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clau de vesta

y quizás no…

El día que Margarita escuchó esas palabras, sintió pánico, miedo y fue incapaz de comprender. Luego de haber llorado por horas, de haberse desahogado, de dejar salir todo lo que la apenaba, tomó fuerzas y con ánimo logró suspirar…
—Bien, ésta vez no pudo ser, pero ya se dará en otro momento… —dijo con aire de aliento y porque no, de esperanza.
—Quizás no… —le dijo su maestra de yoga, mirándola con una calidez tan perturbadora que creyó enloquecer.
Solo pudo devolverle una mirada interrogante, sin la más mínima gesticulación. ¿Cómo es posible que quizás no…?
Aquel momento quedó atrás, ya no duele esa pérdida, es solo un recuerdo de algo bonito que pudo ser, mas no fue. El tiempo cura, lo cura todo dicen las viejitas sabelotodo. No es que haya olvidado, el dolor sigue de alguna forma allí, pero se aprende a seguir caminando. Como ha dicho alguien muy sabio, una cosa es el dolor y otra distinta el sufrimiento. El dolor no lo podemos evitar, pero podemos elegir en algún momento dejar de sufrir.
Esa noche debía verse irresistible, solo deseaba que si por una gracia del universo, sus ojos pasaban por su imagen, él la notara. ¿Cómo hacer para verse irresistible a sus ojos? ¿Qué debía ponerse? Era un evento formal, y no quería llamar la atención, bueno sí, pero solo la de él. Su cabeza daba vueltas y más vueltas en lo mismo…
—Porque "esas" mujeres se ven naturalmente hermosas, ¿¿¿cómo hacer para que él pose su mirada en mí al menos unos segundos??? —Se preguntaba Magui llena de ilusión.
Las horas en la oficina no pasaban más, no lograba terminar sus tareas. Su manía por tener todo planificado la estaba desquiciando. Cuando era posible hacerlo era una maravilla, mas cuando no, solo servía para recordarle que no estaba cumpliendo con sus obligaciones, y así, intentando ir más aprisa, se volvía más torpe y de mal humor. Lo único que la bajaba a esta dimensión, era el recuerdo de que esa noche podría verlo. Un gesto amoroso apareció en su rostro cuando imaginó que intercambiarían algunas palabras y porqué no, alguna mirada, quizás alguna sonrisa… y ¡¡zazzz!! El Skype, el cel y el interno al mismo tiempo, todos la llamaban a la vez.
—¿Qué pasa? —se preguntó.
Silenció el celular, era el pesado de administración, seguro nada importante, atendió el interno mientras abría el Skype.
—¿Venís a la reunión? —Sonó la odiosa voz de su jefa, mientras leía en el Skype, el mensaje de su compañero "Che bolas, venite de una vez, no empiezan sin vos."
Se puso de pie, haciendo el intento de darse prisa, pero no entendía, ¿qué reunión? Tomó la agenda, una lapicera y salió rumbo a la sala principal de reuniones, apresurándose e intentando poner cara de circunstancia, pero ¿¿¿de qué??? Si no recordaba con quién ni porqué iba a reunirse.
Al entrar en la sala, miró el grupo y saludó involuntariamente, sintió que sus zapatos quedaban pegados al piso, no podía avanzar. De golpe sonó la agenda contra el piso y salieron despedidas varias notas sueltas que había en ella, como si fueran los papelitos brillantes que tiran en los pueblos en algunas festividades. Ahí despertó y le cayó la ficha, logró ponerse en cuclillas, juntar agenda, notas y lapicera, levantarse y seguir camino hacia el grupo en menos de centésimas de segundos. La cara de su jefa le hizo saber que hablarían más tarde. El guiño de Seba, su compañero, le dio ánimo, tomó asiento y volvió a saludar.
—Buen día a todos, disculpen el retraso.
—Buenos días estimada —le respondió él con un mueca. Esa misma mueca que ella veía en cada recuerdo, de todo ese año que compartieron oficina.
