Alec Reeves maldecía el momento en que se le ocurrió salir de la oficina, coger el coche e irse de la ciudad de Ford McMurray un día antes de Navidad para poder entrevistar a Mrs. Anderson. Le habían dicho que vivía a unas veinte millas, no le habían explicado que el camino que debería recorrer sería como hacer un rally aunque sobre la nieve, menos mal que su nuevo cuatro por cuatro respondía de maravilla.
Otro error que había cometido era no haber contactado con la mujer, así que quizás obtendría un viaje baldío. Podía llegar hasta la puerta de su casa y que no estuviera o que no lo quisiera recibir. Así aprendería que en su nuevo trabajo las cosas no se hacían en plan salvaje, sino que quizás con una llamada de teléfono se hubiera evitado el mal momento que estaba atravesando.
Era una famosa diseñadora y fabricante de bolas de nieve. Parecía una tontería, pero era conocida en todo el mundo, delicadas y preciosas obras de arte por las que la gente podía llegar a pagar verdaderas fortunas.
Él se había instalado en esta pequeña localidad en busca de una nueva vida, invirtió todo lo que tenía en abrir un periódico que se iba a dedicar a las noticias locales. Cuando averiguó que Mrs. Anderson vivía en las cercanías, pensó que estaría bien que el editorial de la primera tirada estuviera dedicado a su trabajo.
Durante muchos años había sido corresponsal de guerra y la verdad era que había sobrevivido a circunstancias de lo más variopintas, así que no podía ser tan complicado recorrer una carretera llena de nieve.
El GPS le indicaba que estaba a punto de llegar, estaba nevando y la visibilidad era bastante deficiente, por lo que decidió no volver atrás cuando ya estaba tan cerca de su objetivo.
Pero entonces las ruedas se deslizaron sobre una placa de hielo y no pudo corregir la dirección del coche, yendo directamente a chocar contra un árbol. El airbag no se abrió y se dio un golpe contra el volante, haciéndose una pequeña herida en la frente que sangraba, no mucho, sin embargo, no cedía. No había perdido el conocimiento, a pesar de ello, maldijo más su mala suerte.
El coche nuevo con toda la chapa abollada, y él, con un golpe en la cabeza y con los copos de nieve cayendo continuamente.
«Bueno, y ahora ¿qué hago?», pensó, mientras contenía la hemorragia con la mano y buscaba un pañuelo con la otra para taponarla.
La casa de la mujer debía de estar casi delante de sus narices, así que decidió aventurarse a salir del coche y llegar hasta ella.
La nevada empezaba a ser más abundante, por lo que cogió la mochila en la que llevaba el portátil y, con una mano apretándose la herida de la frente, comenzó a caminar hacia la derecha de donde el cuatro por cuatro había quedado tirado; desde allí se veía una columna de humo que pensó debía pertenecer a la chimenea de la casa de la artista.
El frío que sintió en el exterior lo espabiló un poco, pero la verdad era que empezaba a sentir algo de náuseas y un incipiente dolor de cabeza.
Caminó unos metros, y aunque al principio parecía que había sido un golpe un poco tonto, la cosa se estaba poniendo seria, a pesar del frío que hacía estaba sudando y la sensación de mareo iba en aumento, además del estómago revuelto.
Había acertado acercándose a aquella zona, ya que tras unos metros, se abrió ante su campo visual una casa. Los pasos cada vez se le hacían más pesados, el levantar un pie tras el otro y ganar terreno se le estaba haciendo difícil.
A través de las ventanas de la casa se veía luz, no era muy tarde, pero en aquella zona enseguida oscurecía. Continuó caminando hasta que llegó a la puerta y llamó mientras rezaba para que le abrieran y lo dejaran sentarse en algún sitio, porque se sentía mareado de verdad.
Sus plegarias se cumplieron cuando finalmente se abrió. No tuvo tiempo de presentarse ni de decirle qué había sucedido, simplemente, cuando intentó abrir la boca para pronunciar la primera palabra, entró en una especie de espiral perdiendo el conocimiento y cayó como un tronco encima de la mujer que tenía delante y que le había abierto la puerta.
Emily no esperaba a nadie, ni a esas horas ni ese día, pero al oír la llamada se asomó a la ventana y vio a un hombre que se sujetaba un pañuelo lleno de sangre sobre la frente, así que no lo dudó y abrió la puerta. Tal vez fuera una imprudencia, pero cuando observó que estaba herido no pensó en que podía ser un ladrón o algo peor, reaccionó en plan vamos a ayudar.
Cuál fue su sorpresa cuando vio que el hombre iba a decir algo y, poniéndose aún más pálido de lo que ya estaba, perdía el conocimiento y se desplomaba encima de ella. Pesaba una tonelada, pero mejor así que no que se hubiera caído directamente al suelo y se hubiera hecho otra herida en la cabeza.
Todo le parecía algo surrealista. A un día de la Navidad, con una copiosa nevada, tenía a un hombre herido encima de ella en el suelo de la entrada de su casa. Siempre le habían sucedido cosas algo extrañas, pero ésta se llevaba la palma.
Intentando serenarse, con cuidado, apartó al desconocido dejándolo en el suelo, se levantó y cerró la puerta; hacía un frío de mil demonios e iban a necesitar mantener la casa lo más caliente posible.
Cogió al hombre por las axilas y haciendo verdadera fuerza lo arrastró hasta la alfombra que había delante de la chimenea para que entrara en calor y poder valorar la herida, que no paraba de sangrar ahora que no la comprimía con el pañuelo.
Fue a buscar una toalla y lo hizo rodar hasta acomodarlo como pudo, le quitó el anorak, le colocó un cojín debajo de la cabeza y lo tapó con una manta de patchwork que tenía en el sofá. Con la toalla envolvió la cabeza para que el hombre y la alfombra no se mancharan más de lo que ya lo estaban, y ver si la hemorragia cedía.
