Se libra una guerra en mi interior, intereses contrapuestos que hacen que luche contra mí misma. Pocas personas son capaces de librar el reto de conocerme, pocas personas llegan al interior de este bulbo que se va descubriendo capa a capa. Sé que son demasiados los escudos que protegen el alma de esta mujer solitaria.
Ahora me siento a pensar, con el sol de la mañana colándose por la ventana, mi pelo caoba alborotado, y una vieja camiseta que, a pesar del aspecto agasajado, me dan una apariencia atractiva, sin ropa interior y el café sobre la vitro, calentándose a fuego lento. Estoy convencida de que es el momento de empezar de cero, como una página en blanco. Me invaden los pensamientos y en la nebulosa de mi mente, además de su imagen aparecen otras, pero hay una que se repite, mas sí, quiero sexo, quiero disfrutar la vida, quiero divertirme y quiero libertad, pero busco mi felicidad y no que me hagan disfrutar. Me doy cuenta de que tanta soledad me está agriando el alma. Sé que tanta lucha, que tanto sufrimiento, han sido en vano. Jamás tendré paz, y entre esos pensamientos se cuela una sonrisa, la sonrisa que me cautivó hace unos días como un eco del pasado; y sé que fueron unos instantes, pocas palabras cruzadas con él, pero hay algo en sus ojos que me atrae como antaño, que me llama a bucear en el interior de su mente. Hay algo en él que me hace pensar en pecado. Y ese imán se cuela entre mis pensamientos confusos trayendo luz.
Rayos y centellas, fuertes truenos me despertaron al alba, prácticamente de noche en el cielo, pequeños haces de luz anuncian el despertar del día con las gotas de lluvia que resbalan por los cristales de las ventanas, aún con los ojos cerrados y sin encender la luz, me deslicé por la casa, instinto y conocimiento que me movían en la oscuridad hasta llegar a la cocina, asomando al balcón para ver los rayos de luz que iluminaban el cielo.
Un café con leche bien cargado para desperezar y empezar con energía el día que aún no había comenzado, allí, de pie, contemplando la tormenta que tanto amaba, cálida tormenta de primavera, enfurecida en el cielo... y sin pensarlo me puse unos pantalones cortos, una camiseta ajustada a mi cuerpo, vieja, casi raída por el uso y calcé mis botas apretando los cordones; frente al espejo recogí mi pelo azulado en una coleta y sujeté los mechones más cortos con grandes horquillas, el mp3 encerrado en los bolsillos del pantalón y los cascos en los oídos, saqué la llave de casa del llavero y la introduje en el bolsillo; ni siquiera pensé en que iba a acabar calada hasta los huesos mientras bajaba en el ascensor, escondiendo el cable de los cascos bajo la camiseta.
Salí a la calle y me dirigí fuera de la ciudad, con paso lento, trotando al viento en ese deporte que muchas practican, una carrera acompasada, manteniendo la respiración al paso de la música que rebotaba en mi cabeza, el volumen alto aún dejaba que se colaran los truenos en mis oídos y el frenesí me hacía seguir corriendo. Una vez en el polígono tomé el camino que suelen usar los asiduos de este deporte y me dirigí por un carril destinado a ello, sin pensar a dónde iba, sin pensar dónde me llevaban mis pies, simplemente me dejé llevar en ese paso acompasado, mi respiración era buena y el ritmo tranquilo.
Carrera solitaria por las afueras de la ciudad, el agua calando mi cuerpo con el mp3 escondido bajo el pantalón, guardado en una funda de plástico para que no se mojase y mis pies chapoteando en cada charco que se cruzaba en mi camino. Sin pensar, sin sentir, solo la música, la lluvia y yo. Una sensación de estar conmigo misma, sola con mis pensamientos que hacía mucho que no sentía, esos pensamientos por fin eran de paz, de tranquilidad. Hoy me he despertado sin importarme lo que pase, sin importarme la soledad o que sople el viento... Hoy me he despertado libre y observo en el cielo un pájaro volar, mis pies no paran y siento que soy como ellos, hoy sí soy el ave libre que voló del paraíso para sentir el mundo bajo mis pies, para sentir que puedo bajar a él cuando quiera, que puedo huir de él cuando lo desee.
Pasa el tiempo y mis pies no dejan de moverse bajo la lluvia, el tedio empieza a apoderarse de mi cuerpo y decido regresar sobre mis pasos, desandar el camino andado mientras el cielo no amaina y la lluvia sigue mojándome por completo. La ropa pegada al cuerpo y la sensación no es de cansancio, no siento cansancio si no energía en mí, fluye como los rayos en el cielo, me invade sintiendo la fuerza de enfrentar lo que venga, truenos, rayos o centellas, me da igual, no me importa sentir lo que sea, no me importa si no puedo olvidar o empiezo a sentir de nuevo, hoy no me importa nada, hoy soy un ave libre con las alas al viento, mojadas, pero desplegadas al firmamento. Y una imagen titila en mi mente, la del aquel hombre que conocí. Salvajemente atractivo, brutalmente sexual con esa aura de puro sexo descomunal que lo acompaña. Me detengo y alzo la mirada al cielo preguntándome cuando lo volveré a ver.
