuando finges no verme ―me susurró cerca de la oreja.
Permanecí en silencio conforme hablaba.
Esas dos semanas fueron tan desquiciantes como extrañas, cuanto más intentaba echar a Jack, mucho más insistente se volvía. Ya no tenía que estar en las clases de escalada al estar el profesor titular, que era Erik, pero eso no significaba que no me lo fuera a encontrar por los pasillos, cuando vigilaba el recreo o en la sala de profesores en un descanso. Apareció al menos en tres ocasiones en donde había quedado con mis amigas o donde se suponía que saldría con Marco como si me oliera o qué sé yo. Al encontrarse con nosotros en plena cita había que mirar la cara que tenían los dos, no sabía quién estaba más tenso, absurdo a más no poder, y, por supuesto, los sueños eran peores; ya no era solo dormir por la noche, si intentaba echar una cabezadita por la tarde o cerrar los ojos por el mínimo tiempo también implicaba permanecer con él. Ni siquiera me funcionaban ya las noches con mi novio. Apenas dormía, me esperaba lo otro y terminaba agotada.
―Jeannie, quédate conmigo ―pidió por lo bajo.
Miré los ojos azules y la expresión de súplica. Muy por dentro algo me estaba gritando «vete con él y al demonio con lo demás». Me preguntaba si Eve había experimentado algo como eso cuando decidió echarse a ciegas a la aventura con la pasión del amor custodiándola antes de que todo se le fuera a la mierda. Tal vez el recuerdo de mi amiga y las luchas que tenía por el niño eran las que me hacían mantenerme en la lógica evidente: eran sueños y ya está, nada más que sensaciones artificiales al dormir, como soñar que se volaba por encima de las nubes o bucear en el mar, cosas aleatorias, que él fuera algo fijo en mi mente todas las noches no tenía por qué significar nada. Y, a pesar de toda esa fría racionalidad, seguía existiendo esa sensación de que no era tan irreal como parecía, que en el fondo de todo eso algo tenía sentido.
―Sí, quiero hacerlo ―respondí.
Al instante me arrepentí de hacerlo, me dejaba llevar por un estúpido sueño, noté el roce de su mano cálida sobre mi espalda aún con ropa, quizá mi «Jack mental» había llegado a la conclusión que cuanto más se desenfrenaba en mis sueños, más intentaba resistirme a ello. Ese era el sueño donde más tiempo había llevado la ropa puesta. Una sonrisa iluminó su rostro, apretó los labios con dulzura contra los míos, que yo entreabrí al notar la mordida en el superior. Mi corazón se disparó, mis ventrículos bombeaban con una fuerza que resultaba dolorosa, el hormigueo se extendió de nuevo por mi estómago y mis huesos parecían volverse de gelatina por momentos. Era la sensación más dulce que había experimentado en toda mi vida.
―Entonces vas a dejar a Marco.
Escondí la cara contra el cuello de su camisa mientras me repetía a mí misma que todo era un sueño, que nada de eso iba a pasar. Cerré los ojos confortada por la sensación de sus manos paseándose por mi espalda. A veces él ya no estaba en la habitación donde habíamos estado, y tan pronto como era consciente de eso, empezaba a echarle de menos aunque no quisiera; cuanto más quería alejarle, más le echaba de menos y más quería verle otra vez. Me obligaba a mantenerme en mis trece y recordar todas las perradas que me había hecho para darme cuenta de que la persona con la que yo soñaba y la que era real tenían que ser distintas sí o sí.
―No quiero que te vayas ―admití por lo bajito con debilidad.
Había obviado su petición.
―No voy a irme, no mientras estés por aquí al menos ―replicó.
Temblé al sentir sus labios en mi coronilla.
―Te quiero, Jeannie ―volvió a hablar.
El corazón me volcó con fuerza, tragué saliva intentando pensar algo coherente, algo que no fuera decir «yo también te quiero». No se lo digas, no le digas eso. Nada era real, él no lo era. Se trataba de una versión tipo «el hombre perfecto» hecha por mi cabeza, contaminada por todas esas estúpidas historias de perfecto amor como el que Diane tenía con su novio, esa relación de película, ver en ellos los ojos de unos enamorados al cien por cien, el mismo reflejo que se apreciaba en aquel azul.
―No es real esto, ¿sabes? ―solté en uno de mis ataques de moralidad donde era una mala persona por soñar eso―. No eres el Jack real.
―¿Y si lo fuera?
―No lo eres ―insistí.
