País Relato - Autores

clifford donald simak

lugar de cobijo

La llovizna caía de los cielos plomizos como si fuera neblina resbalando por entre las ramas desnudas de los árboles. Difuminaba los setos y ocultaba la distancia. Brillaba sobre las pieles metálicas de los silenciosos robots, y hacía platear los hombros de los tres humanos que escuchaban la voz del hombre vestido de negro que leía el libro que cobijaba entre sus manos.
—«Porque soy la resurrección y la vida…». La figura esculpida, cubierta de musgo, que se alzaba sobre la puerta de la cripta, parecía tenderse hacia arriba, con cada uno de los granos de su cuerpo en tensión tratando de alcanzar algo que nadie más era capaz de ver. Tratando, tal y como había tratado desde hacía mucho, cuando había sido tallada en granito para adornar la tumba familiar con un símbolo que había complacido al primer John J. Webster en sus últimos años de vida.
—«Y quien vive según mis palabras y cree en mí…».
Jerome A. Webster notó como los dedos de su hijo apretaban un brazo, oyó el apagado sollozo de su madre, vio las hileras de robots firmes en pie, con las cabezas inclinadas en señal de respeto al dueño al que habían servido. El dueño que ahora iba a su hogar… al hogar final de todos.
Entumecido, Jerome A. Webster se preguntó si comprenderían, si comprenderían la vida y la muerte, si comprenderían lo que significaba que Nelson F. Webster yaciese allí en el ataúd, y que un hombre con un libro entonase unas plegarias sobre él.
Nelson F. Webster, cuarto descendiente de una dinastía que había vivido en estas tierras, había nacido y muerto aquí, sin apenas salir de ellas, y ahora estaba yendo a su descanso final en aquel lugar que el primero de ellos había preparado para todos los demás, para esa larga línea de desconocidos descendientes que vivirían aquí y que amarían las cosas y la forma de vida que el primer John J. Webster había establecido.
Jerome A. Webster notó como sus músculos se contraían, como un débil temblor recorría su cuerpo. Por un momento, sus ojos ardieron, y su visión del ataúd se hizo borrosa, mientras las palabras que el hombre de negro iba pronunciando se hacían una sola cosa con el viento que susurraba por entre los pinos que hacían guardia junto a los muertos. En su mente se formó un recuerdo, el recuerdo de un hombre canoso caminando por campos y colinas, aspirando la brisa del amanecer; en pie, con las piernas separadas, ante el ardiente hogar, con una copa de coñac en su mano.
Orgullo; el orgullo de la tierra y de la vida, y la humildad y la grandeza que una vida tranquila hacen surgir en el interior de un hombre. La alegría de un placer casual y la firmeza de un propósito. La independencia de una seguridad estable, el confort de un entorno familiar, la libertad de unos amplios campos.
Thomas Webster estaba tirando de su brazo.
—Padre —murmuraba—. Padre.
Los servicios habían terminado. El hombre de negro había cerrado su libro. Seis robots se adelantaron y alzaron el ataúd.
Lentamente, los tres siguieron al ataúd hasta la cripta, permaneciendo silenciosos mientras los robots lo deslizaban en el nicho y colocaban la lápida que decía:
NELSON F. WEBSTER 2034-2117
Eso era todo. Tan sólo el nombre y las fechas. Y esto, se halló pensando Jerome A. Webster, ya era bastante. No necesitaba poner nada más. Eso era todo lo que tenían los demás. Aquellos que componían el linaje de la familia, comenzando con William Stevens, 1920-1999. El abuelo Steven, recordó Webster como lo habían llamado. Padre de la mujer de aquel primer John J. Webster, que también se encontraba allí: 1951-2020. Y después de él su hijo, Charles F. Webster, 1980-2060. Y su hijo, John J. II, 2004-2086. Webster podía recordar a John J. II, un abuelo que había dormido junto al fuego con su pipa colgando de la boca, amenazando siempre con prenderle fuego a las patillas.
Los ojos de Webster erraron hasta otra lápida. Mary Webster. La madre del muchacho que estaba a su lado. Y que sin embargo ya no era un muchacho, pues siempre estaba olvidando que Thomas tenía ahora veinte años, y que más o menos dentro de una semana partiría para Marte, tal y como él mismo, en su juventud, había hecho.
Todos estaban allí, se dijo para sí mismo. Los Webster, y sus mujeres, y sus hijos. Juntos en la muerte, tal y como lo habían estado en la vida, durmiendo en el orgullo y en la fortaleza del bronce y el mármol, con los pinos fuera y la figura simbólica sobre la puerta, reverdecida por los años.
Los robots estaban esperando, silenciosamente firmes, habiendo terminado su tarea.
Su madre le miró.
—Ahora eres el cabeza de familia, hijo mío —le dijo. Extendió el brazo y la apretó fuertemente contra su costado.
Cabeza de familia… de lo que quedaba. Tan sólo ellos tres. Su madre y su hijo. Y su hijo partiría pronto, hacia Marte. Pero volvería. Quizá volviese con una esposa y la familia continuaría. La familia no se quedaría en sólo tres. La mayor parte de la casa no estaría en desuso, tal y como estaba ahora. Hubo un tiempo en el que había reverberado con la vida de una docena de miembros de la familia, viviendo en sus cuartos separados bajo un mismo techo. Y ese tiempo, lo sabía, volvería de nuevo.