—Buen día, ¿cómo estás Leo? —Respondió Magui, sonriendo. Bastó recordar que aún no sabía que ponerse para el evento de esa noche, para borrarle la sonrisa. Al menos ya sabía que Leonardo asistiría, se encontraba en la ciudad y lo tenía frente a ella. ¿Qué hacer para lograr que él se acercara y le hablara, y…? La voz odiosa de Felipe, el Gerente de Finanzas, la trajo a la reunión nuevamente. ¿Cómo era posible haberla olvidado? ¡Semanas esperando ese día y ese encuentro!
—Un gusto Leonardo de tenerte por la empresa, aunque ahora como cliente y no como un compañero más —le dice Felipe a Leonardo. —Se extraña tenerte…
Uff… ¡¡¡y como se extraña!!! Resonó en la cabeza de Margarita. Sintió que la miraban y temió haber pensado en voz alta.
—Magui, empieza con lo tuyo —resopló Estefa, su jefa, repitiendo la indicación de Felipe de que diera inicio a la agenda programada.
—Bien… —empezó diciendo Magui, a la vez que abría la agenda —gracias Leo por tomarte este tiempo de reunirte con nosotros antes del evento, seguramente esta noche se complicará hablar de la estrategia comercial que decidimos poner en marcha —no querrá hablar de negocios, pensó en su cabecita —y como dijo Felipe, se te extraña en la oficina, aunque todos estamos muy contentos con la oportunidad que estas teniendo en Samplast.
Leonardo era un contador de treinta y nueve años; hacía un año que había dejado de trabajar en Proyectos Uno, la empresa donde Magui trabajaba desde hacía seis. Supo aprovechar la oportunidad que se le presentó justo en el momento que la empresa estaba haciendo una reestructura y su puesto se veía comprometido. Así pues, renunció y tomó el cargo de Gerente General en una empresa cliente de Proyectos Uno.
Si bien Magui tenía contacto con prácticamente todos los clientes, no había tenido la ocasión de reunirse con Leonardo. Solamente se le habían ocurrido un par de excusas para contactarlo en los últimos meses vía Skype o e-mail, ni siquiera su voz había escuchado desde que él había dejado la empresa hacía un año.
El gusto en común por el yoga, la búsqueda interior de un camino más ameno y en armonía, en esto que llamamos vida, eran temas que hacían posibles largas charlas, donde Magui salía cada vez más embelesada con él. Sentía una profunda admiración por Leonardo. Ella sentía que de ser posible, se enamoraría de él en todas sus vidas restantes, una tras otra, por toda la eternidad…
—Gracias Felipe, gracias Magui, sigo sintiéndome parte de Proyectos Uno, estar hoy aquí como cliente, es como volver a lo que fue mi casa por tres años. Y también extraño la gente —dijo sonriendo pícaramente mientras guiña a Seba y a Magui.
—No extrañes tanto… —interrumpió Estefa, que sabía bien que Leonardo tenía muy buena afinidad con los chicos. —Si extrañas podés llamarlos cuando quieras, o venir a verlos, pero no tengas ocurrencias extrañas -lo amenazó un poco en broma un poco en serio, ante la posibilidad de que quisiera llevarse a sus dos Ejecutivos Senior, sobre todo a Magui, que tenía la experiencia más extensa dentro del equipo de Proyectos Uno.
—Tranqui estimada, de momento no podemos pagar Ejecutivos como estos. —Dijo volviendo a guiñar a los chicos, sabiendo que ambos no estaban del todo contentos con sus salarios, que dependían principalmente de las gestiones de Estefa, una ingeniera cincuentona muy amiga del dueño de la empresa.
—Hablemos en serio… —se interpuso Magui, a modo de hacer notar que a su criterio el tema no era para bromas.
—Prosigamos. —Respondió Leonardo, mirándola con una sonrisa maliciosamente adorable, a sabiendas que ella le iba a reprochar el comentario en algún momento.
