Un hogar. Un matrimonio. Un futuro. No. Pausa. ¿Futuro? Retrocede.
Retrocede al momento del quiebre, cuando la embriagante ilusión del camino por recorrer era inocente y rebosaba esperanza. Regresa a ese momento cuando, cansada de rehuir la mirada, te plantaste con las manos sobre las caderas, el corazón hecho un puño, y la esperanza al borde de un acantilado, el destino burlándose a sus espaldas e instándole a dar un paso más.
Retrocede a esa mañana.
La joven mujer se contemplaba en el espejo con aire ausente, jugando con el cepillo entre sus manos. Sentada sobre el taburete y con el rostro ladeado, parecía estar en un lugar muy lejano.
Despertó de su ensoñación cuando la puerta tras de sí se abrió, dando paso a un hombre delgado apenas cubierto con una toalla alrededor de la cintura. Al verla, frunció ligeramente el ceño, para esbozar luego una sonrisa ladeada y con paso elegante situarse a su espalda.
―Creí que aún dormías ―dijo enterrando la nariz en su cuello.
―Desperté hace un momento. ―Ella entrecerró los ojos e hizo una mueca triste que él no pudo ver.
―Debiste reunirte conmigo, podrías haberme enjabonado la espalda. ―Él empezó a juguetear con el tirante de su camisón.
―Prefería tomar una ducha rápida hoy ―descartó ella con voz seca y retirando la mano de su hombro con suavidad.
El hombre se incorporó con lentitud, posando esta vez ambas manos sobre sus hombros y fijando sus ojos en los de ella a través del espejo.
―¿Qué ocurre? ―preguntó endureciendo su voz.
―No ocurre nada ―respondió ella bajando las pestañas para huir de esos ojos grises que parecían traspasarla.
―No puedo creer que aún estés disgustada; es ridículo ―espetó alejándose con un movimiento cargado de tensión.
―No lo estoy.
―No mientas, sabes que no me gusta, ¿de acuerdo? Actúas como una niña ―dijo él sin ocultar un suave tono de desprecio.
―¿Niña? ¿Yo soy infantil, entonces? Eso es gracioso viniendo de un hombre adulto que teme enfrentarse a sus padres. ―Las palabras brotaron de sus labios antes de que pudiera contenerlas, y la verdad era que, en el fondo, no deseaba hacerlo.
Él, que había hecho ya el ademán de dar la vuelta para dejar la habitación, se quedó estático y la vio con ira.
―Repite eso ―exigió con voz glacial.
―¿Por qué debería? Sé que me oíste perfectamente.
El tono era desafiante, tanto como el medido movimiento con el que se puso de pie para mirarlo de frente.
―Te lo dejé más que claro anoche, creí que habías entendido. ―Él no varió su tono, parecía más irritado, si eso era posible.
―¿Eso pensaste? Ya veo, creíste que tus padres pueden venir a nuestra casa y humillarme tanto como deseen, y yo no debo decir nada. Después de todo, no nos visitan muy seguido, ¿qué son unos insultos de vez en cuando? ―ironizó ella.
―¡Jamás dejaría que te ofendieran!
―Lo hacen y a ti no parece importarte. Ellos también lo notan y lo encuentran muy divertido, ¿no te has dado cuenta? Vamos, no eres tonto y yo tampoco; después de todo, ¿cómo dijo tu madre? Ah, sí, ya recuerdo: «Considerando su origen, debemos reconocer que tiene sus destellos».
―Ella no pretendía insultarte. No puedes esperar que cambie sus creencias de un momento a otro; se está esforzando por aceptar la situación.
Él pareció hacer un gran esfuerzo por calmarse, un leve tono suplicante en su voz que ella no pudo o no quiso advertir.
―¡Y ha hecho extraordinarios avances en casi un año! Por lo menos en eso le lleva ventaja a tu padre, que ni siquiera me mira. Y supongo que la situación a la que te refieres es nuestro matrimonio ―mencionó la mujer pareciendo herida.
―Sabes lo que quise decir. Está bien, el tacto no es su fuerte, lo acepto, pero no creí que fuera a ser motivo de una rabieta cada vez que debieras tratarlos. Déjame terminar. ¿Acaso yo me quejo de las caras de desprecio de tus amigos en cuanto me ven? No, porque no me interesa. Porque estoy contigo y ellos se pueden ir al demonio en lo que a mí respecta ―casi escupió el hombre.
