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conti constanzo

¿crees en el amor a primera vista?

Al fin llegaba la noche y con eso la esperada celebración de año nuevo, y no uno cualquiera, sino que la del cambio de milenio. Por alguna extraña razón, Andrea creía que sería mágica, además de ser fin de año ella había terminado una importante etapa de su vida y estaba decidida a comenzar una nueva llena de alegrías.
Esa noche toda la familia se reuniría en un hotel frente al mar y esperarían las doce con copas de champaña en la mano para darle la bienvenida al año 2000.
Luego de brindar y despedirse de todos, fue a la habitación, se quitó su vestido largo verde petróleo y se lo cambió por una pequeña falda blanca y un top del mismo color.
Se miró al espejo y suspiró. ¡Sí! Se veía genial, justo para recibir el nuevo año y pasarlo increíble bailando con sus amigas.
Al salir cuando fue a despedirse de su padre él la miró con el cejo fruncido y le dijo en tono de reproche:
—¿Vas a salir con enagua?
—¿No te gusta cómo me veo? —respondió con una sonrisa pícara.
—Entre el vestido verde con escote que usaste para la cena y este pedazo de tela que parece enagua —suspiró —me vas a matar.
—¡Cómo se te ocurre! La gente de Melmac, que es de donde dices tú que vienes ¡no se muere! —rio haciendo alusión a que él siempre decía que venía de otro planeta. —Además así se usa.
Luego de esa explicación lo besó en la mejilla y salió a juntarse con sus amigas que ya la esperaban en el lobby del hotel, impacientes.
Andrea se había demorado un poco más dejando todo listo en su habitación.
Cuando las chicas la vieron se apresuraron para darse el abrazo de año nuevo y luego le silbaron en aprobación a lo que llevaba puesto.
—¡Te ves wow! Pero sé de alguien que no va a estar contento cuanto te vea así.
—Ni me imagino quien podrá ser —se mofó —que yo sepa estoy soltera.
Luego de esa pequeña aclaración las chicas se fueron por fin a bailar, habían comprado entradas con mucha anticipación para ir esa noche a la discoteca de moda del lugar, no era ni fácil ni económica, pero ellas habían hecho grandes esfuerzos para estar y… ¡lo habían conseguido!
Como era de esperarse al llegar se encontraron con muchos conocidos y amigos, todos se abrazaban deseándose los mejores deseos para el año que comenzaba. Después de media hora, justo cuando se disponían a entrar, Andrea divisó a su ex, con el que había pasado los últimos cuatro años de su vida, y en honor a todos esos recuerdos bonitos que pasaron juntos corrió para darle el abrazo de año nuevo.
—¡Mauricio! —chilló llamando la atención no solo de él, sino que también la de los amigos de este, que por cierto no simpatizaban en nada con ella y cuando lo alcanzó se colgó de su cuello y exclamó. —¡Feliz año nuevo! Espero que este sea un año espectacular y se realicen todos tus proyectos.
Él, luego del abrazo y recuperarse del impacto porque no esperaba encontrarla ahí ya que por supuesto esperaba que ella estuviera en su casa durmiendo, se quedó petrificado por un par de segundos. ¡Qué hacía vestida así!
—Escúchame bien —comenzó a decirle con esa voz ronca tan característica de él —a las cuatro de la madrugada nos juntaremos aquí mismo y te llevaré a tu casa.
Antes de que ella pudiera protestar o decirle que no estaba en su casa, él ya se había girado y caminaba en dirección a la puerta del local. Pero Andrea no quería ponerse de mal humor, ellos ya no eran pareja, tomó aire un par de veces y luego volvió feliz a la fila donde sus amigas conversaban alegres esperando entrar.
El lugar al ser un balneario turístico y de los más bonitos del país, estaba atestado de veraneantes de todas partes de Chile y de sus alrededores.
Cuando al fin pudieron ingresar se dieron cuenta de la magnitud de la fiesta, era sencillamente ¡Espectacular!
Rápidamente las chicas fueron sacadas a bailar, en cambio Andrea solo se quedó mirando, sabía la razón, mientras su ex estuviera, nadie de la zona se atrevería a bailar con ella, después de todo no era fácil enfrentarse a Mauricio, jugador estrella del equipo de rugby y como si fuera poco, media 1,96.
