País Relato - Autores

chad oliver

la sangre es inquieta

I
La noche se desplazó a través de la ciudad como suaves copos de negra nieve que cayeran desde las estrellas. Susurró a lo largo de los cañones bordeados de árboles entre las rectas grietas de edificios blancos y presionó oscuramente contra las ventanas llenas de cálida luz. Conan Lang observó cómo la iluminación de su oficina aumentaba gradualmente para ajustarse a la oscuridad creciente del exterior y luego miró a las instrucciones que tenía en su mano.
Aún continuaban diciendo lo mismo.
—Otro día, otro mundo —dijo en voz alta. Y luego citó: «Los mundos son demasiado para nosotros…».
Conan Lang encendió su pipa y aspiró cuidadosamente para que continuara quemando. Luego se concentró en soplar nebulosos anillos de humo que se deslizaron a través de la habitación para clavarse en la nariz de un retrato tridimensional del Presidente. No es que tuviera nada en contra del Presidente Austin, se dijo a sí mismo. Era solamente que Austin representaba a ese indefinido ser, la Autoridad, y ocurría que en ese momento la Autoridad era particularmente poco grata en la oficina de Conan Lang.
Miró otra vez a las instrucciones. El escrito era lo suficientemente amistoso y sin ceremonia, pero el significado era claro:
Cuartel General, Administración General.
Oficina del Almirante Nelson White, Comandante, División de Operaciones.
15 de Abril, 2701. Confidencial.
Agente Conan Lang
Cuerpo de Operaciones
Departamento Siete G. A.
Conan:
Hemos recibido instrucciones del Buitre ayer. Parece ser que los que mandan han decidido que es hora de efectuar un cambio en Sirio Diez, pasarlo de Cuatro a Cinco. Tú te cuidarás de eso. Haz una investigación preliminar e infórmame cuando te parezca. Alégrate, tal vez consigas otro saco de medallas por esto.
NELSON
Conan Lang dejó la misiva sobre su escritorio y se puso en pie. Caminó hasta la ventana y miró las luces esparcidas por toda la ciudad. No había muchas. La mayor parte de la gente ya se había marchado, hacía tiempo, a su casa en el campo, y estaría sentada en el cuarto de estar, jugando con los chiquillos. Aspiró lentamente su pipa.
Otro saco de medallas. Nelson no estaba tratando de engañar a nadie… realmente, ni siquiera lo trataba. Sabía cómo se sentiría Conan porque él sentía lo mismo. Todos lo sentían, tarde o temprano. Al principio, el inferir con las vidas de otra gente era fascinante, incluso divertido. Pero la novedad desaparecía rápidamente, encogiéndose como una piel sumergida en ácido bajo el odio de un millón de ojos, un millón de pláticas con tu alma a las tres de la mañana, un millón de vidas destrozadas. Cierto, era necesario. Uno siempre se podía decir eso; ése era el encanto, la palabra mágica que se suponía lo hacía todo correcto y aceptable. Necesario… pero para ti, no para ellos. O incluso también para ellos, después de mucho tiempo.
Conan Lang volvió a su escritorio y conectó el intercomunicador:
—Póngame —dijo—, con la Administración de la Biblioteca, División de Antropología Extraterrestre. Quisiera hablar con Bailey, si está allí.
Tuvo que esperar treinta segundos.
—Aquí Bailey —dijo entonces el intercom.
—Soy Lang. ¿Qué tienes sobre Sirio Diez?
—¿Sobre Sirio Diez? Espera un momento.
Hubo un corto silencio. Conan Lang continuó fumando su pipa lentamente y sonrió mientras se imaginaba a Bailey apretando suficientes botones como para controlar a una flota espacial.
—Veamos —la voz de Bailey llegó por el altavoz—. Tenemos unos cuantos. «Sistema de Vínculos Familiares en Sirio Diez» de McAllister; «Organización Social en Sirio Diez» de Jenkins… éste es B. J. Jenkins, el que escribía junto con Holden; «Sistemas Económicos en Sirio Diez» de Bartheim; «Tipos Básicos de Personalidad en el Grupo de Sirio» de Robert Patterson; «Investigaciones Etnológicas Preliminares y Suplementarias de la Flota Galáctica Avanzada».
Conan Lang suspiró.
—Está bien —dijo—. ¿Puedes enviármelos a mi casa?
—Seguro… estarán allí antes de que llegues. Una cosa más, Cone.
—¿Sí?
—He estado leyendo una maravillosa novela histórica en ocho volúmenes sobre el Siglo Veinte. ¿Quieres que también te la envíe en caso de que te quedes sin material de lectura?
—Muy divertido. Ya te veré.
—Adiós.
Conan Lang desconectó el intercom y destruyó las instrucciones. Vació su pipa y dejó la oficina, cerrando la puerta detrás de él. El vacío vestíbulo era estéril e impersonal. En la noche parecía algo muerto, y era difícil de creer que durante todo el día caminasen a través de él seres humanos que vivían y respiraban. Era como un túnel que llevara a la nada. Tuvo la extraña sensación de que no había nada a su alrededor, solamente espacio y algo menos que espacio… ni edificio, ni aire, ni ciudad. Solamente un blanco y antiséptico túnel hacia la nada.
Se sacudió el sentimiento y tomó el ascensor hacia la azotea. El aire de la noche era fresco y limpio y había el susurro de una brisa del norte. Una media luna colgaba en la noche, enmarcada por estrellas. La miró y se preguntó cómo estaría Johnny allí arriba, y si tal vez Johnny estaría mirando hacia la Tierra.
Conan Lang subió a su burbuja y fijó los controles. La diminuta nave se levantó verticalmente durante seiscientos metros gracias a sus hélices, flotó un instante sobre la ciudad silenciosa, y luego aceleró con sus reactores hacia el oeste.
Conan Lang se reclinó en su asiento acolchado, mirando a las estrellas, tratando de no pensar, y dejando que la nave lo llevara a casa.
Conan Lang se relajó en su sillón, sus ojos cerrados, y un helado bourbon con soda en su mano. Los libros que había solicitado, ampliaciones blancas, perfectas y uniformes de los microfilmes de la Administración de la Biblioteca, estaban colocados en orden a su lado, en el suelo, esperando. Esperando, pensó, sorbiendo su bebida. Siempre estaban esperando. No importaba lo mucho que un hombre supiera, siempre había algo más, esperando.
La habitación se cerró a su alrededor. La podía sentir, cálida, amistosa, personal. Era una buena habitación. Era una habitación llena de vida, su vida y la de Kit. Casi podía ver mejor la habitación con los ojos cerrados, porque entonces veía tanto el pasado como el presente. Había un tapiz negro y plateado en la pared, que le había regalado un viejo Maharani hacía mucho tiempo, en un mundo tan lejano que la luz que daba su sol cuando él estuvo allí aún tenía que llegar a la Tierra como el centelleo de una estrella en el cielo nocturno. Allí estaban sus libros, allí estaban los cuadros de Kit. Allí estaba la mancha que había hecho Rob en la alfombra aquel día cuando había entrado sucio en la casa antes de cenar.
Abrió sus ojos y miró a su esposa.
—Debo estar volviéndome viejo, Kit —dijo—. En este momento todo me parece sin sentido.
Kit levantó las cejas y no dijo nada.
—Nos movemos por toda la galaxia como un puñado de chiquillos jugando a Patrulleros y Piratas —dijo, bebiendo un trago—. Empujar aquí, tirar allí, impulsar aquí, arrastrar allí. Es una especie de juego estúpido donde una de las partes no sabe ni siquiera que está jugando, o en que lado está. A veces…
—¿Quieres algo más de bebida? —preguntó Kit suavemente.
—Sí. Kit…
—Lo sé —dijo ella, tocando su hombro con su mano—. Continúa hablando; te sentirás mejor. Pasamos por esto cada vez que tienes una nueva misión, ¿recuerdas? Sé que no quieres decir las cosas como las dices, y sé por qué las dices de esa manera. —Lo besó en la frente y sus labios eran frescos y pacientes—. Te comprendo.
Conan Lang observó cómo marchaba de la habitación llevando su vaso vacío.
—Sí —murmuró para sí mismo—. Creo que me comprendes.
Desde luego, era necesario. Terrible y urgentemente necesario. Pero a veces uno se revolvía. Toda esa gente allí afuera, viviendo sus vidas, riendo y llorando, criando sus hijos. Hacía daño pensar sobre ellos. Y no era necesario para ellos, ni para él, ni para Kit. ¿O sí lo era? No podía decirlo; siempre había un riesgo. Pero si solamente pudieran olvidarlo todo, y vivir, había tantas cosas de qué disfrutar…
Kit le trajo un nuevo bourbon con soda, helado y con un poco de limón, como a él le gustaba, y luego se sentó otra vez en el sofá, sonriéndole.
—Lo siento —dijo—. Debe ser bastante pesado el oírme recitar la misma triste canción una y otra vez.
—No cuando tú la cantas, Cone.
—Es que a veces saco mi cabeza por la ventana más cercana y me pregunto porqué…
Sonó un golpe y un crujido en la parte de atrás de la casa. Conan Lang probó su bebida. Eso significaba que Rob estaba en casa. Escuchó, esperando. Se oyó un golpe seco… eso era el palo de batear tirado en un rincón. Luego un sonido pesado… ése era el guante.
—Ahí está el porqué —dijo Kit.
Conan Lang afirmó con la cabeza y cogió del suelo el primer libro.
Tres días más tarde, Conan Lang subió los blancos escalones, presentó sus credenciales, y entró en la Jaula del Buitre. El lugar lo ponía nervioso. Irritado consigo mismo, hizo una pausa deliberada y encendió su pipa antes de continuar. La Jaula parecía fría, inhumana. Y el Buitre…
No debía sentirse de esa manera, se dijo, mostrando su identificación otra vez antes de entrar en el ascensor que lo subiría al Nido. Intelectualmente, comprendía la cibernética, no había nada sobrenatural en la misma. La Jaula era solamente una máquina, a pesar de sus poderes, incluso si el Buitre parecía a veces ser más, o tal vez menos, que un hombre. Aún así, el lugar lo ponía nervioso. Una vasta máquina pensante llenando un enorme edificio, un cerebro al lado del cual el suyo no era nada. Por supuesto, los hombres lo habían construido. Los hombres también hacían armas, pero el conocimiento era de escaso consuelo cuando uno miraba a una boca metálica y alguien apretaba el gatillo.
«Lang» se dijo a sí mismo, «vas a terminar en una camisa de fuerza».
Sonrió entonces, sabiendo que no sería así. La imaginación era un requisito indispensable para su trabajo, y él tenía más de la normal. A veces interfería, pero era parte de él y eso era todo.
Conan Lang pasó a través de una batería de asistentes y personal de seguridad y finalmente llegó al Nido. Abrió la puerta y entró en una habitación pequeña y oscura. Allí, detrás del mismo escritorio de siempre, se hallaba encaramado el Buitre.
—Hola, Dr. Gottleib —dijo Conan Lang.
El hombre detrás del escritorio lo contempló silenciosamente. Su nombre era Fritz Gottleib, pero lo llamaban el Buitre desde hacía mucho tiempo. Nadie lo llamaba así a la cara, y era imposible decir si el nombre le divertía o no. No era muy amigo de hablar, y su apariencia, incluso después de que uno se había acostumbrado a ella, era alarmante. Fritz Gottleib era rechoncho y completamente calvo. Siempre vestía de negro, y sus negras cejas eran como manchas de tinta horizontales contra la palidez de su cara. La analogía del Buitre, pensó Conan Lang, era algo más que comprensible: era inevitable. El hombre se sentaba alto en su torre, en su Nido de controles, como incubando sobre una máquina que tal vez solamente él entendía completamente. Solitario. Siempre parecía solitario, no importaba cuánta gente lo rodeara. Su vida era algo aparte, una vida cuya fuerza vital pulsaba en las luces cambiantes de los tubos de la gran máquina.
—Dr. Lang —reconoció el otro, inconmovible, con su voz siseante.
Conan Lang aspiró por su pipa y se dejó caer en la silla frente a Gottleib. Había tenido tratos anteriores con el Buitre y ya casi había desaparecido el primer shock. Uno se puede acostumbrar a cualquier cosa, supuso. El hombre es un animal muy adaptable.
—Espero que el humo no le moleste.
Gottleib no hizo ningún comentario. Simplemente lo miró, con unos ojos negros que no parpadeaban. Como observando un trozo de carne, pensó Conan Lang.
—Bien —dijo, probando otra vez—. Supongo que sabe por qué estoy aquí.
—Gasta usted demasiadas palabras —silbó Fritz Gottleib.
—No me había dado cuenta de que estaban racionadas —replicó Lang, sonriendo. El Buitre era irritante, pero podía darse cuenta de la razón de su observación. Era curioso las muchas veces que se decían cosas inútiles continuamente, inútiles, desde luego, desde un punto de vista puramente comunicativo. Hubiera sido increíble que Gottleib, que había estado comprobando sus resultados en el ordenador, no supiera la naturaleza de su misión.
—Está bien —dijo Lang—, ¿cuál es el veredicto?
Fritz Gottleib cogió una ficha con unas manos de dedos sorprendentemente largos, y pareció revolotear sobre la misma como un pájaro de presa.
—Favorable —dijo sibilante, con su voz baja y difícil de oír—. Su plan conseguirá la transferencia deseada en Sirio Diez, y la transferencia se integra positivamente con el Plan.
—¿Algo más? ¿Algo que debiera saber?
—Todos deberíamos saber más cosas de las que conocemos, Dr. Lang.