—Leo, estamos más que ansiosos por el evento de esta noche —continuó diciendo Magui. —Hay expectativa a nivel nacional en el lanzamiento de este producto, es más, tendrá repercusiones en toda la región. Puede ser que no lleguemos al mercado de nuestros hermanos mayores, pero será notorio, ya que la demanda de sus productos se reducirá sobre manera. Por otro lado hará que nuestra competencia se enfurezca, cuando sepan de la alianza que logramos con ustedes, sobre todo antes del lanzamiento.
—Magui, que no te inquiete la competencia, nosotros estamos seguros de que queremos trabajar con ustedes —le dijo Leonardo tranquilizándola. —Personalmente sé muy bien, como se trabaja aquí, y toda mi gente sabe que Proyecto Uno es el mejor proveedor que podemos tener. No es por el cariño que les tenemos que los hemos elegido, no solamente, se corrigió, mirando con complicidad a Magui.
¿Qué me pongo? Pensó Magui, fijando la vista en la agenda para repasar todos los puntos de la alianza comercial -al universo gracias por la existencia de esa agenda que todo lo sabe- que había logrado Proyecto Uno con Samplast Uy, la empresa que ahora gerenciaba Leonardo. Y así transcurrió la reunión, con la cabeza de Magui yendo y viniendo.
—Leonardo, ya está todo más que claro, tenemos toda la comunicación lista para lanzarla en minutos, y todos estamos interiorizados hasta en los más mínimos detalles, solo resta que se haga la hora y encontrarnos en el evento. —Terminó diciendo Estefa, poniéndole punto final a la reunión.
Se pusieron de pie y salieron todos juntos de las sala. Magui con la excusa de la notas desordenadas, quedó atrás, todos se despidieron de Leonardo, solo faltaba ella. Cuando se disponía a acompañarlo hasta la recepción, Seba le avisó que tenía una llamada urgente en su escritorio, así que se despidió apresuradamente y fue Seba quien lo acompañó hasta la salida. La llamada urgente se cortó sin saber siquiera quien era, salió volando de su escritorio para alcanzarlos, pero al llegar a la salida, solo estaba Seba, coqueteando con la recepcionista, Leonardo ya se había ido.
—En un par de horas volvés a verlo corazón. —Dijo Seba, en voz alta y con toda la picardía al descubierto, cuando ella se volvió.
Magui siguió caminando, simulando no haberlo escuchado.
Aunque nunca se lo había confesado, Seba, sabía que ella se derretía por Leonardo. Y presentía que no era un derrite cualquiera, veía brillar los ojos de Magui de esa forma únicamente cuando hablaba de él, o cuando estaba en su presencia. Sabía perfectamente que aunque con Magui se tenían un cariño especial, compartían una linda amistad y la intuición de una química de piel espectacular, jamás lograría convencer a Magui de tener algo con él.
Seba, un par de años menor que ella, era el típico conquistador, que "tiraba verde para recoger maduro". Coqueteaba con todas, seducía a muchas, intimaba con algunas, pero al final del día estaba en su casa, con su hermosa familia, donde estaba hace ya… toda la vida.
Magui no le negaba que sentía atracción hacia él. Por la amistad y la confianza que se habían ganado uno al otro, pudieron tener esa conversación, se confesaron atracción mutua y se dijeron las ganas que tenían de concretar un encuentro. Mas para Magui, con sus treinta y nueve años, luego de haber tenido a los hombres que quiso y solo a los que quiso, ya no era suficiente sentir fuego en la piel para correr tras una aventura. El cariño que tenía hacia Seba era mucho más grande que esa atracción de piel; total, como bien decía ella, "giles para un rato sobran". ¿Para qué poner en riesgo la linda relación que los unía, como compañeros de trabajo y amigos?
