¡Qué lindo que las chicas Ramírez vengan a visitarme! Eso fue lo primero que dijo Damián mientras bajaba de su jeep, nosotras a su alcance, y nos pareció rara esa su mirada, nos pareció inapropiado el tono; pero qué podíamos reclamar Nina y yo si pensábamos que éramos culpables. Habíamos entrado a su propiedad cuando él no estaba y, hasta ese momento, no nos había parecido tan malo, ni raro porque sentíamos, mi hermana y yo, que conocíamos al lechero desde siempre, porque día por medio pasaba por casa, muy de mañana, a dejarle tres litros de leche a mamá. Se llamaba Damián y manejaba un jeep viejo que escuchábamos llegar desde antes de que torciera por la esquina de nuestra calle.
Nunca habíamos hablado con él, pero sabíamos cómo llegar hasta su finca que, en bicicleta, no quedaba muy lejos de casa. Una vez, estábamos pasando por ahí con nuestros padres y ellos se detuvieron un rato a conversar con él. Damián insistió en hacernos pasar y nos invitó refresco de tamarindo. A Nina nunca le gustó el tamarindo.
Esa vez, conocimos un poco el lugar donde vivía: un cuarto oscuro al que no entramos, un corral para las vacas, un aljibe de donde sacaba agua; pero en realidad no sabíamos qué clase de persona era, ¿o sí? Habíamos percibido, al menos a mí me pareció aquella vez, que mamá tenía apuro por irse y que, en cambio, Damián insistía en que la visita se alargara, contando una cosa y luego otra, hablando sin parar, y luego la mirada de ella a papá, haciendo que él enseguida diga Lo sentimos mucho, de veras tenemos que irnos.
Si Nina no había percibido el fastidio de mamá aquella vez, tal vez tuve que haber sido yo la que dijera Vámonos. Yo tendría que haber dicho Mejor vámonos, no entremos. Pero no dije nada cuando llegamos, pasadas las cuatro de la tarde, a la lechería. Seguramente, Damián había terminado la segunda ordeña y se había ido a repartir su leche, porque él no estaba y su jeep tampoco. Yo siempre me complico con las puertas, pero a Nina le resultó fácil abrir el portón; apenas tuvo que levantar el lazo de alambre que abrazaba el mojón e impedía que la puerta se abriera sola.
Aun sabiendo que no había nadie, Nina gritó desde la entrada ¡Buenas tardes!, aplaudiendo para que nos escuchara, como solía hacer papá. Yo no le dije nada, no le advertí cuando cruzamos el portón, cuando entramos, dejando las bicis botadas sobre el pasto. Solamente los perros salieron. Solo los perros salieron a nuestro encuentro, primero ladrando y después batiendo las colas. Eran tres: todos medianos, con el lomo negro y el pecho y las patas amarillas. Nadie más salió. Igual entramos. Para qué habremos entrado.
Goliat fue el primero en acercarse a nosotras, después los otros dos: Sansón y Pintu. Querían lamernos las manos. A Nina nunca le gustó sentir la lengua de los perros, así que no se acercaba a ellos, ni dejaba que se le apegaran. Además, Su dueño no está, me dijo. Recuerdo que lo dijo con el temor que ya le conocía, que no era el terror que vendría después. Era el temor habitual.
Pero a mí en ese entonces me gustaban los perros y, cuando veía alguno en la calle, lo acariciaba aunque no lo conociera; así que también a estos me les acerqué hablándoles bajito y sobándoles el lomo, pensando que todo estaba bien, pero en realidad era raro estar ahí.
Todas las puertas habían quedado abiertas y, más que una propiedad vacía, parecía una granja abandonada. Incluso el aljibe, que nos había fascinado cuando habíamos venido con papá y mamá, nos resultó misterioso cuando nos apoyamos en la pared de ladrillos que lo rodeaba y miramos para adentro, intentando encontrar su fondo. Allá, muy abajo, nuestras cabezas, la tuya y la mía, se recortaban rodeadas del brillo de la tarde, que llegaba mermado hasta el agua. Las palabras dichas en esa boca oscura, el pozo nos las devolvía agujereadas por la distancia. ¿Qué palabras dijimos, cómo nos fueron devueltas?, seguro que festejamos cada una, cuando teníamos el cuerpo todavía entero, cuando aún no cargábamos el secreto, qué palabras dijimos, ya no recuerdo, pero después nos pusimos a dar vueltas.