—Um-m-m. Pero, ¿eso es todo lo que la máquina dijo con respecto a mi propuesta del plan de operaciones?
—Eso fue todo.
Conan Lang se apoyó en su asiento, observando a Gottleib. Era un hombre extraño. Pero inspiraba respeto.
—Algún día me gustaría tener el control de esa máquina —dijo Lang—. Tengo una o dos preguntas que hacerle.
—A veces es mejor no saber las respuestas a ciertas preguntas, Dr. Lang.
—Sí. Pero de todos modos me gustaría probarlo. No les diga nada de esto a los muchachos de seguridad; me colgarían por los dedos de los pies.
—Tal vez algún día pueda hacer esas preguntas, Dr. Lang. Cuando sea viejo como yo.
Conan Lang se levantó, tapando la pipa con la mano.
—Supongo que esto es todo —dijo.
—Sí —dijo Fritz Gottleib.
—Hasta la vista.
No hubo respuesta. La habitación pareció llenarse de sombras frías.
Conan Lang se giró y se fue por donde había venido. Detrás de él, taladrando su espalda, podía sentir como le seguían los ojos de Fritz Gottleib, fríos y profundos como las heladas aguas de un mar ártico.
La nave estaba en la Tierra pero no era de la Tierra. Se erguía, una poderosa lanza de plata, una criatura de las profundidades. Esperaba, impaciente, mientras Conan Lang caminaba lentamente a través de las pistas de duraluminio del Espacio Uno, con el Almirante White a su lado. El sol brillaba en un nítido cielo azul. Tocaba a la nave con llamas fulgurantes y calentaba los hombros de Conan Lang bajo su uniforme. Una débil brisa soplaba en el espaciopuerto, barriendo un puñado de papeles blancos.
—Aquí estamos otra vez —dijo Conan Lang.
—Eso es lo que se consigue por estar capacitado —dijo el almirante con una sonrisa—. Si sigues siendo bueno conseguirás mi puesto… lo cual debería ser un triste futuro incluso para ti. Si eres listo, haz una chapuza en este trabajo y te daremos un poco de descanso.
—Sí… una pequeña broma; les daré una bomba atómica o dos a fin de que se mantengan en pie de guerra. O los haré volver a la edad de las cavernas. Hay una gran variedad de deliciosas posibilidades.
Los dos hombres continuaron andando hacia la nave plateada.
—Supongo que todo estará a punto —dijo Conan Lang.
—Sí. Tus asistentes ya están a bordo y el equipaje está cargado.
—¿Alguna otra instrucción?
—No. Sabes como trabajar, o sino no te habrían enviado. Trata de terminar tan rápido como puedas, Cone. En Investigación están poniendo a punto ese principio de integración-aceleración para correlacionar datos y va a ser algo grande cuando funcione, por lo que quiero tenerte por aquí cuando eso empiece.
Conan Lang sonrió:
—¿Qué ocurrirá si un día desaparezco, Nels? ¿Se pondrá toda la galaxia a lamentarse y a llorar?
—No tengo idea —dijo el Almirante Nelson White—. Pero no corras más riesgos de los que sean necesarios. No se te ocurra tampoco la idea de que eres indispensable. Lo que ocurre es que es fastidioso tener que preparar a nuevos hombres.
—Trataré de permanecer vivo, si es solamente eso lo que deseas.
Se acercaron a la nave. Kit y Rob estaban esperando. El almirante saludó y siguió, dejando a Conan Lang solo con su familia. Kit estaba encantadora… siempre lo estaba, pensó Conan Lang. No podía imaginarse una vida sin ella.
—Adiós, querida —murmuró, tomándola en sus brazos—. Uno de estos días voy a volver y ya no te dejaré nunca más.
—Hasta entonces —dijo Kit débilmente, besándolo.
Más tarde, Conan Lang la soltó y estrechó la mano de su hijo.
—Adiós, muchacho —dijo.
—Vuelve pronto, papá —dijo Rob, tratando de no llorar.
Conan Lang se giró y se reunió con el Almirante White en el crucero estelar. No miró hacia atrás.
—Buena suerte, Cone —dijo el Almirante, dándole una palmada en la espalda—. Puliré tus medallas y tendré una luz en la ventana de la cabaña.
—De acuerdo, Nels —dijo Conan Lang.
Subió a la gran nave y se introdujo en el ascensor. Se oyó un apagado sonido de maquinaria mientras el coche susurraba a través del tubo neumático, hacia las cavidades de la nave. A Conan Lang le pareció como si ya hubiera dejado a la Tierra lejos de él. La interminable soledad de los caminos estelares le acompañaba en el zumbante ascensor.
La nave descansó, en reposo, sobre la Tierra. Más allá, llamándola, las estrellas llameaban fríamente en un infinito mar de oscuridad.
II
Conan Lang caminó a lo largo del blanco corredor hacia popa, sus pisadas apagadas y casi inaudibles por el murmullo de los motores atómicos. Tenía que ser un corredor largo y blanco, pensó para sí mismo. Adonde el hombre fuera, con él iban los blancos y largos corredores… oficinas, hospitales, puestos militares. Le parecía que había pasado la mitad de su vida caminando a través de largos y blancos corredores, y aún aquí había otro… frío y antiséptico, colgando en el espacio a ocho años-luz de la Tierra.
—Alto.
—Soy Lang —dijo al soldado—. Haga el favor de apuntar a otro sitio con esa cosa.
—Su identificación, por favor.
Lang suspiró y la entregó. El hombre ya debería conocerle a estas alturas; después de todo la nave había emprendido su misión, y no creía que su aspecto fuera el de un individuo subversivo. Pero las órdenes eran órdenes… (un principio que ocultaba una multitud de faltas). Y no podían permitirse el tomar riesgos, ninguna clase de riesgos.
—Está bien, señor —dijo el soldado, devolviendo su identificación—. Siento haberle molestado.
—No es nada —dijo Conan Lang—. Mantenga sus ojos abiertos por si ve ladrones del espacio.
El centinela sonrió:
—¿Quién quiere robar espacio, señor? —preguntó—. Es gratis y creo que hay suficiente para todo el mundo.
—Usted gana —reconoció Conan Lang, entrando en la popa. El muchacho ya estaba allí.
—Hola, señor —dijo Andrew Irvin.
—Hola, Andy… y olvídate de lo de «señor». Me das la impresión de que ya estoy extinto, embalsamado o algo así.
El muchacho sonrió casi tímidamente. Conan Lang había esperado encontrarlo allí en la popa; Andy siempre estaba curioseando por los alrededores, haciendo preguntas, tratando de aprender. Sus vivos ojos marrones y su porte alerta le recordaban a Conan los de un perro cazador joven, retozando a través de los matorrales, creyéndose más listo que el abuelo de todas las liebres.
—No parece posible, ¿verdad? —preguntó el muchacho.
Conan Lang levantó las cejas.
—Quiero decir todo esto —dijo Andy Irvin, señalando a los sacos marrones apilados cuidadosamente hilera sobre hilera en la brillantemente iluminada popa—. Pensar que un par de sacos de éstos pueden transformar un planeta, cambiar la vida de millones de personas…
—No son solamente los sacos, Andy. La humanidad tardó varios cientos de miles de años en aprender qué hacer con esos sacos.
—Sí, señor —dijo el muchacho, atento a cada palabra.
—Nada de «señor», ¿recuerdas? No estoy aquí dando una lección, y no tienes por qué aparentar tanta atención. Estoy seguro de que la antropología elemental no ha de ser demasiado confusa para un individuo que se graduó en la Academia con honores.
—Pues…
—No importa. —Conan Lang lo contempló pensativamente. El muchacho le recordaba, casi demasiado, a otra persona… un muchacho llamado Conan Lang que había empezado una gran aventura hacía ya demasiados años—. Yo… um-m-m… supongo que sabrás que vas a trabajar conmigo en Diez.
La cara de Andy expresó la misma alegría que si Conan le hubiera regalado un harén en una bandeja de plata.
—No, señor —dijo—. No lo sabía. Gracias, señor.
—El nombre es Conan.
—Sí, señor.
—Maldición —dijo Conan Lang. ¿Cómo se le dice a un muchacho de que uno está contento de tener otra vez a alguien a su lado con estrellas en los ojos? ¿Cómo decirlo sin parecer un estúpido? La respuesta era muy simple… no se le decía.
—Casi no puedo esperar —dijo Andy—. Por fin, hacer realmente algo… es un sentimiento que llena. Espero que lo haga todo bien.
—Ya no queda mucho, Andy. Dentro de veinticuatro horas tú y yo vamos a trabajar. El viaje se está terminando.
Los dos hombres quedaron entonces silenciosos, mirando a las hileras de sacos, sintiendo temblar ligeramente bajo ellos a la nave estelar con el trueno de sus grandes motores.
Ilustración
Era de noche en Sirio Diez, una tórrida y húmeda noche con una solitaria luna colgando en la oscuridad como un fuego helado. Un pequeño aparato de la patrulla del crucero flotaba inmóvil en el cielo nocturno, con sus baterías generando una pantalla protectora alrededor del campo recién limpiado. Conan Lang se secó el sudor de su frente y se lavó las manos en la límpida agua del río que gorgoteaba a través de la zanja a sus pies.
—Con esto hemos terminado, Andy —dijo—. Envíales una señal Cuatro.
Andy Irvin hizo girar el reóstato hasta Cuatro en su pequeño tablero de control y movió un conmutador. Esperaron, escuchando el débil murmullo de la brisa nocturna del río. No hubo ningún cambio, nada que pudieran ver, pero casi pudieron sentir la intensa radiación que bombardeaba el campo desde el aparato patrullero, calando en el suelo, acelerando en miles de veces el factor de crecimiento en las semillas.
—Ya es suficiente —dijo Conan Lang—. Envíales la señal de relevo.
Andy envió al aparato de patrulla la señal de relevo y desconectó su tablero de control. La pequeña nave pareció flotar indecisa. Hubo un zumbido y una mancha de intensa luz blanca en el cielo. Eso fue todo. La nave se había ido y ellos estaban solos.
—Ha sido una larga noche, muchacho —bostezó Conan Lang—. Es mejor que durmamos un poco, ya que es posible que necesitemos el descanso antes de mañana.
—Hágalo —dijo Andy Irvin—. Yo no tengo sueño; el amanecer aquí debe ser algo digno de verse.
—Sí —dijo Conan Lang—. Algo digno de verse.
Caminó a través del campo y entró en una estructura que de cerca tenía la apariencia de una choza nativa pero que realmente era bastante, bastante diferente. Demasiado cansado para desvestirse, se dejó caer en el lecho y descansó quietamente en la oscuridad.
Los sonidos raros, fantasmagóricos, familiares-pero-con-una-diferencia, de un mundo extraño, susurraron alrededor de la choza en la suave y húmeda brisa del río que discurría lentamente. A lo lejos, un animal chilló roncamente en la maleza. Conan Lang mantuvo sus ojos cerrados y trató de no pensar, pero su mente no le hizo caso. Su cerebro continuó trabajando, haciendo preguntas, pidiendo respuestas, sacando a la luz muchos recuerdos que eran agradables y algunos que mejor estarían olvidados.
—Kit —dijo débilmente.
Cansado como estaba, sabía que no dormiría aquella noche.
El amanecer fue de una gran belleza. El infierno blancoazulado de Sirio se alzó por encima de los árboles, al otro lado del campo, y continuó hacia el cielo de la mañana, con su pequeña y blanca compañera enana como un pequeño sol a su lado. Las bajas nubes en forma de cúmulos fueron ribeteadas de color llama, rojo ígneo, azul pálido, verde fresco. Los refrescantes vientos de la mañana limpiaron el campo con aire y las tiernas plantas asomaban por el suelo, sedientas de sol. En las zanjas, la gorgoteante agua chispeaba en la luz.
Con la mañana, llegaron los nativos.
—Están alrededor nuestro —dijo Conan Lang.
—No puedo verlos —susurró Andy Irvin, mirando a los matorrales.
—Están ahí.
—¿Espera usted… problemas, señor?
—Aún no, suponiendo que hayamos calculado bien esta jugada. Están más asustados de nosotros que nosotros de ellos.
—¿Qué ocurre si no la hemos calculado bien?
Conan Lang sonrió:
—Intenta adivinarlo —dijo.
El muchacho esbozó una torcida sonrisa. Lo está haciendo bien, pensó Lang. Recordó cómo se había sentido él la primera vez. Hasta ese primer día no se daba uno cuenta, y era algo como recibir una coz en los dientes. Repentinamente, todo era completamente distinto a lo dicho en los manuales y en los visores y en las clases de la Academia. Sólo tú, completamente solo, suspiraba la extraña brisa en tu oreja. Estás completamente solo en medio de la nada, susurraba el viento a través de los árboles. Nuestros ojos te están vigilando, nuestro mundo te compele a retroceder, esperando. ¿Qué sabes de nosotros realmente? ¿De qué te sirven tus conocimientos ahora?
—¿Qué hacemos?
—Ocúpate del campo, muchacho. Y trata de comportarte como un espíritu. Eres un antepasado de esa gente que nos está vigilando desde los matorrales, recuerda. Si nuestras suposiciones son erróneas, si esos informes de exploración estaban equivocados en algo, o si alguien ha interferido aquí, al menos deberíamos tomar una cierta precaución. No usan cerbatanas ni nada parecido, solamente lanzas, y tal vez preferirían un hacha. Si hay algún disturbio, te diriges inmediatamente a la choza y te sirves del proyector. Eso es todo.