Utilizó el botiquín que guardaba en el cuarto de baño, y una vez limpia la herida pudo observar que no era muy grande, pero que estaba en una zona muy irrigada, por eso no paraba de sangrar.
La desinfectó, le puso unas tiritas de aproximación y presionó unos minutos sobre la herida hasta que esta dejó de sangrar. Él todavía no había recuperado el conocimiento, pero su respiración era regular y no tenía tan mal color como cuando se había presentado ante su puerta.
Menos mal que tenía algunos conocimientos de primeros auxilios y no se mareaba ante la visión de la sangre, porque si no, serían dos los desmayados sobre el suelo.
«¿Quién será?», pensó.
Tenía que haber llegado en coche, ya que su casa estaba bastante alejada de la ciudad como para poder desplazarse andando, y más en un día como aquel. ¿Sería un suicida? ¿Estaría loco? ¿A quién se le ocurría meterse en la carretera con el tiempo que hacía en una zona aislada?
Como el hombre estaba tranquilo y la herida ya no sangraba, decidió forrarse de ropa y salir a ver si había algún indicio de lo que le había sucedido a su desconocido, oh, sí, porque ahora era su desconocido.
Bajó por el camino de la entrada y allí vio el gran 4x4 negro con la parte delantera aplastada contra uno de los árboles que se encontraban en la carretera antes de llegar al pequeño sendero que llevaba a su casa. Conocía la zona, pero con esa nieve no le extrañaba que se hubiera producido el accidente.
Además, la temperatura estaba bajando y probablemente las placas de hielo harían el camino intransitable. Debía tener poca costumbre de conducir bajo esas circunstancias, porque no llevaba puestas las cadenas.
La puerta del coche no estaba cerrada, así que buscó que no hubiera ningún objeto que no debiera quedarse allí. Olía a nuevo, registró la guantera y observó que tenía la documentación en regla. Se la puso dentro del anorak para que no se mojara y volvió a la casa.
Su desconocido seguía inconsciente, si en un rato no despertaba, llamaría a los servicios de rescate para ver qué hacían. Se quitó la ropa y dejó los papeles encima de la mesa del comedor. La curiosidad pudo con ella y miró el nombre que aparecía en la documentación. Bien, por lo visto, Alexander Reeves era el propietario de un 4x4 que tendría que entrar en el taller de reparaciones muy pronto, una pena para un coche que se veía tan nuevecito.
Se preparó una taza de chocolate bien caliente, añadió un par de troncos al fuego del hogar y se sentó en el sofá a esperar a que el hombre despertara.
«Por favor, que alguien pare todas las bandas de instituto del estado de Massachusetts que están sonando dentro de mi cabeza», pensó Alec cuando empezó a recuperar la conciencia. Recordaba haber cogido el coche para ir a entrevistar a Mrs. Anderson, que nevaba y que, cuando debía estar a punto de llegar a su destino, chocó contra un árbol. Caminó hasta una casa y se desplomó sobre una mujer.
Sí, eso resumía bastante bien lo que había sucedido, pero no entendía por qué las bandas de instituto resonaban en su cabeza con tanta intensidad.
Abrió los ojos y giró la cabeza inspeccionando el entorno, estaba en el suelo, a la derecha, una preciosa chimenea tenía un crepitante y acogedor fuego, y a la izquierda había un sofá bastante grande en donde estaba la mujer sobre la que había caído; se encontraba recostada y con los ojos cerrados, debía estar echando un sueñecito, pero en cuanto se movió llevándose la mano a la frente, ella se despertó, lo miró y bajándose del sofá se inclinó sobre él.
―¿Cómo se encuentra? ―preguntó.
―¿No les puede decir a los chicos de la banda que dejen de tocar?
―¿Los chicos de la banda?
―Perdone, tal vez sea algo metafórico. Es que tengo un increíble dolor de cabeza y es como si las bandas de instituto de todo un estado estuvieran resonando dentro de ella.
―Bueno, lo único que podemos hacer para eliminar a toda esa gente tocando es que se tome un analgésico, supongo que ahora que se ha despertado puede hacerlo.
―Se lo agradecería ―murmuró él mientras volvía a cerrar los ojos.
Ella se levantó y fue en busca del calmante, él la oía caminar con pasitos rápidos sobre el suelo de madera. Cuando volvió sobre la alfombra, se arrodilló a su lado y, poniéndole la pastilla en la boca, con cuidado le levantó la cabeza y le puso un vaso con agua en los labios.
―No beba mucho, no sea que le revuelva el estómago.
―Gracias ―dijo una vez terminó de beber―, no me había dado cuenta de que también tenía sed.
―¿Cómo se encuentra para levantarse y echarse en el sofá? El suelo es de lo más incómodo ―comentó la mujer.
―Creo que podré, aunque supongo que hasta que me haga efecto la pastilla, los chicos tocarán bastante fuerte.
―Sí ―corroboró ella ―es muy posible, pero al menos estará más cómodo.
Así que, como ambos estaban de acuerdo, ella le ayudó a incorporarse y a tumbarse en el sofá. Le acomodó el cojín debajo de la magullada cabeza y la mantita sobre el resto del cuerpo.
Cuando Emily fue a preguntarle cómo se llamaba, aunque ya suponía que era Mr. Revees, se había quedado de nuevo dormido, supuso que el esfuerzo había sido mayor de lo que pensaban.
Pensó que cuando volviera a despertar, tal vez tendría hambre; prepararía un poco de sopa y después se pondría a trabajar, ahora que su desconocido estaba tranquilo, continuaría con su rutina.