La lechería en sí no era muy grande. Se trataba de un corral con cerca de madera que tenía tres divisiones, la más pequeña para el ordeño. Esa era la única que tenía el piso de cemento. El resto del corral estaba lleno de barro y había que atravesarlo haciendo equilibrio para no ensuciarse demasiado.
Frente al corral, al otro lado de un canchón pedregoso, estaban los dos cuartos que hacían de vivienda. Me acuerdo de esos cuartos, cómo no. Todavía viene a mis ojos el hueco oscuro que dejaban las puertas abiertas, el agujero rectangular simulando una ventana, que empujaba su noche interior hasta donde estábamos. Nosotras ya habíamos visto todo eso cuando vinimos con nuestros padres: el corral, los dos cuartos con las puertas abiertas; pero no habíamos entrado. Hubiéramos querido, por ejemplo, pisar el barro verde que cubría todo el piso del corral, hurgar entre los aparejos extraños, conocer las herramientas. Pero mamá no quiso que nos alejáramos. En un rato ya nos vamos, nos dijo aquella vez.
Ahora, en cambio, Damián no estaba y pensamos que no había peligro. ¿Vamos a ver?, dijo Nina; y yo, que tanto quería ver las cosas extrañas que él manejaba, Vamos, le dije, en vez de decirle Vámonos, ya se hace tarde. Entonces nos quedamos.
Era como si los objetos estuvieran, de repente, a disposición nuestra, silenciosos y quietos, con todo su misterio volcado hacia afuera para que lo pudieran ver nuestros ojos. Bajo un alero detrás de los comederos, para que los animales no pudieran llegar, estaban apiladas las talegas de alimento balanceado y de pepita de algodón. Las grandes bolsas de balanceado y de pepita de algodón, puestas unas sobre otras, delante de nosotras. Ahora sí podíamos meter nuestras manos en esa masa confusa, entre suave y áspera, de las pepitas, podíamos sentir los redondos peludos de las pepas y el olor dulzón que se quedaba después entre nuestros dedos, llenos de polvo. Podíamos tomar el alimento balanceado con una pequeña pala y derramarlo en los comederos y, al hacerlo, se levantaba el aroma del afrecho, del maíz, del pasto ahí metido y triturado, el aroma que venía caracoleando a nuestras narices. Podíamos coger el lazo, jugar un rato a perseguirnos con el chicote, cómo nos reíamos, y los perros ladraban y nos perseguían al mismo tiempo, confundidos, sin saber si nosotras jugábamos o si había amenaza en nuestro escaparnos y alcanzarnos. También revisamos los lienzos en los que el lechero envolvía el queso. Revisar, como si fuéramos las inspectoras de algo o de alguien, si había dejado los baldes de ordeña bien lavados; y agarrar los frascos de la veterinaria para ver si podíamos leer las etiquetas sin equivocarnos, imaginándonos para qué era cada uno de los remedios, abriendo las tapas y asomando nuestras narices al olor algunas veces picante, otras amargo y penetrante, mientras Pintu y Goliat se relamían los hocicos. Cada objeto tenía un aroma novedoso. A animal, a leche, a químico, a hierro oxidado.
Nos trepamos a las maderas del corral, hasta el escaño más alto para poder mirar más allá, los perros intentaban alcanzarnos apoyando sus pezuñas delanteras contra los travesaños. Una especie de grasa hedionda se quedó pegada a nuestra piel, haciéndonos sentir incómodas y sucias, como si lo pegajoso no se fuera a quitar más de nuestras manos. Tal vez si hubiéramos visto eso como una premonición, pienso ahora, nos hubiéramos ido a tiempo, pero creímos que era solo parte del juego.
Después, un rato de esos, los perros sintieron algo en dirección al camino. Detuvieron su rodearnos y su batirnos la cola, quedándose estáticos con la cabeza volcada, las orejas paradas. Ladraron y después, al unísono, emprendieron carrera hacia el portón, alejándose de nosotras. Al instante sentimos miedo, aunque ninguna de nosotras dijera nada.
Nos quedamos quietas mirando hacia donde los perros habían desaparecido y pronto pudimos escuchar el motor inconfundible del jeep. De inmediato, nos bajamos de la cerca y vimos que los tres perros ya ladraban y batían la cola, expectantes delante del portón. Nosotras dejamos en su lugar cualquier cosa que hubiéramos podido desordenar y nos limpiamos los rastros de balanceado de la ropa. Todavía teníamos la idea de huir antes de que Damián terminara de llegar, pero no fue posible. Cuando vimos que el jeep ya asomaba la trompa atravesando el portón, nos miramos asustadas, aunque en ese momento aún no teníamos razones para temer, o quizá sí, porque estábamos hurgando cosas en una propiedad que no era la nuestra.
