La pregunta acerca del amor y su existencia, es constante; pero… ¿Realmente existe el amor más allá de lo que imaginamos? ¿Qué tan necesitados de cariño pueden estar los seres humanos?; ¿Hay dolor de soledad?, ¿Se come, se vive y se socializa con ella?
La soledad. Esa extraña tan conocida, esa misteriosa, melancólica y también burlista, capaz de generar la búsqueda de sentimientos, que incluso se confundan con el amor.
Otra vez el amor, seductor con las imperfecciones humanas; motivo y razón de filósofos, poetas, escritores y cancioneros; eterno tesoro de piratas, mariposas mil de señoritas soñadoras, nostalgia de los viejos, paz plena de sotanas y monasterios.
Pretender descifrar a la soledad y al amor, nos llevaría demasiado tiempo, quizás de años. Sería como tratar de entender el origen de los mismos cuyo análisis reflexivo desembocaría en otros conceptos como los celos, el abandono y la posesión. ¿Filosofía?, ¡Quién sabe! Pues la interminable indagación puede complicar la existencia de quien afanosamente continúa en ello y sin embargo, vive con intensidad el riesgo.
A veces el querer despejar incógnitas, que más valdría dejarlas en el fondo de la psique, obliga a recurrir a diversas acciones, sin tomar en cuenta que, las huellas, quedan tatuadas en el alma y es imposible seguir siendo la misma persona, ni hacer como si nada sucede o en el peor de los casos, fingir demencia.
Así es la historia que cambió el rumbo de varias vidas, dejó heridos corazones y acabó en un velorio anticipado.
Pablo Carabéz, conocido en su medio como El Tragas, es el sueño de cualquier fémina. Amigo, confidente, maravilloso y espléndido amante, personaje singular y sin igual. Seguro de sí mismo, bohemio de corazón, cuyo magnetismo y encanto atrapan a quien lo trata. Es abogado de profesión, pero no ejerce, solo fue un trámite familiar para poder dedicarse a su pasión, la música. Canta y toca el piano o la guitarra en un bar, donde es el más querido y esperado las noches de jueves a sábado. Alto, guapo, de ojos y cabellos castaños, cejas y pestañas pobladas cuya espesura es broma de más de un amigo; cuerpo marcado gracias a los diez kilómetros que se obliga a correr a diario a pesar de la vida disipada y nocturna a la que vive expuesto. Pero lo mejor de su personalidad son su charla, su cultura vasta, la simpatía que desborda y el romanticismo del que abusa a sabiendas de su letal efecto. Es pues, una reunión de cualidades fantásticas, únicas, sin contar que siempre viste y huele bien. El mote de Tragas le ha sobrevivido desde su adolescencia, por su manera exagerada y desesperada al comer, es decir, por lo tragón; porque si algo le molesta es no alimentarse cuando su estómago lo demanda. Es cierto, tiene la ventaja de comer sin subir un gramo, de ser antojadizo, pero además, nada preocupado por el peso que tengan otros. Para él, eso no es importante y aún así, trata de mantenerse en forma.
Un día de tantos, un poco afectado de dolores gripales, ¡vaya vías respiratorias!, ocio (hasta este se organiza formando parte de los deberes inusuales porque no hay tiempo para ello) y curiosidad (ésta es la verdadera madre de todos los vicios), hizo acto de presencia en cierto lugar donde, según referencias, acudía cualquier número de mujeres a distraerse, tomarse una copa, platicar o ligar. Pablo andaba en busca de algo o alguien que entretuviera su noche franca y lo hiciese olvidar sus incipientes dolores.
Con las reservas de quien sabe lo que debe hacer, se entró en aquel espacio, observando, calibrando de cuánto se moviera como felino a su presa, sin perder de vista el más mínimo detalle.
—Tranquilo —se dijo —mmmm esto está bastante bien para ser inicio de semana… tranquilo traguitas… hay donde y mucho… ¡mmm!
Pero ya no quiso intentar nada esa noche, probablemente a la siguiente. Continuó atento, mirando lo que ahí ocurría. Quién le iba a decir que esto duraría más de lo pensado y que después de ese tiempo hubieran un funeral, un corazón en conflicto y una historia con final inesperado.
El Tragas, como a veces, también se da a conocer para librarse con facilidad, sabe que tiene mejor suerte que sus congéneres, está dotado de muchas cualidades, pero sobretodo de talento. Su vida no es muy distinta a la de otras personas. Trabaja o al menos eso dice él. Siente una pasión desmedida por la música, pasión que se ha traducido en el andar solitario de los últimos años y en su manera de vivir. Viaja, trabaja temporadas y vuelve a viajar; pero eso sí, nada es lo suficientemente bueno como para establecerse y sentar cabeza. No. Eso no va con él. Le huye a los compromisos y a las responsabilidades, más aun tratándose de cosas del corazón, de sentimientos y emociones. Pero solo en lo que a él respecta. Es incapaz de aceptar si está enamorado, sólo sabe que siente un no sé qué por los demás, ¡no sabe definir el amor! Es más, pareciese que ni lo conoce, pero en el fondo sufre de una herida que seguirá ahí, ¡sabrá Dios, cuánto tiempo! Padece de soledad, a quien sin vergüenza alguna presume que es su amante y tiene, según él, un pacto con la muerte, con quien se habla de tú, a quien no respeta viviendo al filo de la velocidad, y sin embargo, a veces teme. Sufre entonces de ese solaz que da a la mitad del tiempo, pues siente que no ha hecho nada y vivido demasiado. Juega con el amor y sus provocaciones y trae como lema ¡El que juega se aguanta!
