País Relato - Autores

charles nuetzel

homo sapiens

¡Alguien oprimió el botón del pánico!
Y así fue como comenzó la historia.
El mundo estalló, retumbó, se agitó, grandes llamaradas de fuego atómico se alzaron sobre cada centro civilizado del Hombre, y la Tierra se iluminó a causa del huracán que inundó toda su superficie de radiactividad. El mar, extendió en monstruosas olas sus gigantescos y hambrientos brazos, para arrojarse sobre las costas del mundo entero. La raza humana lanzó un último clamor lastimero y murió. El hombre había tenido su oportunidad y la había desechado. El hombre no había cometido más que errores, desde la falta de Adán y Eva hasta la estupidez de Rusia y los Estados Unidos al creer que eran los únicos países que podían iniciar la guerra.
Los problemas del hombre habían dejado de existir y ni tenía significación. En el puesto de la Era Espacial el homo sapiens quiso una vez más la “manzana” que no debía y su existencia tocó a su fin.
Sin embargo, no todo estaba perdido.
Así como los benévolos dioses han dispuesto, la inteligencia nunca se limitó ni se limita a ser el patrimonio de un solo ser. Y esto fue una verdadera suerte.
Puesto que el homo sapiens provenía de una rama emparentada con el mono, hay razones para creer que otro tipo de hombre inteligente podría surgir de ese mismo árbol de evolución.
Y así ocurrió, mucho antes de lo que ningún ser humano podía imaginar, que un hombre-mono de aguda percepción surgió de las ruinas de la humanidad y miró al mundo que le rodeaba, meneando tristemente su cabeza.
A decir verdad, este hombre-mono, era muy notable a causa de los diversos experimentos científicos llevados a cabo tanto física como mentalmente. O tal vez fuera al revés. Puede que los científicos le hubiesen elegido como conejo de indias a causa de su inteligencia poco común. De todas maneras da lo mismo. La cuestión era que este hombre-mono, más bien diminuto, poseía un concepto de la vida enteramente distinto al de cualquiera de sus congéneres simios. Y cosa extraña, considerando lo que las bombas habían hecho de la raza humana, existían monos por doquier…, y en su mayoría más grandes que él.
Pero como predijo un hombre sabio: ¡Un niño les guiará!
Aun así, con toda su especial capacidad, este pequeño mono se sentía desgraciado. A fin de cuentas, sus compañeros de juego no eran más que un puñado de simios. O al menos un puñado de “pequeños” simios. Prescindiendo de cualquier calificación, carecían de este último sello personal, que caracterizaba su superioridad.
Sea como fuere, por tratarse de un tipo inteligente, estaba decidido a descubrir, al menos, a una mujer-mono superior, con la que pudiese engendrar muchos monos pequeños y así repoblar el mundo con seres semejantes a él.
Como puede verse no carecía de ambición. Y no tenía mucha suerte en la busca de la mujer-mono de sus sueños. Pero aun así no permitió que aquello coartase sus planes. Se encontraba muchos seres atractivos del sexo opuesto, aún cuando resultaban un tanto estúpidos, el hombre-mono cumplió con su deber, regalándoles futuros hijos con la esperanza de que poseyeran las mismas dotes inteligentes del padre. Así sembraba las semillas de una posible evolución futura de hombre-mono, por si no tenía éxito la busca de una adecuada compañera.
Sus parejas ocasionales constituían para él una verdadera degradación moral, por ejercer sólo un atractivo “animal”. ¡Pero era preciso seguir luchando por la causa!
De este modo, a medida que pasaban los años, pobló el mundo con cientos de semillas para crear una futura generación de personalidad superior como la suya. Pero también comenzó a dudar de que existiera otra criatura con la que compartir sus genes.
Se sentía moralmente deprimido. Pero no cejó en su búsqueda.
Pasaron los años y lentamente viajó por toda la superficie del planeta en pos de la perfecta compañera.
Un día, cuando estaba a punto de abandonar, prestó atención a unos rumores. No eran más que sugerencias, pero le proporcionaron una nueva dirección.