El jeep ingresó aplastando las briznas de hierba con sus llantas viejas, a mis ojos viene clara la visión de los abrojos siendo destruidos y, por la ventanilla abierta de la movilidad, los ojos del hombre viéndonos salir del corral, sacudiéndonos las manos y ocultándolas tras la espalda.
Damián parqueó junto a los cuartos, en el canchón pedregoso, y bajó sin despegarnos los ojos. Sonreía. Fue ahí, exactamente ahí, que dijo: ¡Qué lindo que las chicas Ramírez vengan a visitarme! Buenas tardes Damián, dijo Nina, su voz temblaba un poco. Buenas tardes, la imité. Vivía imitándola. Ahí, el lechero se nos acercó y nos alcanzó la mano derecha, primero a mí, que la tomé a modo de saludo, vi que me veía a los ojos. Después a vos, la mano derecha, que también estrechaste y eso aprovechó él para jalarte hacia sí y rodearte con sus brazos, en un gesto brusco y excesivo, sus brazos de ordeñar cada día, de abrir y cerrar portones, de lacear terneros y tumbarlos contra el barro, yo mirándolo, yo mirándola. Señorita Nina, quién diría, bienvenida. Nina estás en mis ojos, yo te veo perdida en el abrazo, tus labios tensos, tus ojos azorados. Vengan, vengan mis niñas; cuando dejó de apretar a Nina contra sí, Les invito un refresco.
Gracias, pero tenemos que irnos, los ojos suplicantes de mi hermana. Me acuerdo que los perros se habían tumbado en el suelo y miraban a su amo.
No, no. De ninguna manera. No había forma alguna, ¿no? Pero el secreto está a salvo conmigo, yo lo guardo en una jaula de oro, cubierta bajo mi esternón.
Tomó nuestras manos, nuestras manos azoradas y temerosas rodeadas por sus dedos callosos, y nos condujo hacia los cuartos, nos hizo cruzar la puerta de uno de ellos. Al principio, no vimos nada porque nuestros ojos se habían acostumbrado al brillo de afuera y en la pieza las cortinas estaban corridas. De inmediato, sentimos el aire apretado de ahí adentro, el aire encerrado, no flotante en la oscuridad, sino detenido y descompuesto.
A medida que nuestros ojos se acostumbraban a la penumbra, desde nuestros pechos reconocimos una mesa, dos sillas, un bañador apoyado en un taburete junto a la ventana, anaqueles y, al fondo, el horror: una cama.
Siéntense, chicas, liberándonos las manos. Por un momento, nos dio la espalda y volqué a mirar. Estaba Nina sentada a mi costado, sus manos apretujando la polera, tal vez anticipando… ¿qué?, si era solo amabilidad ¿no?, pero había pasado, estaba pasando, ¿qué?, Nina, ¿qué está pasando? Su dulce torso, estrecho, subiendo y bajando con ímpetu, como si estuviera a punto de asfixiarse. Lo que no se dice, hermana, yo tampoco lo diré.
Damián sacó dos vasos de la alacena, los puso sobre la mesa y tomó la jarra para servirnos refresco. Nos alcanzó los vasos llenos y, cuando los cogimos, él tardó en apartar sus manos, para asegurarse de conseguir un roce con nuestros dedos. Su aspereza en la piel de Nina. Todo resultaba sucio, así que apuré el refresco y me paré, igual que ella.
Nos dirigimos hacia la puerta, urgidas por llegar afuera, al canchón abierto, al sol que iba abandonándonos. Entonces, él se puso entre nosotras y pasó su mano sobre la espalda de Nina. Pero no deberían irse tan pronto, les puedo mostrar la propiedad. Nina en silencio, paralizada de la cintura para arriba, su rostro ahora contra las costillas de ese hombre.
Por favor, tenemos que irnos, aventuré, y nos pusimos en marcha, mi hermana sin liberarse de la contundencia de ese brazo. En eso, ganamos el canchón, pero ya no era el mismo canchón de antes. Vimos hacia el corral deslucido y vacío, rodeado de tablas viejas que armaban un cerco enclenque, a punto de derrumbarse en cualquier momento. ¿Dónde estaban las vacas? En esa casa, todo perdía sentido sin las vacas, sin su rumiar constante, sin el ajetreo del trabajo, sin nadie que le dijera al lechero que realmente teníamos que irnos. Escuálidos y hambrientos, los perros se nos acercaron inquietos. Vengan, les voy a mostrar el corral; sin dejar de abrazar a Nina. ¡Ya lo vimos!, se me ocurrió decirle, porque alguien debía decir algo y vos, Nina, parecías paralizada. Yo la miraba y estaba paralizada.