Al regresar a su oficina, miró a Estefa, con la intención de excusarse por el olvido de la reunión, pero fue sorprendida por una cara feliz, algo no muy común en ella, que suele ser algo pesimista, más bien realista, diría ella cuando la etiquetaban de negativa.
—Felicitaciones Magui, el lanzamiento de Samplast esta noche será un éxito sin ninguna duda, que hayas logrado esa alianza comercial nos viene de maravilla… —dijo, despidiéndose para ir a la peluquería temprano y así no correr el riesgo de llegar tarde al evento.
Sin dudas todo había salido de mil maravillas en la reunión, dado que su jefa ni recordó la impuntualidad de Magui.
—Gracias jefa, el mérito no es solo mío, el ejecutivo que asignó Leo para que negocie conmigo fue muy abierto y predispuesto a todas mis solicitudes. Creo que el trabajo grande lo hizo él mismo… —respondió Magui, recordando que aún no sabía que se pondría. —Nos vemos en un rato —alcanzó a decir sin que Estefa la escuchara.
Eran las 17:40hrs., el evento era a las 20:00hrs., solo un par de llamadas más, para calmar los ánimos de las empresas de la competencia, que ya estaban al tanto de la alianza comercial de Proyecto Uno con Samplast.
"Va a explotar todo, ¡sí!" se dijo Magui, "Pero solo después de las 20:00hrs., calma amiguitos."
Al fin, a las 18:20hrs., logró salir de la empresa, solo eran cinco minutos hasta su apartamento. Ya había decidido que zapatos ponerse, eran, por decir de alguna manera, la única opción, los únicos con los que aguantaba un evento en la noche. Sí, sus zapatos negros de taco medio con plataformas, eran los adecuados para esa noche.
"¿Y que me pongo?" Se preguntaba una vez tras otra. "Al cabello me lo arreglaré con un semi recogido, sí, es como me sentiré más cómoda."
Ya en su casa, separó los documentos que debía llevar al evento, los guardó en su maletín de ocasiones demasiado formales. Buscó su cartera negra, su tesorito. Magui no era una seguidora de la moda, ni del glamour, solo gustaba de tener determinados objetos valiosos a los cuales les tomaba cariño y eran sus tesoritos. Esa cartera era un regalo de una amiga muy querida, que ya no estaba en Uruguay, además de ser la cartera ideal para una infinidad de ocasiones, ambos motivos la hacían muy especial.
—Zapatos, cartera, maletín y peinado prontos… sino fuera porque debo ir vestida, estaría lista… —piensa en voz alta, con una sonrisa nerviosa. —¡¡Ya!! —No quiere pensar más en que se pondrá. Se desnuda y se mete en el baño.
Margarita, Magui para su familia, amigos, compañeros de trabajo y todos los que la conocen, ni ella recuerda que su nombre es Margarita. A su edad, divorciada hacía ya diez años, es una mujer madura. Ya sabe que la vida no es eterna, al menos no ésta en la que está caminando. Descubrió que es lo que no quiere en su vida, aún no se desprende de todo ello, pero ya decidió que es cuestión de tiempo, a corto plazo.
Su exesposo fue su primer novio, su primer hombre, así como ella fue su primera novia y mujer para él. Con siete años de matrimonio, haciendo un balance muchos años después, siente que fue una hermosa experiencia. Con veintinueve años se sorprendió siendo una mujer que no tenía nada de lo que había soñado en su infancia y adolescencia, ser una mujer exitosa, ejecutiva en algún Banco internacional, o en el mismísimo Mercado de Valores de Chicago, o porque no, en la Gran Manzana.
En algún momento supo que no llegaría tan lejos, pero tenía la convicción de que si podía ir muchísimo más allá de donde se encontraba. No solo había descubierto que no amaba a su esposo, había descubierto que no era feliz con la vida que tenía y sabía que solo dependía de ella cambiarla. Así fue que su búsqueda laboral apuntó a otro norte, rechazando propuestas que no se ajustaban a sus objetivos.