Los tres se giraron, y salieron de la cripta, tomaron el sendero hacia la casa que se alzaba como una gran sombra gris en el centro de los campos.
Un fuego ardía en el hogar. Y el libro yacía sobre su escritorio. Jerome A. Webster extendió la mano y lo tomó, leyendo de nuevo el título:
«Fisiología marciana, con una referencia especial al cerebro», por Jerome A. Webster, doctor en medicina.
Grueso y erudito: el trabajo de una vida. Casi único en su campo. Basado en los datos recogidos durante aquellos cinco años de plagas en Marte… años en los que había trabajo casi día y noche con sus compañeros y colegas de la comisión médica del Comité Mundial, enviados en una misión de socorro al planeta vecino.
Sonó una llamada en la puerta.
—Entre —dijo.
Se abrió la puerta, y un robot se deslizó dentro.
—Su whisky, señor.
—Gracias, Jenkins —dijo Webster.
—El Pastor se ha ido, señor —dijo Jenkins.
—Ah, sí. Supongo que te ocupaste de él.
—Lo hice, señor. Le di sus honorarios habituales y le ofrecí una copa. Rehusó la copa.
—Eso fue una falta de tacto —le dijo Webster—. Los Pastores no beben.
—Lo siento, señor. No lo sabía. Me rogó que le pidiese a usted que fuese alguna vez por la iglesia.
—¿Eh?
—Le dije, señor, que usted nunca iba a ninguna parte.
—Eso estuvo bien, Jenkins —dijo Webster—. Ninguno de nosotros va nunca a ninguna parte.
Jenkins se dirigió a la puerta y se detuvo antes de llegar a ella, girándose.
—Si me permite decirlo, señor, la ceremonia de la cripta fue algo emocionante. Su padre fue un estupendo humano, el mejor que hubo nunca. Los robots estaban diciendo que los servicios fueron muy adecuados. Muy dignos, señor. Si él los hubiera visto, le hubieran gustado.
—A mi padre —le dijo Webster—, le hubiera gustado aún más el oírte decir esto, Jenkins.
—Gracias, señor —dijo Jenkins. Y salió.
Webster se quedó sentado con el whisky, el libro y el fuego. Notó el confort de una habitación familiar rodeándolo, y notó la seguridad que se desprendía de ella.
Éste era su hogar. Había sido el hogar de los Webster desde aquel día en que el primer John J. había llegado allí y construido el primer edificio de lo que luego sería la casa. John J. había escogido el lugar porque tenía un riachuelo truchero, al menos eso es lo que él siempre había dicho. Pero había algo más que eso. Webster se decía siempre que debía de haber habido algo más que esto. O quizá, al principio, tan sólo había sido por el arroyo truchero. El arroyo truchero y los árboles y los campos, la colina rocosa hacia la cual se deslizaba cada mañana la niebla desde el río. Quizá todo lo demás había crecido, crecido gradualmente a través de los años, a través de años de unión familiar hasta que el mismo suelo había sido empapado por algo que se aproximaba, sin llegar a serlo del todo, a una tradición. Algo que hacía de cada árbol, de cada roca, de cada palmo de terreno, un árbol, una roca o un palmo de terreno Webster. Todo era uno. John J.; el primer John J., había llegado tras el hundimiento de las ciudades, después de que el hombre se había olvidado, de una vez por todas, de los lugares de amontonamiento del siglo XX, escapando al instinto tribal de apretujarse en una caverna o en un claro del bosque contra un miedo o un enemigo común. Un instinto que había caído en desuso, pues ya no había ni miedos ni enemigos. La revuelta del hombre contra el instinto de rebaño que le habían impuesto las pasadas épocas debido a condicionantes económicos o sociales. Una nueva seguridad y una nueva suficiencia le habían hecho posible el romper con lo anterior.
El hábito se había iniciado allá por el siglo XX, hacía más de doscientos años, cuando los hombres habían partido hacia mansiones campestres para obtener aire fresco y espacio libre en una forma de vida que la existencia en común, en su sentido más estricto, nunca les había ofrecido.
Y aquí estaba el resultado final. Una vida tranquila. Una paz que tan sólo podía obtenerse con las cosas buenas. La forma de vida que durante años el hombre había deseado llevar. Una existencia campestre, basada en viejos hogares familiares y en amplios campos. Con la energía atómica proporcionando la fuerza y con los robots ocupando el lugar de los siervos.
Webster sonrió hacia el hogar con su madera en llamas. Eso mismo era un anacronismo, pero un buen anacronismo… Algo que el hombre había traído de las cavernas. Inútil, porque la calefacción atómica era mejor, pero más placentero. Uno no podía sentarse y mirar a la energía, ni construir mundos entre sus inexistentes llamas.
Hasta la misma cripta, allí donde habían puesto a su padre aquella tarde. Eso también era parte de la familia. Todo formaba una pieza con el conjunto. El orgullo sombrío y la vida tranquila y la paz. En los viejos días los muertos eran enterrados en amplios lugares, todos juntos, extraños junto a extraños…
«Nunca va a ninguna parte».
