1
Me llamo Alice, y soy una chica bastante normalita: tirando a alta, con los ojos casi negros y el cabello, largo y peinado con la raya al medio, de color rojizo aguado algo oscuro. Alice; Allie, es más corriente que me digan así. No suelo ser buena en los deportes a menos que me pongan de portera, ahí me luzco. Vivo en un pueblo que ni siquiera sale en el mapa; para poder indicar a alguien de dónde soy, tengo que hacer referencias a una ciudad más grande y después decir que vivo en un pequeño pueblo con un nombre que se les olvidará a los pocos segundos Hay muchos árboles alrededor como si fuera una fortaleza de madera y hojas oscuras.
Un padre, una madre, un tío y una tía, esta última vive con nosotros, un hermano mellizo, notas muy buenas...
Una vida normal, en un lugar normal. Medianamente es lo que se puede pedir, ¿no?
Pero también es aburrido, estoy en el pequeño instituto del pueblo que parece haber sido juntado como una casa montada en bloques. Mi mejor amiga, Dacy, la conocí cuándo se mudó aquí. Ella había vivido en una ciudad de Irlanda que no recuerdo dónde está, sé que nuestro pueblo se situaba en el extremo opuesto del mapa, solo lo sabía por referencia, no figuramos en ellos, yo no tenía interés por preguntar por qué habían venido aquí desde tan lejos, ella y yo congeniamos enseguida por nuestras aficiones.
Tiene dos hermanas menores, gemelas; a veces, cuando hace de niñera con ellas, me quedo a dormir en su casa para hacerle compañía. Sus padres se han hecho amigos de los míos, creo que de alguna forma mis padres están sorprendidos de que yo no sea anónima para otro ser humano. El que brilla es mi hermano Bob, por su forma de tocar el violonchelo y porque es muy bueno en los estudios, aunque tan negado como yo para el deporte. «No se puede tener todo en la vida, ¿eh, Bob?», eso le dije cuando se rompió la nariz al hacer las pruebas para atletismo, ya que gimnasia bajaba su nota media. Ni siquiera lo hice con malicia, pero mi tía Molly me castigó igualmente y Bob contraatacó después:
―Vas a quedarte aquí para siempre, estudiarás lo suficiente como para poder trabajar, quizás quieran que te cases con alguien de aquí y, finalmente, te convertirás en la enfermera de nuestros padres.―Se inclinó un poco, con esa enorme venda cubriendo su nariz―. No se puede tener todo en la vida, ¿eh, Allie?
Me había enfadado, porque yo no quería acabar aquí, siendo una anciana y sin haber vivido nada. Esa noche me fui a dormir a casa de Dacy; sus padres salían juntos y ella se quedaba con las gemelas. Fue un alivio porque no quería ir a la mía, sabía que si lo hacía, sacaría a colación lo que Bob había dicho y, seguramente, mis padres lo afirmarían. Entonces, no soportaría mirarles.
Algunas veces, aún pienso en ello sin querer.
Cada mañana cuando me despierto en mi pequeña habitación, me ducho y me visto, me hago el desayuno, limpio todo y voy al instituto. Esa rutina impuesta desde que tenía ocho años, intenta nublar aquel pensamiento de mi cabeza, porque si no, empezaría a gritar como una histérica o haría algo mucho peor.
2
El instituto está siendo un hervidero con motivo de Halloween, como cada año. Dacy y yo escuchamos todo tipo de palabrerías acerca de las fiestas, pero más que nada sacamos la traducción, por ejemplo: si alguien dice que va de enfermera, sabemos que, en realidad, irá de enfermera sexy. ¿Una de nuestras compañeras va de profesora? Profesora sexy. Incluso, la que va de calabaza, podría decirse también sexy. Los disfraces ya no son algo terrorífico, y yo ya no voy a disfrazarme, este año no tuve tiempo para planificar. El anterior, Dacy fue de vampiro y yo de caza vampiros, y antes de ese, ella de ladrona y yo de policía. Siempre buscamos cómo ir de comparsa siendo solo dos, pero este año ella tiene un novio y yo considero que tres son multitud, así que la acompañaré durante la primera ronda, donde ella vigila a las gemelas, porque aún no es el momento como para que sus padres sepan que lo tiene; así que va a usarlas de excusa, y luego de dejar a sus hermanas en casa, ella saldría con él. Izan es buen chaval, no es para nada un idiota como los otros, así que, supongo, que está bien si ella quiere salir con él.
Así que por este año voy a dejar de lado el disfraz de zombi.
Cuando voy a buscar a Dacy, veo a sus dos hermanas de gato y princesa con las calabaza-linterna listas y sus bolsas para los caramelos; yo también llevo una y Dacy igual, podemos ser ya casi adultas, pero aún tenemos la misma emoción de ir puerta tras puerta pidiendo el truco o trato, la dulzura de conseguir el trato y la diversión traviesa de realizar el truco.
―¿No puedo hacerte cambiar de idea? ―pregunta arqueando sus cejas rubias al verme llegar―. Planeamos mucho tiempo lo de ir como zombis de Walking Dead.
―Va a ser el primer Halloween que tienes con Izan ―susurro por lo bajo―. Aprovéchalo, en otro momento podemos hacer lo de los zombis, que me da a mí que la moda zombi va para largo.
Así que nos dispusimos a llevar a sus hermanas por todo el pueblo hasta las diez de la noche, luego, mientras ellos se van de fiesta, yo estaré a mi rollo en cualquier sitio y volveré a la una a casa como cada año.
Los niños y niñas sí llevan los disfraces típicos de Halloween: disfraces inofensivos de terror, hay varios Frankenstein, Drácula, momias, hombres lobo, zombis, pocos superhéroes, de hecho, veo algunos Darth Vader. Así que no están nada mal, luego serán arruinados por las versiones adolescentes que este año, al parecer, empiezan antes.
Lo malo de esto fue encontrarnos también a Nathalie Horman y sus amigas disfrazadas de animadoras, las cuales ya están dando el espectáculo, al parecer, hay fiesta en su casa o algo así. Aunque eso ni es asunto mío ni me importa.
Nunca antes nos han invitado ni quisimos ir, además, la primera fiesta a la que asistiría no quería fuera con personas como ellas, unas matonas superficiales que en realidad estan huecas por dentro y no saben mirar más allá de la ropa o de con quién me lo monto hoy. Miro hacia Dacy, hago un gesto hacia el disfraz de animadora extra corto y coloco mi dedo en la sien como si fuera la punta de una pistola, ella se ríe por lo bajo y continuamos nuestra ronda.
Nuestras bolsas están muy llenas cuando casi dan las diez, así que decidimos volver a casa. Sus hermanas, Brianna y Gladys, están empezando a comer las chocolatinas, pero son generosas con nosotras y nos dan dulces.
―Cuántas bolsas, ¿no? ―dice Izan sobresaltándonos, al aparecer, por detrás sin avisar.
Puse mala cara porque no viene solo, le acompañaba su hermano mayor, Carter, y este es imbécil.
―Fue una buena colecta ―dice Dacy, y se dan un corto beso mientras Brianna y Gladys no miran.
Dacy me mira nuevamente con gesto de pedirme perdón, para luego girarse y pedirles cinco minutos mientras dejamos a sus hermanas en casa, donde aprovecha para susurrarme.
―Izan lo siente también, su hermano se puso muy pesado, pensó que podríamos salir los cuatro.
―¿Cómo que los cuatro?
―Izan y yo, él y... tú.
Estoy a punto de negarme y mandarla al cuerno porque eso es una encerrona, ni tampoco me la espero de una amiga, sin embargo, ir a dormir donde Dacy es el único refugio que tengo cuando creo que explotaré si sigo en mi casa, así que decido ceder.
