¿Qué había sucedido en su viaje a Las Vegas para que, al entregar su currículum como secretaria de dirección en uno de los casinos más importantes, hubiera desembocado en que en esos momentos se encontrara en una lujosísima habitación de la empresa donde buscaba trabajo, tumbada sobre una cama tamaño King size envuelta en seda, con un desconocido y sexy hombre?
Raisa Elliot era la hija de un escocés afincado en Estados Unidos que se enamoró de su madre, Ania, durante un viaje de negocios que hizo a Rusia hacía ya treinta años. Como resultado del fulgurante amor que surgió entre ellos, al cabo de un año estaban casados, viviendo en la soleada California y se había producido el feliz acontecimiento del nacimiento de su única hija.
Había crecido rodeada de amor y felicidad, algunos pensaban que era demasiado confiada con la gente, pero era de esas mujeres que caían bien y a pesar de no ser guapa, no faltaba quién la consideraba sexy. Sus curvas estaban en los sitios justos y unos pechos generosos que no se veían desproporcionados a pesar de su metro sesenta que, como siempre decía, había heredado de alguna de sus abuelas. No se parecía a sus progenitores, ambos altos y esbeltos.
Cursó sus estudios en Berkeley y aunque había estado trabajando para el negocio familiar, quería probar sus conocimientos en algo diferente, así que cuando vio la oportunidad no dudó en aprovecharla.
Uno de los mayores casinos de Las Vegas buscaba una secretaria de dirección; no lo pensó dos veces, llamó a sus dos mejores amigas y les propuso un viaje a la ciudad que vivía de noche.
Tomaron el vuelo de la tarde del jueves, para que pudiera presentar la solicitud el viernes por la mañana, así tendrían dos días para disfrutar de la ciudad y de alguna de las magníficas actuaciones que estaban de moda esos días.
Se vistió de manera conservadora para la entrega del currículum, quería transmitir una imagen profesional y seria. Conocía el mundo de los negocios desde su más tierna infancia y este era como todos, aunque fuera un casino.
La recibió la secretaria de recursos humanos y cuando le dijeron que esperara en la antesala, se puso un poco nerviosa. Tras esperar un cuarto de hora, la misma mujer la hizo pasar a un despacho amueblado muy moderno con una gran mesa de madera pulida y un ordenador de última generación.
Le iban a hacer una entrevista .No era muy habitual que el mismo día de la entrega de la documentación se desarrollara, pero parecía que en esa empresa la política era diferente.
Entró otra mujer presentándose como la Directora de sección. Raisa se levantó cuando se acercó, le dijo su nombre y le tendió la mano; el apretón fue fuerte pero no demasiado, solo quería transmitir seguridad.
La entrevista fue cordial y seria, repasaron el documento y le preguntó por sus ambiciones y proyectos, además de querer saber qué podía aportar al negocio. Habló con calma y sinceridad, a pesar de que los nervios se la comían por dentro. Cuando todo finalizó, la mujer le dijo que en dos o tres días le dirían algo, e insistió en que le contestarían con rapidez, no les gustaba que la gente pensara que no los tomaban en serio. Si la aceptaban la incorporación sería inmediata.
Le agradeció la franqueza y con otro apretón de manos a través de la mesa se despidió. No llegó a salir del edificio porque estaban alojadas en él. Pensaron que ya que se presentaba a ese puesto, también quería conocer de primera mano, cómo funcionaba cuando lo disfrutabas como usuaria externa y ver qué mejoras se podían emprender. Creía firmemente que desde el escalón más bajo se apreciaban mucho mejor las cosas, y no desde un despacho al cual muchas veces no llegaba la información.
Sus amigas la esperaban en la habitación, cuando llegó les relató todo lo sucedido y que tenía la impresión de que era una empresa bastante seria y que había posibilidades.
Una vez se cambió de ropa, salieron a conocer la ciudad. Pasaron un día muy divertido y a última hora de la tarde fueron al espectáculo de Seline Dion. Su padre le había conseguido las entradas por que era muy difícil acceder a ellas. Disfrutaron de la maravillosa actuación. Después, fueron a jugar un rato a las máquinas tragaperras.
