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cordwainer smith

el crimen y la gloria del comandante suzdal

EL PRINCIPIO
El comandante Suzdal fue enviado en una nave cápsula para explorar lo más profundo de nuestra galaxia. Su nave era llamada Crucero, pero él era el único hombre en ella. Iba equipado con hipnóticos y cubitos para proporcionarle la semejanza de una compañía, una gran multitud de gente amiga que podía ser convocada con sus propias alucinaciones.
Ese instrumental hasta le ofrecía el poder elegir sus compañeros imaginarios, cada uno de los cuales estaba envuelto en un pequeño cubo de cerámica conteniendo el cerebro de un animal pequeño, pero impreso con la personalidad de un ser humano.
Suzdal, un hombre de baja estatura, grueso y con una sonrisa agradable, era exigente acerca de sus necesidades:
—Denme un buen par de oficiales de seguridad. Podré manejar la nave, pero si voy hacia lo desconocido, necesitaré ayuda para enfrentarme a los problemas extraños que puedan presentarse.
El oficial encargado de abastecer la nave sonrió.
—Nunca oí a un comandante de crucero que pidiera oficiales de seguridad. La mayoría de la gente los considera totalmente faltos de sentido común.
—Está bien —replicó Suzdal—, pero yo no.
—No querrá también algunos jugadores de ajedrez.
—Puedo jugar ajedrez y todo lo que yo quiera, utilizando las computadoras auxiliares. Todo lo que tengo que hacer es bajarles la energía y empiezan a perder. Con la energía en pleno siempre me ganan.
El oficial le dirigió a Suzdal una mirada extraña. No lo miró exactamente con malicia, pero su expresión fue una mezcla de intimidad y un poco de desagrado.
—¿Y qué otra clase de compañeros necesita? —le preguntó, con un dejo de burla en la voz.
—Tengo buenos libros —replicó Suzdal—, un par de millares. Estaré ausente solo un par de años terrestres.
—Subjetivo local, podrían ser varios miles de años —le dijo el oficial—, aunque todo el tiempo retrocederá conforme vaya regresando a la Tierra. Y no hablaba yo de libros —dijo con el mismo tono burlón y haciendo una voz aguda.
Suzdal sacudió la cabeza con una preocupación momentánea y se corrió la mano a través de sus cabellos arenosos. Sus ojos azules tenían una mirada penetrante y miró fijamente a los ojos del oficial.
—Entonces, ¿qué quiere decir, si no eran libros? ¿Navegantes? Los llevo ya, sin mencionar a los hombres tortuga. Son muy buena compañía si les hablo lo suficientemente despacio y después les da mucho tiempo para que le contesten. No se olvide que ya he estado allá antes…
El oficial le espetó su oferta:
—Bailarinas, mujeres, concubinas. ¿No quiere algunas de esas? Hasta pudimos haber metido a su misma esposa en un cubo y también incluir la mente de ella en otro. De ese modo ella podría haber estado con usted todas las semanas que estuviera despierto.
Suzdal se vio cómo si fuera a escupir al suelo con disgusto.
—¿Alice? ¿Quiere decir que le gustaría que yo viajara con el fantasma de ella? ¿Cómo se sentiría la verdadera Alice cuando yo regresara? No me diga que va usted a poner a mi esposa en el cerebro de algún ratón. Me está usted ofreciendo delirio. Yo tengo que conservar el juicio por allá con el tiempo y el espacio rodando en grandes ondas a mí alrededor. Con lo que voy a recorrer tengo lo suficiente para enloquecer. Le repito que no debe olvidar que ya he ido por allá anteriormente. El regresar al lado de la verdadera Alice va a ser uno de los factores de realidad más grandes. Eso me ayudará a regresar vivo a casa —en ese punto la voz de Suzdal tomó un tono de pregunta íntima, y añadió—: No me diga que un buen número de comandantes de crucero piden volar con esposas imaginarias. Eso sería muy desagradable, según mi opinión. ¿Lo hacen muchos de ellos?
—Estamos aquí para aprovisionar su nave y lanzarlo, no para discutir lo que otros oficiales hacen o dejan de hacer. Algunas veces pensamos que es bueno que ustedes tengan una compañía femenina a bordo, aun cuando sea imaginaria. Si por casualidad llegaran a encontrar algo entre las estrellas que tomara la forma femenina, serían ustedes fuertemente vulnerables a ella.
—¿Hembras? ¿Entre las estrellas? ¡Bah! —replicó Suzdal.
—Han ocurrido cosas muy extrañas —comentó el oficial de carga.
—Pero no eso —apuntó Suzdal—. Dolores, locura, distorsión, pánico sin fin, locura por necesidad de alimentos; sí, todo eso puede esperarse y encararlo. Allá lo encontrará en el espacio sin fin, pero hembras no. No las hay. Yo amo a mi esposa. Cuando cruce el espacio no imaginará a ninguna otra hembra. Después de todo, tengo a las gentes tortugas a bordo y ellas procrearán. Tendré mucha vida de familia para observar y tomar parte de ella. Hasta me permitiré organizar fiestas de Navidad para los jóvenes.