—No estoy seguro de que me guste ser un antepasado —murmuró Andy Irvin, cogiendo su azada—. Aún no, por el momento. —Caminó a lo largo de la zanja que canalizaba el agua, examinando las plantas.
Conan Lang cogió su azada y se puso a trabajar. Podía sentir cómo los nativos lo vigilaban, extrañados, murmurando entre sí. Pero tuvo buen cuidado de no mirar a su alrededor. Mantuvo la cabeza gacha y cavó en las plantas con la azada, limpiando el canal del agua. Las plantas estaban creciendo con una rapidez asombrosa, gracias a la dosis de radiación. Deberían madurar en una semana. Y entonces…
El sol ardía sobre su piel y el sudor caía de su cuerpo en pequeños riachuelos. Alrededor suyo el campo se hallaba extrañamente silencioso; sólo se oía el gorgoteo del agua y el suave suspiro de la húmeda brisa. Su azadón hendía el barro y su espalda le dolía por haber estado agachado durante tanto tiempo. Todo estaba tranquilo, en forma muy poco natural.
Detrás de aquel matorral, detrás de los árboles… un millar de ojos.
No miró a su alrededor. Paso a paso, continuó a lo largo de la zanja, bajo un sol infernal, trabajando con su azada.
Los días de fuego abrasador y las noches tranquilas y silenciosas se sucedieron rápidamente. En la mañana del tercer día, Andy Irvin encontró lo que habían estado esperando.
En el rincón más lejano del campo, situados sobre una rústica plataforma de madera, de poco más de un metro de altura, había tres objetos. Había una estera de corteza, cuidadosamente trenzada. Había un pequeño animal muy parecido a un cerdo terrestre, boca abajo, con la garganta abierta. Y había una niña, que seguramente no tendría más de una semana de edad. Había sido estrangulada.
—Es… diferente… cuando lo ve uno por sí mismo —dijo Andy dificultosamente.
—Ya te acostumbrarás —dijo Conan Lang, manteniendo a propósito su voz sin entonación—. Coge el cerdo y la estera… y deja de poner esa cara de abstemio que ha encontrado una botella de alcohol en la nevera. Esto son asuntos normales para los antepasados.
—Asuntos normales —repitió Andy sin convicción.
Transportaron el contenido de la plataforma a la choza y Conan Lang envolvió el cuerpo de la niña con un trozo de tejido.
—La enterraremos esta noche, cuando esté oscuro —dijo—. El cerdo nos lo comeremos. No será nada perjudicial el que nos sentemos en la estera mientras lo comemos, de modo que nos puedan ver.
—Bien —murmuró Andy—. Me alegro de que no quiera comerse a la niña, también.
—Nunca se puede asegurar eso —sonrió Conan Lang—. ¿No has oído decir que todos los antropólogos estamos locos?
—Lo he oído —convino Andy Irvin, recuperando otra vez el control de sus nervios—. ¿Dónde está la salsa?
Conan Lang salió de la choza y cogió su azada. El deslumbrador sol doble ocasionaba relucientes ondas de calor que se retorcían como cosas vivientes en el tranquilo aire del verde campo. El muchacho se portaría bien. Así lo había pensado durante todo el tiempo, desde luego… pero uno no podía estar seguro de un hombre hasta trabajar con él en la práctica. Y un inepto, una personalidad inestable, era algo muy peligroso en un planeta extraño donde fuerzas desconocidas se hallaban en equilibrio.
—Veamos si he comprendido el asunto hasta ahora —dijo Andy, fumando una de las pipas de Conan—. Los nativos están asustados de nosotros, pero piensan que han de hacernos una ofrenda debido a que, como supuestos antecesores, controlamos sus vidas. De modo que eligen un sistema de trueque en vez de enviarnos el acostumbrado hombre de contacto para establecer relaciones familiares.
—Hasta ahora muy bien —dijo Conan Lang—. Supongo que habrás estudiado los sistemas de trueque utilizados en la Tierra en los tiempos antiguos; se utilizaban para traficar entre grupos con gran diferencia de fuerza, como los pigmeos africanos y los bajeles comerciales del oeste. Hay implícito en ello un factor de miedo.
—Sí, señor.
—Olvídate del «señor». No estoy dando ningún discurso.
—Perdón. La estera de corteza es una unidad en un sistema de comercio recíproco y el cerdo es un animal sagrado, eso lo entiendo. Pero la niña… eso es horrible, Conan. Después de todo, nosotros somos los causantes de su muerte…
—Me temo que no —le corrigió Conan Lang—. Esta gente practica el infanticidio; es parte de su religión. Si los informes preliminares son correctos, y hasta ahora lo son en la práctica, es costumbre matar a todas las niñas nacidas durante los tres últimos días de los meses alternos. También hay una razón económica: no hay suficiente comida para todos y ése es un método bastante efectivo de control de nacimientos. De todas formas hubieran matado a la niña. Nosotros no tuvimos nada que ver en eso.
—Pero…
—Lo sé. Pero tal vez fue afortunada con eso.
—No lo entiendo.
—Es igual, ya te darás cuenta pronto.
—¿Qué es lo que va a dejarles a cambio esta noche?
—Aún no estoy seguro —dijo Conan Lang—. Tendrá que ser algo integrado en su sistema de valores, desde luego. Tenemos algunas esteras, y creo que un buen cuchillo de acero inoxidable no les irá mal. Ya nos preocuparemos de eso más tarde. Vamos, granjero, hay que volver al trabajo.
Andy Irvin cogió su azada y siguió a Conan Lang al campo. El agua clara burbujeaba quietamente mientras fluía a través de las zanjas. Las plantas crecían y alargaban en el suelo sus sedientas raíces y los verdes y tiernos vástagos se erguían como tentáculos en el aire húmedo de Sirio Diez.
Esa noche, bajo la gran luna amarilla que flotaba lejana y solitaria entre las estrellas, pusieron en la plataforma sus regalos a cambio de los recibidos. A la mañana siguiente, los invisibles comerciantes los habían reemplazado por cuatro esteras y otro cerdo muerto.
—Al menos, no hay niñas —dijo Andy Irvin, fumando aplicadamente una de las pipas de Conan. Habían decidido que los cigarrillos, por ser un toque cultural no familiar a los nativos, no podían formar parte del intercambio. Ahora, con Andy dedicándose a fumar impíamente en pipa, Conan Lang se veía amenazado con una escasez de tabaco. Contempló el humo de la pipa del muchacho con una mirada que no era de éxtasis precisamente.
—Podemos hacer jamón ahumado —indicó.
—Fue idea suya —sonrió Andy.
—Llámame «señor».
Andy se rió, relajado ahora, y cogió el cerdo. Conan recogió las un tanto incómodas esteras y lo siguió hacia la choza. El ardiente sol ya le quemaba los hombros. Las plantas eran verdes y de buen aspecto, y el aire era un poco más fresco en el campo sembrado.
—¿Y ahora qué? —preguntó Andy, de pie fuera de la choza y dejando que la débil brisa lo refrescara un poco.
—Creo que ha llegado el momento de establecer el contacto abiertamente —dijo Conan Lang—. Hasta ahora todo ha ido bien y los nativos no parecen estar recelosos u hostiles. Podemos empezar a poner en marcha las cosas.
—La rama verde, ¿verdad?
—Eso es.
No vieron a ningún nativo durante todo el tórrido día, y aquella noche colocaron solamente una estera en la plataforma. Encima de la estera pusieron una delgada rama de hojas verdes, doblada y atada de modo que formara un círculo. No es que la rama verde fuera un símbolo universal de paz, pero, por esta vez, ocurría que sí lo era en Sirio Diez. Conan Lang sonrió para sí. El hombre había encontrado muchas cosas curiosas entre las estrellas, y muchas de ellas no tenían nada de sensacional, pero eran muy útiles.
Al amanecer, la estera y la rama habían desaparecido y los nativos no habían dejado nada a cambio.
—Hoy es el día —dijo Conan Lang, frotándose los ojos para apartar el sueño—. O nos liquidan o aceptan nuestra oferta. Ahora, no podemos hacer nada más que esperar.
Cogieron sus azadas y se dirigieron al campo. Esperar puede ser una cosa muy difícil, y la larga y ardiente mañana transcurrió sin ningún incidente. Los dos hombres comieron en silencio, agradeciendo la inyección inodora que mantenía lejos de ellos a los enjambres de insectos. Después, en la tarde, cuando las alargadas sombras azuladas del atardecer estaban casi tocando las verdes plantas y la límpida y fluyente agua, llegaron los nativos.
Eran cinco y parecían estar desarmados. Un hombre caminaba un poco en cabeza de los otros, llevando en su mano una rama circular de hojas verdes. Conan Lang los esperó, con Andy situado a su lado. Los momentos como éste, pensó, eran los que hacían que uno se diera cuenta súbitamente de que estaba solo y muy, muy lejos de cualquier amigo. Los nativos andaban con firmeza. Conan sintió admiración por el hombre joven que los guiaba. Desde su punto de vista, se hallaba en una situación llena de terror por lo sobrenatural, que era una parte muy real de su vida. Sus pasos no vacilaron. Conan supuso que sería el hijo mayor del jefe más poderoso.
Los nativos se detuvieron a una distancia de tres pasos. Su líder extendió la rama verde circular.
—Os serviremos, padres de las montañas —dijo el nativo, en su propio idioma.
Conan Lang se adelantó y cogió la rama.
—Somos hermanos —replicó en el mismo lenguaje—, y seremos vuestros amigos.
El nativo sonrió, sus dientes eran muy blancos.
—Yo soy Ren —dijo—. Soy tu hermano.
Conan Lang mantuvo su cara sin expresión, pero en su interior un oscuro pesar y tristeza fluyó como hielo a través de sus venas.
Había empezado otra vez.
III
Durante varios días, Conan Lang escuchó como los nativos Oripesh preparaban la fiesta. Su pequeño poblado, solamente a unos cuatrocientos metros del campo, bullía de actividad. Las mujeres preparaban grandes montones de fruta de arroz y asaban peces del río en grandes hojas verdes sobre los rescoldos del fuego. Los hombres cantaban y danzaban interminablemente, limpiando el poblado con el ritual para la inminente visita, mientras los niños, olvidados por esta vez, jugaban en las orillas del río. En el día señalado, Conan Lang entró en el poblado con Andy Irvin a su lado.
Era un poblado imperfecto y rústico, y era así necesariamente debido a su naturaleza transitoria. Pero no era sucio. Los nativos contemplaron con temor a los dos hombres, aunque parecían amistosos. Para ellos lo sobrenatural estaba siempre en el otro lado de la colina, escondido en la noche, y ahora estaba entre ellos, abiertamente. Simplemente. Y, después de todo, pensó Conan Lang, ¿qué hubiera podido parecer más sobrenatural para ellos que una nave plateada que bajara de las estrellas? Lo sobrenatural dependía del punto de vista de uno… y de lo mucho que uno supiera acerca de lo que era natural.
La caja que transportaba era pesada, y necesitaba de ambos brazos para llevarla. Observó a Andy resoplando a su lado y sonrió.
—Continúa llevándola, muchacho —dijo, caminando con seguridad entre los nativos que los contemplaban—. Tal vez aún puedas ganar tu paga.
Andy murmuró algo entre dientes y parpadeó para apartar el sudor de sus ojos.
Cuando llegaron a un claro en el centro del poblado, se detuvieron y dejaron las cajas en el suelo. Ren, el hijo mayor del jefe Ra Renne, se acercó a ellos enseguida y les ofreció de beber en una gran taza de madera. Conan bebió y pasó la taza a Andy, quien sonrió abiertamente y tomó un largo trago del líquido caliente. Era dulce, aunque no demasiado, y quemaba en forma placentera en su recorrido hacia el estómago. Era, decidió Conan instantáneamente, un gran progreso en comparación con algunos horrores nativos fermentados a los que se había expuesto en otros tiempos.
Los aborígenes se congregaron alrededor de ellos formando un gran círculo. Debía haber unos quinientos de ellos, muchos más de los que el pequeño poblado podía acomodar normalmente.
—Somos celebridades —susurró Conan Lang por un lado de su boca mientras esperaban ser presentados ceremoniosamente a los jefes.
—¿Quiere mi autógrafo? —silbó Andy, su cara un tanto encarnada debido al trago que había tomado—. Puedo llegar a escribir una hermosa X.
La fiesta siguió unas normas familiares para Conan Lang. Fueron presentados ceremoniosamente a la tribu, habiéndose identificado ellos mismos con antecesores de hacía cuatro generaciones, estableciendo así virtualmente un parentesco con toda la tribu debido a su complicado sistema de linaje, y haciendo imposible cualquier refutación ya que nadie recordaba tan atrás en el tiempo. Se sentaron con los jefes y comieron el festín ritual con rapidez. La comida era buena, y Conan Lang se interesó en obtener una buena porción de fruta de arroz, que era el alimento básico de los Oripesh.
Después de la comida llegó la bebida, y después de la bebida el baile. Los Oripesh no tenían aptitudes musicales, y no tenían tambores. Los hombres y las mujeres danzaban separados los unos de los otros, cada uno efectuando una danza individual, que poseía su propia norma de ritmo. Conan Lang y Andy Irvin se contentaron con observar, puesto que no confiaban en sí mismos para improvisar una danza auténtica. Se dieron cuenta de que su conducta se desviaba de la norma un tanto impulsiva que normalmente se atribuía a los antepasados en el folklore nativo, pero era un riesgo que habían de correr. Conan observó la mirada de un viejo jefe que lo contemplaba atentamente, con los ojos semicerrados.
