azúcar amargo
Los días laborables José Luis apaga el despertador. Amelia permanece acurrucada al calor de las sábanas ignorando el molesto sonido. Esperará esos minutos que saben a gloria mientras él prepara el café negro y exprime el zumo de naranja.
Hace tiempo que él está en paro y por la edad es difícil que vuelva a trabajar. Podría seguir en la cama, pero se levanta igual que una bailarina al abrir una caja de música. Quiere agradarla, de alguna manera agradecerle el esfuerzo que ahora ella hace por los dos. Cuando tenga todo preparado entrará en el dormitorio y con tono insinuante le dirá:
—¿Amelia, estas dormida? El café está listo. La esperará sentado en la silla hasta que ella haga su entrada triunfal en la cocina.
—Gracias, cariño, ¿por qué te molestas?
Es el momento de ensayar una sonrisa, si fuera un perrito saltaría de contento y lamería las manos de su ama. Es el momento de la pregunta indeseable:
—José, ¿qué planes tienes para hoy? —Con un movimiento deliberadamente pausado se tapa la cara, como desperezándose, es una forma de no aguantar su mirada: si no ves, no te ven. Una chispa de lucidez acude en su ayuda.
—Pensaba limpiar y arreglar el jardín. —Amelia creyó que esta ocupación le haría bien, incluso le proporcionó las plantas y semillas.
—¿Sabes, cariño?, aquel arbusto que me diste y planté en Marzo empieza a tirar las semillas.
Terminado el desayuno, Amelia se da los últimos retoques ante el espejo del baño. Está alterada y tranquila al mismo tiempo, la mirada que se refleja en el espejo le confirma que es la mejor decisión.
—Pobrecito mío, solo sirve o servía para trabajar, es por su bien.
En un par de días prepararía el azúcar de semillas de ricino que revolverá en el azucarero. Una lágrima pugna por salir pero no encuentra el camino, secada de inmediato con la punta de un kleenex. Es por su bien, se repite Amelia.
—Que pases un buen día cariño. Me voy, llego tarde a la oficina.
—Adiós Amelia…