¿Ah sí? O sea que las chicas estuvieron hurgando mis cosas.
En realidad, no hurgamos nada, solo paseamos un poco; la debilidad en su voz, mientras se escurría del abrazo feroz. ¡Pero si no me enoja! Yo encantado con la visita. Se nos acabaron las palabras.
No estábamos acostumbradas a sostener la charla de los adultos. Miramos alrededor, Damián envolviéndonos con el brillo de sus ojos, los perros jadeando alrededor de nuestras piernas, atentos a todo lo que pasaba. ¿Nos perseguirían si corriéramos? ¿Nos ladrarían, abrirían sus hocicos, nos incrustarían sus colmillos si intentáramos escapar? Hasta mis perros se alegran de ver a las señoritas. Ellos, que atacan a la gente intrusa, dijo el lechero, tal vez adivinando nuestro pensamiento. Bueno, muchas gracias, intenté yo y me puse en camino hacia las bicicletas, que habían quedado junto al portón.
Pasó un tiempo indefinido, un tiempo en el que pensé que nos habíamos librado, en el que parecía que diciendo “muchas gracias” podríamos habernos ido, como si esa frase tuviera el peso de papá diciendo De veras tenemos que irnos; Pero la señorita Nina quiere conocer la quesería. La señorita Nina quiere, mi corazón disparado. Quiero irme, murmuró ella, tal vez retirándolo de su cuerpo, tal vez ahora abiertamente, renegando de los brazos de ese hombre.
Yo, que ya había avanzado, volqué y vi cómo él se reía, divertido, apartándose de ella, dejándola por un instante venir hacia mí; Nina, tu paso apresurado, tu rostro lívido, y luego él lanzándose tras de ti. Estás en mis ojos, Nina, que emprendes el trote, pero él que te alcanza con el rostro ahora cambiado, ya no amable, ahora con las mandíbulas apretadas, los labios fruncidos, las narinas ensanchadas, te toma del brazo, te jala contra sí. Hermana, vos gritas, yo te tengo en mis ojos, gritas No, pero el hombre no te escucha. Ya no.
En eso, mi cuerpo se esfuma. Soy un latir escandalizado del corazón. Los brazos, apenas una brisa débil. Ahora mis ojos más cerca de la confusión de dos que luchan, Nina sofocada, él decidido, dos que se enredan en brazos que acercan y alejan, que la arrastran en dirección a su cuarto, todos sus músculos imponiéndose sobre la repulsión y el asco, sobre el terror de sus dedos delgados y tímidos, sus dedos pequeños que no le alcanzan para liberarse del aliento denso. Las piernas se me doblan, trastabillo de los pies, alargo el brazo, pero el hombre y mi hermana se alejan hacia la sombra del cuarto, los veo cruzar la puerta, a tumbos la veo, una masa confusa, tus ojos, Nina, desapareciendo tras las paredes. Un vacío explota en mi cabeza, todo se destroza y el vacío se expande en mi boca, se atraganta con mi lengua, con mi saliva, con mis ojos acercándose a esa puerta, al sonido de la lucha, una silla que cae, reconozco tu gemido hermana, mi hermana, mi hermana. En eso, algo se rompe, una jarra, un vaso, un vidrio se rompe. El silencio. Tres segundos. Lo oscuro.