Lo ignoró, disfrutando del espectáculo de la danza. Los Oripesh parecían un pueblo feliz, aunque con poca riqueza material. Conan Lang casi los envidió mientras danzaban, los envidió por su vida sencilla y los envidió por su habilidad para disfrutarla, una habilidad que el hombre civilizado había dejado a un lado en su camino ascendente. ¿Ascendente… o descendente? Conan Lang sentía dudas a veces.
Ren se acercó, con su cara enrojecida por la excitación de la danza. Ahora ardían grandes fuegos, y Conan se dio cuenta, con sorpresa, de que era de noche.
—Ésta es Loe —dijo, señalando—. Mi am-ren, mi futura esposa. —Su voz sonaba con orgullo.
Conan Lan siguió su gesto y vio a la muchacha. Su nombre era una palabra nativa que uno podía traducir más o menos como cierva, y el nombre le caía bien. Loe era delgada, una muchacha muy tímida de una belleza realmente sorprendente. Bailaba con fluidez, mirando a los ojos de Ren. Obviamente los dos estaban enamorados… siendo el amor una parte de la cultura de los Oripesh. Era difícil darse cuenta, a veces, incluso después de años de experiencia personal, de que había muchos mundos de gente básicamente humanoide en los que no existía el concepto del amor romántico. Conan Lang sonrió. Loe era casi un poco demasiado hermosa para su gusto. Danzando allí, con la luna amarilla iluminando sus cabellos, moviéndose con gracia entre las esquivas sombras de los crujientes fuegos, era etérea, una fantasía, como el retrato de una mujer inalcanzable de otro siglo.
—Daremos regalos a los jefes —dijo Conan Lang finalmente—. Loe… es muy hermosa.
Ren sonrió, agradecido, y requirió a los jefes. Conan Lang se levantó para saludarlos, haciendo una seña a Andy para que abriera las cajas. Los jefes miraron atentamente. Conan Lang no habló. Esperó hasta que Andy hubiera abierto ambas cajas y entonces las señaló.
—Son vuestras, hermanos —dijo.
Los nativos se adelantaron. Un jefe cogió el primer objeto de la caja y lo contempló incrédulamente. Las sombras saltaron aterradoramente y el viento nocturno suspiró a través del poblado. Levantó el objeto hacia la luz y hubo un sonido de asombro.
El objeto era una fruta de arroz, una fruta de arroz como nunca antes había visto nadie en Sirio Diez. Era redonda, de casi un pie de diámetro, y de una consistencia lozana y madura. Hacía que, en comparación, las frutas de arroz de los Oripesh parecieran ridículas.
Entonces fue cuando Conan Lang hizo explotar su bomba.
—Hemos venido otra vez para mostraros, hermanos nuestros, cómo hacer crecer esta gran fruta de arroz —dijo—. Podéis hacerlas crecer una y otra vez, en el mismo campo. Nunca más tendréis que trasladar vuestro poblado a otro lugar.
Los nativos lo miraron maravillados, apartándose con un poco de miedo.
—No puede ser —murmuró un jefe—. La fruta de arroz devora el campo. Cada año debemos movernos o perecer.
—Ahora eso se ha terminado —dijo Conan Lang—. Hemos venido a mostraros el modo de hacerlo.
El baile se había detenido. Los nativos esperaron, nerviosos, súbitamente inciertos. La luna amarilla los contempló a través de los árboles. Como si alguien hubiera tocado un interruptor, desapareció toda clase de ruido. Hubo silencio. La gran fruta de arroz era algo mágico. Miraron a los dos hombres como si los vieran por primera vez. Esto no formaba parte del pasado, no era parte de los antepasados. Esto era algo completamente nuevo y se encontraban perdidos, sin precedentes que seguir. Únicamente Ren les sonrió, pero incluso él mostraba miedo en su mirada.
Conan Lang esperó tensamente. No debía hacer nada; éste era el punto crítico. Andy estaba a su lado, muy quieto, casi sin respirar.
Un nativo caminó solemnemente en el silencio, llevando una cría de cerdo bajo su brazo. Conan Lang lo observó fijamente. El hombre era indudablemente un hechicero, el brujo, y su cuerpo tembloroso y sus ojos demasiado brillantes eran una clara indicación del porqué había sido escogido para esta función en la sociedad.
Con un rápido movimiento, el hechicero cortó la garganta al cerdo con un cuchillo de piedra. Seguidamente abrió el cuerpo. La sangre manchó su cuerpo de color carmesí. Sus largas y delgadas manos hurgaron en las entrañas. Levantó la vista, con sus ojos mirando salvajemente.
—¡No son antepasados! —gritó, con una voz aguda como la de una mujer histérica—. ¡Son impostores! ¡Han venido a traernos la maldad!
El aire se hizo tenso.
—No —dijo Conan Lang en voz alta, en forma clara y confiada—. ¡El barath-tui, el hechicero, ha sido encantado por brujos! ¡Tened cuidado de no ofender a nuestros antecesores!
Conan Lang se quedó de pie, muy quieto, luchando por mantener la alarma fuera de su cara. Él y Andy estaban indefensos aquí, y lo sabía. No tenían armas de ninguna clase, el taparrabos de los nativos era un lugar poco apropiado para esconder armas de fuego. No había nada que pudieran hacer… se habían equivocado, avanzando demasiado aprisa, y ahora estaban pagando el precio.
—Somos vuestros hermanos —dijo en el ominoso silencio—. Somos vuestros padres y los padres de vuestros padres. Hay otros que observan.
Las llamas saltaron y danzaron en la quietud. Un hombre viejo se adelantó. Era el jefe que Conan había observado antes que lo vigilaba.
—Dices que sois nuestros hermanos que han emprendido el largo viaje —dijo el viejo jefe—. De acuerdo. Queremos ver cómo caminas a través del fuego.
El viento suspiró en los árboles. Sin un momento de vacilación, Conan Lang se giró y caminó rápidamente hacia las llamas que crujían y silbaban en los grandes pozos de piedra para el fuego.
No había nada más en todo el mundo excepto las vacilantes lenguas de llama anaranjada que se acercaban más y más a su cara. Vio las brasas rojas y pulsantes esperando entre las retorcidas ramas negras en el fuego y cerró sus ojos. El calor chamuscó sus cejas y pudo sentir cómo su pelo se retorcía y empezaba a arder.
Conan Lang continuó andando, y se movió rápidamente. Encerró rígidamente su mente y se negó a sentir dolor. Arrancó a su mente de su cuerpo, pensando tal como había sido entrenado a pensar, hasta que su mente fue como una cosa flotando aparte, libre en el aire, mirando hacia el cuerpo de Conan Lang caminando a través del infierno.
Sabía que uno de los atributos de los dioses antecesores de los Oripesh era que podían caminar a través de las llamas sin sufrir daño, un mito bastante común. Lo sabía desde antes que dejara la Tierra. Debía haber estado preparado, lo sabía. Pero el hombre no era perfecto.
Vio que sus piernas estaban ennegrecidas y llenas de ampollas y notó el sofocante olor de carne quemada. El humo estaba en su cabeza, en sus pulmones, en todos lados, ahogándole. Una parte del dolor estaba filtrándose…
Había pasado. Sintió las manos de Andy tratando de apagar los riachuelos de llamas adheridos a su cuerpo y forzó a entrar en sus pulmones enfermos el limpio y puro aire de la noche. El dolor, el dolor…
—Quédese a mi lado, Cone —susurró Andy en su oído—. Quédese a mi lado.
Conan Lang pudo abrir sus ojos y no vio más que una bruma roja. La bruma se aclaró y se sorprendió débilmente de que aún pudiera ver. Los nativos estaban paralizados por el terror: Habían irritado a sus dioses y la muerte estaba en el aire. Conan Lang sabía que el hechicero que lo había denunciado probablemente moriría de miedo antes de que terminara la noche, si es que no moría antes de alguna enfermedad menos sutil. Había puesto a la tribu en peligro sin razón, y pagaría con su vida.
Conan Lang mantuvo su cara sin expresión. En su interior ardía. Agua, necesitaba agua, agua fría…
Ren se acercó a él, con sus ojos llenos de dolor.
—Lo siento, hermano —susurró—. Por mi gente, lo siento.
—Está bien, Ren —se escuchó decir a sí mismo Conan Lang—. Desde luego, no he sufrido ningún daño.
Conan Lang tocó el brazo de Andy y marcharon a través de los jefes. Notó a Andy, que se mantenía detrás suyo, dispuesto a cogerlo en caso necesario. No podía sentir nada en sus pies, y casi repentinamente tuvo la convicción de que se mantenía de pie sobre los carbonizados muñones de sus piernas y luchó para no mirar hacia abajo y asegurarse de que aún tenía pies.
—Habéis dudado de vuestros hermanos que han venido de lejos para ayudar a su pueblo —dijo suavemente, mirando directamente a los ojos del viejo jefe que lo había enviado a las llamas—. Estamos desilusionados con nuestro pueblo. Hay brujos entre vosotros y deben ser destruidos. Os dejamos ahora. Si provocáis otra vez la ira de vuestros hermanos, los Oripesh dejarán de existir.
Sin esperar ninguna respuesta se giró y caminó fuera del claro, a través del poblado. Andy estaba a su lado. Conan Lang apretó los dientes y continuó marchando con paso firme. No debía recibir ayuda hasta que estuviera fuera del poblado; los nativos no debían sospechar…
Continuó andando. La gran luna amarilla estaba alta en el cielo nocturno, y allí estaba la cara de Loe con estrellas en su pelo. La luna se estremeció y estalló en llamas y se oyó reír a sí mismo. Se mordió los labios hasta que salió sangre y continuó marchando, hacia la oscuridad, hacia la nada. El dolor daba zarpazos a su cuerpo.
Pasaron a través del poblado. Algo se rompió en Conan Lang. El cerrojo de acero que lo había llevado a través de la pesadilla lo abandonó. Hubo un vacío, espacio. Conan Lang se desplomó. Sintió el brazo de Andy alrededor suyo, levantándolo.
—Tendrás que llevarme, muchacho —susurró—. No puedo andar.
Andy Irvin lo levantó en sus brazos y lo transportó a través de la noche.
—Tenía que haber sido yo —se decía Andy en amargo reproche—. Tenía que haber sido yo.
Conan Lang cerró sus ojos y, por fin, nada más importó, y solamente hubo oscuridad.
Una semana más tarde, Conan Lang estaba de pie en el amanecer de Sirio Diez, observando como el gran sol doble se levantaba sobre el horizonte y ahuyentaba las sombras del verde campo que ellos habían esculpido en la selva. Aún era un hombre muy enfermo, pero Andy lo había cuidado tan bien como había podido y ahora el crucero estelar estaba llegando para recogerlo y dejar a un substituto con el muchacho.
Las frescas hojas de las plantas de arroz llegaban hasta la altura del hombro y el agua en las zanjas de irrigación borboteaba limpiamente, esperando la completa furia del sol. La tenue, casi indecisa brisa se arrastraba a través del tranquilo aire.
Conan Lang contempló silenciosamente las verdes plantas. Las palabras del difunto barath-tui, el hechicero, resonaban en su cerebro. No son antepasados, había gritado el hombre. ¡Han venido a traernos la maldad!
Han venido a traernos la maldad…
¿Cómo podía haberlo sabido, con solamente un cerdo y un cuchillo de piedra? Un hechicero loco, efectuando la desacreditada magia de la adivinación… y había tenido razón. ¿Coincidencia? Sí, desde luego. No había otra forma de considerarlo así, ninguna otra forma razonable. Conan Lang sonrió débilmente. Recordó haber leído sobre la Danza de la Serpiente de los Hopi, en otros tiempos de la Tierra. La Danza de la Serpiente había sido una ceremonia para producir lluvia e, invariablemente, cuando los primeros antropólogos habían asistido a la danza habían vuelto a casa completamente empapados. Era solamente coincidencia y oportunidad, pero eso era algo difícil de decirse a uno mismo cuando la lluvia empezaba a caer.
—Aquí llega —dijo Andy Irvin.
Hubo un agudo silbido y luego un suave zumbido cuando una pequeña nave patrullera se posó en el campo sobre sus antigravs. Colgaba allí, en la aurora, como un pequeño pez plateado visto a través de las paredes de vidrio de un gran acuario, y Conan Lang tuvo la sensación de lo que no podía ver: el masivo volumen del bruñido crucero estelar aguardando en el espacio.
La nave patrullera bajó del cielo y flotó a unos pocos pies del suelo. Un hombre descendió del aparato y los saludó con los brazos. Conan Lang lo reconoció como Julio Medina, que había sido sacado de otro sector de Sirio Diez para sustituirlo a él con Andy. La fruta de arroz era fresca y verde en el campo y le dolía a Conan dejar su trabajo sin terminar. No había ahora gran cosa que hacer hasta la comprobación, desde luego, y Julio era un hombre muy competente y experimentado; pero aún había tantas cosas que podían ir mal, tantas cosas que uno no podía nunca anticipar…
Y no quería que nada le ocurriera al muchacho.
—Adiós, Cone —dijo Andy, con su voz muy tranquila—. Y… gracias. No olvidaré lo que hizo.
Conan Lang se apoyó en el brazo de Andy y caminó hacia la nave.
—Volveré, Andy —dijo, tratando de mantener el peso fuera de sus pies—. Mantén el puesto. Sé que estará en buenas manos.
Conan Lang estrechó la mano a Julio y luego Julio y Andy lo ayudaron a subir al aparato. Tuvo tiempo para hacer un gesto de despedida y dar una mirada final al verde campo bajo el ardiente sol, y luego se introdujo en la nave patrullera. De algún modo, habían instalado un camastro para él en el reducido espacio, y se dejó caer en el mismo, agradecido.