―Media hora. Si hace algo me largo ―le digo por lo bajo.
Carter piensa que voy porque él es muy guapo, cuando lo que me daban ganas es de ponerle una nota en la cabeza que diga: «Te debo un cerebro. Firmado: Dios».
Me contengo al ver la cara de petulante que pone mi cita de esa noche y me digo que le estoy haciendo un favor a Dacy.
La cita comienza, Dacy e Izan; Carter y yo.
Cada poco miro el reloj mientras Carter habla algo sobre heredar un negocio familiar y quizás buscar una afortunada con la que compartir su idílica visión del futuro. Cuando escucho eso estoy a punto de reír pues todo el mundo en el instituto sabe que él cambia frecuentemente de novia, o como las llamamos Dacy y yo: novias express. Meto las manos en los bolsillos tan pronto como noto que me roza la mano para cogérmela, apenas van ocho minutos desde que inició esta cita, todavía me quedan veintidós más de tortura. Izan estaba habla de algo con Dacy, pero no puse la oreja porque imagino que es cosa de ellos, ahora mismo estamos pasando por delante del cementerio.
―Hagamos una prueba de valor aquí ―propone Dacy.
Asiento a la idea. Es algo cotidiano en este pueblo: se trata de ir desde la entrada, sin más luz que la de la calabaza-linterna, y caminar hasta el otro extremo del cementerio. Se suele hacer a partir de la medianoche, y al final se deja una prueba de la proeza, quien no lo consigue será cubierto de papel higiénico y restos de calabazas siendo tachados de tramposos y cobardes.
Cuando entramos, puedo observar más linternas aparte de las nuestras, los grupos empezaron más temprano que otros años las pruebas de terror.
Por un lado van Izan y Dacy, por el otro tengo que cargar con Carter, habría preferido hacerlo sola.
―Estamos solos ―me dice repentinamente.
―Estamos en un cementerio ―le recuerdo.
Me pasa el brazo por los hombros, ¿dónde hay una pala cuándo se la necesita? Carter me mira, hay un leve resplandor dorado en su cara, señala detrás de mí y chilla retrocediendo.
A escasos centímetros de mí hay una pequeña bola de luz con un leve resplandor, y esta flota a mi alrededor, se posa sobre mis hombros. La pequeña esfera se acerca a él, quien retrocede asustado, empieza a tornarse a un azul níveo que comienza a echar chispas.
Entonces, al igual que a mis seis años, me doy cuenta que lo que había entre Carter y yo es un fuego fatuo.
3
Es un fuego fatuo igual que en las historias de nuestra niñez, y no puedo dejar de mirarlo, a pesar de que, racionalmente, sé que tengo que estar asustada, la sensación que siento es de curiosidad. A mi lado escucho cómo Carter sale corriendo hasta que hay un sonido fuerte, suficiente para que mi atención se desvíe y la polvareda cercana me indica que se ha caído en el hueco de una futura tumba. Me acerco para ver que es profundo y que él está inconsciente en el fondo. No logro distinguir dónde están Dacy e Izan por lo que tendré que arreglármelas por mí misma. Ignoro la luz que parece ir y venir constantemente, pero nunca hace algo que pueda considerar un ataque, así que parece inofensiva, por lo que tengo que centrarme en sacar al idiota de ahí.
―Fuera, fuera ―digo sacudiendo la mano para intentar alejarla como si fuera una mosca.
Pero continúa volviendo, dificultando mi tarea.
―Espera, te ayudo.
Casi me caigo de culo al oír la voz desconocida, me giro apuntando con la linterna, aunque no hace falta: el fuego fatuo flota a su alrededor. Sé que él no es del pueblo porque en este sitio nos conocemos todos. No espera a que le conteste y coge a Carter por las axilas, yo me deslizo con cuidado adentro de la tumba para ayudar a subirlo, una vez que lo puede dejar sentado y apoyado contra una de las lápidas, el desconocido me tiende sus dos manos, las cuales agarro, pero tan pronto como lo hago, casi las suelto, la fricción entre ellas me provoca un vuelco en el estómago, una sacudida en las entrañas que no tuve nunca antes con nadie, algo como... electricidad.
Guardo la compostura y las agarro con más fuerza, apoyo el pie en la pared de tierra para coger impulso y, en un solo tirón, estoy fuera. Algo tintinea al caer a la hierba, cerca de él, al ayudarme a salir, me agacho a recuperar aliento y veo que lo que fueron dos monedas, las agarro para dárselas, pero antes de poder hacerlo, él me hace un gesto para ir hasta las puertas del cementerio. Lo sigo porque tiene razón, seguramente, ahí estarán Dacy e Izan o gente que pasa, pero al menos serán muchas más manos para ayudar a levantar a Carter. Nosotros dos no podemos cargarlo hasta la salida ni de broma, por lo que lo sigo hasta reconocer la verja de hierro.
Me acerco a la puerta y miro a ambos lados, soltando un suspiro al localizar a mis amigos a lo lejos.
―¡Dacy! ¡Izan! ―grito para hacerme oír.
Automáticamente, les hago señas con la linterna para que vengan hasta nuestra posición.
―Hay que llevar a Carter a un hospital ―les digo cuando están frente a nosotros, normalmente, me da asco tocar al imbécil, pero ahora me da miedo por si tiene una conmoción o algo peor.
―Yo no puedo salir de aquí hasta que se apaguen las hogueras ―dice, repentinamente, el chico desconocido a mis espaldas, sobresaltándome, pues había olvidado su presencia, todavía no se ha presentado.
Le miro apáticamente a punto de preguntarle por el truco del fuego fatuo y el por qué soltó esa chorrada de las hogueras, pero él se gira y adentra en el cementerio sin mirar atrás, dejándome con la pregunta en la boca.
Días después...
Al final, Carter salió ileso del cementerio, con apenas un chichón y algunas lagunas de memoria, gracias a las cuales me libré de dar explicaciones de lo que había sucedido, algo que hoy en día ni yo misma me creo y no voy a exponerme a que me llamen loca por algo así.
Pero me voy a acordar durante mucho tiempo, porque como el desgraciado que es, comenzó una serie de rumores acerca de mí que lo llevaron a engrosar la lista de sus novias express al jurar que fui yo la que me lancé contra él y por eso se cayó en la tumba. Intenté desmentirlo, pero ni modo, una vez que se inicia la chispa, es imposible evitar que la bomba explote, sobre todo con lo ocurrido en su taquilla, alguien se la había abierto dejándola llena de papel higiénico y restos de calabaza.
Lo que me lleva a estar castigada en casa tres semanas.
Estoy en este momento en mi habitación, volví hace apenas unos minutos, no tengo nada que hacer ahora mismo, al menos nada interesante, ya que no tengo ordenador a causa del castigo de mis padres, ni deberes. Agarro las monedas que el chico desconocido se dejó en el cementerio no hay nada más con qué distraerme.
Las guardé en espera de poder devolvérselas en otro momento, un momento que aún no se dio, pues tengo que reconocer que, en parte, me olvidé de ellas, y supongo que el no tener nada que hacer me llevó a pensar en ellas.
Relucen más que nada que haya visto nunca y son algo pesadas, ¿habrá vuelto al cementerio a buscarlas al notar su ausencia? Yo no lo haría por unas pocas monedas corrientes... pero, por estas, incluso su aspecto es distinto. Muerdo una, haciéndome daño en los dientes, y vuelvo a mirarlas, esta vez con ojos desencajados.
¡Son monedas de oro de verdad!
―Si comes eso, tendrás una digestión muy pesada.
¡Es él! Al pie de la ventana, es él, claramente, el mismo tipo de sudadera, los mismos colores verdes en ella y en la chaqueta, la forma de la cara, pero ahora puedo verle claramente, tiene el pelo de color castaño añejo, corto y despeinado, y sus ojos son de color verde grisáceo.