Resignada se acercó a la pista para observar a sus amigas disfrutar, pero rápidamente algo o alguien llamó su atención. Un hombre alto, de pelo negro y ojos penetrantes se movía con seguridad como si fuera el dueño del lugar, no estaba solo, bailaba con una mujer de las que se ve poco en la vida real, de las que se ve frecuentemente en revistas de modas.
Él, no era un modelo, ni nada fuera de lo común, pero había algo en ese hombre que le atraía como una polilla a la luz y por primera vez en su vida sintió ganas de quemarse.
Se quedó observándolo un buen rato, era como si nadie más existiera a su alrededor.
Por otro lado, él por supuesto solo tenía ojos para su acompañante que reía ante cualquier cosa que le dijera, incluso se le insinuaba a vista de todos, cosa que estaba cabreando a Andrea notoriamente.
Como si fuera masoquista, lo miró por mucho tiempo, no podía apartar la vista hasta que vio como el extraño se acercó a su chica y luego de decirle algo al oído ella riéndose se apartó y él comenzó a caminar en dirección a la barra para pedir un par de tragos, claramente para él la noche terminaba en ese lugar para seguirla en otro mucho más privado.
Esa fue la oportunidad que encontró Andrea para abordarlo y al fin hablarle. Nerviosa caminó a su encuentro, tomó aire y suspiró.
Cuando él se dio vuelta con dos cócteles en la mano ella le habló:
—Hola, he esperado toda la noche para bailar contigo. ¿Bailamos?
Él, antes de responder escaneó su cuerpo y mirando su reloj con arrogancia respondió:
—A esta hora, las niñas pequeñas están durmiendo y no en lugares de adultos haciendo cosas de grandes.
—Soy Andrea, tengo veinte años y un hijo de cinco, como ves, soy mayor —recitó sin amilanarse dándole la mano en forma de presentación. Mano que él no aceptó y solo miró.
Luego de unos segundos que a ella se le hicieron interminables él respondió:
—No me voy a acostar contigo.
Al escucharlo Andrea lo miró anonadada.
—¿Y quién te dijo que yo me quiero acostar con un viejo como tú? Solo quiero bailar.
Eso lo hizo sonreír y sin decirle ni media palabra se dirigió hasta donde lo esperaba su acompañante, luego de decirle un par de cosas, la chica enseñándole sus maravillosos dientes blancos se puso a reír como si le hubieran contado algo muy gracioso. Todo esto frente a la atenta mirada de Andrea que seguía embobada mirándolo.
Cuando él volvió junto a ella, con ese mismo tono serio y arrogante le dijo:
—Dos canciones, pequeña.
Y tal como él se lo había advertido, solo un par de canciones bailaron, pero había algo que lo hacía querer saber más.
Subieron a la terraza del lugar como si no existiera nadie más, solo ellos dos.
Bajo el cielo estrellado comenzaron a conversar, él le contó lo que hacía en la vida, y lo primero que pensó Andrea fue que era gay. Después de todo era un diseñador de ropa y de una que ella conocía muy bien ya que Mauricio adoraba esa marca.
Durante el resto de la noche, él le besó el cuello y tocó su pierna sin ningún disimulo y cada vez que llegaba al borde la falda le decía que eso era un pequeño pedazo de tela blanca.
Al llegar la madrugada, luego de haberse contado la vida entera él, galante la llevó de vuelta hasta el hotel y al bajarse tenía toda la intención de besarla, esos labios lo estaban volviendo loco de deseo.
—¡Alto! No te voy a besar, no te conozco.
—¡¿Qué?! Pero si te he besado el cuello toda la noche —gruñó sorprendido.
—Sí —afirmó con pachorra —pero no te conozco de nada —reafirmó.
Él bufó malhumorado, ¿Cuándo le había pasado algo así? Nunca. Y no dispuesto a quedarse con las ganas la invitó a salir en la noche, cosa que ella también negó.
No dejaría solo a su hijo dos noches seguidas. Así que con una maravillosa sonrisa le dijo que feliz si quería salían la noche siguiente.
La idea no le encantó, ya que él solo estaba de vacaciones en el lugar junto con unos amigos y regresaban al otro día a la capital.