—A casa, James —susurró, tratando de no pensar en lo que pasaría si no podían salvar sus piernas.
Conan Lang cerró sus ojos y yació muy quieto, sintiendo aumentar el pulso de la nave mientras ésta lo llevaba hacia el negro mar de donde él había venido.
IV
Los doctores salvaron sus piernas, pero pasarían años antes de que Conan Lang pusiera el pie sobre la Tierra. El espacio era vasto y comparativamente los cruceros estelares eran pocos. Además, las naves estelares eran fabulosamente costosas de operar. Estaba fuera de cuestión para una nave en misión el efectuar el largo camino de Sirio a Sol solamente por un hombre. Conan Lang se convirtió en el paciente favorito de los doctores de la nave y se quedó en el crucero estelar mientras éste operaba en el área de Sirio.
Un crucero estelar en operación nunca era aburrido, y había libros para leer e informes para escribir. Conan Lang reprimió su impaciencia y trató de sacar el mejor partido de su situación. El tratamiento local aplicado por Andy había sido lo suficientemente efectivo como para que los médicos de la nave fueran capaces de regenerar sus tejidos quemados, y era solamente una cuestión de tiempo el llegar otra vez a estar fuerte.
El crucero estelar trabajaba eficientemente y con efectividad como soporte de las unidades de Administración en el área de Sirio, deslizándose a través de la negrura del espacio como un leviatán de las profundidades, y Conan Lang descansaba y se hacía tan útil como podía. A menudo iba al cuarto de control y se quedaba observando la visipantalla que mostraba el gran vacío del espacio. En algún lugar, en una distante playa de ese grandioso mar, estaba un pequeño planeta llamado Tierra. Allí, el aire era fresco y limpio bajo los pinos y la belleza del mundo, una vez que uno se apartaba de él y lo podía ver en perspectiva, era fantástica. Allí estaban Rob y Kit, amistades, lágrimas y risas.
Allí estaba su hogar.
Mientras su cuerpo sanaba, Conan Lang vivía en el crucero estelar. Había mucho tiempo para pensar. Incluso para una raza con un tiempo de vida de casi doscientos años, los días y las semanas y los meses pueden parecer interminables. Se interrogó a sí mismo con todas las antiguas preguntas, examinó todas las viejas respuestas. Aquí estaba, en una nave estelar, a años-luz de su hogar, con su cuerpo quemado, esperando volver a Sirio Diez para cambiar la vida de un planeta. ¿Qué delgados hilos de la casualidad, qué extraños tejidos de la historia, lo habían puesto a él allí? Cuando uno sumaba la vida de Conan Lang, de todos los Conan Lang, ¿qué es lo que uno obtenía? ¿Adónde iba la Tierra, ese guijarro que lanzaba su débil desafío al infinito?
Algunas veces, todo era difícil de creer.
Todo había empezado, suponía, con la cibernética. Desde luego, la cibernética en sí misma no era más que el resultado de un largo proceso cultural y tecnológico. Durante siglos, la aliada del hombre, la máquina, lo había ayudado físicamente en su acomodación al medio ambiente. ¿Qué era más natural que esperar que un día lo ayudaría también mentalmente? No había realmente nada siniestro en los ordenadores, excepto para una cierta clase de poetas perpetuamente pesimistas que no llegaban a realizar que los valores no eran nunca destruidos sino que eran simplemente moldeados en nuevas formas en la evolución de la cultura. No, los ordenadores estuvieron bien y fueron útiles… durante un tiempo.
Con el amanecer de los viajes espaciales, el confortable y complaciente progreso del hombre hacia un vago destino fue súbitamente alterado. Los horizontes del hombre se expansionaron hasta los bordes del universo con la perfección de los motores estelares. Ya no vivían más sobre un mundo sino en un universo habitado. Sus riñas y disputas y guerras pudieron ser vistas como las cosas despreciables que eran y el hombre, en unos pocos años, emergió al final de su adolescencia.
La ciencia dio a los hombres una duración de vida de casi doscientos años activos y le entregó la llave a la eternidad. Pero había una trampa, una terrible trampa. El hombre, que había hecho todo lo que había podido para sobrevivir a los conflictos de los grupos locales de su propia especie, fue súbitamente enfrentado con la incierta situación de vivir en un universo habitado. Claro que sabía de los millones y millones de estrellas, sobre la infinidad de planetas, de las distintas galaxias que nadaban como inmensas islas a través de los negros mares del espacio. Pero lo sabía todo como números en una página, como fotografías, como puntos de luz inmutable en un telescopio. Habían sido curiosidades, estímulos para la imaginación. Ahora eran partes vitales de su vida, factores a tener en cuenta en la lucha por la existencia. En el universo había un increíble número de datos a integrar en el problema de la supervivencia… y la mente del hombre ni siquiera podía aprehenderlos todos, y mucho menos formar conclusiones inteligentes sobre acciones futuras.
Y así, inevitablemente, el hombre volvió otra vez a la máquina. Pero esta vez había una diferencia. La máquina era el único instrumento capaz de manejar los datos, y el hombre, ni en un millón de años, podría comprobar las conclusiones más elementales. El hombre aportaba los hechos, la máquina obtenía las conclusiones, y el hombre actuaba a partir de ellas, no a través de escogerlas, sino simplemente porque no tenía otra guía en la que poder confiar.
Los hombres operaban las máquinas, pero las máquinas operaban los hombres.
La ciencia de la cibernética se expandió aceleradamente. Los hombres hacían máquinas para desarrollar nuevas máquinas. Los grandes cerebros se hicieron tan complejos que sólo unos pocos hombres podían pretender entenderlos. Mirándolos, era casi virtualmente imposible creer que habían nacido en las mentes de los hombres.
Las máquinas no interferían en la rutina diaria de vivir. El hombre no se sometería nunca a eso, y en los problemas que podía comprender aún era el mejor juez de su propia felicidad. Era en los grandes problemas, los problemas del destino del hombre en el universo, en donde se había encontrado con que las mejores mentes no tenían ningún valor. Porque las máquinas podían integrar senderos, costumbres y complejos de los mundos conocidos y desde allí extrapolar hacia lo desconocido. Las máquinas podían, en términos muy generales, predecir el resultado de una cierta serie de circunstancias. Podían, en un sentido muy real, ver el futuro. Podía ver a dónde se dirigía la Tierra.
Y la Tierra se dirigía al desastre.
Ilustración
Las máquinas eran infalibles. No sólo procesaban las probabilidades a corto plazo, sino lo determinado a largo plazo. E indicaban que, dada la ecuación del universo conocido, la Tierra sería destruida en cuestión de siglos. Solamente había una cosa por hacer: el hombre había de cambiar la ecuación.
Era difícil para el hombre, que hasta tan recientemente había estado atado a su planeta, pensar y actuar en términos de un universo habitado. Pero las máquinas mostraban conclusivamente que, en galaxias aún inaccesibles, había evolucionado vida que era físicamente y mentalmente hostil a la de la Tierra. Una colisión de las dos formas de vida acaecería en un plazo de mil años, y era inevitable una lucha a vida o muerte. Los hechos eran demasiado evidentes: La Tierra perdería y la raza humana sería exterminada.
A menos que la ecuación pudiera ser cambiada.
Era una cuestión de preparar la galaxia para el combate. La lucha sería larga y serían importantes los factores de reservas, repuestos, diferentes acercamientos culturales a problemas comunes y planetas en varios estadios de desarrollo. Era como una partida de ajedrez cósmico, con mundos alineándose en un tablero monstruoso. En las batallas de dimensiones galácticas, el resultado sería determinado por siglos de preparación, antes siquiera de que el contacto fuera hecho; no era una cuestión romántica de heroicas naves del espacio y hombres con mandíbulas de hierro en acción, sino más bien una de senderos culturales, psicológicos, tecnológicos e individuales que cada bando podía aportar. Senderos que eran los resultados de milenios de lenta evolución y desarrollo.
La Tierra estaba lista, o lo estaría cuando llegara el momento del contacto. Pero el resto de la galaxia, o al menos todo lo que habían podido explorar, no lo estaba ni lo estaría. La raza humana se encontraba en la mayor parte de los sistemas estelares del interior de la galaxia, pero en ninguno de ellos estaba tan avanzada como los hombres de la Tierra. A eso se debía el que la Tierra nunca había tenido contacto desde el espacio, en realidad, era la única explicación posible, al menos en retrospectiva. Y las otras galaxias, con sus principios totalmente extraños y por siempre incomprensibles, no estaban interesadas en culturas sin desarrollo.
Así el problema se concretó en acelerar la evolución cultural de los planetas hermanos de la Tierra, por medios de difusión, a fin de convertirlos en un todo efectivo para combatir a la futura amenaza. Y esto tenía que ser hecho en tal forma que los nativos de los planetas desconocieran totalmente que no eran los amos de su propio destino, ya que tal concepto producía un estancamiento cultural e introducía elementos de corrupción en las configuraciones planetarias. Frecuentemente se había dicho que la misma Tierra se hallaba en tal posición, siendo controlada por las máquinas, pero ése no era el caso… la elección había sido racional, y podían abandonar las máquinas, bajo su propio riesgo, en cualquier momento.
Eso, al menos, es lo que decían los pensadores de la Tierra.
Los largos meses se convirtieron en años y, aunque inactivo, Conan Lang aprovechó bien su tiempo. Estaba bien tener una oportunidad de relajarse y pensar las cosas; era bueno para el alma el detenerse a mitad de camino en la vida y repasarlo todo. Al menos, era posible sacar algún sentido de las cosas, y el frenético correr a ningún sitio perdía parte de su chillona insensatez.
Conan Lang sonrió sin humor. Todo eso estaba muy bien para él, pero ¿y los nativos cuyas ideas estaban desarraigando? Desde luego, eran seres humanos también, y a la larga perderían tanto como los terrestres; pero ellos no entendían el problema, no podían entenderlo. La verdad es que estaban siendo utilizados, utilizados para su propio beneficio tanto como para el de los otros, pero utilizados a pesar de todo.
Era cierto que la vida primitiva no era ningún lecho de rosas. No era como, se indicó Conan Lang a sí mismo, si los hombres de la Tierra estuvieran reptando, como una serpiente, en un idílico Jardín del Edén. Todo lo que estaban haciendo era acelerar el ritmo normal de cambio de un determinado planeta. Pero esto causaba enormes alteraciones en la cultura tal como ésta existía: hacía caer a algunos y elevaba a otros a posiciones de mando. Tal vez esto no era más que lo que hacía la vida de por sí, y posiblemente con mejor razón, pero uno no se podía justificar con eso cuando tenía que enfrentarse con los ojos de un hombre que de gobernante había descendido a esclavo debido a lo que uno había hecho en su planeta.
La dificultad real era que uno no podía ver la amenaza. Estaba allí, de acuerdo, una amenaza al lado de la cual todos los conflictos de la raza humana no eran nada. Pero siempre había sido difícil para los hombres ponerse a trabajar antes del último momento posible, prepararse en vez de continuar sentados y confiar en que ocurriera lo mejor. El que el hombre se estuviera esforzando ahora, como nunca antes lo había hecho, frente a una amenaza invisible de las estrellas, incluso para salvar su propia existencia, era un monumento a su madurez. Hubiera sido tan fácil, tan agradable el tomárselo con tranquilidad y disfrutar de una vida segura y cómoda… y sin ninguna duda eso hubiera significado el fin de la raza humana.
De una cosa estaba seguro Conan Lang: cuando el hombre dejaba de investigar, dejaba de trabajar y soñar y de tratar de alcanzar cimas imposibles, cuando no deseaba nada más y se reclinaba complaciente, en ese día se convertía en una insignificancia atrofiada.
Sirio Diez había sido un proyecto relativamente fácil debido a la amplitud planetaria de su cultura. Sirio Diez solamente tenía un enorme continente y un gran mar. Los nativos compartían básicamente el mismo sistema de vida, edificado alrededor del cultivo de la fruta seca de arroz, y los equipos del Cuerpo de Operaciones se encontraron solamente con un problema principal en vez de cientos de ellos como era lo corriente. Cierto que alguna gente vivía en las orillas del mar, así como un grupo en una isla, y tenía una cultura diferente basada en la pesca, pero su número era insignificante y prácticamente se les podía ignorar.
La seca fruta de arroz era cultivada por un método de siembra y barbecho, con el cual un campo daba una buena cosecha solamente una vez, antes de que el terreno se empobreciera y la gente tuviera que marcharse. Bajo estas condiciones, nunca se producía la propiedad individual de los terrenos, y se podía decir que no existían desigualdades de riqueza. Las familias trabajaban en mancomunidad los diferentes campos cada año, y puesto que no existía mercado para una producción sobrante no se efectuaba ningún esfuerzo para cultivar más terreno del que era necesario.
Los nativos Oripesh de Sirio Diez tenían un desarrollado culto de adoración a los antepasados, y creían que sus difuntos estaban siempre vigilándoles y guiándoles los pasos. Puesto que cualquier cosa que los antepasados hicieran tenía automáticamente como apoyo la aprobación de la tradición, el Cuerpo decidió actuar a través de ellos, siendo un asunto sencillo el presentar a los Agentes del Cuerpo como antepasados que habían vuelto de su lugar de morada en las montañas para ayudar a su pueblo. Con preparaciones cuidadosas y hombres experimentados esto no había sido muy difícil, pero siempre había errores, accidentes. Los hombres no eran como los productos químicos, y por tanto no siempre reaccionaban como se suponía debían hacerlo. Siempre había una variable individual a tener en cuenta. Si un Agente del Cuerpo vivía lo suficiente como para jubilarse, uno sabía que era un hombre que dominaba su profesión y que había tenido una suerte fuera de lo normal.