Le encantaba meterse en el taller y diseñar sus pequeñas creaciones, jugaba con las formas, las texturas y los colores, y aunque era un contratiempo que ese hombre hubiese aparecido, su pérdida de conocimiento le permitía no descuidar su trabajo, no era que nadie la apremiara, pero le gustaba cumplir con los plazos que ella misma se marcaba.
La época navideña era el tiempo en el que más ventas se realizaban, y aunque en lo que estaba trabajando sería para la temporada del año siguiente, era muy minuciosa a la hora de invertir su tiempo laboral.
Una vez hubiera cumplido con lo que estaba haciendo, se podría dedicar a su otra gran pasión, la lectura, pero de momento se centraría en su trabajo y después vería cómo evolucionaba su invitado inesperado.
Alec despertó de nuevo, su cabeza ya no parecía un bombo golpeado y olía maravillosamente a sopa casera, ya no se sentía mareado y su estómago comenzaba a rugir. No sabía qué hora era, pero debían haber pasado muchas desde que desayunó. Intentó incorporar un poco la cabeza para poder ver dónde se encontraba su anfitriona.
Pobre mujer, había caído sobre ella inconsciente, le había curado la herida, le había dado analgésicos y dejado estar sobre su sofá. Se encontraba calentito y con ese olorcito a sopa, estaba con ánimos de levantarse.
Desde su posición no podía verla, debía estar en otra habitación, lo que sí veía era al frente una mesa con cuatro sillas a su alrededor y encima una bonita escultura de cristal de Murano. Detrás del conjunto, en la pared, un enorme cuadro con una marina con un mar embravecido y un barco luchando por no hundirse. Se dio cuenta de que las paredes estaban pintadas de un color indefinido, no era gris, pero tampoco era crema, una extraña combinación que daba sensación de calidez.
El salón era grande, no había demasiados cuadros colgados, solo pequeñas litografías diseminadas por la estancia, la chimenea era de piedra, tipo medieval, preciosa, y caldeaba toda la estancia y, posiblemente, parte de toda la casa. Intentó incorporarse y, aunque parecía que se mareaba, controló la sensación y se pudo sentar.
Ella apareció por una puerta que había al fondo de la habitación a la izquierda, ahora que la miraba con más detenimiento, se sorprendió un poco. No esperaba que su anfitriona fuera tan joven, creía que Mrs. Anderson sería una señora mayor, pero esa mujer no debía tener más de unos treinta años; igual era su hija o su nieta.
No era muy alta, pero tampoco bajita. Delgada, llevaba un gran jersey negro que debía ser tres tallas más grande de lo que le correspondía y unas mallas también negras. Estas oscuras ropas contrastaban vivamente con su color de pelo, rubio platino muy cortito, se le disparaba en todas direcciones, la imagen que daba era divertida. Cuando vio que estaba despierto se acercó.
―¿Tocan mejor los chicos de la banda? ―preguntó con una media sonrisa en la boca.
―Sí, la verdad es que me encuentro un poco mejor. Parece que si me incorporo, no voy a hacer nada de lo que después me arrepienta, el olor a sopa me está resucitando.
―Es buena señal que haya desaparecido el mareo y la sensación de náusea, así que si te apetece, te traigo un poco.
―Antes, si puedo, iría al cuarto de baño, y después puedo sentarme en la cocina ―dijo él mientras se incorporaba―. No le he dado las gracias por todo lo que ha hecho por mí. Ha sido muy generosa.
―No ha sido nada que tú no hubieras hecho en caso de haberte encontrado en semejante situación, ven, te acompaño al cuarto de baño, no sea que sea demasiado el esfuerzo y te marees de nuevo, que si te caes al suelo, pesas un montón y me cuesta mucho moverte.
Era un hombre alto, medía cerca de un metro noventa y, aunque estaba bastante delgado, debía rondar los ochenta quilos.
―Lo siento, Mrs…
―Soy Emily Anderson ―continuó ella.
―Gracias por todo, Mrs. Anderson.
―Solo Emily, por favor, que si no parece que soy mi abuela… jaja… ―comentó mientras lo acompañaba y antes de dejarlo entrar en el baño.
―¿Y tú eres…? ―preguntó ella.
―Alec Reeves.
―Muy bien, Alec, al fondo está la cocina, estaré allí, si ves que no te encuentras bien o te mareas de nuevo, avísame.
―Sí, gracias. ―Y con esta escueta contestación, Alec entró en el baño y Emily se fue a la cocina.
Una vez en la cocina, Emily puso la sopa calentita en un bol y lo colocó sobre la mesa, sacó una cuchara del cajón de los cubiertos y una servilleta limpia; mientras realizaba estos trabajos manuales casi automáticamente, pensó en que ahora que lo había observado con más tranquilidad estando él despierto, le parecía un hombre muy guapo y muy grande.
Le sacaba un palmo y medio de altura, delgado pero fibroso, moreno, con el cabello algo rizado que se le apoyaba sobre los hombros, los ojos azules, solo una cosa desfiguraba un poco su rostro y era que seguramente se había roto la nariz, porque la tenía torcida, pero pensaba que le daba personalidad.
Se había fijado en sus manos, largos dedos de pianista, ¿a qué se dedicaría? Bueno, se lo preguntaría y ya está.
No se había dado cuenta de que, mientras hacía estas cábalas, él estaba apoyado en la jamba de la puerta, observándola también.
Se la veía de una manera muy doméstica, tenía pinta de estar acostumbrada a hacerse ella misma todo, ya suponía que una persona que vive aislada era porque le gustaba la soledad, y con toda seguridad se encargaría de las cosas de la casa en general, y en la cocina se la veía fantástica.
Cuando Emily se dio cuenta de que él estaba esperando que le diera permiso para pasar, le hizo un gesto con la mano para que entrara y tomara asiento.