—¿Qué clase de fiestas serán esas? —preguntó el oficial.
—Son simplemente un pequeño y viejo rito acerca del cual oí hablar a un piloto del extraespacio. Se les hacen regalos a todos los seres jóvenes una vez por cada año subjetivo.
—Se oye bien —dijo el oficial, con un tono de voz cansado y deseoso de terminar con ese tema—. ¿Aún se resiste a llevar a una mujer encubada a bordo? No tendría usted que activarla, a menos que realmente la necesitara.
—Usted no ha volado, ¿verdad? —le preguntó Suzdal.
Le tocó el turno para sonrojarse al oficial de aprovisionamiento.
—No —respondió secamente.
—Todo lo que hay en esa nave me dará en qué pensar. Soy una especie de hombre jovial y muy amigable. Déjeme que me concrete a viajar con mis seres tortugas. No son muy alegres, pero sí muy considerados y descansados. Dos mil años más de vida subjetiva es un lapso largo. No me imponga decisiones adicionales. El pilotar la nave implica suficiente trabajo. Déjeme entonces solo con mis tortugas. Ya en viajes anteriores me he llevado muy bien con ellas.
—Usted, Suzdal, es el comandante —dijo el oficial de aprovisionamiento—. Haremos lo que ordene.
—Perfecto —dijo aquel sonriendo—. En este oficio se encontrará usted tipos muy singulares, pero yo no soy de esos.
Se intercambiaron sonrisas y el aprovisionamiento llegó a su término.
La nave en sí era maniobrada por hombres tortuga que envejecían muy lentamente a fin de que Suzdal pudiera seguir el curso del borde de la galaxia y dejar que los miles de años (cuenta terrestre) transcurrieran, mientras él dormía en su cama congelada. Los hombres tortuga, en tanto, pasaban de generación en generación y entrenaban a los jóvenes para atender la nave, les contaban la historia de la Tierra, a la que ellos ya no verían más; a leer correctamente las computadoras y a despertar a Suzdal solamente cuando hubiera una necesidad para la intervención de la inteligencia humana. El comandante despertaba de cuando en cuando, realizaba su trabajo y volvía a dormir. De esa manera sentía que había estado ausente de la Tierra solo unos cuantos meses.
¡Indudablemente meses! Pero había salido de su puerto espacial terrestre hacía más de diez mil años subjetivos, que fue cuando despegó en cápsula sirena.
Esa cápsula tenía el aspecto de una triste y ordinaria navecilla. Esa clase de objetos que a menudo eran lanzados a través del espacio para indicar alguna complicación del destino del hombre entre los astros. Aparentemente, esa cápsula había sido proyectada para recorrer una enorme distancia, y fue por ella que Suzdal tuvo conocimiento de la historia de Arachosia.
Pero esa historia era falsa. Los cerebros de todo un planeta, los genios salvajes de una raza infeliz y perversa, habían estado dedicados al problema de poner alguna trampa y atraer a un piloto común de la vieja Tierra.
La historia que contó la cápsula de Suzdal relataba la rica personalidad de una mujer maravillosa con una voz de contralto. En parte la historia era verdadera. Los recursos eran reales, también en parte. Suzdal escuchó la historia y esta se hundió en lo más íntimo de su cerebro, como una pieza de gran ópera maravillosamente orquestada. Hubiera sido diferente si hubiera conocido la historia verdadera.
Ahora ya es bien conocida por todos la verídica historia de Arachosia; esa historia terrible y amarga del planeta que era un paraíso y se convirtió en un infierno. La historia de cómo la gente tenía que ser algo distinto de la gente. Esos hechos que ocurrieron por allá en el más pavoroso lugar de entre los más recónditos astros.
Se habría alejado si hubiera sabido la historia verdadera. Pero no pudo entender lo que ahora nosotros sabemos:
La humanidad no pudo encontrarse con los terribles seres de Arachosia sin que estos la siguieran a la Tierra para acarrearles las desgracias más tremendas entre todas las desgracias, una locura peor que la insanidad, una plaga que sobrepasaba cualquier otra plaga imaginable. Los arachosianos se habían convertido en algo irreal, y aun así, en lo más íntimo de su personalidad elaborada, permanecían reales. Entonaban canciones que exaltaban sus propias deformidades y en las que se alababan por aquellos en que tan horriblemente habían logrado convertirse, pero en medio de todo, en sus canciones, en sus baladas, las notas del órgano incluían:
… ¡Y guardamos luto por él hombre!
Sabían lo que habían sido y se odiaban. Odiándose perseguían a la humanidad, y quizá aún están persiguiéndola.
Todo el instrumental moderno científico ha intervenido dolorosamente para que los arachosianos nunca vuelvan a encontrarnos, y ha extendido redes engañosas a lo largo de todo el límite de la galaxia, para asegurarse de que aquella gente perdida y arruinada no pueda encontrarnos.
Ese instrumental sabe y protege nuestro mundo y todos los otros mundos de la humanidad contra aquellos seres anormales en que se convirtieron los arachosianos. No queremos saber nada de ellos. Dejemos que sigan en pos de nosotros, que no habrán de encontrarnos.