Sirio Diez tenía que pasar del Nivel Cuatro al Nivel Cinco. Esto significaba un cambio monumental en la economía, estructura social y tecnología. Un cambio que los hombres de la Tierra habían necesitado varios siglos para efectuarlo. Los miembros del Cuerpo de Operaciones tenían que hacerlo en cuestión de pocos años. Y así lo intentaban, provistos de una variedad de la fruta de arroz que crecía bien en terreno húmedo y de un buen conocimiento de irrigación.
Con semejante palanca podían mover un mundo.
Habían pasado tres años cuando Conan Lang volvió a Sirio Diez. La nave patrullera descendió sobre sus antigravs y Conan esperó impacientemente a que se abriera el conducto de salida. Su corazón le golpeaba en el pecho y sus labios estaban secos. Era casi como volver a casa otra vez.
Introdujo su cuerpo, ya fuerte otra vez, en el conducto de salida, y se encontró en el verde campo que había plantado hacía ya tanto tiempo. Respiró profundamente el aire húmedo familiar y sonrió abiertamente al ardiente y tórrido sol sobre su cabeza. Era estupendo estar de vuelta, de vuelta a un lugar igual a otros tantos lugares que había conocido, lugares que se parecían tanto a un hogar como podían serlo sin Kit. La brisa susurraba suavemente a través de las verdes frutas de arroz y él gesticuló hacia Julio que llegaba corriendo a través del campo para recibirlo. Ésta era, lo sabía, su gente… y había echado a faltar a Andy durante todos esos años.
—¡Hola, Julio! —sonrió, mientras estrechaba la mano de Medina—. ¿Cómo va esto?
—Muy bien, Conan —dijo Julio, en voz baja—. Muy bien.
—El muchacho, ¿cómo está el muchacho?
—Andy está muerto —dijo Julio Medina.
Conan Lang se quedó rígido, mientras un puño de hierro lo golpeaba en el estómago con precisión fría y monótona. Andy muerto. No podía ser, no podía ser. No había tenido ninguna noticia, nada. Apretó sus puños. No podía ser verdad.
Pero lo era. Lo sabía con fría certeza.
—Ocurrió el otro día, Conan —dijo Julio—. Era un buen muchacho.
Conan Lang no podía hablar. El planeta entero, le decía su mente, torturándolo. El asqueroso planeta entero no valía la vida de Andy.
—Fue un accidente —dijo Julio, manteniendo su voz cuidadosamente en tono normal—. Tal como nos habíamos figurado, se produjo una lucha entre poblados rivales. Andy fue allí en busca de información y se encontró entre ellos. Fue herido, por equivocación, con una lanza. No tenía salvación, pero consiguió caminar y volver aquí antes de morir. Los Oripesh no sospechan que no era un dios y que podía morir como cualquiera. Nos salvó al resto al volver aquí… eso es algo.
—Sí —dijo Conan amargamente—, eso es algo.
—Lo enterré aquí en el campo —continuó Julio Medina—. Pensé que le hubiera gustado. Él… te mandó un adiós, Conan.
Había pasado mucho tiempo desde que Conan Lang había tenido lágrimas en los ojos. Se giró sin una palabra y se alejó, a través del verde campo y hacia la choza donde podría estar solo.
V
Desde aquel momento, por un mudo acuerdo mutuo, los dos hombres no mencionaron nunca más el nombre del muchacho. En sus informes escribieron lo mejor posible sobre él, y eso fue lo máximo que pudieron hacer por Andy Irvin.
—Creo que casi hemos terminado aquí, Conan —le dijo Julio—. Me gustaría que hicieras tu propia inspección para ver si llegamos a las mismas conclusiones. La lucha se ha calmado un poco ahora. Los nativos están preocupados porque esa lanza hirió por error a un antepasado y están celebrando rituales destinados a apaciguarnos. No te encontrarás con ningún problema, y podremos terminar con esto.
Conan Lang asintió.
—Será estupendo volver a casa otra vez, ¿eh, Julio?
—Sí, claro. Y tú te vas a quedar.
Conan Lang levantó las cejas.
—No es ningún secreto que están a punto de promocionarte —dijo Julio—. Creo que éste es tu último trabajo de campaña.
—Bueno, eso suena bien.
—Acuérdate de todos los pobrecitos que estamos aquí en las estrellas, los trabajadores esclavos del Cuerpo de Operaciones. Devuélvenos a todos a casa, Conan, y nos sentaremos juntos en la sombra y beberemos vino fresco y comeremos pescado y nos contaremos mentiras los unos a los otros.
—Considéralo hecho —dijo Conan Lang—. Y os daré a todos algunas medallas más.
—Ya tengo medallas.
—No puedes tener demasiadas medallas, Julio. Además, van bien para olvidar las penas.
—No me van bien para mis penas.
Conan Lang sonrió y encendió su pipa. El muchacho, susurró su mente. Al muchacho le gustaba esa pipa. Apartó el pensamiento de su mente. Un hombre debía aceptar la muerte en su camino, se dijo a sí mismo. Aún cuando fuera un muchacho que le hacía a uno acordarse de sí mismo hacía un millón de años…
Hacía un millón de años.
—Empezaré mañana —dijo Conan Lang—. ¿Conoces a Ren, Julio?
—¿El hijo del jefe? Sí.
—¿Cómo le ha ido?
—No muy bien, Conan. Fue por esa mujer suya, Loe: se la quitó uno de los hombres que nosotros hicimos ricos; no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.
—Somos unos grandes tipos, Julio.
—Sí.
Conan Lang se quedó silencioso y los dos hombres permanecieron juntos en el cálido aire del atardecer, observando como el gran sol doble se hundía en el horizonte mientras las largas y negras sombras llegaban desde el lejano extremo del mundo.
A la mañana siguiente, Conan Lang se levantó con la aurora para efectuar su inspección final. Sabía muy bien lo que iba a encontrar. Julio Medina era un hombre con experiencia y su información era de fiar. Pero siempre producía un shock el verlo por sí mismo. Uno nunca se acostumbraba. Pensar que una cosa tan pequeña, una cosa que parecía tan insignificante, podía cambiar a un planeta más allá de lo reconocible. Una fruta de arroz…
El aire ya era caluroso cuando pasó los campos de los nativos. Sus plantas de fruta de arroz eran altas y sanas, y sus canales de irrigación estaban bien construidos. Sacudió su cabeza y caminó hacia el poblado.
Donde había estado el amistoso poblado, abierto y rústico, había ahora una gran pared de troncos. Frente a la pared había una serie de profundos y siniestros pozos. Detrás de la pared, podía ver el remate de robustos edificios de madera, algo bien diferente de las chozas de solamente hacía unos pocos años. Conan Lang no hizo ningún intento de ocultarse sino que caminó abiertamente hasta los fosos y los cruzó por un puente de madera. Se detuvo en el exterior de la cerrada puerta.
—Os acordaréis de aquel que caminó entre las llamas —dijo en voz alta, en el lenguaje Oripesh—. Abriréis las puertas a vuestro hermano que viene a visitaros.
Por un momento no ocurrió nada, y luego la puerta se abrió. Conan Lang entró en el poblado.
El centinela nativo lo contempló con sospecha, pero mantuvo la distancia. Conan Lang observó que tenía un arco en la pared de troncos. No había nada como los combates constantes para el desarrollo de nuevas armas, reflexionó. La civilización estaba trayendo aceleradamente sus bendiciones a los Oripesh.
Conan Lang caminó a través del poblado sin ser molestado, tomando mentalmente rápidas notas. Vio almacenes para la fruta de arroz y observó a unos esclavos que eran conducidos a trabajar en los campos. Las casas del poblado eran fuertes y confortables, pero había un aire de tensión en el poblado, una sensación extraña. Conan Lang se acercó a un nativo y lo detuvo.
—Hermano —dijo—. Quiero ver a los jefes. ¿Dónde están?
El nativo lo miró cautelosamente.
—Los Oripesh no tienen jefes —dijo—. Nuestro rey está en consejo.
Conan Lang asintió, sintiéndose enfermo interiormente.
—Está bien —dijo—. Ren… quiero verlo.
El nativo señaló despreciativamente con su pulgar hacia la parte de atrás del poblado.
—Allí está —dijo—. Afuera.
Conan Lang continuó a través del poblado, observando, viéndolo todo. Lo atravesó y salió al exterior a través de la pared posterior. Allí, las chozas al antiguo estilo nativo se cocían en la inmundicia bajo el ardiente sol. No había pared de madera alrededor de las mismas, a pesar de que estaban dentro del sistema de fosos. Un cerdo escarbaba en la basura entre las chozas.
«Los barrios bajos» se dijo Conan Lang.
Caminó entre las chozas, ignorando los ojos temerosos y llenos de sospecha de los nativos. Encontró a Ren preparándose para ir a los campos. El hijo del jefe estaba delgado. Parecía cansado y sus ojos eran opacos. Vio a Conan, pero no dijo nada.
—Hola, Ren —dijo Conan Lang.
El nativo solamente lo miró.
Conan Lang trató de pensar en algo que decir. Sabía lo que había ocurrido. Los jefes y sus hijos habían estado tan ocupados con el trabajo ritual para la tribu que se habían quedado atrás en el cultivo de la nueva fruta de arroz. Habían continuado siguiendo las viejas costumbres por demasiado tiempo y su gente los había dejado atrás.
—Puedo ayudarte, hermano —dijo Conan Lang suavemente—. No es demasiado tarde.
Ren no dijo nada.
—Te ayudaré dándote un campo para ti —dijo Conan Lang—. ¿Quieres que te ayude?
El nativo lo miró y sólo había odio en sus ojos.
—Dijiste que eras mi amigo —dijo. Sin decir nada más, se giró y se marchó. No miró hacia atrás.
Conan Lang se secó el sudor de su frente y continuó con su trabajo. La parte sensible de su mente retrocedió hasta un oscuro y aislado rincón y Conan caminó, haciendo preguntas, observando, tomando notas mentalmente.
Una cosa pequeña, pensó.
Una nueva clase de planta.
Una semana más tarde, Conan Lang había terminado su inspección. Se sentó con Julio frente al fuego de la cocina, en el atardecer, fumando su pipa y contemplando las sombras en el campo.
—Bien, hicimos un buen trabajo —dijo—. Es horrible.
—Hubiera ocurrido lo mismo sin nosotros —le recordó Julio—. No sirve para nada estar pensando en ello. A veces es duro, pero es un pequeño precio a pagar por la supervivencia.
—Sí —dijo Conan Lang—. Seguro.
—¿Tus resultados concuerdan con los míos?
—Casi todos. Es la misma historia de siempre, Julio.
Conan Lang continuó fumando lentamente, reconstruyendo lo que había ocurrido. La nueva fruta de arroz había hecho que fuera valioso, para una familia, el continuar atendiendo un trozo de terreno que podía usarse una y otra vez. Pero solamente una limitada parte de la comarca podía ser utilizada, debido a factores naturales tales como la presencia o ausencia de agua disponible. Las familias que no se habían precipitado a adueñarse de los campos habían quedado virtualmente excluidas, y la sociedad estaba dividida entre los hacendados y los desposeídos. Gradualmente, los que no tenían tierras habían tenido que alejarse más y más del poblado principal para encontrar tierras en las que plantar el antiguo tipo de fruta de arroz. A veces sus campos estaban tan lejos que no podían hacer el viaje de ida y vuelta en un solo día. Y no podían irse demasiado lejos para empezar de nuevo debido a las luchas tribales que se producían entre poblados ahora que los valiosos almacenes de fruta de arroz estaban allí para apoderarse de ellos. La vieja unión de la cooperación familiar se había roto y los esclavos eran económicamente rentables.
Ahora que el poblado no necesitaba trasladarse periódicamente, se había convertido también en algo valioso y por ello se hallaba fortificado para la defensa. Un viejo jefe, convertido en poderoso por los campos de fruta de arroz, se estableció como rey y los demás jefes fueron a trabajar en sus campos.
Sirio Diez estaban aún en transición, desde luego. Mientras las viejas costumbres estaban siendo destruidas, otras nuevas, poco obvias para el no entrenado, estaban tomando su lugar. Desintegración y reintegración iban juntas, pero aún sería duro para los nativos durante un tiempo. Las técnicas del Cuerpo de Operaciones habían acelerado la acción casi en forma increíble, pero desde ahora los Oripesh eran dueños de su destino. Continuarían con su desarrollo individual y, a pesar de que no había dos pueblos que pasaran exactamente por el mismo estadio al mismo tiempo, era posible predecir una dirección general del planeta. Llegaría un día en que los Oripesh aprenderían a escribir, ya que ahora tenían un imperfecto sistema criptográfico para usos rituales. Cuando finalmente se estableciera el contacto que llegaría en el futuro de las estrellas hostiles, ¿qué historias habrían escrito? ¿A quién recordarían, qué olvidarían? ¿Quedaría alguna leyenda o mito que hablara del lejano tiempo cuando los dioses habían venido de las montañas para cambiar las vidas de su pueblo?
Ésa era la forma de verlo. Conan Lang golpeó su pipa contra una roca. Míralo como un problema, como un ejemplo de libro de estudio. Olvídate de la gente, de los individuos que no puedes ayudar, de las vidas que has hecho y de las que has destrozado. Olvídate de eso y piensa en términos de beneficio a largo plazo.
O al menos trata de hacerlo.