Tiene la mejor edad, los años en que el aire de misterio merodea su entorno. Tiene la experiencia de los treintas, treinta y cinco para ser más precisos; así como la galanura. Y en ese caminar de trovador, entre uno y otro lugar, incluyendo el recientemente visitado, conoció a cuatro hermosas mujeres. Así las ve y en realidad así son, aunque su belleza radicó siempre en el alma, en su interior, en ese lugar donde pocos penetran porque es demasiado íntimo, pero del que Pablo encontró la llave para introducirse y quedarse ahí, tal vez, una eternidad. Para cada una tuvo tiempo, lugar, cariño y mucho, pero mucho más todos los días. Gilda con sus propios problemas y una vida que pide a gritos ser vivida; es el canto del amor. Sofi, enamorada del amor, señalada supuestamente por el desamor y sin embargo, ella es el amor sin darse cuenta. Iskra, tan interesante como su nombre; es el acertijo, el baile, el debate de ideas, la risa incontenible, pasión y anhelo; la cara racional del amor. Y Fabiana, la experiencia, el desenfreno, la desinhibición y la libertad; el beso sin recato ni pudor que da el sentimiento confundido del amor.
EL CANTO DEL AMOR
Para Gilda, Pablo, pues se niega rotundamente a decirle Tragas, siempre tuvo nombre de ensueño y apóstol. Así el cantor encontró a la dama o probablemente ella lo encontró a él, saludando, enviando besos por aquí, por allá, bromeando y a la vez seduciendo. Tal cual se encontraron sus miradas; así la distancia quedó hecha nada y así empezaron a conocerse y a hacer de ese hallazgo, toda una aventura entre la amistad, el amor, los celos y casi un divorcio.
La vida a veces resulta muy complicada para algunos, por eso se busca la manera de estar entretenidos y olvidarse de los malos instantes que ésta nos hace pasar. Gilda tiene treinta y tres años, no es muy alta pero eso lo compensan los tacones que le encanta ponerse. Tiene un cuerpo tonificado gracias a la obsesiva necedad de mantener su casa limpia y de subir y bajar escaleras diariamente. Su tez morena y cabello azabache se adornan con sus ojos color oliva y su perfecta boca en forma de corazón. No tiene mayores preocupaciones que atender su hogar y el anhelo vehemente de embarazarse. Médicos van y vienen dándole respuestas a sus no embarazos. Se ha realizado diversos estudios para lograr traer al mundo un hijo y darle esa otra parte del amor que guarda su corazón, amén de vivir la intensidad de la maternidad. Aunque siempre hay algo más detrás de esto. En realidad Gilda no es todo lo feliz que quisiera o que pareciese ser, de ahí que se aferre a la ilusión de ser madre algún día no muy lejano. Se casó antes de los veinte con la pureza en los ojos y en el cuerpo, gozando al máximo, lo que la novedad del caso amerita. Pero algo pasa al otro lado de las cuatro paredes que conforman su casa, su hogar, donde cada cosa tiene una razón de ser, donde nada está fuera de su sitio. Pues ahí, adentro, Gilda se siente más sola que nunca. Sin embargo, no se amarga ni le da razones negativas a su estado actual, solo sabe que algo está fallando y no encuentra solución al mismo.
Hay abandono, sí, por parte de Félix, su marido. Ese es el sentimiento de Gilda, abandono. No entiende porqué de esa indiferencia del hombre al que tanto ha amado, a quien entregó su vida, sus sueños y esperanzas; a quien satisface siempre y sin embargo, es incapaz de satisfacerla a ella, llenándola de frustración. Más que su pareja parece su amigo, pero un amigo al cual está ligada emocional y legalmente, alguien que debería hacerla sentir mujer, deseada, amada y que no lo hace porque su mente está en otra parte. ¿Dónde? No lo saben. Es un ser que todos los días llega a comer y a dormir; pocas, pero muy pocas a veces a hacer el amor, ya no se diga a tener sexo y siempre trayendo consigo un cargamento de problemas que no comparte con quien lo espera ansiosa de una palabra de afecto o de cariño. Viene arrastrando también, angustias, sinsabores y otras cosas que ni él mismo define, por temor a encontrarse con una realidad demasiado fuerte para su ánimo y su educación tradicional y conservadora. Vidas similares al fin, Félix ve en Gilda a la mejor mujer con la que pudo haberse casado, con la cual él se convirtió en hombre, con quien satisfizo sus primeros deseos aprendiendo mutuamente la delicadeza de un beso, de una caricia. Él sabe que la ama, que por ella trabaja, por ella todos sus esfuerzos, por ella hasta sus dolores. ¿Entonces porqué esta falta de apetito, de deseo de ella? En fin… Mucho en qué pensar, ya lo hará otro día, momento o cuando tenga tiempo, porque hoy, está bastante ocupado y el trabajo no espera. Claro que un hijo sería la solución a sus problemas. Mueren de ganas de ser bendecidos con la dicha de un ser, carne de su carne que les llame algún día mamá y papá. Pero Gilda no ha podido embarazarse, piensa muy dentro de él que con la llegada de ese hijo resolverán su situación y así volver a vivir la alegría que les dio su matrimonio en un principio.