¿Cómo podía saber eso Suzdal?
Esa fue la primera vez que un terrícola tenía conocimiento de los arachosianos, y Suzdal se encontró con ellos y fue solamente con un mensaje en el que la voz de un duendecillo cantó una canción de ruina, utilizando palabras perfectamente claras en el lenguaje viejo común, para narrar una historia tan triste, tan abominable, que aún la humanidad no ha podido olvidar.
En su esencia, la historia fue muy simple. Esto es lo que Suzdal oyó y lo que los humanos han seguido oyendo desde entonces:
Los arachosianos fueron pobladores. Estos pudieron haberse embarcado en naves de vela siguiendo en pos de conglomerados. Fue esa la primera forma.
También pudieron haberse desplazado en naves planoformas; naves piloteadas por hombres hábiles, que penetraron en el segundo espacio y salieron una vez más para encontrarse con el hombre.
O es posible que para recorrer enormes distancias pudieron haberse trasladado de un punto a otro en una nueva combinación. Conjuntos individuales embarcados en alguna cápsula gigantesca, una versión enorme de la misma cápsula de Suzdal. Los durmientes congelados, las máquinas despiertas y la nave lanzada a, y más allá de la velocidad de la luz, volando bajo el espacio y saliendo al acaso para establecerse en algún punto adecuado. Era un albur, pero los valientes seres lo jugaron. De no haber encontrado ningún sitio apropiado podrían haber seguido su curso en el espacio por siempre, mientras los cuerpos, protegidos por la congelación como estaban, fueron deteriorándose poco a poco, y mientras tanto, la tenue luz de la vida fue alejándose de los cerebros individuales congelados.
Las naves cápsula fueron la respuesta a la humanidad, para la sobrepoblación a la que ni el viejo planeta Tierra, ni sus hijos satélites podían responder.
Las naves cápsula transportaban entre las estrellas a los necios, a los inútiles, a los románticos, a los voluntarios y, algunas veces, a los criminales. La humanidad perdió el rastro de esas naves una y otra vez. Los exploradores avanzados, el instrumental organizado, tomaba el control sobre los seres humanos, ciudades y culturas, elevadas o bajas, tribus o familias, en donde habían logrado llegar las naves cápsula, lejos, mucho más allá de los límites más lejanos de la humanidad, en donde los instrumentos de búsqueda habían encontrado un planeta semejante a la Tierra, y en donde aquellas cápsulas, como algún insecto gigantesco moribundo, se habían posado despertando a la gente que transportaban, y de manera automática se habían abierto y destruido para hacer su entrega de los nacidos por segunda vez, hombres y mujeres, para que formaran un nuevo mundo.
Arachosia aparecía como un mundo bueno para los hombres y mujeres que llegaron. Playas hermosas, con montañas escarpadas como interminables riveras que se elevaban por encima de ellas. Estaba dotado de dos lunas brillantes en su cielo, y un sol no muy lejano.
Las máquinas habían realizado una prueba anterior de la atmósfera y tomado muestras del agua. Habían diseminado en la atmósfera y en los mares las formas de la vieja vida terrestre para que cuando los viajeros despertaran oyeran el canto de las aves terrenales y supieran que también los peces ya conocidos habían sido adaptados a los océanos y se propagaban para multiplicarse. Parecía una vida buena, una vida rica. Las cosas marchaban bien.
Todo iba muy bien, pero muy bien para los arachosianos.
Esa era la verdad.
Hasta ahí, esa era la historia dicha por la cápsula.
Pero desde ese punto difería.
La cápsula no dijo la pavorosa y triste verdad acerca de Arachosia. Inventó un juego plausible de mentiras. La voz que salió telepáticamente de la cápsula fue la de una hembra madura, feliz y sensual; alguna mujer de edad media con una atractiva voz de contralto.
Suzdal casi tuvo la idea de que había hablado con ella, así de real fue la personalidad. ¿Cómo podía saber que estaba siendo engañado y atrapado?
Todo parecía normal, verdaderamente normal.
—Y entonces —dijo la voz— la enfermedad arachosiana nos ha estado atacando. No aterrice. Permanezca a distancia. Háblenos, díganos acerca de algún remedio. Nuestros jóvenes mueren sin razón. Nuestros campos son ricos y el trigo aquí es más dorado del que había en la Tierra; las cerezas son más encarnadas, nuestras flores más hermosas. Todo está mejor, excepto la gente.
—Nuestros jóvenes mueren… —repitió aquella dulce voz femenina, en un sollozo.
«¿Hay algunos síntomas?», pensó Suzdal, y casi como si hubiera oído su pregunta, la cápsula contestó:
—Mueren por nada. Nada que nuestra medicina pueda probar, ni algo que nuestra ciencia pueda demostrar. Ellos mueren simplemente y nuestra población va decayendo. ¡Seres, no se olviden de nosotros! Hombre, quienquiera que usted sea, venga pronto; venga ahora, proporciónenos ayuda, pero por su propio bien, no aterrice. ¡Manténgase a distancia del planeta y capte una vista de nosotros a través de sus pantallas para que pueda hacer un relato cuando regrese a la Tierra de los hombres y les diga acerca de los hijos de la humanidad que se encuentran perdidos entre las estrellas más extrañas!