No me entraba en la cabeza cómo podía ser tan consciente de que estaba soñando y no lograr algún tipo de control sobre ello, algo como que dejara de aparecer; pese a lo mal que me hacía sentir esa opción, mantenía ese estúpido debate.
―¿Y si lo fuera? ―Su voz se volvió más seria, me tomó del mentón para que le mirara a los ojos, esos bonitos océanos azules demasiado insistentes―. ¿Y si fuera un íncubo y me estuviera metiendo en tus sueños?, ¿me seguirías queriendo como hasta ahora?
Yo no he dicho...
―Tus ojos lo dicen a gritos. ―Sonrió como si me leyera la mente.
Racionalmente me expliqué a mí misma que como eso era un sueño, tenía que esperarme cualquier respuesta por su parte. No importaba lo que fuera a decir o que tratara de darle la vuelta; él, como una creación de mi mente, podía acceder a información de mi inconsciente.
―Si fueras... así, no me molestaría ―solté con sinceridad.
Muy en el fondo, desterrando cualquier lógica, cosa que no estaba bien ni resultaba buena idea, sea como fuere, estaba siendo sincera, si de verdad le quisiera y si existiera fuera lo que fuera, le querría igual, lo sentía en las entrañas.
―Entonces, mírame bien ―pidió.
Mantuve los ojos en su rostro, desde el flequillo de color castaño, descendiendo por las cejas, los ojos brillantes, la nariz recta y los labios; apreté las manos en torno a su ropa tratando de mantenerme quieta y no inclinarme hacia él. Pareció vacilar como si dudase de si era o no una buena idea, de todo lo que podría salir mal. A lo largo de esas semanas había aprendido a leer bastante bien esas expresiones suyas, tanto en el mundo onírico como en el real, por eso sabía cuándo tenía que salir corriendo en la realidad para evitarle antes de que me dijera algo que sabía que no quería oír para no desestabilizar más mi relación con Marco.
Respiró hondo entonces, con la determinación brillando en su rostro y una gran sonrisa cargada de confianza en mi respuesta, una que no creía merecer. Repentinamente su esclerótica se volvió negra y su pupila se hizo blanca como si intercambiaran los papeles, los ojos se mantuvieron azules. Observé estupefacta aquello, yo no tenía tanta imaginación. Levanté la mano despacio, nerviosa, hasta depositarla en su mejilla, no era capaz de apartar la mirada.
―Es... ―Cerré la boca sin saber muy bien qué decir.
―¿Estás bien? ―preguntó con ansiedad. Tardé un rato en darme cuenta de que me estaba acariciando el rostro.
Parpadeé y asentí muy despacio, fue tiempo suficiente para que estuviera aliviado por ello.
―¿No te molesta? ―volvió a preguntar.
―Es extraño ―conseguí decir, pero costaba mucho juntar dos palabras, y más que tuvieran sentido a pesar de que fuera una cosa mental mía―. Está bien, un poco distinto, que no es malo, porque, bueno, eres tú.
Me callé al ver que estaba soltando tonterías. Jack se rio, apartó las hebras de color cobrizo de mi frente besándome justo allí, y vinieron los aleteos con aquel roce igual que el calor y las demás sensaciones que venían siempre con el contacto con él; por efímero que fuera, no dejaban de ser intensas.
Al día siguiente...
―Jeannie.
Automáticamente, me separé a toda velocidad a pesar del calor y el agradable hormigueo en mi estómago.
―¿Ahora qué?
Me miró extrañado como si no entendiera a qué venía mi comportamiento.
Pretendía que los sueños no me afectasen a la realidad, donde mi pareja sí era lo que yo buscaba y que no había forma en la que pudiera querer a alguien como Jack. En verdad no existían las mariposas en el estómago ni tenía el hormigueo extendiéndose por mi pecho, ni lo agradable que era el tacto cuando se rozaban nuestras manos en demasiados accidentes como para ser una casualidad. Lo peor a tratar era el hecho de intentar no distorsionar la realidad: no engañaba a Jack con mi novio, era a la inversa a pesar de que mi amiga siguiera insistiendo en que lo que sucedía en un sueño, la verdad, no era importante. A esas alturas me di cuenta de que incluso ella estaba dudando de lo que me decía.
―Si no quieres nada respecto al trabajo, entonces puedes desaparecer ―le espeté.
Nueva coincidencia monstruosa, me colgué la bolsa del hombro esperando a que Diane volviera del cuarto de baño para poder irnos de una vez.
―¿Qué sucede? Ayer habías dicho que estaba bien, que vendrías conmigo ―habló confundido.