―¿Qué haces en mi ventana?
―Vine a buscar mi oro, esperaba que no lo gastaras, pero no pensé en la posibilidad de que fueras a comértelo.
Le bufo. Mi cuarto está a pie de calle, así que no me sorprende que esté en la ventana, aunque sí me molesta.
―¿Cómo hiciste el truco del fuego fatuo? ―quiero saber.
Abro un poco la ventana, apenas unos centímetros, suficiente para poder pasarle las monedas, nuestros dedos vuelven a rozarse, el mismo vuelco al estómago, retiro la mano, aunque no quiera.
―Me llamo Éamon.
―No respondiste a mi pregunta.
―Si te lo digo, no me creerías.
Le miro una décima de segundo antes de bajar la persiana por completo, escucho su risa y sus pisadas mientras se aleja.
Por la mañana, al volver a abrirla, veo una brillante moneda de oro con una tira de cuerda negra trenzada haciendo de esta un collar, está pegada, con un adhesivo, a la cornisa, junto a una nota.
No te la comas, Allie.
Éamon.
¿Qué tarado regala una moneda de oro o va con ellas encima? Bueno... parece un regalo en cierto modo, es bonito, lo miro detenidamente, no sé qué me empujó a quedarme con aquel obsequio, tal vez porque, en el fondo, Éamon me parece un idiota encantador, y el collar me hace sentir que le tengo cerca incluso estando aquí encerrada, y eso no es tan malo, a pesar de que únicamente se me permite salir al cuarto de baño, pues la comida me la traen y me dan veinte minutos para terminarla. El director fue más benevolente, ya que solo me hizo quedarme castigada sin recreo una semana, así que lo peor lo tengo casa y estar tanto tiempo encerrada me trastorna, sin ordenador solo puedo aferrarme a mis libros, aunque a veces temo que también me los quiten como parte del castigo, por eso, con el collar voy a ser mucho más cuidadosa.
No quiero decirlo en voz alta, pero me hace ilusión y a estas alturas le tengo mucho cariño.
Éamon viene cada día desde que estoy encerrada. Al principio, fingí ignorarle, pero él se quedaba sentado en la cornisa pronunciando un monólogo esperando a que contestara. Esa fue la mecánica los cuatro primeros días; los otros, empecé a sentirme mejor, ya no tan sola, incluso disfruto de su compañía, compartimos intereses en común; me resulta mucho más agradable de lo que pensé, le echo de menos durante mi rutina en las clases, es una sorpresa querer llegar a casa y cenar para poder hablar los dos en la ventana. Hablamos de series, de películas, de libros y videojuegos; hasta ahora, Dacy era la única con la que compartí tantos intereses, pero él lo lleva a otro nivel de entendimiento.
Aquella noche, en mi cuarto.
―Hoy me gustaría... ―me muerdo el labio, indecisa―. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Se apoya un poco más en el marco, pero nunca entra, me gusta pensar que es porque es caballeroso, algo que le falta a muchos de los de aquí, me mira con ojos brillantes como si yo fuera lo más importante que tiene, aunque, en esos momentos en que lo hace así y sonríe con la misma alegría, consigue que me sienta nerviosa.
―Ya la has hecho ―me responde con su peculiar sentido de humor.
―Imbécil ―susurro sabiendo que me escucha, estamos muy cerca el uno del otro, casi puedo tocarle, algo en mí me impulsa a hacerlo y es una sensación muy reciente que me niego a atender.
―¿Qué quieres preguntar?
Permanezco pensativa unos segundos, observo sus ojos e, internamente, me pregunto cómo será acariciar su mejilla. «Ey, no», me reprocho mentalmente, solo es un amigo, viene para que charlemos y nada más, ¿por qué tengo que pensar en esas cosas? Nunca antes se me dio por eso, ¿por qué tiene que ser ahora?, ¿por qué con él?
―¿Por qué destrozaste la taquilla de Carter? ―quiero saber.
Quiero distraerme de otros pensamientos que no sean tocarle el cabello o cómo se sentiría si rozo mi nariz con la suya.
―No se puede ir diciendo por ahí que has hecho manitas con una chica cuando ella te repele, es trampa.
Mira quién habla.
―Así que eres, básicamente, una persona que destroza taquillas, capaz de hacer trucos de fuego fatuo y va dejando monedas de oro por ahí.
Se ríe.
―Básicamente, pero no me gusta dejar monedas. Para mí es difícil compartirlas.
―Entonces, ¿por qué me has dado esta?
Rebusco en los bolsillos y le muestro la moneda a modo de collar.
―Un regalo, por supuesto.
La dejo en su mano, me traiciono al rozarle la suya con toda la intención, él la atrapa, mi corazón se acelera. Es cálida, sigo sintiendo la sensación electrizante.
―No se devuelven los regalos ―me dice a modo de crítica, es difícil tomarlo en serio mientras Éamon tiene esa sonrisa.
Me acaricia la mano y soy incapaz de retirarla. Trago en seco e intento ignorar a mi corazón.
―No vayas regalándolas por ahí, se ve que son de valor.
Baja de la cornisa al interior de mi habitación, soltándome de su mano con demasiada brusquedad para parecer educado, esa sensación es intensa, no sé cómo manejarla, ni siquiera quiero despedirme, pero al menos le dejo la moneda, bajo la persiana a toda prisa. Siento un nudo en el estómago al ver su expresión entre triste y molesta antes de que la persiana lo cubra por completo.
Durante la cena, mi hermano dice haber visto a Éamon en el alféizar de la ventana de la calle, hablando conmigo, pero no cita su nombre porque no le conoce, únicamente, el chivato solo puede hablar que vio un hombre en la ventana hablando conmigo, y eso fue más que suficiente para ellos.
―¿Quién es? ―pregunta mi padre, dejando de comer por unos minutos.
Me encojo de hombros.
―No le había visto nunca ―miento.
―Di la verdad, Alice ―me dice mi tía Molly, con esa mirada suya que da repelús, es una mujer amargada que parece disfrutar cuando me deja en ridículo o cuando consigue que mi vida sea más patética de lo normal―. Debe ser de aquí, ¿es compañero del instituto?
Todos están atentos a la respuesta que voy a dar.
―Ya os lo he dicho ―sonrío a medias―. No lo sé.
4
Dos semanas adicionales de castigo, esta vez, ni siquiera pisaré el instituto, no hasta que sepan quién es el que había ido a mi ventana. Dacy tampoco puede verme, entrega los deberes a mis padres y se va. Esa situación le sirve para dejarme una nota entre las hojas preguntando cómo estoy, cuando yo hago mis trabajos pongo otra respondiendo a la suya.
Es de locos, ella lo cree también. Nadie castiga sin salir absolutamente a ningún lado, ni siquiera sin clase, a un hijo por hablar con alguien a través de la ventana, ningún padre cruza la cara de un hijo hasta dejársela roja por mentir, sin embargo, los míos sobrepasan cualquier comportamiento normal, yo no tengo a nadie en la familia que me defienda ni que indique que lo que pasa no es poco común, ¿qué tiene de malo que hable con un chico sentados en la cornisa? No lo entiendo.