¡Extraño, indudablemente!
La verdad era aún más extraña y, sin duda, muy importante.
Suzdal quedó convencido de la verdad del mensaje. Había sido seleccionado para el viaje debido a que era de buen temperamento, inteligente y valeroso. Aquel llamado de sirena afectó sus tres cualidades.
Más tarde, mucho más tarde, cuando fue arrestado, se le preguntó:
—Suzdal, tonto, ¿por qué no sometió el mensaje a algunas pruebas? ¡Expuso usted la seguridad de todas las humanidades por una cápsula tonta!
—¡No fue tonta! —protestó Suzdal—. Aquella cápsula en desgracia tenía una voz triste y maravillosamente humana, y el relato pudo verificarse como verdadero.
—¿Con quién? —objetó el investigador secamente.
Cuando Suzdal contestó lo hizo con voz cansada y triste.
—Lo verifiqué con mis libros. Con mis conocimientos —y malhumorado, añadió—: y con mi propio juicio…
—¿Y su juicio resultó atinado? —preguntó el investigador.
—No —repuso Suzdal, y dejó que esa simple palabra permaneciera en el espacio como si fuera la última que pronunciaría en su vida. Pero fue él mismo quien rompió el silencio cuando dijo—: Antes de que preparara mi derrotero y regresara a dormir, activé a mis oficiales de seguridad encubados e hice que verificaran aquel llamado. Obtuvieron la verdadera historia de Arachosia, de acuerdo. Descifraron las intenciones de la cápsula en desgracia y me dijeron rápidamente los hechos verdaderos precisamente cuando despertaba yo.
—¿Y qué hizo usted?
—Hice lo que hice. Hice por lo que ahora espero ser castigado. Para entonces ya los arachosianos rodeaban mi cápsula. Habían atrapado mi nave y me tenían a su merced. ¿Cómo iba yo a saber que aquella historia maravillosa y triste fue verdad solamente durante los primeros veinte años acerca de los que habló aquella mujer? Y ni siquiera fue una mujer. Solo un «Klopt». Únicamente los primeros veinte años…
Todo había marchado bien para los arachosianos durante los primeros veinte años. Y entonces llegó el desastre, pero no fue lo dicho por la cápsula.
No podían entenderlo y no sabían por qué tenía que sucederles. No sabían por qué habían tenido que esperar veinte años, tres meses y cuatro días. Pero llegó su hora.
Pensamos que tuvo que haber sido algo en la radiación de su sol. O quizá la combinación de la radiación del sol y de la química, la que aún los instrumentos más sabios de la nave cápsula no habían analizado por completo, lo que los afectó y se extendió dentro de ellos. El desastre los atacó, era uno muy simple y totalmente imposible de detener.
Tenían médicos y hospitales; hasta una capacidad limitada para investigación clínica.
Pero esa investigación no pudieron realizarla con la presteza que el caso requería. Era simple, monstruosa y enorme. LO FEMENINO CONVERTIDO EN CARCINOGENÉTICA.
Todas las mujeres sobre el planeta empezaron a contraer cáncer al mismo tiempo. En los labios, en sus senos, en el vientre. Algunas veces alrededor de la barbilla o de los labios y en las partes más sensibles de sus cuerpos. Aquel cáncer tenía formas muy variadas, y con todo eso, era siempre el mismo. Había algo acerca de aquella radiación que alcanzaba y penetraba en el cuerpo humano y que ocasionaba una forma particular de desoxycorticosterona convertida en una subforma, desconocida en la Tierra, de pregnandiol, que infaliblemente causaba el cáncer. El avance era rápido.
Las que morían primero eran las niñas. Las mujeres se aferraban, llorando, a sus padres y esposos. Las madres trataban de decir adiós a sus hijitas.
Uno de los doctores era mujer, una mujer fuerte.
Valientemente cortó tejidos vivos de su cuerpo para ponerlos bajo la lente del microscopio; tomó muestras de su orina, de su sangre y de su saliva y regresó ante el grupo de médicos para dar su respuesta: NO HAY RESPUESTA. Aun así había algo mejor y peor que una respuesta.
Si el sol de Arachosia destruía todo lo que fuera del sexo femenino, si el pez hembra flotaba panza arriba sobre la superficie de los mares; si las aves hembras lanzaban al aire notas agudas en una canción salvaje cuando morían echadas sobre los huevos que nunca incubarían; si los animales no machos rugían y gruñían en la maleza, adonde corrían a esconderse poseídos del dolor, las hembras humanas no tenían que aceptar la muerte tan pacíficamente. El nombre de aquella doctora era Astarte Kraus.
LA MAGIA DE LOS DESESPERADOS
La hembra humana pudo hacer lo que los animales hembras no pudieron. Ella pudo convertirse en macho. Con la ayuda del equipo de la nave, se elaboraron tremendas cantidades de testosterona, y toda muchacha soltera o casada que aún sobrevivía fue convertida en hombre. Se aplicaron inyecciones en masa. La cara de todas ellas cambió de facciones y todas retornaron un poco a su desarrollo. Se desvanecieron sus senos, sus músculos se endurecieron, y en menos de tres meses no había duda de que habían sido convertidas en hombres.