Esto resulta ser tierra fértil para alguien que lo comprende todo, que sabe qué decir y qué hacer; para alguien como Pablo, que no desaprovecha nunca un momento para dar consuelo y consejo a Gilda, sin imaginar que más que ayudar a la esposa de Félix, la está confundiendo en su sentir y en su amor.
Pero nadie experimenta en cabeza ajena. El Tragas no se teme a sí mismo, confía demasiado en él. Entonces el camino hacia la conquista queda expedito. Gilda se entrega a la ilusión de un amigo y confidente, creando un mundo al margen del propio para vivirlo con Pablo. Pasan días en que las mañanas y las tardes son idílicas para los dos. No hay noches por el momento, pero eso a Pablo no le hace ninguna mella, ya habrá alguna. Por ahora basta y sobra con cualquier hora para escuchar pacientemente las anécdotas de familia, intercambiar gustos, ideas, formas de vida, cualquier excusa es buena para poder verse, platicar y hacer de ese instante el mejor. Van necesitando el uno del otro, hay premura por contarse cada acontecimiento por sencillo que pudiera ser, es detalle tras detalle. Pero… siempre hay un pero, esa amistad se está saliendo de los parámetros de lo que significa, pues ya hay abrazos alargados, besos de llegada y despedida. Besos que de la mejilla pasaron a ser fugaces en la boca, pero que el deseo atrapó y provocó se prolongaran el día menos esperado. Y con ese beso, exploraron sus bocas, encontraron el sabor para dejarlo grabado en sus memorias y el abrazo hiciera correr la sangre con la rapidez de un río que anuncia tempestades y anegaciones. Aparentemente, fue breve el momento; no pasó a más, a pesar de la sorpresa para ambos, pero con la seguridad que el siguiente paso sería compartir el lecho. Ella se fue a casa confundida y él se quedó postrado en la silla en la que se sentó pensando en lo ocurrido. No terminaba de entender cómo se habían salido las cosas de su cauce. En eso estaba cuando percibió que alguien trataba de llamar su atención. Apenas alcanzó a escuchar Hola
Su mirada recorrió el esbelto cuerpo y se quedó fija en los enormes ojos que a su vez esperaban la respuesta a su saludo. Esos ojos tan llenos de luz y una sonrisa que hicieron sentir a Pablo vigoroso; pero insuficientes porque mientras trataba de contestar, seguía analizando el asunto con Gilda. Su cabeza daba mil vueltas, buscando las razones para el beso que había gozado, quizá porque era prohibido, quizá porque algo de pecado tenía y sin medir, claro está, la penitencia que más adelante vendría.
—¡Hola! ¿Estas ahí?
Una vez más le hablaban; la chica de los grandes ojos insistía en hacer contacto visual con Pablo. Lo sacó de su ensimismamiento y fue entonces que vio mejor el color de sus dos pupilas, entre azul y verde como el mar del Caribe, la blancura de su piel como de porcelana, la delgadez de su cuerpo, sus senos abundantes y su altura. Parecía más alta de lo normal. Le sonrió como solo él podría hacerlo, con los ojos, con los labios, sabiendo que su atractivo tendría el efecto deseado. Pero el pobre no se percataba que el conquistado esta vez, sería él.
¿EL AMOR?
Sofi, todo un acontecimiento a los sentidos. El amor como expresión misma del amor, lindo, ideal, platónico, de ensueño. Ese del cual uno se enamora siempre, que se busca en cada esquina de la vida, que es del color de los amaneceres. El amor que se va dando con el transcurrir de los días, que crece, que no pide nada a cambio. Ese tipo de amor lo da Sofi a manos llenas aunque no sea correspondido. No le importa caer y volver a levantarse ¡Total! ¡Ya está acostumbrada! A sus casi treinta lunas no exige del amor ni de su amante nada más que un te quiero aunque sea ficticio. Anhela el amor como la noche espera paciente a la mañana. Considera que su destino ha sido marcado por el desamor. Por eso, lo da como un preciado regalo, con la esperanza de encontrar al caballero que la defienda hasta de ella misma, que la salve de los dragones del interés carnal y la lleve a su castillo a vivir una historia de cuento al mejor estilo de Nunca jamás o de La bella durmiente, con la enorme diferencia que no hay príncipe ni princesa en el cuento que no es precisamente de hadas.
Su experiencia no ha sido del todo gratificante. Tiene poco conocimiento de las artes amatorias, pero lo que sabe y tiene no ha sido suficiente como para que llegue a buen término ninguna relación. Ha sido objeto efímero del amor. Se relega refugiándose en la soledad física y emocional, eterna compañera de batallas mil y guerras sin completar. Hasta ahora, porque ver a Pablo fue más que una inspiración, taquicardia, un llamado urgente, un vuelco al corazón, un mareo inexplicable y calor intenso en su larguísimo cuerpo.
