el desayuno
Lunes, ocho de la mañana. Suena el despertador desprendiendo destellos verdosos a la vez que un intenso pitido penetra en mis oídos, alargo la mano y le doy a stop, remoloneo unos minutos en la cama y por fín me levanto, hago un rápido aseo y…
—Cariño, buenos días ¿cómo has dormido hoy?
—Genial.
Siempre acostumbra a decir lo mismo.
La mesa con el desayuno está preparada, leche templada con cacao, como todos los días, la mía humeante y con café, me gusta soplar en cada sorbo, dos cucharillas en cada plato, una para la miel, otra para dar vuelta y mezclar con la leche, las tostadas en lado izquierdo, las madalenas en el centro y a la derecha los cereales.
En el baño hace su aseo personal, le ayudo, lavado de cara y manos, cepillado de pelo, las cremas, después. Se viste, también le ayudo, camisa azul claro recién planchada, conjuntando con el azul marino, zapatos limpios y jersey escote en pico y asomando el cuello de la camisa con sus dos botones blancos, llega el perfume, la colonia de siempre, suave, la compartimos.
—Cierra los ojos y tapa la cara con las dos manos —le digo— puf, puf —así tres veces, le gusta…
Pasamos a la cocina además está muy calentita por la mañana, desayunamos viendo las noticias. Hoy elegimos tostadas y nos peleamos con la miel que se cuela por los agujerillos.
—Mira parecen gotitas de oro —y asiente con la cabeza.
Cuando termina su tostada la leche la toma con pajita, cada día de un color, evocando recuerdos de su primera infancia. Yo acabo antes y con dulzura le animo a terminar el último trago. Ponemos el anorak.
—Ya estoy, un beso. —Sí, un beso y el recordatorio de todos los días:
—Pórtate bien, presta atención, y sobre todo juega mucho en el recreo con los niños, «PRINCESA».
El abuelo la espera en la puerta con la cartera para ir al colegio.
—Gracias amor por prepararnos todos los días el desayuno, para ti mil besos.