ella
Como una mariposa atrapada en una red. Así se sentía ella, que influenciada por las creencias de su familia, buscó una vida diferente.
Le costó adaptarse aunque se sentía cómoda. Sus obligaciones eran más espirituales que físicas.
Pasaba despacio el tiempo como si le costara esfuerzo avanzar y, a ella, cada vez le afloraban más sus dudas, sus inquietudes. En su interior sentía una gran rebeldía y se preguntaba a sí misma cómo hubiera sido su vida allá, afuera.
Los días iban cayendo uno a uno sobre ella, como nubes llenas de agua que al soltar la lluvia la despertaban de ese sueño que muchas veces creía estar viviendo, alimentando más sus pensamientos.
Después de tres años, y sintiendo su vida vacía, fue implicándose en otros deberes, esta vez relacionados con la solidaridad. Empezó a conocer gente participando en obras benéficas de barrios materialmente olvidados aunque sí atendidos en la fe.
El trabajo era intenso ya que todos los días debía desplazarse lejos y los medios de transporte eran bastante anticuados y lentos recorriendo todos los rincones de la ciudad para que la gente tuviera acceso a ellos.
—Te veo un poco cansada —le dijo un día la superiora.
—No es nada, estoy bien…
—Ve a tu habitación y descansa. Ella se refugió en su soledad, apenas hablaba y, en su interior, siempre presentes las dudas, aunque esta vez creía que sí que se sentía completamente segura.
Recibió muchos y variados consejos, pero ahora ella lo tenía muy claro, decidió ser feliz y eligió la libertad.
Al poco tiempo nací yo y verdaderamente las dos hemos sido muy felices. Ya, de adolescente sentí cierta curiosidad.
—Mamá, ¿quién es mi padre?, —le pregunté.
—Tranquila hija, tu padre es un hombre bueno, aunque no sé muy bien si cobarde, fiel, muy fiel a sus convicciones o quizá todavía no ha encontrado el momento de cambiar su vida.
Lo que sí tenía muy claro mi madre era la memoria herida.