¿Perdón? Hice un rápido vistazo al día de ayer: había estado consiguiendo cajas para empaquetar mis cosas, salí con Marco, dormimos juntos. Me tensé al recordar el sueño, ese donde me mostró que era un íncubo. No. No. Esto no era posible.
―Ayer no nos vimos ―grazné.
Mi voz no era nada convincente. Era una pésima mentirosa y peor persona.
Entonces me sujetó la mano con firmeza pero a la vez con suavidad.
―Jeannie ―habló de nuevo, esa vez con voz suplicante enviando escalofríos por mi cuerpo como una agradable corriente en un mar de tranquilidad―. Ahora mismo el tiempo no me corre a favor, siete años es mucho tiempo... ―Me quedé paralizada al notar su nariz contra mi cabello cobrizo―. Aceptaste por completo lo que era. Vendrías conmigo, estabas siendo sincera, ¿qué ha pasado? ¿Fue Marco? ―Apretó los dientes, vi el cambio de sus facciones calmadas a una airada.
Le empujé asustada. Mal, iba muy mal, no sabía qué le pasaba o qué dejaba de pasarle. ¿Cómo podría saber lo que soñé? Ni siquiera se lo había contado todavía a Diane. Nadie más que mi cabeza debería saberlo.
―Vale, se acabó. Voy a solicitar una orden de alejamiento ―amenacé con mala cara a pesar de las emociones. Yo no iba a ser la perra que dejara a su novio por otro. Marco me gustaba mucho, tal vez más como amigo y la forma en la que convivíamos juntos. Pero no importaba, podía enamorarme, tenía que ser capaz de hacerlo.
―¿Qué pasa aquí?
Mi salvadora. Me puse al lado de Diane agarrando su brazo con ambas manos. Jack nos miró, mucho más intenso a mi amiga, como si compartieran un código privado al que yo no tuviera acceso; sin entender por qué eso me molestó, que ella pudiera ver algo que yo no, y la sensación cálida se alejó tan pronto como se marchó. La culpabilidad fue peor al ver su rostro herido por el rechazo, mucho peor que intentar autoconvencerme de que estaba traicionando a Marco.
―¡Vaya! ―fue todo lo que soltó, sus ojos marrones brillaron con cierta alegría antes de rodearme el cuello con los brazos en un efusivo abrazo.
―¿Diane? ―pregunté desconcertada.
―Lo siento ―se disculpó separándose―. No puedo evitarlo, ¡es emocionante que sea como yo! ¿Cuánto te ha contado? ¡Todo tiene sentido ahora!
Avancemos un poco, ella desvariaría por mucho rato antes de que pudiera entender bien por dónde iba.
―Tengo tan poca gana ahora mismo de darle vueltas para tratar de traducir lo que me estás diciendo ―solté cansada―. Habla directa, por favor.
Me arrastró al otro extremo de la cafetería, a otra mesa, pidiendo al camarero dos tés, el de menta azucarada para mí y el de frambuesa para ella. Estábamos a punto de irnos, ¿a qué venía quedarse? No quería comer nada, ni beber, tenía un nudo en el pecho; quería largarme, huir de la imagen herida de Jack.
―¿Qué demonios te pasa? ―le pregunté por lo bajito.
¿No era bastante ya lo que acababa de suceder? ¿Qué faltaba ya por pasar? ¿Que me quede embarazada en uno de los sueños? Ni siquiera podía pensar en cómo era posible que él supiera lo que pasó en el sueño, no podía ser un íncubo de verdad, ¿cierto?
―Un íncubo ―susurró para que solo yo pudiera escucharla―. De haberlo sabido habría tomado cartas en el asunto hasta que olisquease el aire de los dos.
¿Olisquear? ¿Qué?
―¿Perdón? ―¿Qué locura era esa?―. Voy a ponerle una demanda a ese acosador.
Su expresión fue la misma que si un mini ovni hubiera aterrizado en nuestra mesa y un marcianito rosa verdoso hubiera salido del mismo a pedirnos azúcar.
―¿Le vas a poner una demanda a tu compañero?, ¿a tu pareja para siempre? ―inquirió incrédula.
Asentí. ¿El mundo se volvió loco de pronto?
―Mierda. No tenías ni idea, ¿verdad? ―Se echó las manos a la cabeza―. Joder, no tenía que haber abierto la boca... Claro... por eso parece tan enfermo.
―¿Enfermo? ¿Íncubo?
Dejó caer un suspiro resignada.
―En otras condiciones no te habría dicho nada si no estuviera segura de que vas a saberlo sí o sí.