Esa inspiración hizo que el amor se abandonara en Sofi y no tanto en Pablo que con su mirada penetrante, su modo, su sonrisa y su caballerosidad la hicieron temblar de los pies a la cabeza entregándose completa y desenfadadamente a la pasión. Los cegó la luz del día y los primeros rayos del alba. Vivieron con intensidad sus emociones, se entregaron a la pasión, al deseo y la lujuria contenidos sin preguntas ni reproches. Se amaron sin decir te quiero ni un hasta mañana. No hubo promesas ni condiciones para disfrutar a plenitud lo que Cronos tuviera dispuesto para ello, olvidándose de todo.
Pablo llevó a Sofi a pasear por senderos de placer distintos a lo conocido. Le enseñó cómo se puede, detrás de una puerta, morir lentamente y en ese instante de la muerte en vida iluminarse, entre lágrimas, sonrisas, olores, texturas con una lluvia de estrellas que cobijen sus cuerpos ansiosos, complacidos, saciados de ¿amor?
Pero una cosa lleva a la otra. El Tragas no ve el peligro, ni se percata que no muy lejos andan la furia y los celos acechando un descuido o un tropiezo de Gilda y Sofi para hacerlas presas de sus intrigas y bajas pasiones, confundiendo más lo ya de por sí confuso y en enfrentarlas a una pelea sin cuartel, donde estará en juego el corazón y el sentimiento que Pablo ha despertado en dos mujeres que lo aman, a como sea, pero lo aman. Una con cierto temor y recato; la otra abierta y deliberadamente.
Algo intuye éste, pero es más cabeza dura que bonito. Se niega a abrir los ojos ante las provocaciones existentes. Es entonces que, como siempre, le da soluciones rápidas y desaparece, como lo ha hecho en ocasiones anteriores, uno, dos, tres, los días que sean necesarios para que cada quien calme su ánimo y de paso, él descanse. Pero el destino ya está marcado y mientras él está en comunión con la música, su refugio inefable, del otro lado los celos ríen a carcajada batiente, la intriga hace acto de presencia, la furia da paso al insulto, el insulto a la mentira y a la venganza y en un rincón, el amor llora herido e impotente.
Instalado en su propio mundo, el músico se entrega a la única pasión que en realidad tiene, dándole rienda suelta a esa emoción. Cierra los ojos. No ve, no oye lo que a su alrededor sucede, solo siente y vibra tratando de liberar así sus culpas. Sus dedos recorren las siete notas y las cinco alteraciones del piano con maestría. Va creando armonías, acordes, sintiéndose dueño de ese lenguaje que nada más él domina y que en ocasiones especiales, como este momento de íntimo encuentro consigo, pone de manifiesto. Quienes son testigos de ese instante, lo admiran y disfrutan de su talento. Gusta del jazz, el swing, particularmente de la bossa nova donde Jobim se impone en su repertorio musical, en su estado de ánimo. Su música es caricia sublime a los sentidos.
Perceptivo como es, artista con la sensibilidad a flor de piel, escucha en la distancia que alguien canta.
"Quero a vida sempre assim
com vocè perto de mim,
atè o apagar da velha chama…
E eu que era triste,
descrente deste mundo,
ao encontrar vocè eu conheci,
o que è felicidade meu amor"
(Corcovado. Antonio Carlos Jobim. 1962)
—¡Mi canción favorita... cantada… en la voz de una mujer! ¿Una mujer…? —pensó.
Más tardaría en terminar la pieza y abrir los ojos, que Fabiana en sentarse a su lado, con seguridad avasallante y sonrisa seductora.
—¡Hola guapo! ¡Fabiana para ti! —dijo la chica casi en un murmullo, acercándose demasiado al oído.
—Fabiana… Fabiana —pensó el Tragas —¡Hola, qué inusual tu nombre! pero me gusta.
LA LIBERTAD DEL AMOR
Si hubiera que describir a Fabiana, no solo sería inusual y exótico su nombre, sino que habrían de necesitarse demasiados adjetivos como provocación, pasión, deseo, locura, delirio, experiencia, sensualidad, desenfreno y muchos etcéteras. No hay pudor, ni estilo. Pablo se hunde a partir de esa noche en la más ardiente de las lujurias. El deseo lo fue todo. La posesión y el dominio requisitos indispensables y una pieza musical, la unión. Exploraron sus cuerpos con manos ávidas de caricias, con lenguas sedientas de placer, disfrutando todas sus cimas; no quedó ni un centímetro por conocer, ni sabores por probar. Entre la delicadeza y la salvaje dureza del encuentro se agotaron horas, con sus respectivos minutos; solo era imperativo entregarse, comerse a besos sin importar nada, ser amantes dejando que Eros hiciera el resto. Pero solo fue de esa manera, de vez en cuando, que se encontraran en el camino, que ella volviera a ese lugar, cuando tuvieran caricias nuevas que estrenar para seguir en el juego de hacer el amor. Una vez más sin comprometer nada, ni responsabilizar a nadie y sobretodo, creyendo que no habrá heridas que lamer con el tiempo.
A Fabiana ser verano no le incomoda en lo absoluto. Vive con intensidad cada segundo. A sus cuarenta recién cumplidos, tiene la ventaja en el rostro y el cuerpo que gozan de lozanía y resplandor. Conserva un cuerpo que causa la envidia de veinteañeras, completamente apetecible, firme, cabellera rojiza ensortijada y sus ojos verdes como de gato, le dan una personalidad enigmática que cualquier hombre quisiera descubrir.