—¡Estás mal de la cabeza! —Llegó a escuchar de algún amigo, cuando no aceptó alguna oferta valiosa a ojos de otros.
Le llevó algún tiempo, pero consiguió un buen trabajo, el que le sirvió de hincapié para luego postularse a un puesto en Proyectos Uno, el lugar donde mucha gente de su ciudad soñaba con trabajar. En Proyectos Uno pudo desarrollarse profesionalmente tanto como quiso, o más bien tanto como sus superiores la dejaron. En esos tiempos, muchos de los que ocupaban puestos gerenciales no eran siempre los más generosos. De todas formas logró obtener un título universitario, eso la hacía feliz. Por su forma de trabajar se ganó el respeto y la confianza de sus pares y superiores.
A la vez que creía estar llegando a su techo en Proyectos Uno, acercándose ya a los cuarenta años, empezaba a cuestionarse que más quería, o más bien, qué quería en realidad para su vida. Ya había podido demostrarse a sí misma que era capaz de lograr laboralmente sus metas. Estaba segura de que, de haber tenido la posibilidad de capacitarse en su temprana juventud, habría logrado sus anhelos de la niñez y de la adolescencia. Pero eso ya era historia, ya no tenía relevancia, no fue en esta vida, quizás en la próxima, quizás no. De todas formas ya no dolía, ni lastimaba, simplemente lo aceptaba. Al mismo tiempo sentía que necesitaba un cambio, la forma en que se ganaba la vida ya no la hacía feliz. Agradecía a diario sus logros, pero al final del día deseaba haber estado en otro lugar, ¿cuál? es lo que aún no descubría.
Un sonido de ultratumba entre la lluvia de la ducha, le recordó que Seba pasaría a buscarla para ir juntos al evento. ¡Él siempre tan atento! Salió corriendo de la ducha, agarrando de paso una toalla, dejando un canal de agua a su paso, hasta llegar a su celular. Era Seba, diciéndole que en veinte minutos salía a buscarla. Veinte minutos, más diez de su casa hasta su apartamento, eran treinta minutos para vestirse, maquillarse y peinarse.
—¡¡¡Vestirme, tengo que vestirme!!! —Se dijo en voz alta, como reprochándose que aún no decidía que ponerse.
Se envolvió en la toalla y se dispuso a secar y peinar su cabello. Realmente quedó preciosa, había sido una muy buena elección el medio recogido, dejando su melena libre con un aspecto casual y muy elegante. Ojeó el reloj…
—¡¡¡Diez minutos!!! —Gritó, poniéndose de pie de un salto a la vez que tiró la toalla.
Desnuda frente al espejo se detuvo y se observó, y sí… ya tenía casi cuarenta, no era una jovencita, su cuerpo tenía esas heridas de guerra que los años y la maternidad dejan.
Fue mamá muy joven, y con el afán de disfrutar esa etapa al máximo posible, de estar siempre cómoda y dispuesta a los pedidos de su hijo, por mucho tiempo cuidar su figura no fue su prioridad. Siendo su hijo ya un estudiante universitario, hacía tiempo que buscaba recomponerla, como si acaso eso fuera posible. Se gustaba, pero ¡como adoraría sacarse esa celulitis y esas estrías!
El ringtone de mensaje en el celular la trajo de vuelta, era Seba, "estoy abajo".
¡Llegó antes! ¡puffffff!
"Ya bajo" respondió.
Saltó a su placard, mirando fijamente las perchas y los estantes, hizo el esfuerzo por identificar como quería sentirse en el evento; ¿como lo que es? la Ejecutiva a cargo de la alianza comercial más importante que tiene Proyecto Uno y Samplast… pues entonces su pantalón azul, blusa salmón y chaqueta a tono. O bien ¿como una mujer profesional?, mas también elegante, femenina y seductora, capaz de llamar el interés de Leonardo… entonces ese vestido rojo sería una buena opción.