Por Dios, absurdo hasta la médula.
―Ese Jack es un íncubo, yo soy una súcubo. Verás, nuestro alimento es a través del sexo, también es corriente hacerlo a través de los sueños, no siempre necesitamos hacerlo, a veces solo con estar presente podemos tomar la fuerza, aunque es mucho más pequeño lo que conseguimos de energía, pero cuando aparece nuestro compañero es como... ¡PAM! Las reglas cambian de golpe, no eres capaz de alimentarte de nadie más ―explicó y pensé que sería más realista que me dijera que las vacas tenían perritos―. Quieres estar solo con esa persona, acapararla únicamente para ti, hacer todo lo que sea necesario para que esté contigo; sin embargo, habiendo distancia, recurrir demasiado a los sueños, aunque satisface la necesidad de alimentación también aumenta la necesidad física, y eso es muy doloroso.
―Vale, creo que esto es el tope que puedo aguantar ―sentencié, me iba a levantar de la mesa, iba a dejar a mi amiga que se le había pirado la cabeza y me iba a ir a casa a meter la cara en agua fría para no pensar que las probabilidades de que él me hubiera dicho la verdad y que estuviera en mis sueños fueran del cien por ciento.
―Jeannie. ―Los ojos de Diane cambiaron, el iris seguía siendo marrón aunque la esclerótica había cambiado a un denso color negro y la pupila a blanca, igual que en el sueño―. ¿Los ves? Estos son los ojos de un súcubo. Hablando en serio, si no aceptas a ese chico, tu pareja para toda la vida, va a llegar al límite de los sueños y no va a sobrevivir.
Un mes después...
―Pero...
―¡No!
―Es que...
―¡Que no!
Repasé los hechos: una de las mejores amigas que había hecho en la universidad era un súcubo, el chico que se metía conmigo en el colegio era un íncubo y además de la realeza demoníaca por lo que había dicho Diane, que había demostrado que Marco iba a ser infiel si la ocasión se le presentaba. Ese último hecho era la principal razón de mi cabreo.
―¡Me has jodido la relación! ―grité tirando el vaso con agua a la mesa.
«Para un súcubo era fácil romper una pareja inestable», eso había dicho. «Jack podía acceder a tus sueños y atraparte porque es tu pareja, no Marco», dijo luego. «Yo encandilé a Marco con menos esfuerzo porque eres testaruda», soltó y ahí empecé a romper con todo lo que me encontraba entre las manos.
―Bueno... ahora que no me has dejado ni una pieza de vajilla... ―habló nuevamente con un hilo de voz―. Quizás... podríamos... hablar acerca de Jack...
―No juegues con mi paciencia, súcubo ―repliqué.
Quería pegarle otra vez, luego quería volver a darle las gracias porque habría tirado toda la juventud por el váter si se me hubiera ocurrido irme con él, extraño, ¿no? ¿Cómo pensar con la cabeza fría de forma racional con lo que me había hecho? A tomar por saco mi valor seguro. ¡Cinco años y el muy cabrón perdía la cabeza en menos de dos segundos! ¡Qué yo no era lo bastante guapa para él! ¡Cerdo hipócrita! ¡Ojalá se te caiga a trozos el medio gramo que tienes!
―Estás cabreada porque era tu valor seguro y echaste años perdidos con él, pero...
―¡No me analices, Diane! ―grité volviendo a interrumpirla.
Caminé en círculos pisando por los destrozos que salpicaban el suelo. Ese cabrón no me iba a dejar si no supiera que Diane se iba fijo con él, ¡hijo de la gran...! ¿Me lo hizo antes? ¿Me puso los cuernos?
―Jeannie, oye...
―¡No!
―Es que...
―¡TE ESTOY DICIENDO QUE NO QUIERO SABER NADA! ―grité golpeando la mesa con el puño cerrado, abrí los ojos como platos al tiempo que tuve un escalofrío de dolor erizando toda la piel.
―Te iba a decir que tuvieras cuidado con los cristales de encima de la mesa ―farfulló nerviosa.
Yo solo quería empezar a aullar y a correr por las paredes por el dolor. Levanté la mano mirando la sangre escurrir por los trozos empañados del cristal, empecé a marearme y, a pesar de tener el estómago vacío, supe con seguridad que iba a vomitar.
Veinte minutos después...
―Señorita, por favor.
Me eché hacia atrás apretando con fuerza la bolsa con las medicinas que tenía en la mano sana, la enfermera sudó mientras intentaba que yo no me hiciera daño. Evité el contacto visual con la esclerótica negra y la pupila blanca de los ojos de la enfermera., ¿Qué pasaba? ¿Todo el mundo eran súcubos?