El amor es un viejo conocido para ella. Ha amado y la han amado con tal intensidad que llega a los extremos de ser blanco o negro, no grises ni semitonos. Para ella no hay medias tintas ni dobleces. Es directa y le gusta que lo sean con ella. Sin embargo, por debajo de la piel donde Pablo ha saciado su ímpetu, se esconde el corazón enamorado de una mujer que suspira ante un beso, con un simple toque de manos o con la caricia íntima que se da no con el tacto, sino con la mirada que habla más que un ciento de palabras y los labios que anticipan el licor cereza de sus profundidades. Ve en Pablo un poco su propia locura de años atrás y la afición a las emociones que le hagan estallar sus sentimientos; es pues, añeja su relación con el amor.
No hay clandestinidad en sus citas, porque sencillamente ellos no tienen que darle explicaciones a nadie. Sólo hay lascivia entrega y mucha pasión cuando se ven. Tienen prisa por estrechar su desnudez, de reconocerse con ojos, lenguas y manos hasta hartarse o lo que el tiempo les permita. No le temen a nada cuando de sexo se trata y no hay lugar o fantasías que no hayan probado, magnificando su experiencia y dejando transcurrir los días para seguir inmersos en su propia vorágine.
Pero alguien tendría que fallar alguna vez y no es precisamente Pablo el que falta, sino Fabiana que por alguna razón no llega al encuentro. Algo impide que pueda verse con él esa noche. Pablo entre decepcionado y un tanto molesto decide irse de farra. Quiere enojarse pero no hay reclamos qué hacer y lo sabe. Se va, con los amigos o solo, pero de farra, a ahogar sus penas en el mejor de los lugares, ese del que ya es asiduo, que conoce muy bien y donde siempre lo reciben con los brazos abiertos; donde no le preguntan qué hizo sino qué va a hacer y donde puede explayarse platicando como cualquiera de los muchos que están en el mismo antro.
Es atendido como el mejor de los clientes, para eso es el rey, el galán, al que muchos conocen como Tragas. Levanta suspiros y cuchicheos al pasar y no falta la atrevida que ose comprobar si sus nalgas son de verdad o una visión hecha a base de carteras en los bolsillos. Pero ni eso lo detiene, solo sonríe y continúa su camino hacia la barra donde pide una cerveza. Hay demasiado bullicio; es una de esas noches donde la gente emana más calor que el de costumbre, pero que la cerveza ha de refrescarlo y nada más que esté a tono con la ocasión, podrá participar del escándalo, gritos, apretujones, baile y risas; se antoja para ser una noche prometedora. Sonríe para sus adentros un poco más calmado pensando en lo anterior y olvidando el plantón que le diera Fabiana. Lleva la cerveza a sus labios y mientras disfruta del líquido ambarino y del ambiente, echa un vistazo a su alrededor. En eso está cuando de repente una risa llama su atención. Se detiene absorto, es desbordante la sonoridad. Lentamente voltea a ver hacia el lugar de donde proviene la risa. Sus ojos buscan a la dueña. La encuentran. Ella lo ve, se detiene unos instantes en sus ojos, desvía la mirada provocativa, vuelve a verlo y sigue riendo. Él está pasmado viéndola, no sabe qué hacer e instintivamente alza la mano con la cerveza y la saluda. Seductora, la chica responde al saludo pero de inmediato le resta importancia volteándose a platicar con sus amigos. Aunque también ha llamado su atención ese hombre guapísimo que pareciese querérsela comer con los ojos. No lo demuestra y contrariamente al común de las mujeres del bar, que morirían por una mirada así de quien la observa, gira sobre sus talones reacomodando el cuerpo dándole literalmente la espalda y con esa acción dejar las cosas en solo un cruce de miradas y una sonrisa. Pero aunque esa actitud haya tenido ella, está pensando en él, en sus ojos, sus espesas cejas, en su delineada boca, en sus manos de largos y estéticos dedos. Él esta impactado con esa preciosa risa de dientes perfectos y labios gruesos, fue un relámpago de electricidad a sus sentidos y también piensa en ella; en cómo llegarle, qué decirle, con qué atraerla, cómo acercarse y robarle el más ansiado de los besos.
Percibir los colores de Iskra fue más de lo que pudiera esperar Pablo en una noche como esa. Siguió observándola por largo rato. Escaneó para sí, cada parte de ella. Estatura media, cabello lacio oscuro, ojos marrón, pestañas tupidas, cejas delineadas, un cuerpo que le hizo tragar en seco revolucionando su corazón, cuya firmeza de curvas permitían lucir el vestido rojo de una sola manga que acentuaba la dorada piel de sus brazos, piernas y hombros dejando descubierto el cuello, donde imaginó esparcir un sinnúmero de besos. Estudió cada movimiento a la vez que ideaba la manera de llamar su atención. Tendría que ser paciente y esperar la siguiente noche; porque si de algo estaba seguro, es que ella regresaría en menos de veinticuatro horas.
LA RAZÓN DEL AMOR
¿Pueden dos personas pensar y reaccionar de la misma manera? Hace algunos meses, según El Tragas, eso hubiera sido increíble, imposible, mentira vil. Pero existe como cada elemento del universo, sin explicación coherente o científica y entre Iskra y Pablo se dio esa sintonía, esa frecuencia que traspasó los límites de lo razonable, donde la mente a pesar de su complejidad entendió por cosa resuelta, o mejor dicho, por cuestión Divina y angelical.