Eso es lo que Jenkins le había dicho al Pastor. Y era cierto. Porque, ¿qué necesidad había de ir a ninguna parte? Todo estaba allí. Apretando tan sólo un simple mando, uno podía hablar cara a cara con cualquiera que desease, o podía ir, con sus sentidos ya que no con su cuerpo, a cualquier lugar que desease. Podía ir al teatro o escuchar un concierto u ojear una biblioteca situada en el otro extremo del mundo. Podía efectuar cualquier negocio que tuviera que realizar sin alzarse de su propia silla.
Webster bebió el whisky, y luego se giró hacia la máquina colocada al lado de su escritorio.
Movió los mandos sin consultar el listín. Sabía dónde iba.
Su dedo bajó un conmutador, y la habitación se fundió, o pareció fundirse. Quedaba la silla en que se sentaba, parte del escritorio y parte de la máquina. Eso era todo.
La silla se hallaba en la ladera de una colina cubierta por dorada hierba, moteada de árboles agitados por el viento. Una colina que descendía hasta un lago anidado entre unos rojizos picos montañosos. Los farallones, oscurecidos en largas bandas por el verdeazulado de los distantes picos nevados que se elevaban más allá, formando un horizonte recortado.
El viento hablaba cortadamente entre los árboles, y agitaba la hierba con soplos repentinos. Los últimos rayos del sol prendían fuego en las distantes cimas.
Soledad y grandeza: la amplia extensión de la tierra que descendía, el recogido lago, las sombras aserradas de las distantes cordilleras.
Webster se arrellanaba en su sillón, contemplando los picos.
Una voz dijo casi a su oído:
—¿Puedo pasar?
Una voz suave y silbante, absolutamente inhumana. Una voz que Webster conocía. Asintió con la cabeza.
—Naturalmente, Juwain.
Se giró ligeramente, y vio el elaborado pedestal para recostarse, y al peludo marciano de dulces ojos echado sobre él. Otros muebles extraños se veían difusamente tras el pedestal. Muebles de aquel hogar en Marte.
El marciano hizo un gesto con su peluda mano, señalando la cadena montañosa.
—Amas esto —dijo—. Lo comprendes. Y yo puedo comprender por qué lo comprendes, pero para mí hay en ello más terror que belleza. Es algo que nunca podríamos tener en Marte.
Webster adelantó la mano, pero el marciano lo detuvo.
—Déjalo —dijo—. Sé por qué viniste aquí. No habría llegado en un momento como éste si no hubiese pensado que quizás un viejo amigo…
—Fue muy considerado por tu parte —dijo Webster—. Me alegra que vinieses.
—Tu padre —dijo Juwain—, fue un gran hombre. Recuerdo cómo acostumbrabas a hablarme de él en esos años que pasaste en Marte. Entonces dijiste que volverías alguna vez. ¿Cómo es que nunca lo hiciste?
—Bien —dijo Webster—, lo cierto es que nunca…
—No me lo digas —dijo el marciano—. Ya lo sé.
—Mi hijo —dijo Webster— va a ir a Marte dentro de unos días. Le haré que pase a visitarte.
—Eso sería un placer —dijo Juwain—. Estaré esperándolo.
Se agitó nervioso en el apoyadero.
—Quizá sigue con la tradición.
—No —dijo Webster—. Está estudiando ingeniería. Nunca le importó la cirugía.
—Tiene derecho —observó el marciano— a seguir la vida que ha escogido. Y. sin embargo, uno habría deseado…
—Podría —aceptó Webster—. Pero eso ya pasó y se terminó. Quizá será un gran ingeniero. De las estructuras espaciales. Habla de naves yendo a las estrellas.
—Tal vez —sugirió Juwain— tu familia ya ha hecho bastante por la ciencia médica. Tú y tu padre.
—Y su padre —dijo Webster— antes de él.
—Tu libro —declaró Juwain— ha puesto a Marte en deuda contigo. Es posible que atraiga más atención hacia las especialidades marcianas. Mi gente no son buenos doctores. No tienen las cualidades necesarias para ello. Es extraño cómo se diferencian las mentes de las razas. Es extraño que Marte jamás pensase en la medicina, que literalmente jamás pensase en ella. Suplimos esa necesidad con el culto del fatalismo. Cuando, aún en vuestra historia primitiva, cuando los hombres todavía vivían en cavernas…
—Hay muchas cosas —dijo Webster— que vosotros imaginasteis mientras que nosotros no. Cosas que ahora nos preguntamos cómo pudimos pasar por alto. Habilidades que vosotros desarrollasteis y que nosotros no tenemos. Ahí está por ejemplo tu propia especialidad, la filosofía. Tan diferente de la nuestra. Una ciencia, mientras que la nuestra nunca fue nada más que un trastabillar ordenado. El vuestro es un desarrollo lógico y metódico de la filosofía, aplicable, útil, una verdadera herramienta. Juwain comenzó a hablar, dudó, pero luego prosiguió:
—Me estoy acercando a algo, a algo que puede ser nuevo y asombroso. Algo que será una herramienta para vosotros, los humanos, al mismo tiempo que para los marcianos. He trabajado en ello durante años, comenzando por ciertos conceptos mentales que al principio me fueron sugeridos por la llegada de los terrestres. No he dicho nada de esto porque aún no estoy seguro.
—Y ahora —sugirió Webster— estás seguro.
—No del todo —dijo Juwain—. No estoy seguro, pero casi.