―Espero que no queme ―comentó ella.
―No te preocupes, con el fresquito que tenemos no creo que dure mucho tiempo muy caliente. ―Pero él hizo un intento, y como le gustaban las cosas hirviendo no tuvo problema en empezar a tomarla. La verdad era que estaba muy sabrosa.
Ella había puesto el hervidor en marcha para prepararse una taza de té, también se la ofrecería a él, a lo mejor le gustaba. Acertó, cuando terminó la sopa y comentó lo rica que estaba, ella le ofreció un sándwich, pero lo rechazó, le dijo que prefería una taza de té.
―Es extraño que un hombre tome té en esta zona.
―Bueno, he vivido en muchos sitios y sobre todo la época que estuve de corresponsal en la zona de Oriente Medio me acostumbré a él, eso sí, muy dulce.
―Ah, pues, entonces, te saco el azúcar. ―De esta manera, ella volvió a moverse por la cocina con esa desenvoltura que a él le había gustado desde el principio. No gastaba movimientos en vano.
Cuando le puso el azucarero delante, Alec se echó tres cucharas en la taza.
―¿A qué te dedicas, pues, si has estado en todas partes, incluso en Oriente? ―preguntó con evidente curiosidad.
―He sido corresponsal de guerra muchos años.
―Así que periodista, ¿eh? ―dedujo ella.
―Sí, estudié periodismo y entré en un diario de tirada nacional que me ofreció el puesto en el extranjero, primero como reportero en diversas ciudades europeas, pero cuando se agudizaron los conflictos, me ofrecí a ser corresponsal de guerra. Tal vez hoy en día no lo volvería a hacer, pero bueno, la juventud conlleva un punto de no querer ver el peligro.
―¿Fue muy duro?
―Sí ―afirmó con la cabeza ―. Al principio fue muy difícil porque estaba solo, en una zona en conflicto en donde no sabes en quién confiar; gracias a los compañeros de profesión, en muchas ocasiones hemos salido ilesos.
―¿Y ahora? ―continuó interrogándolo.
―Y ahora, con lo que fui ahorrando, me he venido a Ford McMurray a abrir un pequeño periódico local. Dentro de un par de semanas espero poder poner a la venta la primera tirada.
―Vaya, muy interesante. Debe ser un cambio muy importante en tu vida, pasar de viajar continuamente a estar parado en una pequeña ciudad como esta.
―Estaba cansando de todo, las guerras, los muertos, el hambre; bueno, ya te puedes imaginar, lo que se lee en los periódicos o lo que sale en la televisión es una ínfima realidad de lo que está pasando en realidad. Choqué contra muchas murallas, y al final tiré la toalla. Así que aquí estoy. ―Le contó las cosas tal y como las sentía, porque le daba la impresión de que era una mujer muy intuitiva y a la que creía que no le gustaría que le mintieran, como a todo el mundo.
―Entonces, ¿cómo es que has acabado en la puerta de mi casa en un día tan poco agradable como este? ―preguntó ella a la vez que levantaba la taza para tomar otro sorbo de su té.
―La verdad es que venía para ver si Mrs. Anderson me recibía y me concedía una entrevista para el editorial del primer número. Porque tú eres la Mrs. Anderson de las bolas de nieve, ¿no? ―manifestó Alec.
Emily se reclinó en su silla, valorando lo que veía y sentía. Ella también tenía un pasado y no se había parado nunca a pensar que alguien en aquella zona se pudiera interesar por ella o su trabajo, hasta el punto de hacerle una entrevista.
Él le gustaba, a pesar de que había aparecido de improviso en su casa, cayéndosele encima. Tenía una mirada franca, así que lo consideraba sincero en lo que le estaba explicando, no la había engañado con el nombre y había contestado a cada una de sus preguntas. Curioso, muy curioso. Se sentía algo extraña.
―Pues sí ―corroboró mientras lo miraba casi sin pestañear―, soy esa Mrs. Anderson.
¿Qué iba a hacer? Quizás sí pudiera hablarle de su pasado, pero que en el artículo solo se hablara de su trabajo actual.
―Vamos a hacer una cosa, te contaré cómo he llegado hasta aquí, pero solo quiero que hables de lo que estoy haciendo ahora. No me gusta hablar de mi pasado, y valoro lo sincero que has sido hasta ahora conmigo, por lo tanto, te pido que aceptes esta pequeña petición.
Entonces fue él quien se la quedó mirando, parecía valorar lo que le había dicho; al final, asintió.
Le contó que había cursado estudios superiores en la universidad y que fue una mujer de mucho éxito en una gran empresa internacional, se había esforzado mucho en llegar a la cima. Cuando menos se lo esperaba, conoció a un alto ejecutivo de otra empresa con el que empezó a relacionarse y al final iniciaron un noviazgo que les llevó a una sencilla boda en unos meses.
Todo parecía ir genial hasta que un día él llegó a la casa que compartían y comenzó a insultarla; tras una gran discusión, él le pidió perdón y dijo que estaba muy estresado por el trabajo y que sentía haberlo pagado con ella.
Fue el inicio de la peor época de su vida, laboralmente estaba en la cima y parecía que su pareja no aceptaba de buen grado ese éxito, las discusiones continuaron hasta que un día le pegó.
Una paliza brutal que acabó con ella en el hospital y él detenido, porque tenía muy claro que no podía quedar impune, lo denunció en cuanto pudo. Su familia se volcó en ella y no la dejaron ni a sol ni a sombra, fue al psicólogo y se divorció de aquel repugnante ser.
Toda esa situación le hizo replantearse muchas cosas, laborales y personales. Le costó más de dos años recuperarse, sus constantes miedos a volver a ser agredida o a que le hicieran daño sentimentalmente condicionaron su vida, hasta que decidió empezar de cero.