Algunas formas de vida habían sobrevivido debido a que no habían sido polarizadas claramente sus formas femeninas o masculinas, por lo cual dependían de esa química particular orgánica para sobrevivir.
Agotados los peces, las plantas invadían los océanos, y muertas las aves, los insectos sobrevivieron. Abejorros, mariposas, versiones mutantes de saltamontes, avispas y otros insectos pululaban en el planeta. Los hombres que habían perdido a sus esposas trabajaban unidos con aquellos que antes habían sido mujeres.
Cuando se encontraban era verdaderamente triste oír sus conversaciones. Esposo y esposa, ambos barbados, fuertes, prontos a la riña, desesperados y laboriosos. Los pequeños, de algún modo, se daban cuenta de que jamás crecerían para tener novia, para casarse y tener esposa ni para tener hijas.
Pero, ¿qué era un simple mundo para detener el cerebro poderoso y el febril intelecto de la doctora Astarte Kraus? Se convirtió ella en el líder de su gente, los hombres de nacimiento y las mujeres que habían sido transformadas en hombres. Los impulsó a luchar, los hizo sobrevivir, les adaptó cerebros fríos a todos ellos.
(Quizá, si hubiera sido ella una persona con sentimientos, los hubiera dejado morir. Pero la doctora Kraus era de naturaleza distinta, carecía de sentimientos, nada le remordía, se mantenía implacable contra el universo que había tratado de destruirla).
Antes de morir, la doctora Kraus había elaborado cuidadosamente un sistema programado de genética. Se podían implantar en el abdomen, con un procedimiento de cirugía rutinario, pequeños trocitos de tejido masculino, y precisamente en el exterior de la pared del peritoneo, recargándolos ligeramente contra los intestinos, una matriz artificial con química semejante era inseminada con radiaciones y calor igualmente artificiales, que hacía posible que los hombres pudieran engendrar hijos machos.
¿Qué provecho podían sacar de tener hijos si todos morían? La gente de Arachosia continuó con su lucha. La primera generación vivió, a través de su tragedia, medio locos por la pena y el desencanto. Enviaban cápsulas con mensajes, pero sabían que esos llamados alcanzarían la Tierra en seis millones de años.
Como nuevos exploradores se habían aventurado a ir más allá de lo que otras naves habían ido. Habían encontrado un mundo bueno, pero no estaban muy seguros del sitio en donde se encontraban. ¿Acaso su situación era dentro de la galaxia conocida? ¿O quizá habían saltado más allá de las galaxias cercanas? No podían precisarlo exactamente.
Parte de la política de la vieja Tierra había sido no sobreequipar a los viajeros exploradores por temor de que alguno de ellos, realizando un cambio cultural violento o convirtiéndose en un imperio agresivo, pudiera regresar a la Tierra y destruirla. Los terrícolas siempre se aseguraron de que tendrían todas las ventajas.
La tercera, cuarta y quinta generaciones de los arachosianos todavía fueron gentes. Todas ellas fueron machos. Tenían aún la memoria humana, conservaban libros humanos, conocían las palabras «mamá», «hermana», «novia», «madre», pero ya no entendían completamente su significado.
El cuerpo humano, que había requerido cuatro millones de años para desarrollarse en la Tierra, tenía en su organismo inmensos recursos, recursos más grandes que el cerebro, que la personalidad o que las esperanzas individuales. Y los cuerpos de los arachosianos resolvían las situaciones para ellos. Como la química femenina significaba muerte instantánea, y como ocasionalmente nacía alguna niña muerta y era enterrada enseguida, los cuerpos hacían el ajuste. Los hombres de Arachosia adquirieron las funciones de hombre y mujer. Se aplicaron a sí mismos el apodo de los «Klopts».
Considerando que ellos no tenían la recompensa de una vida de familia se fueron convirtiendo en gallos altaneros que mezclaban su amor con el asesinato. Suavizaban sus canciones con el duelo y afilaban sus armas y obtenían el derecho para reproducirse dentro de un sistema de familia extraño, el cual ningún terrícola decente encontraría comprensible.
Pero sobrevivieron.
Y su método para sobrevivir fue tan rudo y tan fiero que fue indudablemente algo difícil de entender.
En menos de cuatrocientos años, los arachosianos se habían civilizado en grupos de pandillas de lucha. Aún tenían solo un planeta que giraba alrededor de un solo sol. Vivían precisamente en un solo lugar. Tenían naves espaciales que habían construido ellos mismos. Su ciencia, su arte y su música se movían hacia adelante, con las extrañas formas que les daban sus inspirados genios neuróticos, debido a que carecían de los fundamentos de la personalidad humana, el balance entre lo masculino y lo femenino, la familia, las manifestaciones de amor, de esperanza y de reproducción. Sobrevivieron, pero se habían convertido en monstruos, y lo ignoraban.