Entonces, él aparece corriendo en mi dirección y reduce la velocidad hasta detenerse completamente y se me queda mirando.
Intentaba recuperar la calma cuando el nerviosismo en el cuerpo se acumula de golpe, quizás solo era una mala pasada de la imaginación humana de este cuerpo, pero realmente había sentido agolparse la sangre en el cerebro, el verdadero miedo a lo irreparable que se escondía en la noche. Era como un zumbido bajo, casi inexistente pero latente.
Sintiendo las palpitaciones del corazón en la sien, me invadieron los pensamientos, la locura del deseo de su cuerpo; de sentir sus manos por mí. Y me dejo arrastrar por la corriente de pensamientos de otra vida pasada. La vida que se escurrió entre mis dedos sin dar cuenta de ella cuando derramé lágrimas de sangre por un amor desmedido, desmerecido cuando existió un precio por las caricias que suplicaban los anhelos del corazón.
Devaneos de la mente cuando funciona a ritmo frenético, de nuevo el corazón agitado en el pecho. No quería verle, pero no podía resistir la tentación de correr a sus brazos, de preguntarle qué buscaba en medio de la noche, de cruzar palabras con solo una mirada. Tuve que contenerme y emplear mi arduo entrenamiento de guerrera para no sucumbir al deseo arrollador.
¿Dónde estabas?
¿Por qué ahora?
¿Sabes lo que sufrí sin ti?
¿Nos recuerdas?
Esas preguntas que surgen del pasado como un eco de sufrimiento tiranizan mi cabeza robándome el aliento. Mi corazón se estremece y empieza a latir enloquecido. Miro al caído frente a mí con inquietud, escondiendo todo sentimiento y velando mi estado.
Pocas veces me quedo sin palabras, pocas veces permanezco sin decir nada, cuando los silencios duelen como puñales... ¿qué decir? ¿Qué contarle si sabes que no va a encontrar respuesta? Y muero de ganas por decirle que me apetece estar a su lado, que quiero decirle «soy yo», nada más allá de dejar que el tiempo pase y tener la oportunidad de poder conquistar su corazón, o al menos intentarlo.
Pero ¿será lo mismo? Claro que no. Ya no soy humana, soy su igual.
De nada valen las palabras cuando se obtiene por respuesta el silencio, de nada valen las palabras cuando no hallas ni siquiera el consuelo de la esperanza. No hay peor sensación que la de amar y odiar a la vez, el sentirte como un papel que vuela por la calle ante sus ojos, intentando ser visto pero permaneciendo invisible y por dentro desgarra la sensación, por dentro mata el querer llamar su atención y no poder, no saber cómo llegar a él sin que se quiebre el halo de nuestro pasado común y del olvido.
Raziel, el arcángel que me permitió poder estar en la Tierra tras mil años en el infierno, me impuso esa condición. Pero ¿por qué? Él es la mismísima sabiduría, todos sabemos que él puede ver la verdad. ¿Qué vería? He ahí mi gran dilema, he ahí mi gran pena... la angustia y la impotencia de ni siquiera saber cómo actuar, qué hacer para librar esta batalla que me presenta la vida mientras el miedo me domina.
Alejé esos pensamientos de mí replegando a la vez las alas en mi espalda. Despunta el sol del alba entre nubes cargadas de lluvia que se alejan, estiro mi cuerpo en un movimiento casual.
Medio sonrío al caído relajando mi expresión.
―¿Te has perdido, ángel? ―me burlé descaradamente.
Me prohíbo pronunciar su nombre angelical, eso delataría que le conozco y provocaría preguntas a las cuales no puedo responder.
Bajé la mirada por su cuerpo macizo y espectacular donde la ropa se pegaba a su piel. El bulto de su pantalón me hizo apretar los dientes. Una ola de deseo me invade despertando sensaciones palpitantes en mi sexo, revolucionando mi sistema nervioso. ¡Jodido envoltorio humano! Paso la lengua por mis labios, hora de volver a casa antes que acabar saltando sobre él y disponer de lo que más ansiaba.
Él se queda con una expresión extraña como queriendo recordar lo imposible, jamás hallaría lo que se le fue borrado de su memoria.
Es nuestra condena.
―No ―responde finalmente―. No me he perdido, pero parece que mis pasos me han llevado hasta ti. ¿No es eso casualidad? ―me pregunta recobrando la compostura.