Todo había sido muy emocionante. Con ese toque eufórico que la acompañaba desde la mañana les propuso a sus amigas ir a jugar al póker. Tras años sin hacerlo, esperaba no haber perdido su toque. Cuando era estudiante jugaba en las timbas que organizaban los chicos por las noches, pequeñas apuestas que le reportaban algo de dinero que la ayudaban en sus gastos habituales a pesar del trabajo a media jornada que tenía.
Sus padres podían haberle pagado los estudios, pero siempre había sido muy independiente, y como muchos otros estudiantes se había hipotecado hasta las cejas y había pagado religiosamente al banco con lo que ganaba de camarera, y después con el trabajo en la empresa de su progenitor.
Eligió una mesa de pequeñas apuestas. Los minutos pasaban y el juego se le dio muy bien, algunas partidas le reportaban la cantidad suficiente para poder perder en otras y seguir jugando.
En la mesa eran cuatro los oponentes, y como sus amigas se aburrían y no sabían jugar, le dijeron que se iban a la habitación a descansar, ella les comentó que no tardaría en seguirlas, pero estaba tan concentrada que perdió la noción del tiempo.
Uno de los jugadores abandonó la mesa y se sentó un nuevo participante que la descentró, un hombre vestido con un impecable traje gris plata y una nívea camisa en la que sobresaltaba una corbata oscura. El cabello negro le caía sobre los hombros y unos ojos verdes posaban la mirada sobre las demás personas sentadas a la mesa en un implacable escrutinio. Un jugador nato con manos de tahúr.
Alto y corpulento, parecía un guerrero a punto de enfrentarse a una batalla y esa batalla era el juego. Si lo comparaba con los otros dos jugadores, no tenían nada que hacer, era un ganador. Ya solo su presencia intimidaba un poco, los sentados a la mesa, incluida ella, vestían de manera informal, él se llevaba todas las miradas.
Durante unos segundos el escrutinio a la que la sometió hizo que todas las células de su cuerpo se revolucionaran, era un hombre muy sexy, que podía hacerle perder la concentración en el juego.
Una nueva partida comenzó y dos horas más tarde, en esa mesa solo quedaban ellos dos. Era muy interesante verle jugar, ambos utilizaban técnicas parecidas. Se sentía fascinada por todo lo que estaba viviendo, pero la adrenalina empezaba a disminuir y el cansancio aparecía, eso no era bueno para la partida, decidió dejarlo en un punto en donde había ganado, prefería retirarse a tiempo.
―¿Jugamos una última partida sin dinero? ―preguntó él con una voz profunda y grave que le produjo una ligera taquicardia.
―¿Una partida sin apostar dinero? ―cuestionó un tanto escéptica.
―Sí ―afirmó―, apostaremos otra cosa.
―¿Qué? ―preguntó Raisa elevando una ceja en un gesto con cierta arrogancia.
―Una noche ―contestó mientras acariciaba la mesa con la mano derecha, ella no pudo evitar imaginar esa mano sobre su piel y no sobre el tapete.
―¿Una noche para qué? ―curioseó no teniendo muy claro qué era lo que podía estar jugándose.
―Una noche en donde uno hará lo que el otro quiera ―soltó el hombre de manera pausada, como si degustara las palabras.
―Eso es muy vago, no sé si me interesa ―dijo de una manera que denotaba prudencia.
―Una cena y sexo si gano yo, y lo que tú elijas si eres la vencedora.
Era toda una tentación lo que le estaba proponiendo, si ganaba ella podían hacer lo que quisiera durante una noche, eso podía ser muy interesante y si ganaba él, cena y sexo, que tampoco sonaba nada mal.
La gente que los rodeaba observándolos estaba expectante ante la propuesta que le estaba haciendo, parecía que todo el mundo contenía el aliento. Debía ser algo inusual, incluso la cara del crupier era de extrañeza y como si supiera algo más que a ella se le escapaba.