—Hemos terminado aquí, Julio —dijo Conan Lang—. Ahora podemos volver a casa.
—Sí —dijo Julio Medina—. Ha pasado un largo tiempo.
Los dos hombres continuaron sentados en la oscuridad, silenciosos, cada uno con sus propios pensamientos, mirando la luna amarilla que navegaba a través de las estrellas plateadas.
Después de haber llamado a la nave patrullera, no había nada que hacer excepto esperar hasta que su recogida pudiera ser coordinada con el programa de tiempo de los otros hombres del Cuerpo y con el programa operacional del crucero estelar. Conan Lang trabajó en sus informes mientras Julio se estiraba bajo la sombra e ideaba juegos de cartas intrincados e imposibles con un mutilado mazo de naipes que era lo suficientemente viejo como para tener ya de por sí un interés antropológico.
Conan Lang también tenía un juego. Lo jugaba con su mente pero no participaba en forma voluntaria. Su mente había tomado parte en él anteriormente y ya estaba cansado del mismo, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. No había ningún botón para desconectar su mente, y mientras funcionase continuaría incesantemente con el juego.
Estaba empeñada en sumar dos y dos.
En sí mismo, esto no era nada extraordinario, aunque no tan popular como algunos creían. Pero Conan Lang jugaba en donde otros no veían ni el juego, y mucho menos una serie de doses con una relación entre ellos. No hay nada tan difícil de ver como lo que es calificado de obvio, después del hecho. La mente de Conan Lang había jugado durante toda su vida con lo obvio; y no había forma de dejarlo. No le gustaba, y había momentos en los que hubiera preferido dejarlo todo e irse a pescar sin un solo pensamiento en su cabeza, pero no podía hacer nada. Cuando su mente quería efectuar el juego, lo hacía y eso era todo.
Mientras esperaba la nave de la patrulla, su mente estaba jugando con una serie de factores. Tenía la historia de la Tierra, tomada como una vasta secuencia completa. Estaban los ordenadores, la energía atómica, y las técnicas de campaña del Cuerpo de Operaciones. Había el hecho de que la Tierra nunca había sido visitada por seres de otros planetas, siempre eran ellos los que efectuaban el contacto. Estaba el nuevo principio del que le había hablado el Almirante White, el factor de integración-aceleración para correlacionar datos. Tenía la energía increíble y explosiva del hombre que los había lanzado a años-luz en el espacio. Y su desafiante corazón, que podía emprender el trabajo prodigioso de remodelar una galaxia cuando todo iba en contra suya.
Conan Lang sumó dos y dos, y no obtuvo cuatro, sino cinco.
Aún no sabía las respuestas, pero sabía lo suficiente como para formular correctamente las preguntas. Por su pasada experiencia, sabía que ésa era la parte más difícil del juego. Las respuestas incorrectas normalmente eran el producto de una pregunta errónea. Una vez que uno tenía la pregunta correcta el resto era una cuestión de tiempo.
Finalmente llegó la nave patrullera, y Conan Lang y Julio Medina caminaron sobre el suelo de Sirio Diez por última vez. Cruzaron el campo donde crecían las verdes plantas, y ninguno de ellos trató de decir lo que estaba en su corazón. Tres habían venido y sólo dos podían irse. Andy Irvin había vivido y trabajado y soñado solamente para caer sobre un planeta extraño a años-luz de la Tierra. Era parte del precio que se había de pagar por la supervivencia… y fue también un muchacho, con estrellas en sus ojos, que había tenido un final estúpido y sin sentido.
Después de que la nave patrullera hubo partido, las verdes hojas de las plantas se alargaron hambrientamente hacia el llameante sol. El agua límpida borboteó a través de las zanjas de irrigación, alimentando a las raíces en el campo. Suavemente, como con tristeza por todos los recuerdos que transportaba, la solitaria brisa susurró a través de la choza vacía que había albergado a los hombres de la Tierra.
VI
El crucero estelar atravesó las profundidades sin senderos del espacio interestelar impelido por la energía atómica. El zumbido que llenaba la nave era un sonido agradable, y la nave parecía temblar con orgullo e impaciencia. Había siempre una diferencia según el sentido en que uno viajaba en el espacio, y la nave regresaba a casa.
Conan Lang anduvo a lo largo de los blancos corredores y caminó cerca de la popa donde habían estado los sacos marrones de la fruta de arroz. Leyó en la biblioteca y bromeó con los médicos que habían salvado su cuerpo quemado. Y siempre, más allá de él, flotando en el gran vacío del espacio, estaban las caras de Kit y de su hijo, esperándole, llamándole a casa otra vez.
Rob debía haber crecido bastante, pensó. Pronto ya no sería más un muchacho, sería un hombre, ocupando su sitio en el mundo. Conan recordó la voz de su hijo en un millar de charlas tranquilas en el fresco aire del atardecer, sus ojos rápidos y animados…
Como los de Andy.
«Papá, ¿cuando sea mayor podré ser como tú? ¿Podré ser un Agente y viajar en las naves a otros mundos y tener un uniforme y todo lo demás?».
¿Qué podía uno decirle a su hijo ahora que uno había vivido largo tiempo y se suponía que sabía tanto? ¿Que la vida en el Cuerpo de Operaciones llenaba a un hombre de cosas que tal vez sería mejor no conocer? ¿Que las sendas de las estrellas eran frías y solitarias? ¿Qué había modos de vivir más sencillos y cómodos? Todo eso era cierto; todos los hombres que iban en las naves lo sabían. Pero también sabían que, para ellos, ésa era la única clase de vida que valía la pena vivir.
El tiempo transcurrió lentamente. Conan Lang estaba impaciente por ver a su familia otra vez, ansioso de llegar a casa. Pero su mente no le dejaba descansar. Había cosas que tenía que saber, cosas que sabría antes de que se fuera a su hogar.
Conan Lang tenía ahora las preguntas correctas. Tenía las preguntas correctas y sabía donde estaban ocultas las respuestas.
Fritz Gottleib.
Apenas había aterrizado el crucero estelar en el Astropuerto Uno cuando Conan Lang saltó a las pistas de duraluminio. Puesto que los movimientos de las naves estelares eran siempre un asunto de máximo secreto, no había nadie en el astropuerto para recibirlo y, por esta vez, Conan se alegró de tener unas pocas horas libres para sí. El Almirante White no esperaría que se presentara hasta mañana, y antes de ver a Kit deseaba aclarar las cosas de una vez.
El amistoso sol de la Tierra le dio calor mientras se apresuraba a través de las pistas y notaba que el aire era limpio y fresco. Subió a una burbuja oficial, se elevó en el cielo azul, y partió hacia el este pasando sobre la ciudad. Su cerebro estaba hirviendo y notó un sudor frío en las palmas de sus manos. ¿Qué era lo que le había dicho Gottleib aquel día, hacía tanto tiempo?
«A veces es mejor no saber las respuestas a ciertas preguntas, Dr. Lang».
Bien, de todos modos iba a saber las respuestas. Todas ellas. Hizo aterrizar a la burbuja en el espacio anexo al edificio de la cibernética y se apresuró a entrar, mostrando su identificación rápidamente al pasar. Se detuvo en el control de comunicaciones y mostró sus credenciales de prioridad.
—Llame al Nido, por favor —dijo al operador—. Dígale al Dr. Gottleib que Conan Lang está aquí y desea verlo.
El operador asintió y habló en el intercom. Hubo una pequeña dilación, y luego se quitó los auriculares y sonrió a Conan Lang.
—Puede subir, Dr. Lang —dijo el operador—. El Dr. Gottleib lo estaba esperando.
Conan Lang dominó su asombro, subió en el ascensor y recorrió los largos corredores blancos. ¿Lo estaba esperando? Pero eso era imposible. Nadie sabía siquiera que el crucero estelar estuviera regresando y mucho menos que él se dirigiera aquí, al Nido. Imposible…
Alrededor suyo, en el gran edificio, sentía la presencia del gigantesco cerebro mecánico con sus millones de circuitos y el destello de los tubos. El cerebro se manifestaba a su alrededor y le hacía sentirse pequeño e insignificante. Zumbaba y bordoneaba a través de las paredes blindadas.
Riéndose de él.
Conan Lang pasó a través de los asistentes y hombres de seguridad y abrió la puerta del Nido. Entró en la pequeña y oscura habitación e hizo una pausa para que sus ojos se acostumbraran a la débil luz. La estancia estaba silenciosa. Gradualmente, la sombra detrás del escritorio tomó forma y se encontró mirando a los ojos glaciales de Fritz Gottleib.
—Dr. Lang —silbó suavemente—. Bienvenido al Nido del Buitre.
El hombre no había cambiado; parecía vivir fuera del tiempo, ser eterno. Aún iba vestido de negro y podrían haber pasado minutos en vez de años desde que Conan Lang lo vio la última vez. Sus gruesas cejas eran como manchas horizontales en su pálida cara y sus manos de largos dedos estaban ligeramente cerradas, como garras sobre su escritorio.
—¿Cómo sabía que iba a venir aquí? —Ahora que se hallaba cara a cara con Gottleib, Conan Lang se sintió súbitamente inseguro de sí mismo.
—Sé muchas cosas, Dr. Lang —dijo Fritz Gottleib, sibilante—. Si hubiera querido, hace diez años podría haberle dicho la fecha exacta, día más, día menos, en la que íbamos a tener esta reunión. Podría haberle dicho lo que iba usted a decir cuando atravesara la puerta, y lo que va a decir dentro de cinco minutos.
Conan Lang se quedó mirándolo, sintiéndose como un absurdo chiquillo que presumiera de querer luchar contra un gorila. Su mente retrocedió ante el extraño hombre situado frente a él y finalmente supo que no sabía nada.
—Yo no desperdicio palabras, Dr. Lang —dijo Gottleib, sus ojos fríos y su cabeza inmóvil—. Recordará que cuando nos vimos la última vez deseaba usted hacer algunas preguntas a la máquina. ¿Recuerda lo que le dije, Dr. Lang?
Conan Lang rememoró a través de los años. «Tal vez algún día, Dr. Lang», había dicho Gottleib. «Cuando sea viejo como yo».
—Sí —dijo Conan Lang—. Lo recuerdo.
—No estaba usted preparado entonces —dijo el Dr. Gottleib con su blanca cara brillando fantasmal en la débil luz—. Ni siquiera hubiera podido formular las preguntas correctas, al menos no todas ellas.
Conan Lang quedó silencioso. ¿Cuánto sabía Gottleib? ¿Había algo que no supiera?
—Ahora ya es lo suficientemente viejo —dijo Fritz Gottleib.
Oprimió un interruptor y la superficie del escritorio relució con una mortecina luz roja. Su cara, reflejada como en un resplandor llameante, era ultraterrenal. Sus fríos ojos miraban desde el infierno. Se irguió, pareciendo aumentar de estatura, llenando la habitación. Caminando sin producir ruido, dejó la habitación y cerró la puerta tras él.
Conan Lang estaba solo en la roja estancia. Su corazón le golpeaba en la garganta y sus labios estaban secos. Apretó los puños y tragó. Solo…
Solo con la gran máquina.
Conan Lang se serenó. A propósito, se obligó a efectuar los regulares y prosaicos movimientos de encender su pipa. El tabaco tenía buen cuerpo y fragancia y eso le ayudó a relajarse. Fumó lentamente, tomándose tiempo.
El resplandor rojo del escritorio llenaba la estancia con el color de la irrealidad. Sombras carmesíes parecían agazaparse en los rincones con una imposible vida propia. ¿Pero había algo imposible aquí? Conan Lang sintió el pulso de la gran máquina a su alrededor y se maravilló.
Tratando de deshacerse de un persistente sentimiento irreal de ensueño, Conan Lang caminó y se sentó tras el escritorio de Gottleib. El panel rojo era un laberinto de interruptores que se utilizaban para integrarlo con los paneles técnicos de otras secciones del edificio. En el centro del panel había un teclado de circuito abierto para la máquina y en el escritorio había un cuadro transparente, como una pantalla de televisión. Conan Lang advirtió que no había nada en el escritorio de Gottleib que no estuviese relacionado directamente con la máquina… no había recuerdos, ni fotografías, ni pisapapeles, ni uno solo de esos objetos dispares que la mayor parte de los hombres recogen sobre sus mesas a lo largo de una vida. Toda la habitación asombraba por su misma impersonalidad, como si toda emoción humana hubiera sido expulsada de allí dentro hacía largo tiempo, siendo luego aislado el recinto para prevenir su posible retorno.
Las máquinas nunca dormían y los circuitos estaban abiertos. Conan Lang tan sólo tenía que hacer cualquier pregunta y ésta sería contestada. El resplandor rojo de la habitación le hizo recordar el fuego, por lo que, a pesar suyo, tuvo un escalofrío. ¿Habían realmente pasado ya tres años desde que ocurrió aquello? ¿Qué era lo que había aprendido durante esos tres años en los que había visto a los Oripesh cambiar ante sus propios ojos y por fin había tenido tiempo de pensar en su propia vida? ¿Cuánto le quedaba aún por aprender?
Conan Lang dio una larga chupada a su pipa y dispuso el panel del escritorio para consulta por operación manual y respuesta por escritura en pantalla. Dudó por un momento, casi atemorizado por la máquina que se hallaba a su disposición. De repente se dio cuenta de que realmente no deseaba saber. Pero no era esto. Más bien era que tenía que saber.
Pensando cuidadosamente en lo que escribía, Conan Lang imputó la pregunta que le había estado atormentando durante largos años:
¿ESTÁ SIENDO SOMETIDA LA TIERRA A UN PROCESO DE MANIPULACIÓN?