Permanecieron en silencio, contemplando las montañas y el lago. Un pájaro se acercó y se posó en uno de los macilentos árboles, comenzando a cantar. Nubarrones oscuros se amontonaban tras las cordilleras, y las cumbres nevadas se recortaban como piedras esculpidas. El sol se hundió en un lago de color púrpura, y finalmente se transformó en el brillo de un fuego muy apagado.
Sonó una llamada en la puerta, y Webster se agitó en su silla, vuelto repentinamente a la realidad de la habitación, de la silla bajo él.
Juwain había desaparecido. El viejo filósofo había llegado y permanecido unos minutos en contemplación con su amigo, y luego, silenciosamente, había desaparecido.
La llamada sonó de nuevo.
Webster se inclinó hacia adelante, cerró el conmutador, y se esfumaron las montañas. La habitación volvió a ser una habitación. El anochecer se filtraba a través de las altas ventanas, y el fuego era un parpadeo rojizo entre cenizas.
—Entre —dijo Webster.
Jenkins abrió la puerta.
—La cena está servida, señor —dijo.
—Gracias —dijo Webster. Se alzó lentamente de la silla.
—Su sitio, señor —dijo Jenkins—, se halla en la cabecera de la mesa.
—Ah, sí —dijo Webster—. Gracias, Jenkins.
Webster se encontraba en la amplia rampa del espaciopuerto, contemplando la forma que se empequeñecía en el cielo, seguida por débiles puntos de rojo avanzando a través de la claridad invernal.
Durante largos minutos, después de que hubo desaparecido la forma, permaneció allí, con las manos aferradas a la barandilla situada frente a él, con los ojos todavía mirando al cielo.
Sus labios se movieron y dijeron: «Adiós, hijo». Pero no sonó nada. Lentamente, comenzó a darse cuenta de lo que le rodeaba. Supo que por la rampa se movía gente, vio que el campo de aterrizaje parecía extenderse interminablemente hasta el lejano horizonte, moteado aquí y allá por las cosas gibosas que eran las espacionaves en tierra. Tractores quitanieves trabajaban cerca de un hangar, limpiando los restos de la nevada de la noche anterior. Webster se estremeció y pensó que eso era extraño, porque el sol del mediodía era cálido. Y se estremeció de nuevo.
Se giró poco a poco, apartándose de la barandilla, y se dirigió al edificio de administración. Y durante un aterrador momento notó un miedo repentino: un miedo irrazonable y embarazoso hacia aquella extensión de cemento que formaba la rampa. Un miedo que le dejó temblando mentalmente mientras dirigía sus pasos hacia la puerta.
Un hombre caminó hacia él, balanceando un maletín en su mano, y Webster, contemplándolo, deseó fervientemente que el hombre no hablase con él.
El hombre no habló, y pasó a su lado sin casi ni mirarle, y Webster se sintió aliviado. Si estuviese de vuelta en casa, se dijo Webster, habría terminado de comer, y ahora ya estaría dispuesto a acostarse para la siesta del mediodía. El fuego estaría ardiendo en la chimenea, y el parpadeo de las llamas sería reflejado por los morillos. Jenkins le traería una copa y diría una palabra o dos, una conversación inconsecuente.
Se apresuró hacia la puerta, acelerando su paso, ansioso de apartarse de la fría extensión desnuda de la masiva rampa.
Era raro lo que sentía acerca de Thomas. Claro que era natural que le hubiese molestado verlo partir. Pero no era en absoluto natural el que en esos últimos minutos hubiera notado ese horror cayendo sobre él. Horror del viaje a través del espacio. Horror de la extraña tierra de Marte… aunque Marte ya no era en absoluto extraño. Ya durante más de un siglo el hombre lo había conocido, había luchado contra él, vivido con él y hasta algunos habían llegado a amarlo.
Pero tan sólo había sido una férrea fuerza de voluntad lo que había evitado que, en esos últimos segundos antes de que la nave despegase, hubiera corrido por el campo, gritando a Thomas que volviese, chillando que no fuera. Pero, naturalmente, era imposible que eso hubiera sucedido. Hubiera sido exhibicionismo, humillante y deshonroso… algo que un Webster no podía hacer. Después de todo, se dijo a sí mismo, un viaje a Marte ya no era una aventura, ya no. En un tiempo lo había sido, pero ese tiempo había pasado ya. El mismo, en sus años mozos, había viajado a Marte, y permanecido allí durante cinco largos años. Esto había sido, suspiró al recordarlo, esto había sido casi hacía treinta años.
El rumor y el ruido de la sala le golpearon en el rostro cuando el sirviente robot le abrió la puerta, y en este rumor se hallaba la raíz de algo que casi era terror. Durante un momento dudó, luego entró dentro. La puerta se cerró suavemente tras él.
Permaneció cerca de la pared, para quedarse fuera del camino de la gente, dirigiéndose a una silla en un rincón. Se sentó y se recostó, apretujando su cuerpo muy dentro de los almohadones, contemplando la multitudinaria humanidad que llenaba la sala.
Gente chillona, gente apresurada, gente con rostros extraños y desconocidos. Desconocidos… todos ellos. Ni un solo rostro le era familiar. Gente que iba a sitios. Que se dirigía a los planetas. Ansiosos por partir. Preocupados por los detalles finales. Corriendo de aquí para allá.
De la multitud surgió al fin un rostro familiar. Webster se echó hacia adelante.
—¡Jenkins! —gritó. Y entonces lamentó el grito, aunque nadie pareció darse cuenta de ello.