Al final asintió con la cabeza y una nueva partida se inició entre los dos, ambos contrincantes estudiándose minuciosamente, no permitiéndose ningún fallo. Él era un tipo con dinero, se le notaba la clase que desprendía con su sola presencia, si ganaba podía hacer que las llevara a todas a cenar a algún restaurante distinguido y después… bueno, después se lo pensaría.
Tenía un full, una muy buena jugada, así que arriesgó y las puso sobre la mesa. Mientras lo miraba fijamente, le pareció ver un pequeño destello de regocijo en esa penetrante mirada verde, que se difuminó al momento.
―Escalera de color ―dijo él con su impecable voz y una sonrisa sincera que le fundió todas las neuronas.
Se quedó estupefacta, durante unos segundos en su cara apareció la sorpresa y escuchó los jadeos de las mujeres que contemplaban la partida y los vítores y aplausos de los hombres.
Le costó un tiempo asumir su derrota y lo que conllevaba, pero lo hecho, hecho estaba. Se levantó y le dio la mano, como siempre apretó con firmeza, él hizo lo mismo pero la retuvo durante unos instantes más de lo habitual.
El público se disolvió y él se acercó a para mantener la conversación en un plano más íntimo, mientras el crupier cerraba la mesa, ya era de madrugada.
―Está alojada en el hotel ―constató él.
―Sí, ¿cómo lo sabe? ―preguntó.
―Digamos que tengo contactos. Ha sido una dura contrincante, hacía tiempo que no jugaba una partida con una amateur tan excelente ―comentó mientras le cogía la mano derecha y se la llevaba a los labios depositando un suave beso sobre sus nudillos.
―Entonces estoy en desventaja, no sé nada de usted ―dijo manteniendo la mirada fija en sus ojos.
―La verdad es que no es muy relevante, Raisa.
―Incluso conoce mi nombre, no sé si sentirme alagada o alarmada ―explicó en voz alta sin perder el contacto visual.
―Pasaré a buscarte por tu habitación a las seis de la tarde, iremos a un lugar informal a cenar, no te preocupes por la ropa.
Y con esa frase que la descolocó, se giró y despareció de su vista, casi como había aparecido, sin darse cuenta.
***
Eran casi las seis y empezaba a ponerse nerviosa, como siempre había sido demasiado confiada e impulsiva. Las dudas empezaron a aflorar cuando se había levantado esa mañana y les había contado a sus amigas lo que había sucedido e iba a pasar.
Menos mal que ellas estaban allí. ¿Y si era un asesino?, ¿o un perturbado mental?
El día había pasado como una exhalación, se habían dedicado a disfrutar de la ciudad e ir de compras. Le había dicho que sería informal, pero ella sabía que informal para algunas personas con mucho dinero eran unos tejanos de Armani.
De todas formas se puso una blusa de color turquesa y unos pantalones blancos, había recogido su cabello castaño en un moño bajo y un par de mechones sueltos medio rizados le enmarcaban la cara, acentuando sus rasgos eslavos.
El maquillaje era suave y un gloss de color rosado daba un ligero color a sus labios. Sus ojos azules estaban fijos en el espejo que le devolvía la mirada y aunque sabía que sus amigas no paraban de hablar, era incapaz de concentrarse en lo que decían.
Ellas serían testigos de quién era él antes de irse, por si acaso. Cada vez que lo pensaba, estaba más convencida de que era una locura, pero siempre pagaba sus apuestas, y esta la había perdido, tenía el coraje suficiente para asumirlo.
Sonaron unos toques en la puerta y al abrirla se sorprendió por lo que vio, él estaba allí plantado cuan alto era, debía rozar el metro noventa, vestido con unos tejanos, una camiseta negra de manga corta que marcaba su maravillosa musculatura y una cazadora de piel debajo del brazo.
―Hola, ya veo que cuando dijiste informal, era realmente lo que querías decir ―comentó mientras lo hacía pasar dentro de la habitación apartándose de la entrada.
Una vez estuvieron dentro, él le tomó la mano y posó sus labios sobre los nudillos, mirándola fijamente.