Iskra… Iskra… a veces tan difícil de pronunciar como de imaginar. Pero a ella no hay que imaginarla, hay que sentirla. Conocerla paso a paso, sin presión, para que en menos de lo que la nube interrumpe la brillantez del sol, se abra como la mejor de las flores y esparza su perfume para impregnar tardes y madrugadas de silencios largos, tan largos que el silencio mismo tiene sonido y sin embargo, dos voces murmuran para decirse tanto con tan poco, sentir la armonía de las notas musicales, compartiendo una danza con la canción que motive sus adentros, así como su música, su piano y su refugio.
Demasiado racional a veces, pero con motivos suficientes para ser de esa manera, Iskra es el conocimiento, un tanto la madurez de quien sabe lo que quiere de sí y de la vida. Ha estado lejos de casa, por lo tanto conoce bien la soledad, pero se ríe de ella y con ella, la goza y la convierte cada día en su mejor aliada, en su cómplice; son como amigas muy íntimas, aventureras.
Iskra es un torbellino, un volcán en erupción incluso cuando está dormida, porque hasta en sus sueños hay qué reír. Está en la plenitud de la tercera década, maneja bastante bien sus emociones y no demuestra lo mucho que puede afectarle el amor. Insiste en hacerlo racional o terrenal. No la detiene nada ni nadie para decir lo que siente y piensa, al fin que su pecho no es bodega. Se pasa de sincera. A veces su inteligencia le juega malas rachas porque simplemente la rebasa. Eso sí, jamás ha creído que no pueda nunca tener un amor o un querer. Los tiene y sabe con certeza quienes han estado prendidos y perdidos por llevarse de ella un gesto, algo que les haga buscar un mil pretextos para justificar la dirección de una palabra por sencilla que parezca, pero que salga de sus labios. Pero los esfuerzos a veces son en vano porque aunque Iskra sabe lo que es el amor, todavía no conoce esa otra cara que hace que el mundo sea de un color distinto.
Curiosamente, no se da entre ellos ese amor que desgarra vestiduras ni es pasional, mucho menos que los haga ver todo color rosa. Los matices del amor entre Iskra y Pablo surgen del conocimiento y admiración de sus mentes, de ese diálogo en ocasiones filosóficos acerca de la vida y obviamente del amor. Son un espejo de sus almas, la personalidad de uno se refleja en el otro y viceversa. Comparten cada experiencia y profundizan en saberes. Son compañeros cuyo interés primordial es el estar juntos, esparcir besos inesperados de aparente amor filial y encontrarse para platicar de sus cotidianos sucesos, de esas cosas que alegran o entristecen sus días.
Pablo es para Iskra el hermano ausente y a la vez el amigo cercano. Tan amigo, que está en la posición dos del ranking de sus sentimientos. Con él habla de todo, sin penas ni remordimientos, con quien puede aprender compartiendo su mundo sin rechazos ni asombros. Se siente demasiado a gusto con él. Sin embargo, en el fondo, el sentimiento que siente es mucho más complicado que lo que su razonamiento quiere aceptar. Muere por dormir entre sus brazos, sentir el calor, el peso de su cuerpo, beber de su boca y que al despertar lo primero que vea sean sus ojos de miel. Se está enamorando irremediablemente pero piensa en la reacción de él si se enterara de ello y teme perderlo.
Pablo está obnubilado, prendado completamente de ella. Iskra es para él inteligencia y al mismo tiempo la broma que hace olvide sus problemas. Es la amiga que no tiene, la que puede y tiene derecho a escudriñar en sus pensamientos, en quien puede confiar plenamente, con quien puede bailar por horas sin más motivo que la cadencia de una melodía y sintiéndose acompañado de alguien que lo comprende más de lo que él mismo pudiera hacerlo y por quien siente un profundo respeto. Pero… también le gusta, identifica a la distancia sus pasos, el olor embriagante que emana su cuerpo y cada vez es más frecuente en su cabeza la imagen de ambos haciendo el amor, entregándose con parsimonia y amándose a cualquier hora. Sin embargo, no sabe si ella lo aceptará como algo más que un amigo y tampoco quiere correr el riesgo de perderla.
CLICK DE AMOR
La historia ya tiene camino, la senda por la que Pablo ha decidido transitar. Están las mujeres que son inspiración sublime, por quienes siente ese algo, que aunque no sepa describir o mejor dicho, no quiera pronunciar, lo están haciendo cambiar de manera radical. Anda la vereda sabiendo que en un período corto todo deberá llegar a su fin; que continuar con estas relaciones significa herir profundamente incluso a su corazón, ese que ha dejado en resguardo por tantos años, lo cual sin duda, sería catastrófico pues no sabría lidiar con los sentimientos subsecuentes, pero lo disfruta demasiado, se siente bien, más de lo que pudo pensar antes, sigue viviendo así, dándole poca importancia al mañana, pues bien dice: ¡Hay que vivir la vida loca!