Tampoco vi de nuevo a Éamon porque mi madre cortó la cuerda de la persiana de mi ventana, así que está baja todo el tiempo sin que se pueda ventilar ni nada. Me dejan salir de la habitación si es para comer con ellos, ir al baño, o a la cocina para limpiarla e, inmediatamente después de hacerlo, volver a estar encerrada en mi cuarto. Voy de un lado a otro, me vuelvo loca e imagino cómo será cuando pueda salir de este sitio, es el único argumento que me vale para estudiar con tanto afán. Un curso por año, más y más cerca de la universidad. Intentaré entrar a la más lejana que pueda conseguir, me llevaré todas mis cosas, incluso, si hubiera algo que no me permitieran para asegurarse de que tengo motivos para volver, se lo daré de tapadillo a Dacy para que pueda enviármelo, buscaré un trabajo porque sé que pondrán todos los medios posibles para negarme beca. Un trabajo a media jornada y estudios. Me aseguraré de no volver a esta casa nunca más, incluso si tratan de traerme, tendrán que echar antes la puerta abajo.
Al transcurso de dos semanas puedo volver al instituto, pero si quiero estar con Dacy, tiene que ser durante las horas de estudio en casa, todavía sigo sin poder salir ni teléfono ni ordenador.
Arreglaron la persiana cuatro días después de que mi castigo terminase y, para ese momento, decido buscar un trabajo y dejar solo un poco de dinero en la hucha de mi habitación, solo un poco, como señuelo, el resto empezaré a esconderlo. Pedí a Izan, que ayuda a su abuelo en el taller de carpintería, que hiciera un doble fondo en la parte de abajo de mi mesilla de noche, ahí esconderé una pequeña caja fuerte que compré y dentro pondré el sobre lleno de dinero. Nunca se me olvidará cerrarla.
Siempre llevaré la llave al cuello y nadie podrá saber que está ahí, a menos que vuelquen la mesilla por alguna razón. Tengo que esperar una semana más, cuando solo estemos Dacy, Izan y yo en casa, para poder hacerlo. No es por los ladrones, sino por mi familia; el día antes de trazar esas ideas, mi madre me sugirió que estudie enfermería en la ciudad más cercana al pueblo, para mí es suficiente, recuerdo lo que me dijo Bob acerca de quedarme aquí y es como si ella afirmara la indirecta, incluso después de tanto tiempo.
Aumenta mi determinación para marcharme. La ciudad de al lado no es lo bastante lejos.
Dos horas antes de entrar al instituto, ayudo a descargar cajas de fruta fresca que llegan de madrugada, me levanto a las cuatro y media para ir a trabajar a las cinco, a las siete voy al instituto, en cuanto salgo, trabajo como camarera en uno de los locales, aunque realmente solo me ocupo de tareas como limpiar los baños, barrer, fregar y lavar los platos y vasos, pero no me importa. Ese dinero va directo al sobre en mi caja fuerte; unas pocas monedas sueltas, al señuelo.
Preguntaron por qué empecé a trabajar y yo simplemente aludo que quiero pagarme ropa o libros que me gustaría comprar. Mentira.
Alrededor de un mes después, Éamon aparece al final de mi jornada, cuando estoy de camino a mi casa. Racionalmente, sé que no es aconsejable que me vean con él, pero estuve pensando en el por qué él no volvió a aparecer desde que arreglaron mi persiana.
―Pareces cansada.
―Hola a ti también, Éamon ―le respondo enfadada, tanto tiempo sin vernos, ¿no puede decir otra cosa? ¿De verdad, solo se le ocurre eso? Será imbécil.
Él sonríe como un niño, tonta de mí, no puedo evitar sentir un escalofrío ante esa sonrisa tan brillante.
―Es la primera vez que dices mi nombre.
―¿Qué pasa ahora? ―ladeo la cabeza para evitar que vea mi rubor, porque estoy segura que mis mejillas están enrojecidas por la vergüenza―. ¿Me traes más colgantes con monedas de oro? ¿O vienes porque estás aburrido?
―No mientras tengas el mío ―me señala el cuello―. Y vengo porque siempre quiero estar contigo.
Yo no lo tengo, aunque sus ojos parecen tan convincentes que subo la mano y me palpo el cuello, asombrándome al encontrar el collar con la moneda que estaba segura de haberle devuelto.
―¿Cómo...?
―Se me dan bien los trucos de magia. Nos pasa a todos los leprechaun.
―¿Perdón?
Mi mente se nubla y quiero preguntarle muchísimas cosas, entre ellas, si olvidó la medicación cuando su psiquiatra le atiborró a pastillas por creer que es una criatura de cuentos. Pero antes de que pueda hablar, él se inclina sobre mí y me besa, tomándome por sorpresa.
No es ni de lejos la primera persona a la que beso, pero lo sentí distinto, más íntimo, más maduro. Increíblemente diferente, hay una especie de interacción, como cuando nuestras manos se tocaron la primera vez, es... eléctrico. Una sensación que me deja sin aliento, con un vuelto en el estómago y la piel erizada.
―Mira debajo de tu cama al volver a casa. Eso no te lo quitarán ―me susurra al cortar el beso, mirándome directamente a los ojos, sonriendo al verme ruborizada y con el corazón a mil por hora.
No hablamos nada más, ni siquiera de camino a mi casa, a dos manzanas nos separamos antes de que alguien me vea con él, todo el camino intento pensar en por qué, exactamente, acepté el beso sin oponer resistencia ni pegarle, me cuesta confiar en los demás, ni siquiera tuve muchas citas. Unas pocas, y muchos menos besos. Me da igual lo que digan. Yo no voy a tirarme en plancha con nadie, así que es sorprendente que esta vez la cosa sea distinta.
La brillante moneda reluce como el oro bajo la luz de mi habitación, dijo que se le daba bien a todos los leprechaun, tal vez solo me está tomando el pelo. No existen los leprechaun, solo son parte de los mitos del país, hombrecillos con calderos de oro, trajes verdes, que miden quince centímetros y son buenos zapateros, no son altos ni dejan una caja con una PDA de pantalla táctil bajo las camas.
Por otra parte, nadie le hubiera dejado entrar en casa para que me entregara la PDA, viene con una tarjeta sim con el número pin. Cuándo la enciendo, está configurada mucho mejor de lo que yo hubiera hecho. ¿Cómo lo hizo? Él no puede ser una criatura mítica, ¿verdad?
«Estaba deseando que la encendieras. ¿Cómo estás hoy? ¿Te sientes bien? ¿Eres feliz?»
Es el primer mensaje, deslizo hacia arriba la parte superior mirando las teclas negras que componen el teclado.
«¿Quién te dejó entrar en casa?»
«Entré por mis propios medios a través de los túneles.»
«Claro que sí.»
«Suponía que sería difícil que me creyeras. Te eché de menos todo este tiempo.»
«Seguramente.»
«Intenté ignorar el nuevo vuelco en el estómago.»
«Lo notas, ¿verdad? La electricidad entre nosotros. Desde niño me dijeron que funciona así.»
«¿Sabes que realmente no estoy entendiendo nada de lo que dices?»
El resto de la noche sigo sin tragarme nada de lo que me dice. Evado mis preguntas sobre lo de los leprechauns, si no es en persona, no quiero hablarlo, no lo considero adecuado.
Al día siguiente...
Éamon está también cuando empiezo a descargar cajas, con una chaqueta verde otra vez, me doy cuenta que siempre lleva una parte de la ropa de ese color, aunque realmente eso no significa nada. Se pone a descargar cajas conmigo como si llevara toda la vida haciéndolo. Al cabo de un rato, su voz rompe el silencio cómodo que nos acompaña.
―Te quiero ―afirma.
La última caja se resbala de mis manos, consigo cogerla antes de que se caiga al suelo. Creo que dejé de respirar y mis piernas tiemblan. Necesito sentarme porque el aire no me llega.
―¿Eres tonto?
Fue difícil soltarlo, en especial cuando tengo la sensación de que el corazón se sale de mi pecho y por un lado no sé si quiero salir corriendo o chillar alegremente.
―Un poco, la verdad.
Sonrío, por mi parte estoy muda y temblorosa mientras él vuelve a alejarse antes de que pueda decirle nada.