―No hay punto de comparación, a ellos les importa que sea feliz y si bien no pueden fingir algo que no sienten, nunca te han tratado de forma injusta porque saben cuánto me lastimaría eso. ¿Puedes decir lo mismo de tus padres? ―lo desafió ella con la barbilla alzada.
―No es lo mismo ―replicó él mordiendo las palabras.
―Claro que no lo es; ni siquiera sé por qué me molesto ―dijo ella con voz cansada y pasando a su lado.
Él la detuvo tomándola del brazo y pegándola a su cuerpo húmedo, apoyando el mentón sobre sus rizos rebeldes.
―Te quiero, estamos juntos a pesar de todos los obstáculos que tuvimos que superar, ¿qué, no es eso suficiente?
―No podemos tener un matrimonio a medias. Puedo jurarte que no me afecta lo que piensen tus padres, pero no soporto que a ti parezca no importarte, me duele demasiado y no veo que esto vaya a cambiar. ¿Qué pasaría si algún día tuviéramos hijos? ¿Permitirías que los despreciaran también? ―le preguntó levantando el rostro para verlo con los ojos húmedos.
―¡Por supuesto que no! ¡Ni siquiera lo digas! ―Él la soltó como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
―¿Qué te horroriza más? ¿Lo que piensen tus padres o el tener hijos conmigo? ―espetó ella sin detenerse a esperar una respuesta.
El hombre reaccionó cuando su esposa cerró la puerta del baño con furia. Solo entonces se acercó para comprobar que la había cerrado con llave.
―¡Abre ahora! ¡Lo estás complicando todo! Demonios, no puedes ser tan irracional, aún no terminamos de hablar ―exigió.
―Yo no tengo nada que decir, y creo que tú tampoco. ¿No tienes que ir a trabajar? ―le respondió ella con voz ahogada.
―Escucha, no podemos pelear siempre por lo mismo, es ridículo. Vamos, abre ―dijo él, intentando sonar conciliador, pero perdiendo pronto su escasa paciencia―. Bien, haz lo que quieras.
Tomó un traje del vestidor, buscó, entre maldiciones, el resto de cosas que iba a necesitar para cambiarse y, tras hacerse de todo, salió del dormitorio dando un portazo.
En el corredor, se topó con la mujer encargada de la limpieza que lo observó espantada.
―¿Nunca había visto a un hombre medio desnudo? ¡Creí que era viuda! ―lanzó al pasar por su lado para encerrarse en la habitación destinada a los huéspedes sin dejar de maldecir entre dientes.
Recorría el lugar de un lado al otro en tanto lanzaba la toalla al piso y empezaba a vestirse. Se golpeó con el tocador al intentar ponerse las medias y en represalia le dio una patada que terminó doliéndole más a él que al mueble.
―¡Maldita sea! ―exclamó furioso.
Estuvo a punto de lanzar un pesado objeto contra la puerta, pero se contuvo al recordar que alguna vez ella había dicho que romper posesiones no era la mejor manera de actuar cuando uno estaba disgustado, que lo mejor era hablar primero.
―Lo haría si ella no fuera tan testaruda ―musitó en tanto dejaba el adorno en su lugar.
¿Cómo podía siquiera pensar que estaba de acuerdo con la actitud de sus padres? Si los había mandado al demonio para estar a su lado. Justamente por eso era que trataba de ser tolerante con ellos, apenas estaban restableciendo relaciones después de meses sin dirigirse la palabra. Quería a su madre y respetaba a su padre, ella lo sabía; entonces, ¿por qué lo hacía todo tan difícil?
Cuando estaban solos, todo estaba bien; ambos estaban aprendiendo a ceder, dejar sus diferencias de lado y llevar una vida en común, pero no cualquier vida; de verdad eran felices.
―¡Testaruda! ―resopló mientras se acomodaba la camisa.
«Como si no lo fueras tú también», susurró una vocecita en su cabeza.
Se pasó una mano por el cabello, exasperado al reparar en que estaba hablando solo; lo único que faltaba; ella lo volvía loco y no de la manera que le gustaba.
Salió de la habitación dando otro portazo y con paso altivo, apenas dirigiéndole una mirada de reojo a su dormitorio, bajó los escalones para encaminarse a la puerta.