Por otra parte la confrontación ha dejado huellas hondas en Gilda y Sofi. Han peleado el amor de Pablo y éste parece no inmutarse con lo sucedido, quien además siente en el fondo, una satisfacción un tanto perversa por el tornado de emociones que ocasiona, pues ni en sus mocedades imaginó ocurriera algo así, al grado de llegar a la riña por la posesión y atención de alguien. Alimenta de esa forma su ego. Tiene tan bien organizado su tiempo, que salvo el percance entre ambas mujeres, ha podido cumplir cabalmente con todas. Tiene el corazón dividido, pero no se da cuenta de la bola de nieve que crece a medida que los días pasan.
Aunque si bien Pablo intuía lo que pudiese suceder entre Sofi y Gilda, él no se hubiera enterado si no es por alguna de las dos. Es Gilda quien lo pone al tanto de los acontecimientos, obviamente sin saber sus relaciones quién sabe cuantas mujeres. Gilda entiende que Pablo nada más puede ofrecerle compañía, amistad y amor a ratos, traducido a las palabras de cariño y relación íntima en lo que se han convertido sus encuentros. En primera, porque es incapaz de dejar a Félix, aunque la idea le ha dado vueltas últimamente en la cabeza. Verdaderamente ama a su marido, a pesar de que ella ya ha estado con otro; piensa que su matrimonio está en un compás de espera. En segunda, porque su familia está de por medio y enfrentarla sería un golpe muy fuerte para un corazón débil como el suyo. Y en tercera y más cierta, porque sabe que Pablo nunca la querrá como ella lo hace. Permanecer a su lado, en caso de decidirse, sería mucho más inseguro de lo que ahora es su vida. Su amor idílico se vendría abajo acabando con la ilusión que ha sembrado en la relación que sostiene con el Tragas.
Por otra parte, el problema no hubiera existido si las dos mujeres no se conocieran, pero fueron suficientes unos segundos para que Sofi dejara salir sus celos y decidiera pelear con todo, uñas y dientes por el amor del pianista.
Una de esas tardes en que Pablo y Sofi daban un paseo, llegaron al mismo lugar donde se habían conocido; ahí, tuvo el mal tino de saludar a Gilda, que iba acompañada de otras amistades. Aparentemente él estaba solo, pues Sofi se había ausentado un momento a los servicios. El saludo fue rápido, sin embargo, no lo suficiente porque ella alcanzó a verlos desde donde estaba sin perder detalle de los movimientos de su caballero. Fue un simple saludo, pero Sofi, intuitiva y celosa, supo que no había sido así y que el beso casto entre Pablo y aquella mujer, tenía un significado diferente al de la amistad.
Pablo trató de calmar los celos y de controlar el fuego en los ojos de Sofi que preguntaba sin parar. No había poder humano que hiciera entrar en razón a la chica de los grandes ojos. Respuestas por demás calmadas estaban a punto de convertirse en gritos y en coraje contenidos. La paciencia estaba a punto de desaparecer del hombre que en un último esfuerzo la abrazó tan fuerte que casi la dejó sin respiración. Ella se estremeció ahogando sus celos en los labios de él. Quedaron largo rato abrazados y fundidos en un beso exigente. Al separarse, Pablo hizo uso de su melosa retórica asegurándole cariño y ternura, sentimientos que habían despertado en él y que hacían difícil poder alejarse de su persona, pues Sofi estaba conquistándolo sin exigir nada a cambio, solo dándole amor, amor que gritaba a los cuatro vientos, que se lo manifestaba a cada momento y que éste gozaba sintiéndose querido como nunca antes.
Decir te deseo no solo era constante en sus miradas, labios y caricias furtivas, era una necesidad. Decir te quiero empezó a formar parte del vocabulario del Tragas y no tan peligroso, porque en realidad la quería; pero decir te amo era comprometedor, pero también muy tarde para recapacitar en ello. Reprimir las palabras era imposible porque ya habían sido dichas, y aunque se las lleva el viento, cuando son del corazón quedan impresas para siempre en el alma. Ante el asombro, él no supo qué hacer. Sin embargo, Sofi sabía que Pablo no era hombre de una sola mujer y tampoco le había prometido nada distinto de lo muchas veces platicado, pero tenía esperanzas y eso hacía que se desviviera por él, haciendo todos los días algo distinto que lo motivara a enamorarse de ella.
Calmados ambos después del encuentro con Gilda, Sofi no vuelve a mencionar el asunto, pero tampoco lo olvida. Ha memorizado el rostro, la figura y el nombre de esa mujer. Algún día la volvería a verla, a lo mejor en el mismo café. Entonces haría lo pertinente. Paciente, Sofi se dio a la tarea de vigilar cada nada, el sitio hasta que logra ver a Gilda y va sobre ella. Entre reclamos, insultos, dimes y diretes, finalmente se alejan. El único derrotado es el amor.
Todo regresa a una supuesta normalidad, donde Sofi es la más feliz, Pablo el único y Gilda la más serena. Iskra más que otra cosa para el filarmónico, es esa compañía necesaria a las noches y a veces tardes de soledad en que él se sume; es el bálsamo a los dolores del interior; el remanso de aguas tranquilas después de un ajetreado viaje en aguas turbulentas; es su conciencia y su psique. Platicar, platicar, platicar es llanamente el motivo, la razón para sus mutuas visitas. Hasta que sus cuerpos exijan lo que niegan sus mentes. Entonces, probablemente, se desate otra tormenta.