Me vuelvo a casa a toda prisa para coger la mochila e ir al instituto, ignorando los latidos, son por cansancio, apenas duermo seis horas; además, Éamon solo debe de estar bromeando. Es un idiota completo de pies a cabeza.
―Es tierno. ―En momentos como este cuestiono nuestra amistad porque se supone que no debería decirme eso.
Igualmente, Dacy sonríe como una boba, ella es de las que en cuanto tiene un novio, piensa que todo es rosa, o morado en su caso, es su color ideal.
Niego con la cabeza.
―Creo que está psicótico ―murmuro.
―Para regalarte una cosa así, desde luego. ―Señala con discreción la PDA en mi bolsillo, se la enseñé solo en el baño de chicas estando a solas, aquí todos nos conocemos, quiero asegurarme que mis padres no me vuelvan a quitar el único medio de comunicación que me queda―. Pero es adorable, es como en los cuentos, ¿recuerdas? El duende y la campesina.
La palabra leprechaun rebota por todo mi cráneo.
―Los duendes no existen, Dacy.
Ella me da un codazo en el estómago.
―Lo sé, lo sé, pero el regalo ―señala dónde está el collar y luego mi bolsillo―. Primero, le da una de sus monedas en forma de collar, si la coges, significa que le aceptas por lo que es él; desaparece hasta que puede ofrecerte algo que necesites, por ejemplo, la PDA para comunicarte, ya que te quitaron el ordenador y el móvil. Tú aceptaste las dos cosas sin pensar, como le pasa a la campesina, porque le gusta, así si es como en la historia, él puede llevarte si quiere ―mira mi cara y se ríe por lo bajo porque estamos en ciencias―. Perdona, es absurdo. Ya sabes, nada de eso es real.
Tengo una sensación extraña en el estómago. No existe, pero cada vez me resulta más familiar, lo que sucede en ese cuento me está sucediendo.
―Sí, es absurdo ―digo volviendo la vista al libro.
―Es mejor que Carter.
―Increíblemente mejor ―pronuncio sin pensar.
Dacy me mira divertida, le dedico una mueca. Eso no quiere decir nada.
―Eso es muy bueno. ―Me palmea el hombro con familiaridad―. Tengo ganas de que salgas conmigo, Izan y un novio.
―Es muy pronto para eso ―replico.
―Entonces, sí que eres pareja.
―Me estás haciendo el lío ―me quejo.
Vuelve a reírse por lo bajo, el profesor nos lanza una mirada severa que nos hace quedar en silencio unos segundos.
―Lo tienes muy claro, te conozco lo suficiente para ver que estás loca por ese chico ―me susurra.
Me quedo en silencio, Éamon solo es un lunático, no importa lo que diga la historia del duende, o leprechaun, y la sirvienta, no es nada parecido conmigo. Está loco, nada más que eso, ya que se piensa que es un leprechaun que tiene monedas de oro y ropa verde, y...
Vale, sí tiene ropa verde y unas monedas que parecen de oro, pero sigue sin medir quince centímetros, por otra parte, ¿cómo hizo el truco con el fuego fatuo, la PDA bajo mi cama? Tiene que haber algún truco extraño en todo esto, incluso en la electricidad cuando estamos en contacto. Lógicamente tiene que tener una explicación razonable.
Durante el descanso voy a la biblioteca comiendo por el camino, Dacy me acompaña para ver las novedades, y yo me dedico a buscar entre los libros alguno que sea sobre trucos de magia, tal vez si Éamon no quiere decirme la verdad, puedo encontrar a por mí misma.
Al salir del bar está ahí otra vez. Me ayuda a tirar las bolsas de basura en el contenedor y pregunta si puede cogerme de la mano. Me tenso y me niego, Éamon no se enfada como lo habría hecho otro, de hecho parece divertirle que yo me muestre tan reacia.
―¿Quieres preguntarme algo?
―Trucos. Tus trucos, le-pre-cha-un.
―Si me dejas cogerte de la mano, te lo digo.
Abro la boca y la cierro, no llego a decir sí en alto, aunque sí algo equivalente.
―Quince minutos.
Estiro la mano y él la estrecha con suavidad, la electricidad ya no es tan chocante como al principio, pero sigue siendo muy intensa, como si fuéramos dos corrientes distintas convergiendo en una nueva, que hace que mi pulso se acelerase.
―¿Por dónde quieres empezar? ―me dice con una gran sonrisa.
Aprieto los labios, el muy manipulador debe tener una idea de cómo me siento cuando sonríe de esa manera, capaz de derretir el hielo.
―El fuego fatuo, ¿cómo lo hiciste?
―Los fuegos fatuos se comunican con los míos, cada uno de nosotros andamos con uno, no sabría decirte por qué exactamente, es como una amistad de tiempos remotos ―se encoge de hombros―. Siempre es así. Aedan siempre se aprovecha de eso cuándo se mete en un lío y me salpica a mí de paso. Toda mi familia sabe, gracias a él, que te di la moneda.
La historia del duende y la campesina está cobrando significado, diría Dacy, pero se supone que yo soy la racional, igualmente, continúo con el interrogatorio. Necesito saberlo.
―¿Aedan?
―Es el fuego fatuo que has visto.
―Ah, que tiene nombre.
―Y forma humana. Aedan, ¿puedes venir un momento? ―dice mirando al aire―. Pueden oír fácilmente, dónde sea, mi voz.
Me quedo con los ojos como platos cuando, a unos pocos metros de nosotros, aparece la misma luz que vi en el cementerio cerca de Carter, la esfera luminosa se mueve en remolinos iluminando más que las farolas, estoy segura de que no puede ser, pero parece que se estaba chuleando.
―Le encanta presumir ―comenta Éamon.
Estoy en blanco, cuando la luz brilla a un tono verdoso, se transforma en un chico vestido de negro con el pelo de color rubio oscuro y los ojos del mismo tono de su ropa.
Le señalo con la boca abierta, miro a Éamon, a esa persona que antes era una luz, y me desmayo.
5
Caigo redonda en medio de la calle al ver algo que es imposible, pero ahora estoy en mi habitación, imagino que, tal vez, Éamon me trajo de la misma forma en que puso la PDA. Lo primero que hago es buscar a Éamon, mi cerebro se marea si pienso en la luz convirtiéndose, una y otra vez, en su amigo rubio, pero no está en mi cuarto, me encuentro sola tumbada en mi cama, mi padre entra.
―Vas a cumplir dieciocho.
Exactamente en tres días y dos horas. Repentinamente, me da un abrazo muy fuerte, nunca lo hizo tanto como en ese momento, tengo la sensación de que va a romperme.
―Tu tía Molly quiere que te quedes con ella, obligó a tu madre a cogerte parte del dinero para dárselo a Bob antes de que se mude.
Le miro entre sorprendida y enfadada, juro que estoy hiperventilando por la ira. Papá abrie la cartera y me da dinero, es casi el equivalente a lo que tengo en el señuelo.
―¿Por qué...?
―Quiero que vivas tu vida igual que tu hermano, las mismas oportunidades. Eres mi hija y te quiero, además, la tradición de que los hijos menores cuiden de sus padres y de los tíos que no han tenido hijos es un error ―dice mientras sacude la cabeza―. Nunca he creído en eso, pero la familia de tu madre sí, todos los menores fueron educados para ser enfermeros y para mantener a los duendes alejados de su casa, ¿te puedes creer que nos hizo echar en la hoguera tréboles de cuatro hojas para proteger la casa desde que habías dicho que viste un fuego fatuo? Es absurdo, pero a la vez..., es imposible llevarle la contraria. Quiero a tu madre, es la mujer de mi vida, pero no voy a soportar más que destrocen tu futuro, aunque tenga que perderte, ya que vas a tener que alejarte de esta casa y, por tanto, de mí.