―Lo siento, pero no podía llevarte a una clínica normal ―se apresuró a decir Diane―. Eres la pareja de un íncubo, mi obligación era traerte a un centro de los nuestros. Es una regla.
―¡Que te den! ―le espeté enrabietada.
Tenía la mano adormecida, perfectamente vendada con los cortes más cerrados con lo que sea que me habían puesto, ya que yo no fui capaz de mirar. Aprensiva como era necesité tener la vista fija en todo momento en la pared frente a mis narices.
―Hemos avisado a su compañero para que viniera a buscarla ―volvió a hablar la enfermera muy despacio.
Fulminé con la mirada a la súcubo que tenía por amiga, si es que podía seguir considerándola así. No es como si no me hubiera hecho un favor demostrando que mi pareja era un bastardo infiel; por un lado, no era tanto la molestia de haber perdido a una pareja. No le quería en el sentido apasionado de las palabras, era en el sentido de la comodidad y la confianza, que era lo que se había ido por el retrete. Con mi gran parte de culpa porque mis sueños no intencionados con Jack tampoco me convertían en inocente. Mucho menos por haberle hecho daño a él con lo que había dicho sin pensar, esa era la carga más pesada: el dolor del íncubo por el rechazo en la cafetería, ni siquiera hubo más sueños.
Estaba preocupada. ¿Estaría bien? ¿Se puso todavía peor desde ese día?
―Tenía que dar el nombre de Jack, tienen obligación de avisar al íncubo o súcubo si algo le pasa a su compañero ―se limitó a decir.
A la mierda.
Salí por la puerta blanquecina recorriendo el pasillo, quería irme a casa intentando obviar la existencia de súcubos, íncubos y la de cualquier otra cosa que hubiera por ahí suelta. Con lo tranquilita que estaba yo con mi novio soso, viviendo con mis amigas y haciendo las prácticas, ¿qué importaban unos sueñecitos de nada? Podría haber seguido viviendo tan feliz en una insulsa calma sin olerme si me ponía los cuernos o no. No tendría que haber asistido a la clase de escalada con los niños, ni siquiera había sido obligatorio.
Entonces no le habría visto, Diane no se hubiera dado cuenta de nada y la vida habría seguido tan previsible como hasta ese momento. Ni me estaría comiendo la cabeza pensando si tenía razón, si era la pareja para Jack. Entonces, ¿no era esto un castigo por algo que debí hacer en algún momento de la vida y no me di cuenta? Pero si nos ponemos a pensar con toda la claridad que el calmante me permite, ¿para quién era realmente el castigo? ¿Para mí o para él? Si era la víctima de las gamberradas es porque me consideró inferior, ¿no era lo peor que le podía pasar? Matón y víctima. Estúpido bullying escolar y los profesores cabrones que no hacían nada. Y en esos momentos estábamos así, no sabía cómo estaba él ni cómo encontrarle, no había asistido a las clases desde lo que pasó.
Me paré en medio del pasillo que conectaba la sala de esperas de urgencias con el mostrador de información y la puerta a la sala de consultas porque Jack estaba ahí, parado frente al mostrador de información con la preocupación escrita en la cara, más pálida de lo que solía ser. Pensando en los sueños, cosa que había sido vergonzosa para mí a esas alturas, en esos roces de piel, en el pasado y en el ahora, era una lata darme cuenta que estaba más unida a él de lo que quisiera y no tanto como desearía de forma irracional. No tenía ningún sentido.
―Jeannie... ―Se acercó en un suspiro rodeándome con los brazos con mucho cuidado, me recorrió de arriba a abajo con la mirada deteniéndose en mi mano vendada, la tocó con delicadeza tratando de no rozar la venda, solo mis dedos adormecidos. Frunció el ceño―. ¿Estás bien? ¿Qué ha dicho el médico?
No sabía por qué tenía que sentirme mal por hacer que estuviera preocupado ni por haberle herido por mi negativa, al revés, tendría que mandarle a tomar por culo o algo así, sin embargo no me salió mucho más de la boca que:
―Estoy bien, parece más de lo que fue.
CINCO
¿Por qué acepté? Se supone que mi mano era la que tenía el calmante no mi cabeza, aunque de forma muy molesta había una pequeñita voz en el fondo de mi mente que no dejaba de molestar desde que Jack estaba frente a mí. No le has puesto la denuncia por algo, eso me decía y entonces yo contraatacaba con el contundente argumento: ¡estaba en shock al descubrir que tanto él como Diane eran súcubos, estúpida vocecita!