Era coleccionista de bolas de nieve, y un día se le ocurrió un pequeño diseño, así que buscó información sobre cómo se hacían y empezó una nueva vida. Decidió irse a Canadá porque allí era totalmente anónima, se cambió el apellido adoptando el de su madre, y con el dinero que tenía ahorrado montó la pequeña fábrica que había en el pueblo, intentando ayudar a las familias que dependían de sus ventas.
En poco tiempo, su inversión creció y dio beneficios, se publicitaba en todas las redes sociales y a la gente le encantaban sus creaciones, tenía pedidos de todos los rincones del mundo.
Llevaba allí instalada tres años, y en esos momentos se encontraba tranquila y en paz consigo misma, cosa que le había costado mucho esfuerzo.
Cuando terminó su relato, bebió un poco más de su té y se esforzó por sonreírle a su desconocido, ahora conocido.
Alec se quedó estupefacto ante la sinceridad de su interlocutora, había visto y vivido muchos momentos infernales en su vida, pero la sencilla declaración de la mujer lo había dejado noqueado. En esos momentos se la veía muy frágil, aunque también se había dado cuenta de que esa misma fragilidad era su fortaleza.
No se había movido desde que Emily inició su relato, y en esos momentos solo quería abrazarla y matar al cabrón de su ex marido.
―Quiero agradecerte tu sinceridad y, además, que me hayas acogido en tu casa siendo un total desconocido, otra persona con tu pasado quizás no hubiera sido tan buena ―dijo removiéndose un poco en su silla.
―Si algo he aprendido también es que no todo el mundo es igual y que no se puede vivir en el pasado para siempre ―comentó a la vez que se levantaba para poner su taza en el lavavajillas.
Se había enamorado de ella, la sensación fue fulminante, lo atravesó como un rayo y pensó que no sabía muy bien qué hacer con esos sentimientos. Tal vez, cuando todo pasara, no se volverían a ver, y, además, estaba que, muy probablemente, ella no estaría interesada en él, sentimentalmente hablando.
Conforme la estaba escuchando, el artículo para el editorial tomaba forma en su cabeza, tenía muy claro cómo enfocarlo, la afición de una mujer a coleccionar bolas de nieve la había conducido a levantar un próspero negocio, esa sería la manera de trasmitir a los lectores la historia de una de sus vecinas.
Pero a la vez veía a la mujer, la persona que había sido y en la que se había convertido. Una mujer que en un momento de su vida lo tuvo todo y que por un hombre perdió su seguridad y confianza.
Ambos eran supervivientes de sus pasados, un nexo que los acercaba; fue entonces cuando él se sinceró todavía más con ella, contándole algunas de sus experiencias en los campos de refugiados y con los militares en zonas de batalla.
Pasaron dos horas casi sin darse cuenta, hasta que la cabeza empezó a dolerle de nuevo.
―Lo siento, veo que todos tenemos importantes mochilas a nuestras espaldas ―dijo ella cuando también dejó de hablar.
―Sí, a veces, la vida es complicada, por eso también yo he venido a este lugar, un poco para sanar mis propias heridas.
―Es tarde, si no tienes apetito, será mejor que nos vayamos a la cama ―comentó Emily mientras se levantaba.
―No, lo único que siento ahora es un incipiente dolor de cabeza, así que tomarme un analgésico y acostarme en el sofá será como estar en el cielo ―aseveró a la vez que la seguía por el pasillo hacia el salón.
―La verdad es que he pensado que tal vez quisieras darte una ducha y cambiarte de ropa, tengo unos pantalones de chándal de uno de mis hermanos y algunas camisetas que te irían bien. De todas formas, no voy a dejar de vigilarte, porque ese golpe en la cabeza podría traerte consecuencias, por eso he pensado que mejor te acuestas conmigo en mi cama, que es grande ―dijo ella con una naturalidad que lo dejó estupefacto.
La idea de la ducha le encantaba, pero la de acostarse en la misma cama que ella le hacía parecer un intruso, y no estaba muy seguro de querer hacerlo.
―No es necesario, creo que puede ser muy incómodo para ti, y el sofá es muy confortable ―respondió tranquilamente.
―El sofá se puede convertir en cama, pero yo estaría más tranquila si te tuviera más cerca. No me haces sentir incómoda, al contrario, me haces sentir bien, algo que no sé muy bien cómo explicarme a mí misma ―musitó mientras levantaba la mano y le retiraba un mechón de su cabello de la frente observando la herida que se había hecho en el accidente.
Se sentía muy próximo a ella, tanto física como emocionalmente, y eso lo había tomado desprevenido, no sabía qué esperar de toda la situación. Sabía que esa noche solo iban a dormir, porque no estaba en condiciones de nada más, pero al día siguiente ya no estaba tan seguro. Además, era Navidad, todo esto era un regalo bastante inesperado.
―De acuerdo ―dijo mientras asentía―, dormiremos en la misma cama. Si te parece bien, voy a llamar al periódico para decirles que estoy bien, pero incomunicado, después me daré esa maravillosa ducha que estoy seguro me hará sentir mucho mejor y después me acostaré, ¿te parece buen plan? ―preguntó con media sonrisa en la boca.
―Sí, mientras, trabajaré un rato y te dejaré descansar ―asintió ella a la vez que seguía mirándolo fijamente.
Lo miraba dormir y se preguntaba, una y otra vez, por qué le había contado la historia de su vida, algo que le parecía bastante insólito, pero le gustaba, realmente le gustaba. Era consciente de que quería algo más de él, sentirse entre sus brazos y que la acariciara y besara. Quizás era una reacción normal al estar los dos solos allí aislados. Desde lo sucedido no había querido tener relaciones sexuales con nadie, hasta que él había aparecido ante su puerta.