El robot se dirigió hacia él, colocándose enfrente.
—Dile a Raymond —dijo Webster— que tengo que volver inmediatamente. Dile que traiga rápidamente el helicóptero.
—Lo siento, señor —dijo Jenkins—, pero no podemos irnos inmediatamente. Los mecánicos hallaron un fallo en la cámara de combustión atómica. Están instalando una nueva, y les llevará varias horas.
—Pero seguramente —dijo Webster con impaciencia— podrían haber esperado a otra ocasión.
—El mecánico dijo que no, señor —le dijo Jenkins—. Podría fallar en cualquier instante. Toda la carga de energía…
—Sí, sí —aceptó Webster—. Supongo que es así. Jugueteó nerviosamente con su sombrero.
—Acabo de recordar —dijo— algo que tenía que hacer. Algo que tenía que ser hecho inmediatamente. Tengo que ir a casa. No puedo esperar varias horas.
Se removió hasta situarse en el borde de la silla, con sus ojos contemplando la pululante multitud.
Rostros… Rostros…
—Quizá pudiera usted televisar —sugirió Jenkins—. Uno de los robots podría hacerlo. Hay una cabina…
—Espera, Jenkins —dijo Webster. Dudó un momento—. No hay nada que hacer en casa. Nada en absoluto. Pero tengo que salir de aquí. No puedo seguir permaneciendo en este lugar. Si me veo obligado a ello, me volveré loco. Estaba asustado allí en la rampa, y estoy asombrado y confundido aquí. Tengo una sensación, una sensación extraña y terrible. Jenkins, yo…
—Lo comprendo, señor —dijo Jenkins—. Su padre también se sentía así. Webster se asombró.
—¿Mi padre?
—Sí, señor. Es por eso por lo que nunca iba a ninguna parte. Tenía más o menos su edad, señor, cuando se dio cuenta de ello. Trató de hacer un viaje a Europa y no pudo. Llegó a mitad de camino y volvió. Tenía una palabra para definirlo.
Webster permaneció en un asombrado silencio.
—Una palabra para definirlo —dijo finalmente—. Naturalmente que hay una palabra para definirlo. Mi padre la tenía. ¿La tenía también mi abuelo?
—No se lo podría decir, señor —dijo Jenkins—. No fui fabricado hasta después de que su abuelo fuera ya un hombre mayor, pero quizá la tuviera también. Tampoco iba a ninguna parte.
—Entonces lo comprendes —dijo Webster—. Sabes cómo es. Me siento como si fuera a ponerme enfermo, físicamente enfermo. Mira a ver si puedes alquilar un helicóptero… cualquier cosa, para que podamos ir casa.
—Sí, señor —dijo Jenkins.
Comenzó a irse, pero Webster lo llamó de regreso.
—¿Sabe alguien más sobre esto, Jenkins? ¿Cualquiera…?
—No, señor —dijo Jenkins—. Su padre nunca lo mencionó, y en alguna forma me imaginé que tampoco le hubiera agradado que yo lo comentara.
—Gracias, Jenkins —dijo Webster.
Se recostó de nuevo en la silla, sintiéndose desolado, solo y fuera de lugar. Sólo en una sala atestada, que zumbaba llena de vida. Una soledad que le desgarraba, que lo dejaba débil y agotado.
Nostalgia. Simple y vergonzosa nostalgia, se dijo a sí mismo. Algo que se supone que los muchachos deben de sentir cuando se van por primera vez de casa, cuando parten a enfrentarse con el mundo.
Y había una palabra culta para ello: agorafobia, el morboso temor de hallarse en medio de espacios abiertos, derivada de la raíz griega que significaba literalmente miedo a la plaza pública. Si cruzaba la habitación hasta la cabina de televisión, podría efectuar una llamada y hablar con su madre o con uno de los robots, o aún mejor, quedarse simplemente sentado mirando a su hogar hasta que Jenkins volviera a por él.
Comenzó a alzarse y luego se hundió de nuevo en la silla. No era lo mismo. El hablar con alguien o el mirar a un lugar no era como el hallarse allí. No podría oler los pinos en el aire invernal, o escuchar el crujido familiar de la nieve bajo sus pies, o extender la mano y tocar uno de los masivos robles que crecían junto al camino. No podía sentir el calor del fuego o notar la segura y tranquilizante sensación de pertenecer, de ser un mismo todo con una extensión de terreno y con las cosas que se hallaban en ella.
Y sin embargo, tal vez ayudaría. Quizá no demasiado, pero algo. Comenzó a alzarse de nuevo de la silla, y se quedó helado. Los pocos pasos hasta la cabina contenían un terror, un terrible y avasallador terror. Si los cruzaba, tendría que hacerlo a la carrera. Correr para escapar de los ojos que lo miraban, de los sonidos no familiares, de la agonizante cercanía de rostros extraños. Abruptamente, se sentó de nuevo.
La aguda voz de una mujer atravesó la sala, y él se hundió, tratando de alejarse de ella. Se sentía terriblemente. Se sentía como en un infierno. Deseaba que Jenkins se apresurase.
El primer suspiro de la primavera llegó a través de la ventana, llenando el estudio con una promesa de nieves en fusión, de flores y hojas que estaban ya próximas, de cataratas de agua espumeando entre el azul, de truchas que se ocultaban en los charcos acechando a las moscas. Webster alzó sus ojos del montón de papeles de su escritorio, aspiró la brisa y sintió el frío susurro de la misma en su mejilla. Su mano se extendió buscando la copa de coñac, la encontró vacía y la dejó de nuevo.