―Te presento a Tess y Marie, mis amigas… él es…. ―y se quedó la frase en el aire porque todavía no sabía cómo se llamaba.
―Alexander Faulkner ―concluyó mientras tendía la mano a cada una de las chicas y les daba dos besos en las mejillas.
Le pareció un bonito nombre que se adaptaba perfectamente al hombre.
―¿Nos vamos? ―preguntó.
―Sí, claro ―contestó, despidiéndose de sus amigas y con toda la intención del mundo dijo que las llamaría esa noche.
―No voy a secuestrarte, solo vamos a cenar y a… bueno, ya lo iremos viendo ―dijo cuando ya estaban en el ascensor, le cogió la mano y ya no la soltó.
―Como comprenderás, tengo mis reparos de cara a esta noche, hasta hace pocos segundos no sabía ni tu nombre y ahora me voy contigo sin saber cuándo voy a volver y qué va a pasar realmente ―dijo girándose para mirarlo.
―Vamos a charlar y a cenar, así que relájate y siempre que quieras llama a tus amigas si eso te hace sentir mejor ―aseveró.
Lo que le explicó le hizo sentir solo un poco más tranquila, le gustaba ese hombre y si acababan en la cama, creía que sería una experiencia increíble. No tenía mucha práctica con el sexo, había tenido un par de relaciones serias, pero esta sería la más rápida de su vida, conocerlo ayer e irse a la cama hoy.
Salieron del hotel y una limusina los esperaba, era impresionante, a pesar de lo de la informalidad se encontró sintiéndose bien con la ropa que había elegido, le transmitía seguridad.
Era un tipo con mucha confianza en sí mismo, tanto en traje como con tejanos se le veía cómodo. Tras unos quince minutos de trayecto el coche aparcó delante de un pequeño y coqueto restaurante italiano.
Entraron y allí una mujer de mediana edad se les acercó y saludó a Alex con gran efusividad.
―Raisa, te presento a Isabella, la mejor cocinera del mundo, sus pizzas son inigualables ―afirmó mientras se acercaban a una pequeña mesa dispuesta para dos comensales en una coqueta esquina del restaurante.
Una vez sentados, eligieron de la carta un par de platos y él solicitó un chianti. Cuando se lo sirvieron tomó dos sorbos y comenzó a relajarse, todo parecía muy normal, una cena en un sitio pequeño y familiar, con gente que parecía conocerlo y apreciarlo.
Llegó la comida y charlaron, sobre todo ella, le contó parte de su vida y a lo que había ido a la ciudad. Durante un segundo pareció sorprendido, pero enseguida puso cara de póker, se le daba muy bien; él le habló sobre sus negocios, aunque pronto desvió el tema hacia otros temas más personales. Tenían aficiones comunes, como el juego que los había unido, grupos de música y eran fans incondicionales de Los Angeles Lakers.
Fue todo muy agradable, él era un hombre fascinante y encantador, le cogía la mano a través de la mesa haciéndola sentir especial.
Terminaron de cenar y la limusina esperaba en la puerta, siguieron comentando lo bueno que había estado todo. Cuando fue a pagar él se negó en rotundo, diciéndole que eso no entraba dentro del trato, ella lo había malinterpretado.
Llegaron al hotel y subieron al ascensor, que los llevó al piso más elevado, entraron en una preciosa suite de lujo y entonces comenzó a ponerse nerviosa, él lo percibió enseguida.
―No te preocupes, no va a pasar nada que no quieras ―dijo para tranquilizarla a la vez que le acariciaba la mejilla con un dedo, no creía que se le fuera a tirar encima, pero la incertidumbre no era buena compañera.
De nuevo de la mano, se acercaron al gran ventanal que tenía la habitación para contemplar la ciudad en todo su esplendor desde ese lugar, era algo mágico, podía entender como mucha gente se quedaba atrapada en ella.
Sobre una mesa de la suite había una botella de champán y dos copas, él la dejó contemplando las vistas mientras servía el líquido espumoso, volvió a acercarse y le tendió una.