Pero no tenía nada con lo que responderle a esa situación en la que ambos estábamos sentados, por supuesto mi amiga el súcubo ya se había ido muy de casualidad con la frase «estoy completamente segura de que él te dejará a salvo en casa». En un futuro tendría que elegir con más cuidado mis amistades, estaba visto.
―Lo siento ―fue lo primero que dijo rompiendo el silencio incómodo.
Así que, ¿lo sentía por qué?, ¿por los sueños?, ¿por secundaria?, ¿por qué? ¿No era yo quien tenía que pedir perdón? Con Marco funcionaba así, siempre me disculpaba y él me miraba con esa expresión de «¿Ves? No es malo aceptar que tengo razón».
―Todo ―habló de nuevo como si me leyera el pensamiento―. No era la mejor forma de reaparecer y que fuéramos pareja, pero estaba hambriento y no podía pensar con claridad. Tenía que haberme asegurado de que de verdad creías que estaba dentro de tus sueños, no solo dejarme llevar, pero era feliz porque parecías aceptarme.
―Ah.
No sabía que otra cosa decir, ¿qué esperaba? ¡Teníamos una charla acerca de su naturaleza como íncubo! ¡Era lo más surrealista de lo que alguna vez hablaría con alguien y había tenido conversaciones muy bizarras como para estar segura de esto!
―Yo estaba en un momento intermedio, a mitad del curso estaba despertando, no es algo que pase de un día para el otro. El cambio es lento y para mí me era muy difícil sobrellevar que...
―¿Que una mocosa más pequeña con pecas y pelo cobrizo fuera a ser tu... lo que sea? ―Apreté los dientes porque no era capaz de pronunciar esa palabra, no me entraba en la cabeza.
Jack me miró confuso, sus dedos se apretaron con fuerza, sin embargo sí me di cuenta del esfuerzo que hizo para no tomar mi mano. La vocecita volvió a molestar con que ojalá lo hubiera hecho, muy en el fondo estaba de acuerdo con ella.
―La primera vez que te vi tenías el cabello recogido en dos coletas, llevabas un sudadera marrón y no sabías a dónde tenías que ir. Eras brillante. ―Sonrió nostálgico, había algo tierno en sus ojos a medida que pronunciaba aquello, mi corazón se encogió ante eso―. Tienes tu punto, yo no debería haberte amargado la adolescencia, pero en parte estaba enfadado. Como te he dicho, no era un íncubo completamente desarrollado, así que el encontrar a mi pareja tan pronto me frustraba. Creí que llevaría más tiempo, muchos no encontraron la suya hasta pasados los treinta y yo aún querría haber experimentado cómo era alimentarse de alguien más.
Tiempo para ir detrás de otros culos. Previsible.
―Vale, querías experimentar. Muy bien, entonces realmente eres como cualquier otro tío.
Se rio divertido aparentemente por lo que solté, todo muy corriente, al final voy a ser yo la anormal.
―Algo así. Era estúpido ―reconoció―. Otros de mi familia me habían advertido de lo que mi comportamiento atraería si desperdiciaba la oportunidad de poder permanecer tanto tiempo con mi compañera y alejarla, así que intenté enmendarme, pensé que sería más fácil si teníamos las mismas clases, por lo que me relajé y simplemente esperé a repetir curso.
Me tensé con los sentimientos contradiciéndose unos con otros ante ese dato. Alegría y rechazo.
―¿Te quedaste rezagado un curso para que estuviéramos en la misma clase? No es el mejor de los planes.
―Me di cuenta cuando olí tu incomodidad al alzarte en brazos.
―¿Por qué iba a ser incómodo que alguien me tomara en volandas gritando por medio patio que era suya? ―solté poniendo los ojos en blanco―. ¡Para nada!
―De acuerdo, ahí no estuve muy fino, pero no sabía cómo manejar esto. Si hubieras sido un súcubo habría sido algo instantáneo, al menos lo hubiera sido cuando tuvieras mi edad. Intentar curar el mal que ya había hecho era difícil mientras hubiera un rechazo por tu parte.
―Sinceramente, todo lo que has hecho parecía una broma pesada ―le eché en cara.
Aunque en ese momento ya no parecía tan importante, había pasado casi una década desde entonces, sin embargo, todavía había algo que no me cuadraba.