Desde que Leonardo le comentó que se estaba separando, poco antes de dejar Proyectos Uno, Magui anhelaba que en algún momento él la viera con otros ojos. Ella tenía la ilusión de enamorarse de él, la admiración y cariño que sentía eran perfectos para desencadenarse en amor. En Leonardo veía todo lo que necesitaba en un hombre, era inteligente, buena persona, buen profesional, muy generoso y solidario, un excelente padre e intuía que sería un buen esposo.
Él ya llevaba doce años casado y tenía dos chicos de siete y ocho años, a los cuales adoraba y eran su prioridad siempre. Gabriela, su esposa, ya que aún no tenían el divorcio, según comentarios que escuchó atentamente, era una mujer de aire infumable, aunque era consciente de que quizás solo era su visión miserable y envidiosa la que la hacían verla así. Seguramente Gabriela era una buena mujer, de lo contrario Leonardo no la habría elegido.
No lo pensó, simplemente tomó el vestido de seda roja, se lo puso y lo prendió a los manotazos, haciendo piruetas mientras insultaba a los malditos diseñadores que hacían un vestido con cierre en la espalda, como si sólo las mujeres que tienen un hombre para subirles el cierre tuvieran derecho a usar uno. Se calzó los zapatos, caravanas, anillos, pulseras y cadena… los únicos para todas las ocasiones. Todos eran parte de sus tesoritos, ¿para qué tener otros?, si solo necesitaba de esos, eran hermosos y los adoraba, cada uno recuerdo de algún viaje o regalo de algún ser querido.
Tenía cartera, maletín, celular y llaves, iba bajando por el ascensor cuando recordó que no se había perfumado. Tocó todos los botones como deseando ser transportada a su mesita de noche, ¿¡como había olvidado ponerse perfume?! Bueno, sí, solo era una vez más.
Ya en el auto con Seba, este no dejaba de decirle lo hermosa que se veía. Magui sabía que él era lo suficientemente persuasivo para hacer sentir como una reina a cualquier mujer. Se miraba el vestido y no podía creer, ¿por qué se lo había puesto? ya era demasiado tarde para pedirle a Seba que volviera a su apartamento para cambiarse. El vestido era hermoso, sumamente elegante, tenía el escote perfecto para simular sus pequeños senos, aún así podía insinuar y despertar la atención de cualquiera. Definitivamente algún duende lo había dibujado sobre su cuerpo, para hacerla más exquisita, mostrando sus gracias y escondiendo lo que ella prefería no mostrar. Nadie podría imaginar que lo vio desde la vidriera, colgado en un perchero al fondo en una tienda, en liquidación a mitad de precio por tener una falla en una manga. Con su torpe habilidad en la costura, se las ingenió para quitar las mangas y quedarse con un hermoso vestido que aseguraba no usaría nunca.
Estacionaron en el Hotel donde se llevaría a cabo el evento más esperado del año para Proyecto Uno. Se disponían a entrar, cuando al verse en el espejo gigantesco del hall, cayó en cuenta de que no se había maquillado.
"¿Aprendería algún día a ser mujer?" se preguntó.
—Con casi cuarenta años ya es difícil —se dijo en voz alta. Seba la miró sin entender de que hablaba, ella solo gesticuló con tono de orden —¡espérame acá! —y salió rumbo a los baños más cercanos de la recepción.
Cuando soltó la cartera con fuerza en el mármol del baño, sintió que algo sonó adentro, la abrió y allí se hizo el milagro. Ana, una de sus mejores amigas, la más coqueta de todas, había usado su cartera hacía un par de semanas. Y como no podía ser de otra manera, la había llenado de un arsenal de maquillaje para retocarse en su salida. Todo aquello era demasiado para Magui, algunas cosas directamente no sabía para que se usaban. Solo tomó lo que sabía que le sentaba; delineador, rimel, rubor, brillo labial y un toque de sombra, solo porque creía que Leonardo lo ameritaba.