Me quedo mirándole como si hubiera dicho que los aviones bucean bajo el agua. Recuerdo que Éamon nunca entró a casa, ni por las ventanas ni por las puertas. Jamás, ¿será por la hoguera y los tréboles? ¿Para no coincidir con mi familia? No entiendo cómo es posible que mi tía crea en los duendes ni por qué mis padres pasaron tanto tiempo por alto esto. Todas esas cosas injustas. Puedo aceptar las disculpas de papá, puedo ahorrarme las ganas de soltar una palabrota o de echarle en cara la infancia traumática en la que no me sentí querida, pero ni por asomo puedo perdonarle.
―Cuando tengas dieciocho, eres legalmente adulta, así que no tienes que seguir quedándote aquí, pero asegúrate de mudarte sin que tu tía te vea o no te dejará llevar nada ―dice haciendo una mueca―. Lo hará para que te sientas obligada a quedarte.
―Papá, ¿qué me estás diciendo? ―«Además de que os dejáis influenciar por mi tía, tanto que en cuanto sea mayor de edad, no me vais a ver el pelo nunca más», pienso sin ser capaz de decirlo en alto.
―Tu tío Simon ayer vino aquí. ―Es el otro hermano pequeño de mi madre y él no está nada bien, cada día que mi abuela parece más joven, mi tío, más viejo―. Me pidió que te dijera que si cumples dieciocho fuera del hogar familiar, no vas a sentirte obligada a permanecer aquí. No creo en esas cosas, pero sí quiero que vivas feliz.
Me acaricia el cabello y me deja el dinero en la mano a pesar de que yo no quiero aceptarlo, no me parece justo a pesar de todo.
―Eso es fuerte, pero tu padre te quiere, ha hecho lo posible por guardar fuerzas hasta ahora para poder alertarte, aunque no creo que pueda perdonarle por haber tardado tanto tiempo en ayudarte.
Plof.
Me desmayo nuevamente cuando veo la cabeza de Éamon salir del suelo de mi habitación y escucho su voz tras la salida de mi padre del cuarto.
―Te acostumbras a verlo con el tiempo ―me promete, sentándose cerca de mí. Fue él quien me recogió del suelo y me tumbó en la cama permaneciendo a mi lado hasta que me desperté.
Tirito otra vez, me pasa un brazo por encima de la manta, a la altura de los hombros, intento asimilar todo lo dicho por la noche.
―¿Por qué no has entrado nunca por la ventana ni la puerta? ―pregunto.
Estoy creyendo, sin embargo, quiero escucharlo.
―No puedo mientras siga la protección sobre la casa con todos esos tréboles quemados, no tengo forma de entrar si no es por los túneles y de haberlo hecho te habrías asustado, casi como ahora. ―Parece triste y me siento mal por mi reacción―. Por eso el día de Halloween no podía salir del cementerio, es el único sitio donde no hay ninguna hoguera, durante ese día, incluso sin los tréboles, es imposible pasar por el pueblo, ni siquiera Aedan puede volar por ese radio, complica más el uso de túneles porque estás más expuesto a que te vean usarlo, así que el cementerio es el único túnel bien escondido ese día.
Asiento y me siento fatigada mentalmente, intento tragar todo lo que vi, cómo su cuerpo salió del suelo, su amigo pasando de luz a ser humano, mi padre hablando esas cosas raras.
Inspiro hondo.
―¿Qué pasa con la electricidad? ―vuelvo a preguntar.
Si necesitaba saber más al menos que sea todo junto, dudo que pueda tener más conversaciones como esta voluntariamente.
―Me habían dicho que era algo inevitable, la verdad es que nunca pensé que pudiera sentirse tan literal. ―Sonríe cálidamente, mi corazón corre más rápido, como si se preparase para saltar un abismo―. Nadie nos nota, ¿altura quince centímetros? Mito, así nos movemos mejor entre los humanos, somos bastante altos. ¿Desplazarse en arco iris? Mito. ¿Oro? Sí, pero no lo escondemos, simplemente, conseguimos hacerlo aparecer, pero nos cuesta desprendernos de este, es algo instintivo: no podemos evitar crear monedas ni tenerlas para nosotros. Lo de la ropa verde ya me estás viendo, solo que no entero. ¿Lo de los zapateros? Tampoco es así, pero en el siglo en que empezaron esas leyendas sobre nosotros, esta profesión era algo común, así que nos aprovechamos de ello. Pero la electricidad que sentimos cuando nos tocamos es... ―me toma la mano quitándola un poco de debajo de la manta.
Se inclina otra vez hacia mí, aprieta su mano por reflejo cuando vuelve a besarme, no es tan de sorpresa como la primera vez o tal vez estoy mirándolo todo desde otra perspectiva porque empiezo a pensar que, de algún modo, esto hace que todo funcione, que se sienta mejor, algo como..., el equilibrio del universo.
Éamon es de verdad. Es una estupidez, pero él es real. Está justo aquí. Conmigo.
―La electricidad es una sensación innata cuando tocamos a nuestra pareja ―vuelve a hablar, pero no se mueve más de unos pocos centímetros de mi cara, su aliento me cosquillea en la nariz―. Por esa persona, somos capaces de ser sinceros sobre nuestra naturaleza, los sentimientos, incluso dar nuestras monedas.
―Me diste una... ―susurro, desvío la mirada de los ojos verdes, mis mejillas están ardiendo.
―Es la prueba. Si eres tú, te quedarás la moneda, aunque no sepas por qué exactamente, de lo contrario, la habrías tirado o vendido ―dice, su sonrisa se amplía―. Pero apenas lo hubieras hecho, se habría reducido a cenizas. Además, conservar el Ishta-Goule ―señala el collar―, es como decir que sí quieres casarte conmigo.
―Corres mucho ―replico con reticencia, ni siquiera tengo dieciocho.
―Nunca haré nada que no quieras ―dice sinceramente, es inevitable creerle.
Vuelvo a recordar el cuento del duende, bostezo, pero quiero un par de preguntas más.
―¿Por qué la PDA?
―Es parte de la pre-relación tradicional. Yo ni siquiera te puse la moneda en el cuello, ¿recuerdas cuándo creíste que la habías devuelto? ―Asiento―. Fue una ilusión, me la dejaste, pero cuando empezaste a cerrar la persiana, la agarraste de nuevo sin siquiera mirar, era tu instinto queriendo conservarme, así que eso me permitía hacerte una ofrenda para formalizarlo, necesitaba buscar algo que necesitaras y la PDA era justamente eso, un ordenador de bolsillo con sistema operativo y funciones de teléfono, justo las dos cosas que te prohibieron. En ese punto podía tomar la confianza de besarte y si la aceptabas, podía hablar absolutamente todo contigo ―alza mi mano depositando allí un beso―. Se supone que ahora puedo llevarte conmigo, el túnel se abrirá para ti porque te reconoce como mi pareja.
Le miro directamente, en parte hay alivio, pero otra parte está aterrada, no puedo dejar el instituto, tengo que abandonar esta casa en días, pero no el estudio ni a Dacy, empiezan a picarme los ojos, los noto vidriosos, aunque no quiero. Siento las lágrimas correr por mis mejillas. El rostro de Éamon se deforma a causa de la preocupación, me cuesta verlo por las lágrimas.
―¿Qué he hecho mal, Allie? ―me pregunta angustiado.
Se ve triste, muy triste, y eso hace que se me rompa el corazón, el universo sigue funcionando, igual que mi cabeza, aunque nada tiene sentido.
Le miro y le hablo de mi tía Molly y de lo que dijo mi padre, sé que me escucha de verdad y no cree que mi padre o yo estemos locos. Sería extraño que un leprechaun me llamara loca.