―¿Cómo te las arreglaste para sobrevivir si dependías de mí? ―preguntar eso era el equivalente a preguntar ¿por qué no me has buscado después del instituto entonces? Sabía que estaba siendo tonta y que debería darme igual, pero aun así me sentía herida por eso. Si tanto le había hecho falta por su naturaleza, ¿por qué dejó que pasaran siete años? Estúpidamente era una sensación mucho más hiriente que el que Marco hubiera querido ponerme los cuernos con Diane.
―Sueños ―añadió muy rápido―. Sin tocar. Estar en los sueños me alimentaba. Sería como tomar un vaso de agua y una galleta para todo un día, por lo que me pasaba muchas horas absorbiendo la energía física de todas las personas que pudiera; no querer tocarlas reducía ese «vaso» y esa «galleta» a la mitad, era un infierno porque sabía que estabas por ahí con quién sabe. Necesité suero para tomar más fuerzas para encontrarte, te busqué por los sueños de todos los que te conocían saltando de cabeza en cabeza. El problema es que tomar un sueño no es lo mismo que leer la mente, me llevó tanto tiempo que creí que de verdad no te encontraría.
No me lo estaba dejando fácil para desconfiar, nadie habría hecho tanto esfuerzo por mí, claro que nadie podría contarme una historia como esa. Increíblemente era más fácil asumir que eran lo que eran que tener que escucharlo; de acuerdo, podía con eso, pero no con lo de oír toda la historia, eso era mucho para mí, demasiado que encajar. Ni siquiera conseguía pasarme más de cinco minutos sin pensar en que su esclerótica podría tornarse en negro y su pupila blanca.
―No debería haber sido tan brusco entrando de esa forma en tus sueños. Estaba muerto de hambre, tampoco fue mi mejor idea. Me aumentaba la necesidad física y la sensación de satisfacción me duraba apenas medio día antes de volverme loco.
Desvié la mirada de la suya tratando de aclararme las ideas. Había querido algo, algo como lo que tenían la mayoría de la gente de alrededor que se habían ido estableciendo, formando familias. Una de mis amigas estaba apenas en sus veinticinco años y tenía ya dos niños pequeños, no era que la prisa me viniera por unos niños, era más que nada por la sensación de estabilidad. Había perdido eso y también el conocimiento básico del mundo que pensaba que era normal.
―Di algo, por favor ―pidió.
Me castañetearon los dientes, había escuchado su versión, lo cual decía ya bastante de mi capacidad de asimilación, sin embargo, no sabía qué debía decir. No me venía nada coherente a la cabeza, así que únicamente pude encogerme de hombros a pesar de que eso no era una respuesta.
―Lo siento, sé que es un trago y si no hubiera hecho el idiota podría haberte preparado mucho mejor el terreno hace siete años. A estas alturas ya estaríamos casados ―suspiró frustrado.
―Siento haberte rechazado, y en la realidad después de haber accedido dormida ―conseguí decir, era mi turno de disculparme, tampoco se merecía que yo hubiera jugado con sus esperanzas aunque hubiera sido sin querer y en los sueños.
Había estado preocupada por cómo se encontraría a pesar de que no lo pareciera, constantemente había pensado en la imagen de él con el dolor pintado en su rostro. No tener más sueños no había sido un alivio, todo lo contrario. Pensaba una y otra vez en qué estaba haciendo, si se encontraría bien o no, cómo podía encontrarle para pedirle perdón.
―Me dirías que no si te pidiera ahora matrimonio, ¿cierto?
Reí por su comentario, una boda exprés no era indicado en ese momento. Estiré la mano todavía indecisa, le acaricié los nudillos con la yema de mis dedos con las sensaciones aflorando por mi piel, su calor, el mío, el aleteo y el hormigueo. Arriesgarme no parecía tan malo, no con la sinceridad que pintaban esos ojos azules ni la sensación de que eso sí iba a funcionar, que esa «mágica» unión de los súcubos que Diane me había intentado explicar era real y jamás querría escapar de ella.
―Empezar por una cita no parece complicado ―declaré.
Ver cómo los ojos azules de Jack habían pasado de la tristeza a la felicidad... Una sonrisa alegre relampagueó en su rostro volviendo a iluminarlo.
Nos tomamos de la mano observándonos, sin embargo, a riesgo de romper el momento, había algo que necesitaba pedir.
―Nada de volver a meterte en mis sueños para alimentarte. ―Palideció y agregué sin pensar―: Al menos no sexuales, por favor.
Se echó a reír ante mi petición embarazosa. Estaba siendo demasiado flexible, lo cual respaldaba mi teoría de que sí era tonta.