De sus recuerdos de la vieja humanidad crearon una leyenda de la vieja Tierra. En esos recuerdos, las mujeres eran deformidades que tenían que ser aniquiladas. Las consideraban seres sin forma que tenían que ser borradas del planeta. La familia, según la recordaban, era una porquería abominable, a la que ellos estaban resueltos a eliminar si acaso llegaban a encontrarla.
Ellos, la mayoría de ellos mismos eran homosexuales barbados, con labios pintados, orejas con pendientes, cabeza con cabellos hermosos, y entre ellos se encontraban muy pocos ancianos. Mataban a sus hombres antes de que envejecieran. Lo que no podían obtener del amor, del descanso o de la comodidad, lo compraban con la batalla y la muerte.
Compusieron canciones proclamándose como los últimos de los hombres viejos y los primeros de los jóvenes, y cantaban su odio a la humanidad para cuando llegaran a encontrársela, diciendo:
—¡Ay de ti, Tierra, si llegamos a encontrarte!
Pero en medio de todo eso, algo en su interior los hacía añadir casi a todas sus canciones una frase que los inquietaba:
… ¡Y guardamos luto por él hombre!
Sí, guardaban luto por el hombre, y aun así, planeaban atacar a toda la humanidad.
LA TRAMPA
Suzdal había sido engañado por el relato de la cápsula. Instruyó a los hombres tortuga para guiar el crucero rumbo a Arachosia, en cualquier parte que estuviera, y regresó a su compartimiento a dormir. No lo hizo ni con ansias ni locamente. Lo llevó a cabo con un juicio deliberado. Un juicio por el cual sería más tarde juzgado imparcialmente, para después condenarlo a algo peor que la muerte.
Lo merecía.
¿Cómo podría dirigirse a Arachosia sin detenerse a pensar en la regla más fundamental? ¿De qué manera evitaría que los arachosianos, monstruos cantores que eran, los siguieran en su regreso para causar una ruina eventual de la Tierra? ¿No podría, quizá, ser su condición alguna enfermedad posiblemente contagiosa o que su salvaje sociedad destruyera las otras sociedades de hombres y dejar la Tierra y todos los otros mundos de hombres en la ruina? No pensó Suzdal en eso, por lo cual fue oído, juzgado y castigado más tarde. Ya lo relataremos más adelante.
LA LLEGADA
Despertó Suzdal encontrándose ya en órbita en Arachosia. Y despertó sabiendo que había cometido un error. De su cápsula colgaban naves extrañas, como crustáceos diabólicos de algún océano desconocido que se hubieran incrustado a una nave marítima.
Llamó inmediatamente a sus hombres tortuga para que accionaran los controles, pero estos no funcionaron.
Los extraños, o cualquier cosa que fueran, hombres o mujeres, bestias o dioses, tenían suficiente tecnología para inmovilizar su nave. Entonces Suzdal se dio cuenta inmediata de su error y, naturalmente, pensó en destruirse junto con su nave, pero tuvo miedo de que si se destruía él y fallaba en desintegrarse su nave completamente, había la probabilidad de que ese crucero, un último modelo, con armas modernas, podría caer en manos de aquellos que caminaban sobre el casco exterior. No se podía, entonces, permitir el riesgo de un mero suicidio personal. Tenía que tomar una decisión más drástica. No era tiempo para obedecer reglas terrestres.
Uno de sus oficiales de seguridad, un fantasma encubado, activado en forma humana, murmuró a su oído la historia completa con rápidas e inteligentes conclusiones:
—Son gentes, señor.
—Más gentes de lo que yo soy.
—Yo soy un fantasma, un eco trabajando, salido de un cerebro muerto.
—Esos son gente real, comandante Suzdal, pero son la peor gente que jamás se haya encontrado libre entre las estrellas.
—¡Tiene que destruirlos, señor!
—No puedo —dijo Suzdal, todavía tratando de despertar por completo—; si son gentes, no puedo destruirlos.
—Entonces sométalos. Por todos los medios, señor. Por todos los medios que tenga a su alcance. Salve a la Tierra. Deténgalos. Prevenga a la Tierra.
—¿Y yo? —preguntó Suzdal. Inmediatamente sintió pena por haber hecho esa pregunta personal y egoísta.
—Usted morirá o será castigado —dijo apesadumbrado el oficial de seguridad—, y no sé qué será peor.
—¿Ahora?
—Sí, en este momento. No le queda tiempo, ni un momento.
—¿Pero las reglas?
—Ya se ha extralimitado en las reglas.
Había un reglamento pero Suzdal lo había hecho a un lado hacía tiempo.
Reglamento, pero con artículos para tiempos normales, para lugares comunes, para peligros comprensibles.
Lo que había encontrado era una pesadilla preparada para la carne del hombre, motivada por los cerebros humanos.
Ya sus monitores empezaban a llevarle nuevas acerca de quiénes eran esos seres, esos semejantes maniáticos; esos hombres que nunca habían conocido a las mujeres; aquellos muchachos que habían crecido para la lujuria y la batalla, que tenían una estructura de familia que ningún cerebro normal humano podría aceptar, ni creer, ni podría tolerar.