Sabía que no le era indiferente, durante unos segundos esa tarde pensó que la iba a besar, pero el momento pasó. Tenía aspecto de cansado y no era para menos, el accidente no se podía tomar a broma y le daba gracias a Dios por estar allí tan cerca y que no le hubiera pasado en otro lugar más remoto, porque podía haber sido una situación mucho más precaria para su salud.
Se dio una ducha ella también y se puso un pijama de franela que no invitaba a nada, hacía frío y debían mantenerse calientes. Estaba segura de que estarían aislados al menos un par de días, así que pasarían el día de Navidad juntos. Para celebrarlo, había sacado del congelador un par de solomillos que cocinaría junto con una salsa de hongos y puré de patatas. Lo acompañarían con un buen vino tinto y de postre haría galletas, además, tenía helado de chocolate, por lo que pensó que sería una improvisación para una cena que no esperaba compartir con nadie.
Llamaría a su familia para felicitarles las fiestas y tenía pensado ir a visitarlos en primavera, cuando mejorase el tiempo, ellos nunca le recriminaban que no fuera a pasar esas fechas tan especiales con ellos, porque sabían que la climatología no solía acompañar para realizar un viaje tan largo, así que, para ellos, la Navidad se celebraría en la siguiente estación del año.
Se tumbó en la cama y continuó observándolo, su respiración era pausada y no tenía rictus de dolor en la cara, tenía las cejas bastante pobladas y esa nariz rota cada vez le gustaba más. Pensando en lo mucho que le gustaba se quedó dormida.
A mitad de la noche se despertó y comprobó que él estaba igual de tranquilo, se había girado hacia su lado y lo tenía de cara, no pudo evitarlo y pasó un dedo por su nariz con una suave caricia. Se despertó al notar su contacto y sus ojos se abrieron muy lentamente, una perezosa sonrisa apareció en su rostro.
―Estoy soñando que duermo con una hermosa mujer que me acaricia ―susurró con la voz enronquecida.
―Sí, yo también sueño que duermo con un gran hombre, veo que estás bien, así que continúa durmiendo ―murmuró mientras le pasaba la mano por la mejilla.
Él volvió a su apacible sueño y ella no tardó en seguirlo.
Llegó el amanecer y cuando se despertó, se dio cuenta de que su cabeza estaba sobre el hombro de Alec y su mano encima de su torso, él tenía una mano sobre la suya y la otra estaba sobre su cadera. Durante el sueño se habían acercado y se habían colocado de esa manera tan íntima, parecía que se habían buscado el uno al otro.
Sabía que se tenía que levantar, pero estaba tan cómoda y a gusto junto a él que se quedó inmóvil durante unos minutos más, hasta que se dio cuenta de que él se había despertado y la miraba. Levantó la cabeza y, como si fuera la cosa más natural del mundo, ambos acercaron sus bocas para darse un beso suave y tierno.
―Buenos días, ¿qué tal la banda de música? ―preguntó recordando el comentario de Alec del día anterior sobre su dolor de cabeza.
―Parece que han cambiado la melodía y ahora suena «Love me tender» de Elvis, en versión light ―respondió el hombre mientras sonreía. Tenía buen aspecto a pesar de que en la zona de la herida había aparecido un hematoma que se había extendido por su frente.
―Bueno, cuando te mires al espejo, recuerda que estás de una pieza y que todo volverá a su sitio ―comentó a la vez que se separaba de él, porque no estaba segura de querer empezar en esos momentos algo que no podría parar.
―¿Por? ―preguntó él.
―Porque la banda de música es la demostración de que en tu frente ha aparecido un pequeño cuadro de color ―respondió mientras sonreía al ver que se llevaba la mano a la zona afectada.
Se volvió a acercar a él porque recordó que era un día especial y quería empezarlo de una manera feliz, y lo besó de nuevo.
―¡Feliz Navidad! ―exclamó ella manteniendo una enorme sonrisa.
―¡Feliz Navidad! ―contestó él sonriéndole también.
Alec se encontraba mucho mejor y eso se tradujo también en su humor y su manera de actuar ante ella. Se había quedado un poco más en la cama pensando en cómo se habían despertado y en el inicio del día de Navidad. La verdad era que la sonrisa que tenía en la boca no lo había abandonado desde entonces.
Se preguntaba desde cuánto tiempo no se sentía tan especial y tan bien junto a una mujer a la que no hacía ni veinticuatro horas que conocía. Lo había cuidado y mimado tras desplomarse encima de ella después del accidente y se había abierto a él en casi todos los sentidos, solo quedaba uno y esperaba que ese día ocurriera.
Escuchó que trasteaba en la cocina, así que, al final, decidió levantarse y dejar sus ensoñaciones para otro momento y ayudarla, pero ella lo envió a la ducha mientras preparaba el desayuno y lo que parecía iba ser una comida muy especial para celebrar el veinticinco de diciembre. No tardó mucho en hacerlo, así que enseguida estuvieron ambos sentados a la mesa comiendo tortitas con sirope de fresa y chocolate, además de un maravilloso café que envolvía el ambiente de la casa.
Cuando insistió en ponerse con ella a preparar la comida, ella lo envió al comedor y sacó unas cajas en donde había un árbol de plástico y algunos adornos navideños y le dijo que los colocara y después, si le apetecía, trabajara un rato en su ordenador.
Así que tras montar el árbol y decorarlo, puso algún que otro detallito por el comedor y recogió las cajas en una esquina para que ella las guardara de nuevo, se sentó al ordenador y comenzó a escribir el artículo. Al principio estaba pendiente de lo que ella hacía, se había duchado, había lavado y puesto en la secadora la ropa, y un olorcillo a comida se había extendido por la casa, pero llegó un momento en el que desconectó de lo que sucedía a su alrededor y se centró totalmente en las palabras que, dicho sea de paso, salían de su cabeza y sus manos a toda velocidad.