Nina sale disparada, Nina sale toda despeinada, ojos de loca, ropa desarreglada, Nina no me ve, no me mira, yo ya no estoy y ella que se va contra el pozo como para tirarse dentro, pero el hombre la alcanza y la aprieta contra el muro, se frota contra la cintura estrecha mientras yo tomo una piedra, ya sin pensar corro, corro y le pego en la cabeza, aferrada a esa piedra, mi mano la golpea contra el cráneo sudado, húmedo el pelo, sabiendo que vos estás ahí mismo en algún lugar, Nina, el sol en el cielo, su brillo cayendo una, dos veces contra el hombre que te suelta, el sonido de la piedra golpeando el cráneo, pájaros volando alto, se contrae y se desparrama en el suelo ese hombre, brisa a la deriva, los ojos abiertos, pero sin mirar. Nina se da la vuelta, le sale sangre por la boca, quiero abrazarla, pero el hombre apoya sus manos en la tierra e intenta ponerse de pie, sé cómo te sientes, se apoya en el muro junto al pozo, se incorpora, el espanto. Lo empujo con estos brazos, pero apenas logro que su torso retroceda un poco. Me mira, se agarra la nuca, florece un árbol, su mano vuelve ensangrentada, me maldice. Entonces me aferro a una pierna suya, mis brazos: un río que corre libre y, en eso, cientas, miles de libélulas al sol, sabes a qué me refiero, mariposas todas divirtiéndose, sabes qué estoy diciendo; libélulas, unas lo cogen de la otra pierna, enredadas en el olor de sus pantalones, otras lo sujetan por las rodillas, otras machacan su pecho con piedras que también ellas han traído, eso es lo que quiero decir, mi hermana también, libélulas, sabes a lo que me refiero, ¿no sabes?, con sus cientos de brazos lo sacuden, lo golpean, sé cómo me siento y me siento bien, machacando, flores florecen y me siento bien. Lo levantamos, ahora tiene los ojos cerrados y casi no podemos con su peso, los pájaros saben cómo me siento, lo arrastramos, lo jalamos de sus brazos de ordeñar, de cerrar portones, lo arrastramos de sus brazos de retener, de sus cabellos sangrantes, me estoy sintiendo bien.
Lo montamos sobre el muro del pozo, ya está adentro su cabeza ensangrentada, el agua al final del día, sus hombros, su pecho colgando hacia adentro del pozo, y seguimos empujándolo, miles de mariposas divirtiéndose, desde abajo, nuestros cientos de manos, nuestros miles de dedos suspendiéndolo de los pies para que vaya resbalándose, lento, pesado, hacia la boca profunda, raspándose la piel, la ropa sucia, el hombre es un trapo viejo cayendo hacia el agua en un silencio interminable, me siento bien y después escuchamos el chocarse definitivo y único contra el agua, cuando por fin se estrella contra el reflejo del cielo rojo.
Nos llega un eco irreconocible, un gemido salvaje, dos. Jamás olvido ese suspiro ronco. Jamás me olvido de ese suspiro torpe. Después, nada. Los perros ladran, agitados, se enroscan en nuestras piernas, pero no pensamos en ellos. Cuánto tiempo habremos estado junto al pozo, no sé, temblando, pensando que podría volver a emerger en cualquier momento, aferrados nuestros dedos a las piedras para golpearlas otra vez contra su cabeza.
No sé cómo nos compusimos para volver a casa. Llevamos nuestros cuerpos rotos hasta las bicicletas y montamos. Los perros se quedaron dando vueltas alrededor del pozo. Aullaban, apoyaban sus patas delanteras contra el muro, intentaban mirar dentro. Batían la cola, ladraban. Salimos. Ahí en el camino, ya empezaba la noche y una brisa fresca se deslizaba contra nuestras piernas. Antes de irnos, Nina bajó de la bici y cerró el portón para que todo quedara tal como lo habíamos encontrado.
Las estrellas brillando y cayó sobre nosotras la contundencia eterna de lo que habíamos hecho. Ya era de noche y el camino estaba oscuro cuando supimos. Todo lo demás parecía pequeño, una anécdota. El camino de vuelta fue apenas un viento que pasa. Llegamos para la cena, pero no quisimos comer nada. Las excusas ante nuestros padres. Dijimos que habíamos tomado agua de una poza, que nos dolía mucho la panza, que por eso nuestra palidez, nuestros ojos llorosos, nuestro respirar afiebrado. Incluso que ellos nos creyeran o no era un dato sin importancia. Lo mismo que nuestra casa y nuestros juguetes, nuestras camas: todo era minúsculo. Y nos dejaron ir a dormir, a pesar de haber apedreado el cráneo de un hombre hasta quebrarlo.
“¿Qué habrá sido del lechero?” preguntó mamá días después, oteando a través de la ventana.
Tardaron más de una semana en irlo a buscar y encontrar su cuerpo, putrefacto, dentro del pozo. A todos les pareció extraño que se hubiera caído dentro, pero nadie averiguó nada. Era un hombre solo, sin familia conocida, sin amigos. Así que no hubo que avisar a nadie. Lo velaron en su mismo cuarto, pero nuestros padres no fueron. Algún desconocido se llevó a los perros.