Se inclinó otra vez sobre los papeles, tomó un lápiz y tachó una palabra. Críticamente, leyó los últimos párrafos: «El hecho que de un total de doscientas cincuenta personas que fueron invitadas a visitarme, teóricamente por cuestiones de importancia superior a lo ordinario, tan sólo tres fueran capaces de venir, no prueba necesariamente que todas ellas, excepto esas tres, sean víctimas de agorafobia. Algunas pudieran haber tenido razones legítimas para no poder aceptar mi invitación. Pero esto indica una creciente falta de deseo, en los hombres que viven bajo la forma de existencia en la Tierra posterior al hundimiento de las grandes ciudades, de moverse de los lugares que les son familiares, un instinto que se hace cada vez más profundo de permanecer entre las posesiones y escenarios que en su mente se han ido asociando con la satisfacción y el bienestar de la vida.
»Cuál será el resultado de esta nueva circunstancia, es algo que nadie puede indicar con claridad puesto que se aplica tan sólo a una pequeña porción de la población terrestre. Entre las familias más numerosas, la presión económica obliga a algunos de los hijos a buscar sus fortunas en otras partes de la Tierra o en alguno de los otros planetas. Muchos otros buscan deliberadamente oportunidades y aventuras en el espacio, mientras que algunos se dedican a profesiones o trabajos que convierten en imposible una existencia sedentaria».
Pasó las páginas, yendo a la última. Sabía que era un buen estudio, pero que no podía ser publicado. Todavía no. Quizá después de que hubiera muerto. Por lo que él sabía, nadie hasta ahora ni siquiera se había dado cuenta de la tendencia. Todo el mundo había tomado por natural el que la gente no se fuese de sus casas, porque después de todo, ¿para qué salir de ellas?
El televisor murmuró tras él, y extendió la mano para accionar el conmutador. La habitación se disolvió, y se halló cara a cara con un hombre que se sentaba tras un escritorio, casi como si se hallase al otro lado del escritorio de Webster. Un hombre canoso, de ojos tristes colocados tras espesas gafas.
Por un momento, Webster se le quedó mirando, mientras la memoria trataba de venir a él.
—¿Podría ser…? —le preguntó, y el hombre sonrió gravemente.
—He cambiado —dijo—, y usted también. Mi nombre es Clay Borne. ¿Recuerda? De la Comisión Médica marciana…
—¡Clay Borne! A menudo pensé en usted. Permaneció usted en Marte. Clay Borne asintió.
—He leído su libro, doctor. Es una verdadera contribución. A menudo pensé que debería ser escrito un libro así, y deseé hacerlo yo mismo; pero nunca encontré el tiempo. Y es mejor que no lo hiciera. Usted realizó un trabajo mucho mejor, especialmente en lo que respecta al cerebro.
—El cerebro marciano —dijo Webster— siempre me intrigó. Ciertas peculiaridades. Me temo que en esos cinco años gasté más tiempo del que debería haber empleado tomando notas. Había otros trabajos que hacer.
—Me alegro de que lo hiciera —dijo Clay Borne—. Es por eso por lo que le estoy llamando ahora. Tengo un paciente… una operación cerebral. Tan sólo usted podría realizar la intervención.
Webster perdió el aliento. Sus manos temblaban.
—¿Lo traerán aquí?
Clay Borne negó con la cabeza.
—No puede ser movido. Creo que usted lo conoce. Es Juwain, el filósofo.
—¡Juwain! —dijo Webster—. Es uno de mis mejores amigos. Hablamos hace tan sólo un par de días.
—El ataque fue repentino —dijo Clay Borne—. Ha estado pidiendo por usted.
Webster estaba silencioso y helado. Helado, con un frío que le llegaba de algún punto irreconocible. Gelidez que bañaba de sudor su frente, y le hacía apretar los puños.
—Si sale usted inmediatamente —dijo Clay Borne—, llegará aquí a tiempo. Ya he arreglado con el Comité Mundial para que pongan inmediatamente una nave a su disposición. Es necesario que se dé usted la mayor prisa posible.
—Pero —dijo Webster—, pero… No puedo ir.
—¡No puede venir!
—Es imposible —dijo Webster—. En cualquier caso, dudo que se me necesite. Seguramente, usted mismo…
—No puedo —dijo Clay Borne—. Nadie puede excepto usted. Nadie más tiene los conocimientos necesarios. Tiene usted la vida de Juwain en sus manos. Si viene vivirá; sino, morirá.
—No puedo ir al espacio —dijo Webster.
—Cualquiera puede salir al espacio —dijo Clay Borne—. Ya no es como antes. Puede usted recibir cualquier condicionamiento que crea necesario.
—Pero usted no comprende —rogó Webster—. Usted…
—No, no lo comprendo —dijo Clay Boner—. Francamente no lo comprendo. Que alguien rehúse salvar la vida de un amigo…
Los dos hombres se miraron por un largo momento, sin hablar.
—Le diré al Comité que envíe la nave directamente a su casa —dijo finalmente Clay Borne—. Espero que para entonces todo esté solucionado y pueda usted venir.