―Por una noche maravillosa ―dijo mientras brindaba y se llevaba la copa a los labios. Hizo lo mismo, pero en esa ocasión no lo miró a los ojos, miraba sus labios con admiración, pensando cómo sería ser besada por ellos.
Si tenía que ser sincera consigo misma, estaba excitada, toda la situación había contribuido a ello, la apuesta, el misterio, él.
Le quitó la copa de la mano y volvió a dejarlas sobre la mesa, entonces fue ella la que se acercó, quedando uno frente al otro.
Él subió las manos hasta su cabeza y le deshizo el recogido, dejado su melena suelta. Colocó las manos enmarcando las mejillas y se inclinó para besarla, probó sus labios al principio y pasó su lengua sobre ellos, entreabrió la boca y dejó que la invadiera. Sabía al champán que acababan de tomar.
Ella lo abrazó, metiendo las manos por debajo de la camiseta y acariciando la musculosa espalda.
Alex levantó la cabeza y durante unos segundos la miró fijamente, como si estuviera tomando una decisión transcendental.
La tomó de la mano y atravesaron la estancia para entrar en el dormitorio. Ni por un momento se le pasó por la mente negarse, quería lo que iba a suceder, estaba muy tranquila y excitada.
Delante de la cama, sin decir ni una palabra comenzaron a desnudarse el uno al otro, solo se escuchaban sus respiraciones. Le quitó la camisa y observó el sujetador de encaje rojo que llevaba, pasó sus dedos con suavidad sobre el pecho marcando la forma de esa prenda íntima.
Continuó desabotonándole el pantalón y descubrió que llevaba un tanga que no dejaba nada a la imaginación, cuando terminó ella le quitó la camiseta y se dedicó a acariciarle los abdominales y el torso, hasta que se inclinó y besó uno de sus pezones. Desabotonó los tejanos y bajó la cremallera.
Le quitó los pantalones y con ellos arrastró los calzoncillos liberando su largo y duro pene, dejándolo totalmente desnudo. Tenía una anatomía perfecta, le quitaba el aliento contemplarlo.
La llevó a la cama y se tumbaron juntos sobre unas sábanas de seda que acariciaban su cuerpo e incrementaban las sensaciones.
Desabrochó el sujetador y jugó con sus pechos, los besó y succionó, creía que moriría de placer, era lento y concienzudo, estaba muy duro y cuando intentó coger su pene, no se lo permitió.
―Todavía no, tenemos toda la noche ―dijo él mientras continuaba el asedio a sus pezones y sus pechos.
Una de sus manos comenzó a vagar hacia el centro de su calor, estaba muy húmeda y los jugos ya habían traspasado el tanga, mojando sus piernas. Le quitó la pequeña pieza, colocándose entre sus muslos, dejándola totalmente abierta y expuesta a su escrutinio.
Su hendidura brillaba y sus labios menores se habían abierto como una flor, iba depilada por completo, su exposición era plena ante él. Parecía que le gustaba por los sonidos que emitía y sus jadeos.
Pasó un dedo rozándole el clítoris y pensó que se iba a correr en ese mismo momento, alzó las caderas en un intento por obtener más caricias. Sus pezones estaban duros como pequeñas piedras preciosas, anhelaba que la tocara, que su pene la penetrara, pero, parecía querer torturarla, intentaba tocarlo y él se apartaba. Se sentía incompleta, necesitaba que entrara en su vagina y la llevara al orgasmo enseguida, creía que no lo iba a poder resistir.
―Confía en mí ―dijo mientras se levantaba, dirigiéndose a una cómoda que había en la austera estancia y abría un cajón del que sacó unas esposas recubiertas de piel.
Iba a atarla a la cama y dejarla totalmente sumisa ante lo que él quisiera hacerle.
Se acercó y la miró en busca de su consentimiento, esta situación de dominación todavía la estaba excitando más, si eso era posible, entonces asintió.
Con suavidad le puso las esposas que pasó por detrás del cabecero de la cama, se sentía lujuriosa y depravada, no había hecho nunca nada como eso.