―Tu tía Molly es... ―sacude la cabeza―. No necesitas saberlo, creo que por hoy ya has tenido más que suficiente. ―Acaricia mi rostro―. Has aguantado bastante por hoy, te irás de aquí en dos días. Te lo prometo, te he esperado durante años, un par de días más no serán nada si es lo que quieres, lo único importante para mí es que seas feliz.
Me ruborizo ante lo que voy a pedirle.
―Quédate conmigo hasta que me duerma, por favor ―le pido con los ojos entrecerrados.
Estoy más cansada de lo que creo, casi a punto de dormirme, el único motivo por el que me mantengo despierta es porque no quiero que se vaya, me siento mucho más segura, y menos ahora, cuando estoy segura de que puedo dejarlo todo si es por él; a pesar de que no quiero hacer daño a nadie, esperé hasta casi la edad legal para irme con la ley de mi lado, solo mantendré el contacto con Dacy.
Él sonríe acariciando mi rostro. Es extraño que en esas pocas semanas se hubiera convertido en alguien esencial en mi vida, pero es así. Nadie me miró nunca como él ni me provocó ese hormigueo en la piel cuando me toma de la mano.
―Por supuesto, estaré tanto tiempo como quieras, aunque no me veas. No te vas a deshacer de mí tan fácilmente ahora que te encontré, ¿sabes?
Mantiene la sonrisa, y yo cierro los ojos creyéndole. Me demuestra que es importante para él y va a estar siempre a mi lado pase lo que pase.
Solo tenemos que esperar unos días.
Nada más. Y podremos ser una pareja como cualquier otra sin tener que escondernos.
6
La idea de Éamon es, cuanto menos, poco convencional, hace unas semanas yo no habría querido ni oír hablar de ello, me habría enfadado porque la tomaría como una broma pesada, ni siquiera habría confiado en él, aunque tengo mucho para perder, pero tras la conversación que tuvimos en mi cuarto, todo ha cambiado entre nosotros. Sé que puedo confiar en él ciegamente. Antes de ir a mi puesto a descargar las cajas de fruta, estuve ocupada colocando mi ropa en bolsas, bolsas que Éamon se llevó adentrándose bajo el suelo, me estremezco cuando lo veo, temo que en uno de los viajes se quede atrapado sin poder salir. Cuando vuelvo de trabajar en el restaurante, por la noche, retiro de las estanterías mis libros favoritos, ya que no puedo llevarme todos pues se notaría demasiado que faltan. Será un pequeño sacrificio.
Dacy me ayuda a guardar mis sábanas ―las que yo compré para septiembre cuando fuera a la universidad― incluidas las polares; para los demás, ella y yo estamos estudiando. Todo está embalado, tanto los libros que decidí llevarme como la ropa, quedándome con una muda para el día siguiente.
―¿Te vas? ―me pregunta por lo bajo.
―Eso voy a intentar ―quisiera poder decirle la verdad, sin embargo, no puedo, Dacy no lo creería y yo no quiero poner en riesgo a Éamon, pues nunca se sabe quién puede estar escuchando tras las paredes―. Ayúdame a esconderlas en el armario.
―Hay algo raro, ¿no?
―No puedo darte detalles ahora mismo.
―Está bien, no preguntaré nada más hasta que me lo quieras decir, me vale con que me prometas que todo está bien.
Asiento, y ella me abraza, no sé qué voy a explicarle después de esto, excepto que todo está bien porque, aunque todo es muy raro, Éamon es real y bueno para mí. Así que eso es más que suficiente, no necesitamos más palabras y ella, que me quiere como a una hermana, acepta mi decisión viendo que es por mi bien y para ser más feliz.
Hay algo raro en mi habitación esta mañana, cuando regreso del instituto, las últimas bolsas fueron llevadas por Éamon. Ahora sí se ve increíblemente vacía, también quito el sobre con el dinero del doble fondo de la parte de abajo, ya no queda nada en esa casa que pueda echar en falta si descuento parientes, igualmente, tengo una mala sensación en el estómago, como si hubiera algo distinto a lo habitual. Hoy es mi cumpleaños, sí, pero aún quedan tres horas para que oficialmente tenga 18 años. El bar está cerrado hoy por descanso del personal, mi tía Molly insiste en que vaya a casa ya que no tengo trabajo, intento excusarme, pero ella me agarra por el brazo para llevarme de vuelta, la oportunidad que tengo para hacerme mayor de edad fuera del hogar familiar disminuye.
No quedé con Éamon en casa, porque ya no nada nada aquí dentro salvo mi mochila con los libros y la ropa que llevo puesta. Confié todas mis cosas a él esperando que de verdad nada de esto sea mi imaginación. Está bien, nada de lo que alarmarse, en el fondo sé que solo son nervios porque en realidad todo está saliendo según lo planeado, mi conciencia pesimista no se atreverá a decir que he tenido alucinaciones, no tengo una mente tan hábil para crear a alguien como él ni a su amigo la lucecita. Definitivamente, no. «Sal como una persona normal que va a estudiar a casa de su amiga y vuelve para la cena», me sugire mi cerebro, «claro, no te portes ni corras como una loca, por muchas ganas que tengas». Inspiro hondo y agarro la mochila volviendo a colgarla del hombro otra vez, pongo mala cara nada más veo que, por alguna razón, la puerta no se abre. Vale, no pasa nada. Mi habitación está a pie de calle, puedo salir por la ventana. Me cuelgo la asa en el hombro libre para apoyarla mejor y me dispongo a abrirla.
Está atascada. No se mueve ni un ápice.
Voy hasta la puerta y tiro reiteradas veces del pomo hasta que mi paciencia se va al quinto infierno, empiezo a golpearla.
―¡Mamá! ¡La puerta está atascada! ―grito, golpeando más fuerte la puerta―. ¡Papá! ¡Alguien!
Continúo golpeando y gritando indefinidamente, mi garganta empieza a doler, pero nadie viene, sé que están en casa, sé que lo estaban. Mi madre estaba leyendo en el sofá cuándo llegué, a su lado,mi padre mirando la tele; Bob, en su habitación hablando por teléfono, y tía Molly también estaba, la había visto en la cocina.
―¿Sucede algo, Alice?
¡Bob!
―Sí, la puerta está atascada, ¡ábrela, por favor!
―¿Por qué?
Golpeo la puerta de una patada.
―¡Ábreme la puerta, Bob!
―El pestillo está echado, ¿por qué debería dejarte ir con ese sucio leprechaun?
Me quedo helada mirando la puerta, casi me parece transparente como la mente de mi hermano, sin embargo, ahora ya no puedo afirmarlo con tanta claridad.
―¿Q-Qué?
―Sucio leprechaun, tía Molly me lo contó hace mucho, pero mucho tiempo, soy exactamente como ella, por eso soy el que se va y vivirá eternamente, y tú la que será enfermera hasta que consuma toda tu vida, como hace la abuela con tío Simon.
«Está de broma. Tiene que estar de broma.»
―¡N-No bromees!
―Las chaín como tú no tienen derecho a escapar, hermanita. No se puede tener todo en esta vida, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?
¡Hijo de p....! No puede ser real, ¿cómo pudo haberlo sabido? ¿Por qué se calló?, ¿por qué todos lo hicieron? ¿Qué pasa conmigo? Golpeo la puerta repetidas veces, Bob solo dice que me quedan dos horas más antes de encadenarme a la familia, que no sea idiota y deje de gritar.
Empiezo a morder mis uñas contando mentalmente cada minuto perdido, hasta que recuerdo la PDA en mi bolsillo, en todo este tiempo no la necesité tanto como ahora. Envío un mensaje a Dacy pidiendo que llame a la policía, a quién sea, pero que me saque de esta casa, comienzo a mandarle también mensajes a Éamon, que venga aquí por un túnel. Lo que sea, él tiene que sacarme.