—Almorzamos —sentenció. —Te llamo, dame tu número de móvil. —Ni por favor ni gracias, esas palabras al parecer no existían en su vocabulario.
—No tengo móvil —se disculpó encogiéndose de hombros —te doy el número de mi casa.
—¿No tienes móvil? —espetó como si le hubiera dicho que era un extraterrestre y de dos cabezas, y al ver que volvía a negar con la cabeza, solo se tuvo que conformar con el número de teléfono de su casa.
El día uno de enero transcurrió con lentitud en tanto Andrea no podía sacarse de la cabeza lo sucedido, pensó todo el día en él.
Al fin llegó la noche del día siguiente y lo volvería a ver, pero… ¿cómo le decía a su padre que saldría con un hombre mayor que sus amigos? Exactamente trece años más que ella.
Al poco pensar, se le ocurrió la brillante idea de decirle que era un amigo del hermano mayor de su mejor amiga y su así su padre lo aceptó.
Puntual y vestido con un chaleco cruzado muy vanguardista apareció. Andrea reprimió una risita y el comentario que cruzó por su mente, ella en cambio vestía una falda de jeans y un top verde, igual que el color de sus ojos.
—¿No hacen ropa normal en esta ciudad que solo vistes con pedazos de tela? —fue lo primero que le dijo al verla.
La verdad es que mal no se veía, sino que todo lo contrario, sus largas piernas lucían esbeltas pero por alguna razón a él no le gustaba. ¿O no le gustaba qué los demás vieran lo que él veía?
—¿Y acaso te digo yo que te vez gay por vestir ese chaleco cruzado de mujer?
—Este —dijo crispado enseñándoselo —es un Dolce Gabbana.
—Para mí como si fuera de la ropa usada —replicó —y de mujer. ¿Vamos a salir, o a quedarnos hablando de ropa? —preguntó nerviosa, no quería que su padre saliera de casa y la viera con alguien tan mayor para ella, el mayor de sus amigos con suerte llegaba a los veinticinco, ella solo hace unos días había cumplido veinte, si bien no era una nena, vivía con sus padres y debía respetar las normas de su casa.
Como era de esperarse, ese día todo estaba cerrado y tuvieron que conformarse solo con tomarse un helado mientras caminaban por la orilla de la playa, cosa que él no podía creer. ¿Quién se mojaba los pies a las once de la noche y luego disfrutaba de un helado como si fuera el mejor de los manjares? Ella.
Cerca de las tres de la madrugada llegaron hasta su casa, al momento de la despedida ella no lo quiso besar y aunque él se moría de ganas, no la iba a obligar. Era un caballero.
Con pesar quedaron en llamarse, ninguno de los dos quería separarse, pero los separaban cuatrocientos sesenta y cinco kilómetros, y un mundo de diferencias.
Los días siguientes Andrea sentía que le faltaba algo, sus amigas también lo notaban, ya no era la que siempre estaba riendo o respondiendo con su lengua afilada, estaba bastante más callada que siempre.
Un día, un hombre con una caja blanca y un gran listón rojo llegó a su casa.
—¿Andrea Rojas? —preguntó el joven.
—No —respondió —soy su tía. Dígame, ¿en que lo puedo ayudar?
Sin más dilación el chico le entregó la caja revelándole su contenido, dieciocho rosas rojas de tallo largo.
Su tía feliz llamó a Andrea que jugaba en el patio con su hijo Luciano.
—¡Hija! Mira lo que te ha mandado Mauricio. Si ese joven te quiere tanto. No entiendo por que terminaron su relación, tantos años lanzados al tacho de la basura —suspiró la señora.
La aludida solo puso los ojos en blanco, Mauricio era según sus padres el hombre ideal, deportista, de buena familia, con un futuro asegurado, guapo e inteligente, pero tenía un pero… a ella no le hacía clic.
Esperó cuatro años encontrar ese clic y nada. Y lo que comenzó como amor se transformó en un gran cariño y agradecimiento porque él la había aceptado con un hijo, pero un día ya no aguantó más y le dijo: "Mauricio, tú necesitas una niña de quince años, que quiera hacer todo lo que desees y yo, bueno yo necesito a un hombre de treinta."