Al salir del baño, volvió a mirarse, se gustaba, sabía que se veía bien, con mucho menos podría impresionar a casi cualquier hombre, pero Magui sabía que no cualquier hombre lograría conquistarla. El problema no era que los hombres no se interesaran por ella, era ella que no se interesaba por cualquier hombre.
Tantas veces se cuestionó por ese sentir, solo quería enamorarse de aquel hombre que la pudiera volver loca de amor. No se conformaría con menos, claro que no.
Al entrar al salón, Seba sintió que llevaba a la fiesta a la mujer más hermosa de la noche, conocidos lo saludaban a lo lejos con picardía, porque conociendo lo mujeriego que era, al entrar al evento con ella del brazo, sabían que estaba en un deleite total. En cambio Magui estaba nerviosa por la repercusión en la competencia cuando Samplast anunciara que Proyectos Uno sería el proveedor exclusivo para su nuevo producto. Temía tener que tirar los zapatos, limpiarse el maquillaje y entrar en zona de batalla. Por supuesto que no llegaría a las manos, pero quizás algún cruce de palabras podría haber. De todas formas, los más belicosos ya estaban avisados que quedaban fuera, así que no los tomaría por sorpresa.
La noche transcurría de mil maravillas, había muchos clientes conocidos, gente que era muy cercana en lo cotidiano de la oficina, pero solo por mail o teléfono, así que un rato de charlas cara a cara era un momento para disfrutar. Tanto estaba disfrutando que no había notado si Leonardo había llegado. La charla técnica que acaban de presenciar era todo lo que se expondría en el evento, por lo que definitivamente Leonardo ya debería estar presente.
"Leonardo, uffff Leonardo…" se separó un par de pasos del grupo, para dar un vistazo a la reunión, cuando lo vio acercarse a un grupo cercano al de ella. Se quedó paralizada, cerró los ojos, los apretó y volvió a abrirlos, Leonardo venía de la mano de Gabriela. Se sentía ridícula, ¿pero cómo? ¿Volvieron? ¿Cuándo volvieron? Seba, que estaba a su lado, notó que algo no andaba bien y miró en dirección a la mirada de Magui. En ese momento ambos vieron a Leonardo saludar a un grupo de clientes, presentando a Gabriela con un gesto cariñoso, a la vez que ella se le acurruca mientras sonreía, seguramente por algún comentario de alguien del grupo.
—Seba, ¿sabías que habían vuelto?
—Ni idea… hace poco lo vi en un asado que organizamos con los muchachos, pero viste como somos nosotros, no hablamos de familia, de mujeres sí, pero no de familia…
—respondió sonriendo, a la vez que se daba cuenta de que su broma no cayó bien a Magui.
Ella solo pudo limpiar sus lagrimales con el cuidado necesario para no correr el maquillaje, respirar profundo y volver a entrometerse en la charla distendida que tenía Seba con unos clientes muy apreciados por ambos. Era solo una vez más. Una vez más había descubierto que ese hombre al cual admiraba y tenía mucho cariño, tampoco iba a ser el amor que soñaba.
"Sin dudas Gabriela debe ser una mujer increíble, si es que Leonardo la sigue eligiendo", pensó, sonriendo al grupo, como si estuviera escuchando la charla.
Ni siquiera podía decir que le dolía, porque en realidad no le dolía, no estaba lastimada, era solo el desvanecimiento de una ilusión.
Después de haber tenido una gran desilusión amorosa algunos años atrás, de haber sufrido como jamás imaginó que podría hacerlo, aprendió que cuando un hombre no la quiere, es solo un hombre que no la quiere. Cuando un hombre no la elige, es solo uno más que no la elige, entre millones que tampoco lo hacen. Estaba decidida a dejarse elegir solo por aquel hombre que ella elija. ¿Audaz? ¿Arrogante? ¿Soberbia? Quizás… se decía, y quizás no… se respondía.