Lo último que vio antes de salir fue la figura de su mujer en lo alto de la escalera.
Palabras hirientes. Una danza con el rencor y los recelos cuidadosamente apilados en el desván de la memoria que empezaron a caer como cajas cargadas de resentimiento sobre la cabeza de los infortunados que se vieron presas del aluvión de recuerdos. Te sientes perdida en un huracán de sentimientos encontrados y empiezas a preguntarte si cometiste un error, si él sabe lo que en verdad quisiste decir.
Pausa. ¿Quizá fue demasiado? ¿Hiciste mal al permitir que la ira ganara la partida y explotara sobre tu rostro? Detente. Busca ayuda. Busca a la única persona en el mundo que te dirá exactamente lo que piensa. Una mujer. No cualquier mujer. Busca a tu mejor amiga. Jane.
La oficina estaba tan meticulosamente ordenada que un adicto al orden se habría sentido en el cielo observando cada objeto colocado en su lugar, el imponente escritorio de caoba en el cual una serie de carpetas con títulos rimbombantes se apilaban una sobre otra en espera de ser revisadas. Sin embargo, la mujer no parecía interesada en empezar siquiera con la primera; todo su interés estaba centrado en la figura sentada frente a sí, esa menuda mujer de cabello rojo como el fuego, ojos azules y sonrisa fácil, que a su vez la observaba con expresión analítica.
―¿Así de mal va todo? ―preguntó su oyente con interés.
―No sé a qué te refieres. ―Ella esquivó la mirada, recordando con un nudo en la garganta la charla de esa mañana.
―Me refiero a si las cosas entre ustedes siguen difíciles ―replicó su amiga.
―¡Claro que no! ¿De dónde sacas eso?
La mujer no pareció sorprendida por la rápida respuesta o el énfasis desmedido puesto en ella, solo movió la cabeza de un lado a otro sin dejar de observarla.
―En verdad no lo entiendo. ¿Por qué te casaste? ―preguntó con más curiosidad que malicia.
―No estás preguntando eso en serio.
―Claro que sí. Sabes lo que pienso, lo mismo que todos; aun no logro entender por qué decidiste compartir tu vida con él. ¿Porque es atractivo? Lo es, y mucho, pero no tenías que casarte con él para disfrutarlo.
―No me casé con él porque fuera atractivo; bueno, eso no es lo más importante, en todo caso ―ella hizo un gesto de frustración―. Te lo he dicho muchas veces, lo amo y él a mí, es tan sencillo como eso.
―¿Y por qué te ves tan miserable ahora? No alcanzo a entender cómo puedes amar tanto a alguien y sufrir al mismo tiempo; no cuando se supone que tienen todo para ser felices.
―Sabes que el amor es más complicado que eso ―su voz fue desafiante, como si pretendiera defenderse con antelación de cualquier ataque que esperara recibir.
―Por supuesto que lo sé, no tienes que recordármelo, pero reconoce que esto es demasiado. No es lo mismo que todo se confabule para que las cosas resulten difíciles a que uno mismo lo busque, y eso es lo que creo que pasa con ustedes.
―¿Cómo puedes decir eso? ―exclamó su amiga, ofendida.
―Solo piensa en cómo empezó todo. Vienes un día a contarme que estás saliendo con alguien. Desde luego que me alegré, aunque no quisieras decirme de quién se trataba al principio; no me extrañó, siempre has sido muy discreta. Al poco tiempo, nos reúnes a todos para notificarnos, porque eso fue, una notificación, quién era ese alguien. Aún puedo oír los gritos de nuestros amigos, pero decidí apoyarte de cualquier forma. Él es muy atractivo, me dije, que ella se divierta, se lo tiene más que merecido. Hasta allí, todo bien, porque mi mejor amiga es una mujer sensata, no tiene tan alto puesto en una empresa como esta si no lo fuera, y jamás haría nada apresurado sin antes pensarlo mil veces o, al menos, consultarlo con sus amigos. Pero ¡oh, sorpresa! Decides de pronto tomar tus vacaciones e irte con él solo para regresar casados. ¿Explicación? ¡Lo amo! ―espetó con un resoplido.
―¿Has terminado ya? ―replicó ella, irónica.
―Puedo decir que sí, por ahora.