―Abre las piernas todo lo que puedas para mí ―dijo él mientras rodeaba la cama observándola y acariciándose el pene con movimientos lentos y rítmicos. Se acercó hasta la mesita de noche y sacó un preservativo que se colocó con destreza.
Volvió a tumbarse sobre la cama y, ubicándose entre las piernas de ella, se dedicó a torturar sus hinchados labios menores con la lengua en busca de su clítoris. Estaba a punto de estallar cuando dejó de acariciarla.
Volvió a sus pechos, de nuevo mordisqueó sus pezones produciendo pequeñas descargas que llegaban hasta su útero.
Estaba tan húmeda que había comenzado a mojar las sábanas de seda que la acariciaban en cada pequeño movimiento que hacía. Empujaba sus pechos en busca de más atenciones, quería juntar las piernas para intentar autoacariciarse, era un dolor indescriptible el que sentía en el centro de su feminidad, quería ser empalada por ese pene y que la acariciara hasta que la consumiera el orgasmo.
―Tócame, por favor tócame ―solicitó desesperada.
―Pronto, muy pronto ―contestó entre jadeos.
Lo que sucedió después la descolocó un poco, le quitó las esposas y la giró de tal manera que quedó a cuatro patas, con unos cojines bajo su abdomen para que su trasero quedara elevado.
Él continuaba entre sus piernas y acarició cada nalga, masajeándola y rozando su hendidura. La excitación era máxima.
Pasó un dedo por el medio, buscando su clítoris de nuevo. Con los dedos untados de sus jugos, la penetró, primero con un dedo y después con dos, preparándola para lo que tenía que suceder.
La llevaba hasta el precipicio y después descendía, estaba volviéndola loca de placer. Continuó su asedio y de vez en cuando le pellizcaba el centro de su excitación, llegó incluso a acariciar y jugar con su ano con los dedos totalmente húmedos.
Cuando pensaba que se iba a ahogar con su propia falta de aire, la penetró. Su largo y duro pene la llenó por completo.
Comenzó con un ritmo lento, ella elevaba sus nalgas para que tuviera más acceso a su interior y las embestidas fueran más profundas, sus pechos se bamboleaban con el movimiento que él imprimía.
Los jadeos y las rápidas respiraciones de ambos llenaban de sonido la lujosa suite, y cuando pensó que ya no podría resistirlo más, estalló en un orgasmo brutal que la dejó totalmente desmadejada, todavía no se había corrido.
La volvió a colocar sobre su espalda penetrándola de nuevo, aceleró el ritmo y se excitó con las caricias que a la vez recibía su clítoris.
En ese momento ambos se corrieron a la vez, notaba cómo su pene se movía en su interior quedándose seco de semen mientras su vagina seguía contrayéndose rítmicamente.
Tras el placentero momento se derrumbó sobre ella y durante unos segundos ninguno de los dos se movió. Fue él el que se apartó, arrastrándola hasta su lado y la besó en la frente. Estaban sudorosos y jadeantes todavía, una experiencia que no podría olvidar nunca.
Cuando sus respiraciones y sus cuerpos comenzaron a reaccionar, se quedaron en un estado de letargo muy agradable, ninguno hizo comentarios sobre lo que había sucedido y eso le pareció mucho más íntimo que si hubiera surgido alguna palabra.
―Tengo sed ―dijo incorporándose sobre un codo y mirándolo fijamente.
―Yo también, espera un momento ―comentó mientras se levantaba de la cama y salía hacia el saloncito.
Volvió con las copas de champán llenas y le ofreció una de ellas, se la bebió casi sin degustarlo.
―Más, quiero más.
―¿Estás segura de que quieres más? ―preguntó él enarcando una ceja con una sonrisa juguetona en sus labios.
―Sí ―afirmó.
Las copas de nuevo se llenaron y de nuevo la vació rápidamente, él en cambio se tumbó a su lado y la observó. Cuando terminó, dejó la copa de ella en la mesita y derramó un poco de champán de la suya sobre sus pechos.