Esperó nerviosamente, seguro de la respuesta, pero sin embargo temeroso de la misma. Se oyó un débil, casi inaudible zumbido, que provenía de la máquina, y Conan Lang casi pudo notar como se cerraban los circuitos en las grandes paredes que lo rodeaban. El aire estaba cargado de tensión. Se oyó un breve click y se dibujó una palabra en tonos oscuros sobre la translúcida pantalla:
—SÍ.
Conan Lang se inclinó hacia adelante, seguro ya de lo que debía hacer, y tecleó otra pregunta:
¿DURANTE CUÁNTO TIEMPO HA ESTADO SIENDO MANIPULADA LA TIERRA? Y ESTE CONTROL ¿HA SIDO PARA BIEN O PARA MAL?
La máquina zumbó y respondió al momento:
LA TIERRA HA ESTADO SIENDO GUIADA DESDE EL AÑO MIL NOVECIENTOS D. J. LA SEGUNDA PARTE DE SU PREGUNTA NO TIENE SIGNIFICADO.
Conan Lang dudó, vacilante a pesar de sí mismo, dada la información que estaba obteniendo. Luego, escribió rápidamente:
IGUÁLESE EL DATO BIEN CON SUPERVIVENCIA DE LA RAZA HUMANA.
La pantalla se difuminó, quedó en blanco, y se formaron las palabras:
EL CONTROL HA SIDO PARA BIEN.
La respiración de Conan Lang era ahora un jadeo. Mecanografió nerviosamente:
¿PROVIENE ESTE CONTROL DE ALGÚN LUGAR DE ESTA GALAXIA? SI ES ASÍ, ¿DE DÓNDE? ¿ESTÁ SIENDO ESTA MÁQUINA CONTROLADA HABITUALMENTE POR ALGÚN AGENTE QUE NO SEA DE LA TIERRA?
El zumbido de la máquina llenó la rojiza habitación y la pantalla mostró la respuesta:
EL CONTROL HA VENIDO DE UN PUNTO DE ESTA GALAXIA. SU ORIGEN ESTÁ EN UN MUNDO LLAMADO RERMA, QUE ORBITA UNA ESTRELLA SITUADA EN EL BORDE DE LA GALAXIA Y QUE ES DESCONOCIDA PARA LA TIERRA. EL HOMBRE CONOCIDO COMO GOTTLEIB ES UN AGENTE DE RERMA.
La pipa de Conan Lang había sido olvidada y se había apagado. La dejó sobre la mesa y se pasó la lengua por los resecos labios. Hasta aquí todo iba bien, pero aún no había hecho la pregunta primordial, la más importante. La hizo:
SI ES SEGUIDO EL PLAN, ¿CUÁL SERÁ EL RESULTADO FINAL CON RESPECTO A RERMA Y A LA TIERRA?
La máquina zumbó de nuevo entre el resplandor sanguinolento y la respuesta llegó rápida, con una tremenda y muda tragedia que se podía leer entre sus desnudas líneas:
SI SE SIGUE CUIDADOSAMENTE EL PLAN, RERMA SERÁ DESTRUIDA Y LA TIERRA SOBREVIVIRÁ.
Conan Lang notó como sus ojos se le llenaban de lágrimas, y no sintió vergüenza por ello. Olvidándose ya del tiempo, se inclinó hacia adelante, haciendo preguntas, leyendo las respuestas, mientras la terrible y maravillosa historia le iba siendo revelada.
Ilustración
En los límites exteriores de la galaxia, el antiguo planeta Rerma orbitaba alrededor de su sol amarillo. La vida había evolucionado hacía mucho en Rerma… había evolucionado pronto y se había desarrollado rápidamente. Mientras los otros pueblos humanoides de la galaxia estaban aún viviendo en cavernas, los habitantes de Rerma estaban ya edificando una gran civilización. Cuando la Tierra forjó su primera espada de metal, en Rerma se desintegró el átomo.
Rerma era un mundo dedicado a la ciencia: a la verdadera ciencia. La ciencia había eliminado la guerra y convertido el planeta en un paraíso. La literatura y las artes florecían conjuntamente con el progreso científico, y los científicos trabajaban rodeados de tranquilos jardines en los que bellas fuentes salpicaban y gorgoteaban bajo el sol. Cada hombre era libre para realizarse como individuo y ningún hombre inclinaba su frente ante otro hombre.
Los habitantes de Rerma eran la raza humana en su cénit.
Pero los humanos de Rerma eran pocos y no eran un pueblo guerrero. No es que, enfrentados con una emergencia, no luchasen, sino que simplemente no podían triunfar en un conflicto de larga duración. Sus mentes no funcionaban así. Los habitantes de Rerma habían evolucionado hasta un punto en el que se hallaban demasiado especializados, demasiado bien ajustados a su hábitat.
Y su hábitat cambió.
Tan sólo fue una cuestión de tiempo hasta que los seres de Rerma hicieron las preguntas correctas a sus ordenadores y obtuvieron la respuesta de que su mundo, situado al borde de la galaxia, se hallaba directamente en el camino de una futura colisión cultural entre dos sistemas estelares. Imputaron los datos una y otra vez, y en cada una de ellas, las grandes máquinas les dieron la misma respuesta:
Rerma sería destruido.
Ya era muy tarde para que se pudiera alterar la ecuación en lo referente a Rerma: el planeta había ido ya muy lejos y estaba colocado en un lugar desafortunado. Pero para el resto de la raza humana, esparcida en los dispersos mundos que se movían a lo largo de los senderos estelares, todavía había una posibilidad. Había tiempo para que se alterase la ecuación en lo referente a ellos… ¡si es que se podía encontrar a alguien capaz de hacerlo! Porque los seres de Rerma tenían el conocimiento, pero ni tenían los recursos humanos ni el espíritu desafiante y emprendedor necesarios para llevar a cabo el trabajo por sí mismos. Eran capaces de tomar decisiones heroicas y seguirlas hasta el fin. Pero la tarea de remoldear un sistema estelar no era para ellos. Éste era un trabajo para una raza joven, una raza orgullosa y firme. Era un trabajo para los hombres de la Tierra.
Las naves de Rerma encontraron la Tierra en el año terrestre de 1900. Sabían que para que tuviese éxito su plan Rerma debería luchar en aquel distante día en que las galaxias entrasen en colisión, pues su potencia era considerable a pesar de su falta de capacidad para una lucha a largo plazo. Deberían presentar batalla, luchar y ser destruidos: el plan, la ecuación, se hallaba graduado hasta ese preciso punto. La Tierra fue el único otro planeta que encontraron que se hallase lo bastante adelantado como para poder trabajar con ellos, y era imperativo que la Tierra no supiese que estaba siendo manipulada. No debía de sospechar que sus planes no eran suyos propios, pues una raza joven con su orgullo herido sería un aliado dudoso y un mecanismo combativo poco eficiente.
Los humanos de Rerma se pusieron a trabajar: dispuestos incluso a morir por un futuro que ya habían vivido. Los científicos de Rerma llegaron secretamente a la Tierra y, detrás de ellos, a años-luz de distancia, sus fuentes de cristal todavía brillaban con tristeza bajo el sol.
Rerma sería destruido… pero la raza humana no moriría.
Conan Lang se hallaba sentado solo en la habitación roja, hablando con una máquina. Una vez conocidos los hechos, todo aparecía claro, hasta era obvio. O bien no había razas avanzadas en la galaxia, lo cual explicaría el que no hubiesen datos sobre ningún contacto, o bien la Tierra había sido contactada secretamente, y manipulada con las mismas técnicas que ella misma utilizaría más tarde con los mundos no desarrollados.
Miró hacia atrás en la historia. Los cambios tan importantes como habían sido la revolución alimenticia del neolítico y la máquina de vapor habían sido producidos por la Tierra misma, convirtiéndola en el planeta más avanzado de la galaxia exceptuando a Rerma. La Tierra tenía una tradición de habilidad tecnológica tras ella y era joven y moldeable. Los Rerma llegaron, y tras eso se produjeron las guerras mundiales. ¿Por qué? No para vengar el honor de la realeza insultada, no debido a los fanáticos, no a causa de doctrinas en conflicto; sino realmente para salvar el mundo. Se habían producido las guerras mundiales para llegar a la energía atómica.
Después del año 1900, el desarrollo de la Tierra se había acelerado a un ritmo fantástico. Se había desintegrado el átomo y el hombre había saltado hacia los otros planetas de su sistema solar. Tal como Conan Lang había trabajado usando de los dioses ancestrales de los Oripesh para conseguir tremendos cambios en Sirio Diez, los Rerma había trabajado usando uno de los dioses de los terrestres: la máquina.
La cibernética.
El hombre saltó a las estrellas y los grandes ordenadores lo confrontaron inevitablemente con la amenaza del más allá que se acercaba, inevitablemente, más y más, con cada año que pasaba. Jóvenes y orgullosos, los hombres de la Tierra aceptaron el más asombroso desafío jamás lanzado… se abalanzaron a remoldear una galaxia para darles a sus hijos y a los hijos de sus hijos una posibilidad de vivir.
Y siempre, entre las sombras, tras los acontecimientos, estaban los antiguos seres de Rerma. Ayudaban, dirigían y aconsejaban sutilmente. Con una filantropía inigualada en todo el universo, esos representantes de una raza humana que maduró demasiado, prepararon a la Tierra para el liderato galáctico; y se prepararon a sí mismos para morir en la frontera de la galaxia. Habían unificado a la Tierra y la habían empujado y llevado adelante a lo largo del camino de la supervivencia.
Cuando los Rerma podían haber huido y obtenido una más larga vida para ellos mismos, en lugar de hacer esto habían escogido, ellos que eran un pueblo amante de la paz, el luchar para dar otra oportunidad al hombre.
Conan Lang levantó la cabeza, sorprendido, para encontrarse con la negra figura de Fritz Gottleib a su lado. Parecía viejo, muy viejo, en la luz rojiza, y Conan Lang lo miró con una nueva comprensión. La impaciencia de Gottleib con los otros y la vasta vacía soledad en aquellos extraños ojos, todo eso lo podía comprender ahora. Conan Lang pensó asombrado en la vida que aquel hombre había llevado en la Tierra. Solitario, deseando amistad y comprensión, y teniendo siempre que evitar los contactos personales demasiado cercanos, teniendo siempre que luchar su solitaria batalla en una pequeña habitación estéril, sabiendo que los mismos hombres a quienes había dedicado su vida para ayudarlos se reían detrás de su espalda y lo comparaban a un pájaro de presa.
—He sido un necio, señor —dijo Conan Lang, poniéndose en pie—. Todos hemos sido unos necios.
Fritz Gottleib se sentó otra vez detrás del escritorio y desconectó la máquina. El resplandor rojo se desvaneció y quedaron en la penumbra.
—Necios no, Dr. Lang —dijo—. Era necesario que usted se sintiera tal y como lo hizo. Los sentimientos de un hombre viejo, ¿qué es lo que valen en este juego en que participamos? Debemos mirar alto, doctor Lang.
Conan Lang esperó en las sombras, pensando, observando al hombre sentado frente a él como si lo viera por primera vez. Su mente aún iba a tientas, tratando de asimilar todo lo que había aprendido. Era mucho para aceptarlo en unas pocas horas, aún cuando uno estuviera preparado de antemano por suposiciones y conjeturas. Aún había otras preguntas, desde luego, varias preguntas. Sabía que aún tenía mucho por aprender.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente Conan Lang—. ¿Por qué se me ha dicho todo esto? ¿Soy el único que lo sabe?
Fritz Gottleib negó con la cabeza, con su cara de una palidez fantasmagórica en el oscuro recinto.
—Hay otros que lo saben —dijo, sibilante—. Su oficial superior, Nelson White, lo sabe desde hace años. A usted se le ha dicho porque ha sido seleccionado para ocupar su puesto cuando él se retire. Si usted lo desea, trabajará junto a él aquí en la Tierra durante los próximos cinco años, y a partir de entonces se cuidará usted de todo.
—¿Tendré que dejar la Tierra… otra vez?
—No por ahora, Dr. Lang. El principio de integración-aceleración lo mantendrá ocupado a usted; en realidad estamos pasando a la Tierra a otro estadio y los resultados serán muy amplios. Pero usted estará en casa, Dr. Lang, en su hogar, con su familia y su gente. Eso es todo, Dr. Lang —silbó Gottleib.
Conan Lang vaciló.
—Trataré de hacer lo mejor que pueda —dijo finalmente—. Adiós, señor… hasta la vista.
Conan Lang extendió su mano al hombre a quien él había llamado Buitre, y Gottleib la estrechó con un apretón firme y poderoso.
—Adiós, Conan —dijo suavemente Fritz Gottleib.
Conan Lang se volvió y salió del cuarto oscuro, dejando al hombre de Rerma sentado solitario en las sombras del Nido.
La pequeña burbuja se elevó verticalmente en sus hélices a través del cielo vespertino, flotó un momento en el fresco aire bajo las heladas estrellas, y luego partió impulsada por sus reactores hacia el oeste. Conan Lang ajustó los controles y se reclinó en su asiento, sintiéndose por fin en paz consigo mismo. Había un significado para todo esto, había un propósito, y Andy y todos los otros como él en los lejanos senderos no habían sacrificado su vida por nada.
Conan Lang respiró el límpido aire de la Tierra y sonrió feliz. Frente a él, aguardándole, estaban Kit y Rob, y no tendría que dejarlos otra vez. Abrió una ventana lateral y dejó que el viento soplara en su cara.