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chema murugarren

club maxims

Cuando abandonó el local, Ric juró que se vengaría, no solo por el dinero. Puyol era un tipo legal que con el tiempo se había convertido en un amigo y es posible que no volviera a verlo. Tan solo hace una hora, Ric, taxista de noche, conducía el coche por las cuestas de Montjuïc en dirección al Club Maxims. Fiel a su cita mensual, se reuniría con el Sr. Puyol y arreglarían las cuentas: 20 euros por cada cliente que lleva al Club y a descontar 20 euros por cada servicio solicitado desde el Club. Una buena ayuda para su magra economía. Ric no es el propietario del taxi y el catalán le incluye en el sueldo hasta las propinas. Al acercarse al aparcamiento del Maxims observa que no está el viejo Ford Mustang de Puyol. En su lugar, un imponente Audi negro con las lunas tintadas. Automóvil de «políticos o hampones», piensa Ric. Todavía es temprano para estos negocios, el local está vacío y en penumbra, las chicas estarán en el chalet adosado al club. Solo el viejo Charly, imperturbable en su barra, repasa las copas para el servicio de la noche.
—¿Qué tal, Charly?
—Hola Ric, vienes en mal momento, Puyol no está.
—Tengo que arreglar las cuentas, Charly. Esperaré.
—Mira Ric, el club ha cambiado de dirección y los nuevos dueños no son como Puyol; mala gente y sin escrúpulos. Será mejor que te vayas y no te vean preguntando.
—¿Dónde está Puyol, Charly?
Charly bajó la mirada mientras contestaba: —No lo sé, y tampoco pregunto. Desapareció, nada más.
Ric tenía el estómago revuelto, sospechó que nunca más vería a Puyol. Pidió un bourbon y con el vaso en la mano se acercó a la gramola y seleccionó su canción. Mike Jagger le susurraba la historia de Angie, demasiadas historias tristes en su vida. Apuró de un trago el bourbon y después de despedirse de Charly se dirigió a la salida. Fue hacia el taxi; del maletero sacó una lata con gasolina que vertió sobre el Audi. Encendió un cigarrillo, dejando caer el fósforo sobre el reguero de gasolina que, a modo de mecha, se acercaba a sus pies. El taxi se deslizaba lentamente por el camino de gravilla que daba acceso a la carretera. Satisfecho, observó por el retrovisor las llamaradas de fuego que subían desde el Audi hacia el cielo. El estómago había dejado de molestarle, se sentía bien.