Jane suspiró y miró a un punto en la lejanía, como si pretendiera ver dentro de sí misma y expresar así sus sentimientos con claridad.
―Sé que no resultó sencillo para ustedes comprenderlo; ha pasado casi un año y aún me miran como si me hubiera crecido otra nariz cada vez que nos reunimos, no creas que no lo he notado, pero sí es sencillo, aunque no lo parezca. Lo amo. No lo busqué, las cosas se dieron así; no es que me haya despertado un día pensando en que iba a buscar a la última persona en la tierra con quien hubiera pensado siquiera compartir un café para empezar una relación y ver cómo nos iba. Él me ha permitido ver cosas de sí mismo que estoy segura no ha mostrado a nadie más, y es realmente maravilloso. Tiene mil defectos, sí, no lo voy a negar, pero también muchas virtudes que se cuida bastante de ocultar. Considera el ambiente en el que creció, siempre reprimiendo sus emociones. Sé que, para él, dejar que yo lo vea como realmente es fue como arrancarse la piel, y eso vale mucho para mí porque demuestra cuánto me quiere.
Calló al terminar, en espera de una respuesta, cualquier palabra que le ayudara a confirmar sus sentimientos.
―Escucha, tal vez no entienda, pero no te condeno, no podría. ―Su amiga tomó una de sus manos sobre el escritorio y le sonrió con dulzura―. He notado cómo se miran cuando creen que el otro no se da cuenta… Lo que ocurre es que me gustaría verte feliz, porque ahora no lo eres, no importa lo que digas.
―Tenemos algunos problemas. ―La mujer asintió, desviando la mirada.
―Eso pensé.
―Son sus padres. No me aceptarán nunca.
―Los amados suegros dando problemas, ¡qué sorpresa! ―Su amiga se encogió de hombros―. No me digas que le das alguna importancia a sus tonterías.
―Ellos no me interesan, es él quien no entiende lo difícil que resulta para mí el ver como no hace nada al respecto.
Jane pareció reflexionar un momento y dudar acerca de si debía decir lo que pensaba. Al final dio un suspiro resignado.
―¿Sabes? Te sonará muy extraño lo que voy a decir y tal vez luego te pida que me lleves a practicarme una lobotomía, pero creo que lo entiendo.
―Lo entiendes ―repitió la frase porque le pareció increíble.
―Sí, bueno, tanto como se puede entender a un hombre tan complicado. Ellos son sus padres; no se sacó precisamente la lotería con eso, pero no dejan de ser su familia. Tú misma lo has dicho, él no es muy expresivo ni habla de sí mismo, pero he notado que si algo lo saca de quicio, es que odia que alguien ofenda a quienes ama, solo entonces parece más o menos normal, como un hijo defendiendo a sus padres, aunque no lo merezcan. No compitas con su familia porque solo resultarán ambos lastimados ―terminó la joven.
―¿Crees que los prefiera a ellos?
―La verdad, no. Pero no quieres ponerlo en esa posición, ¿o me equivoco?
Odió esa pregunta porque tenía toda la razón del mundo.
―Por supuesto que no, él sufriría si hiciera algo así y es lo último que quiero.
―Ya lo imaginaba. Solo ten un poco más de paciencia si crees que lo de ustedes vale la pena.
―¡Desde luego que lo vale!
―Entonces trataré de controlarme cuando quiera fastidiarte por haberte casado con él.
Las palabras de su amiga, su sonrisa, bastaron para que la envolviera un súbito aire de tranquilidad y esperanza.
Te aferras a esa esperanza y algunas palabras empiezan a recobrar significado. Hogar. Futuro. Matrimonio. Dejas la pausa. Reinicias.
La mujer llegó a casa apenas unos minutos después de dejar el trabajo, más calmada después de la charla con su amiga. Había pensado en pasar por las oficinas en las que él trabajaba, pero sabía que si deseaba hablar con él, debía ser en privado; jamás le diría nada remotamente personal frente a otras personas. Al comienzo le molestaba un poco eso, el que fuera tan parco para demostrar sus emociones frente a los demás, pero luego llegó a acostumbrarse; él compensaba esa frialdad que mostraba en el mundo exterior cada vez que estaban a solas.
La señora Phillips se había marchado ya, dejando la cena hecha y una nota sobre la mesa de la cocina. Era lo usual. Luego ella se encargaba de calentarla y cenaban en el comedor.