Sonríe y siento que me derrito. No creo en las casualidades, tengo ganas de decirle. No puedo acercarme a él y menos tocarle.
―Sí ―me obligó a responder con indiferencia y me doy media vuelta dándole la espalda―. Ya nos veremos, ángel.
―¿No te quedas un poco más?
Su pregunta me sorprende, me enternece y me dan ganas de agitar las alas de puro deleite.
―Debo velar por mis protegidos ―le recuerdo, cada ángel en la tierra tiene su misión y él lo sabe.
Es nuestro trabajo.
―¿Nos volveremos a ver, mi bello sueño? ―Mi corazón se detiene por el apodo cariñoso que acaba de surgir de entre sus labios.
Así me llamaba antaño, le miró sobre mi hombro.
―Sigue tu camino. ―La advertencia en mi voz le detiene de acercarse a mí.
Lo notó dudar un instante y camino de vuelta hacia la soledad de mi casa con el corazón roto y su insistente mirada sobre mí.
Mi condena es amarte por la eternidad y que no nos recuerdes.
No era yo.
No es a mí a quien duele, es mi alma la que llora.
No soy yo quien llora, es el pasado que duele.
No era yo, era mi corazón que me revestía de una coraza de hielo.
No, ya no soy ella. Débil y humana.
Giro mi rostro hacia el caído con aprensión. Nos contemplamos en silencio, yo me quedo inmóvil, subyugada por su brutal hermosura. Recuerdo cómo atrapó con sus ojos mi mirada joven en otro tiempo, a la luz de las velas en una época donde no había modernidad. El creaba invisibilidad a ojos de la humilde familia que vivía en la choza, en el hogar poblado de alegría cuando escribía el amor con su boca, su mirada, sus manos.
Atisbo a acordarme de la tristeza y las nostalgias de una pubescencia temprana, racionalidad crítica en el cerebro cuando debía pensar en los besos, perdida en un mundo de adultos que revolvían aún más las hormonas del cuerpo y entre esos recuerdos apareció su sonrisa deslumbrante. Ese ángel de largo pelo negro; yo, mitad niña mitad mujer frente a su cuerpo esculpido. Fue la primera vez que un hombre desnudó mi cuerpo, fue el primer experimento de mi cuerpo cuando sus manos acariciaban mi piel y sus labios hacían agitar el pecho, fue el primer experimento de mi cuerpo virginal, y el de los sentimientos cuando me entregué por completo al ángel que me protegía.
Aturdida por cada sacudida bajo sus manos expertas, miedo por primera vez de no saber lo que hacer cuando ahora sí me importaba realmente que todo fuera como en un cuento, sueños adolescentes cuando te pierdes bajo los brazos del amor verdadero y el bloqueo del cerebro con olor a hierba bajo el cuerpo, el aroma del bosque invadiendo el cerebro y me fundí con las flores, fusión con el campo sobre la manta tirada en el suelo, él, sobre mi cuerpo, con ansias de poseer algo que no sabía poseía.
Hace tiempo cuando nos perdimos el uno en el otro. Nos convertimos en amantes donde dos cuerpos desnudos y la inocencia mezclada con las ansias de amar, de los experimentos prohibidos entre una humana y ángel guardián, del conocimiento de ese gran mundo aún por descubrir ante mis ojos adolescentes. Bajo sus manos, con su cuerpo embelesando el mío, escurriendo sobre mi cuerpo sin saber que ya había resbalado al cerebro, perdida en un mundo de ensueño para mí, niña aún que experimenta el primer amor verdadero en el cuerpo, el primer orgasmo de ensueño cuando confluyen el cuerpo y los sentimientos sobre su cuerpo. Mujer con ansias de no dejar de experimentar los juegos de Afrodita bajo la embriaguez del cedro. Veo en la lejanía de mi vida pasada el silencio del pueblo y las sonrisas que dibujaba la brisa en mi rostro en aquellos tiempos y el castigo supremo que nos cayó encima poco después. Y lo que eso conllevó…
Volviendo a la realidad me doy cuenta de que está empapado por la lluvia, el cabello oscurecido y la mirada fija en la mía, lo desafío a no avanzar más desplegando las alas. Alzó el mentón fieramente y apretó los puños. Su mirada azul como el cielo me traspasa y busca la verdad encerrada en mi corazón.
Pude sentir cómo la tormenta aumentaba en intensidad reverberando en mis huesos como un rugido furioso. Mi cuerpo se enciende a su cercanía como un foco en la oscuridad, llenándome del deseo demasiado tiempo contenido.
Y escapo hacía el cielo, alzando el vuelo, perdiéndome en la madrugada y en el olvido.
Lejos del ángel, lejos de una vida desvanecida y condenada por el destino.