Se rumoreaba que hacia el Norte existía una pequeña hembra de un nivel superior. No permitía que los machos de la localidad la tocaran, y tenía reputación de ser antipática en sus relaciones con los demás miembros de su especie.
También se decía que era muy bella y deseable. Los monos llegaban de todas partes para obtener sus favores, pero ella les volvía la espalda, fría y despreciativa.
El hombre-mono, saltando con suma ligereza sobre un antiguo poste de la luz derrumbado, pensó que sería interesante comprobar si aquella hembra le despreciaría también a él…, aunque luego sólo fuera una mona vulgar. Ninguna hembra se le había negado aún. Y su propio orgullo humano le impulsaba a seguir adelante, si bien dudaba de la veracidad de aquellos rumores.
Según se aproximaba a sus dominios, más oía hablar sobre ella. Y finalmente, cuando llegó al lugar en cuestión, supo que la opinión común la calificaba definitivamente como algo especial.
—Incluso sabe escribir su nombre —le dijo un mono varón con tono de sorpresa—. ¡Y con letras humanas!
“Eso dice mucho en su favor”, pensó el hombre-mono con sumo placer.
Entonces le indicaron donde ella vivía. Después de revisar su apariencia, con la piel bien peinada, y debidamente limpio, se aproximó al lugar señalado.
Se trataba del patio de lo que había sido en otros tiempos la mansión de una rica familia humana. Era un lugar bello, lleno de árboles y flores de todos los colores, y hierba corta y suave… un paraíso para un viajero como nuestro amigo.
En el momento en que la vio, saltó de gozo. ¡Qué hermosa era! Su piel aparecía cuidadosamente peinada, sus dientes brillaban amarillentos, y mostraban unos colmillos muy atractivos. Sus manos eran diminutas y delicadas. ¿Y su figura? ¡Era maravillosa!
Desde el primer instante se volvió loco por ella.
A fin de cuentas, era casi humano, y no se le podía culpar por su sorpresa ante una hembra bella y atractiva. Hasta los humanos se habían caracterizado por su debilidad hacia el sexo opuesto.
La hembra estaba dibujando sobre la tierra por medio de un palo cuando él se acercó.
Lanzó una ojeada a su obra de arte, y no le satisfizo mucho, pero tampoco cabía esperar que una mujer tuviese tanto talento artístico.
—Mi querida señora —comentó en su lenguaje de hombre-mono.
Ella alzó la cabeza, con fría expresión en su mirada. Pero en cuanto le vio, sus ojos se abrieron con sorpresa, y súbitamente brillaron a causa de una emoción interior que no pudo dominar. Luego saltó tres o cuatro veces con excitación, y hasta rodó gozosamente por tierra.
Aquello era un auténtico flechazo.
¡Por fin había encontrado a su pareja!
Y no había duda ninguna de que ella experimentaba hacia él los mismos sentimientos.
Si se apareaban los pájaros del mismo plumaje, era evidente que dos monos superiores como ellos tenían que reconocerse a la primera ojeada.
Se tomaron de la mano, llenos de felicidad, y corrieron y saltaron juntos, balanceándose en los árboles, saltando de una rama a otra. Muy pronto recorrieron todo aquel jardín abrumados por una felicidad sin precedentes.
Pero, como establece el viejo dicho, si el homo sapiens había sido engendrado por un mono gracias a una bella hembra de su clase, un mono era capaz de engendrar un homo sapiens con una mujer-mono.
De pronto ella se detuvo en la loca carrera a través del frondoso jardín. Luego trepó velozmente a un gran árbol.
El hombre-mono salió tras ella, desde la espesura, y luego también se detuvo.
En su rostro se reflejó la sorpresa. Profundamente alarmado golpeó sus facciones con una mano.
—¡Oh, diablos! —exclamó, mirando lo que la tentadora hembra le tendía—. ¿Acaso una vez más…?
El objeto que ella sostenía en su mano era, naturalmente, rojo, redondo, y de aspecto apetitoso.
El hombre-mono dudó por un instante, pero después, encogió sus estrechos hombros. Dio un paso hacia delante para tomar lo que ella le ofrecía.
En algún lugar del árbol naturalmente, mucho más arriba, algo se arrastraba con suavidad, emitiendo un escalofriante silbido, pero él trató de ignorarlo.
—¡Qué diablos! —exclamó, dando un fuerte mordisco a la manzana. ¿De manera que se repetía la escena?
¡La raza del homo sapiens había comenzado otra vez!