No supo cuánto tiempo había pasado hasta que se dio cuenta de que ya lo tenía acabado y se recostó sobre la silla mirando la palabra «Fin».
Se giró en busca de ella porque quería que lo leyera y le diera su opinión; no estaba en el salón, así que fue en su busca. La encontró en una habitación que debía hacer las funciones de taller, porque tenía varias mesas en donde había diversos materiales para poder hacer las bolas de nieve y un ordenador de última generación con los aditamentos necesarios para realizar diseños virtuales.
Estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de que la observaba desde la puerta, pero decidió dejarla un poco más, así que se acercó a la cocina y vio que ya tenía todo preparado y que, mientras ambos habían estado trabajando, se horneaban unas galletas que olían a gloria.
Entonces ella apareció en la estancia y se acercó a él.
―Has trabajado durante un buen rato ―dijo a la vez que le retiraba de nuevo ese mechón rebelde que siempre se colaba sobre su frente.
―Sí, he perdido un poco el sentido del tiempo, espero no haber sido grosero por ello ―comentó a modo de disculpa.
―No te preocupes, me ha dado tiempo a hacer un montón de cosas y yo también he trabajado un rato ―aseguró a la vez que se giraba y se acercaba al horno apagándolo y sacando las galletas.
―Me gustaría que leyeras lo que he escrito, si te apetece ―anunció, moviéndose sobre sus pies como si fuera un niño en espera de que le hicieran caso y gustara lo que había hecho.
―Claro, así le da tiempo a las galletas a enfriarse. Después nos vestiremos para la ocasión y comeremos ―dijo trasladándose hacia el comedor.
―¿Nos vestiremos? ―preguntó un tanto confuso, ya que solo tenía la ropa del día anterior y lo que le había prestado ella.
―He lavado tu ropa y ya está seca y planchada, y yo me pondré algo más acorde para la celebración ―contestó una vez llegó hasta donde se encontraba el ordenador de Alec y se sentaba delante de la pantalla.
Era una mujer maravillosa y, si no se hubiera enamorado ya de ella, en ese preciso momento lo habría hecho.
No pudo evitar quedarse detrás de ella, balanceándose sobre sus pies y con las manos metidas dentro los bolsillos del pantalón de chándal que llevaba; estaba nervioso, no podía evitarlo, su opinión era importante para él. Estaba a punto de ponerse a dar vueltas por el comedor por la impaciencia, cuando ella se levantó y se puso delante suyo.
Le impactó la imagen de ella, tenía en los ojos lágrimas no derramadas y contenidas. ¿No le había gustado?, se preguntaba mientras contenía la respiración esperando su respuesta.
Pero la contestación llegó en forma de gesto y no de palabras, enmarcó su cara con las manos e hizo que se inclinara hacia abajo para besarlo, pero esta vez no fue una simple caricia, fue un beso lleno de emoción y de pasión, en donde le informaba lo mucho que le había gustado y le había hecho sentir.
La abrazó y siguieron besándose hasta que se dio cuenta de que quería escuchar de su boca las palabras que lo mantendrían en el cielo durante mucho tiempo, mantuvo la posición en la que se encontraban pero con la mirada la interrogó.
―No tengo palabras para describir lo que he sentido mientras lo leía, sin decir nada personal, has plasmado sobre la pantalla un afición y una pasión que ha llegado a ser una parte muy importante de mi vida y que está ayudando a mucha gente económicamente y dando pequeñas alegrías y satisfacciones a las personas que compran mis creaciones ―susurró muy cerca de sus labios mientras una lágrima traidora rodaba sobre su mejilla.
Alec le ofreció una gran sonrisa y retiró la lágrima con un beso, entonces, la abrazó y así se quedaron unos minutos, hasta que ella anunció que ya era hora de arreglarse y rompió el hechizo que los envolvía.
Emily no podía ser más feliz, estaba sentada a la mesa del comedor con un hombre encantador que le gustaba y que le había demostrado, con su artículo que la entendía y salvaguardaba a su persona y su pasado.
Había elegido un vestido negro de cóctel y se había maquillado con sencillez, cuando había salido del cuarto de baño, él la estaba esperando y la sorprendió cogiéndole una mano y llevándosela a la boca para depositar una pequeña caricia sobre el dorso con sus labios, un gesto que parecía algo anticuado, pero que le había llegado al alma y la había hecho sentir muy femenina.
Ambos habían llevado la comida a la mesa y, a la hora de sentarse, Alec había retirado su silla para que se sentara en un gesto galante antes de sentarse él en la que había colocado al otro lado. Degustaron la improvisada comida navideña y él alabó que en tan poco tiempo hubiera cocinado algo tan exquisito, y le aseguró que estaba encantado con esas maravillosas galletas con helado de chocolate que habían tomado de postre.
Había salido todo a pedir de boca y se sentía tan especial que su sonrisa era permanente en su boca.
―¿Tienes equipo de música? ―preguntó él mientras le cogía la mano a través de la mesa, desde la mañana no habían parado de tocarse en cuanto tenían la ocasión.
―Sí, lo que pasa es que no lo ves porque está en el taller, pero tengo hilo musical que llega a toda la casa. ―Le gustaba mucho la música y cuando había acondicionado su hogar se había dado ese pequeño capricho.
―¿Por qué lo preguntas?
No contestó a su pregunta, con una sonrisa juguetona se levantó de la mesa y la dejó allí sentada, lo siguió con la mirada y vio que se dirigía a su lugar de trabajo, no sabía si esperarlo tal y como estaba o levantarse y seguirlo, al final, se quedó donde estaba esperando ver qué era lo que iba a hacer.