Clay Borne se esfumó, y de nuevo volvió la visión de la pared, de la pared y los libros, del hogar y las pinturas, de los bienamados muebles, de la promesa de la primavera que llegaba a través de la ventana.
Webster estaba helado en la silla, mirando a la pared situada frente a él. Juwain, con su peluda y arrugada cara, su silbante susurro, su amistad y la comprensión que era tan suya. Juwain, que usaba de la filosofía como de una herramienta, como de una ciencia, como de una piedra sillar sobre la que edificar una vida mejor.
Webster dejó caer su rostro entre sus manos, y luchó con la agonía que se alzaba en su interior.
Clay Borne no había comprendido. Uno no podía esperar que él comprendiese, pues no tenía forma en qué saberlo, y aún sabiéndolo, ¿lo comprendería? Aún, el, Webster, no lo hubiera comprendido en cualquier otro hasta que lo hubo descubierto en sí mismo: el terrible miedo a abandonar su propio hogar, sus propias tierras, sus posesiones, los pequeños simbolismos que había erigido. Y no sólo él, sino también esos otros Webster. Comenzando por el primer John J. Hombres y mujeres que habían hecho de la vida un culto, y de la tradición una creencia. El, Jerome A. Webster, había ido a Marte cuando era un joven, y no había notado ni sospechado el veneno psicológico que ya corría por sus venas. Incluso el mismo Thomas se había ido hacía unos pocos meses a Marte, pero treinta años de una vida tranquila aquí, en el refugio que los Webster llamaban hogar, lo había llevado al primer plano, lo había desarrollado sin siquiera darse él cuenta de ello. De hecho, no había tenido oportunidad de darse cuenta. Ahora, ya veía claro cómo había sucedido, claro como el cristal. La costumbre, y el hábito mental, y una asociación de amistad hacia ciertas cosas, cosas que no tenían verdadero valor en sí mismas, pero a las que les había sido asignado un valor, un valor definido y concreto, por una familia, durante cinco generaciones.
No era extraño que los otros lugares le parecieran distintos, no le asombraba que los otros horizontes tuvieran una pincelada de horror en su trazo.
Y no había nada que uno pudiera hacer, nada, excepto si uno talaba todos los árboles y prendía fuego a la casa, y alteraba el cauce de los ríos. Y aun tal vez ni así, tal vez…
El televisor murmuró, y Webster alzó el rostro, extendió una mano y accionó el conmutador.
La habitación se iluminó con un violento estallido de blanco, pero no hubo imagen. Una voz dijo:
—Llamada secreta. Llamada secreta.
Webster corrió un panel en la máquina, giró un par de diales y oyó el zumbido de la energía que se convertía en una pantalla que bloqueaba la habitación.
—Establecido el secreto —dijo.
El resplandor blanco se apagó, y un hombre apareció sentado al otro lado de un escritorio. Un hombre al que había visto muchas otras veces en los discursos televisados, en las noticias diarias.
Henderson, el presidente del Comité Mundial.
—He tenido una llamada de Clay Borne —dijo Henderson. Webster asintió sin hablar.
—Me ha dicho que rehúsa usted ir a Marte.
—No he rehusado —dijo Webster—. Cuando Clay Borne cortó, la cuestión todavía estaba en pie. Le dije que me era imposible ir, pero él rechazó esto. No pareció comprender.
—Webster, tiene usted que ir —dijo Henderson—. Es usted la única persona con los conocimientos necesarios sobre el cerebro marciano como para realizar la operación. Si fuera una operación simple tal vez pudiera realizarla cualquier otro, pero no una como ésta.
—Tal vez sea eso cierto —dijo Webster—, pero…
—No es tan sólo la cuestión de salvar una vida —dijo Henderson—. Ni siquiera la vida de una persona tan distinguida como es Juwain, Es algo mayor que eso. Juwain es amigo suyo. Tal vez le haya hablado de lo que ha descubierto.
—Sí —dijo Webster—. Sí, lo hizo. De un nuevo concepto filosófico.
—Un concepto —declaró Henderson— sin el que no podemos pasar. Un concepto que renovará el sistema solar, que hará adelantar a la humanidad cien mil años en el espacio de dos generaciones. Una nueva dirección de propósito que se encaminará hacia una meta que hasta ahora no habíamos sospechado, que ni siquiera habíamos supuesto que existiera. Una verdad realmente nueva, ¿comprende? Una que nunca antes se le había ocurrido a nadie.
Las manos de Webster se aferraron al borde de la mesa hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—Si muere Juwain —dijo Henderson—, ese concepto morirá con él. Es posible que se pierda para siempre.
—Trataré —dijo Webster—. Trataré… Los ojos de Henderson eran duros.
—¿Eso es lo mejor que me puede decir?
—Eso es lo mejor —admitió Webster.
—Pero hombre, ¡tiene usted que tener alguna razón! ¡Alguna explicación!
—Ninguna —dijo Webster— que desee dar. Deliberadamente, extendió la mano y apagó el conmutador.
Webster se sentaba tras el escritorio, y mantenía sus manos frente a él, contemplándolas. Manos que tenían habilidad, que poseían conocimientos. Manos que podrían salvar una vida si es que llegaban a Marte. Manos que podían salvar una idea para el sistema solar, para la humanidad, para los marcianos. Un nueva idea que les haría avanzar cien mil años en las siguientes dos generaciones. Pero manos que estaban encadenadas por una fobia, que surgía de esta vida tranquila. Decadencia: una decadencia extrañamente hermosa y mortal.