La vida de Pablo es un caos descomunal. Cada día es más peligroso. Es Fabiana quien le pone fin a todo. La pelirroja que había hecho mutis en la vida del cantor aparece nuevamente. Descubre sin querer al músico, a sus mujeres, sus mentiras y sin mediar palabras ni actos, le dice que va a revelar el engaño y la falsedad de sentimientos con que las ha tenido a todas sometidas y más que enganchadas a su persona. Pablo no puede rebatir nada de lo que Fabiana le increpa. Ésta urde un plan que provoque la reunión de las chicas, incluyendo al músico. Llegan al lugar donde se conocen todos, la alegría que se percibe en el ambiente va a teñirse de sombras en breve. Gilda, Sofi, Iskra y Fabiana están ahí, una sabedora de la verdad y las otras tres en la espera que el causante de sus desvelos, amores y lujuria llegue en cualquier momento y pasen un rato agradable que termine en algo íntimo. Tanto Gilda como Sofi no se pierden de vista, se miran con desdén y miden sutilmente fuerzas. Esta noche Pablo deberá definir cuál de las dos, piensan casi al mismo tiempo ambas. El Tragas llega, pero cobardemente mira desde lejos, sin que ellas lo vean, sin intuir lo que está a punto de pasar. Esta consciente de que Fabiana algo dirá pero prefiere esperar. Ésta entra acongojada, con prisa, manotea un poco llamando la atención de la concurrencia y anuncia que tiene una noticia lamentable que compartir. Se hace el silencio. Ella está a nada de descubrir el engaño del músico, sabe que él está presente en alguna parte sin perder de vista cada movimiento, cada palabra.
—¡Disculpen amigos pero en verdad no sé ni por dónde comenzar! —trata en vano de aclararse la garganta y continúa —pero bueno, creo que debe ser a como son las cosas… ¡ha ocurrido una tragedia!
La sorpresa es general. Unos a otros miran tratando de comprender las palabras de Fabiana. Hay susurros por doquier, se vuelve a hacer el silencio.
—¡Pablo Carabéz, acaba de morir en un accidente! Sus familiares apenas están en el reconocimiento del cuerpo, pero se sabe que es él, porque si algo no permitía, era que manejaran su auto y según los documentos encontrados entre los fierros, Pablo es el dueño. No hay indicios de que fuera acompañado y según el parte médico, está irreconocible. Quienes lo conocimos, sabemos que fue un hombre espléndido en todo, en la amistad, en su música, pero sobretodo en el amor… tuvo amor para darnos a quienes compartimos con él bellos y significativos momentos. ¡Descanse en paz nuestro querido Tragas, nuestro Pablo! ¡Qué Dios lo tenga en su seno y le dé el descanso eterno! —junto con las últimas palabras dichas, lágrimas ruedan por sus mejillas.
Ante lo inusitado del asunto y entre el bullicio inmediato a la noticia, Pablo se queda inmóvil, impertérrito. ¡Lo han matado! ¿Cómo? No supo si pasaron horas o minutos, la sangre corría con rapidez sintiendo el latido en las sienes y oídos. Se salió de aquel lugar, para no regresar nunca, preguntándose en el trayecto por qué Fabiana lo había hecho. Ahora, qué pasaría con las mujeres, sus mujeres. Este era un enigma que no tenía ganas de descifrar.
Adentro del antro la confusión total, el llanto lastimoso, las dudas y tres corazones rotos y angustiados.
Al llegar a su destino, sumido en un torbellino de sentimientos encontrados, fue directo al aparato de sonido. Necesitaba escuchar algo que no fueran sus latidos. Encendió el impresionante sistema de audio, subió el volumen al máximo, apretó el botón de play en la pieza justa para el tornado que estaba viviendo "O fortuna" de Carmina Burana, sonando tan fuerte como se podía. Las lágrimas no pidieron permiso para salir, se sentó, cubrió su rostro con las manos y lloró; lloró como hacía mucho tiempo no lo hacía. Mil imágenes, mil sensaciones, el corazón hecho añicos y la realidad demasiado dura para serle frente.
Nuevamente, no se fijó en el tiempo transcurrido. Ya no lloraba. Se levantó, fue hacia la pequeña cómoda, abrió el primer cajón. Del fondo sacó dos anillos, la argolla matrimonial y el gran solitario que aún en la penumbra dejaba ver su brillo, sus perfectos cortes. Se espabiló, acomodó sus pulseras ondeando la mano, así como el fantástico collar de perlas, regalo de aniversario de Jorge, su marido desde hacía trece años. Alisó su falda, recompuso su blusa, dio media vuelta sobre sus tacones, comprobó su imagen inmaculada, perfecta en el espejo, regresó a sentarse, respiró profundamente y con un click, Paula Cabañez apagó su laptop.
¿Qué pasaría mañana?.. No lo sabía, estaba demasiado convulsionada… pero quizá después lo intentaría en otro sitio de la vasta red, como Pablo, El Tragas o tal vez como ella misma, pero siempre con la curiosidad y las inmensas ganas de divagar en ilusiones y fantasías, creando personas nuevas capaces de disfrutar del sentido más amplio del amor y quitándose de encima a la maldita soledad. Eso sí, se dijo… ¡El que juega se aguanta!