Esperó durante casi una hora a que llegara, dispuesta a hablar con él, pero llegó un momento en que miró el reloj con expresión desanimada y suspiró, rendida. Seguro que seguía molesto por lo de esa mañana, era tan infantil. De acuerdo, ella no se comportó mejor, pero le había dicho mil veces que debía dejar de huir a los problemas y atreverse a hablar cuando algo iba mal.
Suspiró, molesta, y calentó una pequeña porción para ella que comió de pie, apoyada en la mesa de la cocina. Lavó los platos con su habitual pulcritud y dejó una nota para que él pudiera encontrarla si deseaba comer algo al llegar. Subió los escalones y organizó sus cosas sobre una mesilla una vez que llegó a la habitación.
Se masajeó las sienes y fue desvistiéndose en el camino, dejó que la bañera se llenara mientras recogía algunas cosas lanzadas aquí y allá.
Hubiera deseado quedarse un buen rato envuelta por el agua caliente, pero el sueño la vencía, así que salió arropándose en una bata. Casi dio un brinco del susto cuando se topó con la mirada gris de su esposo, sentado sobre el sillón, en un extremo del dormitorio.
Lo vio tal y como estaba acostumbrada. Con esa expresión autosuficiente que a veces le hacía suspirar de frustración, tanto como sonreír divertida, dependiendo de su humor. Una lástima que en ese momento no tuviera idea de cuál era el caso.
Él no le dijo nada, solo la miró ir de un lado a otro de la habitación. Ella empezaba a ponerse nerviosa; hubiera deseado decir algo inteligente, pero no se le ocurría nada. Valiente mujer, temida por sus subalternos y admirada por quienes la conocían por su arrojo al enfrentar los problemas, se dijo con sarcasmo.
Se hartó del silencio, dispuesta a decir algo, pero fue él quien habló primero.
―A veces, eres una tonta ―le dijo de pronto.
Lo miró boquiabierta, confundida por semejante comentario.
―¿Disculpa? ―No podía creer que le acabara de decir algo como eso.
―Me oíste, a veces, eres una tonta ―repitió.
¡Oh, bueno! Sus oídos estaban perfectamente entonces, él la estaba insultando.
―Es agradable ver que vienes con tan buen carácter. ¿Pretendes competir con tus padres? ¿Averiguar quién inventa los mejores insultos? ―mordió las palabras, indignada, preguntándose cómo pudo albergar esperanzas.
Él no se mostró dolido por su actitud, solo sonrió de lado, sin moverse del asiento.
―¿Sabes lo que hice cuando llegué al trabajo? ―inquirió.
―No estoy segura de querer saber. ―Ella aseguró mejor la bata e intentó respirar profundamente para calmarse.
―Intenté ocuparme de mil cosas, atacar todos los pendientes que pude encontrar, pero no sirvió de nada. ―Se encogió de hombros―. Estuve pensando en todo lo que dijimos y fui a ver a mi madre.
Ella abrió los ojos al máximo. Otro comentario sorprendente, aunque, tratándose de él, ya debería estar acostumbrada.
―¿Para qué? ―No pudo reprimir su curiosidad por más tiempo.
―Es algo entre ella y yo ―respondió sin dudar―. Digamos tan solo que no la veremos en un tiempo.
―¿Peleaste con ella? ―Ella dio unos pasos hacia delante.
―No, solo hablamos, creo que claramente. ¿Quién sabe? Tal vez vuelva antes de lo que espero. ―Él no parecía muy preocupado.
―Ya veo. ―La mujer se sentó en la cama.
Un pesado silencio se instaló entre ellos, roto apenas por sus respiraciones pausadas. Pasaron unos minutos que parecieron horas antes de que ella tomara la iniciativa.
―¿Por qué me llamaste tonta? ―dijo lo primero que llegó a su mente.
Él soltó una carcajada burlona, relajando su expresión.
―Por supuesto que debías preguntar eso primero. Eres increíble. ―Una mezcla de exasperación y ternura cruzó su semblante.
―¡No es por mi ego! Solo me pareció extraño. ―Ella se puso a la defensiva de inmediato.
―Te llamé tonta porque a veces no pareces darte cuenta de nada, y eso es difícil para mí.
―¿Qué quieres decir? ―Ella frunció el ceño, confundida.