Al abrir la caja, Andrea alucinó con las rosas, nunca las había visto, y cuando leyó la tarjeta no lo podía creer cuando leyó:
"18 días han pasado desde que no nos vemos, por eso 18 rosas, espero no llegar a 30"
Luis.
No lo podía creer, si la pinchaban no sangraba, jamás pensó que serían de él.
Su tía, esposa de su padre, insistió en que tenía que llamarlo y agradecerle, de seguro ese hombre tenía que estar en la ciudad, sino ¿cómo había enviado las flores?
Andrea corrió a su casa y le llamó, no pasaron ni dos toques cuando él respondió su teléfono.
—Si no te envío flores, ¿me habrías llamado alguna vez?
—No sabía si querías hablarme, y como consejo, no me gustan las rosas, me gustan los girasoles —respondió nerviosa al escuchar esa voz que le revolucionaba las hormonas.
Por su parte, él solo rio y suspiró.
—¿Estás aquí, en la playa?
—No, en la ciudad.
La boca de Andrea se abrió en una perfecta O cómo podía ser que estando tan lejos, él le hubiera mandado flores, no tuvo que pensarlo mucho, él era así.
Todos los días del resto del mes él la llamaba a su casa y hablaban por horas, era como que el mundo se paralizaba para los dos cuando se comunicaban.
Una tarde en que Andrea lo llamó, Luis se puso feliz, él no podía viajar ya que estaba diseñando una colección nueva y le era imposible dejarla, pero al saber que ella iría a la capital a ver a su madre sintió que estaba en la gloria.
En dos días luego de que ella dejara todo listo en la universidad viajaría junto a su hijo.
El día que Andrea llegaba a la capital, Luis sintió que volvía a ser un adolescente con hormonas revolucionadas, los minutos no avanzaban y lo único que deseaba era verla. A las seis de la tarde salió de su oficina para dirigirse a la casa de los abuelos de su pequeña.
Detuvo su camioneta, sacó un ramo de girasoles, se bajó y al verla el corazón le comenzó a latir como nunca en la vida y mientras avanzaba hacia ella, sentía la necesidad irrefrenable de abrazarla y besarla hasta quedar sin aliento. La tomó de la cintura, colocó la mano en su nuca y casi rozándole los labios susurró:
—Ni se te ocurra decirme que no me conoces.
Luego de esas escuetas palabras, sus labios se juntaron y se dieron el beso más maravilloso del mundo. La recorrió sin pudor, como si le perteneciera, como si le estuviera haciendo el amor con la lengua, y cuando la soltó, ella apenas podía respirar.
Sin decir más, la cogió de la mano y la llevó adentro de la casa, saludó al abuelo, a su madre y le entregó un auto de carreras a Luciano, gesto que a Andrea se le grabó directo en el corazón.
Los días siguientes no se separaron, en el día compartían los tres y cuando llegaba la noche disfrutaban solos, iban a cenar, a clubes, incluso al concierto de su cantante tuvo que acompañarla. Y desde ese día Ricardo Arjona se convirtió en su rival, y todo porque ella había dicho que él era su amor.
Los días a su lado se pasaban tan rápido que esa sensación le abrumaba, más incluso cuando pensaba que la fecha de su partida se acercaba, era ahí cuando una sensación de angustia lo embargaba.
Una noche, nervioso como nunca en su vida la pasó a buscar, tenía planes, quería hacerla suya, no quería ni podía seguir esperando, después de todo él tenía treinta y tres años y hace muchos que estaba acostumbrado a hacer lo que quería, más aun cuando muchas modelos se le ofrecían por ser quien era en busca de una de una oportunidad.
Esa noche, como muchas de las que siguieron ella le dijo que no, que no se cuidaba con ningún método anticonceptivo, pero además de eso, quería más, ese más que él nunca había estado dispuesto a dar.
En una de sus conversaciones, mientras cenaban a la luz de las velas, Andrea le hizo una pregunta que lo dejó pensando, y después de varios minutos, Luis respondió:
—Tengo treinta y tres años, a esta edad los hombres no andamos de novios.
—¡Pero yo tengo veinte! Y sí quiero tener novio.
Luis, resopló, era una de sus costumbres más habituales, la verdad es que era malhumorado, y muy llevado a sus ideas.