Ven. Ven. Ven.
Me acerco, entumecida, hacia la ventana buscando algún rastro de sirenas o algo. Tía Molly está ahí fuera, plantando algo que no alcanzo a ver demasiado bien porque solo observo con ayuda de la farola, mi reflejo enturbia parte de la visión. La PDA emite un pequeño zumbido, la miro buscando el mensaje.
«El túnel está bloqueado, creo que han plantado cenizas de los tréboles quemados de las hogueras en el suelo, no consigo pasar.»
Me queda hora y media. «Tu familia», me dijo el día anterior mientras revisábamos lo que iba a llevarse, «es una familia con una pequeña línea mágica en la sangre como la mayoría de la gente normal, pero son muy conscientes de que lo son, al menos tu tía y tus padres sí, pero yo no. Cómo tienes diecisiete, Aedan no pudo ver con claridad. En tu familia están los écade y las chaín. Los primeros, como tu tía Molly, aprenden a echar a los duendes y a manipular a las personas para que sean incapaces de desobedecerlas, solo en un radio pequeño como una casa; las chaín, como tú, tienen una capacidad sanativa muy codiciada para los écade que cuanto más usan sus habilidades, más se desgastan, por eso necesitan una chaín a la que absorber para poder vivir para siempre, un hijo nace écade y otro chaín; si son tres hijos, el mediano siempre es normal, pero si son cuatro, habrá dos écade y dos chaín. Tu madre va a estar bien y tu padre también, sin la chaín más reciente, ellos ya no tienen ningún vínculo con los écade, y tampoco pueden hacerles daño, es la norma. Solo se daña a la chaín, no al hijo corriente. Es triste, pero tiene su lado bueno, apuesto a que tú nunca has estado enferma o te has roto algo, ni siquiera raspones. Eso es tu poder protegiéndote, será incluso mejor cuándo tengas dieciocho, podrás hacer magia como yo.»
―¿Oro? ―le miré escéptica.
―No, pero será brillante como tú ―sonrió―. Estábamos predestinados, solo fíjate en lo que tú eres y yo. Chaín y lepre-Chaun.
«Idiota”, pienso y me río sin querer.»
Pero no puedo protegerme ni de ella ni de mi hermano. Es como si el mundo entero se hubiera vuelto majara. Veo las luces del coche de policía, miro cómo se detienen, el corazón me da un brinco hasta que los observo hablar con mi tía Molly, golpeo la ventana intentando hacer algo de ruido, sin embargo, es como si no me vieran u oyeran. Entonces, capto algo más, hay una pequeña luz moviéndose a ras del suelo hasta enterrarse, se distinguen pequeñas motas de tierra que se pierden en la oscuridad, debieron ser movidas por aquel punto brillante. Y algo tira de mí repentinamente, similar a las arenas movedizas. En el momento en que los agentes se dan la vuelta y suben al coche para irse, ya no veo mi cuarto.
Es un pasillo alargado de tierra con pequeños flancos de luces que dan a la tierra un tono de color bronce, unas manos me sostienen el rostro y siento unos labios apretarse contra los míos con fuerza, desesperación, pero, sobre todo, mucho amor. Reconozco la sensación de electricidad pasar por mi cuerpo como un rayo que impacta sobre la tierra.
―Solo tenemos veinte minutos. Me ha costado abrir este pasaje ―vuelve a besarme―. Aguanta, espero que no te marees.
Me sujeta en brazos, casi como una princesa, empieza a correr por el estrecho túnel hasta que caemos igual que en la bajada de una montaña rusa, me agarro a su cuello sin conseguir evitar mirar de reojo, cuando golpea con sus piernas en una pared de este, se abre una especie de boquilla que nos desplazaba hacia la derecha, izquierda, derecha, derecha, abajo, izquierda.
Repentinamente, siento un movimiento de succión que nos tira hacia arriba, el mundo entero parece girar. Cuándo aparezco en aquel pequeño salón, me abrazo al cuello de Éamon aún sin confianza de que mi cuerpo responda bien, fue el viaje al estilo montaña rusa premium más rápido y mareante que hice en toda mi vida, pero... si me vuelve a llevar en volandas, creo que me gustará probarlo otra vez.
―Ey ―giro la cabeza automáticamente, localizo a Aedan en un sofá, demasiado alegre para su ropa oscura con manchas de tierra, levantando una cerveza en nuestra dirección―. ¡Feliz dieciocho cumpleaños!
Varios meses después...
Aedan no vive con nosotros, aunque nosotros no vivimos exactamente como una pareja ―quiero decir que él tiene una habitación y yo otra de momento― no necesitamos apresurarnos, la casa de Éamon es agradable y cálida, nuestras cosas están ya mezcladas por todos lados. Los leprechaun viven como humanos corrientes en casas corrientes, a pesar de todo el oro, de forma humilde, en la pequeña ciudad, la ciudad que está más allá de los árboles que rodea mi antiguo pueblo, la que Dacy vio en su camino cuando se trasladó al pueblo. Las écade, como mi tía y mi hermano, no tienen permitido el paso ahí ni el de llevarse a una chaín como yo, que se hizo mayor, lejos de su terreno, por lo tanto, tengo capacidad de libre albedrío. Mis padres arreglaron los papeles para ir a este instituto, pudiendo portarse, al final, como los padres que son y, gracias a ellos, me quedan los exámenes para tomar el título. Dacy siempre conduce con Izan hasta más allá de los árboles para que podamos verles. Éamon y yo estudiaremos en la universidad de aquí, como me aconsejó mi madre, indirectamente, intentando protegerme. Encontré un nuevo trabajo de dependienta de una pequeña tienda de comestibles ―no quiero que, a pesar de su capacidad para el oro, lo pagara él todo y se queje cansinamente por eso. Éamon me regaló una chaqueta verde grisáceo, que parece sacada de Abercrombie, a los pocos días de vivir juntos, sospecho que cogió una de mis prendas para calcular la talla, pero esto es nuevo. Una forma en la que me dice que, aunque no soy como él, sí soy parte de su familia. Una leprechaun más, aunque sin los poderes de ellos.
Dacy me dijo que mi tía Molly se fue de casa de mis padres, hay rumores que dicen que fue a la de mi abuela dónde también vive mi tío Simon; lo lamento por él. En cuanto a mi hermano, ya se fue de casa, ella no me especificó dónde, supongo que no lo sabré, y la verdad es que no me importa, pero al menos espero que tuviera dos dedos de frente para no seguir la macabra tradición familiar, aunque estoy infinitamente agradecida de que, aquella noche, Aedan escarbara la ceniza para que Éamon pudiera abrir nuevamente el pasaje y sacarme de esa casa.
―Te quiero ―murmura contra mi oído, me besa ahí, enlazando sus manos en torno a mi estómago.
Esta vez no me da un mareo cuando me lo dice, las sensaciones siguen tan intensas como al principio, giro un poco el rostro depositando un pequeño beso contra sus labios. Voy a sacar una foto y mandársela a Dacy, diciéndole que la nueva colcha de mi cama es igual que mi chaqueta y que los ojos de mi novio, de un intenso color verde grisáceo. Una cama que, por otra parte, ya no es mía, sino de los dos, una habitación que va a ser para los dos, una etapa nueva para nuestra relación.
No va a entender el chiste todavía, pero yo sí.
―Te quiero ―sonrío y le abrazo con todas mis fuerzas dejando que la sensación de electricidad nos arrope.
Encontré un lugar en el mundo donde quiero estar, con la persona que me demuestra que la magia sí es posible.