Esas cosas que rodeaban su nave eran gente y no lo eran. Tenían el cerebro humano, la misma imaginación, y la capacidad humana para la venganza, y aun así Suzdal, un oficial valiente, estaba tan asustado por la mera naturaleza de ellos que no respondió a los esfuerzos que ellos hicieron para comunicarse con él.
Pudo sentir entre su tripulación a los hombres tortuga atemorizados cuando se dieron cuenta quiénes eran los que golpeaban el exterior de la nave y quiénes eran los que cantaban ruidosamente a través de aparatos anunciadores que querían:
—Entrar, entrar, entrar.
Suzdal cometió un crimen. Es un orgullo de la Instrumentalidad el permitir que sus oficiales puedan cometer crímenes, o errores, o suicidios. La Instrumentalidad hace cosas para la humanidad que una computadora no puede hacer.
Esa Instrumentalidad permite al cerebro humano la humana selección de sus actos.
La Instrumentalidad transmite un conocimiento oscuro a su personal, conocimientos comúnmente no entendidos en el mundo habitado, cosas prohibidas para los hombres y mujeres ordinarios porque los oficiales de la Instrumentalidad, los capitanes, los subjefes y los jefes, tienen que conocer sus empleos. Si no fuera así, podría perecer toda la humanidad.
Suzdal recurrió a su arsenal de conocimientos. Sabía lo que estaba haciendo. La luna mayor de Arachosia era habitable. Podía ver que ya había plantas e insectos terrestres. Le mostraron sus monitores que los hembri-machos arachosianos no se habían preocupado en habitar el planeta. Lanzó entonces una requisición angustiosa a sus computadoras.
—¡Léanme su edad!
Las computadoras contestaron al instante:
—Más de treinta millones de años.
Suzdal tenía extraños recursos. Llevaba consigo gemelos o cuádruples de casi todas las especies de animales terrícolas. Los conservaba en cápsulas diminutas, no más grandes que una de las oblongas elaboradas para medicina, y consistían en el espermatozoide y el óvulo de los animales más grandes, listos para ser apareados e imprimirles su personalidad. También iba dotado de bombas de vida que podían rodear de cualquier forma de vida humana, con probabilidades, al menos, de sobrevivir.
Se trasladó a su almacén y escogió la especie felina: gatos; ocho pares de hembras y machos. Formarían dieciséis gatos terrestres, «felis domesticus», esa clase de gatos que ustedes y yo conocemos, que puede ser criado y algunas veces utilizado para usos telepáticos. A menudo eran enviados en las naves y servían como arma auxiliar cuando las mentes de los pilotos espaciales los dirigían en grupos para luchar contra algunos peligros.
Les impuso entonces un código a sus ocho pares de gatos. Este código que les dio fue tan monstruoso como el mismo que había convertido a los hembri-machos de Arachosia en monstruos. Aquí lo tenemos:
No tengan crías.
Inventen nueva química.
Servirán al hombre.
Civilícense.
Aprendan a hablar.
Servirán al hombre.
Cuando el hombre los llame, lo servirán.
Vayan y regresen.
Sirvan al hombre.
Esas instrucciones no fueron meramente verbales. Fueron impresas en la verdadera estructura molecular de los animales. Fueron cargas en el código genético y biológico que acompañó a esos gatos. Y, por lo tanto, Suzdal cometió su ofensa contra las leyes de la humanidad. Tenía a bordo un aditamento cronopático. Un distorsionador del tiempo, generalmente para ser utilizado durante un momento, durante un segundo o dos para alejar a la nave de una destrucción total.
Los hembri-machos de Arachosia ya estaban perforando el casco.
Podía oír sus voces afeminadas gritándose con placer delirante unos a otros mientras lo consideraban como el primero de sus prometidos enemigos que había llegado a sus manos; el primero de los monstruos de la vieja Tierra, del que finalmente se habían apoderado. El verdadero, el diabólico ser en quien ellos, hembri-machos de Arachosia, iban a vengarse.
Suzdal conservó la calma. Instruyó a sus gatos genéticos. Los cargó de bombas de vida. Enseguida ajustó ilegalmente los controles de su máquina cronopática de manera que en lugar de alcanzar un segundo para una nave de ochenta mil toneladas, pudieran alcanzar dos millones de años para una carga de menos de cuatro kilos. Y lanzó los gatos hacia la luna sin nombre de Arachosia.
Y entonces los regresó a vivir el momento.
Y sabía que no tenía que esperar.
Y no esperó.
EL MUNDO DE GATOS QUE CREÓ SUZDAL
Llegaron los gatos. Su nave brilló en el cielo desnudo de Arachosia. Atacó su pequeña nave de combate. Los gatos que no habían existido un momento antes, pero que ya tenían entonces dos millones de años y que seguirán un destino impreso profundamente en sus cerebros, impreso también a lo largo de sus cuerdas espinales y que había impregnado la química orgánica de sus cuerpos y personalidades.
Los gatos se habían convertido en cierta clase de gente: podían hablar, tenían inteligencia, sabían esperar y tenían una misión que cumplir. Esta era atacar a Suzdal, rescatarlo, obedecerlo y hacer daño a Arachosia.