—Está bien. ¿Quieres ser mi novia?
La respuesta fue inesperada, Andrea se levantó de su silla y llegó hasta él, se le colgó al cuello y comenzó a besarlo con desesperación, Luis tuvo que hacer acopio de toda su cordura para controlarse, después de todo estaban en un lugar público. Sin querer perder más tiempo, se levantó con ella y ambos se fueron a su departamento. Al entrar ella volvió a decirle que no sucedería nada.
Él, esta vez no le creyó, pero tal como ella le había asegurado, además de besos y caricias no sucedió nada. Luis no lo podía creer, jamás una mujer lo había rechazado tantas veces.
El día jueves, él preparó la cena para ella, la noche fue maravillosa, a esas alturas ambos conocían todos los aspectos de la vida del otro y eso hacía que él la admirara a cada segundo más, y por su lado ella también, pero tenía los pies en la tierra, sabía que ese noviazgo tenía fecha de caducidad, y sería en cinco días cuando volviera a su tierra.
—Yo sé que tienes una vida, y que no me serás fiel y lo entiendo, no puedo obligarte a que me veas cada quince días como solo podríamos hacerlo…
—¡Alto! —La cortó enérgico —no me digas lo que puedo o no hacer, viajaré todas las semanas. Y al contrario de lo que tú crees, no soy un adolescente que no podrá aguantarse.
Andrea sonrió con un dejo de tristeza, sabía que no era un adolescente, por lo mismo, era peor, era un hombre y como tal con necesidades, que ella no podría cubrir, es más, no lo había hecho hasta el minuto.
Luego de esa conversación el ambiente se tornó tenso, él casi ya no habló más y ella creyó que su cuento de hadas había llegado a su fin, después de todo tampoco, había querido acostarse con él esa noche.
Cerca de las dos de la madrugada, cuando ya se estaba haciendo tarde, él la fue a dejar y cuando iban por la carretera, detuvo su auto y la hizo bajar.
Los automóviles que pasaban por el lado les tocaban la bocina, estaban claramente mal estacionados, mientras que Andrea nerviosa se retorcía las manos.
Al llegar a su lado, en tono serio comenzó a hablarle:
—Andrea, no creo en Dios, pero todo el mundo dice que existe, no creo en los ovnis pero está comprobado que existen, no creo en el amor pero los hombres dicen que existe. Lo único que sí creo y estoy totalmente seguro es que si tú te vas… me muero. ¿Quieres casarte conmigo?
Andrea lo miró sin entender nada. ¿Estaba soñando? Ebria no estaba, solo había tomado una copa de vino, y al ver que ella no respondía él insistió.
—Pequeña, si quieres me arrodillo y te compro un anillo, pero nada va a cambiar lo que siento, yo no te quiero —suspiró y ella sintió que moría. —Yo te amo con todo mí ser y quiero comenzar una nueva vida junto a ti y a Luciano.
Ahora sí que no podía hablar, se lanzó a sus brazos como si no existiera mañana, habían pasado solo dieciocho días viéndose físicamente y cuarenta y cinco desde que se habían conocido, pero no le importaba, sabía que ahora por fin había encontrado su clic.
Al otro día, muy temprano Luis pasó por Andrea a casa de sus abuelos, y juntos fueron a pedir la hora para casarse, ella aún no le contaba a nadie, apenas si se lo podía creer.
Cuando llegaron a las oficinas del registro civil se acercaron al funcionario y con su tono de voz mandón habló:
—Me quiero casar este lunes.
—Señor —comenzó el hombre curvando los labios —para casarse el 14 de febrero que además es el día de los enamorados, usted debe pedir hora con al menos seis meses de anticipación. No con tres día, ¡y además es viernes!
—Perdón… —dijo Luis mirándola fijamente a los ojos. —¿Usted quiere que se lo repita?
No fue necesario, ese lunes 14 de febrero del año 2000 Andrea y Luis se casaron y son felices hasta el día de hoy.
Por eso cuando a mí me han preguntado ¿Crees en el amor a primera vista? Yo digo que ¡sí! Y aunque la vida no es como en una novela y tampoco es color de rosa, sino que de dulce y agraz, Andrea aún así repetiría la historia y volvería a decir ¡Sí!