Él suspiró con expresión cansada y se levantó del sillón para sentarse a su lado.
―No puedo decir cuánto te amo todo el tiempo o lo importante que eres para mí; ese no soy yo. ―El hombre sacudió la cabeza―. Tú siempre estás allí, me das todo, y yo no te he dado nada.
Ella lo miró de lado, pasmada por la confesión.
―¿Crees que no quiero abrazarte en público? ¿Besarte frente a tus amigos sin importar lo que piensen? Pero no puedo, y tú no lo ves, por eso te llamé tonta. He pensado muchas veces en que lo más justo sería dejarte ir, seguro que tú podrías ser feliz sin mí, pero soy muy egoísta. No quiero perderte, me quedaría solo. No. No he hablado bien, no me importa estar solo, es el estar sin ti lo que me parece insoportable. ―Él habló como si decir cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.
Ella extendió una mano y cogió la suya, haciendo una ligera mueca de dolor cuando él correspondió al agarre como si la vida se le fuera en ello.
―Te conozco hace años, sé cómo eres, de verdad sé cómo eres. ―Hizo énfasis en la última frase―. Te quiero así, no voy a dejarte solo nunca, aunque hagas todo lo posible por alejarme.
Él la miró, curvando la boca en una sonrisa al verla con su expresión tozuda.
―Eres demasiado para mí ―dijo, casi como si se criticara por ello.
―Sí, creo que lo soy, tienes una suerte tremenda ―ella bromeó más tranquila.
―Hablo en serio. Cuando nos encontramos de nuevo, yo era un desastre; tal vez los demás no lo vieran, pero lo era. No importa qué tan idiota sea a veces, nada tendría sentido sin ti.
Ella recostó la cabeza en su hombro, haciendo que el suave aroma de su cabello llegara a su nariz.
―No eres un idiota, es solo que no estás acostumbrado a que te quieran del modo en que yo lo hago. ¿Por qué no solo te dejas amar? No es tan malo. ―Le dio un suave codazo, dejando escapar una risa divertida.
―No, no lo es, siempre y cuando seas tú quien lo haga.
―Me parece justo ―aceptó ella, para luego comentar con tono de chanza―. ¿Sabes que nunca me habías dicho cosas tan bonitas? Debemos pelear con más frecuencia.
Él ladeó la cabeza, con una sonrisa traviesa, e hizo un rápido movimiento para recostarla sobre la cama, envolviéndola entre sus brazos y hablando sobre su cuello.
―No presiones, ha sido solo un momento de debilidad. Recuerda que soy un tipo duro, nosotros no acostumbramos decir palabrerías sentimentales ―susurró al tiempo que recorría su cuerpo con las manos.
―Cada vez eres menos duro de lo que piensas, ¿sabes? En verdad, eres más blando de lo que te gusta aparentar ―le dijo ella entre risas.
Él se apoyó sobre los codos para mirarla con sus ojos grises, cambiando su expresión por una más seria.
―Podría vivir con eso, solo no lo digas ―confesó.
―¿En serio? ―Ella lo miró, sorprendida―. ¿Podrías?
―La verdad es que ya lo hago ―reconoció él, reiniciando sus caricias.
―¿Cómo es eso? ―ella entrecerró los ojos, siguiendo su juego.
Él se agachó hasta posar los labios sobre su sien, bajando suavemente para mordisquear el lóbulo de la oreja y susurrarle unas cuantas palabras.
―Tú eres mi vida; lo que tú seas, yo lo soy también un poco ―habló con rapidez, para luego agregar:― Ahora, ¿podríamos dejar de platicar? Se me ocurren cosas más interesantes que hacer en este momento.
Ella pestañeó con rapidez para despejar unas lágrimas que habían acudido a sus ojos y le sonrió, pensando, mientras correspondía a sus besos, que cada segundo a su lado valían todos los momentos difíciles que pudieran pasar. Él no lo sabía aún, ya se lo diría en su momento, pero él también era su vida, ella se había dado cuenta mucho tiempo antes, solo esperó con paciencia a que él lo descubriera también.
La esperanza gana terreno. El camino da un rodeo y se abre frente a ti un sendero plagado de hierba fresca que roza tus pies y borra con su suavidad los recuerdos de los viejos campos áridos. Dejas la pausa una vez más. Avanzas y no te detienes.