―Yo también quiero más ―confirmó él lamiendo el ambarino líquido sobre su piel, iniciando de nuevo la seducción de su cuerpo.
***
Pasaron la noche juntos, y por la mañana, tras una ducha muy completa y un copioso desayuno, la acompañó a su habitación.
―Hasta pronto ―le dijo enigmáticamente a la vez que se llevaba su mano a los labios y rozaba sus nudillos, parecía que le encantaba ese gesto.
Entró en la habitación como si estuviera en una nube, sus amigas la asediaron a preguntas y ella solo podía contestar con la cabeza, asintiendo o negando.
Durante la mañana, mientras preparaban las maletas, sonó el teléfono móvil. Era la directora de recursos humanos.
―Su solicitud ha sido aceptada, mañana la esperamos en la oficina número ocho de la cuarta planta.
Con esa frase y sin poder articular palabra, todo su mundo cambió radicalmente. Llamó a sus padres para decirles que no regresaría ese día y que le enviaran una maleta llena de ropa. Menos mal que tenía el traje que había llevado a la entrevista.
Anunció al hotel que se quedaría unos días más hasta que encontrara un apartamento y acompañó a sus amigas al aeropuerto, despidiéndolas con un sabor agridulce, había conseguido lo que quería, pero estaría sola de momento en esa excitante ciudad.
Las horas pasaron rápidamente y el lunes llegó casi sin darse cuenta. Se presentó en donde le habían indicado y vio que el despacho estaba vacío. Sentándose en la silla giratoria que había detrás de la mesa, pensó en los complementos que le hacían falta para poder desarrollar su trabajo.
De pronto, el teléfono sonó.
―Srta. Elliot, pase a mi despacho ―dijo una voz masculina al otro lado de la línea, y pensó que iba a conocer a su nuevo jefe.
Se levantó recolocándose la ropa y enderezó los hombros, llevando una libreta y un bolígrafo en la mano.
Llamó a la puerta y sin esperar contestación entró.
Allí estaba Alex, sentado tras una enorme mesa llena de papeles y un gran ordenador. En un principio se sintió sorprendida pero ese momento pasó y una ligera furia estalló en su interior, lo había sabido desde el principio y se la había llevado a la cama, ¿había conseguido el trabajo por ello?
―Déjame que te explique, por favor ―le dijo levantando las manos en un tono de súplica, era una mujer expresiva y él debía haber visto todos sus estados de ánimo conforme los iba sintiendo.
―Me quedé sin secretaria la semana pasada, por eso lo del anuncio, recursos humanos se ha encargado de la selección y no me lo comunicó hasta ayer a mediodía. Cuando me contaste para qué habías venido pensé que eras una candidata y no la elegida por la directora, así que no quiero que creas que lo que ha pasado entre nosotros tiene algo que ver.
―¿Y la partida? ¿Y la apuesta? ―susurró mientras se sentaba en la silla que había delante.
―Te vi por una de las cámaras de seguridad y me gustó cómo jugabas y tú como mujer, así que bajé a conocerte, sabes que no hubiéramos tenido sexo si no hubieras querido ―dijo mientras se levantaba y se acercaba a ella.
―Este trabajo lo has conseguido porque vales para él, pero también me gustas, así que mejor para mí, espero que también sea válido para ti ―dijo ayudándola a levantarse y elevándole la cara para poder besarla.
Se sentía un poco tonta, claro que lo había conseguido por ella misma, él también le gustaba, pensó que tal vez podía funcionar y le devolvió el beso.
―¿Quieres que hagamos otra apuesta? ―preguntó mientras se separaba un poco para mirarla a los ojos y viera que iba en serio.
―¿En qué estás pensando? ―lo cuestionó mientras ladeaba un poco la cabeza con una pequeña sonrisa jugando en su boca.
―Te apuesto una cena y sexo loco durante una noche a que estamos casados dentro de seis meses ―dijo él a punto de echarse a reír a carcajadas.
―Acepto la apuesta ―contestó uniéndose a sus risas.