Tras unos minutos, Elvis comenzó a sonar por la casa, no recordaba que tenía un recopilatorio de canciones típicas navideñas interpretadas por él, así que un sentimiento de melancolía mezclada con una íntima alegría se arremolinó en su corazón.
Alec volvió a la estancia y, haciéndole una reverencia, la invitó a bailar con él, la risa burbujeaba en su boca y, con mucha parafernalia, ella también le hizo una pequeña inclinación de cabeza aceptando su proposición.
Fue un momento mágico, la música sonaba y bailaban abrazados meciéndose al lento ritmo que escuchaban. Terminó la canción y se paró ante él, la excitación de ambos era más que evidente, así que ella tomó la iniciativa y lo condujo hasta la habitación que habían compartido la noche anterior.
Se desnudaron e hicieron el amor, un acto íntimo que llenó sus almas y sus corazones, no sabía qué pasaría al día siguiente, pero esa noche era de ambos, para disfrutar el uno del otro.
Alec se despertó al día siguiente con una gran sensación de plenitud y alegría que hacía mucho tiempo que no sentía, el cálido cuerpo de Emily a su lado, todavía sin despertar, estaba totalmente pegado al suyo, su cabeza reposaba sobre su hombro y una de sus esbeltas piernas estaba colocada sobre las suyas.
A la vez, también sentía cierta aprensión a despertarla, ya que no podía saber qué era lo que ella sentiría o qué se dirían. No quería que esto acabara en un «ha sido una noche genial, hasta siempre», quería mantener una relación con ella, pero con su pasado quizás no quisiera nada más con él.
Notó cómo se empezaba a desperezar y levantaba la cabeza con una brillante sonrisa en la boca.
―Buenos días ―susurró Emily.
―Buenos días ―contestó él mientras también sonreía.
―No sé qué hora es, pero no me importa, creo que pasaría el día entero así contigo ―aseguró ella a la vez que le acariciaba la mejilla.
―Debe de ser tarde, porque la luz entra con bastante intensidad, a lo mejor ha salido el sol ―comentó colocando su mano sobre la suya.
Entonces ella besó su hombro y se separó de él para levantarse, Alec sintió una inexplicable sensación de pérdida y de que el momento íntimo había pasado para iniciar el momento cotidiano.
―Voy a ducharme y después prepararé el desayuno, estoy famélica ―dijo mientras salía de la habitación.
Él se quedó todavía unos instantes recostado, saboreando esa maravillosa sensación que le había dejado la caricia sobre su hombro, pensando en cómo encarar una conversación seria sobre su futuro.
Finalmente, decidió también levantarse e iniciar con optimismo el nuevo día, se puso los pantalones y se dirigió al salón para mirar por la ventana. Sí, había salido el sol, y por lo tanto había dejado de nevar, había pasado el día de Navidad y tendría que llamar a la grúa y volver al pueblo, a su vida y su trabajo. Mientras pensaba en ello, no pudo evitar fruncir el ceño.
No supo cuánto tiempo estuvo así, hasta que ella se le acercó por detrás con una taza de humeante café en las manos y se la pasó.
―Llevas un buen rato mirando a través de la ventana y sin moverte, parecías muy concentrado ―dijo pasándole el brazo por la cintura.
―Estaba pensando en nosotros y en el futuro ―comentó girándose hacia ella, quería que las cosas quedaran claras y saber a qué atenerse.
―¿Futuro? Umm, futuro, no había pensado en ello ―contestó separándose un poco de él y mirándolo fijamente.
―Voy a llamar para que vengan a recoger el coche y, entonces, tendré que irme al pueblo, pero me gustaría que pensaras en lo que ha pasado entre nosotros y valoraras que iniciemos una relación, me gustas y quisiera saber a dónde nos conduce todo esto. Sé que hace tan solo dos días que nos conocemos, pero sé lo que quiero, y es estar contigo ―aseveró manteniéndole la mirada y tomando pequeños sorbos del café que ella le había entregado.
Ella no contestó, solo asintió.
Al cabo de unos días, cuando el periódico iniciaba su andadura con, en portada, el editorial que había dedicado a Emily, recibió un paquete cuadrado no muy grande.
Se había pasado horas pensando en ella y en si debía llamarla o no, pero al final no lo había hecho porque quería darle tiempo para que pensara en ellos dos, eso le estaba matando, pero sabiendo cómo ella se había comportado con él, tenía la certeza de que en algún momento le llamaría para decirle lo que había decidido.
El paquete que estaba en sus manos no tenía remitente y lo habían entregado en el edificio del diario, así que fue uno de los colaboradores quien se lo había llevado al despacho. Ahora estaba solo y decidió abrirlo.
Estaba muy bien envuelto y tenía varias capas de protección, tras retirarlas todas, encontró algo que no se hubiera podido imaginar en la vida.
Era una bola de nieve en la que se veía una imitación en miniatura de su todoterreno empotrado contra un diminuto árbol y, al lado, una casa con una veleta en su tejado en forma de corazón, todo el conjunto estaba colocado sobre un paisaje nevado.
Miraba la preciosa bola a la vez que esbozaba una amplia sonrisa, la movió, y la imitación de nieve empezó a caer sobre la escena. Ella se había puesto en comunicación con él de una manera muy suya y única, a través de su pasión. No esperó ni un momento y, con su regalo y el periódico en las manos, se dirigió a la calle, en donde tenía un coche de alquiler esperando aparcado cerca de la oficina para poder dirigirse a la casa de Emily.
En esta ocasión, se aseguró de llevar cadenas, a pesar de que brillaba el sol y que esperaba que no nevara hasta llegar a su destino, los brazos de Emily.