Las naves de los gatos hicieron oír sus advertencias de batalla.
—Este es el día del año de la edad prometida. Y AHORA LLEGAN LOS GATOS.
Los arachosianos habían esperado la batalla durante cuatro mil años, y entonces la tuvieron enfrente. Los gatos los atacaron. Dos de la nave reconocieron a Suzdal y lo reportaron.
—¡Oh, Señor, oh, Dios, oh Hacedor de todas las cosas, oh, Comandante del Tiempo, oh, Iniciador de la Vida, hemos esperado, desde que todo empezó a servirte a ti, para servir Tu Nombre, para obedecer Tu gloria! Que podamos vivir para servirte a Ti, que podamos morir por Ti. Nosotros somos tu pueblo.
Suzdal lanzó sus órdenes a los gatos:
—¡Aniquilen a los «Klopts», pero no los maten a todos! —Y repitió—: ¡Aniquílenlos y deténganlos hasta que yo escape!
Lanzó enseguida su crucero hacia el no espacio y escapó.
Ni los gatos ni los arachosianos lo siguieron.
Y esa fue la historia, pero la tragedia fue que Suzdal regresó. Y los arachosianos y los gatos aún están allí. Quizá la Instrumentalidad sabe en dónde se encuentran, o probablemente no. La humanidad realmente no desea averiguarlo. Es contrario a la ley humana elevar cualquier forma de vida superior a la del hombre. Y quizá los gatos lo son. Es posible que los arachosianos hayan ganado y exterminado a los gatos, agregando a su ciencia la de los propios gatos, y ahora anden en nuestra búsqueda por algún remoto lugar, escudriñando a través de los astros para encontrarnos, odiamos y destruirnos. O quizá simplemente los gatos ganaron.
Quizá esos animales, imbuidos por una extraña misión, por funestas esperanzas de servir al hombre a quién ya no reconocen, probablemente ellos piensen que todos somos arachosianos y tengamos que ser salvados por algún comandante de crucero, en particular a quién nunca volverán ellos a ver. Ya no verán a Suzdal, porque nosotros ya sabemos lo que a él le ocurrió.
EL JUICIO DE SUZDAL
Se juzgó a Suzdal en un gran escenario en el mundo abierto. Su juicio fue grabado. Fue a aquel planeta cuando no debió haber ido. Fue en busca de los arachosianos sin esperar ni pedir consejo ni refuerzos. ¿Qué intenciones fueron las suyas para tratar de aliviar la desgracia de las viejas edades? ¿Cuáles fueron, en realidad, sus intenciones?
Y después los gatos. Tenemos las anotaciones de la nave archivadas, para mostrar que algo salió de aquella luna. Una nave espacial, cosas con voces, cosas que podían comunicarse con el cerebro humano. No estamos siquiera seguros de que tuvieran y hablaran en lenguaje terrícola, ya que esas cosas transmitieron directamente a los receptores de las computadoras. Quizá lo hicieron con alguna suerte de telepatía, pero el crimen fue que Suzdal lo había logrado.
Al retroceder a los gatos dos millones de años, instruyéndolos para que sobrevivieran, dándoles un código para que desarrollaran una civilización y para que acudieran en su rescate, había creado con ello un mundo nuevo completo en menos de un segundo de tiempo objetivo.
Su aparato cronopático había lanzado las pequeñas bombas de vida de regreso a la tierra húmeda de la gran luna sobre Arachosia, y en menos tiempo de lo que narramos esto las bombas regresaron en forma de una flotilla construida por una raza, una raza terrícola aunque de origen felino, de dos millones de años de edad.
La corte despojó de su nombre a Suzdal, y declaró:
—No será usted ya por más tiempo llamado Suzdal.
Asimismo lo despojó de su rango:
—No será usted ya comandante de este ni de ningún otro conglomerado militar, ni imperial, ni de la Instrumentalidad.
Lo despojó también de su vida.
—No vivirá usted más, antiguo comandante, antes llamado Suzdal.
Y por último esa corte lo despojó de su muerte.
—Irá usted al planeta Shayol, al lugar en donde impera la vergüenza más grande, de donde nadie regresa. Ira usted allá con el desprecio y el odio de toda la humanidad. No lo castigaremos más. No queremos saber más acerca de usted. Vivirá, pero para nosotros habrá dejado de existir.
Esa es la historia. Es una triste y maravillosa historia. La Instrumentalidad trata de alegrar a todas las diferentes clases de humanidades diciéndoles que no es verdad, que es solo una leyenda.
Quizá los archivos existen. Es posible que por algún lugar los «Klopts» locos de Arachosia procreen a sus menores, tengan sus partos siempre por cesáreas; alimenten a sus pequeños siempre con mamilas; generaciones de hombres que han conocido padres y que no tienen idea de lo que la palabra «madre» pueda ser. Y quizá los arachosianos pasen su vida en batallas interminables contra gatos inteligentes que están sirviendo a la humanidad y que nunca regresarán.
Esa es la historia.
Pero hay algo más: no es verdadera.