El hombre había abandonado las ciudades abarrotadas, el lugar de cobijo, hacía dos centenares de años. Había acabado con los antiguos enemigos y los antiguos temores que lo habían mantenido alrededor de la fogata común. Había dejado atrás los duendes primordiales que habían caminado con él desde que salió de las cavernas. Y sin embargo… sin embargo…
Aquí había otro lugar de cobijo. No de cobijo para el cuerpo, sino para la mente. Una fogata psicológica que todavía mantenía al hombre atado a su círculo de luz. No obstante, lo sabía, tenía que abandonar este fuego. Tal y como los hombres lo habían hecho con las ciudades hacía doscientos años, tenía que apartarse y abandonarlo, y no debía de mirar hacia atrás.
Tenía que ir a Marte… o al menos partir hacia Marte. No cabían dudas cerca de esto. Tenía que ir.
Si sobrevivía al viaje, si podría realizar la operación una vez hubiera llegado, era algo que desconocía. Se preguntó vagamente si la agorafobia sería mortal. Suponía que sí podría serlo en su forma más extrema. Alargó la mano para tocar el timbre, pero dudó. No valía la pena el llamar a Jenkins para que hiciera las maletas. Las haría él mismo: le mantendría ocupado hasta que llegase la nave.
Del estante superior del armario del dormitorio sacó una maleta y vio que estaba polvorienta. Sopló, pero el polvo permaneció adherido. Llevaba ya demasiados años ahí. Mientras llenaba la maleta, la habitación argüía con él, habiéndole con esa muda voz que las cosas inanimadas, pero familiares, pueden emplear para hablar con el hombre.
—No puedes irte —decía la habitación—. No puedes irte y dejarme. Y Webster respondía, medio implorando, medio explicando:
—Tengo que ir. ¿Es que no puedes comprenderlo? Es un amigo, un viejo amigo. Volveré.
Realizada la tarea, Webster regresó al estudio, derrumbándose en su silla. Debía irse y, no obstante, no podía hacerlo. Pero, sabía que cuando llegase la nave, cuando llegase el momento, saldría de la casa y se dirigiría a la nave.
Fortaleció su mente para eso. Trató de crear una firme determinación, trató de apartar de ella todo pensamiento excepto el de que se iba a ir. Las cosas de la habitación se introducían en su cerebro, como si fuesen parte de una conspiración para mantenerlo allí. Cosas que veía como si fuese la primera vez, cosas viejas pero que al recordarles repentinamente eran nuevas. El cronómetro que marcaba al mismo tiempo la hora de la Tierra y de Marte., los días del mes, las fases de la Luna. La foto de su difunta esposa sobre el escritorio. El trofeo que había ganado en la escuela preparatoria. El diploma que le había costado diez «pavos» como recuerdo de su viaje a Marte. Los contempló, al principio casi a desgana, luego ansiosamente, almacenando la memoria de todos ellos en su cerebro. Contemplándolos como componentes separados de una habitación que había aceptado durante todos esos años como un todo terminado, sin darse cuenta nunca de la multitud de objetos que se iban añadiendo para completarla.
Caía la tarde. Era un atardecer de los inicios de la primavera, un atardecer que olía a los primeros árboles en flor.
La nave debería haber llegado hacía ya tiempo. Se encontró escuchando por si llegaba, aunque se daba cuenta de que no la oiría. Una nave, movida por motores atómicos, era silenciosa mientras no aceleraba. Al aterrizar y al despegar, flotaba como la niebla, sin producir ni un solo murmullo. Estaría aquí pronto. Tendría que estar aquí pronto, o nunca podría irse. Si tenía que esperar mucho más, sabía que su firme determinación se desmoronaría como un montón de polvo bajo la lluvia. No podría mantener su propósito por mucho más tiempo contra los ruegos de la habitación, contra el parpadeo del fuego, contra el murmullo de la tierra en la que cinco generaciones de Webster habían vivido sus vidas y luego muerto.
Cerró sus ojos y luchó contra el frío que subía por su cuerpo. No podía dejar que se apoderase de él ahora, se dijo a sí mismo. Tenía que mantenerse firme. Cuando llegase la nave, todavía debería ser capaz de alzarse y caminar desde la puerta hasta la portezuela.
Sonó una llamada en la puerta.
—Entre —dijo Webster.
Era Jenkins. La luz de la chimenea relumbraba en su brillante piel metálica.
—¿Llamó usted antes, señor? —preguntó.
Webster negó con la cabeza.
—Temí que lo hubiera hecho —explicó Jenkins—, y que se hubiera preguntado por qué no había acudido. Ha ocurrido un hecho extraordinario, señor. Dos hombres llegaron con una nave, y dijeron que querían llevarle a Marte.
—Están aquí —dijo Webster—. ¿Por qué no me llamaste? Se alzó dificultosamente.
—No pensé, señor —dijo Jenkins—, que deseara usted ser molestado. Era tan inaudito. Finalmente, logré hacerles comprender que era imposible que usted deseara ir a Marte.
Webster se quedó rígido. Notó cómo un miedo helado asía su corazón. Aferrándose con ambas manos al borde del escritorio, se sentó en la silla, notando como las paredes de la habitación se cerraban en torno suyo, en una trampa que jamás le dejaría ir.