―Te quiero ―dijo.
Me estremecí involuntariamente por su afirmación. Mis latidos estaban mucho más eufóricos que cuando lo dijo en sueños, daba la sensación de que en la realidad todo iba a ser mucho más intenso con él. Enrojecí por la vergüenza.
―Un poco más despacio ―pedí―. Aún estoy asimilando todo esto.
Tres semanas después...
―¿Cuánto de real es?
―La sensación en tu cerebro es del setenta y cinco por ciento. ―Sonrió.
Se suponía que estábamos en una única gran hamaca contemplando las vistas de una de las idílicas playas de Hawái, aunque en realidad yo continuaba en mi piso con mis otras amigas y él en su ático, protestando por el hecho de que no estábamos viviendo juntos, bueno, en realidad no protestaba en alto, se dedicaba a ponerse de morros. Las horas de sueño eran importantes y más lo era el contacto físico.
Con besarnos Jack se daba por satisfecho. Los besos no proporcionaban mucha energía, aunque con bastantes le iba bien, al menos para sobrellevar el día a día. Me parecía que se aprovechaba un poco de las concesiones que le hacía, como por ejemplo los besos o los sueños, pero no se lo reprochaba, esa pequeña vocecita me estaba molestando a menudo con que sabía que me gustaba besarme con él. De acuerdo, tenía razón, me gustaba permanecer con él, lo que me hacía sentir, la forma en la que me miraba, esos ojos diciendo que me amaban. Llegar a la parte física había sucedido muy rápido, apenas dos semanas después, con lo que él estaba muy recuperado y yo estaba más avergonzada, pero sí sabía que había sido una decisión mía propia. Hacerlo con Jack era distinto a haberlo hecho con Marco; desde que nos hicimos novios transcurrió un año y medio hasta estar íntimamente juntos, pero con Jack fue distinto, en realidad todo era distinto. No había intentado ni una sola vez apresurar las cosas o hacer uso de alguna especie de «encanto íncubo» o los trucos que fuera que empleasen, había aceptado toda la calma del mundo y esperaba paciente a que yo quisiera avanzar. En ocasiones con los ya mencionados pucheros silentes, pero no por ello menos adorables.
―Dentro de unas horas apareceré con una bandeja de desayuno ―susurró al lado de mi oreja, me removí en la hamaca acomodando mi cuerpo un poco más sobre el suyo para besarle.
Lo normal, y decía normal porque no se me ocurría otra palabra, era que él viniera todas las mañanas a buscarme con un desayuno y que fuéramos juntos en el coche. Mis prácticas habían terminado, dentro de un mes empezaría a trabajar en otro colegio en el que mi novio íncubo me había recomendado, y con lo nerviosa que había estado me costaba creer que el que quisieran contratarme fuera por mis propios méritos.
―¿Vas a hacer durante mucho tiempo costumbre eso? ―pregunté refiriéndome al desayuno.
―Por lo menos hasta que vivamos juntos, en ese momento mi trayecto para llevarte el desayuno será mucho más corto. ―Sonrió.
Sus labios me rozaron la oreja, ladeé un poco el rostro dejando que descendiera hasta plantar un beso allí.
―Hmmm, no traigas mucha comida mañana ―le pedí―. Haré la comida en nuestra casa.
Amplió su sonrisa ante mi indirecta-directa.
―¿Cambiaste de idea?
―Definitivamente sí, aunque sea para no tener que quitar todas las cajas que he hecho ―bromeé.
Él estrechó mi cintura volviendo a unir nuestros labios, primero casi inocente, apenas un roce, después pasó a un beso casto hasta que sus manos se deslizaron con delicadeza por mis caderas. Respiré agitada, a marchas forzadas tan pronto como me dejó tomar algo de aire para respirar.
―Así que... ¿estás hambriento? ―pregunté con una sonrisilla cómplice.
―Como si no lo supieras ―rezongó pícaro mientras bajaba hacia mi cuello.
Mira que si me hubieran dicho que iba a terminar siendo la novia del idiota que no paraba de perseguirme por el colegio gritando a todo ser viviente que nos viera que «esa mocosa con pecas era suya» desde luego no hubiera sido plato de gusto, pero si me hubieran explicado que él iba a ser el amor de mi vida, hubiera detenido la huida para tomarle con firmeza la mano y añadir: mocosa con pecas vale, pero un poco más de discreción, estúpido íncubo. Después de todo, con tu pareja amada tienes que tener paciencia por muy acosador que se ponga con los sueños agitados, así es el amor de los súcubos.